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ESTO QUE HEMOS HEREDADO
ESTO QUE HEMOS HEREDADO
OCENSA
PUBLICACIÓN
PERSONAJES
Tomás Rueda Ehrhardt Presidente
Deliria Dirección editorial
PUEBLO NUEVO Y PLANETA RICA
Enrique Sandoval Vicepresidente de Operaciones
Paola Guevara Carolina Vegas Fernando Gómez Garzón Nahum Montt Jaime Andrés Monsalve Daniel Samper Ospina Cronistas
Hilario Bedoya Eliécer Padilla Daniel Peña Alberto Segundo Arroyo Mariluz Rocha Barney Barrera Luis Alfonso Urzola Zhayda Del Carmen Arteaga Miguel Emilio Naranjo Leobardo Naranjo Gilberto Alejandro Durán Dalia Martínez
María Paula Camacho R. Secretaria General Ramiro Santa G. Dirección de Responsabilidad Integral Hernán Bedoya Dirección Operaciones Maria Fernanda Tamayo Dirección Organización y Talento Rosemery Carrillo Dirección Estrategia y Finanzas Rafael Díaz Dirección de Auditoría
ESTO QUE HEMOS HEREDADO y abrimos los ojos bien abiertos
Mona Herbe Dirección de arte Sandra Staub Diagramación Mona Herbe Fotografía Javier Lizarazo Finalización de fotografías Javier Correa Corrección de textos
DOCUMENTAL
María Paula Camacho Ramiro Santa Ángela Riaño Adelaida Román Luz Adriana Méndez Comité Editorial
Deliria Realización y Producción
Ludy Chipagra Sandra Wilches Gladys Castro Ana Maria Loaiza Loida Esther Montes Gestores sociales
John Paul Fasel Musicalización
Álvaro Díaz Director Fundación Oleoductos de Colombia Fernando Quiroz Adriana Echeverry Dirección del Proyecto Alfonso Peñaloza Producción y logística
John Paul Fasel Mona Herbe Dirección y edición
Alfonso Peñaloza Producción general Este documental puede ser visto en la página www.ocensa.com.co
SAN ANTERO Y TUCHÍN
Aureliano Solano Ana Lucía Surita Eustorgio Díaz Yolanda Pájaro Cristóbal Correa Neydilia Rodríguez Sonia Nova Amalia Hernández Roberto Díaz Luis Enrique Ladeus Domingo Hernández Hernán Hernández Johana Hernández Alexánder Hernández Alejandro Hernández
REMEDIOS Y SEGOVIA María Gala Arias Paola Andrea Restrepo Erlin Augusto Avendaño Gabriel Agudelo Jesús Ángel Monsalve Wílmar Carvajal David Zea Leonardo Isaza
PUERTO BOYACÁ Y PUERTO BERRÍO Ana Josefina Peña Alberto Sanabria Socorro Cuadrado Rosa Elena Urrea Carlos Onofre Quintero Doris Díaz Orlando Trujilllo José Humberto Gallego María Cristina Lloreda Rubén Mejía María Antonia Lloreda Jorge Gutiérrez
R AMIRIQUÍ Luis Andrés Sanabria Silvino Espinosa José Antonio Rodríguez Henry Sanabria Pineda María Gloria Aguirre Rubén Darío López Abdías Vargas Florencio Mendoza Gloria Pulido Alcira Jiménez Longeva Márquez
AGUA ZUL PUENTE NACIONAL Y JESÚS MARÍA Jacqueline Hurtado Posidia Merchán Raúl Sáez Merchán Diego Suárez Martha Burgos Elsa Castellanos Luis Eucardo Farfán Gustavo Ardila Óskar Gaviria José Segundo Castellanos Eliana Contreras José Santiago Santa María Laura Santa María Jonatan Garzón Sara Garzón Jorge Amílcar Ardila Amalia Chávez Luz Mary Luengas Adelaida Pérez Carlos Martín Ariza
Julia Trinidad García Argemiro Pirabán José Antonio Molano Mayerly Dimas David Samuel Hernández Florencio Buitrago Alexander Buitrago Luis Antonio Echeverría Félix Chaparro Brayan Chaparro Jorge Mario Chaparro Floro Vargas Awin Acevedo
Panamericana formas e impresos Impresión ISBN xxx (en proceso) Bogotá - Colombia Noviembre de 2016 Editado por DELIRIA S.A.S. Calle 90 No. 11 – 44 Oficina 304 Teléfono: 6110548 Bogotá, Colombia deliria.deliria@gmail.com
PÁG 018 PÁG 044 PÁG 072 PÁG 100
CAPÍTULO I
AGUAZUL: UN VIAJE A LAS TRADICIONES Daniel Samper Ospina
CAPÍTULO 2
RAMIRIQUÍ: HERENCIA DE HIERBA Y TIERRA Jaime Andrés Monsalve R
CAPÍTULO 5
I LU S I O N E S Y Q U I M E R AS D E R E M E D I OS L A B E LL A Y S E G OV I A L A D O R A DA Fernando Gómez Garzón
CAPÍTULO 6
P O R LOS CA M I N OS D E L P O R RO Nahum Montt
CAPÍTULO 7 CAPÍTULO 3
SANTANDER A BOCADOS
TI E R R A D E CA Ñ A F LE C H A , TOTU MO Y B OCAC H I C O
Paula Guevara Fernando Quiroz
CAPÍTULO 4
EL TAPIZ MULTICOLOR DE UN RÍO LLENO DE PECES GRANDES Carolina Vegas
PÁG 128 PÁG 156 PÁG 184
PALABRAS PREVIAS
UNA MIRADA CURIOSA Y RESPETUOSA
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eguimos abriendo los ojos bien abiertos. Seguimos contemplando con asombro a las comunidades que pueblan las tierras incomparables bajo las cuales cruza el oleoducto de Ocensa. Las admiramos y no dejamos de aprender de ellas. Y procuramos siempre un mejor estar para quienes integran la comunidad vecina. Desde que le dimos vida al proyecto denominado “Y abrimos los ojos bien abiertos…” hemos querido plasmar esa admiración de muy diversas formas: en carteles enormes que hemos expuesto con fascinación, en libros profusamente ilustrados, en fotografías y documentales en los cuales sobran las palabras. Y en unos y otros los protagonistas han sido los colombianos de esas comunidades diversas que pueblan el territorio que se extiende desde el piedemonte llanero hasta el mar Caribe. En esta oportunidad hemos dirigido esa mirada, curiosa y respetuosa a la vez, a las tradiciones de estos pueblos de los cuales nos sentimos orgullosos. Hemos indagado por las raíces de estas comunidades, hemos buscado a los protagonistas de las manifestaciones culturales que son el alma de sus tradiciones, hemos registrado la manera como se comparte y se aprende ese legado. El resultado está en un hermoso documental y en el libro que ahora usted tiene en sus manos, Esto que hemos heredado. Porque hemos querido compartir con ustedes esa admiración que sentimos por las comunidades que pueblan los 836 kilómetros que recorre el oleoducto de Ocensa. Porque hemos querido, a través de este testimonio, promover un mayor cariño de los colombianos por sus raíces. Para que al reconocernos en ellas –y al comprender que la diversidad de manifestaciones culturales y de formas de pensar es una suma afortunada– nos sea más fácil reconciliarnos. Los invitamos a pasar las páginas y descubrir algunas de las tradiciones más hermosas de Colombia.
TOMÁS RUEDA EHRHARDT Presidente
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PALABRAS PREVIAS
UNA SUMA DE ARTES Y SABERES, DE VIVENCIAS Y NOSTALGIAS (todo esto que hemos heredado)
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na gaita que devuelve en el tiempo a quienes la oyen, que les recuerda esas alboradas en las que viejos y jóvenes se volcaban a la calle cuando las notas de ese porro ilustre llamado María Barilla –que la gente de Córdoba lleva en la sangre– empezaban a flotar en el ambiente. El perfume de las guayabas maduras, que anticipa la dicha de probar otra vez la receta centenaria de los bocadillos de Puente Nacional, que la madre aprendió de la abuela, y la abuela de esos antepasados que tenían al mismo tiempo la bravura de los comuneros y el gusto por el dulce. Los cantos que aún se oyen en las noches de luna roja, en torno a una fogata inspiradora, cuando los llaneros curtidos y arriesgados descansan de una jornada exigente en la que movieron centenares de reses de aquí para allá, y de allá para acá. La imagen imponente de la iglesia pintada con lápiz rojo en una tela blanca, para que las torres y los enormes portones adquieran nueva vida con el trabajo cuidadoso, paciente y delicado de aquellas mujeres que le han dado a Jesús María la buena fama de epicentro de algunos de los más bellos bordados de Colombia. El sabor inconfundible de esos ajíes dulces, indispensables en cualquier guiso de los que preparan a diario en las tierras que baña el río Sinú y que sirven de base para ese arroz con cangrejo y coco que siempre llega a la mesa cuando alguno de los hijos pródigos regresa a orillas de la bahía de Cispatá.
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Ahí está la tradición. En las recetas que empezaron a pasar de generación en generación. En las melodías que las madres cantaban mientras arreglaban a sus hijos para ir a la escuela, y que los hijos repitieron por instinto cuando se convirtieron en padres. En los oficios que se asumen con cariño y se emprenden con un sentimiento artístico, y que no se enseñan en los salones de clase sino que se aprenden en el solar de las casas centenarias. En los aromas que salen de la olla mientras el fuego convierte en manjares los ingredientes que nacen silvestres en una región: aromas que hablan de una época, que alborotan la nostalgia, que constituyen un tiquete para viajar al pasado. Ahí está la tradición: en las terneras que se asan sin prisa y que reúnen a la familia en las tardes casanareñas de domingo. En el tiple que eleva a la categoría musical aquellas coplas que cuentan con humor la historia de una vereda boyacense. En los troncos que convierte en esculturas un ermitaño que para inspirarse no necesita más que abrir los ojos y contemplar los mil verdes de las montañas santandereanas que le sirven de asiento a un lugar de la vereda El Oscuro llamado El refugio de los duendes. En las faldas que ondean con gracia al ritmo de un porro que asumieron como propio en los puertos del Magdalena Medio desde cuando lo oyeron cantar en los barcos de vapor que regresaban de Barranquilla. En las leyendas de mineros afortunados que fueron conducidos por seres extraños a los socavones premiados del nordeste antioqueño. En los cantos de vaquería, a veces destemplados pero siempre emocionantes, que se escuchan en los amaneceres de las sabanas cordobesas. En las palmas que las manos hábiles de los artesanos de la etnia Zenú convierten en cestos, en billeteras, en manillas, en portavasos y sobre todo en esos sombreros de más de veinte vueltas que tanto admiran más allá de las fronteras y que se han convertido en otra de las insignias de Colombia. Ahí está la tradición: en lo vivido, en lo aprendido sin esfuerzo, en lo heredado de manera natural, en lo mil veces repetido. Ahí está, más que en los discos, más que en los libros, más que en las
fotografías que alguien colgó mucho tiempo atrás pero que han ido perdiendo el color. Y ahí, en la tradición, en todo aquello que hemos heredado, está buena parte de la vida, de la esencia, de la historia… ahí está, sin duda, una parte muy importante del alma. Un espejo en el que nos miramos nos frecuencia y en el cual no solo nos vemos a nosotros mismos sino también a nuestros antepasados. Y a todos los que compartían con ellos una manera de hacer las cosas, de mirar el mundo, de interpretar la vida. A todos aquellos que han ayudado a definir nuestro carácter, nuestros gustos, nuestra identidad. Ha sido fascinante recorrer buena parte de esta Colombia tan rica en manifestaciones culturales –esta afortunada y hermosa suma de regiones de Colombia que va desde las llanuras del Casanare hasta la orilla del mar Caribe– y ver cómo cambian los atuendos, cómo desaparecen unos ingredientes y florecen otros que modifican las recetas, cómo se le canta a la vida aquí en un tono alegre y allí con acento de nostalgia, cómo se mezclan el arte y los oficios de maneras tan diversas para definir las vocaciones de una región y las especialidades de otra. Lo mejor es que se trata de una suma afortunada: se suman las faldas vaporosas de Puerto Boyacá y las gruesas ruanas de Ramiriquí. Se suman los bollos de maíz que en Tuchín conservan el afrecho y las arepas de maíz pelado con ceniza con el que inician cada jornada tantos santandereanos. Se suman las manos grandes con las que cura a sus pacientes un sobandero de Aguazul y los dedos delicados con los que una mujer chocoana arranca las hierbas con las que baja fiebres y alivia dolores de cabeza en Puerto Berrío. Se suman las guabinas de Santander y los bambucos de Antioquia, el fique de Boyacá y la cañaflecha de Córdoba, la mamona del Casanare y los bagres del Magdalena Medio. Se suman los sonidos que una joven enamorada de la música es capaz de sacarle a un requinto en Puente Nacional y los golpes acompasados de la clave con los que acompaña a su
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abuelo la más joven de las integrantes del sexteto Hernández en San Antero… allí donde siguen tocando esa afortunada mezcla de son y de porro en las celebraciones del pueblo que los vio nacer, que los vio crecer y que muy probablemente los verá morir. Se suman las llanuras que tiñe de rojo el último sol de la tarde y las montañas que habita una neblina espesa desde tiempo inmemorial. Las aguas dulces de un río que aún en las jornadas menos generosas les da de comer a municipios enteros y las aguas saladas que siguen inspirando a tantos pobladores que en el día son pescadores y músicos en la noche. Se suman los ritmos de esta Colombia festiva, los ingredientes de una nación que sigue gozando de buen apetito. Se suman artes y saberes. Se suman recuerdos y nostalgias. Se suman sonidos y palabras. Y en esa suma afortunada está todo esto que hemos heredado: está buena parte de la esencia de Colombia. Están las bases de esas tradiciones que nos permitirán reconocernos, en un ejercicio que hará más fácil reconciliarnos. Está esa cultura a la cual queremos rendirle homenaje en las páginas que vienen a continuación. ò
Yo na c í e n el C a s anare d ond e ha y g ana d o a montón, e n el Fund o la s C amelia s me dieron la for ma c ión y to d o los día s me b aña b a con a gu a d e un e s terón S o y c r iollo d e p a t a al s uelo llanero d e condic ión que cono ce la s cos t umbre s d e mi llano e n soña d or. E sos t r a b ajos d e llano e s a fue mi profe sión a mí nunca me ha falt a d o un ca b allo r u c io and ón el fre no con s eis a p eros la r ie nd a con el pia d or una s o g a s u a v e c it a la r u ana y el mand a d or con una silla v a quer a que me la t a pie un p ellón la s uelt a con la ca cher a y o la s e mp a to la s d os y a p e g a d a s d el s o guero p ar a que s e v e an mejor un c u chillo e n la c int ur a p or fuer a d el p ant alón y un s ombrero b or s alino d e s d e que e s t a b a pichón .
AGUAZUL CASANARE • LOS LLANOS