Pasaban gran parte de su tiempo en los juzgados, defendiendo los derechos de ciudadanos negros de a pie y topando continuamente con el racismo más flagrante. Los testigos blancos se negaban a dirigirles la palabra y los jueces blancos no se creían que fueran abogados, pero Mandela y Tambo siguieron luchando y consiguieron ganar juicios gracias a su tenacidad. Mientras tanto, el Gobierno le hacía la vida aún más difícil a la población negra. Redujo la oferta educativa para los niños de raza negra y obligó a miles de familias a abandonar sus casas y trasladarse a reservas alejadas de las zonas urbanas blancas. Los habitantes del poblado negro de Sophiatown se manifiestan contra su expulsión en 1955. El Gobierno derribó Sophiatown para construir un municipio blanco en su lugar.
Los escolares se manifiestan en protesta por los cambios en educación. “Baas” significa “jefe” en afrikáans. Todos los ciudadanos no blancos estaban obligados a usar este tratamiento al dirigirse a un hombre blanco.
El CNA respondió con más protestas no violentas, pero los nacionalistas estaban totalmente decididos a acabar con todo movimiento de oposición y prohibieron expresamente a los miembros del CNA la asistencia a reuniones y la libre circulación por el país. A Mandela se le llegó incluso a prohibir que asistiera al cumpleaños de su propio hijo. En diciembre de 1956, el Gobierno dio un paso más. Mandela se despertó un amanecer con un estruendo de golpes en la puerta. Se trataba de la policía de seguridad, que llevaba una orden de registro y arresto. El cargo del que se acusaba a Mandela era muy grave: alta traición.
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Capítulo 7
En la isla de Robben
E
sa misma noche, trasladaron a los condenados en avión a la isla de Robben y los encarcelaron en una fortaleza de reciente construcción con forma rectangular. Mandela entró en una celda pequeña y tan solo recibió tres mantas, un jergón y un cubo para hacer sus necesidades. Allí acabaría viviendo durante los siguientes 18 años. La celda de Mandela como estaba en 1964. No le dieron una cama hasta 1978.
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La vida en la cárcel era una rutina interminable. Cada día, los reclusos se levantaban a las cinco y media de la mañana con los gritos del vigilante nocturno y el repiqueteo de una campana. Tenían que limpiar sus celdas La celda de Mandela se encontraba en este pasillo de máxima seguridad. y lavar sus cubos antes de salir al patio, donde siempre se les servía el mismo desayuno: unas gachas de avena. Luego formaban fila para pasar revista y salían a trabajar. Mandela pasaba la mayoría de los días en una cantera polvorienta, rompiendo rocas y sacando piedra caliza. Se trataba de un trabajo agotador, especialmente bajo el sol abrasador del mediodía, pero le consolaba poder pasear durante 20 minutos hasta llegar a la cantera, ya que la isla era, en su mayor parte, un paraíso natural. Los reclusos trabajaban hasta las cuatro de la tarde, luego se duchaban con agua de mar fría y comían otra vez gachas, con algún trocito de carne o zanahoria si había suerte. Llegadas las ocho de la tarde, tenían que acostarse, aunque fuera difícil dormir porque nunca se apagaban las luces.
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La mayoría de los niños del pueblo solamente veían a sus padres un par de veces al año. Los hombres pasaban casi todo el tiempo trabajando en grandes plantaciones o en minas. Sin embargo, como el padre de Mandela era asesor del rey de su tribu, vivía bastante cerca y visitaba a su familia una vez al mes. Durante aquellas visitas, entretenía a su hijo con relatos de batallas históricas y grandes guerreros. Una mujer muele maíz, el alimento básico, en un mortero de piedra.
Una noche, cuando Mandela tenía siete años cumplidos, su padre le anunció que iba a mandarlo a estudiar a un colegio. El niño, muy sorprendido, no supo qué decir. Nadie de su familia había ido a la escuela. Aunque le daba mucha pena dejar a sus amigos de pastoreo, no podía desobedecer a su padre. Hasta entonces, Mandela siempre había ido vestido con una manta colgada de un hombro y atada a la cintura, pero en la escuela tendría que llevar pantalones. Su padre tomó un par de los suyos y los cortó para que a Mandela le llegaran a las rodillas. Para que no se le cayeran, le ató una cuerda a modo de cinturón. Mandela ingresó así en la escuela que habían abierto en la zona los misionarios metodistas, donde se seguía el plan de estudios británico. Los maestros eran africanos negros, pero siempre ponían a los niños nombres ingleses. A Mandela decidieron llamarlo “Nelson”, nombre que conservaría durante el resto de su vida. Dos años más tarde, se produjo otro acontecimiento importante que acabaría por cambiar su vida para siempre. Una noche se despertó al oír que alguien tosía mucho. Su padre se había presentado inesperadamente y estaba muy enfermo. Estuvo inmóvil y en silencio durante días, hasta que una tarde pidió su pipa, fumó durante una hora sin mediar palabra y luego murió.
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