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Y ABRIMOS LOS OJOS BIEN ABIERTOS PARA VOLVER A CREER

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OCENSA

Thomas Rueda Ehrhardt Presidente

Enrique Sandoval Vicepresidente de Operaciones

María Paula Camacho R. Secretaria General

Ramiro Santa G. Dirección de Responsabilidad Integral

Hernán Bedoya Dirección de Operaciones

María Fernanda Tamayo Dirección de Organización y Talento

Rosemery Carrillo Dirección de Estrategia y Finanzas

Rafael Díaz

Dirección de Auditoría

Andrea Castillo

Dirección de Riesgos y Control Interno

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PUBLICACIÓN

Thomas Rueda Ehrhardt María Paula Camacho María Fernanda Márquez Ramiro Santa Adelaida Román Andrea Ruiz

Deliria

Comité Editorial

Luz Adriana Méndez B. Experta Gestión Social

Dirección editorial Cronistas

Carolina Vegas Hacer la paz con el mar

Luis Bravo Música para vivir en armonía

Leo Felipe Campos

Sandra Wilches Gladys Castro Loida Esther Montes Alexandra Bernal

Los mosqueteros del ganado El tejido de la memoria Miraflores con efe de fruta Los líderes inquietos de Caucasia

Gestores sociales

Adriana Echeverry

María Fernanda Márquez Andrea Ruiz José Mario González Comunicaciones Ocensa

Álvaro Díaz Director Fundación Oleoductos de Colombia

Andrés Motta Dubián Trespalacios

Comunicaciones Fundación Oleoductos de Colombia

Alfonso Peñaloza Producción y logística

Fernando Quiroz Adriana Echeverry

Dirección del Proyecto

La sociedad del cuidado

Fernando Quiroz

Una universidad para reactivar el campo Convertir tragedias en ilusiones Ellas no quieren coca, quieren cacao

Camilo Rozo Fotografía

Gabriel Mayuza Diseño y Diagramación

Liliana Tafur Corrección de textos

Panamericana Formas e Impresos S.A. Calle 65 n.° 95-28 Bogotá, Colombia Impresión y encuadernación

Prohibida la reproducción total o parcial dentro y fuera del territorio de Colombia, sin la debida autorización de Ocensa. Todos los derechos reservados. ISBN 978-958-58664-3-0

Bogotá - Colombia Noviembre de 2017 Editado por DELIRIA S.A.S. Calle 90 n.° 11-44 Oficina 304 Teléfono: 6110548 Bogotá, Colombia deliria.deliria@gmail.com


9 Tiempo de reconstrucción

10 La sociedad del cuidado

28 Ellas no quieren coca, quieren cacao

48 Los líderes inquietos de Caucasia

68 Los mosqueteros del ganado

86 Hacer la paz con el mar

102 Convertir tragedias en ilusiones.

120 El tejido de la memoria

142 Música para vivir en armonía

162 Miraflores con efe de fruta

182 Una universidad para reactivar el campo


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TIEMPO DE RECONSTRUCCIÓN Promover el mejoramiento de la calidad de vida de las comunidades ha sido desde sus inicios uno de los propósitos de Ocensa. Reafirmamos nuestro compromiso con Colombia, convencidos de estar ayudando a construir ese nuevo país que anhelamos: un país que logre hacer desarrollo en los territorios que contribuyan a crear un escenario de paz, reconciliación e inclusión. Impulsar la conversación regional es un buen punto de partida para un mejor entendimiento. También es importante fomentar alianzas que le apunten a la sostenibilidad de las instituciones y del ambiente, que se traduzcan en desarrollo y empleo para las regiones. Por eso, estas conmovedoras crónicas, en las páginas que se abren a continuación, consignan diez ejemplos de solidaridad, de unión y de colectividad que pretenden darle piso a la paz firmada, al lograr mejores condiciones para la población vulnerable, para los territorios que han estado en medio del fuego cruzado y para las víctimas del conflicto. Se trata de iniciativas que buscan la reconstrucción desde diversos frentes: la educación, el cuidado, la generación de empleo, la asociación productiva, la comercialización justa de los cultivos que reemplazaron a los de coca… Diez historias que inspiran y que demuestran que es posible, con el apoyo de todos, construir una nueva Colombia.

Thomas Rueda Ehrhardt Presidente Ocensa

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esde arriba se puede ver uno de esos milagros geográficos que intentábamos imaginar una y otra vez cuando éramos niños mientras repasábamos con el dedo los mapas de un libro. Allí está, entre las nubes lo presenciamos: después de unos minutos de sobrevolar la cordillera oriental de los Andes colombianos, se abre una llanura inmensa, surcada por ríos que parecen serpientes mitológicas, por largas y por robustas, que separan sabanas de mesetas y que sirven de fuente hídrica a las interminables extensiones de tierra en las que pasta el ganado y crecen los cultivos, principalmente de arroz y de palma.

Hace diez años, el Instituto tenía 170 estudiantes. Hoy en día, decenas de padres quieren que sus hijos estudien allí, y ya tiene 405 alumnos.

Son las llanuras del Casanare, que suman 44.640 kilómetros cuadrados verdes. Recorrerlas en carro permite otra mirada y otro descubrimiento: el de las piscinas naturales, los chorros, las quebradas y los caños cristalinos donde los casanareños nadan apaciblemente cuando no están en la faena diaria de arrear ganado y asegurar su engorde. En el Casanare la jornada comienza muy de madrugada. Cuando el sol apenas se está elevando sobre el horizonte ya se puede oír la voz de algún vaquero que les canta a sus reses de la misma manera que les cantaba a las que tenía 20 años atrás. Los que no

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El Casanare tiene casi 45.000 kilómetros cuadrados en los que sus habitantes se dedican a la ganadería y a cultivar la tierra.

se dedican a la ganadería, que históricamente ha sido la actividad fundamental de la región, cultivan las tierras, las cuidan o trabajan en los campos petroleros. De una manera u otra, la tierra es su sustento: en las capas más superficiales o en las más profundas está lo que les da para vivir. Y allí viven, en una extensión de tierra inmensa, debajo de un cielo que al caer la tarde la cubre con un manto rojo que hay que ver para creer. Es difícil pensar que estos parajes extraordinarios, que se repiten con sutiles diferencias a lo largo y ancho de los 19 municipios del departamento, han sido también escenario de una guerra descarnada en la que ha corrido sangre como agua, en la que el odio ha alimentado a la muerte hasta saciarla, una guerra cruda que dejó para siempre entre sus habitantes imágenes propias de un cuadro de Goya. La historia de confrontación armada de este departamento es tan larga como entreverada, pero los años noventa fueron los

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más difíciles para la región. A mediados de la década nada en el Casanare parecía suceder sin que pasara por la aprobación de los jefes de las Autodefensas Campesinas del Casanare. Los municipios de Monterrey, Tauramena y Aguazul eran el eje desde el que Martín Llanos ejercía el control de todo el departamento. Lo hacía desde varios frentes, uno de ellos era el Instituto Educativo Siglo XXI, un colegio ubicado en la vereda El Raizal del municipio de Tauramena. Hoy en día es un lugar lleno de vida y color, donde los niños juegan y aprenden de los demás y de su entorno, pero durante muchos años fue una de las instituciones desde las que los paramilitares ejercieron control y autoridad sobre la comunidad. No era raro


encontrar volantes en el colegio que decían “Muchacho que se porte mal nosotros lo ajuiciamos”, recuerda Rogelio Duarte, papá de un joven que estudió en el Instituto. Aunque los enfrentamientos paramilitares habían cesado y muchos de los comandantes estaban muertos, presos o escondidos, cuando Luis Emilio Patarroyo fue designado rector del Instituto en 2007, los valores que aún imperaban en el colegio eran los de la ilegalidad, las armas y la violencia. El escenario con el que se encontró Patarroyo era desolador. Los estudiantes eran niños y jóvenes involucrados en una

guerra que no buscaron. De ella habían aprendido que las armas otorgan poder y reconocimiento, que la ilegalidad es una opción más accesible que cualquier otra, que quien no comulga con lo que ve tiene que guardar silencio o de lo contrario paga con la vida misma. Algunos habían vivido una u otra cosa en carne propia, otros la habían vivido a través de sus hermanos, padres, tíos y vecinos. Lo que encontró era un desafío para él como ser humano y como maestro. Con la convicción de que la educación es la piedra fundamental para construir una sociedad de hombres buenos, lo primero que hizo Patarroyo con el equipo de maestros del Instituto fue sentarse a pensar en ideas poderosas que cambiaran la cultura de las armas y el silencio que reinaba en la región. En esas conversaciones identificaron los valores sin los cuales no es posible construir paz: la solidaridad, la verdad, la inclusión, la igualdad de derechos, el respeto por el otro y por sí mismo. Todos

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La solidaridad, la inclusiรณn, la equidad, el reconocimiento del otro y el cuidado del entorno son los valores del proyecto educativo.

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ellos enmarcados en un concepto que desde entonces ha sido el eje del trabajo del colegio: ‘La sociedad del cuidado’. Con ‘el cuidado’ como sombrilla, el Instituto ha creado una serie de proyectos que involucran no solo a los estudiantes sino también a sus familias, a la comunidad y a su entorno, y que han dado frutos evidentes tanto en lo social como en lo académico. El colegio pasó de ser uno de los últimos en las Pruebas Saber en 2005 a ser la mejor institución educativa del departamento en los últimos tres años. “El éxito se debe a que cambiamos el enfoque de la educación. Veíamos a los muchachos desinteresados, aburridos, así que decidimos dejar atrás la metodología que los llenaba de información y nos inventamos maneras que privilegiaran el desarrollo de los procesos de pensamiento. Ahora están enganchados con el aprendizaje y cada día quieren saber y ensayar más”, dice la docente Claudia Sandra Morales, que dirige el centro de investigación pedagógica del colegio. Los avances académicos que han logrado les han valido reconocimientos a distintos niveles, entre ellos el premio de la Fundación Compartir al licenciado Patarroyo como mejor rector del Casanare en el 2016, el apoyo de Colciencias a través de su programa Ondas a los proyectos de investigación pedagógica que hace el colegio, y el premio Samsung de investigación por su proyecto en tecnología titulado “Soluciones para el futuro”.

El colegio pasó de ser uno de los últimos en las pruebas Saber a ser la mejor institución educativa del departamento.

Aunque esos reconocimientos sin duda los alegran, no es de lo que se siente más orgullosa la comunidad educativa del Instituto Educativo Siglo XXI. Sus principales objetivos van más allá de lo académico: se centran especialmente en la recuperación de la confianza en el otro y en el mundo que los rodea, en la reconstrucción del tejido social y en formar ciudadanos de paz. No es casual que para la entrada del colegio hayan escogido este escrito que, según cuentan, fue encontrado en un tablero de una escuela secundaria de West Yorkshire en Inglaterra hace más de medio siglo:

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“Estimado profesor: Soy una de las sobrevivientes de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Mis ojos vieron lo que la mirada de hombre alguno debiese ver: Cámaras de gases de exterminación construidas por muy capaces ingenieros; niños envenenados por médicos especialistas; preescolares llevados a la muerte por enfermeras diplomadas; mujeres y bebés enviados a los crematorios por bachilleres y académicos. Es por ello que desconfío de la educación… La lectura, la escritura y la aritmética son importantes solo en la medida en que ayuden a nuestros niños a ser más humanos”. Esa frase, que está en el corazón del Instituto, orienta el quehacer de sus maestros. Los ubica en el presente sin olvidar el pasa-

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do, pero con la mirada hacia lo fundamental: formar ciudadanos de bien para tener una sociedad sana. Ya han recorrido un camino importante y se sienten felices de los cambios culturales que han logrado entre los estudiantes, y que ha impactado positivamente a sus familias y a la comunidad en general. Con ‘La sociedad del cuidado’, como principio rector del proyecto educativo, han podido desterrar el miedo y acabar con esa ley del silencio que les dejó el conflicto. Lograrlo no ha sido sencillo, pero nunca han desistido. Lo primero que hicieron hace diez años, y siguen reforzando día a día, fue hacerles entender a los jóvenes que la escuela era un lugar seguro, un lugar de aprendizaje en el que se aprende también


de los errores, “queríamos que entendieran que acá no deben tener miedo porque este es un lugar en el que se abren nuevas oportunidades para retomar el camino antes de que salgan a la calle donde muchas veces los errores se pagan con la vida”, dice el licenciado Patarroyo. Inspirado en la campaña de “croactividad” que llevó a cabo en Bogotá Antanas Mockus durante su alcaldía, el Instituto Siglo XXI adaptó los principios y creó la dinámica “croactiva” entre los estudiantes bajo el lema: “Yo cuento porque tú cuentas”. Con esta frase se busca acabar con la indiferencia de lo que le ocurre al otro, y que muchas veces está signada por el miedo. “Queríamos que se atrevieran a hablar cuando supieran que alguno de sus compañeros está en malos pasos o cuando están siendo víctimas de algún tipo de intimidación o violencia”, dice la maestra Claudia Sandra Morales. La imagen del “sapo” ha sido muy mal vista siempre, especialmente en un contexto de ilegalidad y violencia, pero la idea que sostenía la iniciativa de Mockus de que “es importante para la sociedad la participación de la población en el control de sus procesos de convivencia” le da un nuevo cariz a la figura. Esa mirada es la que les interesa en el Instituto. “Se busca que cada palabra, antes de salir de la boca, necesariamente pase por el corazón. Que se hable para cuidar de otros, que se hable para salvar no para inculpar”, dice Manglare Lobatón, una estudiante del Instituto. “No importa si el otro está en el rol de víctima o victimario, todos importamos y todos debemos ser solidarios con el otro. Víctima o victimario son dos caras de la misma moneda y a ambas hay que ayudarlas”, dice Nicole López, egresada del Siglo XXI en 2014 y que ahora trabaja con el Instituto mientras hace su carrera en Lenguas.

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El deporte es una de las maneras como los niños se relacionan con su cuerpo y aprenden a trabajar con otros por un objetivo común.

Con este proyecto han fomentado la honestidad, la cultura ciudadana y el cuidado del otro. Con estrategias como “Lo que no es mío debe ser de alguien” y “Yo cuento porque tú cuentas” los estudiantes han logrado bajar el índice de robos, el consumo y la venta de drogas, la violencia sexual y la violencia intrafamiliar. Han logrado, sobre todo, romper el silencio porque saben que se encuentran en un entorno seguro en el que no se cuenta para condenar sino para ayudar. El impacto de ‘La sociedad del cuidado’ ha llegado hasta las familias de los estudiantes. Los profesores se dieron cuenta de que en muchos casos la relación de los padres con sus hijos estaba mediada por el castigo físico. Para intervenir esa situación crearon una escuela de padres donde les enseñan, entre muchas cosas, a relacionarse sin violencia. “Son encuentros de reflexión que ya han dado frutos. Vimos que los padres no saben comunicarse con sus hijos, que incluso no saben de qué hablar con ellos, que no tienen puntos de encuentro que los ayuden a fortalecer lazos”, dice el licenciado Luis Emilio Patarroyo. Emilia Corredor, mamá de una estudiante de grado noveno, siente que el colegio no solo es para los niños sino también para los papás: “En la escuela de padres nos hablan de cosas muy interesantes como el funcionamiento del cerebro de los adolescentes, pero también de cosas muy importantes para uno como mamá, como la forma correcta de tratar a los hijos y ayudarles

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