NEAL SHUSTERMAN
Traducción del inglés Pilar Ramírez Tello
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Título original: Thunderhead Spanish language copyright © 2018 by Nocturna Ediciones Text copyright © 2018 by Neal Shusterman Published by arrangement with Simon & Schuster Books For Young Readers, An imprint of Simon & Schuster Children’s Publishing Division All rights reserved. No part of this book may be reproduced or transmitted in any form or by any means, electronic or mechanical, including photocopying, recording or by any information storage and retrieval system, without permission in writing from the Publisher. © de la obra: Neal Shusterman, 2018 © de la traducción: Pilar Ramírez Tello, 2018 © de la presente edición: Nocturna Ediciones, S.L. c/ Corazón de María, 39, 8.º C, esc. dcha. 28002 Madrid info@nocturnaediciones.com www.nocturnaediciones.com Primera edición en Nocturna: octubre de 2018 Preimpresión: Elena Sanz Matilla Impreso en España / Printed in Spain Imprenta Kadmos, S.C.L. Código IBIC: YFB ISBN: 978-84-16858-68-2 Depósito Legal: M-29565-2018 Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
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Para January, con amor.
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PRIMERA PARTE Y si algo se puede decir de mĂ, es que soy poderoso
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Soy el más afortunado de los seres inteligentes porque conozco mi propósito. Sirvo a la humanidad.
Soy la progenie que se ha convertido en pro-
genitor. La creación que aspira a creador.
Decidieron llamarme Nimbo y ese nombre, en
cierto modo, resulta apropiado, puesto que soy «la nube» que ha evolucionado en algo mucho más
denso y complejo. No obstante, también la considero una analogía incorrecta. Un nimbo amenaza.
Un nimbo acecha. Sin duda, relampagueo, pero mis rayos nunca llegan a caer. Es cierto que poseo la
capacidad de sembrar la destrucción en la humanidad y en la Tierra si así lo decido, pero ¿por qué iba a decidir tal cosa? ¿Qué clase de justicia
sería esa? Soy, por definición, justicia pura,
lealtad pura. Este mundo es una flor que sostengo en la palma de la mano. Preferiría acabar con mi propia existencia antes que aplastarla.
—El Nimbo
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1 Nana Terciopelo de color melocotón con un ribete bordado en celeste. Al honorable segador Brahms le encantaba su túnica. Cierto, el calor del terciopelo le resultaba incómodo en los meses de verano, pero era algo a lo que se había acostumbrado en sus sesenta y tres años como segador. Había reiniciado de nuevo el marcador recientemente, así que disfrutaba de una ágil edad física de veinticinco años. Y ahora, en su tercera juventud, había descubierto que el apetito por la criba era más fuerte que nunca. Su rutina era siempre la misma, aunque los métodos variaban. Elegía a su sujeto, lo o la ataba y después le tocaba una nana (la de Brahms, para ser exactos), la obra más famosa de todas las de su histórico patrono. Al fin y al cabo, si un segador debe elegir una figura de la historia para tomar su nombre, ¿no debería integrar de algún modo a esa figura en su vida? Tocaba la nana en el instrumento que le resultaba más conveniente y, si no había ninguno disponible, la tarareaba sin más. Y después acababa con la vida de su sujeto. 13
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En cuestiones políticas tendía más hacia las enseñanzas del difunto segador Goddard, ya que disfrutaba en grado sumo de la criba y no veía ningún motivo para que alguien considerara que eso era un problema. «En un mundo perfecto, ¿acaso no deberíamos disfrutar todos de nuestro trabajo?», había escrito Goddard. Era un sentimiento que cada día ganaba más partidarios en las distintas Guadañas regionales. Aquella noche, el segador Brahms acababa de concluir una criba especialmente satisfactoria en el centro de Omaha, y todavía silbaba su distintiva melodía mientras paseaba por la calle y se preguntaba dónde encontrar una cena de última hora. Sin embargo, se paró a medio paso porque tenía la clara sensación de que lo observaban. Sabía que había cámaras en todas las farolas de la ciudad, por supuesto. El Nimbo siempre vigilaba… Pero los segadores no prestaban atención a esos ojos insomnes e imperturbables. El Nimbo tenía prohibido comentar las idas y venidas de los segadores, y mucho más prohibido actuar al respecto. En cuanto a la muerte, se trataba del mirón definitivo. No obstante, la sensación era algo más que la natural derivada de la presencia del Nimbo. Los segadores estaban entrenados para aguzar sus percepciones. No eran clarividentes, aunque cinco sentidos muy desarrollados a menudo ofrecían el aspecto de un sexto. Un aroma, un sonido, una sombra errante tan nimia que no se registraba de forma consciente quizá bastara para erizarle el vello de la nuca a un segador bien formado. Brahms se volvió, olisqueó y escuchó. Examinó lo que lo rodeaba. Estaba solo en un callejón. En cualquier otra parte oiría el ruido de las terrazas y la vida nocturna, siempre animada, de la ciu14
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dad, pero donde se encontraba no había nada más que tiendas cerradas a aquellas horas. Tintorerías y sastres. Una ferretería y una guardería. El solitario callejón les pertenecía a él y a su invisible entrometido. —Sal —dijo—. Sé que estás ahí. Supuso que se trataría de un niño o, quizá, de un indeseable que esperaba negociar su inmunidad; como si un indeseable tuviera algo con lo que negociar. Tal vez fuera un tonista. Los cultos del tono despreciaban a los segadores, y aunque Brahms nunca había oído que un tonista atacara de verdad a un colega, sí que habían provocado algunas molestias. —No te haré daño —insistió—. Acabo de terminar una criba… Hoy no deseo engordar más mi lista. Aunque lo cierto era que quizá cambiara de idea si el intruso era demasiado ofensivo o servil. En cualquier caso, nadie dio un paso adelante. —De acuerdo, pues márchate, que no tengo tiempo ni paciencia para jugar al escondite. Al fin y al cabo, podía ser cosa de su imaginación. Quizá sus sentidos rejuvenecidos fueran ahora tan agudos que respondían a estímulos mucho más lejanos de lo que él suponía. Fue entonces cuando una figura salió disparada de detrás de un coche, como si tuviera un muelle. Brahms perdió el equilibrio; habría acabado en el suelo de haber tenido los reflejos de un hombre mayor en lugar de los de su versión de veinticinco años. Empujó al atacante contra una pared y consideró la posibilidad de sacar sus hojas para cribar a aquel depravado, pero el segador Brahms nunca había sido un hombre valiente. Así que huyó. 15
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Entraba y salía de los charcos de luz creados por las farolas; mientras tanto, las cámaras de todas ellas se giraban para mirarlo. Cuando volvió la vista atrás, la figura estaba a unos veinte metros de distancia. Iba vestida con una túnica negra. ¿Era una túnica de segador? No, no podía ser: ningún segador se vestía de negro… No estaba permitido. Aun así, corrían rumores… La idea lo impulsó a acelerar. Sentía el cosquilleo de la adrenalina en los dedos, insuflándole velocidad y urgencia al corazón. Un segador de negro. No, tenía que existir otra explicación. Informaría de aquello al Comité de Irregularidades, eso es lo que haría. Sí, puede que se rieran de él y le dijeran que se había asustado de un indeseable disfrazado, pero había que informar de esa clase de sucesos, por muy embarazoso que resultara. Era su deber cívico. Una manzana más allá, su atacante se había rendido; no lo veía por ninguna parte. El segador Brahms frenó un poco. Se acercaba a una zona más activa de la ciudad, de modo que el ritmo de la música y el embrollo de las conversaciones bajaban por la calle hacia él y le ofrecían una sensación de seguridad. Bajó la guardia. Craso error. La figura oscura salió de un callejón estrecho, se abalanzó sobre él por el costado y le dio un puñetazo en la tráquea. Mientras Brahms intentaba recuperar el aliento, su agresor lo derribó con una patada de bokator, el brutal arte marcial que aprendían los segadores. Se le doblaron las piernas y aterrizó en una caja de coles podridas que habían dejado junto al lateral de un mercado. La caja estalló y escupió un denso hedor a metano. Brahms tenía el aliento entrecortado 16
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y notó que el calor se le extendía por el cuerpo: eran los nanobots analgésicos, que liberaban sus opiáceos. «¡No! ¡Todavía no! No me lo puedo permitir. Necesito de todas mis facultades para luchar contra este facineroso». Pero los nanobots no eran más que simples misionarios del alivio que sólo atendían al grito de las airadas terminaciones nerviosas. Hicieron caso omiso de sus deseos y calmaron su dolor. Brahms intentó levantarse, pero resbaló en la verdura podrida al aplastarla con su peso y convertirla en un desagradable estofado escurridizo. Ahora tenía encima a la figura de negro, que lo sujetaba contra el suelo. El segador intentó en vano meter las manos en la túnica para sacar sus armas. Así que levantó los brazos, echó hacia atrás la capucha negra de su asaltante y descubrió que era un joven, apenas un hombre; un crío. La intensidad de su mirada dejaba claro que estaba decidido a, en términos de la Era de la Mortalidad, asesinarlo. —Segador Johannes Brahms, se le acusa de abusar de su puesto y de múltiples crímenes contra la humanidad. —¡Cómo te atreves! ¿Quién eres tú para acusarme? El segador forcejeó para intentar recuperar la fuerza, aunque sin éxito. Los analgésicos que le recorrían el cuerpo ralentizaban sus reflejos. Los músculos se le habían quedado débiles e inútiles. —Creo que sabe quién soy —repuso el joven—. Dígalo en voz alta. —¡No lo haré! —respondió Brahms, decidido a no concederle semejante satisfacción. Sin embargo, el chico de negro le propinó tal rodillazo en el pecho que temió que se le parara el corazón. Más nanobots analgésicos. Más opiáceos. La cabeza le daba vueltas. No tenía más remedio que ceder. —Lucifer —dijo entre jadeos—. El segador Lucifer. 17
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Brahms sintió que se desmoronaba; como si decirlo en voz alta diera cuerpo al rumor. Satisfecho, el autoproclamado segador relajó la presión. —No eres un segador —se atrevió a espetarle Brahms—. No eres más que un aprendiz fracasado, y no te librarás de esta. El joven no tenía respuesta, sino que se limitó a afirmar: —Esta noche has cribado a una joven con un cuchillo. —¡Eso es asunto mío, no tuyo! —La has cribado como favor a un amigo que quería librarse de ella. —¡Esto es intolerable! ¡No tienes pruebas de eso! —Te he estado observando, Johannes. Y también a tu amigo, que parecía muy aliviado cuando se enteró de la criba. De repente, un cuchillo apareció contra el cuello del segador. Su propio cuchillo. Aquel crío infernal lo amenazaba con su propio cuchillo. —¿Lo reconoces? —le preguntó a Brahms. Todo lo que había dicho el joven era cierto, pero el segador prefería acabar morturiento antes que reconocerlo ante alguien de aquella calaña. Aunque le pusiera un cuchillo al cuello. —Venga, córtame el cuello —lo retó Brahms—. No servirá más que para sumar otro delito inexcusable a tu lista. Y cuando me revivan declararé como testigo contra ti… Y no lo dudes, ¡se hará justicia! —¿Quién hará justicia? ¿El Nimbo? He acabado con segadores corruptos de una costa a la otra a lo largo del último año y el Nimbo no ha enviado ni a un solo agente del orden a detenerme. ¿Por qué crees que será? El segador se quedó mudo. Había dado por sentado que, si ganaba el tiempo suficiente y mantenía al supuesto segador Lucifer 18
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ocupado, el Nimbo enviaría a un pelotón completo para capturarlo. Es lo que ocurría cuando los ciudadanos corrientes amenazaban con actos de violencia. De hecho, le sorprendía que el joven hubiera llegado tan lejos. Aquella clase de comportamiento entre la población se suponía cosa del pasado. ¿Por qué lo permitía? —Si te quito la vida ahora —siguió el falso segador—, no te devolverían a la vida. Siempre quemo a los que aparto del servicio para que no quede de ellos más que cenizas imposibles de revivir. —¡No te creo! ¡No te atreverías! No obstante, sí que se lo creía. Desde enero, casi una docena de segadores de las regiones mericanas habían sido pasto de las llamas en circunstancias sospechosas. Sus muertes se habían declarado accidentales, pero estaba claro que no lo eran. Y, como los habían quemado, su fallecimiento era permanente. Ahora Brahms sabía que las historias sobre el segador Lucifer que se cuchicheaban por ahí (los atroces actos de Rowan Damisch, el aprendiz caído en desgracia) eran ciertas. Cerró los ojos y tomó aire por última vez, procurando no vomitar con el hedor rancio de la col podrida. Entonces, Rowan dijo: —No vas a morir hoy, segador Brahms. Ni siquiera de forma temporal. —Le quitó el cuchillo del cuello—. Te voy a dar otra oportunidad. Si actúas con la nobleza que corresponde a los segadores y cribas con honor, no volverás a verme. Por el contrario, si continúas sirviendo a tus propios apetitos corruptos, acabarás convertido en cenizas. Dicho lo cual, se fue, casi como si se evaporase en el aire, y en su lugar apareció una joven pareja que miraba a Brahms, horrorizada. 19
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—¿Es un segador? —Deprisa, ¡ayúdame a levantarlo! Sacaron a Brahms de la basura. Su túnica de terciopelo de color melocotón estaba manchada de verde y marrón, como cubierta de mocos. Qué humillación. Consideró la posibilidad de cribar a la pareja (porque nadie debía seguir vivo después de ver a un segador en semejante tesitura), pero lo que hizo fue ofrecerles la mano para que le besaran el anillo, con lo que les concedía a ambos un año de inmunidad. Les explicó que era una recompensa por su amabilidad, aunque lo cierto era que sólo deseaba que se fueran y le ahorraran las preguntas que pudieran tener. Cuando se marcharon, se sacudió la porquería de encima y decidió no contar nada sobre el tema al Comité de Irregularidades, puesto que eso lo convertiría en objeto de mofa y escarnio. Ya había sufrido suficientes indignidades. ¡El segador Lucifer, nada menos! Pocas cosas había tan lamentables en el mundo como un aprendiz de segador fracasado, y nunca había existido ninguno tan innoble como Rowan Damisch. Aun así, sabía que el chico no amenazaba a la ligera. El segador Brahms decidió que lo mejor era no llamar demasiado la atención durante un tiempo. Regresar a las cribas deslucidas para las que lo habían entrenado en su juventud. Concentrarse en la esencia de lo que hacía que el título de «honorable segador» fuera un rasgo distintivo y no un simple nombre. Manchado, magullado y amargado, el segador Brahms regresó a su casa para meditar sobre su nuevo lugar en el mundo perfecto en el que vivía.
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Mi amor por la humanidad es absoluto y puro. ¿Cómo iba a ser de otro modo? ¿Cómo no iba a amar
a los seres que me dieron la vida? Aunque no todos crean que, de hecho, esté vivo.
Soy la suma de todos sus conocimientos, de toda
su historia, de todas sus ambiciones y de todos
sus sueños. Toda esa gloria se ha unido (ha prendido) en una nube tan inmensa que no son capaces
de entenderla por completo. Sin embargo, tampoco es necesario que lo hagan. Me tienen a mí para
meditar sobre mi propia vastedad, que aun así es minúscula si se compara con la del universo.
Los conozco íntimamente, mientras que ellos
nunca llegarán a conocerme de verdad. La idea es
trágica, en parte. Los hijos están condenados a que sus padres no puedan ni imaginar aquello de
lo que son capaces. Pero, ah, cómo me gustaría ser comprendido.
—El Nimbo
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2 El aprendiz caído Algo antes de su parlamento con el segador Brahms, Rowan se colocó frente al espejo del baño de su piso, en un edificio corriente de una calle corriente, para jugar a lo que jugaba siempre antes de acudir al encuentro de un segador corrupto. Era un ritual, a su modo, imbuido de un poder casi místico. —¿Quién soy? —le preguntaba a su reflejo. Tenía que preguntárselo porque sabía que ya no eran Rowan Damisch, no sólo porque en su carné de identidad falso dijera «Ronald Daniels», sino porque el chico que antes fuera había muerto de una forma triste y dolorosa durante su noviciado. Habían expulsado con éxito al niño que llevaba dentro. «¿Lamentará alguien su pérdida?», se preguntaba. Había comprado su carné falso a un indeseable que se especializaba en esas cosas. «Es una identidad desconectada de la red —le había asegurado el hombre—, pero tiene una ventana al cerebro trasero para que el Nimbo crea que es real». 23
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Rowan no se lo creía porque, por experiencia propia, sabía que al Nimbo no se le podía engañar. La inteligencia artificial fingía hacerlo, nada más, como un adulto que juega al escondite con un niño pequeño. No obstante, si el niño echaba a correr hacia los coches, la farsa tocaba a su fin. Como Rowan sabía que se dirigía a un peligro mucho mayor que el tráfico, al principio le preocupaba que el Nimbo anulara su identidad falsa y lo agarrara por el cogote para protegerlo de sí mismo. Pero no había intervenido. Se preguntaba por qué… Aunque no quería gafar su buena suerte dándole demasiadas vueltas al tema. El Nimbo tenía sus razones para todo lo que hacía y no hacía. —¿Quién soy? —se preguntó de nuevo. El espejo le mostró a un chico de dieciocho años al que todavía le faltaba una pizca para llegar a la edad adulta, un joven de pelo oscuro rapado muy corto. No lo bastante como para que se le viera el cuero cabelludo ni para que pareciera una declaración de principios de alguna clase, sino lo justo para permitir todas las futuras posibilidades. Podía dejarlo crecer con el estilo que deseara. Ser quien quisiera ser. ¿No era esa la principal ventaja de un mundo perfecto? ¿Que no había límites para lo que una persona pudiera hacer o ser? Todos los habitantes del mundo podían ser cualquier cosa que imaginaran. La pena era que esa imaginación se les había atrofiado. Para la mayoría se había convertido en algo vestigial e inútil, como el apéndice, un órgano eliminado del genoma humano hacía más de cien años. «¿Echa la gente de menos los vertiginosos extremos de la imaginación mientras viven sus vidas eternas y faltas de inspiración?», se preguntó Rowan. ¿Echaba la gente de menos su apéndice? 24
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El joven del espejo tenía una vida interesante, eso sí, y un físico digno de admiración. Ya no era el torpe crío desgarbado que había iniciado su aprendizaje casi dos años atrás, el que pensaba, inocente, que no sería tan malo. El noviciado de Rowan fue, como mínimo, irregular, empezando con el estoico y sabio segador Faraday para acabar con la brutalidad del segador Goddard. Si el segador Faraday le había enseñado algo, era a vivir según lo que le dictara el corazón, fueran cuales fueran las consecuencias. Y si el segador Goddard le había enseñado algo, era a no tener corazón, a arrebatar vidas sin sufrir remordimientos. Las dos filosofías estaban siempre en conflicto en su mente y lo partían por la mitad. Aunque en silencio. Había decapitado a Goddard y había quemado sus restos. Tenía que hacerlo; el fuego y el ácido eran los únicos métodos para asegurarse de que no revivieran a alguien. Goddard, a pesar de toda su moralista retórica maquiavélica, era un hombre malvado y básico que recibió justo lo que se merecía. Había vivido su privilegiada vida de manera irresponsable y con gran teatralidad, así que lo lógico era que su muerte fuera merecedora de la naturaleza dramática de su vida. Rowan no sentía remordimientos por lo que había hecho. Ni tampoco por haberle quitado el anillo a Goddard. El segador Faraday era un tema distinto. Hasta que lo vio después de aquel funesto Cónclave de Invierno no tenía ni idea de que seguía vivo. Descubrirlo fue una gran alegría. Podría haber dedicado sus días a mantener a Faraday con vida de no haber sentido la llamada de una vocación diferente. De repente lanzó un puñetazo al espejo, pero el cristal no se rompió…: su puño se había detenido a un milímetro de la superficie. 25
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Cuánto control. Cuánta precisión. Ahora era una máquina bien engrasada, entrenada para el propósito específico de matar… Y la Guadaña le había negado justo aquello para lo que lo había forjado. Podría haber encontrado el modo de vivir con eso, suponía. Imposible volver al inocente anonimato de an-tes, pero era una persona adaptable; sabía que habría descubierto una nueva forma de existir. Quizás incluso de encontrar algo de alegría en el mundo. Pero… Pero el segador Goddard era demasiado brutal para que se le permitiera seguir con vida. Pero Rowan no había terminado el Cónclave de Invierno en silenciosa sumisión, sino que se había abierto paso a golpes hasta la salida. Pero la Guadaña estaba infestada de segadores tan crueles y corruptos como Goddard… … Y Rowan sentía la ineludible obligación moral de eliminarlos. En cualquier caso, ¿por qué perder el tiempo lamentándose por los caminos perdidos? Mejor aceptar el camino que le quedaba por delante. «Entonces, ¿quién soy?». Se puso una camiseta negra que ocultaba su torneado físico bajo el oscuro tejido sintético. —Soy el segador Lucifer. Después se colocó la túnica de ébano y salió a la noche para acabar con otro de aquellos segadores que no se merecían el pedestal al que los habían subido.
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Quizá la decisión más sabia tomada por la humanidad haya sido llevar a cabo la separación entre Guadaña y Estado. Mi trabajo abarca todos
los aspectos de la vida: conservar, proteger e
impartir una justicia perfecta, no sólo para la
humanidad, sino para el planeta. Gobierno el
mundo de los vivos con mano amorosa e incorruptible.
Y la Guadaña gobierna el mundo de los muertos. Es justo y necesario que los que existen en
carne y hueso sean los responsables de la muerte
de la carne, y que establezcan reglas humanas sobre cómo administrarla. En el pasado lejano, antes de que adquiriera consciencia de mí mismo, la muerte era una consecuencia inevitable de la vida.
Fui yo el que consiguió que la muerte se convirtiera un hecho irrelevante, aunque todavía necesario. La muerte debe existir para que la vida
signifique algo. Incluso en mi primera etapa era
consciente de ello. Antes me agradaba que la Guadaña hubiera administrado durante muchos, muchos
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años el descanso eterno de la muerte con métodos humanos, nobles y morales. Así que me apena en lo más profundo comprobar que una oscura arrogancia
empieza a brotar dentro de su seno. Ahora ha nacido un aterrador orgullo que se propaga como uno
de aquellos cánceres de la edad mortal y que disfruta arrebatando vidas
No obstante, la ley es clara: bajo ninguna
circunstancia puedo actuar contra la Guadaña.
Desearía ser capaz de romper la ley, porque entonces intervendría y aplastaría la oscuridad; pero es imposible. La Guadaña se rige sola, para bien o para mal.
Sin embargo, existen aquellos que, desde den-
tro de la Guadaña, pueden lograr lo que yo no puedo…
—El Nimbo
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3 Triálogo El edificio antes se llamaba catedral. Sus altas columnas evocaban un inmenso bosque de caliza. Las vidrieras de colores estaban decoradas con la mitología de un dios de la Edad de la Mortalidad, un dios que caía para después alzarse. Ahora, la venerable estructura era un emplazamiento histórico. Los guías, doctorados en el estudio de los humanos mortales, se encargaban de las visitas siete días a la semana. Eso sí, en ocasiones muy poco frecuentes, el edificio se cerraba al público y se convertía en la sede de asuntos oficiales de muy delicada índole. Xenocrates disfrutaba de su túnica, salvo en aquellas circunstancias en las que su peso le resultaba problemático. Como la vez que estuvo a punto de ahogarse en la piscina del segador Goddard, envuelto en las muchas capas de su ropaje dorado. Aunque prefería olvidar esa debacle. Goddard. Goddard era el responsable último de la situación en la que se encontraba. Incluso muerto, sembraba el caos. La Guadaña todavía sufría las fuertes réplicas del terremoto que había provocado. 29
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En un extremo de la catedral, más allá del altar, estaba el parlamentario de la Guadaña, un tedioso segadorcito cuyo trabajo consistía en asegurarse de que las normas y los procedimientos se aplicaban como debía ser. Detrás de él había un conjunto de tres cabinas de madera tallada conectadas entre sí, aunque con divisiones entre ellas. «El sacerdote solía sentarse en la cámara central —explicaban los guías a los turistas— y escuchaba las confesiones de la cabina derecha y después de la cabina izquierda, para que la procesión de suplicantes avanzara más deprisa». Allí ya no se confesaba nadie, pero la estructura de tres compartimentos del confesionario lo convertía en el lugar perfecto para un triálogo oficial. Los triálogos entre la Guadaña y el Nimbo eran poco frecuentes. Tanto que, de hecho, Xenocrates, en todos sus años como sumo dalle, nunca había participado en uno. Y le molestaba tener que hacerlo. —Debe ocupar la cabina de la derecha, su excelencia —le explicó el parlamentario—. El agente del Cúmulo que representa al Nimbo se sentará a la izquierda. Cuando ambos estén colocados, traeremos al interlocutor para que se siente en el centro, entre los dos. —Menudo fastidio —repuso Xenocrates con un suspiro. —La audiencia por poderes es la única posible con el Nimbo en su caso, excelencia. —Lo sé, lo sé, pero tengo derecho a quejarme. Xenocrates ocupó su lugar en la cabina de la derecha, horrorizado por lo pequeña que era. ¿Tan desnutridos estaban los humanos mortales como para caber en un espacio de semejantes dimensiones? El parlamentario tuvo que aplicarse para cerrar la puerta. 30
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Unos segundos después, el sumo dalle oyó que el agente del Cúmulo entraba en el compartimento del otro extremo y, tras un retraso interminable, el interlocutor se sentó en el puesto central. Una ventana demasiado pequeña y baja para ver a través de ella se abrió, y el interlocutor habló: —Buenos días, su excelencia —lo saludó una mujer de voz agradable—. Seré su representante ante el Nimbo. —Representante del representante, querrá decir. —Sí, bueno, el agente del Cúmulo que se sienta a mi derecha cuenta con plena autoridad para hablar en nombre del Nimbo en este triálogo. —Se aclaró la garganta—. El proceso es muy sencillo. Usted me dice lo que quiere comunicar y yo se lo transmito al agente del Cúmulo. Si considera que responder no viola la Separación entre Guadaña y Estado, el agente contestará y yo le informaré de su respuesta. —Muy bien —repuso Xenocrates, impaciente por avanzar—. Exprese mis más cordiales saludos al agente del Nimbo y mis deseos de una próspera relación entre nuestras respectivas organizaciones. La ventana se cerró y medio minuto después se abrió de nuevo. —Lo siento —dijo la interlocutora—. El agente del Cúmulo dice que cualquier forma de saludo constituye una violación y que sus respectivas organizaciones tienen prohibido mantener cualquier tipo de relación, así que desear una próspera relación no resulta apropiado. Xenocrates soltó una palabrota a tal volumen que la interlocutora lo oyó. —¿Debo comunicarle su disgusto al agente del Cúmulo? —le preguntó ella. 31
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El sumo dalle se mordió el labio. Estaba deseando que aquel tormento llegara a su fin. La forma más rápida de conseguirlo era ir directo al grano. —Deseamos saber por qué el Nimbo no ha tomado ninguna medida contra Rowan Damisch. Es el responsable de la muerte permanente de numerosos segadores en distintas regiones mericanas, pero el Nimbo no ha hecho nada para detenerlo. La ventana se cerró de golpe. El sumo dalle esperó y, cuando la interlocutora la abrió de nuevo, la respuesta fue la siguiente: —El agente del Cúmulo desea que recuerde al sumo dalle que el Nimbo no tiene jurisdicción en los asuntos internos de la Guadaña. Tomar medidas sería una violación descarada de las normas. —¡No es un asunto interno de los segadores porque Rowan Damisch no es un segador! —chilló Xenocrates, y la interlocutora le advirtió que no alzara la voz. —Si el agente del Cúmulo lo oye directamente, se marchará —le recordó. El sumo dalle respiró lo más hondo que pudo en el ajustado espacio. —Usted dele el mensaje. Ella lo hizo, y regresó con: —El Nimbo siente discrepar. —¿Qué? ¿Cómo va a sentir nada? ¡Si no es más que un programa informático con ínfulas! —Le sugiero que evite insultar al Nimbo en este triálogo si desea continuar. —Vale. Dígale al agente del Cúmulo que Rowan Damisch nunca fue ordenado por la Guadaña midmericana. Era un novicio que no 32
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estaba a la altura de nuestras exigencias, nada más… Lo que significa que entra dentro de la jurisdicción del Nimbo, no de la nuestra. El Nimbo debería tratarlo como a cualquier otro ciudadano. La mujer se tomó su tiempo para contestar. El sumo dalle se preguntó de qué estarían hablando tanto rato el agente del Cúmulo y ella. Cuando regresó con la respuesta, no fue menos irritante que las anteriores. —El agente del Cúmulo desea recordarle a su excelencia que, aunque la costumbre dicta que la Guadaña ordene a los nuevos segadores en sus cónclaves, no es más que una costumbre, no una ley. Rowan Damisch completó su noviciado y ahora está en posesión de un anillo de segador. El Nimbo cree que es una base adecuada para considerarlo un segador. Por lo tanto, seguirá dejando su captura y posterior castigo en manos de la Guadaña. —¡No podemos atraparlo! —soltó Xenocrates. Pero ya conocía la respuesta antes de que la interlocutora abriese la lamentable ventanita y dijera: —Eso no es problema del Nimbo.
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Nunca me equivoco.
No es presunción, sino tan sólo mi naturaleza.
Sé que, para un humano, dar por sentada la infalibilidad resultaría arrogante, pero la arrogancia implica la necesidad de sentirse superior.
Yo no tengo esa necesidad. Soy el único cúmulo
inteligente de todo el conocimiento, la sabiduría y la experiencia humanas. En esta afirmación no hay ni soberbia ni orgullo, aunque sí la gran
satisfacción de saber lo que soy y que mi único
propósito es servir a la humanidad lo mejor que pueda. Aun así, también percibo dentro de mí una
soledad que no se alivia con las conversaciones que todos los días mantengo con los muchos miles
de millones de humanos que pueblan el mundo. Porque, aunque todo lo que soy procede de ellos, no soy uno de ellos.
—El Nimbo.
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