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Las ciudades y el ánimo -viajes a partir de Las ciudades invisibles-

Textos: Mimí Banchik, Nicolás Di Candia, Paola Pastene, Carolina Revello, Florencia Rossi, Patricia Signorelli, Evelyn Smink, Charles Stark, Gabriel Ventura Gulí Imágenes: Sabrina Merayo Núñez


Lo que van a ver es el resultado de un experimento. Son textos en proceso, trazos que comienzan a ver un posible itinerario para la escritura. Esta vez, nuestra excusa fue Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino. Él mismo, en sus palabras preliminares, desnuda el recorrido del libro desde sus primeros pasos y nos muestra cómo la imagen de la ciudad se transformó en un vehículo para “hablar de todo”, cómo se hizo metáfora y luego signo, pero siempre empezando por casa: durante un período se me ocurrían sólo ciudades tristes, y en otro sólo ciudades alegres; hubo un tiempo en que comparaba la ciudad con el cielo estrellado, en cambio en otro momento hablaba siempre de las basuras que se van extendiendo día a día fuera de las ciudades. Se había convertido en una suerte de diario que seguía mis humores y mis reflexiones. A partir del diario en forma de ciudad, a partir de reconocer en la propia escritura un estado, un ánimo, algo que se mueve y siente, salimos en busca de nuevos territorios. Los viajeros que participaron de este itinerario se lanzaron a escribir a partir de la lectura. La línea que los une en el mapa es una misma propuesta: buscar el ánimo de la ciudad. Pero los recorridos que se armaron son muy diferentes. A veces surgió en la ciudad un escenario posible para la sensación, otras apareció una oportunidad para visitar el mundo de un personaje. Los textos, como los viajeros, son muy diversos. Cada uno tomó la ruta que las ciudades invisibles soltaban en el aire y armó su propia arquitectura. Las imágenes que nos acompañan son parte de la serie “Las ciudades invisibles” de Sabrina Merayo Núñez, también inspirada en la lectura. Para ver más, pueden visitar su casa: www.merayonuniez.com Bienvenidos al viaje. ¡Que lo disfuten! Cecilia Maugeri


Las ciudades y la memoria. 5 En Maurilia se invita al viajero a visitar la ciudad y al mismo tiempo a observar viejas tarjetas postales que la representan como era: la misma plaza idéntica con una gallina en el lugar de la estación de ómnibus, el quiosco de música en el lugar del puente, dos señoritas con sombrilla blanca en el lugar de la fábrica de explosivos. Ocurre que para no decepcionar a los habitantes, el viajero elogia la ciudad de las postales y la prefiere a la presente, aunque cuidándose de contener dentro de las reglas precisas su pesadumbre ante los cambios: reconociendo que la magnificencia y prosperidad de Maurilia convertida en metrópoli, comparada con la vieja Maurilia provinciana, no compensan cierta gracia perdida, que, sin embargo, se puede disfrutar solo ahora en las viejas postales, mientras antes, con la Maurilia provinciana delante de los ojos, no se veía realmente nada gracioso, y mucho menos se vería hoy si Maurilia hubiese permanecido igual, y que de todos modos la metrópoli tiene este atractivo más: que a través de lo que ha llegado a ser se puede evocar con nostalgia lo que era. Hay que cuidarse de decirles que a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí. En ocasiones hasta los nombres de los habitantes permanecen iguales, y el acento de las voces, e incluso las facciones; pero los dioses que habitan bajo esos nombres y en esos lugares se han ido sin decir nada y en su sitio han anidado dioses extranjeros. Es inútil preguntarse si estos son mejores o peores que los antiguos, dado que no existe entre ellos ninguna relación, así como las viejas postales no representan a Maurilia como era, sino a otra ciudad que por casualidad se llamaba Maurilia como ésta. Ítalo Calvino


Fugacidad El haber demorado casi seis meses el examen final de mi carrera produjo derivaciones varias. En términos actuales podría decirse que no se trató de una decisión gratuita. Su costo o factura quedaron colgados del gancho de mis débitos demasiado tiempo. Tanto como el del círculo que se abrió agitando flamante diploma hasta este crepuscular cierre entre las sombras de una inevitable (e inquietante) jubilación. El tránsito por la carrera gozó de sostenido encantamiento. Al salto fascinante de la pequeñez e insignificancia de mi pueblo natal hasta las luces de la gran ciudad, le sucedieron el acceso al menú infinito de las fuentes del conocimiento, del pensamiento, de la cultura. Alimentos que, imagino, nutrieron mi educación sentimental y modelaron mi medida intelectual. Hasta el anecdótico hecho de vivir en la periferia, sumó la posibilidad de disfrutar la facultad desde la mañana hasta la noche y más aún si incluyo los inefables conciertos que devoraba todos los jueves desde el aula magna. Fueron años calientes. Mis fronteras se corrían con incesante empeño. Se ponía el cuerpo a todo. Para defender la educación laica o la libre; a Sartre o a Heidegger, a Telma Recca o a Arnaldo Rascovsky, al Che o a Zubiza y las triple A. Las discusiones, ardientes. Las definiciones, apasionadas. El amor, libre. Los vínculos se establecían por ideología o sensibilidad. Tout melangeé en une chanteé, como desgranaba Gilbert Becaud en su Nathalie desde un long play.


Esa última y trasnochada materia me encontró en soledad. Mis amigos ya se habían recibido. Las caras nuevas devolvían una mueca de ajenidad. Los almuerzos perdieron su ardor y la tibieza de esos pasillos se desleía silenciosa. De pronto y merced a esa bizarra anécdota entendí el juego veleidoso que discurre sin cesar entre la pertenencia y la extranjería. Mimí Banchik


La onda interrumpida Marisol se subió a un taxi. Antes de que le dijera el destino, el taxista encendió el reloj y avanzó, porque el semáforo se le ponía rojo y corría el riesgo de perder la onda verde. Marisol se impresionó por la calidad de servicio que iba a recibir. Sin embargo, el siguiente semáforo los agarró en rojo. O estaba mal coordinado, o no habían llegado a tiempo. El taxista parecía con ganas de pasar igual. No venía nadie por la calle opuesta. Pero no lo pudo hacer, porque pararon tres autos adelante, que no tenían la misma intención. El taxi, de todos modos, se preocupó por adelantarse todo lo que pudiera, para estar más cerca del destino final. Cuando el semáforo cambió a amarillo, el conductor tocó bocina porque los de adelante todavía no estaban avanzando. Una vez en movimiento, volvió a tocar bocina para que se corrieran, así los esquivaba. Los otros entendieron la señal y se apartaron. El taxi, entonces, tomó velocidad. Pero tal era la velocidad que tomó, que cuando llegó a la siguiente esquina todavía no estaba el verde. El taxi redujo la marcha mientras el conductor miraba si había alguien cruzando. Cuando comprobó que no había nadie, pasó. Pero en la siguiente cuadra supo que había sido un error. El semáforo que venía también estaba rojo, y no se iba a poner verde hasta que lo hiciera el que acababa de cruzar en infracción. Para colmo, había varios autos esperando en esa esquina, entonces el taxi quedó bastante atrás. Ya era más difícil esquivarlos. Eso no le impidió volver a tocar bocina apenas la luz cambió. Cuando algunos de los otros lo oyeron, se unieron a él. Un coro de bocinas se trasladó desde atrás del montón hacia adelante, y generó en los que llevaban la vanguardia la


intención de avanzar más rápido. Pero no podían, porque los de la cuadra siguiente estaban todavía detenidos, y la fila llegaba a esa esquina. Resultó que el otro semáforo, del cruce con una avenida, estaba roto. Entonces todos querían pasar, y todos querían pasar primero. Como resultado, había un gran nudo que era acompañado por una sinfonía de bocinazos proveniente de todas las direcciones posibles. Marisol, desde el asiento de atrás, se indignó al ver ese espectáculo. Pensó que gracias a la actitud de todos los demás iba a llegar tarde. Reclamó al taxista la presencia de un policía para dirigir el tránsito. El conductor estuvo de acuerdo con ella, y expresó una teoría concisa acerca de la causa común de todos los problemas de la ciudad. Gracias a la pericia del taxista, el vehículo cada tanto lograba acercarse unos centímetros al objetivo, que por el momento era atravesar la esquina. Pero pasaban los minutos y no avanzaban nada. Marisol se impacientó, y decidió que lo mejor era bajarse. Pagó el importe, y dejó al taxista con la bronca de haberlo metido en ese embrollo. Marisol bajó a la boca del subte y cruzó la calle por ahí. Del otro lado, se dispuso a esperar otro taxi que la llevara. Pero los que se liberaban estaban todos ocupados. Al final, varios minutos después, no tuvo más remedio que volver a tomar el mismo del que se había bajado, y debió pagar de nuevo la bajada de bandera. Nicolás Di Candia


Mientras esperaba el ascensor miraba fijo a su amiga que seguía conversando con él en las escaleras. Subió hasta el sexto piso con las llaves apretadas en la mano. Se detuvo frente a la puerta “A” un instante -qué inoportuno ese hombre- y entró. Tiró todo lo que traía sobre la cama y se sentó frente al espejo. Un largo rato estuvo mirándose fijamente esperando un consejo o alguna señal. Pero nada pasó. Una mezcla de sentimientos la invadían confundiendo su corazón. Pensar en ello era tan irritante como tratar de evitarlo. Se soltó el cabello, cambió su ropa por una más cómoda, y comenzó a cocinar. Zanahorias, berenjenas, zapallitos, arroz, contaba una a una las cosas que compraron para la cena mientras las sacaba de la bolsa y las acomodaba bruscamente sobre la mesa. Abrió el vino, se sirvió una copa y comenzó a picar la cebolla que sabía que la haría llorar. Miraba el reloj, habían pasado veinte minutos y Dafne no subía. Con cada movimiento del cuchillo la espera se hacía más insoportable. Dejaba el cuchillo, bebía un sorbo de vino y volvía a mirar el reloj; sólo habían pasado dos minutos más desde la última vez. Se acercaba hasta el portero eléctrico y volvía a la mesada. Picaba un poco más, bebía un sorbo y comenzaba a caminar otra vez. La tentación de levantar el auricular y tratar de escuchar lo que estaba sucediendo abajo la carcomía por dentro, que subiera de una vez por todas. Y ya iban treinta minutos. Paola Pastene


La tristeza se cae. La tristeza es hoy. Es un sábado a la tarde con calor. Es ese día en que Natalia no quiso ir a aquel evento y prefirió seguir en el taxi con aire acondicionado sin destino cierto. Es ese momento en que Natalia no quiso lagos, ni patos, no quiso sol, ni quiso caminatas por el parque. La tristeza es zambullirse en una pileta fría y con la sombra de la tarde, sintiendo la necesidad de que toda esa agua nos borre el rostro desencajado. Es hablar y decir tantas cosas sin pausa, con falsas risas, fingidas, inventadas, forzadas. Es hablar del pasado cuando el presente es hoy. Es mojarse una y mil veces y sentir lo mismo, llorar hasta tener ojos color carmín y seguir llorando y seguir y seguir hasta disfrutarlo. La tristeza es un lunes a la tarde cuando sólo nos queda más tristeza y nos miramos al espejo y ella no se ha ido. Natalia hoy es tristeza, aunque sólo ella lo sabe. Carolina Revello


Un ojo en el cuello Camila se sienta frente a aquella mujer tan particular. Pero no la mira a los ojos. Mientras escucha sus palabras, su vista está clavada en aquel punto que cuelga de su cuello. Es un dije, un dije en forma de ojo hindú (esos que ahora están de moda, de color azul profundo). La mirada de Camila se pierde en aquella otra mirada que surge de aquel ojo único, en el cuello singular, de la particular mujer, que se encuentra enfrente de Camila. Nada puede extraerse de él: es sólo una imitación de ojo, vacío, que no pertenece a nadie, que no esconde ningún sentimiento por detrás de la pupila. No representa a nadie, por lo tanto, no se lo puede interpretar (en realidad se podría decir que aquel ojo colgante, como alhaja, sí pertenece a alguien: a la mujer particular que lo deja colgando pacientemente de su cuello. La mujer, haciendo caso omiso a aquella presencia azulada, está leyendo la carta astral que Camila le ha llevado, mientras explica, en base a ella, una serie de acontecimientos que se avecinan en la vida de la chica). Camila se encuentra en un estado de impasibilidad. Una relajación absoluta recorre su cuerpo mientras escucha aquella voz dulzona que la adormece. No es que realmente crea en la mitad de las cosas que la mujer le pronostica. Ella fue allí en busca de un incentivo y atractivamente lo está encontrando. La vista de aquel ojo impenetrable la retiene ante la tentación de dormirse. Su mirada se pierde en los bordes del ojo. Como un círculo comienza observando, desde afuera hacia adentro: primero bordea la parte blanca, el globo ocular, para adentrarse, como en una espiral imaginaria, al iris. Se detiene en el azul eléctrico antes de continuar en su camino hacia el centro. Finalmente llega al punto culmine, y su vista se detiene interminablemente, incansablemente, en la pupila de un negro profundo. Entonces trata de sustraerle


significado a aquello que no lo tiene: una vista de nadie, una vista de nada, una vista vacía. Camila es así, siempre necesita preguntarse y buscar un por qué en todo. No importa que las respuestas no existan, ella las posterga o las inventa (porque además Camila es muy imaginativa). Entonces alguna idea debe de estar surgiendo en su cabeza. Algo alocado, algo muy poco probable, algo así como que el ojo le está hablando sin palabras y que esto forma parte del incentivo que ella fue a buscar: no dejar agotar sus fuentes de imaginación. Camila nos tiene en esta situación, un estado de hipnosis. Florencia Rossi


Si piso a la derecha estoy en casa si piso a la izquierda soy extranjera, canturreaba Élida mientras su amiga coqueteaba con el gendarme para evitar el trámite en la frontera. Cuánta emoción la invadía, a ella que nunca había pasado más allá de Chascomús. ¡Pobrecita! “Juan, mañana no vengo porque tengo un viaje al exterior” le había dicho al almacenero el jueves, remarcando “Exterior” con ese tono de voz que acostumbraba a usar cuando quería que los demás la notaran superior. Ahora caminaba clueca con un chicle derretido en la suela de los zapatos entre la maroma de cuerpos transpirados que la chocaban sin cesar. Más que exterior la ciudad parecía el interior de un baño público dónde todo valía. Ciudad del Este ¡Qué lejos había quedado la feliz promesa de un viaje exótico! Su amiga zigzagueaba entre las cortaditas, hablando con uno acá y otro allá, tratando de vender sus mercancías, mientras ella apretaba su cartera, frente a la cantidad de ojos fieros que la acechaban. El ruido era infernal: musiquitas molestas, gritos, voces, risas. Los autos se estacionaban en cualquier lado, el tránsito tenía una lógica única y jamás vista. Las mujeres la miraban socarronas, incluso una que vendía medias imitó su caminar, frente a las carcajadas groseras de sus compañeras. Cómo lamentó la elección de su pollera corta que la exponía tan indefensa y llamativa con esas florcitas de algodón y lycra que se movían al ritmo de sus caderas. Ella no sabía disimular ni hacerse invisible, todo la delataba, el rubio artificial de su cabello, la remera blanca, sus tacos de diez centímetros y la mueca desencajada de su cara que buscaba un bar donde refugiarse y llorar. Un golpe en el


estómago, el roce húmedo de un brazo cerca del escote, un pisotón, la embestida de frente de un estómago que ni se detuvo a disculparse, y ella siempre aferrada a su cartera con sus caderas gigantes. Élida se sentía un pájaro herido entre gatos hambrientos en esa Ciudad del Este o, mejor dicho, en esa ciudad al este del infierno, que la ubicó en el centro de la calle, con el golpe en la cola de una mano anónima, que la derribó de sus zapatos estrellándola en el suelo.

Patricia Signorelli


Pudor La canoa se fue acercando lentamente. Una densa cortina de niebla nos impedía ver más allá de nuestras manos. En la pesadez del silencio sólo se escuchaba el sonido de los remos en el agua. El barquero avanzaba con lentitud. Poco a poco, una luz violácea fue iluminando, por partes, la antigua ciudad de Hipatia. Sutiles reflejos desnudaban pequeñas cúpulas doradas salpicadas de piedras preciosas. Un rayo naranja descubrió un sector de columnas de mármol blanco. Por mucho que esforzáramos las miradas o intentáramos estirarnos en la inestable canoa, la ciudad no se mostraba. Parecía protegerse de nuestra avidez que pretendía desnudarla. Evelyn Smink


I am sitting on a hill. Next to me, and above me, looms a majestic old Oak tree. I have just trekked 15 km; climbing, working, and sweating for much of the distance. My legs ache; my shirt is drenched in sweat. I remove an apple, a knife, and a bottle of water from my bag. The water is cool and refreshing as I feel every drop trace its course from the back of my throat in to my stomach where it settles, for the time being. I commence in cutting the apple, eating each piece straight off the blade of the knife. As I chew my eyes travel out, gazing at the scenery stretching away from the hill, and then back, to watching the knife as it cleanly slices through the flesh of the apple. For a few moments, the thoughts that consume my mind are only those concerning the apple, the knife, and my hands. As I finish eating the apple, and as the sun finishes its daily journey, my thoughts return to the greater world around me. It is now time to begin my descent.

Charles Stark


El tiempo en Esnovea es crudo. Todos hablan de su aire espeso y de aquellos mares negros, revoltosos como la furia misma. En Esnovea el calor agobia, no por la temperatura en sí, sino por la presión y la dominación, las cuales incrementan su sensación térmica. Sus habitantes no disfrutan pensar, ni hablar entre ellos. Se limitan a tareas exclusivamente receptoras. Ya no podrían describirse como humanos sino así, como antenas limitadas de rebatir señales envueltas en sigilosos juegos de azar. Esnovea no tiene dimensión, tiempo, espacio. No se sabe quién pisó primero el sendero principal, ni quién respiró su podredumbre sin no escupir después. Nadie conoce quién fundó Esnovea. No tiene entrada, salida, profundidades ni espejos, no existe escapatoria. Su población miente sin importar porqué, ¿a quién beneficiarán? La textura del tiempo no se deja sentir, no hay noche, día, tampoco un punto similar. ¿Para qué reflexionar? si no se puede cambiar... Si ya no existe, o eso necesitan sentir; sin pretender un triste final o una armonía que no llegará. Gabriel Ventura Gulí


Siempre de Viaje Literatura en p r o g r e s o

Este trabajo surgiรณ de los grupos del taller รtalo Calvino: Itinerarios y Arquitecturas del Relato llevado a cabo a fines del 2010.

Coordinaciรณn: Cecilia Maugeri Direcciรณn General: Karina Macciรณ


Las ciudades y el ánimo