¿Cuál es el sentido de sentir? Docente de Filosofía: Vicente Bernal Guajardo Estudiantes Liceo Santa Teresa de los Andes: Ignacia Castro Soto Alonso Cuevas Espinoza Leandro López Fernández Rayen Mora Oyanedel Benjamín Navea Soza Bastián Sierra Basáez Alexandra Terán Saavedra Martina Vargas Plaza
¿Cuál es el sentido de sentir?
¿Cuál es el sentido de sentir? © Ignacia Castro Soto © Alonso Cuevas Espinoza © Leandro López Fernández © Rayen Mora Oyanedel © Benjamín Navea Soza © Bastián Sierra Basáez © Alexandra Terán Saavedra © Martina Vargas Plaza Primera edición, septiembre de 2026 ISBN impreso: 978-956-17-1269-0 ISBN digital: 978-956-17-1271-3 Derechos Reservados Tirada: 50 ejemplares impreso en chile
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso Av. Errázuriz 2930, Valparaíso info@edicionespucv.cl www.edicionespucv.cl Dirección Editorial: David Letelier Edición: Vicente Bernal Guajardo Diseño: Paulina Segura
¿Cuál es el sentido de sentir? Docente de Filosofía: Vicente Bernal Guajardo Estudiantes Liceo Santa Teresa de los Andes: Ignacia Castro Soto Alonso Cuevas Espinoza Leandro López Fernández Rayen Mora Oyanedel Benjamín Navea Soza Bastián Sierra Basáez Alexandra Terán Saavedra Martina Vargas Plaza
Contenido
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Nuestro Liceo Santa Teresa de los Andes
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Introducción
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Escritos estudiantes
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Ignacia Castro Soto
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Alonso Cuevas Espinoza
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3° medio
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Leandro López Fernández
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4° medio
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Rayen Mora Oyanedel
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4° medio
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Benjamín Navea Soza
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3° medio
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Bastián Sierra Basáez
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3° medio
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Alexandra Terán Saavedra
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Martina Vargas Plaza
3° medio
Reflexiones finales
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4° medio
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3° medio
Nuestro Liceo Santa Teresa de los Andes
50 AÑOS DE TRAYECTORIA: la educación como el acto fundamental de sentir Este 2026, al cumplirse 50 años de labor ininterrumpida de la Fundación Oficio Diocesano de Educación Católica (FODEC), no solo celebramos un aniversario cronológico; conmemoramos medio siglo dedicado a la construcción de un proyecto educativo que ha comprendido, desde sus inicios, que la verdadera formación humana reside en el sentido de sentir. Nuestra institución, extendida a través de 19 colegios desde Nogales hasta la Isla de Pascua, ha trascendido la mera transmisión de conocimientos para situar la afectividad como la condición de posibilidad de la ética. Para la FODEC, educar es, ante todo, cultivar la capacidad de sentir: sentir la realidad del prójimo que vive en condiciones de pobreza, sentir el compromiso con la justicia y la verdad, y sentir la trascendencia en la fe. Esta pedagogía no es un complemento a la instrucción académica, sino el núcleo sobre el cual articulamos la formación integral de nuestros estudiantes. La dimensión del sentir, dentro de nuestro modelo de gestión y convivencia, se manifiesta en la práctica cotidiana de nuestros pilares: Entendemos el “sentir” como una forma de conocimiento profundo. Al educar en la disponibilidad, la generosidad y la acogida, enseñamos a nuestros estudiantes que sentir al prójimo es el primer paso 9
para reconocer su dignidad. La “misericordia” y la “empatía” no son conceptos abstractos, sino ejercicios intelectuales y espirituales que nos permiten conectar con la fragilidad humana y, desde ahí, actuar como agentes de cambio. La paz, en nuestro quehacer, nace de la serenidad y el diálogo, elementos que requieren de una madurez afectiva que promovemos constantemente. Sentir la justicia es poseer la capacidad de discernir con equidad; es convertir la indignación frente a la inequidad en un compromiso constructivo y razonado. En nuestra comunidad, sentir la verdad implica una búsqueda de la autenticidad. Fomentamos que nuestros jóvenes no solo aprendan a pensar críticamente, sino a sentir con honestidad, permitiendo que la fe, la cultura y la vida se sinteticen en una existencia coherente y plena. Al mirar atrás, vemos una historia de 50 años donde el rigor pedagógico ha caminado de la mano con la sensibilidad humana. Hemos formado generaciones de católicos comprometidos que han aprendido que la inteligencia, sin la brújula del sentir, carece de propósito. En este 2026, nos sentimos orgullosos de sostener una estructura organizacional abierta y participativa, donde el estilo de trabajo se informa por la fraternidad y el respeto, garantizando que cada estudiante no solo sea capaz de analizar el mundo, sino de conmoverse ante él y, consecuentemente, transformarlo. Nuestra trayectoria es, en definitiva, la historia de una apuesta audaz: la convicción de que solo aquel que ha sido educado para sentir —para reconocer la belleza, la urgencia de la justicia y la profundidad de la fe— está verdaderamente preparado para ser un constructor del Reino y un promotor de la paz en nuestra sociedad.
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Introducción
Siempre que hablemos del ser humano, estaremos inevitablemente confrontando su condición de ser encarnado y expuesto a la vida. No existe una conciencia pura que observe la realidad desde un punto neutral y ajena a ella; la existencia humana se manifiesta y despliega siempre en la inmediatez del tejido sensible. Interrogar lo que somos exige, por lo tanto, reconocer que nuestra estructura fundamental no es la del espectador desapasionado, sino la de un cuerpo y mente que padece, siente y significa a través de su radical y obligatoria apertura al mundo. Bajo esta premisa, la pregunta central que guía y sostiene esta ontología es: ¿Cuál es el sentido de sentir? va más allá de un mero análisis a la existencia, se convierte en una pregunta sobre una de las características más humanas, y a la vez compleja, la cual es el sentir, como un modo primordial y constitutivo en que el ser-en-el-mundo se encuentra dispuesto, permitiendo que el sujeto se halle a sí mismo y comprenda su propia facticidad. Este ejercicio reflexivo no surge en el vacío, sino que encuentra su suelo en el corazón de nuestra comunidad educativa en este 2026, año en que celebramos medio siglo de trayectoria de la Fundación ODEC. Conmemorar 50 años de labor nos exige más que una mirada retrospectiva; nos convoca a interrogar, desde la trinchera del aula, cómo nuestra misión —fundada en el mensaje de Jesucristo— sigue vigente frente a las exigencias de un presente que intenta mecanizar el pensamiento. Esta ontología del sentir, por tanto, no es un discurso ajeno, sino la manifestación de nuestra propia resisten11
cia: una apuesta por seguir siendo un espacio donde el ser humano, en toda su complejidad, es escuchado, valorado y comprendido mucho más allá de su capacidad de producir. Pero, ¿por qué preguntarnos esto? El sentir es una experiencia innata dentro de la vida humana, y sobre todo en la adolescencia, cuando somos, de alguna manera, más “inexpertos” en lo que al sentir respecta, genera una sensación distinta en cada uno, significativa y en muchas ocasiones confusa. Es precisamente en este escenario de aparente inexperiencia y desborde afectivo donde esta investigación encuentra su mayor potencia. Lejos de ser una limitante, la frescura de la mirada estudiantil convierte este proyecto en un área de exploración extraordinariamente útil e interesante por diversas razones, que subvierte los cánones de la academia tradicional. Más allá de la abstracción, conviene detenerse en una pregunta elemental: ¿Nos hemos detenido a pensar para qué sentimos? Vivimos inmersos en una sociedad que nos satura con la premisa de que nuestra existencia y valor radican exclusivamente en la producción, en el resultado cuantificable de lo que hacemos. En este engranaje el sentir se vuelve un elemento sospechoso o, en el mejor de los casos, un desperdicio de energía, pues ¿qué es lo que el sentir puede producir? Esta lógica se infiltra profundamente en el sistema escolar y en la vivencia adolescente, donde el estudiante (y me atrevo a decir, que el docente también) es presionado a ser un agente productivo bajo un esquema de eficiencia constante. Frente a esto, esta ontología propone, no un contraste, sino una conversación con la realidad. Lejos de tratarse de una ruptura violenta con la realidad, este planteamiento es, en esencia, una invitación a reconocer la capacidad reflexiva que ya late en el aula. Cuando un estudiante se detiene en 12
medio de la vida escolar, no está “perdiendo el tiempo” ni oponiéndose al sistema por una rebeldía sin causa y vacía; está dando espacio a una manifestación natural de su propia subjetividad. Los adolescentes poseen, en su apertura al mundo, una sensibilidad aguda para notar las fracturas de esta lógica productiva. Lo que aquí llamamos ontología del sentir, no es más que una muestra de esos momentos de pausa en los que los y las jóvenes se cuestionan, observan y, en esencia, hacen filosofía sobre su propia existencia. Dándole un lugar a estas reflexiones, estamos dándole su merecido reconocimiento como pensaron que, al articular y enfrentar sus dudas, ya están ejerciendo su derecho a comprender su propia manera de ser. Este desplazamiento de paradigma no es un fenómeno aislado, sino el síntoma de una generación que se niega a que su identidad sea devorada por su utilidad. Hoy los jóvenes están desafiando el contrato social tradicional que muchas veces heredaron de sus familias: aquel que planteaba que el éxito equivalía a la estabilidad a cambio de un sacrificio incondicional del tiempo personal. Para los estudiantes y jóvenes de hoy, el trabajo ha dejado de ser el eje gravitacional de la existencia para convertirse en un medio —y no un fin— que debe estar alineado con sus valores y su bienestar. No se trata de una falta de compromiso, sino de una exigencia de coherencia: demandan un propósito, un sentido, que vaya más allá de la mera productividad, priorizando otros aspectos de su subjetividad antes que caer en la homogeneización del sistema. Este choque con la “cultura del rendimiento” se traduce en una nueva forma de habitar el mundo, donde el tiempo libre no es visto como un residuo del trabajo, sino como un espacio donde el ser se puede manifestar y sentir libremente. Es aquí donde la presente ontología cobra su fuerza más urgente, dentro de un sistema que 13
presiona a ser eficientes, las y los estudiantes aquí presentes reclaman y exigen su derecho a ser simplemente seres que sienten, que reflexionan y que, en esa pausa, encuentran una forma de vida más humana y menos programada por las exigencias externas. Esta ontología no es un desvío de nuestro propósito fundacional, sino su fundamento más profundo. Cuando la institución postula como ejes el Amor, la Verdad, la Justicia, la Solidaridad y la Paz, no está enumerando conceptos abstractos, sino definiendo una forma de estar en el mundo que requiere, obligatoriamente, una sensibilidad despierta. Por ello, la educación integral que procuramos no se limita a la transmisión de contenidos; es, en esencia, el cultivo de la capacidad de conmoverse ante la realidad y comprometerse con ella. Así, nuestra labor educativa se traduce en un acto de resistencia frente a la mecanización: formamos seres humanos capaces de sentir la dignidad del prójimo y de habitar el misterio de su propia existencia con coherencia y sentido. Si se me permite, me gustaría retomar una conversación que tuve con mi psicólogo hace un tiempo. Más allá de lo complejo que resulta atender a un filósofo como paciente, mi mente estaba entonces configurada bajo una estricta —y quizá mal interpretada— lógica kantiana, bajo la cual lo bueno y lo malo se definían mediante normas universales y el ejercicio del deber. Recuerdo haberle argumentado: “Pero la ética de Kant funciona para todo ser racional”. A lo que él, con precisión, replicó: “Sí, pero los humanos no somos solamente seres racionales”. Esta charla me dejó pensando mucho tiempo. En aquel entonces yo funcionaba bajo una lógica casi robótica; creía que si una acción no podía sostenerse bajo la estructura de una ley universal —como planteó Kant—, simplemente carecía de valor o peor, era errónea. Me sentía seguro dentro de ese molde, porque la razón me daba un 14
suelo firme donde no tenía que lidiar con la incertidumbre de las emociones. Cuando él me soltó dicha frase, fue un punto donde mi refugio intelectual comenzó a derribarse. Me di cuenta de que, por mucho tiempo, había intentado huir de mi propia existencia a través de una estructura lógica. Me obligaba a categorizar lo que vivía, buscando siempre el “porqué” racional, como si sentir fuera una tarea pendiente o un error en el sistema que me hacía colapsar. Pero al soltar dicha pretensión, descubrí algo más profundo: nuestra verdadera condición no se esconde en la capacidad de seguir normas o de calcular consecuencias. Lo que realmente nos hace estar en el mundo es eso, el estar en el mundo, aunque suene redundante, las capacidades de sentirnos conmovidos, de inquietarnos y de sentirnos afectados por lo que nos rodea son la prueba de ello. Dicho lo anterior, y para cerrar esta introducción, quiero ser honesto: no esperes aquí un manual de respuestas definitivas ni una solución cerrada a la pregunta por el sentido. Si buscabas un camino trazado con certezas, me temo que estas páginas te decepcionarán, y te ofrezco una disculpa sincera por ello. Lo que aquí se presentará no pretende ser un sistema acabado, sino un campo de juego. Son planteamientos, ideas sueltas, perspectivas que han ido cobrando forma en el cruce entre mi propia biografía y el ejercicio de la enseñanza. Son, en el fondo, subjetividades puestas a prueba. Al final, lo que propongo es una invitación a habitar la incertidumbre: prefiero dejar la puerta abierta a la duda y a la complejidad de nuestras humanidades, antes que intentar clausurar el misterio de lo que significa sentir con un argumento lógico más. Si al terminar de leer te sientes un poco más inquieto, y no más instruido, entonces este escrito habrá cumplido su propósito. 15
Quiero aprovechar este espacio para agradecerles y felicitarlos, mis queridas y queridos estudiantes. Gracias por la valentía de alzar la voz y contarle al mundo su propia historia, especialmente cuando el sistema les pide que se queden callados o que simplemente encajen. Ver cómo se atreven a mostrar su sentir, con toda su honestidad y crudeza, es lo que realmente le da vida a este trabajo; ustedes son, en cada una de sus inquietudes, quienes le dan carne y hueso a este escrito. Gracias de antemano por lo que a continuación tendremos el gusto de apreciar y vivenciar, gracias por aportar sentido a mi sentir como docente. Vicente Bernal Guajardo
Bibliografía •
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Kant, Immanuel. Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Traducido por Manuel García Morente. Madrid: Espasa-Calpe, 1980.
Escritos estudiantes
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Ignacia Castro Soto
§ ¿El sentido de Sentir? La noción de sentido trasciende la mera aspiración a un fin teleológico unívoco; constituye, más bien, una categoría existencial que articula nuestra relación con la realidad. Desde una perspectiva filosófica, la búsqueda de sentido no es una actividad accesoria, sino el motor de nuestra existencia. El ser humano experimenta una pulsión irrefrenable por interrogar la realidad, trascendiendo la mera facticidad de la supervivencia para otorgar una significación coherente a su devenir. Esta necesidad de comprender el “porqué” de nuestra presencia no es caprichosa, sino que responde a nuestra naturaleza, pues nos permite cimentar nuestra identidad, determinar nuestro lugar en el tejido del cosmos y proyectar un propósito hacia el futuro. Desde una óptica existencial, Friedrich Nietzsche sostiene que el sentido no posee una naturaleza dada o trascendente; por el contrario, afirma que es el individuo quien, mediante su voluntad y capacidad creativa, debe asignar valores y dotar de significación a su propia existencia (Nietzsche, 1883/2006). En contraposición, la perspectiva aristotélica propone una visión teleológica donde todo ente tiende hacia un fin o telos específico; para el ser humano, este propósito se materializa en la eudaimonia, alcanzada mediante el ejercicio constante de la virtud y la excelencia en el obrar (Aristóteles, 1985). A estas posturas se integra el enfoque de Viktor Frankl, quien en El hombre en busca de sentido postula que el sentido no es un cons19
tructo inventado arbitrariamente, sino una realidad que se descubre a través de la manera en que cada persona se posiciona frente a su propia vida (Frankl, 1991). Para Frankl, esta búsqueda constituye la fuerza motivacional primaria del ser humano, actuando como el eje rector que orienta las decisiones y permite al individuo discernir un propósito incluso en las circunstancias más adversas (p. 104). Esta convergencia de perspectivas revela que el sentido no es un concepto monolítico ni absoluto, sino una noción que ha sido interpretada bajo prismas diversos a lo largo de la historia de la filosofía. Mientras que algunas corrientes enfatizan la labor activa del sujeto en la construcción de su destino mediante sus decisiones, valores y experiencias, otras subrayan la necesidad de reconocer una estructura de significado preexistente. En última instancia, la filosofía demuestra que el sentido es una dialéctica constante entre lo que descubrimos y lo que construimos. El sentido es aquello que permite comprender el significado profundo de una realidad, de una acción o de la propia existencia. No basta con preguntarnos superficialmente “¿qué es esto?”, sino que es necesario reflexionar de una manera más profunda, formulándonos preguntas como “¿por qué?”, “¿cómo?” y “¿para qué?”. Son estas interrogantes las que nos permiten comprender el verdadero significado de aquello que vivimos y construir un sentido que no necesariamente responde a un único fin, sino que puede variar dependiendo de cada sujeto y de la manera en que interpreta sus experiencias. En este sentido, el sentido no sólo hace referencia a un propósito, sino también al significado y al valor que le otorgamos a nuestra propia existencia. El sentido universal se entiende como la idea de que todo tiene un propósito independientemente de las creencias, experiencias o perspectivas de cada persona. Es decir, existe un significado que no 20
depende de lo que cada individuo piense o sienta, sino que ya está presente y corresponde al ser humano descubrirlo. Sin embargo, también existen posturas que sostienen que el sentido no es universal, sino subjetivo, ya que cada persona construye el significado de su vida a partir de aquello que vive, de sus valores y de las decisiones que toma. Esto demuestra que el sentido sigue siendo una de las grandes preguntas de la filosofía, ya que hasta el día de hoy no existe una única respuesta sobre si este se descubre o se construye. De la mano de esto, es necesario profundizar en otro concepto importante, el cual es el sentir. El sentir es la capacidad del ser humano de experimentar el mundo a través de emociones, como lo son la alegría, la tristeza, el enojo, el amor o la decepción, y cómo estas nos afectan en nuestra vida cotidiana. Desde una perspectiva filosófica y biológica, el sentir se puede entender como una capacidad inseparable de nuestra naturaleza, es decir, que forma parte de nuestra condición humana. Biológicamente, todos los seres humanos nacemos con un sistema nervioso y un cerebro que nos permiten experimentar sensaciones físicas y emocionales; es una capacidad con la cual nacemos y que está presente desde bebés. Aunque nacemos sin la capacidad de hablar, ya podemos sentir cosas básicas, como lo son el sueño, el hambre, tranquilidad e incluso miedo. Pero el sentir va más allá de una simple reacción biológica, ya que los animales también pueden sentir dolor, miedo o hambre. Lo que nos distingue como seres humanos es que podemos tomar conciencia de lo que sentimos, reflexionar sobre ello y darle un sentido en base a nuestras experiencias. Esta idea también puede relacionarse con lo planteado por Maurice Merleau-Ponty en Fenomenología de la percepción (1945/1993). El filósofo sostiene que el ser humano no es solo una conciencia que piensa, sino también un cuerpo que habita el mundo y que se relaciona constantemente con él. Desde esta perspectiva, el sentir no 21
es simplemente algo que nos ocurre, sino la forma en que nuestro cuerpo se abre a la realidad y comienza a experimentarla. Es a partir de ese primer contacto con el mundo que somos capaces de comprender aquello que vivimos, reflexionar sobre nuestras experiencias y, posteriormente, otorgarles un sentido. Esto demuestra que el sentir no constituye un aspecto separado de nuestra existencia, sino una parte esencial de la condición humana y de la manera en que construimos nuestra comprensión del mundo. De la mano con esto, el sentir tampoco se forma simplemente por emociones, sino que también se construye a partir de las experiencias propias, retomando la idea de que el sentir es subjetivo y depende de la perspectiva de cada persona. Bajo la premisa lo subjetivo, pongo el siguiente ejemplo: pensemos en dos personas que escuchan una canción de su preferencia. Una de ellas puede sentir tranquilidad y felicidad frente a aquella canción, mientras que la otra puede sentir melancolía y nostalgia frente a la misma melodía. Con esto me refiero a que, aunque el hecho sea exactamente el mismo, es cada sujeto quien experimenta esa situación de acuerdo con su historia, sus recuerdos, sus emociones y la forma en que interpreta la realidad. Por ello, no existe una única manera de interpretar una experiencia, si bien la vivencia es fenomenológica, lo cual se refiere a una vivencia inmediata tal como se da, el sentido el cual se quiere dar viene de una interpretación hermenéutica, que se refiere al significado o sentido que cada sujeto le quiere dar a su experiencia posteriormente, por lo que cada persona puede comprender e interpretar su experiencia de forma diferente. A través del sentir, podemos construir nuestra forma de interpretar la realidad en base a nuestras creencias, valores, experiencias y emociones, por lo que cada uno es dueño de su propio sentir. Esto significa que la realidad puede ser la misma para todos, pero la manera en 22
que la vivimos y la comprendemos cambia de una persona a otra. Es precisamente esta diversidad de experiencias la que hace que el sentir sea una característica tan propia del ser humano. Esta idea puede relacionarse con lo planteado por Paul Ricoeur (1990/1996 ), quien sostiene que la identidad se construye a partir de la interpretación que hacemos de nuestra propia historia. Así, aquello que sentimos y el significado que otorgamos a nuestras vivencias no solo transforma nuestra manera de comprender la realidad, sino que también contribuye a la construcción de quienes somos. Además, el sentir cumple un papel fundamental en nuestra existencia, ya que es la forma en que nos relacionamos con el mundo que nos rodea. Gracias a él podemos crear vínculos con otras personas, desarrollar empatía, experimentar el amor, disfrutar de momentos de felicidad o enfrentar situaciones difíciles. Cada emoción que vivimos deja una huella en nosotros y contribuye, de alguna manera, a formar nuestra identidad. No somos las mismas personas después de vivir una pérdida importante, alcanzar una meta o conocer a alguien que cambia nuestra vida. Todas esas experiencias, acompañadas por aquello que sentimos, transforman la manera en que pensamos, actuamos y comprendemos quiénes somos. Muchas veces se piensa que el ser humano se caracteriza principalmente por su capacidad de razonar. Sin embargo, la razón y el sentir no son aspectos opuestos, sino que se complementan constantemente. Las emociones pueden influir en nuestras decisiones, mientras que la razón nos permite comprender aquello que sentimos, reflexionar sobre ello y actuar de manera consciente. De esta manera, el ser humano no solo es un ser racional, sino también un ser que siente, interpreta y reflexiona sobre sus propias experiencias. El sentido y el sentir mantienen una relación inseparable, ya que es a través de aquello que sentimos que comenzamos a interpretar la 23
realidad. Cada emoción que experimentamos influye en la forma en que comprendemos lo que ocurre a nuestro alrededor. Un mismo acontecimiento puede tener un significado completamente distinto para dos personas, precisamente porque cada una lo vive desde su propio sentir. de esta manera, el sentido no surge únicamente del pensamiento racional, sino también de las emociones, los recuerdos, las experiencias y los valores que forman parte de cada individuo. En base a esto, el sentir actúa como un filtro mediante el cual observamos el mundo, no experimentamos la realidad de forma completamente objetiva, lo hacemos más bien, de una forma subjetiva en la cual interpretamos según aquello que sentimos en cada momento. Es por esto que el sentido que le otorgamos a una experiencia no depende únicamente de los hechos, sino también de la manera en que estos nos afectan emocionalmente. Por esto, el sentido se construye constantemente a partir de la relación entre nuestras vivencias y nuestras emociones, a las cuales finalmente les otorgamos un sentido mediante la reflexión de la misma. A partir de esta relación podemos comprender que el sentido no aparece de manera inmediata, sino que comienza a construirse cuando logramos reflexionar sobre lo que sentimos, en parte de este proceso dejamos de experimentar una emoción de forma impulsiva y comenzamos a preguntarnos qué la provocó, por qué nos afectó de esa manera y qué significado tiene para nosotros, lo cual es precisamente esa reflexión la que transforma una emoción pasajera en una experiencia capaz de enseñarnos algo sobre nosotros mismos, sobre los demás o sobre la forma en que comprendemos el mundo. reflexionar sobre aquello que sentimos también nos permite definir nuestras experiencias ya que, muchas veces una situación que en 24
un primer momento solo nos produjo dolor, miedo o frustración obtiene en nosotros un significado distinto con el paso del tiempo. Esto no ocurre porque el acontecimiento haya cambiado, sino porque cambia nuestra forma de comprenderlo. Al volver a nuestras emociones, reflexionando en el proceso, somos capaces de descubrir aprendizajes, tener cambios en nuestra forma de pensar e incluso valorar experiencias que antes no comprendíamos o no entendíamos de la misma manera. De esta manera, el sentido no es algo fijo ni definitivo, como nuestras emociones cambian a lo largo de nuestra vida, también cambia el significado que damos a nuestras experiencias. Cada nueva reflexión, cada aprendizaje y cada vivencia nos permite reinterpretar aquello que hemos sentido, demostrando que el sentido es una construcción que va creciendo junto con nosotros. Reflexionar sobre aquello que sentimos es darle el tiempo y el espacio necesario a nuestras emociones para comprenderlas. No consiste solo en recordar una experiencia, sino en intentar entender qué despertó en nosotros y por qué llegó a ser importante. A medida que comprendemos nuestras emociones, también comprendemos mejor nuestras experiencias, y es precisamente en ese proceso donde comenzamos a darles un sentido. Una emoción por sí sola no tiene significado definitivo, cuando sentimos alegría, tristeza o miedo, se experimenta una reacción, pero sin embargo, esta reacción no nos habla sobre qué lugar toma en nuestra vida, es por medio de la reflexión que comenzamos a preguntarnos por qué surgió y que nos provoca, cuando esto pasa, deja de ser una emoción simple y pasa a ser una experiencia significativa. Muchas veces creemos que comprender una emoción se limita simplemente a “estoy feliz” o “estoy triste”, pero comprender aquella emoción va más allá de solo reconocerla, significa reflexionar de 25
dónde nace, cómo influye en nuestra vida cotidiana y que nos permite experimentar, cuando logramos esta reflexión, aquella emoción se vuelve algo significativo en nuestra vida cotidiana. Primero experimentamos la emoción y luego somos capaces de pensar sobre ella, muchas veces necesitamos que pase el tiempo para comprender de mejor manera aquello que sentimos. Hay experiencias que en el momento en que ocurren parecen no tener peso o significado profundo, pero sin embargo, al recordarlas y analizarlas desde una nueva perspectiva, descubrimos que transformaron nuestra forma de pensar o de comprender la situación, esto demuestra que el sentido no siempre nace junto con la emoción, sino que se construye a medida de la reflexión sobre la misma. Si el sentido va de la mano con la reflexión, dos personas pueden sentir una emoción parecida y construir sentidos distintos, no precisamente porque la emoción sea distinta, sino porque cada uno lo interpreta de su historia, valores y experiencias, con esto me refiero a que el sentido no está limitado a la emoción misma ( el sentir) sino en la manera que cada sujeto la reflexiona y la comprende. Desde esta perspectiva, reflexionar sobre aquello que sentimos no consiste en buscar una respuesta única o correcta, sino en intentar comprender qué lugar ocupa esa experiencia dentro de nuestra historia personal, por lo que el sentido no puede entenderse como una respuesta definitiva, sino como una construcción que evoluciona junto con nuestras experiencias y con la manera en que aprendemos a comprenderlas. A lo largo de esta reflexión es posible comprender que el sentido y el sentir no son conceptos independientes, sino que mantienen una relación constante dentro de la experiencia humana. Sentir no consiste únicamente en experimentar emociones pasajeras, sino 26
también en la capacidad de reflexionar sobre ellas y comprender el significado que adquieren en nuestra vida. Es precisamente en ese proceso donde comienza a construirse el sentido, ya que cada experiencia, cada emoción y cada interpretación contribuyen a la forma en que comprendemos el mundo y a nosotros mismos. Desde esta perspectiva, el sentido de sentir no radica únicamente en la existencia de las emociones, sino en la posibilidad de convertirlas en una fuente de comprensión. Gracias al sentir somos capaces de cuestionarnos, interpretar aquello que vivimos y otorgarle un significado desde nuestra propia realidad. Cada persona construye ese significado de manera distinta, porque cada una siente, reflexiona e interpreta el mundo desde sus propias experiencias, valores y emociones. En definitiva, el sentido de sentir no puede entenderse como una respuesta única o universal, sino como un proceso profundamente humano. Es a través del sentir y de la reflexión sobre aquello que sentimos que nuestras experiencias dejan de ser simples acontecimientos y pasan a formar parte de nuestra historia. Quizás el verdadero sentido de sentir no sea encontrar respuestas definitivas, sino permitir que cada emoción nos acerque un poco más a comprender quiénes somos y la forma en que construimos el significado de nuestra propia realidad.
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Bibliografía
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Aristóteles. (1985). Ética nicomáquea (J. Pallí Bonet, Trad.). Gredos. (Obra original publicada en el siglo IV a. C.).
•
Frankl, V. E. (1991). El hombre en busca de sentido (DIORKI, Trad.; 12ª ed.). Editorial Herder. (Obra original publicada en 1946).
•
Merleau-Ponty, M. (1993). Fenomenología de la percepción (J. Cabanes, Trad.). Planeta DeAgostini. (Obra original publicada en 1945).
•
Nietzsche, F. (2006). Así habló Zaratustra: Un libro para todos y para nadie (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1883).
•
Ricoeur, P. (1996). Sí mismo como otro (A. Neira, Trad.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1990).
Alonso Cuevas Espinoza
§ 1 Sentido de sentir El concepto de “sentido” se configura, en primera instancia, como la razón teleológica de un fenómeno dentro de un contexto y una situación determinados; es una variable que, lejos de ser inmutable, altera su significado o su esencia fundamental según la fluctuación de los factores que la rodean. Esta maleabilidad del sentido —que abarca tanto su uso como su forma de comprensión— confiere al observador el rol de intérprete, delegando en el sujeto la responsabilidad de otorgar una significación a lo que, de otro modo, permanecería como una estructura vacía. En palabras de Heidegger (1927/2003), el sentido es aquello en lo que se articula la inteligibilidad de algo como algo; es la apertura que permite que un ente se nos muestre (p. 151). Por otro lado, al definir el “sentir”, nos referimos a la facultad inherente del ser humano para experimentar sensaciones —ya sean físicas o afectivas— frente a una vasta diversidad de estímulos, vivencias, pensamientos e ideas generadas a partir de la interacción con el entorno. Desde la fenomenología, el sentir no es un evento aislado en la mente, sino una experiencia encarnada. Merleau-Ponty (1945/1993) sostiene que “el cuerpo es nuestro medio de tener un mundo” (p. 165), lo que implica que el sentir es la condición primordial para que el sujeto se establezca en la realidad; no sentimos “con” el cuerpo, sino que somos una existencia corporal sintiente.
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Bajo estas premisas, surge una interrogante ineludible: ¿existe realmente un sentido en el acto de sentir? La contradicción aparece al considerar que el sentir responde a una necesidad humana fundamental de aprehender el mundo. Si el sentir es una necesidad, ¿podemos atribuirle un “sentido” o propósito externo? La respuesta, afirmativa pero compleja, requiere un análisis de causalidad. Es similar a la interrogante sobre la función de la respiración: ¿es el sentido de respirar la vida en sí misma, o la vida es la consecuencia biológica del proceso respiratorio? Si bien la respiración posee una finalidad técnica —la homeostasis celular, el intercambio gaseoso de oxígeno por dióxido de carbono—, su función existencial es posibilitar la vida (Frankl, 1946/1991, p. 110). Trasladando esta lógica al espectro emocional, el sentido de “sentir” radica en la capacidad de “sentirnos vivos”. Esta distinción es ontológicamente crucial: estar vivo es una condición biológica —un hecho dado—, mientras que sentirse vivo es un estado de conciencia subjetiva, un proyecto de autopercepción. No todos los sujetos se experimentan como dueños de su trayectoria vital y, por ende, la vivencia de estar vivo no equivale necesariamente a la apropiación consciente de la existencia. Si la consecuencia de la respiración es la oportunidad de experimentar la realidad, la consecuencia del sentir es la superación de la mera función mecánica —el procesamiento de datos—, permitiendo al individuo transmutar en un ser consciente de su propia historia. Si aceptamos que el sentido de sentir es, en efecto, sentirnos vivos, se despliegan nuevas interrogantes sobre las implicaciones de esta condición: ¿qué conlleva esta autoconciencia? ¿Existen otros fines implícitos en la facultad de sentir? O, en una dirección más radical, ¿es posible que el sentir carezca de un sentido predeterminado, o que existan estados de nulidad afectiva donde el sujeto no siente “nada”? Esta reflexión debe considerar la libertad del sujeto frente
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a su facticidad. Como señala Sartre (1943/2012), el ser humano está “condenado a ser libre” (p. 544), lo que implica que, aunque existan elementos ineludibles —nuestra familia, nuestra nacionalidad, nuestro contexto histórico—, el sujeto mantiene una soberanía inalienable respecto a cómo elige vincularse con dichos elementos. Esta capacidad de elegir la propia actitud ante las circunstancias dadas, incluso en la ausencia de un sentido evidente, constituye la piedra angular de nuestra facultad de sentir y, en última instancia, de nuestra posibilidad de ser libres. § 2 El sentido de sentirse vivo Definir el sentido de “sentir” como la posibilidad de “sentirse vivo” constituye una premisa fundamental para nuestra indagación. No obstante, es imperativo establecer una distinción ontológica entre dos estados que, aunque suelen confundirse, poseen naturalezas divergentes: el estar vivo, entendido como un suceso puramente biológico —la mera persistencia de las funciones orgánicas—, y el sentirse vivo, una categoría existencial y psicológica. El individuo que se siente vivo es aquel que, en su cotidianidad, obra y piensa con un grado sustancial de libertad, operando más allá de los límites impuestos por los factores externos, y que aprovecha las facultades de su mente para alcanzar y experimentar dicha libertad. Bajo esta conceptualización, surgen interrogantes críticas sobre la naturaleza de nuestra esencia: ¿es el sentido de sentir algo determinado, o cada individuo es el soberano de su propio sentido? Si consideráramos que el sentido de sentir es una constante determinada, nuestra condición de seres libres y vivos se vería seriamente comprometida. Si la experiencia de “sentirse vivo” estuviera preconfigurada, seríamos, en rigor, meros autómatas biológicos; aunque estuviéramos vivos, careceríamos de la libertad necesaria para reclamar una existencia auténtica, pues todo —nuestros pensamientos, 31
reacciones y decisiones— respondería a un determinismo ajeno. Dado que vivir implica, por definición, el ejercicio de la libertad, resultaría paradójico pretender sentirse plenamente vivo sin poseer capacidad de elección. Por tanto, debemos concluir que el sentido de sentir no es un constructo determinado. De serlo, no seríamos los autores de nuestra propia vida y, por ende, nuestro sentir sería una mera respuesta mecánica. La evidencia de esta libertad se halla en la heterogeneidad de las reacciones humanas: ante un mismo estímulo, como un saludo, los individuos despliegan respuestas diametralmente opuestas —alegría, emoción, indiferencia o rechazo—. Esta variabilidad demuestra que la forma de pensar y reaccionar es intrínsecamente personal, moldeada por el entorno y los antecedentes biográficos. Como señala Frankl (1991), el hombre no se limita a existir, sino que decide de un momento a otro en qué consistirá su existencia (p. 115). Así, cada individuo es dueño de su sentido, aunque este se encuentre condicionado por su propia historia. Aquí cabe una distinción fundamental: el estar condicionado por sucesos pasados no equivale a la anulación de la libertad. Si bien nuestras reacciones pueden estar sesgadas por nuestras vivencias, seguimos siendo libres para elegir nuestra postura ante ellas. Sartre (1943/2012) argumenta que el ser humano está condenado a ser libre, pues, una vez arrojado al mundo, es responsable de todo lo que hace (p. 544). Por consiguiente, aunque el condicionamiento sea una realidad innegable de nuestra facticidad, este ha sido, a su vez, forjado bajo el marco de nuestra propia libertad histórica. En el capítulo siguiente, profundizaremos en esta noción de libertad para examinar si, en efecto, somos los artífices absolutos de nuestra existencia o si esta libertad se encuentra siempre en tensión con el mundo que nos rodea.
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§ 3 La libertad situada: entre la voluntad y la facticidad Al interrogarnos sobre la esencia de la libertad y su posible carácter absoluto, es preciso, en primera instancia, definirla como la capacidad del individuo para actuar según su propia voluntad, prescindiendo de determinaciones externas. No obstante, esta definición, aunque teóricamente clara, resulta problemática al aplicarse a la praxis existencial. Como bien señala Sartre (1943/2012), el ser humano posee una libertad radical, pero esta siempre se ejerce dentro de una “situación”; estamos arrojados al mundo bajo condiciones que no elegimos —nuestro origen geográfico, nuestra crianza, nuestro entorno sociohistórico—, lo cual actúa como un marco de facticidad que limita el despliegue de nuestra voluntad (p. 544). En este sentido, la libertad absoluta es una quimera. Nuestra existencia transcurre siempre dentro de perímetros normativos impuestos por el Estado, las leyes y las estructuras sociales. Es en este espacio de relativa libertad donde el individuo debe operar. Sin embargo, existe una distinción crucial: si bien la libertad de acción está coartada por el entorno, la libertad de pensamiento se presenta como un ámbito donde el sujeto posee una autonomía mayor. Incluso aquí, el individuo enfrenta límites internos —como la pereza intelectual, la mediocridad o la adopción acrítica de dogmas externos— que pueden mermar su capacidad deliberativa. No obstante, es precisamente en el ejercicio de esta facultad donde reside la esencia de la libertad: en la capacidad de procesar influencias externas y elegir, de manera consciente, cuáles integrar y cuáles rechazar para formar una subjetividad propia. La dificultad de esta empresa radica en que las ideas ajenas no son neutras; su impacto depende enteramente del contexto y la situación del sujeto. La libertad, por tanto, no puede entenderse como la posibilidad de realizar cualquier acto sin restricción. Nuestra ca33
pacidad de actuar está condicionada, además de por las leyes y normas externas, por un marco ético y moral interno. Como propone Kant (1785/2005), la verdadera autonomía no es hacer “lo que uno quiera”, sino actuar conforme a una ley que el sujeto se impone a sí mismo desde la razón (p. 45). Así, la restricción de nuestras acciones, motivada por el temor al remordimiento o por la preocupación por nuestra imagen social, no debe entenderse necesariamente como una pérdida de libertad, sino como la manifestación de nuestra integridad. El individuo no siempre es libre de ejecutar sus impulsos, pero es responsable de cómo gestiona las tensiones entre su voluntad y los límites —físicos, morales y sociales— que definen su realidad. En última instancia, la libertad no debe entenderse como la ausencia de constricciones, sino como la soberanía de la voluntad frente a ellas. Si bien las coordenadas de nuestra existencia —nuestro contexto, nuestra historia y nuestras limitaciones biológicas— son, en gran medida, inamovibles, la libertad reside en el acto constante de apropiación de nuestra propia vida. Más que un poder ilimitado para hacer lo que se desee, la libertad es la responsabilidad radical de construir un sentido propio en medio de la finitud. Aceptar que nuestra libertad es “situada” no constituye una renuncia, sino la condición necesaria para dejar de ser objetos del azar y convertirnos en sujetos conscientes. En este reconocimiento de nuestros límites es donde, paradójicamente, nuestra libertad cobra su verdadera fuerza: al decidir cómo nos posicionamos frente a lo que nos rodea, dejamos de ser espectadores de nuestro destino para convertirnos, finalmente, en sus artífices. La libertad, por tanto, no es el espacio vacío donde actuamos, sino la postura ética que asumimos ante la realidad que nos ha sido dada. Al cerrar este análisis, nos queda la convicción de que el verdadero “sentido” no es una meta final a la que se llega, sino el acto continuo 34
de apropiación de nuestra vida. Somos, en esencia, lo que decidimos hacer con lo que nos ha sido dado; somos el resultado de nuestra capacidad de convertir el peso de nuestra facticidad en la ligereza de nuestra libertad. Nuestra existencia, plena y consciente, es la única prueba definitiva de que, a pesar de las sombras y las estructuras, seguimos siendo, profundamente, dueños de nuestro propio sentido.
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Bibliografía
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Sartre, J. P. (2012). El ser y la nada (J. Valmar, Trad.). Losada. (Obra original publicada en 1943).
Leandro López Fernández
§ 1 El nacimiento del sentir Desde antes de saber quiénes somos, antes incluso de poder explicar nuestra propia existencia, ya estamos sintiendo. Un recién nacido no conoce el lenguaje ni las normas, pero responde al contacto, al dolor y al calor; antes de pensar sobre la vida, ya está experimentándola. No existe un manual para aprender a sentir: parece que llegamos al mundo con una estructura inicial que es parte de nuestra propia naturaleza (Damasio, 2005, p. 55). Sin embargo, existe una contradicción difícil de explicar: todos los seres humanos poseemos la misma capacidad de sentir, pero nadie siente exactamente de la misma manera. Lo que para una persona representa felicidad, para otra puede no significar nada; aquello que para alguien es una herida profunda, para otro puede ser solamente un recuerdo pasajero. Esto ocurre porque una emoción nunca aparece aislada; sentir implica reconocer que aquello que experimentamos posee una importancia vital para nuestra propia historia (Nussbaum, 2008, p. 112). Entonces aparece una de las preguntas más profundas de nuestra existencia: si todos nacemos con la misma capacidad de sentir, ¿por qué cada persona construye una experiencia completamente distinta? La palabra “sentir” es inmensa. No se trata solo de percibir estímulos físicos, sino de la dimensión profunda de nuestros pensamientos, deseos y vínculos. Sentir es establecer una relación con lo que vivimos:
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un sonido deja de ser una vibración para volverse una canción; una persona, entre millones, se vuelve irremplazable. Por eso, al intentar definirlo, surge la pregunta inevitable: ¿Cuál es el sentido de sentir? La biología nos enseña que es una capacidad desarrollada por millones de años de evolución. El miedo, el dolor o el apego existen como mecanismos para asegurar nuestra supervivencia (Damasio, 2005, p. 98). Pero esta explicación, aunque verdadera, se siente incompleta al observar la experiencia humana. Si sentir fuera solo un mecanismo biológico de preservación, ¿cómo explicar el amor que nos lleva a sufrir voluntariamente, la nostalgia por lo que no volverá o el sacrificio por el otro? El ser humano parece haber transformado una herramienta biológica en algo mucho más complejo. No solamente sentimos para sobrevivir; sentimos para encontrar significado. Como bien sugiere la experiencia existencial, los seres humanos no buscamos solamente la supervivencia; nuestra motivación primaria es la búsqueda de sentido en aquello que nos ocurre (Frankl, 2004, p. 110). § 2 La contradicción biológica: cuando sentir supera a la supervivencia Si la biología diseñó nuestras emociones para protegernos, enfrentamos una contradicción ineludible: a menudo sentimos cosas que parecen ir en contra de nuestra propia supervivencia. El miedo y el dolor cumplen funciones claras de resguardo, pero el ser humano suele decidir permanecer cerca de aquello que le causa sufrimiento. El amor, la nostalgia o el sacrificio personal representan esta ruptura: desde una perspectiva puramente biológica, no tiene sentido que permitamos que ciertos sentimientos nos destruyan. Sin embargo, el sentir humano ha evolucionado más allá de la simple preservación. La biología explica el origen de nuestras emocio38
nes, pero es la conciencia la que les entrega un significado. Como sugiere Nussbaum (2008), una emoción nunca aparece aislada; sentir implica reconocer que algo posee una importancia vital para nuestra vida (p. 112). Esto abre una pregunta incómoda: si nuestras emociones dependen del valor que otorgamos a las cosas, ¿cuánto de lo que sentimos pertenece realmente al mundo y cuánto a la historia que hemos construido sobre él? Aquí radica la diferencia fundamental. Los seres vivos buscan sobrevivir, pero el ser humano busca comprender por qué quiere sobrevivir. Tal como plantea Frankl (2004), poseemos la capacidad de encontrar significado incluso en las circunstancias más difíciles (p. 110). Quizás la evolución nos entregó emociones para mantenernos vivos, pero nuestra conciencia transformó esa función en una búsqueda permanente. Ya no solo queremos existir; queremos que nuestra existencia signifique algo. § 3 La memoria y la construcción del yo: somos aquello que hemos sentido Si el sentir construye significado, surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre con lo que sentimos cuando el momento desaparece? La respuesta reside en la memoria, pero esta es profundamente contradictoria. No funciona como una grabación exacta que archiva cada instante; al contrario, olvidamos la mayor parte de nuestra existencia. Sin embargo, conservamos recuerdos que permanecen intactos durante décadas. ¿Por qué recordamos nuestro primer amor o ciertos instantes mientras otros se desvanecen? Tal vez la memoria no guarda todo lo que vivimos, sino aquello que considera importante para comprender quiénes somos. No recordamos simplemente momentos, sino significados. Un abrazo puede durar segundos, pero permanecer años 39
porque representa seguridad o pertenencia; una conversación puede parecer trivial para otros, pero haber cambiado completamente nuestra forma de entender la vida. La memoria, entonces, no solo almacena experiencias: construye nuestra identidad. Aquí surge una nueva contradicción: si constantemente cambiamos, ¿por qué seguimos unidos a recuerdos de versiones anteriores de nosotros mismos? Quizás porque nuestra identidad no es una fotografía fija, sino una historia. No somos la misma persona de hace años, pero tampoco somos alguien totalmente distinto; somos una continuidad formada por nuestras experiencias. Como sostiene Ricoeur (1996), la identidad humana posee una dimensión narrativa: somos capaces de interpretar nuestra propia historia y otorgarle continuidad a través del tiempo (p. 135). Nuestra vida funciona como un libro. Al nacer, recibimos ciertas páginas iniciales escritas por factores que no elegimos —nuestra biología, nuestro contexto y nuestras primeras vivencias—, pero con el paso del tiempo comenzamos a redactar nuestras propias páginas. Lo curioso es que, muchas veces, las páginas más importantes no son aquellas que recordamos con total claridad, sino aquellas que transformaron nuestra manera de ser. Porque, en última instancia, incluso aquello que creemos haber olvidado sigue formando parte de quienes somos hoy. § 4 El encuentro con el otro: los demás como espejo de nuestra identidad Aunque nuestra capacidad de sentir nace dentro de nosotros, la identidad nunca se construye en soledad. Desde el primer instante, dependemos del contacto con otros para reconocer nuestra propia existencia; somos, esencialmente, seres relacionales. Existe una paradoja en nuestra naturaleza: somos individuos únicos e irrepetibles, 40
pero gran parte de nuestra identidad solo se revela cuando entramos en contacto con alguien más. Como sugiere Martin Buber (1993), el “yo” no existe de forma aislada, sino que se constituye y cobra sentido en el encuentro con un “tú” (p. 25). Los demás funcionan como espejos donde observamos aspectos de nosotros mismos que permanecían ocultos. Una amistad, una familia o una pareja no solo comparten momentos con nosotros; nos transforman. A través de ellos, descubrimos capacidades, miedos y valores que no sabíamos que poseíamos. Esta influencia no debe entenderse como una pérdida de libertad, sino como un proceso de revelación: a menudo, el encuentro con otra persona nos permite acercarnos más a nuestra verdadera identidad. Nuestros gustos, formas de expresarnos y valores nacieron, en gran medida, de nuestros vínculos. No somos solo lo que ocurre dentro de nosotros, sino también lo que ocurre entre nosotros y los demás. En este tejido de relaciones, el amor es la transformación más evidente. Durante siglos, la cultura ha promovido la idea de la “media naranja”, inspirada en el mito de los andróginos que Platón narra en El Banquete (2012): seres originalmente completos divididos por los dioses, condenados a buscar su otra mitad (p. 45). Sin embargo, aceptar este mito es admitir que llegamos al amor como seres incompletos. Si necesitáramos encontrar una mitad para estar completos, entonces nuestra existencia anterior al amor estaría definida por una ausencia. Seríamos personas incompletas esperando que alguien más solucionara aquello que nosotros no podemos construir. Pero quizás el amor no aparece porque nos falta algo, sino porque tenemos algo que compartir. La experiencia humana sugiere algo distinto. Quizás el amor no consiste en encontrar una mitad perdida, sino en permitir que dos 41
historias ya completas —con sus propios recuerdos, heridas y sueños— decidan escribir una historia compartida. Cuando dos personas deciden unirse, no desaparece el “yo”; aparece un “nosotros”. Esta nueva dimensión no nos anula como individuos, sino que nos obliga a encontrar un equilibrio entre nuestra identidad personal y la necesidad de conexión. Es una tensión constante: queremos mejorar por quienes amamos, pero necesitamos mantener nuestra esencia; queremos adaptarnos, pero sin desaparecer. Si nuestra vida es un libro, las personas que llegan a ella funcionan como nuevos capítulos. Algunas dejan una marca permanente en pocas páginas; otras transforman la dirección de nuestra historia. Lo fascinante es que nunca conocemos completamente al “otro autor”. Podemos observar sus acciones y escuchar sus palabras, pero nunca entrar por completo en su universo interior. Quizás esa es la verdadera belleza de los vínculos humanos: elegimos confiar y construir nuestra historia junto a alguien que nunca podremos conocer totalmente, amando desde nuestra propia perspectiva sin dejar de acercarnos a una realidad que siempre conservará una parte desconocida. Esa distancia no es un problema que debamos eliminar, sino aquello que hace posible el encuentro: sentir, en este sentido, implica aceptar que no tenemos control absoluto sobre aquello que amamos, y aun así, encontrar un valor infinito en la experiencia de vivirlo. § 5 El amor y la transformación del significado Una de las pruebas más claras de que el sentir humano supera lo biológico es que una misma experiencia puede adquirir significados radicalmente distintos según quién la vive. El contacto físico, por ejemplo, puede entenderse desde una perspectiva puramente fisiológica: dos cuerpos que interactúan, una respuesta natural del organismo. Sin embargo, cuando existe una conexión emocional 42
profunda, la naturaleza del hecho cambia por completo. El cuerpo es el mismo y la acción es idéntica, pero el significado es otro. Un abrazo deja de ser contacto físico para transformarse en seguridad; una mirada deja de ser interacción visual para convertirse en un lenguaje donde las palabras sobran. Esta realidad se ilustra con la paradoja del calor: en una noche de treinta grados, tendidos junto a la persona que amamos, nuestro cuerpo siente un incremento de temperatura que debería incomodarnos. Sin embargo, ese calor se percibe como bienestar, una sensación que nada tiene que ver con la termodinámica. La biología explica el mecanismo, pero solo el significado que otorgamos a esa cercanía explica el alivio. Como sostiene Gadamer (1993), el ser humano no habita simplemente en un mundo de hechos, sino en un mundo de significados; nuestra existencia no se define por lo que ocurre, sino por lo que eso representa dentro de nuestra propia historia (p. 285). Esto demuestra que no experimentamos la realidad como un dato objetivo, sino a través de un filtro interpretativo. Por eso, un momento compartido puede adquirir un valor que no reside en el instante mismo, sino en todo aquello que simboliza. El sentir no depende únicamente del mundo exterior; depende del encuentro constante entre ese mundo y nuestra propia narrativa vital. Lo que para alguien es un hecho insignificante, para otro puede ser uno de los pilares que sostiene su identidad. § 6 La conciencia y el trauma: aquello que intentamos olvidar también forma parte de nosotros Nuestra identidad no solo se construye a partir de lo que elegimos recordar; existe una dimensión mucho menos voluntaria en nuestra conciencia, encargada de decidir qué experiencias enfrentamos directamente y cuáles preferimos mantener a distancia. El ser hu43
mano no está formado únicamente por recuerdos voluntarios, sino también por experiencias ocultas que nuestra mente intenta alejar al resultar demasiado dolorosas. Aquí aparece uno de los grandes misterios de la conciencia: nuestra capacidad de protegernos incluso de nosotros mismos. Como señalaba Freud (2013), aquello que la mente intenta apartar no desaparece, sino que continúa manifestándose en nuestra manera de relacionarnos, reaccionar e interpretar el mundo (p. 25). Aquello que olvidamos, por tanto, también es parte de quienes somos. Sin embargo, esto no significa que estemos condenados por nuestro pasado, pues la conciencia actúa como una herramienta de transformación. Aunque no podemos cambiar los hechos, sí podemos modificar la manera en que nos relacionamos con ellos. Nuestra historia no está formada solo por los acontecimientos que vivimos, sino por la interpretación que construimos sobre ellos. Por eso, dos personas pueden experimentar una situación similar y desarrollar caminos distintos: una puede quedar definida por el dolor, mientras que otra logra integrar esa experiencia en una nueva comprensión de sí misma. Esto no implica que el sufrimiento sea necesario para crecer, pues a veces el dolor simplemente ocurre; no obstante, el ser humano posee la capacidad única de decidir qué hacer con aquello que le sucede. Esta capacidad de elección se vuelve más compleja ante nuestra tendencia al error. A menudo sabemos qué deberíamos hacer, pero actuamos de forma contraria porque no somos seres construidos únicamente por la razón, sino entidades emocionales e impulsivas. La conciencia no es una fuerza absoluta que controla cada aspecto de nuestra existencia, sino una herramienta que nos permite observarnos y cuestionarnos en una relación constante con nuestros deseos. Quizás el sentir nos hace humanos no porque siempre nos guíe bien, sino porque puede llevarnos a la equivocación repetida mientras intentamos comprenderla. En este sentido, Friedrich Niet44
zsche (2013) planteaba la idea de “llegar a ser quien uno es”: nuestra identidad no está terminada desde el inicio, sino que se construye mediante un proceso donde el error, la experiencia y la superación cumplen un papel esencial (p. 67). A menudo necesitamos vivir una experiencia más de una vez para entenderla, pues el conocimiento intelectual y la comprensión profunda no siempre coinciden; requerimos sentirlo para que realmente forme parte de nosotros. La experiencia es lo que convierte la información en aprendizaje, y nuestra identidad se edifica así, a través de una cadena constante de aciertos, decisiones y tropiezos, donde cada página, por feliz o dolorosa que sea, forma parte de nuestra historia completa. § 7 La libertad humana: no elegimos todo lo que somos, pero elegimos qué hacer con ello Tras comprender cómo la biología, la memoria y los vínculos participan en nuestra construcción, surge la pregunta fundamental sobre nuestra verdadera libertad. El ser humano no comienza desde cero; no elegimos nuestro nacimiento, nuestro cuerpo, nuestra genética, nuestra familia ni gran parte del contexto que marca nuestra existencia. Existe una parte de nosotros que recibimos como dato, pero también una dimensión que construimos activamente. La libertad no reside en la posibilidad de elegir absolutamente todo, sino en nuestra capacidad de responder ante aquello que no elegimos. Como planteaba Jean-Paul Sartre (2007), aunque existan circunstancias que condicionan nuestra existencia —lo que él denominaba facticidad—, siempre persiste una dimensión donde debemos decidir qué hacer con ellas (p. 42). No elegimos las primeras páginas de nuestra historia: no elegimos nuestra biología, nuestro nacimiento ni muchas de las circunstancias que nos forman. Pero existe una diferencia entre recibir una historia y estar condenado por ella. Aunque no escribimos el inicio, seguimos teniendo la posibilidad de participar en aquello que viene después. 45
Esta perspectiva es crucial para comprender nuestra identidad. A menudo pensamos que somos el resultado acabado de nuestro pasado, como si las experiencias anteriores determinaran mecánicamente nuestro futuro. Sin embargo, si esto fuera cierto, el cambio humano resultaría imposible. La existencia, en cambio, demuestra que las personas, las ideas y los valores pueden transformarse, no porque dejemos de ser quienes somos, sino porque nuestra historia continúa desarrollándose. Alguien que antes sentía miedo puede aprender a enfrentarlo, y quien no comprendía ciertas emociones puede integrar nuevas formas de relación. La identidad no es una prisión, sino una construcción permanente. Uno de los mayores errores es imaginar que existe un momento donde finalmente descubrimos quiénes somos y dejamos de cambiar, pero la vida confirma que esa meta es inalcanzable. Somos una historia que nunca termina de escribirse. Incluso cuando creemos conocernos, una nueva experiencia puede revelar una parte desconocida de nosotros mismos. Una conversación, una pérdida o un encuentro inesperado tienen el poder de transformar nuestras prioridades y nuestra manera de amar. Vivimos constantemente en la tensión entre lo que fuimos y lo que podemos llegar a ser; somos, al mismo tiempo, memoria y posibilidad, pasado y futuro. Es ahí, en el acto de interpretar nuestras vivencias, donde reside la mayor expresión de nuestra libertad: si bien no podemos elegir haber vivido ciertas experiencias, sí podemos decidir qué significado tendrán dentro de nuestra historia personal. § 8 El Sentido de sentir: transformar lo biológico en humano Después de haber recorrido la estrecha relación entre la biología, la memoria, la conciencia, los vínculos y la libertad humana, la pregunta inicial persiste: ¿cuál es el sentido de sentir? La mayor dificul46
tad al intentar responderla radica en que solemos buscar un significado universal, como si existiera una definición definitiva esperando ser descubierta; sin embargo, tal vez el sentido de sentir no sea algo que recibimos, sino algo que construimos de manera particular en nuestra propia historia. Aunque el sentir pertenece a todos los seres humanos, la significación que cada uno le otorga es irrepetible: para algunos es amar, para otros descubrir, superar o simplemente existir. Sentimos porque estamos vivos, pero somos humanos precisamente porque transformamos esa capacidad. La biología nos entrega la estructura inicial —el organismo que percibe, reacciona y busca vínculos—, pero la conciencia humana convierte esas experiencias en significados profundos. Es un proceso de transmutación: el miedo se transforma en valentía, la tristeza en comprensión, el amor en memoria y el sufrimiento en una nueva forma de observar la vida. Como bien señala Frankl (2004), la verdadera esencia del ser humano no reside en la búsqueda de la supervivencia, sino en la capacidad de otorgar un sentido a su propia existencia, transformando incluso la adversidad en un logro personal (p. 138). En este sentido, vivir se distingue de existir: mientras que existir es la mera presencia en el mundo, vivir es la capacidad de dotar de un significado a esa presencia. Esta evolución es, por tanto, fundamentalmente humana. A diferencia de la naturaleza, donde la evolución ocurre mediante la adaptación del cuerpo a las condiciones del entorno, la nuestra sucede en nuestras ideas, emociones y en la manera en que comprendemos nuestra trayectoria. Cada individuo atraviesa una evolución propia que no se limita a las etapas biológicas tradicionales; podemos compartir espacio y tiempo con otros y, aun así, encontrarnos en momentos completamente distintos de nuestra construcción personal. El ser humano es una especie colectiva, pero no posee una mente colectiva. Compartimos un mundo, pero cada uno erige una realidad interna propia. Quizás en esa capacidad de transformar lo 47
recibido en algo único resida la mayor expresión de nuestra libertad: aunque nacemos dentro de condiciones que no elegimos, la historia personal que decidimos escribir con aquello que sentimos es, en última instancia, nuestra obra más auténtica. § 9 Yo también soy una construcción de aquello que he sentido Al intentar responder cuál es el sentido de sentir, comprendí que quizás nunca existirá una respuesta definitiva, y aceptarlo es la conclusión más honesta a la que puedo llegar. No escribo esto para cerrar la pregunta, pues sospecho que hacerlo sería traicionar la naturaleza misma del sentir. Quizás la limitación surge porque intentamos comprender nuestras emociones utilizando nuestra propia conciencia, la cual es, a la vez, el sujeto y el objeto de la investigación. Mientras la ciencia puede explicar cómo sentimos, la filosofía nos ayuda a reflexionar sobre qué significa, pero existe una dimensión íntima que solo cada persona puede descubrir: qué representa aquello que experimentamos dentro de nuestra propia historia. La pregunta esencial no es por qué sentimos, sino qué hacemos con lo que sentimos, ya que hablar del sentir humano es hablar de nosotros mismos. No podemos observar nuestras emociones como fenómenos externos porque, en gran medida, somos el resultado de lo que hemos vivido. Como afirma Ricoeur (1996), somos seres narrativos capaces de interpretar nuestra propia historia y darle continuidad a través del tiempo (p. 142). Somos aquello que aprendimos, lo que perdimos, lo que amamos y aquello que temimos enfrentar. Cada persona es una versión construida a partir de todas las anteriores; no somos completamente nuevos tras cada experiencia, pero tampoco permanecemos iguales. Cuando cambia nuestra percepción, cambia nuestra manera de existir. 48
A menudo, un momento significativo no altera el mundo exterior, pero transforma radicalmente nuestra mirada. Incorporamos partes de nuestra historia que nunca se van del todo; una pérdida o un encuentro permanecen en nuestra forma de observar la vida. Tenemos la responsabilidad de hallar significado incluso en el sufrimiento, pues una existencia sin dolor sería también una existencia vacía de profundidad. No elegimos nuestras primeras páginas, pero tenemos la libertad de participar en la escritura del resto de la historia y decidir qué significado tendrán los eventos que nos ocurran. Sentir implica estar expuestos y permitir que algo del mundo entre en nosotros y nos transforme. Quizás el sentido de sentir no radica en evitar el dolor ni en perseguir únicamente la felicidad, sino en experimentar la totalidad de la existencia humana. Si elimináramos la tristeza, perderíamos la capacidad de valorar la alegría; si elimináramos el miedo, quizás no comprenderíamos el valor de la valentía. Esta transformación puede doler, pero es lo que confiere sentido a nuestra vida. Todos nacemos con la capacidad de sentir, pero la responsabilidad de descubrir qué hacer con ella —ya sea transformándola en arte, conocimiento o vínculos— recae en cada uno. Sentimos porque estamos vivos, pero vivimos verdaderamente cuando comprendemos aquello que sentimos. Tal vez nunca lleguemos a comprender nuestra historia por completo porque, mientras intentamos entenderla, seguimos escribiéndola: somos, al final, una historia que nunca termina de escribirse.
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Bibliografía
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Rayen Mora Oyanedel
No es fácil para mí responder qué significa sentir desde una perspectiva emocional. Desde hace mucho tiempo me he preguntado si realmente comprendemos aquello que sentimos o si simplemente aprendemos a nombrarlo. Elegí abordar este tema porque considero que las emociones forman parte esencial de nuestra identidad y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre ellas con la profundidad que merecen. § 1 ¿Qué son los sentimientos? Antes de abordar la naturaleza de los sentimientos complejos, es preciso establecer una distinción ontológica entre emoción y sentimiento. Desde una perspectiva neurofenomenológica, las emociones se definen como respuestas homeostáticas automáticas y reacciones fisiológicas inmediatas ante estímulos, cuya función primaria es la preservación del organismo (Damasio, 2018, p. 30). Estas operan con anterioridad a la mediación reflexiva, constituyendo una disposición reactiva ante el entorno. Por su parte, los sentimientos representan la internalización consciente de dichas emociones. El sentimiento no es una mera reacción, sino una experiencia subjetiva mediada por la memoria, el sistema de valores y la identidad del sujeto. Mientras la emoción se manifiesta como un evento neurobiológico, el sentimiento implica un proceso hermenéutico: es la significación que el individuo atribuye a su estado afectivo a través de la reflexión consciente (Solomon, 2007, p. 11). 51
§ 2 Sentimientos complejos La configuración de los sentimientos complejos surge de la convergencia no integrada de diversos afectos, memorias y significaciones. Esta ambivalencia —lejos de constituir una disfunción psíquica— manifiesta la profundidad ontológica de la existencia humana. Tal como sostiene Barrett (2017), la construcción de la experiencia emocional es un proceso conceptual activo en el cual el sujeto categoriza sensaciones corporales mediante la mediación de la memoria y el contexto, permitiendo la coexistencia de estados aparentemente contradictorios (p. 162). Esta multiplicidad refleja la naturaleza inacabada del Dasein, cuya estructura existencial implica una tensión constante entre su facticidad y su proyección (Heidegger, 1927/2006, p. 182). Ante la ruptura interna, donde la unidad de la identidad parece fracturarse bajo el conflicto afectivo, surge la interrogante fenomenológica: ¿es posible la delimitación precisa de un sentimiento en la opacidad de la experiencia vivida? Estas inquietudes trascienden la mera taxonomía para adentrarse en la hermenéutica de la subjetividad. El propósito de este análisis no es encontrar respuestas unívocas, sino comprender la resistencia de estos estados a la transparencia analítica y su papel fundamental en la configuración del sujeto y su relación con el mundo. El tema a desarrollar será: § 3 El sentido de los sentimientos complejos para el ser humano Esta vivencia puede conceptualizarse como una forma de disonancia afectiva, una condición en la cual la coexistencia de estados contradictorios impide la categorización unívoca. Lo que se percibe como una confusión —donde la tristeza colinda con la rabia o el amor con 52
la dependencia— refleja una falla en la estructura intencional que busca aprehender el fenómeno mediante etiquetas discretas. Surge así la interrogante fenomenológica: ¿cuál es la teleología de estados afectivos que resisten la transparencia analítica? La resolución de este enigma requiere una relectura del tiempo. Siguiendo la tesis de Bergson (1889/2013), la experiencia humana no es una sucesión de instantes medibles, sino una durée (duración): un continuo fluido donde la conciencia, en constante devenir, integra el pasado en el presente (p. 94). El sentimiento no es una entidad estática, sino un proceso dinámico que se metamorfosea conforme la conciencia del sujeto se expande y se reconfigura. El pasado, lejos de ser un registro archivado, funciona como una presencia activa que informa la vivencia actual. Como señala Bergson (1896/2006), el pasado se conserva en el presente no como una repetición idéntica, sino como una fuerza virtual que modifica la interpretación de la experiencia (p. 156). Por tanto, la hermenéutica de un sentimiento complejo exige reconocer que su significado es evolutivo: emerge de la síntesis sucesiva de nuevas vivencias que otorgan una semántica distinta a los afectos precedentes. En última instancia, la comprensión de un sentimiento complejo no consiste en una definición instantánea, sino en aceptar que su inteligibilidad es una construcción temporal. La maduración de un afecto —su tránsito de herida a historia personal— es la manifestación empírica de cómo la conciencia, mediante su propia transformación, logra dotar de sentido a aquello que, en su origen, permanecía en la opacidad. § 4 ¿Comprender un sentimiento implica dominarlo? A primera vista, la nominación del afecto permite su organización conceptual. No obstante, este proceso conlleva el riesgo de una 53
reducción analítica que despoja al sentimiento de su complejidad constitutiva. Los sentimientos complejos se caracterizan precisamente por su resistencia a una explicación unívoca, desafiando la lógica dicotómica y obligando al sujeto a confrontar los límites de la inteligibilidad inmediata (Gadamer, 1960/2004, p. 385). A diferencia de las emociones elementales, los sentimientos complejos operan mediante una amalgama de sensaciones que desafían la linealidad causal. Esta coexistencia de estados contradictorios —como la tríada de tristeza, alivio y resentimiento— no constituye una disfunción, sino una manifestación de la ambigüedad inherente al sujeto. Como sostiene Merleau-Ponty (1945/2010), la conciencia encarnada no opera bajo esquemas rígidos, pues la experiencia vivida está siempre saturada de sentidos superpuestos que superan la clasificación (p. 182). La frustración ante estos estados deriva de un imperativo epistemológico que busca la resolución inmediata de la incertidumbre. Sin embargo, desde una perspectiva filosófica, la comprensión del sentimiento no debe limitarse a su taxonomía, sino orientarse hacia su función en la construcción del ipse. Estas emociones complejas actúan como mediaciones que moldean la identidad y la percepción del mundo, siendo fundamentales para la narrativa existencial que el sujeto construye sobre sí mismo (Ricoeur, 1990, p. 115). § 5 ¿Por qué sentimos la necesidad de comprender los sentimientos? Es un tema complejo, ya que en su mayoría los seres humanos buscamos explicaciones a todo porque estas nos permiten dar sentido a nuestras experiencias y estar tranquilos en nuestro día a día. Comprender aquello que sentimos puede otorgarnos una sensación de control frente a situaciones que de otro modo, parecerían caóticas o incomprensibles.
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Esta búsqueda de comprensión también presenta una gran dificultad. No todas las emociones pueden explicarse de manera exacta ni inmediata. Existen sentimientos que permanecen ambiguos incluso después de largos períodos de reflexión sin descanso. Esto lleva a cuestionar si el verdadero propósito de las emociones es ser comprendidas por completo o si, por lo contrario, algunas de ellas deben ser experimentadas antes de poder ser entendidas. Quizás la complejidad de ciertos sentimientos no sea un defecto de nuestra naturaleza humana, sino una característica propia de esta misma. Al enfrentarnos con emociones difíciles en nuestra vida, nos vemos obligados a reflexionar sobre nosotros mismos, nuestras experiencias pasadas y nuestra manera de relacionarnos con el mundo al que sobrevivimos día con día. § 6 ¿Es posible que los sentimientos modifiquen las memorias? Si adoptamos la tesis de Bergson, la memoria no opera como un archivo espacial donde se almacenan representaciones estáticas, sino como una durée (duración) donde el pasado se integra continuamente en la conciencia. Desde esta perspectiva, la evocación de un acontecimiento no constituye una reaparición literal del estado pretérito, sino una reconfiguración realizada desde la subjetividad actual, la cual ya ha sido modificada por la acumulación de nuevas vivencias (Bergson, 1896/2006, p. 88). En este sentido, la interpretación del recuerdo es intrínsecamente dinámica. La transformación del sentimiento asociado no implica una alteración de los hechos históricos, sino una evolución ontológica del sujeto. Un recuerdo antaño asociado a la felicidad puede adquirir un matiz melancólico no porque el pasado haya cambiado, sino porque la conciencia del individuo, al ganar espesor existencial, otorga un 55
nuevo sentido a su historia personal (Bergson, 1889/2013, p. 112). En última instancia, la mutación del significado afectivo es el testimonio empírico de que la persona no es un ente inmutable, sino un devenir que se resignifica a sí mismo en cada acto de rememoración. § 7 ¿Es posible comprender por completo aquello que sentimos? La respuesta a veces parece que es sencilla en un principio pero no es así; uno piensa que solo bastaría con identificar esa emoción, darle un nombre a esta y buscar la causa que la originó en un principio. Sin embargo, mientras más se intenta analizar ese sentimiento confuso, más evidente se vuelve que los sentimientos no siempre obedecen a una lógica que pueda explicarse con la facilidad que tienen otros. Comprender normalmente significa ordenar, clasificar y dar un sentido a algo. Sentir, en cambio, es experimentar una vivencia que muchas veces ocurre antes de cualquier explicación racional. En numerosas ocasiones, el cuerpo reconoce una emoción incluso antes de que la mente encuentre las palabras correctas para describirla. Existe una línea divisoria que hace distinguir entre aquello que se experimenta y aquello que puede expresarse con palabras claras, esa es la brecha que demuestra que sentir y comprender no son necesariamente el mismo proceso pero no por eso lo hace menos válido. Es precisamente en esa diferencia donde nacen muchas de las emociones más complejas que podemos experimentar como seres vivos. Podemos experimentar una profundidad nostálgica sin entender exactamente qué es aquello que extrañamos. Del mismo modo, es posible sentir miedo sin identificar cuál es el peligro a tu alrededor, o experimentar culpa sin conocer con claridad el motivo que la provoca con tanta intensidad. Estas experiencias revelan que la 56
emoción posee una naturaleza que no siempre puede reducirse a una explicación lógica. Quizás el error nace cuando empezamos a creer que toda emoción necesita ser comprendida para tener un sentido en nuestra vida. Desde pequeños aprendemos a buscar respuestas para todo aquello que nos ocurre, como si comprender fuera la única forma válida de convivir con nuestra propia experiencia. Sin embargo, existen sentimientos que parecen resistirse a cualquier intento de explicación. No porque carezcan de significado, sino porque su significado cambia junto con quien lo experimenta. ¿Qué ocurre cuando sentimos algo que todavía no somos capaces de comprender? Tal vez en ese primer momento no representa un fracaso del entendimiento, sino el inicio de un proceso de transformación y superación personal. Las emociones difíciles no solo nos hablan del presente que vivimos, también contienen fragmentos del pasado que aún sentimos, expectativas que tenemos por el futuro e incluso aspectos de nosotros mismos que aún desconocemos. Quizá algunas de nuestras emociones nunca lleguen a explicarse por completo, pero eso no significa que sean menos válidas. Al contrario, la complejidad de estas emociones nos hace recordar que la experiencia humana nunca puede reducirse únicamente a los sentidos que nosotros le damos a cada cosa a nuestro alrededor. Hay sentimientos que solo pueden vivirse antes de ser entendidos, y otros que, aun después de toda una vida de constante reflexión, continúan guardando una parte de ese misterio que lo hace especial. Cuando un sentimiento permanece sin comprenderse durante mucho tiempo, deja de ser únicamente una emoción pasajera para convertirse en parte de una experiencia de vida. Lo que en un principio parece una simple confusión puede terminar influyendo en nuestras 57
decisiones, en la forma en que nos relacionamos con los demás e incluso en la imagen que construimos de nosotros mismos. De esta manera, aquello que nunca fue comprendido no desaparece, al contrario, encuentra nuevas formas de manifestarse en nuestra vida. Muchas veces creemos que ignorar un sentimiento es suficiente para que deje de existir. Sin embargo, las emociones no desaparecen únicamente porque dejemos de nombrarlas o ponerles atención. Algunas permanecen en silencio durante años esperando volver a renacer dentro nuestro, escondiéndose entre los recuerdos, nuestros hábitos o reacciones involuntarias que parecen no tener explicación fija. Es posible que una emoción olvidada continúe influyendo en nuestra vida sin que siquiera seamos conscientes de ello. Entonces, ¿es posible comprender una emoción únicamente a través de la memoria? Cuando recordamos una experiencia, no solo evocamos los hechos, sino también la manera en que los interpretamos desde nuestro presente. Por ello, cada recuerdo modifica parcialmente el sentimiento original. No recordamos exactamente lo que sentimos, sino la forma en que hoy somos capaces de comprender aquello que alguna vez vivimos. Si los sentimientos cambian junto con quien los llega a experimentar, entonces comprender una emoción no consiste en descubrir una verdad absoluta sobre ella, sino en aceptar que su significado puede transformarse con el paso del tiempo. Quizás ninguna emoción permanece idéntica a sí misma, cambia porque nosotros también cambiamos. § 8 ¿Para qué sirven realmente los sentimientos? Si muchas veces generan confusión, sufrimiento o contradicción, ¿por qué forman parte de la experiencia humana? ¿Sería posible vivir una vida plenamente racional, libre de emociones que alteran 58
nuestros juicios? Respondiendo la pregunta viéndola de una forma superficial, podría parecer que los sentimientos solo complican nuestras decisiones como muchos suelen asumir o pensar en un inicio. Sin embargo, reducirlos a simples obstáculos en la vida sería ignorar el papel importante que desempeñan en la construcción de la identidad de cada ser. Los sentimientos no solo son una reacción frente al mundo, sino que también le otorgan significado a este mismo. Son ellos los que permiten que ciertos recuerdos permanezcan vivos a pesar de los años que transcurran, que determinadas personas ocupen un lugar especial en nuestra memoria y que nuestras experiencias de vida adquieran un valor significativo en ellas. En este sentido, incluso aquellos sentimientos que generan dolor cumplen una función. La tristeza puede revelar aquello que verdaderamente apreciamos, la culpa puede impulsarnos a reparar el daño causado, la incertidumbre puede abrir el camino hacia nuevas formas de comprendernos. Si eliminamos los sentimientos complejos, probablemente también desaparecería una parte esencial de aquello que nos hace humanos: la capacidad de transformar nuestras vivencias en aprendizaje para futuras generaciones y para nosotros mismos. § 9 Mi perspectiva Considero que el error más grande está en creer que comprender un sentimiento es necesariamente resolverlo sin profundizar más en el antes. Hay emociones cuya función no es desaparecer, sino transformar nuestra manera de ver las cosas. Algunas permanecen durante años porque continúan formando parte de quienes somos como humanos. Entonces, la compresión no representa el final de un proceso emocional, sino el inicio de la convivencia con aquello que sentimos sin verlo como algo malo, no todos los sentimientos son buenos pero tampoco deben ser ignorados. 59
§ 10 Finalmente A lo largo de este ensayo, se ha analizado la naturaleza de los sentimientos complejos, abordándolos no como anomalías, sino como dimensiones enigmáticas pero constitutivas de la existencia humana. Esta investigación no ha buscado soluciones concluyentes, sino abrir un espacio de reflexión sobre la interacción entre la historia personal, la memoria y el tiempo vivido en la conformación de la identidad. La fragmentación afectiva no debe entenderse como una patología de la razón, sino como una manifestación de la profundidad ontológica del sujeto. La convivencia con la contradicción emocional es, en efecto, el umbral hacia una autocomprensión más rigurosa. En este contexto, el contraste con el racionalismo clásico resulta esclarecedor: mientras Descartes (1649/1989) sostenía que las pasiones deben ser reguladas por la razón para preservar la claridad del juicio (p. 45), la experiencia de los sentimientos complejos demuestra que existen vivencias cuyo significado excede la aprehensión intelectual. La razón, por sí sola, resulta insuficiente para agotar la riqueza de la experiencia afectiva. La noción de durée de Bergson (1889/2013) permite comprender que el tiempo no es una mera sucesión de instantes, sino una continuidad donde el pasado —a través de la memoria— informa permanentemente al presente (p. 102). Por tanto, la metamorfosis de un sentimiento no responde al simple transcurso cronológico, sino a la transformación del sujeto que recuerda, quien integra nuevas vivencias en su conciencia. En última instancia, el valor de los sentimientos complejos reside en su función configuradora de la identidad. Lejos de ser obstáculos, son formas de conocimiento que revelan aspectos del ser que escapan a la categorización. La imposibilidad de una comprensión total 60
no constituye un fracaso del entendimiento, sino la confirmación de que la autoconciencia es un proceso abierto. En esta búsqueda, los sentimientos dejan de ser problemas por resolver para consolidarse como la expresión más profunda de la condición humana.
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Bibliografía
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Benjamín Navea Soza
§ ¿Cuál es el sentido de sentir? Antes de profundizar en nuestro análisis, es indispensable interrogar la propia semántica del término: ¿a qué nos referimos exactamente cuando hablamos de “sentido”? En su acepción más fundamental, el sentido implica la capacidad de conferir una explicación o la búsqueda activa de una trayectoria deliberada dirigida hacia un fin específico. Esta noción se erige como una herramienta interpretativa desde la cual es posible articular tanto el “cómo” como el “porqué” de cualquier fenómeno, ya sea que nos enfrentemos a la complejidad de un concepto abstracto o a la urgencia de una interrogante existencial. Para esta ocasión, nos proponemos una doble tarea: desentrañar la arquitectura de este concepto y responder a la interrogante que lo sostiene. Este esfuerzo analítico adquiere mayor profundidad al apoyarse en la definición de “sentir” expuesta con anterioridad. Al comprender que el sentir constituye nuestra apertura primordial hacia la experiencia, el sentido deja de ser una abstracción vacía para convertirse en la respuesta necesaria que el ser humano otorga a sus propias vivencias, unificando así la inmediatez de la emoción con el propósito que guía nuestra existencia. El “sentir” es una categoría de la experiencia humana que suele simplificarse bajo el peso de su definición semántica, reduciéndola a un mero significado literal. No obstante, al dirigir nuestra atención hacia el sentir emocional, nos adentramos en una dimensión mucho 63
más compleja y profunda. Cada emoción funciona como un mecanismo que altera tanto nuestra arquitectura mental como nuestra realidad física; las respuestas corporales —como los temblores involuntarios— no son meras reacciones reflejas, sino la manifestación de una parálisis mental en la que el pensamiento se bloquea, reflejando el miedo, la ira o la pena con una intensidad tal que el cerebro requiere un tiempo de procesamiento para asimilar el impacto. Más allá de lo observable, existe un sufrimiento interno que el espectador externo rara vez alcanza a dimensionar. Mientras el cuerpo exterioriza la angustia a través de espasmos, en nuestro interior se gesta un incendio de emociones múltiples. La sobrecarga cognitiva llega a un punto de saturación donde los pensamientos, lejos de aclarar la situación, carcomen la psique, generando opresión física y una desorientación profunda. En estos momentos, el individuo no habita el presente, sino que se encuentra extraviado en el vacío de una situación impactante. Esta crisis solo encuentra un cauce de salida cuando la contención se rompe y la mezcla emocional se transforma en llanto: el llanto no es más que la respuesta final ante la imposibilidad del cuerpo de soportar una carga emocional que lo excede. La lágrima se convierte así en el testimonio silencioso de un destrozo interior que se hace visible, un acto donde la persona se quiebra, abandonando lo que fue, sumida en una oscuridad que, si no encuentra vías para iluminarse, se vuelve un tormento persistente. Este fenómeno de la experiencia humana encuentra un sustento filosófico ineludible en las propuestas de Maurice Merleau-Ponty y Søren Kierkegaard. La Fenomenología de la percepción sostiene que el actuar no es una esfera aislada, sino que está íntimamente ligado al pensamiento y a la emoción; el sentir no es un mundo aparte del cuerpo, sino una experiencia encarnada. Como sostiene el autor, “yo soy mi cuerpo” (Merleau-Ponty, 1993, p. 116). Bajo esta premi-
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sa, nuestra existencia es una totalidad; por ende, cuando una parte de este “ser en el mundo” es afectada, la totalidad de nuestra carne se desmorona de manera solidaria. Para profundizar en la naturaleza de este sufrimiento, podemos acudir al concepto del “Caballero de la resignación infinita” de Søren Kierkegaard (1843/2013). Este individuo se desprende de toda afectividad terrenal, asumiendo un sufrimiento que, aunque eterno, no es necesariamente tortuoso, sino una forma de existencia donde la esperanza positiva se diluye. En el caso que nos ocupa, esta figura ilustra el estado del individuo que, ante un evento desestabilizador, deja de lado su sentimentalismo vital para sumirse en un padecimiento profundo, dejando apenas unos vislumbres de esperanza mientras experimenta la desolación de haber perdido el sentido de su realidad cotidiana. Si bien las expresiones del sentir emocional negativo suelen ser objeto de un análisis más frecuente debido a su carga disruptiva, su contraparte positiva es igualmente significativa en la configuración de la subjetividad. El enamoramiento, por ejemplo, representa una alteración del estado habitual donde acciones cotidianas adquieren una relevancia extraordinaria, desplazando el enfoque lógico hacia uno dominado por la afectividad. Estos estados se manifiestan a través de cambios fisiológicos y cognitivos. Fenómenos como la taquicardia —frecuentemente descrita mediante la metáfora de las “mariposas en el estómago”— o la distracción constante, evidencian un sistema nervioso en estado de alerta. La presencia persistente del otro en el subconsciente reorganiza las asociaciones cerebrales; cualquier rasgo, frase o referente externo actúa como un disparador que asocia la realidad inmediata con la imagen del objeto amado (Fisher, 2004). Este estado moviliza intenciones de afecto, como el deseo de realizar obsequios o dedica65
torias, intentando expresar una intensidad que a menudo rebasa los límites del lenguaje verbal. Desde una perspectiva neurobiológica, este sentir emocional posee un sustento químico preciso. La oxitocina, denominada frecuentemente la “hormona del amor”, regula el vínculo emocional y la respuesta al contacto físico, mientras que la dopamina orquesta los sistemas de recompensa y placer, generando el estado de euforia característico (Fisher et al., 2002). Al integrar esta base biológica con la vivencia afectiva, se comprende que el “amar” no es meramente una construcción abstracta, sino un proceso de complicidad profunda entre nuestra arquitectura orgánica y nuestra experiencia psíquica. Todo lo expuesto hasta aquí representa la dicotomía esencial de nuestra existencia: el tránsito pendular entre la luz de la plenitud y la penumbra del sufrimiento. Esta dualidad evidencia un cambio radical en cómo percibimos nuestra arquitectura emocional; la sentimentalidad no es un bloque monolítico, sino un espectro dinámico que oscila entre la claridad de la euforia y la abismal oscuridad del desamparo. En este espectro, una misma situación puede impactar en el individuo de formas insospechadas: a veces a través de una herida invisible que consume el interior, y otras, mediante una marca patente que, aunque visible, el entorno a menudo omite descifrar. Esta disparidad también se refleja en el modo en que analizamos nuestra realidad. Por un lado, recurrimos a un sustento teórico-filosófico que prioriza la interioridad y la vivencia singular de la persona como sujeto; por otro, nos apoyamos en un basamento científico que, mediante la neurobiología, ofrece una explicación precisa basada en los procesos hormonales que regulan nuestra conducta y la intensidad de nuestras manifestaciones afectivas. Ambos enfoques, lejos de ser excluyentes, son complementarios para comprender la totalidad del ser.
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Al integrar estas perspectivas, la conclusión se impone por su propia fuerza: el “sentido de sentir” no reside en una lógica clara o unívoca, sino precisamente en su amplitud incontenible. El sentir no admite una definición reduccionista, pues su esencia es la dispersión y la multiplicidad; lejos de ser una facultad que el individuo gobierna, es una fuerza que, en última instancia, lo domina. Se produce, entonces, una inversión de roles: el sentir toma posesión del individuo, subordinando el cuerpo a la dinámica del interior hasta que las emociones dejan de ser eventos externos para fundirse con la identidad misma del ser. En este acto de rendición, donde el individuo se hace uno con su mundo emocional, radica, a mi juicio, el sentido más auténtico de nuestra condición: sentir es, en esencia, dejarse habitar por la experiencia hasta que la frontera entre el sujeto y lo vivido desaparece.
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Bibliografía
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Bastián Sierra Basáez
§ 1 ¿Qué es el sentido de algo? Es fundamental no confundir el “sentido” en su acepción estrictamente semántica —el significado literal que suele asumirse como la única dimensión de la palabra— con el “sentido” comprendido desde una óptica existencial. Esta segunda perspectiva, de corte netamente psicológico y filosófico, se orienta a desentrañar el propósito profundo que subyace a nuestros sentimientos y acciones cotidianas. En esta misma línea, Frankl (1991) postula que la “voluntad de sentido” opera como nuestra motivación primaria frente a cualquier circunstancia. Su enfoque sostiene que, si el ser humano logra afianzar un “para qué” vital, adquiere la capacidad y la fortaleza para soportar prácticamente cualquier “cómo”. Desde otra arista, la configuración de aquello que percibimos como “sentido” se encuentra intrínsecamente condicionada por nuestro bagaje de vivencias y reflexiones previas. La gnoseología kantiana consolida esta postura al advertir que “lo que las cosas puedan ser en sí mismas nos es completamente desconocido. Sólo conocemos nuestro modo de percibirlas” (Kant, 1781/2005, p. 55). Este planteamiento ilustra que, aun cuando la realidad fenoménica opere como un escenario material compartido, la asimilación íntima de los hechos y el significado que estos nos transmiten son siempre relativos a la matriz experiencial de cada individuo.
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§ 2 ¿ Qué es sentir? El acto de sentir constituye una profunda apertura emocional hacia las vivencias cotidianas, una disposición que resulta cada vez menos frecuente. Es notorio el incremento de individuos en la sociedad contemporánea que intentan proyectar una imagen imperturbable y desprovista de afectos, ocultando su verdadera naturaleza tras una coraza defensiva. Desde la fenomenología de la percepción, se sostiene que este aislamiento subjetivo quiebra el vínculo carnal que nos une al mundo. Puesto que el cuerpo opera como nuestro vehículo primordial de existencia, la corporalidad misma exige “conectarse con un medio definido, fundirse en ciertos proyectos y comprometerse continuamente con ellos” (Merleau-Ponty, 1993). Es probable que dicha supresión emocional funcione como un mecanismo pragmático e inmediato para no alterar el vertiginoso ritmo de vida de la persona. No obstante, la acumulación incesante de afectos reprimidos tiene un límite ineludible. Esa carga contenida genera un efecto de bola de nieve que, eventualmente, estalla de forma abrupta, manifestándose a través de crisis emocionales agudas o, incluso, mediante somatizaciones que derivan en afecciones a nivel físico. Esta represión psicológica permea todo el tejido social, cimentada en la creencia generalizada de que mostrar vulnerabilidad equivale a quedar expuesto al perjuicio. Por consiguiente, resulta imperativo asumir que esta anulación sistemática del sentir desencadenará, tarde o temprano, un ineludible efecto rebote sobre el individuo que la pone en práctica. § 3 ¿Cómo se ve esto en nuestra vida cotidiana? Es muy probable que cada uno de nosotros cuente con un referente cercano, una figura de confianza a la cual acudir cuando surge una 70
encrucijada, una duda apremiante o cuando simplemente anhelamos una perspectiva externa que nos oriente. La mera presencia de un “otro” implica, de manera ineludible, la existencia de una realidad que trasciende los límites de nuestra propia conciencia; al hacerlo, este vínculo fractura el confinamiento de nuestra percepción individual, permitiéndonos expandir nuestra noción de cultura y conocimiento hacia nuevos horizontes. No obstante, la sociedad suele proyectar sobre estos individuos la expectativa irreal de que carecen de conflictos propios y poseen, por definición, una respuesta infalible ante cualquier adversidad. Cuando esta figura, por su condición humana, no logra ofrecer una solución clara o admite su desconocimiento, el entorno tiende a reaccionar con juicios lapidarios como el “¿pero cómo no sabes?”. Esta respuesta, cargada de exigencia, genera un daño profundo y silencioso en quien la recibe. Con el tiempo, este impacto se cristaliza en un temor abrumador a no ser suficiente, alimentando una inseguridad constante respecto a la propia capacidad para estar a la altura de las expectativas que el entorno deposita sobre uno. La presencia de los demás moldea, de manera inevitable, nuestra autopercepción. Al respecto, Fanon (1952/2009) describe la angustia de esta alienación al señalar: “Me horroriza que me despojen de mi cultura y que me devuelvan una imagen de mí mismo que no reconozco” (p. 111). Esta cita ilustra con nitidez el poder que ejerce la mirada ajena sobre nuestra identidad, distorsionando la visión que tenemos de nuestras propias virtudes y habilidades. En última instancia, esta presión social termina condicionando nuestra confianza personal, sembrando la duda recurrente sobre si realmente poseemos la capacidad necesaria para ser un sostén valioso para los demás o si, por el contrario, nuestra esencia está siendo irremediablemente suplantada por una imagen externa que no nos pertenece.
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§ 4 ¿Alguien puede sentir mejor que el resto? Desde una interpretación personal, es evidente que existen personas cuya sensibilidad y capacidad afectiva poseen una intensidad superior a la media; aunque, lejos de recibir un reconocimiento positivo, la sociedad suele etiquetarlas bajo el apelativo de “intensos”, término que raramente se emplea con una connotación favorable. A menudo, este perfil humano se interpreta superficialmente como una conducta simplemente expresiva o dotada de una personalidad marcada. Sin embargo, tras esta fachada subyace una vivencia del mundo profundamente introspectiva y una emocionalidad que se manifiesta a flor de piel. Con frecuencia, el entorno exige a estos individuos que mantengan la calma o moderen su presencia para no incomodar; no obstante, cabría cuestionarse si lo que realmente ocurre es que estas personas simplemente experimentan cada pensamiento, emoción o situación vital desde una dimensión mucho más potente y vívida que el resto. Lamentablemente, la historia de nuestras estructuras sociales ha estado marcada por la condena y el estigma hacia aquellos que se desvían de los cánones establecidos, castigando su manera distinta de percibir la realidad. En este sentido, es pertinente recordar la aguda observación de Foucault al señalar que “la locura no se puede encontrar en estado salvaje. La locura sólo existe en una sociedad que la aísla, la juzga y la condena para proteger su propia idea de normalidad” (Foucault, 1972, p. 11). § 5 ¿Hay personas que sienten en silencio? Existe un perfil de individuos que experimentan las vivencias con una intensidad equiparable a los perfiles más expresivos, aunque manifiestan su mundo interior de una manera significativamente distinta. Estos sujetos procesan la realidad “desde afuera”, lo cual 72
no debe confundirse con una falta de compromiso emocional o indiferencia ante lo que acontece. Al contrario, antes de intervenir en cualquier situación, estas personas optan por observar, analizar meticulosamente y comprender a fondo tanto el contexto externo como la propia emoción que experimentan. Solo después de haber agotado este proceso de reflexión interna, deciden exteriorizar sus sentimientos y tomar una determinación; su actuar es el resultado de un pensamiento consciente que busca garantizar una resolución más precisa. Por lo tanto, si te encuentras frente a alguien que parece mantenerse “callado y tranquilo” ante cualquier eventualidad, y que solo tras una pausa reflexiva expone su punto de vista, es un error catalogarlo como alguien “lento”. En realidad, te hallas ante un observador analítico, alguien que ha decidido someter sus emociones a un riguroso “filtro de razón” antes de otorgarles voz. § 6 ¿Entonces no sentir tiene algún sentido? Ante la interrogante sobre si sería posible o deseable una existencia desprovista de afectos, mi respuesta es un rotundo “no”. Al analizarlo desde mi propia visión de la vida, sostengo que si fuéramos despojados de la capacidad de sentir, perderíamos por completo nuestra condición esencial y el rasgo distintivo que nos separa del resto de la creación. Sin esta cualidad que nos hace vibrar y reaccionar, el ser humano quedaría reducido a una existencia puramente mecánica, perdiendo cualquier diferencia sustancial con un simple trozo de papel o cualquier otro elemento inerte de nuestro entorno. La capacidad de experimentar emociones no es un rasgo accesorio, sino el pilar que sostiene nuestra humanidad; es precisamente nuestra facultad de sentir lo que otorga significado a nuestro paso por el mundo,
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elevándonos por encima de la materia inanimada y dotándonos de una profundidad que nos permite, en última instancia, reconocernos como sujetos conscientes y singulares. § 7 ¿Dónde sentimos de forma más auténtica? Determinar el espacio vital donde nuestras emociones se manifiestan con mayor autenticidad constituye, en esencia, un ejercicio de introspección profunda. Si bien la respuesta varía según la subjetividad de cada individuo, existe una constante en la condición humana: nuestra afectividad alcanza su punto de máxima ebullición cuando nos sumergimos en aquellas actividades que amamos y que exigen nuestra entrega total. Es en ese territorio de pasión donde el “yo” se despoja de artificios y se muestra sin filtros, revelando su naturaleza más verídica. Desde una perspectiva personal, encuentro que mis emociones cobran una intensidad inusitada durante la práctica del voleibol. Esta disciplina no es simplemente un juego, sino un campo de batalla emocional donde cada punto se disputa con una entrega absoluta, como si se tratara del acto final de nuestra existencia. Esta intensidad competitiva precipita un conflicto interno fascinante: la necesidad imperativa de gestionar un equilibrio dinámico entre dos fuerzas opuestas. Por un lado, se requiere del estoicismo, una virtud que, en la filosofía antigua, se entendía como la capacidad de mantener el juicio sereno y el dominio sobre uno mismo ante los avatares externos; por otro, emerge la efervescencia propia del instante, esa excitación que busca desbordar cualquier contención. Este equilibrio entre la templanza racional y la pasión desbordada no es un rasgo casual, sino una exigencia del alto rendimiento deportivo. Tal como sugería Frankl (1991), el ser humano no debe aspirar a un estado de ausencia de tensiones, sino a la noodinámica, 74
una tensión existencial indispensable para el bienestar mental (p. 59). En el voleibol, esa “tensión bipolar” se vuelve tangible: un polo está representado por la necesidad de ejecutar la técnica con precisión —el sentido que debe cumplirse— y el otro, por el atleta que debe encontrar la calma necesaria para ejecutar dicho movimiento bajo la presión del entorno (Frankl, 1991, p. 59). La autenticidad, entonces, no reside solo en la excitación, sino en la capacidad de forjar una fortaleza interna capaz de elevarse por encima de las circunstancias adversas, encontrando un sentido profundo incluso en el fragor de la competencia (Frankl, 1991). § 8 ¿Entonces el sentir tiene un sentido? La pretensión de definir el “sentido” de las emociones bajo un único prisma lógico resulta insuficiente frente a la complejidad de la condición humana. Si bien es cierto que el sentir está intrínsecamente moldeado por la matriz biográfica de cada individuo —esa red de vivencias, aprendizajes y disposiciones personales que hace de cada emoción una experiencia irrepetible—, sería un error reducir la afectividad a un mero subjetivismo. Por el contrario, la multiplicidad de formas de sentir que observamos en la sociedad contemporánea no nos distancia de una verdad común, sino que confirma un rasgo compartido: nuestra naturaleza como seres constituidos por la tensión entre nuestro mundo interno y la interpelación del entorno. La filosofía nos enseña que esta tensión no es un obstáculo, sino la base de nuestra ética. Como sugiere Merleau-Ponty (1993), al poseer un cuerpo, nos vemos forzados a “conectarnos con un medio definido” y a comprometernos continuamente con proyectos que trascienden el aislamiento del individuo. Es precisamente en este compromiso donde el “sentir” deja de ser un evento caótico para convertirse en el vínculo carnal que nos une al mundo. Esta apertura no es una elección opcional; es la condición humana que nos 75
diferencia de la materia inerte y nos permite, como señalaba Frankl (1991), convertir el sufrimiento o la excitación en una “prestación” que otorga significado a nuestra existencia. Al integrar estas perspectivas, concluimos que la aparente falta de sentido lógico del sentir es, paradójicamente, lo que le confiere su mayor valor. La ética del individuo no surge de una armonía preestablecida, sino del esfuerzo constante por gestionar la “noodinámica”: ese campo de tensión donde, en medio del sinsentido aparente, el ser humano decide asumir su responsabilidad. Así, la máxima de que “la vida no tiene sentido, pero vale la pena vivirla, siempre que reconozcas que no tiene sentido” no es una claudicación, sino un acto de honestidad radical. En este reconocimiento hallamos un punto de convergencia universal: aunque las narrativas de nuestra experiencia sean divergentes, todos compartimos la necesidad de que nuestras emociones, lejos de ser simples reacciones biológicas, se conviertan en actos con los que nos hacemos cargo de nuestra propia historia. “La vida no tiene sentido, pero vale la pena vivir, siempre que reconozcas que no tiene sentido” (Camus, 1942/2012).
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Merleau-Ponty, M. (1993). Fenomenología de la percepción (J. Cabanes, Trad.). Planeta DeAgostini. (Obra original publicada en 1945).
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Alexandra Terán Saavedra
§ 1 ¿Cuál es el sentido de sentir? Para iniciar el análisis de este interrogante, es fundamental abordar el tema con un enfoque comprehensivo, examinando cada aspecto y situación que permita definir, tanto individual como conjuntamente, los conceptos de “sentido” y “sentir”. La relevancia de esta indagación radica en la multiplicidad de contextos en los que estos términos se manifiestan; aunque a menudo se perciben como nociones elementales, su impacto en la configuración de la experiencia humana es sustancialmente mayor de lo que, en una primera aproximación, podríamos suponer. La presente investigación se fundamenta en una pluralidad de perspectivas, trascendiendo una única área del conocimiento para integrar diversas visiones. En este sentido, es necesario establecer una distinción metodológica: mientras que la filosofía aborda esta problemática desde el significado de la existencia y el ser —indagando en la finalidad del individuo— (Frankl, 1991, p. 105), la psicología tradicional se centra en los procesos mentales, la conducta y las reacciones fisiológicas subyacentes (Fisher et al., 2002. p. 405). A fin de articular una respuesta que capture la complejidad de la vivencia, este estudio se inclinará predominantemente hacia una vertiente filosófica, la cual será complementada con los aportes de la psicología fenomenológica. Este enfoque nos permitirá comprender la experiencia no como una serie de datos aislados, sino como un mundo vivido, donde la percepción es la base misma de nuestra relación con la realidad (Merleau-Ponty, 1993, p. 12). 79
Consecuentemente, en el desarrollo de mi escritura me gustaría responder esta pregunta con otra, la cual sería: ¿Cuál sería el sentido de vivir dentro de una sociedad en la cual nadie puede sentir? Después de esta breve introducción, para iniciar con el arranque de mis ideas debemos empezar definiendo algunos de los significados que se le pueden aludir a qué es el sentido, qué es sentir, cuál de todos los tipos de sentidos quiero profundizar, ya que como anteriormente mencioné, voy a indagar en varias áreas de conocimiento para lograr quedarme con un significado en especial, y el cómo se pueden conectar el sentido y el sentir. § 2 ¿Qué es el sentido? Sentido físico A partir de mi comprensión, el sentido es, en una aproximación semántica, el fundamento que hay detrás de algo subyacente, sin importar si a lo que se apele es hacia un concepto físico o uno metafísico. En el contexto de un sentido físico se puede referir a varios tipos distintos, principalmente se vincula a la fisiología y a la orientación espacial, como por ejemplo, el sentido físico corporal, que integra a los cinco sentidos básicos del organismo, y el sistema somatosensorial, que en simples palabras, es una parte del sistema nervioso que se encarga de procesar información sobre el dolor, la temperatura y la propiocepción. Mientras que el sentido físico en la física es aquel que indica hacia dónde se dirige una magnitud vectorial, como por ejemplo, la velocidad, el desplazamiento, la fuerza y el campo eléctrico. Sentido metafísico Como podemos apreciar en el párrafo anterior, si el sentido físico explica el “hacia dónde” se dirigen los cuerpos, y el “qué está pa80
sando” en nuestro entorno, en el contexto metafísico, el sentido se traduce en el “para qué” de las cosas. Según una definición que le otorga la RAE al sentido, el sentido es una “razón de ser, finalidad o justificación de algo”, el cual podemos conectar con el concepto de teleología, una rama de la metafísica, planteada por Platón y desarrollada por Aristóteles (1994), la cual se centra en estudiar y analizar los fines, el propósito o la razón de ser de las cosas. Aristóteles planteó que la teleología se rige por cuatro causas que explican la razón y el fin de un fenómeno, las cuales son: la causa formal, la causa material, la causa eficiente y la causa final, siendo esta última la causa en la que me voy a basar para definir el sentido metafísico, ya que trata del propósito o cuál es el fin de la existencia, teniendo en común con la RAE, que el sentido es la razón de ser o la finalidad de algo. Así, el sentido se presenta como la búsqueda de un significado que trasciende de lo material y observable, profundizando en la explicación de lo intangible, el quiénes somos, el tiempo, el espacio y los principios que sostienen la realidad, mediante la unión de principios, conceptos y la razón de ser. §3 ¿Qué es sentir? Continuando con lo que es el sentir, según la RAE en una de sus definiciones, el sentir se define como: “Experimentar sensaciones producidas por causas externas o internas”, y voy a usar esta definición para desglosar mi conocimiento, ya que como bien dice, el sentir no solo se experimenta mediante un motivo, sino por dos, una causa que puede ser externa o interna, por lo cual me gustaría hacer una unión entre estas causas, siendo lo externo un sinónimo de lo físico, y lo interno un sinónimo de lo metafísico, pero, ¿a qué otros conceptos podemos enlazar esto? Mientras definía el concepto de teleología, mencioné que esta se rige por cuatro causas, y profundicé en la causa final, ya que esta me 81
ayudaba a relacionar y complementar el sentido metafísico del sentido, fundamentando con el concepto de teleología desarrollado por Aristóteles, pero ahora, para poder hacer una distinción más clara del tema que estoy abordando, sobre que las sensaciones pueden ser producidas por causas internas o externas, se me hace necesario definir qué es la causa eficiente, o también llamada la causa motriz, la cual es la causa que trata sobre lo que provoca o genera, es ese algo que genera el cambio o el movimiento, lo cual esto lo podemos vincular con el sentido físico del sentido, ya que busca el causante de la acción, por ejemplo, en algún ejercicio cualquiera física, para uno poder determinar el sentido de hacia dónde se dirige un auto, debemos conocer el sentido de su velocidad vectorial para saber hacia dónde va, y para poder calcular su desplazamiento mediante su velocidad multiplicada por el tiempo, pero trayendo ese ejemplo a la realidad, el auto se dirige en ese sentido debido a algo que lo provocó, como ir a algún lugar porque la persona necesitaba trasladarse hasta allí, siendo así el movimiento el sentido hacia donde se dirige el auto y su causante la persona quien maneja el auto. Considerando lo anterior, la diferencia entre el sentir externo y el sentir interno serían sus causas vinculadas, el sentir externo estando unido a lo físico mediante la causa eficiente o la causa motriz, y el sentir interno estando unido a lo metafísico mediante la causa final. Ahora me toca definir estos dos tipos de sentidos para poder pasar a la siguiente parte de mi texto, y voy a empezar primero con el sentido externo. § 4 Sentido externo El sentido externo, como dice su nombre, son aquellas sensaciones que percibimos que son generadas por nuestro entorno. Cuando desarrollé sobre el sentido físico, mencioné acerca del sistema somato82
sensorial, el cual lo describí como “una parte del sistema nervioso que se encarga de procesar información sobre el dolor, la temperatura y la propiocepción”, el cual ahora voy a retomar contrastando que, el sentido de este sistema se encuentra en su “nombre”, mientras que el sentir se encuentra en el tipo, por ejemplo, el sistema somato sensorial percibe algo, lo que percibe lo llamamos “dolor”, pero nosotros sentimos distintos tipos de dolor, por ejemplo, cuando nos golpeamos un brazo, nos duele el brazo; comemos algo cuya fecha de caducidad ya había pasado, nos duele el estómago, percibimos cambios en la temperatura al pasar de un lugar a otro, podemos sentir si esta sube o baja ya que nos va a dar frío o calor y así sucesivamente. Apreciando esto, podemos hacer la conexión entre el sentir externo con la causa motriz, retomando uno de los ejemplos que di, cuando nos empieza a doler un brazo, este dolor tiene un motivo detrás, ya sea como el golpe que mencioné, o incluso su motivo pueda ser una lesión en un ligamento o en un tendón. § 5 Sentido interno Así, podemos concluir que el sentir externo es “lo que sentimos a causa de nuestro entorno” o el “¿qué lo inició?”, mientras que el sentir interno es el “para qué” de nuestra razón de ser, un espacio donde nuestras emociones no solo las podemos entender como reacciones químicas que ocurren dentro de nosotros, sino como el resultado de lo que sentimos al buscar si tenemos o no un fin de existencia, y el cómo nos vamos a desarrollar dentro de ella. El sentir interno es todo lo anterior, fundamentado mediante la causa final de la teleología, el ser humano es su propio autor de vida, decide qué acciones realizar basándose en su razón de ser. Para tener una idea más resumida, el sentir exterior son las sensaciones y causas que provocan lo que percibimos mediante lo que 83
nos rodea, mientras que el sentir interno es el motivo de nuestra existencia y las emociones que nos genera esta misma. Si bien ahora no profundicé mucho en el sentir interior, no es porque vaya a dejar de lado esta idea, sino que esto fue a raíz de que la retomaré más adelante, ya que para responder la pregunta que dejé planteada al inicio de mi planteamiento, se me hace necesario responder argumentando con el fundamento que le daré al “sentir interno”, y toda idea relacionada a la causa final y al sentido metafísico. § 6 ¿Cómo podemos unir el sentido con el sentir? El sentido de sentir en lo físico, para mí es algo que lo puede explicar la biología, o más bien el sistema somatosensorial, y no la física, ya que nosotros biológicamente sentimos y procesamos la información mediante este sistema, entonces, el sentido de sentir biológico se encuentra en nuestra supervivencia, necesitamos sentir los sabores para saber si algo es comestible, necesitamos sentir la temperatura, por si en alguna situación llegáramos a meter la mano en agua hirviendo y poder quitarla antes de causarnos quemaduras graves, y sentimos dolor físico para poder identificar qué parte de nuestro cuerpo está funcionando mal o fue herida. ¿Qué pasaría si no tuviéramos un sistema que procese este tipo de información? Lo que pasaría si no tuviéramos un sistema somatosensorial, es que seríamos muy susceptibles a ser lastimados, ya sea si es mediante nuestro entorno o si es autoinfligido, ya que nosotros no podríamos ser capaces de darnos cuenta del nivel de daño que tendríamos si resultamos heridos, sin importar si es un golpe pequeño o si nos atropella un camión, dejándonos indefensos, provocando que este sea nuestro sentido de sentir biológico, es un mecanismo que nos puede salvar de morir. 84
El sentido de sentir en lo metafísico, tiene más motivos que la razón de ser, la causa final, o las emociones, el sentido de sentir es poder establecer una identidad como individuos, darle o no darle un sentido a nuestras vidas, el sentir está presente dentro del tiempo en nuestros recuerdos. Físicamente, el sentido de sentir es sobrevivir, pero esta idea queda muy “simple” al compararla con la metafísica. Todas las personas podemos reaccionar a estímulos, ya que a pesar de que una persona no sienta dolor físico, esta sí se ve dañada con una quemadura, sí se va a reflejar en la piel, ya que pueden aparecer ampollas o se puede perder piel, por lo cual en ese sentido, todos somos iguales, a diferencia del sentido de sentir metafísico, ya que cada uno construye su propia identidad, el sentir une mediante nuestros recuerdos lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos, ya que los recuerdos son parte de lo que nos construye como persona. Cada uno siente emociones de manera distinta, cada uno puede interpretar las cosas de manera diferente, tenemos la libertad de darle un sentido a nuestra existencia, nacemos sin ser conscientes de lo que nos rodea, pero a medida de que crecemos nos vamos construyendo como personas mediante lo que sentimos, tomando decisiones que son las que a futuro le van a dar ese sentido o sinsentido a nuestra vida; no somos como un objeto, que ya tiene un uso predeterminado, sino que tenemos la libertad de tomar nuestras propias acciones, siempre y cuando no intercedamos en la libertad del otro individuo. Resumidamente, el sentido de sentir es definir quiénes somos y para qué existimos. § 7 ¿Cuál sería el sentido de vivir dentro de una sociedad en la cual nadie pueda sentir? Lo que yo opino sobre el sentido de vivir dentro de una sociedad en la cual nadie pueda sentir es que todos seríamos iguales, nadie sería 85
diferente al otro, si bien no todos nos veríamos de la misma manera físicamente, todos seríamos como robots. Para aclarar esto, quiero ejemplificar con la idea de un mundo donde no exista la cultura: todas las personas hablaríamos el mismo idioma, careceríamos del uso profundo del lenguaje, las artes, las ciencias y la estructura social. Todo el mundo sería igual; un mundo monótono. ¿Cuál sería el sentido de viajar si no hay nada nuevo que ver? ¿Para qué existen los países si no hay ninguna cultura que contenga historia detrás de ellos? Seríamos incapaces de crear sociedades distintas, ya que no existiría un sentido de pertenencia. Tampoco podríamos crear y transmitir conocimiento si ya todos sabemos lo mismo, lo cual provocaría que la humanidad se quede en su sentido más biológico posible, llegando incluso a ser comparables con los animales salvajes, que solo actúan por supervivencia y no por raciocinio. Entonces, si las acciones que realizamos ya están “finalizadas”, y no podemos descubrir nada nuevo o establecer qué es lo que nos hace diferente del otro, no estaríamos viviendo: solo estaríamos existiendo, pero ¿cuál es la diferencia entre vivir y existir? Existir lo podemos asociar a la biología, al simple hecho de sobrevivir cada día, con tan solo encontrarnos presentes aquí, respirar, comer y reaccionar a lo que nos rodea, ya estamos existiendo. Vivir, en cambio, es algo muy distinto, que si bien para vivir primero necesitamos existir, vivir significa encontrar la felicidad, gozar los momentos que se nos presentan, ya sean mínimos o grandes, vencer la monotonía y salir adelante, y lo más importante para mí, vivir es sentir emociones que nos ayudarán a encontrar nuestra propia identidad como individuos. 86
Ahora ¿cómo se relaciona esto con el sentido de vivir dentro de una sociedad en la cual nadie pueda sentir? En el mundo sin cultura que imaginamos, la falta de conocimiento y diversidad, elimina la identidad de los países, convirtiendo al planeta en un mundo monótono. De la misma manera, en una sociedad en la que nadie pueda sentir emociones, se anula la identidad de las personas, haciendo de todas las personas unos “robots” iguales como mencioné anteriormente. En un escenario así, el concepto de sociedad ya no existiría, ya que al no sentir nada por el otro, solo seríamos un conjunto de personas que comparten un lugar de existencia. Los sentimientos son los que forman nuestras experiencias, sumando los recuerdos de todas las experiencias que tuvimos y que estamos por vivir, logramos crear nuestra identidad, definir lo que nos gusta y lo que no. Sin las emociones no podríamos perseguir algo que nos apasionara, crear lazos profundos que nos unan con otras personas o incluso la voluntad que tenemos para rebelarnos en contra de la rutina de nuestras vidas y no caer en la monotonía. La cultura y la capacidad de sentir son las que rompen la uniformidad del mundo y del universo. Gracias a ellas, dejamos de ser individuos que solo existen en un lugar, y nos convertimos en humanos que viven la vida. § 8 Entonces… ¿cuál es el sentido de sentir? Posterior a este recorrido, la respuesta se desentraña no como un dato científico, sino como la verdad más profunda de nuestra realidad. Sentir es la relación inquebrantable que transforma nuestra existencia en vida. Es lo que evita que seamos seres monótonos en una sociedad a la cual podemos llamar robótica, y lo que nos otorga la 87
rebeldía necesaria para encontrar la felicidad, crear lazos con otros seres vivos y crear nuestra memoria mediante experiencias que tengan un significado. Sin la capacidad de sentir, la humanidad se reduciría a solo su existencia biológica, todos careceríamos de un propósito. Por lo tanto, el sentido de sentir es lo que nos convierte en humanos y nos otorga, en lo más profundo de todo, nuestra razón de ser.
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Martina Vargas Plaza
§ 1 ¿Cuál es el sentido de sentir? Pocas veces nos ponemos a pensar cuál es el sentido de sentir, mayormente solemos pensar en el sentido de nuestra vida, en el sentido de nuestras acciones y decisiones, pero rara vez reflexionamos sobre el sentido o más bien propósito que tienen nuestras emociones. Para Aristóteles (1985), las afecciones (pathe) no son ni facultades ni disposiciones, sino elementos que, mediante el ejercicio de la razón, permiten la adquisición de la virtud y, por consiguiente, la realización de la excelencia humana (p. 145). “Todo arte y toda investigación, y del mismo modo toda acción y elección, parecen tender a algún bien; por eso se ha dicho con razón que el bien es aquello a lo que todas las cosas tienden” (Aristóteles, 1985, p. 123). La cita refleja la articulación de la esencia del telos proponiendo que la actividad humana no es un proceso errático, sino un despliegue teleológicamente orientado. Bajo este esquema, las emociones dejan de ser interpretadas como meras turbulencias psíquicas o reacciones volátiles. Por el contrario, si toda acción, elección e investigación apunta hacia un bien —que Aristóteles define como el fin último al que todo tiende (Aristóteles, 1985, p. 123)—, resulta imperativo comprender el sentir como una manifestación constitutiva de dicho propósito. En consecuencia, el sentir se comprende como una disposición necesaria para el despliegue de nuestra existencia (o desarrollo). Si,
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como sostiene el filósofo, el bien es aquello a lo que todas las cosas tienden, nuestras emociones funcionan como instrumentos de nuestra racionalidad práctica, permitiéndonos identificar y alcanzar el propósito vital que define nuestra condición humana. § 2 ¿Qué entendemos por “sentido”? El concepto de sentido puede entenderse de muchas maneras, y su interpretación varía según el contexto en el que se utilice. Por lo general, alude al significado o propósito intrínseco de alguna situación o acción; por ejemplo, cuando nos preguntamos sobre el sentido de la vida, la búsqueda se orienta hacia la comprensión de su significado fundamental. Del mismo modo, suele vincularse con la articulación de propósitos personales o con la construcción de explicaciones sustentadas en la lógica. Una vez establecida esta noción de sentido como la búsqueda de un significado o propósito, ahora nos podemos preguntar: ¿Qué significa sentir? Responder a esta cuestión constituye por tanto, el paso analítico necesario para responder a nuestra pregunta base. § 3 ¿Qué entendemos por “sentir”? Este concepto al igual que el otro, posee una naturaleza que puede abarcar distintas formas, ya que puede referirse tanto a las dimensiones fisiológicas como a las afectivas/emocionales. Desde el plano fisiológico, el sentir se manifiesta por medio de los cinco sentidos clásicos: tacto, olfato, oído, gusto y vista. No obstante, aunque estas facultades operen primordialmente como mecanismos de recepción de estímulos externos, su impacto en la configuración emocional del sujeto es innegable. Por ejemplo: un niño se cae estando en una bicicleta y se raspa la rodilla. Lo más probable es que demuestra a través del llanto lo que siente al tener dicho accidente,
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esto debido al sistema nervioso que está conectado al cerebro. Al procesar la información, el cerebro no se limita a registrar el daño, más bien responde integrando la experiencia física con una respuesta emocional, que exterioriza el malestar derivado del accidente. Así, lo que comienza como un estímulo fisiológico se transforma, inevitablemente, en una vivencia emocional. Como bien apunta Merleau-Ponty (1945/1993), “el cuerpo no es un objeto en el mundo, sino nuestro medio de comunicación con él” (p. 165). Bajo esta premisa, podemos comprender que toda sensación física se halla intrínsecamente entrelazada con una vivencia emocional, constituyendo el puente fundamental que nos vincula con el entorno. Esta dinámica se manifiesta de manera diáfana al observar la reacción de una niña pequeña ante un alimento que le resulta desagradable. El rechazo no es simplemente un evento conductual o una respuesta caprichosa; es una manifestación afectiva que tiene su origen directo en la percepción sensorial del gusto. En este caso, el sentido del gusto actúa como el primer filtro de nuestra relación con el mundo: la niña procesa el estímulo físico del alimento y, de forma inmediata, lo traduce en una respuesta emocional expresada a través del berrinche. Este ejemplo ilustra que la percepción del sabor —y lo psicológico—, el rechazo emocional es artificial, pues ambas esferas se integran en una única respuesta corporal hacia el entorno. El sentir, por tanto, articula la sensación física y la vivencia subjetiva en un mismo acto. En cuanto a lo emocional, el sentir tiene muchas variables que podemos interpretar con la metáfora de muchos cables, a veces, estos se enredan unos con otros haciendo que tengamos dificultad para poder entender lo que sentimos, y estos cables son lo que vamos a llamar:
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§ 4 “Emociones” Las emociones constituyen una dimensión fundamental para la configuración del pensamiento subjetivo. Lejos de ser estados pasivos, actúan como filtros evaluativos mediante los cuales interpretamos la realidad y consolidamos nuestra identidad. Como sostiene Martha Nussbaum (2001/2008), las emociones no son meros impulsos irracionales sino que “las emociones son juicios de valor sobre las cosas que consideramos importantes para nuestro bienestar” (p. 45). Esta capacidad evaluativa se manifiesta de forma patente en nuestra respuesta corporal y conductual ante diversos contextos sociales. Nuestra afectividad sintoniza con las demandas del entorno, revelando cómo el sujeto procesa y otorga significado a su experiencia: en un funeral, por ejemplo, la percepción de la pérdida y la gravedad del evento orientan nuestro juicio valorativo hacia la tristeza y la seriedad, manifestándose en un lenguaje corporal compungido. Por el contrario, en un entorno celebrativo como un cumpleaños, la atmósfera social promueve una respuesta de alegría y entusiasmo. En ambos casos, nuestra reacción no es un automatismo, sino una expresión de cómo interpretamos la situación, demostrando que nuestra capacidad de sentir es el eje sobre el cual construimos un pensamiento propio y una postura ante el mundo. § 5 “La inevitabilidad de sentir” Las emociones son algo que siempre están con nosotros, no importa lo que pase. Sentir es algo que no podemos controlar, porque aparece de manera automática. Nadie puede decidir “no sentir”, porque las emociones simplemente nacen solas y nos acompañan toda la vida. Eso es lo que nos hace humanos. Por ejemplo, la “alegría”: nos damos cuenta de que estamos felices cuando sentimos un alivio en el pecho, cuando nos reímos tanto
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que hasta lloramos, y pensamos “wow, lo estoy pasando muy bien con ellos”. Esa emoción nos recuerda que no todo es gris, que existen momentos en los que realmente disfrutamos y nos sentimos cómodos con ciertas personas, creando vínculos especiales. Una dinámica similar acontece con el fenómeno del amor. Este sentimiento surge, a menudo, de forma espontánea, estableciendo una conexión profunda que, con frecuencia, desafía la justificación lógica. Resulta complejo desentrañar el origen de tal atracción; ante la interrogante sobre los motivos de nuestro afecto, la razón suele hallar respuestas insuficientes. El amor, por tanto, emerge como un evento primario que se articula y fortalece mediante la interacción mutua y la praxis del otro. No obstante, el amor encierra una ambivalencia inherente, actuando como un arma de doble filo: si bien constituye una fuente de plenitud existencial para muchos, puede devenir, simultáneamente, en una experiencia de profunda vulnerabilidad. Nuestra estabilidad emocional se ve supeditada, en gran medida, a la contingencia del comportamiento de la persona amada, lo que transforma la vivencia del amor en un constante ejercicio de equilibrio entre la dicha y el padecimiento. En el fondo, sentir es algo inevitable. No podemos apagar nuestras emociones, pero sí podemos aprender de ellas y reconocer que forman parte de lo que somos. § 6 “¿Podemos hacer que lo que sentimos no sea propiamente nuestro?” Esta problemática se vincula estrechamente con el fenómeno de la dependencia emocional, entendida como una estructura cognitiva y afectiva que subordina el bienestar personal a factores externos, ya sean actividades, objetos o individuos específicos. Este fenómeno
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posee una conexión intrínseca con la facultad de “sentir”, puesto que, ante la incapacidad del sujeto para alcanzar una autarquía afectiva —es decir, la capacidad de hallar conformidad consigo mismo—, este busca en el exterior la estabilidad emocional que no logra gestar internamente. Erich Fromm (1956/2000) ilustra con precisión esta distinción entre la necesidad carencial y el afecto genuino al contrastar la naturaleza de ambos estados: El amor inmaduro dice: “Te amo porque te necesito”. El amor maduro dice: “Te necesito porque te amo” (p. 23). Bajo esta premisa, la madurez afectiva radica en una unión que, lejos de anular al sujeto, preserva su individualidad. Amar no implica un vínculo de dependencia, sino un ejercicio de libertad donde el encuentro con el otro se constituye como un acto de compartir, no de suplantar carencias. En consecuencia, cuando nuestra estabilidad emocional queda supeditada a agentes externos, nuestra facultad de sentir pierde su autenticidad; deja de ser una experiencia soberana para transmutarse en un mecanismo de dependencia que limita nuestra libertad existencial. Esto significa que el verdadero sentido de amar no está en perderse en el otro, sino en reconocer que nuestras emociones son parte de nuestra identidad y de nuestra manera de estar en el mundo. La dependencia emocional, en cambio, nos roba esa autonomía: hace que lo que sentimos deje de ser genuino y se convierta en una reacción condicionada por las acciones o la aprobación de otra persona. § 7 “Entonces… ¿cuál es el sentido de sentir?” Tras examinar los conceptos precedentes, podemos concluir que el sentido de “sentir” reside en la capacidad de las emociones para do-
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tar de significación a los acontecimientos y a nuestras propias acciones. Estos elementos no actúan de manera neutra; por el contrario, configuran nuestra realidad afectiva al incidir profundamente en la subjetividad del individuo. En última instancia, nuestra respuesta emocional no depende solo del evento en sí, sino de la forma en que este se manifiesta, se experimenta y es interpretado. Así, el “sentir” se erige como el mecanismo mediante el cual el sujeto no solo reacciona ante lo externo, sino que asimila, procesa y otorga un valor personal a su experiencia vital. § 8 “Los acontecimientos” Nuestra expresividad suele operar como un espejo de los acontecimientos que configuran nuestro entorno social. Esta correspondencia queda patente al contrastar contextos radicalmente distintos: en un funeral, por ejemplo, la naturaleza luctuosa de la situación impone un tono de sobriedad y melancolía que impregna la conducta de los asistentes; por el contrario, en la celebración de un cumpleaños, el carácter festivo del evento propicia una disposición colectiva hacia la alegría y el júbilo. Estas variaciones demuestran cómo la estructura situacional guía nuestra respuesta afectiva y determina nuestra manifestación externa. § 9 “Las acciones” En última instancia, las acciones humanas actúan como vectores que impactan de manera positiva o negativa en la subjetividad de quienes nos rodean. Una misma situación puede ser interpretada drásticamente según nuestra respuesta: reírse de la caída de un tercero, aunque sea una reacción irreflexiva, suele ser percibida como una burla, lesionando la sensibilidad ajena e ignorando la vulnerabilidad del otro; en contraste, optar por brindar asistencia transforma la dinámica en un acto de buena voluntad. Así, la cali-
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dad de nuestras acciones —definida por la intención de colaborar o dañar— no solo moldea la experiencia de los demás, sino que constituye el eje de nuestra responsabilidad ética, confirmando que nuestro “sentir” y nuestro actuar son, en definitiva, la medida de nuestro compromiso con el otro.
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Reflexiones finales
Llegar al final de estas páginas supone un acto de profunda humildad intelectual y personal. Al proponer la interrogante sobre el sentido de sentir, mi intención inicial desde este rol de profesor era abrir un espacio de diálogo fenomenológico, una pausa en medio de la vida académica para mirar hacia nuestra propia interioridad. Lo que he encontrado, al leer a Ignacia, Alonso, Leandro, Rayen, Benjamín, Bastián, Alexandra y Martina, desborda cualquier expectativa teórica. Ustedes han hablado más allá de lo tradicional para mostrarnos que la filosofía nace como una experiencia encarnada, previa a cualquier sistema de conceptos. A lo largo de sus reflexiones, ha quedado de manifiesto que el sentir trasciende la mera reacción biológica orientada a la supervivencia. Como bien han articulado, el cuerpo es nuestro anclaje primario con el mundo, el espacio exacto donde la facticidad física y la significación metafísica colisionan. El dolor, el miedo, el amor y la nostalgia superan la mecánica de la preservación biológica; se erigen como los cimientos sobre los cuales construimos nuestra identidad narrativa y ejercemos nuestra libertad. Aceptamos que llegamos a este mundo condicionados por factores ajenos a nuestra voluntad, aunque en la intimidad de nuestra conciencia conservamos el poder de decidir qué hacer con ese torrente afectivo. Me detengo en la lucidez con la que han abordado la complejidad y la ambivalencia de nuestras emociones. Resulta revelador leer cómo asumen la opacidad de los afectos, reconociendo que múltiples sentimientos maduran y se reconfiguran con el transcurso del tiempo, 101
al compás de la expansión de nuestra propia conciencia. Esta resistencia a la categorización inmediata representa un acto de valentía frente a una sociedad que exige eficiencia emocional y respuestas prefabricadas. Nos han recordado el peligro de suprimir lo que sentimos; intentar encajar en la cultura del rendimiento mediante la anulación de la vulnerabilidad desemboca invariablemente en la alienación de nuestra humanidad. Resulta igualmente conmovedor el reconocimiento del prójimo a lo largo de estos ensayos. El sentir rechaza el aislamiento, reafirmando nuestra condición de seres constitutivamente relacionales. El encuentro con nuestros pares actúa como un espejo capaz de revelarnos, desafiarnos y transformarnos. Han comprendido el riesgo ineludible de amar o vincularse profundamente; esta exposición a la vulnerabilidad constituye la condición de posibilidad primordial para alcanzar una vida auténtica. En un mundo inclinado hacia la uniformidad robótica, su defensa de la afectividad como puente hacia los demás resuena con una urgencia vital innegable. Como docente, confieso que estas lecturas han movido varias de mis certezas —y vaya que tengo pocas—. Me han enseñado que el acto de educar, particularmente en el horizonte de los 50 años de trayectoria de nuestra institución, requiere inexcusablemente de esta dimensión afectiva. Formar personas exige acompañar a sujetos sintientes en su proceso incesante de encontrar un propósito vital frente a la incertidumbre. Cerramos este escrito asumiendo que la interrogante original carece de respuestas unívocas. El sentido de sentir se descubre y se construye perpetuamente en la fricción cotidiana con la realidad, en el abismo de nuestras pérdidas, en la euforia de nuestras pasiones y en la quietud de la introspección. Agradezco a cada estudiante por prestar su voz, sus temores y su historia. Han demostrado la exis-
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tencia de una juventud dotada de una profundidad analítica capaz de interpelar las bases estructurales de nuestra existencia. Ustedes, a través del reconocimiento de su propio sentir, ya han comenzado a transformar este mundo. Vicente Bernal Guajardo
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¿Por qué nos duele tanto la incertidumbre y qué nos queda cuando el mundo nos exige ser máquinas de producir? Nacido de la pausa y de la urgencia compartida en las aulas del Liceo Santa Teresa de los Andes, este libro no busca abrazar la pregunta más íntima y desatendida de nuestra existencia: ¿Cuál es el sentido de sentir? Frente a una sociedad que anestesia la vulnerabilidad y mide el valor humano según la eficiencia, un grupo de jóvenes estudiantes, decide alzar la voz para rescatar aquello que nos hace irrepetibles. A través de una mirada que cruza la filosofía, la memoria y los afectos más complejos, estas páginas nos recuerdan que no basta con existir biológicamente; necesitamos detenernos a desentrañar el temblor de nuestras emociones. Una obra profundamente humana sobre el coraje de habitar nuestras dudas, la necesidad de encontrarnos en el otro y la certeza de que sentir —con todo el dolor y la belleza que eso implica— es el único acto de verdadera libertad que nos pertenece.