Silvia González de León
Los cajones de Berenice Introducción de Diego Alcázar Díaz
Ediciones El Reloj 2022
Este libro fue realizado con el apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales, a través del Sistema Nacional de Creadores de Arte, emisión 2019.
Primera edición, Ediciones El Reloj, marzo 2022 Diseño y edición: Silvia González de León y Adriana Medina Asesoría editorial: Laura González Durán Formación: Rosa Trujano López Flip Book: Carlos Alberto Orenda Trujano © Ediciones El Reloj Pétalo 52 04640 CDMX © Silvia González de León Hecho en México
Para mi querida prima Berenice, in memoriam, este libro cuya idea
fue compartida con ella y que ya no verá.
Ciudad de México, 19 de marzo de 2022
Gabinete de maravillas Silvia González de León
Berenice González de León fue mi prima mayor por el lado paterno. Tenía seis años más que yo, lo que no fue motivo de lejanía. Siempre cariñosa con mis hermanas y conmigo, como una hermana mayor. De niños nos juntábamos en las navidades en la casa de sus padres en Coyoacán, donde nos divertíamos mucho con los juegos, no exentos de picardía o cierta crueldad, que ella organizaba para sus hermanos, otros primos y nosotras. Era precoz, simpática, tenía como todos sus hermanos ocurrencias escatológicas que nos hacían reír mucho.
Formada en el Liceo Franco Mexicano, hablaba y escribía perfectamente en francés, y con el tiempo también en inglés. Sabía de arte, de literatura, de ciencia, su curiosidad no tenía límites. El destino la llevó con su marido, Roger McKeon, a otras tierras por muchos años, a París, Nairobi y Nueva York. Tuvimos la fortuna de que regresara a México a fines de los noventa, cuando pudimos disfrutar nuevamente de su compañía y generosidad. Su casa era un lugar muy especial, maravilloso, donde exhibía una gran cantidad de obje-
tos que coleccionó a lo largo de su vida. Cualquier rincón llamaba la atención. Por ejemplo, la cocina, donde tenía como parte de la decoración unos estantes de vidrio en los que había todo tipo de platos de porcelana, de cristal, de metal; vasos y copas de todos colores y tamaños; botellas viejas de botica y otras con formas interesantes; cajas antiguas, de cerillos, de té; cubiertos antiguos de plata ennegrecida; campanas, embudos de hojalata, herramientas viejas, un recipiente con compartimentos llenos de semillas en forma de corazón, de otras llamadas ojos de venado, de aguacate, o de mamey, piedras coloridas y de variadas formas, conchas y caracoles. Todo esto expuesto de acuerdo con un plan exquisito cuyo resultado despertaba sorpresa y admiración en el espectador.
Muchos de estos objetos los adquirió en mercados de pulgas de todos los países en que vivió y visitó, así como en playas en las que caminó, siempre atenta de hallar algún bicho muerto que llegara arrastrado por las olas. En 2017 la visité y me mostró el gabinete con los catorce cajones que es motivo de este libro. Yo quedé encantada por ese viejo mueble que encerraba innumerables maravillas. Le propuse fotografiar los cajones, a lo que accedió con gusto. Una vez tomadas esas primeras fotos, se me ocurrió usar un lente macro para hacer acercamientos y ver en detalle algunas de las cosas contenidas en los cajones. No fue fácil hacer la selección de tantas fotos que tomé de esas cosas bellas, impresio-
nantes o extrañas, recuerdo que le pregunté qué eran unas cápsulas negras, con cuatro garras (conocidas como monederos de sirenas), me contestó que eran ¡huevos de mantarraya! A Diego Alcázar le pedí el texto, es escritor, conoció a Berenice y estuvo en su casa. Por ahora es sólo un fragmento de una nota
introductoria más extensa, aunque ya es el complemento ideal de mis imágenes. Me entristece pensar que Berenice no verá el libro terminado, sirva éste para recordar su fascinante curiosidad y tenacidad, para conmemorar un año de su partida. Ciudad de México, 19 de marzo de 2022
Berenice y los pequeños países de nácar Diego Alcázar Recuerdo la primera vez que entré a casa de Berenice. No podía dejar de observar la ingente cantidad de elementos que constituían su entorno. Con cada visita descubría esa serie de pequeños prodigios. Escondidos y acoplados entre el espacio cotidiano, esos asombros domésticos son ahora el recordatorio idóneo de cuanto fue Berenice. O mejor, representan la muestra de uno de sus rasgos más distintivos, el que, precisamente, la movió a ordenar y distribuir sus objetos que propiciaron una serie de preguntas mías e historias suyas al respecto. A ella la definía la curiosidad y se percibe hasta en la forma en que ella descubrió y ate-
soró esos objetos. Asimismo, resulta curioso el modo en que tales colecciones tuvieron un orden especial, acaso pergeñado por las afinidades que brinda la memoria. No menos llamativo es que su madre, Ulalume, haya tanteado lo que Berenice llevó a la práctica. Su poema “Inventario” inicia con una frase que me provoca una tristeza que ahora mismo no alcanzo a comprender: Saco mi colección de antigüedades las limpio las pulo para que no se les note la muerte que ha comenzado a tomarlas … Ulalume González de León, “Inventario”, Plagios, FCE, México, 2001, p. 56.
Tanto en el poema como en la casa de Berenice existe (existía) una relación demorada de los objetos con que se convivió alguna vez, los cuales, en consecuencia, adquieren una carga emotiva que se refuerza con el paso del tiempo y, doloridamente, con la partida de sus suscitadoras. El texto dice más adelante que ahí en ese inventario están guardadas “unas ganas de quitarse los zapatos para correr a orillas del mar”. Me gusta pensar en la posibilidad de que se pueda generar esa misma sensación con sólo abrir estos cajones de Berenice y observar su minucioso interior. También me gusta pensar que ella, al detener su carrera entre el agua y la arena, contemplaba e imaginaba su futura colección: una margarita, otro berberecho, otra coquina …
El contenido de los cajones propicia una memoria ambivalente. La primera le corresponde a Berenice debido al tránsito inquieto que significó su vida. La segunda tiene que ver con el contenido, y del que hallo eco en unos versos nerudianos: … busquemos lo que el mar deshizo con insistencia y sin lograrlo, lo que rompió y abandonó y lo dejó para nosotros. Pablo Neruda, “No me hagan caso”, Extravagario, Debolsillo, México, 2003, p. 101
Esta singular colección retrata los vestigios del deambular de Berenice y de las especies recolectadas. Lo que una vez fue movimiento, luego ha permanecido estático, primero en los cajones, luego en las fotografías de Silvia.
El asombro de ambas genera la complicidad de dos verbos útiles en esta situación: tomar y capturar. Uno tiene un sentido corporal, mientras que el otro posee un sentido mecánico; estamos ante aquello que producen el cuerpo y la máquina. Y por los dos comulgamos en la contemplación de aquello que ha sido capturado y tomado. Recoger y coleccionar. Acoger y disponer. Procedamos a imaginar que Berenice es parte de un bello e inventado tópico: “Collige, virgo, conchas”, quizá fecundo, quizá simple, aunque limitado e incierto una vez que notamos (o descubrimos) las diferencias entre las especies que habitan estos cajones. La voluntad de recoger esqueletos y exoesqueletos dejados por el mar se convirtió en la afición de nuestra Berenice, quien fatigó
las playas para tender puentes consigo y con aquellos que contemplasen esta cosecha de la curiosidad. Cada uno de los catorce cajones resguarda las minúsculas pistas de ese recorrido por los “países de nácar”, con seres coloridos, multiformes, extraños y sorprendentes. Los catorce cajones con su contenido también fueron siguiendo las huellas de Berenice. No sé si ella quiso darle un sentido a su colección de conchas. Pero sí creo haber escuchado (y duele recordar su voz pues duele saber que no habremos de oírla) que le llamaba inmejorable y humilde o irónicamente “gabinete de maravillas”. Y es que en verdad la imaginé cargándolo, llevando a cuestas el gabinete de los catorce cajones, haciendo que las conchas añoraran el mar, que los demás contemplaran atónitos las maravillas de ultramar.
Berenice González de León Ibáñez (Ciudad de México, 25 de diciembre de 1948 - 19 de marzo de 2021) Creció en el seno de una familia intelectual. Estudió en el Liceo Franco Mexicano y en la Escuela Nacional de Antropología. Se casó cuando era muy joven y tuvo dos hijos. Vivió con su familia en París, Nairobi y Nueva York, donde se capacitó como maestra de preescolar y trabajó en una escuela durante varios años. Después ingresó al Consulado Mexicano de la Secretaría de Relaciones Exteriores en esa ciudad. Regresó a México a finales de los noventa, donde siguió laborando en esa Secretaría unos años más. Por último, junto con su hermano Diego, organizó el legado documental de su padre, Teodoro González de León, mismo que donaron a la unam.
Los cajones de Berenice cerró su edición el 19 de marzo de 2022 en el antiguo Barrio de Actipan de la alcaldía Benito Juárez en la Ciudad de México. Se usaron tipos Bodoni 72 Oldstyle.