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EL TABÚ DE LA INMIGRACIÓN
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a inmigración de personas pobres a los países ricos es un
fenómeno saturado de asociaciones tóxicas. La persistencia de la pobreza masiva en las sociedades del club de la miseria es una afrenta al siglo xxi: sabedores de que existe una vida más rica en otros lugares, muchos jóvenes de estas sociedades están desesperados por marcharse y, ya sea por medios legales o ilegales, algunos lo consiguen. El éxodo de cada individuo es un triunfo del espíritu, el valor y el ingenio humano sobre las barreras burocráticas impuestas por los ricos miedosos. Desde este punto de vista emocional, cualquier política migratoria que no sea la de puertas abiertas parece miserable. No obstante, la propia inmigración también puede tildarse de egoísta: la responsabilidad para con el resto, que vive en circunstancias aún más desesperadas, se ignora cada vez que los trabajadores abandonan a quienes dependen de ellos y los emprendedores dejan a su suerte a los menos capacitados. Desde este punto de vista emocional, las políticas migratorias tienen que volver a tener en cuenta los efectos sobre aquellos que se quedan atrás, y que los propios inmigrantes subestiman. La misma inmigración podría incluso catalogarse como un acto de imperialismo a la inversa: la venganza de los que otrora fueron colonizados. Los inmigrantes construyen colonias en los países de acogida que desvían recursos, compiten y mi19
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nan los valores de los nativos pobres. Desde este punto de vista emocional, las políticas migratorias necesitan proteger a quienes se quedan en sus países. La inmigración es emocional, pero las reacciones emocionales a unos efectos hipotéticos podrían llevar las políticas en cualquier dirección. La inmigración ha sido politizada antes de ser analizada. El movimiento de gente desde los países pobres a los ricos es un proceso económico sencillo, pero sus efectos son complejos, y las políticas migratorias públicas han de adaptarse a dicha complejidad. Actualmente, las políticas migratorias varían enormemente, tanto en los países de origen como en los de acogida. Algunos gobiernos de los países de origen promueven activamente la emigración y tienen programas oficiales que mantienen el contacto con sus diásporas, mientras que otros restringen la salida y conciben a sus diásporas como rivales. Los países de acogida difieren enormemente en la tasa general de inmigrantes que permiten: desde Japón, que se ha convertido en una de las sociedades más ricas del planeta a pesar de estar completamente cerrada a los inmigrantes, hasta Dubai, que también se ha convertido en una de las sociedades más ricas del planeta gracias a una inmigración tan rápida que el 95% de su población residente es extranjera. También difieren en el grado de selectividad para con los inmigrantes: Australia y Canadá tienen unos requisitos educativos mucho más altos que Estados Unidos, que, a su vez, es más exigente que Europa. Difieren en los derechos de los inmigrantes una vez llegados al país: desde quienes les conceden la igualdad legal con los nativos, incluido el derecho de traer a parientes, hasta quienes los tratan como trabajadores contratados, sujetos a la repatriación y sin ninguno de los derechos de sus ciudadanos. Difieren en los deberes de los inmigrantes: desde quienes les empujan a vivir en lugares concretos y les obligan a aprender el idioma local, 20
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hasta quienes les dan libertad para congregarse con los de su misma lengua. Difieren en cuanto al fomento de la integración o la preservación de las diferencias culturales. No se me ocurre ninguna otra área de las políticas públicas en que las diferencias sean tan pronunciadas. Pero, ¿refleja esta diversidad de políticas unas respuestas sofisticadas a las diferentes circunstancias? Lo dudo. Antes bien, sospecho que estas políticas migratorias un tanto caprichosas reflejan un contexto tóxico, de muchas emociones y pocos conocimientos. Las políticas migratorias se han debatido usando valores enfrentados en lugar de pruebas contrastadas. Los valores pueden determinar el análisis, tanto en el buen sentido como en el malo. El buen sentido consiste en que, hasta que no hayamos determinado nuestros valores, no es posible hacer valoraciones normativas, ya estén relacionadas con la inmigración o con cualquier otro ámbito. Sin embargo, la ética también determina el análisis en un mal sentido: en un nuevo y revelador estudio, el psicólogo Jonathan Haidt demuestra que, aunque los valores morales de la gente difieran, tienden a integrarse en dos grupos.1 Haidt demuestra, de manera aplastante, que dependiendo del grupo de valores al que uno pertenezca, sus juicios morales sobre unos temas particulares configuran sus razonamientos, y no al contrario. Supuestamente, las razones justifican y explican los juicios; sin embargo, lo que en realidad ocurre es que nos aferramos a las razones y las ponemos a nuestro servicio para legitimar unos juicios que ya hemos hecho de antemano basándonos en nuestras preferencias morales. No hay ningún tema relevante en el que todas las pruebas estén exclusivamente de un lado de la polémica; y mucho menos en el caso de la inmigración. Nuestra ética determina el razonamiento y las pruebas que estamos preparados para aceptar. Podemos dar credibilidad a los indicios menos só21
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lidos si están en línea con nuestros valores, pero rechazamos las pruebas opuestas con un torrente de menosprecio y críticas feroces. Las preferencias éticas sobre inmigración están polarizadas, y cada uno de los bandos contemplará única y exclusivamente aquellos argumentos y hechos que apoyen sus prejuicios. Haidt demuestra que estos partidismos crudos se pueden observar en muchos temas, pero en el caso de la inmigración la tendencia se agrava aún más. En los círculos liberales, donde se producen los debates mejor informados sobre la mayoría de temas políticos, la inmigración ha sido un tema tabú, y la única opinión tolerada ha sido la de lamentar la antipatía popular hacia ella. Muy recientemente, los economistas han adquirido una mejor comprensión de la estructura de los tabúes: su objetivo es proteger un sentimiento de identidad alejando a la gente de las pruebas que pudiesen ponerlo en entredicho.2 Los tabúes nos libran de la necesidad de taparnos los oídos, al vetar lo que se dice. Mientras que las disputas sobre las pruebas pueden resolverse, en principio, cuando una parte se ve obligada a aceptar que son erróneas, los desacuerdos sobre valores pueden resultar irresolubles. Una vez reconocidas como tal, las diferencias en los valores pueden, al menos, respetarse. Yo no soy vegetariano, pero tampoco creo que los vegetarianos sean una panda de idiotas ilusos, ni trato de forzar a mis huéspedes vegetarianos a que coman foie gras. Mi objetivo más ambicioso es convencer a la gente para que vuelva a examinar las conclusiones a las que llega a través de sus valores. Tal y como explica Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio, en general somos reacios a abordar los arduos razonamientos que usan las pruebas adecuadamente. Preferimos confiar en los juicios rápidos, que a menudo se basan en nuestros valores; y aunque la mayoría de veces estos juicios se aproximen extraordinariamente a la realidad, confiamos en ellos más de la 22
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cuenta. Este libro pretende llevarnos más allá de los juicios rápidos basados en nuestros valores. Como todo el mundo, me acerqué al tema de la inmigración con unas opiniones preconcebidas basadas en mis valores. Sin embargo, al escribir he intentado prescindir de ellas. Durante mis conversaciones he comprobado que el de la inmigración es un tema en el que casi todos parecen tener unas opiniones muy claras. Por regla general, la gente puede respaldar sus opiniones con unos cuantos análisis; sin embargo, y de acuerdo con la investigación de Jonathan Haidt, sospecho que estas opiniones derivan, en gran medida, de unas preferencias morales previas, más que de un dominio superior de las pruebas. El análisis basado en las pruebas es el fuerte de la economía. Como muchos otros temas políticos, la inmigración tiene causas y consecuencias económicas, de modo que la economía está a la vanguardia en el asesoramiento político. Nuestra caja de herramientas nos permite lograr mejores respuestas técnicas para las causas y las consecuencias de las que se pueden obtener por el mero sentido común. No obstante, algunos de los efectos de la inmigración que más atañen a la gente corriente son sociales. Tales efectos pueden incorporarse al análisis económico, y es lo que he intentado hacer. Sin embargo, la mayoría de los economistas no ha tenido problemas en tratarlos con un desdén sospechoso. Las élites encargadas de establecer las políticas están atrapadas en un fuego cruzado entre los intereses de los votantes, acompañados de sus valores, y los modelos asimétricos de los economistas. El resultado es la confusión. Las políticas no solo varían entre los países, sino que oscilan entre las puertas abiertas, que prefieren los economistas, y las puertas cerradas, de las que son partidarios los electores. En el Reino Unido, por ejemplo, las puertas estaban abiertas en la década de 1950, parcialmente cerradas en 1968; se 23
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abrieron de golpe en 1997 y ahora se están volviendo a cerrar. También varían dependiendo del partido político: de estos cuatro cambios de políticas, el Partido Laborista y el Partido Conservador son responsables de una apertura y un cierre de puertas respectivamente. A menudo los políticos usan palabras duras y realizan acciones suaves, y es menos frecuente que ocurra al contrario. De hecho, a veces parecen avergonzados de las preferencias de sus ciudadanos. Los suizos se salen de la norma al dar a los ciudadanos comunes el poder de imponer referéndums a su gobierno. Uno de los temas para los que la gente usó este poder fue, como no podía ser de otra forma, el de la inmigración. El vehículo de la preocupación popular fue un referéndum sobre las leyes para la construcción de mezquitas, que reveló que una mayoría sustancial de la población se oponía. El gobierno suizo quedó tan avergonzado de estas opiniones que inmediatamente intentó que el resultado fuese declarado ilegal. Las opiniones morales sobre la inmigración están vinculadas, para mayor confusión, con las de la pobreza, el nacionalismo y el racismo. Hoy en día, la percepción de los derechos de los inmigrantes está moldeada por las reacciones de culpabilidad frente a los diferentes errores del pasado. Solo se puede tener un debate racional sobre las políticas migratorias una vez que estas preocupaciones se hayan desenmarañado. Existe una obligación moral clara de ayudar a la gente muy pobre que vive en otros países, y permitir que algunos de ellos se trasladen a las sociedades ricas es una forma de ayuda. Sin embargo, la obligación de ayudar a los pobres no puede implicar una obligación generalizada de permitir el movimiento libre entre fronteras. De hecho, es muy probable que la misma gente que cree que los pobres deberían tener libertad para trasladarse a los países ricos fuesen los primeros en oponerse al derecho de 24
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los ricos para trasladarse a los países pobres; aquí encontramos ecos incómodos del colonialismo. Argumentar que como la gente es pobre tiene el derecho a inmigrar confunde dos temas que es mejor no mezclar: la obligación de los ricos de ayudar a los pobres y el derecho a la libertad de movimiento entre países. No tenemos que reivindicar el segundo para respaldar al primero. Hay muchas formas de cumplir con nuestra obligación de ayudar a los pobres: si una sociedad decide no abrir sus puertas a los inmigrantes de los países pobres, podría optar por un trato más generoso con las sociedades pobres en otros ámbitos políticos. El gobierno de Noruega, por ejemplo, impone unas restricciones bastante estrictas a la inmigración, pero adopta un programa de ayuda que es generoso en las mismas proporciones. Aunque la obligación moral de ayudar a los pobres del mundo a veces se desborda hasta tocar el tema del derecho a inmigrar, un desbordamiento más potente aún es la aversión hacia el nacionalismo. El nacionalismo no necesariamente implica las restricciones a la inmigración, pero parece evidente que sin un sentimiento de nacionalismo no habría fundamentos para las restricciones. Si la gente que vive en un territorio no comparte un sentimiento de identidad común más fuerte con sus conciudadanos que con los extranjeros, sería harto extraño que la colectividad acordase limitar la entrada de los extranjeros: no habría un “nosotros” y un “ellos”. Así pues, sin nacionalismo resulta difícil hacer una defensa ética de las restricciones a la inmigración. Como cabría esperar, la aversión hacia el nacionalismo es más fuerte en Europa, donde este ha conducido en repetidas ocasiones a la guerra: la Unión Europea ha sido un noble intento de dejar este legado atrás. La aversión hacia las fronteras es una extensión natural de la aversión hacia el nacionalismo, y uno de los logros que caracterizan a la Unión Europea es la liber25
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tad de movimiento de los europeos entre cualquier lugar de la Unión. Para algunos europeos, la identidad nacional está pasada de moda; de hecho, uno de mis parientes jóvenes se niega a admitir toda identidad geográfica que no sea la de londinense. Si es mejor deshacerse de la identidad nacional, parece que hay pocas justificaciones éticas para prevenir la entrada de los inmigrantes: ¿por qué no dejar que cualquier persona viva en cualquier sitio? La aceptación de la identidad nacional varía enormemente. En Francia, Estados Unidos, China y Escandinavia, la identidad nacional sigue siendo fuerte y políticamente neutral, mientras que en Alemania y el Reino Unido ha sido capturada por la extrema derecha política y es, por consiguiente, un tema tabú. En las muchas sociedades que nunca han tenido una identidad nacional fuerte, su ausencia suele ser motivo de arrepentimiento y preocupación. Hace poco, en Canadá, Michael Ignatief desató una tormenta al admitir que el largo intento de forjar un sentimiento de identidad común translingüística entre los quebequenses y los canadienses anglófonos había fracasado.3 En África, la debilidad de la identidad nacional frente a las identidades tribales se considera como la maldición que un buen liderazgo ha de encargarse de rectificar. En Bélgica, que actualmente ostenta el récord mundial del periodo de tiempo más largo sin gobierno –pues los flamencos y los valones no pudieron pactar uno–, ni siquiera se ha intentado forjar una identidad común. Uno de los embajadores de Bélgica es amigo mío, y durante una cena salió el tema de su propia identidad. El hombre rechazó alegremente sentirse belga, pero no porque se sintiese flamenco o valón, sino porque se consideraba, antes bien, un ciudadano del mundo. Al preguntarle sobre el lugar en que se sentía más en casa, escogió un pueblo de Francia. No puedo imaginarme a un embajador francés que albergase un sentimiento equivalente. Tanto Canadá como Bélgica 26
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logran mantener unos ingresos altos a pesar de sus débiles identidades nacionales, pero su solución ha sido la segregación espacial completa entre dos grupos lingüísticos diferentes, combinada con una descentralización radical de la autoridad política hacia estos territorios subnacionales. Por motivos prácticos, en el suministro de servicios públicos, Canadá y Bélgica son cuatro estados con una identidad cohesiva, y no dos estados sin ella. En el Reino Unido, la aceptación de la identidad nacional es confusa, dada la composición multinacional relativamente reciente del país en las partes que lo integran: en el Reino Unido nadie, excepción hecha de algunos inmigrantes, se considera ante todo británico. En Escocia, la identidad nacional se promueve abiertamente como una parte de la cultura mayoritaria, mientras que el nacionalismo inglés es subversivo: hay muchísimas menos banderas inglesas que escocesas ondeando en sus mástiles. El nacionalismo tiene sus usos. Su potencial para el abuso no puede olvidarse, pero el sentimiento de identidad compartida también mejora la capacidad de cooperar. La gente necesita cooperar a distintos niveles, algunos por debajo del nacional, otros por encima; y aunque el sentimiento de identidad nacional compartida no es la única solución para lograr esa cooperación, las naciones siguen teniendo un papel particularmente destacado. Esto se observa claramente en la recaudación de impuestos y en el gasto público: aunque ambas funciones tengan lugar a muchos niveles de gobierno, el más importante, con mucha diferencia, es el nacional. Así pues, si el sentimiento de identidad nacional compartida potencia la capacidad de la gente para cooperar a ese nivel, está haciendo algo verdaderamente importante. El sentimiento de identidad compartida también predispone a la gente para aceptar la redistribución entre ricos y pobres y compartir la riqueza natural. Así pues, es muy probable que la 27