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3 «Madagascar, 06:00 de la mañana. A punto de conseguir mi DNI falso. En cuanto puedas, llámame.», escribió el chico en su teléfono móvil. Envió el mensaje al único contacto que tenía registrado, el cual carecía de nombre. Su intención era la de avisar al que estuviera al otro lado de la línea su situación, localización y en qué momento del día se encontraba. La última información era relativa, el mensaje siempre informa de a qué hora ha sido enviado, pero en este caso era diferente. El mensaje era internacional, con lo cual, habría un horario diferente. —¿Tengo que esperar mucho más? —objetó el hombre. Cerró la página de los mensajes y fue al menú principal. Allí tenía pocas funciones; entre ellas, enviar mensajes y llamar. Presionó una tecla durante diez segundos y el móvil se apagó. Lo guardó en el bolsillo derecho del pantalón, que estaba bastante sucio, viejo y mal cuidado. Su camisa no era diferente. De color blanco grisáceo, el típico desteñido que le sucede al hombre que no sabe lavar la ropa. Todo aquello no le importaba lo más mínimo. —Hecho. ¿Qué le parece? —Respondió un hombre mientras abría la puerta—. Señor Luis Rivero. —Luis Rivero, sí, ese soy yo —observó el chico mientras arrebata de las manos del otro su DNI falso—. Muchas gracias. ¿Cuánto es? —Diez euros y… —señaló la metralleta que había encima del mueble—, mantener la boca cerrada. ¿Entendido? —Aquí tiene. —Luis Rivero sacó del bolsillo izquierdo un billete diez euros. —Un placer, Luis. «Ya soy mayor de edad», fue lo primero que apareció en la mente del hombre. Salió del local y buscó su coche. En Madagascar era fácil conseguir un DNI falso, lo


que suponía un reto era pasar las pruebas para el carnet de coche. El sistema era el siguiente: te examinaban a unas pruebas muy complicadas para luego no tener que andar por las calles vigilando si se producía algún altercado. Total, que si conduces un coche sin carnet nadie te va a parar porque no hay nadie por ahí fuera autorizado para ello. Metió las llaves en la abertura de la puerta del coche y giró a la derecha. La puerta se abrió automáticamente y entró para sentarse en el asiento de piloto. Volvió a meter las llaves, pero esta vez para arrancar el coche. Sin mirar atrás, encendió las luces y salió lo más rápido que pudo hacia el aeropuerto. Con suerte cogía una velocidad de sesenta, por lo que no tuvo que preocuparse de pisar hasta el fondo. Era un chico sin preocupaciones que había vivido la mayor parte de su vida en Madagascar por capricho de sus padres. Ya habían transcurrido por lo menos doce horas desde que el vídeo de los aparentes “zombis” se había hecho público. Aquello era una preocupación, quizás la mayor preocupación que tuviera en su vida. Nacido en una familia de clase alta, nunca había conocido la negación ni la palabra “no”. No estaba acostumbrado a que le pusieran límites ni a que se interpusieran en su camino. Fue un mimado toda su vida, aunque, por el contrario, no parecía tener problemas para sobrevivir sólo. Desde que sus padres habían ido a participar en aquel maldito proyecto, él trazaba un plan en su mente para salir de allí. El segundo vídeo lo había dejado descolocado unas horas, no durmió la noche siguiente. —¡Tú! Ale, a currar, guárdame el coche, ¿vale? —espetó a un hombre que parecía ser uno de los muchos aparcacoches del aeropuerto. —Claro. Salió del coche, cogió su maleta y lanzó las llaves al aparcacoches. El hombre subió al coche, arrancó y se fue por donde Luis había venido.


No le hacía falta facturar para conocer el peso de su maleta, probablemente serían veinte kilos. Llevaba lo necesario para sobrevivir en una España dominada por el caos y la desesperación. La chica lo atendió despacio porque no había más pasajeros y se aburría. Era joven, de cabello pelirrojo, seguramente teñido, de ojos azules escondidos tras unas gafas negras de pasta fina. No le preguntó en toda la conversación nada relacionado con el DNI, parecía real. —¿Sucede algo? —preguntó al ver que los ojos de la mujer como platos. —Espere, por favor. ¡Se ha quedado la pantalla en blanco! Parecía una treta, miró de reojo a los dos guardias que había en la puerta. Se acercaban hacia ellos. Hacia él en concreto. Pensó que lo de la pantalla era para ganar tiempo, estaba convencido de que habían descubierto lo del DNI falso. Los guardias estaban cerca, se resignó y decidió no correr ni mostrar nerviosismo y actuar como si el DNI fuera real. —¿Ocurre algo? —Señor, al parecer ha habido un problema con el ordenador al insertar la información de su DNI. ¿Cuánto tiempo hace que lo tiene? —Lo renové hace poco, hoy —era una tontería mentir—. Debería ser válido. —Por favor, cójalo y venga con nosotros —después se dirigió a la mujer—. Carmen, no dejes que pase la maleta, ahora mismo lo solucionamos. Eran dos grandes hombres, fornidos y anchos. Si quisieran, le podrían partir a puñetazos. Ambos llevaban el uniforme reglamentario que imponía el aeropuerto, una camisa blanca por debajo de otra verde de manga larga, unos pantalones negros, zapatos negros y una gorra con tres estrellas al frente, también negra. Estaban perfectamente, como si lo que estaban haciendo fuera el trabajo de cada día. Pillar a un criminal día a día sonaba muy heroico, pero imposible.


—Entre, por favor —dijeron. Uno abría la puerta y el otro entraba, querían que yo entrara en el medio por si acaso. Encima de la puerta había un marco que citaba “Sala de Seguridad”. —Entendido —respondió mientras entraba. El espacio interior era muy diferente al exterior. En este, las paredes estaban hechas de hierro y de otro material que provocaba un aislamiento acústico. Allí sería donde mataban a la gente, supongo. Luis se inventó algo rápido que no funcionó. —Tengo prisa, el vuelo sale dentro de veinte minutos. —Tranquilo, usted no va a coger ese vuelo hoy. Se le cayó el mundo al suelo. La expresión de su cara cambió por completo e hizo una mueca de angustia. El hombre que había contestado rio a carcajadas. Claro, allí nadie los oiría, podían hacer lo que quisieran con él. En cuanto al otro, no mostraba ninguna expresión facial y estaba apoyado en la esquina superior derecha de la habitación. Miré hacia él con los ojos de quien busca ayuda pero no se percató. Cogió una pistola y me apuntó a la cabeza. —Adiós, señor… ¿O debería decir chico? —comentó el que no tenía la pistola. El otro, en la esquina, con la pistola en alto, apuntando a su cabeza, callaba y delimitaba los márgenes del cerebro de Luis para no fallar el tiro y gastar una sola bala. Impaciente, su compañero empezó a gritar y a presionar a su colega para que disparara ya, que me lo merecía y que serviría como castigo por el DNI falso. Luis vio la oportunidad. El hombre que poseía la pistola se la entregó a su compañero susurrando algo demasiado bajo para que lo escuchase. Mientras se peleaban, Luis sacó su pistola, una M7 semiautomática. La llevaba sujeta con un pequeño cordón alrededor de su tobillo, un buen sitio para que nadie la detectara. Disparó dos rápidos proyectiles a los dos


hombres, aunque hubiera un fuerte aislamiento acústico, Luis corrió hacia ellos y sujetó uno con cada brazo para amortiguar la caída. Uno todavía jadeaba, el disparo no había sido perfecto, pero el otro tenía el cerebro atravesado por la bala, que había ido a parar al techo. —Licencia para matar, Señores —y volvió a disparar al primero. Guardó las dos pistolas, una en el bolsillo del pantalón y otra de vuelta a estar sujeta por el cordón del tobillo. Se serenó pasando su mano por la cara y salió de la habitación. Se acercó rápidamente a aquella chica llamada Carmen. Intentó mostrarse lo más natural que le era posible para que no sospechara. De todas formas, si Carmen estaba al tanto de lo que le iban a hacer los guardias, sería cuestión de tiempo que llamasen a más. Se la jugó y habló con ella. —Solucionado, me han dejado pasar. ¿Puede devolverme un momento mi maleta? —¿Con qué razón? —Para guardar una cosa. La chica no sospechó en ningún momento y le devolvió su maleta verde. Luis, tapando la visión de Carmen con la espalda, abrió el bolsillo pequeño y depositó allí sus pistolas. En el avión no le harían falta, y, de todas formas, se las hubieran quitado en el escáner. Y hasta lo hubieran detenido por llevar armas. —Tome. Carmen mandó la maleta por la cinta transportadora y preparó el ticket para el viaje. Cobró a Luis la generosa cifra de quinientos euros y le entregó el pase. Le había tocado el 8A, al lado de la ventana. Tenía vértigo, no le gustaban los aviones. Había ido bastantes veces en ellos, todas con dirección a España o de vuelta a Madagascar. En todas había vomitado. Pero en este viaje sería diferente, tenía pensado ir en el baño


durante la trayectoria. Era mucho más espacioso que un mísero asiento y se lo pasaría mejor. Si alguien quisiera entrar, no saldría. Caminó hasta un ascensor en el que ascendió un piso. Justo en frente de él se encontraban los escáneres, con dos guardias para comprobar que nadie llevaba atuendo con piezas metálicas, droga o armas. Depositó los dos móviles, el cinturón y la cartera en el recipiente plástico que usaban para pasar por la cinta metálica. Tras eso, pasó por el escáner sin que pitara, recogió sus cosas y siguió con su camino. El guardia no había ni mirado para él. Todo un alivio en el trabajo. Que la gente traspasase sin activar el escáner producía aparte de menos trabajo, no meterse en problemas. El aspecto de Luis no ayudaba a que se hiciera pasar por una persona mayor de dieciocho años, tenía diecisiete recién cumplidos y era mediano. Pesaba alrededor de setenta kilos pero tenía poco musculo, aunque algo sí que se le marcaba en los brazos. Su pelo era rubio, un rubio muy llamativo y atractivo para las mujeres de su edad. Su tez era blanquecina. Era un chico muy guapo, su madre se lo decía siempre, pero no se lo decía por ser su madre, se lo decía en serio. Cuando era pequeño, su padre lo había llevado a un campamento de tiro, allí había aprendido a usar las armas, algo útil en el resto de su ámbito diario. Se le daban bien las pistolas y los fusiles de asalto, no era el típico francotirador que siempre atacaba a traición y desde lejos, sin peligro. Ni tampoco era el tipo que va con un subfusil a lo loco como cebo, no, su especialidad eran los uno contra uno y la cobertura con fusiles. Pero claro, aquello era Madagascar, no se podían usar fusiles. Tampoco era propietario de uno. Costaban un dinero que se podía permitir, pero el dependiente era mucho más precavido que los asistentes del aeropuerto, él comprobaba el DNI, la foto y corroboraba la información buscándote en la base de datos del país. Vamos, un asunto chungo.


Antes de entrar en el avión, tuvo que esperar un rato en una gran sala. No quería conversar con otras personas. Cuando alguien le decía algo el respondía con monosílabos, para terminar cuanto antes. Tras estar un rato jugueteando con su móvil, sonó una voz digital de aviso para entrar en el avión. Se repitió la grabación tres veces, las suficientes como para que todo el mundo corriera apresurado, pensando que no iban a tener sitio, hacia el avión. La vigilante se mostró simpática con todos menos con Luis. Era joven y parecía mucho más espabilada que la otra. —Perdone, ¿usted tiene dieciocho años? —Ese no es su trabajo, señora. Ya lo ha comprobado su compañera de trabajo Carmen, sí que los tengo. Se sintió molesta, al verlo, Luis sonrió para sí mismo. Simplemente, se limitó a arrancar una parte del ticket de avión y lo dejó entrar. Era guapa. Luis no era homosexual, le gustaba mirar el culo de las mujeres. Que fue exactamente lo que hizo mientras se alejaba por la pasarela. Llevaba una falda, un atuendo bastante inapropiado para su trabajo. Ella no tenía que llevar puesto un incómodo traje como los otros dos caídos en combate. Embelesado con su ropa no se jactó de que había un hombre al final del pasillo, justo al lado de la puerta del avión. El vigilante lo observó con cara rara y decidió sacarlo de sus pensamientos. —Caballero, por aquí. No estaba acostumbrado a que lo llamaran caballero, por lo que ni se enteró. En aquel instante la mujer guardaba una especie de cartera con los nombres de las personas que habían abordado, Luis adoraba como se tocaba el culo meter la cartilla en el bolsillo. El asistente se dio cuenta y se dirigió con motivo de amonestarle, pero no lo hizo. El hombre se giró al ver la sombra del tío con uniforme y continuó hacia el avión. Al entrar notó algo extraño, había algo diferente. La última vez que había ido en


un avión fue en el verano del año anterior, concretamente a España y con la misma compañía con la que había concertado este viaje. El avión en el que había ido era diferente a este. Los antiguos estaban formados por dos filas, una a la derecha y otra a la izquierda, en las cuales había tres asientos; los nuevos, formados por tres filas, poseían dos asientos por fila. En éstos, la fila central correspondía a las letras C y D, justo donde le había tocado a él. Después de crear una explicación más o menos creíble en su mente, Luis se dispuso a analizar la situación, saltando imaginariamente de asiento en asiento y de fila en fila. Comenzó del uno al treinta. Un hombre y su hijo… consuelo de divorciado, cuatro mujeres con gafas de sol y sombreros… lugareños, un grupo de dieciséis personas distribuidas en matrimonios… resaca en Madagascar, dos hombres con ropa playera… lugareños, un matrimonio con su hija pequeña… turistas, dos quinceañeras, una rubia y otra morena, bastante guapas… ¿turistas? ¿Lugareños? Cuatro chicos de aproximadamente dieciocho años, con ganas de fiesta y juerga… turistas. El que más miedo le daba era el hombre de la 7D. A pesar de haber estado un buen rato observándolo de reojo, había conseguido muy pocos datos sobre él. Era un cuarentón bien peinado, con el cabello excesivamente mojado, un uniforme limpio, lavado y pulcro, unas gafas negras de sol, unos mocasines elegantes, una especie de documento entre sus rudas manos. Era de piel morena, se le notaba a la legua. En cuanto a la cara, imposible de describir; las gafas eran enormes y le tapaban la mayor parte de ella. Estaba sentado al lado de Luis. Nada más sentarse, Luis se acomodó como pudo en el asiento, molestando al tipo con uniforme, y pulsó el botón para que lo atendieran las azafatas, a lo mejor alguna tenía buen tipo.


—Me temo que no le atenderán hasta que el avión esté volando —resopló el de las gafas. —Ah, es bueno saberlo, gracias —contestó Luis mostrándose lo más simpático posible. Tardó poco en despegar. Después de Luis entró un chico que parecía formar parte del grupo de los juerguistas del fondo. Su entrada fue acompañada con gritos y bromas de sus amigos, tal que “Allan, ¡cagón!” o “¿Te limpiaste bien el culito?”. Poco más tarde sonó la voz de la azafata comentando que el vuelo duraría nueve horas y que nos pusiéramos el cinturón. El señor lo conectó suavemente, mientras que Luis se peleaba con la cinta para que entrara en la hebilla esa. —Ostia puta, ¿no podían ser como los de los coches? —preguntó sin ánimo de recibir respuesta. Cuando la nave alcanzó la postura horizontal y el vuelo recto, Luis volvió a presionar el botón para la azafata. En unos segundos apareció una mujer vestida con un uniforme azul oscuro, demasiado delgada para el gusto de Luis. Presionó el mismo botón que el hombre para recordar que lo había atendido. Pidió un café cargado, el tipo del uniforme se apuntó al café y pidió otro para él. Antes de ir a por los cafés, la mujer atendió a las dos quinceañeras que estaban en la seis. Una tenía una voz bastante dulce, atractiva y calmada, la otra parecía más burlona y a veces soltaba risotadas escandalosas. Luis necesitaba mantenerse despierto para cuando aterrizara el avión, no se podía permitir perder tiempo. Ya habría tiempo para dormir la semana posterior, o incluso por las noches, si el trabajo lo permitía, claro… —Tranquilo, pago yo. Ya me darás luego el dinero —ofreció el hombre al ver que Luis no encontraba su cartera.


—Muchísimas gracias —respondió Luis observando a la azafata. Cuando estuvo lo suficiente lejos como para ser incapaz de oírle siguió hablando—. Cinco euros por un puto café, y aun encima es pequeño. ¿Te parece normal? —Ya estoy acostumbrado —respondió sin quejarse—. La verdad es que en los aviones aprovechan que la gente no pueda traer comida desde fuera, y te clavan un dineral por cada cosa que compras. A ver si este café hace efecto… —Bebió un sorbo bastante largo, a juzgar por la cuantía de líquido, se lo pudo haber bebido todo. —¿Me harías un favor? —preguntó Luis amablemente. —Si está en mi mano, no hay cosa que no fuera a hacer por ti —Luis supo perfectamente que era mentira, solo lo decía porque sabía que era lo que quería escuchar. —Gracias. Se trata de despertarme un poco antes de aterrizar, a ser posible una hora antes. Aunque espero no dormirme —acabó el café de un trago largo. El agente aceptó. Transcurrió una hora bastante entretenida para los dos. Comentaron una entrevista que habían hecho en una de las revistas puestas en cada asiento. No tocaron el tema del proyecto géminis, a ninguno de los dos parecía interesarles. Luis se mostraba contrariado cuando la gente hablaba de ello, y siempre cambiaba de tema. El del uniforme, simplemente no sacaba el tema a la luz. Al acabar la hora, la conversación se hacía algo más pesada, pero ninguno de los dos quería dormir. Al poco tiempo surgió un desprevenido, los chicos del fondo. —¡Ese Allan! —gritó uno—. Danos de lo que solo tú sabes dar, mamonazo. Se insultaban con cariño, o eso pensó Luis. Los cinco estaban lo suficiente borrachos como para mantener un diálogo normal. El tipo llamado Allan, bajo, rubio de pelo corto, un poco gordo y no muy espabilado, bailaba encima de una mesilla como un poseso. Era una situación bastante desagradable para todo el mundo, ya que también


recibían algún insulto. Cuando le tocó a Luis, éste se levantó del asiento para poner orden, pero el del uniforme no se lo permitió y lo volvió a sentar con el brazo. Poseía una fuerza inmensa. —Yo me encargo —dijo sacando una pistola. Era una M7, semiautomática, dieciséis balas, bastante potente. El arma corta preferida de los polis. Rápida, potente y con cargadores amplios. Se levantó apuntando hacia Allan. Tres de los chicos se callaron, pero uno seguía apremiando a su compañero a seguir bailando y a quitarse la ropa. La gente se asustó al ver la pistola. Luis dedujo que aquel era un tío importante, si no, no habría entrado con la pistola en el avión. —Baja, Allan. Ven aquí. —¡Ni de coña! Cabrón —respondió el chico. —O bajas o disparo, tú decides. ¿Arriesgas? —No dispararás, sabes que si disparas la bala atraviesa el techo del avión. Nos estrellaríamos todos. ¡Ja, ja! Poli cagón. Lo que acababa de decir el chaval era bastante cierto. La bala perforaría su cabeza pero saldría con fuerza y atravesaría el avión. Buena observación por parte del borracho. —Uso balas especiales. Baja de ahí. La cara de Allan se transfiguró completamente. Pasó de ser el borracho con buen ánimo y mofletes como tomates a ser presa del miedo. Miró a sus compañeros y pensó que no podía dejarse ganar por un simple tipo con uniforme. Tenía que mostrarles que él valía mucho más. —¡Ja! Dispara si tienes huevos. —Ahora mismo, ya me da igual atravesar tu cráneo que no hacerlo. Total, ya me


he ganado una semana de papeleo. El chico gritó algo inteligible y señaló a mi compañero de asiento. Al parecer, cuando levantó el brazo, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás. Tuvo la fatalidad de tropezar con la nuca en una barandilla metálica. Quedó inconsciente durante el resto del viaje, nunca ninguno de los dos supo si había sobrevivido, tampoco les importaba. Luis se fue al baño, allí se quedó dormido una hora. Se despertó porque la azafata había golpeado la puerta para que saliera. Había mucha gente esperando para entrar y hacer sus necesidades. Él soltó un “ya voy” que sonó con la voz somnolienta de alguien que lleva durmiendo días. Se mojó la cara y salió. —Caballero, usted no puede utilizar tanto tiempo el baño. —Lo sé, lo sé. Volvió a su sitio con ganas de seguir durmiendo, pero no podía. Lo necesitaba. Tendría que buscar un sustituto para hablar, el hombre de uniforme estaba completamente dormido. La posición era cómica, tenía la boca abierta a más no poder. Decidió no despertarlo, en vez de eso, hablaría con las dos chicas que había delante. Las miró de reojo mientras pasaba por su lado. Ambas estaban despiertas y charlaban sobre qué harían al llegar a España. —¡Hola chicas! —interrumpió, ya en el asiento. Metió la cabeza entre sus asientos para que me vieran. —¡Hola señor-que-está-dos-horas-en-el-baño! —¡Hola! ¿Te conocemos?—contestó la de la voz dulce. Era mucho más guapa que la otra, por lo que Luis no tardó en fijarse solo en ella. —Lo haréis si me dedicáis cinco minutos de vuestro tiempo. ¿Admitís a este hombre en vuestra conversación? Ya estaban coladas por él.


—Claro, ya habíamos acabado de hablar entre nosotras —contestó la guapa—. Soy Laura. Encantada. —Yo soy Luis. Hispanas, supongo, ¿no? —Exacto, yo soy Helena. Fuimos de viaje a Madagascar. —No tenéis dieciocho años. ¿Cómo es que os dejaron entrar en el avión? —Sí que tenemos dieciocho años —dijo Laura, la rubia. Luis intentó no mostrar su asombro, las tenía en el bote y no quería perderlas, por lo menos a Laura, la rubia. La había metido hasta el fondo pensando que no tenían dieciocho años. Pensó en cómo arreglarlo. —¿Ah, sí? ¡Igual que yo! —¿Sí? —Dijeron al unísono—. Aparentas dieciséis o diecisiete, pensábamos que ibas acompañado del tipo ese con uniforme. Tenían razón, tenía diecisiete años, pero no valía la pena contarles nada sobre el DNI falso ni de su verdadera identidad. —¿Diecisiete? No sabía que me cuidaba tan bien. —Su cara mostró una amplia sonrisa. Rieron. Lo había conseguido. No sabía si reían por hacer el cumplido, porque les había hecho gracia o porque estaban coladas por él. Laura poseía un largo cabello lacio y rubio muy bonito y atractivo, le gustaba. No las había visto de pie, pero supuso que no serían muy altas. Más o menos de su altura. Perfecto. —¡Jo! Me acaban de entrar unas ganas locas de ir al baño —dijo Laura mientras se quitaba el cinturón y se dirigía al baño—. Ahora vengo. Sonrió. Luis no sabría decir si fue imaginación suya o si fue real, pero Laura le había guiñado un ojo. Aprovechó para levantarse e ir al baño con ella, excusando su ida con que iba a ir a buscar a la azafata. Fue veloz, no otorgó ningún tiempo para que


Helena le contestara. La chica quedaba allí sentada, medio aburrida, y el encuentro de Laura y de Luis presentía ser largo. Un fallo, en este caso un milagro, en aquel avión era que los hombres y las mujeres usaban el mismo baño. No era muy grande, cabrían como mucho cuatro personas muy apretujadas. Luis tocó la puerta por si acaso, a lo mejor lo había imaginado y no le había guiñado un ojo, en aquel caso ya se había ilusionado lo suficiente como para terminar el trabajo él solito. Laura soltó un “¿Quién va?” para conocer al personaje, pero sabía que quién era, estaba segura de que era Luis. Abrió la puerta sin esperar respuesta y agarró a Luis para meterlo dentro y volver a cerrar. Activó el pestillo y miró a Luis a los ojos mientras él permanecía pasivo observando sus movimientos. Era mayor y más alta que él, todo un logro habérsela ligado. Aunque sabía que había sido bastante fácil. La ropa antigua restaría a su aspecto, pero a él no se le escapaba ninguna. —Eres muy guapo —dijo Laura mientras acariciaba su pelo. —Y tú, Laura, me encanta tu pelo. Luis acarició su cabello y la agarró de la cintura para acercarla a él. Ella se acercó todavía más, guiada por Luis. —Luis… Nos acabamos de conocer, no sé si esto estará bien… —A mí ya nada me une a la sociedad —mentía—, si quieres paramos. Nunca nos volveremos a ver, Laura, aprovechemos esta oportunidad. Laura mantuvo una posición pensativa durante unos segundos. Luis solo pensaba en cautivarla, no podía parar ahora. Después de pensárselo, ella lo besó en la boca. Los dos desconocidos se fundieron en un beso apasionado. Ninguno se sentía obligado a hacerlo. Luis le tocaba el culo suavemente mientras Laura acariciaba su pecho. El chaval no era un musculitos, pero tampoco estaba gordo, él se definía en un término


medio, pero a las chicas las atraía igual. Laura poseía un increíble cuerpo adolescente, delgado y con unos pechos firmes, como le gustaban a Luis. —¿Eres virgen? —Preguntó ella al separar su boca de la de Luis. —Para serte sincero, te diré que no. —¿Y lo has hecho con una mujer que era virgen? —No, perdí la virginidad con una que ya no la tenía. —Vaya problema… —¿Por qué lo dices? —preguntó Luis algo desconcertado. —Es que —se separó del—… yo soy virgen. No creo que pueda dar el paso así, sin más, con un desconocido. Luis se dio un bofetón mentalmente. Pudo haber mentido y haber dicho que sí que era virgen, pero no. No había caído en la cuenta. Ahora se maldecía por ello. A Laura se le enrojecieron un poco los mofletes, todavía estaba más guapa. —O sea, ¿es culpa mía? ¿Es porque soy un desconocido? —¡No, no! —respondió para no ofender a Luis. Era sincera, él no era el motivo—. Es que me va a doler mucho… y no es buen sitio… —Comprendo. Pues, bueno, de esta forma, será mejor que nos olvidemos —y la besó intensamente. Ella calló por unos segundos y después finalizó el encuentro tal y como lo había comenzado, con un guiño. Sumado a esto, puso su dedo en la boca de Luis para indicarle que no dijera nada. —Prométeme dos cosas, Luis. —La mujer entornó los ojos—. Primero, esto no lo va a saber nadie, sobre todo lo que me preocupa es que lo descubra Helena. Por favor no menciones nada de esto. Segundo… prométeme que no te separarás de mí. «¿Qué dices? » pensó Luis, pero no cambió su expresión, en cambio, asintió con


la cabeza y habló como en una iglesia. —Te lo prometo. —Lo prometido es deuda —sonrió la chica. «Lo prometido es deuda» resonó en la cabeza de Luis. Esa oración suponía mucho. Una promesa, la deuda que conllevaba cumplirla. En aquel momento Luis no pensó mucho en aquello, no parecía muy importante y lo pasó por alto. La mujer, por su parte, no lo hizo y grabó en su mente a fuego la conversación. Después de un silencio ahogador, Luis comentó un pequeño plan para mentir a Helena y que nunca supiera lo que había sucedido allí. Tal y como habían planeado, primero salió Luis y cerró la puerta tras de sí. El baño estaba bastante lejos de la fila número siete, ya que se encontraba detrás, al lado de la treinta. Helena no miraba en aquella dirección, por lo que no lo vio. Luis se sentó en su lugar. El tipo del uniforme que se encontraba a su lado seguía en un sueño profundo. Helena arqueó las cejas y observó como el chico se recostaba en la silla, no preguntó nada sobre Laura ni sobre su charla con la azafata. Laura recorrió el mismo camino que Luis y se plantó ante ellos contenta. —No me lo puedo creer. En el cuarto de baño no tenían papel higiénico, menos mal que me he dado cuenta con tiempo y he conseguido que la azafata me diera un rollo. —¿Ahora hay? Creo que me toca ir —dijo Helena levantándose del asiento. —Sí, quedaba bastante —afirmó Laura. Helena se fue veloz hacia el baño, necesitaba ir urgentemente. También estuvo bastante tiempo allí metida, quizás fuera porque desde fuera se hacía más lento. O no. Pero Luis se quedó dormido las siguientes cuatro horas. Lo despertó el agente unos minutos antes de que el avión preparara el aterrizaje. Al hacerlo, Luis se desperezó un


poco y se pasó las manos por los ojos. Se dispuso a despertar a las chicas, que también dormían, pero el otro lo detuvo. —Chaval, tenemos que hablar. —¿Qué ocurre? —respondió Luis algo desconcertado. —¿Eres mayor de edad? —Sí. Si no lo fuese, no me hubieran dejado entrar. —Chico —se acercó a él y lo miró a los ojos—, si dices la verdad podría salvarte la vida. «Salvarme la vida» repitió Luis en su mente antes de responder… Al final, dijo la verdad mientras afirmaba con la cabeza. —Tengo diecisiete años, pero no lo cuentes —y giró la vista hacia las chicas—. Me meterías en un lío. —¿Has oído hablar del proyecto Géminis? —Sí. Se ha llevado a mis padres consigo. —Bueno, pues que sepas, por mucho que digan en la radio o televisen, no son zombis. Son algo así como personas deficientes. Es decir, no hablan ni nada. Sólo comen. Nunca se cansan. Estoy bastante seguro de que siempre tienen hambre y, por desgracia, comen lo que sea. »Cuando digo lo que sea, me refiero a que prefieren la carne humana o animal a cualquier vegetal. Miden alrededor de dos metros y pesan una barbaridad, pesan mucho porque son como bolsas de sangre. Les metes un tiro y la sangre sale a chorros, pero no parecen inmutarse. Un tiro en la cabeza tampoco los desasosiega, no. »Lo bueno, para nosotros, es que se toman las cosas con mucho tiempo, andan muy despacio si no están furiosos, y no oyen nada. Puedes hacer el ruido que quieras que no te van a escuchar. Ellos se mueven por el olfato, si les hueles a comida, van a por


ti. No sé si responden a la vista o al tacto, pero creo que no. En definitiva, un peligro. —¿Por qué sabes tú todo eso? —No te lo diré. Chaval, me quedo con tu cara. Pronto nos veremos, ahora, adiós —calló. Luis todavía digería todo lo que él le había dicho. Primero pensó si a sus padres les habría pasado aquello, imaginárselos caminando dos veces más altos de lo que eran y gordos llenos de sangre le sentó fatal. También odió al agente por habérselo dicho. Luis recordó sus últimas palabras, «me quedo con tu cara», ¿sería bueno o malo? ¿Por qué aquel señor sabía todo eso relacionado con el fracaso del proyecto? ¿Acaso había visto alguno de ellos? Imposible, una persona normal no sabría decir si oyen o huelen. Era misterioso. Decidió no seguir hablando con él, por lo que había dicho. Tampoco quería que todo el mundo supiera lo de los diecisiete años. Ni Laura, ni la otra chica, ni ningún empleado del aeropuerto. Por el contrario, despertó a Laura. —Laura, que ya llegamos. ¡Despierta! —susurró al oído. Nada. La chica dormía como un tronco. Tras varios intentos fallidos, Luis intentó despertarla tocándole el cuello. Sopló ligeramente en la oreja mientras la palpaba. Al final se despertó de golpe. —¡Ah! ¿Qué haces? —chilló Laura al incorporarse. Luis quitó las manos del cuello asustado—. Ah, eres tú Luis. Ambos sonrieron, aunque primero lo hizo Laura, como diciendo que no importaba que la hubiese tocado. A pesar del chillido de Laura, Helena seguía durmiendo. —Es que la pobre no durmió en toda la noche —comentó Laura—. Ahora la despierto —se dirigió a ella y habló entre susurros—. Helena… ¡Hemos llegado a Madrid! ¡Despierta! Chica, que hay que irse. ¡Levanta!


El aterrizaje los pilló desprevenidos. Helena se despertó de una forma muy brusca y abriendo la boca. Era lo recomendable en los cambios de presión, abrir la boca y taparse los oídos. Se mantuvieron expectantes ante ella. Laura rio al ver su boca abierta de par en par, Luis no lo hizo por respeto. Ambos se preguntaban si al llegar a Madrid continuarían sus caminos juntos. Pese a todo, un poco antes de que frenase completamente, el tipo del uniforme se levantó para abandonar de primero el avión. Cogió su maletín y metió dentro los documentos que llevaba en el asiento. Luis no pudo analizarlos, ni siquiera le dio tiempo a fijarse en el título, pero supuso que estaban relacionados con el proyecto géminis. Antes de salir, el agente se dirigió a Luis. —Chaval, a veces las apariencias engañan. —Al terminar la frase, se dirigió a la puerta y se fue, sin escuchar la respuesta de Luis. «A veces las apariencias engañan», repitió Luis en su pensamiento. Posiblemente, para lo que él era un agente que conocía las secuelas de géminis, para los demás podía ser un hombre normal, o incluso un policía, porque había sacado su pistola. Recordó al chaval que se había caído, miró hacia atrás y observó a los otros cuatro, seguían borrachos. Las apariencias engañan. No le dio muchas vueltas a la frase, simplemente, se imaginó al hombre sentado en su casa buscando información en internet. En su interior luchaban las ideas que el hombre le había transmitido y sus sentimientos, quería creer que le había mentido, simples conjeturas de un loco, pero sabía que era verdad y no la admitía. No. Su madre no podía estar muerta, se repetía constantemente. Sus padres no estaban muertos, tan solo… esperando por él. Laura se levantó y apremió a Helena y a Luis con un golpecito a hacerlo. —¿Ahora qué toca? —preguntó Luis. —Tú te vienes con nosotras, chico.


Capítulo 3