CHUBASCO TEMPORAL Antología del Grupo 1´D del CEDART Luis Spota Saavedra (2019-2022)
Textos Gabriela Sánchez Nicolás Hernández Nicole Valero Sebastián Rosas Citlalin Cárdenas Alejandra Rivera Emmanuel Maldonado Jaasiel Saavedra
Pinturas Danna Rodríguez Villalón Nicolás Hernández Citlalin Cárdenas Castellanos
Recopilación y prólogo León Cuevas
Portada Pintura Un corazón del tiempo, de Citlalin Cárdenas Castellanos
Diseño y tipografía Daniela Itzamar González Alvidrez
El pequeño rey Iliany Gabriela Sánchez Segura Ciudad Caimán Nicolás Hernández Bochito rojo, relojes y cigarros Nicole Valero Matando la hoja Sebastián Rosas Un corazón del tiempo Citlalin Cárdenas Castellanos Corazón roto Alejandra Rivera Historia de esta ciudad Emmanuel Maldonado Entre madriza y madriza Jaasiel Saavedra Amor comercial Sebastián Rosas Situación emocional Alejandra Rivera Conversaciones matutinas Nicole Valero Que la esperanza muera primero, pero al sabor, que ni lo toquen Jaasiel Saavedra Retrato de un asesino Emmanuel Maldonado Simple manual para llenar una página en blanco Jaasiel Saavedra
Prólogo
No me pondré romántico al decir que las nuevas voces no son comprendidas por las generaciones de antaño porque esto sería redundante, una característica común es que las generaciones anteriores duden sobre las palabras que traen las nuevas. Tampoco seré predecible diciendo que es momento para escuchar a los más jóvenes y que de ellos se aprende, estas son frases hechas y lugares comunes para un escrito. Lo que sí puedo decir es cómo la inquietud muta de manera temporal en infinitas formas y la inquietud de estos días puede tener uno o algunos denominadores comunes y aun así tener un millón de maneras para decirlo. Supongamos que menciono la palabra piano, algo ya tan estructurado en la memoria y que todos sabemos lo que es; el asunto es que los lectores de estas palabras no van a imaginar un piano exactamente de la misma forma, ni en el mismo contexto, mucho menos en la misma atmósfera donde el instrumento se encuentre. Algo así es este común denominador en la inquietud actual de los nuevos escritores, una idea que existe general pero a la vez es diversa. Escribir en los tiempos del Netflix, de la vida cada vez más virtual; escribir a las puertas de un incierto presente distópico, en días donde serás leído de manera digital y con un destello de suerte tus letras llegarán al papel en algún libro editado. Escribir mientras sueñas que tu pluma traspasará los umbrales de lo híbrido, que tu obra podría adaptarse a guion para una serie, que podría ser un podcast, un audiolibro, una historia ilustrada con gifs, que podría ser para descargarse en el Kindle o podría pertenecer a una antología internacional. Las inquietudes como los sueños son similares a lo incierto y dependerá de qué tan consistentes y disciplinados seamos para que dichas reflexiones creativas y abstractas queden lo más parecidas a lo que deseamos y con la emoción que queremos manifestar para finalmente llegar al lector. Ante un presente a la deriva lo que mejor podemos hacer es soñar, al cabo que si navegamos entre lo aleatorio qué mejor que diseñar nuestra propia barca con materiales similares a la incertidumbre para vencer a la posibilidad lineal o monótona. En la siguiente antología que me propuso el grupo 1´D del CEDART Luis Spota encontré una inquietud emergente, más allá de un “espíritu de la época” fue más una expectación de la época y esta no solo cubre a una pandemia que nos obligó a interactuar en una nueva vida a distancia, esta cubre un antes y un después de algo que acaba de convertirse en una era. ¿Cuál era? ¿Cómo se denominará? ¿En qué consiste? No lo sabemos aún, solo tenemos la noción de un parteaguas, de que algo se acaba de quebrar o se está reconstruyendo. En este punto medio es cuando generaciones viejas, no tan viejas, nuevas y no tan nuevas se van a unir para darle nombre al común denominador que se halla autónomo a lo evidente. Durante la siguientes páginas hallarán voces que están
exclamando inquietudes, voces poéticas, coloquiales, filosóficas, pasionales, cínicas, experimentales, epistolares, de humor negro, visuales y con sinestesias; son voces con una apasionada necesidad de contar una versión del mundo, la manera en cómo afrontan al tiempo, de cómo juegan con las metáforas y reparan las guerras fallidas, los fracasos y los desamores. Voces que cuentan lo que queda de una realidad con poca claridad y que desconoce lo que nos va a ofrecer. Estos escritos serán desde ahora el registro de un hoy que tendrá nombre dentro de diez o veinte años, de un hoy que tendrá más nítido su objetivo dentro de un siglo, pero gracias a estas letras y a estas voces podremos darnos una idea previa de dicho objetivo. León Cuevas
AUSENCIA DE COLOR Danna Rodríguez Villalón Acuarela
El pequeño rey Iliany Gabriela Sánchez Segura Aquel pequeño rey que obligó a cerrar fronteras. Aquel que cuando lo saludas te deja sin respiración. Aquel que nadie quiere toparse, pero puede estar en la suela de tus zapatos. Que te hace desconfiar de todos, incluso de tu madre. Que te obliga a estar en casa donde tienes que aprender a vivir su nuevo reinado.
Sus sirvientes te piden que sigas sus órdenes o el rey te matara, pero a cambio útil deberás ser. Ausencia de ruido, presencia de vacío es todo lo que queda. Ecos de risas se escuchan en aquellos juegos en donde prometimos estar juntos por siempre. Tantas cosas que teníamos por hacer y ahora esas posibilidades ya no existen.
Al fin nos teníamos, nuestras miradas se cruzaban sin embargo eso duraría poco pues nuestro camino se oscurecía.
¿Ciudad o pueblo fantasma? Eso no me importa pues lo único que deseo es volverte a tener en mis brazos. Ahora solo te veo detrás de una pantalla, donde mis pupilas se expanden como esponjas que absorben tu belleza, añorando que un día en el futuro pueda volver a mirarte a los ojos. Caricias que no se sienten, besos que no se dan, abrazos que anhelo, pero son peligrosos, miradas que a distancia tratan de cruzar, risas digitales, espera larga de tenerte junto a mí.
¿Acaso el rey celaba nuestra cercanía? ¿O notó que no valorábamos a quién nos rodeaba? De cualquier forma esto es un
castigo que tal vez merecíamos, pues ahora que lo pienso el mundo ya estaba de cabeza antes de que llegara. Me asusta pensar sobre nosotros, si la codicia del rey se llevará a alguno o si acaso nuestra ausencia nos alejará como a algunos otros, tal vez no lo resistiría.
El rey cederá́ para poder cumplir nuestras promesas o quizás las dejaremos en recuerdo de una forma dolorosa, aún falta mucho tiempo, yo seguiré́ esperándote en el mismo parque miserable donde solíamos vernos. Ausencia de ruido, presencia de vacío es todo lo que queda.
Ciudad Caimán Nicolás Hernández
El cocodrilo citadino se arrastra herido por el polvoriento concreto de la Ciudad de México, se arrastra picado, dejando un crecientemente largo y delgado hilito de tripas color rojo brilloso. El citadino cocodrilo se está muriendo, se muere desde hace años, y ya no con el latir de su corazón sino en cascarón, se arrastra en busca de vida. Eso según él, según porque cuando el cielo lloró de risa, echando tremendo aguacero sobre el delgadito y gordo cascarón, el muerto cocodrilo citadino me refunfuño “Si hay algo más culero que vivir en una vida culera, es vivir en una muerte culera”. Agarre su empapado cuerpo y al parar la lluvia, lo puse en el tendedero a que le pegara el sol. El resignado citadino cocodrilo; quien preferiría estar colgado en una horca en lugar de un tendedero, se me escapó a la una de la tarde. Se le paró el corazón a las dos de la tarde al pobre cínico de Don Francisco cuando vio un cocodrilo robar su tienda, el cocodrilo se llevó el edificio entero en la espalda, lo metió por una tubería, la remodeló e instaló su nuevo domicilio debajo del palacio nacional. Para cuando el bombazo cayó sobre la ciudad, solo la casa del solitario cocodrilo citadino quedó ahí, tranquilita e intacta, fantasma, en el centro del ruinoso Zócalo. Mi medio cuerpo se arrastró hasta su domicilio dejando atrás unas cuantas tripitas, y al llegar, me invitó una cena presidencial, comimos política rancia y carne vieja. El eco lejano de una oscura y verde gotera resonó en la lagrima del cocodrilo al ver la capital destrozada, fuimos al panteón a sacar a Don Francisco. Yo terminé de morir en medio del engorroso trámite para traer a Don Francisco de vuelta a la tierra, y aun así mi alma en pena tuvo que esperar doscientos años más para sacarlo del panteón. Ya después de un tiempecito en la eternidad, los tres muertitos nos aburrimos, nos pusimos a apilar las piedras de los escombros. Nos pasamos una eternidad rehaciendo la ciudad, y al finalizar el cocodrilo finalmente confesó, “No soy cocodrilo, soy caimán”, el estornudo de un chamaco nos hizo polvo, una micro pasando nos esparció por la ciudad, y sin más, nos volvimos a morir. Pero el citadino cocodrilo siguió quejándose.
Bochito rojo, relojes y cigarros Nicole Valero
Siempre tuve un miedo inapelable al fracaso. No el fracaso momentáneo que trae un rechazo, una ruptura, un fracaso que se escapa de lo que podemos arreglar. Un fracaso que me acompaña desde hace ya bastante tiempo, que me da la mano en cada paso del camino, que me besa y me acaricia en las noches más oscuras, un beso que se acurruca bajo mi cobija cuando estoy más solo. Solo de cama, solo de vida.
Es un fracaso que no sabe en donde esconde, que no conoce su magnitud, que se cree inofensivo, que se cree distante, un fracaso al que he temido ya por mucho tiempo. Un fracaso que sólo te habla cuando te dispersas por el mundo cual ceniza de cigarro. Me duele de adentro para afuera, y también a veces me apuñala. El día de hoy enfrento cara a cara el fracaso, lo tomo por la cintura y lo sacó a bailar, bato mi toalla roja y dejo que me ataque, atisbo un oscuro brillo en sus ojos, hoy desenfundo mi arma y cuento hasta diez, lo llevo por café y platicamos hasta que se nos va la noche.
Recordamos aquella mañana que pasamos juntos, devolviendo toda la comida del día anterior, esa mezcla viscosa de tequila, tabaco y arrepentimiento que ahora se sentaba con nosotros en el piso blanco del baño, de las asfixiantes baldosas que se tornaban cada vez más cercanas a nuestro alrededor. Fumando lado a lado nos despedimos de aquellos ayeres que reposamos juntos en la ventana, sintiendo el frío que quemaba las lágrimas en los cachetes. De los terrores nocturnos que nos prometían eterna desolación, una melancolía destructiva arrancaba el fuego en lo más profundo de mis intestinos. Y con un bolero resonando, proveniente de todos y de ningún lado, nos damos la última despedida, y vemos en nuestro cercano porvenir un camino bifurcado. El fracaso se va recto hacia la derecha, típicamente de él, no voltea a verme. Observo cómo se aleja dejando atrás un aire de completo bochorno. Aire pesado que me deja en una incomprensión; busco en mis bolsillos un cigarro, el último de la caja, mi cigarro de la suerte, esculco por cualquier último rastro de realidad. Mis bolsillos están vacíos. Tomo el camino a la derecha y el sol se pone a mi paso.
Recuerdo bajo las luces devastadoras del hospital la primera vez que salimos, fuimos al cine, cuando podías comprar el mundo entero en centavos. Me recogió en su coche y fuimos al cine ópera en aquel bochito rojo que llevaba a todos
lados. El coche de la muerte le solíamos llamar. Lo debía haber chocado por lo menos tres veces. Quedamos en que pasaría a las seis y llegó media hora tarde marcando por primera vez la impuntualidad que lo caracterizó por el resto de su vida. Incluso a su muerte llegó tarde aquel desgraciado. Usaba un traje negro en el que hundía sus hombros delgados. Mi padre soltó un soplido cuando lo vio venir, se burló de mí, asegurando que una mitad de hombre no me iba a poder mantener. Tocó mi puerta, tres veces, mis vecinos tenían timbre, nosotros aún no. Traía la falda azul que caía por debajo de mis rodillas, aún faltaban años para que me atreviera a usar ropa que cayera más elevada, sobre las rodillas. Faltaban años para todo, y en esa función de alguna película de vaqueros, mientras deslizábamos las manos bajo el asiento, mirábamos el futuro como una fotografía, una postal distante que no imaginábamos alcanzar jamás, veíamos el porvenir como una interrogante que deseábamos no completar.
–No pudimos hacer nada, señora.
El pasillo eternamente cuadrado se alarga entre más avanzo, se deshace bajo mis pies y se derrite a mi alrededor. Las paredes se pegan viscosas a mi piel. Y las luces fluorescentes me apuñalan. Siento mi estómago golpearse hasta salir de nuevo, los relojes giran hacia el otro lado. Desgarro mi garganta a grito puro. Derrumbo los ladrillos. Corro hasta volver cincuenta años en el tiempo. Corro por el hospital, y veo su sonrisa mientras sostengo inconsciente a Julián por primera vez. Huyo del blanco tormentoso. Pasó un semáforo en rojo y el bocho me mira, y juro que incluso el parabrisas que cruje entre una y mil grietas llora, y corro y me encuentro a un chico en un traje demasiado grande, con ojos presuntuosos.
–Hijo de la chingada, hasta a tu muerte llegas tarde.
El chico me mira y sin entender trata de acercarse a mí. Y sólo entonces se detiene todo. Último tick del reloj. Entro al cuarto con Julián, sólo una lágrima cae por mí mejilla cuando me siento a su lado. Todo desaparece. Lo miro y aquel chico no me mira de vuelta. Le sonrió despidiéndome al bocho rojo, cuyas luces juro verse apagar a través de la ventana.
Consuelo a mi esposa hasta que se queda dormida entre mis brazos y siento en su peso aquel sueño que la posee no es de tranquilidad. Siento una rigidez que se resiste a caer al mundo del sueño, un consciente que debate a muerte con el inconsciente. La dejo acostada a mi lado y salgo a caminar el último sol de la tarde. Y no lloro. Camino por lo que se sienten horas, horas que sé que no pasan, horas que siguen sin existir, revoloteo en un cuarto que no termina de ser real, un cuarto donde el tiempo no cabe en un reloj, donde los cielos se escapan por el borde de la fotografía. Donde la sed es eterna y el agua tan poca. Y donde hay tanto yo y no termino de encontrarme. Estoy hecho de piel reseca. Y no lloro. Camino por una ciudad que ya no es la misma, una ciudad que ha perdido al hombre que despertaba todas las mañanas sólo para montar cada ladrillo, que con esmero construye poco a poco cada casa, que apila piezas hasta que se convierten en una única monotonía. Camino por una ciudad que desorientada busca un nuevo dueño. Alguien que la quiera tanto como él, que le dé su alma y vida, que le otorgue el eterno regalo de su compañía, que la escuche, la apapache, alguien que se encargue de acariciar sus heridas cada noche hasta volverla a dormir, que la acurruqué y la cuide entre las tan frecuentes. Me recargo mareado en la casa naranja que me prometió algún día haría nuestra; hurgo en el bolsillo de mi traje que con cada minuto se siente más sucio y menos propio. Hurgo buscando desesperado la cajetilla nueva que le compré a la señora de la tienda antes del funeral. Saco mi encendedor y le arranco el plástico. Encuentro entre mis dedos temblorosos sólo un último cigarro, como solía llamarlo mi papá, me encuentro únicamente con el cigarro de la suerte. Es sólo entonces, en esta noche oscura, con las sirenas cantando en alguna manzana cercana, que la ciudad y yo lloramos juntos.
Matando la hoja Sebastián Rosas ¿Qué hago? Realmente no entiendo La veo y la veo y no sé qué hacer De seguro sabe que soy pésimo para esto No importa lo que haga, jamás la voy a satisfacer Siento que me juzga por mi estupidez Vomita cuando ve mi ser Creo que me odia y la amo por eso.
O maravillosa pieza de árbol muerto Donde consigo ese talento que tanto anhelo Tú que eres mi diosa, tú aquí eres el experto Ella explica que necesito un velo Una mente y un cerebro bien abierto Después, que me case con un concepto o una idea Que con el tiempo en un vacío crezcamos un huerto De frutos de tinta y plantas de grafito en la azotea Finalmente con las armas que creciste en ese desierto Citar a esa pálida venus En un lugar donde será su último aliento. Por fin lo entiendo La veo y me despido por que ya sé que hacer El vacío termino y no me siento molesto Observo la pluma y el lápiz, no sé qué escoger Desangrada en el suelo, esta fue la última vez De su espalda brezos de lavanda comienzan a florecer Las cuales me encierran y me tienen preso.
Un corazón del tiempo Citlalin Cárdenas Castellanos Sonaban y no dejaban de sonar, una vez que los tocaba no paraban de tocar. Desde pequeño, siempre me maravillaba con las diferentes formas, colores, estilos y el armónico sonido que producían el complejo mecanismo de los relojes; son mágicos, o al menos esa era mi percepción. Cuando tenía nueve años de edad, mi padre compró un taller en el centro del reloj, el espacio no era muy amplio, ya que tenía sus relojes de pared colgados, dos mesas de trabajo y cinco muebles orillados en las paredes donde contenían incontables piezas de máquinas, de distintos tamaños y formas. Poco después de desempacar todo en el taller y ser acomodado dentro de este para empezar con las reparaciones y ventas de relojes, saqué una pieza que hasta ese momento nunca había visto, cuando abrí el cajón de un mueble color café oscuro, era pequeña y tenía un palo puntiagudo en los bordes de metal parecido a un eje, en el centro había algo que sostenía un espiral de metal, pero era delgado por lo que se movía con cualquier desplazamiento o sacudida; era una pieza muy singular a comparación con las otras, ya que simulaba ser un sistema solar sin sol ni planetas o un átomo sin protones ni neutrones. Tomé la pieza y fui con mi padre que estaba sentado en una de las mesas de trabajo, solamente se quedaba mirando, absorto de lo que podría ocurrir a su alrededor, y ensimismado con aquella máquina que sostenía con su mano izquierda, mientras que acercaba su cara y en el ojo derecho tenía un cilindro color negro de altura pequeña, algo resplandeciente y cristalino estaba en la terminal del cilindro, era algo parecido a un lente aunque por mi corta edad siempre pensaba que era un microscopio. Cuando estaba en frente de él me quede mirándolo, al ver tal acto, tan lúcido, no podía ni siquiera ser capaz de dirigir una palabra, no era miedo por lo que podía llegar a decirme, simplemente me quedé pasmado con su delicadeza y profundidad con que trataba las máquinas, el cómo las veía, como si no fuera algo de este mundo. Pasaron varios minutos, observando cómo veía la estructura, parecía una estatua, y me preguntaba que veía para ser capaz de tener ese enorme grado de concentración; hasta que de repente escuche su voz sacándome de aquella profunda abstracción. –¿Qué pasa?-me dijo con su característica voz calmada, no era lenta, pero si alegre y desolada. –¿Esta pieza que es? –le pregunté mientras elevaba mi mano derecha mostrándole en mi palma de la mano la pieza que había sacado de aquel cajón. La miró detenidamente y dirigió su mirada impasible hacia mí, con una convicción acompañada de una ligera sonrisa en su rostro, me dijo:
–Es el corazón de un reloj- después volvió a posar su mirada en la máquina que tenía en su mano. Desde ese momento empecé a considerar a los relojes como seres vivos y únicos, considerando la vida como el mayor valor; comencé a ver a mi padre como un doctor de relojes ya que una vez lo vi utilizando un estetoscopio en un cucú. Por eso hubo ocasiones en que me disfrazaba de doctor, utilizando una tela blanca simulando una bata y hablaba con los relojes pareciendo que eran mis pacientes, sobre todo cuando los relojes eran cucús con su característico pajarito en la parte superior. Era una época de ensueño y fantasía, donde el taller lo veía como una casita de un cuento de hadas. Pasaron los años, dejé de jugar al médico concentrándome en el mecanismo del funcionamiento de los relojes mientras mi padre me enseñaba lo básico de estos, ya que quería saber cómo es que el corazón del reloj podía ser capaz de hacer funcionar una maquina al compás del universo, eso me dejaba perplejo ya que no lo entendía, así que me la pasaba leyendo libros de mecánica y física, de relojería, aprendiéndome nombres, estilos, marcas, ediciones, también entendiendo las teorías de la física sin entender los relojes para descifrar lo oculto del mecanismo interno. Mi hermana Nara, menor por dos años la cual tenía la tendencia de llamar a las personas por objetos y no por sus nombres, a veces confundía mi pasión por obsesión, a lo mejor tenía razón o tal vez no, ya que a menudo le decía: –Estoy seguro que los relojes guardan secretos, tengo que descifrarlos- le decía siempre con seguridad mientras veía las páginas de un libro, ya que mi padre nunca me contestaba esa incógnita. –Hay hermano, si nuestro padre no sabe eso, no sé dónde lo vas a averiguar, ya sé que no eres un cuadrado, pero sí que eres un cubo –me contestaba con una sonrisa en su rostro a modo de burla pero con empatía. Pero a pesar de ello creo que ella era la única que estaba dispuesta verdaderamente a escuchar lo que tenía que decir, ya que mi padre se ensimismaba tanto con las máquinas que me era imposible sacarlo de su mundo en ciertas ocasiones, mientras que a mi madre no le interesaba los temas con los que podría conversar, aunque debido a su carisma y carácter sarcástico, el cual también heredo Nara podía reír a menudo con su presencia. Así vivía, pero un día a la edad de dieciséis años me encontraba en el taller, leyendo un libro de los relojes más antiguos de la historia en una sillita pequeña, hasta que mi padre que estaba sentado en otra silla mientras observaba una maquina relativamente pequeña me dijo: –Ya van a ser las siete, revisa que el tiempo de los relojes de pared sean exactos –habló con un tono sereno.
Dejé el libro en la otra mesa mientras me paraba de la silla y agarraba otro reloj pequeño con segundero el cual era el más exacto de todos para acatar lo que me había encomendado, observé cada uno de los relojes de pared, eran ocho, primero vi los primeros cuatro los cuales estaban en un tiempo exacto, pero cuando vi el cinco me di cuenta que estaba retrasado por tres minutos. Era un reloj color rojizo, más parecido al vino acercándose mucho al negro, teniendo una caratula color café o amarillento como las páginas de un libro de hace cientos de años, sus manecillas eran negras adornadas con formas puntiagudas en el extremo donde apunta la hora, y el diseño de la caja era como el estilo barroco europeo pero al mismo tiempo tenía partes sencillas sin muchos adornos emanando un aura vieja y antigua. Al darme cuenta de la inexactitud de la hora en el reloj decidí adelantarlo para que estuviera al corriente, pero en cuanto toqué la puerta con mis yemas de los dedos empezó a tocar el reloj sin ser la hora exacta, cuando lo escuché se me erizó la piel apartando mis dedos debido al imprevisto de que empezara a sonar, pasó un minuto hasta que dejo de sonar mientras me quedaba mirándolo con sorpresa, después de dos minutos en los demás relojes dieron las siete sonando al unísono creando una armonía mejor que una orquesta profesional de músicos; cuando los demás dejaron de sonar faltaba un minuto más para que en el reloj rojizo apuntaran con sus manecillas las siete, me quedé esperando a que tocara y después de ese minuto tocó. –Se descompuso –dije dirigiéndome hacia mi padre precipitadamente, mientras le señalaba con el dedo índice el reloj rojizo. –No está descompuesto, solamente está atrasado, hay que ajustarlo. Tantos años ayudándome a reparar relojes y no te das cuenta que solo le falta eso. ¿Qué pasa contigo? –me preguntó mirándome fijamente a los ojos que reflejaba el enorme desconcierto que le provocaba mi afirmación. Era la primera vez que me miraba de esa forma por lo que no pude contestar de inmediato, tardando unos segundos en reaccionar. –El reloj…tocó dos veces, ¿acaso no lo escuchaste? –Le contesté y pregunté con vacilación ante su imponente mirada. No tuvo que responder con palabras, ya que sus ojos hablaban y decía más que una imagen, que reflejaba ante esta situación una turbación o confusión de no haber escuchado el reloj rojizo más que una vez en la hora que indicó las siete causando que pensara que solo fue mi imaginación. –Olvídalo, creo que soy yo el confundido, deberías ajustarlo- le dije mientras miraba el reloj rojizo y me dirigía a la sillita para sentarme de nuevo y seguir leyendo, aunque por lo sucedido no era capaz de concentrarme en la lectura y me quedaba mirando con extrañeza aquel reloj rojizo. Al día siguiente en la cual Nara se encontraba en el taller para ayudar a nuestro padre, me encontraba desarmando una máquina de un reloj medio
moderno, de pronto entró un cliente al taller; era un hombre esbelto con un bigotito refinado que se enroscaba en la punta como el look utilizado en Francia y traía entre su brazo derecho una bolsa negra vultuosa. –Buenas tardes, ¿hacen mantenimiento de relojes antiguos? –preguntó volteando y dirigiendo la mirada a Nara, a mi padre y a mi sin saber a quién dirigirse ya que mi padre parecía de nuevo estar en su propio mundo. –Claro, ¿qué tiene el reloj? –respondió y preguntó Nara ya que a ella le tocaba atender a los clientes –Está parado, ya no quiere caminar –contestó el hombre del bigotito con un tono desilusionante mientras sacaba un reloj no muy grande color verde olivo el cual se me hacía semejante al reloj rojizo. Nara se dirigió con el cliente diciéndole que checaríamos que le ocurre a la máquina, tomó el reloj y parecía dirigirse a mi padre, pero al ver lo lejano que se encontraba, no su ubicación, sino su mente, se dirigió a mí diciéndome que revisara el reloj; estiré mi mano para recibir el reloj pero cuando apenas lo toqué con las yemas de mis dedos empezó a sonar el reloj descompuesto a una potencia descomunal provocando que retirara de inmediato mi mano mientras que Nara debido a la sorpresa de mi acción dejó caer el reloj al suelo haciendo que la parte superior del reloj se rompiera en pedazos dejando de sonar, logrando que hasta nuestro lejano padre volviera a la realidad viéndonos a ambos, al mismo tiempo el rostro de Nara estaba pasmado como si estuviera en pausa por el shock de haberlo dejado caer. –¡Mi reloj!..¡¿Qué demonios han hecho?! –exclamó el señor mirándonos a ambos frunciendo el ceño y abriendo más sus ojos mientras parecía que los extremos de su bigotito enroscado se caía e inclinaba mientras más observaba el reloj tirado en el piso. De inmediato empecé a recoger las piezas mientras Nara se disculpaba con gran preocupación pero nuestro padre solamente nos dirigió una mirada amenazante dándonos a entender que nos fuéramos a casa mientras que él se quedaba a negociar con el señor del bigotito, aunque mi padre parecía más molesto por haber interrumpido su ensimismamiento que por romper la caja del reloj. Nara y yo nos dirigimos a casa. –¿Por qué soltaste el reloj de esa forma? –me interrogó sin mirarme a los ojos, en un tono más fuerte que lo usual, mientras caminábamos. –El reloj empezó a sonar increíblemente fuerte… Me asusté, ¿acaso tú no?le dije mirándola y ella me miro a los ojos. –¿De qué rayos estás hablando? Estaba descompuesto y lo dejé caer por que al último momento lo soltaste de la nada –diciéndolo en un tono desconocido
para mí, ya que era la primera vez que veía que no entendía nada de lo que le decía. Por lo que me recordó al reloj rojizo y lo que había ocurrido el día anterior con mi padre, ya que había pasado lo mismo, en cuanto toqué a ambos relojes empezaron a sonar sin ninguna razón, uno que no estaba a la hora y el otro descompuesto. Al saber que mi hermana tampoco había escuchado el reloj dejé de caminar mientras miraba a la nada, pensando que a lo mejor también fue mi imaginación por lo que no pude decir nada más. Los días transcurrieron empezando a tener pánico de tocar los relojes, sobre todo si se trataba de relojes antiguos, porque en cuanto los tocaba, sonaban sin ninguna razón y mi padre y Nara no parecían escuchar esa manifestación; ya los tocaba menos, evitaba tener contacto con ellos sin tener ninguna idea del por qué empezaban a sonar. Hasta que cierta ocasión comencé a pensar que estaba demente, por lo que sentía nervios, cosquilleos en el cuerpo, me dolía la cabeza cada vez que pensaba en ello y me daba una ansiedad e inquietud insoportable de no poder tocarlos por ese motivo; así que eso se apoderó de mí para verificar si no estaba loco y empecé a tocar todos los relojes que había en el taller; aunque al último momento estaba vacilando, experimentado aún más inquietud cuando los inicié a tocar y tener contacto con ellos. Primero empecé con los que había en una mesa, solo tres empezaron a tocar, dándome cuenta que efectivamente los que ya tenían tiempo atrás empezaban a sonar aunque no sirvieran las maquinas, luego me dirigí a los de pared, los estantes, los cuales la mayoría inició un estruendo sin igual donde me empezaban a doler los oídos pero mi padre no parecía escuchar nada ni estremecerse por nada; el único al que no me atrevía a tocar fue el reloj rojizo, ya que por alguna razón cuando pensaba en tocarlo, cuando lo miraba simplemente el cuerpo no respondía, se me hacía un nudo en la garganta y sentía un enorme peso en los hombros; pero me decidí a tocarlo ya que parecía tener un imán que me atraía hacia él, me acerqué poco a poco, no muy precipitado, estiré la mano para tocarlo con los dedos, ya estaba preparado para escuchar el sonido, pero cuando lo toqué no sonó, sino que mis dedos se estaban convirtiendo en cenizas, en polvo y se iba extendiendo a todo lo demás, se extendió a todo mi cuerpo hasta que me desvanecí mientras que fui perdiendo la noción de mi cuerpo y no podía distinguir lo que ahora yo era, porque no tenía cuerpo, pero podía ver a mi padre a lo lejos. –Debes ser… Un ser que esta maldito como para descubrir y vivir inconscientemente uno de los secretos de ese reloj –dijo con la característica calma que siempre tenía, dirigiendo su mirada al reloj rojizo, a mí, ya que mi mente se quedó en el interior del reloj rojizo. Esa fue la última vez que lo vi, nunca volví a ver a Nara ni a nadie más, porque me era imposible salir del interior del reloj rojizo ya que este estaba maldito, y me había quedado atrapado en el pasado, presente y el futuro, sin poder escapar del tiempo infinito y eterno que había guardado el reloj.
Corazón roto Alejandra Hernández Rivera Llora una, y otra, y otra, siempre por la misma razón, un corazón roto, una relación fallida o una ilusión barata, sin embargo, cada vez que empieza a enamorarse nuevamente, su corazón vuelve a entregarlo todo. Sentimientos difíciles de tragar, todo el dolor que fue causado en aquel momento, se transfiere a la ruptura de la ilusión mágica que alguna vez se creó inconscientemente. Corazón roto, es el que ella tiene entre sus manos, es aquel que tu rompiste inconsciente o conscientemente, no te importó que ella se hundiera te importó que pudieras sobresalir de tu propio agujero. Llora una, y otra, y otra, siempre por la misma razón, un corazón roto, una relación fallida o una ilusión barata, sin embargo, cada vez que empieza a sentir algo, ella prefiere guardarlo para no tener su corazón roto.
Historia de esta ciudad Emmanuel Maldonado Por la ventana se veían los bellos arbustos que decoraban la calle donde Enrique vivía. La cuarentena había empezado y se prevé que no dure más allá de un par de meses. Una infección extraña y extranjera de cual, en una bastedad de desconocimiento sobre biología que permitía a todos convertirse en médicos excepcionales, permitió a la pequeña vida invadir la salud de muchos habitantes del globo. Su último día antes del cautiverio voluntario él había tenido una pelea fuerte con su novia, luego de verla a ella enredando su suave cabello y aromatizado con coco en la cara de otro fulano. Un golpe fuerte que rápidamente se transformó en una paliza cuando el encierro se convirtió en una medida de salud. La caminata hacia su casa, ahora un bello recuerdo, estuvo llena de dolor, la música que se reproducía en bucle desde su teléfono a través de los audífonos hasta sus oídos. La ventana del camión se volvió y sin notarlo en un confiable psicólogo, Enrique tenía experiencia con eso, ya había visitados a varios cuando las fantasías herían a la gente. En su casa se sentó en su viejo sillón, se sirvió un café y se puso a ver las series de televisión hasta que llegó la hora de tomar sus pastillas y caer en un profundo y olvidado sueño, al despertar, ya era un cautivo. Frida y Diego eran una bella y joven pareja, a pesar de llevar una muy reciente relación ambos ya se conocían bastante entre sí, la cuarentena los tomó bajo sorpresa, pero como par de enamorados lograron encontrar el visto bueno en la situación. Ambos vivían en la zona adinerada de la ciudad. La casa de Diego, a la que Frida recientemente se había mudado, era grande y varias ventanas con vistas prominentes a la gran ciudad, comúnmente recorrida por transeúntes ocupados o carros apurados, ahora, debido a que todos temen y desean preservar su salud, la ciudad se encuentra desierta. Durante el tiempo que descubrieron que estarían encerrados debido a la infección, ambos supieron el giro que sería en su trabajo y dinero. Diego como abogado ganaba y tenía cierto estilo de vida, distinto del que Frida vivió, encantada con la visión de Diego no dudó ni por un segundo que viviría con él, ambos sabían que este encierro cambiaría el paradigma al que se habían adaptado pero, al momento que se dictaminó el supuesto tiempo que duraría esta situación ambos calmaron sus ansiedades. Ambos optaron por mantener algunas ganancias en borde, al menos hasta que pudieran salir. La soledad puede ser que peor que la acumulación, Víctor había estado en cuarentena incluso antes de que esta se estipulara como una norma para mantener la sanidad comunitaria, un solitario como un escritor tiende a ser, relaciones fallidas le habían convertido en alguien parco, rayando la misantropía fundada por integraciones sociales mal acomodadas. Para él, este crudo cautiverio solo representaba un cambio escolar, a diferencia de un cierto número de individuos a Víctor no le molestaba la ausencia de relaciones sociales, solo el
obvio y radical cambio que presentará para él el estudio superior que transcurría en ese momento. Conservaba el suficiente tabaco y marihuana para sobrellevar el encierro, así que en cierto punto, esto soro sería un día más. De hecho, ni siquiera se sentiría abrumado si el tiempo d encierro se extendía más de lo planeado, su ventana le ofrecería la misma vieja y pobre vista a la que ya se había acostumbrado. —Deberías utilizar esta cuarentena para ti mismo y olvidarte de ella, no necesitas eso en tu vida —Dijo Iván, el mejor amigo de Enrique con el cual hablaba por teléfono —. Es que… Es tan difícil. —Nunca dije que no lo fuera, pero será peor si no lo olvidas, terminarás loco. Créeme, deberías enfocarte en algo más; lee un libro, aprende algo o simplemente drógate y no hagas nada, eso también ayuda. Solo no pienses en ella. —Tengo poca, espero que esta mierda no se alargue antes de que… Ya sabes, todo se me acabe. —¿Todavía tienes tus pastillas para tu mal? —Las suficientes para el plazo de la cuarentena, tal vez un poco más. —Cuídate hermano resiste y hazme caso, te sugiero que escuches música lo más alto posible. Debe sonar más alto que tus problemas. —Lo haré hermano, cuídate también adiós. Iván colgó el teléfono, Enrique se quedó un tiempo contemplando la soledad de su departamento, el tapete de varios colores decorando la sala. Prendió la televisión inteligente y con el manejo del control abrió YouTube. Abrió el buscador y se puso en reproducción una canción para olvidar “Bad Moon– Creedence Clearwater” y comenzó a bailarla. Enrique no era un bailarín ni nada parecido, pero en sus erráticos movimientos semi-rítmicos había un aire de liberación. Brincaba y movía las caderas de un lado al otro de la sala con el sonido de las guitarras danzaba y se retorcía. En un momento de aburrimiento, aún con la canción sonando de fondo, fue a revisar su refrigerador. Al abrirlo y ver las salchichas, queso, leche y vegetales casi completamente secos debido a la cantidad de tiempo que habían estado ahí, se percató, mientras sus ojos hacían el recorrido por aquel gélido ecosistema que no tenía hambre. —No tengo hambre aún —se dijo a sí mismo y cerró el refrigerador. Una vez que la canción se acabó, fue rápidamente y cogió el control remoto para repetirla y volver a experimentar bienestar y compañía. Ahora en vez de bailar recorría su departamento en busca de su guitarra para intentar sacar la
canción de oído, como hace tiempo se jactaba de ser capaz de sacar cualquier canción sin ninguna ayuda más allá de sus oídos quería ver si esa capacidad no había desaparecido. Una vez la hubo encontrado intentó sin éxito tocar los acordes con la melodía de la canción. Frustrado y sintiéndose incapaz de ser nada de lo que solía ser y en una lluvia de ideas, resolvió que sería un buen tiempo para terminar aquel libro que había aplazado por falta de tiempo. El libro estaba empolvado en una repisa a un lado de la televisión, lo cogió y se acomodó en aquel viejo sillón para comenzar a leer donde el separador había sido abandonado hacía tiempo. Habrán pasado no menos de cinco minutos cuando dejó de leer, se levantó y fue nuevamente a la nevera para abrirla y ver su interior. — Aún no tengo hambre —Exclamó y cerró la nevera para continuar la lectura. En el camino de vuelta movió las caderas con algo de ritmo antes de sentarse. Una vez se sentó en el sillón, aquella música que le había traído alegría estaba por acabarse cuando él la repitió una vez más. Seguía leyendo y una vez absorto en la lectura, su teléfono empezó a sonar. Era la mujer que lo había herido, miró la vibrante pantalla pensando en ¿Por qué llama?, barajó las opciones lógicas y luego, vaciló con aquellas más fantasiosas e improbables. Resolvió que no tendría respuesta hasta que le haya contestado, antes de que el tiempo de vibración, antecedente de una llamada terminase cogió el teléfono contestó. La plática, al inicio, fue cordial y afable, pero rápidamente decayó en insultos mutuos y dolor inconmensurable saliendo de la voz de Enrique. Cuando colgó, lleno de enojo vio el reloj y se percató de un dato importante, era hora de tomar sus pastillas. Fue a su cuarto, abrió el primer cajón del buró acomodado al lado izquierdo de su destendida cama vio el pote anaranjado y lo cogió. Dejó caer todas las pastillas contenidas en este pequeño paquete. Contó diez, y la desventaja que esto conlleva es que tiene que consumirlas cada doce horas, rápidamente resolvió en solo tomar una en el momento que sufra de un ataque, después de todo podrá soportarlo al estar solo y a la duración esperada de este encierro. Gracias a esta conclusión volvió a guardar todas y cada una de las pastillas. Guardó el pote y cerro el cajón para abrir el segundo. En este, se encontraba una caja cubierta en su interior con papel aluminio, esta caja contenía un pequeño gramo de marihuana, el cuál utilizó para calmarse al momento de fumarlo. Fue a la sala con el “porro” en sus labios y se sentó en el sillón, habiéndose desentendido del libro que había planeado terminar. La canción finalizó y Enrique no hizo esfuerzo alguno para repetirla. Víctor seguía dormido, aun cuando ya eran cerca de la una de la tarde. No tenía nada que hacer pues las indicaciones en cuanto a las actividades laborales y escolares aún no habían sido dadas a conocer, así que podía descansar y desaparecer mentalmente. Viajar a mundos y realidades que le gustaría vivir pero no lo hará, fantasías pasajeras, abrumadoras y hermosas dominantes en ese
momento donde los deseos son la norma. Realmente un paseo inductor en la mente de alguien que desea más de lo que sabe expresar. Se levantó a las tres de la tarde, se preparó un cereal y se puso a navegar en internet. Páginas de juegos gratis, canales de terror y documentales de asesinos en serie o fantasmas. Estuvo así durante horas, no tenía que revisar sus abandonadas redes sociales, no había nadie con quién hablar y aunque lo hubiera, él sabía que no sabría cómo mantener una conversación sin aburrir al otro con datos curiosos que a él le parecían importantes, pero por experiencia sabría que a nadie de ningún entorno podrían importarles menos, que la relación entre el humano y las banalidades importantes de la existencia. Una vez se había acabado su cereal y las voces de diferentes tonos y modulaciones se tornaban rítmicas, comenzó a caer nuevamente en los brazos de Morfeo, se dejó llevar y cayó en su cama, con la voz melódica y profunda de aquel narrador explicando la vida de Ted Kaczynski y de su interesantísimo manifiesto sobre la humanidad y sus objetivos. Cayó dormido una vez más, ahora, no despertaría hasta el día siguiente. Diego abrió una cerveza de la nevera y fue a donde Frida se encontraba, sentada en el sofá cubierto en piel sintética pero fina. Ella estaba en la computadora leyendo lo que era una novela independiente que encontró apabullante e interesante. Diego le dio la cerveza y ella la recibió agradecida. —Para la calma —dijo en monótono mientras se acomodaba a un lado suyo. Encendió la televisión y se puso a ver un concierto de Gustavo Cerati que había dejado pausado a momento que fue por la cerveza para Frida. El teléfono de Diego sonó dentro de su bolsillo pero este lo ignoró, esta acción llamó brevemente la atención de Frida. —¿No vas a contestar? —Les enviaré un mensaje en un momento, si es importante volverán a llamar y entonces contestaré. Por ahora, quiero disfrutar de la música y el tiempo libre que tenemos. En ese día, el teléfono no volvió a sonar. Frida se puso a ver programas para aprender a pintar(esta había sido una pasión suya que nunca pudo desarrollar) mientras Diego cocinaba la cena de ambos. Merendaron pasta y unos deliciosas pechugas de pollo, correctamente condimentadas y bastante jugosas y carnosas. Este deleite para el paladar terminó con ambos en la cama, viendo series en el canal de renta de películas en línea. Ambos abrazados en la cálida cama, mientras los capítulos avanzaban y la trama los atrapaba cada vez más. Diego besaba tiernamente la frente de Frida y esta le hacía “piojito” a su amado. Esa noche, ambos durmieron abrazados. Al día siguiente, se levantaron y tomaron la ducha juntos. Desayunaron huevos con jamón y jugo de naranja preparado entre los dos y se quedaron acurrucados cariñosamente el uno con el otro bajo la
cobija viendo la tele, ninguno quería separarse del otro. Frida se levanta brevemente para ir por una cerveza, camino al refrigerador el teléfono de Diego vibrar, quiere recogerlo pues algo dentro de ella, tal vez la experiencia, le dice que podría ser algo importante. Víctor entregó la tarea para sus clases en línea, las encontraba más llevaderas que las clases presenciales por lo que, al momento que se anunció que la cuarentena se extendía, a él no le causó mayor problema, hasta cierto punto, sintió un sutil alivio de poder tener más tiempo para sí. Tenía bastante dinero ahorrado, así que económicamente no estaba en problemas. Comenzó a investigar cosas por las que siempre tuvo curiosidad, pero nunca tuvo el tiempo para indagar en. Rápidamente encontró un vasto y profundo interés en la psicología. Mientras leía sobre el complejo y críptico comportamiento del músculo al cual le debemos nuestra conciencia de existir se le ocurrió una vibrante idea para una historia. Antes no había sentido tal emoción al escribir, del teclado fluían las palabras como agua de un rio y la historia se presentaba en la mente de Víctor tan clara como una película. Esa noche durmió con una semi-sonriza en la boca soñando sobre los posibles desenlaces de tal atrayente e hipnotizadora historia que se había apoderado de su ser. Al día siguiente, las ideas seguían ahí, frescas y claras como la primera vez que se infiltraron en sus pensamientos. Cuando veía un bache en el progreso de la trama, volvía una y otra vez a la fuente que le había detonado aquella historia y así hasta que terminara. Esta era por lejos, su mejor historia. El tiempo se había prolongado más allá de lo esperado. Ya solo quedaban cuatro pastillas desperdigadas en la mesa, las revuelve con el dedo índice mientras susurra para sí. —Aún puedo, no necesito una pastilla hoy. Una versión más despreocupada en su apariencia que él (mucho decir, considerando que no había cambiado de bata ni pijama desde ya hace una semana), esta versión le toca el hombro y lo hace voltearse. Hablando de una manera burlona y con bastos manierismos al momento de expresarse, su “otro” comienza a hablarle. —Se van a acabar mucho antes de que el encierro acabe mi amigo. —No durará para mucho. —Claro...—Dice de forma sarcástica. —De la misma forma que solo iba a durar un par de meses...— La voz se manifiesta, pero desde la nuca del Enrique “original” —O que este virus tenía solo una leve capacidad de matar...—Vuelve a hablar el “otro” desde su voz —O que cierta “personita” nos amaba— la voz le responde al otro— ¡Uy! Golpe bajo.
—¡Cállense! —sale de la habitación atravesando el cuerpo etéreo del “Otro”. —¡Uy! Qué carácter—reclama. —Tiene que aprender a relajarse—dice la voz. —Relajado como nosotros. —Amén. Se fue y se sentó en el sillón. El “otro” llego con un cigarro en su mano y se lo ofreció. —¿Ya revisaste cuánta te queda? No hay respuesta porque ambos ya la conocen. Víctor se encuentra vagando en internet. Durante esos paseos virtuales y ahogado en aburrimiento por la monotonía del asunto decide entrar en una página de “video chat” al azar. Tal vez y sin darse cuenta, se percató que de hecho, extraña la convivencia de la que tanto riñó tanto antaño. Entre gente extraña y pervertidos que usaban esta página para mostrar sus míseras propiedades humanas y justo antes de cambiar de página, al ver de nuevo porque se había auto exiliado anteriormente, de salto y salto de pantalla se encontró con ella. Montse, era una chica linda y tierna, de pelo largo y negro, sus cachetes y su cara convertían en aún más dulces sus facciones y supo al verla, que le gustaba y conforme más hablaban, más conectaban. Tenían tanto en común; pensamientos y gustos, deseos, también dolores. El tiempo pasó desapercibido, fue hasta que ambos, con el fin de continuar hablando se pasaron sus teléfonos. Al día siguiente, Víctor se sentía triste pues pensaba que eso solo había sido un evento aislado y que jamás volvería a verla o hablar con ella. Revisó su teléfono y vio que tenía un mensaje y al leerlo, su corazón y su pecho se calentaron y sus manos se enfriaron, por primera vez en mucho tiempo se levantó de la cama solo para brincar y sonreír. Todo este sentimiento venido de una simple frase de un contacto guardado con una esperanza perdida, un simple “Buenos días”. Frida no quería hablar, la sala se había convertido en un sitio frio. El café sabía agrio pero no tenía sentido, Diego le había puesto tres cucharadas de azúcar. Intentó acercarse a ella y aun cuando él le sonrió como siempre lo hacía, el hecho de imaginar esa sonrisa para otro rostro había causado en ella una repulsión casi ignífuga. Creía que ambos se pertenecían tanto, las traiciones que los juntaron debieron ser una advertencia de lo que terminaría siendo. Las lágrimas de Frida se hacían frías a medida que caían. La vista por la ventana se había hecho obtusa, corrupta y rota. A veces, conforme los días juntos avanzaban y parecía que nunca terminarían el dolor los dominaba más que el odio. Las peleas se habían convertido en silencio y el silencio en separación. ¿Si no
hubieran estado juntos en este tiempo sería posible que aún estuvieran unidos? Es una posibilidad que barajan en su mente mientras la ventana se transforma lentamente en su psicólogo. Frida ya se había acostumbrado a esta frase, Diego empezaba a odiar esa vista. Los días se convertían de semanas a meses y ambos temían que se volviera un año. No los unió como querían. Durante una pelea Diego recrimino a Frida por su conducta antes de que salieran y esto causó que ella lanzara un florero. Diego lo esquivó y este quebró la ventana y por esta situación Diego suspiró aliviado. —Ventana de mierda, ahora si nos jodiste. Mientras el gélido aire del exterior se filtraba al interior del lugar Frida dejó a Diego en la sala y se fue a su cuarto. Miró por su ventana abrazada con las cortinas rojas que cubrían la vista mientras pensaba, ¿alguien podría estarla pasando peor? —¡Te quedan dos! ¡Te quedan dos! ¡Te quedan dos!...— el “otro” seguía cantando a coro mientras Enrique estaba acostado en el suelo en posición fetal. Cuando las fantasías se tornaron más realistas y llenas de emociones e historias internas tiró los cuchillos y le saco las balas a la pistola. Las ventanas estaban cubiertas por periódicos pues las vistas a los arbustos y a la calle que dejaba ver a los irresponsables que seguían saliendo lo ponían demasiado ansioso, y esta ansiedad lo conducía a más locura de la que podía soportar. Un día, cuando Enrique lo persiguió hasta la cama solo para gritarle a la cara durante horas, este incidente lo forzó a tomar más pastillas de las que había previsto. Su pobre perro fue el que más sufrió, recuerda cuanto lloró cuando tiro de la cadena del inodoro. Mientras los cánticos del “otro” se acercaban más a él más sentía un hormigueo por la nuca y ese olor tan característico a canela. —¡Vete! ¡Vete! ¡Vete!... —¡Te quedan dos! ¡Te quedan dos! ¡Te quedan dos!… Hablar con Montse era terapéutico, ambos se querían y en poco tiempo se necesitaban ver. No vivían lejos pero parecían de distintas naciones, el encierro de pronto, se volvió un impedimento para algo que quería hacer, verla. Tenían planeado todo, cuando la cuarentena acabaré se verían en un café que ambos conocían bien. El simple hecho de imaginar su olor y el sabor de sus labios le emocionaban y sabía que, al probarlos, se enamorarían como ya lo estaban haciendo solo hablando. Diciendo mucho con poco y con mucho diciéndolo todo. Remembraron eventos de su infancia. Cuando a él su padre lo dejó esperando el eterno regalo de cumpleaños a cambio de un par de polvos y un arma, y a ella su madre la ignoro por conveniencias de sangre cuando la enfermedad y perversión le arrebataron su niñez. Razonaron en la estupidez de la necesidad de un núcleo
familiar y la repulsión que él tenía hacia todo y el positivismo que el hablar de odio a los dos les ofrecía. Los meses seguían corriendo y nadie parecía querer detenerlos, pero aun así la vida continuaba evolucionando. Víctor se graduó mediante una pantalla. Diego recibió su pago por su trabajo desde casa mientras que Frida buscaba otro techo por la computadora. Enrique se había encerrado en el armario mientras escuchaba como el “otro” destrozaba el departamento. ¿Cuánto continuó la degeneración del tiempo? ¿Cuánto más soportaron con su presencia? ¿Cuánto soportaste tú con tu presencia? Cerca del final, solo falta un día, siempre es solo un día. —No me vas a callar, se te acabó y aunque te inyectes jamás me alejarás de ti. —Le dijo el “otro” al pobre Enrique, apestoso y sin haberse cambiado la pijama desde hace meses. —¿Qué hice para merecerte? ¿Qué pecado estoy pagando? Si es por mi cabeza que no me dejas dormir te la regalo, solo deja de hablar. —Naciste roto. En realidad, todos nacemos rotos. Todos y cada uno de los seres vivos coexistentes en esta tierra están rotos. Unos no lo saben hasta que es muy tarde, otros se acostumbraron tanto que cuando dejan de estarlo les duele más que estarlo. Tú amigo; tienes la ventaja de que jamás sufriste de estas dos causas. Sabes que estas roto y lo mejor y lo que te hace alguien sabio: jamás dejarás de estarlo. —¿Cuánto más? —Todo. —No. —Si te dejara en paz… No eso no pasará, yo te doy el valor para hacer lo que quieres pero te asusta. Úsame; sabes lo que quieres pues te siento. Soy tu mayor fan, te admiro por tu nivel de desentendimiento de ti mismo. Hazlo y cúlpame pues es lo que siempre haces. Llenas el mundo de mierda y me terminas culpando a mí. —¿Qué quieres que haga? —Ya lo dije, cúlpame de tus deseos —le da la pistola cargada como un estigma. —Cúlpame de tus blasfemias. Víctor estaba emocionado de que por fin la iba a ver. El café se había vuelto su mayor meta de deseo, no podía dejar de pensar en ello mientras la pantalla para ver su cara se cargaba. Pasaron las horas y llegó el momento donde se puso
nervioso al punto de marcarle al teléfono pero no hubo respuesta. Comenzó a montarse un lío en la cabeza refrescando una y otra vez la página. Tal vez se trabó. La imagen de Montse no aparecía en la ventana, no iba a aparecer, él lo sabe. Solo fue una pequeña venda que se acaba de caer abriendo la herida una vez más. Esa noche, se fue a dormir con la computadora a un lado suyo, esperando que lo que era imposible no se volviera posible ahora que la vida parecía haberle cambiado. La cuarentena acabó... —No puedo creer que lo hayas hecho, por suerte ya no tendremos que vernos más—dijo Frida mientras preparaba las maletas para irse. Mientras la pareja discutía, una figura se acercaba a la casa. —Tanto tiempo, perra, me lastimaste tanto. No puedo vivir en un mundo sin ti. —¿Podemos discutirlo? Sin tan solo hubiéramos hablado tal vez… —No. Tal vez nada Diego, esa palabra no existe y por ahora solo quiero dejar de verte ¡No puedo verte! Tal vez cuando esto se relaje podemos pero ahora… Solo quiero dejar de imaginar cosas. El timbre de la casa suena. —Debe ser tu madre. Déjame abrirle. Quiero hablar… —No hay nada que hablar. Diego fue a abrir la puerta pues el timbre seguía sonando. Al abrir la puerta se asustó. Al principio pensó que era un asalto como se habían estado efectuando a lo largo de la ciudad. Un hombre grasoso, sucio y vestido con una bata café, rota y andrajosa le apuntaba con un revolver cargado. No dio tiempo a mediar palabra cuando el gatillo detonó la explosión. La bala salió disparada, atravesando la piel del pecho, abriéndose un recorrido a través del pecho, rompiendo la caja torácica y saliendo por el otro extremo manchando las paredes con sangre. El cuerpo de Diego cayó como un saco lleno de carne. Frida gritó tan fuerte que casi se hizo daño en la garganta. El atacante entró a la casa y el grito de Frida se maximizó. —¿Enrique? ¡Qué haces! ¡Ayuda! ¡Ayuda! Enrique apuntó con el arma a Frida. —Él solo me está culpando. —¿De qué hablas? —Dijo con lágrimas en sus ojos. —¡Cállate! Frida comenzó a sollozar.
—¡No, por favor! —¿Lo amabas verdad? ¡Míralo! ¡Mira al cuerno ahora! ¿Ya no es tan sexy o si? —¡Lo siento! —¡Me jodiste! ¡En serio lo hiciste! —Por favor —¡Crees que soy feo! ¿Lo crees no es cierto? —¡No, deja de apuntarme por favor!— Seguía llorando, las manos le temblaban. Esa frase fue como un detonante para Enrique, apunto con más ferocidad. —¡Cállate perra! ¡Te odio, te odio!— Empieza a llorar, retira por un momento la cara pero rápidamente la vuelve al punto de vista— Oh dios te amo, te amo. —Quique, cariño— aprovecha que parece vulnerable e intenta persuadirlo —Baja el arma, lo hablaremos. Hay un momento de silencio. Frida camina hacia él. El charco de sangre del cuerpo de Diego había llenado los pies descalzos de Enrique de ese color carmesí característico de este líquido. —¡Aléjate!— Vuelve a apuntar a Frida —No hay nada de qué hablar ¡Debías amarme a mí!— Carga el martillo del arma y se prepara a disparar —¿Por qué no me amaste? —Baja la cabeza y mira el cadáver de Diego y ve su reflejo en el lago de sangre y mira a Frida llorando— No… No lo haré, ahora vivirás con la imagen de los dos con los que jugaste hasta que dejes de respirar. Se pone el cañón en la boca apuntando al paladar y jala el gatillo. Al momento, los ojos se fueron atrás de sus cuencas y el cerebro quedó agujereado por la bala. El cuerpo ensangrentado cayó sobre Diego. Frida solo veía horrorizada y fue vencida por la gravedad que tiró sus piernas hacia el suelo. Los vecinos habían llamado a la policía que llegó unos segundos, solo para ver a dos cuerpos acomodados uno sobre el otro y a una chica con las maletas hechas llorando como una niña en posición fetal. Víctor, con bajas esperanzas, fue al café donde vería a la persona con la que más había empatizado. Ordenó un capuchino y esperó paciente a ver ese rostro tan dulce que había alegrado su existencia. El tiempo pasaba y nadie aparecía, su café se había acabado al igual que su paciencia. Una brisa levanto un aroma a coco que venía de lo lejos. Siguiendo el olor, Víctor vio la figura de Montse. Bellamente vestida con vestido y mallas negras, sus lentes reflejaban la luz del café y la cara de alegría de Víctor al verla.
Se levantó y fue a saludarla, ella al verlo se sonrío. —Si viniste —dijo él. —Lo había prometido. —Ayer te esperé y envié un mensaje por lo que espere que no vinieras. —Y, ¿qué haces aquí entonces? —Porque tampoco esperé conocerte— le toma dulcemente las manos y ella sonríe — ¿Quieres sentarte y pedir un café? —Claro. Ambos fueron a sentarse al café donde habían planeado conocerse, felices de que el encierro haya acabado. Contando historias de esta ciudad.
Entre madriza y madriza Jaasiel Saavedra Entre madriza y madriza, veo a mi nodriza, una que otra hortaliza y la mera longaniza, después de esto; puro chorote del duro. Ese día el pinche Tavo y el pendejo de Luis me agarraron en la salida a putazos. Causalmente todo el turno de la tarde quería sacar a esos cabrones por pasarse de la raya al darme tremendos plomazos de nudillo directamente en el semblante. Ante todo, lo inhumano llega a escandalizar al rebaño de pendejos que no hace nada, pero bien que moralizan de forma insistente, y ni siquiera son fácticos o acertados, son los debiluchos blandos de siempre —y eso lo dice el puteado—, pero ya ni pedo. En ese momento, me aguanté ese zigzag en el que me tapizaban la faz mientras veía como en la esquina superior izquierda iba incrementando el combo que me estaban convidando; checando los puntos de experiencia que estaban ganando los culeros, me di cuenta que pronto se aproximaba el K.O. que por fin iba a concluir tremenda madriza. Después de un rato, la directora salió a la calle para ver lo que pasaba, la raza pendeja vitoreaba al Tavo, y si no hacían eso, le decían pinche vieja guanga a la pobre direc (la que les esperaba a esos güeyes). ¡¡¡No!!!, pero hubieras visto el nocaut que me hizo el Tavo, ese golpe me hizo recordar cuando me bajó a la novia en primero, me hizo recordar las veces que mi papá me pedía que fuera como él y que dejara de ser un caguengue, me recordó a esa vez que estaba viendo una película bien acá y de la nada me la arruinó un recuerdo del Tavo molestándome en la secun. Así de culera es la vida. Sin pena ni gloria, me despertó mi jefa toda asustada, el contenido de lo que decía llevaba muchas veces las palabras “mijito”, “Tavo” y “Directora”; sin olvidar del verbo Madrear y sinónimos del mismo. Nombre, me dolía todo el cuerpo, me dolía la mente al no poderla limpiar de todos los problemas que me tenían ofuscado; verás, yo no soy muy popular, afortunado, ni agraciado, y ahora el Tavo me había madreado… Ahora se venía una tormenta carrillosa que me iba a dejar en la mierda… Pero bueno, me fui con unas gafas de sol para que se fijaran más en esas gafas que parecían quevedos de la modernidad, todos piteros y con colores mentadores de madre; que en mi cara toda morada y madreada. No paraba de pensar qué me iban a decir mis cuates cuando llegara a clase, y mucho menos lo que iba a decir la banda castrosa del salón, pero mínimo sabía que el Isaac no me iba a chingar porque ese culero me debe 15 varos y sabe que le va a ir peor si me la hace de apedo. Pero aun así no salía de mi mente esa escena donde entraba al salón y ahora era un anfiteatro en
donde todos se reían de mí, después de eso me iba caminando directo a la puerta del salón, pero una Verduga me agarraba y me llevaba directamente a la guillotina… Total, sé que me aguarda algo peor. Llegué tarde a propósito, para que a la hora de la formación no se me quedaran viendo todos, o para que no fueran a hacer el choro del “antibulin” esos nalgas meadas de la dirección. Pero bueno, le muestro la credencial a los prefectos y espero en las sillas de la entrada a que acabe la clase de Química; ya que no me dejaron ir al salón por llegar tarde. Ni modos, ahora por mi pendejada tenía unos nervios del carajo, prolongué mi muerte y poco me faltó para soltar la caca, minuto tras minuto se me salía un poco más, hasta que me toco irme a mi otra clase y ya no concluí. En la puerta del salón me encontré con la profa de química, —Estás reprobado, hoy hice el examen y no llegaste a la clase- me dijo con desdén… Me cae que me lleva la verga, se me olvido entre tanta madriza que tocaba examen con la vieja guanga esta. Ni modos, después de tremenda noticia entré al salón, donde estaba la maestra de Tutoría, sentada en el escritorio. Al parecer ya había llegado y estuvo hablando con la otra ñora; me dijo que tomara asiento porque ya iba a iniciar la clase, -mínimo no les va a dar tiempo de chingarme—, pensé. Fui directito a mi lugar, me senté y de forma inmediata, el Isaac se me acercó a la oreja y me dijo –Tsss, chica putizota que te dieron, bastarda—, a lo que respondí amablemente —¿A ti qué chingados te incumbe?, es más, ya págame mis 15 varos, pinche jodido—. Ese hijo de su pinche madre me la devolvió. —Nel, no le pago a puteados, cara de higo recién defecado, te chingas. Ni modos, así es la vida, una madriza constante; pero desde ese gran diálogo que intercambié con mi estimado Isaac, supe que ya debía de valerme madres lo que me dijeran; es más, no recuerdo ni que comentaron los pendejos de mi grupo, es más, ni ellos lo recuerdan; ya que todos conocen ese día como el día que el Isaac recibió un madrazo con la paleta de una banca, y eso por andar de bravo con el pendejo equivocado. Suspendido y todo, pero si la vida es una madriza, prefiero ser el culpable.
ABANDONO ESTELAR Nicolรกs Hernรกndez ร leo sobre lienzo
Amor comercial Sebastián Rosas Con ojos de plástico rosa Vemos esta excusa de relación Ya tenemos planeado que utilizar en el 14 Dos playeras echas en china Que dicen que estamos drogados de amor
Tú y yo sabemos la verdad Extrañas cuando apenas éramos conocidos Te propusiste para que tus amigas te dejaran de molestar Y yo acepte porque no querían que me acusaran de puto Sabemos que es pura presión social
Odio este exceso de azúcar Porque no puedo disfrutar un día Sin ningún golpe de un comercial Diciendo que si no me caso me muero Que tengo que amar aunque no quiera Novio o novia, no importa Yo No lo quiero
Situación Emocional Alejandra Rivera Todo empezó con una simple conversación, los dos hablábamos de nuestras decepciones, yo tratando de ayudarte, tú tratando de ayudarme, los dos tratando de ayudarnos. Nuevamente rompieron mi corazón. tú ibas por una nueva conquista, te dije las mismas palabras que en un futuro también me dirías: “daté tu tiempo y si te sientes listo, ve por ella” Te llamé en lágrimas pidiendo un abrazo, lamentablemente este encierro no nos permite tocarnos, recuerdo que tus palabras tranquilizaron a mi corazón, escuchar tu voz me hizo feliz en esos instantes. Hablábamos todos los días y algo empezó a surgir, empecé a notar detalles de ti que nunca había visto, empecé a sonreír por tus mensajes, tus fotos me hacían feliz inconscientemente, tú me hacías feliz. Ahora fuiste tú el causante de mi corazón roto, no te culpo, yo tampoco me enamoraría de mí, me dijiste que me rindiera sin saber que yo quería luchar por ti, sin embargo, ya no pienso hacer nada al respecto.
Conversaciones matutinas Nicole Valero Para Borges Volví del mercado cuando lo vi mirándome fijamente, desde aquella repisa me acechó cuando saqué mi computadora y sentí la página en blanco juzgarme en silencio, insultándome entre dientes, burlándose de mí, yo lo vi. Era un bote de mermelada de fresa que me pestañeaba a la distancia, incitaba mi violencia, lo agarré y lo traje a la mesa, lo puse frente a mí y comenzamos una reñida batalla de miradas que estaba ya perdiendo cuando se volteó y me susurró. – ¿Qué crees que estás haciendo? –Escribo. –¿Qué escribes? –La verdad no lo sé. – ¿Por qué escribes lo qué no sabes que estás escribiendo? –La verdad no lo sé. –Y si no sabes que escribes, ¿para qué escribes? –Supongo que escribo porque es lo único que se hacer. –Un escritor de verdad sabe porque escribe, qué quiere escribir, no se sienta ahí, como inútil frente a la computadora, porque le da demasiada flojera buscar un propósito y sacar la compra de sus bolsas. –Creo que simplemente no he encontrado un motivo para escribir, aún no encuentro una historia que contar, un mensaje que compartir, supongo que por ahora lo único que puedo hacer es sentarme en frente de la computadora hasta que suceda algo. -Mediocre. Fue así que me levanté. Fui por un cuchillo y descuarticé a aquel violento intruso que se había infiltrado en mi cocina. Unté sus restos en el pan, saqué la compra y me senté frente a la computadora, después de todo, el previo bote de mermelada me había enseñado algo. ¿Para qué escribir? “Volví del mercado cuando lo vi mirándome fijamente...”
Gusanos
Para Baudelaire Escupía violentamente sobre mi página, mis nauseas llevaban horas atacando, la migraña me torturaba hasta consumirme, esa canción de los Smiths seguía
sonando desde la bocina, me desangraba, tirado en mi cama regalaba toda mi sangre hasta quedarme vacío, mi existencia se asemeja a aquella de un gusano entre la tierra, de una lombriz puesta en sal que se revuelve en sus entrañas para dejarse morir. Entre la locura y la agonía recordaba yo las marañas de la vida que tuve alguna vez, me acuchillaba y desangraba sólo un poco más, sólo lo suficiente, lo suficiente para que no fuera simple excusa, para que la canción de los Smitsh fuera sólo tortura y no asesinato, para mantenerme siempre en el limbo bailando en el borde entre la vida y la muerte, el ying y el yang, un dilema moral que parecía hacerse eterno. Acuchillaba mi pecho y me ahorcaba apuntando a la yugular, y entre tantos gritos y música resonaba un absoluto silencio, un silencio de aquellos que calan, que arden, que te arrancan emoción a piel viva, a corazón latente, a sufrir andante, un sufrir que pasas de observar a ser, el sufrir que te bebes hasta vaciar la botella, el que anhelas en los segundos donde en el mundo parece ya no haber sentir, donde te sabes ciego, sordo y mudo, te sabes inexistente. Ese es el dolor que sangraba aquella tarde, tal vez noche, tal vez mañana, una fecha ya olvidada entre mis múltiples dolores “ayerosos”, ojerosos, una hora en la que el reloj dejó de marcar la hora, en la que la hora ya no existe, ni el minuto, ni el segundo, en el que me deslizo por un momento que puede no durar o durar una infinidad, en esas venenosas tardes que medimos en momentos. Era poco más que una masa de vómito, sangre y agua salada, del mar que corre por el puerto solitario, donde ya no cantan gaviotas y los pescadores se alimentan de su propio cuerpo, cuando sentí que mi alma volvía al mío, que me derretía en mi piel, que me acomodaba entre la cama, cuando por un segundo, la paz reinaba sobre el universo, tocaba mi cara, mi pecho, mis piernas, salía de la jaula y me dirigía hacía el horizonte. Caí dormido sobre el papel, y cuando desperté, una mancha negra llenaba mi cuaderno, un poema solitario, escrito a sangre pura.
La espera
Para Hemingway Me preparo para salir al ring, shorts brillantes, frente sudorosa debajo de la máscara oigo los gritos de la gente al fondo, puedo sentir cada gota de cerveza derramándose sobre cada cabeza ajena, los periódicos anuncian 24 de Noviembre, 1964 anuncia el calendario, afuera hace un frío del carajo, adentro de la carpa nos derretimos vivos, poco vivos, un misterio.
Saco la cartera de cuero del saco que ahora cuelga en un perchero junto a mi silla, siento como las botas aprietan mis espinillas y mi piel arde bajo mi traje, veo la foto de mi Gloria, que me reclama un beso más, un beso para olvidarnos de todo esto, veo su silueta contra nuestro coche estacionado en la playa, veo su sonrisa y el sombrero que cubre su cabeza, veo su falda de puntos que solía girar en las noches pasadas que nos regalábamos para salir a bailar. Guardo la foto y me preparo para mi fin escuchando como el micrófono del voceador anuncia mi salida. Los espectadores me gritan y me aplauden cuando salgo disparado contra mi oponente, un simple técnico del que nadie ha oído, con cada vez que peleo mis contrincantes me intimidan menos, cada vez son más pequeños y más fáciles de vencer, cada vez pongo menos esfuerzo, la gente se aburre de venir a verme ganar, lo veo en sus caras, yo me aburro de venir a ganar, lo siento en mi propio reflejo cada noche. Pero no le puedo dar esa noticia a Gloria, mucho menos con el resto del mundo cayéndosenos a pedazos, no, esperaré, a que el periódico y la gente pidan mi retiro, a que comience a crecer canas y a quedarme calvo. Cuando mi último cabello se caiga, me iré con él. Gano la batalla como era de predecir, me voy a cambiar y soy yo de nuevo, sin máscara, sólo yo, tomo el tranvía, me asomo por la ventana y me fumo un cigarro, me preparo para el doloroso viaje mientras pienso en aquel coche, aquella playa, aquel sombrero, y dejo que con el humo de mi cigarro me vaya yo también.
Mutua compañía
Para Lovecraft María se sienta con los pies colgando y se bebe su cerveza. Siente como el aire del ambiente se la lleva y el viento le ilumina la cara, Sofía se sienta frente a ella y cierra los ojos cuando la banda empieza a tocar, las dos se otorgan una mutua compañía. Sofía se para, ya un poco alterada, la noche ya lleva horas posada, la luna las mira desde arriba como una invitación —Ya vámonos morra. —Apenas llegamos. —Se nos está haciendo de noche, nos va a cerrar el metro. —Una canción más y nos vamos.
María le promete una canción más y se ríe de ella mientras intenta bailar al ritmo del bajo, la canción termina no siendo tan desagradable como esperaba, casi logra que disfrute un toquín en un garage, casi. Se mueven por detrás de la batería. Se acaba la canción y María cree atisbar alguna forma fluyendo por ahí, le insiste en que ya se vayan, ya se terminó la canción, acusa. —No nos van a cerrar el metro, apenas son las 11, diviértete un poco, déjame acabar esta chela hablo con Manuel y nos vamos. María planea negarle su proposición, pero ya se ha ido en dirección a un chico con jeans negros, camisa a cuadros y pelo oscuro, al cual sería difícil distinguir de cualquier otro chico en ese lugar, el chico toma entre los dedos un cigarro que saca más humo del que lo haría el tabaco, Sofía, culpable, ve en la dirección a María y lo fuma. Están junto a Sofía. Chingada madre, piensa María mientras arranca con violencia la etiqueta que solía decir indio, Sofía siempre hace lo mismo, le habla a alguien a quien no debería, bebe algo que no debería, hace algo que no debería, cava lentamente el hoyo de su propia tumba. Sofía siente como el frío termina por invadirla, le duelen los ojos y su cabeza retumba, la música lentamente pasa a convertirse en algún lejano eco, se encoge. Todo esto pensaba María cuando fue interrumpida. —Gran día para ser abandonado por los amigos en un toquín culero ¿no? Un chico le acerca cigarros y ella se ríe, acepta uno. Platica un poco con él, se llama Daniel, es alto y tiene ojos negros, cabello negro, ropa negra, le acerca el fuego al cigarro y lo prende mirándola a los ojos, se miran mientras María toma el humo hasta volverlo aire de color gris, el reloj sigue corriendo, así como los leves roces de manos y palabras intercambiadas. De repente María comienza a sentir frío. Y Sofía tiembla y se desgarra, y grita y se deshace. Daniel le ofrece su chamarra, gracias pero me tengo que ir, se intenta parar y el piso comienza a moverse bajo sus pies. Tira la botella de vodka que no recuerda haber tomado y se agarra a la pared. —Creo que me tengo que ir, se nos hace tarde. —Sabes, si te sientes mal deberías recostarte, hay una cama del baterista que debe estar vacía. El suelo parece derretirse, en sus oídos las palabras y la música parece volverse una. Sofía siente cada parte de su cuerpo volverse llamas, una agonía que la tortura. María podría jurar que vio el color negro puro deslizarse entre los ojos y la sonrisa de Daniel. En serio me tengo que ir. No, Daniel agarra su brazo.
Sus manos están frías y Sofía se congela. La lleva hasta la cama. María alcanza a ver por una rendija otra cama, una chica de sweater rosa y falda de cuadros, y alguna mano que no distingue bien. Ya nos tenemos que ir, nos cierra el metro, y Sofía no está bien para irse sola. Intenta pararse, siente una fuerza mayor que la trae hacia la cama, y la empuja, siente su mano dura aventurarse por su pierna, viajar por debajo de su falda, su falda de cuadros. Siente cada callo acariciar sus suaves muslos. María intenta gritar, la voz lucha por llegar a su garganta y muere antes de lograrlo. Tengo que irme, me cierra el metro, Daniel la recuesta y la calla con un beso, sostiene sus manos sobre su cabeza. Se arrastran en desesperación por detrás de la pared, sus gritos se oyen por el pasillo, los tacones azules parecen moverse involuntariamente. El metro me cierra, Sofía debe estar preocupada por mí. Daniel desliza sus manos por su cuerpo y besa su pecho, le regala cada beso que ha estado atesorando, María comienza a sentir como su mente se disipa, como se transporta, como cada pensamiento que tuvo alguna vez, cada sentir, pasan a pertenecerles a alguien más. Sofía yace en el piso, una gota de alcohol cae por su barbilla, una sola cortada en la mejilla. Baja lentamente y le otorga a su cuerpo una adoración divina, desabrocha su cierre y besa también su estómago. Sigue bajando. Llegan a la puerta y parecen volverse más nítidas, se mueven pesadas hacia la cama. María tiembla acostada mientras Daniel la bebé sin cuidado, se sientan en la cama, con su última consciencia se intenta levantar, una mano oprime su pecho contra la cama, otra ataca violentamente. Sólo una vez. En la mejilla. Parece reconocer algo familiar, alguna cola de caballo, alguna sonrisa negra. Por favor, el metro me cierra. Dos chicas entran por la puerta negra, una con tacones azules y cola de caballo. Las dos llevan faldas de cuadros. —Sólo una cerveza y nos vamos, nos cierra el metro. Nos cierra el metro. Sofía no puede irse sola. Nos cierra.
Rosa nocturna
Para Juan Rulfo Como fuera aquel destino, las nubes se cerraban sobre ellos, la tan esperada tormenta amenazaba con golpearlos en aquella fúnebre tarde e invierno. Una
tormenta de aquellas que devastaban, esas eran las únicas que conocían en el pueblo, un pueblo pobre, un pueblo solo que pintaba un futuro aún más incierto que el presente que conocían. Cada verano se llevaba con él las casas, los negocios, los árboles y a los viejos, allí no había muchos viejos, la gente se largaba cuando los huracanes terminaban, para los viejos del pueblo, la muerte era sólo una antaña amiga que aún no venía a visitarlos, que ya los había visto de cerca tantas veces y aún no decidía llevárselos. Anhelaban un pronto fin, en las noches le deseaban al rosario irse pronto de esta tierra maldecida por el diablo, en el pueblo eran cada vez menos religiosos. Fue en una ocasión que le dijo un joven a su padre “Por qué creer en un Dios que se niega a darme abrazo, que me golpea, que se lleva mi escuela, mi novia, mi destino” El padre salió de la tienda, señaló a la marea y dijo, yo no sé si has de creer en Dios o no, yo creo en esa que me mira desde ahí, en aquella divinidad que me anuncia cada año mi terrible porvenir, creo en ella porque no hay nada más que yo conozca, no hay nada más que creer, que en ella hijo, ya de ahí tú elijes que querrás hacer”. El hijo se despidió del padre y se dirigió a ese monte que en el pueblo obligaban a llamar cementerio. Aunque no hubiera rosas porque el viento las arrancaba. Ni muertos, porque en el pueblo los muertos no aparecían. La tormenta arrastraba a su paso las vidas que tomaba. Se dirigió a aquel pasto y le lloró a la que había sido su mujer, al cuadrado del pasto que habían nombrado Mariana, le lloró a Mariana por lo que se sintió como una eternidad. Se fue del cementerio y caminó a la playa, miró el azul divino del que había hablado su padre. Y sonrió. Fue entonces que el joven dejó de cuestionar su destino, y decidió ese día, dormir una noche entera, sin penas, sin llantos. La tormenta final arrasó el pueblo, quedaron sólo dos hombres, un vendedor, su hijo, y una rosa nocturna que creció en lo que solía llamarse cementerio.
Eterna gratitud
Para Cortázar Analicé la situación con ardua desesperación. Lo miré de un lado. Lo miré del otro. Me acosté en el piso y me paré de manos. Resultaba una encrucijada demasiado difícil, era un problema al que yo no le encontraría solución. Recurrí a diferentes ayudas. Mi papá me dijo que no fuera ridícula y lo dejara trabajar, mi mamá me dijo que dejara de decir tonterías, mi hermano no dijo nada porque tiene dos meses,
mi abuela estaba dormida entonces no me enteré cual hubiera sido su respuesta. Esto de encontrar respuestas era muy difícil. Busque en la enciclopedia, toda la letra E y toda la sección de preguntas frecuentes. No estaba, lo cual me pareció peculiar considerando la magnitud de este problema. Me estaba quedando atónita, creí que no lo lograría. Sentía como la desesperación invadía mi cuerpo y se volvía llanto puro, me perdía en mis gritos y berrinches que nadie parecía escuchar. Fui a mi última opción, me paré en el banquito que teníamos en la sala, lo acerqué a mi computadora, y entre lágrimas y mocos, busque, tecleé con cuidado para no equivocarme. Fue entonces que todo el mal del universo pareció desaparecer, era feliz de nuevo, comencé a leer: “INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA (de “Historias de cronopios y famas”). Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plan”. Subí corriendo a mi cuarto y me quedé dormida, llevaba todo el día intentando llegar a mi cama.
Miedo a la hoja en blanco
Para León Cuevas Te sientas en la computadora, te mira, la miras, por un segundo te dejas derrotar, te vacías. Es una batalla a muerte y parece que la estás perdiendo. Y lloras. Y bajas a la cocina a hacerte un café. Café con leche, sino no te gusta, muy amargo. Y le lloras al café mientras pones música en el fondo. La voz de Cerati te despierta pero la nostalgia sigue. Regresas a la computadora, aún nada. Te mira de vuelta y te amenaza, te aterroriza ver el documento de word. Te bañas, cantas e imaginas que has hecho algo con tu vida, que eres cantante, artista, poeta. Te vistes y regresas, te das apoyo moral y te aseguras que ya se puede. No estás en lo correcto. Dejas que el reloj corra mientras la página en blanco cada vez se hace más grande, hasta que un gigante digital te mira sin ninguna línea, hasta que te acurrucas entre las teclas y esperas tu destino así, acurrucándote como bola entre la K y la L. Te llaman a comer, ya son las seis. Bajas, hay pescado y papas fritas, ensalada también. Haces plática, te distraes, echas choro, extiendes cada momento a su máxima capacidad, para olvidarte que arriba te espera un gigante preparado para aplastarte. Juegan un juego de mesa. Son las ocho. Es jueves. Subes arriba preparándote para esta
lucha a muerte, para agarrar por los cuernos al enemigo y hacerlo pedacitos. No sucede. Te entra un mensaje. ¿Qué había que leer de taller de lectura y redacción? Te estremeces porque tienes clase al día siguiente y aún no has hecho tu tarea. Lees. Lees un cuento de Borges. Y lo amas porque se habla a sí mismo, te sorprende que alguien tenga esa capacidad para leer y escribir. Lees poesía, y sientes. Sientes las letras que te arropan y te llevan en una balsa. Lees un cuento de Hemingway, te enteras lo que es el cuento de Iceberg. Te fascina. Lees a Lovecraft y te tormentas con una realidad construida, con un mundo que no es tuyo, con las piezas de la mente de alguien más. De su mundo. Lees “Luvina”, y ya no estás, ya no estás en tu casa has viajado a un Norte perdido en alguna parte del corazón de México. Llegaste al infierno. Y ya casi acabas. Lees a Cortázar. Nunca has sido tan feliz; sientes cada palabra que te abraza, cada línea que te cambia la vida. Lees a Cortázar y tu gratitud es incomparable. Terminas de leer y te da miedo volver a la batalla, afrontar al enemigo, pero cuando volteas a verlo, el enemigo no lo es más. El enemigo ya no existe, ocho páginas llenas te miran con orgullo. Y te tomas tu café que ya no te sabe a lágrimas, y escribes las palabras que nunca habías escrito. Y le das las gracias a aquel profesor que te preguntó alguna vez ¿Por qué la gente escribe?
Que la esperanza muera primero, pero al sabor, que ni lo toquen Un cuento corto de Jaasiel Saavedra … Ya no hay nada por lo que luchar, no hay felicidad, ni una pizca de sal… Hoy es de tarde, tal vez son las diecisiete con treinta minutos; tal vez es otoño, por las hojas de papeleo y los periódicos que cubren el piso de estas calles. Pero faltan tantos relojes, y tantas pruebas naturales, que nadie lo puede confirmar. Estas calles, son las calles de la gran ciudad; donde todos vivimos en hacinamiento, donde todo es un sinsabor constante. Hace tiempo que todos son adictos, la gente lo hace por la falta de sabor, se vuelven adictos a: los antidepresivos, las drogas normales, las drogas que te hacen meterte al papel y te dejan impregnado en un sello de visita al manicomio, y por último, todo tipo de químicos usados para la limpieza (limpieza de todo lo que puedas imaginar); todo eso para recordar lo que era tener un poco de sabor, cualquier sabor. Limpieza, nos hace falta limpiar el cielo lleno de dióxido de carbono, smog y partículas que envenenan a las crías de toda especie. Especialmente; necesitamos especias, específicamente especias. Hace mucho que las perdimos: perdimos el sabor, no digo que sea lo que nos hizo entrar al abismo, pero ayudó. La felicidad puede que sea la ignorancia, pero al no poder ignorar todas las problemáticas con una Coca-Cola de vainilla en conjunto de una buena hamburguesa, desaparece toda la felicidad efímera que encontramos al comer. Nos volvimos totalmente locos cuando todos perdimos el sabor, miles de notas en periódicos y revistas virtuales hablaban del fenómeno; la conmoción llenaba las calles, las conspiraciones eran lo único que había para leer, la ansiedad y el miedo era lo único que podíamos sentir. Todos los días me siento junto a la bahía, antes todo esto era una costa pesquera donde sentían el ritmo de la playa y tenían en su paladar el sabor a mojarra al ajo, todavía no estaban listos para que llegara la modernización. Todos disfrutaban del calor, hasta que llegó el efecto invernadero; disfrutaban las risas, hasta que llegó el estrés de las oficinas; comían felices, hasta que llegó la era insulsa. ¿Mi profesión? Soy cocinero, lo sé, nadie lo pensaría.
Cuando la gente me ve piensa que soy un homeless con TOC, que se cuida aparentemente para no levantar sospecha de su situación de calle. Pero no, soy cocinero, un cocinero curtido de más de treinta años que pesa cuarenta y ocho kilos; sé que sorprende mi complexión delgada, pero no disfruto de la comida, ni del vomitarla por mi susceptibilidad a un platillo mal preparado y totalmente descuidado a la hora de hacerlo. En la actualidad a nadie le importa lo que se come, ni lo que preparan para comer. Sí, evidentemente como, pero muy poco, sólo cuando me estoy desmayando pienso que necesito comer unas papas con sabor a madera podrida. Puede que es falaz decir que nada tiene sabor, puesto que algunos platillos saben a mierda; uno que otro tiene sabor a barniz o a químicos que nadie sabe identificar (probablemente porque ya no existe mucha información de ciencias naturales, de hecho, antes de excavar en mi memoria no recordaba desde hace cuánto no escuchaba “dióxido de carbono” o similares). Las similitudes de esta época con la Europa pre colonial son impactantes, mencionaré unas cuantas: –Todos somos blancos, hasta los afroamericanos tienen manchas blancas en la piel (por alguna razón). Y aunque no todos seamos realmente blancos, mínimo palidecemos desde una temprana edad. –Las enfermedades de transmisión sexual pasadas a nuestra especie por gente irresponsable que tiene sexo con animales. –Casi no hay agua para bañarnos; la única diferencia es que actualmente no hay mucha agua que no te tire pedazos de piel, te cause eczema o úlceras. –La esperanza de vida es todo menos esperanzadora. –NO HAY SABOR: la Europa pre colonial tenía la enorme carencia del buen sabor. Por eso dejaron infértil esta tierra, porque se llevaron todo tipo de especias al colonizarla, y remataron al modernizarla; desapareció la agricultura estructurada, y todo lo que salía del piso se convirtió en un chisguete incipiente de petróleo. Al final del día, tal vez hay más cosas que nos diferencien, como la muerte de dios, que nos dejó más lejos de la esperanza en vez de significar un avance; Nietzsche nunca habría pensado que todo terminaría… Dejando tan amargo sabor.
…
Lo que tengo que contar es importante, siento haber perdido tanto tiempo vacilando, solo que ya no hay tanto papel para escribir y estos pensamientos no me gustaría subirlos en “La Red”. El otro día (en la tarde), los matones de mi edificio hablaban de cómo se habían “despachado” a Olew Alderson, o algo así. Me parece que era un boxeador, pero realmente lo que me sorprendió es que sigan existiendo estos sujetos que alimentan la barbarie; me enojé bastante al reflexionarlo, y me prometí quejarme con alguien sobre el salvajismo del boxeo. Este enojo provocó que me mordiera la boca por el coraje y consecuentemente empecé a sentir un dolor agudo por los fuegos que me hice en toda la orilla de la boca. Total, en lo que hablaban de esto entró otro sujeto a la habitación dijo, con tono grave –Tenemos una oportunidad, un encargo del señor Capote–. Mientras buscaba el antiséptico bucal para prevenir lo inevitable, me paré un momento para escuchar por la pared al sujeto; en resumen, había un cofre en la costa Peterson. Se había “perdido” hace unos cuantos meses, y en él había la “cura” de todo el mal que habitaba el mundo (aunque no dijeron eso literalmente). Al sentirme atraído por la propuesta indirecta, –¿La costa Peterson?repetía en mi cabeza; sabía que estaba a 2 horas de aquí, al norte; supe que no iba a llegar antes que ellos; ya que mi coche no es nada rápido y con suerte llegaríamos al mismo tiempo, lo que no resultaría en mi victoria. Recordé que sólo soy un cocinero perdedor el cual no tiene significado de vivir, pero que eso no debía determinarme a perder la cabeza por un cofre desconocido. Después, recordé que tengo un revólver descuidado que me regaló mi viejo. –No tengo nada que perder en esta vida; dudo mucho que en las siguientes; sólo se vive una vez, y si tengo que morir por esto, tomaré el riesgo–, dije con un tono pueril que me recordaba a esas descontinuadas películas pretenciosas. Planifiqué lo mejor posible: cuando vuelvan al estacionamiento saldré con el revólver, les robaré el carro y después me iré a la costa Peterson; veré que hay dentro del cofre y ahí mismo lo dejaré, ¿quién pensaría volver a la costa? …
Pasó el tiempo y por fin salieron, ahora tendré que esperar.
… Cuando escuché por la ventana que habían llegado salí apresurado y… choqué con la señora O´Brien, la cual empezó con su típico discurso monótono; –Por favor, usted tiene que firmar para que el señor Chances (error típico de la señora, a la que se le imposibilita decir Sánchez), haga algo con la fuga de agua del piso 14–, a lo que dije -Ahorita no, por favor-, mientras la apartaba del lado del pasillo por donde iba a pasar; aunque, por dentro me moría por firmar la puta petición para que algún día la burocracia del edificio arreglara la maldita gotera que cae del piso de arriba. En ese momento se abrió el elevador, eran los dos idiotas, iban tranquilamente a su habitación con rostros llenos de emoción por alguna expectativa cosechada a lo que les deparaba en un futuro. Cuando entraron a su departamento y cerraron la puerta; un espíritu de desesperanza ocupó todo el pasillo, las lágrimas estaban escapando poco a poco de mis cuencas, pero recordé algo que esclareció mi mente. –Dos… ¡Sólo dos!-, en ese momento me iluminé; faltaba uno de los idiotas, lo que presuponía que podía seguir en el estacionamiento. Entré al elevador con gran inquietud. Mientras veía cómo bajaba poco a poco, piso tras piso, me sentía más cerca de algo. No sabía qué era ese algo, tal vez mi muerte, tal vez mi redención, la riqueza del porvenir o un disparo que me dejaría en silla de ruedas. Cuando intentaba dar forma a mis pensamientos llegué al estacionamiento. Vi el coche solo, no había rastros del tercer matón. Sentí miedo, y al no tener grandes habilidades para forcejear cajuelas; pensé en el absurdo de la situación, no me quedó nada más que ceder ante la lógica y decidí que mejor debía darlo por concluido. No te voy a mentir, mientras regresaba a mi habitación más ganas me daban de llorar, hasta que cedí. Recorrí todos los escalones dejando charcos de dolor, que dejan consigo un color a fiasco. Cuando por fin llegué a la puerta, metí las llaves con una debilidad muy fuerte; pero, antes de entrar no pude evitar ver su puerta, la cual se encontraba entreabierta. Con todo el desinterés habido y por haber, entré a mi departamento, puse las cerraduras y me fui a dormir (con la ropa de trabajo puesta, para dejar caer la gota que derramó este nefasto día). … Desperté la mañana siguiente, unas cuantas horas antes de que empezara mi rutina diaria; trasnochado y todo, pero podía seguir fingiendo mi condición de analfabeta funcional.
¡¡¡Ahhh!!!, algo que no les dije, mi sazón lo encuentro en el ego, sí, me cuidaré en apariencia; pero me encanta parecer un raquítico. Resulta dichoso el que la gente te trate con desprecio, así, cuando hagas algo que te destaque; toda la gente que te menospreció por tu apariencia tendrá que deglutir ese platillo llamado “pena creciente”. Me fascina ayudar, específicamente a los antes mencionados; me gusta ver su cara de sorpresa con un ligero sabor a humillación. La gente espera poco de ti cuando te ves decadente, pero cuando demuestras ser distinto, en el interior terminas vanagloriándote todo el día. Simplemente, te sientes como si enterraras poco a poco los problemas de tu sociedad y fueras su salvador definitivo. Eso quiero, ser alguien que salve a todos, alguien que se salve a sí mismo de esta puta desesperanza. Sólo busco ser realmente yo, pero también necesito que los demás se encuentren a sí mismos en mí, que busquen la felicidad en el feliz. Lentamente, el sol va ganando terreno, mientras, escucho como mis vecinos se emborrachan; la gente ahora es más ortodoxa y prefieren los mejores psicoactivos; me parece abyecto ver gente que sigue tomando alcohol, es de lo más anticuado. No digo que sea lo mejor consumir psicotrópicos, pero creo que es más fácil luchar por la dignidad humana metiéndote Clorofila rebajada con éxtasis a meterte sucio güisqui en la boca. Ahora que lo recuerdo; el güisqui trae a mi hipocampo un pequeño recuerdo de mi papá golpeando a mi mamá después de una borrachera. Tal vez el sabor tiene el poder de recordarnos a nosotros mismos, quiénes somos, qué queremos, para qué venimos al mundo; tal vez si el güisqui tuviera sabor me recordaría a otra cosa; la primera vez que me estafaron, la muerte de mi abuelo o cuando me despidieron de aquel hotel 3 diamantes; ya que en todas esas ocasiones iba recargado de alcohol para generar la energía suficiente que evitara mi sollozo inconsolable. La vida es un chiste cruel, mi mejor amigo de la infancia murió por un acto de brutalidad policial, todo por estar pintando y fumando marihuana a plena luz del día, probablemente sólo lo arrestaron por parecerse a esos pseudo hippies de mierda. Hippies… Nunca logré ver a uno de verdad, y dudo ver algo parecido otra vez; hoy por hoy a nadie le importa la paz (mucho menos el amor). Me resulta irónico el que los Hippies normalizaban el abuso de las drogas y querían un bien para la sociedad, es irónico ayudar algo que también dañas, y suena triste que no te puedas dar cuenta de eso.
Después de tanto puto embrollo, lo mejor que puedo hacer es tomar un descanso, faltar a la marisquería y después morir de inanición. Si vuelvo a escribir, es porque no ha pasado. … Han pasado unas cuantas semanas desde que empecé este diario de campo medio, híbrido y se han cumplido varias semanas desde que lo dejé a medias: los pongo al corriente; después de despedirme, mi jefe me insultó y se vanaglorió de haberme dado empleo cuando más lo necesitaba, seguido de un -Ahora estas en los huesos, Rojas-, concluido por un “preocupante” No es normal, antes eras feliz, un entusiasta, y mi amigo-. ¿Amigo? Hace tiempo que nadie me dice así, pero si alguien en definitiva no merece ser mi amigo, es él, un puto mezquino que probablemente lava dinero en la marisquería y cuyas ganancias seguramente provienen de algún inmundo negocio del Mercado Negro. Entiendo que diga que era su amigo, puesto que antes era un socialité que enamoraría a cualquiera sólo con decir su nombre. –Me emborracha de amor cada que me gritas– decía mi exnovia; y es que hasta para lo violento era sensible, fueron buenos días. La esperanza la perdí hace unos cuantos años, tal vez fue cuando me di cuenta que muchas cosas no iban a ser como antes; no como en los viejos tiempos, como en aquella época dorada. … No pensé volver a escribir hoy… Tal vez es la angustia. Hoy iba camino a buscar un nuevo empleo, pasaba rutinariamente por el trazo común que hago del pasillo al elevador, cuando de repente miré al departamento de mis vecinos; como si fuera una enorme casualidad, noté que su puerta había sido forzada. –Corre-, gritaban mis pensamientos; pero mientras lo pensaba, entré por inercia. Soy un imbécil, o aún peor que eso. Volví a sentir lo del otro día; sólo que esta vez lo sentía con más claridad, con más energía y sintiendo nervios alrededor de todo el cuerpo, al parecer así se siente tener miedo con el estómago lleno. Al pasar el umbral de la puerta, lo primero que observé eran cinco cuerpos tirados alrededor de la sala. Reconocí a esos tres malditos de inmediato, pero los otros dos sobraban; no soy experto, pero creo que los 3 matones no hicieron lo acordado con respecto al cofre, y puede que él que les hizo el encargo decidió
despacharlos mandando a otros matones igual de desconfiables que estos idiotas; o tal vez todo esto fue un simple asalto a mano armada que salió sumamente mal, tanto para los asaltantes como para las “víctimas”. Lo único que sé es que tengo una oportunidad otra vez, sólo debo de ver qué hay dentro de ese maldito cofre (que los difuntos no alcanzaron a abrir) para ver lo que la suerte ha apostado en mi nombre. El procedimiento es sencillo, llevo el cofre a un pequeño garaje que tengo a las afueras de la ciudad (que probablemente sea mi futura casa, ya que desde mi renuncia forzada no he podido pagar el alquiler) e intento abrirlo de alguna forma. Todo está bien, excepto por un factor de suma importancia; mi falta de fuerza y de masa muscular, que me ponen en serias desventajas para llevarlo. Apenas pude sacarlo de la habitación y creo que me salió una hernia, aunque hay una buena noticia: nadie podría pensar que el vecino les robaría un puto cofre y seguiría viviendo junto al lugar de los hechos. Por el momento veré qué carajo hago, sólo me queda disfrutar de esta nueva vida, pero sin confiarme demasiado, ya que no sé quién quería ese cofre; aunque deduzco que no era muy inteligente al ver qué tipo de gente contrata, o tal vez es un autoengaño que antepongo sobre mis otros pensamientos para no tener tanta paranoia. … Los pantalones me quedan ajustados, por fin… Mi parte más pragmática hizo que esperara a concretar para después poder vanagloriarme escribiendo; convencí a unos albañiles para que me ayudaran a cargar el cofre hasta mi cajuela, me sorprendió ver que tan fácil es para ellos, pero después recordé; algunos fuimos hechos más para la precisión y el intelecto. Aparte, sí yo cargara rutinariamente tanto peso como ellos, también podría hacerlo con tal facilidad. Por este hecho, decidí que iba a entrenar hasta poder cargar el cofre y meterlo mi garaje, solo que la ansiedad me ganó, y terminé cargándolo al día siguiente de mi carro al garaje. Lamentablemente, esa acción me tronó la espalda con un ruido grave y seco; para rematar, el dolor agudo que rodeaba de mis cervicales hasta el coxis se terminó por apoderar de mis pensamientos; pero a pesar del dolor y de que me estoy jorobando, estoy subiendo de peso debido a que como para tener energías (y una mejor perspectiva) a la hora de abrir el cofre. He de decir que el color que ocupa mis cachetes casi no lo había visto, solo sé que se parece al color de la sangre y que es de las cosas más llamativas que he visto en mí.
He intentado ayudar a la gente mediante actos de sumo desinterés, pero no puedo evitar el sentirme como el héroe de la historia, aun así, no creo que esté nada mal. Esto es egotista a final del día, y me gusta ver la mejora que impongo en la gente que ayudo. Otra gran noticia es que compré una espiocha para abrir el candado del cofre. … LLEGÓ EL DÍA… Por fin lo podré abrir, por fin veré lo que me depara en el interior de ese maldito cofre. … Lo hice, abrí el maldito cofre; desgastado, café y mohoso, pero de contenido esclarecedor… Al abrirlo vi una luz parecida a la de la mañana, años que no veía esa mezcla de colores; al parecer era provocado por unas luces (parecidas a las de navidad) que estaban alrededor de las orillas del cofre. En medio de las luces había una pequeña carta que decía; “Tú puedes hacerlo”, seguido de un “hagas lo que hagas, lo entiendo”. No sé con qué intenciones fue pegado, pero jamás me habían dicho algo así, ni por cartas, ni por ningún medio. Tal vez, era la simpatía de un remitente con destinatario perdido lo que me iluminaba, tal vez era otra cosa; pero empecé a tirar una que otra lágrima a la profundidad del cofre. Vi el fondo del cofre; eran unas bolsas con lo que a simple vista podía ser identificado como Cannabis; doy gracias a aquel que esté maquinando esta historia, porque no era eso. Lo probé por curiosidad, y llegó una epifanía mente-cuerpo directamente hacia mí. Era lo que me hacía falta, no sé si se transportaba ilegalmente, no tengo idea sobre quien habrá metido todo esto en un cofre; solo sé que había sazón, había sabor. Estas especias tenían tanto sabor que me sorprendió, sólo con agarrar una pequeña especia y dejarla hundirse en picada al insípido lago de la sopa; cobraba sabor distinto, adquiría un color distinto, el color de la luz del cofre reflejado en una sopa de fideos. ¿Qué debo de hacer?, ¿compartir el sabor con los demás para estabilizar a la sociedad?, ¿esto no generaría más problemas e inclusive guerras por el sabor?; ¿o mejor debería de plantarlo y venderlo?, ¿ese es el tipo de persona que soy?
Sinceramente, no sé qué hacer. Tal vez debo quemarla toda y de pasó quemarme con ella; porque quedármela toda, solamente para mí, no define mi espíritu natural de egotista cuidador del otro. Espero encontrar la solución, por el momento, sólo me queda meter en el cofre esta misiva-diario de campo y unas cuantas bolsas de esta especia, todo para que llegue a algún destinatario y así tener la esperanza de que alguien se anime a hacer lo que le parezca correcto.
… ¿Quién eres tú? ¿Qué quieres tú?; ¿Para qué estás aquí? ¿Qué haces aquí?
…
Retrato de un asesino Emmanuel Maldonado Mírame con desprecio, verás un idiota. Obsérvame con admiración, verás a tu señor. Contémplame con atención, te verás a ti mismo. Charles Manson (1934 – 2017)
Aprovechando que, dentro de unas horas mi cráneo será atravesado por la energía iracunda y penetrante de lo que muchos considerarían un destino injusto para un pecador obsoleto. El despojo de vidas humanas que he tenido la desdicha de ver ir y venir, sin ningún raciocinio sobre sus decadentes destinos, firmados al momento en que sus terrosos pies tocaron la frialdad de los pasillos. Una bruma de hedor a la muerte exhumada por asesinos y criminales. Una burla de una vida dedicada a los pecados más infames, inherentes en la vida de todo aquel que podemos llamar un ser humano. Patéticamente reflexiono sobre mi final, recorriendo los abandonados pasillos que dejé polvorientos en mi psique hasta llegar al momento que, para mi satisfacción, descubrí que la vida me enfrentaba en apabullantes marcas que pueden ser vistas desde el día que vi la luz por primera vez. No miento, de todos los pecados que pueden y serán relacionados a mi persona, la mentira nunca fue uno que atribuí a mis momentos de auto-crítica. No estoy loco, este confinamiento y pensamientos podrán hacer creer lo contrario a cualquiera que lea las palabras del sujeto perteneciente al selecto pero desaprobado sector que puede jactarse de tener el conocimiento para presumir cual es la pasión que desata un cuerpo al desangrarse. Pero no lo estoy, soy tan lúcido como todos y tan comprendido como ninguno. Hace poco, proporcioné una entrevista para alimentar el morbo de las masas que, deseosas de desinflar sus apabullantes incoherencias y notable mediocridad, encuentran consuelo para su imagen el ver a otro que podrían llamar “el malo”, de esta forma, no verían las crueldades que comenten a diario, o podrían disolverlas, al mezclarla con un disoluto porcentaje de “maldad”. En este mundo, gente como yo recibe la misma atención que un artista. Somos inspiración de escritores, directores, actores, pintores, músicos y otros como nosotros. A veces me pregunto, ¿existiría el arte sin nuestra dosis de inspiración? Le agrade o no, el mundo nos admira. Durante la entrevista hablé sobre mi vida, infancia y crímenes. Debo admitir que no fui honesto con el entrevistador. Soy honesto al momento de mi auto-crítica, pero no me siento recluido de mentir a quien no merece intelectualmente mi verdad. Aquí soy honesto, pues escribo esto antes de morir. El momento más honesto de un humano no es cuando nace, ni cuando es infante, pues ahí, aunque ciego ante los ojos de los que no desean ver lo que saben por antonomasia, la mentira es subyacente en nuestra existencia. Decimos mentiras, escuchamos mentiras, creemos y adoramos mentiras, vivimos mentiras. Algo presumible en este arte, es que te enfrentas a algo más aterrador que la idea de un inframundo ardiente, dominado por pecadores errantes y demonios
impasibles y deseosos de provocar en tu carne la más cruenta tortura, imaginable solo por Dios. Te enfrentas a la verdad, jamás le habías visto tan pura y blanca, vestida de seda. Te deslumbra con su desnudez y te aterra por su ambigüedad, llena tu ser con ilusiones vacías hasta que te deja en un estado onírico, así pululas entre la realidad y la muerte. Una experiencia tan única que, sin importarte nada, vas a querer repetirla, ver esa verdad tan pura desenvolverse frente a ti una vez más. Aún recuerdo cuando era un estudiante. De los primeros en la clase, popular entre los jóvenes y las mujeres. Uno supondría que con esta banal descripción del muestrario de una vida, se diría sin temor a falla que era feliz. La felicidad no es digna del cinismo, y el cinismo es indigno en un filisteo ignorante, por suerte para mi, era un cínico. La manipulación es fácil, gracias a ella, subía de valor en la cadena alimenticia escolar y social, desempotrando del altar autoasignado a aquellas personas que, por variantes de la vida, no podía tener la ventaja de tolerar. Las palabras son un arma, la apariencia también, y yo sabía usar el arsenal antes de ir a la guerra, sin levantar nada más que lamentable admiración de quienes deseaban ser admirados. El vacío de la existencia es exigido, por aquellos que tienen el infortunio de vivir con la conciencia despierta y los sentimientos dormidos, ahogados en un mar de raciocinio y odio desmedido. Yo odiaba mucho a la gente, nunca lo notaron hasta que fue muy tarde. De hecho, podría asegurar que en la mayoría de los casos, me veían como alguien social y deseoso de empatizar con ellos, acción que aún hoy me parece cercana a la fantasía. Destinado desde el principio a triunfar fracasando. Recuerdo un día, saliendo del cine con la que entonces amaba. Caminábamos juntos en la fría noche de ese domingo, los sonidos de los lejanos autos, los grillos cantando sus melodías en la noche, sumidos por el eco que provoca la oscuridad abrigaban el ambiente nocturno. Caminábamos en la calle y nos detuvimos en un parque a sentarnos en una banca bajo un enorme árbol de hojas frondosas y caídas, aún con la distorsión que provoca la noche en los colores, el verde de aquellas hojas se veía radiante de luz propia. Al sentarnos y dejar que nuestros labios se besaran, una figura emergió de entre las sombras, una mujer llorando inconsolable gritando que su esposo había matado a su bebé. Recuerdo que la mujer tenía sus blancas manos cargadas con el rojo carmesí de la sangre, brillante ante la luz de la luna. El esposo había llegado ebrio al hogar de la familia cogiendo al bebé en brazos y sin ningún aviso ni antelación, sin motivo a razón, comenzó a golpear el blando e inocente cráneo de la criatura contra la pared. No le importaron los llantos de su mujer ni los alaridos funestos del bebé, pues el hombre no paró hasta que lo que alguna vez fue el rostro rosado y sonriente de un humano que apenas descubría la vida, se convirtió en una masa gelatinosa de carne al rojo vivo y sangre que brotaba a borbotones de la parodia cárnica, repugnante e ignominiosa del rostro del bebé.
Al principio me sentí asqueado por la historia, en mi cabeza podía escuchar los gritos de la criatura al ser estampada contra el concreto, el sonido de sus huesos crujir ante la potencia de tan agresiva magnitud, el burbujeo que la sangre produce al ser expulsada con ferocidad de la piel. Todo me parecía espantoso, repulsivo. No dejaba de escuchar los llantos de la mujer apareciendo como lo hizo aquella vez en el parque, con alaridos estruendosos y espeluznantes quebrando la quietud del momento con penetrantes alaridos de dolor y penuria como solo una madre que vivió tal desdicha puede expeler de su alma. La visión se hacía cada vez menos onírica y, de pronto caí en cuenta de una situación que me hizo sentir con más terror que antes, más asqueado que nunca y más perturbado que siempre. La imagen del bebé se me hacía cada vez más presente en mi cabeza. Querido lector trata de comprender, no es una espuria fantasía proveniente de la mente de un depravado, es la cruda realidad proveniente de la vida de un bien habido. Mientras el intruso se alojaba en mis pensamientos sentí un hormigueo que recorría mi espalda, como una caricia sutil dada por una cálida mano. El recorrido continuó hasta mi cuello, de ahí, abrazó por un momento mi pecho, una sensación cálida cubrió mi cuerpo y siguió así hasta que el hormigueo bajó por mis piernas y llegó hasta mi miembro. Nunca volví a sentir esa sensación más allá del placer, era digna de una deidad, una satisfacción culposa, sucia y pervertida hasta la belleza. Al imaginarme que era yo quién aplastaba la cabeza de la criatura me ahogaba en opulencia placentera y me llenaba en regocijo al ver a su progenitora caer en la desdicha. Me llené en plenitud por unos instantes. Por un tiempo pude sobrevivir así, vagando en detalles de mi fantasía en los momentos de soledad, al principio. Cuando la mente reclamaba una vez más el deseoso sentido del placer comenzaba a imaginar la situación ya no solo en la salvedad de mi intimidad. Comencé a reproducir la fantasía en mi cabeza cada vez que podía guardando como no, mi apariencia y pulcritud. Conforme el tiempo avanzaba, también lo hacían las fantasías. Mi mente se había mudado a nuevas experiencias, comencé a imaginarme nuevas aventuras, nuevas formas de depravación y decadencia moral, entre más podredumbre yacían en los pensamientos, más satisfacción y plenitud favorecían a mi ser. Puedes elucubrar cuantas perversidades sádicas, engendras y morbosas existían en mis fantasías, te aseguro que jamás podrás adivinar el subyacente de este fervor tan atroz al tiempo que placentero y sagaz, o tal vez si, tal vez estés ahora mismo contemplando el abismo imaginando las demenciales historias que generé en mi cabeza, bajo la cortina moral de estar deliberando sobre el inconsciente de un demente, no te engañes querido mío, puedes mentir pero jamás a ti, pues sabes la verdad y es que también te emociona inventar una atrocidad demencial para el prójimo.
El tiempo pasó, y ni dibujando mis ilusiones lograba el orgasmo mental que obtuve en mi primera vez. Volví a sentirme vacío, parco. Me cubría con una membrana de sociabilidad y encanto, ya estaba en la universidad, así que la manipulación que efectuaba a la perfección antaño requería aún más persuasión. La vida se me volvió ridícula una vez más. Ni siquiera el matar animales me daba la misma satisfacción. Estaba vacío, triste, olvidé mis escapes mentales y me enfoqué nuevamente en la escala social. Me volví, naturalmente, el primero en la clase y la fuente de admiración de mis compañeros y maestros. A pesar de disfrutar del goce de la actividad pasional con varias de mis compañeras - algunas que ofrecían tal compañía a cambio de un trueque monetario o alucinatorio – no sentía el ímpetu ni el clímax sensorial que aquella vez cuando la fantasía vino a mí, con su velo de deseo y su poder que sobre de mi pude experimentar. Exasperado por mi parquedad actual, una visión se apiado de mi suplicio y me dejó ver otra vez la voluntad de una fuerza que, anteriormente se había apartado de mi pecho, abandonándome en la locura de la terquedad emocional. Caminaba solitario por los pasillos de un centro comercial; los caminos ahí eran prácticamente inexistentes, sustituidos por un inacabable barullo de canales. Entre aquellos ensordecedores aspavientos tuve una epifanía. Me iba a convertir en un artista de lo oscuro, de lo grotesco. Inspiraría a cientos con mis obras, surgirían admiradores e imitadores pero todos me apuntarán sus antenas. De mí se escribirán cuentos y canciones, se contarán historias y se harán películas. Me verán como la objetivización de todos sus amorales anhelos y por fin recobraré mi gratificación que tanto tiempo me había renegado. La palabra viajó de mi mente hasta mis oídos retumbando en mis anhelos. Al llegar a mi casa no pude evitar crear los planes para mi gozo, entre más sofisticación hubiera en lo planeado y posterior ejecución, más duradero será el mar de euforia y dopamina en el cual bañaré mi ser en lujuria. Postulé los parámetros del ser que me otorgaría el placer: Inocente: para que los alaridos sean puros y revitalizantes para mi persona, deberán provenir de alguien que no los haya usado, alguien que, hasta el momento de mi satisfacción, se hayan estado añejando en su alma para el deleite del catador. Olvidado: prolongando así el desinterés en su desaforo, la existencia y creación. Alejado: posiblemente la peor de las tres, aunque me sería placentero el ver gemir en sangre a alguien conocido, lleno de penuria y dolor mientras mi fuerza se torna imponente, equiparable a la de una deidad. Sería, a largo plazo, contraproducente. Si se llegarán a ligar los procesos con el sujeto sería más pronto mi exilio(justo como estoy ahora).
Me decidí por decantar a una mujer vestida en gala, pero tratada para el deleite y olvidada al día siguiente. Cumplía con dos de mis estrictas reglas de complacencia así que me decidí y la elegí a ella para esta logia que había desembocado mi pensamiento y mi razón. Lo gritos fueron escabrosos, penetraron en mi piel como con ella lo hizo el cuchillo y al momento de degustar de su carne, mi alma dejo atrás el perpetuo vacío que tanto me había acompañado. Aun así no fue consagro el deleite pues, por desgracia para mí, la damisela no cumplía con uno de mis pasos para completar mi placer, no era inocente. La siguiente la descubrí mientras tomaba el camión a la facultad, las escogía mujeres pues con ellas me era más fácil maniobrar. Contemplando mi ventana veía los autos pasar, mis oídos se fascinaban con la música que les di al viajar; Beethoven, para un hombre de gustos elitistas como yo, esto era un paraíso para mi vida sin juicio. Ahí la vi, era joven por lo que inocente me pareció, alejada de mi era, pues su rostro no me figuró, aunque para mi desgracia olvidada no me pareció. Joven, apuesta y madre, esa combinación no suelen ser adjuntas en una persona olvidada ¿no crees? A mi desdicha que ni con los riesgos fundados para mi dicha puedo llegar a ella con plenitud. Aun así, lo decidí, los violines estaban en crescendo asumiendo mi pensamiento, contemplando mi aspaviento. Un mediocre intento por placer me llevo a su casa esa noche. Portaba mis guantes para evitar huellas y mi cuchillo para perpetrar mi arte en la carne de aquella damisela. Los gritos fueron devastadores. Primero la golpee con el puño al entrar a su casa, la deje herida en el suelo y tomé a su criatura y efectué mi más antiguo deseo. Los golpes sonaban justo como me lo imaginé, los huesos se quebraban y la pared también, la sangre y los alaridos, todo retumbaba en piel refrescando mi placer, los chillidos eran crudos, gruñidos de dolor y sufrimiento, alaridos de una madre que sufría la peor de las desgracias. Las entrañas caían al suelo y manchaban todo del cálido rojo de la sangre y las vísceras. El bebé quedó reducido a carne molida y despepitada, grasienta por el suelo. Con él llegué al éxtasis. La mujer corrió aterrada fuera de su casa, yo me quedé admirando mi obra, por fin había llegado al culmen de mi placer, no lo podía creer. Una sensación cálida recorrió mi pecho y mis piernas cedieron ante el repentino golpe de la gravedad. Me dejé caer, no habré contado el tiempo cuando llegó un oficial a esposarme y meterme dentro de una patrulla. El juicio por mis crímenes fue corto, de hecho los confesé todos: compra de drogas para pagar por algunas compañías y el consumo de esas amistades en primer lugar, fueron juzgadas por personas que estaban deseosas de que el proceso terminara, para ir a consumir mercancía, inclusive aún más joven. Evidentemente el asesinato del infante y la mujer también estaban en los cargos y por estos dos fui condenado a la muerte. Los primeros días cuando entras como un nuevo a ese brillante y espeso corredor son muy obtusos, pesimistas y sofocantes, al final conforme pasan los
días y lo único que puedes hacer es reflexionar sobre ti mismo y ver a los demás en la segunda faceta más honesta del ser humano, ese pasillo se vuelve tu mejor amigo. Me comencé a olvidar de la vida afuera y convertí a la silla en el objetivo final de la carrera por el placer que tanto estuve buscando, sodomizando mis pensamientos con ideas que ocultaba. Ahora que las había dejado ir libres por fin podía dejar de buscarlas. Esta idea había existido ya hace un tiempo en mi cabeza, pero me mantenía renuente a explorar los pasillos que había dejado polvorientos y abandonados en mi interior, uno diría que el hecho de enfrentarme cara a cara con la amante más duradera que había tenido jamás me obligó a caminar por aquel húmedo y mohoso túnel del que alguna vez, buscaba en él el límite del placer. No fue hasta que el prisionero de la celda continua me preguntó mi historia. De las pocas personas que considere para deleitar con mi honestidad, al tiempo que terminé de contar mi relato de hedonismo se quedó callado, y jamás volvió a hablarme, pero hoy que caminé por su celda para ir a la habitación donde ahora me encuentro, se acercó a los barrotes para decirme una frase criptica, dudosa de descifrar pero que aun así, logré comprender y eso me hizo helar la sangre. “Perdón por matar a tu bebé. Te amo”. Bueno me tengo que ir, a pasado un tiempo desde que entre aquí y tengo una experiencia que vivir... Me voy a sincerar con ustedes, aquí también mentí, pero jamás sabrán en que. Por fin experimentaré el primer momento honesto de toda mi pútrida e insensible vida y no me lo pienso perder, no podría, no me dejarían. Me despido, Adiós.
Simple manual para llenar una página en blanco Un ensayo del científico y especialista Jaasiel Saavedra Bustamante
Yo sé que tanto tú como yo hemos sufrido del mal de la hoja en blanco, ya sea por un trabajo, por un poema, por una tesis, una misiva, etc. Ese sentimiento de frustración afecta a cualquiera que quiere hacer algo con decencia, pero ¿cómo llenar esa página en blanco? Fácil, para este mal hay una solución; este manual, un manual que te preparará para escribir párrafo tras párrafo de forma casi paranoica, enfermiza e imparable. Una vez advertido esto comencemos. 1. Todo comienza con agarrar una pluma o lápiz y una hoja, hay elementos adicionales con los que podemos contar, pero los cuales no son imprescindibles. 2. Ahora, por más simple que suene el anterior paso y por más del montón que parezca que va a ser este manual, créanme cuando digo que no lo será; así que el segundo paso es tener confianza en mí, el escritor. 3. El tercer paso es sencillo: debes de ser uno mismo con el papel, tú eres un sujeto y debes de tratar como un igual a la hoja, debes de tener una relación intersubjetiva con la hoja. Hablar sobre los secretos de la hoja y darle los tuyos como agradecimiento es de lo que más ayuda para entender a la hoja; tienes que dejar que la hoja se desahogue contigo de sus problemas matrimoniales. Debes de comprender sus traumas de la infancia; como esa vez que nadie se le acercó en el colegio por ser filoso y simple, así debes de esperar a que termine para darle un consejo con tu pluma. 4. Si el anterior paso te funcionó, es porque vas bien; si no, es porque no has hecho las cosas correctamente. Recuerda que debes de repetir los pasos hasta que te salgan bien. 5. Ya sé; perdimos todo un paso diciendo que debes de echarle ganas, y este no será distinto. Échale ganas. 6. Una vez empezando a escribir debes de mantenerlo. Debes de mantener el ritmo con el que escribes y debes de meterte en lo que escribes. 7. Meterte en lo que escribes significa impregnarte en la hoja, se vuelven uno mismo, una masa homogénea que narra lo que se busca exponer. 8. Para esto te debes de meter en el entorno en el que escribes: por ejemplo, si haces un ensayo de la crisis ambiental; debes sentirte como un señor adinerado que antepone sus intereses a las necesidades de la naturaleza, debes de sentirte como los miles de animales que mueren debido a esto. Debes de sentir que eres una Vaquita Marina que vio morir a su familia a manos de gente malvada que los caza y que solo son la punta del iceberg de este problema. Ya que mencionamos a los icebergs, debes de sentirte como los hielos perpetuos que se derriten y que amenazan con subir la
marea de las costas de una forma inimaginable. ¿Comprendes qué tanto debes de meterte en lo que escribes? 9. Ok; hagamos esto, un pequeño ejercicio. 10. Imagina que tu nombre es Kendrick Roquefeller, es el año 34 después de la guerra por el agua, eres un hijo bastardo perteneciente al linaje de “Los ilegítimos Rockefeller” y actualmente tienes 56 años. 11. Durante tu infancia viviste en la Granja Dorma, a las afueras de la Catedrática de Bacres, en Nuevo Hartages. Creciste en una familia cuyos integrantes solo eran 3; tu hermana Francesca, tu tía Rocío y tú. Llegando a la edad de 17 años, tuviste que irte del pueblo, causa de un linchamiento infundado por un crimen que no cometiste. 12. Estando solo en tu viaje y llegaste a la estrepitosa ciudad de Marceruanda: una ciudad saturada de impacto visual, problemas de identidad, sangre e inmundicia; pero que, por ahora era tu nueva casa. 13. Al poco tiempo te fuiste adaptando, hiciste una pequeña vida como Marcerundino, bla, bla, bla. Seamos un poco tajantes y vamos al grano. Estudiaste Literatura, te graduaste de forma honorífica para después tener una carrera llena de logros; has ganado el Nobel Bélico, el de la Paz y hasta el de Mexicali. Toda tu vida has estado por miles de ciudades y pueblos de cientos de países; duermes en recamaras llenas de gente vitoreando y gimiendo para que escupas con desprecio un poco más de tus párrafos; la gente embriaga tu Ego al gritar tu nombre. Sí, ese eres tú, un campeón para todos, y más importante, un campeón para ti. 14. Mientras visitas versos de distintas lenguas que forman parte del mismo espacio y tiempo conformado por tu abstracta mente decides ver por la ventana de reojo; puedes observar que el sol está más rojo que nunca y te lleva a lo más profundo de tus socavones mentales… 15. Recuerdas ese día en la Granja; donde le ayudabas a tu tía a apacentar el ganado y preparar el estofado para el desayuno; descansabas un rato para después ayudarle a tu hermana a tejer ropa para tu sobrino que venía en camino. Al final de la tarde vas a pescar un poco mientras vez como el sol se va escondiendo a lo lejos; en ese momento, te interrumpe tu cuñado, Brandon. 16. —¡¡¡No puedo creer que te acostaste con ella!!!— te dice con una rabia inmensa, para después sorprenderte con un puñetazo dado de tal forma que te deja nauseabundo y mirando al suelo mientras este se llena del amargo color proveniente de tu nariz. Él sigue, te dice cosas que no entiendes; tanto por el golpe, como por lo repugnantes y ajenas que te resultan. Mientras la desdicha de ser tú se encuentra en un sin parar, él no deja de golpearte una tras otra vez mientras te imputa y escupe pecados capitales directamente en la cara 17. De pura suerte te dejó vivo, sólo porque él quería ver tu muerte correr de forma pública.
18. Cojeando con congoja terrible, te diriges a casa de tu tía; donde le pediste apoyo para que te ayudara a lavar y a curar las heridas profundas que tenías alrededor del cuerpo; al poco tiempo le confiesas lo que había sucedido, para saber qué ayuda podías obtener a causa de esta injusticia. 19. Y así fue como tú, recuerdas como huiste de tu Dorma querida, del como desapareciste de Nuevo Hartages para siempre. Después de eso jamás volviste a ser la misma persona, y después de ver el sol ardiente en aquella ventana del avión, tampoco lo serás. 20. Lo anuncian en las Telepantallas y radios de todos los lugares pertenecientes a la Gran Republica. El vuelo 761 de Khartegan Airlines, que iba rumbo a Belmonte, se estrelló en una granja pequeña de un pueblo a las afueras de La Catedrática de Bacres. En ese vuelo estaba el gran escritor de renombre “Kendrick F. Rock”, quien apareció sin vida. La causa del accidente fue una turbina, la cual se incendió y explotó, provocando que el avión se estrellara. Como verán, a veces no es tan difícil meterte en esa página en blanco, mucho menos llenarla. En dado caso de que tengas un bloqueo muy fuerte, para algo existe el Adderall, querido lector. Esto fue todo; nunca olvides usar con mucha precaución este manual. Cuida mucho en qué lugar del mundo de papel quieres quedarte enajenado y sé cuidadoso de los pasos que das en este.