IX Pinocho vende la cartilla para ir a ver el teatro de marionetas
dejó de nevar, Pinocho, con su estupenda cartilla C uando nueva bajo el brazo, tomó el camino que llevaba a la
escuela, y a medida que andaba, su pequeño cerebro fantaseaba haciendo mil planes y levantando mil castillos en el aire, a cuál más bello. Y discurriendo para sí mismo, decía: —Hoy, en la escuela, quiero aprender a leer enseguida. Después mañana aprenderé a escribir y pasado mañana aprenderé a contar. Más tarde, con mi talento, ganaré mucho dinero, y con el primer dinero que me embolse, quiero hacerle a mi padre una hermosa casaca de paño. Pero ¿qué digo de paño? Será de plata y de oro, con los botones brillantes. El pobre hombre se la merece de verdad, porque, para comprar mis libros y que yo pueda aprender, se ha quedado en mangas de camisa... ¡con este frío! ¡Solo los padres son capaces de ciertos sacrificios! 40
Mientras se decía todo esto muy emocionado, le pareció oír a lo lejos una música de pífanos y toques de tambor: ta-ra-rí, ta-ra-rí... zum, zum, zum, zum. Se detuvo y se quedó escuchando. Aquellos sonidos llegaban desde el final de un larguísimo camino perpendicular que conducía a un pequeño pueblecito levantado en la playa, a orillas del mar.
GR A N T E AT RO DE M A R ION E TA S
IX Pinocho vende la cartilla para ir a ver el teatro de marionetas
dejó de nevar, Pinocho, con su estupenda cartilla C uando nueva bajo el brazo, tomó el camino que llevaba a la
escuela, y a medida que andaba, su pequeño cerebro fantaseaba haciendo mil planes y levantando mil castillos en el aire, a cuál más bello. Y discurriendo para sí mismo, decía: —Hoy, en la escuela, quiero aprender a leer enseguida. Después mañana aprenderé a escribir y pasado mañana aprenderé a contar. Más tarde, con mi talento, ganaré mucho dinero, y con el primer dinero que me embolse, quiero hacerle a mi padre una hermosa casaca de paño. Pero ¿qué digo de paño? Será de plata y de oro, con los botones brillantes. El pobre hombre se la merece de verdad, porque, para comprar mis libros y que yo pueda aprender, se ha quedado en mangas de camisa... ¡con este frío! ¡Solo los padres son capaces de ciertos sacrificios! 40
Mientras se decía todo esto muy emocionado, le pareció oír a lo lejos una música de pífanos y toques de tambor: ta-ra-rí, ta-ra-rí... zum, zum, zum, zum. Se detuvo y se quedó escuchando. Aquellos sonidos llegaban desde el final de un larguísimo camino perpendicular que conducía a un pequeño pueblecito levantado en la playa, a orillas del mar.
GR A N T E AT RO DE M A R ION E TA S
—¿Qué será esa música? ¡Lástima que tenga que ir a la escuela, porque si no...! Pero se quedó allí ensimismado. Tenía que tomar una decisión: o a la escuela, o a escuchar los pífanos. —Hoy iré a escuchar los pífanos y mañana a la escuela. Para ir a la escuela siempre hay tiempo —resolvió finalmente aquel mocoso, encogiéndose de hombros. Dicho y hecho, enfiló el camino perpendicular y comenzó a correr a toda velocidad. Cuanto más corría, mejor distinguía el sonido de los pífanos y de los golpes del tambor: ta-ra-rí, ta-ra-rí, ta-ra-rí, zum, zum, zum, zum. Y he aquí que se encontró en mitad de una plaza repleta de gente, que se amontonaba en torno a una caseta de madera y de tela pintada de mil colores. —¿Qué es esa caseta? —preguntó Pinocho volviéndose hacia un muchachuelo que era del pueblo. —Lee el cartel donde está escrito y lo sabrás. —Lo leería muy a gusto, pero por ahora no sé leer. —¡Buen cabestro! Te lo leeré yo, entonces. Debes saber que en ese cartel de letras rojas como el fuego está escrito:
GRAN TEATRO DE
MARIONETAS 42
...»
—¿Hace mucho que ha comenzado la representación? —Empieza ahora. —¿Y cuánto cuesta la entrada? —Cuatro céntimos. Pinocho, que estaba imbuido de la fiebre de la curiosidad, perdió toda prudencia y, sin ninguna vergüenza, le dijo al niño: —¿Me prestarías cuatro céntimos hasta mañana? —De buena gana —respondió el otro burlón—, pero precisamente hoy no puedo dártelos. —Por cuatro céntimos te vendo mi chaqueta —le dijo entonces el muñeco. —¿Qué quieres que haga con una chaqueta de papel floreado? Si llueve, no habrá forma de quitársela de encima. —¿Quieres comprar mis zapatos? —No valen más que para encender el fuego. —¿Cuánto me das por el gorro? —¡Vaya gran adquisición! ¡Un gorro de miga de pan! ¿Y si a los ratones les da por venir a comérselo de mi cabeza? Pinocho estaba en ascuas. Permanecía allí, a punto de hacer su última oferta, pero no se atrevía.Vacilaba, titubeaba, sufría. Al fin dijo: —¿Quieres darme cuatro céntimos por esta cartilla nueva? —Yo soy un niño, y no compro nada a otro niño —respondió el pequeño interlocutor, que tenía más juicio que él. 43
—¿Qué será esa música? ¡Lástima que tenga que ir a la escuela, porque si no...! Pero se quedó allí ensimismado. Tenía que tomar una decisión: o a la escuela, o a escuchar los pífanos. —Hoy iré a escuchar los pífanos y mañana a la escuela. Para ir a la escuela siempre hay tiempo —resolvió finalmente aquel mocoso, encogiéndose de hombros. Dicho y hecho, enfiló el camino perpendicular y comenzó a correr a toda velocidad. Cuanto más corría, mejor distinguía el sonido de los pífanos y de los golpes del tambor: ta-ra-rí, ta-ra-rí, ta-ra-rí, zum, zum, zum, zum. Y he aquí que se encontró en mitad de una plaza repleta de gente, que se amontonaba en torno a una caseta de madera y de tela pintada de mil colores. —¿Qué es esa caseta? —preguntó Pinocho volviéndose hacia un muchachuelo que era del pueblo. —Lee el cartel donde está escrito y lo sabrás. —Lo leería muy a gusto, pero por ahora no sé leer. —¡Buen cabestro! Te lo leeré yo, entonces. Debes saber que en ese cartel de letras rojas como el fuego está escrito:
GRAN TEATRO DE
MARIONETAS 42
...»
—¿Hace mucho que ha comenzado la representación? —Empieza ahora. —¿Y cuánto cuesta la entrada? —Cuatro céntimos. Pinocho, que estaba imbuido de la fiebre de la curiosidad, perdió toda prudencia y, sin ninguna vergüenza, le dijo al niño: —¿Me prestarías cuatro céntimos hasta mañana? —De buena gana —respondió el otro burlón—, pero precisamente hoy no puedo dártelos. —Por cuatro céntimos te vendo mi chaqueta —le dijo entonces el muñeco. —¿Qué quieres que haga con una chaqueta de papel floreado? Si llueve, no habrá forma de quitársela de encima. —¿Quieres comprar mis zapatos? —No valen más que para encender el fuego. —¿Cuánto me das por el gorro? —¡Vaya gran adquisición! ¡Un gorro de miga de pan! ¿Y si a los ratones les da por venir a comérselo de mi cabeza? Pinocho estaba en ascuas. Permanecía allí, a punto de hacer su última oferta, pero no se atrevía.Vacilaba, titubeaba, sufría. Al fin dijo: —¿Quieres darme cuatro céntimos por esta cartilla nueva? —Yo soy un niño, y no compro nada a otro niño —respondió el pequeño interlocutor, que tenía más juicio que él. 43
—Por cuatro céntimos me quedo yo con la cartilla —gritó un vendedor de ropa usada que había oído la conversación. Y el libro se vendió allí mismo al instante. ¡Y pensar que aquel pobre hombre de Geppetto se había quedado en casa, temblando de frío, en mangas de camisa, por comprar la cartilla a su hijo!
X Las marionetas reconocen a su hermano Pinocho y hacen una grandísima fiesta; pero en el mejor momento aparece el titiritero Comefuego, y Pinocho corre peligro de acabar mal
Pinocho entró en el teatro de marionetas, ocuC uando rrió algo que provocó una especie de revolución.
Es de saber que el telón ya estaba subido y que la obra ya había comenzado. En el escenario Arlequín y Polichinela reñían y, como de costumbre, se amenazaban mutuamente con intercambiarse una tunda de bofetones y bastonazos. La platea, muy atenta, se desternillaba de risa escuchando la trifulca de aquellos dos muñecos, que gesticulaban y se insultaban con tal realismo que parecían dos animales racionales, dos personas de este mundo. De repente, Arlequín dejó de recitar, se volvió hacia el público y, señalando con la mano a alguien que estaba en el fondo de la platea, comenzó a gritar de forma dramática:
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—Por cuatro céntimos me quedo yo con la cartilla —gritó un vendedor de ropa usada que había oído la conversación. Y el libro se vendió allí mismo al instante. ¡Y pensar que aquel pobre hombre de Geppetto se había quedado en casa, temblando de frío, en mangas de camisa, por comprar la cartilla a su hijo!
X Las marionetas reconocen a su hermano Pinocho y hacen una grandísima fiesta; pero en el mejor momento aparece el titiritero Comefuego, y Pinocho corre peligro de acabar mal
Pinocho entró en el teatro de marionetas, ocuC uando rrió algo que provocó una especie de revolución.
Es de saber que el telón ya estaba subido y que la obra ya había comenzado. En el escenario Arlequín y Polichinela reñían y, como de costumbre, se amenazaban mutuamente con intercambiarse una tunda de bofetones y bastonazos. La platea, muy atenta, se desternillaba de risa escuchando la trifulca de aquellos dos muñecos, que gesticulaban y se insultaban con tal realismo que parecían dos animales racionales, dos personas de este mundo. De repente, Arlequín dejó de recitar, se volvió hacia el público y, señalando con la mano a alguien que estaba en el fondo de la platea, comenzó a gritar de forma dramática:
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—¡Dioses del firmamento! ¿Sueño o estoy despierto? ¡Pero si es Pinocho quien está ahí abajo! —¡Es verdad, es Pinocho! —dijo Polichinela. —¡Sí que es él! —chilló la señora Rosaura asomando la cabeza al fondo del escenario. —¡Es Pinocho! ¡Es Pinocho! —gritaban a coro todas las marionetas, saliendo a saltos entre bambalinas—. ¡Es Pinocho! ¡Es nuestro hermano Pinocho! ¡Viva Pinocho! —¡Pinocho, ven aquí arriba conmigo —gritó Arlequín—, ven a los brazos de tus amigos de madera! Ante aquella afectuosa invitación, Pinocho dio un salto y del fondo de la platea fue hasta los primeros asientos; luego, con otro salto alcanzó la cabeza del director de orquesta y, desde allí, brincó al escenario. Resulta imposible imaginarse los abrazos, los apretones de cuello, los pellizcos fraternales y los cabezazos de verdadera y sincera amistad que Pinocho recibió en medio del barullo de actores y actrices de aquella compañía dramático-vegetal. Ciertamente era un espectáculo conmovedor. Pero el público de platea, viendo que la representación no seguía adelante, se impacientó y comenzó a gritar: —¡Queremos la comedia, queremos la comedia! Malgastaban el aliento porque las marionetas, en lugar de continuar sus parlamentos, redoblaron el ruido y el griterío, subieron a Pinocho a hombros y se lo llevaron triunfalmente hasta las luces del proscenio.
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—¡Dioses del firmamento! ¿Sueño o estoy despierto? ¡Pero si es Pinocho quien está ahí abajo! —¡Es verdad, es Pinocho! —dijo Polichinela. —¡Sí que es él! —chilló la señora Rosaura asomando la cabeza al fondo del escenario. —¡Es Pinocho! ¡Es Pinocho! —gritaban a coro todas las marionetas, saliendo a saltos entre bambalinas—. ¡Es Pinocho! ¡Es nuestro hermano Pinocho! ¡Viva Pinocho! —¡Pinocho, ven aquí arriba conmigo —gritó Arlequín—, ven a los brazos de tus amigos de madera! Ante aquella afectuosa invitación, Pinocho dio un salto y del fondo de la platea fue hasta los primeros asientos; luego, con otro salto alcanzó la cabeza del director de orquesta y, desde allí, brincó al escenario. Resulta imposible imaginarse los abrazos, los apretones de cuello, los pellizcos fraternales y los cabezazos de verdadera y sincera amistad que Pinocho recibió en medio del barullo de actores y actrices de aquella compañía dramático-vegetal. Ciertamente era un espectáculo conmovedor. Pero el público de platea, viendo que la representación no seguía adelante, se impacientó y comenzó a gritar: —¡Queremos la comedia, queremos la comedia! Malgastaban el aliento porque las marionetas, en lugar de continuar sus parlamentos, redoblaron el ruido y el griterío, subieron a Pinocho a hombros y se lo llevaron triunfalmente hasta las luces del proscenio.
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Entonces salió el titiritero, un hombre tan feo que daba miedo solo mirarlo. Tenía una barbaza negra como un borrón de tinta y tan larga que le caía desde el mentón hasta el suelo. Baste decir que cuando caminaba se la pisaba con los pies. Su boca era ancha como un horno y sus ojos parecían dos faroles de cristal rojo, con la luz encendida, y con las manos hacía restallar un grueso látigo, hecho de serpientes y de colas de zorro entrelazadas. Ante la inesperada aparición del titiritero, todos enmudecieron. Todos contuvieron la respiración. Se hubiera oído el vuelo de una mosca. Aquellas pobres marionetas, hombres y mujeres, temblaban como hojas. —¿Por qué has venido a desbaratar mi teatro? —preguntó el titiritero a Pinocho con un vozarrón de ogro gravemente resfriado. —¡Créame, ilustrísimo señor, que la culpa no ha sido mía! —¡Basta ya! ¡Esta noche ajustaremos cuentas! Y efectivamente, acabada la representación de la obra, el titiritero fue a la cocina, donde se estaba preparando un gran carnero para cenar, que giraba lentamente, ensartado en el asador. Y como le faltaba leña para acabar de asarlo y dorarlo, llamó a Arlequín y a Polichinela y les dijo: —Traedme aquí a esa marioneta; la encontraréis colgada de aquel clavo. Me parece que está hecho de una leña muy seca y estoy seguro de que si la arrojo al fuego me dará una hermosa llama para el asado. 48
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Entonces salió el titiritero, un hombre tan feo que daba miedo solo mirarlo. Tenía una barbaza negra como un borrón de tinta y tan larga que le caía desde el mentón hasta el suelo. Baste decir que cuando caminaba se la pisaba con los pies. Su boca era ancha como un horno y sus ojos parecían dos faroles de cristal rojo, con la luz encendida, y con las manos hacía restallar un grueso látigo, hecho de serpientes y de colas de zorro entrelazadas. Ante la inesperada aparición del titiritero, todos enmudecieron. Todos contuvieron la respiración. Se hubiera oído el vuelo de una mosca. Aquellas pobres marionetas, hombres y mujeres, temblaban como hojas. —¿Por qué has venido a desbaratar mi teatro? —preguntó el titiritero a Pinocho con un vozarrón de ogro gravemente resfriado. —¡Créame, ilustrísimo señor, que la culpa no ha sido mía! —¡Basta ya! ¡Esta noche ajustaremos cuentas! Y efectivamente, acabada la representación de la obra, el titiritero fue a la cocina, donde se estaba preparando un gran carnero para cenar, que giraba lentamente, ensartado en el asador. Y como le faltaba leña para acabar de asarlo y dorarlo, llamó a Arlequín y a Polichinela y les dijo: —Traedme aquí a esa marioneta; la encontraréis colgada de aquel clavo. Me parece que está hecho de una leña muy seca y estoy seguro de que si la arrojo al fuego me dará una hermosa llama para el asado. 48
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Arlequín y Polichinela dudaron en un principio, pero, atemorizados por la mirada que les lanzó su patrón, obedecieron. Y al poco rato volvieron a la cocina llevando en brazos al pobre Pinocho. El muñeco se retorcía como una anguila fuera del agua y chillaba con desesperación: —¡Padre mío, sálvame! ¡No quiero morir, no quiero morir!
XI Comefuego estornuda y perdona a Pinocho, quien, después, libra
de la muerte a su amigo Arlequín
titiritero Comefuego (que este era su nombre) paE lrecía un hombre espantoso, no digo que no, especial-
mente con esa barbaza negra que, a modo de delantal, le cubría todo el pecho y las piernas, pero en el fondo no era un mal hombre. La prueba de ello es que cuando vio ante sí al pobre Pinocho debatiéndose con todas sus fuerzas y gritando: «¡No quiero morir, no quiero morir!», comenzó enseguida a conmoverse y a apiadarse, y, después de resistirse un buen rato, al fin no pudo más y soltó un ruidosísimo estornudo. Ante aquel estornudo, Arlequín, que hasta entonces había estado mustio y afligido como un sauce llorón, alegró el rostro e, inclinándose hacia Pinocho, le susurró al oído:
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Arlequín y Polichinela dudaron en un principio, pero, atemorizados por la mirada que les lanzó su patrón, obedecieron. Y al poco rato volvieron a la cocina llevando en brazos al pobre Pinocho. El muñeco se retorcía como una anguila fuera del agua y chillaba con desesperación: —¡Padre mío, sálvame! ¡No quiero morir, no quiero morir!
XI Comefuego estornuda y perdona a Pinocho, quien, después, libra
de la muerte a su amigo Arlequín
titiritero Comefuego (que este era su nombre) paE lrecía un hombre espantoso, no digo que no, especial-
mente con esa barbaza negra que, a modo de delantal, le cubría todo el pecho y las piernas, pero en el fondo no era un mal hombre. La prueba de ello es que cuando vio ante sí al pobre Pinocho debatiéndose con todas sus fuerzas y gritando: «¡No quiero morir, no quiero morir!», comenzó enseguida a conmoverse y a apiadarse, y, después de resistirse un buen rato, al fin no pudo más y soltó un ruidosísimo estornudo. Ante aquel estornudo, Arlequín, que hasta entonces había estado mustio y afligido como un sauce llorón, alegró el rostro e, inclinándose hacia Pinocho, le susurró al oído:
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