MUNDO ANTIGUO JERRY TONER
Traducción de Antonio García Maldonado
Titulo original en inglés: The Ancient World © Jerry Toner, 2015 Publicado por primera vez en el Reino Unido por Profile Books Ltd De esta edición: © Turner Publicaciones S.L., 2017 Diego de León, 30 28006 Madrid www.turnerlibros.com De la traducción: Antonio García Maldonado Reservados todos los derechos en lengua castellana. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra, ni su tratamiento o transmisión por ningún medio o método sin la autorización por escrito de la editorial. Adaptación de diseño y maquetación: Turner Publicaciones S.L. Impreso en España Primera edición: septiembre de 2017 ISBN: 978-84-16354-45-0 Depósito legal: M-25102-2017 La editorial agradece todos los comentarios y observaciones: turner@turnerlibros.com
ÍNDICE
1
un mundo antiguo distinto
2
el mundo antiguo visto desde abajo
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3
Qué, cuándo y dónde en el mundo antiguo
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4
¿Y cómo se descubre otro mundo antiguo?
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5
grecia y roma: ¿Eran importantes?
117
6
una mirada clásica
143
9
1 UN MUNDO ANTIGUO DISTINTO
Roma: la ciudad imperial de un millón de personas, más extensa que cualquier otra capital de Occidente hasta la Revolución Industrial. ¿Cómo sería caminar por ella? ¿Qué habríamos visto? ¿Resplandecientes templos blancos y romanos ataviados con toga? ¿A Cicerón dando uno de sus discursos en el foro? O, de haber recorrido las calles de Atenas, ¿nos habríamos encontrado a Sócrates afeando errores lógicos a los atenienses? ¿Habríamos podido apartar la mirada del glorioso Partenón? Este libro, en cualquier caso, no se propone comentar las imágenes más trilladas de la Antigüedad. Tratemos de imaginar un mundo clásico diferente. ¿Qué nos encontraríamos mientras paseamos por una ciudad de la época? De entrada, los sentidos captan una experiencia totalmente distinta. El hedor de la basura y los excrementos humanos nos golpea sin piedad. Porque los impresionantes progresos romanos en alcantarillado se circunscriben a las principales zonas públicas de la ciudad. Bien alejada de ellos, la gente evacúa en cualquier parte. Los esclavos y los 9
trabajadores manuales despejan parte de estos residuos y se los llevan hasta unos pozos fuera de las murallas de la ciudad. Pero el olor aún impregna el aire. La muerte también está en el ambiente. Abundan los sin techo que mueren en medio de la calle, e incluso los emperadores están expuestos de algún modo a tal eventualidad. Vespasiano se encontraba un día cenando cuando un perro entró desde la calle y dejó caer una mano humana en la mesa. Estamos ante un mundo preindustrial cuya relación con la basura y los residuos es diferente a la nuestra. Eso no quiere decir que los antiguos no se preocupasen de sus cadáveres. En absoluto. Como les ocurre a los héroes de la Ilíada, también ellos ansiaban un entierro digno, aunque apenas consistiera en que alguien lanzase un puñado de grava sobre sus restos. En Roma, donde la cremación era la manera más habitual de disponer de los cuerpos humanos, estos se trasladaban fuera de las murallas de la ciudad y se quemaban en sencillas piras. Y una ciudad de ese tamaño produce un suministro constante de muertos: quizá se incinerasen unos cien al día en los caminos que llevaban a la Roma antigua. El olor a carne quemada da la bienvenida al viajero a la cruda realidad de la vida en una ciudad de la época. Los turistas que hoy visitan los escenarios de la Antigüedad clásica suelen adoptar la actitud reverente y silenciosa propia de los lugares de culto. En el Coliseo, los visitantes callan en señal de respeto para con las miles de personas que perecieron allí. No hay nada 10
malo en el gesto: muestra que la falta de respeto hacia estos muertos no nos dejaría indiferentes. Pero el mismo gesto también da cuenta de una idea distorsionada de la época, en la que el ruido podía resultar ensordecedor y los aplausos de la multitud en el anfiteatro y el Circo Máximo, donde cabían un cuarto de millón de espectadores, resonaban por toda la ciudad. Carros de madera traqueteaban por las calles de piedra, vendedores ambulantes anunciaban sus mercancías a gritos, usando diferentes llamados según lo que vendieran, y los arrieros guiaban hasta los carniceros, encargados de sacrificarlos, los miles de animales necesarios para la alimentación de la ciudad. Muchas cosas no eran como ahora imaginamos. Miramos el frío y blanco mármol de las estatuas del Partenón y su sencillez simboliza para nosotros la pureza de la Antigüedad, nos recuerda cómo el pueblo griego encumbró la razón y la ciencia y fue capaz de mirar más allá de la apariencia de las cosas para comprender su esencia. Lo cierto, sin embargo, es que si no todas, la mayoría de las estatuas estaban pintadas. O cubiertas de pan de oro, barniz o esmalte. En ellas se resaltaban los principales rasgos de la cara para captar mejor la mirada del espectador. Los ojos se pintaban de blanco o se adornaban con cristales de colores en lo que se tenía por mayor realismo. Los labios se dramatizaban con un rojo intenso en una suerte de implante de colágeno arcaico. Cuanto más importante era la estatua, más atrevido y costoso era el pigmento. El rojo bermellón o el azul egipcio, por ejemplo, se utilizaban 11
para dotar de un aire divino a los emperadores escogidos por los dioses. Si estuviéramos ante una maqueta con el aspecto real que tenían las estatuas en la Antigüedad, costaría que no nos pareciese estridente, pero a los antiguos les haría pensar en la divinidad. Esto ilustra cuán difícil es para nosotros ver el mundo antiguo de la forma en la que ellos lo hacían. Nos hemos acostumbrado tanto a verlo a través del cine, la pintura y la arquitectura neoclásica que nos parece que, si pudiéramos desplazarnos hasta allí en una máquina del tiempo, nos sentiríamos casi como en casa. Si algo intento hacer en este librito es desmontar esta falaz sensación de familiaridad. Tendríamos que reeducar por completo nuestros sentidos para percibir y experimentar el mundo de la misma manera que los antiguos. Como da a entender la recreación pictórica de una estatua originalmente multicolor en la izquierda de esta página, si volviéramos al mundo antiguo no podríamos fiarnos de lo que ya sabemos. Hemos aprendido a ver de cierta manera, y si escucháramos los mismos Reconstrucción pictórica de sonidos que los antiguos, una estatua del templo de Afaya en Egina tal vez los interpretaríamos 12
de un modo diferente. Hay olores que nos parecerían repulsivos y, en otro tiempo, eran de lo más normales. Como he dicho, tendríamos que reeducar nuestros sentidos para poder empezar siquiera a experimentar el mundo como lo hacían en la Antigüedad. Damos por hecho que esos sentidos recogen cinco fenómenos independientes, cada uno con sus características particulares. Pero los antiguos combinaban estímulos sensoriales para crear una paleta descriptiva compleja y estratificada. La famosa imagen de Homero y su «mar color de vino» no solo se refería al color sino también a su gusto y al aroma, agrio y punzante. Y tal vez sugiriese lo que se sentía en el mar, una sensación como de mareo tras haber bebido demasiado. Hoy en día, la idea de degustar, oler y sentir colores no se entiende. Por entonces, sin embargo, incluso la lectura implicaba varios sentidos. Los textos se escribían no solo para ser leídos, sino también para ser escuchados, en parte porque no muchos sabían leer. Era natural probar, oír y oler lo que a nosotros nos parecen descripciones puramente visuales. La buena escritura permitía que la audiencia experimentara diversas sensaciones por medio de las palabras. No sabemos cuál era realmente la tasa de alfabetización. Tal vez solo el cinco por ciento de la población estuviera funcionalmente alfabetizada, lo cual significa que sabían suficientes palabras para comunicarse por escrito de forma sencilla o leer textos básicos. Aquellos capaces de leer lo que llamaríamos alta literatura eran menos aún: un dos por ciento como máximo. 13
La educación era costosa y la mayoría necesitaba que sus hijos empezaran a trabajar a una edad temprana. Gran parte de lo que llamamos cultura clásica es la alta cultura de este pequeño grupo de gente acomodada. Solo ellos podían permitirse el lujo de perder el tiempo leyendo poesía o aprendiendo las más refinadas reglas de la escritura en prosa. De hecho, era la inutilidad de tales actividades lo que las volvía atractivas para la clase acomodada, un poco como el latín hoy en día. Aunque esto no significa que el resto de la sociedad no pudiera disfrutar de la buena poesía (o que los clásicos de la literatura que hoy se estudian habitualmente carezcan de valor o no haya que estudiarlos). Tanto Homero como Virgilio eran muy apreciados, justamente porque escribían para que sus textos se leyesen en voz alta. Los recitales públicos eran populares, tuviesen lugar en los formales escenarios o en los foros, más informales. De cualquier manera, la desigualdad económica en el mundo antiguo era enorme. El patrimonio mínimo necesario para convertirse en senador romano era de un millón de sestercios, cantidad que podría haber alimentado a unas dos mil familias durante un año. Los súper ricos tenían fortunas colosales. La de Craso, el hombre que financió el ascenso de Julio César al poder, se ha calculado en unos doscientos millones de sestercios (el salario base anual de un legionario eran quinientos sestercios). Tras de su muerte, ocurrida durante la invasión de Persia, cuando intentaba emular los logros militares de César, los persas vertieron oro fundido en la garganta de su cadáver: 14
el oro simbolizaba su sed insaciable de riquezas. Claro que comparar las fortunas de distintos momentos históricos es una tarea imposible. Si los antiguos con recursos parecían especialmente alejados de la gente común era por la ausencia de cualquier tipo de clase media, en el sentido moderno de un grupo económicamente poderoso con su propia cultura y valores distintivos. Los antiguos no tenían un sistema capitalista, ni tampoco existía una banca de reserva fraccionaria para facilitar el acceso al crédito. La riqueza se medía en tierras y bienes que la gente común y corriente no podía adquirir, pues lo tenía mucho más difícil para acumular el capital necesario. Unos pocos afortunados ganaban sin embargo el dinero suficiente para competir con la clase pudiente, pero para la mayoría, desarrollar una habilidad o adquirir un oficio como el de barbero o carnicero representaba la mejor forma de mejorar su posición y su calidad de vida. Lo que ayudaba a sobrellevar esta enorme desigualdad en el reparto de la riqueza era la expectativa social de que los ricos y poderosos compartieran parte de su buena fortuna con los ciudadanos de a pie. Ya fuese ofreciendo pan subsidiado, pagando espectáculos en los teatros o fomentando la cacería de animales y el combate entre gladiadores en la arena, organizando banquetes públicos o construyendo grandes baños en la ciudad, las viejas élites políticas ofrecían a muchos ciudadanos pobres, especialmente en la Roma del Imperio, medios para disfrutar de los placeres de una buena vida. Pan y circo, he allí el acuerdo que beneficiaba 15
a todos, al populacho y a los emperadores. Porque para los romanos comunes y corrientes, la diversión ocasional era tan importante como alimentarse y, sin duda, la aspereza de la vida cotidiana hacía del entretenimiento algo más apetecible y gratificante. Eran los hombres quienes mandaban en la Antigüedad. Solo ellos podían votar y ocupar cargos políticos. De las mujeres se esperaba que estuviesen subordinadas al marido, que fuesen hijas obedientes. Si alguien como Agripina ejercía el poder a la sombra en el palacio imperial, aquello apenas servía para demostrar la inadecuación del poder al ejercicio femenino, pues de Agripina se dice que podría haber asesinado a su marido, el emperador Claudio, con un plato de setas venenosas, y su despiadada búsqueda de poder para el hijo, Nerón, subrayaba en ella cualidades opuestas al ideal en una mujer romana. Un epitafio de la época registra las alabanzas de un esposo hacia su fallecida cónyuge: «pura, leal, cariñosa, obediente, hacía lo que le pedían». He allí lo que un hombre buscaba en una mujer. Y casi todos los textos que nos han llegado fueron escritos por hombres y para hombres. ¿Cómo dar voz al otro segmento poblacional, a las mujeres de la época? La población de la Antigüedad era, por cierto, más bien joven. Pero esa juventud no entraña necesariamente que fuera saludable. La esperanza de vida de un antiguo era de poco más de veinticinco años. Hoy en día, esa cifra casi se triplica en Occidente. El saneamiento deficiente, la falta de higiene personal y el 16
limitado conocimiento médico se combinaban para hacer de la muerte una presencia habitual en el hogar medio. «Esperanza» es la palabra clave aquí: los infantes cargaban con ese lastre constantemente. Alrededor de un tercio moría durante el primer año de vida. Y cerca de la mitad de los niños había muerto antes de cumplir los cinco años. Si sobrevivían a estos primeros años críticos, entonces la perspectiva mejoraba significativamente. El que llegaba a diez, razonablemente podía abrigar la esperanza de vivir hasta los cincuenta. No mucha gente alcanzaba nuestra actual edad de jubilación. Los abuelos eran una rareza, en cambio abundaban los padres ausentes y los huérfanos. De modo que habría que poner en solfa la imagen de la antigua casa patriarcal, dada la dura realidad de que muchos padres morían jóvenes por enfermedad o en la guerra. Por otra parte, la elevada mortalidad infantil convertía la maternidad en una pesada carga. En su edad fértil, una mujer corriente debía dar a luz cinco o seis niños vivos para que la población se mantuviera estable. De modo que la sociedad se aseguraba de que las mujeres tuviesen descendencia. Otro epitafio habla de una tal Veturia, que murió al cabo de dieciséis años de matrimonio a la provecta edad de veintisiete años. Cinco de sus seis hijos habían muerto antes que ella. A los once años, casarse era prematuro incluso según las costumbres antiguas, pero gracias al padre, la mayoría de las muchachas entradas en los últimos años de la adolescencia ya tenían concertada la unión con un hombre significativamente mayor. Y si el padre 17
estaba muerto, del arreglo se encargaban los tíos o los hermanos. La sociedad antigua estaba dominada por hombres, pero la población estaba compuesta principalmente de forasteros y otros marginales, pues incluso entre los hombres, solo una minoría tenía derechos. Aunque pensemos en Atenas como el lugar donde nació la democracia, de un total de cerca de doscientos mil habitantes, contando la población de la periferia, apenas unos treinta mil eran ciudadanos. La cifra habría rondado quizás los sesenta mil de no haber sido por Pericles, gran estadista y responsable de unos requisitos bastante difíciles de cumplir para alcanzar la ciudadanía. De modo que apenas entre un diez y un quince por ciento de la población tenía derecho a voto. Ciertamente, la libertad democrática de la que disfrutaba este pequeño grupo era radical y directa: cada ciudadano podía proponer leyes y votarlas individualmente; nada de tonterías por el estilo de la «representatividad», se esperaba que la gente decidiera por sí misma. Claro que las elecciones eran poco fiables porque los ricos y los poderosos solían acabar comprando el voto del electorado. Se pensaba que era la elección al azar la que respetaba verdaderamente la esencia de la democracia (un poco a la manera en que se eligen hoy en día los jurados). Sin embargo, las normas, como hemos visto, apenas garantizaban plenos derechos a un grupo reducido, dominado de cualquier manera por prejuicios inadvertidos de género, origen étnico y clase social. 18