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Blanes 2012 /2013

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Círculos de mujeres, círculos de hombres Anna María Vidal Fernández

Foto Myriam Negre 4 donaterra.org


guía de profesionales con visión de género Aunque en nuestra era podemos contactar de modo prácticamente instantáneo con cualquier rincón del mundo, nunca como ahora la persona se sintió tan sola, ni recibió dosis tan desmesuradas de información ensordecedora. Tal vez por ello los círculos se extienden, porque vienen a alimentar nuestras almas, a colmar nuestra necesidad de comunión. El círculo de género actúa como espacio transformador. Para muchos supone una respuesta al aislamiento individual que nos fragiliza y nos hace presa fácil del miedo. Iniciativas espontáneas Pese a no contar con un soporte mediático que divulgue su existencia, el fenómeno de los círculos late con regularidad y salpica nuestra geograf ía de encuentros que restauran el concepto de la comunicación como fuente de riqueza común. No en vano el origen de esta palabra, ‘comunicar’, lo hallamos en communis: ‘poner en común’. A no confundir con ‘información’, un vertido unidireccional de mensajes que están destinados a ser recibidos con mayor o menor pasividad por el receptor. Los círculos de género nacen a partir de una iniciativa individual. Un reducido número de personas acuerda reunirse periódicamente para compartir un espacio de reflexión acerca del vivir. Suele suceder que algún miembro haya oído hablar de ello, o conozca a alguien involucrado en ese tipo de acción, y eso dispare el deseo de acceder a esa experiencia. El detonante lo encontramos en preguntas del tipo: ¿cómo enfrentar los retos vitales? ¿Cómo extraer recursos de lo ya experimentado? ¿Qué sentido darle a nuestra vida? ¿Cómo enfocar el camino a seguir? En la bandeja de interrogantes, reflexiones, constataciones, dudas, descubrimientos, intuiciones,

penas y alegrías, la mirada de género reclama presencia propia. Vivirse como hombre o como mujer, en una época en la que los códigos tradicionales han volado por los aires y el ‘yo’ y el ‘nosotros’ se conjuga en un marco en plena redefinición, no está exento de conflictos, incomprensión y dificultades. El desencuentro entre lo masculino y lo femenino necesita altas dosis de elucidación para tejer una trama distinta a la que hasta ahora prevaleció. Empezar por comprenderse un poco más a sí mismo, y ayudarse para ello de los congéneres, parece ser un buen principio para que entenderse con el otro sea menos jeroglífico y esté aligerado de las altas dosis de proyección que aún acarreamos.

• Primero, la motivación de

Modo de empleo

• Y ¿por qué hablar de

Una serie de pautas diferencian los encuentros de las charlas de café. En mi investigación sobre los círculos de género, becada por la fundación Jaume Bofill, y cuyos resultados quedan reflejados en el libro Diálogos vitales, itinerarios interiores femeninos y masculinos (Editorial Icaria), se puede constatar como de la particularidad de cada uno de ellos emergen elementos comunes que perfilan el fenómeno.

arranque: compartir y sostener un espacio de ayuda mutua en el que reconocerse en el vivir de cada día, dejando de lado el juicio que ordena rígidamente la realidad entre el bien y el mal. La experiencia vital se convierte en fuente de aprendizaje autorresponsable. Los encuentros se producen en espacios protegidos de interrupciones inesperadas –y se aconseja tener el móvil apagado–.

• Lo más habitual es reunirse en las casas de los componentes, pero también los hay que optan por salas de reuniones. Segundo, la regularidad y duración de los encuentros, que cada grupo define con su libre albedrío: semanales, quincenales, mensuales…

círculo? Porque en esa figura geométrica todos los puntos equidistan del centro. Nadie asume el liderazgo sino que, por orden rotatorio, cada día una persona modera la sesión, distribuyendo equitativamente los no es sólo una metáfora: con frecuencia las personas se sientan en círculo.

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d nAterra Una escucha libre de verdades absolutas Por norma general, los encuentros se basan en un turno de palabra, pero los hay que incluyen otro tipo de prácticas: silencio, meditación, baile u otras iniciativas creativas. Destaca un eje prioritario: un lenguaje de la mano de la escucha. Ese parámetro parece muy definitorio en cuanto a la comprensión del círculo como espacio transformador. En efecto, se practica la escucha activa, la que nos pide situarnos en un estado de empatía, reconocer el valor del otro en su totalidad, respetando la diferencia. El juicio, las etiquetas y la aplicación de las propias verdades absolutas sobre el otro son los grandes ausentes. Se parte del deseo de descubrir al otro, dejándole su espacio y su tiempo y permaneciendo en estado de apertura, receptividad y apoyo al proceso de expresión que va naciendo. Se parte de la premisa de que en nuestro interior tenemos todas las respuestas: sólo hay que recorrer el camino hasta ellas, escucharlas. Así recuperamos progresivamente la dimensión de la escucha, dimensión que se perdió en medio de la vorágine de la rapidez y la exigencia desmesuradas de esta vida que le ha dado prioridad al hacer sobre el ser. Participar en un círculo supone regalarse un paréntesis ritualizado, sacralizado, e insertarlo en la agenda cotidiana. El tiempo de escucha se respeta religiosamente. Tras una intervención, caben las devoluciones del resto de los componentes, que deberán seguir ojo avizor para que el juez interior no tome la palabra. Sirve hablar siempre en primera persona, a partir de la resonancia con la propia experiencia. 6 donaterra.org

No se dan consejos ni se pretende saber lo que le conviene al otro. Ser escuchados con respeto, interés y reconocimiento nos aporta una progresiva confianza, diluye inseguridades, temores, miedo al ridículo, y otras tantas cortapisas que suelen barrar el camino por el que avanzar. A la vez que descubrimos al otro, nos descubrimos también a nosotros mismos. De alguna forma, instalarse en ese código comunicativo genera un campo de experiencia diferente del que suele ser habitual en nuestro entorno social. Aprendemos a compartir un espacio en el que la realidad de cada uno se yuxtapone con la de los demás, simplemente, sin necesidad de entrar en la lucha por tener la razón, o por tener que demostrar que somos los/las más guapo/as, listo/as, inteligentes, sabio/as o simpático/as. Supone la posibilidad de pasar a un modo de funcionamiento en el que el juicio queda voluntariamente en suspenso y nos permite una cierta degustación de lo que puede llegar a ser el amor incondicional y la compasión: te quiero por lo que eres; no por lo que me das, lo que te exijo, no por lo que me resuelves, no según para qué me sirves. Te acepto tal como eres aunque haya cosas en las que no esté de acuerdo contigo. Las luces y las sombras de nuestra particular idiosincrasia nos ayudan a tejer el reconocimiento de lo que somos, la tolerancia y una responsabilidad creativa.

El círculo como espacio de iniciación o de regeneración Es frecuente que las reuniones

generen un alimento vital que ayuda a restaurar identidades maltrechas, sanear la autoestima,

crear vínculos solidarios. Al finalizar la sesión, es habitual que cada cual regrese a su entorno particular con las pilas recargadas y con mayor capacidad de autogestión. Progresivamente, se constata el factor transformador de ese campo de energía que se genera por la suma de motivaciones y de respeto a lo que se comparte: potencia nuestra eclosión personal. En momentos de dificultad, el vínculo con la energía generada por el círculo es una fuente de fuerza y confianza de la que disponer. La vida de los círculos es de duración variable y está en función de que sigan teniendo sentido para sus componentes, de que siga viva la motivación. Algunos nacen, se desarrollan y mueren en el plazo de uno, dos, tres, cuatro años. Otros evolucionan y van cambiando. Las reuniones se distancian, pero se sigue compartiendo el hilo de los itinerarios y la cohesión energética, solidaria y luminosa. Algunos perduran más allá de una década. Se aconseja no constituirlos con demasiados componentes, para que las sesiones no se eternicen. A partir de tres ya funcionan, más de siete ya requieren reuniones que pueden alargarse demasiado para ser combinadas con las agendas personales. Hay quien sostiene que el círculo viene a cumplir un espacio de iniciación de género que se perdió al dar paso a la mixtificación que implica la búsqueda de la igualdad de sexos, de la igualdad de oportunidades actual. El círculo vendría a sustituir el ritual de iniciación que marcaba el paso del niño al adulto, de niña a mujer. Para otros, el círculo es una matriz, un crisol de transformación. En esa matriz puede gestarse la autotransformación, la destilación de progresivos nacimientos a la conciencia.


guía de profesionales con visión de género Lo enterrado emerge: emerge la sabiduría profunda, el acceso a la intuición, el reconocimiento de esa parte en nosotros que sabe mejor que nadie qué nos conviene. También emerge la polaridad que estaba oculta. Por lo general, en los círculos de mujeres lo que se yergue es la dignidad, la capacidad de reconocer la fuerza de lo femenino, el acceso a la acción, a una potencia que tradicionalmente estuvo relegada, no reconocida, debido al menosprecio que el patriarcado marcó con fuego en la carne de la feminidad. En los círculos de hombres, suele accederse a la dimensión emocional, al reconocimiento de la vulnerabilidad, a la aceptación de la ternura. En ambos casos el reto es restaurar la identidad en un renovado equilibrio entre acción y receptividad, equilibrio del que nuestra civilización tiene aún mucho por sanear.

Requisitos para la buena marcha del círculo: autenticidad y la valentía de asumir las propias luces y sombras Es importante no confundir el círculo con una terapia, aunque no se niegue el efecto sanador del círculo. El círculo sería más bien un entorno que potencia el crecimiento personal y la asunción de una responsabilidad en la gestión de sí mismo. En un momento dado, durante la travesía de una crisis, puede suponer un soporte tranquilizador. No obstante, determinadas problemáticas personales requerirán una atención individual especializada. Y eso vale la pena diferenciarlo y tenerlo en cuenta. También es cierto que hoy en día disponemos de posibilidades de

trabajar la identidad en espacios grupales, de género o mixtos, en los que una persona conduce las sesiones. Ahí un/a profesional con una adecuada formación plantea un recorrido determinado, ayuda a contener y a elaborar el material que de ahí surge, y cobra por su tarea. Son experiencias también transformadoras, porque el grupo ejerce a modo de catalizador y de calidoscopio, aporta una miríada de reflejos en los que reconocerse con mayor riqueza y puntos de vista. Una vez más, la energía del grupo potencia el proceso individual. Pero los llamados grupos naturales de los que estamos hablando no contemplan la circulación de dinero ni el líder conductor, y en un mundo tan mercantilizado como el nuestro rescatar esos espacios por el mero valor del compartir humano me parece de sumo interés, más aún si sopesamos la magnitud del enriquecimiento y reeducación personal que permiten.

porque ese fenómeno siga extendiéndose, a modo de contagio de plataformas, de redes que nos permitan seguir avanzando hacia lo mejor que hay en nosotros y desde ahí también apostar por la construcción de un mundo mejor. Para ello, darnos el tiempo de parar, de ser, de escuchar/ nos, de compartir, de aceptar/nos y de tomar las riendas de nuestras vidas con responsabilidad es algo que podemos compartir con los/las componentes de un círculo natural.

“A la vez que descubrimos al otro, nos descubrimos también a nosotros mismos.”

Por el camino podremos cruzarnos con nuestros monstruos personales: celos, envidias, rabias, ganas de ejercer el poder, dificultades para expresarse, etc. En ese contexto podemos aprovechar esas ocasiones para elaborarlos y crecer. En algunos casos, algún grupo natural ha echado mano de un consultor externo para transformar un momento de dificultad que la falta de distancia de los participantes hacía dif ícil de resolver. Para J. Shinoda Bolen, los círculos constituyen campos de luz, campos de energía que pueden llegar a constituir la masa crítica que transformará el sistema social, en alusión a los campos mórficos de R. Sheldrake. Sin pretender ponerlos a la altura de una panacea, sí que apuesto

Anna Maria Vidal Consultora especialista en técnicas de comunicación y de desarrollo de competencias humanas. Conduce talleres para restaurar la identidad femenina y el diálogo entre géneros. www.amariavidal.com

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d nA Amigos y amigas de Dona Terra

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