Yaotl, el guerrero azteca del tiempo. Yaotl, el guerrero azteca del tiempo. P$20Mx



Corría el año 13 conejo azteca. (1509 del calendario gregoriano).

En el corazón de la vasta floresta Mexica, cuando el sol ardía alto sobre las copas de los árboles y el canto de los quetzales llenaba el aire, un joven azteca llamado Tēucatl, de cuerpo fuerte y mirada decidida avanzaba por un conocido estrecho sendero de tierra aprisionada ya seca, proveniente de Aztlán, lugar de donde provienen todos los guerreros y las bellas mujeres Aztecas.
Se dirige dirección sur este, camino que conduce a Tenochtitlán.
Tēucatl posó sus ojos en el báculo del anciano, cuya fuerza parecía resonar con ecos de los tiempos remotos. La presencia de aquel venerable imponía respeto. Entonces, el sabio solemne dijo, como quien transmite un mensaje tejido por los dioses...
—Te he estado esperando, joven guerrero. Mi nombre es Huehuetzin, guardián de las profecías.—



Tēucatl frunció el ceño. Acerca la mano a su macuahuitl, espada de madera con afiladas láminas de obsidiana incrustadas a los lados.
T—¿Quién eres en realidad, anciano?—




El colorido tozcatl que se habia posado sobre el báculo del anciano, alza el vuelo al percibir lo levanta de repente el sabio exclamando…
—Soy solo el tonalpoqui de Aztlán, el que lee el libro de los augurios tonálmatl, un mensajero enviado de parte de tu verdadero padre. Tú no eres solo hijo de hombre, sino de Huitzilopochtli, el dios de la guerra y del sol. A partir de ahora, llevarás un nuevo nombre: Yaotl, “el guerrero”.—







Un rayo de sol atravesó el follaje en ese instante, bañando al joven con una luz dorada. La selva pareció guardar silencio. No se movía ni una hoja del frondoso follaje. Los pájaros callaron su canto y el silencio absoluto cubrió todo el entorno....



—Desde hoy, serás dotado con las virtudes humanas más valiosas: valor, compasión, sabiduría, resistencia. Podrás viajar a través del tiempo y del espacio cuando el equilibrio de esas virtudes esté en peligro. Pero escucha bien, Yaotl: seguirás siendo mortal. Tus poderes dependerán de la época y de las circunstancias. En algunos momentos serás fuerte como el jaguar, en otros, vulnerable como el maíz en flor.—





Yaotl bajó la mirada, asimilando el peso de sus nuevas responsabilidades. Con voz grave preguntó.
—¿Y cuál será mi primera misión? —


—Vivir. Observar. Aprender. La guerra verdadera aún no comienza… Pero pronto sentirás el eco de pasos extranjeros sobre esta tierra. Los llamados caxtiltecas.— Luego de su respuesta, el anciano Huehuetzin dio un paso atrás y se desvaneció en la espesura, como si nunca hubiera estado ahí.




Yaotl se quedó solo en el sendero, su corazón latiendo con fuerza nueva, siente cómo sus músculos se iban moldeando.



Ya no era Tēucatl el joven guerrero de Aztlán; ahora era Yaotl, el defensor del espíritu humano. Y aunque no sabía aún lo que el tiempo le deparaba, dio su primer paso hacia lo desconocido… Con la mirada puesta en el horizonte. Prosiguió su andar en dirección al lugar del águila entre las nubes, la majestuosa Tenochtitlán. Pareciese el sol iluminaba el camino y su destino.


Durante los tres días de viaje, meditaba en las noches y descubre que adquiría sabiduría con solo observar el entorno. Agotado, se dispone a dormir.




—Te he elegido. Caminarás sobre el calendario como quien cruza un río. Tu corazón será llave del tiempo. Pero no temas, aún no sabes usar el don. El fuego que te abrirá el camino aún duerme.—


Al tercer amanecer, Yaotl divisó a lo lejos los imponentes templos y pirámides de Tenochtitlán, brillando sobre el lago como una joya refulgente de personas.


Luego de cruzar la calzada del oeste, Yaotl ingresa a la majestuosa Tenochtitlán.

—¿Puedes indicarme cómo llego al palacio del Tlatoani?— —Claro, huey forastero, voy hacia el Templo Mayor, sígueme y te señalaré cuál es La Nueva Casa de Moctezuma II.—
Yaotl, un paso detrás, sigue al amable hombre.














El sol caía vertical sobre los patios de piedra del Huey Tecpan, el gran palacio de Moctezuma, cuando Yaotl , el hombre venido de Aztlán llegó a la entrada custodiada por guerreros águila.


Su porte, alto y recio, llamó la atención de los guardianes que primero dudaron, pero luego bajaron sus lanzas en señal de permiso. No traía séquito ni tributo voluminoso, solo una mirada firme y una presencia que parecía arrastrar siglos detrás de sus sandalias de cuero.
Dos guerreros tigre, lo escoltan hasta el salón de audiencias del Tlatoani Moctezuma.


Moctezuma, elevado en el icpalli, su trono sagrado, fija la hondura de sus ojos en el visitante que avanzaba con paso mesurado, sin atreverse a levantar la mirada. Solo cuando se inclinó reverente, extendiendo su mano para ofrecer un pequeño jarrón de barro, como tributo ante la presencia del tlatoani.

—¿Quién es este hombre acercándose? —