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Concurso Escolar de Cuentos 2025

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CONCURSO ESCOLAR DE CUENTOS

Valparaíso imaginado: Voces para un futuro

Valparaíso imaginado:

Voces para un futuro

© Varios autores

Primera edición, abril 2026

ISBN eBook: 978-956-17-1233-1

Derechos Reservados

Pontificia Universidad Católica de Valparaíso Av. Errázuriz 2930, Valparaíso info@edicionespucv.cl www.edicionespucv.cl

Dirección Editorial: David Letelier

Diseño: Alejandra Larraín

Obra licenciada bajo Creative Commons

Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/legalcode.es

CONCURSO ESCOLAR DE CUENTOS

Valparaíso imaginado: Voces para un futuro

Índice

Prólogo

MARTÍN OLIVARES / Entre escaleras y mareas. Trilogía de historias y memorias de Valparaíso 09 17 23 33 43 49 57 61 65 69

ANÍBAL ESCOBAR / La Escalera que susurraba

LUCAS VENTURELLI / La noche de Neruda

IVÁN BEJARANO / Valparaíso, ¡Este juego lo ganas tú!

MARÍA JESUS ESPINOZA / Manos pequeñas

MAITE ESPINOZA / Dónde el arte une caminos

PAZ GALLARDO / La esencia de la joya

ESSAY LÓPEZ / Historia de Alejandro y Allison

CRISTINA MONTERO / Tesoro de la felicidad

ELIESKER PEÑA / La llegada a Valparaíso

KATHALINA CONCHA / Andrea y las voces del futuro 75 79 83 89 91 Premios Terceros Medios 101 107 117 123 129

TABATHA PIZARRO / El secreto de los cerros de Valparaíso

MAXIMILIANO VARGAS / El ascensor prohibido

CRISTIAN VERGARA / Valparaíso, la ciudad que nunca duerme

ANASTACIA ZÚÑIGA / Los colores de Valparaíso

ANTONELLA DÍAZ / El corazón de los cerros

MARTINA GUERRA / La niña que sembraba estrellas

ANNETTE LÓPEZ / Alas de Valparaíso

JOSEFA RODRÍGUEZ / El puerto que volvió a latir

133 141 145 153 161 169 175 179 183 187

LEONARDO CONTRERAS / El pasajero del cerro

VALENTINA CONTRERAS / Nosotras seremos Valparaíso

MAGDALENA RAMÍREZ / El color del tiempo

MELINA RIVERO / El corazón azul del Puerto

JEAN-FRANCO TOGNIA / El retorno

CONSTANZA UGARTE / El despertar de Valparaíso

MÁXIMO VENEGAS / Entre ruinas y memorias

TRINIDAD VICTORIANO / Entre escaleras y cenizas

FRANCISCA ZAMORA / La luna y el sol

JORGE ZBINDEN / Estrella oscura

Prólogo

El libro que el lector tiene entre sus manos no es solo una recopilación de cuentos escolares. Es, ante todo, una invitación a escuchar. A escuchar las voces tempranas de niñas, niños y jóvenes que, desde distintos espacios de nuestro sistema escolar, han imaginado Valparaíso como una ciudad viva, llena de memoria, de futuro y de posibilidades. En estas páginas —como se advierte desde su propio título— se entrelazan relatos que nacen de la observación, de la experiencia y, sobre todo, de la imaginación creadora.

Cada uno de estos textos es una expresión auténtica del talento que habita en nuestras aulas. Talento que se manifiesta en la capacidad de narrar, de soñar, de construir mundos

posibles. Aquí encontramos historias donde Valparaíso habla, recuerda, resiste, se reinventa; donde el mar susurra, las escaleras guardan secretos, los cerros contienen memorias, y el futuro se proyecta desde la sensibilidad de quienes comienzan a mirar el mundo con esperanza. Son relatos que nos muestran que la creación literaria es un ejercicio estético y una forma profunda de comprensión de la realidad.

Para la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, este libro representa una convicción que ha guiado su quehacer a lo largo de su historia: el compromiso permanente con el mejoramiento del sistema escolar chileno. Creemos firmemente que la educación no se limita a la transmisión de contenidos, sino que implica también el cultivo de la creatividad, del pensamiento y de la sensibilidad humana.

Nos importa, de manera especial, identificar y acompañar tempranamente esos talentos que muchas veces permanecen invisibles. Talentos que no responden a una única forma de inteligencia, sino que se expresan en múltiples dimensiones: en la palabra, en la imaginación, en la capacidad de construir relatos que interpretan el mundo y proyectan futuros posibles. En este caso, la creación literaria se convierte en un vehículo privilegiado para que niños y jóvenes exploren su interioridad, dialoguen con su entorno y se reconozcan como sujetos capaces de crear cultura.

Este libro es también un testimonio de esperanza. En tiempos donde con frecuencia se habla de crisis educativas, de

brechas y dificultades, estas páginas nos recuerdan que existe una reserva profunda de creatividad en nuestras escuelas. Que hay estudiantes que miran su ciudad con ojos nuevos, que se preguntan por su destino, que sueñan con transformarla y que, a través de la escritura, comienzan hacerlo. Valparaíso, en estos relatos, no es solo un escenario: es un símbolo de lo que puede ser Chile cuando sus jóvenes son acompañados.

La Pontificia Universidad Católica de Valparaíso desea, asimismo, expresar un sincero reconocimiento y agradecimiento a los profesores y equipos directivos de los establecimientos educacionales que difundieron esta convocatoria y alentaron la participación de sus estudiantes. Su compromiso y confianza en las capacidades de niños y jóvenes ha sido fundamental para que este proyecto cobre vida. En cada cuento está presente la vocación pedagógica de quienes creen que educar es abrir caminos, descubrir talentos y acompañar procesos de crecimiento humano.

Como Universidad, asumimos el deber de seguir generando puentes entre la educación escolar y la educación superior, entre el descubrimiento temprano del talento y su desarrollo pleno. Este libro es uno de esos puentes. Un espacio donde la imaginación de los más jóvenes se encuentra con una comunidad que valora, reconoce y proyecta su capacidad creadora.

Invitamos al lector a recorrer estas páginas con atención y

apertura. A dejarse sorprender por la profundidad de estas voces, por su belleza y su autenticidad. Porque en ellas no solo habita el Valparaíso imaginado, sino también el país que estamos llamados a construir.

Nelson Vásquez Lara

Rector PUCV

Premios

Séptimos y Octavos

Primer lugar

Aníbal Escobar

Séptimo Básico

Colegio

Guardamarina Riquelme

Primer lugar

ANÍBAL ESCOBAR

Séptimo Básico

Colegio

Guardamarina Riquelme

La escalera que susurraba

El viento salino de Valparaíso tenía un sonido propio. No era un rugido, sino un susurro constante que lamía los cerros, subía los escalones infinitos y se colaba por las rendijas de las casas de colores. Para Elías, el anciano relojero del Cerro Alegre, ese viento era su único compañero fiel desde que su esposa, Celeste, se había ido con la marea hacía ya veinte años.

Elías vivía en una casa pequeña, pintada de un verde botella descolorido y con un balcón que se asomaba al caos ordenado del puerto. Su tienda, más bien un taller desvencijado, estaba repleta de péndulos detenidos, engranajes diminutos y el tic-tac fantasma de miles de minutos perdidos.

Pero el verdadero corazón de su vida no era el taller, sino la Escalera de los Milagros, como él la llamaba. Era una escala estrecha y empinada, de madera astillada y metal oxidado, que conectaba el Cerro Alegre con el Concepción. Cada peldaño estaba desgastado, y la baranda de fierro forjado se sentía fría y rugosa al tacto.

La Escalera de los Milagros tenía una peculiaridad: susurraba. No lo hacía con palabras, sino con sentimientos. Cuando la subía una pareja de enamorados, se oía el crujido suave y rítmico de un vals. Si un niño la bajaba corriendo, el sonido era el de una carcajada cristalina.

Elías se dedicaba, sin que nadie lo supiera, a la tarea más noble de Valparaíso: aceitar la Escalera de los Milagros. Cada mañana, antes del amanecer, subía y bajaba con una aceitera oxidada, aplicando unas gotas de aceite de linaza en las uniones y las bisagras. No lo hacía para que dejara de sonar, sino para que susurrara bien.

Una mañana de neblina espesa (la bruma porteña, le decían), Elías estaba a mitad de su ritual cuando sintió un sonido nuevo. No era un vals ni una risa, sino una melodía olvidada, una canción de cuna que solo él y Celeste conocían.

El sonido venía de la base de la escalera, del pie del cerro.

Bajó tan rápido como sus viejas rodillas se lo permitieron, temiendo que el viento le estuviera jugando una broma cruel. Al llegar abajo, encontró a una joven sentada en el primer escalón. Llevaba un vestido azul pálido, y su pelo, largo y negro, olía a sal y flores secas. Estaba tarareando la canción de cuna, mientras intentaba dibujar algo en una libreta con la tapa de cuero gastado.

—Disculpe, niña —dijo Elías con la voz ronca—, ¿dónde aprendió esa melodía?

La joven levantó la vista. Sus ojos eran del color de la bahía en un día soleado.

—No lo sé, señor. Siempre la he sabido. Me la canta mi corazón cuando estoy en un sitio especial. Vine a Valparaíso por esta escalera. Sentí que tenía que dibujarla, pero es difícil capturar su voz.

Elías se sentó a su lado, sintiendo el corazón desbocado.

—La escalera no tiene voz, niña. Pero susurra.

—Y susurra secretos —replicó ella, mostrándole su dibujo. No era la escalera de madera y metal, sino una espiral ascendente de notas musicales que terminaba en un reloj de bolsillo abierto.

—Mi madre era de Valparaíso —continuó la joven—. Se llamaba Celeste. Ella siempre decía que, si alguna vez me sen-

tía perdida, buscara una escalera que cantara una canción de cuna. Que allí encontraría... algo.

Elías no respondió. Solo extendió su mano temblorosa y tocó la libreta. En la última página, la joven había pegado una pequeña fotografía sepia de una mujer sonriente, con la misma mirada profunda de la bahía. Era Celeste, hace treinta años.

—¿Y tú, quién eres? —preguntó Elías, con una lágrima caliente cayéndole por la arrugada mejilla.

La joven lo miró, y en sus ojos se reflejó la luz mañanera que por fin rompía la neblina, iluminando los vivos colores de los cerros.

—Soy Marina —dijo ella, con una sonrisa que era la viva imagen de la juventud de su madre—. Y parece que encontré al guardián de la escalera.

En ese momento, la Escalera de los Milagros no crujió, ni tarareó, ni rió. Por primera vez en veinte años, la escalera guardó silencio. Un silencio profundo y completo, como el de un reloj que, al fin, se había puesto en hora.

Y en ese silencio, Elías y Marina escucharon, al unísono, el tic-tac firme y esperanzador de un nuevo comienzo, resonando en el corazón de Valparaíso.

Segundo lugar

Lucas Venturelli

Octavo Básico

Colegio Rubén Castro

Segundo lugar

LUCAS VENTURELLI

Octavo Básico

Colegio

Rubén Castro

La noche de Neruda

Era una noche sombría en Valparaíso. El viento rugía, empujando las espesas nubes hacia el oscuro mar. Era 23 de septiembre, día en que la memoria nacional recordaba la muerte de Pablo Neruda, uno de los más grandes poetas y escritores chilenos.

En el reconocido museo La Sebastiana, en cerro Bellavista la fundación que preserva su legado preparaba una exposición secreta: un manuscrito inédito, atribuido a Neruda y fechado apenas unos días antes de su fallecimiento. Solo unos pocos

en la Fundación sabían de su existencia. El texto sería revelado al público esa misma noche.

Entre ellos se encontraba Gustavo Martínez, un bibliógrafo, fanático silencioso de la obra de Neruda. Gustavo debía quedarse para resguardar el manuscrito por lo que esa noche, después de que el museo cerró sus puertas y los últimos visitantes se marcharon fue el único en quedarse. Movido por la curiosidad, se acercó al manuscrito para analizarlo, sacó una linterna del bolsillo y enfocó la luz sobre el papel amarillento, notando una letra temblorosa. El título decía: “Lo que el viento se llevó”. Gustavo sintió un escalofrío recorrerle la espalda, aun así, continuó leyendo, aunque muchas frases le resultaban crípticas. Una de ellas decía:

“Nadie lo atestiguó, su marcha, salvo el resonar del vacío; el viento trae un eco que el tiempo escondió.”

A la mañana siguiente, el manuscrito había desaparecido.

El robo del manuscrito provocó un escándalo nacional, los medios lo describían como el mayor robo literario en la historia del país. Mientras tanto, la Fundación Pablo Neruda intentaba contener el caos interno y la desconfianza crecía entre sus miembros. Como último recurso, decidieron contratar a Esteban Prado, un reconocido detective amante del arte literario y el patrimonio cultural. Hombre culto, meticuloso, de porte elegante y mirada incisiva.

Esteban llegó a La Sebastiana una tarde fría y envuelta en niebla. Su figura alta y su vestimenta impecable formal, sobria, contrastaban con los colores vivos del museo, su voz, grave y profunda, resonaba con eco en cada rincón del lugar.

Lo recibió Arturo, un joven alto, de piel oscura y vestimenta colorida, cuya personalidad era tan introvertida como tímida: era el director del recinto.

Arturo, visiblemente nervioso, lo dejó pasar:

—Arturo… no comprendo cómo pudo suceder, el manuscrito estaba en un lugar completamente seguro, nadie más tenía acceso, solo mis empleados de confianza —dijo nervioso.

—Interesante, respondió Esteban, mientras se rascaba la barbilla y observaba una ventana abierta por la que entraba el viento del mar con fuerza, como si buscara algo.

—Esteban… Parece que alguien conocía el museo mejor que usted —murmuró.

Esteban comenzó su investigación recorriendo el cerro Bellavista.

Luego se dirigió a los cerros Florida y Yungay, donde se rumoraba que en el Muelle Prat alguien había visto a un hombre sospechoso en el restaurante Bote Salvavidas, se decía que un vecino refiere que “alguien se había choreado algo del museo de Neruda”. Al llegar al lugar, nadie quiso dar declaraciones, así que Esteban tomó el ascensor El Peral y subió hacia el cerro Concepción, caminó por sus calles empedradas y miradores, reflexionando sobre cómo iba a resolver el caso, sin darse cuenta, había llegado al cerro Alegre. Decidió entonces visitar a un viejo amigo, un ex detective

que solía pasar las tardes caminando por los alrededores de la ex Cárcel de Valparaíso. Se encontraron allí y, mientras compartían un café, Esteban le contó lo sucedido.

Su amigo prometió colaborar, dijo que conversaría con vecinos, pescadores, comerciantes del puerto y antiguos trabajadores del museo, en busca de alguna pista que los ayudara a resolver el robo, pero todos coincidían en lo mismo: nadie había visto ni escuchado nada extraño aquella noche.

Sin perder la compostura, pasó a la segunda fase de su plan, revisó minuciosamente los registros de las cámaras de seguridad, todo parecía normal, sin embargo, algo llamó su atención, en el estudio de Neruda, encontró un pequeño rastro de sal marina, junto a una pluma de gaviota.

—Interesante… ¿como si el mismo mar hubiera entrado a robar?

Esteban decidió interrogar a los tres empleados que sabían dónde se guardaba el manuscrito:

1. Arturo Escobar, el director.

2. Elisa Fuentes, jefa de seguridad.

3. Gustavo Martínez, bibliógrafo.

Durante el interrogatorio, cada uno ofreció una explicación:

Elisa afirmó que estaba haciendo guardia, pero no vio nada, ya que la noche era más oscura que nunca y la neblina no le permitía ver más allá de la punta de su nariz.

Arturo explicó que recibió una llamada misteriosa minutos después de finalizada la exhibición, lo que lo llevó a retirarse rápidamente hacia su hogar.

Gustavo, visiblemente nervioso, aseguró que había ido al baño, pues llevaba todo el día sufriendo problemas gastrointestinales.

Esteban, con una sonrisa sarcástica, solo respondió:

—Curioso…

Los dejó ir, pero no estaba satisfecho. Decidió regresar solo al estudio del poeta.

Ya en el estudio de Neruda, Esteban se sintió fascinado, observó libros, prendas y objetos personales del poeta, en una vieja caja de madera encontró cartas, poemas viejos… y una fotografía en perfecto estado.

En ella, Neruda, ya envejecido, sonriente, posaba junto a una niña. La dedicatoria decía:

“Para Elisa Fuentes, la que guarda los secretos del mar.”

Y en ese instante, Esteban entendió todo.

La verdad

Al día siguiente, Esteban confrontó a Elisa.

—Usted conoció a Neruda, ¿no? —le preguntó directamente.

Elisa bajó la mirada.

—Cuando era niña vivía aquí, mi padre era su ayudante. Neruda me enseñó a escuchar el mar, decía que el mar solo habla si uno sabe callar.

—¿Y el manuscrito?

—No lo robé, lo escondí, Gustavo me ayudó, él me convenció, dijo que ese poema… no debía mostrarse todavía, que era un testamento, no un espectáculo.

—¿Y por qué lo escondieron?

—Porque entendimos que el verdadero valor de ese texto no era su exhibición, sino su silencio, era un secreto, un susurro del mar.

Esteban guardó silencio. No era un robo, era algo más.

Arturo, Elisa y Gustavo, tras registrar el comedor del museo encontraron un sótano oculto bajo las viejas tablas del suelo, allí descubrieron un cofre con cartas, fotografías, ropa y poemas que parecían haber sido escritos antes de que Neruda alcanzara la fama. Lo más impactante fue un poema guardado en una caja de cristal, que conmovió a todos. El papel estaba desgastado, pero el mensaje era claro:

“Los poemas no son vitrinas, son fragmentos del alma, ecos que resisten al olvido. El que los muestra, los mata. El que los guarda, los honra.”

Arturo, conmovido, prometió que ese tesoro sería protegido, para que nunca cayera en manos equivocadas.

El museo recuperó el manuscrito y lo presentó en una nueva exposición titulada:

“Los versos por fin entendidos”.

Esteban se despidió tranquilo, miró una última vez el mar desde el ventanal del museo. Sabiendo que su labor estaba cumplida. Había protegido el legado del poeta y aprendido que:

“No todos los crímenes tienen ladrones…algunos tienen protectores que custodian los recuerdos del amor.”

Antes de irse, le recordó a Elisa su promesa:

—Me reencontraré contigo —dijo, soltando una lágrima.

Ella asintió. El viento soplaba con fuerza.

Y el mar, por un instante, pareció responderle.

Tercer lugar

Iván Bejarano

Séptimo Básico

Liceo

Juana Ross de Edwards

Tercer lugar

IVÁN BEJARANO

Séptimo Básico

Liceo

Juana Ross de Edwards

Valparaíso, ¡Este

juego lo ganas tú!

Un día, Luciano estaba en la casa de su abuela.

A él le encantaba revisar los muebles antiguos, porque ella coleccionaba muchas cosas viejas: radios, cámaras de fotos, relojes y hasta discos de vinilo. Pero esa tarde encontró algo distinto: una consola de videojuegos.

La abuela siempre decía que cada cosa guardaba un recuerdo de Valparaíso. “Hasta los objetos tienen alma, si los

escuchas bien”, le repetía sonriendo. Luciano pensó en eso mientras miraba la consola cubierta de polvo. Tal vez había pertenecido a alguien que amaba la ciudad tanto como su abuela… o quizás guardaba memorias, esperando a ser encendida.

Luciano, que era fanático de los videojuegos, sintió un cosquilleo en el estómago. ¿Qué es esto? Nunca había visto una consola así… pensó, y la encendió con curiosidad. En la pantalla parpadeaba un título misterioso: “VALPARAÍSO. Este juego lo ganas tú.”

Curioso, presionó Start. De inmediato, el juego le mostró un Valparaíso gris y triste: las casas estaban sin colores, las calles llenas de basura, la gente caminaba sin mirarse ni sonreír, y los niños ya no jugaban en las plazas. De repente, un destello lo envolvió y Luciano se dio cuenta de que ya no estaba frente a la consola: ¡estaba dentro del videojuego!

En el aire apareció un mensaje luminoso: “Jugador 1, tu misión es devolverle la luz, la alegría y la identidad a Valparaíso. Supera las pruebas y desbloquearás el futuro de la ciudad.”

PRIMERA MISIÓN

Los Murales Perdidos

Luciano apareció frente a una pared vieja y descascarada. El desafío era repintar los murales que habían desaparecido con el tiempo.

Encontró pinceles mágicos escondidos por las calles, y cada vez que pasaba un trazo, las imágenes volvían a brillar: un pescador con su red, niños encumbrando volantines, una mujer leyendo frente al mar.

El olor a pintura fresca se mezclaba con el del mar, y los tambores sonaban como si los cerros tuvieran corazón. Cuando terminó de pintar, los murales se extendieron por las casas vecinas y los colores comenzaron a iluminar el cerro.

Entonces ocurrió algo increíble: al ritmo de los colores, empezaron a sonar tambores que parecían salir de las paredes.

Las calles se llenaron de música y la gente comenzó a bailar feliz, como en un carnaval. Familias, niños, jóvenes y adultos se unieron en una fiesta improvisada. Valparaíso volvía a latir con fuerza.

En la pantalla apareció un nuevo mensaje: “Nivel completado. La ciudad comienza a despertar.”

Luciano sintió que el suelo bajo sus pies vibraba, como si los cerros lo aplaudieran. Una nueva luz en el mapa del juego marcó su siguiente destino.

SEGUNDA MISIÓN

El Ascensor Oxidado

Más adelante, Luciano llegó a un ascensor que estaba detenido hacía años. Era uno de los más importantes de Val-

paraíso, pero estaba oxidado y silencioso, como si hubiera olvidado moverse.

La pantalla del juego le dijo: “Sin ascensores, la ciudad se desconecta. Arréglalo.”

Luciano empezó a buscar piezas por las escaleras infinitas del cerro: engranajes, cadenas y hasta un botón escondido en una quebrada. El sonido de los metales era como una carcajada oxidada que volvía a la vida.

Con esfuerzo y paciencia, fue armando la máquina hasta que, al fin, logró encenderla.

El ascensor volvió a subir y bajar, y en ese instante todos los demás ascensores de la ciudad despertaron también. Los engranajes giraron, los cables se tensaron y las campanillas de cada estación sonaron al unísono.

Los vecinos aplaudieron felices: ahora podían encontrarse otra vez entre el plan y los cerros.

En la pantalla apareció otro mensaje brillante: “Nivel completado. La ciudad vuelve a moverse.”

TERCERA MISIÓN

El Mar Sucio

El mar estaba cubierto de basura y ya nadie navegaba. Luciano debía limpiarlo, pero no estaba solo: unos peces brillantes lo ayudaron a arrastrar bolsas y botellas. Las gaviotas

también colaboraron, levantando papeles y plásticos que flotaban sobre el agua.

El agua limpia devolvía reflejos de colores, como si el arcoíris se hubiera escondido en la bahía.

Cuando todo estuvo limpio, el océano recuperó su azul profundo y reflejó un arcoíris sobre el puerto. Entonces, algo mágico pasó: los pescadores, que habían dejado de salir por la suciedad del mar, volvieron con sus lanchas de colores.

Sus redes brillaban bajo el sol, y la gente en el muelle los recibió con alegría. El puerto recobraba su vida y el trabajo de sus hombres y mujeres de mar.

La pantalla parpadeó con nuevas palabras: “Nivel completado. El puerto respira.”

CUARTA MISIÓN

La Plaza Silenciosa

En una plaza, los columpios y juegos estaban viejos y vacíos.

Nadie hablaba, nadie reía.

Luciano empezó a empujar un columpio oxidado, y en la pantalla apareció el mensaje del juego: “Renueva este lugar para que volvamos a escuchar risas.”

De inmediato, los columpios y resbalines comenzaron a brillar y se transformaron en juegos nuevos. El pasto olía a ve-

rano, y las risas de los niños se mezclaban con la música del organillero.

La plaza se cubrió de pasto verde y aparecieron espacios seguros para que los niños pudieran correr y jugar sin peligro.

Muy pronto, la plaza se llenó de familias compartiendo y de niños corriendo felices. Desde una esquina, se escuchó la música del organillero, que llenó el aire de alegría. La música llamó a todos: jóvenes, adultos y abuelos, que se unieron en una fiesta al aire libre.

La plaza volvió a ser el corazón de la ciudad, donde todos podían disfrutar juntos. “Nivel completado. El corazón de la ciudad vuelve a latir.”

QUINTA MISIÓN

El Faro de la Esperanza

Mientras subía los cerros, Luciano vio cómo el puerto revivía a su alrededor: los murales brillaban, los ascensores se movían, y la música de la plaza sonaba a lo lejos. En la pantalla apareció un nuevo mensaje: “Nivel final: El Faro de la Esperanza.”

Luciano respiró hondo. Sabía que todo lo que había hecho lo había traído hasta allí.

En la cima del cerro lo esperaba el último desafío: un faro apagado.

Para encenderlo debía juntar la energía de todas las misiones anteriores. Reunió los colores de los murales, la fuerza del ascensor, el brillo del mar y la alegría de la plaza. Con esas luces creó una chispa poderosa que iluminó el faro.

Un rayo cruzó el cielo y bañó toda la ciudad. Las casas se pintaron de colores, las calles se llenaron de flores y árboles, la gente caminaba sonriente y se saludaba. Valparaíso volvía a ser un puerto vivo, justo, limpio y lleno de vida.

La pantalla mostró el último mensaje: “¡Misión cumplida!

Has desbloqueado el futuro de Valparaíso. Recuerda: este juego lo ganas tú, pero también lo ganamos todos, si cuidamos nuestra ciudad.”

Luciano cerró los ojos. Cuando los abrió, ya no estaba dentro del juego, sino en el living de su abuela, frente a la consola apagada.

Al mirar por la ventana, vio algo diferente: unos vecinos pintaban un mural nuevo, los niños jugaban en la plaza y un grupo de jóvenes recogía basura en la playa.

Luciano sonrió contento. Entendió que el juego no había terminado, porque cada persona que pinta, limpia o sonríe en Valparaíso también está jugando para ganar.

Y él decidió seguir jugando, porque la verdadera misión está en el mundo real.

4

Cuarto lugar

María Jesús Espinoza

Octavo Básico

Colegio

San Pedro Nolasco

Cuarto lugar

MARÍA JESÚS ESPINOZA

Octavo Básico

Colegio

San Pedro Nolasco

Manos pequeñas

12/09/25

Todavía huele a sal en mis manos. No sé si lo soñé o si realmente sucedió, pero juro que lo escuché hablar.

Un lobo marino viejo, arrugado y cansado, con ojos de viejito.

Era una tarde nublada. El viento olía a sal y a pan de un negocio cercano. La caleta estaba vacía, sólo gaviotas gritando y riéndose a todo volumen, y el mar sonaba como si le cos-

tara respirar. Me senté al borde de una gran roca, donde iba cuando quería pensar, cuando algo se rompió en el mar.

Primero sólo vi una sombra, pero era él. Un lobo marino de pelaje oscuro, piel con cicatrices y cara de pocos amigos. Subió a una roca cercana. Su cuerpo temblaba, como si los años le hicieran efecto.

—Ah… este lugar antes cantaba —dijo con su voz ronca y llena de nostalgia.

—¿Tú… tú hablas? —alcancé a balbucear.

—Hablan todos los que aman este mar, niña. Solo hay que saber escuchar.

Las gaviotas se callaron.

—Hace muchos años, cuando era joven y el cuerpo no me pesaba, Valparaíso era como un arcoíris musical que terminaba en el mar. Desde los cerros, con todo tipo de colores, escaleras pintadas en forma de piano y guitarras que no dejaban de sonar. Los pescadores cantaban y los niños jugaban y corrían por donde sea.

Hizo una pausa y suspiró.

—Había música por todas partes. El viento traía cuecas, boleros y risas. Hasta las olas parecían bailar. Pero después… los cerros comenzaron a llenarse de tristeza. La gente se olvidó de pintar, cantar, jugar o de simplemente mirar al mar. Los ascensores dejaron de subir y bajar, los murales fueron

rayados y las aguas se llenaron de cosas que no debía estar.

Sus ojos se entrecerraron.

—Yo me quedé aquí, esperando que alguien volviera a hablarle al mar.

—¿Y nadie lo hizo? —pregunté.

—Algunos sí. Los que no se rinden. Los que aún creen que Valparaíso puede volver, pero son pocos… Por eso vine a hablarte.

—¿A mí? ¿Por qué?

—Porque todavía tienes ese brillo porteño en tus ojos. Y porque el mar me dijo tu nombre anoche.

Sentí que el corazón se me aceleraba y se coordinaba con el sonido del mar.

—¿Y qué puedo hacer? Soy solo una niña.

El lobo sonreía.

—Todo parte con la mirada, mira tu alrededor. Por cuidar lo que miras. Si ves basura, recógela. Si ves una pared vacía, píntala. Si escuchas una canción triste, cántala con alegría. Valparaíso se reconstruye con manos pequeñas.

Antes de que pudiera preguntarle más, se lanzó al agua. Su cuerpo desapareció en el mar y yo me quedé a ver si volvía.

13/09/25

Hoy volví a la caleta. No lo vi, pero el agua estaba más clara.

Llevé una escoba vieja que encontré en casa y me puse a barrer. Una señora que vendía palmeritas me miró como si estuviera loca. Cuando le conté sobre el lobo marino, se echó a reír, pero después dijo:

—Quizás era el espíritu del Puerto. Esos no se mueren.

Sonreí. Los cerros de colores seguían allí, algunos desteñidos, otros recién pintados. Un hombre tocaba la guitarra y una niña bailaba. Sentí que el lobo marino tenía razón: Valparaíso todavía canta, solo hay que escucharlo entre tantos gritos y autos.

27/10/26

Hoy escribo desde mi casa en el cerro Barón. El sol se esconde entre las nubes, y el Puerto parece un espejo. En el colegio nos pidieron escribir de alguien que inspira, y yo sólo pensé en él.

En ese viejo lobo marino que hablaba como si todo ya hubiera pasado. En los ascensores que vuelven a subir cuando voy a mi casa. En los murales que cuentan historias.

Quizás el futuro no está tan lejos. Quizás comienza cuando una niña barre la caleta o pinta una pared.

Y si alguna vez el mar vuelve a toser, como decía mi extraño amigo, le cantaré hasta que cure. Porque Valparaíso no necesita milagros. Solo necesita ser escuchado.

Menciones honrosas

Séptimos y Octavos

Mención honrosa

MAITE ESPINOZA

Octavo Básico

Colegio

San Pío X

Donde el arte une caminos

En un rincón colorido de Valparaíso, Lee Know, más conocido en el barrio como el “Chico Minho”, era un aficionado del grafiti y del skate. Como lo decía su apodo, era de estatura promedio y vivía en Cerro Alegre, donde los colores llenaban las calles de una felicidad inexplicable, los muros estaban repletos de murales hermosos y música clásica portuaria sonando en la esquina dónde la fuente de soda “El Guatón”.

Minho vivía en una casa colorida y colmada de arte, esculturas y jarrones sofisticados. Estas obras mayoritariamente las hacía su padre, que era un aficionado y amante de todo lo relacionado con el arte. Pero algo que no sabía el padre era que, al cambiarse desde clase alta a clase media, Lee Know se había relacionado con personas inadecuadas y empezó a hacer grafitis en los muros externos de las casas, creando un alboroto entre los vecinos. Pero el padre no estaba ni enterado.

Así mismo ocurrió con Han Jisung, un chico de estatura media-baja que provenía de Las Condes, ciudad donde las tardes eran tranquilas y casi silenciosas, con unos bellos cielos anaranjados y despejados, los cuales llenaban de paz y serenidad a Han. Él gozaba de salir al balcón y recrear esos bellos paisajes, pero había un problema: dónde él vivía no había ni una pizca de arte, museos o siquiera talleres de escultura. Han estaba desesperanzado y sin fe de que alguno de los seres humanos que vivían allí hicieran un taller de arte.

Hasta que, el padre de Han debía ir a trabajar a Valparaíso, esa ciudad colorida y llena de oxígeno limpio gracias a su mar que lo acoge y vegetación en abundancia. Debían irse, ya que el padre de Han era dueño de una concesionaria de allí.

Después de algunos días, Han viaja junto a sus padres a Valparaíso. Miraba por la ventana del camión de mudanza los paisajes y tiendas que iluminaban el lugar. Han tuvo que

cambiarse de liceo; él no quería, pero esa no era una opción. Gracias a estar en el mes de la patria, septiembre, tuvo vacaciones, así que al llegar a su nuevo hogar se dedicó a descansar y mirar la nueva vista desde su balcón: un negocio en la esquina, casas coloridas y, lo más importante, arte por todas partes.

Como estaban en el mes donde ocurrió la primera junta de gobierno, Han y su familia fueron a sus primeras ramadas tradicionales de Valparaíso. Al llegar, jugaron los juegos típicos, tomaron terremotos y comieron completos.

Han, vio un grupo de chicos con pantalones con una especie de agujeros rasgados, y uno de ellos se acercó a él. Han, nervioso, trato de apartar la mirada, hasta que el extraño extendió su teléfono hacia él y dijo:

—“Instagram”.

Han simplemente se apartó un paso hacia atrás e ignoró al extraño. Este río y dijo:

—“Soy Lee Know, ¿Tú eres...?”

Han lo miró y, un poco desconfiado, respondió:

—“Soy Han…Han Jisung”.

Así empezó todo. No intercambiaron sus Instagram, sino que sus números de teléfono.

Empezaron a hablar todos los días. No es que se llevaban

bien o mal, sino que Minho hacía que Han no se sintiera tan solo. Después de todo, los padres de Han no pasaban tiempo con él, y el padre de Minho, por suerte, lo miraba. Eran uno para el otro, hasta que Minho decidió invitar a salir a la plaza a ver los murales y sentarse a comer helado con Han, sin importarles sus diferencias y apariencias.

Han, acepto la propuesta de Minho. Al salir de su casa se encontró con él; iba con ropa casual y no como lo había conocido. ¿Se había arreglado para él o solo era una confusión de Han? Ignoró todas esas preguntas que habían en su cabeza, y Lee Know lo invitó a tomar un helado. Han aceptó su propuesta y pidió uno de frutilla, mientras que Lee Know pidió su favorito, el de chocolate.

Conversaron por un largo tiempo en la plaza San Luis, hasta que dieron las 8 de la noche y Han ya debía irse. Se despidieron con un abrazo que pareció eterno y agradable. No había nada de incomodidad en el ambiente, pero de repente llegó una chica al lado de Minho, lo apartó de Han, lo abrazó y no lo dejaba irse. Han quedó helado. Simplemente dio un suspiro y se fue casi llorando.

Lo que Lee Know no sabía es que verdaderamente después de meses de hablar, Han estaba enamorado de él: de su apariencia, y sobre todo, de su personalidad, amable, dulce, amorosa, detallista y sobre todo, su cariño incondicional que le entregaba cada día, en esas llamadas que duraban horas y los mensajes que se enviaban.

Después del malentendido Lee Know apartó a la chica y corrió hacia Han. Era todo una confusión: realmente esa chica solo era la prima de Minho, no eran nada más que eso. Han lo apartó aún sin saber la verdad, hasta que Minho empezó a hablar:

“Han, escúchame, solamente es mi prima. Por favor, no te alejes de mí. Sabes que eres un pilar importante para mí, eres todo lo que quiero en esta vida. Tu sonrisa me ha hecho sentir emociones que jamás había sentido. Desde el primer día que te vi, no pude contener mi sonrisa y nerviosismo al hablarte. Pero ahora, eres todo para mí y siempre lo serás. Porque si la vida después de la muerte existiera, me quedaría para siempre a tu lado.”

Han escucho atentamente las palabras de Lee Know, con lágrimas en los ojos, y se unieron en un abrazo dulce y delicado. Era como si el universo los uniera en uno solo. Las estrellas en el cielo brillaban y las luces de las calles otorgaban una luz cálida, lo que hacía que el ambiente se convirtiera en un destello de luna en la oscuridad.

Han, decidió hablar:

“Lee Know, al principio me sentía solo aquí, en un mundo nuevo y totalmente desconocido para mí, Valparaíso. Cuando te vi por primera vez, fue como una luz en mis noches oscuras. Mis padres se la pasaban discutiendo o simplemente no me prestaban aten-

ción, y así sigue hasta ahora. Pero tú llegaste a mi vida como el arte: algo que me hace sentir emociones que jamás había sentido. Llenaste mi vida de colores y fuiste el mural más bonito entre todos los murales”

Lee Know al escuchar las palabras de Han, sonrió con alivio y lo volvió a abrazar. Ninguno tomo la palabra; simplemente se refugiaban en la respiración del otro. Escuchaban el mar a lo lejos y cómo, poco a poco, las voces de la ciudad se iban apagando junto a la noche. Las luces del cerro se reflejaban en sus rostros, y por primera vez se sintieron en casa.

Desde ese día se volvieron inseparables. Con una propuesta maravillosa de parte de Lee Know, se casaron después de estar 1 año de noviazgo. Abrieron su propio museo de diferentes tipos de arte, moderno como lo era el grafiti y esculturas de gran valor.

Han no solo aprendió de la cultura tan distinta a la de Las

Condes: este nuevo mundo le entregaba lo que nunca vio antes, el arte, algo que para el era lo más importante en su vida. Pero en eso, se infiltró el primer y único amor en su vida: Lee Know, ese chico carismático y cariñoso, que le enseño a Han lo que era el verdadero amor. A veces puede llegar por cosas del destino o del más allá, pero no siempre llega de buena manera. En este caso, el corazón de Minho se abrió completamente con Han, con su personalidad y amor, que jamás habían recibido de sus padres o familia. Ellos eran su propio hogar, y así paso durante sus últimos 50 años.

Disfrutaron su vida juntos hasta la muerte, como había dicho Lee Know. Aunque murieran, se encontrarían, tal como lo había prometido.

Con el tiempo, sus huellas quedaron plasmadas en la ciudad colorida: en cada mural, en ese Cerro Alegre en el que se conocieron y formaron el mayor vínculo de su vida.

Y así, su amor permaneció vivo, hasta el final de los tiempos.

Mención honrosa

PAZ GALLARDO

Octavo Básico

Colegio

Inmaculada

Concepción Nuestra

Señora de Lourdes

La esencia de la joya

Hoy está nublado, humedo algo lloviznoso, esta tarde vine a visitar a los mios a los que partieron, en una banca frente al mar en el Cementerio 3 de Playa Ancha, hoy es domingo no me tocó trabajar así que aproveche y me levante temprano, desperte a los niños, se levantaron con sueño pero les dije que se metieran a la ducha y se les pasaria, la Sami dejo todo limpio y salimos, no tomamos desayuno porque en la entrada hay una picada re buena donde comemos empanadas y mote con huesillo dulcesito rico, pasamos donde la casera, la señorita Mirian de

años y compramos las flores para dejarlos bien bonitos, no podían faltar los claveles rojos para mi padre y una banderita del Wanderers y la rosa para mi abuela (la mamita). A pesar de los años es inevitable el nudo en la garganta al llegar al lugar y leer sus nombres, ponemos un poquito de música (Zalo Reyes) para el tata y las flores con harta agüita para el tio que también ya partió, en una banca frente al mar miro los niños jugar y vienen a mí mente todos esos recuerdos vividos, esos recuerdos cuando ellos vivían, y esta gran familia se pasaban penas pero muchas más alegrías, recordar a la mamita cocinar, pero un montón de comida ya era batallón de todos los días, el tata el trabajaba y cuando llegaba lo atendían como rey la nieta corría a sacarle los zapatos para que descansase y se tomara un manso té en un jarrón enlozado, llegaban los hijos, los primos del colegio, la hija con su esposo también llegaban a la casa, trabajaban duro, el domingo se lavaba la ropa (en la artesa se desmugraba para luego echarla a un tremendo tambor pedando la lavadora que sonaba como camión, Laly la abuela pedía que le pasaran un jabón popeye para desmugrar las camisas quedaban blanquitas mientras que dentro de la casa, la hija mientras que atendia a los demás el hijo mayor lavaba los platos con Kenzo, en la tele mientras daban el kino con el recordado Pollo Fuentes, ya todos con su cartón en la mano, yo me acuerdo que antes costaban $100 nomás, los niños después de ver los cachureos (el grito el grito) salían a jugar mientras esperaban el almuerzo que el domingo fijo que eran tallarines con salsa y pollo y sin faltar con su hojita de laurel po

obvio y una rica bebida Free mmm qué buenos momentos a veces quisiera volver a jugar después de almuerzo a la pelota o al luche o a la cuerda quizás también con todos jugábamos a las canicas, los quemados, y cuando nos encontrábamos una moneda nos comprabamos un mantecado de $5 o $1 peso chuta que cundía la plata nosotros decíamos papá me da 10 pesitos y éramos felices nos creíamos millonarios y después por la tarde a bañarse para tomar once que al otro día teníamos colegio en la mesa un pan con margarina me acuerdo que eran de 125 gr (no sé como alcanzaba) y un tremendo sartén con cebolla con huevo (que cosa mas rica) la mesita llena, despues teníamos que dejar la ropa lista para el otro día, los zapatos nos tenían que brillar nos peleamos el lustrin jajaj por eso que conozco la felicidad que ganas de que mis hijos vivieran tan buenos momentos como cuando la mamita y el tata iban a la caleta a comprar pescado y membrillo, salían los botes directo de la arena que millonarios fuimos sin saberlo lo teniamos todo, ahora estando viejo lo supe ahora tengo hijos estoy casado simplemente quizas a veces me gustaría volver al pasado aunque que sé que no hay que vivir en el estar en aquellos momentos que nombré sentir la esencia de aquella vez, te agradezco mi Valparaíso querido por haber sido la ciudad donde he crecido gracias por ser única e inigualable y haberme creado momentos inolvidables.

Mención honrosa

ESSAY LÓPEZ

Séptimo Básico

Colegio

Agustín Edwards

Historia de Alejandro y Allison

Mi nombre es Alejandro y soy de Valparaíso. Vivo en el cerro Alegre, el más bonito de mi ciudad. A todos los turistas les encanta este lugar lleno de alegría, pasión y color.

Un día, como cualquier otro, conocí a una niña que se mudó junto a mi casa. Era muy linda, parecía sacada de un cuento de hadas: tenía el cabello pelirrojo y los ojos verdes. Su nombre era Allison. Nos conocimos, nos hicimos amigos y solíamos pasear por la plaza Victoria.

Hasta que un día apareció un chico y le dijo:

—Hola, ¿quisieras tener una entrevista?

Ella respondió:

—Sí, sí quiero.

—¿Estás enamorada de él? —preguntó el entrevistador.

—Sí, sí me gusta —respondió Allison.

Entonces confesé todo:

—Allison, estoy enamorado de ti. Desde que te mudaste al lado mío me enamoré de ti, apenas te vi —le dije.

—Bueno, ¿qué esperan? —dijo el entrevistador.

—Allison, ¿quieres pololear conmigo?

—Sí —respondió ella.

Se hicieron pololos y contaron la noticia en sus casas. Todos se emocionaron, ya que Allison no conocía mucho Valparaíso. Entonces, Alejandro la llevó a conocer los cerros más lindos: Concepción, Barón, O’Higgins, Merced y Playa Ancha.

Pero un día ocurrió algo terrible. Tenían planeado ir al cementerio y, al pasar por un minimarket para comprar algo, fueron asaltados. Alejandro trató de proteger a Allison, pero los delincuentes se la llevaron en una furgoneta blanca.

Rápidamente él fue donde los carabineros e hizo la denuncia. Comenzó una intensa búsqueda.

Días después, alguien denunció haber visto restos humanos en el mar. La PDI investigó y, tras varias semanas, confirmaron lo peor: el cuerpo pertenecía a Allison.

La familia quedó destrozada por la noticia, y en el funeral, Alejandro se rompió en llanto por no poder volver a ver a su novia nunca más.

Mención honrosa

CRISTINA MONTERO

Séptimo Básico

Colegio

Agustín Edwards

Tesoro de la felicidad

PERSONAJES: la elefanta Lili y la colibrí Lulú

LUGAR: cerros de Valparaíso

Había una vez, una elefantita llamada Lili, ella era muy risueña, llevaba consigo una mochila rosada y una flor amarilla en su cabeza. Lili también tenía una amiga, Lulú. Lulú era una colibrí amarillo, que también era muy risueña, y llevaba una florecita rosada en su cabeza y una mochilita color café. Juntas disfrutaban sus días recorriendo los cerros de Valparaíso.

El abuelo de Lili, Don Julián, le contaba a Lili historias de Valparaíso, una de ellas se llamaba el “Tesoro de la Felicidad”, que, según él, se encontraba escondido en algún cerro de Valparaíso, cercano a una placita con juegos infantiles de color azul.

Un día, Lili y Lulú, decidieron ir en búsqueda del “Tesoro de la Felicidad”. Recorrían en secreto los cerros de Valparaíso. Un día, iban al Cerro Mariposa, otro al Cerro Alegre y visitaron el Palacio Baburizza y otro al Cerro Bellavista y su ascensor Espíritu Santo, Larraín, Placeres, Monjas… y así recorrerían día a día, buscando la placita con juegos infantiles de color azul. Pasaban los días y no encontraban nada.

Un día, ellas visitaron el cerro La Cruz, hicieron una parada en una tiendita para comprar agua, y mientras esperaban, escucharon a la señora tortuga conversando con la señora liebre, y comentaban que alguien había encontrado un tesoro. La curiosidad era muy grande y se acercaron disimuladamente para escuchar más… La señora tortuga dijo: “…Y el zorro astuto lo encontró y se fue a vivir a Viña del Mar…”

Lili y Lulú no estaban seguras de que se tratara del mismo tesoro que ellas estaban buscando, así que continuaron su búsqueda y luego de muchos meses buscando encontraron en el cerro Cárcel una placita. La verdad, es que era mas que una placita, era el Parque Cultural Ex Cárcel.

¡Mira!, dijo Lulú, la placita tiene juegos infantiles azules.

¡Acerquémonos!, dijo Lili, busquemos en cada rincón.

Pero no encontraban nada que pareciera un tesoro. Decidieron descansar a un costado de una gruta de la Virgen del Carmen que había en esta placita. Se sentaron en el pasto y por unos minutos disfrutaron mirar la bahía de Valparapiso. Luego miraron la virgen detenidamente. Detrás de la virgen, Lili vio que había una pequeña ventana, a la que solo podía acercarse Lulú. Lulú se acerco y abrió la ventana.

¡Sorpresa, encontré algo¡, dijo Lulú. Una pequeña cajita de madera. Ambas estaban muy ansiosas de abrir la cajita, y cuando la abrieron se emocionaron aún más.

En el interior de la cajita, había un collar de plata. Un collar muy especial, porque al verlo se dieron cuenta de que este collar, simbolizaba la gran amistad que existían entre ambas. Este collar tenia una estrella de 6 puntas y 2 cadenas, con la particularidad de que la estrella estaba partida en 2 y cuando se acercaban las 2 partes se unían y brillaba de color turquesa.

Lili y Lulú se colocaron cada una, una cadena y su mitad de estrella, entonces cada día que se saludaban, la estrella se juntaba como por arte de magia y brillaba.

Lili y Lulú desde ese día, pasean juntas, disfrutando de la vista de la bahía que ofrecen los cerros de Valparaíso, reconociendo que el tesoro de la felicidad era su grandiosa amistad.

Mención honrosa

MARTÍN OLIVARES

Octavo Básico

Colegio

San Pedro Nolasco

Entre escaleras y

mareas: Trilogía de historias y memorias de Valparaíso

Camino todos los días por Valparaíso, subiendo y bajando cerros, tomando la micro después del colegio y viendo cómo la ciudad vive entre el mar y las colinas. Cada calle guarda historias: niños que ríen jugando, miradas que se cruzan sin tocarse, pasos que apresuran y se detienen sin motivo.

La ciudad se siente viva en quienes la habitan; cada gesto, cada conversación que a lo lejos se oye, revela fragmentos de vidas que se entrelazan sin que uno se dé cuenta. Valparaíso duele y enamora al mismo tiempo, tiene rincones tristes y bellos, y una fuerza que mantiene viva la identidad de sus barrios.

Entre todo eso —la gente, los cerros y el viento— surgen historias que merecen ser contadas, reflejando la diversidad y la cotidianidad que hacen que Valparaíso sea mucho más que calles y casas: un mosaico de vidas que laten juntas, invisibles y presentes.

Mar adentro, piel afuera

Tropezó al levantarse de sus aposentos en la plaza Aníbal Pinto. Su chaqueta mugrienta colgaba como un saco de papas, y los zapatos, similares al sol y la luna, dejaban ver dedos que parecían contadores de historias de todos estos años. El Sabino pronunciaba palabras que flotaban en el aire, saludando a sombras invisibles que solo él parecía conocer.

La banca, desgastada por los años y los cuerpos errantes, era su cama bajo el cielo abierto. Allí descansaba, con el respaldo duro como almohada y la fría madera como colchón. El murmullo del puerto lo abrazaba, y las olas y los barcos le susurraban secretos que nadie más escuchaba ni llegaba a entender.

El olor a vino en caída lo delataba, una senda que anunciaba su presencia antes que sus pasos. Algunos transeúntes cambiaban de vereda; otros, acostumbrados, lo miraban con cierta ternura: “es el Sabino”, decían, como si fuera un personaje, una pieza invaluable de la ciudad misma.

Con torpeza se dirigió hacia el barrio puerto. En cada esquina recogía colillas que encendía para probarlas, y hablaba con perros callejeros que parecían entenderlo mejor que cualquier otra persona. Así comenzó su andar, un camino marcado por la negligencia y la miseria, pero también por una extraña familiaridad que lo hacía parte inseparable del corazón porteño.

Memoria de hierro

El ascensor del Cerro Concepción seguía allí, colgando entre tablas gastadas y tensos cables, con la paciencia de quien conoce todos los secretos de la ciudad. El puerto cambiaba a su alrededor: calles que se ensanchaban, veredas que se llenaban de turistas curiosos, casas que conservaban sus colores como recuerdos insistentes, pero ya no eran las mismas.

Los que subían y bajaban habían cambiado también. Los niños que antes corrían con mochilas grandes y cuadernos abultados ahora bajaban con audífonos y pantallas en las manos, indiferentes al crujido de la madera y al aroma salado del puerto. Las parejas que alguna vez prometieron amor se rozaban en silencio, como si las palabras se hubieran per-

dido entre los cables y engranajes del ascensor, guardadas solo en su memoria.

Cada golpe metálico, cada chirrido de la baranda, era un archivo invisible de rostros que ya no existían, de risas que se evaporaron, de pasos que dejaron huella y desaparecieron.

El ascensor lo sabía todo: era un testigo mudo de la fragilidad de los instantes, de la fugacidad de la vida que corría apresurada mientras él permanecía. Nadie le prestaba atención, pero él recordaba.

Cuando el sol se filtraba por los ventanales, dorando la madera desgastada, parecía que respiraba. Respiraba la memoria de la ciudad, los días que se repetían, los años que nunca regresaban. La gente pasaba, apresurada y ocupada, y no entendía que cada viaje era un diálogo con la historia, un puente entre lo que fue y lo que aún podría ser.

Y así seguirá, mientras Valparaíso crezca, se transforme y olvide sus propios pasos. El ascensor seguirá allí, firme, silencioso, testigo de generaciones que suben y bajan sin saberlo. Más viejo que todos los cambios, más vivo que todos los rostros que la ciudad borra, esperando, paciente, a los que vendrán, guardando en sus entrañas la memoria de un tiempo que nunca se detiene.

Venas de ciudad

Las escaleras de Valparaíso suben entre casas colgando de los cerros, gastadas por años de pasos que nadie recuerda.

Cada peldaño tiene la huella de los que subieron y bajaron: la suela de un niño que corría al colegio, la mano de una abuela que se apoyaba buscando equilibrio, bolsas cargadas con la vida entera. Todo queda allí, en silencio, esperando ser recordado.

Por la mañana, los vecinos comienzan su rutina. Un niño se detiene un momento a mirar el mar, como si quisiera retenerlo entre los dedos; una mujer suspira antes de subir, cargando sacos más pesados que su propio cansancio; un anciano calcula los peldaños que aún puede subir, midiendo cada paso como si midiera su propio tiempo. Las escaleras lo saben, pero no dicen nada.

Al mediodía, los turistas bajan apresurados, sacando fotografías de los muros grafiteados, ignorando los secretos que laten bajo sus pies. No ven las risas que se repiten, los murmullos que se pierden, los pasos que dejaron huella y desaparecieron. La ciudad cambia, los cuerpos cambian, pero las escaleras permanecen, recogiendo memoria como quien guarda viejas cartas.

Cuando cae la tarde, la luz dibuja sombras sobre los peldaños gastados. Cada escalón parece un testigo de lo que fue y de lo que aún puede ser: generaciones que suben y bajan, historias que se cruzan y desaparecen, ecos que permanecen en silencio. La ciudad se mueve, se olvida, se transforma; las escaleras lo recuerdan todo.

Al final del día, los escalones solo reciben los pasos que vie-

nen y se van. Se mezclan risas que nadie recuerda, murmullos que alguien dejó al pasar, manos que se apoyan buscando equilibrio y niños que tropiezan por primera vez. Nadie les presta atención, pero ellas lo saben: guardan todo, como si cada paso fuera un pequeño secreto de la ciudad que no se olvida.

Valparaíso seguirá latiendo, aunque el tiempo le cambie el rostro. Entre la niebla y la memoria, la ciudad se inventará de nuevo, porque el futuro no borra, solo dibuja distinto los sueños.

Mención honrosa

ELIESKER PEÑA

Octavo Básico

Colegio

Sagrado Corazón de Jesús

La llegada a Valparaíso

Este era un niño llamado Eliesker de Venezuela a quien le gusta mucho donde vivía, el conocido “Valpo”. Este era un niño venezolano que vivía en Perú, pero vino a vivir con su hermana mayor a Chile, específicamente a Valparaíso.

Este niño cuando llegó a Valparaíso quedó sorprendido por lo lindo que era, pues aunque le gustaba como se veía Valparaíso, él no conocía nada, solo le gustaba caminar, entonces un día salió a dar vueltas y vio lo hermoso que es, incluso

se asombró con los perros callejeros, porque eran muy inteligentes y cariñosos.

Al otro día, cuando llegó a su casa su madre le informó que comenzaría a estudiar en un colegio llamado “Sagrado Corazón de Jesús”. Sin embargo, apenas llegó al colegio se encontró con un niño que lo comenzó a molestar

Este niño era muy malo y le gustaba molestar a los demás. A Eliesker no le gustaba que ese niño lo molestara a él y a los demás, entonces se armó de valor y junto a sus compañeros le dijeron al inspector que ese niño los molestaba. El inspector le dijo al niño que no los moleste más y si le volvía a decir algo malo lo expulsará porque últimamente él se había metido en muchos problemas

De vuelta a casa Eliesker iba muy feliz porque ese niño no lo molestaría más en el colegio. Su vecino lo vio muy contento y le preguntó —¿oye Eliesker, por qué estás tan feliz? Entonces, Eliesker le contó lo sucedido y le dijo que ahora el problema desapareció.

El señor de tan feliz que estaba por él le dejó que tomara algo de su tienda, el niño vio unas cosas amarillas redondas y le preguntó ¿qué es ésto vecino?

—Ah, esas son sopaipillas— le responde el vecino. Es lo mejor que podrías comer aquí en Valparaíso.

—¿Puedo probarlas?— se anima decir Eliesker.

Tan solo al primer mordisco el joven entendió por qué son tan populares por estos lados.

—¿Y me podría enseñar a prepararlas? Le pregunto.

El vecino le dijo que sí, y lo condujo a la cocina donde comenzó a sacar todo lo necesario. Le enseñó a unir los ingredientes y a freír. Eliesker estaba muy contento mientras probaban las sopaipillas junto a una taza de té. Para él era como comer oro, pues eran muy deliciosas.

Al día siguiente cuando regresaba del paseo con su familia a la playa mientras iba en la micro miraba por la ventana y se enamoraba cada vez más de este hermoso lugar. Cuando se bajó en su cerro notó que los niños hacían competencias de volantines. Quedó impresionado con los volantines danzando por los aires, con tanto color y la brisa apacible que le llenaba el rostro. Se animó y se acercó a ellos.

—¿Puedo jugar con ustedes?— les preguntó a los otros niños. Ellos muy felices le dijeron que sí, también le preguntaron si sabía elevar volantín, a lo que respondió que no, pero les preguntó si le podían enseñar. Ellos sin pensarlo dijeron que sí, así que juntos pasaron la tarde.

Al finalizar el día mientras miraba el mar desde el cerro, Eliesker se dio cuenta de que llegar a esta ciudad fue lo mejor que pudo haber pasado. Sus cerros, su gente, sus comidas. Por fin encontró un lugar donde todas las personas son buenas y amigables.

Mención

honrosa

TABATHA PIZARRO

Séptimo Básico

Colegio

Guardamarina Riquelme

El secreto de los cerros de Valparaíso

En una de esas mañanas en que la neblina cubría los cerros de Valparaíso como un manto gris, Martina subía lentamente por las escaleras coloridas del Cerro Alegre. Sus zapatillas resonaban contra los peldaños de piedra húmeda mientras observaba los murales pintados por artistas que parecían contar secretos antiguos de la ciudad. Ella había llegado desde Santiago a visitar a su abuela, pero no imaginaba que ese viaje la llevaría a vivir una aventura que recordaría por siempre.

Su abuela, una mujer de cabellos plateados y sonrisa serena, le había dicho la noche anterior:

Martina, en esta ciudad los cerros tienen voz, y a veces hablan con quienes saben escuchar.

Martina sonrió sin tomarlo en serio, pero al llegar a la parte alta del cerro, escuchó un susurro extraño, como si el viento le hablara. Se detuvo y miró hacia atrás: nadie la seguía. El susurro venía de un mural que mostraba a un enorme barco navegando en un mar agitado. La pintura parecía moverse.

Con un parpadeo, Martina sintió un tirón en el estómago y, de pronto, ya no estaba frente al mural, sino dentro de él.

Se encontró en la cubierta de un barco antiguo, con velas rasgadas y olor a sal. Los marineros la miraban sin sorpresa, como si la hubieran esperado. Uno de ellos, un hombre con barba y un parche en el ojo, se acercó y le dijo:

Valparaíso guarda un tesoro escondido bajo sus cerros, niña.

Pero hace falta alguien del presente para descubrirlo.

Martina apenas podía responder. El mar golpeaba fuerte y el barco se balanceaba. El capitán le entregó una brújula oxidada y señaló hacia la costa iluminada por las luces de la ciudad:

Sigue su aguja y hallarás lo que muchos buscan desde hace siglos.

En un abrir y cerrar de ojos, Martina volvió a aparecer frente al mural. La brújula seguía en su mano. Aterida, bajó corriendo

las escaleras y fue directo a la casa de su abuela para contarle todo. La mujer no se sorprendió:

Ahora lo entiendes, ¿cierto? Los cerros son guardianes de misterios.

Decidida, Martina salió esa misma tarde con la brújula. El artefacto giraba sin rumbo, hasta que al llegar al Cerro Bellavista se detuvo apuntando hacia una antigua escalera cubierta de enredaderas. Martina apartó las ramas y descubrió una puerta de madera carcomida. Empujó con fuerza y logró abrirla.

Detrás había un pasadizo iluminado tenuemente por la luz que se filtraba desde las grietas. Avanzó con el corazón latiendo rápido hasta encontrar una pequeña sala subterránea. En el centro había un cofre de hierro. Lo abrió con miedo y, en lugar de oro o joyas, halló dentro decenas de cuadernos viejos, llenos de poemas, cartas y dibujos de marineros, viajeros y artistas que habían pasado por Valparaíso hacía más de cien años.

Martina entendió entonces: el verdadero tesoro de Valparaíso no era material, sino la memoria, la voz de todos aquellos que habían amado la ciudad y la habían dejado plasmada en papel y colores.

Cuando volvió a casa, le mostró los cuadernos a su abuela, quien la abrazó con fuerza.

Ahora eres parte de esta historia, Martina. Debes cuidar este legado.

Y así lo hizo. Desde ese día, Martina comenzó a recopilar nuevas historias, dibujos y poemas de los habitantes y visitantes de Valparaíso, llenando nuevos cuadernos que guardaba junto a los antiguos. Cada persona que conocía dejaba allí un pedacito de su vida, y poco a poco el tesoro seguía creciendo, como un mar infinito de voces y recuerdos.

Dicen que todavía, si caminas por los cerros de Valparaíso en un día de neblina, puedes escuchar un susurro en las murallas pintadas: son las voces de esos cuadernos, recordándote que el verdadero tesoro está en las historias que guardamos y compartimos.

Mención honrosa

MAXIMILIANO VARGAS

Séptimo Básico

Colegio

Agustín Edwards

El ascensor prohibido

CAPÍTULO 1

El Pasaje Escondido

Era una tarde muy nublada en Valparaíso. La neblina se colaba entre los cerros, envolviendo todo con un aire misterioso.

Diego, Emilia y Tomás, tres primos inseparables, habían decidido explorar el Cerro Placeres, buscando aventuras como siempre.

Mientras subían por un callejón estrecho, cubierto de murales antiguos y carteles rotos, encontraron algo que los detuvo en seco:

Un ascensor viejo, cubierto de óxido y cadenas, escondido al final de un pasaje que parecía olvidado por todos.

—¿Este ascensor sale en el mapa? —preguntó Emilia, curiosa.

Tomás revisó su celular y negó con la cabeza.

—No… es como si no existiera.

Los tres se miraron. Sabían perfectamente lo que significaba: habían encontrado algo que nadie más conocía.

CAPÍTULO 2

El Descenso Prohibido

Empujaron las maderas que bloqueaban la entrada y se colaron dentro. El ascensor crujía bajo sus pies. No tenía botones, solo una palanca dorada con una inscripción grabada:

“No subas, si no sabes bajar.”

—Esto da miedo… pero también suena increíble —dijo Diego, emocionado.

Sin pensarlo mucho, bajó la palanca.

El ascensor tembló, chirrió y comenzó a descender lentamente, aunque no había ningún piso subterráneo conocido.

Las luces parpadearon hasta que finalmente se detuvo con un golpe seco.

Cuando las puertas se abrieron, quedaron sin palabras:

Frente a ellos había un pasillo oscuro y húmedo, con muros de piedra cubiertos de símbolos extraños: anclas, barcos, números romanos y flechas talladas.

—Esto no está en ningún mapa… —susurró Emilia.

CAPÍTULO 3

Los Pasillos del Contrabandista

Con linternas en mano, comenzaron a seguir las flechas talladas en los muros.

En cada esquina había puertas antiguas con acertijos grabados. En una de ellas leyeron:

“Tres barcos zarpan al atardecer. Uno regresa al amanecer.

Suma sus viajes, resta el mar y hallarás la clave.”

—¡Es un enigma! —exclamó Tomás.

Pensaron un momento, hicieron los cálculos y marcaron el número “5” en la cerradura. La puerta se abrió lentamente con un chirrido escalofriante.

Al cruzarla, se encontraron con una galería enorme que parecía un laberinto subterráneo. Emilia, que siempre prestaba

atención a los detalles, notó que las flechas escondidas en la piedra dibujaban el contorno de un ancla.

—Creo que, si seguimos este símbolo, llegaremos a algo importante —dijo.

CAPÍTULO 4

El Salón Oculto

Después de varios túneles, llegaron a una gran puerta metálica con un símbolo de ancla grabado al centro.

La empujaron entre los tres y entraron a un salón subterráneo impresionante:

Había mapas náuticos colgando, redes viejas en el suelo y estanterías rotas llenas de polvo.

En el centro, un cofre gigante cubierto con cadenas oxidadas esperaba, como congelado en el tiempo.

—Parece… un escondite de contrabandistas —susurró Diego.

Tomás encontró una palanca disimulada en la pared. Al activarla, las cadenas del cofre se soltaron con un “CLANK” metálico.

Dentro, había monedas antiguas, documentos escondidos, joyas envueltas en telas húmedas y mapas marítimos.

—¡Es un tesoro real! —gritó Emilia con los ojos brillantes.

CAPÍTULO 5

El Misterio Regresa

Cuando estaban celebrando el hallazgo, un ruido fuerte los hizo girar:

El ascensor estaba subiendo solo.

—¡Tenemos que irnos ya! —dijo Tomás.

Corrieron por los pasillos guiándose con las flechas. Justo cuando el ascensor estaba por cerrarse, lograron entrar jadeando.

El ascensor subió rápidamente y se detuvo en el mismo lugar donde habían empezado. Pero cuando salieron y miraron atrás…

El ascensor ya no estaba.

Solo había un muro cubierto de hiedra. Nada más.

—¿Estás seguro de que… no nos lo imaginamos? —preguntó Emilia, confundida.

Diego sacó un mapa antiguo que había guardado en su mochila.

—No fue imaginación. Esto recién empieza —dijo con una sonrisa misteriosa.

La neblina volvió a cubrir el cerro.

Y así comenzó el secreto mejor guardado del Cerro Placeres: la historia del Ascensor Prohibido.

Mención honrosa

CRISTIAN VERGARA

Séptimo Básico

Colegio

Rubén Castro

Valparaíso, la ciudad que nunca duerme

Hola, soy Agustín, vivo en Cerro Alegre un lugar maravilloso, bello, colorido, con una arquitectura distintiva de la zona… pero no en el Valparaíso que conocieron mis abuelos Ester y Fredy, sino, en el mío, es decir, en el año 2200.

Desde mi ventana puedo ver el Puerto, ya no era solo un puerto; era un verdadero “paraíso flotante” sobre el Pacífico. Los cerros, iluminados por jardines verticales y luces

bioluminiscentes, parecían suspendidos entre el cielo y el mar. Casas pintadas de todos los colores se mezclaban con estructuras transparentes que reflejaban las nubes y los barcos solares que navegaban silenciosos por la bahía.

Los ascensores antiguos habían sido reemplazados por cápsulas antigravedad que transportaban a los porteños y turistas a través de los cerros, mientras senderos flotantes conectaban los barrios más altos con el puerto, creando una danza de luces en la noche. Los murales cobraban vida con hologramas: poemas de Pablo Neruda se leían solos, y los grafitis se movían al ritmo del viento y la marea.

El puerto, limpio y brillante, era un centro de comercio y creatividad: robots y humanos trabajaban juntos en mercados flotantes, produciendo alimentos, artesanías y tecnología sostenible. Las embarcaciones ya no dejaban residuos; el océano brillaba con un azul profundo, lleno de vida.

Pero lo más mágico de este Valparaíso futurista era su gente.

Seguían siendo curiosos, soñadores y rebeldes. Cada rincón escondía un taller, un taller de música, de pintura, de poesía o de inventos increíbles. La ciudad respiraba historia y futuro al mismo tiempo, y cualquiera que la visitara sentía que caminaba en un lugar donde la imaginación no tenía límites: un verdadero paraíso chileno entre el cielo y el mar.

Mención honrosa

ANASTACIA ZÚÑIGA

Octavo Básico

Colegio

San Pedro Nolasco

Los colores de Valparaíso

Hay una ciudad que parece pintada con pinceles gigantes: Valparaíso. Las casas subían y bajaban por los cerros como si fueran olas detenidas en el tiempo. Los ascensores viejos chirriaban, pero seguían firmes, llevando gente de arriba abajo, como si fueran guardianes de la historia.

No conozco mucho Valparaíso ya que no vivo ahí. Pero conozco algunos lugares que son muy lindos como el Cerro

Alegre, que es un cerro con muchos turistas. Sus calles angostas, empinadas y llenas de escaleras, una vista hermosa hacia el mar, donde se ven los barcos en lo alto de los cerros, y una gran parte de la ciudad. El arte de algunos cerros, o incluso en la Avenida Argentina, hay pinturas hermosas y con un significado precioso. La música que hay en las subidas a las escaleras, el rap improvisado, los poetas que escriben en servilletas, los turistas que dibujan la ciudad desde un mirador.

Cuando el sol se esconde, los cerros se encienden con luces pequeñas que parecen estrellas. Valparaíso se mira al espejo del mar y dice:

—Yo soy un puerto de mil colores. Soy artes, soy vida, soy diversidad, soy un libro abierto para quien aprende de mí.

El puerto de Valparaíso es un corazón que late con ritmo de olas. Cada grúa que se mueve es como un brazo que abraza al mundo. Los contenedores pintan el horizonte con colores industriales, mientras las gaviotas dibujan libertad en el cielo. Allí se encuentra la historia y el futuro los viejos pescadores contando anécdotas y las máquinas modernas trabajando sin descanso. El puerto no duerme, sueña despierto con barcos que llegan y parten, llevando en sus bodegas no sólo mercancías, sino también fragmentos de la vida porteña.

Aunque el cielo se nuble o la lluvia lave los muros los colores de Valparaíso, estos nunca se van. Están en las risas que

suben por las escaleras, en los poemas escritos con tiza en los muros, en las luces que parpadean en la noche. Cada color cuenta una historia y todas juntas dicen lo mismo: que la alegría también puede resistir.

Valparaíso se ve sucio, feo o en algunas partes abandonado, hasta con grafitis, viejo o antiguo, pero trae una historia tan fantástica. Valparaíso es una comuna que tiene lugares bonitos y feos.

Hace 16 años atrás hubo un terremoto que Chile y quedó destrozado.

Esa noche el mar calló su canto, y la tierra habló con un rugido antiguo. Las casas del cerro se abrazaron al suelo, las luces del puerto se apagaron como velas tristes.

Los cerros temblaron como corazones asustados, los muros lloraron polvo y pintura, y el miedo corrió por las escaleras buscando refugio entre los abrazos.

El mar retrocedió un instante, como si también tuviera miedo, y el aire olía a polvo, a historia rota, a lágrimas mezcladas con esperanza.

Pero al amanecer, Valparaíso respiró. Las manos se unieron entre los escombros, las voces cantaron sin micrófono ni escenario, y los colores volvieron a aparecer, aunque fueran con grietas en sus bordes.

El rojo de los murales se volvió más fuerte, el amarillo del

sol secó las lágrimas, el azul del mar prometió calma, y el verde brotó de nuevo entre las ruinas.

Porque Valparaíso no se rinde, porque su alma está hecha de puerto y montaña, de gente que cae y se levanta, de canciones que nacen incluso en el temblor.

Y así, entre grietas y esperanzas, la ciudad volvió a pintarse de vida, demostrando que, aunque la tierra tiemble, el corazón porteño nunca se derrumba.

Aprendí que Valparaíso no solo se levanta con ladrillos, sino con amor, ayuda y esperanza.

En el lomo dormido de los cerros, Valparaíso se despereza, con casas que siguen aferradas al viento como versos colgando del abismo. Los ascensores, restaurados de olvido, vuelven a cantar su lenta canción de hierro, mientras los niños dibujan en las murallas nuevos sueños con pintura solar. El mar, eterno confidente del puerto, trae consigo naves limpias de petróleo, y sirenas de carne y código custodian las rutas del comercio justo. Las universidades, florecidas entre grafitis, dan a luz pensadores que siembran futuro en tejados verdes y escuelas abiertas, donde el saber no cuesta y la memoria no se calla. El arte aún se cuela por las rendijas, y los poetas —todavía mal peinados— declaman desde balcones oxidados a un público de drones y palomas.

Valparaíso, crisol de desastres y renacimientos, aprendió a bailar con sus cicatrices, y hoy enseña al mundo que el caos también puede ser bello cuando se abraza con dignidad.

Cuando el sol se esconde tras Los Andes, las luces del anfiteatro natural se encienden, y no para olvidar el pasado, sino para celebrar que seguimos aquí, vivos, tercos, y más humanos que nunca.

Premios

Terceros Medios

Primer lugar

Antonella Díaz

Tercero Medio

Colegio

María Auxiliadora de Valparaíso

Primer lugar

ANTONELLA DÍAZ

Tercero Medio

Colegio

María Auxiliadora de

Valparaíso

El corazón de los cerros

Dicen que Valparaíso tiene un corazón, que no es de piedra ni de metal, sino uno que late bajo los cerros y el mar.

Algunos dicen que se escucha cuando la ciudad está en silencio, otros piensan que es solo un mito.

Pero Amaya sabía que era verdad.

Tenía diecisiete años y vivía con su abuela en una casa del Cerro Cordillera. Desde su ventana veía el mar, los barcos, y las luces de los ascensores que subían y bajaban por los

cerros con su luz única, su abuela siempre le contaba que Valparaíso era una ciudad viva, que sentía y hablaba, pero que solo los que la escuchaban con el corazón podían entenderla y quererla como se debía.

Un día, Amaya recibió una tarea del colegio: imaginar cómo sería Valparaíso en el futuro. Todos sus compañeros hablaban de autos voladores, robots, o edificios gigantes con diseños futuristas, pero ella quería escribir algo diferente, quería imaginar un futuro donde la ciudad y la gente vivieran en paz.

Esa tarde, bajó al puerto con su celular y su cuaderno. Caminó entre los grafitis y los puestos de comida, escuchando el sonido de las olas. Se sentó en el muelle y cerró los ojos.

—Valparaíso… —susurró—. Si estás viva, háblame.

De pronto, el viento cambió. Las luces del muelle parpadearon y el agua del mar empezó a brillar. Una voz suave, vieja pero amable, se escuchó entre las olas.

—Te estaba esperando, Amaya.

Ella abrió los ojos, sorprendida. Nadie más parecía escucharla.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Soy Valparaíso —respondió la voz.

Amaya no sabía si estaba soñando, pero su corazón le dijo que era real.

—¿Por qué decidiste hablarme? —preguntó.

—Porque los jóvenes como tú me están soñando de nuevo, ya he visto muchos años, muchas tristezas, incendios y olvidos, pero también he visto manos que me reconstruyen, canciones que me devuelven la vida y niños que siembran flores en los cerros quemados.

Amaya miró hacia los cerros, y en ese momento, vio que pequeñas luces empezaban a encenderse entre las casas, generando un ambiente cálido en la ciudad.

—Quiero ayudarte —dijo Amaya—. Quiero escribir sobre ti, para que nadie te olvide.

—Entonces escribe lo que ves —respondió la ciudad—. Escribe sobre las personas que reciclan, los artistas que pintan los muros, los abuelos que cuentan historias, los niños que limpian las playas. Ellos son mi corazón.

Amaya anotó cada palabra, mientras escribía, el viento soplaba más fuerte, como si la ciudad respirara con ella.

Pasaron las horas y la noche cayó, antes de volver a casa, Amaya levantó la vista al cielo. Las luces de los cerros formaban un dibujo, como si cada uno se hubiera unido para formar una constelación.

Cuando llegó a su casa, su abuela la esperaba con una taza de té.

—¿Cómo te fue, mi niña?

Amaya sonrió.

—La ciudad me habló, abuela.

La mujer no se sorprendió. Solo le tomó la mano y dijo:

—Entonces escuchaste su corazón.

Esa noche, Amaya escribió su cuento, un futuro donde Valparaíso gracias a su gente, donde la tecnología ayudaba a cuidar el mar, donde las casas eran coloridas y llenas de vida, y donde todos aprendían a escuchar la voz de la ciudad.

Cuando terminó, miró por la ventana y vio una luz azul parpadeando sobre el mar.

Era como si Valparaíso le guiñara un ojo.

Desde entonces, dicen que si caminas por los cerros y guardas silencio, puedes sentir un pequeño latido bajo tus pies.

No es un trueno ni el metro que pasa abajo.

Es el corazón de Valparaíso, que sigue soñando con su gente.

2

Segundo lugar

Tercero Medio

Colegio

María Auxiliadora de Valparaíso

Martina Guerra

Segundo lugar

MARTINA GUERRA

Tercero Medio

Colegio

María Auxiliadora de

Valparaíso

La niña que sembraba

estrellas

Valparaíso siempre había sido una ciudad distinta. No más bonita ni más fea, solo… distinta. Como un puerto que se construyó a sí mismo a pedazos, con casas que parecían estar colgando del cielo, calles que subían y bajaban como olas, y colores que no obedecían ninguna lógica. Emilia, que vivía en el Cerro Las Cañas con su abuela Teresa, lo sentía así desde que era niña: Valparaíso era como una persona vieja, llena de historias, que nunca dejaba de hablar aunque nadie la escuchara.

Su casa era pequeña y de madera, con techos bajos y ventanas que temblaban cuando soplaba el viento. Desde ahí, Emilia podía ver todo el puerto. De noche, las luces parecían estrellas que se hubieran caído al suelo. Y de día, el sol se reflejaba en los techos de zinc como si intentara despertar a la ciudad. A veces, creía que Valparaíso estaba dormido. No muerto, no abandonado, solo dormido. Como si necesitara que alguien lo tocara, lo nombrara, para volver a sentir.

Emilia tenía quince años. Era callada, observadora. No era de hablar mucho, pero pensaba todo el tiempo. Le gustaban los días nublados, los gatos callejeros y las canciones antiguas que ponía su abuela en la radio. En el colegio no tenía muchos amigos, pero eso no le molestaba. Lo que más le gustaba era escribir. Tenía una libreta verde donde anotaba frases, pensamientos, preguntas que se le ocurrían mientras caminaba por la ciudad. No eran poemas ni cuentos. Eran cosas como:

“Valparaíso no cabe en una sola historia.”

“Si el mar pudiera llorar, no habría sequía.”

“Las escaleras no solo suben cerros. También bajan memorias.”

Escribir era lo único que le hacía sentir que entendía el mundo, o al menos, su ciudad.

Un día, mientras caminaba de vuelta a casa, pasó por un basural en plena vereda. Bolsas reventadas, latas oxidadas,

muebles rotos. Al lado, un mural hermoso de una niña mirando el mar. Emilia se quedó parada un buen rato. Sintió rabia.

¿Cómo podía ser que nadie hiciera nada? ¿Cómo podíamos acostumbrarnos a vivir así?

Esa noche escribió en su libreta:

“El arte no puede tapar la basura. Y la basura no puede tapar el arte.”

Y ahí se le ocurrió. ¿Y si sacaba las frases de la libreta? ¿Y si las convertía en algo que pudiera encontrar la gente en la calle, así como uno se encuentra una flor, o una carta olvidada?

Sacó hojas de papel de colores que le habían sobrado de un trabajo de arte. Escribió una frase en cada una. Luego las dobló con cuidado, en forma de estrella (o algo que se pareciera). La primera decía: “Valparaíso no está roto. Solo necesita que alguien lo escuche.”

La dejó en un banco de la Plaza Bismarck.

Esa fue la primera. Después vinieron más. Cada mañana salía con su mochila llena de estrellas de papel. Las dejaba en las micros, en las rejas, en las escaleras, en las puertas de los negocios cerrados. No decía que eran suyas. No firmaba. No esperaba que la gente supiera. Solo quería que alguien, algún día, leyera una y pensara: “No estoy solo.”

Durante semanas no supo si alguien las leía. Pero un día, vio

una de sus estrellas pegada en la ventana de una micro. Decía: “El futuro también se construye con palabras.”

Otra tarde, vio a una señora recoger una estrella del suelo, leerla, sonreír, guardársela en el bolsillo. Fue ahí cuando entendió que algo pequeño podía ser importante. Que aunque no lo supiera, sus palabras estaban viajando por la ciudad.

Empezaron a pasar cosas raras. Un compañero de curso llevó una estrella a clases. Otra chica del colegio publicó una en redes sociales. Se comenzaron a compartir fotos de las estrellas con el hashtag #EstrellasParaValpo. Emilia no sabía si sentirse feliz o asustada. No quería que nadie supiera que era ella. No quería que eso se volviera moda ni campaña. Era algo íntimo. Algo suyo.

Pero la ciudad ya había comenzado a hablar.

La gente empezó a dejar sus propias frases. Algunas en papeles, otras rayadas con plumón en las paredes, otras en hojas de cuaderno pegadas con cinta. No todas eran lindas. Algunas eran tristes, rabiosas, otras llenas de esperanza. Pero todas decían algo. Todas pedían futuro.

Un niño de otro colegio escribió: “Quiero que mi cerro tenga árboles.”

Una señora dejó una que decía: “Antes había agua en esta calle. ¿Dónde se fue?”

Un joven que vendía empanadas pegó una que decía: “Este

negocio es mi sueño. No lo robes.”

Las estrellas ya no eran solo de Emilia. Eran de todos.

Una tarde, su abuela la vio escribiendo, con las manos llenas de tinta.

—¿Qué haces, mijita? —preguntó.

—Estrellas —respondió Emilia—. Para la ciudad.

La abuela se le quedó mirando.

—Tú siempre fuiste medio brujita —dijo riendo—. Pero de las buenas.

Y desde entonces, también la ayudó. Le cortaba los papeles. Le pasaba frases de canciones viejas. Le enseñó a doblar mejor.

A veces, Emilia dudaba. ¿Y si no servía de nada? ¿Y si la ciudad seguía igual? ¿Y si nadie cambiaba?

Pero una mañana, cuando bajaba por la escalera Apolo, encontró una estrella que no era suya. Decía:

“Gracias a quien escribe. No me siento tan solo desde que las leo.”

Se le apretó el pecho. Esa fue la primera vez que lloró por sus propias palabras.

El movimiento siguió creciendo. Las juntas de vecinos empezaron a organizar talleres de escritura. Algunos artistas pintaron murales con frases de las estrellas. Un grupo de es-

tudiantes desarrolló una aplicación para compartir las que encontraban. Emilia lo veía todo en silencio, como si estuviera afuera, mirando un sueño crecer.

Un día, su profesor de lenguaje —el mismo que siempre la corregía por escribir “muy sentimental”— la llamó al escritorio. Le mostró una estrella doblada con cuidado.

—¿Esta es tuya? —preguntó.

Emilia se quedó helada.

—No importa si no quieres responder —dijo él—. Solo quiero decirte que esto es lo más poderoso que he leído en años. Gracias.

Ese día, Emilia caminó por el liceo sintiéndose distinta. No más importante, no más especial. Solo... más viva.

Los meses pasaron. Las estrellas se volvieron parte del paisaje. Algunos las guardaban como amuletos. Otros las usaban en protestas. Incluso había quienes las criticaban, diciendo que no servían de nada. Pero Emilia ya no necesitaba aprobación. Lo que había empezado como una forma de gritar en silencio, se había convertido en un lenguaje colectivo.

Y entonces vino el incendio.

Uno de esos grandes. De los que queman cerros enteros. Las noticias mostraban las casas ardiendo, la gente llorando, los bomberos exhaustos. El humo llegaba hasta la ventana de Emilia.

Ella no podía hacer nada para apagar el fuego. Pero sí podía escribir.

Y escribió. Y bajó.

Y en medio del desastre, pegó una estrella quemada en un poste negro.

“Nos vamos a reconstruir. Porque Valparaíso no arde sin dejar cenizas fértiles.”

La gente empezó a buscar las estrellas como se busca esperanza.

Y en medio del humo, de la pérdida, de la rabia, volvieron a aparecer: “Si todo se quema, sembremos de nuevo.”

“Los cerros también lloran. Abrácenlos.”

“Aquí vivía alguien. Y volverá.”

Valparaíso era herido, sí. Pero también terco. No se dejaba morir.

Emilia no necesitaba ya firmar sus estrellas. Todos sabían. No que eran suyas, sino que eran de alguien que aún creía.

Y eso bastaba.

Una mañana, meses después del incendio, Emilia fue invitada a hablar en una ceremonia. Estaba nerviosa. Nunca había hablado en público. Pero subió igual.

Dijo solo una cosa:

—Yo no tengo grandes ideas. Solo escribo lo que no quiero que se olvide.

Y bajó.

La aplaudieron. Pero ella solo quería volver a casa. A su cerro. A su abuela. A su libreta.

Esa noche, antes de dormir, Emilia abrió su libreta. Escribió una última frase:

“Valparaíso no es solo ciudad. Es memoria, es vida, es futuro. Y nosotros somos su voz.”

Cerró la libreta con una sonrisa y apagó la luz. Afuera, el mar seguía cantando su canción eterna, las estrellas brillaban en el cielo, y en cada rincón de la ciudad, pequeñas estrellas de papel seguían contando historias, sembrando esperanza.

Porque Emilia había aprendido que, aunque la ciudad estuviera cansada, aunque a veces doliera, siempre hay lugar para soñar, para imaginar, para construir un futuro lleno de luz.

Y en ese futuro, Valparaíso no estaría solo. Porque ahora, por fin, tenía quien lo escuchara.

Tercer lugar

Annette López

Tercero Medio

Colegio

Nuestra Señora de la Misericordia

Tercer lugar

ANNETTE LÓPEZ

Tercero Medio

Colegio

Nuestra Señora de la Misericordia

Alas de Valparaíso

El característico aliento salado del mar me saluda, haciéndome recordar dónde estoy: Valparaíso, poético puerto lleno de tesoros, colores y alegría.

Paseo por la ciudad; el viento acaricia mi plumas con delicadeza. Veo cómo aquellos murales en las casas y edificios de los cerros bellamente tejen una historia, pero más importante aún: una identidad.

Me sacudo, emprendiendo vuelo en dirección a mi hogar, decepcionado, pues me ha costado encontrar comida úl-

timamente. Sin embargo, no me queda más remedio que quedarme aquí, en las alturas del Muelle Barón, y ver cómo, poco a poco, la contaminación por plástico priva de alimento a mi bandada. ¿Qué puede hacer una simple gaviota en esta situación? No tengo palabra en un mundo de humanos que, con su ruido, se adueñan de tierras habitadas en silencio.

Los peces se alejan del agua que alguna vez estuvo llena de ellos, y en su lugar solo queda basura flotante. Observo el atardecer desde mi nido: el brillante sol lentamente se despide de mí con su último rayo de luz, dando lugar a la tranquila noche.

Una desconocida conmoción en la mañana me detiene de mi típica rutina en busca de comida, obligándome a investigar.

Vuelo y me poso en un edificio; desde lo lejos veo a un gran conjunto de personas que, con bolsas gigantes, herramientas desconocidas, guantes y una animada actitud, limpian la playa. No era algo que no haya visto antes, pero ciertamente no sucedía a menudo. Mi curiosidad ganó la lucha contra mi desconfianza, pues lentamente me acercaba al lugar. Ese día, regresé a casa con el estómago lleno y comida para mi familia, fui sorprendido por la extraña empatía humana.

No pensé que volverían, pero presencié la misma situación toda la semana, distintos grupos de personas, con algunas caras que empezaba a reconocer, limpiaban el área y me alimentaban, todos con la misma gentileza. Con el tiempo

me di cuenta que los peces volvían al agua, la arena y el mar volvían a brillar con su antigua gloria. Al fin, pudimos volver a pescar como hacía tiempo que no lo hacíamos. La gente estaba corrigiendo su error. Y nosotros, volvimos a disfrutar de Valparaíso como antes.

Cuarto lugar

Josefa Rodríguez

Tercero Medio

Colegio

María Auxiliadora de Valparaíso

Cuarto lugar

Tercero Medio

Colegio

María Auxiliadora de Valparaíso

El puerto que volvió a latir

Valparaíso amanecía con el olor a pan tostado y neblina húmeda. Desde su ventana en el Cerro Cordillera, Alicia veía cómo los primeros rayos del sol se enredaban entre los cables y los techos de zinc. El ascensor cercano llevaba meses sin funcionar, y cada día debía bajar los ciento veinte escalones que separaban su casa de la calle principal. Pero ya no le molestaba. Decía que cada escalón tenía una historia.

Mientras bajaba, pasaba junto a murales recién pintados, con colores que parecían resistir el paso del tiempo: rostros de poetas, pescadores, niñas con flores, y un mensaje repetido en varias paredes: “Valparaíso no muere, se reinventa.”

Esa frase la había escrito su mejor amigo, José, que formaba parte de un grupo juvenil que limpiaba y restauraba los cerros después de los incendios.

El puerto había cambiado. Después de las marejadas del 2050, muchas zonas costeras se habían cerrado al público.

Pero los jóvenes del barrio empezaron a recuperar los espacios vacíos: con maderas, restos de metal y pinturas, construyeron una biblioteca comunitaria junto a los contenedores del muelle viejo. La llamaron “La Esperanza Flotante”.

Alicia iba cada tarde después del colegio. Le gustaba leer poesía mirando el mar. Decía que el sonido de las olas era el único que no se interrumpía con las sirenas de los barcos ni el ruido de los drones. Su sueño era estudiar arquitectura para reconstruir la ciudad “sin borrar lo que fue”, como solía repetir.

Una tarde de verano, mientras ayudaba a pintar una pared, un anciano se acercó. Tenía las manos curtidas y una gorra azul descolorida.

—¿Sabes? —le dijo—. Aquí donde estás pintando había un taller de carpinteros. Mi padre hacía puertas para los barcos.

Alicia lo escuchó con atención.

—¿Y qué pasó con el taller?

—Lo perdió con el fuego, hija. Pero me alegra que en este lugar vuelva a nacer algo.

El hombre se quedó un rato mirando cómo el sol caía sobre los cerros y luego se alejó sin decir más.

Esa noche, Alicia no pudo dormir. Sentía que cada ladrillo del puerto guardaba una voz, una historia. Y comprendió que reconstruir Valparaíso no era solo levantar paredes, sino devolverle su alma, esa alma con la que todos los porteños nacemos y con la cual no queremos dejarlo en el olvido.

Al año siguiente, la Esperanza Flotante fue reconocida por el municipio de Valparaíso como un “Espacio de Memoria Viva”. Los turistas llegaban para conocer el proyecto, pero lo más importante era que los vecinos volvieron a reunirse allí: a leer, tocar música, conversar. En los muros, los niños del cerro pintaron nuevas frases:

“Aquí el mar no separa, nos une.”

“El futuro se construye con manos saladas.”

“El puerto es más fuerte que sus marejadas, terremotos, vientos huracanados y su paisaje es más que una postal”.

Cuando por fin reinauguraron el ascensor, Alicia fue una de las primeras en subir. Desde lo alto miró la ciudad: el puerto brillando al atardecer, los murales vivos, los cerros respirando historia. Sacó su cuaderno y escribió:

“Valparaíso sube y baja, pero siempre vuelve a levantarse. No necesita ser perfecto, solo recordado, cuidado y soñado.”

Mientras el ascensor seguía su lento ascenso, Alicia entendió que el futuro no llegaría en barcos ni drones, sino en los pasos de quienes, como ella, aún creían que la ciudad podía volver a empezar.

Menciones honrosas

Terceros

Medios

Mención honrosa

KATHALINA CONCHA

Tercero Medio

Colegio

María Auxiliadora de Valparaíso

Andrea y las voces del futuro

Dicen que cuando cae la tarde sobre los cerros de Valparaíso, el viento no solo mueve las nubes: también despierta los susurros del futuro.

Andrea, una joven del Cerro Alegre, escuchaba esas voces cada noche desde su ventana. No eran fantasmas, sino ecos de las historias que el mar guardaba entre sus olas. Decían su nombre con ternura y le contaban sueños que aún no existían ,trenes que volaban entre cerros, murales que se

encendían con energía solar, escuelas donde se aprendía a cuidar la tierra y el mar al mismo tiempo.

Una noche, mientras la neblina cubría la bahía, Andrea decidió seguir las voces. Bajó por los ascensores antiguos, cuyos engranajes parecían corazones metálicos latiendo. En el Muelle Prat encontró a un viejo farolero que sostenía una linterna de vidrio color ámbar.

—Esa luz —dijo él— guarda los recuerdos de Valparaíso. Pero solo quienes creen en lo imposible pueden ver lo que viene.

Naiara tomó la linterna, y dentro vio imágenes flotando, el puerto lleno de música, niños plantando flores en los techos, barcos que navegaban con energía del viento, y murales que cambiaban de forma con el pensamiento de la gente.

El viejo sonrió.

—El futuro no se adivina —le dijo—, se imagina y se construye con las manos, con la memoria y el corazón.

Desde ese día, Naiara comenzó a pintar muros luminosos en su barrio. Cada mural mostraba una versión distinta de Valparaíso, uno con jardines suspendidos sobre los cerros, otro con trenes marinos, y otro con faros que hablaban en versos. Pronto, los vecinos se unieron. Los niños inventaban cuentos para las paredes, los abuelos narraban viejas leyendas, y las voces del viento se mezclaban con risas humanas.

Una tarde, mientras el sol se hundía en el mar, Andrea levantó la linterna una vez más. Esta vez, la luz no mostró un futuro distante, reflejó sus propios ojos.

Entendió entonces que el futuro de Valparaíso estaba en cada uno de nosotros, en su imaginación, su arte y su amor por la ciudad que brillaba entre vientos y mareas.

Desde ese día, dicen que si caminas por los pasajes de colores y el viento te susurra al oído, no tengas miedo. Son las voces luminosas del puerto, llamándonos a imaginar el mundo que aún falta por pintar.

Mención honrosa

LEONARDO CONTRERAS

Tercero Medio

Colegio

Rubén Castro

El pasajero del cerro

Salgo de la aplicación, prendo mi auto —sí, el mismo vehículo negro que me sirve para ganarme la vida— y me posiciono esperando que la siguiente carrera aparezca en la pantalla. Soy conductor de aplicación y llevo años aprendiendo a leer la ciudad en los silencios de la radio, en los gestos de quien sube, en las rutas que prefieren.

Esa tarde el cielo estaba claro y yo no tenía rumbo concreto: a veces me dejo llevar por la gracia de la ciudad, por los pedidos que aparecen y por las ganas de mirar a Valparaíso desde otra ventana. Vivo en Viña del Mar, pero Valparaíso siempre

me llama: sus cerros, su mar que a ratos parece una memoria, sus casas pintadas como trozos de mosaico. Para mí, esta ciudad tiene el olor a sal y diésel, la música de un acordeón en la esquina y el rumor de las tapas de alcantarillas que crujen cuando subes por las calles empinadas.

El viaje empezó tranquilo, sin prisa. Recogí a un pasajero en la Cruz del Cerro Los Placeres, sin preguntar mucho —esa es la regla—; le abrí la puerta, subió y se acomodó en silencio. Yo ya había pensado en dar una vuelta por los cerros, ya que no teníamos un destino específico. El pasajero no dijo una sola palabra al subirse o al empezar el trayecto, pero su postura y su manera de mirar por la ventana me dijeron que no era el típico turista apresurado.

No fue hasta que nos detuvimos en la calle Errázuriz, cuando la ciudad nos presentó a un personaje más. Un hombre apareció junto al vidrio, con una voz gruesa y cansada que parecía fusionada con el viento del cerro:

—¿Qué pasa, patrón? ¿No tendrá una monedita pa’ mí? Si quiere le limpio lo’ vidrio; su pasajero no se ve de por acá, patrón. Si quiere lo acompaño y le hago un tour por mi cerro lindo… obvio, con paga po’, no sea patúo.

El hombre hablaba con un ritmo que conjuraba el hablar porteño más antiguo. Traía un balde con agua, un trapeador que había visto mejores días y un perro pegado a su pierna: el animal estaba flaco, con el pelo enmarañado, caminaba con paso cansado y justo se recostó frente a mi auto.

Sus ropas estaban gastadas hasta la fibra: una chaqueta que alguna vez fue marrón oscuro y ahora mostraba parches cosidos; un sombrero viejo que había perdido la forma, calcetines remendados y botas con barro pegado. Su ropa olía a mar y tierra, a jornadas largas y sol. Tenía manchas de pintura en las mangas —quizás de algún trabajo— y, en el cuello de la camisa, una cadena vieja que asomaba debajo del tejido, dorada pero empañada por el tiempo.

En su rostro, el sol había tallado líneas que decían los años de vivir en las cuestas. Hablaba con una familiaridad que quería venderte el cerro y, al mismo tiempo, te pedía una moneda para la cena. No parecía sobrio; su mirada se movía con desconfianza.

Mi pasajero, sentado atrás, no dijo nada. Lo vi solo de perfil por el espejo retrovisor. Vestía distinto: su ropa estaba cuidada, un abrigo oscuro que parecía nuevo, zapatos limpios, un pañuelo doblado con delicadeza. Había en él un aire de calma deliberada, como alguien que sabe el valor del silencio. No pregunté su nombre. En la aplicación solo aparecía su inicial: “M”. En muchas carreras uno no pregunta demasiado.

Yo mismo le respondí al limpiavidrios con cortesía mecánica: —No, muchas gracias, caballero. Soy lo suficientemente capaz para darle un buen viaje a mi pasajero.

La insistencia del limpiavidrios creció y, de pronto, entre la cadencia porteña, asomó una frase que tensó la mañana: —Pero patrón, yo se los advertí: cuidao con to’, y énfasis en to’,

patroncito… andan unos cabros haciendo rituales satánicos y no sé qué má’, pero yo les puedo echar la choreá. Si quiere, los puedo ahuyentar…

En ese preciso momento vi cómo su mano tanteó debajo de la camisa, y un brillo metálico asomó. Sentí mi estómago apretarse; mis años recogiendo pasajeros y evitando problemas me enseñaron a no arriesgar. Puse el pie en el acelerador con la calma de quien piensa rápido.

—Por favor, guarde eso. No queremos problemas. Agradezco mucho su oferta, pero estamos bien —le dije, con la voz que intento que suene firme sin ser agresiva.

El limpiavidrios nos dedicó una última mirada, entre advertencia y duelo, mientras el perro se corría para dejarnos el paso. En cuanto pude, aceleré y seguimos bajando el cerro. Al alejarme, eché una mirada por el espejo lateral: el hombre volvió a su trabajo, frotando parabrisas para los que sí se detenían.

Seguimos el trayecto, cruzamos la avenida con su clásico olor a mar, hasta llegar al corazón del puerto. Mientras subíamos, Valparaíso empezó a desplegar sus colores. En el Paseo Gervasoni, los balcones se asomaban al Pacífico y el aire olía a café recién molido. Pasamos junto al ascensor Concepción, ese artefacto que sube y baja como si conectara tiempos distintos. En el Museo Baburizza, el blanco de la fachada contrastaba con los murales que pintan la historia del puerto. Luego, en el Paseo Yugoslavo, los turistas sacaban fotos mientras los vecinos conversaban al sol.

El ascensor El Peral, con su estructura de madera y metal, nos regaló una vista que parecía un collage de épocas: barcos antiguos, grafitis modernos y el azul profundo del mar.

Todo ese recorrido condensaba la mezcla que es Valparaíso: artesanos, músicos, extranjeros y locales que se cruzan sin mezclarse del todo.

Mi pasajero seguía en silencio, pero sus ojos registraban cada detalle. Yo, que conduzco y observo, noto las sutilezas: la mezcla de idiomas en los carteles —español, italiano, alguna palabra en mapudungun—, las distintas religiosidades: una iglesia con flores primerizas al frente; más abajo, un pequeño altar improvisado con velas para alguien que la ciudad recuerda con cariño; y las prácticas cotidianas de los vecinos, que arreglan sus fachadas, riegan macetas o conversan en la vereda.

Valparaíso es una ciudad mestiza: de pescadores que aún salen al alba, de artistas que pintan fachadas, de estudiantes que esperan micros y de personas mayores que sostienen la memoria de los cerros.

Bajamos al plan por la calle Esmeralda para seguir nuestro viaje. Al llegar, me detuve frente a una placa metálica que leí casi sin pensar: “Antigua Cueva del Chivato”. El nombre tenía algo de leyenda, de historia que el viento repite entre bares y esquinas. Mi pasajero la observó en silencio, como si le devolviera un recuerdo antiguo.

Yo, acostumbrado a llevar gente a recitales, cementerios,

restaurantes y casas particulares, sentí la incomodidad en el asiento trasero. Le sugerí que continuáramos; él no movió ningún músculo. Algo cambió en su manera de respirar. En ese momento, yo —que paso horas conduciendo por las venas de Valparaíso y aprendí a escuchar los relojes silenciosos del carácter humano— empecé a notar detalles que antes no había notado en aquel pasajero: cómo sus manos reposaban con nerviosismo, cómo su mirada se perdía en el memorial y cómo parecía contar una historia que no se atrevía a decir.

Le pregunté: —¿Le interesa alguna parte en particular de la ciudad? —El Cementerio N°3 — respondió por primera vez.

La brisa cambió cuando tomamos el camino hacia Playa Ancha. El aire se volvió más frío, y el cielo, más pálido. Al llegar al portón del cementerio, él respiró hondo, como si por fin llegara al lugar que buscaba desde el inicio.

—Agradezco que el viaje haya sido tranquilo, pero ya es hora de descansar.

La frase me sorprendió: fue como si hablara de algo más que de cansancio. Acepté sus palabras sin saber que, en el fondo, mi carro oscuro se movía por rutas que antes habían sido parte de otras historias.

Cerró la puerta con suavidad y caminó hacia la entrada. La luz del atardecer dibujó su silueta entre las cruces y mausoleos. Lo vi desaparecer tras los muros del cementerio y me quedé un instante sin arrancar.

Entonces, la radio local irrumpió con una noticia que me heló la sangre:

—¡Buenos días, queridos oyentes! Aquí Radio Bío-Bío con una nueva exclusiva: se han reportado misteriosos cultos demoníacos durante la noche rondando específicamente la tumba de Martín Busca. Les recomendamos tener cuidado en los alrededores del Cementerio N°3. También se reporta una tenebrosa figura de un hombre en traje vagando por la ciudad con actitud “fantasmal”. ¿Será acaso el alma de Martín Busca paseando por Valparaíso?

El nombre resonó dentro de mí como un golpe seco. Miré por la ventana, pero ya no había nadie para observar.

Mi corazón dio un vuelco lento. Aquella paz que el hombre trajo en todo el viaje —esa calma como si ya conociera la ciudad— se me apareció de otra forma. No era un pasajero cualquiera: la manera en que me mandó a traerlo allí, la forma en que me había mirado antes de bajar del auto y me había agradecido, todo encajaba con un relato que había oído en la emisora.

Me quedé unos minutos en el asiento, con la radio a media voz y el motor amortiguando el silencio. Entonces, pensé en las historias que circulan por la ciudad: rumor, verdad y memoria se entrelazan en Valparaíso. Algunos dicen que hay apariciones; otros, que son solamente las sombras largas de una ciudad que no olvida.

Arranqué de nuevo. Subí por una calle donde un mural nuevo contaba la historia de las mujeres del puerto que tuvieron que remar contra la corriente; más abajo, un grupo de jóvenes pintaba con cuidado una fachada que antes había sido gris. Pensé en el limpiavidrios, en su perro, en el brillo opaco de su cadena, en las botas con barro. Pensé en el pasajero que quizá se llamaba Martín Busca, en su abrigo pulcro y en su modo de abrazar el silencio.

Me di cuenta de que la ciudad hace eso: junta a la gente para que se crucen, aunque sea por un instante; pone a un conductor que no pregunta demasiado junto a un hombre que, quizás, pertenece más a la leyenda que a la calle.

Yo sonreí de una manera nerviosa y cansada: no sabía si creía en fantasmas, pero sí sabía que Valparaíso se alimenta de historias que atraviesan generaciones. En la ciudad, el limpiavidrios sigue frotando ventanas cada mañana en búsqueda de la moneda; las señoras siguen vendiendo empanadas; los muralistas siguen pintando, y los jóvenes siguen haciendo música en las esquinas. Y algunos hombres regresan, de vez en cuando, a recorrer esta linda ciudad.

Si aquel pasajero era realmente Martín Busca, lo ignoro; pero, a partir de ese día, cada vez que paso por el Cerro

Concepción o la Cruz de Los Placeres, miro de reojo: la ciudad nunca deja de hablar, y yo, como conductor, solo intento ser parte de su trayecto sin romper sus silencios.

Mención honrosa

VALENTINA CONTRERAS

Tercero Medio

Liceo

Juana Ross de Edwards

Nosotras seremos

Valparaíso

En el Valparaíso de 2075, los cerros ya no solo se llenaban de coloridas casas: estas flotaban. Los bellos ascensores conectaban sueños, y en el puerto, los peces iluminaban el mar. Cada barrio tenía sus propios secretos, sus encantos y, sobre todo, sus historias. Gladys, de diecisiete años, miraba desde el mirador Paseo Yugoslavo cómo los antiguos tranvías se habían convertido en cápsulas de lectura que recorrían la ciudad en silencio, llevándose y trayendo libros de un barrio a otro.

Ella soñaba con cambiar la ciudad desde adentro, no con mapas ni planos, sino con proyectos e historias. Gladys había crecido escuchando las historias que el viento del puerto contaba en las noches. A veces le parecía oír risas viejas entre las olas, como si las mujeres que alguna vez vivieron en los cerros siguieran allí, susurrando.

Decían que ellas habían cuidado la ciudad cuando nadie más lo hacía, que pintaron los muros, tejieron redes y mantuvieron vivos los colores cuando todo parecía caerse. Con el tiempo, esas voces se fueron apagando, cubiertas por los ruidos del progreso. Por eso, cuando pensó en su proyecto, Gladys quiso despertar esas memorias y hacer que la ciudad las recordara otra vez. No buscaba construir algo grande ni moderno; quería que Valparaíso volviera a escuchar a las mujeres que la habían sostenido en silencio, para que sus nombres no se borraran nunca más.

Como era común, los árboles escucharon a Gladys, y ante ella, luego de una caminata, se encontró con un grupo de chicas jóvenes trabajando en un taller de energía solar, arte urbano y música. No solo creaban: también sanaban la ciudad. Soñaban con un lugar donde la tecnología y la naturaleza pudieran respirar juntas, y donde sus voces fueran escuchadas, porque siempre habían sido líderes natas: creadoras de un futuro justo y vivo, aunque nadie lo dijera en voz alta.

Sus risas llenaban los tubos metálicos, y cada conversación, junto a sus brillantes ideas, parecía tejer hilos invisibles que

unían los cerros de Valparaíso. Lo cierto era que ellas siempre habían sostenido esos hilos, silenciosas y sin reconocimiento, siempre presentes para mantener la ciudad viva, junto a sus colores y emociones.

Gladys comprendió algo: la ciudad no cambiaba solo con tecnologías brillantes ni edificios más altos. Cambiaba cuando las voces de todos —y especialmente de las que permanecieron calladas durante tanto tiempo— podían hacerse escuchar. Ese día, mientras el sol caía sobre el puerto y pintaba de naranja y violeta cada fachada, Gladys decidió que su proyecto no sería uno más, sino la historia de cómo Valparaíso podía imaginarse igualitario, vibrante y lleno de voces.

Comenzó a volver cada tarde al taller. Allí, entre cables, pinceles, música y risas, las chicas construían lámparas que se encendían con las carcajadas, puertas que se abrían con honestidad e instrumentos que transformaban las voces en energía. Reparaban objetos dañados para darles vida y alma: no había nada que no pudieran crear si lo hacían juntas.

Pero Valparaíso, aún en 2075, seguía siendo una ciudad de contrastes. En los cerros más altos, las luces se apagaban antes. En el plan, los anuncios de neón prometían un progreso que no alcanzaba a todos. Algunas autoridades empezaron a decir que lo que hacían era “un ruido”, que sus colores distraían a los turistas y ciudadanos. Cuando Gladys volvía del taller, bajando por el ascensor Concepción, veía lo que

ellas habían construido roto: los murales destrozados. Su voz comenzó a debilitarse; por un momento, quiso rendirse.

Pero entonces sucedió algo extraño. Una madrugada, mientras el mar dormía quieto y el sol posaba sobre él, los murales comenzaron a respirar. Las paredes vibraban, y del piso brotaban figuras femeninas hechas de luz y memoria. Eran aquellas que le hablaban mediante el viento, siempre habían estado allí, invisibles: poetas, lavanderas, pescadoras, maestras, constructoras, amas de casa, voces que la ciudad había olvidado, nombres borrados. Gladys las vio y comprendió: el cambio no estaba solo en construir cosas nuevas, sino en escuchar lo que la historia intentaba decirles, para no volver a repetirlo y, para siempre, recordar.

Desde esa noche, cada vez que alguien intentaba borrarles un mural, las luces volvían: más fuertes, más vivas, potentes y energéticas. Las vecinas empezaron a dejar mensajes en las ventanas: “Aquí también existimos”. Todas las mujeres, jóvenes y niñas alzaron la voz, crearon, actuaron y construyeron. Así, poco a poco, Valparaíso se transformó. No por decreto ni por máquinas, sino porque sus mujeres decidieron que la ciudad debía recordarlas.

En cada cerro, la naturaleza florecía junto al arte, y los peces brillaban en el puerto. Así, las mujeres, las del taller, las voces del viento y Gladys transformaron la historia y liberaron a Valparaíso, devolviéndole su voz, su aire, su mar y cada rincón que había sido olvidado.

Mención honrosa

MAGDALENA RAMÍREZ

Tercero Medio

Liceo

José Cortés Brown

El color del tiempo

Sí, era Valparaíso… pero no era mi Valparaíso, eso fue lo primero que pensé luego de viajar al año 2025.

Se preguntarán ¿por qué viajé más de 500 años al pasado?

Bueno… todo comenzó con una caja, sí, una simple caja de metal oxidado que encontré en una excavación en lo que alguna vez fue la biblioteca de la Universidad de Valparaíso.

Ese mismo día volví al centro de investigación y metí la caja a

la cámara de resonancia tecnológica, pero aun así esta caja no pudo ser escaneada. Eso solo podía significar que era de hace mucho tiempo, más de 400 años. La verdad, no pude contener la curiosidad y, contra todos los protocolos del centro de investigación y conservación temporal… la abrí.

Salió polvo, y entre él, una pequeña libreta, unas fotos y una vieja partitura. Abrí la libreta: en ella había dibujos de Valparaíso del 2025, según la firma. Me percaté de lo coloridos que eran; las casas eran de colores, no como los hologramas de entonces. Miré más de cerca y firmaba Amaranta Rojas. Estaba seguro de que ya había leído ese nombre.

Busqué entre los archivos del siglo XXI y encontré un afiche: era una de las últimas artistas callejeras que había pintado Valparaíso. Pasé días investigando sobre ella y sobre Valparaíso de ese entonces, y todo indicaba que esa caja era algo más que una reliquia: era una especie de ancla entre tiempos. Algunos registros que me dio la cámara de escáner indicaban que quien la tuviera debía devolverla.

Fue entonces cuando tomé la decisión que cambiaría mi futuro: si la ciencia no me daba respuestas, iría yo a buscarlas. Así que programé el salto cronológico.

Destino: Valparaíso 2025.

Y ahí estaba yo, mirando el puerto, pero no el mismo que conocía. Había un olor a sal y pintura fresca, el mar rugía, pero más vivo que nunca. No sabía qué hacer ni cómo encontrar

a Amaranta. Había unas pequeñas cápsulas con ruedas que movilizaban a la gente de un lado a otro, “micros” les decían.

Decidí subirme a una que me llamó la atención por su gran letra “O”. 612 decía como número.

Iba bastante rápido para ser tan pequeña. Mientras miraba las casas exactamente pintadas como en los dibujos, recordé la vieja partitura. Decidí sacarla e intentar descifrarla. Mi reproductor no la leía, no había rastro de esa canción en mis hologramas, pero cada nota parecía tener un gran peso emocional. Algo me decía que esa música era clave.

Miré hacia afuera intentando resolverla y, de pronto, me fijé en una larga escalera pintada como un lindo piano. Había niños jugando, subían y bajaban. Miré el letrero y decía “Cerro Alegre”. Me pareció curioso y decidí bajarme. Agradecí al chofer y me acerqué a las escaleras.

Las subí sin mucha delicadeza ni importancia, pero me di cuenta de que en mi pequeño bolsillo algo se iluminaba. Era la partitura: se iluminaba cada vez que tocaba los peldaños. Decidí volver a subir, se iluminaban uno por uno. Anoté las notas en la libreta:  la, si, do, re, do, si, la, si, do. Todavía no reconocía la canción.

Al llegar a la punta del cerro, la partitura volvió a su color amarillo viejo. Entendí que debía continuar. Decidí caminar lentamente apreciando cada detalle del lugar: las casas, los negocios, el actuar de la gente. Entre horas caminando llegué a un cerro llamado Barón. Me pareció curioso, pero

ya estaba cansado. Me senté en una escalera cerca de una iglesia. Era rural; nunca antes había visto una.

Sonaron las campanas indicando que eran las seis. Me percaté: la partitura en mis manos vibró. Asumí que era la percusión de la canción. Intenté memorizarla y juntarla con las notas que ya tenía. Sonaba algo melancólico, con mucho peso emocional. Sentía que las respuestas estaban en los cerros.

Así que, preguntando a los habitantes, llegué a uno llamado Placeres. Estuve horas buscando pistas, no había registros de nada. Empezó a anochecer, la gente poco a poco desapareció… hasta que entendí por qué. Alguien encapuchado me atacó con un no muy afilado cuchillo y me dijo:

—Dame tu celular.

No tenía ni la menor idea de qué era eso. Le pasé mi billetera holográfica, era lo único que llevaba a mano. Quedó desconcertado, me habrá tomado por loco y se fue.

Ya estaba bastante decepcionado. Caminé sin mucho rumbo por el cerro, hasta pensé en rendirme. Gracias a Dios empezó a amanecer. Los pequeños rayos de sol alumbraron un lindo mural, de una gran banda parecía. Me fijé más precisamente en la batería: tenía un pequeño símbolo. ¿Dónde lo había visto? Recordé: había un sticker en la libreta con ese mismo símbolo.

Corrí a una biblioteca actual. Cuando entré no entendí nada: ¿había libros físicos? Le pregunté a la dama, me dijo que el

pasillo 3 era de música chilena. Así que busqué y encontré un libro: Éxitos de Los Jaivas. Era justo lo que necesitaba.

Al salir intenté reproducir en mi reproductor una canción de ellos, pero me seguía arrojando “frecuencia no encontrada”.

No sabía dónde más buscar, hasta que vi un folleto de la banda en el mural de informaciones: harían un concierto en vivo. Era en 20 minutos, en el Aula Magna de la USM.

Pensé en cómo llegar. ¿En micro? No había tiempo. Así que hice lo que tenía prohibido hacer por las normas de viajes en el tiempo: me teletransporté a los baños, para que nadie me viera.

Salí rápidamente y fui preguntando hasta hallar la Aula Magna. Entré. Estaban más viejos que los del mural, pero se suponía que eran ellos. Empezó a sonar  “Mira Niñita”.

Sentí una pequeña vibración en mi bolsillo: era la partitura. La saqué, se iluminó por completo. Entendí que esa era la canción.

De pronto, la hoja cambió completamente de imagen: mostraba una casa blanca. Sentí que ya la había visto. Recordé que pasé por ahí en algún momento: estaba en el Cerro Concepción.

Esta vez decidí caminar. Llegué de noche. Con toda la fe y valentía del mundo, decidí tocar la puerta. Lentamente, una mujer con aspecto cansado y deteriorado abrió. Inhalé y decidí preguntarle:

—¿Usted es Amaranta Rojas?

Asintió tristemente.

—Esto es tuyo —le dije, entregándole la caja con todas sus cosas.

—Ya no pinto… el color se fue de esta ciudad, y de mí también —dijo, cerrando la puerta lentamente.

Con ello, mis esperanzas. Me senté en una banca, lloré, diría yo, unos 30 minutos. No sabía qué hacer. No tenía nada ni nadie en este lugar, solo una caja de metal por la cual luché días.

Decidí volver al puerto y, con ello, al año 3123.

Después de un largo viaje llegué al mismo puerto. Decidí caminar a mi laboratorio. Fui mirando: no había ni un cerro pintado, no sonaba música en las calles, la gente solo avanzaba sin siquiera saludar o mirar a los demás. Llegué a mi laboratorio, me acosté y decidí recordar lo lindo que fue estar en el año 2025.

Estuve días trabajando lo que dejé pendiente en el centro de investigación, y entre tantos hologramas ahí estaba aún la libreta. Decidí mirarla por última vez. Abrí la primera página y entendí: el Valparaíso donde estaba viviendo no era el correcto, al menos no para mí.

Valparaíso debía mantener su cultura, su arte, su música. No debía perder esa esencia que lo hace tan único. La gente

bailando en las calles, músicos tocando, artistas expresando su arte de la manera más noble que existe. Valparaíso debía ser así, aunque pasaran y pasaran los años, no podía dejar de ser así. Comprendí que la persona que debía mantener esa cultura tenía que ser Amaranta.

Esta vez decidí que, si viajaba de nuevo al año 2025, no podía volver sin que Valparaíso se mantuviera… cueste lo que cueste.

Llegué al puerto. Esta vez no me detuve a mirar. La verdad, iba decidido. Tomé una micro, llegué a la casa de Amaranta. La verdad, me di un par de vueltas en el lugar, pero recordé por lo que venía.

Toqué la puerta. Amaranta abrió lentamente y me miró:

—¿Tú de nuevo?

Hablé rápido y le dije lo que venía a decir:

—Sin ti, Valparaíso no será igual. Todo esto acabará.

No entendía por qué, pero se alejó lentamente de la puerta.

Decidí entrar. Tenía un piano de cola, era lindo. Pensé en tocarlo. No era como los de los hologramas, pero hice el intento. Me senté, saqué la partitura y toqué. Ella entendió rápidamente qué canción era. Se sentó a mi lado y se puso a llorar. Intenté decirle algo, pero rápidamente se paró, agarró la caja y un par de pinturas, y salió apurada de la casa. Decidí seguirla.

Llegamos a una muralla blanca. Se veía un dibujo desteñido de un arcoíris. Me miró y dijo:

—Fue el inicio de mi último mural.

Solo la miré en silencio. Empezó a pintar, y debo admitir que lo hacía muy bien. Ni la máquina de dibujos lo hace tan preciso. Debajo de este escribió: “Cultura por siempre”.

Me miró y se fue lentamente. Sentí que mi trabajo estaba hecho. No quería volver, pero no podía seguir alterando el futuro. Apenas volví, sentí un aire distinto. Miré… y era Valparaíso, conservando su hermosa cultura, su arte, su música, su gente y amabilidad. Bueno, las micros no, esas sí evolucionaron. Una lástima para mí. Llegué a mi casa. Llevaba tiempo sin ir. Siento lejanamente una canción de Los Jaivas, la recordaba perfectamente: la habían tocado en el recital. Salí, y era un tributo holográfico en vivo. Mi trabajo valió completamente la pena.

Mención honrosa

MELINA RIVERO

Tercero Medio

Colegio

María Auxiliadora de Valparaíso

El corazón azul del

Puerto

El avión descendió entre las nubes como una gran ave plateada. El aterrizaje fue tan suave que apenas despertó a Valentina de su sueño, donde caminaba entre cerros cubiertos de neblina, oyendo el murmullo del mar. A su lado, Leslie —su hermana mayor— revisaba el pasaporte con los ojos brillantes, mientras su madre, Elizabeth, sostenía una caja de dulces y pequeños regalos envueltos con cintas de colores.

Habían pasado muchos años desde que dejaron Chile. En los Alpes suizos, entre montañas blancas y lagos inmóviles, el mar era solo un recuerdo que resonaba en los sueños de Elizabeth. Ahora regresaban al antiguo hogar junto al océano, al lugar donde los colores viven y respiran entre la memoria.

Durante el viaje desde el aeropuerto, el paisaje fue transformándose como una acuarela en movimiento. Las autopistas dieron paso a lomas verdes, y luego a cerros cubiertos de casas de colores que trepaban hacia el cielo. Elizabeth bajó la ventana: el viento traía el olor del salitre, del pan tostado y de la lluvia sobre la madera.

—¿Sientes eso? —preguntó, cerrando los ojos—. Es el aire de mi infancia. Ningún perfume del mundo se le compara.

Leslie sonrió, mientras un remolino de papeles y volantines escapaba del maletero de un niño y se elevaba junto al auto.

—Mira, mamá —dijo Valentina—. Las casas parecen trepar unas sobre otras para ver el mar.

—Así son los porteños —respondió Elizabeth con ternura—. Siempre buscando una vista, aunque sea pequeña, para recordar que el horizonte también les pertenece.

Cuando la curva del camino les reveló la bahía, el sol se reflejó en el agua con tanta fuerza que las obligó a entrecerrar los ojos. El puerto, con su anfiteatro de cerros multicolor, parecía un mosaico vivo que latía. Un grupo de gaviotas cruzó

frente al parabrisas, y Elizabeth apretó con fuerza las manos de sus hijas.

—Hemos vuelto, mis niñas. El mar nunca olvida a quienes lo aman.

Las esperaba al final de un pasaje adoquinado doña Elena, con su sonrisa tibia y el delantal lleno de harina. A su lado, Luna —su hija menor— sostenía un gato negro de ojos verdes como esmeraldas.

—Bienvenidas a casa, mariposas —dijo doña Elena, envolviéndolas en un abrazo que olía a jazmín y pan caliente.

La casa, colgada en el Cerro Concepción, parecía un organismo vivo. Las buganvillas cubrían sus muros y el viento hacía crujir sus maderas con voz propia. Dentro, el aire olía a óleo, cedro y sal marina. Las paredes estaban cubiertas de cuadros: faros que alumbraban tempestades, peces con alas, barcos que navegaban entre nubes.

—Mi hija Isabel les da vida —explicó doña Elena mientras servía té—. Pinta para que el puerto no olvide sus sueños.

Isabel bajó por la escalera de caracol, con el cabello recogido en un moño suelto y las manos manchadas de azul ultramar. Saludó con serenidad, como si las hubiera estado esperando desde siempre.

Esa tarde, mientras ayudaban a Luna en el invernadero, Elizabeth se quedó observando cómo sus hijas reían entre

plantas de menta y tomillo. Había pasado tanto tiempo intentando protegerlas en un país ordenado y silencioso, que había olvidado lo que era verlas entre colores.

—Las raíces siempre encuentran el camino de regreso — murmuró, mirando el mar.

La brisa comenzó a esparcir pétalos de jazmín por el aire, cubriendo las calles con una nevada perfumada. Bajo esa lluvia floral recorrieron el Museo a Cielo Abierto. Frente a un mural que mostraba a una niña gigante abrazando un cerro, Leslie murmuró:

—Parece que la ciudad misma nos abraza.

Elizabeth tomó la mano de sus hijas.

—Es porque la ciudad las reconoce. La memoria también pinta sus propios murales.

Al caer la tarde, Isabel las llevó a su taller. Los frascos con pigmentos parecían frascos de luz: amatistas, ocres, turquesas, lapislázulis. Sobre una mesa reposaba un cofre de madera tallada.

—Esto —dijo Isabel con reverencia— es el corazón de Valparaíso.

Dentro, fragmentos de piedra azul oscuro con vetas doradas brillaban como constelaciones.

—Lapislázuli —explicó—. Dicen que los cerros laten gracias

a este mineral. El azul guarda la calma del mar, y el oro, la esperanza de los faroles que guían a los barcos a casa.

Elizabeth extendió la mano y tomó una de las piedras.

—Mi padre tenía una igual —susurró—. La llevaba siempre en el bolsillo cuando salía a pescar. Decía que el mar reconocía su brillo y le mostraba el camino de vuelta.

Sus hijas la miraron con asombro. Por un instante, Elizabeth no fue solo madre, sino también niña: aquella que jugaba con la espuma de las olas y soñaba con pintar el cielo.

Al amanecer siguiente, Isabel las condujo hasta un rincón del Cerro Alegre. Bajo las raíces de un aromo centenario, asomaban fragmentos de lapislázuli en bruto.

—Aquí la ciudad guarda su corazón —dijo Isabel—. Azul y oro, como un recuerdo que no se borra.

Elizabeth se arrodilló y rozó una piedra con los dedos.

—Prometo cuidar este color —murmuró—. Prometo que mis hijas nunca olvidarán de dónde venimos.

Los días siguientes fueron un festín de memorias: ferias, ascensores antiguos, calles con músicos y vendedores de sopaipillas. Todo era una sinfonía de voces, risas y ecos del pasado. Elizabeth parecía rejuvenecer con cada paso.

—El extranjero me dio paz —dijo una noche, mirando el mar desde la terraza—. Pero solo aquí siento vida.

La Fiesta de los Faroles coronó su regreso. Los cerros se llenaron de luces de papel pintadas con polvo de lapislázu-

li. Las pequeñas llamas danzaban como estrellas. Leslie fotografiaba sin cesar; Valentina cantaba una melodía que su madre le había enseñado de niña.

—El puerto sueña despierto —dijo Elizabeth, y sus ojos brillaron con lágrimas.

Al despedirse, Isabel les regaló un cuaderno con tapas de madera incrustadas con lapislázuli.

—Para que escriban lo que el mar les diga —sonrió.

Luna puso un fragmento en forma de estrella en la mano de Leslie.

—Mientras lo lleves, siempre sabrás volver.

Cuando partieron, Elizabeth miró por la ventana del auto.

Las luces del puerto se reflejaban en el mar, y la luna, llena, parecía encender el cielo con un resplandor azul.

—¿Lo ves? —susurró Valentina.

—Sí —respondió Elizabeth—. No es un adiós… es un hasta pronto.

El puerto se fue desdibujando como una acuarela que se diluye. Pero dentro de ellas, la chispa azul seguía viva.

Porque Valparaíso no era solo un lugar en el mapa.

Era un corazón antiguo, hecho de mares, de luz y de memoria.

Un ser vivo que respira a través de quienes lo recuerdan.

Y mientras alguien, en algún rincón del mundo, pinte, sueñe o ame con el color del lapislázuli, el puerto seguirá despierto, sus cerros floreciendo en azul y oro, y su amanecer será, siempre, una obra de arte en proceso: pintada con el pigmento más valioso, la memoria viva del alma porteña.

Mención honrosa

JEAN-FRANCO  TOGNIA

Tercero Medio

Colegio

Salesiano de

Valparaíso

El retorno

Había olvidado lo cansador y desgastante que solían ser las pendientes del puerto. La subida se alzaba ante mí, silenciosa, casi muda. A cada paso aumentaba ese aire fresco y helado que me devolvía los recuerdos enterrados. Mis ojos reparaban en la bahía, que se abría como un espejo antiguo donde el tiempo descansaba. Sus aguas, a veces calmas y otras furiosas, guardan los secretos de marinos, poetas, trabajadores y de seis pequeños inmigrantes italianos que soñaron con horizontes lejanos.

La madrugada se posa sobre los cerros como un farol, tiñéndolos de una luz susurrante sobre los tejados oxidados, sobre los muros coloridos y los ascensores quietos que se niegan a morir, mirando siempre el Pacífico. En cada ola que golpea el muelle, parece oírse la voz de una historia: risas de infancia, amores de puerto, muertes dolorosas y promesas incumplidas. A veces, las promesas rotas no son traiciones, sino caminos que se separan, pero, aun así, duelen… porque alguna vez fueron verdad.

El viento me trae el aroma a sal, a pan batido recién salido de los hornos, olor a Caleta El Membrillo, olor a sueños porteños gastados, y todo se adhiere a mi piel. Desde los balcones colgantes, llenos de ropas y convertidos en jardines verticales regados con garugas, la ciudad observa su reflejo en el agua, orgullosa y melancólica. Las campanas de La Matriz suenan, dando los buenos días a este puerto perdido, lejano, al fin del mundo, y el canto de las gaviotas se mezcla con el rumor de los barcos que aún sueñan con partir.

Valparaíso no ha envejecido; se ha transformado en un maestro que guía a quienes han llegado y han decidido quedarse.

Todo me recuerda a quién era, de dónde vengo y por qué partí… Cada escalera, cada pasaje angosto le hablan al niño que alguna vez recorrió estas laderas. Valparaíso no ha cambiado del todo; continúa siendo un enjambre de laberintos y callejuelas. Sobre las buhardillas, los gatos toman los primeros rayos de sol, y calle abajo corren los perros que no

son de nadie, pero a la vez son de todos. Para quien corrió como salvaje entre estos pasadizos y contó cada adoquín patrimonial de estas calles torcidas, como hilos enredados de un viejo tapete, con los ojos cerrados podría volver a recorrerlas. Y yo… yo conozco estas callejuelas tan bien como cuando un hombre conoce sus más profundos pecados.

Estos recovecos del Valparaíso que fue y del Valparaíso que viene, con optimismo y fuerza, son testigos mudos de rodillas raspadas que nunca dolían demasiado, de botones perdidos, ojos morados, labios partidos, nudillos heridos y de la inocencia de creer que el primero que llegara a la cima del cerro era dueño del mundo. Descalzos o con zapatos gastados, con sonrisas que se mezclaban con humo de madera húmeda y cierto olor a alcohol de bares de mala muerte, llenábamos el aire de cantos, carcajadas y gritos mientras jugábamos con piedras, con canicas o al volantín, inventando mundos donde todo era posible. Cada risa era una pequeña victoria contra la nostalgia que nos acompañaba, un intento de olvidar las largas horas lejos de la tierra natal: “nostra Italia”.

Pero detrás de la alegría había una fibra de tristeza. Algunos mirábamos al horizonte con ojos que extrañaban los campos de olivos, las voces de los “nonos” y el canto de las campanas de nuestro pueblo. La escuela, los mercados, los trabajos de nuestros padres: todo estaba lleno de oportunidades, pero también lleno de desafíos y de buscar la forma que fuéramos aceptados.

Este puerto fue nuestro refugio. Aquí, en esta ciudad loca y extraña que nos recibió, la alegría y la tristeza convivían, formando recuerdos que, años después, serían historias de coraje, de amor por la familia y de raíces que nos atarían para siempre a este Valparaíso, que no se puede dejar de pensarlo, extrañarlo y quererlo.

Hoy vuelvo, vuelvo… vuelvo con dolor, con vergüenza, con desasosiego que me consume y con la certeza de que el pasado no se olvida y que todos hemos aprendido a cargarlo… Camino por las mismas veredas y edificios estoicos que han soportado terremotos, incendios y el viento sur. Esta ciudad ha aprendido a renacer una y otra vez de sus propias ruinas, como si desde el corazón del océano Poseidón la protegiera a su manera. Esta sangre porteña sigue ardiendo, terca y fiel, porque al final, por más lejos que haya ido, Valparaíso sigue latiendo en mí, como una herida que nunca cicatriza… y me recuerda que sigo vivo. Estas mismas fachadas que siguen en pie, envejecidas pero firmes, alguna vez me vieron partir con el alma destrozada y el corazón lleno de ecos… pero siguen aquí, resistiendo y destinadas a recordar dos historias: la de este puerto y la de este “maledetto italiano”, y ambas se niegan a desvanecerse.

Partí como un delincuente entre la oscuridad y las luces tenues de la noche. Los abandoné cuando más dolor había; partí como una indeseable rata. Sin mirar atrás, cargué con la culpa como una sombra interminable que me recuerda que fui yo quien abrió esa grieta. Ahora, mientras camino

entre fantasmas del pasado, comprendo que no se huye del dolor: se arrastra contigo hasta que tienes el valor de enfrentarlo. Los abandoné en el instante más doloroso, cuando la tristeza era insoportable y las lágrimas caían como una lluvia infinita, como las que inundan y desbordan Valparaíso. Me alejé como un cobarde, sucio y traicionero, arrastrando mi culpa y mi conciencia manchada de remordimiento.

El silencio cruel me envuelve al subir el cerro, y reconozco cada quebrada que respira bruma y hojas verdes y secas; donde la vida resiste, se esconde y renace, entre la pobreza y la belleza, entre el polvo y la esperanza. Reconozco cada casa que forma un mosaico colorido, colgando hacia el abismo. Reconozco mi calle, mi barrio y cada árbol inquebrantable, siempre espiando y majestuosos como los colosos de Rodas que se aferran a esta ciudad, donde sus troncos anidan los años y comienzan a resurgir los rostros inocentes que dejé atrás, sus miradas heridas, sus voces ahogadas suplicándome que no me marchara. Yo, vil y egoísta, elegí las tinieblas antes que enfrentar mi propia debilidad.

No vuelvo por el perdón, sé que no lo conseguiré. Vuelvo por todo lo que dejé atrás…Porque volver no siempre es empezar de nuevo, a veces es aceptar que nunca nos fuimos del todo y esta ciudad se ha empecinado en pegarse a mi como el primer amor que es el que nunca se olvida… Vuelvo a recibir lo que merezco …y a cumplir una promesa… Aquella promesa de “bambini” , de retornar juntos, los seis, a “nostra Italia”, el juramento de infancia, se convierte

hoy en un desafío doloroso: tres cuerpos que repatriar y mirar a los ojos a dos amigos calabreses después de catorce años.

Consciente de que nada podrá borrar los años ni los silencios que se han acumulado entre nosotros, me detengo frente a la casa. El destino ya había hablado, y mi suerte estaba echada al mar, como un ancla sumergida en las costas de esta ciudad. Empujé la vieja puerta que guardaba sus años, como la ciudad guarda sus tesoros y secretos… Ahí estaban de pie: dos muchachos que abandoné cuando teníamos 12 años y que hoy eran hombres.

Había un abismo de recuerdos: promesas rotas, palabras que nunca se dijeron y una despedida que nunca existió, que dejaron marcas invisibles. Cada paso que daba parecía acercarnos y, al mismo tiempo, nos empujaba a lados opuestos, como tres barcos atados a la misma corriente, pero incapaces de encontrarse. Pero el tiempo, cruel y paciente, había tejido un velo entre nuestras almas. Ahora volvíamos a vernos en la misma ciudad que nos albergó de niños y la misma ciudad que nos separó… Así es Valparaíso, un puerto de encuentros y despedidas.

En ese par de ojos mediterráneos había dolor, nostalgia y una pregunta muda: ¿Cómo seguir cuando lo que más quisieron también fue lo que los hirió? Quise acercarme, quería correr a sus brazos, y entonces entendimos algo que no podíamos decir: estábamos unidos por lo que nos había herido, pero

separados por la misma herida… mi partida y años de auto destierro.

Mi cuerpo tiritaba, y las fuerzas me abandonaron como las hojas que arrastra el viento a su antojo por los barrancos y acantilados de Valparaíso. Caí de rodillas sobre el suelo, con el alma fragmentada y la vista nublada; sentí que el mundo se desvanecía en un murmullo lejano; el aire me faltaba, y cada respiro era un intento desesperado por no rendirme…

A ratos deseaba entregarme y acabar con todo. Mi corazón latía con violencia, golpeando mi garganta como si quisiera escapar por mi boca, y en ese temblor comprendí que algo dentro de mí se había quebrado, tan silenciosamente como aquel día de mis doce años, cuando sentí el frío del cañón apoyado contra mi cabeza y la certeza de que sería el cuarto en morir si no tomaba el arma del suelo y arremetía contra los “maledetti bastardi” que nos querían muertos. Apreté el gatillo y vacié el cargador, y el niño que fui se quedó ahí, entre el humo y la sangre, mirando cómo yo seguía respirando. Entonces hui. La vida misma parecía detenerse una vez más…

Hoy no huiría… Ya en el piso, largué en llanto, atrapado en mi propio cuerpo como un trozo de tela olvidado, arrojado para ser pisado… esperando sin saber que esperar. Ellos corrieron a mi encuentro, y sentí sus brazos que me acogían entre sus cuerpos, ahí yacía yo, hecho un ovillo de desesperación, con los ojos hinchados y la piel temblando como si la ciudad entera pesara sobre mi espalda.

Lloraba. No con el llanto que libera, sino con ese que destruye, que nace del alma rota y se ahoga en su propio ruido.

Murmuraba entre sollozos que ya no quería seguir, que nada valía, que el dolor era demasiado. Mi voz se destruía como cristal entre las manos del viento, cálido, seco y tempestuoso de septiembre.

Ellos se miraron, sabiendo que no existían palabras para coser un corazón que había olvidado latir. Se arrodillaron junto a mí, sin juicios, sin miedo, como entendiendo mis años de ausencia. Uno me tomó del hombro, el otro me sostuvo por la nuca, y entre ambos me levantaron del suelo, como si levantaran, una vez más, los restos de aquel niño asustado que arrancó del viejo puerto perdido con su rostro salpicado de sangre y con olor a pólvora perfumada en sus pequeñas manos.

Mi cuerpo pesaba más por la tristeza que por la carne. Mis lágrimas caían aún, tibias, mojando las manos que me sostenían. Pero, en medio de aquel amanecer sin estrellas, me sostuvieron como tantas veces lo habían hecho antes.

No dijimos nada; las palabras se hundieron entre los pliegues de nuestros corazones heridos, donde aún laten las sombras del pasado. Sólo permanecimos ahí, tres sombras abrazadas bajo la mañana, contemplando el mar, los barcos y los cerros una vez más y Valparaíso nos prometió custodiar silencioso nuestros secretos más profundos.

Mención honrosa

CONSTANZA UGARTE

Tercero Medio

Colegio

María Auxiliadora de Valparaíso

El despertar de Valparaíso

Dicen que Valparaíso nunca dejó de soñar y perder la esperanza. Aún cuando las mareas comenzaron a cubrir los muelles y cerros, el aire cada vez se volvía más evidente por el humo de los incendios, aun así, la ciudad siguió resistiendo. Fue entonces cuando los habitantes de Valparaíso decidieron no esperar un milagro, se dieron cuenta que ellos mismos debían ser el cambio.

Pasaron los días, meses, años hasta incluso décadas. Y poco a poco, Valparaíso renació.

Actualmente es el año 2090. El puerto ya no está lleno de contenedores como había antiguamente ni barcos oxidados, sino de islas gigantes llenas de vegetación y un paisaje verde, donde crecen flores, plantas medicinales y árboles frutales. La chatarra que había en esos tiempos se transformó en torres eólicas. Las casas de los cerros tienen techos verdes y paredes tan atractivas como los grafitis que se apoderaban de la ciudad de Valparaíso antiguamente. Los ascensores, lo mas característico de nuestra ciudad funcionan con luz solar y transportan tanto personas como a plantas de los pequeños jardines móviles.

Entre tantos cerros vive Brisa, una niña de quince años, curiosa, tranquila y alegre. Con una mirada de esperanza y luz ante su ciudad. Vive con su madre, ingeniera del instituto del viento, una organización que se dedica a escuchar y comprender las necesidades de la naturaleza.

—El viento y el agua están conectadas, guardan recuerdos de nuestro planeta, Brisa —su madre le decía cada mañana y cada noche—. Si escuchas con atención, te contarán historias, si lo ves con atención te mostrarán la historia. Aunque Brisa no lo entendía muy bien.

A Brisa le gusta mucho acompañar a su madre al trabajo, desde el Cerro Cordillera veía a los drones-mariposas revoloteando sin ningún rumbo, solamente sobre el puerto,

limpiando el aire y dejando una pequeña nube de neblina fresca. En los muros tan coloridos de la ciudad cambiaban de color según el clima: cuando estaba soleado, se volvían de un tono dorado; cuando llovía, se volvían en un tono azul como el mar. Cada pintura tenía su propia voz, creada por artistas locales y por estudiantes que estudiaban en el área de la tecnología, la función de estos es dar mensajes ecológicos y poéticos para los habitantes de la ciudad o turistas.

Un día, mientras Brisa recorría el patio del instituto se acercó a una fuente de agua, ya sentada sacó un libro y se puso a leer, escuchó un leve susurro proveniente del viento que jugaba con las hojas, mientras el agua formaba ondas. Brisa se paró con muchas dudas pensando que estaba imaginando a lo que le llevó a preguntar.

—¿Quién anda ahí? —

—Hola Brisa —respondió el viento con una voz casi imperceptible

—¿Cómo sabes mi nombre?, ¿Quién eres?, ¿Dónde estás?

—respondió Brisa con curiosidad y miedo

—Soy el viento del pasado —respondió nuevamente con una voz imperceptible—. Vengo a contarte y mostrarte lo que fuimos en algún momento.

El agua con las ondas que producía empezó a mostrar imágenes: las calles llenas de basura, el mar cubierto de desechos y aceites, incendios devorando los cerros de a poco.

Brisa viendo esas imágenes que mostraba el agua de la fuente sintió una pena gigante, pero también esperanza, al ver cómo las personas de Valparaíso se unían para cambiar lo que sucedía. Familias y comunidades se reunían a plantar árboles, jóvenes recolectando plásticos del mar, artistas de las calles y locales que pintaban mensajes de unión y sobre cambiar, en las paredes que estaban destruidas.

—¿Y ahora qué? —preguntó Brisa después de ver cada imagen que proyectó el agua.

—Ahora somos parte de cada uno de ustedes —susurró el viento—. Lo que cuidas, nos cuida.

Esa misma tarde, Brisa se quedó pensando en todo lo que le mostró el agua y lo que le contó el viento, bajó al puerto para ver las nuevas plataformas flotantes. Allí, un grupo de jóvenes universitarios investigaban métodos de cultivo de frutas con agua extraída de las nieblas. Cada gota demostraba: los resultados de años de trabajo, ciencia y el amor por cuidar nuestra naturaleza.

Brisa los observaba, se acercó y les preguntó —¿Qué hacen? —Un joven al notar la presencia de Brisa se acercó, le explicó que los cerros de a poco se habían convertido en ecosistemas inteligentes: había sensores en el suelo donde avisaban cuando las plantas necesitaban agua, los paneles solares les daban energía a escuelas y mercados, y todo lo que antes era basura se convertía en algo útil para nuestra ciudad.

Cuando llegó la noche, Brisa subió al techo de su casa. Desde la vista que tenía, Valparaíso brillaba con luces verdes que se reflejaban en el mar. Los huertos que flotaban en el puerto parecían constelaciones, recordaba lo que el viento le contó y lo que el agua le mostró, mientras seguía perdida en sus pensamientos escuchó.

—Gracias por escuchar y ver nuestra historia —dijo aquella voz invisible otra vez.

Brisa al escuchar esa voz casi imperceptible cerró los ojos y sonrió. En lo más profundo de su corazón sintió que Valparaíso no era solo una ciudad, era nuestro hogar, una persona como nosotros, una ciudad que soñaba, respiraba y hablaba con su gente.

Desde entonces, cada mañana, antes de ir a la escuela, Brisa plantaba una nueva semilla en el jardín de su cerro. Cada planta que crecía era una nueva vida para un futuro.

Cuando alguien le preguntaba cómo era vivir en Valparaíso, ella respondía con mucha felicidad y un gran orgullo de su ciudad:

—Aquí, la ciudad y nosotros crecemos y aprendemos juntos.

Mención honrosa

MÁXIMO VENEGAS

Tercero Medio

Colegio

Rubén Castro

Entre ruinas y memorias

Dicen que el mar volvió a reclamar lo que era suyo.

Valparaíso se hunde poco a poco, como un barco cansado. Los cerros ya no tienen luz, los techos flotan, y los pocos que quedamos caminamos entre ruinas y recuerdos oxidados.

Mi trabajo consiste en cuidar lo que queda del palacio Baburizza, uno de los últimos museos del puerto. Me encargo de vigilar escombros, cuadros podridos, pinturas de un puerto

que existió y que ahora solo vive en la memoria. Miro mi reloj y son las nueve y media de un lunes por la mañana.

Cada mañana sigo la misma ruta, cruzando lo que fue la plaza Sotomayor hasta llegar al Cerro Alegre, a veces me detengo a ver lo que era el muelle, que ahora guarda su presencia bajo el agua. Llegando al museo, el mar estaba tan cerca que casi arrasaba con el viejo funicular que quedaba a metros del Baburizza. Por rutina, miré el ascensor que estaba cerrado y cubierto de herrumbre, pero algo me detuvo, era una luz que parpadeaba por dentro, casi no se divisaba, sin embargo, yo la veía.

Me acerqué y leí que era el funicular “El Peral”, la puerta estaba entreabierta. Cuando entré, olía raro, pero me percaté de algo interesante, los botones no eran números, eran cerros, Artillería, Barón, Villaseca, Esperanza.

No alcancé a tocar ninguno cuando el funicular se remeció y comenzó a moverse solo. Una marea de luz blanca me envolvió, dejó de escucharse el mar, quedé cegado y cuando las puertas se abrieron, el viento me hizo retroceder.

Frente a mí, estaba Valparaíso, que resplandecía de nuevo. Las casas estaban pintadas, las calles limpias, los colores destacaban, la gente reía, los bares vibraban con música, el sol iluminaba la ciudad. A lo lejos divisé la bandera de mi país que junto a otras banderas flameaban con un leve viento.

No se parecía al Valparaíso que yo conozco actualmente,

totalmente ahogado en la deshumanización, herido por el descuido, donde lamentablemente solo para algunos la naturaleza es prioridad, sino que era la hermosa ciudad que solía ser, llena de vida, energía y arte.

Caminé, sin saber si seguía soñando, vi un cartel que premiaba a Valparaíso como Patrimonio de la Humanidad, y más adelante quedé impactado por un grafiti que decía “Cuídame como antes”. Fue entonces cuando la escuché, una voz suave y amable pero desanimada que me dijo —No tengas miedo, esto era yo antes, cuando cada rincón era amado y hasta el último perro callejero me cuidaba, fui hogar y turismo. Ahora espero que me recuerden sin problemas, sin odio, solo con nostalgia—. Mi sorpresa me hizo entender que no era un viaje en el tiempo, sino en la memoria, Valparaíso no había muerto, se había escondido esperando a que alguien la recordara sin estigmas ni prejuicios.

Al darme vuelta, el funicular volvió a parpadear, subí otra vez sabiendo que debía regresar. Después de otro remezón y cuando las puertas se abrieron, todo estaba igual, el museo, el silencio, el mar cubriendo todo. Volví a ver mi reloj y eran las tres cuarenta y cinco de la tarde, me impresioné porque toda la maravilla que vi hizo que se sintiera poco tiempo. Corrí hacia el Baburizza y me detuve frente a una pared vacía. Ahí donde no había nada, ahora colgaba una pintura recién enmarcada que mostraba un puerto brillante y lleno de vida.

Abajo en una esquina de la pintura, estaba escrita una frase que decía: —No digas que estoy destruida, solo estoy esperando a ser vista—.

Al salir, un poco confundido vi a don Héctor, el viejo cuidador del ascensor, le conté lo que había pasado, sonrió con gracia y dijo: —Joven, ese funicular no funciona desde hace treinta años—. Ni supe qué responder, solo miré hacia el cerro, donde el viento soplaba tibio y las olas chocaban con rugido, como si la ciudad entera volviera a respirar y en ese momento descubrí que todo lo que viví ese día fue producto de mi imaginación, pasando por mi consciente y mi subconsciente, un pasado, presente y futuro del gran y magnífico Valparaíso.

Mención honrosa

TRINIDAD VICTORIANO

Tercero Medio

Colegio

María Auxiliadora de Valparaíso

Entre escaleras y cenizas

Aveces pienso que Valparaíso no fue construido, sino que se fue cayendo.

Yo vivo en el Cerro Mariposa, donde las casas están pegadas unas a otras como si se abrazaran para no caerse cerro abajo. Todos los días bajo caminando por las escaleras quebradas, con los peldaños partidos y los peligrines que resbalan si uno no se fija. A un costado hay una casa quemada hace dos años. Nadie vino a limpiarla. Es solo una

cáscara negra, con paredes de ceniza que huelen a olvido.

La paso a mirar todos los días después del colegio. No porque me guste —es fea, triste, peligrosa—, sino porque me recuerda lo fácil que es desaparecer en esta ciudad.

Mi mamá dice que antes, cuando ella era chica, los vecinos se conocían todos. Que en los pasajes se jugaba a la pelota, y la gente no tenía miedo. Ahora, muchas casas están vacías, o las arriendan a turistas por semanas. Los precios subieron tanto que la gente se muda, y se gastan dos horas de micro para llegar al trabajo en el plan.

Los incendios ya no sorprenden. Cada verano, las llamas se comen otro pedazo del cerro. Dicen que es por la sequía, por los cables, por las tomas. Pero nadie habla de cómo nos construyeron una ciudad que no está pensada para nosotros. Una ciudad que se vendió al mejor postor, mientras nosotros vivimos entre la basura, los cortes de agua y los cerros que crujen.

Mi colegio queda en el Plan. Al salir, a veces paso por el Mirador Portales. Me gusta porque desde ahí uno ve todo: el puerto, los techos oxidados, las palomas que flotan sobre la ciudad como si no quisieran aterrizar. Es ahí donde empecé a escribir lo que veo.

No quiero que mi cuento sea bonito. Quiero que sea real.

Que hable de la señora que duerme bajo los pilares del Congreso, del niño que se cayó por una escalera sin baranda, del

mural que taparon con pintura blanca para hacer un estacionamiento.

Pero también quiero que hable de la resistencia.

Del caballero que arregla la plaza con sus propias herramientas. De mi profesora de Arte que se esfuerza por mantener la memoria viva. De los estudiantes que limpian quebradas y plantan árboles nativos en las laderas.

Valparaíso está enfermo, pero no está muerto.

En mi visión del futuro, hay transporte que conecta los cerros sin discriminación. Hay agua en todas las casas, áreas verdes que enfrían los veranos, y espacios donde los jóvenes pueden crear sin miedo. Pero más que todo, hay un nuevo pacto: uno donde la ciudad no se hace sin su gente.

Desde mi cerro, entre escaleras rotas y cenizas, yo también imagino otro Valparaíso. Y lo escribo, porque las palabras son como ladrillos: con ellas, también se puede construir.

Mención honrosa

FRANCISCA ZAMORA

Tercero Medio

Colegio

San Pedro Nolasco

La luna y el sol

Muchos años atrás —quizás demasiados para la memoria actual humana, y para la juventud que vive atrapada en sus virales tendencias poco relevantes a la sociedad y su crecimiento- hubo un día que cambió todo, un día de amor comprometido y sin miedo al límite, verdadero amor, bueno, si así se le quiere llamar a este inicio de evento caótico que está a punto de ser contado.

En el antiguo muelle de Valparaíso, frente a lo que hoy es la plaza Sotomayor, llegaba el atardecer; el sol se posaba sobre el mar, regalando los postreros rayos de luz que quedaban para ese día. Mientras, zarpaba el último barco de carga, lleno con las coloquiales “cajitas de colores” que hundían el buque hasta que la línea de flotación no se veía. La luna estaba por asomarse, ya era su hora de protagonizar la noche junto a sus amigas las estrellas que la acompañaban en cada una de esas horas. Pero este día, específicamente jueves en la tarde, el sol antes de partir tomó la decisión de despedirse de la luna: ella quedó muda, mientras todas las estrellas susurraban entre sí; la luna no logró hacerle una seña ni decir palabra alguna, solo corrió por calle Templeman a esconderse tras el Cerro Alegre, mientras veía pasar a las parejas enamoradas que subían por el ascensor El Peral y luego bajaban justo donde había ocurrido aquella escena que la había puesto tan inquieta.

Posada sobre el Museo Baburizza, confundida, sólo pudo recordar su monótono itinerario con el sol, sus años y años de mirarse e ignorarse, su misma rutina sin tener el más mínimo contacto más allá de un pensamiento. Concentrada en averiguar qué le pasaba, por qué una simple interacción había puesto de cabeza su noche, casi sin darse cuenta llegó al Mirador Veintiuno de Mayo, a ese mirador donde podía ver el puerto con total claridad. Observó a algunos ciudadanos aún despiertos trabajando, moviendo cosas de un lado para el otro, pequeños animales sin hogar buscando un refugio.

Se escuchaba el mar estrellándose contra las rocas, y esto le recordó a la luna que el sol solía pasear a orillas de este.

Con un poco de valentía y bastante miedo, fue a la playa más cercana a donde ella se encontraba: Las Torpederas, de ahí podía ver todo el horizonte y saber exactamente cuándo aparecería su amor esperado, el sol.

Mientras el tiempo pasaba, las estrellas monitoreaban cada lugar; los 42 cerros fueron meticulosamente vigilados por si aparecía el sol. Pasaba la noche y cada vez estaba más cerca el día, la luna estaba llena de miedo, pero mientras cerraba sus ojos, tras la roca más grande de la playa Las Torpederas apareció el sol, brillante y con alegría al ver que la luna lo había estado esperando. Ellos dos quedaron enamorados al instante uno del otro y a pesar de sus años sin decirlo, Valparaíso logró unirlos.

Se dice que cada jueves a las 12:30 horas, al toque de la sirena, el sol y la luna escapan un rato de sus actividades rutinarias, perdiéndose en la multitud con su forma humana, tomados de las manos atraviesan todo Valparaíso, comenzando por comprar un “payasito” en el Vitamin, hasta ver el puerto desde el Mirador Yugoslavo, donde desapercibidos bajan por el ascensor y vuelven al cielo a esperar el próximo jueves.

Mención honrosa

JORGE ZBINDEN

Tercero Medio

Colegio

Rubén Castro

Estrella oscura

Al momento que uno llega a Barón, nunca lo hace realmente, sino que se deja caer en él, como aquel infante que cae en un onírico danzar, del cual, no busca realmente despertar. No es solamente, lo que fue, un muelle, o al menos no en el sentido que los modernos le dan por su mercancía. Más bien es una lengua muerta, una lengua ya enferma e inerte que se adentra por las gélidas aguas del Pacífico y por la cual, caminaban y fumaban en sus pipas los poetas malditos de la bohemia porteña, que eran los más tristes de Chile y por tanto del mundo.

Cuando a principios de este siglo nosotros —los marineros— llegábamos entusiasmados en nuestras bestias de vapor y mirábamos las grúas colindantes al puerto como si fueran recuerdos de un glorioso pasado y pensábamos en nuestras propias grúas lejanas, en nuestras propias historias lejanas y en nuestras propias putas lejanas, que en el fondo son las mismas grúas y las mismas putas en todas partes. Podíamos oler la sal y ver a sus esbirros, los lobos marinos, que se amontonaban en un extremo como filósofos cínicos, gordos y resignados, observando y despreciando el ir y venir de la humanidad en su prisa. Eran los verdaderos dueños del lugar. Su olor era el del tiempo detenido, una inconmensurable sensación que se proyecta como recordatorio de la fragilidad anacrónica del hombre de la πόλις (polis), del hombre moderno que se cree amo y señor del universo, pero que, en verdad, ni siquiera puede gobernarse a sí mismo.

Visto desde este lugar, Valparaíso no era una ciudad de colores, como pregonaban los folletos para turistas europeos, o las revistas bucólicas que tanto fascinan a las viejas pitucas de Santiago. Más bien es un tajo, un tajo del cual brota una perentoria hiel; un derrame misceláneo de casas imposibles, un laberinto de escaleras que no llevaban a ninguna parte y a todas al mismo tiempo. Lo que, en realidad, supone un acto mucho peor; o mas doliente al menos, el de escudriñar, cuerpo, mente y alma, revelando la propia miseria que tanto buscamos postergar. En Valparaíso más que conocer una agraciada ciudad, te reflejas y la reflejas a ella, la dilucidas por sus reminiscentes sensaciones, en bares, cerros y calles.

En donde, te revelas por quién eres, fuiste y serás.

Y uno podría detenerse en Cerro Alegre, sí, y en sus plazoletas e Iglesias, o hablar de sus ostentosas casonas victorianas. Sus colores, esos diversos tonos ocres y azules, que no son más que espectros de la silueta del inglés o del eslavo, de sus esperanzas y anhelos. Emociones que parecen refrescarse con alegría al paso de la lluvia, tal y como nosotros nos refrescábamos, correteábamos y alegrábamos cuando éramos niños. Entonces las calles adoquinadas, claro, dejan de ser calles y se convierten en el cauce voluntarioso de las emociones de un pasado, que, —en apariencia al menos— siempre nos parecerá mejor. Un caudal que acorrala las esquinas del Paseo Yugoslavo y enmarca sus recuerdos y ambiciones cosmopolitas, que, de todos modos, son nuestros recuerdos y ambiciones a su vez. Haciéndonos recorrer mediante dichas calles, nuestra propia memoria, como quien recorre un museo, como aquel curioso viajero que se embarca en busca de un nuevo destino, un destino que, en realidad, nunca llegará.

Pero, si Cerro Alegre es el idilio apolíneo de una camada incansable de peregrinos, en su defecto, Cerro Placeres, cual negativo fotográfico, encarna la meca dionisíaca del viejo puerto. Allí, esquinado a la Plaza Echaurren, se posa el Bar Liberty, que no es solo una contradicción más de la ciudad, sino su síntesis más honesta. Porque la libertad es lo único que no se comercia en el Liberty. Basta cruzar su umbral para que el olor a vino agriado y a fritura rancia te asalte, para

que el estruendo de una zamacueca interminable se solape con el ruido de las risas, las cuales no son risas de verdad, sino espasmos de realidad. Bajo esa detestable luz hepática en donde, entre el denso humo se percatan nuestras miserables y tambaleantes figuras; desde las meretrices con sus cigarrillos y macarras, hasta los oficiales con sus pipas y mesdames (damas), a su par. Todos estábamos celebrando una fiesta, cuyo motivo nadie recuerda ya, un goce más cercano a la evasión que a la propia diversión, uno propio de Valparaíso desde su centenaria concepción.

¡Oh! ¡cómo te maldigo decadente ciudad! ¡Oh! ¡cómo maldigo tus cerros! ¡Oh! ¡cómo maldigo tus bares y putas! Te maldigo desde aquel día que me enamoré de ti…

VALPARAÍSO,

qué disparate eres, qué loco, puerto loco… siempre te sorprendió la vida, te despertó la muerte…

—Recuerdo, o quizás sueño aquellas mañanas, con una claridad que solo poseen las memorias forjadas en la infancia. De niña, existía un ritual que precedía al arribo de los barcos, la espera en el puerto no comenzaba con el ruido de las campanas, sino en el silencio de la pieza de mi abuela. Mientras desde mi ventana podía ver cómo los otros niños corrían atolondrados desde Plaza Victoria rumbo a Barón, yo danzaba al ritmo de ella. Con gestos precisos, descolgába-

mos de un armario, que olía a naftalina y polvo, aquel vestido blanco, casi angelical; una confección oriunda de mi primera comunión, y que luego, con la paciencia y amor que tanto la caracterizaba, me lo ajustaba. Luego venía el cabello, mi liso pelo, que peinaba con un peine de marfil tan antiguo que sus dientes se encontraban ennegrecidos. Lo dividía en dos, y a cada lado de mi cabeza anudaba un moño que, según decía con un acento que la distancia no había logrado borrar, le recordaba a las principescas doncellas de su Aquitania natal. El acto final, el sello de nuestra complicidad, era el broche de bronce con la flor de lis, una pieza reluciente y pesada que, en conjunto de mi muñeca de trapo, consagraba mi inocencia infantil, justo antes de enfrentarme al vasto espectáculo del mar, en espera a la llegada de mi padre.

Aquel día tuve un horrible presentimiento, mis piernas no me respondían, estaba débil. No fue como las veces anteriores, los minutos de espera, se transformaron en horas, y las horas en meses. Tiempo después, me enteraría por un cliente que mi padre habría sido desmembrado tras explotar la caldera de uno de los navíos Balfour. A la importadora simplemente no le importó, es más ni lo registró.

Pero, ¿qué podíamos hacer nosotras, dos almas a la deriva en un mundo sordo? Yo era muy chica y nunca fui al liceo, y en cuanto a mí ya cansada abuela, tras contraer disentería no tardaría mucho más en seguir los pasos de mi padre. A los doce años, mi universo se contrajo en un punto de absoluto desamparo; la soledad no era una ausencia, era un absoluto,

y la tristeza era su común denominador. Y entonces, el orfanato. Aquel lugar no buscaba albergarme, sino vaciarme.

Me arrancaron primero a mi muñeca, mi única confidente, y luego, con una crueldad que aún me quema en la memoria, profanaron mi cabello, me profanaron, arrancando con crueldad mis cándidos moños, cortando sin piedad mis delicados mechones, los últimos vestigios de un motivo ya ido, del amor de mi abuela fallecida.

Poco a poco, con cada norma, con cada imposición, sentí cómo me extirpaban el alma. A los dieciséis, me arrojaron a la calle, a ese subsuelo de la existencia donde llegué a ser “lanza” durante seis meses de hambre y fiebre. Y en ese delirio de debilidad, cuando mi rostro en los charcos ya no era el mío, apareció ella, mi Celestina, ofreciéndome el “paraíso envenenado”: un plato de comida caliente y un techo cerca del Bar Liberty. Mi inocencia infantil no se perdió; fue fríamente guillotinada en una noche que duraría el resto de mi vida.

Tenía dieciocho y me tocaba atender en el Liberty, mis labios, al igual que mi vestido y tacos, estaban coloreados por un profundo rojo carmesí, que resaltaba de forma impecable mi piel blanca como el marfil, en cuanto a mi pelo, ya corto y escueto, solo para aparentar feminidad, se encontraba decorado por mi pequeño broche afrancesado. Se supone que iba a ser una noche como todas las anteriores, me tocaba atender a un marinero. Antes observaba a cada uno de ellos con admiración por el cómo subían y bajaban la mercancía

en el puerto. En cambio, hoy suben y bajan por toda la habitación, y en cuanto la mercancía, esa soy yo. Uno de esos tantos, fue un siútico deprimido con aires de poeta, la verdad no dudé en atenderlo, pensé que era simplemente uno más del montón, pero no, claro que no lo era, se obsesionó por mí, por mi cuerpo y forma de amar. Esa misma noche quedé encinta.

Y por eso lo odié. ¡Oh, sí, lo odié con la fuerza de un alma que no pidió existir! ¿Qué es la tortura de un amor no correspondido comparada con la condena de un nacimiento desatendido? Es ser arrojado a la luz solo para confirmar que nadie te anhelaba. Nueve meses de espera para un alumbramiento en el vacío. Y en ese instante de lucidez primigenia, en ese frío cósmico, entendí que, en esta ciudad, en este mundo, ya no había lugar alguno para mí. Horas más tarde, fallecí.

Estrella oscura eres de lejos en la altura de la costa resplandeces y pronto entregas tu escondido fuego, de tus sordos callejones, el desenfado de tu movimiento…

¡Oh! ¡cómo te maldigo decadente ciudad! ¡Oh! ¡cómo maldigo tus cerros! ¡Oh! ¡cómo maldigo tus bares y putas! Te maldigo desde aquel día que me enamoré de ti ¡cómo pude ser tan miserable!

Muelle Barón no es un lugar para encontrar respuestas. Es

una plataforma para contemplar el abismo. El abismo del mar, que es negro y frío y está lleno de ojos que no parpadean, pero que, sí observan y juzgan, y el otro abismo, el de la costa, esa sucesión de luces parpadeantes que parecen estrellas de una galaxia lejana, enferma y ajena de toda bondad. Uno se para aquí, con el viento cortándote la cara, y comprende que el muelle no une la tierra y el mar.

Al contrario, es la prueba irrefutable de que estaban, y estarán siempre, irremediablemente separados. Y nosotros, en medio, sobre esas tablas seniles y gastadas, no éramos más que el testimonio frágil de ese divorcio cósmico, un mismo divorcio que existe tanto, en Valparaíso, como en nuestro espíritu, el divorcio entre, lo apolíneo y lo dionisíaco, entre nuestro idilio y nuestros delirios.

Una salobre ventolina surca en torno a mi mejilla y cual azud marca la antesala al despertar. En la lejanía puedo escuchar el vitoreo de la feria y la caleta, el de los niños y niñas, a su vez. Aquella pudo ser una aurora como cualquier otra, pero al fin y al cabo regresábamos al ocaso.

Al momento en que uno llega a Barón, nunca lo hace realmente, sino que se deja caer en él, como aquel infante que cae en un onírico danzar, del cual no busca realmente despertar.

Oh Valparaíso te despertó la muerte…

Valparaíso imaginado: Voces para un futuro

Como Universidad, asumimos el deber de seguir generando puentes entre la educación escolar y la educación superior, entre el descubrimiento temprano del talento y su desarrollo pleno. Este libro es uno de esos puentes. Un espacio donde la imaginación de los más jóvenes se encuentra con una comunidad que valora, reconoce y proyecta su capacidad creadora.

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