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Primera edición: noviembre de 2016 Edición original finlandesa de Tammi Publishers Adaptación de cubierta: Book and Look Maquetación: Emma Camacho Edición: Olga Portella Falcó Dirección editorial: Iolanda Batallé Prats © 2015, Tuutikki Tolonen & Tammi Publishers, por el texto © 2015, Pasi Pitkänen, por las ilustraciones © 2016, Laura Pascual Antón, por las ilustraciones La publicación de este libro ha estado acordada con Tuutikki Tolonen, Pasi Pitkänen y Elina Ahlback Literary Agency, Helsinki, Finlandia. La traducción de esta obra ha recibido una ayuda del Finnish Literature Exchange. Casa Catedral® Josep Pla, 95 – 08019 Barcelona www.lagaleraeditorial.com lagalera@lagaleraeditorial.com Liberdúplex Ctra BV-2249, km 7,4 Pol. Ind. Torrentfondo 08791 Sant Llorenç d’Hortons Depósito legal: B-12.368-2016 Impreso en la UE ISBN: 978-84-246-5689-8 Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por la ley. El editor faculta a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) para que pueda autorizar la fotocopia o el escaneado de algún fragmento a las personas que estén interesadas en ello.


una canguro muy especial ILUSTRACIONeS DE

Pasi Pitkänen Traducción del finés de

Laura Pascual


Dedicado a Leonardo y a Maikki


índice 1. Un desayuno catastrófico 9 2. Todo encaja de forma inesperada 20 3. Mamá se va finalmente 28 4. Cosas que (quizá) siempre has querido saber sobre los monstruos 39 5. Un monstruo hambriento en el armario 47 6. Una carrera por el bosque 62 7. El nombre del monstruo 81 8. La policía secreta de servicio 97 9. La esencia nocturna del monstruo 104 10. Maikki se da un baño 116 11. Una conversación que no sorprende a nadie 122 12. ¿Qué es eso que vuela en la oscuridad? 127 13. El ataque del duende rana 135 14. Huida hacia el sótano 147 15. Las observaciones de hilda 152 16. Las consecuencias de una noche en vela 162


17. Los medios de defensa naturales de los monstruos 168 18. La primera noche en el patio 176 19. La apacible vida de campamento 189 20. Las instrucciones del albornoz 200 21. Un recién nacido furioso 208 22. Pruebas con el monstruo detrás del arbusto 217 23. Se acaban los víveres 226 24. El padre visible 232 25. Visitantes en el campamento 244 26. El mapa 255 27. Bosque nocturno, bosque de monstruos 258 28. El ladrón 274 29. Luna llena 281 30. En la puerta de casa 288 31. ¿Dónde está maikki? 303


Capítulo 1

Un desayuno catastrófico Como suele suceder, todo comenzó por la mañana. La madre estaba limpiando la encimera con un pequeño estropajo. Los niños Hellemaa, Hilda (11 años), Kaarlo (9 años) y Maikki (6 años y 4 meses), estaban sentados alrededor de la mesa redonda de la cocina comiendo cereales. En la radio se oían las noticias: «Comienzan las vacaciones de verano en el colegio; se prevé un tiempo cálido; el tráfico ha transcurrido sin problemas durante el fin de semana...». La madre levantó el estropajo de la encimera y se volvió para mirar a los niños. Estaba nerviosa, y con razón. —Hoy es el día en que me voy, pero los billetes de tren todavía no han llegado —exclamó—. ¿Y si todo esto del sorteo es un timo? ¡Un viaje a Laponia y dos semanas de terapia relajante! No, no. Esas cosas no pasan. —La madre se volvió de nuevo hacia la encimera y siguió frotan9


do mientras mascullaba—: Y, aun así, yo me lo creí. Hasta hice la maleta y todo, pero de los billetes no se sabe nada. Los niños se miraron unos a otros. —Tampoco sabemos nada del asistente —dijo Hilda. —No sabemos nada del asistente —repitió su madre. —Ni de La Voz Invisible —continuó Maikki. La madre arrugó la frente. —Pero a La Voz Invisible lo oímos a menudo —corrigió Kaarlo. —Y, si lo oímos a menudo, no necesitamos verlo —dijo Hilda con una risita. —Dejad ya esas chorradas de La Voz Invisible —ordenó la madre con voz seria—. Papá vendrá a casa esta noche, como bien sabéis. Ya está en el avión.

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—Sigue soñando —le susurró Hilda a Kaarlo. A La Voz Invisible no se le daba muy bien eso de llegar a casa a tiempo. —¿Qué estáis murmurando? —preguntó la madre. —Nada —se apresuró a responder Kaarlo. Sonó el timbre. —¡Por fin! —exclamó la madre. Echó un vistazo a su alrededor. La cocina seguía hecha un desastre. —Yo abro —dijo Hilda, levantándose de un salto. La madre limpió rápidamente los restos de cereales de la mesa con el estropajo y se apresuró a seguir a Hilda hacia el vestíbulo. En la puerta había un mensajero. No era el cartero de siempre, sino un señor más elegante y enérgico. Llevaba un chaleco amarillo, una gorra gris y una corbata gris de fibra sintética. Con toda seguridad, no había llegado en una bicicleta de correos. —¿Está Mari Hellemaa en casa? —preguntó educadamente—. Tengo un envío para ella. Alguien tiene que dar acuse de recibo. —¿Acuse de recibo? —repitió Hilda. —Una firma —aclaró el cartero. La madre se limpió las manos en el delantal y dio un paso hacia delante. —Yo soy Mari Hellemaa —dijo—. He ganado un viaje en un sorteo. Seguro que son los billetes. El cartero sacudió la cabeza afirmativamente y le tendió a la madre un papel y un boli. 11


—Firme aquí. Y escriba también su nombre completo, si es tan amable. La madre firmó. El cartero le tendió un sobre. —Aquí tiene. ¡Que tengan un buen día! Se levantó la gorra y desapareció por la escalera. La madre abrió el sobre con mucho cuidado. —Bueno, pues aquí están —dijo, aliviada. Sacó del sobre una hoja de papel plegada y los billetes de tren. —¿Qué pone ahí? —preguntó Hilda. La madre desdobló la hoja de papel y empezó a leer en voz alta: ¡Estimada destinataria! Una vez más: ¡enhorabuena a la ganadora! Por fin ha llegado el día del viaje. Es hora de cargar las pilas y relajarse. Es hora de pensar en el bienestar propio, de despertarse con el canto de los pájaros y con el cosquilleo de los rayos del sol. ¡Bienvenida! Después de dos semanas, será una persona nueva. Nuestro campamento de relajación comienza mañana a las 12 en un lugar cuya ubicación exacta conocerá a su llegada. El campamento dura exactamente dos semanas y, en todo ese tiempo, no necesitará dinero, sino únicamente ropa de abrigo y buen humor. Si no eligen otro lugar, después del campamento les llevaremos de vuelta a casa. El tren especial del campamento sale hoy a las 20 horas de la Estación Central de Helsinki. Por favor, no se retrase. Los billetes de tren están dentro del sobre. —El tren especial del campamento —repitió Hilda—. 12


Parece que mamá no es la única que ha ganado unas vacaciones relajantes. —No seas boba, los demás tienen que pagarse su propio viaje —corrigió Kaarlo—. ¿A que sí, mamá? Su madre no respondió, sino que se quedó mirando la carta fijamente. Arrugó la frente de un modo muy extraño. —¿Qué pone ahí? —preguntó Hilda. —¡Por los clavos de Cristo! —exclamó la madre—. Aquí pone que, como vuestro padre está de viaje, va a venir un asistente que estará aquí día y noche hasta que yo vuelva. ¡Dos semanas, día y noche! —¿No les has dicho que La Voz Invisible va a venir a casa? —preguntó Kaarlo. —Pensé que estaba claro que papá iba a venir —dijo la madre con rabia. —¿Va a venir un cuidador a vivir con nosotros? —preguntó Maikki muy contenta, ya que le gustaban todos los cuidadores. Especialmente, los cuidadores de la guardería, pero también los del centro médico infantil y los de la clínica dental, todo tipo de enfermeros, absolutamente todos. —No hemos dicho nada de pasar la noche —murmuró la madre—. Yo creía que vendría un asistente a limpiar y a hacer la comida varias veces por semana. Esto es muy diferente. —Apuesto a que La Voz Invisible tampoco viene, cuando se entere de que ya hay un asistente —le susurró Hilda a Kaarlo. Kaarlo se encogió de hombros. 13


—Esto tendríamos que haberlo sabido antes —continuó la madre, sacudiendo la cabeza—. ¡Una persona completamente desconocida! ¿Y dónde la vamos a meter? No tenemos habitación de invitados. —Tu cama quedará libre —observó Maikki. La madre sacudió la cabeza, descontenta, y continuó leyendo. —Pero ¿qué más pone ahí? —preguntó Kaarlo al ver que su madre, de pronto, apretaba los labios fuertemente. —Léelo en voz alta —suplicó Maikki. —Pero, ¿qué significa esto? —preguntó la madre, y leyó: «Tienen la oportunidad de participar en un experimento especial, gracias al cual investigamos nuevas oportunidades para el cuidado del hogar. El asistente que llegará a su casa tiene la formación perfecta para la tarea y es un semihumano...». —¡Un semihumano! —gritó Maikki—. ¿Qué? ¡Léelo otra vez! —Maikki, no grites —pidió Hilda—. Mamá, sigue leyendo. La madre continuó: «...un semihumano, antiguamente llamado monstruo o trol de los bosques...». Hilda se echó a reír. —¡Esto es una broma! 14


—Hay una cámara oculta —dijo Kaarlo con aire de suficiencia, y miró a su alrededor. Pero Maikki se quedó mirando fijamente a su madre, emocionada. Feliz y con un cosquilleo de emoción. ¿Podría ser verdad? Un monstruo en su casa. Canguro y monstruo. La voz de la madre sonó apresurada cuando prosiguió: «Queremos destacar que la criatura es fiable. Sin embargo, el experimento es altamente confidencial, por lo que no podrán hablarle a nadie de la criatura bajo ningún concepto. La ruptura de este compromiso de confidencialidad conllevará una sanción económica. Además, queremos recordarle que, al aceptar este premio, usted firmó un acuerdo de confidencialidad...». La madre levantó la vista de la carta. Parecía preocupada. —¡Ese acuerdo no decía nada de semihumanos ni de monstruos! —exclamó—. ¡Yo creía que no podía contarle a nadie lo que hacíamos en ese campamento de relajación en Laponia! Pero esto es muy diferente. Mis hijos no son conejillos de Indias. Y nadie me amenaza con ponerme una multa en mi propia casa. —¡Por supuesto que puedo guardar el secreto! —gritó Maikki—. ¡Quiero que venga ese semihumano! —Maikki, no grites —pidió Kaarlo. Justo en ese momento volvió a sonar el timbre. —¡Vaya por Dios! —dijo la madre, irritada. 15


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Hilda dio un paso hacia la puerta y la abrió. Un silencio conmocionado se extendió por el vestíbulo. Detrás de la puerta había una criatura de color marrón oscuro. Era grande y llenaba el hueco de la puerta casi por completo. Pero, ¿qué era? Tenía dos piernas descomunales, sobre las que se erguía con firmeza. Tenía dos brazos descomunales. Sus manos eran como tapas de cazuela, y cada uno de sus cuatro dedos parecía una salchicha. En una de las manos, la criatura tenía un trozo de papel arrugado. Pero, ¿se trataba de un grueso y largo pelaje o de un mono cosido a partir de trozos de tela desgarrados? Por el vestíbulo se extendió un extraño olor a bodega. La criatura giró sus grandes ojos amarillos y soltó un gruñido. Maikki corrió a esconderse detrás de su madre. Detrás de la criatura apareció un mensajero vestido de gris, un hombre diferente al anterior. Saludó nerviosamente con la cabeza, tosió y dijo: —Tengo este envío para ustedes. ¿Podrían firmarme? Puso el dispositivo de reconocimiento electrónico delante de la criatura y se lo tendió a la madre. Esta miraba fijamente a la criatura con la boca abierta de par en par. —Mamá, escribe tu nombre —dijo Hilda, dándole un ligero empujón a su madre. —¿Qué hacemos con él? —preguntó la madre. —Trae unas instrucciones —dijo el cartero, y volvió a toser. —Fírmale ya —repitió Hilda. —¿Y qué pasa si no lo quiero? —preguntó la madre en voz baja. 17


—La verdad es que no hay alternativa —dijo el mensajero—. Me han ordenado que lo traiga aquí y no hay ninguna dirección de devolución. —Fírmale de una vez —le dijo Hilda a su madre. —Pues sí que trae unas instrucciones —se apresuró a asegurarse la madre, y el mensajero asintió con la cabeza. La madre cogió el lápiz electrónico y escribió su nombre en la pantalla con una letra un poco trémula. El mensajero volvió a coger el dispositivo. —Que tengan un buen día —dijo rápidamente, y prosiguió su camino. Pero la familia Hellemaa y su nuevo asistente estaban de pie junto a la puerta como si fueran estatuas. Hilda miraba fijamente a la criatura. Kaarlo miraba fijamente a la criatura. La madre miraba a la criatura y a sus hijos de forma alterna, ya que no sabía si sería necesario poner a los niños a salvo rápidamente y, en ese caso, cómo, porque estaban en el quinto piso del edificio, la criatura ocupaba todo el hueco de la puerta y tampoco había ninguna otra salida. —Mamá, ¿este es el monstruo? —susurró Maikki. La criatura gruñó sordamente y le extendió el trozo de papel a Hilda, que era la que estaba más cerca. Esta cogió el papel, indecisa. La criatura volvió a gruñir. La madre suspiró asustada. Hilda desplegó el papel, que estaba gastado, sucio y un poco desgarrado. Un pequeño terrón de tierra cayó de él y se desmenuzó por el suelo. —Seguro que esto son las instrucciones de uso —dijo Hilda. Su madre arrugó la frente. 18


—¿Qué dice ahí? —preguntó Kaarlo. Hilda leyó en voz alta: Familia receptora: Hellemaa. Enviado: Semihumano, popularmente llamado «monstruo», entrenado en el área del cuidado infantil y del hogar. Naturaleza: No es violento, le gusta la televisión, está a gusto en casas humanas. Otras indicaciones: No tiene un nombre determinado, se le llama «monstruo asistente» o, simplemente, «monstruo». Él mismo se encarga de su propia alimentación. ¡Importante! Nunca deja a los niños solos en casa. Conocimiento del idioma: Malo. Entiende un poco, pero no habla. No parece que sus conocimientos del idioma vayan a mejorar. ¡Importante! Sus conocimientos del idioma no influyen en su capacidad para el trabajo. Alojamiento: El armario del vestíbulo (es necesario vaciarlo lo antes posible). —¡Rayos y centellas! —graznó la madre—. ¿Qué va a pasar ahora? Hilda y Kaarlo se miraron. Interesante, ¿qué iría a pasar ahora? Maikki salió deslizándose desde detrás de la falda de su madre. Miró al monstruo y sonrió. —No es peligroso —dijo Maikki, extendiendo su manita hacia la criatura—. Mirad sus ojos. Quiere quedarse aquí.

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Capítulo 2

Todo encaja de forma inesperada Fue necesario quitar los estantes del armario del vestíbulo antes de que el monstruo pudiera meterse dentro. —¿Y qué hacemos con todos estos trastos? —preguntó la madre. El contenido del armario estaba tirado en dos cajas por el suelo del vestíbulo. Nadie respondió. La madre arrugó la frente y miró al monstruo. —Bueno, pues vamos a probar. Entra, entra.

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El monstruo se apretujó dentro del armario. Este era bastante estrecho y, para poder caber en él, el monstruo tenía que permanecer de pie, apretando los brazos contra los costados. La estrechez no parecía molestarle. El monstruo gruñó, contento. —Parece un puro —dijo Hilda. —Un puro peludo —continuó Kaarlo. —¡Un puro de tierra! —rio Maikki. —Niños —los regañó la madre, pero no podía apartar los ojos del monstruo. Parecía que no paraban de caer de él pequeños trozos de tierra. Todo el vestíbulo estaba cubierto por un polvo de tierra gris. Pronto todo el piso parecería una bodega, que era a lo que ya olía. Sonó el teléfono. —Es La Voz Invisible —se animó Hilda—. Yo contesto. —Pero no puede ser papá. Ahora mismo está sobrevolando el Atlántico —dijo la madre con poco entusiasmo, cogiendo el auricular. —Hellemaa —respondió. Inmediatamente, puso cara de consternación. —¡Sami! ¡Qué diantres! ¿Por qué no estás en el avión? Hilda le hizo un gesto a Kaarlo con la cabeza. —¿Qué os había dicho? —susurró. —Ya te digo —le respondió Kaarlo. La madre escuchaba preocupada. —Ya veo. Ya veo. Es un momento muy malo, Sami. Es que ha venido un... Ah, ¿ya lo sabes? —Eso es lo que ponía en esa carta. —Kaarlo le hizo un gesto a Hilda con la cabeza. 22


—Bueno, parece... —empezó la madre, y echó un vistazo al monstruo, que estaba restregando la espalda contra la pared trasera del armario, satisfecho. Trozos de tierra caían a su alrededor—. Es... bastante terroso. Puede que haya que lavarlo. Parece estar muy contento en ese armario. Sí, en el armario, aquí en el vestíbulo. Ahí es donde había que meterlo. La madre estuvo en silencio durante un largo rato, escuchando. Frunció el entrecejo con descontento. —Pero, ¿has oído que esto, además, es algún tipo de experimento? —preguntó—. Alguien quiere experimentar con nuestros hijos para ver si este monstruo es capaz de cuidar niños. ¿Y si resulta que no puede? Voy a cancelar el viaje a Laponia. No me atrevo a marcharme. La madre echó una ojeada al monstruo que, sorprendentemente, se había quedado dormido de pie. Tenía los ojos cerrados y estaba recostado contra la pared trasera del armario, respirando tranquilamente. —Mamá, nosotros nos apañamos —dijo Hilda—. Puedes ir a Laponia perfectamente. —Papá quiere hablar contigo —dijo la madre, tendiéndole a Hilda el teléfono. —Hola —comenzó Hilda—. Bueno, apesta a bodega. Es bastante grande, así como... cabe en el armario. ¡No nos da ningún miedo! ¿Cuándo vuelves? Ah, ¿una tormenta de nieve? Qué extraño. Una tormenta de nieve en junio. No lo había oído nunca. Kaarlo puso los ojos en blanco. Hilda no entendía que en junio no es verano en todo el mundo. En algunos sitios 23


incluso es invierno. Depende un poco de en qué lugar del planeta te encuentres. —Menos fútbol y más lectura, Hilda —dijo Kaarlo. Esta le sacó la lengua y continuó al teléfono: —¡La nevera está llena de comida! Claro que sí. Espera un momento. Hilda le tendió el teléfono a Kaarlo. —La Voz Invisible quiere hablar contigo. Kaarlo cogió el teléfono. —Hola. Eh... no, Hilda no ha dicho nada. Kaarlo le hizo gestos a su hermana. A La Voz Invisible no le gustaba que lo llamaran La Voz Invisible. Kaarlo continuó al teléfono: —Claro que sé preparar la comida. Al menos sé untar pan con mantequilla y pelar mandarinas. Claro que nos apañamos. Y Hilda sabe hacer de todo. Seguramente hasta... bueno, ¡hasta preparar gachas! Ah, ¿Maikki? No lo sé. Pregúntale a Maikki. Si vienes enseguida, en el próximo vuelo, no será más que una noche. Sí, sí. Un plan muy bueno. Bueno, pues adiós. Kaarlo le tendió el teléfono a Maikki. —Maikki —dijo—, él quiere hablar contigo. —Ajá... ¿Quién es? ¿La Voz Invisible? ¿Entonces no vas a venir? ¿Qué? —parloteó Maikki. Le hizo una mueca a su madre y esta frunció el ceño—. ¡Claro que no pasa nada! Ya nos lo habíamos imaginado. ¡Por supuesto! No me da miedo estar en casa. Hilda y Kaarlo y el albornoz están aquí. Claro que todavía habla. Es el mejor albornoz del mundo. La madre sacudió la cabeza. En su opinión, el padre 24


no necesitaba saber todo lo que ocurría en casa. Las cosas más extrañas podrían barrerse hacia el recogedor y lanzarse al patio por el balcón antes de que nadie se diera cuenta siquiera de que existían. Como este asunto del albornoz parlanchín de Maikki. La madre empezó a sofocarse pensando en ello. La verdad es que necesitaba irse a Laponia. Maikki prosiguió con su parloteo. —¡Pues es un monstruo! Claro que parece un monstruo de verdad. Tiene los ojos amarillos. No... voy a ver. Maikki se inclinó para mirar al monstruo que estaba en el armario. —Tiene las uñas bastante cortas. Están muy sucias. Ya lo verás cuando vengas. Maikki escuchó un momento. —No, él es un albornoz. No es ningún juguete. ¡Bien, así lo haremos! Maikki le devolvió el auricular a su madre. —Hola —dijo la madre al teléfono—. Claro que irá bien. Y tú también puedes llamar a casa. Sí, los niños ya son mayores, claro. La madre miró a los niños como si los evaluara. —Vamos a hacer una cosa. Vuelve a llamar en un ratito. No, no, tú. Tú eres el que siempre llama. Vale, pues hasta luego. Tres minutos. La madre cortó la llamada. —Niños —dijo sombríamente—. Ya habéis oído que el avión de vuestro padre no ha podido despegar. Ha dicho... —Por lo menos, que los albornoces no hablan —interrumpió Maikki, y se echó a reír. 25


—No, ha dicho que hay una terrible tormenta de nieve y que el avión no ha podido despegar. El próximo vuelo sale en unas horas y estará aquí mañana. Papá vendrá en ese vuelo, pero ¿os podéis apañar hasta entonces con eso? La madre señaló hacia el armario con la cabeza. —Claro que sí —respondió Hilda—. Pero, ¿qué hacemos cuando venga La Voz Invisible? —¿Qué diablos quieres decir? —preguntó su madre. —Seguramente quiere decir que si podríamos ver una foto para saber qué aspecto tiene La Voz Invisible. Así sabremos que le estamos abriendo la puerta a la persona correcta —continuó Kaarlo, y Hilda se echó a reír. La madre puso los ojos en blanco. —Dejad de bromear. Se trata de vuestro padre. ¡Tiene que viajar mucho por cuestiones de trabajo! ¿Creéis que a él le gusta estar fuera todo el tiempo? De ninguna manera. Dejad ya esas bromas estúpidas. Papá quería preguntar si os atrevéis a quedaros aquí con esa criatura hasta que él llegue mañana. ¿O buscamos otra solución? —Por supuesto que nos atrevemos —respondió Hilda—. Al fin y al cabo, es un cuidador de confianza. Eso es lo que pone en ese trozo de papel. —Claro que queremos quedarnos solos con él —aseguró Maikki. —Kaarlo, ¿tú qué opinas? —dijo la madre. Kaarlo miró al monstruo, que respiraba tranquila­mente mientras dormía. No parecía peligroso. Y, por otra parte, las vacaciones de verano estaban para que sucedieran cosas extraordinarias. 26


—Claro que nos apañamos —dijo Kaarlo. El teléfono volvió a sonar. Habían pasado tres minutos. La Voz Invisible era muy preciso con las horas de llamada. La madre levantó el auricular. —Hola. Pues sí: ya hemos llegado a un acuerdo. Los niños dicen que se las arreglan. Desde luego que es algo muy extraño. Sí. Pero, ¿qué le vamos a hacer? ¿Tienes llaves? Los niños se miraron. Hilda silbó suavemente. Estaban pasando cosas extrañas. Mamá, que nunca iba a ninguna parte, estaba a punto de irse de viaje. Papá, que nunca estaba en casa, estaba de camino. Los niños, que nunca habían estado solos, iban a quedarse solos por la noche. Y en el armario del vestíbulo dormía un monstruo educado, aunque todos habían creído siempre que los monstruos no existían. —Voy a darme un baño—dijo Maikki. Hilda y Kaarlo asintieron. Estaba bien que, al menos, hubiera algo que no había cambiado.

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Capítulo 3

Mamá se va finalmente —El aspirador está ahí, como ya sabes. Y el estropajo pequeño está en ese armario de ahí abajo. Y todos los productos de limpieza... Kaarlo estaba mirando las paredes blancas y el techo blanco de la casa. Qué extraño. Era como si en todas partes hubiera un nuevo tono gris. Salía del monstruo, por supuesto. Aunque el monstruo solo llevaba unas horas en la casa y había estado en el armario casi todo el tiempo, había conseguido esparcir esa extraña sustancia por toda la casa. No era tierra, aunque la madre creía que sí. No era ninguna sustancia conocida. Era un poco como una neblina en el aire. O como oscuridad aferrada a las paredes. —Polvo de monstruo —dijo Kaarlo para sí mismo, acariciando las paredes con el dedo. Minúsculos gránulos grises se le quedaron pegados en el dedo. —Kaarlo, ¿me estás escuchando? —preguntó la ma28


dre—. Bueno, la fregona está ahí, entre el armario y la pared, ¿la ves?... La madre continuó. Kaarlo asintió con la cabeza. Claro que sabía dónde estaba todo. Llevaba toda la vida viviendo en ese piso. No necesitaba que le explicaran dónde se guardaba la fregona. Aunque, a decir verdad, en ese momento Kaarlo debería haber estado en la biblioteca buscando información sobre monstruos, de ningún modo en una clase de repaso sobre la limpieza del hogar. La madre solo le había dado permiso a Hilda para ir a la biblioteca, porque era la mayor. Eso era un error, a todas luces, ya que la edad no es lo mismo que los conocimientos bibliotecarios. Kaarlo suspiró. En realidad, Hilda era bastante torpe en la biblioteca. Ella nunca encontraba nada allí. Kaarlo, por el contrario, sabía exactamente en qué estantería encontrar cada cosa. Sabía qué preguntar. Tendría que volver a la biblioteca más tarde para coger todos los libros correctos que Hilda había dejado en la estantería. La madre miró el reloj que había en la pared del vestíbulo. Se oía a Maikki hablar con su albornoz en el cuarto de baño. —A ver qué va a pasar ahora. ¿Dónde se ha metido Hilda? Tengo que irme pronto. Menos mal que ya he hecho las maletas y he hecho la compra. Ahora voy a lavarle el pelo a Maikki. —La madre hablaba consigo misma. —¡No! —chilló Maikki desde el cuarto de baño. ¿Cómo es que siempre lo oía todo? La madre suspiró. —Siempre la misma pelea. Pero el pelo hay que lavarlo. De lo contrario, cogerás piojos. 29


—Los piojos no tienen nada que ver con la limpieza del pelo. Se arrastran lenta y pesadamente de una cabeza a otra —explicó Kaarlo. La madre volvió a suspirar. —¿Podrías dejar de decir eso alguna vez? Lavarle el pelo a Maikki ya es suficientemente complicado. —No hay que utilizar los argumentos equivocados —afirmó Kaarlo. —Bueno, pues utiliza tú los argumentos correctos. Convence a Maikki —dijo la madre, mientras se dirigía hacia la cocina—. Yo limpiaré la mesa de la cocina mientras tanto. Dile que voy en tres minutos. Y que no voy a discutir por la limpieza del pelo. Kaarlo echó una ojeada al cuarto de baño. Maikki estaba sentada en un baño de espuma. Se encontraba completamente enfrascada en una conversación, y su interlocutor estaba sentado sobre la taza del váter, justo al lado de la bañera: se trataba del albornoz azul de Maikki. Estaba sentado, recto y vivaz, con la capucha erguida como si dentro hubiera algo más que aire. Así era. Antes había sido el albornoz de Kaarlo, pero entonces era normal y corriente. Ahora había cambiado. A veces Kaarlo pensaba por qué había sido así. ¿Era culpa suya? ¿Por qué el albornoz nunca le había hablado a él? Con Maikki hablaba todo el tiempo. Seguramente Kaarlo habría sido un conversador más interesante. Al fin y al cabo, Maikki no era más que una pequeña tonta. O, al menos, un poco rara. —Creo que es bueno, ¿no te parece? —dijo Maikki—. 30


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