LA CAJA DE MÚSICA Víctor Juan
Letras del Año Nuevo Huesca 2017
LA CAJA DE MÚSICA Edita: © Instituto de Estudios Altoaragoneses © Diputación de Huesca Autor: © Víctor Juan Colección: Letras del Año Nuevo, 12 Director de la colección: José Ángel Sánchez Ibáñez Diseño gráfico: Estudio Camaleón Coordinación editorial: Teresa Sas Bernad Fotomontaje de cubierta e imagen de colofón: Strader Ilustraciones: Fundación Ramón y Katia Acín
Instituto de Estudios Altoaragoneses Parque, 10 • E-22002 Huesca • www.iea.es
Imprime: Gráficas Alós D.L.: Hu. 349/2017 IBIC: F ISBN: 978-84-8127-287-1 Printed in Spain
LA CAJA DE MÚSICA
A José Manuel Ontañón, que guardó para nosotros La última rosa del verano
Todos mereceríamos vivir una historia apasionante. Aunque solo fuera una vez. Así debería constar explícitamente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El nuestro sería el artículo 31.o y establecería que toda persona tiene derecho a protagonizar una historia arrebatadora, balsámica, que compensara sobradamente los días de nada, una historia extraordinaria en el sentido recto de la palabra, que nos hiciera sentir machadianamente buenos. En estos tiempos en los que todo tiene que servir para algo, la historia a la que me refiero ha de ser, necesariamente, inútil —como son casi siempre inútiles las cosas que nos hacen felices— y valiosa en sí misma. Sin más.
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Yo tuve la fortuna de participar en un proyecto como el que trato de describir, que nos regaló —a mí y a otros diecinueve amigos— muchos días de ilusión. Se han pasado catorce años y el tiempo transcurrido me permite valorar de una manera más precisa todo lo que vivimos. Como en los cuentos maravillosos, en esta historia todo está relacionado. Ramón Acín, el hombre bueno que tenía un perro llamado Tobi, el artista que hizo la fuente de las Pajaritas del parque de Huesca, el profesor comprometido que ingresó por voluntad propia en la Orden de predicadores en el desierto para preocuparse de grandes y pequeños asuntos que no le importaban a nadie, el padre que dibujó una palomica que todas las noches sorteaba las rejas de la prisión para besar a Conchita y a las niñas mientras dormían, el libertario que no quiso ser el carcelero de un pájaro y por eso lo liberó y, en su lugar, metió en la jaula una pajarita de papel… Conchita Monrás, cómplice y compañera de Ramón Acín, la joven atlética, amante del teatro y fiel intérprete al piano de Granados, Albéniz o Mozart.
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—Conchita, Chiteta, gitanica mía, zagalica, gitana de la gitanería —le repetía Ramón Acín. —¿Qué quieres, nenico, chiqué, Ramoncico? —respondía Conchita. —Que sepas que tú eres antes que todo y que de los dos han de ser los momentos felices, los regulares y los malos, si es que llegan a presentarse. Y así fue.
Conchita Monrás tocando el piano, Ramón Acín pintando · 1921
En esta historia están muy presentes María Sánchez Arbós, una maestra convencida de serlo, una maestra como las que hoy mismo son tan necesarias; los niños José Manuel Ontañón, Katia y Sol Acín, a quienes la guerra les robó la infancia; y también mi vida de profesor en las mismas aulas del hermoso edificio de la Escuela Normal de Maestros de Huesca, en donde aún revolotean, suspendidas en el aire, las palabras con las que Ramón Acín animaba a sus alumnos a construir un mundo más justo. Antes de continuar esta crónica es necesario que haga una breve advertencia. Las historias apasionantes dan sentido a nuestra existencia, pero también es frecuente que nos pidan algo a cambio. Yo pagué un elevado precio por aquellos días de luz. No me arrepiento de haberlo hecho. La memoria es caprichosa y elige vivir en algunos días del calendario, en lugares, en aromas, en nombres o, como en esta ocasión, en una canción. Y, aunque a veces recordar duele, el recuerdo es la victoria frente al olvido. Empezaré por el principio.
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UNO «Alma, alma, María»
José Pijoán dedicó un libro, Mi don Francisco Giner, al fundador de la Institución Libre de Enseñanza. Siempre me pareció un título muy acertado. También yo voy a escribir sobre mi doña María Sánchez Arbós, tal y como la he conocido en sus libros, en sus artículos, en lo que otros han publicado sobre ella, en lo que me han contado quienes la trataron… María Sánchez Arbós nació en Huesca en 1889, un año después que Ramón Acín. Era hija de Manuel Sánchez Montestruc, secretario del Ayuntamiento de la ciudad, y de Paciencia Arbós Campaña. En Huesca estudió Magisterio y Bachillerato. Empezó a ejercer como maestra de párvulos en Zaragoza y, desde ese mismo momento, comenzó la redacción de un diario en el que recogía sus pocas certezas y sus abundantes dudas sobre la escuela. En 1912 aprobó las oposiciones convocadas por el Rectorado de Madrid y obtuvo destino en La Granja de San Ildefonso.
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Por distintas razones, su profesión no despertaba en ella toda la pasión que esperaba. Algunas de las mejores cosas de nuestra vida son hijas de la casualidad. María Sánchez Arbós acudió una tarde, por casualidad, al Museo Pedagógico Nacional, donde Manuel Bartolomé Cossío dictaba una conferencia titulada «El maestro, la escuela y el material de enseñanza». El señor Cossío le descubrió una manera de entender la escuela. —Como veis, el maestro es lo que más importa —concluyó Manuel Bartolomé Cossío— y todo me conduce a daros el mismo consejo: anticipaos al porvenir, formad superiormente al profesorado de todos los grados, gastad, gastad en maestros. Aquella conferencia cambió la vida de doña María. Esa tarde también inició su relación con la Institución Libre de Enseñanza. Le concedieron una beca para la Residencia de Señoritas. Se matriculó en la Escuela Superior de Estudios del Magisterio, un centro dedicado a la formación de profesores de escuelas normales y de inspectores de educación. Al mismo tiempo cursó la licenciatura en Filosofía y Letras. Hizo
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cursos de doctorado con Miguel Asín Palacios, quien no logró convencerla para que se quedara a trabajar en la Universidad. En 1918 comenzó su andadura el Instituto-Escuela y María Sánchez Arbós fue nombrada maestra de la sección preparatoria. Cuando más satisfecha estaba con su trabajo, se vio obligada a tomar posesión de su plaza de profesora de Pedagogía en la Escuela Normal de Maestras de La Laguna. Aquel traslado tuvo algo positivo. Antes de instalarse en la isla, matrimonió con Manuel Ontañón y Valiente, hijo de uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza, un hombre bueno que siempre antepuso los proyectos y los sueños de María a los suyos propios y que no dudó en dejarlo todo para acompañarla primero a Tenerife, luego a Huesca y, más tarde, de vuelta a Madrid. En Canarias María Sánchez Arbós dio clase durante tres cursos y después fue destinada a la Escuela Normal de Huesca. Algo le decía que no era acertado regresar a la ciudad en la que había nacido. Tal y como temía, muy pronto comenzó a extrañar más que
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nunca las clases con las niñas de la escuela primaria, su relación con las personas de la Institución Libre de Enseñanza y las oportunidades que Madrid ofrecía. Se planteó muy seriamente la posibilidad de renunciar a su plaza en la escuela normal para volver a ser maestra. —No tiene la misma consideración una profesora de escuela normal que una maestra —le decían algunos amigos. —Cobrarás bastante menos —le decían otros. A doña María solo le importaba lo que pensaba su marido. —¿Qué hago? ¿A ti qué te parece, Manuel? —Hagas lo que hagas, estará bien hecho. Yo te acompañaré siempre, vayas donde vayas. En septiembre de 1928 no comenzó el curso en Huesca y se trasladó a Madrid. Sus hijos pudieron estudiar en la Institución y ella fue maestra en el Grupo Escolar Menéndez Pelayo. Cuando se proclamó la Segunda República, doña María tenía cuarenta y tres años. Volvió a presentarse a oposiciones y ganó la dirección de uno de los
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La maestra María Sánchez Arbós · Hacia 1930
grupos escolares levantados por el Gobierno republicano, precisamente el dedicado a Francisco Giner, que abrió sus puertas en la Dehesa de la Villa. Allí pudo trabajar durante el breve tiempo de la Segunda República para hacer realidad su escuela soñada. La Guerra Civil y la dictadura pusieron fin a cuatro décadas de modernización, progreso y europeización de la educación española, una trayectoria que representan muy bien la Institución Libre de Enseñanza, el Museo Pedagógico Nacional, la Junta para Ampliación de Estudios, la Residencia de Estudiantes o el Patronato de Misiones Pedagógicas. La guerra también barrió los sueños y las ilusiones de muchos educadores. El día que cayó Madrid, María Sánchez Arbós se dirigió a la sede de la Institución Libre de Enseñanza para tratar de evitar que fuera incautada. La consigna de los vencedores era ocupar todos los edificios abandonados. Aunque doña María explicó al primer grupo de hombres armados que se presentó en la Institución que en aquellos locales recibían clase los niños de su escuela, de la escuela que habían tenido que abandonar
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al caer una bomba en el patio de recreo, de la escuela en la que se instaló la columna Durruti, llegada de Barcelona para defender Madrid, de la escuela que ya no tenía puertas porque los milicianos las habían quemado para combatir el frío, no atendieron sus razones y saquearon la sede de la Institución. A ella la detuvieron y la encerraron en la prisión de Ventas. La directora de aquella cárcel, Carmen de Castro Cardús, hermana de Julio Alejandro, el guionista de algunas de las más importantes películas de Luis Buñuel, como Viridiana o Simón del desierto, había sido alumna de doña María en la Escuela Normal de Magisterio de Huesca. Gracias a la autoridad moral que María Sánchez Arbós conservaba sobre su antigua alumna, la convenció para que abriera en la cárcel una escuela en la que ella misma daría clase a algunas muchachas menores de edad que también estaban allí recluidas. A los maestros republicanos que no fueron directamente asesinados la dictadura les robó la escuela. Doña María salvó la vida, pero fue depurada y expulsada del magisterio. También su marido, licenciado
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en Física, técnico del Canal de Isabel II y profesor en el Instituto San Isidro de Madrid, sufrió la depuración. Se les hizo muy largo el tiempo de la victoria que don Luis le anunciaba a su hijo Luisito en Las bicicletas son para el verano, la conmovedora obra de Fernando Fernán Gómez: —Estará contenta, mamá. Por fin ha llegado la paz. —No ha llegado la paz, Luisito. Ha llegado la victoria. María Sánchez Arbós y su marido dieron clases particulares, trabajaron en escuelas privadas y tradujeron obras científicas para sacar a sus cinco hijos adelante. Y callaron. Sobre todo tuvieron que callar. A mediados de los años cincuenta doña María recuperó su plaza de maestra y trabajó, primero, en un pueblo de Guadalajara, y sus dos últimos años de ejercicio profesional, en el Instituto Isabel la Católica de Madrid. Cuando falleció su marido, y animada por su hijo José Manuel, comenzó a preparar la edición de los cuadernos de notas que había redactado desde que empezó a dar clase. Se publicaron en México en 1961 con el título de Mi diario.
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María Sánchez Arbós murió el 15 de agosto de 1976, antes de poder leer su colaboración en el libro El centenario de la Institución Libre de Enseñanza, un artículo titulado «Recuerdos de una maestra», en el que resumía en unas pocas líneas qué supuso para ella su relación con la Institución y su amistad con el señor Cossío: En mi continuo contacto con la Institución aprendí más que enseñé dando clases desde párvulos hasta mayores; asistí a las colonias infantiles en verano y me vi siempre rodeada de sinceridad y de ánimos para la lucha. Aún me parece oír la dulcísima voz del señor Cossío, diciéndome: «Alma, alma, María», en los momentos de desánimo de mi trabajo.
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Ramón y Conchita con su hija Katia · 1927
DOS La banda sonora del paraíso
Sol Acín Monrás escribió en El Día de Aragón, en noviembre de 1988, un artículo titulado «Recuerdos al margen», en el que desvelaba que en la Casa Ena —así era como se conocía al viejo caserón en el que vivían Ramón Acín y Conchita Monrás— había un salón isabelino de cortinajes rojos y que allí, junto al piano de su madre y a unas mesitas filipinas, se hallaba el refugio de un pájaro musical en jaula dorada. Esa jaula era la caja de música de Ramón Acín. Esto lo descubrí más tarde. La primera persona que me habló de esa caja de música, una caja con forma de jaula, fue José Manuel Ontañón, el hijo de María Sánchez Arbós: En casa de Ramón y Conchita había muchos objetos que llamaban la atención del niño de ocho, de diez o de doce años, que eran los que yo tenía cuando iba de visita con mis padres, y otras veces yo solo o en compañía de alguna de mis hermanas, a la casa de
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la calle Las Cortes, durante nuestras vacaciones de verano en Huesca. Recuerdo especialmente el piano de Conchita, el teatrillo de cartón, la jaula en la que Ramón metió una pajarita de papel, los juguetes del hortal… Un esqueleto que nos daba mucho miedo, un altar barroco convertido en librería y mil cachivaches antiguos, de artesanía popular, que Acín coleccionaba. En aquel universo mágico había algo que reclamaba, cada día, mi atención: una caja de música con forma de jaula, donde un pajarillo bailaba al ritmo de La última rosa del verano. Estuve en casa de Acín por última vez en el agosto del 35. Aún escuché La última rosa del verano en la caja de música. Entonces no lo sabía, pero esos días disfruté de las últimas rosas del último verano de mi infancia. La guerra lo rompió todo. Tardamos seis años en regresar a Huesca. No volví a ver ni a Ramón ni a Conchita. Tampoco volví a la casa de la calle Las Cortes. Qué lejos quedaban nuestros juegos en el hortal… Nada fue lo mismo. Yo, tampoco. Siempre recordé La última rosa del verano. Mi abuelo era profesor de música en la Institución Libre de Enseñanza y cantábamos esta canción acompañados por los acordes del armonio que había pertenecido a Fernando de Castro. Cuando giraba sobre sí mismo, el pájaro musical de Acín me
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Conchita con sus hijas, Katia y Sol ¡ 1931
Katia y Sol · 1931
devolvía el recuerdo de mi abuelo, el recuerdo de los días más felices de mi infancia. La última rosa del verano es la música de fondo de nuestros días en Huesca, de nuestros juegos en el hortal, del teatro, de las lecturas… La última rosa del verano es la banda sonora del paraíso que Ramón y Conchita crearon en el caserón de la calle Las Cortes… He tarareado esa canción durante toda mi vida.
Así me lo ha contado en numerosas ocasiones José Manuel Ontañón.
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TRES La caja de música
Hace veinte años conocí a José Manuel Ontañón. Yo quería editar Mi diario, un libro que la maestra altoaragonesa María Sánchez Arbós publicó en México y del que tan solo se hicieron cien ejemplares para distribuirlos entre sus amigos más íntimos. La primera dificultad para conseguir este propósito consistía en encontrar a los hijos de doña María. No me costó mucho dar con ellos. Consulté el listín telefónico de Madrid y localicé la dirección de José Manuel Ontañón Sánchez. Dos años más tarde, el Departamento de Educación del Gobierno de Aragón publicó Mi diario en la colección Aragón en el Aula. Durante estas dos décadas, me he reunido con José Manuel Ontañón en Madrid, en Tenerife, en Huesca o en Zaragoza. Hemos disfrutado de centenares de horas de conversación. Si le preguntan a cualquiera de mis alumnos, como yo les pregunto en los exámenes, quién es María Sánchez Arbós, les responderá sin titubear:
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—Una de las mujeres de la vida de Víctor Juan. Saben más cosas, claro, pero eso es lo primero que contestarán. n n n
José Manuel y yo nos quisimos mucho enseguida, aunque durante cuatro o cinco años nos tratáramos de usted. José Manuel me ha hecho entender que todo fue cierto. Me contó, por ejemplo, que paseó por Madrid a finales del 34, llevado de una mano por Ramón Acín y de la otra por María Sánchez Arbós, camino del Museo Pedagógico Nacional, instalado entonces en un viejo edificio próximo a la plaza del Dos de Mayo, para presentar allí una maqueta de la mesa de dibujo que Acín había diseñado y que había sido declarada de utilidad para la enseñanza del dibujo en un cursillo de información metodológica celebrado en la ciudad en el año 32. En otra ocasión me dijo José Manuel que un día —posiblemente un día de diciembre del año 30— sus padres le confiaron un secreto:
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—El tío Ramón está en casa, pero no se lo puedes contar a nadie —le advirtieron. También me ha hablado de otros maestros altoaragoneses: —¿Sabes? Yo conocí a José Carrasquer, el hermano de Félix. Militaba en la CNT. Era amigo de mi madre. n n n
Ontañón se interesa por mis proyectos y me anima permanentemente. Me une a personas que yo he admirado siempre, hombres y mujeres que creyeron que la educación transformaría el país. José Manuel Ontañón comparte su vida con Mari Carmen Cid Ballarín, una mujer de sonrisa perpetua, capaz de convertir cada instante en una fiesta. Ingeniera y bióloga, conoce todos los secretos del cultivo de las rosas. Fue niña en casa de sus abuelos maternos, en Roda de Isábena. Cuando pienso en Mari Carmen y en José Manuel, tengo la certeza de que el amor tiene que ser algo parecido a su manera de estar juntos.
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Mi amigo José Manuel cumplirá estos días noventa y cinco años. Nació en Madrid la noche de Reyes de 1923, el mismo día de la boda de Ramón Acín y Conchita Monrás. Todos los veranos pasaba unos días con sus abuelos maternos en Huesca, en la torreta del Secretario. José Manuel nació unos meses antes que Katia. María Sánchez Arbós y Ramón Acín eran amigos desde la infancia. Coincidieron mientras estudiaban Bachillerato en el Instituto General y Técnico de la ciudad. Luego, los dos fueron profesores en la Escuela Normal de Magisterio de Huesca. Por eso José Manuel y sus hermanas acudían algunas tardes a jugar con Katia y Sol al hortal de su casa, una explanada rectangular en la que crecían libremente acacias, hierbas y algún rosal, y donde estaba el cobertizo en el que Acín guardaba el barro para sus esculturas. También escuchaban las canciones que Conchita interpretaba al piano, disfrutaban de los cuentos que Ramón Acín les contaba en el teatrillo de cartón o salían de paseo por la alameda y subían a las Mártires.
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—Cuando iba a casa de Ramón Acín —me decía Ontañón—, buscaba una jaula dorada, en cuyo interior había un pájaro de vistoso plumaje. Al accionar un mecanismo comenzaba a sonar La última rosa del verano y el pajarillo giraba sobre sí mismo. Mientras me contaba todo esto, cerraba los ojos y tarareaba una melodía. He de confesar que jamás presté atención a la canción, aunque José Manuel la cantaba siempre que recordaba sus visitas a la casa de Ramón y Conchita. n n n
En otoño de 2004 un grupo de personas de Huesca, reunidas alrededor del escritor Víctor Pardo, organizó un homenaje a Ramón Acín y a Conchita Monrás. Se emitió un bono y, por suscripción popular, se sufragó la colocación de una placa en la fachada de la Casa Ena, donde tan felices fueron Ramón, Conchita, Katia y Sol, una casa que estuvo siempre abierta a personas de toda condición: obreros, estudiantes, artesanos, campesinos… De aquel modélico hogar
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fueron arrancados Ramón y Conchita para ser asesinados en agosto del 36. El homenaje se celebró una fría y luminosa mañana de diciembre, aniversario de la sublevación de los capitanes de Jaca. Huesca estaba más hermosa que ningún otro día. Estuvimos primero en el cementerio, depositando flores en tumbas de republicanos asesinados durante la Guerra Civil. Luego nos trasladamos a la calle Las Cortes. Como voy a contar enseguida, unas semanas antes habíamos recuperado la melodía que sonaba en la caja de música de Ramón Acín. Les pedí a dos antiguos alumnos de la Escuela de Magisterio que, después de descubrir la placa, interpretaran la canción de la caja de música. Alberto Pisa, con su guitarra, y Javier Lienas, Chapi, con su flauta tenor, nos regalaron la versión más emocionante de cuantas he escuchado de La última rosa del verano, la melodía que sonaba en el salón isabelino de cortinajes rojos mientras Katia y Sol jugaban, mientras Ramón y Conchita se hacían confidencias y se decían de mil maneras cómo se querían. Todos éramos conscientes de que estábamos escuchando la misma canción que
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Conchita y Ramón, fotografiados por Ricardo Compairé · 1927
tantas veces se había escapado por los balcones de aquella casa, y en cuanto las primeras notas acariciaron el aire se extendió el silencio en la calle y ya nadie tuvo frío. José Manuel quiso participar en este homenaje. Adquirió algunos bonos, escribió un mensaje en el foro abierto por los organizadores para recoger el testimonio de las personas que estaban lejos, y me llamaba por teléfono interesándose por los preparativos del acto. Lo más importante es que también me escribió una carta en un papel pautado, fechada el 20 de noviembre de 2004. En el primer pentagrama había diecinueve notas. El texto de Ontañón era muy breve: Querido Víctor: Esta es la melodía que recuerdo de la caja de música de Ramón Acín. Se titula La última rosa del verano. Un abrazo, José Manuel
Yo me limité a escanear la carta, recorté la imagen del pentagrama con las diecinueve notas, la puse en
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mi página web y la enlacé con una versión de La última rosa del verano que encontré en la Red, de manera que al clicar en la partitura se escuchaba la melodía. Era sábado y me sumergí en cualquiera de las tareas domésticas que un padre ha de atender cuando tiene hijos pequeños. No había pasado ni una hora desde que puse la canción en la web cuando mi amigo José Luis Melero me llamó por teléfono. Reconocí inmediatamente la pasión desbordada en sus palabras: —Recuperar la melodía de la caja de música de Ramón Acín es lo más bonito que nos ha pasado. Tenemos que hacer esa caja. Esas dos frases de Melero pusieron en marcha todo el proceso de recuperación de la caja de música. El sábado siguiente fuimos en peregrinación a algunas tiendas de regalos buscando cajas de música. Ninguno de nosotros se había interesado nunca por estos delicados objetos. No sabíamos si en el catálogo de algún fabricante se ofrecería una caja con La última rosa del verano, una melodía popular irlandesa. En una de aquellas excursiones nos encontramos al impresor Paco Boisset. Conocedores de su afición
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por el coleccionismo, que le lleva a frecuentar rastros, almonedas y tiendas de antigüedades de toda Europa, le contamos que estábamos buscando una caja con La última rosa del verano, una melodía que nunca debería haber dejado de sonar en la casa de Katia y Sol. Tenía tan pocos conocimientos como nosotros, pero se le iluminó la sonrisa al decir: —Esto es tan inútil que no puedo perdérmelo. De esta manera, Boisset se sumó a nuestra extraordinaria empresa. Cuando nos convencimos de que no encontraríamos una caja con esa canción, recurrimos a Internet, y así localicé en París a Philippe Sayous, un constructor de autómatas y de cajas de música, con taller en la rue de Sèvres, muy cerca de donde tenía su estudio Le Corbusier. Enseguida supe que era nuestro hombre. —¿Usted podría fabricar un mecanismo musical para una caja de música con la melodía de La última rosa del verano? —En mis talleres todo es posible —afirmó Sayous con absoluta convicción.
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Inmediatamente le envié la partitura, el archivo de sonido de la melodía y un puñado de euros. Como el tiempo siempre se hace largo para quien espera, y mis amigos bromeaban, cada vez con más frecuencia, con la posibilidad de que el señor de París se hubiera ido de vacaciones con nuestro dinero, volví a hablar con monsieur Sayous: —Ya hemos comenzado a fabricar el mecanismo musical —me aseguró—, pero han de ser ustedes pacientes porque los artesanos suizos se toman su tiempo para hacer las cosas. Tampoco fue fácil encontrar un carpintero que hiciera la caja, según un diseño minimalista del arquitecto Basilio Tobías, un diseño sin adornos, sin ninguna concesión, que exigía que todo fuera lo que parecía ser. Y nada más. La fortuna se alió nuevamente con nosotros y, por fin, dimos con Óscar Sánchez Gracia, quien trabajó, sin prisas y sin plazos, hasta que tuvo la certeza de haberle dado a la madera de roble todo lo que le pedía. Pasamos algunas tardes, muchas, en su taller, comprobando cómo nuestro sueño se hacía realidad. Aprendimos que la sencillez
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Ramón Acín en su mesa de dibujo · 1932
es lo más difícil de conseguir, algo que ya sabía desde el principio Basilio Tobías. Cuando ya estaba a punto de agotarse la reserva de paciencia que habíamos reunido para esperar a los artesanos suizos, una mañana recibí un correo electrónico de Philippe Sayous. El mensaje tenía un archivo de audio adjunto: Si esta es la melodía que usted busca —me decía—, en quince días podré enviarle los mecanismos musicales.
Llamé por teléfono a José Manuel. Escuchamos juntos La última rosa del verano. Cuando pudo recuperar el aliento, me dijo: —Esta es, exactamente, la melodía que sonaba en la caja de música de Ramón Acín —me confirmó, muy conmovido—, una melodía que yo no había vuelto a escuchar desde el verano del año 35. Lo más complicado ya lo habíamos resuelto. Cuando tuvimos las cajas, quisimos más. Guardamos en su interior dos pequeñas pajaritas de hojalata como las que fabricaba Ramón Acín. María José
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Menal, Toche, hizo las pajaritas que necesitábamos. Además, José Luis Melero y yo escribimos Una melodía para la memoria, la breve historia de nuestra caja. Paco Boisset la imprimió a dos tintas, roja y negra, en un papel veneciano que ya no se fabricaba pero del que conservaba algunos restos en Gráficas Sansueña, su oficina tipográfica. Por fin, un viernes de septiembre de 2005 nos reunimos en Zaragoza, en Casa Emilio, en una cena que ninguno de nosotros olvidará jamás, para entregarnos las cajas. Todos estábamos emocionados. Al comprobar la textura de la madera de roble, y después de colocar las pajaritas en todas las posiciones posibles, el poeta Fernando Sanmartín concluyó: —Acariciaremos esta caja como se acaricia a una mujer desnuda. En mi caja de música, junto a las dos pajaritas de hojalata y a Una melodía para la memoria, las hojas volanderas que tienen en la cubierta el dibujo de la palomica que Acín enviaba cada noche a sus hijas desde la cárcel, he guardado dos o tres secretos y algunas briznas de la felicidad que tantas veces se
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Carta de Ramón Acín a sus hijas desde la cárcel de Huesca · 26-7-1933
La caja de música de Ramón Acín, recuperada del olvido · 2005
me escapa por los sumideros de la vida. Cuando abro la caja y las diecinueve notas de La última rosa del verano inundan de ternura la habitación en la que ahora mismo escribo, recuerdo a Ramón Acín y Conchita Monrás, a María Sánchez Arbós y José Manuel Ontañón, a Katia y Sol, y renuevo con Paco Ponzán la promesa que hizo en las páginas de Nuevo Aragón en marzo del 37: No te defraudaremos. Tus hijas, Katia y Sol, verán en cualquiera de nosotros un pedazo tuyo.
Le regalamos a José Manuel Ontañón una de las cajas, la número 0, como muestra de reconocimiento y cariño. Todos éramos conscientes de que, si él no hubiera conservado en la memoria la melodía de la caja de música de Ramón Acín, nosotros no hubiéramos disfrutado de tantos momentos de felicidad como este proyecto nos procuró. Pensé que si le enviaba a José Manuel su caja por correo a Tenerife, donde vive casi todo el año, podría perderse o estropearse. Por eso decidí llevársela a su casa de Madrid. Él lo dejó todo dispuesto para que
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una vecina me abriera la puerta y yo pudiera quedarme en el piso el tiempo que quisiera. Entonces estuve por primera vez en la casa en la que vivió María Sánchez Arbós. Me asomé al mundo por las mismas ventanas por las que ella miró la vida. Acaricié los lomos de algunos libros de la biblioteca, convencido de que doña María también los había sostenido en sus manos, y lo hice buscando el pálpito de la memoria, que, como se sabe, es frágil y caprichosa y se deposita en días del calendario, en lugares, en aromas o, como en esta ocasión, en una canción. Y, aunque a veces recordar duele, el recuerdo es la victoria frente al olvido.
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Este libro se terminó de imprimir en los talleres de Gráficas Alós (Huesca) al compás de un músico diciembre. n n n
DILIGE ET QUOD VIS FAC