Silvia González de León
PAZ
(1898 - 1966) Del álbum familiar
PAZ
(1898 - 1966) Del álbum familiar
Este libro fue realizado con el apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales, a través del Sistema Nacional de Creadores de Arte, emisión 2019.
Primera edición, Ediciones El Reloj, septiembre 2021
Diseño: Silvia González de León Edición: Silvia González de León y Adriana Medina Formación: Rosa Trujano López Dibujo que acompaña el epígrafe: Elsa Fujigaki © Ediciones El Reloj Pétalo 52 04640 CDMX © Silvia González de León Hecho en México
Para mi querida prima Berenice, in memoriam, 25 de diciembre de 1948 - 19 de marzo de 2021.
Quisiera a esta hora en que pasan las hojas del árbol a mis manos, colocar la hoja en la yema exacta del árbol genealógico. Genaro Estrada, Paso a nivel, 1933.
Cuando era niña, mi abuela Paz Miranda de Teresa y su hermano menor, Salvador, vivieron con sus padres cerca de diez años en París. Eran los tiempos del porfiriato y de la Revolución Mexicana y las familias acomodadas huían porque temían por sus vidas y propiedades. Allá se educaron, aprendieron la lengua y cultura francesas, a tal grado de que ella, a sus casi setenta años todavía rezaba, contaba y hacía las sumas del mercado en francés. El destino quiso que de todos modos la familia perdiera gran parte de su patrimonio. Al volver a México, el anhelo de mi abuela, como el de casi toda joven mujer de esa época (años veinte del siglo XX), era casarse y formar una familia. Se unió a mi abuelo Alberto González de León y Piñeiro en 1924, un abogado de buena familia, como se decía, de quien se enamoró locamente. A él dedicó varios de sus bellos retratos de juventud, tomados en estudio, de manera muy amorosa y atrevida para ese tiempo.
Las familias de mis abuelos eran muy católicas y así fue ella siempre. Se dedicó abnegadamente a ser esposa y madre. La condición social, las costumbres de la época y en especial la religión fueron determinantes. Aunque estoy consciente de que eran otros tiempos y de que con el matrimonio la vida cambia, no puedo dejar de observar que después de la boda su aspecto físico y forma de vestir y, seguramente, hasta de comportarse cambiaron de manera notable. Lo cual puede apreciarse en esta foto de 1925, donde tiene en brazos a Alberto, mi padre, su primer hijo. Había pasado poco más de un año de matrimonio, tenía sólo 27 años. Mi abuela dio a luz a mi padre en los Edificios Condesa, recién construidos en la calle de Mazatlán. Cuenta ella en un álbum muy elaborado que le hizo: “Mi hijito querido vino al mundo a las 4 y media de la madrugada del 13 de abril de 1925. Nació en México, Edificio Condesa, departamento E-6. El lugar preciso fue mi boudoir, arreglado para este acontecimiento. Con toda felicidad tuve a mi hijito a los 9 meses y 17 días de casada”. Como se lee, fue una madre muy amorosa. Lo digo por las dedicatorias y otros textos que escribió para sus hijos. Los álbumes que les hizo a cada uno de ellos tenían fotos de su infancia, tomadas desde su nacimiento, otras con sus papás y hermanos, bolos de sus bautizos, narraciones de sus avances y anécdotas curiosas; incluían también pequeñas bolsas con mechones de pelo, uñas, flores, y sobrecitos con cartas.
Dice el texto: “Primeros zapatitos de cuero que usó Curruquín lindo
(comprados el 7 de agosto de 1925)”.
Esta fotografía de 1946 fue tomada en la casa familiar de la calle de Campeche, esquina con Nuevo León, en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Mi abuela escribió al calce las edades de cada uno de sus hijos
y de su sobrina Lola, hija de su hermano Salvador. De izquierda a derecha: Juan (Juanito): 14, Refugio (Goly): 11, Nicolás (Nico): 16, Dolores (Lola): 17, Paz (Pacesita): 17, Teodoro (Yoyo): 20 y Alberto (Beto): 21.
Muestro aquí lo que ella escribió en el reverso de la fotografía familiar de 1946 que está en la página anterior. Se trata de una larga oración (de las “Esposas y madres católicas”) en la que se encomienda a la Virgen de los Dolores y algunos santos, y les pide por los suyos. Parte de esta plegaria está escrita en francés. Dice en la primera parte: “¡Oh María! Virgen inmaculada y madre de los ¡Dolores! Hablad en favor de mi maridito y de nuestros queridos hijos al Corazón de Jesús, el cual no puede negar nada a su Madre: interceded por ellos”. A esto sigue una larga letanía. Me aflige leer esta plegaria, escrita con tanto dolor y devoción. Aunque no tuvieran problemas económicos en la familia, dificultades no faltaban con una prole tan numerosa. Uno de los hijos menores empezaba a mostrar signos de una enfermedad muy grave e incapacitante. Mi abuelo pasaba casi todo el día en su despacho en el centro. A veces era duro con su esposa, muy estricto con sus hijos hombres, condescendiente con las mujeres (y más tarde, debo aclarar, muy cariñoso con sus nietos). Ella debía encargarse de solucionar todo en casa. Corrían además los años de la Segunda Guerra Mundial y a mi padre le había tocado bola negra en un sorteo que se hizo en México entre los jóvenes mayores de dieciocho años. Los elegidos quedaban obligados a acuartelarse durante un año y entrenarse como conscriptos para que en caso de requerirse los mandaran a combatir. Por suerte no sucedió así, pero llevó una vida muy severa lejos de su familia durante ese periodo, que cambiaría sus ideas y marcaría su futura existencia.
Aquí aparecen dos de los misales que usó mi abuela. El de arriba está en francés (y latín), se titula: Nouveau paroissien romain très complet (Nuevo devocionario romano muy completo), publicado en 1910. Tiene anotado de su puño y letra lo siguiente: “Paz Miranda, Paris, 23 août, 1915”, escrito durante sus años parisinos, y una dedicatoria para mi padre que dice: “Para mi hijito mayor Betito, como un recuerdo de su mamá, que tanto lo quiere y desea que siempre sea bueno y piadoso. Tu mamá con su bendición. Paz, 13 de abril de 1932”. Es un libro de misa que regaló a su primogénito cuando cumplió siete años. No sé cómo se habrá sentido él cuando leyó esto a tan corta edad. Era una muestra de amor, pero también era pedirle veladamente que aprendiera francés, que fuera bueno y piadoso. Mi padre no aprendió bien esa lengua, sí fue bueno, pero no muy piadoso. Seguramente esto fue otro motivo de angustia para mi abuela. El otro misal se llama Ejercicio cotidiano, tiene un subtítulo: Breve ejercicio del cristiano. Oraciones para rezar todos los días, algo que ella hacía. Además de ir a misa diario e ir con mi abuelo los domingos. Cuando mis hermanas y yo nos quedábamos a dormir en su casa un fin de semana, nos llevaba a la iglesia, rezaba con nosotras durante la ceremonia y nos pedía que rogáramos por nuestros primos que no habían sido educados en la religión.
Los zapatos de boda de la abuela que conservamos, tenía unos pies muy pequeños, calzaba del número 2.
Perfumero con su nombre grabado, polvera con monograma y peineta de coral.
Imagen de 1956, tomada el día de Navidad en la casa familiar de Las Lomas de Chapultepec. Aparece ya la esposa de Alberto: Conchita, arriba a la izquierda de pie; de Teodoro: Ulalume, abajo a la derecha en cuclillas; de Nicolás: Elsa,
abajo a la izquierda. También sus hijos, miembros de la siguiente generación. Goly y Pacesita están a los lados de los abuelos. Vendrían muchos nietos más. Yo soy la niña de abajo a la derecha, en el regazo de Juan, mi tío.
La abuela, como le gustaba que la llamáramos, nos escribió a mis hermanas y a mí varias tarjetas postales cuando viajaba al extranjero. Esta que incluyo aquí fue con motivo de mi “santo”, que se celebraba el 3 de noviembre. Aunque años después de su muerte la iglesia católica decidió que santa Silvia no era tan santa, y la retiró de su santoral junto con algunos otros expulsados. Es un texto muy cálido en el que me llama “Señorita”. Yo tenía ocho años, y recibirla por correo postal fue muy emocionante, todavía lo recuerdo. Le encantaba jugar con sus nietos, con las niñas en particular. Una vez que me quedé yo sola a dormir en su casa, me ayudó a hacer una cuna para el niño Jesús de la rosca de reyes con la caja de un perfume. Nos compartía sabrosos caramelos que
guardaba escondidos porque era diabética. Siempre tuvo problemas con su peso, sólo para la boda logró adelgazar. Nos organizaba rifas de objetos que tenía dentro de muchas cajas pequeñas en un cajón de su cómoda. Mi hermana Laura recuerda que ella una vez se ganó una bolsita hecha de cadenas de metal que todavía conserva. La abuela recitaba al mismo tiempo que señalaba a cada uno de los participantes: “Una de dola, de tela canela, zumbaca tabaca, de bira birón, cuéntalas bien que las once son, en la iglesia de la Concepción”, como hacemos con: “De tin marín de do pingüé…”. Arriba la vemos, a principios de la década de los sesenta, en un retrato tomado pocos años antes de su muerte. Así viene a mi memoria, en casa, sentada en el sillón rojo de la sala, amable y apacible, aunque estuviera inmersa en la bulla infantil, armada por sus numerosos nietos. Paz se llamaba. Yo tenía 12 años cuando nos dejó.
Algunas de las fotografías del libro fueron impresas por Silvia González de León en técnicas fotográficas antiguas o alternativas: cianotipia (impresas con sales de hierro), las guardas iniciales y finales, así como las otras imágenes impresas en azul de Prusia. Biotipia (impresas en hojas vegetales, acuyo u hoja santa, floripondio y hiedra). Antotipia (una sola fotografía, impresa con jugos vegetales, en este caso de acelga y betabel). El registro del archivo fotográfico fue hecho por la autora. Agradezco mucho a mis maestros Sergio Adrián Camacho, que me enseñó a hacer las técnicas fotográficas alternativas que usé para imprimir algunas de las imágenes que aquí presento, y Saraí Ojeda, con quien inicié la maqueta de este libro; a Adriana Medina por su decidido apoyo técnico y creativo en la realización de todo el trabajo; a Laura González Durán por leer y corregir los textos, así como por revisar la edición final; a Dulce María Sánchez Cruz por hacerme acertadas sugerencias; a Tita Valencia y Antonio Montes de Oca por animarme siempre en mis proyectos; a mi tía Paz González de León Miranda, hija de los abuelos Paz y Alberto, por ayudarme a construir esta historia con su admirable memoria; a mi prima Berenice González de León, mi madre María Concepción Aguirre Pérez y mis hermanas Deyanira, Verónica y Laura por compartirme recuerdos, fotografías y objetos de los abuelos y de mi padre, que fotografié para este proyecto; a Elsa Fujigaki por permitirme usar el dibujo que hizo, inspirada en mi foto de la haya en el Jardín Botánico, F. J. Clavijero.
s
Paz (1898 - 1966). Del álbum familiar cerró su primera edición digital en septiembre de 2021 en la calle de Huertas 107-A-304, en el antiguo Barrio de Actipan de la alcaldía Benito Juárez, CdMx. La segunda edición se imprimió y encuadernó en los talleres de Grupo Fogra, S.A. de C.V., Año de Juárez 223, Col. Granjas de San Antonio, Iztapalapa, CdMx, 09070, en junio de 2022. La edición consta de 50 ejemplares, impresos en Couché mate de 150 g. Se usó la tipografía Bodoni 72 Oldstyle.