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porada de libros de cuentos azul

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Alma Chiabrando y Helena Fontana

EL GUARDIAN DE LA LUNA


El Guardián de la Luna La primera noche Santiago tenía dieciséis años y dormía en la azotea de su casa, sobre una manta que olía a lavanda y a verano. No era por gusto: desde chico había descubierto que las estrellas se veían mejor así, tumbado, con la luna justo encima como un ojo enorme que lo vigilaba. El pueblo de Valleclaro era famoso por su luna. Los viajeros decían que era la más brillante de toda la región, tan luminosa que las calles parecían de plata a medianoche y los gatos no necesitaban faroles. Esa noche, Santiago se despertó con una sensación rara, como si algo le hubiera pasado por encima. Abrió los ojos y lo vio. Una figura alta y delgada, hecha de niebla y de noche, flotaba frente a la luna. Tenía brazos larguísimos que se estiraban hacia ella, como ramas buscando agua, y de su cuerpo caía un polvo oscuro que se deshacía antes de tocar el suelo. Lo más extraño: no tenía sombra. Ni una. La luna lo iluminaba de frente, y detrás de él no había más que aire vacío. Santiago quiso gritar, pero la voz se le quedó atascada. La criatura alargó una mano, rozó el borde de la luna, y arrancó un pedacito de brillo. Era pequeño, del tamaño de una moneda, pero Santiago lo vio: la luna parpadeó, como si le hubieran quitado un aliento.


— ¡Aléjate de ella! — gritó al fin. La criatura se detuvo. Giró la cabeza muy despacio, y lo miró. Tenía ojos que no eran ojos, sino dos huecos donde la noche se había metido a vivir. Su voz sonó como el crujido de ramas secas: — ¿Y quién eres tú para ordenarme? ¿Tú, que duermes bajo su luz y nunca te preguntaste quién la cuida cuando nadie mira? Y se fue, deshaciéndose en el viento, dejando a Santiago temblando en la azotea con la luna un poco más pálida de lo que recordaba.

La luna que susurra Nadie le creyó. Su madre le dijo que había sido una pesadilla. El panadero se rió. Su mejor amiga, Valeria, que siempre lo escuchaba, frunció el ceño y dijo: "Las cosas que no tienen sombra no existen, Santiago." Pero Santiago no podía dormir. Cada noche subía a la azotea y miraba. Y la luna, que antes era un círculo perfecto de luz, ahora tenía una pequeña mella, como una uña que muerde un pastel. Una noche, agotado, se quedó dormido bajo ella. Y la luna le habló. No con palabras que se escuchan con los oídos, sino con palabras que se sienten en los huesos, como un frío que tiene sentido.


— No temas por mí, pequeño guardián. Yo he visto caer mil estrellas y he visto nacer mil más. Lo que temo no es que me roben el brillo. Es que él olvide por qué lo necesita. — ¿Quién es? — susurró Santiago en sueños. — Antes fue como tú. Un guardián. Hace mucho, cuando el mundo era más joven, él me protegió de una tormenta que quería apagarme. Dio todo lo que tenía: su luz, su sombra, su nombre. Yo quedé a salvo. Él quedó vacío. Ahora roba mi brillo porque no recuerda cómo pedir ayuda. Santiago despertó con el corazón latiendo fuerte. Ya no tenía miedo. Tenía algo peor: tenía preguntas.

La leyenda del abuelo Su abuelo, don Aurelio, era el único en el pueblo que sabía. Tenía ochenta años, una barba que parecía una nube de invierno, y una caja de madera que abría solo los días de tormenta. — Siéntate, muchacho — dijo, cuando Santiago le contó todo. — Porque lo que voy a decirte, mi padre me lo dijo a mí, y a él su abuelo, y así hacia atrás hasta que la mmoria se pierde. Abrió la caja. Dentro había un espejo roto, partido en dos, con el marco de plata desgastada.


— Se llama el Saqueador de Nubes. Hace cien años, otro joven como tú prometió protegerla. Se llamaba Tomás, y era valiente, más valiente que tú y que yo juntos. Pero quiso vencer al Saqueador con furia. Lo persiguió, lo atacó, lo insultó. Y la furia siempre pierde, Santiago. No se roba a un ladrón con más fuerza. Se le roba con compasión. — ¿Y qué pasó con Tomás? — preguntó Santiago. El abuelo cerró la caja despacio. — El Saqueador lo tomó. Le quitó la sombra como le quitó la suya. Ahora Tomás también vaga por la noche, buscando luz que no le pertenece. Por eso este espejo está roto, muchacho. Porque el último guardián se rompió con él. Santiago miró el espejo partido. En el pedazo más grande, su propio reflejo lo miraba con ojos que no sabían si iban a llorar o a pelear. — ¿Y yo qué hago? — preguntó. — Tú decides — dijo el abuelo, y se levantó. — Pero recuerda: la luna no necesita que la defiendas con espadas. Necesita que alguien entienda al que la quiere robar.


entienda al que la quiere robar. Santiago quedó un momento en silencio, mirando el espejo roto. En el pedazo más grande, su reflejo seguía ahí, con esa mirada que no sabía si iba a llorar o a pelear. Pensó en Tomás, pensó en el Saqueador sin sombra, pensó en la luna parpadeando como si le hubieran quitado un aliento. — ¿Entenderlo? — repitió, casi sin voz. — ¿Cómo se entiende a alguien que roba la luz? El abuelo ya estaba en la puerta, con la caja bajo el brazo. No se volvió del todo, pero su voz llegó clara, como llegaban las cosas importantes: — Igual que se entiende a un río que se desborda, muchacho. No porque tenga razón, sino porque tiene sed. El Saqueador no roba por maldad. Roba porque hay algo en él que se quedó a oscuras hace mucho, y no sabe pedir luz de otra manera. Tomás quiso apagar esa sed con furia, y la furia solo le enseñó al ladrón cómo se ve un corazón vacío. No le des eso. Dale otra cosa. — ¿Qué cosa? — preguntó Santiago, pero el abuelo ya se había ido, y la puerta se cerró con un golpe suave, como quien no quiere despertar a nadie. Santiago se quedó solo con el espejo roto y la luna entera brillando arriba. La tocó con un dedo, el vidrio frío. Y por primera vez esa noche, no miró la luna para vigilarla. La miró para preguntarle algo:


— ¿Qué perdiste tú, cuando te robaron? — susurró. Y la luna, allá arriba, no contestó. Pero Santiago juró que, por un instante, brilló un poquito más fuerte, como si alguien, en algún lugar, hubiera entendido la pregunta. Santiago esperó a que la noche se hiciera profunda, cuando el pueblo entero dormía y hasta los gatos habían cerrado los ojos. Tomó el espejo roto, lo guardó bajo la camisa, y subió a la azotea. La luna lo esperaba, entera y brillante, pero él ya no la miraba como a una cosa que vigilar. La miraba como a una cosa que entender. El Saqueador apareció sin ruido, como siempre, hecho de niebla y de noche, flotando frente a la luna con esa mano larga lista para rozar el borde y arrancar otro pedacito de brillo. Santiago no gritó. No lo insultó. No levantó ninguna espada, porque no tenía ninguna. Dio un paso adelante, y dijo, con la voz más firme que había tenido en toda su vida: — Sé lo que eres. Sé lo que te quitaron. Y sé que no robas por maldad, sino porque hay algo en ti que se quedó a oscuras y no sabe pedir luz de otra manera. El Saqueador se detuvo. La mano, a mitad de camino hacia la luna, quedó suspendida en el aire. La niebla del rostro se arremolinó despacio, como quien escucha algo que no oía hacía cien años. — Yo también perdí a alguien — siguió Santiago, y sacó el espejo roto de bajo la camisa. — Tomás lo perdió todo


por querer vencerte con furia. Yo no vine a vencerte. Vine a decirte que no tenés que robar. Que podés pedir. Que hay alguien, acá abajo, que te va a entender aunque no tengas cara para llorar. Y entonces, muy despacio, Santiago alargó la mano. No con el espejo, no con ninguna arma. Con la mano vacía, como quien le ofrece agua a alguien que tiene sed. El Saqueador miró esa mano. La miró mucho rato. Y la niebla del rostro, por primera vez en cien años, se movió como si algo, muy adentro, hubiera empezado a derretirse. La mano larga y transparente bajó, despacio, y no rozó la luna. Rozó la palma de Santiago. Era fría, como tocar la noche, pero no quemaba. Y Santiago sintió que, en ese contacto, algo se devolvía: la luna, arriba, brilló de golpe, más fuerte que nunca, como si le hubieran devuelto un aliento que le faltaba. El Saqueador no dijo nada. Pero su sombra, la que no tenía, empezó a formarse a sus pies, primero tenue, después más clara, como una mancha de noche que aprendía a ser cuerpo. Y cuando la niebla se deshizo del todo, Santiago vio, por un instante, el rostro de un joven que sonreía con los ojos, y que se llamaba Tomás, y que por fin podía descansar. La luna quedó entera, redonda, brillando sobre Valleclaro como siempre, o un poco más. Santiago se quedó en la azotea, con el espejo roto en la mano, y se dio cuenta de que ya no estaba roto. Estaba entero, y en él se reflejaba la luna, y su propia cara, y ya no tenía esa mirada que no sabía si llorar o pelear. Sabía. Y eso era


suficiente. A la mañana siguiente, el abuelo encontró el espejo colgado en la pared, entero, brillando. Y al lado, un papel con letra de chico que decía: No se roba a un ladrón con más fuerza. Se le roba con compasión. Y abajo, más chico: Gracias, abuelo. Y desde esa noche, cuando los viajeros pasaban por Valleclaro y decían que su luna era la más brillante de toda la región, nadie les contaba la historia del Saqueador. Pero Santiago, tumbado en la azotea con su manta que olía a lavanda, la miraba y sonreía. Porque sabía que la luna era suya, y de todos, y que ya no había nadie que viniera a robarle nada.

FIN. Helena Fontana y Alma Chiabrando


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