Laura González Durán
Puerto Fotografías de Silvia González de León
Ediciones El Ediciones ElReloj Reloj 2020 2021
Laura González Durán
Puerto Fotografías de Silvia González de León
Ediciones El Reloj Ediciones El Reloj 2020 2021
Primera edición, Ediciones El Reloj, julio 2021
Las fotografías de este libro Haya de Veracruz en invierno I, fotografía estenopeica, 2021 (pp. 6-7) y Haya de Veracruz en invierno II, fotografía estenopeica, 2021 (pp. 21-22) fueron realizadas con el apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales, a través del SNCA, emisión 2019.
Diseño: Laura González Durán Formación: Rosa Trujano López Fotografía del logo: Silvia González de León Flip Book y trazo del logo: Carlos Orenda
© Ediciones El Reloj Pétalo 52 04640 CDMX © Laura González Durán (textos) © Silvia González de León (fotografías)
Hecho en México
Para dejar de ser la última hoja del solo árbol del mundo, vuelvo hacia ti mi corazón. Jorge González Durán (1918-1986)
Todo comienza porque faltan palabras porque hay demasiada vida y no basta vivirla porque hay demasiado mundo y no basta estar en él como un árbol que se estremece al más ligero soplo ahogado de silencio y de memoria. Jomi García Ascot (1927-1986) De “Todo comienza”
De árbol o calendario, la hoja se desprende sin mirar a izquierda o a derecha, no hay idea alguna de transcurso, sólo certeza de la orfandad de estos días.
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De una orilla a otra los objetos como olas perdidas en la inmensidad de la casa tratan de llegar a puerto.
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Refugios del sol, los rincones, como ciegos ventanales, descifran a escondidas el paso de los días.
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Qué otoño como éste, sin colores y luz incierta, encontrará camino.
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Tal vez los colores de este otoño puedan migrar y entrar por la ventana.
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Con el viento las hojas emprenden vuelo, revelan con sigilo el desconsuelo de la tarde.
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Se reúnen sin cita los años, los convoca la desmesura. Ajenos a su historia, construyen el día con la libertad de la incertidumbre.
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La calle se ha vuelto incierta con el ritmo de los pasos que sólo dejan huellas de esperanza.
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No saber de dónde o por qué o cómo se fueron construyendo las horas, los días de un paisaje que hoy apenas encontró camino.
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Sólo descubrir, mirar con otros ojos el contorno de esta tarde que recuerda la luz de otro tiempo.
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Los puentes entre el amanecer y la noche perdieron firmeza y no hay señal que indique camino.
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a Manuel
Inventas melodiosos, rítmicos, e ignotos paisajes. Edificas horizontes con la armonía de las notas.
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Poco a poco la lentitud de las alas encuentra la cadencia que le permitirá el vuelo.
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Y si esos ríos que corren entre árboles y piedras de sólida memoria desembocaran en el cauce de una lluvia que busca la precisión de sus gotas.
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Visible apenas en el contorno de la hoja, la añoranza de la rama se refugia en las raíces del árbol que creció en tierra firme.
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Todos estamos aquí sin sabernos, sin conocer la distancia entre el muro y la puerta que se extiende al horizonte.
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Las palabras abandonan la frase, poco a poco los signos precisan su silencio.
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Como partes de un enigma los olores y sabores de la infancia encuentran su sitio entre los muros de la casa.
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La luz se pierde en el horizonte de tela, se come los colores. Todo se transforma en blanco de principio, la misma idea se desteje y pinta otro camino.
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Si la historia supiera que a veces entre dos la complicidad es tan lejana como esta lluvia que no acaba de ser tormenta, si sólo supiera que los andamios perdieron solidez.
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No pudo ser, no creció hacia la dirección esperada, sólo frutos pequeños y amargos llenaron el cesto.
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Los objetos abandonan su sitio, navegan sin timón, confunden horizonte y se pierden en el silencio de la casa.
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Ahora de otro modo, de un mundo sin contornos establecidos, figuras sin geometría propias de un mapa que empieza a descifrar su propia naturaleza.
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Ciego, el ojo de la aguja trata de abrirle camino al hilo delgado que no encuentra el camino para remendar la tela.
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Si esta página quisiera seguir el camino entrañable de la memoria, si tuviera afluentes caudalosos que pudieran recuperar el preciso instante que sabe su lugar de origen.
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Sin música, sin canto de pájaros, pasan sus días ajenos a la brisa suave, al calor que empieza a penetrar en las primeras flores de la jacaranda.
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Todo se confunde entre el silencio y el canto de los pájaros que habitan la tarde. Hay un momento de certeza entre los árboles que vuela al caer la noche.
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Seguramente a miles de kilómetros, caerá la hoja de otro árbol con la misma lentitud de este recuerdo que ilumina la brevedad de la tarde.
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Este viento con su lluvia de flores es pura jacaranda que traza camino.
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Todo quedará como paisaje desdibujado, lienzo de trazos torpes y colores tenues que recogen el paso de los días.
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Acercarse, romper las amarras de este tiempo disfrazado de pura realidad brumosa. Acercarse y permitir que los cuerpos se reconozcan.
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Regresa como brisa fresca un aliento guardado en la entraña de las cosas. La casa se va tiñendo de colores perdidos en los interminables segundos de tardes de rumbo incierto. En algún lugar un faro recupera su luz.
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Hacia dónde el mar, tal vez alguna ola lo devuelva a la playa dibujada en la memoria, tal vez la infancia encuentre su ritmo interminable.
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Ni la sombra de las hojas reflejada en la ventana podrá entender la terquedad de esta memoria anclada en una realidad que nunca existió.
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Sopla la brisa entre las hojas, y la lluvia que viene del mar teje caudales que cubren las ventanas de la casa.
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Desde la ventana el puerto se dibuja apenas, no hay manera de saber qué esconde, no hay olores que delaten lo que en alguna cocina se prepara. Todo parece nuevo, confuso, aunque tal vez con algún platillo se recobre la memoria.
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Como si todo estuviera escrito en algún rincón del universo, algo con significado preciso llega a casa con la memoria y la historia de otros y se mezcla con el olor del café, de la fruta fresca, del transcurrir de las plantas. Todo entre los muros blancos y las ventanas abiertas a la certeza.
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Desde su noche, cubierto por sí mismo, con una soledad que sólo comparte el eco de la historia, ajeno a la luz del faro, tal vez pueda llegar a puerto.
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En el baúl poco a poco caen los objetos de este tiempo con armonía y ritmo perfectos, conviven como notas que conocen el pentagrama.
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Desatarse para encontrar un aliento primigenio que se arraigue en lo cotidiano: olor puro, puro polvo luminoso entre los muebles de la casa.
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Como vuelo certero de pájaros cuya memoria precisa el batir de las alas, como nube desdibujada cobijada por el viento, como cielo gris y sol oculto, como simple soplo enraizado en la piel, la tarde lenta abre camino con su verano a cuestas.
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Luz de un faro intermitente, luminoso, tal vez un puerto con sus habitantes que reconstruyen el día a día, tal vez un reencuentro con lo de cada uno, tal vez la cábala, tal vez la mirada y su ventana.
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Asomarse desde la ventana a la cercanía del puerto, a sus olores entre la niebla, acercarse a los que lentamente persiguen la certeza del día, caminar entre la tarde, sólo caminar.
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Puerto (último título de la trilogía La espera, Rumbo y Puerto) cerró su edición el 7 de julio de 2021 en Pétalo 52, colonia El Reloj.
Ediciones El Reloj
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