16 de octubre de 2008
ENRIQUE FLORES MAGÓN: EXILIO, RADICALISMO, MARGINALIDAD (REUNIÓN NACIONAL DE ARCHIVOS, JALAPA) Diego Flores Magón Qué tal, mi nombre es Diego Flores Magón. Vengo a hablarles porque resulta que tenemos en las manos el archivo de Enrique Flores Magón, mi bisabuelo. Este archivo está inscrito desde 2005 en el Registro Nacional de Archivos del Archivo General de la Nación, institución que amablemente nos invitó a venir aquí. Me parece que esta es una oportunidad muy buena para hablar de nuestro acervo entre historiadores y colegas que representan a otros archivos. Agradecemos a Araceli Alday por la invitación. De modo que estoy aquí para hablar de un patrimonio familiar. A diferencia de algunos de mis compañeros ponentes no voy a hablar de un objeto de estudio que haya trabajado en el marco de una profesión académica, sino de una fortuna —y una fatalidad— que es ser descendiente de Enrique Flores Magón y de tener en las manos su archivo personal. Quiero invitarlos a este archivo y la mejor manera de hacerlo es platicarles sobre el individuo que lo acopió, mi bisabuelo Enrique, de la estructura más general que sugieren sus papales —que reproducen el esquema de su vida—, y de nuestro proyecto de fomento a la investigación, conformado en torno a una organización civil. Pues la mejor idea que se nos ocurrió para sobrellevar la fortuna y la fatalidad de nuestra herencia fue formar una Asociación Civil en 1998. La Asociación tiene al acervo como su patrimonio legal. Me gustaría enunciar poéticamente el objetivo global de la
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organización de este modo. Nuestro objetivo es la salvación del archivo. Salvarlo de la degradación implacable del tiempo (que todo lo extingue). Y salvarlo para el conocimiento. Con esto quiero decir que queremos que la gente pueda acceder a su lectura (porque en sentido estricto la historia no es otra cosa que una narración, y más radicalmente, un texto, y el historiador, su intérprete). Buscamos procurar que el archivo incite a pensar la historia, y también, por qué no, que contribuya a hacer la historia aún más complicada y desconcertante. Creo que la historia siempre es más insólita y compleja de lo que suponemos. El rebasamiento, el desbordamiento, la exuberancia, la desmesura me parecen atributos intrínsecos de la historia —o de la evidencia que antecede, soporta y todo el tiempo asedia y hace vacilar a la historia. A mí, pensando como historiador, me gusta suponer que el pasado es esencialmente subversivo, impredecible, provocador. El pasado es un malestar, casi una convulsión del presente. Es una fuerza activa, subversiva, amenazante. Es necesario ejercer un dominio sobre él, pero el pasado es esencialmente inconstante. Y este dominio, como todos, y muy especialmente, los dominios de la narración, es siempre precario, provisional. Dice Walter Benjamin que el pasado contiene imágenes que sólo el presente puede revelar, como una imagen fotográfica. De hecho dice que sólo el presente tiene los solventes para revelar. Como si el historiador leyera un texto que nunca se escribió, o contara un relato que nunca se dijo (y hubiera en ello una actividad cáustica, diluyente). Quisiera, también, hablarles brevemente de nuestra Asociación, de nuestros objetivos básicos. Y de los proyectos que queremos promover. Pero volvamos a la vida de
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Enrique, porque su vida —y su horizonte— son la premisa y el contexto de lo que voy a decir aquí.
Para hablar de este archivo es necesario glosar la vida de Enrique Flores Magón. Me gustaría comenzar estableciendo el rasgo general, la estructura que mejor define a esta vida: la curvatura del exilio. El exilio es una aventura —y una desventura. Una aventura en el sentido que le atribuye Simmel. La forma de la aventura, dice, está determinada por la salida “del contexto de la vida”. Enrique Flores Magón vivió veinte años a salto de mata dicho en sentido literal—de hecho uno puede pensar en las matas que crecen en la frontera de Texas y en California. Bueno: precisamente esas matas. Este rasgo superlativo de la vida de Enrique, que es el arco de un exilio largo —y como todos los exilios, a pesar del retorno, de alguna manera, definitivo— también nos sirve para describir al Archivo de una manera muy general. Nuestro archivo es un archivo personal, y su estructura y su relato obedecen a la estructura y al relato de la vida de Enrique. La documentación que produjo el “magonismo” en los primeros años del siglo, antes de la salida definitiva del núcleo liberal a fines de 1903, no es tan abundante en nuestro acervo: de una manera muy literal se desarraigan. Como todo mundo sabe, dejan aquí la imprenta y parten a Texas, dando un paso más en un camino de radicalización que seguirá.
El segundo suceso trascendental de la vida de Enrique es, desde luego, Ricardo Flores Magón, su hermano cuatro años más grande. Si el exilio determina la curva del destino de
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Enrique, Ricardo marca su vida con una relación definitiva. Creo que no exagero si digo, en este esfuerzo por enunciar los elementos decisivos de la vida de Enrique, que el suceso más cargado de consecuencias para su destino es Ricardo. De todos los seguidores de Ricardo, de toda la constelación de personas y sucesos que designa el nombre, la constelación o nebulosa de “magonismo”, como complejo histórico, narrativo, Enrique Flores Magón es el primero en proximidad al temible, implacable Ricardo Flores Magón. Enrique es su primer seguidor. La vida de Enrique Flores Magón está determinada por una fidelidad a la fuerza que fue Ricardo, una relación de índole afectiva, en que se mezcla la fidelidad y la veneración, sin caer en exageraciones (en todo caso, este es un esquema: hace falta acentuar los goznes). Ricardo Flores Magón, un individuo cargado de un magnetismo indiscutible, dotado de una determinación sobrehumana (y lo subrayo), tuvo en su hermano Enrique a su discípulo, a su seguidor, a su propagandista, a su apoyo primordial. En resumidas cuentas, la vida de Enrique está determinada por una relación. Una relación que trascenderá, evidentemente, a la muerte de Ricardo en 1922. Una relación que fue una devoción, un compromiso, y como todos los compromisos, una carga, un duelo, un tormento. Ahora es indiscutible que Ricardo era el jefe del grupo, pero no olvidemos que en sus tiempos el “magonismo” era la cruzada de los hermanos Flores Magón: Enrique y Ricardo. Y lo fue verdaderamente. Hay determinaciones familiares en esta historia desde su origen. Tampoco olvidemos que Ricardo funda Regeneración con su hermano Jesús, un prominente abogado de otra estirpe de liberalismo que lo inclina más al maderismo (mientras que el liberalismo de Ricardo lo conduce, como todos saben, al extremo de sus
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consecuencias libertarias). Enrique se casa con una militante activa del Partido Liberal Mexicano, Teresa Arteaga Brousse, y Ricardo, con su tía, María Talavera Brousse. Cuando se escriba la historia “interna”, por decirlo de algún modo, del “magonismo”, se tendrá que adoptar un enfoque familiar, prosopográfico, biográfico. En buena medida, el magonismo es la historia de una familia. Creemos que nuestro acervo es revelador en este aspecto.
Quisiera abundar un poco sobre la índole de la relación entre Enrique y Ricardo, en primer lugar mediada por la fidelidad familiar. Yo creo que no se toma en cuenta un aspecto que para mí es decisivo a la hora de entender o de tratar de entender la historia, el destino de estos individuos. Esta dimensión del fenómeno es la pavorosa juventud de Ricardo, Enrique y sus aliados y amigos cuando emprenden la aventura del exilio y la conspiración. La juventud, desde luego, es una dimensión vital, psicológica. Es todo un orden afectivo, intelectual. La voluntad de “regeneración” es juvenil. Y de la regeneración a la revolución hay una distancia que no se antoja grande. ¿Cuál es el cambio cualitativo entre una y otra? Ricardo tiene 27 años cuando funda Regeneración y pisa ya la cárcel, con su hermano mayor, Jesús. En 1903, cuando deciden partir al exilio, Enrique tiene 26 años, pero desde los 16 ha visto a su hermano Ricardo, de 20, metido en la agitación estudiantil antirreleccionista de 1892. Y Enrique, a sus 26 años, cruzando el Bravo para radicar la imprenta fuera del territorio nacional, no es el más viejo. Manuel Sarabia tiene 24 cuando lo encontramos metido en la grilla sindical fronteriza.
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Yo creo que este es un dato fundamental para entender la dinámica del magonismo entre 1903 y 1906 ó 1908, para dar razón, por principio de cuentas, del vector hacia el radicalismo que tiene su motor en Ricardo. Casi nadie toma en cuenta que el “magonismo” es un movimiento de jóvenes. No sé por qué parece haber capturado más la imaginación y el sentimentalismo el Ricardo crepuscular de los años veinte. En 1906, un año decisivo para el magonismo por muchas razones, Ricardo tiene 33. Enrique sólo 29. Es el año en que se publica el Programa del Partido Liberal, un documento cuya trascendencia no se puede exagerar. Es el año en que el núcleo en torno a Ricardo se constituye francamente en núcleo revolucionario. Es un año en que a Ricardo cree que la revolución es inminente. Esta psicología de la inminencia es decisiva para el destino del movimiento. Uno recuerda el optimismo ingenuo y dramático del primer instante de este tipo de movimientos, que son, de manera básica, una actitud frente al tiempo, como diría un fenomenólogo, son una estructura de la consciencia. Es necesario que alguien se interese y nos alumbre sobre la psicología del optimismo. Es el año de la huelga de Cananea. Este periodo, el periodo más dramático y apasionante de la historia del magonismo, y posiblemente de las vidas de los quienes lo encarnan, marca para siempre el destino individual de quienes lo vivieron. La experiencia, o mejor dicho la vivencia de la clandestinidad, la oposición, que es un valor, como dice Hannah Arendt hablando de la resistencia francesa, determinan la psicología de nuestros personajes —y les imponen criterios de validez ética que son incompatibles con la vida “normal”, mundana.
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No es mi propósito hacer relación detallada del movimiento, de las acciones del grupo, de las ideas, de las personas, de las fidelidades e infidelidades de esta historia. De la trama internacional, de la historia, en parte leyenda, de conspiración y espionaje, diplomacia y radicalismo que caracterizan al complejo temático del magonismo. Para fines de esta introducción me basta con decir que el magonismo fue también una organización política y una empresa editorial. Enrique participa de manera principal en el quehacer de esa organización. Estas dos facetas producen documentación.
Ese periodo, el exilio, donde ocurren los grandes hitos de aventura vital y política del núcleo magonista, acaba con la muerte de Ricardo, en prisión, en 1922, y la deportación definitiva de Enrique en 1923. Nuestro archivo comienza a aparecer en sus propios registros cuando Enrique, deportado, pasó por la aduana de vuelta a México, por ciudad Juárez, en 1923, a los 46 años, y tuvo problemas con el bulto de sus papeles, algunos de ostensible porte subversivo. A propósito del porte subversivo, hay una retrato justo de estos años en que Enrique escribe al pie, por cierto, en inglés, “Who said that a haircut was needed?”, es decir que a pesar de sus canas hace profesión, con su melena, de radicalismo. A partir de este punto comienza otra vida para Enrique. Comienza el proyecto difícil de habitar un mundo que le es muy desconocido. Por principio de cuentas, una vida sin Ricardo. Su guía de juventud —su guía de vida, su cardinal. Una vida, además, en un país del que salió cuando tenía 26 años y al que regresa de 46. Que dejó bajo la dictadura de Díaz y al que regresa ahora que se ha instalado el régimen posrevolucionario de
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Obregón e, inmediatamente, de Calles. Un país donde el tiempo fluía a una velocidad distinta, como puede leerse en las memorias de los jóvenes que quedan atrapados en el vórtice de la construcción institucional posrevolucionaria. Un régimen, por otro lado, que adquiría visos de intolerancia ante su disidencia, como era obvio para los que estaban marginados. Y Enrique, a pesar del apellido, o tal vez por ello, regresa como un disidente, como alguien que se mueve en las orillas arriesgadas de una cosa que es justo llamar sistema, y apropiado apellidar autoritario. Un país que era absoluta y radicalmente distinto del que dejó, donde había ocurrido una revolución muy distinta de la que había querido (la revolución que quiso el magonismo es otro tema histórico —el tema de los “futuros pasados” de Benjamin— que espera una crítica seria, un arqueólogo imparcial). Un país profunda y temiblemente ignoto. ¿Qué habrá sentido Enrique cuando cruzó otra vez la frontera? Tal vez en algún rincón del archivo haya indicios. No lo sé. Sabemos que venía cargado de papeles, porque tuvo problemas con la aduana. De hecho sabemos que se indignó. Que protestó. Regresa un Enrique que ya en la frontera, en Ciudad Juárez, es y se expresa como un disidente irritante, que, en su opinión, viene a encontrarse, y a enfrentarse, con un despotismo, el de Obregón y, peor aún, el de Calles, tan brutal, si no hasta más, que el de Díaz. Para Enrique el callismo encarna el triunfo de la barbarie militar —del mismo modo que lo es para Vasconcelos, por citar un ejemplo ilustre.
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Hay una hermosa serie fotográfica en el archivo que retrata la llegada de Enrique, que viene con toda su parentela, y que va en campaña, apoyando, fundando, promoviendo sindicatos independientes, y metiéndose, por ello, en las fauces de la CROM. México muy pronto se le presenta como un país lleno de caciques cerriles, frecuentemente se enfrenta con ellos, ellos, a su vez, lo encarcelan, lo intimidan, lo amenazan por imprecar al “señor presidente” en las plazas donde para. Es un régimen, también, que se ha declarado deudor del magonismo. Seguro que era una molestia, tal vez no una amenaza, pero una molestia tanto más irritante cuanto que llevaba por apellido Flores Magón. El culto al apellido, a Ricardo por encima de todo, estaba ahí desde repartido entre las facciones revolucionarias. Sometido desde entonces a apropiaciones y distorsiones de todo tipo. El hálito, el numen del apellido estaba muy fresco, me imagino, por el traslado del cadáver de Ricardo desde Kansas a la ciudad de México, escoltado por cortejos de todo tipo de organizaciones obreras. Como todas las peregrinaciones rituales, sirven para actualizar un culto. Ese culto estaba vivo en 1924.
Tengo que ser más breve, porque no voy a poder llegar a donde me propuse a este paso. El archivo de Enrique es muy rico en documentación de este periodo clave en su vida. La vida después del exilio. Los preparativos. La llegada. La instalación. Las campañas. Los primeros encuentros con la brutalidad de la política caciquil y corporativista del régimen del Maximato. El siguiente momento decisivo, para completar el arco biográfico de Enrique con otra elipsis de tiempo, es Lázaro Cárdenas. En este momento la vida de Enrique toma un
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rumbo al que la violencia de los rufianes moronistas seguro habían ayudado a preparar. Las reformas sociales del cardenismo atrapan a Enrique Flores Magón. Permiten su inserción en la vida pública mexicana. El cardenismo es un capítulo lleno de dinamismo político y social. Por un lado consiguió hacer converger a corrientes “izquierdistas” de la Revolución que habían disentido de gobiernos precedentes. En el caso de Enrique, contribuyeron las reformas sociales, por un lado, pero también el escenario internacional. El ascenso del fascismo en Europa y sus réplicas en la escala de la política nacional, o la reorganización de los antagonismos políticos de acuerdo con estos nuevos cardinales ideológicos, sirvió en México para reunir a grupos disconformes de la izquierda, particularmente en la antesala del conflicto internacional, y del ingreso de México a la guerra, bajo el pabellón de la “unidad nacional” avilacamachista. La ofensiva fascista, conforme la guerra se fue perfilando como un suceso inminente dada la política internacional, reunió a muchos bajo el paraguas, como se dice, del antifascismo. Enrique Flores Magón de manera natural pertenecía a ese grupo. Hay aquí, desde luego, una buena cantidad de paradojas que ya no es momento de discernir y de pensar aquí. Me interesan, por ahora, las posibilidades que el antifascismo oficial postula para Enrique. Cárdenas, que al mismo tiempo repudia al fascismo europeo y se deslinda del comunismo internacional. Exactamente es ese el cuadrante en que los presupuestos ideológicos ubicaban a Enrique Flores Magón, como anarquista, como izquierdista sincero, como enemigo natural del fascismo y crítico visceral del experimento bolchevique desde su origen. Eso, sumado al reformismo social, hacen de algún modo ineludible que el
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cardenismo le atraiga. Durante el cardenismo, también aumenta, como es sabido, la oposición de sectores urbanos más afines a la derecha (más amigos del orden), que nutren, por principio de cuentas, la campaña almazanista de 1940. Enrique detestaba personalmente a Almazán. Y en esa coyuntura política, su campaña representaba a la “reacción”, según el léxico de aquella época. Lo encontramos muy activo en la campaña de 1940, decepcionado, como otros izquierdistas radicales, de que no fuera Mújica el sucesor de Cárdenas, pero dispuesto a favorecer al candidato distinto de Almazán. Los Veteranos de la Revolución, una organización a la que él estaba ligado, deciden, no obstante, apoyar a Almazán. De modo que lo encontramos muy activo entre 1934 y 1940. Entre sus 57 y sus 63 años de edad. Todo este nudo de circunstancias lo hacen apoyar, a pesar de su renuencia inicial, la candidatura de Ávila Camacho. A partir del cardenismo, pues, Enrique participa. Ha aprendido a manipular algunas cuerdas del sistema. Como son, de manera muy fundamental, los mitos legitimadores. Las normas de participación política, básicamente caracterizadas por la organización corporativa de los actores. En el archivo hay mucha documentación sobre la Liga de Veteranos que ya se mencionó. La medida de esta influencia seguramente se tasa microscópicamente, ante la talla monumental de los cíclopes del sistema: la CTM. Pero la revolución o como se ha dicho históricamente, y se puede citar con algo de ironía, “los gobiernos emanados de la revolución” reserva honores a Enrique. El terco que hizo escuela de terquedad a la tutela del paradigma de intransigencia que fue Ricardo, los acepta, ahora sí, de un gobierno, el de Cárdenas, que juzga aceptable. Es en esta coyuntura que encontramos a Enrique asimilado a la vida nacional. La Unidad Nacional
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frente al fascismo, una vez que México declara la guerra a las potencias del Eje, fue un motor político que desdibujó divergencias; encuentra a Enrique disponible. Hay que tener en mente todos los años que Enrique había pasado en una precariedad. De nuevo la familia es un factor determinante para explicar la trayectoria de este arco existencial. Enrique era un hombre de familia.
El archivo personal de Enrique Flores Magón cuenta con unas noventa cajas, sesenta de ellas identificadas como su fondo personal. El resto de ellas corresponde a otros miembros de la familia: Ricardo, Jesús, algunos de sus hijos, sus padres. Los documentos más viejos datan de los años ochenta del siglo XIX y pertenecen al fondo de Teodoro Flores, el padre de los hermanos Flores Magón. En el fondo documental de Enrique hay colecciones muy interesantes, como la colección de fotografías, que ya mencioné, con unas trescientas unidades. Hay una colección de periódicos muy interesante, con una colección casi completa de Regeneración y Revolución y otros periódicos afines, como El hijo del Ahuizote, y publicaciones norteamericanas, como The Blast, etc. Hay dibujos, algunos de Jesús Martínez Carrión, otros del mismo Enrique. Y, por supuesto, mucha correspondencia, que va de fines del XIX a mediados del XX. El tronco de esta correspondencia aumenta de grosor a partir de los años veinte. Este acervo está bastante bien conservado, pero no suficientemente descrito. Ahora mismo se trabaja un inventario definitivo. Esperamos tener control (que incluya un catálogo) para el 2010. Tenemos grandes limitaciones para la consulta por falta de un
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recinto apropiado. Creemos que el magonismo es un tema interesante. Y creemos también que nuestro archivo enriquece las fuentes documentales —de por sí abundantes— para pensar este tema. Desde nuestro archivo, se impone la perspectiva biográfica y familiar de este movimiento. Muchas gracias.
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