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ÍNDICE 䉭

Prólogo: en el principio era…, 11 Introducción: la humanidad y su mundo, 13 1. Por qué somos lo que somos: una geología sociocultural del mundo de hoy, 17 La base de las civilizaciones, 18 Sistemas de familia-sexo-género, 38 Sedimentos de seis oleadas de globalización, 45 Los caminos a la modernidad y su legado, 63 Herencias de las rutas a la modernidad, 77 El destino moderno de las religiones, 84 Oportunidades, 87 2. Dinámica mundial: la evolución humana y sus motivos, 91 Medios de vida: los altibajos del capitalismo, y el resto, 94 Ecología demográfica y el fin de la emancipación ecológica moderna, 97 La dinámica étnica, religiosa y sexual del reconocimiento y el respeto, 100 Política del poder colectivo: la apoteosis del Estado, 102 Cultura: modernismo globalizado, acelerado y aleccionado, 107 Canales de operación, 111 Procesos globales, 111 Procesos nacionales, 127 3. La escena mundial actual, 133 Decorados: el espacio mundial, 134 Los grandes actores, 135

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4. Nuestro tiempo en la tierra: cursos de vida, 151 Nacimiento y sobreviviencia, 152 Infancia y adolescencia, 156 Juventud: sexo y cultura, 162 Edad adulta, 174 Vejez, 202 Un curso de vida ideal para el siglo XXI, 212 Muerte y después, 212 Conclusión: cómo llegamos aquí y adónde vamos, 215 ¿Cómo llegamos aquí?, 216 ¿Adónde vamos?, 222 Referencias, 235 Lista de tablas y mapas, 251 Índice analítico, 253

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1. POR QUÉ SOMOS LO QUE SOMOS: UNA GEOLOGÍA SOCIOCULTURAL DEL MUNDO DE HOY 䉭

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l congregarnos como miembros de la humanidad, y para relacionarnos e interactuar en forma adecuada, debemos comprender nuestras diferencias, y no sólo las obvias, es decir, que no nos parecemos y hablamos idiomas distintos. Nuestros valores y gustos básicos difieren, y nuestra concepción del mundo y expectativas de la vida son muy diversas, igual que nuestras nociones acerca del cuerpo, el sexo y la familia. Aunque ningún científico social o psicólogo será capaz de entender nunca la infinita variedad de la individualidad humana, nuestras diferencias tienden a seguir un patrón histórico y geográfico, y son, por lo tanto, comprensibles. Como seres humanos, procedemos de culturas y experiencias históricas diferentes. Nuestra primera labor para comprender el mundo de la humanidad es hacernos una idea de esa ascendencia y experiencia históricas. El método más promisorio para ello, apenas usado hasta la fecha, consiste en estudiar las sociedades y configuraciones humanas contemporáneas desde la perspectiva de la geología social. El molde sociocultural en que se nos formó no comenzó ayer. Debemos concebirlo dispuesto en capas por diferentes procesos sociales de diversa antigüedad. Un bosquejo de la geología social global contemporánea depende de la historia universal, a la que las mil trescientas páginas de la “breve” obra de Felipe Fernández-Armesto (2008) son una introducción estupenda. Pero este libro no tercia ni compite con ella. En cambio, examina las sedimentaciones de la historia desde el particular punto estratégico del presente. No se centra en el acervo antiguo, sino en el ADN histórico de nuestra composición social y cultural. A este respecto me parecen especialmente pertinentes tres amplias capas de formación social humana, en torno a múltiples estratos locales. La más antigua de ellas es lo que comúnmente llamamos “civilizaciones”, en plural, configuraciones culturales de base espacial e importancia perdurable, con lenguas, textos y/o tradiciones orales “clásicos”, una visión de la vida y del más allá, un concepto de belleza y nociones de familia, sexo y género. La segunda de tales capas es el hecho de que los patrones mundiales de la historia de la sociedad y la cultura han sido persistentemente determinados 17

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por procesos transculturales, transpolíticos y transcontinentales que podemos denominar “oleadas de globalización”, aun si antes de 1492 no fueron literalmente globales. Producto de los viajes, comunicación e intercambio de larga distancia, la dinámica y relevancia de esas oleadas no ha sido principalmente económica. Religión y política también han ocupado el primer plano. Estas oleadas han dado origen, además, a dos importantes sistemas híbridos de familiasexo-género en el sudeste asiático y en América. La tercera capa es la “modernidad”, el mundo moderno. Así como los museos distinguen hoy entre el arte moderno y el contemporáneo, nosotros deberíamos distinguir entre el mundo contemporáneo y el moderno. Éste es una capa histórica crucial de nuestra formación por dos razones. Una es que la modernidad se abrió paso en el dominio cultural por rutas diferentes y entre diferentes constelaciones de partidarios y adversarios. Estos caminos dejaron huella en el peso que hoy concedemos a la religión, la ideología, la clase y la lengua. En segundo término, el ascenso del mundo moderno coincidió con el establecimiento de la actual división entre lo que eufemísticamente se llama países “desarrollados” y “en desarrollo”, o “subdesarrollados”. Para casi todos, haber nacido en unos u otros hace una gran diferencia. Por qué se abrió esta fisura y ha dividido al mundo durante dos siglos, es objeto de una controversia aparentemente interminable. Cómo ocurrió eso, es menos polémico. Conforme a la perspectiva geopolítica adoptada en este libro, tal división surgió de la confluencia de las rutas a la modernidad con la cuarta oleada histórica de globalización. En otras palabras, somos lo que somos por la civilización y sistema de familia-sexo-género en que se nos educa, la posición de nuestro país en las recurrentes oleadas históricas de globalización, apiladas unas sobre otras, y la experiencia de nuestra sociedad en las luchas a favor y en contra de la modernidad. Los individualistas no se equivocan al añadir que estos moldes pueden romperse y rechazarse, pero son ingenuos si suponen que es posible ignorar su impacto. La base de las civilizaciones La perspectiva geológica global adoptada en estas páginas se centra y restringe a las civilizaciones, las cuales pueden abordarse de diferentes maneras (véase Braudel 1963/1987; Fernández-Armesto 2000; Huntington 1996; International Sociology 2001). El estudio comparado de las civilizaciones (eurasiáticas) era ya una de las “bellas artes” en la Bagdad del siglo IX (Chaudhuri 1990, 67). Lo que nos interesa aquí son las configuraciones culturales grandes y duraderas, pertinentes para el mundo contemporáneo. Históricamente, esas configuraciones fueron determinadas por fuerzas geoespaciales –la primera regla de Braudel en la gramática de las civilizaciones fue que éstas “son espacios”–, las que hoy 18

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pueden escapar al neófito. En tales configuraciones esperamos encontrar una visión cosmológica y moral del mundo, un patrón de imaginaciones simbólicas y, en el caso de las civilizaciones alfabetizadas, una o más lenguas clásicas y un canon clásico, de cosmología, ética, política y estética. Choques o diálogos eventuales entre civilizaciones no se considerarán en este apartado. Más adelante se estimará en qué medida influyen hoy en la dinámica mundial. Para nuestros propósitos, pueden identificarse cinco grandes civilizaciones antiguas de importancia perdurable. Esta lista no pretende ser exhaustiva; mi único argumento es que no hay ninguna otra civilización de igual o mayor importancia en términos de número de personas aculturadas. Cabe recordar que en estas páginas no se persigue un resumen histórico de las civilizaciones, ni de ninguna otra capa de la geología sociocultural del mundo, sino entender los rasgos clave de su relevancia actual. La sínica La civilización sínica es la más grande. Desarrollada y centrada en China, se extendió fuera de la cultura Han, a Corea, Japón y Vietnam. El adjetivo “sínica” se emplea en el análisis de las civilizaciones justo para aludir a esta configuración mayor, que en fecha reciente un especialista (Fogel 2009) llamó “sinósfera”. Su núcleo chino, desplegado alrededor y entre los ríos Yangtzé y Amarillo, es la base más antigua de las grandes civilizaciones de hoy. Esta gran civilización fluvial es la única en su tipo en haber sobrevivido ininterrumpidamente, superando a las del Éufrates y Tigris, el Nilo y el Indo. Se trata de una cultura de gran densidad demográfica, alimentada con cultivos húmedos como el arroz y el mijo y regida por un magno centro de organización política, dividida sólo por excepción entre diferentes gobernantes. Una civilización sedentaria que hace más de dos mil años, para defenderse de nómadas “bárbaros”, levantó la mayor construcción en la historia humana, la Gran Muralla. El rasgo distintivo de la visión sínica del mundo es una filosofía moral y social no sobrenatural, usualmente llamada “confucianismo”, sin Dios ni dioses. Los centros culturales chinos actualmente dispersos por el mundo llevan el nombre de Confucio (muerto en 479 a.C.). La civilización sínica es particularmente terrenal, sin textos sagrados de narraciones y revelaciones devotas. La vida humana corre por líneas de sangre, que es deber moral conservar y venerar. En las casas, los altares no se consagran a dioses, sino a los antepasados. La “piedad filial”, el amor y respeto de los hijos a sus padres, es la norma social básica. Sí, la tradición ha reconocido algo extraterreno y sublime en este caso: el emperador era Hijo del Cielo, por cuyo mandato gobernaba. Pero ese cielo era nebuloso y no contenía ningún patriarca autoritario como el Dios judeocristiano-musulmán, dramas ni personificaciones piadosos como en el mundo 19

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hindú ni la animación espiritual del África ultramundana. El mandato imperial podía perderse, aunque no por violar una ley divina. “El Cielo ve como la gente ve; el Cielo oye como la gente oye”, explicó Mencio, el discípulo paradigmático de Confucio (Tu 1990, 119). El propio maestro había dejado establecida la concentración en lo terrenal: “Si no puedes cumplir tu deber con los hombres, ¿cómo podrías cumplirlo con los espíritus?”, “Si aún no comprendes la vida, ¿cómo puedes entender la muerte?” (Bodde 1981, 321). Esta filosofía moral ha dado amplio margen a credos religiosos diversos –budismo y taoísmo constituyen, junto con el confucianismo, las “tres doctrinas” de China–, así como a toda clase de creencias y prácticas mágicas. Pero jamás ha ocupado el centro, como si en Europa o el oeste de Asia el cristianismo y el islam hubieran seguido siendo un subcultivo popular bajo una filosofía aristotélica prevaleciente. El confucianismo ofrece al mundo contemporáneo un legado de política laica, acreditación educativa meritocrática y familia patriarcal. Aunque un comprensible orgullo en el poder y la gloria antiguos dieron sustento al conservadurismo, los modernizadores políticos nunca han tenido que enfrentar en la sinósfera una reacción religiosa enérgica: ni los occidentalizadores de Japón de fines del siglo XIX, ni los comunistas chinos, norcoreanos o norvietnamitas (no así los del sur), ni los militares procontrol natal del capitalismo de la posguerra en Corea del Sur y Taiwán. El extraordinario sistema mandarín de examinación, para el reclutamiento formal de funcionarios con base en la meritocracia de la educación clásica (no del todo institucionalizado en Japón, pero que cubría a China, Corea y Vietnam), otorgaba alto valor a la educación, a la que en principio todos podían acceder. La educación masiva emergió como una carta de triunfo del desarrollo del este asiático en el siglo XX. Más adelante volveremos al sistema de familia propio de esta cultura, heredado y reproducido. Para sus legatarios, uno de los rasgos clave de la civilización sínica es su lengua escrita, la escritura ideográfica china. Ésta es la lengua clásica de esa civilización. Fue el idioma común de la comunicación culta en el área al menos hasta la segunda guerra mundial, pese a que las lenguas que se hablan en la zona son mutuamente ininteligibles y pese a que en Japón, Corea y Vietnam se desarrollaron caligrafías distintas. Se decía que comunicarse en la escritura clásica china era “hablar con pincel” (Howland 1996, 44 ss.). En esta civilización, las personas instruidas comprendían los ideogramas cualquiera que fuese su nacionalidad, tal como ingleses y rusos, por ejemplo, comprenden los números y símbolos matemáticos. Japoneses y coreanos desarrollaron por separado una escritura silábica más simple, dominante en el siglo XX, y misioneros franceses coloniales de fines del siglo XIX hicieron adoptar a los vietnamitas –que también habían producido una escritura propia de cultura popular– el alfabeto latino, complementado con una serie de signos diacríticos. 20

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Los caracteres chinos, kanji, aún forman parte de la escritura japonesa, y de la educación clásica en el este asiático. A instancias de las principales corporaciones que la patrocinan, una importante universidad privada de Seúl, la Korea University, donde impartí clases en 2007, exige a sus aspirantes dominar dos mil caracteres chinos. La escritura ha dado origen a un arte especial: la caligrafía. Ésta se cultiva también en la civilización islámica, pero mantiene en la sínica una posición sin igual. El principal monumento de Tiananmen, en Beijing, frente al gran mausoleo de Mao, era una columna a los Héroes del Pueblo. Su inscripción caligráfica original fue obra de Mao, y el texto anexo del primer ministro, Zhou Enlai. La educación clásica está hoy tan fragmentada, intelectual y socialmente, en la civilización sínica como en Europa, aunque mis alumnos chinos en Cambridge han estudiado a Confucio. Una verdadera educación clásica sínica incluía, sobre todo, las Analectas de Confucio y los cinco clásicos: el Libro de los documentos (sobre el gobierno justo), el Libro de la poesía, el Libro de las odas (emociones), el Libro de los ritos (relaciones sociales) y los Anales de las primaveras y los otoños (crónica oficial) (Tu 1990, 123 ss.). También eran canónicos el Libro de los cambios y el Libro de la música (Poceski 2009, 37). Las formas clásicas de la arquitectura se consolidaron durante la dinastía Tang (siglos VII a X d.C.), pero los principios clásicos del trazo urbano son mucho más antiguos. Aún rigen en el centro de Beijing, la Ciudad Prohibida y sus alrededores, así como en Kioto y el centro de Seúl, y caracterizan al complejo confuciano de Van Mieu, en Hanoi, hoy conocido también como Templo de la Literatura (Logan 2000, 26 ss.). Rascacielos contemporáneos en el este de Asia, de estilo básicamente internacional, suelen aportar una referencia de altura al canon del área –una inclinación invertida, ya que la arquitectura sínica clásica era baja y horizontal– y toman en consideración principios geománticos del feng shui. Variantes regionales y nacionales se han desarrollado en el este asiático, pero una construcción “neoclásica” sigue siendo ahí muy diferente al neoclasicismo sudasiático o europeo, por ejemplo. La civilización sínica, de Asia oriental, ocupa un área densamente poblada, aún gobernada en gran medida por sus antiguas normas de obligación y armonía. Crimen y desintegración familiar son más marginales ahí que en el resto del mundo. Puede ser que la política sea autoritaria y represiva, pero la armonía social y la toma de decisiones por consenso siguen siendo normas importantes. Se mantienen tradiciones antiguas, como en los rituales imperiales de Japón, los recientes museos de Seúl, la nueva monumentalidad de Hanoi y, a últimas fechas, los intentos del Estado chino por revestirse de confucianismo. Es probable que en Pyongyang –conocida a principios del siglo XX como la “Jerusalén de Oriente”, por el exitoso proselitismo de presbiterianos escoceses en ella– se rompa más con el pasado, pero, en China, Mao se enorgullecía 21

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de (y utilizaba) su educación clásica en historia, poesía y caligrafía. Había leído varias veces las veinticuatro crónicas dinásticas, que abarcan a los emperadores chinos de 221 a.C. a 1644 d.C. y que comentaba entusiasmado con su médico y su pareja en turno. Antes de sus numerosos encuentros sexuales, solía dar a leer a sus mujeres un manual sexual clásico taoísta, con raros caracteres antiguos (Li 1994, 122 ss., 358). Las identidades producidas por esta civilización no giran alrededor del “yo”, sino que son sociocéntricas o contextuales. Las lenguas del área cuentan con varias palabras para decir “yo”, las cuales se usan de acuerdo con el contexto social. En vietnamita, cuando se habla con los padres y se hace alusión a uno mismo, las primera persona ha de evitarse siempre, y emplearse expresiones como “tu hijo/hija” (agradezco esta información a Pham Van Bich, mi exalumno vietnamita estrella; sobre los chinos, japoneses y coreanos, véase Nisbett, 2003, 51 ss., 178). De la antigua Grecia a la Euramérica contemporánea se privilegia con interés al individuo actuante, con agencia y sus restricciones, recicladas como agencia y estructura en los debates sociológicos de la década de 1980. Su contrapunto esteasiático es el interés en las relaciones interpersonales, el todo y la “armonía” del conjunto, donde la totalidad de los individuos y grupos ocupan un lugar, como en una afortunada combinación de hierbas y especias en un buen platillo. Además, la “armonía” es en la actualidad una meta política explícita del gobierno chino. A la confrontación euramericana del bien y el mal se contraponen la prevención esteasiática de la división, y el ajuste. Ésta es la herencia cultural subyacente en, por ejemplo, la formulación de políticas gubernamentales y la administración conjunta de empresas de Japón, así como en la toma de decisiones de la Association of South-East Asian Nations (Asociación de Naciones del Sureste Asiático, ASEAN). No conviene abusar en ejemplificaciones infundadas de la opacidad de la toma de decisiones de alto nivel en la China contemporánea. Pero en esa forma de decidir destaca otro aspecto: la visión de largo plazo, radical y paciente al mismo tiempo, que caracterizó a la planeación política modernista del Japón Meiji del siglo XIX, y que hoy distingue a la reforma socioeconómica china después de Mao. En un trabajo impactante –en el que usó una amplia variedad de evidencias objetivas, desde la antigua filosofía china y griega hasta estudios comparados contemporáneos de desarrollo infantil, psicología y administración, vía experimentos interculturales con estudiantes–, el psicólogo estadunidense Richard Nisbett demostró que las civilizaciones sínica y europea han generado maneras distintas de ver y conocer el mundo. Estas diferencias ya existían entre los grandes filósofos hace dos mil quinientos años, y siguen existiendo entre padres, hijos, estudiantes y gerentes de la década de 2000. Se trata, por supuesto, de 22

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diferencias probabilísticas, no inscritas en todos los chinos, japoneses, europeos o estadunidenses de ascendencia europea. Los europeos tienden a ver el mundo en categorías analíticas. Los esteasiáticos, en una red de relaciones. Un ejemplo sencillo, que Nisbett empleó en sus experimentos y que delató como eurocéntrico al autor de estas líneas, consiste en preguntar qué dos fenómenos de un grupo de tres se asocian entre sí; en una de las versiones de este juego tales fenómenos son “panda”, “mono” y “plátano”. Los europeos tienden a agrupar “panda” y “mono”, por pertenecer a la misma categoría, de animales. Los esteasiáticos, en cambio, suelen optar por “mono” y “plátano”, dado que el primero come del segundo. Los euramericanos ven el mundo en categorías de “o esto o aquello”, mientras que los esteasiáticos lo ven en términos contradictorios, dialécticos, de x tanto como de no x. Quizá Mao Zedong no haya sido el gran pensador que decían sus aduladores, pero su contribución al marxismo fue precisamente su idea china de la dialéctica. La civilización sínica mantiene hoy un inmenso orgullo cultural en una tradición rica, antigua e ininterrumpida que, tras su decadencia y rechazo intelectual de fines del siglo XIX y principios del XX, sigue en pie en países modernos, prósperos y en rápido crecimiento. Ese orgullo es muy generalizado en China (cf. Jacques 2009, caps. 7-8), centro de este sistema, mientras que en Japón, Corea y Vietnam se incorpora en tradiciones culturales nacionales. La mayor debilidad histórica del área ha sido su egocentrismo, que la llevó a aislarse del resto del mundo, lo que para mediados del siglo XIX había provocado un estancamiento científico, tecnológico y económico casi fatal. Sus principales fortalezas son, tal vez, su tradición de organización colectiva del trabajo a gran escala, disciplina cívica, alta valoración de la educación y el aprendizaje y marco secular, que ofrece escaso margen y soporte al conservadurismo religioso y el conflicto entre credos. La índica “India” e “índica”, así como “hindú”, son palabras derivadas de Indo, el nombre del río situado en el actual Pakistán, pero ninguna de ellas tiene una relación directa conocida con la cultura del valle del Indo, desaparecida hace cuatro mil años. La civilización índica comenzó a emerger de quinientos a mil años después, desarrollada por pueblos procedentes del noroeste de Irán y Asia central, los “arios” –de donde proviene el nombre de Irán–, a través de los actuales pasos afganos y el país de los cinco ríos, Punjab. Tras sus inicios noroccidentales, esta civilización se extendió al este, por la llanura del Ganges –río sagrado del hinduismo, donde también reside el que es quizás el principal centro religioso de esta fe policéntrica, Varanasi (o Benarés)–, y no fue hasta mucho después que llegó al sur de India. 23

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Índica tiene con India una relación similar a la de sínica con China, y prolonga India convencional al sur y al este, hasta la actual Sri Lanka, Bali y Java y lo que hoy es Myanmar/Birmania, Tailandia, Laos, Camboya y el sur de Vietnam. Esta civilización también se propagó al norte, hacia y a través de los Himalaya, a Nepal y el Tíbet, cuyo lamanismo es ramificación del budismo indio. La expresión europea “Indochina” alude al punto de encuentro de las civilizaciones sínica e índica. Se trata del extremo suroccidental de los caracteres, arquitectura y palillos chinos y del extremo oriental continental de las inscripciones sánscritas, los esculturales templos índicos –llegados a la Camboya de los santuarios de Angkor Wat, Laos y el sur de Vietnam durante el reino Champa de la primera mitad del segundo milenio cristiano– y la lectura del Mahabharata y el Ramayana, parte aún de los ritos monárquicos de Tailandia (Coedès 1966, 1968). Los psicólgos cognitivos han descubierto semejanzas de atribución causal, que enfatizan el contexto antes que la disposición de los actores, entre las culturas este y sudasiáticas en contraste con las euramericanas (Nisbett 2003, 114 ss.), y podría haber más, como una visión del mundo holística, según la cual los individuos están insertos en grandes contextos (Singh 2002, 32 ss.). De maneras diversas, las civilizaciones índica y sínica han sido capaces de tolerar y manejar el pluralismo religioso, ocasionalmente infringido por gobernantes fanáticos. La tradición confuciana laica de filosofía moral y política dejó amplio margen para creencias y prácticas personales distintas: taoístas, budistas, sintoístas, cristianas. Infinitamente politeísta, el hinduismo, por su parte, pudo coexistir sin problemas con dioses y creencias jainistas, budistas, judíos, cristianos, musulmanes y sijs. Pero ésas son también, en algunos aspectos, civilizaciones polares, pese a su proximidad geográfica e intercambios culturales budistas de hace mil quinientos a dos mil años. Ante todo, mientras que la civilización sínica es predominantemente terrenal y laica, la índica está empapada de religión. La religiosidad de los indios era ya legendaria en el mundo helenístico y, al menos apócrifamente, también en la Grecia clásica. Un obispo de principios del siglo IV d.C. contó esta anécdota: cuando un indio pidió a Sócrates definir su filosofía, obtuvo por respuesta: “Un estudio de la realidad humana”. El visitante estalló entonces en una carcajada desdeñosa: “¡Cómo puede un hombre estudiar la realidad humana si ignora al mismo tiempo la divina!” (Braudel 1963/1987, 66). Puede decirse que el rasgo distintivo de la civilización índica, común al hinduismo y al budismo, es la noción de la transmigración, o renacimiento, de las almas y la idea de que la vida de las encarnaciones de estas últimas está determinada por los actos en una vida anterior. Esto aportó un firme y hondo fundamento religioso a una división social jerárquica, de varna, originalmente 24

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no muy distinto a concepciones propias de Asia oriental o Europa. En la versión india había cuatro grandes niveles: los brahmanes o sacerdotes, los kshatriyas o gobernantes-guerreros, los vaisyas o agricultores y comerciantes, y los sudras o siervos y trabajadores. Bajo estos últimos se tendía un estrato de “intocables”, obligados a realizar las tareas más sucias, como limpiar letrinas o desollar bestias. Gradualmente se fue distinguiendo entre gran número de jatis o castas ocupacionales heredadas. Todos sus miembros estaban obligados a casarse con alguien de la misma casta, y la interacción social entre éstas estaba regida por reglas religiosas de pureza y corrupción. Un brahmán no podía aceptar alimentos y bebidas de castas inferiores; un intocable debía alejarse de absolutamente todos, no acercárseles ni con su sombra, etcétera. Gran parte de la rígida jerarquía de castas y sus tabúes de “contaminación” se ha erosionado ya. India independiente dio acceso privilegiado a puestos públicos a “protegidas” castas desfavorecidas. La política democrática ha promovido como Dalit a destacados a políticos antes intocables, desde el brillante doctor B. R. Ambedkar, padre de la Constitución india, hasta la popular primera ministra de Uttar Pradesh, Mayawati, quien, aunque elegida democráticamente –en tres ocasiones hasta hoy–, no se diferencia de un caudillo caribeño ordinario del siglo XIX. Antiguos intocables pueden ahora entrar o acercarse a numerosas tiendas rurales, si no es que a todas, y a muchos pozos comunales, aunque no a todos ellos. Y si bien los anuncios matrimoniales de los periódicos de Delhi aún se agrupaban por castas cuando yo los estudié hace unos años, al final había una pequeña sección titulada “La casta no importa”. De cualquier forma, la jerarquía de castas, que también se extendió a los musulmanes sudasiáticos, sigue siendo un importante legado de la civilización índica. Pese a que quizás estén siendo socavadas por la política de los números, la identidad y asociaciones de casta constituyen blancos obvios de movilización política. Y, para que todos lo vean, la casta está dada por el nombre de cada persona. (La bibliografía sobre las castas indias es abundante. Algunas destacadas obras recientes que he consultado son Yadav 2006; Rao 2009; Thorat y Newman 2010.) Mahatma Gandhi fue una extraordinaria personificación de su cultura, y un líder político fuera de serie. No era estadísticamente representativo, pero sí una relevante encarnación moderna de la civilización índica, como lo muestran sus iconoclastas intentos por llevar a miembros de castas superiores a limpiar las letrinas del Partido del Congreso. Con su política de alta carga simbólica, su repudio al desarrollismo industrial y su dramático ascetismo físico, habría resultado inimaginable (o se le habría rechazado por excéntrico) en cualquier otra parte del mundo. India sigue siendo escenario de representaciones religiosas excepcionales: sadhus o santos varones desnudos y errabundos, devadasis o prostitutas consagradas a su vocación desde niñas (por sus indigentes padres) en ceremonias 25

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celebradas en templos, invocadores tántricos de espíritus en calaveras y mucho más, todo lo cual tiene poco que ver con el conocido mundo indio moderno de los negocios, el cine o la medicina (Dalrymple 2009). Cierto, India encarna todo, y sus opuestos. También el ateísmo tiene un lugar notable en la exuberante vegetación de las creencias índicas. Un importante partido político regional, el DMK, del estado de Tamil Nadu, en el sur, ha sido más enérgicamente secularista que la laïcité oficial francesa o el kemalismo turco, no sólo prohibiendo en 1967 dioses y diosas en escuelas y oficinas públicas, sino también organizando conferencias para “erradicar la superstición” (Smith 2003, 147). La misma cultura que venera a numerosos ascetas produjo el manual erótico más famoso del mundo, el Kamasutra, y el templo con más explícitos motivos sexuales, el Khajuraho. Sin embargo, los ritos religiosos, tanto en el hogar como en templos o en el sagrado río Ganges, continúan formando parte importante de la vida india. El subcontinente y su apéndice insular, Sri Lanka, pese a su gran diversidad, son asiento de violencia religiosa intercomunitaria, provocada no sólo por militantes Hindutva, sino también, en Sri Lanka, por fanáticos budistas, y en Pakistán por el conflicto intraislámico. Los mandarines de Asia oriental tenían que competir en el primer sistema meritocrático del mundo para acceder a la categoría de guardianes del conocimiento, mientras que los brahmanes heredaban la suya, prohibida para los demás. India y el sur de Asia registran aún un alto índice de analfabetismo junto con un muy desarrollado sistema de educación superior, que produce carretadas de ingenieros en informática y gran número de intelectuales. La civilización sínica tenía un centro político único: el emperador y su imperio. La índica jamás poseyó un centro imperial establecido. La actual Unión India nunca estuvo políticamente unida antes de 1947, y las mayores entidades políticas del subcontinente estaban encabezadas por gobernantes no hindúes. Ashoka (siglo III a.C.) era budista, los grandes mogoles del siglo XVII d.C. eran musulmanes de ascendencia turco-mongola –mogol es la palabra persa para “mongol”– y sus sucesores británicos de los siglos XIX y XX eran cristianos. Los soberanos mogoles del siglo XVII fueron esenciales para el subcontinente, pero nunca unificadores continentales, ni inobjetables. El régimen británico combinó áreas de gobierno colonial directo, con centro en Calcuta, Delhi, Bombay y Madrás y que incluían la mayor parte de los actuales Pakistán y Bangladesh –y de la actual Birmania–, con principados “protegidos”, entre los que sobresalían Hyderabad, Mysore y Rajputana. Lo que unificaba a la politeísta civilización índica era una serie de concepciones religiosas de la vida, y de antes y después de ella, con obligaciones (dharma) y actos y ritos (kama) formulados por los brahmanes, quienes tenían prioridad ritual sobre los gobernantes, sus templos y su conocimiento de las reglas y ritos sagrados, transmitidos en la lengua subcontinental de elite, el sánscrito. 26

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Es posible que, en la actualidad, la mayoría de los rasgos perdurables de la civilización de India se deriven del hinduismo brahmánico, y existe una fuerte corriente política, emergida hace unos años en oficinas públicas nacionales, que reivindica su carácter hindú. Pero sustituir civilización índica por hindú sería ahistórico. Esta civilización no sólo es politeísta; también es polirreligiosa, en una forma compleja, entrecruzada, que sólo se explica por la existencia del hinduismo entre religiones diversas. El budismo se desprendió del hinduismo, lo mismo que el jainismo y el sijismo. Las minorías judía, cristiana y parsi tienen en India una presencia más que milenaria. El principal régimen musulmán comenzó ahí a inicios del siglo XI, bajo Mahmud de Ghazni (en el actual Afganistán), y fue sucedido a fines del XII por un sultanato en Delhi, imponente en el siglo XVI con los mogoles. Se ha calculado que una cuarta parte de la población subcontinental, sobre todo de las castas inferiores, se convirtió al islam, mientras que la elite musulmana procedía de fuera, de Afganistán, Persia y Asia central (Singh 2002, 66 ss.). Las castas penetraron el islam indio y el sufismo atrajo el interés hindú, en tanto que los musulmanes convertidos solían mantener sus gustos culinarios y prácticas ceremoniales preislámicos. Pero el aspecto decisivo de este contexto particular no es la verdad del multiculturalismo histórico. Es el peso desproporcionado de una religiosidad ecuménica, desde el emperador budista Ashoka –emblemáticamente aludido en la bandera india– hace dos mil trescientos años, y el “buen Musulmán” Akbar, gobernante mogol de hace cuatrocientos, hasta los modelos moral e intelectual del siglo XX, Tagore y Gandhi, tradición que la dinastía Nehru-Gandhi de la India independiente ha respetado siempre (cf. Sen 2005, cap. 13). El sánscrito es la lengua clásica, lo mismo cultural que religiosa, de esta civilización, a la manera del griego y el latín, y, casi como este último, ya no es una lengua viva –con excepciones locales (Goody 2010, 161n)–, aunque hoy se le enseña en universidades indias y es favorecida, junto con otros rasgos de la cultura índica de interpretación hindú, por el gobierno federal del Partido Popular de principios del milenio. Aunque este idioma se mantiene principalmente como lengua sagrada exclusiva de la casta brahmana, la “sanscritización” es ya un concepto de la sociología india moderna, que denota un tipo de movilidad colectiva ascendente por imitación de las costumbres y ritos de las castas superiores (Srinivas 2002, caps. 12, 13). Los clásicos índicos se compilaron hace dos mil quinientos a tres mil años; se ignora la fecha exacta, y la datación sigue suscitando controversias entre historiadores y entre ideólogos. En contraste con las civilizaciones sínica y europea, la índica posee poca historiografía. Sus clásicos forman un corpus enorme, desde los himnos y liturgias de los Vedas, los filosóficos Upanishads, el Código de Manu (con sus elaboradas normas familiares) y manuales económicos y eróticos hasta la epopeya popular del Ramayana y el Mahabharata, el “equivalente en 27

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India de la Iliada, la Odisea y la Biblia juntas”, con una extensión quince veces mayor a esta última (Dalrymple 2009, 90), y los mitológicos y genealógicos Puranas. La enseñanza contemporánea se muestra irregular en cuanto a la educación literaria clásica, pero tal epopeya constituye una extendida referencia cultural, y una versión para la televisión se proyectó en India a principios de los años noventa, ante un público multitudinario y arrebatado. La arquitectura índica clásica, principalmente en forma de templos, se erigió en el periodo de la dinastía Gupta, en los siglos IV-VI d.C., y parece haber llegado a su culmen en los siglos XI y XII (Harle 1986/1994, pte. II; Speir 1973, 458 ss.; Keay 2000, 212 ss.). El Taj Mahal y otras espectaculares construcciones sepulcrales fueron producidas medio milenio después por soberanos mogoles, quienes hicieron florecer espléndidamente modelos persas y de Asia central. La asiática occidental La civilización asiática occidental musulmana está más estrechamente delimitada que la Dar-ul-Islam (Casa del Islam), con sus abundantes creyentes de otras civilizaciones, a semejanza de lo que le ocurre a la civilización europea en relación con la cristiandad. “Asiática occidental” se corresponde con “sínica” e “índica”, aunque es evidente que en este caso no existe ninguna derivación posible de “árabe”. El origen y núcleo de esta cultura es la península arábiga, con las ciudades santas del islam, La Meca y Medina. Pero formaba un área cultural mucho más amplia, con nodos en el norte (Damasco, y más tarde Estambul) y grandes centros culturales occidentales en Córdoba (en la actual España), Fez, Marruecos y Túnez –todos ellos ya desaparecidos, o de menor importancia desde hace mucho tiempo–, así como en El Cairo. Al este prosperó en Bagdad, la Isfahán persa, Shiraz y Bujara, y después en Samarcanda, en el actual Uzbekistán, hoy tristes sombras de su pasado, a la espera de turistas. Los desiertos y oasis, los mercaderes de las ciudades y los beduinos nómadas, lo mismo que las caravanas que los unían, constituyeron la base ecológica de esta civilización, a la manera de los densos poblados con arrozales húmedos de la sínica. Una dialéctica entre la cultura desértica nómada y la sedentaria urbana caracterizó mucho tiempo a la historia documentada de Asia central y occidental, así que no es de sorprender que sea el foco de la obra del mayor científico social de la región, Ibn Jaldún, quien alegó que “el desierto es base y depósito de la civilización y las ciudades” (1377/1967, 93). Los desiertos, las angostas vías fluviales a través de algunos de ellos (el Nilo, el Éufrates y Tigris, el Amú Daria y el Sir Daria), las áridas montañas, los oasis y las ciudades con sus culturas específicas subsisten todavía, como sostén de la cultura, de Marruecos –Makhzen (“Occidente”) para los naturales– a Irán y Asia central, y sobre todo en el centro, la península arábiga. Parte clave de la sociología de esta civiliza28

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ción es la mezcla de una sociedad mercantil urbana hedonista y una nómada y severa, tanto de comerciantes en caravanas como de guerreros a caballo. Ambas sociedades parecen cubrir aún gran parte de esta área cultural. Pero aunque su superficie no coincida con la Casa del Islam, esta civilización acabó por definirse en términos religiosos. Históricamente fue zona de dos magníficas civilizaciones ribereñas, una discontinua, entre y junto al Éufrates y el Tigris, en el actual Irak, y otra a lo largo del Nilo, con una línea prolongada e ininterrumpida de dinastías faraónicas. Incluía, asimismo, al gran enemigo de la Grecia clásica, el imperio persa. Pero el islam rompió con todos esos lazos, como no lo hizo nunca el cristianismo con Grecia y Roma antiguas. Las culturas preislámicas no constituyen ningún elemento “clásico” del oeste de Asia, y sólo surten de piezas museísticas, cada vez más apreciadas por el dinero que pueden captar de los turistas. La tabula rasa islámica con las culturas anteriores en el área no se deriva de un mayor hermetismo teológico que el del cristianismo, sino de la contingencia histórica. En Asia occidental no hubo un imperio romano que sirviera de puente entre paganismo y monoteísmo. La Arabia de Mahoma era una sociedad de tribus. Pero estaba Persia, cuyas grandes tradiciones políticas se filtraron más tarde en los espléndidos sistemas musulmanes de gobierno de Damasco y Bagdad. Más aún, cuando Persia fue conquistada para el islam, por guerreros árabes, desarrolló una cultura nueva y distintiva, y el persa se convirtió, fuera de Arabia, en la principal lengua literaria del mundo islámico y en el idioma de la corte, de la India mogola a la Turquía otomana (Lewis 1964/1994, 13; véase también la magnífica descripción de los tres grandes imperios musulmanes tardíos de Stephen Dale 2010). Esta alta cultura persa incluyó la gran poesía medieval, de Hafiz, Rumi, Saíd y otros, en la que el vino fluye en profusión y los objetos del deseo erótico suelen ser tentadoramente vagos: ¿mujer, hombre, Dios? Estos poetas, más o menos coetáneos de Chaucer, hoy son comprendidos y apreciados por muchos lectores, y conmemorados con monumentos en el Irán contemporáneo, como pude comprobar a principios, al menos, de la década de 1990. Esta civilización es orgullosa y deliberadamente islámica, y ocupa por supuesto el área que aloja a las ciudades santas de Shia Islam –Kerbela y An Nadjaf en Irak y Qom en Irán–, así como a las ciudades santas de los musulmanes, La Meca y Medina, en Arabia Saudita. Su visión del mundo y valores básicos se derivan de la religión salvífica del islam. El Corán es el texto sagrado clásico por excelencia, el conocimiento del cual es obligatorio en la educación musulmana. Su completo dominio oral sigue siendo la honra de los pupilos. Pero es también la base del canon artístico clásico de esta cultura. La caligrafía es un arte islámico tanto como sínico, aunque en el primer caso se manifiesta sobre todo en las citas coránicas que decoran mezquitas y otros edificios públicos, o en coranes manuscritos, arte que la imprenta no perturbó hasta 29

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los siglos XIX y XX. Las sesiones en que se declaman fragmentos del Corán son aún eventos culturales muy populares, comparables con los festivales europeos de la canción. El árabe es la lengua clásica, por ser el idioma del Corán. Persa y turco –variantes antiguas del turco moderno– sobrevivieron como valiosos idiomas interestatales, el primero como la lengua literaria laica y de la corte y el segundo como el idioma de los ejércitos otomano y mogol, alguna vez formidables. Pero ambos se escribían en alfabeto árabe, como se sigue haciendo hoy en el caso del persa. Éste está casi totalmente olvidado entre los intelectuales del sur de Asia (como me informó tristemente mi distinguido colega estadunidense-iraní Said Arjomand), marginado por el inglés imperial desde el segundo tercio del siglo XIX, aunque todavía es posible hallarlo muy lozano en Afganistán. La antigua conexión turca quizás haya ejercido poca influencia en el Asia central después de 1991, pero en la occidental la lengua turca se ha vuelto idioma exclusivo de los turcos, en alfabeto latino desde el decenio de 1920. Un verdadero musulmán tiene que aprender el Corán en árabe, no en traducción, como es perfectamente legítimo para un cristiano aprender la Biblia. Ahora existen traducciones autorizadas de aquél, aunque dirigidas sobre todo a no creyentes interesados. Como el griego, y a diferencia del sánscrito y el latín, el árabe es, desde luego, una lengua viva, común en la zona, de Irak a Marruecos y de Siria a Sudán. Pero al igual que la antigua lengua griega de Platón, hoy el árabe coránico clásico no se habla más. Aprenderlo es norma rigurosa y formal, y se le emplea en ceremonias solemnes, lo mismo religiosas que oficiales. Personas instruidas pueden emplearlo como medio de comunicación, entre, digamos, iraquíes y marroquíes, quienes no podrían entenderse de otra manera. La enseñanza del árabe y su gramática forma parte central de la educación islámica clásica. A lo largo del Corán y el Hadiz (crónicas del profeta, y de sus hechos y dichos) se despliega una jurisprudencia clásica, de origen e importancia religiosos, dividida desde los siglos VIII y IX en cinco grandes escuelas, cuatro sunitas y una chiíta. Aunque limitadas por la ley oficial moderna, en especial en Estados secularizados como Túnez, estas más que milenarias escuelas de jurisprudencia siguen siendo pertinentes en materia familiar y matrimonial, como vine a enterarme al estudiar los patrones de familia del siglo XX en todo el mundo. El islam no posee una jerarquía burocrática como la del cristianismo, aunque tampoco es tan amorfo como el credo hindú. Tiene un centro de peregrinación, La Meca. Dispone de facto de un centro universal de enseñanza islámica (sunita), el al-Azhar, en El Cairo, el cual atrae a estudiantes de teología no sólo de la región oesteasiática y norafricana, sino también de Malasia e Indonesia, por ejemplo. Su jeque o director es una autoridad de nota. Los países 30

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islámicos también suelen contar con un muftí, o gran juez religioso, cargo hoy en día poco influyente y respetado, ya que a su titular suele considerársele simple portavoz del Gobierno egipcio o saudita. El chiísmo iraní posee una organización más estricta –aun sin tomar en cuenta el sistema teocrático de su república islámica–, su jerarquía está encabezada por los grandes ayatolas y tiene un centro internacional de enseñanza propio, en Qom. La arquitectura islámica oesteasiática tomó sus formas clásicas del Irak abasí del siglo IX d.C., las que en los siglos XV y XVI se ramificaron en otros modelos por efecto de las construcciones otomanas en Turquía y safawíes en Irán, justo donde los soberanos timuríes de Bujara y Samarcanda y los primeros mogoles consiguieron sus mejores arquitectos y constructores. Las mezquitas son los edificios estéticamente dominantes y más ambiciosos, a menudo complementados con recintos escolares o madrasas, y por regla general más ornamentados y complejos que las ciudadelas del poder político. Los mogoles siguieron una dirección diferente, haciendo de las tumbas imperiales sus monumentos más espléndidos, costumbre ajena al islam, que no rememora a los grandes gobernantes. La tumba de Humayun, en Delhi, recuerda a un débil emperador derrotado, y el Taj Mahal se construyó en memoria de una reina (Hattstein y Delius 2005; Dale 2010, 147 ss.). Curiosamente, el árabe clásico es una destacada, si bien no única, referencia en la arquitectura monumental de la nueva capital malaya del siglo XXI, Putrajaya. La europea Europa es un promontorio de Asia, fuera del amplio arco de las civilizaciones fluviales, del Nilo al Amarillo, notoriamente atrasado hace tres a cuatro mil años. Está rodeado por mares, donde, primero en el Egeo y luego en el Mediterráneo, se desarrollaron potencias “talasocráticas”, dueñas de las aguas, de significación duradera y relacionadas entre sí, uniendo de este modo a Atenas y Roma, aunque el control romano del Mediterráneo se basó primordialmente en ejércitos de tierra. Los principales ríos navegables comunicaban el mar con el interior: Rin, Danubio, Elba, Volga y muchos otros. El poderío naval, aumentado más tarde por la artillería, fue lo que impulsó a Europa al exterior, desde el portugués Enrique el Navegante y los españoles dirigidos por el genovés Colón hasta James Cook y la Marina Real británica, pasando por Jan Pieterszoon Coen, de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Los conquistadores y exploradores navales europeos fueron los sucesores de los guerreros montados nómadas de Eurasia, árabes, mongoles y turcos. El esencial rasgo distintivo de la civilización europea es su doble base, en la antigüedad politeísta pagana y el monoteísmo cristiano, mutación universalista del judaísmo oesteasiático. Mientras que el islam, también de esta úl31

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tima región, rechazó básicamente a sus predecesores culturales por juzgarlos ignorantes, el cristianismo se erigió sobre su base pagana, quizá por necesidad originalmente, incapaz de reunir por sí solo una fuerza militar. Así pues, la formación en la civilización europea es dual. Por un lado, debe conocerse el significado de la cruz, la historia de Jesús y María y lo que son la Navidad y la Pascua en el calendario cristiano. Se debe saber qué es la Biblia, y al menos algo de su contenido. Supuestamente debe distinguirse también el cristianismo ortodoxo del católico y el protestante, y tal vez entre las ramas anglicana, calvinista y luterana de este último. Por otro lado, debe saberse, asimismo, quién fue Zeus (o Júpiter), aunque sólo por cultura general, no como creyente. Poseer una cultura europea también significa saber algo sobre la Odisea y la Iliada, acerca de Sócrates, Platón y Aristóteles y sobre Julio César, Augusto y Adriano. De quien reclama una educación superior suele esperarse que haya leído algo, al menos traducido, de Homero, Platón, Virgilio, Horacio y Ovidio, y que sepa un poco sobre el teatro griego y el derecho romano. A la arquitectura europea clásica se le identifica, antes que nada, en los antiguos templos grecorromanos, con sus columnatas y frontones en triángulo rectángulo, con cúpula romana a veces, reproducida en tiempos modernos como neoclasicismo republicano en Estados Unidos y como imperial en Rusia. Aunque no llamadas neoclásicas, la tradición histórica europea también incluye a las catedrales góticas cristianas, las cuales se alzan al cielo como una comunidad de fieles antes que como un faraón extinto o un sitio de sacrificios, a la manera de las pirámides mayas y aztecas. En construcciones icónicas de la Europa moderna se optó a menudo por el neogótico, como en el parlamento británico y el ayuntamiento de Viena. Este estilo fue, a su vez, uno de los preferidos en las universidades estadunidenses del siglo XIX. La Europa cristiana no rechazó nunca el periodo precristiano, calificándolo como una era de oscurantismo e ignorancia, y por buenas razones. Tras persecuciones iniciales, el cristianismo se tornó la religión oficial del Imperio romano, así proclamada desde el trono imperial. A diferencia del islam, jamás tuvo que derrotar militarmente a los poderes establecidos, desde afuera. Su victoria final fue resultado de una guerra entre dos aspirantes al trono romano. La Iglesia católica se concibió como, y fue de facto, el pasaje cultural primario de la antigüedad a la Edad Media feudal (véase Anderson 1974). Estableció a Aristóteles como la autoridad del conocimiento laico, lo mismo que una doble jurisprudencia europea de derecho canónico y secular, ambos de base romana (véase Berman 1980). Pudo verse legítimamente como heredera del Imperio romano, pues Constantino declaró al cristianismo religión oficial en 330. No se reivindicó lengua sagrada adicional alguna; el latín lo fue de la Iglesia romana y 32

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el griego de la bizantina. A la caída de esta última, el eslavo sacro fue la lengua de la Iglesia ortodoxa. Grecia y Roma antiguas se adoptaron como antepasados de la Europa cristiana, y proporcionaron por siempre las normas del clasicismo europeo. Leer a los “clásicos” en el Oxbridge moderno significa leer latín y griego, lo que incluye la historia y literatura de la antigüedad grecolatina. El “clasicismo” en la arquitectura europea implica seguir, o al menos inspirarse en, la de Grecia o Roma. La literatura clásica comprende en Europa las tradiciones que van de Homero a Ovidio. El cristianismo, como el islam y el budismo, pero en contraste con el judaísmo, confucianismo e hinduismo, es una religión salvífica de vocación universal. Enganchada al poder imperial europeo, y más tarde al norteamericano, ha sido una formidable arma de conquista, y un potente motor de expansión. Esta vocación universalista ha dado reciente sustento a cruzadas seculares euramericanas, en nombre de la “libertad” o los “derechos humanos”. Difícilmente estaba escrito que las cruzadas cristianas y la jihad islámica chocaran en el mundo moderno; pero una vez que de la botella modernista se dejó salir a los jinns religiosos, era de esperar que aquéllas colisionaran, y que su conflicto resonase en los tambores de las divisiones geopolíticas, entre el imperio estadunidense y sus dominios. La relación del clasicismo secular –pronto convertidos los antiguos dioses en figuras eminentemente literarias– con la tradición religiosa cristiana ha sido conflictiva en ocasiones, pero justo por eso ha provisto a la cultura europea una tensión fructífera y precursora. Tal fue el caso, un tanto complaciente, del Renacimiento y el humanismo de Erasmo y otros, así como, algo más tirante, de la Ilustración de Voltaire, Gibbon y Winckelmann. Para entonces, sin embargo, la doble tradición de la religión cristiana y el derecho romano ya había dado origen a una doctrina jurídica de separación de los poderes espiritual y temporal, condensada en las figuras supremas del papa y el emperador (Berman 1980). Aunque con la debida precaución de cara a las amplias discusiones sobre “los valores de la civilización europea”, cabe destacar un par de cosas. Europa desarrolló una cultura política distintiva, que incluía principios de elección (o sorteo) a cargos públicos, representación popular como base adecuada de tasación y ciudadanía. Otros más coexistieron con ellos, anulándolos a menudo, aunque sin extinguirlos nunca, y en la Europa medieval los dos principales dignatarios, el papa y el emperador, se elegían de manera formal y regular. “Democracia” es, después de todo, una antigua palabra europea. En momentos de aguda crisis fiscal, el monarca absolutista francés tuvo que convocar a la representación de los Estados Generales, en 1789. Pero, para la mayoría, la noción del ciudadano como un individuo con derechos fue más importante aún, idea que se remonta a los hombres libres de la polis griega, si bien crucialmente codificada en el derecho 33

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romano y difundida en todo el imperio. Esta concepción legal de los derechos individuales no se desarrolló en las demás culturas. La civilización europea tomó América. Los estadunidenses conservaron tanto la arquitectura clásica precristiana, interpretada como republicana más que imperial por Jefferson et al., como la fe cristiana, sobre todo en su modalidad protestante. América Latina también mantuvo esa fe, aunque católica en su caso, y experimentó en términos barrocos el mundo de las edificaciones. La africana subsahariana África es, al parecer, el origen de todos nosotros. El conocimiento paleoantropológico dominante converge en una ascendencia africana común de la especie humana, a partir de la cual nos dispersamos, poblando la Tierra. (Una convincente perspectiva de un no especialista se da en Chanda 2007, cap. 1). Pero origen no necesariamente significa continuidad, y ni siquiera lazo relevante. Contra los supremacistas blancos, o “civilizacionistas occidentales”, sin duda hoy muchos de nosotros reclamaremos con orgullo nuestra raíz africana. Pero ésta es una base de respeto humano, y lo que nos interesa aquí es, primordialmente, la diferenciación de la humanidad. La civilización africana subsahariana difiere en especie, y no sólo en rasgos característicos, de las demás. Es una tradición oral, sin textos canónicos, y una familia de culturas sin núcleo histórico, sin una sola religión o lengua clásica. ¿Cómo puede estimársele entonces una gran civilización, o incluso una mera civilización? Un historiador amateur tiene que ser muy cuidadoso en este caso, y lo que V. Y. Mudimbe (1988) llamó “la invención de África” fue una tortuosa, complicada y pendenciera empresa colonial y nacionalista. Pero aun si deseamos mantener un número restringido de civilizaciones actualmente pertinentes, es posible argumentar a favor de contar entre ellas al África subsahariana. La Unión Africana engloba también al África suprasahariana (o del norte), pero esto es geopolítica moderna. No obstante, un especialista respetado pero desoído, el senegalés Cheikh Anta Diop, ha alegado que la “antigüedad egipcia es para la cultura africana lo que la antigüedad grecorromana para la europea” (razonamiento que se expone en Diop 1967/1993). Sin tomar posición sobre si la antigua cultura egipcia fue o no negra (nègre), para nuestros propósitos basta con que no parezca haber vínculos continuos entre la edificación, visión del mundo y escritura farónicas y sus equivalentes (o su ausencia) al sur del Nilo y el gran desierto, pese al descubrimiento aquí de objetos de comercio (Braudel 1987, 194). En la medida en que existe, la civilización africana común de relevancia contemporánea es la subsahariana. Los parámetros ecológicos siempre han sido difíciles en esta circunstancia. Estaban claramente delimitados por dos grandes desiertos, el Sáhara en el 34

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norte y el Kalahari en el sur, y por dos océanos, el Atlántico al oeste y el Índico al este. Ninguna de estas fronteras era impenetrable en la antigüedad, pero juntas dejan fuera a África de las principales rutas eurasiáticas de intercambio. Quizá la escabrosa geografía del continente haya sido más importante aún. El centro espacial no pudo convertirse nunca en social, compuesto como estaba de densos bosques tropicales, infestado de insectos y parásitos y sin líneas naturales de irradiación. Ninguno de los grandes ríos era navegable hacia el interior, atravesado por rápidos y cataratas, siendo el caso más notorio el del río Congo, el más céntrico. Las grandes sedes culturales y políticas africanas, de Timbuctú y Djenné al Gran Zimbabue, se ubicaron a la orilla de sabanas o cerca de la cosa occidental, como Ifé y Benín. No obstante, y para comenzar, existe una unidad lingüística en la diversidad, que va de Gambia y Senegal en la costa noroccidental hasta el Cabo en el sureste: la familia lingüística nigerocongoleña (cuyo subgrupo básico bantú se esparció supuestamente desde la actual frontera entre Nigeria y Camerún). Esta unidad deja fuera una vasta herradura lingüística al norte, oeste y este del Sáhara, poblada por hablantes afroasiáticos, de árabe, beréber, amhárico y somalí, y que alguna vez incluyó al egipcio faraónico. También deja fuera a algunas comunidades de lenguas nilosaharianas al sur del desierto, como la hausa del norte de Nigeria y la masai y luo del norte de Kenia, y en el suroeste a las escasas sobrevivientes de la familia lingüística khoisan (Collins 2006, 11 ss.; Iliffe 2007, 11). Entre las variaciones ecológicas más allá de los desiertos en el norte y suroeste, con bosques tropicales, praderas de sabana, las fértiles colinas de los Grandes Lagos y ríos de navegabilidad limitada, la mayor parte del África subsahariana tenía una característica significativa. La tierra era abundante, pero la mano de obra escasa. Esto se complicaba por el hecho de que su agricultura se basaba en el azadón, no en el arado, salvo en Etiopía, y de que la tierra era trabajada principalmente por mujeres (Boserup 1970). Esta situación produjo un patrón de familia peculiar, aún característico del África subsahariana, con una muy alta valoración de la fertilidad, hoy afectada por la planeación familiar moderna pero todavía elevada (de cuatro hijos según la norma oficial nigeriana) para los estándares globales. Con esto se relaciona una práctica masiva de la poligamia, ahora única en el mundo (Therborn 2004) y recientemente celebrada por el presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma, al casarse por tercera ocasión, en enero de 2010. De acuerdo con las notas de prensa, Zuma tenía entonces veinte hijos. El gran antropólogo africanista, Jack Goody, ha enfatizado en varios trabajos la diferencia entre África y las “civilizaciones [eurasiáticas] de la edad de bronce”, y cómo la civilización africana, menos mecánica y rígidamente je35

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Árabe

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Árabe

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NILOSoninke Bambara Mende

Hausa

Ewe Akan Yoruba

Amhárico

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Igbo

Oromo Somalí

Fang

Masai

NIGEROCONGOLEÑA Ganda (BANTÚ) Luba Congo Lundi

Kikuyu

Swahili Bemba

O CÉ AN O ÍN DICO

Ombundu

OCÉANO

Tonga

AT L Á N T I C O

Shona Tswana Zulú Sotho Xhosa

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0 0

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1500 1000

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2500

3000 km

1500 millas

Mapa 1 Familias de lenguas africanas.

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rárquica, menos estratificada, se ha manifestado entre otras cosas en su cocina y no uso de flores (Goody 1993, 1998). Hasta qué punto existe una filosofía o cosmología bantú común es una cuestión muy debatida (véase una descripción y referencias en Mudimbe 1998 y Appiah 1992), sobre la que no hay necesidad de pronunciarse aquí. Pero parece haber extendidos temas de creencias de importancia contemporánea. Existe en esa área un mundo inmaterial rico y diversificado, de espíritus malignos y benignos, al que los humanos debemos respeto y sacrificio ritual. Están además los espíritus de los antepasados, lo mismo que los de la naturaleza. La literatura africana moderna ha vertido sus voces en palabras, con particular elocuencia quizás en las obras de Ben Okri, como The Famished Road (1991). Pero los espíritus y su manejo también están presentes en formas mucho más tangibles, entre ellas, el frecuente diagnóstico de enfermedades en términos mágicos, la creencia en brujas –incluidas brujas niñas en Nigeria– y rebeliones armadas protegidas por amuletos y ocasionalmente animadas, como en Uganda, por una interpretación espiritualista del cristianismo, al modo del Lord’s Resistance Army (Ejército de Resistencia del Señor), encabezado por la sacerdotisa-espíritu Alice Auma “Lakwena” (la Mensajera) y su heredero, Joseph Kony. “África” es, como “Asia”, un invento europeo, pero eso no resta valor heurístico a tomar nota de una civilización africana subsahariana. El cristianismo y el islam se han vuelto las religiones dominantes del África moderna, pero ambas se ven forzadas a dar cabida a los tenaces patrones africanos de sexogénero-familia, el cristianismo a causa de la poligamia y el islam de las mujeres en la esfera económica pública, por ejemplo. Artísticamente, el generalizado uso ritual de máscaras y danza también es un rasgo notable de este continente. En ningún otro lado puede verse bailar en público a celebridades tradicionales (jefes), políticos y clérigos, solos o en grupo. Para cerrar este examen de civilizaciones, debe recordarse que lo anterior no pretende ser un Salón de la Fama de la Grandeza. Es simplemente una lista de lo mayor, tal como lo parece en el siglo XXI. En comparación con eso, la civilización maya y otras culturas amerindias o del sureste asiático, por ejemplo, son menores, aunque no necesariamente menos importantes. Todas las civilizaciones han mostrado enorme interés en las relaciones de familia-sexo-género, y dejado en ellas una huella permanente. Pero en el curso de mis amplias investigaciones sobre la familia descubrí que, junto con los cinco de las civilizaciones, existen otros dos grandes sistemas contemporáneos de familia, de carácter híbrido, resultantes de posteriores oleadas de globalización y rutas a la modernidad: los sistemas del sureste asiático y americano criollo. 37

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