Circula en las comunas de: Quillota, La Cruz, San Pedro, La Calera, Hijuelas, Nogales, El Melon, La Ligua, Cabildo, Catapilco, Chincolco, Hierro
Viejo, Petorca, Zapallar, Maitencillo, Papudo, Cachagua, San Felipe, Catemu, Panquehue, Llay Lay, Los Andes, Limache, Olmué, Quilpué, Villa Alemana, Horcón, Loncura, Ventanas, Quintero, Puchuncaví, Torquemada, Laguna, Rungue, Valparaíso, Viña del Mar, Concón.
Los hitos que marcan la creación de la ciudad
Por Roberto Silva Bijit
Siempre se insiste en decir que La Calera no fue fundada, lo cual si bien es cierto, no es una afirmación enteramente verdadera, porque hay tres hitos fundacionales que le dan vida a La Calera, y aunque no se haya levantado un acta que los consagre, marcan definitivamente el nacimiento de la ciudad.
Primero: el núcleo de industrias y actividades agrícolas de Ildefonso Huici y Peón, en 1842.
Segundo: la construcción de la bocatoma para iniciar el canal Waddington, que atrajo a decenas de familias, en 1843.
Tercero: la llegada triunfante del ferrocarril, uniendo a La Calera con Valparaíso y Santiago, en 1863.
Esos tres sucesos son los que permiten que cientos de familias se instalen en la zona y sea ese conjunto de casas, de pequeños galpones y de un largo canal, lo que vaya consolidando lo que lla-
mamos
LOS PROPIETARIOS DE LAS TIERRAS
Al comienzo del siglo XIX, grandes extensiones agrícolas, que abarcaban las actuales comunas de Hijuelas y La Calera, pertenecían a los herederos del español peninsular Manuel Torrejón y Puente, destacado funcionario real que había comprado esas tierras en el siglo XVIII. Hasta hoy se mantiene su nombre en la zona, con la famosa Puntilla de Torrejón en Hijuelas.
En medio de las complicaciones económicas e inestabilidades políticas propias de los cambios que estaba viviendo el país después de septiembre de 1810, uno de los nietos de Torrejón le vendió las tierras de La Calera a Ramón Ovalle y Vivar, que pertenecía a una influyente familia patriota que participó en todo el proceso de la emancipación de Chile.
La otra forma de fundar una
Benjamín Vicuña Mackenna en su libro “De Valparaíso a Santiago”, describe al nuevo dueño de La Calera como “un agrónomo laborioso y adelantado que plantó como un vergel su heredad de viñas y nogales, almendros y olivos, y aún intentó introducir el cultivo de la caña de azúcar y la propagación de la alpaca del Perú; pero en ambas empresas fracasó, como todo
emprendedor en Chile. En lo que La Calera ha conservado intacta su reputación ha sido en su cal y en su chicha”.
La antigua hacienda de los jesuitas, ya en la década de 1840 se encontraba dividida en dos: La Calera de Ovalle y La Calera de Huici.
En su entorno unas 10 haciendas desplegaban en su interior trabajos agrícolas y una vida que pretendía ser autosuficiente. Podemos
mencionar las de Purutún, Bellavista; Artificio, La Lata, Los Chácaros, Pucalán, Carretón y El Melón, que fue un polo importante de desarrollos agrícolas y mineros. La nueva república de Chile comenzó a organizarse administrativamente en todo su territorio, razón por la cual el 30 de agosto de 1826, el país fue dividido en 8 provincias. Una de esas provincias fue la de Aconca-
Esta es la locomotora “Vencedora”, realizando trabajos en la estación de La Calera, en la década de 1860. Fue la primera máquina en llegar a la ciudad, causando el asombro y la admiración de los vecinos.
La Calera.
EL OBSERVADOR
Viernes 8 de mayo 2026
La Calera
ciudad como La Calera
gua, donde se encontraba la Delegación de Quillota. La Calera estaba dentro de esta Delegación.
Pocos años después y para mejorar la administración, el 27 de octubre de 1842, se creó la nueva Provincia de Valparaíso. Quillota dejó de ser parte de la Provincia de Aconcagua y pasó a ser uno de los Departamentos de esta nueva Provincia, junto a los Departamentos de Valparaíso y Casablanca.
LA PRESENCIA GENEROSA DE ILDEFONSO HUICI
(1842 Y 1857)
En 1842 la familia Ovalle le vende en $100 mil parte de su hacienda al empresario minero Ildefonso Huici y Peón, que había hecho una gran fortuna trabajando minas de plata en Bolivia. La compra incluía las tierras denominadas desde muy antiguo como Calera del Rey, donde estaban importantes explotaciones de cal. Además, abarcaba los actuales territorios de Artificio, con su trapiche de pólvora del
siglo XVIII y El Olivo, que era parte de la hacienda Purutún. Ellos habían “plantado viñedos, higueras, nogales frutales, chirimoyas, lúcumas, cerezas, duraznos, lima”.
LA IMPORTANCIA DE JOSUÉ
WADDINGTON
También resulta importante mencionar a los otros dueños del territorio, dentro de los cuales encontramos a José Waddington, quien pidió un permiso a la Municipalidad del Departamento de Quillota, el 6 de diciembre de 1843, “permiso para abrir un canal en el rio de la ciudad a inmediaciones de La Calera”, obra de gran envergadura que daría trabajo a mucha gente, la que posteriormente se quedó en la zona y contribuyó a configurar el naciente poblado.
El canal Waddington tiene 120 kilómetros de longitud y lleva aguas desde la ribera izquierda
del río Aconcagua (3ª sección) desde una bocatoma cercana a La Calera hasta Limache y luego hasta Valparaíso. Tiene una capacidad de riego de 1.661 hectáreas.
CONFORMACIÓN DE LA CALERA
La familia Ovalle mantuvo en su poder toda la zona sur poniente de la hacienda, que vendería en 1877
a la familia Díaz Gana, en la pequeña suma de $87.
La presencia de Ildefonso Huici fue generadora de empresas y trabajo, que abrió la puerta a la llegada de muchas familias que comenzaron a agruparse en torno al naciente polo industrial.
La fábrica de sacos de cáñamo, el molino de trigo, las fundiciones de cobre, la producción de caliza, las chicherías y la producción de vasijas de greda, así como la elaboración de carbón de sauce, maqui o patagua, fueron atrayendo a otras empresas y contribuyeron en forma determinante para que el trazado del ferrocarril considerara a La Calera como una estación
Ildefonso Huici y Peón levantó pequeñas industrias en torno a las cuales se fueron instalando las primeras familias de La Calera, desde 1842.
en su ruta entre la capital y el puerto.
El conjunto dio vida al primer poblado consolidado, con lo cual se asume como fundada una villa, aunque todavía sin ningún tipo de documentación oficial ni planeamiento urbano, todo lo cual comenzará a gestarse tres décadas después, gracias a la planificación de un hijo de Ildefonso Huici.
Ese sector abandonado de la vieja hacienda comenzaba a rebrotar gracias a la visión del minero chileno que venía de Bolivia y que construyó su casa al pie del cerro, en el sector donde hoy se ubica el Liceo Industrial. Allí vivió con su esposa, Manuela Arguedas, con quien tuvo nueve hijos: Eugenia, Rosa, Elisa, Lorenzo, Jorge, Ana, Manuela, Leonor y José María Jerónimo. Don Ildefonso era hijo de Manuel Huici Trucios y Tomasa Peón Villaverde.
Ildefonso Huici puede ser considerado como el hombre que arma La Calera como una villa, que la considera en su conjunto y la abre al país a través de sus valiosos emprendimientos industriales,
los que terminan configurando su creciente población, que en esos momentos podemos aproximar en mil habitantes. En 1855, encontramos a Ildefonso Huici como regidor de la municipalidad de Quillota, según un documento que registra una fiscalización sobre inhabilidades legales para ejercer los cargos municipales. Lo que ahí se señala es que Huici tiene solamente dos años de residencia en la zona, en circunstancias que se necesitan a lo menos cinco para ejercer el cargo, es decir, 1853 debe ser el año en que adquiere otras tierras en la zona. Esto nos indica que Ildefonso Huici fue regidor de la municipalidad de Quillota en 1853, aunque mantenía sus actividades comerciales e industriales en La Calera. La legislación se basa en la Constitución de la República y en la recién promulgada Novísima Ley de Municipalidades, del 8 de noviembre de 1854. Esta última ley determina que la municipalidad estará forma-
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La Calera
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La otra forma de fundar una...
da por el gobernador, tres alcaldes y cinco regidores. (El Mercurio de Provincias, 15 de mayo de 1855).
Es necesario aclarar que la municipalidad de Quillota lo era de todo el Departamento, realizándose las elecciones por curato, es decir por parroquia católica, que eran Quillota, Purutún, Puchuncaví y Limache. Ese año de 1855 había 489 electores inscritos, los que estaban domiciliados en los siguientes curatos: Limache, 250; Purutún, 179; Quillota, 34 y Puchuncaví, 20. Si revisamos las actas municipales de Quillota encontramos a Ildefonso Huici como regidor en 1855, cuando fue alcalde José María Castro.
CONTEXTO HISTÓRICO
FERROVIARIO
Para poner en el contexto histórico la obra del ferrocarril entre Valparaíso y Santiago, precisemos que su construcción demoró 11
años. Desde 1852 a 1857 se une Valparaíso con Quillota, un tramo de 55 kilómetros, y desde 1857 a 1863 se completa desde Quillota a Santiago, con una ruta de 129 kilómetros más. Solo el túnel de San Pedro demoró cuatro años de construcción y en cambio, sólo dos años demoró todo el tramo de Quillota a Santiago. A nivel mundial la primera línea férrea para el público se construyó en 1829-1830, entre Manchester y Liverpool, en el norte de Inglaterra. La máquina a vapor modelo Rocket, fabricada por los hermanos George y Robert Stephenson, alcanzó una gran velocidad sobre los rieles, llegando a 46,7 kilómetros por hora, lo cual puede no parecer tan veloz, pero lo importante fue que, por primera vez en la historia de la humanidad, las personas podían viajar por tierra más rápido que a caballo. Esa es la gran importancia del ferrocarril.
Ese mismo año de 1830 se inauguró la primera vía
férrea en Estados Unidos, entre Baltimore y Ohio. En Chile, la primera propuesta ferroviaria la hace el empresario norteamericano William o Guillermo Wheelwright, en 1842, sin embargo, la respuesta del gobierno la tuvo con un retraso de 10 años. En el intertanto, construyó el primer tendido ferroviario en Chile. Se trató de la línea entre Caldera y Copiapó, ejecutada entre 1849 y 1851. Los primeros trenes en Japón son de 1872 y los de China de 1876.
El despliegue ferroviario en Chile es muy avanzado. En 1910 con el ferrocarril Transandino, se había unido Valparaíso con Buenos Aires, el Pacífico con el Atlántico. En 1911, un tren de trocha angosta unió La Calera con Iquique. El último viaje al norte fue en junio de 1975. En 1913 se puede viajar en tren desde Iquique hasta Puerto Montt, además de decenas de ramales. Toda la línea ferroviaria chilena llegó a tener 8.883 kilómetros de vía, a comienzos del siglo XX.
El tren Valparaíso a San-
tiago se inauguró en septiembre de 1863 y su servicio finalizó en 1986, después de 123 años.
LA IMPACTANTE LLEGADA DEL FERROCARRIL
Si bien la idea de poner en funcionamiento un servicio de trenes para cargar minerales de plata entre Copiapó y Caldera, fue aprobada por el gobierno mediante un decreto de concesión, dictado en noviembre de 1848, la necesidad de comenzar a construir más líneas ferroviarias se hizo sentir en un Chile sin caminos, con un transporte muy insuficiente y vías marítimas con pocos vapores que hicieran rutas preestablecidas.
La estación de La Calera fue construida en 1862, al momento de llegar los rieles a la localidad, pero ampliada a medida que aumentaba el flujo de mercancías y pasajeros, contando con amplias bodegas, carboneras, patios de carga y estanques de agua para abastecer las locomotoras.
En el gobierno de José Manuel Balmaceda se determinó que La Calera sería
el punto de inicio de la red que llevaría el ferrocarril a las provincias del norte del país. De este modo se construye otra estación, con rieles de trocha angosta esta vez, permitiendo el embarque de pasajeros y carga en forma eficiente. En 1911 La Calera quedó conectada con Iquique, en lo que se llamó la Red Norte.
En 1931 se construye la nueva estación, la que aún subsiste, levantada en concreto y ladrillo con una superficie de 1.200 metros cuadrados con 400 metros de andenes. Había salas de espera de primera y segunda clase, con acceso a través de un amplio vestíbulo. El andén principal estaba cubierto por una marquesina volada de concreto. En 2014 la estación fue declarada Monumento Histórico Nacional.
En el gobierno y en el país se había hecho fuerte la idea de “la modernización y los ferrocarriles como ejes del desarrollo” por eso “el proyecto de la vía ferroviaria Valparaíso-Santiago contempló desde un comienzo la habilitación de una estación en La Calera, decisión que terminará al poco tiem-
po impactando tanto en el entramado urbano venidero de esta localidad como en su economía y sociabilidad, una dinámica de transformaciones que también alcanzará a los alrededores rurales”, expone el profesor Luis Castro.
La construcción del ferrocarril entre el puerto y la capital fue una de las obras más importantes realizadas en el país durante del siglo XIX. Hay que considerar que “hasta aquel momento, el viaje entre Valparaíso y Santiago se hacía sobre diferentes medios de transporte que usaban fuerza animal, tales como birlochos, carruajes, carretas y caballos o mulas sin remolque. Con este sistema el viaje se redujo de dos días a ocho horas, por lo que este nuevo sistema de transportes introdujo profundos cambios en las movilizaciones de larga distancia”.
Pero además de acortar el tiempo, el ferrocarril representaba un orgullo nacional, un símbolo de pasar a ser país moderno, que transportaba pasajeros y resolvía la situación de la carga, que desde siempre fue uno de los más graves problemas de las familias,
ya sea por las dificultades de traer algún mueble desde el puerto, o bien, para poder disfrutar de mercaderías im-
portadas.
El ferrocarril viniendo desde Quillota entra triunfante al poblado de La Ca-
A contar de 1843, Josué Waddington construyó el famoso y extenso canal Waddington, para lo cual trajo decenas de familias a trabajar a la zona, dando lugar a un fortalecimiento de la población.
lera, recién el 1 de febrero de 1861, cuando ya estaban a full los trabajos para concluir la vía hasta Santiago y más de cuatro mil trabajadores, bajo el mando del ingeniero Enrique Meiggs, se desplazaban armando el largo riel de más de 100 kilómetros de largo.
Como muy bien lo explica el equipo del profesor Luis Castro, “para fines del año 1861, en cuanto a las faenas correspondientes al distrito de La Calera, se había concluido la instalación de las líneas ferroviarias, pero faltaba por terminar las bodegas destinadas a guardar la carga y las encomiendas, el edificio propiamente tal de la estación y las boleterías. Estas obras se terminaron en 1862, a la par con la entrega del tramo QuillotaLa Calavera. Según Claudio Pino se ignora, por falta de antecedentes, si en La Calera hubo alguna celebración oficial para inaugurar los trabajos, no obstante, sí podemos afirmar que hubo manifestaciones espontáneas de alegría entre los caleranos que veían plasmado su anhelo de ser parte de la modernización que comenzaba a recorrer el país, mediante trenes y rie -
les, como un verdadero sistema arterial”. Y para reflexionar sobre el estado de La Calera en relación con esta vital obra de progreso, el equipo del profesor Luis Castro señala que “este primer recinto estación se insertó en la segunda etapa del ferrocarril Valparaíso-Santiago, es decir el tramo entre Quillota y Santiago, y en un comienzo se destinó al almacenaje y distribución de carga más que a la atención de pasajeros. La razón de esta característica obedeció a que el destino La Calera no contaba en esa época con una población muy significativa con necesidad de transportarse con regularidad, por tanto el objetivo de instalar la estación ferroviaria en esta localidad fue, por una parte contar con una instalación bien ubicada que atendiera eficazmente los requerimientos mecánicos y de servicios del tren que circularía entre la capital del país y el principal puerto de la república y, por otra, impulsar la economía local entregando un medio que posibilita sacar hacia Valparaíso y/o Santiago la gran cantidad de mercancías que
producían molinos, fábricas artesanales de diverso tipo, curtiembres, etc., ubicados en La Calera misma como en La Cruz, Nogales, El Melón, Hijuelas, Romeral y otros lugares aledaños”.
Los datos de población son casi nulos, porque en los censos La Calera quedaba considerada como parte de Quillota y no tenemos cifras separadas. Benjamín Vicuña Mackenna propone mil habitantes para La Calera, en el entorno de fábricas, fundiciones y agricultura. También le asigna 215 habitantes al sector Nogales-El Melón y 2.157 a Hijuelas (Conchalí).
Pero ese es el estado en que se encuentra La Calera a la llegada del ferrocarril, según las anotaciones que hizo Benjamín Vicuña Mackenna en la verdadera guía turística que publicó para viajar en tren desde Valparaíso a Santiago, publicada por primera vez en 1877 y donde va describiendo la historia y actualidad de las ciudades, estación por estación.
Sobre La Calera, Benjamín Vicuña Mackenna con su mente adelantada por tantos viajes a Europa y Estados Unidos, sumado a su espíritu visionario, escribió
en esa guía de viajes que “la estación de La Calera es el punto de confluencia del antiguo camino real del Norte – el camino de Coquimbocon el que venía antes de San Felipe, Putaendo y Los Andes, llamado vulgarmente el camino de los valles, y el que descendía de Santiago por Tabón, Llay Llay y Ocoa, el camino de Chile. Por manera que es un punto estratégico y comercial de grande importancia, que impondrá en un día no lejano la obligación de constituirla en una de las cabezas de la línea férrea. A su derredor se ha formado, a lo largo del camino del norte, una población diseminada, que hace pocos meses contenía hasta mil almas mal contadas”. Creemos que esta opinión de Benjamín Vicuña Mackenna casi profetiza lo que será La Calera, que efectivamente en pocos años más se transformará en una de “las cabezas de la línea férrea” al norte de Chile. Además, advierte al igual que los empresarios que se instalaron en La Calera, lo hicieron en un punto de confluencia en la zona central del país.
Antes de Spotify y Netflix: la época en que
Mucho antes del streaming, el Palacio del Disco y el Palacio del Video fueron espacios de encuentro, conversación y cultura popular en pleno centro
Por Juan Pablo Rojas
Hubo un tiempo en que elegir una película significaba caminar al centro, recorrer estanterías y discutir en familia o con amigos qué título llevar para el fin de semana. Un tiempo en que escuchar música no dependía de una aplicación, sino de un vendedor que conocía los gustos de sus clientes y sabía exac-
tamente qué disco recomendar. En La Calera, esa época tuvo dos nombres que todavía sobreviven en la memoria colectiva, el Palacio del Disco y el Palacio del Video. Detrás de ambos estuvo José “Pepe” García, un comerciante que terminó convirtiéndose en parte del paisaje humano de la comuna. Su historia también refleja
cómo cambió el entretenimiento en Chile, desde el vinilo y el cassette, pasando por el VHS y el DVD, hasta la llegada de internet y el streaming que terminó borrando toda una forma de vivir la música y el cine.
LA CALERA DONDE TODOS SE CONOCÍAN
Pepe García llegó siendo niño a una ciudad muy distinta a la actual. Una Calera pequeña, donde la vida social ocurría en las calles y donde -según recuerda- prácticamente no existían diferencias entre ricos y pobres.
Su primer acercamiento al rubro musical ocurrió siendo
adolescente, cuando comenzó a trabajar en la tradicional Casa Panchito, una de las pocas tiendas que vendían discos en la ciudad. Ahí aprendió el oficio desde abajo, ordenar, atender, vender y entender qué buscaba la gente. Pero con el tiempo apareció la inquietud de independizarse, quería casarse, formar una familia y tener algo propio. Así, en 1966, abrió su primer local de discos. El inicio fue duro. Había poco capital y costó formar clientela, sin embargo, el negocio empezó lentamente a afirmarse. Y gran parte de esa consolidación tuvo que ver con algo que hoy parece casi olvidado: la experiencia de ir a com-
prar música. En calle Carrera, entre Diego Lillo y Aldunate, el Palacio del Disco y el Palacio del Video convivieron durante años como dos símbolos de una misma época. Uno al lado del otro, en pleno corazón de La Calera, formaron parte de la rutina de cientos de personas que cada semana llegaban buscando un cassette, un vinilo, una película o simplemente el placer de recorrer estanterías y dejarse recomendar algo nuevo.
LA MÚSICA
COMO PUNTO DE ENCUENTRO
El Palacio del Disco no era simplemente un comercio. Era un lugar donde la gente se quedaba conversando, escuchando canciones y compartiendo gustos musicales. Pepe ponía parlantes hacia la calle y hacía sonar las novedades del momento, los jóvenes se detenían afuera del local, algunos mirando discos y otros simplemente buscando conversación o esperando encontrarse con alguien. El negocio rápidamente comenzó a atraer clientes no solo de La Calera, sino también de Cabildo, Petorca y La Ligua. Muchos buscaban música mexicana, un fenómeno enorme en esos años debido a la influencia de las películas
rancheras y artistas populares. Pepe incluso viajaba personalmente a vender discos a zonas mineras del interior. Partía con bolsas llenas de música mexicana y volvía sin un solo disco. Pero no todo era música popular. También logró formar un público fiel para géneros menos masivos, como la música clásica. En esos años, vender discos también significaba conocer profundamente la música, recomendar canciones y conversar con los compradores sobre artistas y tendencias. El Palacio del Disco terminó convirtiéndose en mucho más que una tienda, era un punto de encuentro social y cultural donde la música servía como excusa para compartir y hacer comunidad.
LA REVOLUCIÓN DEL VHS
Con el paso del tiempo, la tecnología comenzó a cambiar y Pepe, inquieto por naturaleza, volvió a adelantarse. En una visita a Santiago conoció el funcionamiento de los videoclubes y entendió que ahí había una oportunidad enorme, la idea de arrendar películas para ver en casa todavía era algo novedoso, pero decidió apostar igual, así nació el Palacio del Video. La respuesta de la gente fue inmediata, familias completas
José Agustín García Álvarez fue el artífice de los reconocidos locales.
Álvaro García, uno de los hijos de José, también atendió los “palacios”.
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La Calera hacía vida entre discos y VHS
llegaban cada fin de semana a elegir películas. Algunos buscaban acción, otros comedias o cine infantil. Con el tiempo, el negocio creció de manera explosiva. Llegó a tener miles de películas disponibles y hasta cinco locales funcionando simultáneamente, incluyendo sucursales en Artificio y Melón. En una época donde no existía Netflix ni YouTube, el videoclub era prácticamente la única forma de acceder a estrenos o películas difíciles de encontrar. Pero además había un ritual que hoy desapareció. Ir al videoclub significaba mirar carátulas, pedir recomendaciones y encontrarse con conocidos, era parte del panorama del fin de semana.
LA CAÍDA DE UNA ÉPOCA
Lamentablemente, todo cambió rápido, primero llegaron los CDs y DVDs. Después la piratería. Más tarde, internet terminó por derrumbar completamente el negocio. Las películas comenzaron a venderse ilegalmente en la calle a precios mínimos. Los discos dejaron de tener valor comercial y los videoclubes empezaron a vaciarse. Pepe recuerda que incluso grandes cadenas nacionales quebraron en esos años. “Quebró la Feria del Disco. La más
grande de Chile”, comenta.
El golpe económico fue brutal. La mercadería acumulada perdió valor de un día para otro. Miles de películas y discos quedaron prácticamente obsoletos. “Tenía seis mil videos y no valían nada”, recuerda sobre el momento más duro del declive. Con el tiempo, tuvo que vender gran parte de su colección y cerrar definitivamente una etapa que había marcado su vida y también la historia cotidiana de La Calera. Pero incluso después de la quiebra, la ciudad siguió acompañándolo. Pepe recuerda que muchas personas lo ayuda-
ron en los momentos más difíciles, reflejando el fuerte sentido comunitario que -según insistesiempre ha tenido La Calera.
LA NOSTALGIA DE UNA CIUDAD
QUE CAMBIÓ
Hoy, a sus más de 80 años, Pepe sigue caminando por las calles de la comuna saludando gente que todavía lo recuerda por el Palacio del Disco o el Palacio del Video.
Porque esos locales fueron mucho más que negocios. Fueron espacios de encuentro
El Palacio del Video llegó a tener sucursales en Artificio y El Melón.
en una ciudad donde el entretenimiento todavía tenía algo artesanal y comunitario. Donde rebobinar una cinta era parte del ritual y donde elegir una canción podía terminar en una conversación de media hora.
Una forma de vida que
desapareció con la tecnología, pero que todavía sobrevive en la memoria de quienes crecieron entre vitrinas llenas de discos, cassettes y VHS. Y quizás por eso, décadas después, el Palacio del Disco y el Palacio del Video siguen apareciendo en conversaciones familiares y nostalgias compartidas. Porque antes del streaming, el entretenimiento en La Calera tenía rostro conocido y dirección fija en pleno centro de la ciudad.
Las coloridas estanterías del Palacio del Video acercaron a generaciones de caleranos al cine.
Entre cerros, cuadernos y familia: 83 años de la Escuela
Recién casados, Miguel Molina y Verónica Zapata llegaron en 1987 a la Escuela Monte Carmelo. Casi cuatro décadas después, siguen siendo parte de la memoria viva de una comunidad donde la escuela nunca fue solo un lugar para estudiar
Por Juan Pablo Rojas Ahumada
Mucho antes de que existieran los buses de acercamiento, antes de las nuevas poblaciones rurales y antes incluso de que Pachacamita comenzara a crecer como sector residencial, ya existía una pequeña escuela levantada entre cerros y caminos de tierra. Era 1943 cuando nacía oficialmente la Escuela Monte Carmelo, un establecimiento rural que con el tiempo terminaría convirtiéndose en uno de los espacios más importantes para las familias del sector. En esos años, la vida en Pachacamita era completamente distinta. Las casas estaban dispersas, muchas familias vivían del trabajo agrícola y los niños debían recorrer largos trayectos para estudiar. La escuela apareció
entonces como una necesidad urgente para un territorio rural que comenzaba lentamente a organizarse. Las primeras construcciones eran simples. Según recuerda hoy el director Miguel Molina, primero existió una antigua escuela de adobe y posteriormente una estructura de emergencia levantada después de los terremotos de los años 60. Era una escuela pequeña, prácticamente familiar, donde durante décadas trabajaron apenas uno o dos profesores. En sus primeros años funcionó incluso como escuela unidocente y dependía administrativamente de Hijuelas, mucho antes de pasar oficialmente a la administración municipal de La Calera en 1990. Por entonces, Monte
Carmelo no solo era una escuela: era uno de los pocos puntos de encuentro de toda la comunidad rural. Allí se reunían vecinos, se organizaban actividades y crecían generaciones completas de niños que, en muchos casos, llegaban caminando desde distintos sectores cercanos. Décadas después, esa misma escuela cambiaría tam-
bién la vida de una joven pareja de profesores.
RECIÉN CASADOS
RUMBO A PACHACAMITA
A comienzos de los años 80, Miguel Molina y Verónica Zapata Díaz iniciaban sus primeros pasos
en educación. Ambos habían trabajado en otros establecimientos de la zona. Miguel incluso dirigió una escuela en La Calera y Verónica se desempeñaba en el área técnica pedagógica.
Pero en 1987 surgió una invitación desde Hijuelas para hacerse cargo de la Escuela Monte Carmelo.
Aceptaron el desafío casi
sin imaginar que terminarían construyendo toda una vida en Pachacamita. “Nosotros somos parte de la historia”, resume hoy Miguel Molina, al recordar esos primeros años.
La escuela que encontraron era completamente distinta a la actual. Había pocos alumnos, pocos recursos y una dinámica profundamente rural. “Al comienzo era una escuela unidocente, había un solo profesor y luego pasó a ser bidocente. Estábamos los dos con Verónica y una persona que nos ayudaba”, recuerda.
Pero lo más particular era que los profesores vivían dentro de la escuela, la antigua construcción incluía una casa destinada a quienes trabajaban allí y durante varios años, Miguel y Verónica literalmente hicieron de la escuela su hogar.
En aquel tiempo, la jornada no terminaba cuando sonaba el timbre, ya que los vecinos llegaban constantemente, los apoderados conversaban a cualquier hora y los niños crecían viendo a sus profesores como parte
La Escuela Monte Carmelo y su comunidad a comienzos de la década de los 70.
Monte Carmelo como pilar de la educación rural
natural de la comunidad. La vida familiar y la vida escolar prácticamente se mezclaban, porque en Pachacamita todos se conocían.
LOS AÑOS DE LA ESCUELA PEQUEÑA
Durante esos años, Monte Carmelo seguía siendo una escuela muy reducida. Cuando Miguel Molina llegó, el establecimiento apenas tenía entre 25 y 30 alumnos y la mayoría provenía de familias rurales del sector, y la escuela mantenía un ambiente mucho más tranquilo que el de los establecimientos urbanos.
Con el tiempo, el director comenzó a notar cómo la ruralidad también empezaba a transformarse. Nuevas familias llegaron al sector, algunos terrenos fueron subdivididos y Pachacamita comenzó lentamente a crecer. Detrás de la escuela aparecieron nuevos conjuntos habitacionales y poblaciones rurales levantadas por las propias familias del lugar. Se puede decir que la escuela creció junto al territorio, aumentó la matrícula,
llegaron más profesores y comenzaron a incorporarse nuevos equipos profesionales vinculados al Programa de Integración Escolar y convivencia escolar. Pero pese a todos los cambios, Miguel Molina asegura que la esencia rural todavía se mantiene.
“Siguen siendo mucho más tranquilos que en la ciudad”, dice sobre los estudiantes actuales. Aunque reconoce que las nuevas generaciones son más inquietas y abiertas que antes, cree que aún conservan algo funda-
mental: el respeto hacia la escuela y los profesores.
GENERACIONES
QUE VUELVEN
Con el paso de los años, Miguel y Verónica dejaron de ser solamente los profesores de la escuela. Se transformaron en parte de la memoria afectiva de Pachacamita. Muchos de los niños que conocieron durante los años 80 y 90, hoy siguen viviendo en el sector. Algunos forma-
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Entre cerros, cuadernos y familia...
ron familia, heredaron terrenos de sus padres y construyeron sus casas cerca de donde crecieron y varios de ellos terminaron enviando a sus propios hijos a la Escuela Monte Carmelo.
Ese vínculo cercano se convirtió con el tiempo en uno de los principales sellos de la escuela. En Monte Carmelo todavía existe una relación muy estrecha entre profesores, estudiantes y
familias. Los abuelos participan de las actividades, las organizaciones comunitarias colaboran y cada evento escolar sigue convocando a buena parte del sector.
TRADICIONES QUE SIGUEN VIVAS
Mientras el mundo rural cambiaba, la escuela intentó conservar algunas tradiciones que por años marcaron la identidad de
Pachacamita. El folclore, las veladas artísticas y las celebraciones de septiembre siguen siendo parte importante de la vida escolar. Durante décadas, esas actividades ayudaron a fortalecer el sentido de comunidad entre las familias y mantuvieron vivas muchas costumbres campesinas que aún forman parte de la identidad local. Para Miguel Molina, esa cercanía humana sigue siendo uno de los mayores valores de la educación rural y quizás por eso, después de tantos años, todavía habla de la escuela con la emoción de quien recuerda una parte fundamental de su propia vida.
EL PRESENTE Y LOS SUEÑOS PENDIENTES
Hoy, la Escuela Monte Carmelo está lejos de aquella pequeña construcción rural que recibió a Miguel y Verónica en 1987. En 2009 finalmente se inauguró el actual edificio de cemento, dejando atrás la antigua estructura de emergencia de madera que acompañó du-
rante décadas a la comunidad educativa. Actualmente, el establecimiento tiene cerca de 100 estudiantes y recientemente logró concretar uno de los grandes anhelos de los apoderados: incorporar séptimo y octavo básico. Sin embargo, el director reconoce que todavía quedan desafíos importantes.
El principal sueño es
contar con más espacio para seguir creciendo, porque la actual infraestructura ya comienza a quedar pequeña frente al aumento sostenido de matrícula. Mientras tanto, Miguel Molina continúa recorriendo diariamente los mismos patios donde pasó gran parte de su vida adulta. Ya son casi cuatro décadas desde que llegó recién casado a Pachacamita y aunque la
escuela cambió, aunque crecieron las generaciones y la ruralidad ya no es la misma de antes, hay algo que sigue intacto. En Monte Carmelo, la escuela todavía se siente como una familia, porque para muchas personas del sector, ese establecimiento nunca fue solo un lugar para estudiar, también fue hogar; lo que sigue siendo hasta ahora.
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Desde 2009 este es el edificio que alberga a la comunidad de la Escuela Monte Carmelo.
Hace casi 40 años, los profesores Miguel Molina y Verónica Zapata llegaron a Pachacamita a hacerse cargo de la escuela.
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SUPLEMENTO
La Calera
Pioneros y precursores de Cemento Melón
Personajes que fueron vitales para la creación de la fábrica
Por Rafael Enos Aguirre
En la ya consolidada La Calera de Huici, alrededor de 1880, con nuestra Eugenia Huici instalada en París deslumbrando con su belleza, el Canal Waddington trayendo el agua del río Aconcagua hasta Limache y el ferrocarril Valparaíso Santiago funcionando a plenitud, los primitivos hornos de calcinación de la caliza existentes a la sazón no respondían con los altos estándares del cemento Portland que desde Europa nos llegaba el país.
Pero cercano a La Calera, en El Melón, estaba el dueño de la Hacienda El Melón, José Regis del Carmen Cortés Solís (1843-1896), de origen peruano, nacido en Chorrillos, Lima, descendiente de una familia aristocrática que ostentó el título de Marqués de la Cañada Hermosa, que estaba obsesionado por la fabricación de cemento que cumpliera con dichos requerimientos.
Educado en Bélgica, José Cortés de regreso en Perú continuó sus estudios en la Escuela Militar, donde terminó
como teniente del Regimiento Escolta Presidencial; luego se radicó en Europa y más tarde en Chile, donde tomó posesión de la Hacienda El Melón, que adquiriera su padre don Felipe Eugenio Cortés Alcázar (18101886); contrae matrimonio con Isabel Brown Caces, y tiene varios hijos: María Teresa, Felipe, Josefina, Juan Felipe, Scipión Felipe Eugenio, Felipe Scipión e Isabel. María Teresa, Felipe y Juan Felipe nacieron en París; los demás en Valparaíso. José Regis Cortés Solís comenzó por instalar en su hacienda una fábrica de cal, explotando numerosos hornos en forma comercial; hasta que se decidió y partió a Bélgica en 1885 y compró algunos molinos y maquinarias, desafortunadamente al año siguiente de su regreso falleció.
Su esposa, Isabel Brown Caces, le sobrevivió por cuatro décadas, heredó la Hacienda El Melón y otros activos y se casa con Rafael Brunet. Su hermana, Teresa Brown Caces, contrae matrimonio con Rafael Ariztía Lyon, dueño de la Hacienda La Palma de Quillota. Los esfuerzos, estudios e inversiones de José Regis Cortés Solís no fueron en vano, su familia Cortés Brown y los Brown Caces, con el apoyo del joven ingeniero Carlos Barroil-
het Budge continuaron con el proyecto cementero. Carlos Barroilhet llevó las muestras de caliza de la Hacienda El Melón a Dinamarca y ratificaron su calidad, lo que determinó la concreción del proyecto definitivo que se erigió en La Calera, dando el nombre El Melón con justicia tanto a la sociedad como a la marca del producto. Así fue que José Regis Cortés Solís junto a otros distinguidos personajes fueron los precursores de la instalación de la fábrica de cemento Portland en La Calera. No sólo soñó con erigir esa fábrica y realizó los primeros esfuerzos, sino que su propia familia, después de su fallecimiento, fue la principal inversionista que hizo realidad la existencia de la sociedad Fábrica de Cemento El Melón S.A. que el 20 de diciembre de 1908 procesó el primer cemento Portland de Chile y el primero
de Sudamérica. La familia Cortés Brown junto a Rafael Ariztía Lyon, Adolfo Eastman Cox, Scipión Cortés Brown, Carlos Barroilhet Budge, fueron los que en los primeros años ocuparon destacados cargos directivos en el Directorio de la Sociedad
Un descendiente, don Eugenio Blanco Plummer, nos ubica en tiempo y lugar: “Esta hacienda, pertenecía alrededor del año 1850, a Don Felipe Eugenio Cortés Alcázar, mi chozno, nacido en Lima, Perú en 1810 y fallecido en París en 1886. Casado con Doña Teresa Solís Pinillos nacida en Chiclayo, Perú en 1820 y fallecida en Valparaíso en 1869. Quien tomó posesión de esta Hacienda, a la muerte de Don Felipe Eugenio, fue su hijo, Don José Regis Cortés Solís, mi tatarabuelo, nacido en Lima en 1843 y fallecido en Quillota en 1883, casado con Doña Isabel Brown Caces naci-
da en Valparaíso en 1856 y fallecida en Valparaíso en 1942”. ( https://www.facebook.com/ CasasPatronalesdeChile).
Fue Rafael Ariztía Lyon quien tomó las riendas del proyecto abandonado de José Regis Cortes Solís, modernizó y profesionalizó la iniciativa, transformando la industria de fabricación de cementos romanos existentes en La Calera, en lo que oficialmente se fundó en 1906 como la Sociedad Fábrica de Cemento de El Melón, fabricante de cemento Portland. Los primeros accionistas fueron 47, entre los cuales figuran como los principales: miembros de la familia Cortés Brown, Isabel Brown, Enrique Budge, Emilio Goyenechea, Alfredo Cox, Carlos Riesco, Eulogio Pérez Cotapos, Juan Enrique Tocornal, José Pedro Alessandri, entre otros. El Directorio quedó conformado por: Enrique Budge, presiden-
te; Nicanor Marambio, vicepresidente; Carlos Barroilhet, director-gerente; Percy H. Ipsen, administrador; Alfredo Cox y Enrique Appelgren, directores. Digamos como corolario, que la Hacienda El Melón con el espíritu de José Regis Cortés Solís no solamente contribuyó a crear la primera fábrica de cemento Portland de Chile y Sudamérica, sino que permitió crear numerosas obras benéficas en el pueblo de El Melón y La Calera, y que unida a la herencia recibidas por Isabel Brown Caces de su madre Isabel Caces de Brown, y posteriormente de su marido José Cortés, más la herencia que Teresa recibiera al quedar viuda de Rafael Ariztía, se creó y se sostiene, a través de la Fundación Isabel Caces de Brown, a la Pontificia Universidad Católica de Valparaiso, inaugurada el 25 de marzo de 1928.
Doña Isabel Caces de Brown
Doña María Teresa Brown de Ariztía
Doña Isabel Brown Caces
Don Rafael Ariztía Lyon
José Regis Cortés Solís
El realizador audiovisual Alejandro Cueto y su singular productora “Ejército de Monos”
Creador calerano desarrolla una gran experiencia en el cine de autor y también incursiona en documentales sobre temas patrimoniales
Por Miguel Núñez Mercado
Alejandro Cueto Sepúlveda tiene 32 años.
Es calerano de la Población Arboleda de Artificio. Estudió en varios colegios de la comuna y terminó su enseñanza media en San Gabriel de la Rivera. Fue alumno de la Universidad Santa María, pero dejó la carrera y entró al Duoc de Viña del Mar a estudiar Comunicación Audiovisual.
Cuenta que entró a este mundo de las imágenes cinéticas “con la idea de escribir historias y hacer películas”.
Desde 2019, con su compañero de carrera, el hijuelense Jordan Carvajal, formaron la productora “Ejército de Monos”, que está enfocada sólo en la producción de cine, tanto de ficción como de documentales. “Aunque -agrega Alejandro Cueto- también hemos proyectos de web series o ligados a la cultura, pero siempre obras más de autor. Es
ciento por ciento autogestionada y destinada, principalmente para la creación”.
Entre sus líneas editoriales se cuentan creaciones ligadas al terror, la sicología, el humor y a la comedia negra. Su primer documental lo hicieron en sus años de estudios audiovisuales y en 2022 -en plena pandemiaasumieron la realización de una historia que se convirtió en el cortometraje “La Protectora”. “Desarrolla entonces -cuenta Alejandro Cueto- nos propusimos hacer un corto anual. Desde allí hemos grabado ´La Deuda´, ´La Tacona´, ´Roting´ y ahora estoy en el proceso de montaje de un trabajo que hicimos hace un par de semanas”.
Hasta ahora, “Ejército de Monos” -cuyo nombre trata de no ser tan rimbombante como los que se usan en las productoras- tiene a su haber unos 10 cortometrajes, entre ficción y documentales, a través de autogestión pues trabajan con sus
recursos. “Tenemos muchos amigos que nos apoyan en varias áreas: actuación, diseño gráfico, manejo de equipos. Es un trabajo colaborativo sólo por el amor al arte y por el deseo que existan estas manifestaciones”, señala el joven creador.
La relación de “Ejército de Monos”, más allá de la residencia de sus creadores, ha sido también el escenario de algunas producciones. “Hace un par de años -cuenta Alejandro Cuetoganamos una beca de Cultura del municipio, que nos permitió hacer un video documental acerca de la Maltería de Artificio, un patrimonio de nuestra comuna. También hemos hecho un documental con un grupo de ambientalistas que defienden el río Aconcagua, que es algo que nos involucra a todos los habitantes de la zona”.
También ha trabajado en temas ligados a leyendas o al patrimonio inmaterial que se cuentan en la ciudad o el campo. “La Deuda” desarrolla los pactos satánicos; y “La Tacona”, que “es como ´la llorona´ de Hijuelas, quien no manifiesta en sus apariciones con llantos, sino con el sonido de sus tacones. También me surgió la idea de hacer otros temas de asuntos paranormales,
con recopiladores de mitos y leyendas de la zona”.
Aunque Alejandro Cueto dice que su trabajo es más de autor, “hay cosas o historias que me gustaría contar audiovisualmente, pero que debo ajustar presupuestariamente. Tenemos los equipos para hacer trabajos mayores, pero el cine precisa de muchos recursos para emprender algunas iniciativas. Aunque
siempre va a depender de lo que se pretende contar y cómo se quiere realizar. Se puede hacer una obra de altos costos o algún trabajo con unos miles de pesos”. La difusión de las obras de “Ejército de Monos” se hace siempre, en espacios con gente ligada a la escena de la cultura en todas sus variantes y los comentarios han sido muy buenos. Alejandro Cueto dice que
no hay muchas personas que actualmente trabajan en cine en La Calera. “Se hizo un catastro de realizadores caleranos, pero no son tantos y son los que yo conocía. En las comunas cercanas hay más y otros residen en ciudades más grandes. Aunque se ha hecho cine en la ciudad, pero no ha sido tanto”.
escena del documental que rescata la
El joven cineasta calerano Alejandro Cueto Sepúlveda en la preparación de uno de sus cortometrajes.
Una
historia de la Maltería de Artificio, a través de los recuerdos de Guillermo Ogalde Gallardo, su guardián de la memoria cervecera por muchos años.