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Como si no fuera suficiente la pena de vivir atascados en el tránsito y a la fría sombra de sus edificios. Como si no alcanzaran las trágicas fotos ajenas, como si tuviéramos que medir con nuestras propias cámaras la angustia que dejó la laguna cuando tarde se fue. Como si la tristeza fuera buena compañera, así llegó Epecuén a esta edición.
Terraplén y después Fotos: Juan Carlos Vence, María Grimaldi, Daniela Vaihinger, Isabel Kleiman, Alicia López Gómez, Penélope Tsiaculias y Diego Cabales. Textos. Diego Cabales.
EPECUÉN TERRAPLÉN Y DESPUÉS
Un jueves con lluvia es un llueves. Estoy sentado frente a la computadora. Analizo la posibilidad de convocar a un safari fotográfico. Me hablan muy bien de Epecuén pero en principio me parece más de lo mismo. Tengo la sensación de haber visto todas las fotos de ese pueblo. Google Maps, Epecuén y el globito rojo encima. Ampliar, ampliar, ampliar. Aparece la traza de una ciudad. Vista satélite. Un inmenso espejo de agua pasa por encima de la ciudad. Ampliar, ampliar. Raro. Los pueblos están todos fotografiados, pienso. Los animales, las flores, los edificios y las personas también. Los estereotipos de la fotografía suenan como imposiciones del deber: el atardecer en la playa, el africano semidesnudo, las casitas antiguas, las espigas doradas en el campo y un anciano sonriendo. Necesito programar una salida diferente. La lucha es de igual a igual contra uno
mismo y eso es ganar. No todo es como me gustaría que fuera, hay que aceptarlo. Me lo he dicho en varias oportunidades, pero no escarmiento: las cosas salen como tienen que salir y no hay que andar planificando tanto. La vida no tiene ensayo y todo termina saliéndose del guión. Este safari tiene algo de eso, creo que voy a encontrarme con un deja vu de lo que va a venir, a refritar imágenes trilladas, como si mi mirada se diluyera en la de todos y desapareciera. Sigo dando vueltas solo y me digo otra no hay. La fotografía es un acto individual que desnuda la mirada de quien la hace, exponiendo ante otros aciertos y miserias. ¿Podrá un pueblo derrumbado, fotografiado hasta el hartazgo, reflejar la singular mirada de cada uno? ¿Podrá lograr que mi foto de Epecuén sea diferente a las de mis compañeros
de viaje? Llega el mail confirmando la reserva del Hotel Carhué Spa Termal. No hay tiempo para más reflexiones. Recibo las botas de goma que compré por internet. Dos noticias, necesito empezar por la buena: el envío es gratis. La mala es que me quedan grandes y tengo que cambiarlas: el local está en Once. No uso botas de goma desde el secundario, cuando las Snickers® amarillas reventaban de facha. Me había olvidado del pie frío e incómodo y los pantalones metidos adentro. La lluvia puede complicar todo en un lugar tan desolado. Escribo en el grupo de Whatsapp Epecuén 2017: No olviden llevar piloto y una funda para proteger la cámara”
EPECUÉN TERRAPLÉN Y DESPUÉS
Tintirún, dice Whatsapp y entran varios pulgares arriba.
y ha comenzado a llover. Permanecer un segundo más puede ser perjudicial para las fotos.
El Hotel Carhué Spa Termal es uno de los más lindos de Carhué, el pueblo más próximo a Epecuén. Amablemente el conserje nos explica los horarios del spa, el alquiler de batas y de toallas. Lo interrumpo. Le explico que somos un grupo de fotógrafos que llegamos para hacer fotografías y que tenemos poco tiempo para disfrutar. Insiste en que recorramos las instalaciones ya que el servicio está inlcuido en el monto que pagamos. Gana. Nos detenemos en la entrada de la pileta cubierta. El vapor empaña los vidrios y no se puede distinguir más que bultos. A través de las rayas que trazan las gotas sobre el cristal llego a ver una mujer que descansa su cabeza en el borde, casi dormida. Más allá otro disfruta un libro en una mullida reposera. El contraste es inmenso: afuera hay cinco grados
Carhué es un pueblo grande y una ciudad chica al mismo tiempo. Linda, ordenada, prolija. No tardamos en subir a los autos, perdernos y pasar, en cuestión de segundos, dos y tres veces por la misma esquina. ¿Por acá no pasamos recién? Era en la otra salida. La batalla por lograr una fotografía diferente no termina. Se me ocurre convocar gente, vecinos comunes, verdaderos modelos carhuenses. La idea es una sesión de retrato con las ruinas de fondo. Aclaro que no se trata de un book de niñas bonitas y que todos y todas pueden participar. Sabemos por experiencia que nos enfrentamos al vos decime como me pongo pero no le tenemos miedo. Como siempre las chicas son más y a
través de las redes sociales se anotan dieciocho mujeres y tres hombres. Nahuel aclara: - Soy chico. - ¿Podés venir con un mayor? respondo. - Quiero decir que soy varón, retruca. Miro su foto de perfil y entiendo todo. Una semana después de la apertura de la convocatoria siguen llegando mensajes privados. La producción de lo esencial (que es invisible a la cámara) lleva muchas horas jamás computada en la columna costos. Respondo con copy-paste para ahorrar tiempo. Te cuento. Necesitamos gente que quiera pararse frente a la cámara no necesariamente como modelo de belleza y que siga las indicaciones
del fotógrafo. Las fotos que buscamos son libres y repito que no haremos hincapié en la belleza, el makeup o el vestuario de la persona fotografiada. Podés ir producidx como quieras, incluso carcaterizadx (bailarin/a, ciclista, profesional, rockerx, casual, como quieras). Si estás de acuerdo, la semana que viene te agrego a un grupo de Whatsapp para encontrarnos. Gracias por tu interés. Diego.
Isabel Kleiman
En las puertas de Epecuén una garita nos cobra la entrada como si estuviéramos en un parque de diversiones. Puede leerse el nombre del pueblo en letras corpóreas de cemento en una tipografía moderna que no reconozco. La lluvia cae tamizada sobre un paisaje hostil. Abajo se percibe como una suave bruma pero son baldazos que terminan por meter agua
EPECUÉN TERRAPLÉN Y DESPUÉS
en todos lados. El viento sopla fuerte sobre la entrada y en pocos minutos noto que estamos empapados. Definitivamente no es el principio que imaginaba. Llegan las tibias imágenes del spa del hotel para terminar congeladas en nuestras miradas. Es sábado a la tarde y solo una persona (de las más de veinte que conforman la lista de difusión de Whatsapp) nos está esperando. Es un día para quedarse en casa, mate y tortas fritas. Entiendo. Bajamos las fundas pero el viento viene de todos lados y se estrella contra el lente, una, dos y miles de veces. No tiene sentido limpiar nada. Llevo conmigo un set de celofanes para intentar ponerle color a tanto salitre. El plan B es usarlos como filtros, pero es imposible, se vuelan y se mojan. Los dedos helados nos impiden operar la cámara con la celeridad acostumbrada. El agua queda, la luz se va.
EPECUÉN TERRAPLÉN Y DESPUÉS
Paso del asombro a la consternación, de la incredulidad a la bronca, de la empatía al no querer imaginar que sentiría al ver mi propia casa en esas condiciones. Epecuén es un cementerio helado. No hay lugares seguros para guarecernos de la intemperie. Lo que no ha caído puede caer en cualquier momento. Nunca estuve en una ciudad bombardeada pero estos escombros pertenecen a un pueblo derrotado por el enemigo: su laguna. Por encima de toda destrucción, puertas y ventanas alzan sus marcos al cielo, resisten, aunque ya no tenga sentido. Escaleras de hormigón subiendo al vacío, rejas que custodian la nada sin postigos. Las casas rotas, heridas de muerte. Hablar de cicatrices de Epecuén es un eufemismo pues no quedan más que esqueletos. Un silencio profundo, el ruido del viento y mis compañeros de viaje que trepan buscando el modo de tener su foto, esquivando las dificultades
de enfoque que propone la lluvia. Se escuchan voces amortiguadas por la nada, así como se escuchan en el campo, lejanas, imperceptibles pero claras. Por un momento parecemos rescatistas en busca de sobrevivientes. Entramos en lo que fuera una carnicería, tiene azulejos blancos en las paredes y un mostrador de material paralelo a la fachada. Puedo imaginar la pizarra dibujada con los cortes vacunos y los chacinados colgando de un parante de acero, el lugar donde estaba la moledora de carne y el sonido de la sierra eléctrica del carnicero. Sobre el frente, en miles de pequeñas esquirlas, los restos de la vidriera hecha trizas. La puerta de acceso aún conserva unos previsores treinta centímetros de ladrillos a modo de compuerta. Como si fuera poco el tormento, días antes de taparlo por completo, la perversa laguna ilusionó a los habitantes con retirarse. Solo una agresión,
EPECUÉN TERRAPLÉN Y DESPUÉS
sin mala intención, el gato no sabe que tortura al ratón. La parada de diarios de la farmacia todavía conserva sus pilares. El boliche bailable donde se presentara Sandro yace descripto en documentos fotográficos que demuestran que una vez ambos estuvieron vivos. Su barra de tragos y su pista de baldosas calcáreas se mojan a la intemperie. Y cuando en las calles aparecen atriles con referencias de lo que fuera cada montículo de escombros, el drama deja de ser un fantasma desconocido para volverse cierto y descarnado.
Epecuén es el nombre que el pueblo originario Mapuche dio a ese lugar y según dicen, refiere al fin de las tierras fértiles. La salinidad de su laguna hace que el cuerpo flote, un fenómeno que se repite solo en el Mar Muerto. Allá por 1930, las
propiedades curativas de sus aguas atraen el turismo de todas partes de la Argentina. En su momento de esplendor tres líneas férreas se acercan a la villa, llega a contar con sietemil plazas hoteleras y más de mil quinientas personas lo habitan en forma permanente.
Florentino Ameghino había anticipado hemiciclos en el clima de la zona de las encadenadas del oeste: cincuenta años de sequía se alternan con cincuenta años de precipitaciones intensas. La década de 1960 se caracteriza por la baja de las aguas de las lagunas encadenadas del oeste: Alsina, Cochicó, Del Monte, Venado y Epecuén. Es el momento ideal para construir la obra de ingeniería mas importante de la provincia: un canal que elevará el nivel de las lagunas con el aporte de las aguas del arroyo Villamanca. Como
Sistema de Lagunas Encadenadas del Oeste
Laguna Alsina
Laguna Cochicó
Laguna del Monte
1975
En 1975 se construye un canal que conecta la laguna con el resto del sistema de las encadenadas. Epecuén crece llegando a las 7000 plazas de capacidad hotelera.
1980
En 1980 la peor inundación de Buenos Aires escurre sus aguas hacia el sur y Epecuén es el último eslabón. Preventivamente se construye un terraplén.
1985
La noche del 10 de noviembre de 1985 el terraplén cede y en 15 días Epecuén queda bajo el agua. Carhué y Guaminí, pueblos vecinos, temen correr la misma suerte.
2010
Por primera vez en 20 años, en el 2010 las aguas se retiran dejando al descubierto el esqueleto de un pueblo bañado en sal.
Laguna del Venado
Laguna Epecuén
EPECUÉN TERRAPLÉN Y DESPUÉS
vasos comunicantes una tras otra derramará su contenido sobre la siguiente hasta llegar a Epecuén, eslabón final de las encadenadas. Por unos pocos años, un puñado de terratenientes y hoteleros vuelven a gozar de la abundancia del agua para el desarrollo de sus actividades. El canal es todo un éxito hasta que las lluvias de 1980 obligan a la provincia de Buenos Aires a construir un terraplén de contención para impedir que, sin posibilidad de drenaje alguno, la laguna de Epecuén desborde. Primero son dos metros, luego cuatro. El terraplén necesita cada vez más tierra. En pocos años ya alcanza los siete metros y es más alto que la mayoría de las casas del pueblo. La incertidumbre se apodera del ánimo de los vecinos que comienzan a dudar de su fortaleza, sin embargo y aún conscientes del peligro, se niegan a abandonar sus casas. Mientras los bomberos alertan del desastre inminente, las
autoridades garantizan la seguridad del terraplén. Epecuén, la laguna que hizo famoso al pueblo haciendo crecer sus horizontes, se convierte en una amenaza latente.
En Villa Devoto, Aldo recibe un llamado de Epecuén: es Quique, su hermano. La campanilla del teléfono suena sorda cerca de las diez de la noche. Es el 10 de noviembre de 1985, domingo. Una pila de sandwiches en pan lactal se eleva en el centro de la mesa, tres humeantes tazas de café con leche la rodean. La cocina recibe la titubeante luz de un Grundig que nadie está viendo. Aldo no tiene que pedir que bajen el volumen, Carmen ya lo hizo. No existe el identificador de llamada y no hace falta. Hace dos semanas que viene recibiendo noticias de su hermano. Como si fuera poco castigo el de la lluvia, una fuerte sudestada sacude a Epecuén.
EPECUÉN TERRAPLÉN Y DESPUÉS
Aldo dice hola y no pronuncia más palabra. Su mirada queda perdida en la pared del comedor, colgando de la foto en que abraza a Quique. Una voz vencida salpica el silencio de monosílabos hasta que la conversación se apaga. Quique desconecta el teléfono, baja la llave de la luz y arrastrando los pies en el agua sale de su casa por última vez. El terraplén cedió.
La luz se está yendo cuando la lluvia nos da un respiro. Atravesamos un pequeño bosque de árboles secos, el ruido del oleaje nos acompaña golpeando la costa. Nos acercamos a lo que queda del matadero, obra de Francisco Salamone. Plantamos la cámara en el trípode y pintamos de luz un árbol en una toma que se prolonga por ocho segundos. La oscuridad nos permite hacer varios intentos hasta conseguir la
exposición correcta. Regresamos empapados al hotel, ilusionados con la idea de hacer fotos al día siguiente, descansados y secos. Pero el clima tiene sus propios planes. Hoy Epecuén es un recuerdo amargo: sus antiguos pobladores padecen el paisaje que motiva nuestra visita. Las palabras no explican la tristeza que nos acompaña al caminar sus calles. Epecuén es un llamado a valorar lo que se tiene y a ejercitar la convivencia con los tiempos difíciles. Mantener la gratitud es un desafío, aunque el agua de la laguna baje más de lo esperado o sea demasiada la lluvia para un safari de fotos.
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Rubén (de barba) junto a su familia en un lateral del Residencial RB. Dos meses después de esta foto el terraplén cedía. Valeria Besagonill (beba de la foto) hija de Rubén, actualmente tiene 35 años, es Licenciada en Turismo y responsable del Hotel Carhué. Alejandra, otra de sus hijas está a punto de recibir su licenciatura, que se vio demorada por la inauguración del Epecuén Hotel del cual hoy se hace cargo.
Historia de vida
Rubén Besagonill Al conocer a Rubén, un exitoso empresario turístico de
fue uno de los tantos que decidió empezar de nuevo, tal vez
Carhué, resulta difícil imaginar que una vez Epecuén le
para llegar mucho más lejos que el Residencial Besagonil,
quitó su casa, su trabajo y su vida entera. Esa Epecuén
soñando transformar la impotencia, el llanto y la bronca
pujante con sietemil plazas hoteleras y tres líneas de
en algo un poco más digerible. Mientras alquilaba una
ferrocarriles, el 10 de noviembre de 1985 lo puso a prueba.
clínica de ocho habitaciones, para continuar su negocio
Cuando cedió el terraplén de contención de la laguna,
en Carhué, levantaba un pequeño hotel con sus propias
Rubén trabajaba al frente del RB Residencial Besagonill,
manos, a sólo dos meses de haberse inundado Epecuen.
un emprendimiento montado en la casa de sus padres
Hoy es dueño de los dos hoteles más importantes de la
quienes lo ayudaban a realizar su propio camino. Rubén
ciudad: Carhué y Epecuén Spa Termal.
El Residencial RB inundado un tiempo después que la laguna ingresara al pueblo. Hasta último momento mantuvieron la esperanza de que se retiraría.
Contingentes de jubilados que el Estado enviaba como maniobra distractiva, bajo el programa “Ahora los Abuelos”. Los establecimientos elegidos se veian beneficiados con una inusitada ocupación de sus plazas.
Una mujer toma sol sobre un montículo de sal de la laguna
Las piletas de agua salada de los balnearios de Epecuén atraían a chicos y grandes.
43 EDICIÓN
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NOVIEMBRE DE 2018
El Parque Termal de Carhué Próxima inauguración de un sueño hecho realidad
En un reportaje realizado por Mario Markic, Rubén habla emocionado de la construcción del Parque Termal de Carhué, una idea que sigue de cerca junto a sus socios y que pretende devolverle el turismo a
9 piletas
de agua salada
gran escala, ese que él conoció allá por 1980. Este ambicioso proyecto de inminente inauguración, contará con 12 piletas, 9 de agua salada y 3 de agua dulce, una de ellas de 3000 m2.
9 piletas
de agua dulce
Rubén quiere volver a recrear las vacaciones en familia, quiere ver al abuelo junto al nieto y aunque entiende que los tiempos cambiaron no descansa porque esto ya no es para él sino para Carhué.
1 pileta
de 3000 m2
El agua socavรณ el suelo y los รกrboles apenas se sostienen verticales. Foto Diego Cabales
La salinidad de las aguas de EpecuĂŠn marcĂł los troncos de blanco. Toma de 8 segundos pintada con luz de linternas. Foto Diego Cabales y equipo.
Desde donde se lo mire el paisaje es desolador. No se reconoce donde empieza una casa y donde termina. Todos son escombros. Foto Diego Cabales
Desde el interior de alguna casa que soportรณ el peso del agua. Foto Diego Cabales
El sector de los juegos en el balneario de EpecuĂŠn. Foto Diego Cabales
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Los marcos de ventanas y puertas aĂşn permanecen erguidos. Foto Isabel Kleiman
Los marcos de ventanas y puertas aĂşn permanecen erguidos.
Objetos de la vida cotidiana de EpecuĂŠn enterrados en el suelo y blanqueados por el salitre.
Foto Juan Carlos Vence
Foto Juan Carlos Vence
Al mal tiempo buena cara. La visita a Epecuén transcurrió en medio de una incesante garúa, viento y frío. Foto Diego Cabales
Una hilera de รกrboles ahogados flanquea el camino al matadero. Foto Isabel Kleiman
La esperanza de ella. Foto Diego Cabales
La laguna que se mete por la calle alguna vez estuvo unos siete metros por encima nuestro. Foto Isabel Kleiman
Tengo 16 años. Estoy en sexto grado de secundaria. Vivo con mis padres en la ciudad de Carhué. Me siento atraído por distintas ramas del arte, me gusta filmar, actuar, sacar fotos y amo modelar. Por el momento y hasta que termine la escuela me dedico al maquillaje social. Empecé a transitar por ese mundo hace tres años. Casi sin materiales, pasaba mucho tiempo mirando videos en YouTube. Mis primeros maquillajes me entusiasmaron
ND NAHUEL DULSAN
tanto que comencé a perfeccionarme con distintas técnicas, fui dejando de usar videos de referencia y comencé a formar un estilo propio. En Carhué tuve que acostumbrarme a que la mitad de la gente me critique, pero elijo quedarme con la otra mitad, la que me incentiva a seguir adelante, con los halagos y las cosas buenas que el arte me ha dado.
Foto Alicia Lรณpez Gรณmez
El grupo en tomas de retrato. Foto Diego Cabales
Lo imposible es una burla de los dioses. Todos venimos al mundo con la obsesión de un imposible y cuando tomamos conciencia de que el imposible es eso: un imposible, ya es tarde para refugiarnos en la sensatez. Todos queremos lo que no se puede, somos fanáticos de lo prohibido. Algunos lo llaman utopía, pero la utopía es más seductora. No tiene puertas cerradas como lo imposible. No nos desprecia como lo prohibido. Lo prohibido es casi siempre un desafío que nos derrota. Mario Benedetti.
Edición dedicada al pueblo de Epecuén y a los que perdieron todo y no pudieron seguir.