Skip to main content

20842c

Page 1

Primera edición: octubre de 2017 Título original italiano: La vendetta di Barbanera Idea original: Mario Pasqualotto Supervisión del texto: Luca Blengino Cubierta: Stefano Turconi Ilustraciones: Flaviano Armentaro Adaptación del diseño y maquetación: Endoradisseny Edición: Jose M. López Dirección editorial: Iolanda Batallé Prats © 2016 Atlantyca Dreamfarm s.r.l., Italia Publicado por primera vez por De Agostini Libri, S.p.A. © 2017 Andrés Prieto, por la traducción © 2017 La Galera, SAU Editorial, por la edición en lengua castellana Derechos internacionales © Atlantyca S.p.A., via Leopardi, 8 - 20123 Milán (Italia) - foreignrights@atlantyca.it, www.atlantyca.com Todos los nombres y personajes contenidos en este libro son licencia exclusiva de Atlantyca S.p.A. en la versión original. Las versiones traducidas y/o adaptadas son propiedad de Atlantyca S.p.A. Todos los derechos reservados. Casa Catedral ® Josep Pla, 95 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com lagalera@lagaleraeditorial.com Impreso en Limpergraf 08210 Barberà del Vallès Depósito legal: B-16.559-2017 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-6150-2 No se permite almacenar, reproducir o transformar de ninguna manera, ya sea electrónica o mecánica, incluyendo la fotocopia o el escaneo o cualquier otro sistema de almacenaje, la totalidad o parte de este libro sin la autorización escrita del propietario del copyright. Para más información, contactar con Atlantyca S.p.A.


Sir Steve Stevenson

La venganza de barbanegra Ilustraciones de Flaviano Armentaro TraducciĂłn de AndrĂŠs Prieto


Prólogo

Caribe, verano de 1717

Tom O’Clock se dio la vuelta y observó el horizonte. El cielo estaba despejado de nubes y un sol cegador brillaba por encima de sus cabezas. El mar, tranquilo y calmado como una balsa de aceite, se extendía en todas direcciones. En el punto en que el azul turquesa del mar Caribe se difuminaba en el azul intenso del océano Atlántico, las velas negras del barco del que habían bajado se veían cada vez más pequeñas, y ahora solo eran un puntito minúsculo. Annika abrió la tapa del espiralómetro de hierro. —Nos quedan cinco horas —afirmó con una 9

9


Prólogo mueca—. Esta vez no lo conseguiremos. ¿Y quién será el guapo que se lo explique a Driscoll? —Nunca más volveremos a verla —dijo Josh en un tono apagado. El chico levantó una pierna para enseñársela a sus compañeros: el dobladillo de los pantalones estaba completamente empapado. —Esta cáscara de nuez hace aguas —continuó—. ¡En menos de dos horas acabaremos en el fondo del mar! Tom dejó de mirar a sus dos colegas para fijarse en la chica sentada en la proa. Durante la última media hora no había dicho ni una palabra y continuaba con la mirada clavada en sus botas, con un gesto triste. Él se esforzó por sonreírle. —Pero tiene que haber una manera de volver a New Providence —dijo para intentar tranquilizar a los demás—. No estamos lejos de la costa y, si conseguimos orientarnos, podríamos ir en dirección a Nassau. 10


Caribe, verano de 1717 El chico empezó a caminar arriba y abajo, nervioso, frotándose las sienes. —Piensa, Tom, piensa —repetía. La pequeña y deteriorada chalupa se balanceó. —¿No podrías pensar sin moverte? —se quejó Annika—. Me estoy mareando. —¡No hay nada que pensar! —exclamó Josh—. No sé si os habéis dado cuenta, pero esta barcucha ni siquiera tiene remos. Aunque encontrásemos la dirección correcta, no podríamos ir a ninguna parte. La hemos fastidiado y ahora estamos aquí parados, en mitad del mar, en una embarcación que... ¡AH! —gritó el chico patidifuso, mientras señalaba hacia un punto a babor. A pocos metros de ellos, tres figuras alargadas nadaban con elegancia justo por debajo de la superficie del agua. —Tiburones —constató Annika, mientras se mordía el labio. —Solo nos faltaba esto —sollozó Josh, mientras se pasaba una mano por los ricitos rubios—. Ni 11


12


El escondrijo del abuelo Gordon

13


Prólogo siquiera podemos esperar hundirnos o morirnos de sed: ¡ahora han llegado estos y se nos zamparán! —Son tiburones ballena —precisó Tom—. Pese a su aspecto amenazador, se alimentan de plancton y son inofensivos para el ser humano. —Muchas gracias, amigo, ahora estoy mucho más tranquilo —ironizó su colega. —¿Quieres estarte quieto? —gritó Annika—. ¡No soporto este balanceo! Tom volvió a mirar fijamente al horizonte. A su alrededor solo se veían extensiones infinitas de mar y cielo. Pero seguro que había una manera de salir de aquella situación... Por cierto, ¿y cómo habían llegado a meterse en ella?

14


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
20842c by Editorial Océano de México, SA de CV - Issuu