Carlos Martínez Assad
Cruzar & umbral al Medio Oriente
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CRUZAR EL UMBRAL AL MEDIO ORIENTE © 2018, Carlos Martínez Assad Arte de portada: Autor desconocido / Colección Carlos Martínez Assad Diseño de portada: Departamento de Arte de Editorial Océano D. R. © 2018, Editorial Océano de México, S.A. de C.V. Homero 1500 - 402, Col. Polanco Miguel Hidalgo, 11560, Ciudad de México info@oceano.com.mx Primera edición: 2018 ISBN: 978-607-527-775-2 Todos los derechos reservados. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita del editor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público. ¿Necesitas reproducir una parte de esta obra? Solicita el permiso en info@cempro.org.mx Impreso en México / Printed in Mexico
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El Occidente tiene con el Oriente deudas sagradas que le es forzoso pagar. José López Portillo y Rojas, Viaje a Egipto y Palestina […] un hombre no tiene un alma para él solo, sino un trozo de una muy grande […] Entonces yo estaré allí, en la oscuridad. Entonces yo estaré en todas partes. En cualquier lugar donde mires. John Steinbeck, Las viñas de la ira
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Índice
Introducción. Fuera de lugar, 13 Primera parte Viajeros en Tierra Santa 1. Tres veces Jerusalem, 21 a. La luz de la religión, 21 b. Y les habló desde el cielo, 24 c. La propuesta de Chateaubriand, 26 d. Dios y la geografía, 30 2. En el comienzo, 34 a. Dejar testimonio, 34 b. La tradición del viaje entre los árabes, 35 c. La proliferación de viajeros y el orientalismo, 38 d. Mark Twain en la búsqueda del centro de la tierra, 46 3. Los impulsos viajeros del emperador Pedro II de Brasil, 52 a. Su pasión por la cultura, 52 b. Fascinación por Egipto, 54 c. Su encuentro con los lugares santos, 57 4. Loti en la Mansión del silencio, 61 a. A la manera de los orientalistas, 61 b. Con arrebatos místicos, 66 c. Descubrir la Jerusalem cristiana, 69 5. En otro tiempo, 78 a. Los mexicanos también, 78 El testimonio de José López Portillo y Rojas, 79 Luis Malanco entre el saber y la religión, 88 El viaje religioso de Concepción Cabrera de Armida, 95
b. Viajar en el presente, 97
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Segunda parte Entre el sueño y la reflexión 6. La escritura del antiguo Egipto según Champollion, 105 a. La búsqueda ilustrada, 105 b. La expedición napoleónica, 106 c. El país de los símbolos, 108 d. La pasión de un hombre, 108 e. Por fin, la interpretación, 110 f. Champollion encuentra su destino, 112 7. Gibran, uno entre los escogidos, 119 a. Buscando en el sosegado corazón de la tierra, 119 b. Un paréntesis necesario, 124 c. Volver al origen, 127 d. La vigencia de su pensamiento, 129 Tercera parte La fuerza de las palabras 8. El Nobel y la literatura de musulmanes, 137 a. La profunda disidencia de Ismaíl Kadaré, 138 b. ¡Bienvenido seas, Yaşar Kemal!, 141
Novela de resistencia, 141 El personaje en rebeldía, 152 La metáfora de un pueblo combatiente, 153 Apunte biográfico y político, 155
9. Las continuidades, 157 a. Las variaciones del relato oriental, 157 b. La nueva fuerza literaria de los árabes, 161 10. Atreverse a mirar al padre, 164 11. La muerte en la paz y en la guerra, 175 Cuarta parte Sobre el mundo que se derrumba 12. Mouawad: sobrevivir en el infierno, 183 a. Un cuchillo clavado en el cuello, 183
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índice 11
b. El vínculo con Líbano, 185 c. Incendios, 187 d. Buscar la realidad para crear la ficción, 189 13. Palmira: ¿perecerán las obras de los hombres?, 191 a. Reconstruir el pasado, 191 b. Voces que llegan desde lejos, 194 c. Un mensaje apocalíptico, 199 14. La tragedia de los migrantes y la crisis humanitaria en el Mediterráneo, 201 a. ¿Qué pasa en el mundo?, 201 b. Refugiados de siempre en Siria, 207 c. Los países receptores, 209 d. ¿Cómo actuar?, 215 15. El camino hacia Dios está sembrado de trampas o el mal de nuestro tiempo, 220 a. El Occidente y el mundo musulmán, 220 b. Musulmanes vs. islamistas, 224 c. Convocar a la comunidad con el uso del velo, 228 d. Adentrarse en la historia para entender el jihadismo, 233 e. Hijos del fundamentalismo islámico, 238 f. Para seguir a Dios, 242 g. ¿Cómo burlar ese destino?, 247 Notas, 253 Fuentes, 261 Índice onomástico, 269
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primera parte
Viajeros en Tierra Santa Damasco, al considerarla, es un edén eternamente grato. ¿No ves que tiene ocho puertas cual si fuera el Paraíso? M. b. Ŷuzayy
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Los peregrinos a la espera del ingreso a la BasĂlica del Santo Sepulcro para la ceremonia del fuego sagrado, ca. 1900-1920. Wikimedia Commons
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1. Tres
veces
Jerusalem
a. La luz de la religión
E
n el principio Dios separó el día de la oscuridad y la luz resplandeció sobre las tinieblas, se afirma en el Génesis, el primer libro del Pentateuco. El apóstol Juan, uno de los cuatro evangelistas, es conocido como el que da testimonio de la luz. “Dará a luz un hijo”, es la frase del ángel que en sueños le anuncia a José que María había concebido por obra del Espíritu. Los ángeles, los seres de la claridad, habían anunciado previamente también a Sara y luego a Isabel su inminente maternidad humana. Los ángeles subían y bajaban para mostrar a Jacob la escalera al cielo. Según Mateo, en la transfiguración de Jesús, cuando éste apareció —custodiado por Moisés y Elías— ante Pedro, Santiago y Juan, “su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Marcos va más allá porque, según él, “sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo”. Para Mateo, el aspecto del ángel que custodiaba la sepultura vacía dejada por Cristo y habló a las Marías era como “el relámpago y su vestido blanco como la nieve”. Dos ángeles vestidos de blanco custodiaban el Santo Sepulcro, según Marcos, y un joven de blanco ropaje estaba sentado a la derecha cuando llegaron las mujeres. Jesús, en Hechos de los Apóstoles, asciende a los cielos, mientras dos personajes con vestiduras blancas explican que vendrá de la misma forma que lo vieron subir. “Vosotros sois la luz del mundo”, dice Mateo a los discípulos de Jesús. “Saulo, Saulo, por qué me persigues”, le dijo la voz en el camino a Damasco y al volver la vista la luz le cegó. Aun en el Antiguo Egipto es la luz solar la que hace pensar a Akenatón en la posibilidad de un Dios único y ¿no sucedió algo semejante a Moisés cuando, a través de la zarza en llamas, con su resplandor Dios le entregó la verdad revelada? Fueron Mani y sus seguidores entre los primeros que se empeñaron en dar esa luz a las representaciones pictográficas de Jesús y de María, apartándose del judaísmo en cuanto a la imposibilidad de pintar el rostro de Dios y adelantándose a las representaciones que vendrían más tarde entre los católicos. Los musulmanes volverían más tarde a ese principio monoteísta de no plasmar el rostro de Dios. Mani había nacido cerca del río Tigris,
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educado en el monasterio cristiano de los hombres de las túnicas blancas apenas dos siglos después de la muerte de Cristo. Esos hombres habían elegido la proximidad del agua, ya que esperaban de ella pureza y salvación. Pero fue con el uso de los colores, considerados pecado de la vanidad, que los maniqueos, cuando menos en lo más aparente de una compleja doctrina, desafiaron a sus hermanos en la fe que, por lo demás, tampoco aceptaban la representación de las imágenes sagradas en el lienzo de tela. Por razones teológicas profundas, Agustín de Tagaste fue uno de sus seguidores, un maniqueísta convencido, para luego enfrentarse con sus principios asumiéndose católico, tal como lo expresará en su obra cumbre La Ciudad de Dios, en la que, por cierto, propone una doctrina teológica en la que explicará su religión vinculándola con toda su herencia judía —como lo hicieron los evangelistas—, expresada principalmente en el Génesis y que continúa en el Apocalipsis, para señalar el principio y el fin en el misterio de la resurrección. Y encuentra en el pecado original la base doctrinaria del cristianismo. La retroalimentación religiosa se muestra más tarde cuando aparece el islam y éste retoma igualmente algunas de las señales del judaísmo y del cristianismo que, con el tiempo, continuarán los intercambios que unen a las tres religiones monoteístas. Los rasgos apocalípticos fueron heredados de los judíos a los cristianos a través de la lectura de Elías e Isaías, y luego a los musulmanes en un proceso de retroalimentación constante de ideas. Eso se demuestra con el mesianismo heredado por el judaísmo, tal como se lee en los Evangelios. Tomado por los tres monoteísmos, está el diálogo que se desprende sobre las profecías, entre Avicena y Tomás de Aquino,1 para de sembocar en la luz intelectual. El panteón pagano, poblado por numerosas imágenes, sucumbió ante el embate del Dios único. Él no podía ser representado por ninguna estatua, figura o pintura. Ésa era herencia de la tradición judaica que enmarcó el inicio del cristianismo, por eso en el comienzo fue difícil aceptar la representación de las imágenes sagradas. En ese sentido fue contundente el dictado del Concilio de Elvira (circa 306): “Lo que es venerado y adorado no debe ser pintado en los muros”. Los cristianos representaron primero la cruz, la misma que se dejó ver en la luz del esplendor celeste luego de la Batalla del Puente Milvio, cerca de Roma, para indicarle a Constantino (324-337): “Con este símbolo vencerás”, y marcar con la fundación de Constantinopla, en el emplazamiento de lo que fuera Bizancio, el amplio espacio que se conquistaba para la cristiandad. Más adelante, en el Concilio Quinisexto (692) se prohibió la representación de Cristo bajo la forma de cualquier animal con el fin de eliminar vestigios paganos, porque no hay que olvidar que en la Roma de las catacumbas, sus seguidores hacían comunidad identificándose con el pez y el cordero. Esas tradiciones sobrevivieron hasta nuestros días, al igual que la
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paloma que, con todo y su blancura, representa al Espíritu Santo, que junto al Padre y al Hijo conforman la Tríada del Dios único del cristianismo. Durante los siglos v y vii la figura humana de Jesús y de los santos se reinventa y poco a poco va apareciendo el color en sus rostros y en sus vestimentas, así sean los de la naturaleza generosa con las variedades del ocre. Aunque no existe acuerdo, los personajes sagrados no sólo se representan sino que aparecen frontalmente para estar dispuestos a la veneración de los fieles a fin de establecer una verdadera relación con ellos. Comenzaron a introducirse escenas donde las figuras son representadas en tres cuartos y muy raramente de perfil, algo común a las pinturas romanas precristianas. Un amplio periodo de ambivalencia respecto a la representación de lo sagrado en imágenes se dio entre los siglos vii y viii, pero según los iconoclastas era posible representar a Cristo sin traicionar su naturaleza divina mostrando únicamente su naturaleza humana, aunque se corría el riesgo de reducir su persona a la de un hombre cualquiera. Ése es el contexto de la discusión de los monofisitas y de quienes se apartan convencidos de la doble naturaleza de Cristo, la humana y la divina, en el Concilio de Calcedonia (451). Bajo los auspicios de la emperatriz Irene de Bizancio se aceptó en el Concilio de Nicea (787) la legitimidad del culto a las imágenes. Fue el 11 de marzo de 843, primer domingo de Cuaresma, cuando la emperatriz Teodora restableció definitivamente su culto. Para los bizantinos, el icono debía revelar los valores espirituales ocultos bajo la apariencia de la materia y dar fe de la existencia de un mundo supraterrestre. Así lo expresaba san Juan Damasceno (675-741): “Los santos son representados en estado de beatitud, revestidos del esplendor divino que les es propio desde el martirio. Representarlos con la apariencia corporal que tenían en la tierra es elevarlos al honor del que gozan con Dios desde que viven junto a Él”. Con el Pantocrátor, el Cristo-Dios que de frente abarca la bóveda completa de Santa Sofía en Constantinopla, culmina la aceptación de la representación pictórica de Jesús. Los rasgos que lo definen son sirios, es decir, cabellos oscuros, contra la idea de la imagen griega con rizos rubios. Y como todo es fusión, la aureola dorada —expresión de la luz que emanaba de su espíritu— será tomada de las deidades paganas de Palmira, donde surgió la idea de concebirlas con un halo de luz rodeándoles el rostro como sello de distinción. Aunque de la herencia judía está Moisés, quien luego de recibir las Tablas de la Ley, tendrá rayos resplandecientes desprendidos de sus sienes. Las representaciones han variado de forma continua y tomando elementos de los más de dos mil años de cristianismo, aunque no sería fácil reconocer en ese largo itinerario los rasgos iniciales de las imágenes que han seguido los dictados de la moda en el Medioevo, en el Renacimiento, en el Barroco y la modernidad. Pero quizá la vulgarización es uno de los mayores problemas para imágenes que, en principio, eran luz más que forma y eso
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se perdió. Por eso son las imágenes que nos llegan del pasado las que continúan suscitando más interés, aunque a veces se ubiquen más en la historia del arte que en la de la religión. b. Y les habló desde el cielo En el principio fue el verbo y Dios se lo dio al mundo. Se dice que Adán habló en hebreo, el idioma de Dios, pero según los musulmanes se expresó en árabe en Edén, y ya habiendo salido de ese sitio, empleó el siriaco para comunicarse, al igual que Abraham, pero Isaac volvió al hebreo.2 Lo importante es que se piensa que por el oriente llegó la palabra de Dios aunque hay la disputa sobre la lengua que habló. El hecho es que el monoteísmo es un proceso en el que confluyeron tres grandes ramales de la cultura religiosa que arrasó con el politeísmo en la región: el judaísmo, el cristianismo y el islam. Aun cuando algunos afirman que la idea de un solo Dios nació con los egipcios, cuando Akenatón concedió al sol mayor importancia sobre cualquiera de las deidades de otros faraones, después se convirtió en la cuestión central de la tradición bíblica. Así que Abraham, el profeta errante, adorador del sol a su primera edad, pronto fue un convencido de la existencia de un Ser supremo. Estuvo en contacto con el faraón de Egipto que se prendó de la belleza de Sara. Cumplió la promesa de llevar a su pueblo a la tierra prometida y engendró a dos hijos: Ismael, de su relación con Agar, cuyos herederos serían los pueblos árabes; e Isaac, de su vínculo con Sara. Jacob, su vástago, procreó a los doce hijos simiente de las tribus de Israel. La historia bíblica, sin embargo, tiene que confrontarse con la historia social y política de la región del Medio Oriente, escrita tiempo después de los acontecimientos que narra. Según el Génesis, Abraham salió de Ur —localizado en el actual territorio de Iraq— e hizo un amplio recorrido por los reinos situados entre los ríos Tigris y Éufrates, pasó por Babilonia, por lo que ahora son Siria e Irán, hasta establecerse en Jarán, en la actual Turquía. Pero cuando tenía setenta y cinco años, Dios le pidió ir hacia Canaán y a las colinas de Judea, para luego partir hacia Egipto a través del desierto del Sinaí. En las márgenes del río Nilo los pastores que le siguieron encontraron pastos suficientes para sus rebaños, pero su periplo no había terminado porque le esperaba la prueba más fuerte. Al cumplir cien años nació su hijo Isaac y al poco tiempo Dios le pidió su sacrificio que debía tener lugar en el país de Moriá, que se ubica en la actual Jerusalem. Probada su fidelidad, Dios le detuvo la mano a través del ángel del Señor y, en lugar de su hijo, aceptó a cambio el sacrificio de un carnero atrapado por su cornamenta en una zarza.3 Casi mil años después, en el 962 antes de la era común, en el mismo sitio se levantó el Templo de Salomón, con el objetivo de resguardar el Arca
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de la Alianza que contenía las Tablas de la Ley que Dios otorgó a Moisés en Sinaí; era custodiada por las esculturas de cuatro ángeles y resplandecía por lo que protegía. Para realizar su proyecto el rey recurrió a la amistad de su padre David con el rey Hiram de Tiro, quien puso a su disposición a los mejores artesanos y orfebres, así como el tesoro más preciado de la región: los cedros de Líbano con los que recubrieron todas las paredes del templo, y con encinos construyeron sus puertas. Dice el Cantar de los Cantares: “De maderas del Líbano se ha hecho el rey Salomón su pabellón. Las columnas las ha hecho de plata; el artesonado de oro; los asientos bordados de púrpura y recamados de ébano”. Pero el primer templo fue destruido por los ejércitos de Nabucodonosor en 586 antes de la era común, y llevaron a la esclavitud a los hebreos en Babilonia. Así condujeron a los judíos, debilitados por las pugnas internas, al exilio como lo recuerdan en sus rezos: Reconforta Adonai a los enlutados por Sion, y por la destrucción de Jerusalem. Reconforta a la ciudad desolada y enlutada, consuela a la ciudad en ruinas. Sus hijos no están, sus residencias están destruidas, su gloria desaparecida y ella está abandonada por sus pobladores. También se sabe que después algunas partes del templo fueron restauradas por Herodes, llamado el Grande, para otra vez convertirse en escombros. Con la cristianización de lo que fuera el Imperio romano —¿con Roma comenzó el colonialismo en Medio Oriente que siglos después siguieron los ingleses?—, el lugar fue abandonado y convertido en basurero porque para los cristianos lo más importante era el Santo Sepulcro que alojó a Jesús por unas cuantas horas antes de la asunción a los cielos. En tiempos de los romanos, Octavio concedió a Herodes el Grande todos los territorios que había gobernado Cleopatra, la última faraona. En su delirio hizo reconstruir el templo, trabajo que no vio terminado porque murió. El templo fue recinto de las enseñanzas de Jesús, quien al fin había nacido judío —probablemente del pueblo de los esenios— y con su prédica dio origen a otro monoteísmo. Su crucifixión y muerte alentaron la fe cristiana. Sólo varios años después, el segundo Templo fue destruido en medio de un levantamiento generalizado de los pueblos sometidos, entre ellos los judíos, contra la dominación romana. Los cristianos desplazaron su punto de plegaria hacia el Santo Sepulcro donde se construyó, gracias a Elena, madre de Constantino, una iglesia para recordar el hecho de que Cristo resucitó al tercer día, evidencia de su naturaleza humana y divina. Los judíos se habían dispersado por las persecuciones a otros sitios de las márgenes del Jordán y el monte Moriá fue abandonado.
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Este recordatorio sólo busca entender mejor por qué razón un territorio de tan pequeñas dimensiones ha podido ser tan disputado a lo largo de la historia, y explicar por qué fue importante, tanto que en diferentes momentos se volvieran las miradas hacia lo que allí sucedía. Y, en última instancia, por qué fue y es Jerusalem una ciudad disputada, y ha sido y es el centro de tan numerosos relatos. c. La propuesta de Chateaubriand François-René, vizconde de Chateaubriand (1768-1848) fue el pionero de los viajeros que dejó claramente por escrito su intención de visitar el Santo Sepulcro de Cristo en su célebre libro Itinerario París-Jerusalem, publicado en 1811. Escribió uno de los relatos más completos y conmovedores del lugar que se convertiría en un punto de atracción sin igual. Luego del periplo que lo llevó desde Europa, se estableció en un convento en Jerusalem, de donde un buen día salió a las 9 de la mañana acompañado —eso sí, como todos los ricos que comenzaron a viajar hacia Oriente— por dos religiosos, un traductor, un sirviente y un jenízaro. Aunque el viajero que antecedió a todos fue san Pablo, al menos el primero que viajó por motivos religiosos para proclamar la kerygma, es decir, que Cristo fue crucificado y resucitado de acuerdo con las Escrituras. Según sus Epístolas, estuvo en Damasco, Arabia, Éfeso, Tesalónica, Filipos (en Macedonia), Atenas, Roma, España y subió en varias ocasiones a Jerusalem. Chateaubriand se interrogó, con pena, si debía ofrecer “la pintura exacta de los lugares santos”.4 Su visita fue previa al incendio acaecido un tiempo después y pese a que imaginó su destrucción, el recinto se salvó. Por eso escribió a su regreso de Judea: “La Iglesia del Santo Sepulcro no existe ya […], por así decirlo soy el último viajero que la ha visto; y seré por la misma razón, el último historiador”.5 Su afirmación escrita después de su viaje resultó falsa porque ya no la comprobó. Se enteró de un incendio parcial cuyos efectos no fueron tan drásticos como supuso. Después de enumerar con precisión a los viajeros que lo habían precedido, extrajo de uno de ellos esta descripción: La iglesia del Santo Sepulcro es muy irregular, porque se sujetó a los lugares que quisieron encerrar allí. Está hecha más o menos en cruz, con ciento veinte pasos de largo, sin contar el descenso de la Santa Cruz, y 70 de largo. Tiene tres domos donde el que cubre el Santo Sepulcro sirve de la nave de la iglesia. Tiene 30 pasos de diámetro y está abierta en alto como la rotonda de Roma. Es cierto que no hay bóveda: la cubierta está sostenida por grandes blasones de cedro que fueron aportados por monte Líbano. Antes se ingresaba por tres
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puertas, ahora sólo se hace por una donde los turcos guardan celosamente las llaves, para evitar que los peregrinos entren sin pagar los 9 cequís6 o 36 libras que cuesta el ingreso. Entiendo que los que vienen de la cristiandad, debido a que los cristianos están sujetos al Gran Señor, sólo pagan la mitad. Esta puerta está siempre cerrada y sólo hay un barrote de fierro, por donde quienes están fuera pasan comestibles a quienes están dentro.7 Después elaboró un listado de los representantes de las ocho naciones cristianas que resguardaban el lugar, en una tradición conservada hasta nuestros días: latinos, griegos, abisinios, coptos, armenios, nestorianos o jacobitas, georgianos y maronitas. El viajero al ingresar se encuentra con la piedra donde el cuerpo de Nuestro Señor fue uncido con mirra y aceites al ser descendido de la cruz, antes de ser conducido al sepulcro. Algunos afirman que fue traída desde la misma roca del monte Calvario. Otros dicen que José Nicodemo, el discípulo secreto de Jesucristo, introdujo la pieza. Continuaba su relato, sin guardar gran coincidencia con lo que se lee, por ejemplo, en el Evangelio según San Mateo, cuando un ángel del Señor bajó del cielo e hizo rodar a piedra que cubría el sepulcro y se sentó sobre ella. El Santo Sepulcro, continuaba Chateaubriand, se encuentra a treinta pasos; es semejante a un pequeño gabinete cuyo interior es casi cuadrado y en una placa sólida de piedra fue colocado el cuerpo del Señor con la cabeza hacia el Occidente y los pies hacia el Oriente. Cuarenta lámparas iluminan el santo lugar. A doce pasos una gran piedra de mármol gris señala el lugar en el que Nuestro Señor se mostró a Magdalena. Después se encuentra la capilla de la Aparición, en donde, según la tradición, Nuestro Señor se apareció primeramente a María Magdalena y a la “otra” María, es decir a su madre, luego de su resurrección. Una capilla en un ángulo más adelante está dedicada a lo que se llamó la Prisión de Nuestro Señor, lugar donde debió esperar hasta que hicieran el hoyo para clavar la cruz. Al salir de esa capilla, descendiendo una escalera adosada a la muralla de la iglesia, se accede a una suerte de caverna en la roca, para llegar a la capilla de Santa Elena, donde la madre de Constantino rezaba para hallar la Santa Cruz. Otros once escalones más hasta el sitio donde se encontró, además de los clavos, la corona de espinas y el fierro de la lanza, escondidos allí desde hacía trescientos años. En otra pequeña capilla yendo hacia el monte Calvario se ve una columna de mármol gris llamada la columna del Impropere; en ella Jesús fue sentado mientras le ceñían la corona de espinas y le daban una vara para representar burlonamente al rey de los judíos. Diez pasos después se sube por una escalera estrecha hacia el monte Calvario.
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Ese lugar, en otro tiempo ignominioso, fue santificado por la Sangre de Nuestro Señor, sobre el que los primeros cristianos tuvieron un cuidado particular; y después de limpiarlo de todas las inmundicias y toda la tierra acumulada, lo cercaron con murallas: de suerte que en el presente es como una capilla alta encerrada en una gran iglesia. Está revestida de mármol por dentro y separada por una arcada. La que está situada hacia el septentrión es el sitio donde Nuestro Señor fue atado a la cruz. Hay 32 lámparas ardientes cuidadas por los que celebran todos los días la misa en el santo lugar.8 Debajo de esa capilla una placa marca el sepulcro de Godofredo de Bouillon llamado el “Defensor del Santo Sepulcro”, quien fuera duque Margrave de Amberes y duque de Baja Lorena. A su muerte, su hermano Balduino heredó el título de rey de Jerusalem. El prejuicio cuenta que los cruzados se posesionaron de Jerusalem el 15 de julio de 1099: […] arrancaron la tumba de Jesucristo de manos de los infieles. Se mantuvo 88 años bajo el poder de los sucesores de Godofredo. Cuando Jerusalem volvió a caer bajo el yugo musulmán, la iglesia y el Santo Sepulcro fueron recuperados a precio de oro y vinieron monjes a defender con sus plegarias los lugares confiados inútilmente a las armas de los reyes: es así que a través de mil revoluciones la fe de los primeros cristianos permitió conservar un templo que pudo estar perdido para nuestro siglo.9 Así los primeros viajeros estuvieron contentos usando los textos de la Biblia y de los Evangelios que deben leerse para recorrer la tierra santa de “tradiciones y recuerdos”, decían. Chateaubriand se preguntaba que seguramente los cristianos querrían saber sus sentimientos, a lo cual respondió con el profundo recogimiento que le embargó al encontrarse frente al Santo Sepulcro, en ese recinto “singularmente misterioso” donde reina la “oscuridad”, aludiendo a las condiciones reales de la escasa luz del lugar y no a una metáfora que podría dar lugar a otras interpretaciones. Sacerdotes cristianos de distintas sectas habitan las partes diferentes del edificio. De lo alto de las arcadas, ellos se recogen como palomas, del sobresaliente de las capillas y subterráneos, se escuchan sus cantos en todas las horas del día y de la noche. El órgano del religioso latino, los címbalos del sacerdote abisinio, la voz del griego, la plegaria del armenio solitario, especie de lamento del monje copto, golpeando uno y otro o todos a la vez en los oídos. Sabes de dónde salen esos conciertos, respiras el olor del incienso sin ver la
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mano que lo quema: solamente los ves pasar, perderse detrás de las columnas, en las sombras del templo.10 Varios siglos después fue construida cerca de allí la mezquita de La Roca por los musulmanes, y los judíos piensan que se erigió sobre las ruinas del Templo de Salomón, y en apoyo de esa idea se alega que en su base se encuentra el Hakótel Hama’aravi (el muro occidental del segundo Templo), o simplemente Kótel para los judíos o, como le llamaron los cristianos o gentiles, Muro de los Lamentos. En el siglo vii una nueva prédica tendría eco en la región, venía desde la península Arábiga; se trataba de la de Mahoma que buscaba una religión que uniera a los dispersos pueblos árabes en torno a Alá. Como Dios había revelado la Torah a los judíos en hebreo, y a los cristianos los Evangelios en arameo (aunque algunos en griego), a los árabes les dio el Corán en su lengua. La tradición islámica considera que el profeta viajó en una sola noche de La Meca a Jerusalem y precisamente desde el monte Moriá subió en el equino Al-Borak, como un rayo, hasta la presencia de Dios, y la mezquita de Al-Aqsa se erigió para marcar ese lugar. Abd al-Malik hizo construir a unos metros lo que se conoce como la Cúpula de la Roca, para recordar el sacrificio por el que Abraham habría de ofrecer a Dios su hijo Ismael en holocausto, mientras en la tradición judía se trata de Isaac. Colinda con el muro occidental de lo que fuera el lugar más sagrado del Templo de Salomón. Fue concluida en 691 de la era común, apenas sesenta años después de la muerte de Mahoma, lo cual la convierte en la edificación islámica más antigua del mundo. El hecho constata igualmente que la prédica del islam fue asombrosa por su rapidez en la historia de la humanidad. Los cruzados reclamaron el control de Jerusalem que se había islamizado, como gran parte de la región, y su consigna fue rescatar el Santo Sepulcro de manos de los infieles, según el nombre endilgado a los musulmanes. La Ciudad tres veces Santa fue tomada por los cristianos que se posesionaron de ella por casi un siglo hasta que Salah-ad-Din (Saladino) la reconquistó en 1187 para los musulmanes. Sus batallas con Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra y responsable de la tercera Cruzada, se acrecentaron con las leyendas. Hubo todavía otras Cruzadas, los muertos se contaron por millares y las atrocidades contra los judíos continuaron, pero lo que los musulmanes llamaron la Explanada de las Mezquitas se mantuvo bajo su control desde que Jerusalem fue tomada por Salah-ad-Din. Jerusalem es una Ciudad Santa para las tres religiones monoteístas, asociada con los nombres de Abraham, Salomón, Jesús, Mahoma, Salah-adDin, es decir con la tradición plural del Medio Oriente y con una historia que no tiene fin.
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En 1930 la ciudad de Jerusalem estaba llena de peregrinos de todas las naciones y religiones. El psiquiatra Heinz Herman descubrió entre sus pacientes una marcada sensibilidad a la religión y a la fe. Había tenido que tratar a gente que se creía una reencarnación del Mesías o creían que san Juan Bautista o María Magdalena los habían elegido como mensajeros. Llamó a esa enfermedad el síndrome de Jerusalem. Los síntomas eran una urgente necesidad de lavarse y de vestirse con ropa blanca. Muchos que habían venido en grupos o con sus familias los dejaban, se sumergían en fuentes y en arroyos. Tenían visiones y oían voces. La ciudad de Jerusalem no deja a nadie indiferente. La ciudad que es sagrada para las tres religiones monoteístas del mundo es hoy una ciudad dividida con un futuro incierto. Tanto los palestinos como los judíos reclaman la ciudad como su capital. La iglesia del Santo Sepulcro, constituida por los cruzados y de dimensiones monumentales, es disputada celosamente por todas las religiones de la Cristiandad, católicos, protestantes, coptos, griegos, ortodoxos y maronitas tienen acaparadas las esquinas de la gigantesca iglesia y los domingos es una torre de Babel que huele a incienso y mugre milenaria.11 d. Dios y la geografía Jerusalem, Jerusalem y sus calles y sus rosas, guarda el embeleso de una de las ciudades más antiguas, donde hay rosas enormes y pequeñas, gruesas de pétalos o apenas con unos cuantos. Su gama de colores va del rojo escarlata al carmesí, del rosa pálido al coral, del amarillo al naranja. Las blancas abundan y están por todas partes, símbolo de la perfección fueron plantadas allí porque encierran el misterio religioso del monoteísmo judío, cristiano o musulmán, ¿acaso en su diversidad no buscan lo mismo: explicar los designios del Creador? Las rosas contrastan con el sentido de Jerusalem como Ez Zeytouneh, la ciudad de los olivos, como también se le identificó. No hay viajero que haya escapado a la atracción de la mezquita del Domo de la Roca, imagen que, en el mundo de las paradojas, es el emblema del turismo; identifica a la Explanada de las Mezquitas, el tercer lugar sagrado del islam después de La Meca y Medina. El domo dorado, con su perfecta forma geométrica, siempre en la alineación ideal desde cualquier perspectiva para la mirada deslumbrada por el reflejo de los rayos del sol gracias a sus más de dos millones de teselas de cristal de colores dispuestas con la inclinación adecuada para que reflejen el haz de luz en la perspectiva de quien la contempla
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desde abajo. Fue la primera construcción de la nueva prédica que nacía por esa región del mundo. Cuando esa mezquita llamada Qubbat as-Sakhrah fue construida según un modelo de Abd al-Malik, la maqueta a escala fue de tal perfección que afortunadamente se decidió conservarla pese a los continuos asedios a Jerusalem. De tal forma que el visitante puede solazarse adivinando las dimensiones de la dedicada al culto. En su interior, la construcción rodeó el lecho rocoso identificado con los acontecimientos fundacionales de las religiones monoteístas. Con sus columnas traídas de Bizancio, con los colores de la naturaleza del ocre al amarillo de reluciente mármol, se integraron también elementos cristianos. Cuando Salah-ad-Din reconquistó la ciudad después de haber permanecido bajo el dominio cristiano durante casi un siglo, hizo traer a lomo de camellos cientos de toneladas de rosas —ya que se requieren tres para confeccionar un litro de su esencia concentrada— para limpiar con su agua perfumada palmo a palmo las impurezas encontradas en el monte Moriá. Espacio circundado por la historia, pese a las fricciones de la imposición del Estado, las rosas se adhieren a las bardas que rodean la ciudad antigua, la más disputada, dándole un aliento de quietud, como si el tiempo se detuviera. Conmovido por la devoción que profesan los judíos cuando se acercan al Kótel, asombra descubrir, entre las calles abigarradas, el Santo Sepulcro. La guía para encontrar la basílica que lo alberga son los catorce pasajes de la Pasión, adosados en los muros que lo rodean. Entre las rosas surge la historia del centro ceremonial por los lugares santos de las tres religiones que acoge. No son necesarias las señales si sus indicaciones son reconocidas por el engranaje cultural de quienes los visitan. Cuánto pudo haber cambiado en los siglos la llegada por la Vía Dolorosa perdida en el Zoco hasta nuestros días, con el mercado rebosante de mercaderías (camisetas con leyendas en hebreo, en inglés y árabe, los tocados de los judíos o capeles, las kufiyya con las que se cubren la cabeza los árabes). Hay acuarelas naïves con el Domo Dorado dibujado con colores chillantes, los pasajes de guerreros en lucha representando aquello de “ojo por ojo, diente por diente”, imágenes coronadas con caracteres árabes. Hay también rosarios cristianos de madera perfumada de rosas. Y, de pronto, al torcer un estrecho callejón, luego de cruzar un pasillo oscuro se accede a una breve explanada. Apenas un parpadeo y se está en la antesala de la basílica erigida por Elena, la madre del emperador Constantino para resguardar el que fuera por tres días el Sepulcro de Cristo, como se escribió en los Evangelios. El ingreso lleva a la oscuridad contrastante con el intenso sol de mediodía. En ese espacio oscuro es difícil imaginar que, según los cristianos, de allí emanó la luz del mundo. Un rectángulo de maderas en un espacio reducido guarda el Santo Sepulcro por el que tantas batallas se dieron. Dentro, al acostumbrarse a la penumbra, apenas se puede distinguir la humilde
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lápida al ras del piso donde fue uncido el cuerpo de Cristo. Apenas visible entre cientos de manos que quieren tocarla para mantenerse en el vértigo que emana de esa piedra. El santuario del Santo Sepulcro parece una capilla añadida al conjunto, iluminada por las velas. Los sacerdotes de los cristianismos orientales ponen orden a los peregrinos que quieren entrar y tocar la tumba sagrada; una fila de personas con lágrimas en los ojos la rodea esperando el momento de ingresar. Algunos de los sacerdotes que resguardan el lugar dan alguna explicación cuando se les solicita. La impresión es la de volver a un tiempo remoto cuyos orígenes se pierden en las historias escuchadas. La construcción presenta varios niveles y estilos, entre ellos los agregados que debieron hacerse en distintas épocas como en la de las cruzados. Contrario a lo que podría suponerse, la gente deja escapar sus emociones y grita y se mueve y llora y toma fotografías, ¿podría suceder de nuevo que Jesús apareciera para lanzar a los mercaderes del templo? Los turistas van y vienen en hordas. A veces sin lograrlo, los hombres de largas túnicas negras buscan mantener el orden. Aquí los cristianismos se encuentran: armenios, maronitas, coptos, etíopes, caldeos, siriacos y griegos ortodoxos porque el antiguo sultán del Imperio otomano concedió a cada una de estas denominaciones el cuidado de una parte de la Basílica del Santo Sepulcro, que también es resguardada por la orden de los franciscanos, la única con ese privilegio. Es una experiencia perturbadora no solamente por la espiritualidad sino por el contraste con los otros centros religiosos que, se dice, se instalaron allí por la fuerza de atracción del desierto. La calma de la Explanada de las Mezquitas permite escuchar los trinos de los pájaros que aprovechan cualquier rendija para refugiarse en la mezquita de Al Aqsa. Las palomas se posan sobre los escalones hasta que vuelan con el trajinar de los varones que corren descalzos a realizar sus abluciones en la hermosa fuente antigua en el exterior de la ciudad que los árabes llaman Al-Quds. En el Kótel o Muro de los Lamentos, según los gentiles, se reúnen a la contrición o los cortejos festivos de grupos que danzan y cantan, acompañados por flautas y tambores, envolviendo la convivencia entre adultos y menores que viven el judaísmo, en los rituales de una boda o de un bar-mitzvah, entre la rigidez de sus estructuras y las opciones personales. En el centro de la cristiandad el barullo es mayor, y ya es mucho decir cuando se clama a Dios frente a ese gran muro, tan sólido como la tradición cultural que resguarda. En Jerusalem, la espiritualidad de las diferentes religiones se vive en espacios de difícil demarcación —¿al igual que la realidad que los envuelve?—, porque conviven con distancias de apenas unos cuantos metros. ¿Cuáles son los límites de la identidad de ser israelí-judío, israelí-musulmán e israelí-cristiano? En Israel parece negociarse todo, incluso, aunque en menor medida, las jurisdicciones religiosas. La ciudad no
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deja a nadie indiferente, a los más de sesenta años de Israel, el Estado que resguarda este territorio, ¿cuántas familias viven separadas por ser parte de las culturas que las religiones auspiciaron?, ¿la celebración podría mostrar con orgullo que la convivencia en el mundo que inventó la multirreligiosidad y el multiculturalismo es posible? O, en el futuro, continuaremos frecuentando la sentencia de Ambrose Bierce, de que las guerras son la manera que tiene Dios de enseñarnos geografía.
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