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Sweet Temptation ~Desahogo~ . Idiota, Idiota — se repetía para sí la muchacha. Después de intentar dormir durante un par de horas, con infructíferos resultados, decidió levantarse por un vaso con agua. Tuvo cuidado de no emitir demasiado ruido, no quería toparse con Edward. Sobre todo, no deseaba verlo, y oír su voz…no, ella se odiaba demasiado como para no admitir que sus hormonas y su frágil cuerpo se desharía como mantequilla líquida entre los brazos de su… padre. Por esto, fue especialmente sigilosa cuando ingresó a la cocina, y mucho más, al sacar los vasos de mueble. Evidentemente ella no se expondría dos veces en menos de un día, pero debió tener en cuenta que las peores cosas suceden sin que uno las busque… Bebió del frío líquido, y se deleitó ante la textura de este al recorrer el camino naciente en su húmeda lengua, más intenso aún cuando se deslizó por la honda cavidad de su boca, y finalmente bañó de bendito frescor su paladar y garganta. Uff— soltó una sedienta Bella. ¡Vaya que tenía sed!— añadió bajito para sí. Su mano deslizó sus largos cabellos hacia un costado de su cuello, improvisando una sencilla trenza, mientras se encaminaba de vuelta a su alcoba. Entonces le oyó, demasiado lejos para haberlo visto, pero lo suficiente cerca para que fuese Isabella quien reparase en su presencia. Era Edward, no, no era su voz… eran sus sollozos. No es de mi incumbencia— se repetía la joven internamente y continuó su camino. Despacio, cerró nuevamente la puerta, y no emitió su nueva costumbre. Ponerle cerradura a la puerta. Se removió inquieta en la cama, probando todas las opciones que conocía para intentar conciliar el sueño. Intercambió posiciones, y falló. Ni la izquierda, ni la derecha parecían ser buenas direcciones para observar. La izquierda no, porque era la dirección hacia el dormitorio de él. Y la derecha, bueno… Era la trayectoria hacia el baño. Fuese como fuese, nada parecía darle solución a la joven. Probó en un último intento posicionar una almohada sobre su cabeza. Y maldita sea, en cuanto lo hizo los sollozos de Edward se adentraron en su memoria.


¡Qué retorcido intento de padre!— musitó contra las cobijas. Y se levantó convertida en una fiera. Odiándolo como lo odiaba por hacerla pecar de esta forma, deseándolo como lo deseaba por ser tan sensual y prohibido, acudir a su cuarto era con seguridad la última de las opciones que debería haber barajado la joven, pero traicionar y mentir como sabía que había hecho tampoco había sido correcto… sin embargo, le gustó. Fue dulce e intenso, el exquisito néctar que bebió de sus labios fue suficiente para saber que esta sería su última noche con él… Entonces ¿Por qué no aprovecharla? Su mano se posó en el picaporte y una oleada de pánico y culpa recayó sobre su delgado y frágil cuerpo. Soy un monstruo— susurró, mientras se llevaba la mano hacia la boca, y con los ojos abiertos presos del asombro ante sus repugnantes deseos por ceder a la dulce tentación que representaba el susodicho, llevó una mano hacia su boca para reprimir el sollozo. Caminó hasta el hermoso guardarropa que le había regalado Tanya, y tomó de él la sudadera más ancha y grande que encontró. Se cambió los cortos pantaloncillos que utilizaba para dormir, y los reemplazó por unos seguros, y no menos cómodos pantalones largos. No hay por qué tentar a la suerte— suspiró Bella antes de salir lo suficientemente vestida de su alcoba. Caminó en dirección a la habitación que sabía compartían Tanya y su esposo, con las piernas temblando y el labio inferior fuertemente apresado por sus dientes, se encontraba consumida por un mar de nervios y dudas gracias a la ausencia de ésta. Es necesario. Lo harás bien — mascullaba, tímida y avergonzada. ¡¿Cómo podría mirarle a los ojos después de los últimos acontecimientos?! Finalmente el camino llegó a su término. Dejando a una avergonzada adolescente frente a la puerta de Edward. Los sollozos ya no se oían, el silencio reinaba el lugar. Sin embargo, la luz que sobresalía bajo la puerta del cuarto, daba indicios de que su ocupante no dormía. — No habrán más oportunidades— añadió en un leve suspiro antes de golpear con timidez la puerta del hombre que inconscientemente esperaba por ella, sin siquiera imaginarse aquello. No pasaron cinco segundos y ya tenía frente a ella a un muy agitado Edward. Le observó por más segundos de lo que ella misma se tenía permitido. Traía jeans, y una camiseta gris. Una vestimenta común, cuando no son las cuatro de la madrugada, claro está.


Reparó en su cabello, desordenado como siempre, y seco. Gracias a Dios. — pensó Isabella, ella no hubiese soportado verlo otra vez en semejantes circunstancias. La humedad… no era un buen aliado, para sus pobres intentos de juicio. — Necesitaba hablar contigo…— confesó con la vista clavada en el suelo. Después de un minuto o tal vez más de uno, en los que claramente se deleitó grabando en su memoria cada centímetro del rostro del joven. Obviamente Edward no pasó por alto eso. — Tal vez no sea un buen momento. La duda en la voz del chico, hizo a Bella preguntarse si tal vez era demasiado tarde. Mal que mal, él intentó buscarla durante la tarde. Quizás lo que él quería no era más que advertirle que mañana hablaría con Tanya y que la correrían de ahí lo antes posible. La sola idea le produjo tal terror que una furtiva lágrima se escapó de sus ojos. El movimiento fue efímero, pero no pasó desapercibido para Edward. Tampoco lo fue el deseo que se situó en su ser de consolar a la hermosa castaña que se encontraba frente a él, pero tuvo que reprimir el anhelo de secar la pequeña gota que se deslizaba por sus honestas esferas marrones. — Mañana tampoco lo será, estará Tanya y eso no ayudará en nada a aclarar las cosas, yo necesito disculparme. — soltó Bella, demasiado rápido para arrepentirse, demasiado desesperada para analizarlas. Sólo dejó ir las palabras que la carcomían por dentro y levantó con insoportable angustia el semblante para dejarse atravesar por la intensa mirada aguamarina. Edward suspiró con fuerza, botando todo el aire que llevaba contenido desde que la vio entrar. Después de todo, la chica tenía razón, tal vez esta fuese la última oportunidad que tendrían de hablar. Clavó sus verdes ojos, cual berilo fundido, en el rostro de la joven y sentenció. — Está bien, pasa— contestó en un hilo de voz. Mientras rascaba su cabeza, fruto de una comezón inexistente. Con timidez dio el primer paso, y en cuanto se encontró con un pie puesto en el interior de aquella habitación no tuvo duda alguna. Ella no pertenecía a este hogar. La cama matrimonial en el centro de la habitación era un claro recordatorio de que Bella no era más que una intrusa, una a la que Tanya adoraba y creía conocer. Una que a Edward le provocaba tal deseo que había conseguido pasar por alto la existencia de su propia esposa. Sí, en efecto, ella era una intrusa, o de eso se intentaba convencer a sí misma…


Una trotadora yacía sobre la esquina al lado oeste de la cama, junto a ella se encontraba una pantalla plana, y sí. También se encontraba un colosal guardarropa, en el que sobresalían un par de corbatas y medias. Continuó observando y su vista quedó prendada a la interminable corrida de perfumes y lociones que descansaban sobre la cómoda. Una crema para afeitar contrastaba de forma abrupta con el entorno femenino de aquel mueble. Con dolor en su corazón terminó de comprender la magnitud de su traición. Todo en ese cuadro gritaba paridad, complemento, lo que corresponde a un matrimonio, todo menos quienes se encontraban ahí en ese instante. — Puedes sentarte… No te morderé— le oyó decir, y sus pensamientos volvieron al plano terrenal. Edward se encontraba sentado en la cama, palmeándola a un costado suyo. Su rostro evidenciaba profundo martirio, y pese a que le regalaba una sonrisa tranquilizadora, aquel pensamiento no era lo que manifestaban sus ojos, los que sin lugar a duda era imposible pasar por alto. Sobre todo porque el intenso jade se encontraba opacado por una profunda irritación, como fiel evidencia de su anterior sollozo. Con trémulo avanzar, consiguió su cometido, y con timidez se acomodó junto a su padre, a quien veía de todas las formas posibles, menos como lo que en verdad era. Edward nuevamente suspiró con fuerza, y llevó una mano hasta su cara, como si en verdad quisiera arrancársela, y no era para menos. Su situación era por decirlo menos repugnante. No sólo había deseado a la protegida de su esposa, quien dentro de poco pasaría a llevar su apellido, si no que mientras él se regodeaba probando con total libertad la exquisita y suave piel de Bella, su mujer se encontraba sufriendo junto a quien Edward, con mucho estima y admiración, llamaba suegro, aprovechando las últimas y agónicas horas en compañía de éste. — No eres tú quien debe una disculpa Bella. Soy yo quien ha fallado acá, no tengo cara para mirarte a los ojos, no sé… no entiendo— se interrumpió para tomar una nueva bocanada de aire, sin apartar las manos de sus ojos, quienes le protegían de observar a la dulce tentación que descansaba a su lado. — No tengo respuestas sobre el porqué de mi actuar, ni las palabras suficientes… para disculparme. — Yo sí la tengo— confesó la apesadumbrada muchacha. Y Edward por un instante creyó haber oído una nota de vacilación, obviamente demasiado escondida bajo la seguridad que simulaba el timbre sereno de Isabella. Bella por su parte se encontraba aterrada, aun no terminaba de creer que estuviese en la misma cama donde se suponía Edward y Tanya habían compartido incontables noches de amor y entrega. Ésta sería con certeza la última oportunidad en que estuviesen juntos. Debía mostrarse calmada, para que él no notase lo mucho que le afectaba aquello, y si bien no había sido su primer beso, si había sido con seguridad el primero que daba por propia voluntad. Impulsada por profundo y verdadero deseo, pero por sobre todo,


porque sabía que lo de Edward no era un mero capricho, si no algo más intenso, razón suficiente para terminar con esto antes de que siquiera comenzase. — A ver, ¿cuáles son tus teorías?— cuestionó un atónito Edward, quien para ese entonces ya había liberado sus ojos, incapaz de pasar un segundo más sin vislumbrar a la sensual adolescente que tenía por hija. — Es el deseo por lo prohibido, en conjunto con la curiosidad por lo nuevo. En tu caso, es normal, no te juzgo, soy joven, y no seré miss universo, pero fea no soy. Por otro lado, tendría que ser lesbiana para no notar lo atractivo que eres, pero tengo que ser honesta conmigo misma, soy joven, y por muy patético que suene estoy sujeta a mis malditas hormonas. En tu caso, no es menos cierto que eres tan preso como yo de las reacciones de tu cuerpo. Te atraigo, me atraes y ya está. Es imposible que me quieras o que yo te quiera, ambos lo sabemos. ¿Cuánto hace que nos conocemos? ¿Serán cuarenta y ocho horas? El vacío en el pecho de Edward se acrecentó, no quiso hacer comparaciones pero aquello fue inevitable. Por mucho menos Judas vendió al maestro. — Se dijo a sí mismo, y es que era inevitable, con un beso… con un beso se sellaban las traiciones, y con un beso el había terminado de condenar su alma — ¿Eso es lo que piensas? — inquirió un tanto desconcertado, y no pudo detener a sus ojos de ver, no aquello no era ver, esto era algo mucho más fuerte y poderoso. Placer puro embargó su cuerpo al vislumbrar a la antes segura mujer, convertida en una tímida niña que mordía su labio con evidente nerviosismo. — Insinúas que te besé por mero deseo, ¿Estás consciente de que nos estás comparando con un par de animales que se mueven únicamente esclavo de las necesidades de su cuerpo? — Me parece mil veces más sensato que creer que te estás enamorando de la persona que podría ser tu hija. ¿No piensas lo mismo... papá?


Sweet Temptation_07