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Bogotá piso a piso, desde la Torre Colpatria

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BogotĂĄ piso a piso, desde la Torre Colpatria


Arriba, muy arriba, tan alto que las nubes pasan a su lado, que los pájaros prefieren volar más bajo, que los aviones la tienen como un faro, como una señal, allá, metida en el cielo, esta torre que es símbolo y que es inspiración mira a Bogotá. Desde arriba, muy arriba, las calles son venas y son arterias las carreras, y en ellas nadan los carros como plaquetas y se mueven como glóbulos rojos esos buses grandes con cintura de acordeón. Monserrate parece a solo un paso: y la hazaña de los que llegaron a pie hasta la cumbre se hace más evidente desde allí. A un lado se ve la historia, y sobre la historia los palacios en donde hoy se decide lo que será mañana. A otro lado se ven los soles como bolas de fuego en su cotidiana despedida. Y a los pies, la prisa de los hombres parece no tener motivo. Desde abajo semeja un camino hacia el cielo. Y lo es. Cada día hay cientos de miles que levantan la cabeza para mirar la torre, para admirarla. Y la vuelven a bajar después de haber tocado el cielo con los ojos. Fernando Quiroz


Casco bien ajustado en la cabeza. Manos firmes en el manubrio. Pies en los pedales. Una mirada a la casa antes de partir. Lo que sigue es el vértigo de un territorio desconocido en el que la gente corre en direcciones opuestas. Otros ciclistas más grandes en bicicletas enormes pasan como relámpagos y los hacen tambalear. Nada los detiene a ellos dos. Atrás han dejado al tío que les dio el primer impulso, la vecina del perrito ha desaparecido, ahora están solos y aunque todavía conservan algo de esa sonrisa de la partida, el viento ha empezado a enfriarles la piel. Pronto serán dos individuos enfrentados con el mundo, que los mirará llegar extrañado. El pedaleo es continuo. Las piernas del más pequeño se mueven veloces. No quiere quedarse relegado. Ninguno aparta la mirada del horizonte. Ya no sonríen porque el mundo cambia a medida que se dejan llevar por la inercia de la pendiente de las calles y por la emoción del descenso. Los árboles forman túneles por donde ellos avanzan. Se miran y reconocen en el otro el terror de crecer. Juan Diego Mejía


–¿Aló? Lágrimas al otro lado de la línea. Esa mañana había llegado tarde a la oficina. El tráfico había estado tan mal como nunca antes. El pan se le había quemado en el tostador. Tuvo que hacer el café con los últimos restos de un frasco de viejo. Casi no pudo levantarse de la cama. La ansiedad por los resultados del examen no lo dejó dormir. Por la ventana del edificio, el cielo gris parecía repleto de bultos de cemento. Sin embargo, el clima estaba tibio, bochornoso, con augurios de lluvia, pero aun con lluvia tendría que salir a la calle. Su licencia de conducción se había vencido y debía hacer dos filas en bancos diferentes para poder pagar el trámite. Su esposa, al otro lado de la línea, seguía llorando, mientras sus piernas temblaban, su corazón se hinchaba, sus axilas se calentaban y una corriente de escalofrío brotaba de su pecho y subía por su cabeza. Afuera, en la calle, un carro de valores se parqueó en la esquina, y algunos empleados corrían. ¿Qué excusa le dirían a su jefe para explicar su llegada tarde? De repente, esas personas empezaron a verse borrosas, se confundían unas con otras, unidas por la velocidad, como un enjambre de moscas que huyen de una colmena reventada. Las lágrimas de su esposa al teléfono contagiaron sus ojos. Él también lloraba. Iba a ser papá. Simón Posada


Habrían sido, en otro tiempo, torres del homenaje, bastiones retorcidos, temida fortaleza que destella en la montaña. Ahora que conocemos su oculto destino, miramos de otra manera aquel territorio de costumbre que las rodea, nos detenemos, contemplamos su brillo en la tarde y callamos, expectantes, el día pasa sin motivos distintos al de un susurro que nos dice: “Es hermoso lo que se dibuja, lejano, porque es nuestro deseo quien lo traza, lo imagina, para que sea hecho a nuestra medida”. La luz es, también, la esperanza, aquella que no deja de regalarnos un momento nuevo, un donaire de formas para el ojo, una postal encantada para los días malos, un abrazo. El corazón se ha aliviado, la montaña es la torre; la torre, la montaña; y sabemos que lo anodino puede ser hoy, sin prisa, el milagro. Juan Felipe Robledo


Me dicen los arqueólogos que en este lugar hubo alguna vez una gran ciudad de la que no quedan casi rastros. Estas torres metálicas alineadas deben ser las luces de aproximación a la pista de un antiguo aeródromo. Pero no hay manera de corroborar mi afirmación. Es imposible saber si alguna vez hubo una pista cerca. Podría estar

oculta bajo metros y metros de escombros, arena y piedra. Pero de pronto noto que este lugar está muy pegado a las montañas, y el viento preponderante sopla en un ángulo de casi 90 grados, lo que obligaría a un avión a aterrizar de manera acrobática y con viento cruzado.

Es probable entonces que estas luces hayan servido de guía de aproximación a naves espaciales que se posaban en un cosmódromo cercano. ¿Esa ruina en forma casi circular que se observa a unos 400 metros de distancia en dirección noroeste habrá sido el cosmódromo? No sé, no sé para qué hayan podido servir

esas luces que aún hoy les dan la bienvenida a hipotéticos pilotos que no tendrían cómo aterrizar en este paraje devastado. Eduardo Arias Villa


Los buscamos para orientarnos. Para decirnos –para decirle al taxista– por cuál calle ‘subir’ o por cuál ‘bajar’. Son los referentes que nos dicen dónde estamos y, de paso, cómo enfrentamos el día: ¿de paraguas o de franela? Lejos de límites, son más bien fronteras mentales; como el mar para el costeño. Bordes expansivos. Y gracias a que son el marco vigoroso de esa obra desmesurada que está a sus pies, son la única esperanza ‘verde’ de la ciudad. Y cumplen. ¡Pero ojo!, no son verdes ni amarillos, ni pardos, ni grises, ni negros, ni morados. Son todos los colores. Anaranjados, como a eso de las 5:30 p.m., o azulosos, a las 6:00 a.m. Y plateados, como los vidrios de sus apartamentos. Los cerros son las nubes, las torres, el sol, las ciudadelas, el vuelo, la circunvalar, el viento, las antenas, la lluvia, el parque y el agua –en quebradas o en tubos–, como venga, gracias... Son los países de los pájaros y, también, mi helada delicia. Y porque son volcánica aparición, todo el respeto y toda la confianza. Con Monserrate, El Cable, La Teta, Guadalupe y los demás tengo una infinita relación. Sólida. Adoro a mis cerros, porque son la primera y la última dignidad de Bogotá. De rodillas. Mauricio Silva Guzmán


Desde las playas morenas de Aruzí, lejos, muy lejos de la sabana yerta, el viento trajo una noticia que sorteó bosques y páramos. Trepó cordilleras ese viento en cuya cresta viajaba la noticia obsecada y descendió de lo alto y se escurrió por el valle del Magdalena y volvió a ascender ese viento invencible por todo lo escarpado que hay antes de coronar la Tribuna, que es donde nace la planicie bogotana. El viento con la noticia a galope avistó entonces su destino final y se puso más contento aún y se volvió más veloz aún para sortear el manicomio de calles y de ruidos de la ciudad imposible hasta conseguir llegar a la dirección que buscaba. Era un gigante que el viento no había visto porque no era una montaña, porque no era un páramo. Era una mole de vidrios y de cemento que el viento, con la noticia al anca, decidió trepar y trepar valido de una escalera que el azar le cruzó al paso. Hasta que alcanzó el piso siete y pudo dejar en los oídos de ella la noticia que le traía desde Aruzí, lejos, muy lejos, por allá por Tribugá. La noticia era buena. Ella se rio con toda esa boca llena de dientes blancos. Héctor Rincón


En la vida hay una gran diferencia entre lo que ves y lo que quieres ver. Esta es la eterna dualidad entre el mundo y mi mundo. El primero, altamente racional; el segundo, fuertemente emocional. Pero por más que intente objetivamente entender el mundo, este siempre será interpretado de manera subjetiva a través de mis ojos. Y así, cada vez que los cierro y me acuesto en la cama, brota algún problema por resolver o alguna preocupación por apaciguar. Y al abrirlos y despertar el ciclo se reinventa y todo vuelve a comenzar. Salgo a caminar, con un pasado, con un presente, con un futuro por lidiar. Todos caminamos en búsqueda de un destino, pero no todos los caminos conducen a Roma. Unos van a la carrera séptima, otros a la carrera quinta y otros a la avenida 26.

Sin importar qué ruta tomemos solo nos nutren los logros cotidianos emocionales, la sonrisa del prójimo, la palmada en la espalda, el suspiro al oído, el favor sin interés, el agradecimiento, el reconocimiento del otro. Simples victorias del día a día que cargan de vida y aguante nuestra existencia. Ya no somos el Homo Sapiens, somos el Animal Emocional. La victoria del sentimiento nos da la razón. El mundo ve una calle, ladrillos, cemento y paredes. Mi mundo ve una V, la V de la Victoria, el triunfo diario que me recuerda por dónde debo marchar para llegar sin escalas a eso que llaman felicidad. Bienvenidos a la V. Juan Carlos Ortiz


Podrías ver esta luminosa encrucijada de calles y hacer como que no piensas en mí, como que saciaste la sed de ciudades que tenías con otros lugares y depositaste este en un rincón de las gavetas incontables de tu mente; dirás que no te dice nada, pero te haré mi personal ayuda de memoria: en ese puente solía acompañarte, bajo la llovizna de las cinco y media de la tarde de un día de almuerzo barato con sobremesa de jugo de guayaba, a tomar un bus en el que se apiñaban cuerpos de hombres y mujeres que exhalaban humores de urbe. Decenas de veces, rumbo a vespertina, cruzamos estas calles riendo entre los autos, atravesamos el pasaje del hotel, con sus pastelerías que arrojaban a los paseantes una orgía de aromas lujuriosos. Cuántas veces corrí a comprar en los bajos del hotel una revista que querías tener; cuántos atardeceres nos encontramos sorprendidos con una boda saliendo de San Diego, y nosotros pensábamos que la gente solo se casaba los fines de semana. O fuimos al apartamento tuyo a hablar noches enteras, como si nos hubieran dado la tarea de hacer el relato de un continente recién horneado. Fue afuera del edificio que apenas se esboza a la derecha, donde te vi una noche: él te abrió la puerta de su automóvil y subiste. La ciudad me habló: tuyo es todo y nada.

Francisco Celis


Todo evoca al silencio, la luz sobre los troncos verticales y las siluetas frías que se estiran por el suelo, barrotes tras los cuales hay un hombre. Un hombre, solo un hombre y sus fantasmas. ¿Acaso nadie escucha el eco de esas voces? ¿Están allí? ¿Serán memoria o serán figuraciones? Una afluencia de sonidos y estridencias que se agolpan, marea que revienta y se retrae y se convierte en un murmullo, espuma de conversaciones pasadas.

Un canto, un susurro y una dulce risa. Ese rumor feliz anunciando el desayuno. Tantas charlas de café después del cine. El crepitar de un disco muy tocado y la voz de jazz mezclada con la suya. Una duda y un reclamo. Un grito, un llanto, una promesa. Un adiós. El ruido de las llaves y el cerrojo. La puerta al sellar la soledad. La lluvia gris sobre el baldosín del patio. El timbre estéril del teléfono. El arrullo de las palomas en esa banca del parque.

Una pena que ahonda un vacío, la brisa fresca de la tarde y el beso del sol sobre su cara. Todo evoca al silencio. Una risa suave, un verso enamorado y de nuevo un torbellino que arremete y pronto se dispersa. Un párpado y un labio que se dibujan y se desvanecen. Un hombre, solo un hombre, prisionero. Eduardo Escallón


Mientras la ciudad duerme o se dispone a hacerlo, un balón rueda vertiginosamente todas las noches en las alturas, aunque para el caso, y en rigor, aquí se encuentre detenido. Tan detenido como los tres hombres de impecable azul que acompañan con sus brazos caídos la jugada; los tres, rollizos y expectantes, pero, sobre todo, indecisos entre ir por el balón o aguardarlo, entre dar el paso indicado o recular para recuperarlo, entre achicar en bloque como lo dicta El Gráfico o permitirle al rival ganar un nuevo espacio. O como los tres de blanco a quienes hoy la vida les tiene reservada la victoria. Noche tras noche, los calidosos y los micreros, los si-me-quiere y los hágame-famoso, los entrañables seguidores de la Pulga o de Ronaldo, se reúnen aquí ―infaltables― para soñar despiertos con el taco y la bicicleta, con la chilena y la rabona, con el tiro al ángulo y la pared de lujo, con el gol del triunfo y la medalla. Mientras la ciudad duerme o se dispone a hacerlo, en la ventana de un edificio un balón rueda a su manera, aunque, en rigor, y para el caso, como en un sueño aquí parezca en el aire detenido. Mauricio Becerra


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