DEL DIOS DESCONOCIDO AL DIOS QUE INSISTE Una lectura del Areópago como umbral hacia lo frágil y lo posible
Guillermo Calderón Núñez
DEL DIOS DESCONOCIDO AL DIOS QUE INSISTE Una lectura del Areópago como umbral hacia lo frágil y lo posible
Guillermo Calderón Núñez
Del Dios desconocido al Dios que insiste Una lectura del Areópago como umbral hacia lo frágil y lo posible © Guillermo Calderón Núñez Primera edición, abril 2026 Registro de Propiedad Intelectual Nº 2026-A-4095 isbn: 978-956-17-1239-3 Derechos Reservados Tirada: 300 ejemplares Impreso en Chile
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso Av. Errázuriz 2930, Valparaíso, Chile info@edicionespucv.cl www.edicionespucv.cl Director y Editor General: David Letelier Diseño: Alejandra Larraín
Obra licenciada bajo Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/legalcode.es
«Dios ha escogido más bien a los que el mundo tiene por necios para confundir a los sabios; y ha elegido a los débiles del mundo para confundir a los fuertes. Dios ha escogido lo plebeyo (ta agene) y despreciable del mundo; lo que no es (ta me onta) para reducir a la nada lo que es (ta onta)». (1 Cor 1,27-28)
«[…] los enormes y veloces cambios culturales requieren que prestemos una constante atención para intentar expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad. Pues en el depósito de la doctrina cristiana ”una cosa es la substancia […] y otra la manera de formular su expresión”». ―Papa Francisco, Evangelii gaudium, n. 41
Índice PREFACIO......................................................................................... 9 INTRODUCCIÓN.............................................................................. 11 primera parte De la postmodernidad al pensamiento débil. Fundamentos filosóficos para una teología en clave de vulnerabilidad y relacionalidad............................................................ 15 1. ¿Qué es la postmodernidad?............................................................................ 18 2. Dónde y cuándo surge la postmodernidad.................................................20 3. Postmodernismo y ciencias humanas. La teoría de la verdad, múltiples verdades postmodernas versus una única verdad............... 23 4. Características históricas, culturales y sociales de la postmodernidad................................................................................................... 27 5. Los grandes dogmas de la modernidad, socavados por el postmodernismo.................................................................................................. 29 5.1. La primacía del hombre.........................................................................29 5.2. La primacía de la razón......................................................................... 30 5.3. Ciencia, tecnología y progreso............................................................ 32 5.4. Libertad y democracia............................................................................ 33 6. Relaciones postmodernas.................................................................................34 7. Tres inspiraciones postmodernas para una propuesta teológica......36 7.1. Gianni Vattimo y la filosofía del pensamiento débil....................36
7.2.
8. 9.
La influencia de Jacques Derrida, fe sin dogma, justicia por venir...................................................................................................... 40 7.3. Emmanuel Levinas, Dios como acontecimiento ético y “más allá del ser”...................................................................................... 42 El cristianismo postmoderno. Entre la fragmentación y la relacionalidad.........................................................................................................46 La teología débil como propuesta teológica postmoderna..................49 9.1. Cuando Dios se vuelve promesa........................................................49 9.2. ¿Qué significa “débil” en teología débil?......................................... 50 9.3. Dios como acontecimiento..................................................................55
segunda parte Del Dios desconocido a la promesa débil.......................................................57 Introducción........................................................................................................................59 1. ¿Por qué un análisis narrativo?...................................................................... 60 2. Exégesis narrativa de Hechos 17, 16-34........................................................63 2.1. Introducción teórica...............................................................................63 2.2. Texto de Hechos 17, 16-34....................................................................65 2.3. Análisis de la trama................................................................................ 80 3. Estudio de los personajes................................................................................ 89 3.1. Pablo, protagonista y mediador cultural........................................ 89 3.2. Los filósofos epicúreos y estoicos, antagonistas dialógicos..... 91 3.3. Los atenienses y extranjeros residentes, el coro cultural........92 3.4. Dionisio y Dámaris, individualización de la respuesta...............93 3.5. Tiempo y espacio narrativos................................................................ 97
tercera parte Narrativa lucana y teología débil del “Dios desconocido”..........................117 1. Situación inicial. Pablo en Atenas, indignación y apertura.................. 121 2. Complicación. El encuentro con los filósofos........................................... 122 3. Clímax. El discurso en el Areópago y el “Dios desconocido”............... 124 4. Resolución. El Dios creador y juez en clave de debilidad..................... 126 5. Desenlace. Pluralidad de respuestas y vulnerabilidad de la promesa....................................................................................................... 128
A modo de conclusión............................................................ 131 Bibliografía............................................................................... 137
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PREFACIO
Este libro es una síntesis revisada y abreviada de una investigación doctoral en teología, realizada por el autor, cuyo propósito central ha sido explorar la teología débil como una propuesta capaz de presentar a Dios al mundo contemporáneo desde un horizonte de hospitalidad, apertura y humildad interpretativa. Más que reproducir un tratado académico extenso, estas páginas buscan divulgar y acercar esta perspectiva a un público más amplio, mostrando su fecundidad como alternativa teológica para la evangelización en un contexto profundamente marcado por la sensibilidad postmoderna. La obra encuentra una de sus principales inspiraciones en la figura de John D. Caputo, cuya intuición sobre un Dios que “insiste”, sin imponerse, abre un camino renovado para repensar la fe en un tiempo caracterizado por la pluralidad, la fragilidad de los grandes relatos y la necesidad de lenguajes más dialogantes. Esta propuesta intenta mostrar que un cristianismo liberado de pretensiones de dominio puede hablar hoy con nueva fuerza, precisamente porque se atreve a hacerlo desde la vulnerabilidad, la escucha y la disponibilidad hacia el otro.
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Mi más sincero agradecimiento a la Facultad Eclesiástica de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, cuya confianza y apoyo académico han hecho posible esta publicación. Su compromiso con una teología rigurosa, eclesial y al mismo tiempo abierta al diálogo cultural ha sido decisivo para que este proyecto pueda ver la luz. Además, quisiera agradecer a Ediciones PUCV que ha contribuido a la publicación de este libro. La reflexión teológica, lejos de ser un ejercicio meramente intelectual, constituye una responsabilidad permanente para la Iglesia y para todos quienes buscan vivir la fe con lucidez y esperanza. Mantenerla activa es una forma de custodiar el Evangelio en su dinamismo más profundo, dejar que Dios siga diciendo algo nuevo en medio de nuestro tiempo. Que estas páginas contribuyan modestamente a ese esfuerzo común. Valparaíso, diciembre de 2025.
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INTRODUCCIÓN
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El discurso sobre la fe no puede desligarse ni de la realidad en la que se sitúa el teólogo ni del contexto sociocultural en el que se configura. Hacer teología en el presente implica asumir una tarea inmersa en un cambio de época, marcado por el colapso de paradigmas históricamente arraigados y por la emergencia de nuevos marcos interpretativos, a menudo inestables y provisionales. Durante siglos, la reflexión teológica ha estado estrechamente vinculada a construcciones metafísicas de carácter totalizador, estructuras que hoy se encuentran sometidas a un escrutinio crítico riguroso y que, para algunos, han quedado definitivamente superadas. 1
Nota metodológica: El presente texto se ofrece como una propuesta de reflexión teológica situada en el ámbito de la teología fundamental. No tiene por finalidad emitir juicios doctrinales ni cuestionar la enseñanza de la Iglesia católica, sino contribuir, desde una perspectiva hermenéutica, al diálogo entre la fe cristiana y el contexto cultural contemporáneo. Las categorías filosóficas empleadas cumplen una función mediadora y no normativa, y se utilizan al servicio de una mejor inteligibilidad del Evangelio en nuestro tiempo. La reflexión aquí desarrollada se presenta, por tanto, con espíritu de fidelidad eclesial, apertura al discernimiento y respeto al Magisterio de la Iglesia.
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Este libro propone explorar la viabilidad de una reflexión teológica inspirada en el pensamiento débil y en la deconstrucción, entendidos como proyectos filosóficos surgidos de la crítica postmoderna a la metafísica. Las preguntas de fondo son: ¿Es posible, o incluso pertinente, adoptar estas posturas postmodernas como fundamento para una teología que asuma su propia fragilidad? ¿Puede esta teología acercarnos al Dios trascendente y trinitario de la fe cristiana? Responder a estas interrogantes requiere considerar, a su vez, otras cuestiones conexas, ¿en qué medida pueden la religión y la fe ser reinterpretadas en un mundo postmoderno y plural, donde convergen múltiples creencias y prácticas religiosas? ¿Es concebible hablar de Dios desde un horizonte que reconozca la finitud humana y la contingencia de todo lo existente? Finalmente, ¿pueden el sufrimiento y la injusticia ser abordados de manera fecunda mediante una visión teológica que sitúe la vulnerabilidad y la debilidad como ejes centrales de su comprensión? Todo apunta a que estamos dejando atrás la era en que la filosofía y la teología erigieron monumentales estructuras discursivas sobre los firmes cimientos de la metafísica griega. Ahora nos encontramos entrando, tímidamente, en un nuevo terreno, marcado más por arenas movedizas que por tierra firme. En la era moderna, con bases metafísicas, las estructuras e instituciones sociales, incluidas la familia, la Iglesia, la autoridad, el Estado, la moral y las relaciones afectivas, se percibían como estables, claramente definidas y seguras. La modernidad ofrecía una utopía de progreso lineal, que proporcionaba certeza y dirección. En contraste, actualmente, el sujeto postmoderno experimenta desorientación. La realidad se presenta caótica, difusa e incierta. Los absolutos han dado paso al relativismo; las certezas antes seguras se han derrumbado. Los grandes ideales, el progreso, la ciencia, la igualdad, incluso la fe, son cada vez más cuestionados o abandonados. Instituciones y figuras que antes se consideraban anclas ahora parecen disolverse ante nuestros ojos.
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Si tomamos en serio el desafío de pensar la fe a través de la lente de categorías postmodernas, surgen varias preguntas. ¿Es factible tal esfuerzo? ¿Debe la teología, por definición, ser un discurso metafísico y ontoteológico? ¿O existe una vía para formular la reflexión teológica desde una perspectiva post metafísica? Y si existe tal vía, ¿estamos preparados para considerar plenamente sus implicaciones? El individuo postmoderno busca, cada vez más, una espiritualidad privada e íntima, alejándose de las estructuras de la religión institucional y explorando expresiones alternativas. El declive de la adhesión religiosa tradicional se acompaña del surgimiento de formas espirituales que combinan elementos antiguos y contemporáneos, generando configuraciones de significado que reflejan la naturaleza híbrida de la cultura postmoderna. De este modo, la postmodernidad no solo redefine, sino que también disuelve los límites que durante siglos impusieron las religiones monoteístas tradicionales. Dado este contexto, radicalmente nuevo, es esencial revisar los supuestos epistemológicos y hermenéuticos de los que suele partir la teología. Si el pensamiento cristiano aspira a mantener su relevancia en el panorama cultural contemporáneo, debe replantear sus categorías fundamentales, especialmente en el ámbito de la teología fundamental. El desafío central puede resumirse así, ¿puede el contenido de la fe repensarse significativamente dentro y desde la perspectiva del pensamiento postmoderno? Existen varias razones por las que esta línea de investigación teológica es necesaria y urgente. En primer lugar, la teología busca responder al colapso de las grandes narrativas y a la erosión de la confianza en las verdades absolutas. La concepción tradicional de Dios como un ser omnipotente y trascendente se ve cada vez más cuestionada. En su lugar, urge una teología que proponga una visión más humilde y abierta de lo divino, que abrace la finitud y la contingencia.
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En segundo lugar, la cuestión de repensar la religión cobra cada vez mayor relevancia en un mundo pluralista. Explorar esta posibilidad permite imaginar nuevas interpretaciones de la experiencia religiosa y de la espiritualidad que no dependen de un único modelo de comprensión de lo divino. Para quienes no se identifican con la religión institucional, pero mantienen el deseo de una conexión con lo sagrado, una teología inspirada en la postmodernidad puede ofrecer una alternativa accesible y significativa. En tercer lugar, una nueva propuesta teológica puede fomentar una mayor comprensión y tolerancia entre diversas tradiciones religiosas. A pesar de las profundas diferencias en creencias y prácticas, el anhelo humano universal de sentido, justicia y trascendencia puede convertirse en un espacio común para el diálogo. En síntesis, reflexionar sobre una teología de raigambre postmoderna puede ayudar a las personas a comprender mejor sus propios caminos espirituales y a situarlos en un horizonte cultural y teológico más amplio. En un mundo marcado por la diversidad y el cambio, esta reflexión no solo es valiosa, sino esencial. En esta obra nos proponemos articular los aportes filosóficos y, de manera especial, los bíblicos para el desarrollo de una hermenéutica teológica postmoderna. Iniciaremos con una revisión de la postmodernidad y de las fuentes que ofrece para el desarrollo de esta perspectiva teológica. Luego, consideramos particularmente fecundo acudir a Hechos 17,16–34, donde el discurso del apóstol Pablo en el Areópago permite una exploración multidimensional de la religión y de la fe en un contexto pluralista. Aunque el pasaje admite diversas lecturas, lo constante es el reconocimiento de que la búsqueda de sentido y plenitud constituye un impulso humano profundo y universal, capaz de expresarse en múltiples formas. Finalmente, mostraremos cómo la exégesis de Hech 17,16–34 ofrece un fundamento bíblico, y no solo filosófico, para sustentar una teología fundada en la vulnerabilidad y la relacionalidad.
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primera parte DE LA P O S T M O D E R N I DA D AL PENSAMIENTO DÉBIL FUNDAMENTOS FILOSÓFICOS PARA UNA TEOLOGÍA EN CLAVE DE VULNERABILIDAD Y RELACIONALIDAD
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A finales de la década de 1960, las ciencias, la cultura y la sociedad experimentaron un profundo cambio de paradigma, comúnmente identificado como la irrupción de la postmodernidad. En el ámbito de la historiografía, incluso algunos críticos del posmodernismo han señalado que no se trató de una simple transformación pues, con la llegada del pensamiento postmoderno, la historia corre el riesgo de perder su estatus científico para quedar potencialmente reducida a una forma de discurso literario. Estudiar la postmodernidad supone enfrentarse a una amplia gama de críticas y reinterpretaciones de la modernidad. Las posturas son diversas, algunos sostienen que la modernidad no ha concluido; otros, desilusionados con su proyecto, consideran que la postmodernidad es un desarrollo interno de la misma; y otros, en cambio, la rechazan por completo. Todas estas perspectivas coinciden, sin embargo, en reconocer la existencia de una crisis, una ruptura que ha puesto en entredicho nociones fundamentales del pensamiento moderno, como la ciencia, la verdad, la razón, el sujeto humano y la visión ilustrada del mundo. Esta conmoción intelectual ha generado un clima de incertidumbre y fragmentación conceptual, sin que haya surgido un consenso amplio sobre cómo interpretar estos cambios ni sobre las categorías con las cuales abordarlos.
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En este horizonte, la primera parte busca examinar de qué modo puede articularse una reflexión teológica nutrida por categorías postmodernas. La interrogante que guía este recorrido es clara, ¿una teología postmoderna conduce a una mayor cercanía con el Dios trascendente y trinitario de la fe cristiana, o más bien lo desplaza hacia nuevos márgenes interpretativos? Para responder a esta cuestión, es necesario plantear interrogantes conexos, ¿es posible y pertinente construir una teología utilizando las herramientas del pensamiento postmoderno? ¿Pueden la religión y la fe cristiana expresarse de manera inteligible en un mundo postmoderno y pluralista, en el que conviven múltiples creencias y prácticas religiosas? ¿Es concebible hablar de Dios desde un horizonte que reconozca la finitud y la contingencia de los seres humanos y del mundo? Finalmente, ¿puede una teología afrontar el sufrimiento y la injusticia poniendo en el centro la vulnerabilidad y la relacionalidad? Estas preguntas, que interpelan a la teología en su capacidad de expresar a Dios en clave de vulnerabilidad, finitud y pluralidad, solo pueden comprenderse plenamente si antes esclarecemos el trasfondo cultural que les da origen. En efecto, preguntarse por la inteligibilidad de la fe, por la pertinencia de una teología marcada por la relacionalidad y por el lugar de la contingencia humana es, en el fondo, preguntarse por el mundo que habitamos. Ese mundo, fragmentado, crítico con los metarrelatos, atento a las diferencias y sensible a la experiencia del sufrimiento, es justamente el que solemos llamar postmoderno. Por ello, antes de avanzar, resulta ineludible responder a la pregunta que estructura toda esta reflexión, ¿qué es la postmodernidad?
1.
¿Qué es la postmodernidad?
La postmodernidad es un concepto amplio y multifacético, cuya definición precisa resulta a menudo esquiva. Designa un cambio de paradigma que abarca diversos movimientos artísticos, culturales,
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literarios y filosóficos surgidos a finales del siglo XX, unidos principalmente por su crítica a la modernidad. Entre las características clave del pensamiento postmoderno destacan su orientación antidualista y su escepticismo respecto al valor inherente y la objetividad de los textos, especialmente los científicos o filosóficos. Este escepticismo contribuye a lo que se ha denominado el giro lingüístico, según el cual el lenguaje deja de considerarse un medio transparente para acceder a la verdad y pasa a entenderse como una fuerza constitutiva. Desde esta perspectiva, la verdad se concibe como dependiente de la interpretación, moldeada por el lenguaje y el contexto histórico. En este sentido, la postmodernidad expresa un desencanto hacia los ideales de la modernidad, particularmente la confianza modernista en el progreso universal alcanzable mediante la razón, la ciencia y la tecnología. Frente a las grandes utopías colectivas, la postmodernidad tiende a centrar sus aspiraciones en el progreso individual. Relativiza el valor del pasado y del futuro, privilegiando un énfasis radical en el presente, y afirma el pluralismo, la diversidad y la diferencia. Otro rasgo distintivo de la postmodernidad es su crítica a la supuesta neutralidad y objetividad del discurso científico. Sostiene que los textos científicos, como todos los demás, están impregnados de lenguaje y condicionados por la interpretación, lo que les impide proporcionar un acceso directo e inmediato a la realidad. Así, el lenguaje no solo estructura el pensamiento, sino que produce lo que denominamos verdad. Desde esta óptica, la verdad no es absoluta, sino relativa a perspectivas y percepciones, y se rechaza la posibilidad de una verdad universal o atemporal. Históricamente, el período comprendido entre la Revolución Francesa y la caída del comunismo de Estado se asocia con la modernidad, caracterizada por la creencia en el poder de la razón ilustrada para construir un mundo mejor. La postmodernidad surge como
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respuesta a la crisis de esa misma razón. Especialmente en sus manifestaciones culturales e intelectuales, se inclina por atender a lo local, lo fragmentario y lo excluido. Desconfía de las grandes narrativas y de las tendencias universalizadoras de la Ilustración, al tiempo que cuestiona las epistemologías fundacionalistas dominantes, argumentando que ningún conjunto único de principios puede erigirse como base universal para el conocimiento o la ética. Conviene distinguir entre postmodernismo y postmodernidad. El primero hace referencia, sobre todo, a movimientos culturales e intelectuales, incluyendo la literatura, el arte y la filosofía, mientras que la segunda describe una condición sociocultural más amplia, una configuración social asociada con el capitalismo tardío, la globalización y las transformaciones en las formas de identidad. Algunos teóricos interpretan la postmodernidad como una transición hacia un nuevo modelo de sociedad; otros, como la fragmentación de la propia sociedad. Tampoco existe consenso sobre el inicio de la postmodernidad, para algunos se identifica con la integración de la sociedad global; para otros, con su desintegración. De este modo, la postmodernidad admite posturas incluso contradictorias. De hecho, ciertos autores consideran problemático el término mismo. Sus críticos sostienen que su uso es excesivo o ilegítimo, especialmente cuando se lo presenta como una ruptura radical con la modernidad, dado que muchas de sus estructuras, ideas y prácticas persisten en la actualidad. A pesar de las críticas, la postmodernidad representa una desestabilización innegable de los marcos conceptuales e institucionales que definieron la era moderna. Los modelos anteriores de análisis social se encuentran hoy bajo escrutinio, y la reflexión teológica no puede permanecer ajena a este escenario de cambio.
2.
Dónde y cuándo surge la postmodernidad
Las últimas décadas del siglo XX fueron testigos de profundas transformaciones sociales y culturales. La postmodernidad emergió
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como una forma de crítica a la modernidad, consolidándose a partir de la década de 1980 como una corriente intelectual que abarca múltiples disciplinas. Sus raíces pueden rastrearse en tres conceptos fundamentales del pensamiento occidental, la providencia, el progreso y, en última instancia, el nihilismo. La noción de providencia alude a la supervisión divina, la vigilancia de Dios sobre la creación, que orienta a la humanidad hacia un telos específico. Este concepto se oponía a la visión cíclica de la historia, proponiendo en su lugar una narrativa lineal orientada a la esperanza y la plenitud. La Ilustración provocó que la confianza en la providencia divina fuese progresivamente reemplazada por la confianza en la razón, y la idea teológica de providencia se secularizó bajo la forma del progreso. Desde el siglo XVIII y hasta bien entrado el XX, la sociedad occidental mantuvo un clima de optimismo respecto a un progreso continuo; ni la Gran Depresión ni las devastaciones de las dos Guerras Mundiales lograron desarticular por completo esta creencia, reforzada posteriormente por el auge científico y tecnológico de la posguerra. No obstante, incluso en el seno de la modernidad germinaban ya las semillas del nihilismo. La explotación insostenible de los recursos naturales y las consecuencias sociales de la industrialización comenzaron a evidenciar las limitaciones y contradicciones del proyecto moderno. A partir de la década de 1960, nuevos movimientos sociales en Occidente no solo plantearon demandas políticas y sociales concretas, sino que cuestionaron los fundamentos mismos del conocimiento universal y la racionalidad ilustrada. En este contexto, el optimismo tecnológico dejó de presentarse como una promesa inequívoca. En medio de este panorama, los intelectuales buscaron términos que describieran la nueva sensibilidad cultural. El vocablo “postmodernidad” empezó a emplearse como descriptor general del debilitamiento o agotamiento del proyecto moderno. Sin embargo, esta transición no se interpreta de forma unánime como una ruptura ra-
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dical, para muchos, se trata de un periodo en el que ciertas actitudes y sensibilidades, nacidas de la propia modernidad, se transformaron profundamente bajo la presión de sus propias contradicciones y de los acontecimientos históricos. El adjetivo postmoderno no tuvo en sus inicios el significado filosófico que posee hoy. Su uso más antiguo se atribuye al artista británico John Watkins Chapman, hacia 18701 . Posteriormente, Rudolf Pannwitz2 , en “La crisis de la cultura europea”, describió al hombre postmoderno como una figura atlética, nacionalista, elitista y militarista, evocando el übermensch nietzscheano destinado a superar la decadencia y el nihilismo de la sociedad moderna. En el ámbito anglosajón, el término fue popularizado por D.C. Somervell en su síntesis de “A Study of History” de Arnold Toynbee, monumental obra iniciada en 1922 y publicada entre 1934 y 1954. Toynbee3 , contrario a las visiones deterministas de la historia, destacó la libertad humana como fuerza motriz del cambio histórico. Situó el inicio de la era postmoderna alrededor de 1875, cuando los modelos políticos nacionalistas y estatistas comenzaron a ceder ante formas más globales de interacción. En volúmenes posteriores, Toynbee adoptó de manera más explícita el término postmodernidad, asociándolo con la guerra, la agitación social, la revolución, la anarquía, el relativismo y, en general, con el colapso del racionalismo. Para él, la postmodernidad tenía connotaciones predominantemente negativas. Durante las décadas de 1960 y 1970, el término comenzó a aproximarse a su sentido actual. Nuevos movimientos artísticos, como el arte pop y el cine postmoderno, fueron denominados “postmodernos” por su capacidad de borrar las fronteras entre arte culto y cul1 2 3
John Watkins Chapman habló de la pintura postmoderna como una forma de superar el impresionismo. Pannwitz, R. (1921). Die krisis der europaeischen kultur. München-Feldafing: Verlag Hans Carl. Toynbee, A. J. (1947). A Study of History. London–New York: Oxford University Press.
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tura popular, así como entre creador y público. Este cambio cultural estuvo acompañado por la masificación de la producción cultural, el declive de las vanguardias, la crisis de la novela y la erosión de los valores estéticos tradicionales y de la racionalidad formal. En literatura, postmoderno pasó a designar el pluralismo de lenguajes y formas, así como la renuncia a limitarse a estructuras narrativas clásicas o a una voz única. Desde la década de 1970, el término se incorporó también al discurso arquitectónico en Estados Unidos, donde describió estilos que combinaban múltiples códigos simbólicos y tradiciones históricas; con el paso del tiempo, se integró plenamente en la filosofía y en diversas teorías europeas y americanas aplicadas a disciplinas como la música, la danza y el cine, consolidándose como una categoría central en el vocabulario cultural e intelectual de finales del siglo XX.
3.
Postmodernismo y ciencias humanas. La teoría de la verdad, múltiples verdades postmodernas versus una única verdad
El término verdad se concibe, cada vez menos, como la correspondencia entre enunciados y realidad, y más como una actitud que adoptamos, y que esperamos que otros adopten, frente a lo que se afirma o se cree. Las creencias no solo se sostienen con convicción, sino que con frecuencia se defienden con tal firmeza que conducen al rechazo de visiones opuestas o alternativas. Para Zygmunt Bauman4 , la verdad forma parte de la retórica del poder, solo adquiere sentido en contextos de confrontación, donde los adversarios buscan demostrar el error de los otros. Así, la disputa entre verdad y falsedad está inseparablemente ligada a la cuestión de quién detenta la autoridad para hablar de manera que los demás deban respetar u obedecer, y se inscribe en luchas más amplias sobre relaciones de superioridad e inferioridad. 4
Cf. Bauman, Z. (2003). Modernidad Líquida, México: Fondo de Cultura Económica.
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Desde esta óptica, las teorías de la verdad funcionan como mecanismos para garantizar la superioridad sistemática y duradera de determinados tipos de creencias, consideradas fiables por los procedimientos que supuestamente las validan. Cada teoría nace en un contexto filosófico específico. Al final de la modernidad, el optimismo kantiano había perdido fuerza; en la postmodernidad, el debate ya no se centra en cuál teoría de la verdad es correcta, sino en cuál teoría de las “verdades” refleja mejor la pluralidad de perspectivas. La multiplicidad de verdades deja de considerarse problemática y se acepta que distintas creencias puedan ser verdaderas simultáneamente. El interés filosófico se desplaza entonces de la distinción entre verdad y falsedad a la traducción entre lenguajes diversos, cada uno de los cuales genera y sostiene su propio régimen de verdad. Acerca de lo anterior, el filósofo estadounidense Hilary Putnam5 desarrolla su reflexión partiendo de la imposibilidad, para el ser humano, de alcanzar una “perspectiva divina” que permita comprender todos los fenómenos en su sentido último. Determinar lo verdadero y lo falso implica tomar decisiones difíciles y falibles sobre en qué creencias confiar, siempre a partir de supuestos que validan ciertas afirmaciones y les confieren el estatus de verdad. En la condición postmoderna, la frontera entre realidad y ficción se vuelve difusa, el mundo adopta rasgos tradicionalmente asociados a lo ficticio. La ocultación postmoderna ya no consiste en encubrir la verdad del ser tras la falsedad de los entes, sino en borrar la distinción 5
Hilary Putnam es un filósofo de extraordinaria importancia en el pensamiento actual, especialmente en la filosofía anglosajona. Se le considera uno de los innovadores de la tradición analítica, debido a su apertura a temas de relevancia humana y al pensamiento continental, así como un autor de amplios intereses. Sus contribuciones más conocidas se centran en la filosofía del lenguaje y la filosofía de la mente. En este campo, destaca por haber roto con las visiones reduccionistas de lo mental que dominaban el panorama de la década de 1950 (dualismo, materialismo de la identidad y conductismo). cf. https://www.philosophica.info/voces/putnam/Putnam.html (11 de abril de 2023).
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misma entre verdad y falsedad. Como hemos señalado, el mundo postmoderno se caracteriza por la coexistencia de múltiples juegos de lenguaje, ninguno con legitimidad definitiva para representar la realidad. La deslegitimación de la razón totalizadora anuncia lo que se ha llamado el “fin de la historia”. La postmodernidad revela que la razón ha sido una narrativa más entre otras a lo largo de la historia, con la disolución de las metanarrativas, el sujeto autónomo de la modernidad se desvanece y emergen discursos locales, fragmentarios y modestos, las llamadas “pequeñas historias”, que sustituyen los grandes proyectos globales. Cada uno de estos relatos formula reivindicaciones limitadas, situadas en contextos concretos. Esta enfatiza el pluralismo de los juegos de lenguaje, subrayando la naturaleza local y situada de todo discurso, así como la imposibilidad de un punto de partida universal para la historia de la razón. Las nociones de consenso, historia única y progreso lineal pierden reconocimiento, dando lugar a una multiplicidad de campos discursivos y narrativos. Resulta importante precisar que las metanarrativas no son simples mitos en el sentido de fábulas, sino discursos legitimadores de instituciones y prácticas sociales o políticas. Su autoridad no deriva de un origen fundacional, sino de una promesa de futuro, de una idea por realizar. En este sentido, la modernidad se concibió como un proyecto. Estas metanarrativas se presentaron como verdades universales y absolutas que legitimaban programas políticos o científicos, como la emancipación de la humanidad mediante la lucha de clases (Karl Marx), la creación de riqueza (Adam Smith) o la evolución biológica (Charles Darwin). La postmodernidad rechaza tales metarrelatos. La humanidad ya no vive según una única historia que confiera sentido a la totalidad de la existencia. La complejidad contemporánea exige que cada ámbito de la vida se justifique mediante narrativas particulares o mi-
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cronarrativas. Estas se diferencian de las metanarrativas en escala y propósito, buscan dar sentido a porciones limitadas de la realidad y a la experiencia. Cada individuo adopta diversas micronarrativas, a menudo derivadas de metarrelatos, que pueden ser contradictorias entre sí, y cuya vigencia está sujeta a criterios de utilidad. Ello demuestra que toda narrativa cultural es solo una entre muchas. Sin metanarrativas, se esfuman también las grandes utopías. La única utopía posible en este marco es fragmentaria, un intento de escapar parcial y provisionalmente del mundo y de la sociedad. Esta fragmentación se refleja en expresiones religiosas propias de la postmodernidad, caracterizadas por la ausencia de sacrificio y privación. En este contexto, la interpretación adquiere primacía. La postmodernidad se define por la interpretación y la sobreinterpretación, procesos que otorgan significado a los hechos. Comprender nuestras formas de interpretar es la tarea central de la hermenéutica postmoderna. Hans-Georg Gadamer6 introdujo un giro decisivo en esta disciplina, para él, el objetivo ya no es alcanzar un único significado verdadero de un texto, sino descubrir la pluralidad de interpretaciones posibles. En este marco, el texto se emancipa del autor hasta el punto de que este puede ser ignorado por completo, entonces surgen dos tendencias opuestas, una que prescinde de la autoría a favor del texto autónomo, y otra que interpreta el texto como proyección del autor. En ambos casos, la noción de “autor” se diluye, del mismo modo que el sujeto moderno pierde su centralidad.
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Cf. Gadamer, H-G. (2007). Verdad y método I–II. Salamanca: Ediciones Sígueme.
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4.
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Características históricas, culturales y sociales de la postmodernidad
La pluralización de la sociedad y de la vida, tanto en el plano intercultural como intracultural, se ha acentuado de forma generalizada a lo largo del siglo XX, pese a las ambiciones homogeneizadoras de la modernidad. El proceso de modernización trajo consigo fenómenos como la masificación, la hipertecnificación, la globalización, la expansión de las comunicaciones y una creciente movilidad. Aunque con frecuencia estos procesos se han empleado para fines de control y disciplina social, también han favorecido intercambios amplios y constantes en todos los niveles, lo que ha contribuido decisivamente a la diversificación cultural. Esta pluralización ha incidido en los valores, las formas de vida, las cosmovisiones y los sistemas normativos, que hoy coexisten de manera simultánea y, en ocasiones, divergente. Las distintas esferas de valor siguen su propia lógica interna, la esfera económico-técnica se orienta a la eficiencia; la cultural, al disfrute y la privacidad; y la política, a la justicia y la igualdad. La relatividad se ha instalado en la vida cotidiana y en la conciencia individual. En una misma persona conviven roles sociales, privados y profesionales que a menudo responden a sistemas de valores distintos o incluso contradictorios. La aceptación de interpretaciones diversas, y hasta opuestas, de un mismo acontecimiento se ha vuelto habitual, pues se opera con múltiples marcos interpretativos subjetivos. En consecuencia, la conciencia de poseer identidades múltiples se ha intensificado notablemente. Si bien el diagnóstico de pluralización cuenta con consenso, su valoración dista de ser unánime. La experiencia de vivir en un entorno plural, de confrontarlo a diario y aceptar su persistencia no es exclusiva de la contemporaneidad. Ni el mundo moderno ni el premoderno fueron verdaderamente homogéneos, y no es seguro que la diversidad actual supere la vivida en épocas anteriores. Sin
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embargo, las sociedades del pasado desarrollaron estrategias para afrontar esa pluralidad. En contextos premodernos, por ejemplo, las diferencias se asumían con paciencia, reconociéndolas como parte del orden querido por Dios. En cambio, en la modernidad, la configuración de la identidad pasó a ser responsabilidad del individuo. Lo que antes estaba validado por la estructura social y cósmica debía ahora justificarse mediante el esfuerzo personal. Este cambio transformó la diferencia en un obstáculo que debía superarse para preservar el orden. Así, la modernidad emprendió una lucha contra la pluralidad, que, a pesar de su empeño, acabó perdiendo, lejos de unificar, terminó multiplicando divisiones y distinciones. Lo propiamente postmoderno no es simplemente la presencia de diferencias, sino su configuración como formas débiles, móviles e inestables, capaces de transformarse con rapidez. Mientras la modernidad se articulaba en torno a la construcción de identidades sólidas, el horizonte postmoderno desplaza la inquietud hacia la posibilidad misma de mantener alguna continuidad del yo7 . La coherencia personal y el reconocimiento perdurable parecen volverse esquivos, de modo que el sujeto se ve invitado, o forzado, a evitar la adhesión rígida a una única definición de sí mismo. Las ansiedades postmodernas derivan de esta fragilidad identitaria y de la carencia de referentes sólidos que la sustenten. El malestar existencial característico de la vida contemporánea no proviene tanto de la represión como de las incertidumbres y responsabilidades inherentes a la ampliación de las libertades.
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En la postmodernidad, la preocupación central ya no es cómo construir una identidad sólida, como ocurría en la modernidad, sino cómo conservar algún tipo de estabilidad personal en medio de un mundo cambiante.
DEL DIOS DESCONOCIDO AL DIOS QUE INSISTE
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5.
Los grandes dogmas de la modernidad, socavados por el postmodernismo 5.1. La primacía del hombre La modernidad marcó una auténtica revolución copernicana al desplazar la visión teocéntrica de la cultura medieval hacia una concepción antropocéntrica. En el centro de todo se sitúa el ser humano, autosuficiente, creador de sí mismo y de su futuro, con un destino limitado al horizonte de la historia y de la sociedad política y económica. La Tierra se convierte en la única morada de la humanidad; la vida deja de entenderse como peregrinación hacia Dios para asumirse como un tránsito cerrado sobre sí mismo. El homo viator cede su lugar al homo oeconomicus, arraigado a la tierra y destinado, con el tiempo, a reducirse a polvo. La moral de inspiración “política” se diluye, sustituida por una política carente de moral, inaugurada por la obra y la influencia de Maquiavelo. Esta lógica, el ser humano, en la formulación de Ludwig Feuerbach, despoja a Dios de su condición de Ser Supremo, instaurando así una forma de antropoteísmo8 . El humanismo trascendente se transforma en un humanismo inmanente, resumido en las célebres preguntas kantianas: “¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar?”. El pensamiento postmoderno, sin embargo, considera profundamente deficiente el modelo “económico” heredado de la modernidad. Reconoce que, a lo largo de los siglos, se han edificado imponentes estructuras económicas, técnicas y sociales, pero constata que la humanidad permanece profundamente insatisfecha en un planeta cada vez más degradado. Aunque los seres humanos actuales son, en promedio, más ricos y más instruidos, también están más aislados y marginados. La expansión de la libertad y de la democracia convive con guerras más destructivas, sistemas de muerte más sofisticados, engaños más extendidos y una injusticia más amplia. 8
cf. Feuerbach, L (2018). La esencia del cristianismo. Ed. Omegalfa. Cap. I.
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Ante el predominio absoluto del hombre, el individuo postmoderno se siente desorientado, transitando por la vida como un ciego sin guía, expuesto a la contingencia y amenazado por el vacío existencial, con una vida carente de sentido se precipita fácilmente hacia la nada. En el mejor de los casos, se percibe a sí mismo como una partícula anónima y perdida en un cosmos impersonal, infinito y sin Dios. Surgen entonces las preguntas, ¿no revela todo esto que el ser humano prometeico de la modernidad carece de la capacidad para erigirse como centro de la historia? ¿No es momento de replantear la primacía de Dios, considerando que la “muerte de Dios” acarrea inevitablemente la muerte del hombre? Por tanto, en ese sentido, ¿están los cristianos de hoy dispuestos a afrontar este desafío y a evitar que esta renovada oportunidad de afirmar la centralidad de Dios se pierda en el vacío?
5.2. La primacía de la razón En la modernidad el ser humano ocupa el centro del universo, en su interior la razón se erige como principio rector. Durante la Ilustración, la razón humana se convirtió en el único y supremo criterio de verdad y rectitud. No se admitían alternativas, se estaba con la razón o contra ella. Nada podía situarse por encima de su autoridad; el misterio era reducido a signo de ignorancia y oscurantismo. En consecuencia, todo, incluida la religión, debía mantenerse dentro de los límites de la razón pura. El fundamento de la existencia y de la moralidad dejó de buscarse “fuera” o “por encima” y pasó a localizarse exclusivamente en la propia razón. Esta racionalidad deificada nutrió ideologías muy diversas, desde el absolutismo ilustrado hasta los regímenes totalitarios de la historia contemporánea. Al llegar la postmodernidad, el prolongado proceso de desconfianza hacia la razón alcanzó su punto culminante, en continuidad con las críticas ya esbozadas por pensadores como Kierkegaard9 , 9
cf. Kierkegaard, S. (1982). El concepto de la angustia. Madrid. Espasa-Calpe.
Este libro fue compuesto con las tipografías Palatino Linotype y Aalto Sans. Impreso en papel bond ahuesado de 80 gramos, formato de 15 x 21 cm. Pertenece a la Colección Teología hoy. Fue maquetado en la ciudad de Valparaíso y confiado a Gràfhika Impresores, en junio de 2026.
ISBN: 978-956-17-1239-3
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a crisis de los grandes relatos, el debilitamiento de las certezas metafísicas y la emergencia de nuevas formas de experiencia religiosa constituyen algunos de los signos de la cultura contemporánea. En este escenario, Guillermo Calderón desarrolla una reflexión teológica para pensar la fe cristiana en diálogo con los desafíos filosóficos y culturales de la postmodernidad. El libro dialoga con autores como John D. Caputo y su propuesta sobre un Dios que «insiste», Gianni Vattimo, Jacques Derrida y otros pensadores, y explora la posibilidad de una teología que encuentra en la vulnerabilidad y la relacionalidad un lugar privilegiado para comprender la acción de Dios en el mundo. La lectura del discurso de Pablo en el Areópago (Hch 17, 16-34) constituye el núcleo bíblico de la obra y un espacio hermenéutico donde convergen la tradición cristiana y las preguntas fundamentales de la sensibilidad contemporánea. Del Dios desconocido al Dios que insiste reabre la pregunta por el lenguaje de la fe y muestra cómo el anuncio cristiano puede seguir resonando en un mundo plural, desde el horizonte de la escucha, la hospitalidad y la promesa. —Edit.