Skip to main content

14864c

Page 1

Gould 02_© 15/02/16 08:40 Página 29


Gould 02_© 15/02/16 08:40 Página 29

“NACÍ EN TORONTO, Y ÉSE HA SIDO MI HOGAR TODA LA VIDA.” Creció en un país pequeño: físicamente vasto, fértil, imponente, pero pequeño a fin de cuentas. Cuando nació, en 1932, Canadá apenas contaba con diez millones de habitantes diseminados en una extensión de mayor superficie que toda Europa, y aunque no se tratara de un país joven sí era un país inmaduro desde un punto de vista cultural, un lugar todavía en deuda con el venerable imperio que le había dado origen, en tanto que a su vez recibía cada vez mayores presiones por parte del pujante imperio, más reciente y poderoso, con el que compartía una inmensa frontera abierta. No puede considerarse que la ciudad natal de Gould fuera pequeña – en 1932, la población de Toronto ascendía a algo más de 630.000 habitantes, a los que habría que sumar cerca de 200.000 más en el área metropolitana–, pero no era la urbe cosmopolita en la que se ha convertido hoy. Se trataba todavía de una ciudad orgullosa de su provincianismo, un pueblo de enormes proporciones, cuyos criterios culturales no iban precisamente a la par de su crecimiento físico y económico. Margaret Atwood describió en una ocasión el Toronto de los años treinta y cuarenta diciendo que era “la cultura anglófona en su manifestación más soporífera”, y fue precisamente en este contexto donde se forjaron la personalidad y los principios artísticos de Gould. Era, para empezar, un lugar abrumadoramente británico. Cuando nació Gould, la mitad de Canadá, tres cuartas partes de Ontario y más del ochenta por ciento de Toronto eran británicos, y en toda la zona reinaba una mentalidad profundamente colonial: lo mejor que podía hacer un habitante de Toronto era esforzarse al máximo por 29


Gould 02_© 15/02/16 08:40 Página 30

ser británico. Los ingleses habían fundado la ciudad en 1793, al igual que York, capital del Alto Canadá, y en muchos sentidos seguía siendo, metafóricamente, una fortaleza inglesa. En la época en que nació Gould todavía abundaba la propaganda destinada a reivindicar el lugar que Canadá ocupaba en el Imperio Británico; en el colegio, los niños cantaban Rule Britannia! y There’ll always be an England, y aprendían a dibujar la bandera del Reino Unido. La crisis de la abdicación y la visita de los reyes se convirtieron en los grandes acontecimientos de finales de los años treinta. En ocasiones, cierto es que esta lealtad a la Corona se teñía de resentimiento, y a lo largo de la primera mitad del siglo XX, sobre todo después de cada una de las dos guerras mundiales, se habló de la creciente independencia de Canadá y de la identidad nacional. El país, no obstante, no dispuso de autoridad unilateral sobre su propia Constitución hasta 1982, el año de la muerte de Gould. Convertida ahora en una de las metrópolis más multiculturales del mundo, el Toronto en el que transcurrió la niñez de Gould se contaba entre las ciudades de ese tamaño más homogéneas, y las lealtades –raciales, religiosas, políticas, culturales– se defendían a capa y espada. Tres cuartas partes de la población era protestante, incluida la inmensa mayoría de la elite que dominaba la política, la judicatura, la cultura y casi cualquier otro aspecto de la ciudad digno de mención. Grupos como la Orden de Orange, una hermandad de militantes protestantes, ejercían una gran influencia (el novelista Robertson Davies aludía a Toronto como “la Roma de la Orden de Orange”). Los valores anglo-protestantes se reflejaban tanto en la vida pública como en la privada: en el conservadurismo político, el provincianismo cultural, la mojigatería moral. Bien entrado el siglo XX todavía quedaban vestigios de una remilgada tradición victoriana tardía –los inmigrantes italianos acuñaron el término mangiacake [“comepasteles”] para describir a las clases privilegiadas anglosajonas de la ciudad– y muchos lugareños consideraban que las añejas costumbres eran símbolo de superioridad moral. Se trataba de una ciudad muy reprimida, donde los códigos protestantes regían estrictamente el comportamiento social. El movimiento de la templanza en contra del consumo de alcohol cobró allí una enorme fuerza, al igual que ocurriera en todo Ontario, e incluso cuando se legalizaron las salas de fiestas y los clubes de jazz la policía los sometía a una vigilancia de tintes cromwellianos. La ley y la costumbre se aunaban para preservar el descanso dominical. Los domingos nada permanecía abierto, a excepción de las iglesias, y todavía quedaban algunos 30


Gould 02_© 15/02/16 08:40 Página 31

lugareños para quienes jugar al aire libre o comer dulces, leer una novela o darse un baño, e incluso cantar o reír en domingo, constituía todo un sacrilegio. La censura era moneda corriente en los medios de comunicación, y allá donde se congregase cierto número de personas la policía siempre andaba cerca para imponer valores morales y políticos, aun cuando no tuviera el derecho legal de hacerlo (la libertad a menudo se sacrificaba en aras del orden). Davies se refiere a ello como “la mano huesuda y los dedos azulados del puritanismo”,* que convertía a Toronto en objeto de burla por parte de visitantes con más mundo, entre los que se contaban, por contraste, los perversos hedonistas de Montreal. Todo esto parece repetir sospechosamente hasta el último lugar común el estereotipo del viejo Toronto legendario –el Toronto de los ciudadanos de bien, el puritano, Ciudad de las Iglesias y Ciudad Reina–, y todavía no hace ni siquiera setenta años que toda la ciudad cumplía con esas características. Siempre hubo cierta mezcla étnica, una ciudad más oscura y más subida de tono por debajo de la gazmoñería externa. Cierta hipocresía sin duda peligrosa iba invariablemente pareja de la moralidad oficial, cosa que trasparece con precisión en algunas de las primeras novelas de Morley Callaghan y del novelista local Hugo Garner, que en 1949 escribió que los apacibles domingos de Toronto en realidad eran consecuencia de las terribles resacas del sábado. Por si fuera poco, el imperio que se extendía hacia el sur hacía perder la confianza en la influencia de la madre patria en muchos sectores, incluso en el período de entreguerras. Sin embargo, precisamente de ese Toronto de mezcla étnica, del Toronto bullanguero, del Toronto americano, protegieron en la medida de lo posible a Glenn Gould mientras crecía. El Toronto que conoció, que dio forma a su personalidad y a su expresión artística, cuyo halagüeño recuerdo él mismo rescataría en su vida adulta – “Siempre me pareció que ‘Toronto el Bueno’ era un apodo estupendo para la ciudad”–, era la ciudad puritana y anglo-protestante de cuya imagen han deseado despojarse muchos de sus habitantes. Cuando, tal y como le solía complacer, hablaba de sí mismo afirmando ser “el último puritano”, con orgullo y de manera intencional preservaba el legado de la ciudad de su juventud. Hasta poco antes de cumplir treinta años Gould vivió en The Beach, un barrio apacible y acogedor de avenidas arboladas y calles en forma de media luna al este de Toronto, que linda al sur con el * El comentario hace referencia a la Ley Azul, una ley aplicada en Estados Unidos y Canadá que restringía las actividades o las ventas en domingo. [N. de los T.]

31


Gould 02_© 15/02/16 08:40 Página 32

lago Ontario, al oeste con Woodbine Park y al este con Scarborough, el siguiente municipio de la conurbación. Según la versión que se prefiera creer, The Beach se extiende hacia el norte y llega hasta lugares tan lejanos como Danforth Avenue o Kingston Road, o bien no va más allá de Queen Street, la principal zona comercial del barrio. La familia Gould vivía en una casa modesta, de obra vista, de dos plantas, en el número 2 de Southwood Drive, una pequeña calle que parte de Williamson Road, a dos manzanas de la playa, y se extiende hacia el norte siguiendo una colina empinada hasta desembocar en Kingston Road. En su origen, The Beach formaba parte de la campiña y era tierra de labranza, pero a partir de la década de 1870, cuando de los barcos de vapor y los tranvías empezó el desembarco periódico de domingueros y veraneantes, se transformó en una zona vacacional y turística que ofrecía jardines de recreo, parques de atracciones, lugares de picnic, regatas, paseos en bote, deportes de verano y de invierno, música y baile, una pista de carreras y un paseo entarimado junto al lago. Con el cambio de siglo, convertido en hogar de un número de residentes permanentes cada vez más elevado, la zona se consideraba ya parte de la ciudad, y varios pueblos del extremo este con el tiempo se anexionaron a Toronto, en un proceso que culminaría en 1909. La época en que el barrio era algo así como la Coney Island de Toronto tocó a su fin hacia 1924, aunque no dejó de ser una parte de la ciudad llena de atractivos, con zonas verdes abundantes incluso siendo una ciudad cuyas calles, como observó el humorista Stephen Leacock, “estaban tapizadas de hojas”. Antiguamente, los habitantes de Toronto se habían dejado seducir por las hermosas vistas de The Beach, la agradable y fresca brisa que corría en verano, así como por sus bosques, sus arroyos y sus quebradas, y quienes residían allí de forma permanente protegían aquel verdor con uñas y dientes. En un ensayo autobiográfico que comenzó a redactar en su último año de vida, Gould confesaba que “las primeras ensoñaciones de mi infancia” eran “exclusivamente imágenes de árboles: árboles envueltos en la neblina de la mañana; árboles que soportaban el peso de la nieve una tarde de invierno y, sobre todo, árboles por entre cuyas ramas se filtraba la luz crepuscular de un anochecer de verano”. En otros sentidos –desde el punto de vista emocional, intelectual, político, cultural–, The Beach ofrecía un caldo de cultivo menos idílico para un niño sensible y dotado de un temperamento artístico. Muchos de los rasgos de Toronto quedaban allí magnificados, empezando por la composición racial. Cuando Gould nació, más del 32


Gould 02_© 15/02/16 08:40 Página 33

noventa por ciento de los residentes de The Beach eran de ascendencia británica; pertenecían al vecindario más británico de la ciudad más británica de la provincia más británica de todas las antiguas colonias británicas. The Beach era una comunidad en la que “los otros”, fuera en calidad de residentes o de meros visitantes, no eran bien recibidos. En cambio, en el centro de la ciudad, al otro lado del río Don, vivían los inmigrantes, los obreros, los pobres. De esta exclusividad nacen, qué duda cabe, el sentimiento de superioridad, el hecho de que uno se arrogue ciertos derechos adquiridos, la estrechez de miras y la intolerancia. “Por entonces –me estoy refiriendo a la década de 1940– habitábamos una ciudad grande e interesante, pero hablábamos entre nosotros como aldeanos”, ha afirmado el periodista Robert Fulford, que también creció allí. “No conocíamos otra cultura que la nuestra, y a duras penas. En la escuela en la que yo estudiaba había un solo judío, y en el instituto un único negro (al que llamábamos, por cierto, ‘Bola de Nieve’)”. Los católicos eran “papistas”, y por ello susceptibles de prejuicio. El periódico predilecto en el barrio era el Evening Telegram, un diario conservador e influyente que defendía a ultranza las leyes británicas y las costumbres protestantes de sus presuntos enemigos: Estados Unidos, Quebec, el comunismo, los judíos. En aquellos tiempos, The Beach era un vecindario aletargado, insulso, chapado a la antigua y displicente, incluso según los parámetros de la propia ciudad de Toronto. La leche y el pan todavía se repartían en carretas tiradas por caballos, y la petanca despertaba entusiasmo entre los lugareños. Fulford lo recuerda como un “mundo pequeño y restringido en el que el arte, la imaginación y la verdadera política brillaban por su ausencia”, y uno podría preguntarse cómo pudo albergar durante más de la mitad de su vida a un músico famoso por sus ideas radicales y su excéntrico carácter. Sin embargo, Toronto atesoraba ciertas ventajas mucho antes de que Peter Ustinov definiera la ciudad como una “Nueva York gobernada por los suizos”. La condena del tedio y el embotamiento, del convencionalismo y la opresión reinantes, siempre se ha compensado con el elogio del orden y la limpieza, la estabilidad y la seguridad, la tranquilidad y la afabilidad que también imperaban allí. Fulford escribió que el Toronto de su juventud “era una ciudad silenciosa, donde se podía preservar la privacidad, donde las mejores comidas se degustaban en casa y donde nadie advertía la ausencia de vida en la calle y en los espacios públicos”. Se trataba de una cultura hogareña en la cual el sentimiento de la manada se traducía en suspicacia. Callaghan consideraba que Toronto era un 33


Gould 02_© 15/02/16 08:40 Página 34

buen lugar para que un escritor desempeñara su tarea, puesto que no sentía el acecho constante de los demás, y Northrop Frye, el crítico literario, aseguraba no sin ironía que “Toronto es una ciudad magnífica para que uno pueda ocuparse de sus propios asuntos”. Gould sentía algo muy parecido. “Toronto, por encima de todo, es una ciudad verdaderamente tranquila”, escribió en 1978, una de las pocas ciudades que “no tratan a toda costa de dejar en ti una impronta indeleble”. Por esa razón, a pesar de su provincianismo y de contar con la reputación de lugar algo inhóspito para artistas e intelectuales, Toronto era la ciudad ideal para alimentar las inquietudes de un artista tan iconoclasta como Gould. Educado sin sobresaltos como cualquier otro joven anglosajón blanco de clase media en Toronto, no cortaron las alas a su creatividad, sino que de niño cultivó por su cuenta unas ideas y costumbres sumamente personales sin que nadie lo alterase, libre de las tradiciones opresivas. Creció protegido, pero se trataba de una protección productiva; por decisión propia, continuó amparándose en ella en su edad adulta. Para un artista del temperamento sensible y nada convencional de Gould, un entorno cultural más efervescente y cosmopolita podría haber acallado su ego creativo, mientras que sumido en el aislamiento reconfortante de Toronto desarrolló una confianza en sí mismo que lo endureció contra las influencias externas y le permitió forjarse un espacio propio. Toronto, escribiría Gould, ha sido “siempre algo similar a un conjunto de aldeas vecinas”, y una de las razones de que no le impusiera una impronta indeleble estribaba en que The Beach era una especie de aldea independiente dentro de la ciudad. Podríamos decir que la infancia de Gould transcurrió en un pequeño pueblo de Toronto. Además, los orígenes de su familia se hallaban en el Ontario de provincias y, aunque fue un chico de la gran ciudad, en el fondo se sentía un muchacho de pueblo. Ambas ramas de su familia habían vivido en el sur de Ontario desde comienzos del siglo XIX. Su abuelo paterno, Thomas George Gould, nació en Paisley, Ontario, en 1867, el año en que se instauró la Confederación de Canadá, y su familia se trasladó a Uxbridge cuando él era todavía adolescente. El padre de Gould, Russell Herbert Gould, al que la familia y los amigos apodaban Bert, nació en Uxbridge el 22 de noviembre de 1901. Su madre, Florence Emma Greig, nació en Mount Forest el 31 de octubre de 1891, y siempre la llamaron Flora o Florrie. Los Greig se mudaron a Uxbridge, situado a unos sesenta kilómetros al noreste de Toronto, en los años de la Primera Guerra Mundial, y aún hoy residen allí varios descendientes de ambas familias. Thomas Gould tenía nego34


Gould 02_© 15/02/16 08:40 Página 35

cios en Toronto y disponía de una segunda residencia en la ciudad, pero su hogar y su vida social se radicaban en Uxbridge, a donde viajaba cada día en tren y a donde se retiró a comienzos de los años treinta. (Allí murió en 1953.) Uxbridge fue fundada en la primera década del siglo XIX por obra sobre todo de los cuáqueros de ascendencia alemana procedentes de Pensilvania, además de algunos alemanes y escoceses. Leacock, que durante un breve intervalo impartió clases en el instituto de Uxbridge en 1889, la describió como una ciudad pequeña, “situada en ningún lugar en particular de la zona alta que media entre el lago Ontario y el lago Simcoe, uno de esos centros agrícolas que crecieron alrededor de un molino y un aserradero cuando los colonos se asentaron allí, experimentó cierto crecimiento y al cabo se plantaron árboles en las calles para reemplazar los bosques talados y poder descabezar una siestecita bajo sus ramas. […] Contaba con el típico equipamiento de tabernas e iglesias, pero era un lugar limpio y lleno de vida donde imperaba el orden; sumamente insulso y aburrido, aunque este hecho allí parecía no advertirse”. Seguía siendo una pequeña ciudad cuando los padres de Gould entablaron relaciones, e incluso después de su matrimonio –que se celebró el día del aniversario de Florence en 1925– y de su marcha a Toronto mantuvieron estrechos lazos con Uxbridge. Las respectivas familias de la pareja se conocían muy bien y compartían parroquia y vida social. Los padres de Gould también eran propietarios de una casa de campo al norte de Toronto, a la que la familia se retiraba los fines de semana y en verano. Ubicada en el extremo nordeste del lago Simcoe, donde el turismo se había convertido en un puntal cada vez más sólido de la economía desde los albores de la era automovilística, desde la casa de campo de los Gould se podía ir a pie al caserío de Uptergrove, una especie de cruce de caminos con pretensiones que contaba con el clásico almacén de pueblo para abastecer la zona, aunque los vecinos de los alrededores realizaban la mayor parte de sus compras a unos diez kilómetros, en Orillia, en el extremo norte del lago. En Uxbridge, Uptergrove y Orillia pudo Gould impregnarse de los mismos valores anglo-protestantes conservadores que asimilaba en casa. Angela Addison, que lo conoció durante sus años de estudiante, afirmó que los habitantes de Uptergrove “solían hablar sin rodeos y con un lenguaje sencillo. Eran gente trabajadora, abstemia y bondadosa”, y lo mismo podría decirse de una ciudad como Uxbridge, donde el centro de la vida social se hallaba en la iglesia. El residente más célebre de Orillia, Stephen Leacock, “personaje” de dudosa 35


Gould 02_© 15/02/16 08:40 Página 36

reputación, hedonista en guerra con la religión y bebedor empedernido en una de las ciudades más “secas” de Ontario, despertaba un recelo considerable entre los lugareños. Frye apuntó que estos lugares tan aislados física y culturalmente, unidos por la necesidad, desarrollaban cierta “mentalidad de fortaleza” en la que “los valores morales y sociales devienen incuestionables”. Sin embargo, de nuevo puede considerarse que desde la perspectiva de Gould se trataba de un entorno en el que, a pesar de la estrechez de miras, contaba con ventajas innegables: la tranquilidad, la seguridad, la sencillez, sin olvidar la belleza natural del entorno. Leacock, aunque hizo una sátira de Orillia y sus habitantes en Sunshine Sketches of a Little Town [“Esbozos soleados de un pueblecito”], un clásico de la literatura canadiense publicado por vez primera en 1912, se extasiaba también ante “la belleza halagüeña de sus aguas, sus orillas, o bahías como la del lago Simcoe y su lago hermano, el Couchiching. Aquí el azul de las aguas profundas compite con el del mar Egeo. La luz del sol adquiere una tonalidad más rutilante al reflejarse en la arena de los bajíos; las nubes pasajeras en verano proyectan un vaivén de sombras que hace que las aguas semejen un campo a punto para la cosecha, y los vientos que juguetean sobre la superficie las imitan y despeinan rizadas y blanquísimas crestas de espuma, tales como las que rompieran bajo la proa de la galera egea”. Entre esta visión y Toronto sólo mediaba un centenar de kilómetros de lomas onduladas, bosques oscuros y riscos de granito; pequeños lagos y anchos valles; aire fresco, un cielo abierto y neblina; un paisaje sembrado de aldeas y tierras de labranza, donde se advertían ya ciertas huellas del trasiego turístico. Tal vez todo esto recuerde el típico mito bucólico canadiense que evoca la nostalgia de la vida tranquila, sosegada y segura que trae consigo una niñez en el pueblo; sin embargo, se trata de una realidad en la que transcurre la más tierna infancia de Gould, y de la que él recibió un sinfín de estímulos. Adoraba los placeres que le ofrecía la vida campestre: montar en bicicleta, jugar al aire libre, explorar los bosques. “Nadaba como un pez –recuerda su padre–, y nunca fue más feliz que cuando se echaba al agua con su bote.” En ocasiones, Bert encontraba a su hijo en el lago, a millas de distancia de la casa, solo, con su perro o con algún amigo, “regresando a toda velocidad en medio de una intensísima tormenta”, calado hasta los huesos, “gobernando el timón con una mano mientras con la otra dirigía una orquesta invisible y cantaba a pleno pulmón”. (Gould fantaseaba con regentar una flota de taxis acuáticos en el lago cuando fuera mayor, o con vivir en una casa flotante.) Bert 36


Gould 02_© 15/02/16 08:40 Página 37

podía permitirse el dispendio de contar con calefacción en su casa de campo, y a Gould le encantaban los fines de semana nevados del invierno; ya de niño sentía una enorme atracción por todo lo nórdico. “Los héroes y las heroínas que inspiran en buena medida la vida canadiense tienen su origen en estas aguas”, escribió el novelista Hugh Word a propósito de los lagos del norte de Toronto, y Gould fue uno de ellos. La proximidad y la frecuencia de su contacto con la vida campestre durante la niñez dieron lugar a un amor por la naturaleza que atesoraría de por vida. Tal vez Toronto fuera su “hogar”, pero era del campo de donde realmente tomaba fuerzas; incluso en la ciudad daba largos paseos por Balmy Beach y el resto de las playas de la orilla este. Ya adulto, siguió realizando frecuentes viajes a la casa de campo así como a refugios más distantes, a fin de renovar sus energías creativas. Como él mismo le comentó a un periodista en 1956, “extraigo mis recursos internos del aire libre”.

37


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
14864c by Editorial Océano de México, SA de CV - Issuu