Dos dĂas y una mujer infinita.
Nadie la culpaba por no estar aquí… mientras ella disfrutaba que su cara fuera tocada por buena compañía, yo era la sombra detrás de todo su inconsciente, afinaba mi desesperación, sabiendo que la tarde no era para sí. Ya que era más importante que estuvieran dentro de ella, uniendo una faceta gestual que yo nunca vería, porque fui rechazado por esa mirada, que seguramente me lo dijo antes de intentar que ella saltara sobre mí, apreciándola despacio en cuatro paredes, intentando no lastimarla, la tarde no es mía…
Se repetía cada vez más, no planeaba todo ese regocijo, era excitante repetir, mi miembro rosado, su boca contra la mía, el mordisco de los labios, hasta incluso chupar su lengua… recuerdo haber visto sus ojos puestos en reversa por tanto placer, me dejaba cansado, gustoso y erguido, pero, siempre pensaba, que aunque fuera ingenioso aplastar su cara en mi cuerpo, la noche no seguía siendo mía.
Fue impresionante ver como todo lo de aquel tiempo me derrumbaba, ellos no confiaban, nadie lo hacía, sabía lo que era la tristeza y la sentía, aunque fuera tan dulce para mí, solo que ahora puedo decir, que la mañana es mía, porque siempre era quien llegaba tarde o muy temprano, no lo recuerdo bien…