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Historia de las naciones

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HISTORIA DE LAS NACIONES cómo se forjaron sus identidades Peter Furtado


Título original: The Histories of Nations Traducción: Remedios Diéguez Diéguez Revisión de la edición en lengua española: Dr. Josep Florit Capella Profesor catedrático emérito Facultad de Geografía e Historia Universidad de Barcelona

Coordinación de la edición en lengua española: Cristina Rodríguez Fischer Primera edición en lengua española 2012 © 2012 Art Blume S.L. Av. Mare de Déu de Lorda, 20 08034 Barcelona Tel. 93 205 40 00 Fax 93 205 14 41 E-mail: info@blume.net © 2012 Thames & Hudson Ltd, Londres I.S.B.N.: 978-84-9801-647-5 Impreso en China Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, sea por medios mecánicos o electrónicos, sin la debida autorización por escrito del editor. WWW.BLUME.NET Preservamos el medio ambiente. En la producción de nuestros libros procuramos, con el máximo empeño, cumplir con los requisitos medioambientales que promueven la conservación y el uso responsable de los bosques, en especial de los bosques primarios. Asimismo, en nuestra preocupación por el planeta, intentamos emplear al máximo materiales reciclados, y solicitamos a nuestros proveedores que usen materiales de manufactura cuya fabricación esté libre de cloro elemental (ECF) o de metales pesados, entre otros.

Página 1: Gerard van Schagen, Mapamundi, 1689. El descubrimiento del mundo (Terra cognita) por parte de los europeos y las técnicas cartográficas surgidas en el siglo XVII hicieron posible contextualizar por primera vez cada país en el mundo conocido, como vemos en este raro conjunto de mapas producidos en Ámsterdam. Páginas 2-3: este grabado del siglo XIX muestra a los líderes de Europa en pleno debate durante el congreso de Viena (1814-1815). Al restaurar el «status quo ante bellum» a raíz de las guerras napoleónicas, el congreso de Viena frustró las aspiraciones nacionales de numerosos europeos, lo que provocó un auge del nacionalismo durante el siglo XX.


Contenido 10

Introducción, Peter Furtado Historias de las naciones e historia del mundo

18

Egipto, Hussein Bassir Faraones, reyes y presidentes

26

India, Mihir Bose La civilización sin historia propia

38

Irán, Homa Katouzian Una larga historia y una sociedad discontinua

48

Grecia, Antonis Liakos Una tierra atrapada entre las antiguas glorias y el mundo moderno

58

China, Zhitian Luo Escribir la historia: unir el pasado y el futuro

70

Irlanda, Ciaran Brady A la sombra del abusador amable

82

España, Enric Ucelay-Da Cal Más allá de la leyenda negra


96

Francia, Emmanuel Le Roy Ladurie Historia del hexágono

108

Rusia, Dina Khapaeva Fracturas en el tejido de la cultura

120

República Checa, Pavel Seifter Historia nacional y búsqueda de la identidad

132

Polonia, Iwona Sakowicz Tragedia y heroísmo frente a vecinos poderosos

142

Hungría, László Kontler El reino milenario

154

Turquía, Murat Siviloglu La tierra que perdió un imperio

162

Brasil, Luiz Marques El legado de la esclavitud y el suicidio ambiental

170

México, Elizabeth Baquedano Tierra de águilas, cactus y serpientes

178

Países Bajos, Willem Frijhoff Ante los desafíos del agua

188

Suecia, Peter Aronsson De las comunidades vikingas al estado del bienestar

198

Gran Bretaña, Jeremy Black El estado-nación compuesto

210

Estados Unidos, Peter Onuf La tierra que decidió no tener historia


222

Australia, Stuart Macintyre Una nación europea en una tierra antigua

232

Ghana, Wilhelmina Donkoh De colonia a líder continental

240

Finlandia, Pirjo Markkola Forjar una identidad a través del esfuerzo

248

Argentina, Federico Lorenz Entre dos centenarios

256

Canadá, Margaret Conrad Gobierno sin cohesión

264

Italia, Giovanni Levi Catolicismo, poder, democracia y fracaso del pasado

272

Japón, Ryuichi Narita Del aislamiento a la transgresión

282

Alemania, Stefan Berger Las múltiples mutaciones de una nación tardía

294

Israel, Colin Shindler El experimento sionista

304 307 310 311 312

Bibliografía Biografías de los colaboradores Agradecimientos Créditos de las imágenes Índice


CIARAN BRADY

Irlanda A la sombra del abusador amable

P

ara bien o para mal, el hecho más importante en la historia de Irlanda desde el siglo XII es la intensa y problemática relación con Gran Bretaña, vínculo que comenzó con la «con-

quista» del país por parte de un grupo de aventureros feudales anglonormandos. Otras influencias compensaron parcialmente esa conexión desafortunada, sobre todo los profundos y duraderos lazos de Irlanda con la Europa continental. Tras la misión de san Patricio, en el siglo V, la cristianización de Irlanda avanzó con rapidez. Entre los siglos VIII y XI, los monjes

irlandeses contribuyeron de manera significativa a la (re)cristianización y la recuperación cultural de Europa occidental y central. Las complejas relaciones y asociaciones comerciales se prolongaron hasta mucho después del siglo

XII,

aunque se interrumpieron y renovaron

como consecuencia directa de la citada conquista (que comenzó en 1169). No resulta fácil definir el carácter de esa conquista. Desde los puntos de vista territorial y político, no se aseguró definitivamente hasta el siglo XVII; en términos de hegemonía cultural e ideológica, podría decirse que nunca se ha acabado. Además, no fue un proceso prolongado en el tiempo. Lo que comenzaron los barones anglonormandos no fue lo que los monarcas Tudor intentaron terminar 400 años más tarde, y aunque las guerras guillermitas y las confiscaciones de 1689-1699 dieron la posesión casi completa de la tierra irlandesa a los ingleses, el sometimiento que se impuso después fue muy distinto en su carácter político y social, así como en sus fundamentos ideológicos desde los poderosos pero abortivos experimentos de Oliver Cromwell, unos cuarenta años antes. La intervención de Inglaterra en Irlanda no siempre fue de carácter agresivo. Los espasmos repetidos de violencia, represión y explotación se alternaron con etapas de intentos de reconciliación, reformas y desarrollo. Cada una de esas etapas se vio interrumpida por períodos más largos de indiferencia, irresponsabilidad y abandono. Si la psicología cultural de los pueblos Árbol cronológico de la historia de Irlanda desde la primera invasión de los ingleses hasta 1876, año en que se creó la imagen. En las ramas se hallan inscritas fechas y hechos importantes en la historia irlandesa. A la izquierda se encuentra Erin, la personificación femenina de Irlanda, con un arpa y un sabueso; ante ella observamos a un hombre, posiblemente Daniel O’Connell.

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EMMANUEL LE ROY LADURIE

Los extranjeros se han visto expuestos a numerosas ideas erróneas sobre Francia y su historia, y me gustaría mencionar algunas. Algunos historiadores han intentado establecer paralelismos entre Napoleón y Hitler, pero las diferencias son de tal magnitud que las comparaciones no tienen sentido. También han criticado la revocación del edicto de Nantes, promulgada por Luis XIV en 1685, que suprimió el protestantismo y provocó la salida de numerosos hugonotes, pero tienden a olvidar que la política de Gran Bretaña (si puede llamarse así) hacia la Irlanda católica no ha sido más honorable que la del Rey Sol hacia sus súbditos hugonotes. La revocación no fue un caso aislado en la historia de Europa. Las ideas erróneas sobre la historia surgen sobre todo de fuentes americanas. Franklin D. Roosevelt (1882-1945), por ejemplo, no entendió a De Gaulle (y lo mismo ocurrió con Churchill, aunque en principio lo apoyó cuando llegó a Londres en 1940). La arrogancia del general podría explicarlo: al tener un nombre que sonaba a aristocrático, ir a misa y comportarse como un lacónico y un militar autoritario, algunos franceses en Londres lo tomaron por un hombre de extrema derecha y transmitieron esa impresión a sus amigos británicos y americanos. Roosevelt planeó un estado tapón entre la Francia de De Gaulle y Alemania, y entre Francia y los Países Bajos, forjado a partir de Bélgica y Alsacia-Lorena (la piedra angular del patriotismo francés). Fue una idea descabellada y requirió toda la tenacidad del secretario británico de Asuntos Exteriores, Anthony Eden (un francófilo inveterado) para convencerlo. Otra idea de los aliados fue la creación del AMGOT (Gobierno militar aliado para los territorios ocupados) tras la liberación de Francia. La llegada triunfal de De Gaulle a París fue lo que evitó esa locura monumental. Roosevelt tenía tendencia a ese tipo de malentendidos. De hecho, la prensa británica y americana apoyó a De Gaulle de manera casi unánime cuando se enfrentó a las hostilidades de Roosevelt, y más tarde de Churchill. Esa actitud contra De Gaulle persistió hasta cierto punto después de 1945, de ahí la tentación (sobre todo en Gran Bretaña) de confundir a De Gaulle con un fascista cuando recuperó el poder en 1958. Otro ejemplo de juicio erróneo de Francia llegó con la guerra de Iraq en 2003. El presidente Jacques Chirac (nacido en 1932) se encontró prácticamente solo en Europa al oponerse a ese acto de pura agresión. No soy un seguidor incondicional de Chirac: su disolución del Parlamento francés en 1997, que permitió a sus oponentes el acceso al poder, fue un acto muy poco acertado. Más grave todavía fue su referéndum sobre la constitución europea en 2005. Puede que su intención fuese incomodar a los socialistas franceses, pero el desastre resultante supuso otro duro golpe para la Unión Europea. No obstante, nada de eso fue tan importante como sus intentos de evitar la guerra en Iraq. Un efecto colateral de la iniciativa de Chirac fue una intensa campaña de propaganda antifrancesa. La consejera de seguridad nacional de Estados Unidos, Condoleezza Rice, habló de castigar a Francia.

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FRANCIA

Si Hitler lo hubiese ordenado, París podría haber sido destruido en 1944 como ocurrió con otras ciudades europeas. Sin embargo, gracias a la afortunada combinación de los aliados, los generales Charles de Gaulle y Philippe Leclerc, y tal vez a cierta moderación por parte de las fuerzas nazis, la Ciudad de la Luz logró sobrevivir y continúa siendo tan eterna como siempre.

Las french fries («patatas fritas») fueron rebautizadas como freedom fries, un episodio ridículo que se convirtió en la punta del iceberg del sentimiento francofóbico americano. ¿La salida de la política de George W. Bush en Estados Unidos convirtió la francofobia únicamente un mal recuerdo? No estoy seguro. Recientemente, un programa de radio del otro lado del Canal de la Mancha o del Atlántico (no lo recuerdo) ha descrito un discurso de un importante político francés como «muy confuso, muy francés». No sé si esa yuxtaposición es justa para Francia y para el pueblo francés.

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JEREMY BLACK


G R A N B R E TA Ñ A

isla, como ocurrió en toda Europa occidental y septentrional. A pesar de los intentos retrospectivos por crear una memoria británica común respecto a los siglos anteriores, cabe destacar que ésta no existía. En la lucha moderna por la identidad nacional, muchos escoceses y galeses consideran que su propia identidad posee más historia que la de Gran Bretaña. El resultado es que situar la historia británica antes de 1707 es una afirmación política (que se mostrará cada vez más equivocada a medida que aumente el sentimiento general de separación). Ubicar el comienzo de la historia británica en 1707, y no en los bosques medievales o incluso en los años de Stonehenge, resulta mucho más relevante para nuestra época. Gran parte de lo que ya existía, y se confirmó en el Acta de Unión y la política de las décadas siguientes, nos resulta hoy familiar. Las ideas de un gobierno limitado, políticos representativos, una monarquía responsable, un estado de derecho y la ausencia de persecución religiosa (aunque los católicos no estarían de acuerdo con ello) ya se encontraban bien arraigadas en aquella fecha, y todas forman parte de la historia profunda de Gran Bretaña. De hecho, sus raíces son incluso más antiguas en algunos puntos de la isla. Así, el estado de derecho, que propugna los juicios con jurado y la igualdad ante la ley, era un aspecto importante de la diferencia inglesa desde hacía mucho tiempo. Desde el siglo XII, así ocurría con el contenido de la ley y su administración práctica. El derecho común fomentaba el respeto por el carácter y la continuidad de la sociedad política inglesa. La tradición legal era muy distinta en Escocia, cuya base era la ley romana. Además de una gran fuerza constitucional y política, esas prácticas legales y políticas también reflejaban y mantenían ideas que ya estaban asumidas (sobre todo, la creencia en la justicia y la responsabilidad) y que podían transmitirse a los inmigrantes y a las nuevas generaciones. Desde 1707, esas ideas proporcionaron una base histórica para una cultura democrática en la historia británica, una base que no se asienta tan sólo en las cláusulas constitucionales de los años anteriores a la unión (como las restricciones a la autoridad real que siguieron a la llamada Revolución Gloriosa de 1688-1689). La cultura democrática británica moderna no resulta especialmente aguda en su conocimiento de los hechos históricos, pero refleja un historicismo profundo en forma de valores arraigados en hechos y prácticas del pasado. La búsqueda de libertad, la defensa del albedrío y el respeto hacia la ley y los derechos individuales no explican por sí solos toda la historia británica, pero sí caracterizan importantes episodios de los que Gran Bretaña está muy orgullosa. Éstos se unen para presentar el relato de un progreso que se conoce como la interpretación liberal de la historia británica, que constituye la base de la visión de la propia historia de los británicos. Cartel del servicio nacional pintado por Septimus Scott en 1917 para convocar al servicio en el Ejército Industrial del Servicio Nacional. Con tantos hombres en las fuerzas armadas, se produjo escasez de mano de obra en la industria y la agricultura. Además de animar a los hombres a participar, esa escasez provocó el reclutamiento de muchas mujeres para trabajos relacionados con la guerra.

203


PETER ONUF

nos capaces de consolidar el poder en una nueva metrópolis que dominaría las repúblicas y acabaría con las libertades civiles, convirtiendo a los ciudadanos en súbditos. En las décadas anteriores a la guerra civil, los estadistas pidieron a los ciudadanos que valorasen la Unión, el mayor legado de los Padres Fundadores. Los americanos revolucionarios se habían convertido en un pueblo libre por decisión propia, mediante actos políticos que culminarían en la Los pacificadores de la guerra civil: los generales William Tecumseh Sherman y Ulysses S. Grant, el presidente Abraham Lincoln y el almirante David Dixon Porter a bordo del River Queen, marzo de 1865. Para Lincoln y los defensores de la Unión, la victoria sobre los confederados secesionistas sirvió para defender los principios del libre gobierno de la Declaración de Independencia.

220


E S TA D O S U N I D O S

ratificación de la constitución federal. Esas decisiones originales se convirtieron en «confianza sagrada» para las generaciones a las que se enseñó que la caída de la Unión «europeizaría» la política americana y liberaría a los «perros de la guerra». Si se disolvía su unión, los americanos se traicionarían a sí mismos y a las generaciones futuras; cometerían «traición contra las esperanzas del mundo», como advirtió Jefferson durante la dura lucha por la admisión de Missouri en 1820: al intentar prohibir la esclavitud en ese estado, los «abolicionistas» norteños violaron el principio republicano fundamental del autogobierno por los ciudadanos (blancos) del nuevo estado. La historia de la que los americanos deseaban escapar tendría su venganza sangrienta. Así fue como un sentimiento fatídico, incluso fatal, enfrentó a los americanos patriotas del norte y el sur en la matanza masiva de la guerra civil (1861-1865). Cuando Abraham Lincoln (1809-1865) intentó justificar la masacre de Gettysburg en su discurso (19 de noviembre de 1863), volvió la vista hacia la Declaración de Jefferson («hace 87 años») y se preguntó si «una nueva nación, concebida en libertad y dedicada a la proposición de que todos los hombres nacen iguales» o «cualquier nación tan conceptualizada y tan dedicada puede resistir mucho tiempo». ¿Los estados reunidos mostrarían el camino hacia un futuro mejor para toda la humanidad, o los americanos demostrarían que no son distintos al resto de pueblos, que están sujetos a los caprichos y los imprevistos de la historia? Si el gobierno libre podía «perecer desde la tierra», la nueva historia que imaginaban los americanos (un progreso lineal a través de las generaciones y de los inmensos espacios del continente norteamericano) daría paso al ciclo de angustias que marcaban las historias de otros pueblos. Si los americanos no podían librarse de la historia, no había esperanza para la humanidad. Los americanos siempre se han considerado un pueblo joven, una nación para poner fin a las naciones, un pueblo unido que saca su fuerza de sus orígenes diversos y de sus puntos de vista en la búsqueda de la felicidad. Cuando declararon su independencia, insistieron en que a través de actos propios de voluntad política podrían convertirse en un pueblo libre con un futuro glorioso. Paradójicamente, ese sentimiento de destino providencial lleva consigo una conciencia angustiada ante la posibilidad de fracasar y recaer en la historia de la que habían escapado. Para los americanos de todas las ideologías políticas, esas preocupaciones se manifiestan en las apelaciones al espíritu popular de 1776 o las intenciones originales de los Padres Fundadores. Satisfacer las esperanzas del futuro depende de la fidelidad al credo republicano tal y como se articuló en un principio. El pueblo que escape a su historia está atado (y definido por) una generación revolucionaria de creadores de una nación que todavía «viven» en los tribunales, las legislaturas y la imaginación política popular. La historia que parece tan extendida en el Viejo Mundo y rechazada por los revolucionarios (la «patraña» de Henry Ford) podría estar ausente en su Nuevo Mundo. Sin embargo, para los americanos es vital una concepción progresista de la historia, que valora el recuerdo de los fundadores revolucionarios y vislumbra un milenio republicano para toda la humanidad.

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una perspectiva única desde la que observar el mundo contemporáneo:  artículos de expertos en historia Alemania Argentina Australia Brasil Canadá China Egipto España Estados Unidos Finlandia

Francia Ghana Gran Bretaña Grecia Hungría India Irán Irlanda Israel Italia

Japón México Países Bajos Polonia República Checa Rusia Suecia Turquía

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