Issuu on Google+

EL PROTOEVANGELIO DE VIVIAN Por Diego Arandojo Ilustraciones por Mr Lec


Š copyright 2010 Incubico Ediciones www.incubico.arandojo.com.ar

2


EN EL COMIENZO EL VERBO

Vivian fue seguidora de Jesucristo. Una dama en la oscuridad. Una oyente inquieta y sagaz que, por temor a la represalia de sus compañeros, debió permanecer en la ignorancia de la época.

3


1La verdad. ¿Quién quiere oírla? La verdad muerde. Es un perro rabioso enjaulado en la eter na celda de la mentira. Sus extremidades han sido extirpadas, los cuervos giran en círculo esperando un retazo de alimento. Creó

Dios

su

imagen

y

semejanza, dándole cariño y los senos de la mujer emitieron cremosa leche para alimentarlo. Luego se recostó , extasiado por la creación. Buscó su núcleo vital. Mamó de allí la energía necesaria para afrontar el próximo día.

Este es el misterio. Adoradlo.

4


5


EL PACTO DE VIVIAN

Este nuevo hallazgo confirma mi hipótesis: Vivian fue la discípula décimo tercera.

Lic. Marc Meyer.

Escribo estas palabras ¡Oh Yahvé! desde la cárcava oscura de mi ánima, atestada por las tentaciones del patrono de los frágiles. En los caminos que recorro sin detenerme siquiera pa ra beber algunas gotas de agua encuentro toda clase de hombres, a las mujeres no las menciono por que tu Ley las glorifica. Son víctimas de los preceptos de sus esposos, los castrados, los pútridos, los que vanaglorian la descendencia del Cornudo Primero. Perdóname por mentir. Sé que no debo hacerlo, ¡entiéndeme ! Los soldados con los que tengo plática desean mi cuerpo. Por ese triste hecho sigo viva, te adoro por sobre todas las cosas materiales. Sabes que poco me importa el acto carnal. Concubina tuya soy, padre celestial rodeado de luz, bondad y esperanza. Entregarme a algún inepto sería una traición a nuestro pacto. Venía por la tierra de Leobeb, siguiendo de cerca los pasos de tu Hijo, escondida en la noctívaga arboleda. Mi piel se tornaba rígida. Me sentía desamparada. Caí al pis o temblando sobremanera. Volví en mí por la gracia de las manos luciferinas que buscaron corromperme, desplegué el instrumental de mis fechorías aprehendidas en tu Sacra Academia, ¡Oh, Dios del Universo, Santo eres tú! Contemplé al venado tuerto que mamaba mi teta izquierda. Pacía el

6


pezón con gran habilidad queriendo quitarme l o que me distingue de las demás. La leche refutó la salida y la Bestia se inclinó vehementemente. Rompió sus ligamentos presentando el verdadero interior. El príncipe asesino expuso su seducción fatal. Te soy sincera. Por unos segundos de torpeza humana, la misma torpeza que permitió la cópula de nuestro padre Adán, aprecié los órganos del místico infernal. D eseé estar junto a él; revueltos ambos en el buen gusto del pecado... ¡maldit a de mí! Sin aviso un rayo de luz clarificó la figura del impostor. Desgarré su vientre con el filo de mis dientes. Dijo Jesús –grande y misterioso– en el monte Yipsey, acompañado por bravos semejantes, la colmena de la pasión que vendría en la tristeza del alba y la lluvia sabática; humedezco mis labios para pronunciar palabra santa:

Viaja el Carabí por cuatro caballos, esposas de fuego forjarán la Era de Acuario cuando Sócrates dictamine la terquedad de una incógnita envainada en flores silvestres, ju garse la vida por Galeopo y sucumbir al gusto de la rapiña. ¡Repetid esto, hijos de los hombres míos!

Locura del trance que produjo el que me señaló la Nueva Jerusalén. Caen esfínteres de serafines en las cosechas; piojos monstruosos construyen diamantes de aire que venderán a los ignorantes al Salvador por unas cuantas monedas. Tú, el que conoce el Final y por eso impugna el Principio me percibes sin impedimentos sociales, te percatas de que te venero y haría lo que sea para estar en el Libro de la Vida. El amor por mis hermanos y hermanas hebreos está ausente en mi personalidad. La exclusividad es para con Vos, Verbo Encarnado. Sigo a Jesús –alabado en la Tierra como en el Cielo– porque quiero que me elija como alumna. Lo intenté cuando predicaba parábo las de menta en Kabul. El pobrecito me ignoró. Necesitaba descansar porque también de carne está

7


hecho. Mi soberbia se pagó con derrota. Al despertar descubrí que el maestro había partido. Otra oportunidad carbonizada en la ansiedad. Juan me tenía en buena estima. Me concedía –cuando nos encontrábamos en las tabernas de los distintos pueblos– documentos con las palabras del Niño Dios. Las leía en las flemáticas madrugadas del ayuno. Perdóname. No sé que estoy haciendo, tal vez Juan desconocía mis propósito s. Corroe mis nalgas. Ardo de fruición. Traigo al presente recuerdos de mi madre vulgar. Ella quería que fuese esposa de Manoel, ese sinvergüenza comerciante egipcio. Escapé de casa en la natividad de mi hermano terrenal Kipet. Cel ebraron, cantaron, comieron, mas al regresar al hogar yo dejé el lecho revuelto; me inscribí con los Amolitas (pueblo pacífico de adoradores de Iové, el Yahvé romano de cuerpo multiforme ). Confederé tierras ajenas fundé varios templos. Seguía vacía. Hasta que me topé con tu Sangre. Me pareció un sueño hecho realidad: moreno de unos sesenta kilogramos barba brutal cara cuadrada manos de carpintero. Húmeda de predicciones, una amiga debió sostenerme. La baba formó en mi boca una profecía. El día que los hebreos tendríamos plena un ión con el Creador.

8


LA PARABOLA FALSA

Ejecuto este pacto de fe porque la verdad será bifurcada, urbes que ahora chispean por su ingeniería sucumbirán. He visto mejores reses en países extraños. La gente pide a gritos el Nuevo Símbolo. He soñado un árbol con un hombre clavado en su corteza. La desnudez atraía a los viajantes que a caballo perdían futuro. Me postré frente al cadáver q ue continuaba vivo aunque su piel era tan blanca como la leche. Para sorpresa del soldado que lavaba su espada satánica, la madre del pobre y yo: el muerto habló. Dijo lo siguiente:

Doce y uno, doce mártires encapuchados en mis errores de gloria y predicación. El opio será su ejército de falacias nutridas, Caobé y Maldid ojos del estómago relleno con estiércol de burr o. Caobé una manzana agusanada. Maldid un bastidor virgen.

Me despierto. Ha sido un engaño de mi obscena mente. Debo continuar mi ruta. Por el cielo de enemas gratuitos una rafága transporta a los insolentes, ateos de tu perfección. Mírales con desconfianza. Léeles el pellejo y te darás una idea. En cierta ocasión cuando escuchaba al Hijo en un pobl ado cercano a Nazareth, una doncella le mordió la rodilla derecha. Nosotros vociferamos insultos. Quinqué de ternura ilimitada: curó su herida con un simple beso de una anciana que repetía el discurso a sus hermanos en un barranco. Se recogió el cabello explayándole a la atacante:

No os engañéis. El maldito viste distintas virtudes exteriores. Esa manceba contiene litros y litros de rencor. ¡Márchate, pues, murciélago moribundo! Mi padre te partió el orgullo, ¿recuerdas?

9


La doncella sonrió. Seguidamente huyó calle abajo, encomiamos la brillantez del maestro y coraje se debía tener para afrontar al adversario eterno. Supe así lo poco que significaba mi adhesión, estaba Él más lejos de mi persecución que de una eventual unión orgánica. Bendito tú que nos diste la vida. Brillante ejecución celestial. Venga tu reino.

10


LA PARABOLA ENCRIPTADA

En Tiberia conocí a un increíble señor. Bramaban s us pasos, gorgojos déspotas, encendió en mi el deseo. Lo reprimió el avance ya inexcusable. Dijo que se llamaba Simón. Trabajaba en las calles ilusionando a los transeúntes. Taumaturgo con dotes similares a los de Jesús –apóstol de los pobres– me fijé en sus codos, el número uno cincelado con tinta extranjera. Le pedí una confesión. Que se nos uniera. Que se juntara Contigo, padre mío. Respondió que prefería servir a Baal antes de practicar la sumisión jesuítica. Una voz se escuchó con toda claridad detrás del perverso Simón.

Al igual que Moisés cuando rompió el becerro de argento. Por tus obras te conocerán. Piensa en la paloma que trajo la ventaja de un imperio sin límites. Ahí, sin espigas en la lengua, estarás. Abrázame.

Me contuve. ¡Ay, de mi imp erfección! Tal discurso mereció que Simón continuara su labor como mentiroso. Me arrojé sobre tu Hijo... besé sus pies quince veces.

Mujer, sígueme fuera del pantano.

Me apartó. Lloré, le chillé cariño arañando el barro. Él reunió a los doce suyos, míos en secreto, y subió a un carruaje. Este es el misterio. Adoradlo.

11


2Sión buscó el amor a lo largo

3El pecado es la mejor forma de

de su breve existencia. Poco antes de

rejuvenecer el alma.

morir, su hermana intentó desposarlo.

El pecado no existe. Así fue

Mas el líder religioso se negó. La mujer

promulgado por el profeta Candium,

–disgustada– le cortó la lengua, la

después se le borró de la historia como

refregó por sus partes íntimas y quedó

amándolo. Valga la redundancia.

preñada.

El pecado nos permite descender

La criatura que brotó de su

(o elevarnos) al nivel del rey de los

marrano vientre se llamó Gabriel. A la

avernos, el que desea y no quiere. El

edad de siete años atravesó el desierto

que quema sus angustias en otoño.

hasta encontrarse con una ballena orca.

El pecado es la clase de persona

Esta gimoteaba agua por sus orificios

que te encuentras cuando pagas tus

nasales al mismo tiempo que narraba

impuestos.

una extraña fábula. Gabriel se inclinó

El pecado necesita de personas

–esquivando un disparo de líquido – y

como tú: honradas hasta la coronilla.

tomó asiento sobre la cálida arena.

El pecado lo es todo.

Sintió con sus manos el destino que

El pecado que cometen las

inevitablemente lo había empujado

mujeres es gratificante pues se realiza en

hasta aquel sórdido lugar. La criatura

nombre del amor.

marina sonrió. El sol se ruborizó.

El pecado será tu regla.

Este es el misterio. Adoradlo.

Este es el misterio. Adoradlo.

12


EL SUFRIMIENTO DE VIVIAN

De niños nos contaban la historia del apóstol perdido...

Martín Lutero.

Escribo por necesidad de implantar un código entre nosotros, Padre Grande, sedante de indulgentes, máquina de alegrías, redentora tu Cría pero agraciada por religarse con lo burdo. Mi estómago más vacío que el río de la providencia, extraviado en el final del Edén. Como dijera el profeta Candium: al canario le falta el pico porque se lo robó su cuñada. Me es hondamente difícil delinear estas palabras... el cincel a punto de extinguirse, el pergamino que he conseguido con esfuerzo prodigioso ofrece su torpe textura, en fin... ¡sálvame en la diestra de tu diestra! Puedo olerte entre la multitud. Estás aquí... sí... por favor, bendíceme. Los comerciantes trafican plátanos escupen a los traicioneros con cimitarras . Los romanos desvisten una vaca. Le provocan bruscas violaciones mastican carne cruda con fluido masculino. Ay, ¡no sé cuánto soportaré! La miseria no tiene rostro. Es la veta cortada. Pisada. Orino en una cuenca y el horizonte se vuelve senil a cien kilómetros. Ahora comprendo el porqué de tu creación. Me envías ángeles en los desayunos. Corto el pan nuestro de cada noche, cada mordida un canto de querubín eremita. Localicé a los Doce en una fiesta de casamiento. Debí cambiar mi habitual vestimenta para despistar a los seguidores de Baal. Ajusté mi cadera aparentando preñez. Los guardias tan

13


serios violentos depravados al verme con los rizos peinados y semejante voluminosa barriga soltaron sus sables permitiéndome acceder al establecimiento privado. El a ire parecía infectado con sales eróticas. Los hombres bailaban con la novia de cuerpo de felpa blanca y lienzos con bordados biliosos. ¡Yahvé lléname con tu nutrimento fatídico! Esos muchachos empollaban el huevo del demonio de la lujuria, a plena luz de t u bondad. ¿Qué debía hacer, te preguntarás respondiendo al mismo tiempo y reformulando mi premisa eternamente en tu cristalina potencia de Criatura Supernatural? Clamé el nombre de Juan. Este apareció ágilmente alarmado por mi estampa llegó a disimular un idilio entre nosotros. Expliqué que necesitaba oírlo, escuchar, fragmentar los fonemas del Maestro de los Cielos. Sus ojos se encogieron. Lamió mi oreja izquierda depositó allí la respuesta. El ebrio Mateo se sentó en los hombros de Santiago. Pidió un po co de atención golpeando un cáliz de pan.

Ensimismado con dolor de muelas, ¡Dijo Dios que se haga la luz y se hizo! Digo yo –menos que un zapato cosaco– ¡que se haga el Hijo y se hará! Está por aquí comprando puercos para sacrificar al Gran Arquitecto.

Relámpago con buitre incorporado Jesús brincó desde el jardín hasta recaer en medio del público. Jugueteó con sus manos creando cuervos multicolores. Los niños querían acercársele pero… ¿era posible? No podían ni siquiera percibirlo, sus apéndices infant iles sangraban con energía exponencial. Me hallaba claramente excitada. Evitar el acaloramiento una misión de puros, puros en todo sentido y yo como mujer no podía estar allí. A la vista de todos corrí. Choqué individuos

14


con brazaletes orientales. Sería l a última que vez tan cerca de Ti, tu fuego me hiere sobremanera. Escuché las palabras del rabí:

Junto al río un melón sin bautizo está ahí, ¿podéis verlo? Junto al río llegó un buitre. Agitó sus extremidades clavó garra en la superficie de la fruta , le succionó el alma. Junto al río quedaron enlazados enemigo y enemigo por el amor que mi padrastro adoptó este mundo, cuando oscuro unos dioses paganos orgías y orgías para el sabor de los Oomandíes y el sinsabor de los Berberisquíes. Junto al río que sois vo sotros junto al río mío, sólo por ser Verbo estalló su calvario.

Me quebré. Los tendones de las piernas se me hicieron líquido y las aguas de la ingle salieron. Una mano negra me sostuvo durante la procesión extática. Vi al Hijo besándome los intersticios, sus manos lastimadas, madera, mucha madera ardiendo y un árbol en un día nublado con proscriptos sanguíneos aguardando al tercero, el tres y tres, tres tatuados en un torso femenino, dos senos que se asoman, un Lucifer femíneo teniendo carnalidad con un soldado romano. Un baldazo de agua fría. Recuperé mi nombre. Vivian. Vivian de Sadhán. Mi tierra querida donde procreé cuatro amantes de los cuales Bistec El bronce me entregó su vida a cambio de las monedas para llegar hasta este maldito paraje. No t e entiendo, mi Dios, porqué necesita tu prole estar junto a los poderosos, los dueños de las tierras que tú –en la gloria– generaste para todos sin distinguir orígenes ni venenos.

15


LA PARABOLA DEL RABO

En mi viaje a la peligrosa ciudadela costera de J amep encontré a Zorobazar, de quien se decían cosas intrigantes. Su origen egipcio, bebiendo ira del Nilo, y otras patrañas que desligué al entrar en plática. Cada uno narró lo que le apetecía. En mi particular le conté del movimiento de Jesús –Virrey de reyes– que cambiaría el destino de todos nosotros también el de sus sucesores viceversa y viceversa. Dejó que el silencio fuera gatillo de la suerte. El bote que nos contenía se detuvo. Zorobazar desarmó su tiesa chiva, la descompuso en pedacitos. Increíb le para un simple mortal... espera, Padre mío, recuerdo con tesón lo que me contó. Su esposa murió por la espada de Alarcón el visionario. ¡Puerco desalmado! En su guerra contra los ateos llevó puestas miles de vidas inocentes, pues, los que no te creen ti enen tiempo para hacerlo no son culpables de su estupidez. La mujer de mi contrapartida cocinaba alimentaba a sus cachorros de leopardo con leche agria, estas bestias (traídas desde la secreta región de Babeen) castigaban a los mentirosos con sus anzuelos letales. Zorobazar lloró largamente y pude ver la cara de su hembra en el agua. Me iluminaba con ternura. Está contigo. Lo sé, se lo dije al pobretón pero con aire levantino me condenó por seguir mi fibra hebrea. Se soltó. Cayó dentro del lago donde permaneció hasta el fin de los días. El agua, los pulmones llenos de agua, no pudo perdonarse amar a un muerto. Al reflexionar sobre el momento de la unión zanjó apagar su llama.

16


LA PARABOLA DEL FLAGELADO

Entré en la tienda se me rogaba el máximo hermetis mo porque la que estaba tendida sobre la litera poseía dedos de Reina. En un primer contacto con la criatura tuya, indirecta, mujer de tez morena nalgas elegantes. Preferí el suelo, apoyé mi cuerpo contra la pared evocando tu sagrada acción ¡Oh, Yahvé, mie l sin azafranes! La damisela me contempló con las manos hacia tu norte. Balbuceó una imprecación que no redactaré. Bastante con oírla. La servidumbre me reveló que la monarca patitiesa venía del oeste de Fagnás, tierra de indecoros, que podría estar pose sa según revelaciones de una vidente. Me puse de pie sentí tu fulgor tu aliento en mi detrás. Pronuncié en los labios de la afectada una oración del Hijo del Hombre:

Aunque migas en el valle de la muerte una grieta de rana, son cifras de una rueda que perderá el rumbo. ¡Pisa fuera! ¡Pisa fuera de la línea de sal!

Transpiró ardor casi se le queman lo s pulmones. Si hechas un vistazo a la hebra de mi frágil cerebro sabrás que no oculto nada. La jovencita expulsó mocos rojos que dieron contra el ama de llaves. La tienda toda se llenó de vida. Requerí diez minutos a solas con la recién nacida. Aceptaron. Me senté a un lado de la cama, busqué sus manos las apreté contra mi pecho. Me miraba con la cara encubierta en sudor frío. Le dije que siguiera el mandato de Jesús. Ensalzada con el nombre lo repitió hasta que me fui, prometiéndome (en los redobles de las letras ‘e’ y ‘s’) que se uniría al movimiento. Grandes tus pasos mi Señor. Este es el misterio. Adoradlo.

17


4Mi señor no es pastor, come excremento

de

los

verbos

mártir de tu nación.

que

Siempre caminarás errado.

practican sus cien mil hijos. La Este es el misterio. Adoradlo.

literatura es tangencialmente disímil a la

matemática,

designio.

Lo

pero repitió

idéntica

en

Anselmo

el

burocrático. Lo repitió Gival la sandalia. En

tu

suelo

serás

desmembrado. Las carnes envueltas en mantos, enterradas a veinte pies por sobre el nivel de las aguas. Te

encontrarán

desnudo

y

erecto. ¡Qué vergüenza! El lino se usa para cocer universos. Las agujas parecen tener miedo. Calculo un centímetro con la uña de la Reina de Inglaterra; asimila el concepto. Los

malandrines

escapan

porque se les deja. La victoria siempre será relativa. Si quieres medir un codo de la codicia: evoca la sombra de un

18


EL DESCENSO DE VIVIAN

Subir es bajar.

El profeta Candium.

Me retiraba de los dominios de Gralèc, alborotada por las noticias de Jerusalén. Allí –Tú bien lo sabrás Amo de los Tiempos– luchaban mis hermanos contra el imperio del mal, los holgazanes hacían las veces de caudillos, ocultaban una religión que ansiaba la caída de Sión. Desgarrada estoy. Aquel abedul singular en belleza y misterio. Sus ramas echaban frutos constantemente. Parecían peras. Estiré mis miembros para recoger una. Al poco de masticar me se ntí herida. Apuñalada por dos mil impíos. El cielo se colmó de chubascos . Llovió tierra, litros de lodo formaron un gran río. Al punto de ahogarme, comencé a moverme con dirección al tronco de la acrimonia. Podría haber llegado si le hubiera puesto más emp eño. Recordé la dicción del rabí:

En el valle de la nada, nada somos ni seremos. En el valle de la nada están los que comieron y bebieron sin volcar una sola gota al sufriente, al desfallecido, al desmerecido. En el valle de la nada dejaré mi barca anclaré mi vida soñaré a Slipendie. En el valle de la nada.

Dilatando este recuerdo contemplé un anómalo animal. Mezcla de pescado y rulemán, con seis grandes alas que cambiaban de textura arrojaba espuma por su hocico nervioso por mi presencia. Pronuncié un insulto para espantarlo. Se postró en sus extremidades. Masculló

19


visiones de los mundos que arribarán antes de que tu Reino de Luz, Paz y bienestar se estanque en esta tierra de atrocidades. Entre los relámpagos tomé el primero lo medí con la regla de l as beldades supe que los humanos perdían su fe, adoraban dos edificios similares a los hermanos de Alith que destruyeron la zona candente de Elisabetha, Madre y Comendadora de Noéh. Dos atalayas cubiertas de miel carbónica, sustancia que atraerá la atenció n de los detractores de la fragilidad cósmica. Hombres mujeres niños digiriendo la sangre del Maldito. Sus cuernos clavados en la miseria. Recavados en la sortija, un anillo para el genital de los demonios menores claman en voz hedionda que se les devuelva n los rehenes verracos. ¡Estaba corrupta! ¡Oh, Grandísimo! ¡Exijo clemencia, no estaba en uso de mis facultades! Dirás que siempre repito las palabras que me condenan en vida y condenarán ya lejos de estas tierras. Estás en tu razón. ¿Para qué seguir co ndenándome, seguir alimentándote, sin una auténtica catástrofe de mi ego de apóstol? Está bien. Está bien. Vibro por tu jovialidad, Emperador Perenne. Al punto de ahogarme en el enviciado lodo recordé a Juan luchando oralmente con un ignominioso de altísima cobardía, sus bastones chocaban como la noche contra el día y el tufo restante se esparció generando más público. Me resistí al arresto de lanzar hechizos orientales. Sortilegio para el nigromante desfachatado resumí en aquel entonces. La criatura –el monstruo, mejor dicho– agitó sus aletas y las plumas formaron un libro de texto. Me invitó a leerlo. La sugestión de sus calumnias. Un resabio que no probaba desde la c rucifixión de tu Salvador. Pero lo menciono. Lo tengo en mi mente. Una liebre que corre p or el pasto cerebral. Absorbiendo gritos ya pasados. Abatió a sus análogos con la siguiente formulación teórica, el Cristo:

20


En Malasia conocí a un gran señor de pobre condición. Se llamaba Gelturate, sus dos esposas murieron por la magia que invocan lo s embaucadores. Me pedía que rezara por sus almas mas contuve su ironía explicando que ya estaban salvadas de antemano por el amor que les consentía en su corazón espinoso. No me comprendió. Buscó refugio en la mu erte inducida con fresa podrida. Bendije sus restos al ser sepultados en el camposanto.

El barro se metió dentro del engendro dejándolo henchido con su propia reencarnación. El abedul lo llamó en todos los idiomas conocidos. En el penúltimo halló la verdad. Dobló su torso introduciéndose en su celda. Palpé mis formas. Estaba entera. Sin raspaduras, ¡la palabra del H ijo del Hombre había triunfado!

21


LA PARABOLA DEL BUEN LUCIFER

Terminaba de proveer el ministerio del Maestro cuando oí el corte de una bolsa de avena. La enjundia, el cuchillo cuadrado, la mano de la muchacha que realizó la hazaña, el olor a pestilencia sobrenatural embelesaron mi atención. Al poco de girar mi cabeza para entrever la situación: una mujer desnuda con espeso vello rodeándole el pecho, tres cuernos en el cu ello (el tercero más largo que los otros), una lanza de oro sostenida en su mano derecha, botas de exquisito cuero, me abrazó pidiendo perdón. En sus ojos chispeantes hallé la realidad de la cuestión. Era el ángel extraviado. El que, por delirios de grande za, se entregó a deseos megalomaníacos. Invirtiendo el signo de la naturaleza. ¡Oh, Yahvé! ¡No me lo figuraba tan atractivo! Si bien es cierto que bajo otras formas menos paganas lo denoté, esta hembra tan delicada y laica me exigía un debate arduo. Ante todo promoví el Salmo del Ataque:

¡Vade Sesso, prototipo lacrimógeno de la oscuridad! ¡Hallo fortaleza en el profeta Anselmo! ¡Vuelve a tu esencia!

No se movió. Se afeitó, con pezuñas de león, sus vellos frontales diciendo:

¡Inclínate, pequeña mujer! ¡Guárdate el brío jesuítico para la posteridad! Me confundes con el Gran Criminal. Soy una mensajera, s implemente. Él quiere llenar tu ovario con semillas prósperas.

22


Rechacé la oferta un segundo después de que la escupiera su boca; si se puede llamar a ese orificio consumido “boca”.

Ya que te niegas, te oferto otra cosa. Un viaje de una noche por los feudos del Deseo.

Algo. Algo picante rascó la comisura de mi bravura. La lamió, la consoló. La necesidad (¡la estupidez!) de confrontar al que te humi lló, Padre Mío, me hizo aceptar la moción siempre y cuando mi seguridad se mantuviera a rajatabla.

Por supuesto. Ponte este collar de esmeralda. Nada te atacará.

Chocó sus palmas. Un torbellino se juntó entre sus dedos. Truenos, centellas, quásares colisionando. El resultado fue una exquisita alhaja que fue a descansar en mi pescuezo.

23


LA PARABOLA DEL VIAJE PROHIBIDO

En este punto perdí la noción del tiempo. Fui invadida por el mal, su sexo refregó todo y cada uno de los caminos de mi organismo. Los rompió. Los torció. Hizo con ellos un galimatías enfermo, repleto de los deseos incestuosos de Adán hacia su hija Mikal. Vi al padre de la humanidad orinar un tarro con palabras en tu idioma hermético, Grandísimo, cerré mis ojos aunque eché atisbos de mujer. Nos deslizábamos con ambigüedad. Hacia delante. Hacia atrás. Hacia izquierda y derecha. Hacia Nodot. Hacia Baydañe. Presentí que estaba cometiendo un gravísimo sofismo, pero como soy leal a mis promesas, contuve mis ansias de vol ar junto a la gavina yugulada de la tara. Le pregunté a mi acompañante dónde estábamos. No respondió. Tres troncos conectados a una infinita red de surcos metálicos. En uno de éstos tomamos un carruaje de fuego blanco (figuradamente inofensivo). En el la rgo trayecto hacia el fondo ¿o la superficie? divisé ciento y una criaturas. Plantas asesinas, leprosos que bendecían niños de hueso molido, víboras de ochenta colas, murciélagos parlanchines, reyes bisexuales y otros de igual o peor calaña. Tocamos el portal que mide lo mismo que Roma pero al cubo. La mensajera emitió un chillido agudo. Especificar el calor que brotó por aquel lugar... ¡imposible! El collar me mantuvo a una temperatura óptima. Atravesamos los primeros cuatro octágonos y en el noveno se nos acercó Mammón, desplegando sus manos de guerra. Después de algunas explicaciones aceptó llevarnos al regente. En la costa, bebiendo océanos de estertor, Lucifer. Tú que lo conoces me entenderás. Las descripciones anteriores son erráticas. Los pocos qu e han tenido contacto con él han

24


cometido suicidio. Con tu ayuda, ¡Mi Santo Yahvé!, narraré mi encuentro con humildad. Para que sepas que no me alejé de tu rebaño. Era un ángel partido, cocido, remachado. Trescientas palabras impresas alrededor de su rostro. Siete llagas ubicadas en forma vertical desde el esternón hast a el genital. Por cada una se escuchaba una canción seductora. Las que fueran espléndidas alas acaecieron en dádivas del paraíso extraviado. Mi acompañante excitó su músculo inferior y evoc ó la presencia del Maldito. Este, que conocía nuestra empresa hace siglos, acabó su tarea. Clausuró sus garras y se dio media vuelta. Se nos acercó con tremenda velocidad. Languidecido en el norte, clamó:

Ah... la apócrifa. ¿Cómo te trata el mundo?

Su locución era dócil, mansa, como un perro golpeado por el amo. Aunque te suene increíble... me apiadé de su condición.

Tienes una imagen errada de mí. El culpable es Abraham. Estás aquí para ver lo que nueve. No te enojes. Disfrútalo.

Sí. A medida que me hablaba, descubría su verdadera faz. Era peligrosamente perfecto. De aspecto humanoide, medía unos tres metros y lucía un larg o sayo bermejo. Su extensa melena chocaba contra el ardiente piso que ya no era caliente sino de mármol gélido. Estrechó su mano la tomé abrigué el fulgor de las eras, ¡perdóname, Creador de los Creados, por tal insurrección! ¡Quería conocer sus entrañas para vencerlo! Toqué el fuego me quemé la congoja creció con el esmero de un pueblo atormentando por vehementes lindantes. El interior del Diablo, del Perverso, del Tramposo, del Destructor

25


era un chaparrón de hechos de por sí aberrantes. Los años se fusionan en él porque todos de alguna forma pertenecemos a su piedad nociva y nos necesita porque nos ama tanto como nos odia quiere nuestra perdición que la tomemos como redención. Sigo confundida.

26


5Yo no soy. La epopeya de Sucoz comenzó como un simple juego infantil. Enfrentado a su hermano Glandiz, echó la furia como un golpe de mazo. Dos golpes. Tres rabiosas trompadas que provocaron heridas graves en el esternón. Sucoz se sintió aliviado. Toda esa materia reprimida había sido eyectada. Tiempo después su padre

lo

encontró

en

el

lavatorio

mordiéndose una vértebra. Cuando teníamos edad par a creer fallecimos. Cuando teníamos edad para entroncarnos al afecto, desaparecimos. Cuando teníamos... ya no éramos.

Así fue escrito por Vivian, en el año segundo de Nuestro Señor.

27


28


El Protoevangelio de Vivian