1 Una muerte y un nacimiento 1797-1801 Una tarde de sol de finales de agosto de 1801, a pocos kilómetros al norte de Londres, Mary Godwin, de tres años, cruzó de la mano de su padre la verja del cementerio parroquial de St. Pancras. Iban a ver la tumba de su madre. Para Mary, el cementerio era como su propia casa. Iba casi a diario con su padre, William. Más que un camposanto, parecía un prado, con matas de hierba irregulares, viejas lápidas caídas por el suelo y una verja baja como única separación entre el recinto y el campo. A William Godwin no le parecía raro enseñar a leer a su hija en la lápida de su madre.1* Mary, por su parte, ardía en deseos de aprender todo lo que pudiera de su padre, a quien consideraba «más grande, sabio y mejor [...] que cualquier otro ser»;2 y que era, además, lo único que le quedaba. Empezó siguiendo la forma de las letras con los dedos: «Mary Wollstonecraft Godwin.» Aparte del «Wollstonecraft», madre e hija se llamaban igual: mary godwin. Muerta la una. Viva la otra. Aquella tumba podría ser la suya. Anhelaba reunirse con su madre, Mary Wollstonecraft, a quien tanto quería, a pesar de no haberla conocido. Mary Godwin nació el 30 de agosto de 1797, a finales de un mes en el que cruzó el cielo de Londres el fuego de un cometa cuyo significado dio lugar a conjeturas por toda Inglaterra. A sus padres les había parecido un buen presagio. No podían saber que al cabo de diez días Wollstonecraft fallecería de fiebre puerperal, dejando a una hija tan pequeña y débil que hacía pensar que seguiría * Los números voladitos remiten al apartado Notas de la página 509 y ss. (N. de la E.)
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a su madre en poco tiempo. Sin embargo, Mary fue ganando fuerzas al cuidado de una gran amiga de Wollstonecraft, Maria Reveley, y al mes de edad, sin dejar de ser menuda, ya berreaba a todas horas del día y de la noche. Su hermanastra de tres años, la dulce Fanny, hija ilegítima de Wollstonecraft con otro hombre, trataba de calmar su llanto, pero no había nada que hacer. Mary era inconsolable. Godwin le pidió a su amigo William Nicholson, experto en fisionomía, que midiera el cráneo y las facciones de Mary, pero el bebé no dejó de pegar chillidos en ningún momento del examen, y al final Nicholson, exasperado, informó: «La boca ha estado demasiado en uso para poder ser correctamente observada.»3 Aun así, le dijo a Godwin que había visto indicios de «una memoria y una inteligencia considerables», así como de una «viva sensibilidad». En vista de los gritos, lo único potencialmente negativo que recogió fue que la niña podía ser «malhumorada cuando se resistía». Godwin, Fanny y Mary vivían en el número 29 del Polygon, una manzana semicircular de altas viviendas georgianas del barrio de Somers Town, a unos tres kilómetros de la catedral de San Pablo. El Polygon fue demolido hace mucho tiempo, y aunque en Werrington Street haya una placa donde pone que fue donde vivieron los Godwin, hay que hacer un gran esfuerzo para imaginárselos en el Somers Town actual. Donde en la infancia de Mary había tiendas, jardines de rosas y establos de vacas, ahora hay hospitales, promociones nuevas y viviendas de protección oficial. A principios del siglo xix, la casa de Mary estaba en pleno campo. Por un camino de tierra, cruzando una barrera blanca, se entraba en Clarendon Square, donde se construyeron treinta y dos edificios adosados como uno de los primeros experimentos en vivienda suburbana. En el número 29 había un gran salón con una chimenea con repisa de mármol donde recibía Godwin a sus invitados, y donde Mary y Fanny aprendieron a quedarse calladas cuando hablaban los adultos. La familia cenaba, en el comedor, que estaba en el piso de arriba, y podía salir a un balcón de hierro forjado desde donde se veían los brezales silvestres, Hampstead y Highgate. Desde la ventana de su dormitorio, en el ultimo piso, Mary veía el río Fleet, y el estrecho camino que llevaba a la tumba de su madre. Estas viviendas, espaciosas y elegantes, eran asequibles por lo lejos que quedaban del West End, tan en boga, pero para los Godwin, y para muchos como ellos, Somers Town era un punto medio ideal, lo que tanto pregonan hoy en día las inmobiliarias: la tran14
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quilidad de un pueblo a un corto paseo de la ciudad, una «evasión»4 de Londres, como calificó estas urbanizaciones una voz de la época. Desde que Mary tuvo edad suficiente, la niñera se las llevaba a ella y Fanny de paseo por la plaza. Así podían asomarse a los escaparates de la botica, la juguetería, la mercería, la sastrería, la guarnicionería y la sombrerería. A veces les dejaban elegir un lazo, o entrar en la tetería para tomarse un syllabub, deliciosa y espumosa bebida con nata montada. Por la plaza empujaba su carrito, y hacía sonar su campanilla, un vendedor de bollos apodado «el Alcalde de Garratt».5 Los relojeros, los orfebres, trabajaban encorvados en sus mesas, martillando metales preciosos, o examinando con lupa relojes de bolsillo. Eran refugiados de la Revolución Francesa, que con algo de suerte levantaban la cabeza y saludaban a las niñas con una pequeña reverencia, o –exótica experiencia– les decían bonjour al otro lado de la puerta abierta. Godwin seguía una rutina que a sus hijas les parecía cincelada en piedra, e inamovible como el tictac del reloj. Filósofo político y novelista de renombre, no consentía ninguna interrupción cuando escribía. En el hogar de los Godwin, lo primero eran las ideas. Trabajaba hasta la una, y después de comer leía en voz alta a las niñas.6 Juntos disfrutaban de los cuentos de Perrault y las fábulas de La Fontaine.7 En días especiales, Godwin elegía el libro que había escrito la madre de las niñas para Fanny antes de morir. Gracias a su estilo afectuoso y ligero, Wollstonecraft parecía encontrarse con ellos en la habitación: «Cuando tenías hambre te ponías a llorar –explicaba, hablando directamente con Fanny–. Durante siete meses no tenías dientes y siempre estabas mamando, pero en cuanto te salió el primero empezaste a roer una corteza de pan. No tardó mucho en salir otro. A los diez meses tenías cuatro dientes blancos y bonitos, y me mordías. ¡Pobre mamá!»8 Por toda la casa había recuerdos de tan afectuosa madre, desde el retrato del estudio de Godwin a los libros de las estanterías. Godwin se esforzaba por rendir tributo a su difunta esposa, pero no estaba muy capacitado para educar a dos niñas pequeñas. Había pasado gran parte de su vida soltero, hasta casarse con Mary Wollstonecraft a los cuarenta y un años. Criado por severos calvinistas, a veces su reserva podía sacar de quicio; avaro tanto de su tiempo como de su dinero, fraccionaba las horas con cuidado para no perder ni un solo instante de trabajo. A última hora de la tarde acudían hombres y mujeres distinguidos para presentarle sus respetos.9 A menudo las visitas venían 15
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con muchas ganas de conocer a las hijas de Wollstonecraft, especialmente a Mary, que como hija de dos auténticos pesos pesados de la vida intelectual parecía predestinada a la fama, y que ya estaba acostumbrada a que se hiciera el silencio cuando entraba en una habitación, momento en que aguantaban todos la respiración, como en presencia de una gran dignataria, señalando su bonito pelo de color rojizo y sus grandes ojos claros: ¡cómo se parecía a su madre!, decían. Qué maravillosa había sido la primera Mary; qué sabia, y valiente, y cariñosa; un genio, y para colmo guapa. Seguro que su hija seguiría sus pasos. Durante estos actos, Fanny, de pelo castaño, y marcada por la varicela, se quedaba al fondo, consciente de que el protagonismo le correspondía a Mary. Godwin la adoptó al casarse con Wollstonecraft, que la había tenido con su anterior pareja, Gilbert Imlay. El padrastro de Fanny la quería, pero por quien sentía adoración era por «su» hija, a quien describió como «rápida», «guapa» y «considerablemente superior» a Fanny, una niña «lenta» y «propensa a la indolencia».10 Si le hubieran hecho algún comentario sobre aquel favoritismo tan patente, habría dicho que se limitaba a constatar la realidad. Todos los indicios apuntaban a la superioridad de la pequeña Mary, observación que tenía la ventaja adicional de demostrar la superioridad del propio Godwin sobre Imlay. Hay que decir en honor al primero que nunca le hizo ningún reproche a Wollstonecraft por su relación, pero inmune a los celos no era, y la pasión que había sentido Wollstonecraft por Imlay se los despertaba. Más allá del fervor de Godwin, es cierto que la pequeña Mary llamaba la atención para su edad. Delicada, con una tez de una blancura casi sobrenatural, unos rizos cobrizos, unos ojos enormes y una boca pequeña, había llegado al mundo en circunstancias tan trágicas que la seguía la pena como la cola de un vestido de novia. Al hablar con ella, las visitas quedaban impresionadas por una inteligencia que no parecía normal. George Taylor, uno de los admiradores de Godwin, fue a ver dos veces al viudo durante el primer año de vida de Mary. Durante la primera visita disfrutó jugando con el bebé, pero no le llamó la atención nada inusitado. Fue en su segunda visita cuando se quedó estupefacto al ver que la pequeña, de nueve meses, «me reconoció enseguida, y me tendió los brazos».11 ¿Cómo podía acordarse de él? Uno de los mayores adeptos de Mary era el poeta Samuel Tay lor Coleridge, que hizo su primera visita al Polygon en invierno de 1799, cuando tenía veintisiete años y Mary dos. Admirador de 16
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Godwin, pero todavía más de Wollstonecraft, el joven poeta se encontraba solo, distanciado de su mujer y alejado de su familia. Siempre que acudía a cenar se quedaba hasta mucho después de la hora en que solían irse las niñas a la cama, y hacía trasnochar a los Godwin con sus historias. Para las niñas era como un personaje mágico de cuento de hadas. Con su hoyuelo en la barbilla, su cara regordeta, su pelo largo y descuidado, sus pobladas cejas y sus labios de un rojo sorprendente; Coleridge era un narrador de enorme magnetismo.12 Ni el pedante Godwin tenía reparos en sentarse a escuchar sus historias. Lo que sorprendió a Coleridge fue el silencio de su público. Godwin había enseñado a sus hijas a mantener una conducta irreprochable (demasiado, a juicio del poeta) cuando estaban en presencia de otras personas. Hasta Mary, espíritu mucho más libre que su hermana, podía estarse horas callada cuando había invitados, sin apenas moverse. Más tarde, dijo que, aunque su padre la quisiera, era un maestro muy severo, que no expresaba casi nunca afecto. En uno de sus retratos ficticios de padre e hija, basados en su relación con Godwin, escribió: [Mi padre] nunca me acariciaba; si me pasaba alguna vez la mano por la cabeza, o me sentaba en las rodillas, yo sentía una mezcla de alarma y gozo difícilmente descriptible. Aun así, y por extraño que parezca, me quería casi hasta la idolatría; y yo, consciente de ello, se lo pagaba con un cariño entusiasta, a pesar de sus reservas, y de mis temores.13
Coleridge era del parecer de que la frialdad de Godwin estaba perjudicando a sus hijas, y de que a Fanny y Mary les habría convenido parecerse más a su hijo Hartley, de tres años, que casi nunca dejaba de hablar, ni de moverse: según el poeta, se dejaba llevar por el viento como un pájaro, «usando a modo de comba el aire de las brisas».14 Al principio Godwin quedó impresionado por la descripción que hacía el orgulloso padre de aquel espíritu libre de tan corta edad, pero cambió de idea al conocer a Hartley, el cual, según el recuerdo de Coleridge, «le dio al filósofo tal golpe en la espinilla con un bolo que Gobwin [como lo llamaba Hartley], sumamente dolorido, le echó un sermón [a la mujer de Coleridge] sobre su mal comportamiento».15 A pesar de todo, Godwin respetaba bastante a su amigo poeta para permitirle que tratara de animar a sus hijas. Aun siendo el autor de poemas tan sombríos como Dejection: An Ode [Abati17
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miento: una oda] y The Rime of the Ancient Mariner [La rima del anciano marinero], a Coleridge le gustaban las bromas de todo tipo, y se sabía de memoria un montón de canciones infantiles. «Hago juegos de palabras y acertijos, escucho y bailo», le dijo una vez a un amigo.16 Hacía que sus dedos galopasen como caballos, o «vuelen como ciervos perseguidos por sabuesos», truco que inmortalizó en una carta donde explica a otro poeta, Wordsworth, cómo reproducir con sus manos «el salto, el trote y el galope» de los versos hexámetros.17 Pocos podían resistirse al encanto de Coleridge, y entre esos pocos no estaban Fanny y Mary, entusiasmadas con la diferencia entre el poeta y cualquier otro de sus conocidos. Con él en la sala de estar era todo posible: podía bajar una bruja por la chimenea, o pasar flotando un fantasma. Cuando a Coleridge se le caía el vino encima de la alfombra, Godwin no ponía mala cara, como cuando eran las niñas las que cometían alguna equivocación similar, sino que se reía. El poeta siempre estaba aquejado de alguna dolencia física –dolor de cabeza o de garganta, infección ocular, mala digestión–, pero eso no le impedía dedicarse de lleno a las niñas. Aprovechando su gran facilidad para dejarse fascinar, Coleridge comunicó a las niñas –incluida Mary, que a duras penas se acordaba de la primera visita del gran poeta– la sensación de que eran deliciosas, y de que sus ideas merecían atención. Las invitaba a significarse, y a diferencia de Fanny, que se resistía, Mary estaba encantada con la sensación de salir de detrás de un telón y pisar el escenario de una casa cuyo único dueño y señor era su padre. El regreso del poeta en 1802 a la región de los Lagos, donde estaba su familia, fue un día triste para Mary, y para todos los Godwin. Al cabo de pocas semanas, sin embargo, Mary y Fanny se reintegraron a la comodidad de su habitación, y a su silenciosa rutina, y el único que siguió pasándolo mal fue Godwin. Inquieto y solo, tenía ganas de volver a casarse, de encontrar a una esposa con quien compartir su vida, su cama y la responsabilidad de criar a sus hijas. Coleridge le había dejado claro que las niñas necesitaban más de lo que podía darles él. Necesitaban un toque maternal.
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