Andrea Rovira
Bea Gregores
G DE JUEGO JUEG CANASTAS La jUgAdA dE BeA
A Clara, que con este libro me ha hecho volver a sentirme niña, y a Aleix, por darme la alegría de ser madre.
ANDREA ROVIRA
Textos © Andrea Rovira, 2026 Ilustraciones © Bea Gregores, 2026 Dirección editorial: Patricia Martín Edición: Clara Jubete Baseiria y Aina Florit Moll Dirección de arte: Noelia Murillo Ballesta Traducción de textos: © Blanca Gago, 2026 Corrección de textos: Raúl Alonso Alemany Revisión de textos: Eida del Risco © Editorial Flamboyant, S. L., 2026 Gran Via de les Corts Catalanes 669 bis, 4.º 2.ª 08013 Barcelona www.editorialflamboyant.com Reservados todos los derechos. Primera edición: octubre de 2026 ISBN: 979-13-87614-38-6 DL: B 15767-2026 Impreso en Lidergraf, Vila do Conde, Portugal. Esta obra ha recibido una ayuda del Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura:
Libro libre de emisiones de CO2 gracias al acuerdo establecido con la Fundación Plant-for-the-Planet.
Andrea Rovira
Bea Gregores
La jugada de beA
Traducción de Blanca Gago
CoNsEjO n.º1: No Te QuEdEs SiN JuGaDoReS
Había sido un día nefasto para todos los del equipo. Solo un mes después de que la escuela decidiera crear un equipo de baloncesto, Ana salió de excursión con su familia, tropezó y se rompió la pierna. ¡Todavía le quedaba un montón para estar bien! Sus padres le habían prohibido acercarse a la cancha; ahora, sin ella, estábamos perdidos: solo éramos cuatro jugadores, ¡y con cuatro no se puede jugar al baloncesto! 1
Volví a casa del entreno pateando el suelo y con los puños apretados. Cuando habíamos creado el equipo, hacía un mes, me había hecho mucha ilusión: tiempo atrás, había ido con mi padre a ver jugar al Albada, el mejor equipo de baloncesto infantil de la ciudad. Los albados jugaban en otra liga, sí, pero ¿y qué? ¡Yo también tenía ganas de jugar al baloncesto! Así que me planté ante la directora Esperanza y le dije que era injusto que en la escuela solo hubiera equipos de fútbol. Y ahora, después de mucho trabajo, habíamos conseguido formar también uno de baloncesto. Claro que solo éramos cinco. Y, sí, de acuerdo, ¡todos eran amigos míos! Abby, Norma, Raúl… y Ana. Pero eso ahora daba lo mismo porque, sin Ana, el equipo no saldría adelante. Cuando abrí la puerta de casa, mi madre me esperaba en el comedor con la merienda preparada. Parecía haber adivinado que no iba a estar de buen humor, porque me recibió con una sonrisa y me pidió que me sentara a la mesa: tenía algo importante que decirme. —Pero mejor te duchas primero —me advirtió con el dedo—. Venga, acábate la merienda enseguida. 2
A mi madre le encantaba esa palabra: enseguida. Desde que mi padre ya no vivía con nosotras y yo solo lo visitaba los fines de semana, me obligaba a hacer las cosas megarrápido. ¡Y ella también iba con un petardo en el trasero a todas horas! Esa tarde quería explicarle todo lo que había pasado con Ana y el equipo, pero, antes de poder contarle nada, le sonó la musiquita del móvil y respondió. Hizo una mueca, puso los ojos en blanco y me dijo: —Bea, es tu padre, ahora vuelvo. —Y se encerró a cal y canto en su habitación. Enfadada, me senté a la mesa dispuesta a dar el primer bocado. Aún tenía la cara empapada de sudor, y la verdad es que apestaba un poco. Ese día no habíamos podido ducharnos en la escuela porque el equipo de fútbol femenino había acabado a la misma hora y había ocupado todas las duchas. El único que había podido darse una ducha había sido Raúl porque su vestuario estaba libre. Ser niño tiene cosas buenas, aunque él dice que no, que ser niño es lo peor. Dice que, ahora que empieza a crecer como un árbol, pronto le cambiará la voz y ya no lo reconoceremos nunca más. Tiene miedo de que le pasen ese tipo de cosas, pero 3
a mí, la verdad, todo eso me hace reír. Sería imposible no reconocer a Raúl, llevamos siendo amigos un montón de años. ¡Desde la guardería! A Abby, Norma y Ana las conocí más tarde, pero ahora son mis mejores amigas, y no dudaron en apuntarse al equipo de baloncesto conmigo cuando se lo pedí. Mientras me bebía el vaso de leche, recordé la ilusión con la que había empezado a entrenar. Ahora, sin embargo, me sentía muy culpable porque el equipo pudiera deshacerse, aunque no fuera
culpa mía. Yo había metido en esto a Norma, Abby, Ana y Raúl. ¿Estarían tan tristes como yo? Ya había acabado de merendar, pero mi madre aún seguía hablando con mi padre. Desde que se habían separado, siempre decían que tenían muchísimas cosas de las que hablar: «Tus notas, tus entrenos, los horarios del fin de semana…», me dijo mi padre una tarde que vino a buscarme a la escuela. Yo pensaba que no era para tanto; no eran tantas cosas. Además, ya era mayorcita, ¡no hacía falta que se pasaran información como un profesor hace con las notas que pone en tu agenda! Dejé el plato y el vaso en el fregadero con desgana y silbé para llamar a Rayo, nuestro perro, que ya era muy viejo. Estaba tumbado en el sofá, durmiendo tan pancho, sordo como una tapia. No vino, claro. ¡Siempre igual! Si no fuera por el baloncesto, pensé, me pasaría todas las tardes sola y aburrida. Tuve la sensación de que estaba pasando algo importante, por eso mamá hablaba tanto rato con papá. En fin, bastante tenía yo con mi desastroso equipo de baloncesto como para, encima, meterme en otros asuntos. 5
Me fui directa a la ducha sin pasar siquiera por la habitación. Cuando mamá se ponía así, lo mejor era hacerle caso enseguida. Mientras me enjabonaba, sentí mucha rabia. Solo era capaz de pensar en Ana, en su pierna rota, en mi madre y mi padre… ¡Y hasta en Rayo, que nunca se levantaba del suelo! Así, enfadada, me puse el pijama y me fui a pasar el disgusto a mi habitación. Lo último que hizo mi padre antes de la separación fue instalar una canasta detrás de la puerta. «Así podrás practicar», me dijo, y me regaló una pelota pequeña de baloncesto. Mi madre se quejó: dijo que haría mucho ruido y molestaríamos a los vecinos, y entonces mi padre se enfadó: «¡Nunca te gustan mis ideas!». Pero ahora mi madre ya no decía nada de la canasta; además, yo siempre conseguía atrapar la pelota antes de que botara en el suelo. ¡Y las encestaba todas! Me podía pasar la tarde metiendo canastas, una detrás de otra: ¡canasta! ¡Pick and roll! Suspiré de la emoción. Me daba igual que mi madre siguiera hablando por teléfono, yo me encerraría en mi cuarto y me lo pasaría genial. Agarré el picaporte, lo giré a la derecha, abrí la puerta y… 6
—¡Ayyyyy! Una cosa redonda se estampó contra mi frente. Me tambaleé hacia atrás hasta caerme en el suelo; la puerta se quedó abierta, y yo, sentada en medio del pasillo. Una sombra se me acercó y levanté la vista con el ceño fruncido: —Pero qué… ¡Anda, la que faltaba! —gruñí al verla. ¡No podía creerlo! Allí estaba mi prima Marina, de pie y absolutamente impasible viendo cómo me caía después de que me hubiera lanzado algo. ¿Y qué era ese algo? Eché un vistazo a un lado: ¡mi pelotita de baloncesto! Uy, ahora sí que estaba rabiosa. Creo que nunca nadie podrá ni imaginarse lo horrible que fue ese encuentro. Marina me sacaba un año, era mucho más alta que yo y llevaba haciéndome la vida imposible desde que había empezado a caminar y yo no era más que un bebé. Cuando estábamos en el jardín de los abuelos, me obligaba a tragar arena. Siempre se reía de mí cuando tosía por un catarro, y, cuando se me cayó el primer diente de leche, me aseguró que el ratoncito Pérez no me dejaría ningún regalo bajo la almohada. 7
Por suerte, a los ocho años se fue a vivir a Estados Unidos. Me contaron que mi tío, el hermano de mi madre, había conseguido un trabajo muy bueno. Yo entonces había cantado victoria: sería la única niña de la familia y podría celebrar los cumpleaños y las Navidades tan a gusto. Por eso, cuando me la encontré en mi cuarto esa tarde, me puse furiosa. ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué nadie me había avisado de que iba a venir? Y si Marina estaba ahí, ¿dónde…? ¿Dónde estaba mi tío? Las dos nos quedamos en silencio al lado de la puerta, justo debajo del aro. Ella me clavó sus ojos verdes y yo le eché una mirada relampagueante y llena de odio con los míos, también verdes —al fin y al cabo, lo quisiera o no, éramos familia—. Me levanté y agarré la pelota de baloncesto que ella había usado sin permiso. Se cruzó de brazos, hizo un mohín de disgusto y, con esa voz nasal y horrible que tenía, me dijo con toda su jeta: —No te enfades, primita Bea, que no ha sido idea mía. ¡Créeme, yo nunca habría elegido venir a casa de una niña salvaje como tú! 8
CoNsEjO n.º2: NuNcA tE fíeS dE uNa pRiMa
Me quedé pasmada allí, en la puerta de la habitación. ¡Incluso se me cayó la pelota de las manos! ¿Cómo que una niña salvaje? Di una patada en el suelo y resoplé: —¿Qué es eso de «venirte a casa»? ¿Hasta cuándo te quedas? ¡En esta casa no hay sitio para ti, así que ya puedes irte por donde has venido! Hasta me entraron ganas de llorar. ¿Y si iba a buscar a mamá, que, por cierto, seguía hablando por teléfono? 9
Pero eso de ir corriendo a las faldas de mi madre me haría parecer una niña pequeña, y seguro que Marina se reía de mí. No podía darle esa satisfacción. Mi prima se encogió de hombros y, de repente, toda la rabia le desapareció de la cara, ahora incluso tenía un aire triste. —No sé, el abuelo no me lo ha dicho. —¿El abuelo? —pregunté—. Pero… ¿cuánto hace que has vuelto? ¿No estabas en el extranjero? Marina suspiró y se sentó en la cama sin pedirme permiso. —Volví hace unos meses, porque allí no terminaba de adaptarme. Me cuesta aprender el idioma —dijo—. Además, los niños no son simpáticos. He estado viviendo con mi abuelo. Pensaba que lo sabías. —Vaya, qué pena —mentí. Mi prima era la persona más antipática que conocía, ¡así que no me daba ninguna pena!—. ¿Y ahora tu abuelo te envía aquí? —Es que está enfermo, tiene que ir al hospital cada día. Volvió a encogerse de hombros y empezó a gimotear. Temí que se echara a llorar, porque se me da fatal consolar 10
a la gente que llora. ¡Hasta empecé a echar de menos a la Marina malvada que me obligaba a comer tierra! Para distraerme, lancé la pelota a la canasta detrás de la puerta; no encesté. Otra vez, ¡qué mala suerte! Ahora Marina, encima, tenía que ver lo mala que era. El caso es que me pareció que no se fijaba en eso, porque se levantó enseguida, recogió el balón para pasármelo y abrió la puerta. —Será mejor que te lo explique todo la tía. ¡Vaya que si me lo explicaría! Me daba igual que Marina estuviera triste, y su abuelo, enfermo: ¿por qué tenía yo que cargar con una persona que se empeñaba en meterme arena por las orejas de pequeña? Fuimos las dos a ver a mi madre, que en ese momento salía de su habitación. Aún llevaba el móvil en la mano, pero parecía que ya no estaba hablando con mi padre, porque al vernos dijo: —¡Ah, pensaba ir a buscaros enseguida! ¡Esperaba de verdad que esa fuera su intención! Apreté los puños y le eché una mirada intensa. Que se diera cuenta de lo enfadada que estaba. Nos llevó al comedor, nos sentó en el sofá y empezó: 11
—Marina, no hay ningún problema en que vivas con nosotras una temporada. ¡Ah, no! ¡Y qué más! ¡Y un cuerno! Quería gritar de todo, pero me quedé con la boca abierta; no me salían las palabras. ¡Pero qué injusticia! ¿Por qué nadie me había preguntado mi opinión sobre el asunto? Mamá dijo que Marina empezaría la escuela al día siguiente y que podíamos compartir habitación. —¡Ni hablar! —grité—. ¡No pienso
compartir
habitación
con esta! —¡A mí no me llames «esta»! —rugió Marina, con su melena pelirroja de leona—. ¡Esta tú! —Chicas… —intentó contenernos mi madre. —¡No, esta tú! No te soporto ni te soportaré nunca, y… —¡CHICAS! —gritó mi madre. 12
Respiré hondo y me tranquilicé un poco. Lo único peor que soportar a Marina era aguantar a mi madre enfadada. Cuando vio que me había calmado, añadió: —Bea, tu prima pasará aquí una temporada, te guste o no. —Luego la miró a ella y añadió—: Y tú, Marina, espero que te comportes como una hija más. En este caso, la hija mayor. Nos quedamos las dos calladas, aún con el gesto enfurruñado. Mamá prosiguió: —Y ahora, a vuestro cuarto enseguida, a deshacer las maletas de Marina y decidir quién de las dos duerme en la cama y quién en el colchón que pondremos por la noche. Hala, aire. Mientras recorríamos el pasillo de vuelta a la habitación, se me ocurrió una idea: ¡podríamos decidirlo todo con el baloncesto! Mi cama, mi parte del armario…, hasta 13
TrAs iNsIsTiR mUcHo, BeA cOnSiGuE sU oBjEtIvO: ¡sU cOlEgIo tEnDrá pOr fIn uN eQuIpO dE bAlOnCeStO! Cuando ya cantaba victoria y había convencido a sus amigos para que se apuntaran, el destino le juega una mala pasada: una de sus compañeras tropieza y se rompe la pierna. ¿Cómo pueden formar un equipo si solo son cuatro jugadores? La solución, sin embargo, llegará cuando menos se lo espere. Y es que, a veces, las primas molestas son la solución perfecta a todos tus problemas…
ISBN 979−13−87614−38−6
ISBN: 979-13-87614-38-6
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