La Confianza es la Clave en nuestra Relación con Jesús
“Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros” Jn 15,17
Escribo este artículo el día de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. El día de ayer los Obispos de los Estados Unidos consagraron nuestra nación, los Estados Unidos, al Sagrado Corazón de Jesús en ocasión del 250 aniversario de la proclamación de la independencia. Los obispos se congregaron en la Basílica del Santuario Nacional de María, Reina del Universo en, Orlando, Florida. En su homilía, el Arzobispo de Baltimore, William E. Lori dijo que el “Corazón de Cristo no es solamente un símbolo piadoso, sino la expresión visible de un amor que se entrega, perdona, sana y busca a quienes están heridos o alejados”. En este tiempo de división, de ansiedad, marcado por la presencia de guerras, por la falta del respeto a la dignidad de las personas, especialmente de los marginados y vulnerables, desde el no nacido hasta los ancianos, inmigrantes, y personas con pocos recursos para defenderse o elevar su voz, esta consagración no es un tiempo de “celebrar sino de consagrar, confiar y poner nuestra nación dentro del Sagrado Corazón”. El futuro de nuestro país no puede depender solo y exclusivamente de nuestra confianza en nosotros mismos, en lo terreno, en las instituciones, en la economía, sino que, como mencionó el Arzobispo, “nuestra identidad más profunda” nos lleva a que “nuestra verdadera esperanza viene del Señor”.
En el Evangelio que se leyó, Jesús dice, “como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor”. (Jn 15,9) El Señor Jesús nos pide permanecer en su amor haciendo lo que Él mismo hace, amando, perdonando, dándonos a los demás.
Permanecer en su amor es obedecer su mandato de amarnos como Él nos ama pero también Cristo quiere que “tengamos amistad con Él, que aceptemos su invitación de permanecer en su amor y que ese amor se exprese y conforme cada acto de nuestra vida pública y privada” dijo el Arzobispo Lori. Estamos llamados a vivir en común unión con Cristo y con nuestros hermanos. No podemos llamarnos cristianos si nuestros actos no reflejan nuestras devociones y la fe que profesamos. Si queremos ser fieles a su llamado, a la misión a la que nos llama, “amar como Cristo ama es la verdadera medida del discipulado cristiano”, dijo el arzobispo. Ese amor, no puede endurecernos sino todo lo contrario, ese amor nos tiene que transformar, convertir, hacernos semejantes a Dios y dar testimonio de él al mundo. Ese amor lo tenemos que compartir, solo así podremos renovar la sociedad, la Iglesia. Pongamos nuestras vidas y nuestras familias en su corazón. Como nación confiemos en su providencia y en su misericordia, porque Él es el Rey de la historia, reconociendo que la “historia es la historia del amor fiel de Dios que se desarrolla en el mundo”. ■
Entre el Miedo y la Esperanza: Carta de Aliento para Inmigrantes Hispanos
Por Padre Lino Otero, presidente de Guadalupe Radio
Nota editorial: Presentamos a continuación la primera parte de una carta escrita por el Padre Lino Otero dirigida a la comunidad inmigrante. Debido a la extensión y profundidad de este importante mensaje (un total de 18 páginas), publicaremos el texto en secciones durante las próximas ediciones de La Cosecha. Los invitamos a seguir esta serie especial en los meses que vienen. Queridos hermanos y hermanas que viven en los Estados Unidos sin documentos legales, pero con corazones llenos de amor por sus familias y manos dispuestas al trabajo:
Les hablo no solo como sacerdote de la Iglesia Católica, sino como hermano en el camino de la fe. En estos días difíciles, algunos de ustedes han sido testigos de redadas, detenciones y deportaciones. El miedo ha entrado a sus hogares, generando ansiedad, tristeza e incluso enojo. Es comprensible sentir todo eso ante la incertidumbre. Sin embargo, les ruego: no permitan que el sufrimiento se convierta en amargura. No se definan por sus heridas ni por las injusticias sufridas. Dios no se ha olvidado de ustedes. Su vida no es un error. Al contrario, su vida tiene un propósito precioso dentro del plan de Dios. Esta carta quiere darles aliento, firmeza y un camino de esperanza, apoyándose en nuestra fe católica.
INTRODUCCIÓN: Entre la herida y la esperanza Reconocimiento honesto de la situación: Muchos de nosotros no habríamos salido de nuestros países si no fuera porque nuestros propios gobiernos nos fallaron. Durante décadas hemos visto cómo la corrupción, la violencia, el autoritarismo y la pobreza han gangrenado nuestras tierras, empujándonos a la dolorosa decisión de emigrar. Somos personas de carne y hueso que hemos dejado atrás familia, lengua y raíces buscando una vida mejor en Estados Unidos, no para hacer daño, sino con la esperanza de aportar nuestro trabajo y construir un futuro digno. De hecho, lejos de “quitar trabajos”, los inmigrantes impulsan la economía: aportan cientos de miles de millones de dólares al PIB estadounidense y pagan miles de millones en impuestos. Venimos a contribuir, no a restar, y la inmensa mayoría lo hacemos honradamente (incluso las estadísticas demuestran que la tasa de criminalidad entre inmigrantes es menor que la de la población general). Esta es nuestra verdad: llevamos heridas, pero caminamos con esperanza. Sin embargo, junto a esta legítima afirmación, debemos también reconocer con claridad otra realidad incómoda: el crimen organizado ha crecido enormemente en Latinoamérica, y algunos delincuentes cruzan con nosotros en las mismas caravanas. No podemos negar que algunos de nuestros propios compatriotas se han corrompido aquí en EE.UU., engrosando pandillas o redes delictivas. Sería ingenuo idealizar al inmigrante como si todos fuésemos santos; no lo somos. Pero tampoco es justo demonizarnos como colectividad por las faltas de unos pocos. En nuestros
países de origen, la connivencia entre crimen y poder ha sido devastadora - por ejemplo, hoy Venezuela está entre los países más corruptos del mundo, mientras la violencia homicida promedio en la región ronda los 20 asesinatos por 100.000 habitantes - y esas lacras nos persiguen hasta acá. Por eso, alzamos la voz para pedir claridad moral y responsabilidad personal: ni autocompasión que nos haga sentir víctimas impotentes, ni auto-engaño que nos absuelva de toda culpa. Como comunidad inmigrante, somos parte del problema y parte de la solución. Este mensaje quiere hablarnos con esa claridad: heridos pero esperanzados, necesitados de compasión pero también llamados a la responsabilidad. PARTE I - NO SOMOS VÍCTIMAS: LA LIBERTAD INTERIOR DEL CRISTIANO
1. No eres víctima: la verdadera libertad cristiana La fe cristiana nos enseña a reconocer el dolor sin caer en el resentimiento. La Cruz de Cristo es el lugar del amor libre, no del victimismo. Jesucristo sufrió la injusticia más grande, y sin embargo en la Cruz no vemos a un “víctima” rencoroso, sino al Hijo libremente entregado por amor. La Encarnación y el drama de la Cruz, sepultura y Resurrección de Cristo son el centro de la historia del mundo. Es decir, nuestra historia humana no es un caos de fatalismo y queja estéril, sino un drama con sentido, una obra donde Dios ya ha dado sentido al sufrimiento por medio del amor. Por eso, el Evangelio no aprueba que nos instalemos en la mentalidad de víctima permanente. “En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor”, dice la Escritura. Cristo nos muestra en la Cruz que el sufrimiento puede ser ofrecido por amor, no utilizado como combustible de odio. Sólo el amor es digno de fe y en el amor crucificado de Jesús “todo se quema y purifica” para dar lugar a una nueva vida. La fe auténtica, por tanto, no niega el dolor de nuestras heridas, pero lo redime desde dentro. En concreto, esto significa que los inmigrantes cristianos estamos llamados a rechazar el rol de víctimas indefensas. La victoria de Cristo nos concede una libertad interior que nadie nos puede arrebatar, ni siquiera las injusticias de los hombres. Podemos haber sufrido abusos, pobreza, discriminación; pero si abrazamos la Cruz con Cristo, esos sufrimientos no nos encadenan al odio sino que se vuelven camino de santificación. El Evangelio no tolera la mentalidad de víctima, porque tal mentalidad suele ir de la mano con la falta de perdón y el resentimiento. Jesús en cambio nos dice: “Perdona hasta setenta veces siete” (cf. Mt 18,22), “Ama a tus enemigos, haz el bien a los que te odian” (Lc 6,27). No es una negación del mal sufrido, sino una manera radical de romper sus cadenas. En la cosmovisión cristiana, cada per-
Inmigrantes continúa en la página 4
Procedimiento de la Diócesis de Knoxville para reportar casos de abuso sexual
Cualquier persona que tenga conocimiento real o que tenga una causa razonable para sospechar de un incidente de abuso sexual debe reportarlo a las autoridades civiles apropiadas, y al Centro McNabb, nuevo coordinador de asistencia para víctimas de acoso sexual de la diócesis de Knoxville, al número de teléfono para denuncias (865) 3219080. ■
Torneo Diocesano de Fútbol 2026
Por Magdiel Argueta
El balón rodó por primera vez a las 8:14 de la mañana. Cuatro canchas disponibles para este magnífico torneo. Comenzamos con la ronda eliminatoria. Catorce equipos masculinos dispuestos a clasificar a cuartos de final y cuatro equipos femeninos buscando llegar a la final. Más de 250 personas fueron parte del torneo diocesano de fútbol 2026 que se celebró el pasado 31 de mayo en Victor Ashe Park.
Pero ¿De qué manera el deporte acerca a los jóvenes a Dios? Para Julio Quinilla el deporte es como nuestra vida. Nos enseña a tener autocontrol. “Cuando estamos en la cancha con un equipo tenemos que entendernos, ser sencillos, conocer cuál es nuestro puesto al momento de jugar y pensar en cada paso, en cada movimiento, así es nuestra vida como hijos de Dios”, agregó Quinilla. Las palabras de Quinilla no pasan desapercibidas. Realmente en la cancha es donde conoceremos, no solo tu potencial y tu sed de ganar, sino también tu capacidad para controlar tu carácter. Especialmente cuando estamos en un ambiente cristiano: “Tocó aprender que existen diferentes culturas y temperamentos, y darnos cuenta de las dificultades que pueden surgir. Pero también pude encontrar mucha humildad, personas solidarias y una gran disposición para compartir y ayudar, creando un verdadero ambiente familiar”, comentó Quinilla al respecto.
La fraternidad es otro de los aspectos valiosos que se pueden observar en este tipo de eventos, especialmente cuando logras atraer a comunidades de distintas parroquias de la diócesis. Para Jacky Mejía, ese fue precisamente uno de los logros de este torneo. “Es bonito ver que distintas parroquias se reúnan a participar de eventos como el torneo. Esto hace más fuerte a la comunidad de jóvenes adultos”, compartió. Pero la fraternidad no fue el único fruto de este torneo. También fue una oportunidad para reconocer el esfuerzo silencioso de quienes trabajaron durante semanas para hacerlo posible. Mary Euseda expresó la alegría que sintió al ver los resultados finales de tanto trabajo. “Mucha felicidad, ver cómo el esfuerzo de los demás tuvo fruto; fue muy bonito. Para Dios no hay nada imposible”. Sus palabras recuerdan una realidad que a veces olvidamos. Detrás de cada actividad existen horas de preparación, reuniones, llamadas telefónicas, voluntarios y muchas personas que ofrecen su tiempo para servir. Aunque gran parte de ese trabajo pasa desapercibido, los frutos terminan siendo visibles para todos.
José Barrera compartió una reflexión similar al afirmar que: “Sacrificar todo, desde lo más pequeño y con mucho amor tiene su recompensa”. Esto me recuerda la enseñanza de Jesús; amar hasta el extremo.
Quizás esa fue una de las lecciones más importantes que dejó este torneo. Ningún proyecto pastoral se construye solo. Se necesita el esfuerzo de muchas personas que, desde distintos lugares, aportan sus talentos para alcanzar un mismo objetivo. Y aunque el objetivo principal de este torneo fue recaudar fondos para la II Jornada Diocesana de la Juventud, el resultado fue mucho más amplio. Se fortalecieron amistades, se crearon nuevos vínculos entre parroquias y se ofreció a los jóvenes un espacio sano para convivir y compartir su fe.
“Mi momento favorito fue tomar fotos de los equipos ganadores recibiendo los premios. En las imágenes puedes ver la emoción de los jugadores al ver que su esfuerzo valió la pena”, agregó Jacky, quien con su talento capturó los mejores momentos durante el torneo.
Y es precisamente esa emoción la que se pudo observar al final de cada partido. Detrás de cada trofeo había horas de entrenamiento, sacrificio y esfuerzo. Pero también había grupos juveniles completos apoyando desde las bandas, familias animando a los suyos y comunidades enteras celebrando cada logro.
Al finalizar la jornada, los campeones de la categoría masculina fueron Boys of Jesus, del grupo juvenil Nova Esperanza de la Catedral de Knoxville. El subcampeonato fue para Lumen FC, del grupo Tras las Huellas de Jesús de OLPH Chattanooga.
En la categoría femenina, Diamond FC, de Chattanooga, obtuvo el primer lugar, mientras que Testigos del Amor de Dios, de St. Patrick en Morristown, consiguió el subcampeonato.
Sin embargo, sería injusto pensar que el torneo se trató únicamente de los equipos que levantaron un trofeo. El verdadero éxito de esta actividad se pudo ver mucho más allá de la tabla de posiciones.
Conociendo a Nuestros Sacerdotes:
Padre Samuel Mungai
Por Padre Samuel Mungai
Mi nombre es Padre Samuel Mungai. Nací y crecí en el pueblo rural de Londiani, ubicado aproximadamente a cinco horas al oeste de Nairobi, la capital de Kenia. Mis padres eran agricultores y mi padre se especializaba en el negocio de los cereales. Durante mi infancia, una de mis principales responsabilidades era cuidar el rebaño de ovejas de nuestra familia.
Me convertí al catolicismo. Originalmente crecí en una iglesia pentecostal, pero mi vida cambió cuando ingresé a una escuela de misión católica en el séptimo y octavo grado. Allí descubrí la riqueza de la tradición católica y rápidamente desarrollé un profundo amor por la fe, especialmente a través del rezo del Santo Rosario. Fue durante este período que comencé a discernir, por primera vez, mi vocación al sacerdocio. Más tarde asistí a un seminario menor para la preparatoria, donde mi vocación continuó creciendo y madurando.
Después de completar mis estudios de filosofía en Arusha, Tanzania, trabajé como profesor de preparatoria durante cinco años, enseñando Religión e Historia. Durante ese tiempo, discerní mi vocación con los Misioneros Católicos Glenmary. En agosto de 2015, me mudé a los Estados Unidos para estudiar una Maestría en Divinidad con especialidad en Teología en el Seminario y Escuela de Teología Saint Meinrad.
1.Campeón categoría Femenina: Diamond FC, ganadoras del primer lugar en la categoría femenina. Este equipo es de Chattanooga. 2. Campeón categoría masculina: Boys of Jesus FC, equipo ganador del primer lugar en la categoría masculina. Este equipo representaba al grupo de jóvenes adultos de la Catedral.
Se pudo ver en los voluntarios que llegaron desde temprano para preparar el lugar, en quienes trabajaron durante horas en la venta de alimentos, en quienes ayudaron con el arbitraje, la organización y la limpieza. Se pudo ver en cada persona que decidió dedicar parte de su tiempo para apoyar esta iniciativa. Muchas veces los frutos más importantes de la pastoral no pueden medirse con números. Es cierto que más de 250 personas participaron en este torneo. Es cierto que logramos recaudar fondos para la II Jornada Diocesana de la Juventud. Pero también es cierto que algo más ocurrió ese día. Jóvenes de distintas parroquias compartieron juntos. Nuevas amistades comenzaron a formarse. Algunos se reencontraron después de mucho tiempo. Otros conocieron por primera vez a jóvenes que, aunque viven en ciudades diferentes, comparten la misma fe y el mismo deseo de seguir a Cristo.
Quizás eso es lo más hermoso de actividades como esta. Nos recuerdan que no caminamos solos.
Quiero agradecer de manera especial a todos los miembros del Consejo Diocesano de Pastoral Juvenil Hispana (DCPJH), a cada uno de los equipos que participaron en el torneo, a Giovany Abreu por su apoyo constante desde Atlanta, a la Arquidiócesis de Atlanta por acompañarnos y colaborar con esta iniciativa, a Tienda El Girasol en Knoxville por su valioso apoyo y a todas las personas que hicieron posible esta actividad.
Al final del día, cuando el último partido terminó y comenzaron las labores de limpieza, quedó la satisfacción de haber cumplido una meta más. Sin duda hubo retos, cansancio y momentos difíciles. Pero también hubo alegría, comunidad y mucho aprendizaje.
Porque cuando ponemos nuestros talentos al servicio de los demás, Dios siempre hace algo bueno con ellos. Y, esa, más que cualquier marcador o trofeo, fue la verdadera victoria de este torneo.
Solo me resta decir: querido equipo, ¡lo logramos! ¡La gloria es siempre para Dios! ■
Fui ordenado sacerdote el 20 de marzo de 2021. Mi primera asignación fue en la Diócesis de Raleigh, y más tarde fui transferido para servir como vicario parroquial en la Diócesis de Nashville. Actualmente estoy sirviendo como párroco de las misiones de Santa Teresa de Calcuta y San Juan Pablo II en la Diócesis de Knoxville. En mi tiempo libre, disfruto viajar, ver programas de televisión, leer novelas de suspenso legal y escuchar cantos gregorianos.
Mi deseo más profundo es servir a Cristo, quien nos llama a cada uno de nosotros a Su viña. Espero con alegría que caminemos juntos en la fe mientras buscamos nuestro llamado común a la santidad ■
CORTES A DE SELENA
Confirmaciones en Pentecostés Adultos de la parroquia Santa María en Oak Ridge reciben el sacramento de la Confirmación durante la Misa en español. De izq. a der. Apreciamos al Padre Jhon Mario, vicario parroquial, el diácono John DeClue, el grupo de confirmados, el Padre Ray Powell, párroco de la parroquia Santa María, en Oak Ridge, acompañado por el Padre Juan Muñoz, sacerdote visitante de a Diócesis de Fall River, Massachusetts.
CRÉDITOS: CORTESÍA DE LA PÁGINA DE FACEBOOK DE LA PARROQUIA SAN JOSÉ EL OBRERO
Celebración Festival familiar de fin de año del programa de educación religiosa en la parroquia San José el Obrero, donde el párroco, el Padre Julius Abuh, participó con entusiasmo en el tanque de agua. A
de la lluvia, la comunidad se reunió para disfrutar de este divertido
pesar
festejo.
EPalabras del Obispo por el Obispo Mark Beckman
El Gozo de una Nueva Vida
El Señor está llamando a muchos, pero Él también necesita nuestras voces de invitación
l 6 de junio, una gran y festiva multitud llenó nuestra Iglesia Catedral para celebrar la ordenación de un nuevo sacerdote para la Diócesis de Knoxville, el Padre Daniel Cooper. La belleza y la solemnidad de una liturgia de ordenación fueron palpables. Fue mi segunda celebración de ordenación sacerdotal como su obispo, y debo decir que el gran gozo de ese día me llenó de gratitud por la buena obra que Dios está llevando a su cumplimiento en esta diócesis. Se siente un poco como una familia que da la bienvenida a un nuevo miembro con el nacimiento de un hijo. El Padre Cooper ha estado sirviendo como diácono en la Parroquia St. Francis of Assisi en Fairfield Glade, a lo largo de nuestra frontera occidental. De la gran cantidad de personas que llenó la catedral, la mayoría vino de St. Francis para ser testigos de este acontecimiento trascendental en la vida de nuestra iglesia local.
Muchos me dijeron que nunca habían presenciado una ordenación sacerdotal, y su amor por el Padre Daniel era profundo. Él también se mostró encantado cuando le pedí que continuara con su servicio sacerdotal en la parroquia donde ha servido tan bien. Es una buena comunidad para un sacerdote joven, y el párroco, el Padre Michael Woods —quien pronto celebrará 60 años como sacerdote—, es un modelo a seguir maravilloso.
La liturgia de ordenación en sí misma es profundamente conmovedora. Mientras el candidato se postra en el suelo del presbiterio y todos se arrodillan, se canta la Letanía de los Santos. El gesto es una entrega de la propia vida por Cristo, y pedir la intercesión de los santos es muy importante a medida que nace un nuevo sacerdote. El acto profundo de imponer las manos sobre la cabeza del candidato a las Órdenes Sagradas por parte del obispo y la oración de consagración son los que marcan el nuevo comienzo.
Una vez que el obispo lo ha hecho, todos los sacerdotes presentes también imponen las manos sobre el recién ordenado. Es un momento emotivo en el que participa todo el presbiterio. El nuevo sacerdote es revestido con las vestiduras sacerdotales por primera vez, y se le da la bienvenida al presbiterio con un solemne saludo de paz. Noté a muchos en las bancas llorando durante ese hermoso momento. Las manos del sacerdote son ungidas con el santo crisma —el mismo aceite que se usa en la cabeza en el bautismo y la confir-
mación— para su uso sagrado, particularmente en la vida sacramental de la Iglesia. Noté que el Padre Cooper estaba profundamente conmovido en ese momento, y eso también me trajo una gran alegría a mí. Los vasos sagrados, particularmente el cáliz entregado al Padre Daniel para su ordenación, fueron llevados al altar y utilizados en la Liturgia de la Eucaristía.
Este momento en particular en la vida de nuestra diócesis nos recuerda la gran importancia de nuestros sacerdotes en la vida de la Iglesia. Los hombres son llamados por Cristo a compartir su propio sacerdocio en el ministerio ordenado. Es cierto que todos los bautizados también comparten el sacerdocio de Jesús Cristo, pero en el sacerdocio ordenado, el elegido por Dios es apartado para el bien de la Iglesia. Sin el sacerdocio ordenado, los tesoros sacramentales más grandes en la vida de la Iglesia no serían posibles, especialmente el sacramento de la penitencia y, lo más importante, el don de la Eucaristía misma. El sacerdote actúa en la persona de Jesucristo en la celebración de los sacramentos.
Nuestra diócesis en particular está muy bendecida con muchos sacerdotes maravillosos que sirven
al pueblo de Dios aquí en este tiempo y lugar. Desde nuestro recién ordenado hasta hombres que han servido 60 años o más, estamos bendecidos con muchos pastores que reflejan el corazón del propio Jesús. Tenemos hombres sirviendo aquí que también son de otras diócesis y partes del mundo, así como sacerdotes de maravillosas comunidades religiosas que también están haciendo una contribución increíble a la Diócesis de Knoxville. El gozo de recorrer esta diócesis y experimentar los dones pastorales de nuestros sacerdotes es un verdadero tesoro. Por esta razón, los animo a todos ustedes a que nos ayuden a invitar a los jóvenes a considerar una vocación tan rica y plena. El Señor está llamando a muchos, pero Él también necesita nuestras voces de invitación.
Al final de la liturgia del sábado, mientras veía a nuestro sacerdote recién ordenado, a nuestro presbiterio reunido para celebrar y a toda la comunidad del pueblo de Dios, debo admitir que me sentí un poco como un padre en el nacimiento de un hijo. Que Dios continúe bendiciendo a nuestra diócesis con una abundancia de vocaciones cristianas, y particularmente al sacerdocio ordenado. ■
recibir la Eucaristía por primera vez. En el centro, atrás están el Padre Alex
catequistas prepararon a los niños para esta feliz ocasión.
Encíclica sobre la Inteligencia Artificial El 25 de mayo, el papa León XIV publicó su encíclica sobre la inteligencia artificial, Magnifica Humanitas, en la que compara la construcción de un futuro impulsado por la IA y desvinculado de Dios con la Torre de Babel. El Papa León subraya la importancia de proteger la dignidad humana frente a las nuevas formas de deshumanización que surgen en la era tecnológica. En su primera encíclica, Magnifica Humanitas: Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, el pontífice advierte que el peligro de deshumanizar la sociedad, si se crea un futuro que excluya a Dios y convierta al prójimo en un simple instrumento, es una tentación antigua que hoy se presenta bajo una apariencia tecnológica.
Diócesis de Knoxville Viviendo nuestra fe Católica Romana en el Este de Tennessee
La Cosecha
Sacerdote para siempre Con gran alegría el Obispo Mark Beckman celebró la ordenación sacerdotal del Diácono Daniel Cooper el sábado 6 de junio en la Catedral del Sacratísimo Corazón de Jesús.
Corpus Christi En la Solemnidad del Corpus Christi la Basílica de los Santos Pedro y Pablo celebró la Primera Comunión de un total de cincuentaiún niños, quienes con mucha alegría e ilusión, junto a sus familias, esperaban
Hernández y la Hermana Ema Soto, quienes con el apoyo de numerosos
CORTES
sona es protagonista libre de un drama de redención, no peón pasivo del destino. Hans Urs Von Balthasar habla del “drama cristiano” precisamente para expresar que nuestra vida es respuesta activa a la oferta de amor de Dios. Si aceptamos ser “víctimas resentidas”, renunciamos a esa libertad interior. Por eso debemos mirarnos a la luz de Cristo: heridos sí, pero libres en lo más íntimo, capaces de amar y perdonar con la gracia de Dios. 2. Tu trabajo tiene valor
Una de las grandes falacias que enfrentamos los inmigrantes es la acusación de que “venimos a quitar trabajos” o a ser una carga económica. Nada más lejos de la realidad: venimos a trabajar, a aportar nuestro sudor y talento a esta sociedad. El trabajo humano genera valor, dignidad y cooperación en la comunidad. En la tradición católica, San Juan Pablo II insistió en la dignidad del trabajo y en que el hombre se realiza colaborando con Dios mediante su labor honesta. El mercado no es una guerra de todos contra todos, sino fundamentalmente un ámbito de colaboración social: millones de personas trabajando, intercambiando bienes y servicios, satisfaciendo necesidades mutuamente.
De hecho, la sociedad misma es fruto de la acción humana cooperativa, no de la imposición de unos sobre otros. Cuando tú trabajas honradamente - ya sea limpiando una casa, construyendo, cocinando o programando en una empresa - estás aportando valor real a otras personas, estás integrándote en la red viva de la economía. Tu esfuerzo personal tiene un valor objetivo: produce bienes, servicios, riqueza; permite que otras familias vivan mejor; enriquece a la comunidad. Nunca permitas que nadie te haga sentir que tu trabajo “vale menos” por tu estatus migratorio humilde. No viniste a robar; viniste a aportar. Los datos económicos respaldan esto: los migrantes (documentados o no) aportan sumas enormes al PIB con su trabajo y consumo, y pagan impuestos que sostienen servicios sociales. En 2022, por ejemplo, inmigrantes indocumentados en EE.UU. pagaron cerca de 100 mil millones de dólares en impuestos (incluyendo contribuciones a la seguridad social y medicare) – un recordatorio elocuente de que estamos dando mucho más de lo que se suele reconocer.
Además, el trabajo honesto genera dignidad en quien lo realiza. En la economía de mercado, todos dependemos de todos: el agricultor del que transporta sus hortalizas, el empresario de sus empleados, el médico de los que fabrican sus instrumentos, etc. Nuestro pueblo latino viene con un profundo ethos de trabajo y sacrificio; hemos tomado empleos duros que pocos quieren, lo hacemos por nuestros hijos y por salir adelante. Eso nos da una nobleza. Aunque a veces esos trabajos sean humildes a los ojos del mundo, ante Dios y ante la realidad económica tienen un valor incalculable. Piénsalo: cada ladrillo que colocas, cada plato que lavas, cada enfermo que cuidas, está sosteniendo la enorme estructura social de este país. Tu trabajo es parte de una economía real, viva, humana. Sin la suma de esos pequeños esfuerzos, la gran máquina se detendría. Eres parte de ese orden creativo: con tu sudor, estás cooperando en el bienestar general aun sin darte cuenta. Por tanto, ¡estima tu propio trabajo y hazlo con orgullo y excelencia! No te avergüences de ser jardinero, obrera, mesera o limpiador; esas labores tienen tanta dignidad como cualquier otra. Recuerda que Jesús mismo pasó la mayor parte de su vida en un humilde taller de carpintero. Y la Iglesia nos enseña que el trabajo hecho con amor participa de la obra creadora de Dios. Levántate cada día sabiendo que tu jornada contribuye al bien común. Tu trabajo tiene valor, y tú tienes valor.
3. El pecado y la ilegalidad no son lo mismo En este punto debemos afinar nuestra conciencia moral. Muchos inmigrantes luchan interiormente con la carga de haber entrado “sin papeles” o estar en un estatus legal irregular. Algunas voces nos condenan moralmente por esa condición, equiparando la ilegalidad con un pecado. Pero el pecado y la ilegalidad no son lo mismo, y la Iglesia tiene una enseñanza muy matizada al respecto.
Primero, la Iglesia reconoce el derecho humano a migrar cuando hay causas justas para ello. Lo dice el Catecismo y lo repiten nuestros obispos: “Las personas tienen derecho a emigrar para sostener sus vidas y las de sus familias. Ante Dios todos son iguales; la tierra fue dada por Dios a todos. Cuando una persona no puede lograr una vida significativa en su propia tierra, esa persona tiene derecho a mudarse”. Este principio está en armonía con la ley natural de autoconservación y búsqueda del bien. Así pues, el acto de emigrar en sí mismo no es un pecado, sino a menudo una decisión obligada por la necesidad y tomada con responsabilidad hacia la familia. Por otro lado, la legalidad civil y la moralidad no siempre coinciden perfectamente. Entrar sin autorización a un país es, ciertamente, una falta administrativa o un delito menor contra las leyes estatales; pero moralmente puede estar exento de culpa grave si se hace para escapar de condiciones inhumanas. El mismo Catecismo, en el párrafo 2241, equilibra dos aspectos: por un lado, pide a las naciones prósperas acoger en lo posible al extranjero necesitado (reconociendo ese derecho a buscar seguridad y medios de vida); por otro, reconoce que los gobiernos pueden poner condiciones al flujo migratorio y que los inmigrantes tienen deberes hacia el país de acogida (respetar sus leyes, patrimonio y contribuir al bien común). ¿Qué implica esto? Que no podemos justificar cualquier acto bajo la bandera de la necesidadexiste la obligación de obedecer las leyes justas -, pero también que cruzar una frontera por hambre o por salvar la vida no es un acto intrínsecamente inmoral.
La intención y las circunstancias importan enormemente en la evaluación moral. Si alguien entra sin documentos para delinquir, claramente está mal; pero si lo hace para trabajar honestamente y alimentar a sus hijos, su responsabilidad moral puede estar atenuada o incluso quedar justificada por la desesperación. La prudencia es la virtud clave aquí. La Iglesia nos exhorta a respetar las leyes en lo posible y a regularizar nuestra situación si se presenta la oportunidad. A la vez, clama por justicia en los sistemas migratorios: que se reformen las políticas injustas y se dé un trato digno a cada persona. El Papa Francisco, por ejemplo, instó a no criminalizar al migrante y a distinguir entre delito y pecado en este ámbito. No somos “pecadores” automáticos por el hecho de ser indocumentados; nuestro valor moral se mide por nuestras acciones concretas: ¿Vivimos honradamente? ¿Respetamos la dignidad ajena? ¿Buscamos el bien de nuestros hijos? Ahí está la verdadera ley de Dios.
Trabajo de la tierra Padre Otero: “El trabajo honesto genera dignidad en quien lo realiza. En la economía de mercado, todos dependemos de todos: el agricultor del que transporta sus hortalizas, el empresario de sus empleados, el médico de los que fabrican sus instrumentos, etc. Nuestro pueblo latino viene con un profundo ethos de trabajo y sacrificio; hemos tomado empleos duros que pocos quieren, lo hacemos por nuestros hijos y por salir adelante. Eso nos da una nobleza. Aunque a veces esos trabajos sean humildes a los ojos del mundo, ante Dios y ante la realidad económica tienen un valor incalculable”.
En resumen: no llamemos “pecado” a lo que puede ser simplemente una infracción legal nacida de la necesidad. Eso sí, tampoco usemos esta distinción como excusa para la anarquía. Debemos agradecer al país de acogida su oportunidad y cumplir sus leyes en todo lo que sea moralmente lícito (pagar impuestos, no cometer delitos, etc.). El Catecismo lo dice con claridad: “El inmigrante está obligado a respetar con gratitud el patrimonio material y espiritual del país que lo acoge, a obedecer sus leyes y contribuir a sus cargas”. Así que, aunque nuestra presencia misma sea “ilegal” en términos jurídicos, podemos y debemos ser ciudadanos ejemplares de facto, construyendo sociedad desde abajo con virtudes y trabajo. Esto agrada a Dios mucho más que cualquier estatus legal. En última instancia, confiemos en la misericordia de Dios. Él ve el corazón. Si tu conciencia te inquieta por tu situación migratoria, háblalo en dirección espiritual, acércate a los sacramentos. Descubrirás que Dios no cierra las puertas del cielo a un padre que cruza desierto y río para dar de comer a sus hijos. Más bien camina a su lado. Pidamos, eso sí, la gracia para regularizarnos cuando sea posible y para actuar siempre con verdad. Pero nunca olvidemos: el Amor de Dios es más grande que cualquier muro fronterizo.
4. El peligro del resentimiento Aquí tocamos un punto crítico para nuestra alma: el resentimiento. Después de haber sufrido tanto - inseguridad en la patria, rechazo en el exilio, discriminación o miedo constante a la deportación- es tentador acumular amargura en el corazón. “La vida ha sido injusta conmigo”, “los poderosos o la sociedad me han tratado mal, ahora les guardo rencor”. Este veneno interior es comprensible humanamente, pero espiritualmente es devastador. El resentimiento prolongado puede convertir a una persona buena en instrumento del mal.
A menudo los grandes actos destructivos (desde asesinos hasta ideólogos totalitarios) brotan de corazones resentidos. El resentido se siente víctima de todo y termina justificando su violencia “vengadora” contra el mundo. Es decir, si solo nos quedamos lamiendo nuestras heridas y exigiendo compensaciones, podemos caer en una trampa mortal: la de creer que, por ser víctimas, tenemos permiso para odiar, para desquitarnos o para renunciar a toda responsabilidad. ¡Error fatal! El resentimiento crónico es como un cáncer del alma.
La fe cristiana ofrece el antídoto potente: el perdón y el amor. Von Balthasar insistía en que solo el amor es creíble, y eso implica que el odio jamás podrá ser portador de verdad ni redención. Un cristiano resentido es una contradicción de términos. “La fe verdadera transforma el dolor en ofrenda, no en odio”. Pensemos en los santos: ¿Acaso la Virgen María, al pie de la Cruz, respondió con rencor hacia los verdugos de su Hijo? No, al contrario: los amó como hijos, ofreciendo ese dolor por su salvación. ¿Y los mártires de todos los tiempos? Morían perdonando a sus asesinos. Este es el dramatismo sublime del cristianismo: responder al mal con bien, romper el ciclo del odio con el perdón insensato a los ojos del mundo. Sabemos que no es fácil. El resentimiento susurra constantemente: “No es justo lo que te hicieron; devuelve golpe por golpe; guarda odio que es tu
arma”. Pero esa voz no viene de Dios. El resentimiento prolongado abre la puerta al maligno. San Pablo nos alerta: “no dejen que el sol se ponga sobre su enojo, ni den ocasión al diablo” (Ef 4,26-27). Es decir, el enfado retenido de día en día se vuelve terreno abonado para el demonio en nuestra vida. Dios nos da la gracia para perdonar lo imperdonable humanamente. Él conoce las injusticias que has sufrido - quizá racismo, explotación laboral, abuso policial, burlas - y no las minimiza. Pero te dice: “Hijo, no cargues esa piedra. Entrégamela. Deja que Yo sea tu justicia. Tú, libérate perdonando”. El perdón no significa decir que lo malo estuvo bien, sino soltar el derecho a la venganza y confiar en Dios el juicio. Es un proceso, claro está, pero comienza con una decisión en la oración: “Señor, quiero perdonar; ayuda mi debilidad”. Al perdonar, en realidad te liberas a ti mismo del control que el ofensor tenía sobre tu ánimo. Ya no es él/ella quien determina tu estado de ánimo, sino Dios con su paz.
Cuidado: el resentimiento no solo es contra “los de fuera”. A veces también resentimos a nuestros propios compatriotas: “por culpa de esos delincuentes latinos nos miran mal a todos”, o “tal persona me estafó cuando llegué”. Incluso podemos resentir a la propia familia que quizá no nos apoyó. Debemos aplicar el bálsamo del perdón en todas esas heridas. Solo el amor sana el resentimiento. Si te sientes consumido por dentro, acude a la confesión, busca sanación espiritual quizá, habla con un guía espiritual. No te acostumbres a vivir con veneno en el alma. Cristo murió para quitar ese veneno. Él nos da un mandamiento nuevo y creíble: “Ámense unos a otros como Yo os he amado”(Jn 13,34). Y Él nos amó perdonándonos todo, aun siendo nosotros pecadores. En resumen, no permitas que el resentimiento eche raíces en tu corazón. Reemplázalo por la gratitud y la esperanza. Agradece lo bueno - siempre hay algo que agradecer cada día, por pequeño que sea– y espera en el Señor justicia y redención. No te definas como víctima, porque eso te estanca; defínete como responsable libre que puede hacer el bien hoy. Cada vez que la sombra del rencor te nuble, repite en tu interior: “Jesús, en Ti confío; Jesús, dame tu corazón manso y humilde; Jesús, sólo Tu amor es mi fuerza”. Así poco a poco, la luz vence a las tinieblas dentro de ti. “No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence al mal con el bien” (Rom 12,21). ■
CONFIANZA EN DIOS
Confianza en Dios Señor, mi corazón joven tiene ansia de ti. No siempre es fácil encontrar palabras para pedir tu luz y bendición. Estoy seguro que antes de que yo te hable de mis temores, sueños, dolores y esperanzas, tú ya los conoces. Eres un Dios de amor, compañero y amigo, en las buenas y en las malas. ¿En quién puedo confiar si no es en ti? Cuando me siento triste y confundido, tú eres mi consuelo. Cuando no sé hacia dónde caminar, tú eres el guía y compañero que ilumina mi camino. Cuando tengo motivos de alegría, en ti me gusta pensar. Siempre encuentro motivos para estar agradecido. Te agradezco que hayas puesto en mí el valor y la fortaleza para buscar lejos de mi tierra una vida digna de tus hijos, para mí y para los que amo. Te pido Señor, que no me olvide que en cada momento de mi vida, en el triunfo y en el fracaso, "Tú estás junto a mí". Sé que tú quieres que sea feliz, que no ponga mi felicidad en las cosas que pasan; que mi corazón se mantenga joven buscando ser feliz cumpliendo tu voluntad y practicando la justicia y el amor. Tú eres mi felicidad en esta aventura: buscar una vida mejor. Amén
(Escrito por Jóvenes sin Fronteras, Misioneros de San Carlos Scalabrinianos)