4 de julio de 2018 - Año 3, N.º 35
Tortugas marinas
Viajeras del mar a la deriva Los trabajos de conservación de las tortugas marinas se tambalean en altamar, donde estos animales enfrentan los mayores peligros y, al ser especies transfronterizas, dependen del esfuerzo en conjunto de varios países. (págs. 2,3 y4).
Foto: Anel Kenjekeeva Oficina de Divulgación e Información UCR
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La playa Ostional, en Santa Cruz de Guanacaste, es el principal sitio de anidación y reproducción de la tortuga lora (foto: Anel Kenjekeeva).
Tortugas nadan en el peligro Los esfuerzos por proteger a las tortugas marinas en tierra son diversos. Sin embargo, estos resultan insuficientes cuando los reptiles regresan al mar, donde afrontan los mayores peligros. Paula Umaña González paula.umana@ucr.ac.cr Max Martínez Villalobos max.martinez@ucr.a.cr
Poco más de media tonelada, eso puede llegar a pesar un ejemplar de la tortuga baula (Dermochelys coriacea), una de las cinco especies de estos reptiles que llegan a las costas de nuestro país. Junto a ella, la tortuga lora (Lepidochelys olivacea), la tortuga verde (Chelonia mydas), la tortuga carey (Eretmochelys imbricata) y la tortuga cabezona (Caretta caretta) viajan
miles de kilómetros para llegar a las playas costarricenses a desovar. Las tortugas son especies de reproducción masiva, se estima que pueden pasar de 30 a 40 años de su vida dedicadas a esta labor. Aproximadamente, tienen unas 15 o 20 temporadas de desove y en cada una de ellas son capaces de poner entre 400 y 1 000 huevos repartidos en distintos nidos. Estos refugios son construidos por las tortugas cada quince días o una vez al mes a lo largo de la temporada, y contienen entre 80 y 100 huevos. Esa es la técnica evolutiva que maximiza la posibilidad de sobrevivencia de dichos reptiles, según estimaciones de científicos consultados. A pesar de sus mecanismos reproductivos, estas grandes viajeras se encuentran amenazadas y algunas de ellas, como la baula y la carey, están bajo la etiqueta de “estado crítico” en la lista de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Por eso, en la última década, las organizaciones no gubernamentales, asociaciones de desarrollo y el gobierno han puesto el ojo sobre su protección.
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Y es que este animal se enfrenta a la cacería, a las consecuencias del calentamiento global, a la extracción de sus huevos y al peligro que supone para ellas la pesca de arrastre y con palangre, pues la pesca incidental o no deseada es la principal amenaza para estos reptiles migratorios. “Algo como la construcción de una marina, por ejemplo, podría tener un impacto fuertísimo en las tortugas. Tenemos otros factores, como en playa Rajada (Guanacaste), donde hay campistas que cortan los manglares y quitan la sombra, se meten con los carros a la playa, entre otras acciones”, dijo Maike Heidemeyer, bióloga del Centro de Investigación en Ciencias del Mar y Limnología (Cimar), de la Universidad de Costa Rica (UCR), en referencia a algunos otros peligros que las tortugas sufren en tierra.
Amenazas latentes Otro de los enemigos más recientes de estos animales con caparazón es el
cambio climático. Este fenómeno es uno de los factores que ha generado cambios de distribución de las especies, así como descensos poblacionales significativos en los últimos años. Las baulas, por ejemplo, dependen de la temperatura, pues sus presas tienden a vivir en zonas frías. Se piensa que el calentamiento global, acentuado en los trópicos, hace que las presas de las baulas se desplacen más hacia las zonas polares, por tanto, la migración de las tortugas desde sus centros de alimentación hasta sus sitios reproductivos se ha vuelto más prolongada. Tanto para Heidemeyer como para el herpetólogo Gerardo Chaves Cordero, profesor de la Escuela de Biología de la UCR, la población de baulas en el Pacífico es la que más se ha visto afectada. Chaves aseguró que las poblaciones de baulas en Asia han disminuido y ello afecta a las baulas americanas, pues ambas poblaciones están conectadas. “La población más grande que se conoce de esta especie en el Pacífico americano está en Costa Rica, en playa
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TORTUGA LORA
Lepidochelys olivacea Es la más pequeña de las tortugas marinas. Mide entre
60 y 70 centímetros.
Su caparazón es verde oliva. Se alimenta de crustáceos e invertebrados.
Grande (Guanacaste). Esta población se reduce a unas cientos de hembras por año, cuando antes se tenían miles”, añadió. El científico explicó que las tortugas marinas, por su longevidad y por ser animales muy grandes, poseen una dinámica poblacional muy lenta. En su criterio: “no se puede hablar de una tendencia poblacional en la mayoría de las especies si no se tiene más de 20 años continuos de datos”. Estos animales, como la mayoría de especies marinas, lidian a diario con la destrucción de su hábitat, de las playas que utilizan para anidar y de sus sitios de alimentación. Además, ciertas técnicas de pesca, incluso algunas ilegales en el país, amenazan a diario el bienestar y la vida de las tortugas marinas en el océano. Y es que si no son pescadas de manera incidental, como sucede muchas veces, los cazadores furtivos van tras su carne y sus huevos.
Esfuerzos de conservación A lo largo de los años se han dado diversos esfuerzos para conser var a estos majestuosos reptiles. El país trabaja actualmente en la Estrategia Nacional para la Conservación y Protección de las Tortugas Marinas en Costa Rica, que detalla las acciones dirigidas a la protección de estos animales. “Es importante que la estrategia entre en vigencia. Se debe crear un programa porque las tortugas son animales que tienen un grado bastante importante en la generación de economía de la gente de la costa, son animales que necesitan un enfoque particular”, expresó Didiher Chacón Chaverri, director de Latin American Sea Turtles (LAST), una entidad que trabaja en programas de conservación en Pacuare y Moín, en Limón, y en Osa, en la zona sur del país.
Sin embargo, la bióloga Heidemeyer, considera que proteger las zonas de anidación no es suficiente para lograr preservar las tortugas marinas. “Como las tortugas que llegan a nuestras playas son hembras adultas es muy importante que se protejan esos sitios. Esto ya se hizo a nivel regional, las principales playas están protegidas, pero nunca se han revisado los sitios de alimentación y es ahí donde encontramos a los juveniles, a los adultos no reproductivos y a los machos”, explicó Heidemeyer. “En un contexto de conservación – agregó– es muy importante iniciar por ahí, porque las tortugas maduran muy tarde, una negra (o verde), por ejemplo, puede empezar a reproducirse a los 50 años”. Es por esto que en el país se estudian las rutas migratorias de las tortugas marinas, con el objetivo de conocer el movimiento que realizan y las zonas donde se alimentan.
Heidemeyer coordina la Red Integral de Tortugas Marinas (Ritma), que unifica a las personas investigadoras de estos animales, tanto de la UCR como de organizaciones no gubernamentales y otras universidades, a lo largo del Pacífico Tropical Oriental. La Ritma promueve el intercambio de conocimientos vitales en la toma de decisiones para el manejo y conservación de las tortugas. “Trabajamos en juntar datos lo más rápido posible para conocer su ciclo de vida, cómo se mueven y cómo Costa Rica debe comunicarse con otros países para diseñar estrategias regionales de conservación, porque las tortugas son migratorias y no conocen fronteras”, indicó la investigadora, quien además ejemplificó que se han estudiado tortugas verdes que vienen desde Indonesia, en el sureste asiático. Por su parte, Chacón reforzó la idea de que aunque se trabaje por proteger las Continúa en la página 4
TORTUGA CAREY Eretmochelys imbricata Mide entre 80 centrímetros y un metro de longitud. Puede llegar a pesar alrededor de 125 kilos. Su caparazón presenta escamas o placas superpuestas. Es una especie omnívora, se alimenta de esponjas, corales, erizos, peces, entre otros.
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TORTUGA VERDE
Chelonia mydas
También es conocida como tortuga blanca, negra o prieta. Su caparazón es ovalado. Su longitud se encuentra entre los 95 y los 120 centímetros. Se alimenta de pasto y microalgas.
zonas de anidación, las circunstancias a las que se enfrentan las tortugas en sus rutas migratorias se salen de las manos de las organizaciones que trabajan para conservarlas. “Aunque hagamos las cosas bien y liberemos a más de 15 000 tortuguitas por año, como lo hacemos, las condiciones de la zona de alimentación están fuera del control de Costa Rica, dependen de otra serie de factores y no del quehacer de nosotros”, afirmó. De acuerdo con Chaves, el país se ha esforzado por proteger las zonas de anidación, así como las áreas para migrar de las tortugas marinas. “Crear áreas protegidas para las tortugas es complejo, porque estos animales pueden moverse entre playas a lo largo de varias décadas y por distintas razones. Se ha visto en otras partes del mundo que la población desaparece de un lado y aparece en otro, lo cual requiere un posible movimiento. Pero aparte de esto, la costa es un lugar muy
dinámico, y si un animal se restringe solo a una parte para anidar, puede desaparecer”, advirtió el investigador. Debido a este dinamismo, el investigador sugiere prever que toda la costa tenga condiciones adecuadas para que la tortuga pueda escoger dónde anidar. Esta sería una forma más eficiente de proteger a estos individuos. Las tortugas no pueden reproducirse a no ser de que tengan una cantidad de reserva de alimento suficiente; por lo tanto, si la reserva de alimentos no alcanza para hacer la migración, el animal aborta y espera otro momento, cuando se den las condiciones. Esto hace que algunos especímenes se tarden más en regresar a anidar El herpetólogo detalló que algunos ejemplares en playa Grande ahora duran incluso siete años entre una estación reproductiva y otra, esto es el doble o el triple del tiempo que tardan otros individuos regularmente. Además, se ha descubierto que las crías requieren de una corriente muy fuerte
TORTUGA BAULA Dermochelys coriacea
Es la más grande de las tortugas marinas. Puede medir hasta 2 metros y llegar a pesar más de 600 kilos. Su caparazón está cubierto de piel. Se alimenta de animales suaves como medusas.
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frente a la costa para que las ayude a llegar rápidamente a mar abierto y así no ser depredadas. Se considera que el cambio climático podría variar la ubicación de esas corrientes. Actualmente, el Parque Nacional Marino Las Baulas, situado en Guanacaste, recibe estudiantes del Programa de Voluntariado de la UCR todos los años. Rodney Piedra Chacón, administrador del Parque, aseguró que la ayuda de los voluntarios es muy importante en la conservación de las especies, no solo porque colaboran con el monitoreo de la costa y otras actividades, sino también porque ellos hacen conciencia y eso se va a reflejar cuando –como futuros profesionales– tengan que tomar decisiones de impacto a favor del ambiente. Chaves opinó que se puede lograr una mejor conservación de las tortugas si se incluye el tema en los planes reguladores costeros, si se protegen las cuencas hidrográficas y si se cuidan las costas para que
estén en el estado idóneo que los animales necesitan para anidar. Sin embargo, el biólogo hizo énfasis en no sobreproteger a los huevos y a las crías, ya que eso más bien produce un efecto negativo: “nosotros somos una especie que cuida a sus hijos y a veces aplicamos esto a las especies que queremos conservar, pero no todas las especies requieren cuido parental. Las tortugas son el ejemplo clásico”, dijo. “Cada animal nace previsto para resolver sus problemas en el mundo desde el primer día que nació. El ambiente natural de las tortugas es muy agresivo. Para poder sobrevivir en esos sitios se requiere de mucha capacidad. Esas capacidades no las podemos mermar”, aseveró.
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Entre los participantes en la instalación y revisión del equipo en la Isla del Coco, estuvieron Maikeel Pérez (guardaparque) y Ronald Víquez (Imares) (foto cortesía de Geiner Golfín).
Descifrando un oleaje único El oleaje de la costa pacífica del país tiene la particularidad de venir desde Nueva Zelanda y es modificado en su trayectoria por las islas Galápagos. Francesca Brunner Alfani francesca.brunner@ucr.ac.cr
Los modelos matemáticos más conocidos y utilizados para predecir oleajes y tormentas alrededor del mundo tienen un coeficiente de correlación del 0,99; en otras palabras, son 99 % correctos. Sin embargo, para la costa del Pacífico de Costa Rica su efectividad ronda el 0,70. Esto se debe a que las olas que llegan a la región entre Guatemala y Panamá inician en Nueva Zelanda y Australia, es decir, atraviesan medio planeta y se convierten así en el oleaje más distante del mundo. En este recorrido, antes de llegar a Costa Rica, las olas se encuentran con las islas Galápagos, las cuales funcionan como un rompeolas, modifican las ondas y dejan al país dentro de lo que se denomina “zona de sombra”. Por este motivo, investigadores de la Unidad de Ingeniería Marítima de Ríos y Estuarios (Imares) del Instituto de Investigaciones en Ingeniería (INII), de la Universidad de Costa Rica (UCR), trabajan en la medi-
ción del oleaje que llega a la costa pacífica, para poder mejorar el modelo matemático y predecir con mayor exactitud las tormentas y oleajes que afectan dicha área. Tal estudio, titulado Medición y caracterización del clima de oleaje en el Área de Conservación Marina Cocos, ya contaba con equipos de medición colocados en el puerto de Caldera, Puntarenas, y en Cabo Blanco, en la Península de Nicoya. Ahora, se cuenta con un equipo de monitoreo AWAC en el Parque Nacional Isla del Coco para recolectar más datos sobre el comportamiento del oleaje en la mencionada zona de sombra. Las olas del Pacífico son bastante desconocidas a nivel mundial, explicó Georges Govaere Vicarioli, director del IINI, y aclaró que el problema es que “la zona de sombra no la pueden resolver los modelos matemáticos, hay modelos que pueden resolverla, pero si se usa a todo el planeta como formato de cálculo sería demasiado lento de calcular. Entonces se usan modelos simplificados que no calculan bien la zona de sombra”. Govaere expresó también que las primeras veces que midieron y utilizaron equipo especializado se dieron cuenta de las fallas en las ecuaciones del modelo, ya que según estas, los buzos iban a poder estar tranquilos a 20 metros de profundidad, con el sedimento firme luego de 15 metros de la superficie. Sin embargo, en
la práctica se enfrentaron a un sedimento inestable y a oleajes fuertes.
Mejores predicciones La investigación genera conocimiento útil para la toma de decisiones acerca del desarrollo de las costas del Pacífico. “El beneficio de conocer mejor el oleaje es que podemos hacer mejores predicciones de corrientes de resaca, de oleajes sobre las playas, si hay zonas de la operación de barcos con agitación en los puertos, si en algún lado el oleaje va a rebasar las calles cercanas y también estudiar la seguridad de las estructuras”, añadió Govaere. Un ejemplo de lo anterior es el rompeolas de Caldera, que matemáticamente debería ser correcto y soportar el oleaje, pero que en la práctica ha sido destruido casi tres veces; esto es incluso objeto de análisis internacional. “Si queremos construir puer tos, rompeolas y demás estructuras, lo primero que tenemos que hacer es entender el oleaje”, concluyó el director del INII, pues no se conoce el origen de alrededor del 30 % de este fenómeno. Esto causa que en ocasiones se esperen tormentas grandes que no llegan, o tormentas pequeñas que resultaron más fuertes de lo que se calculó. Por otro lado, las mediciones que se van a recolectar servirán para alimentar
una base de datos que en el futuro podría utilizarse para otros estudios, como la investigación sobre energía undimotriz, aquella que se genera a partir del movimiento de las olas. Aunque la tecnología disponible en Costa Rica no está diseñada para soportar las condiciones del oleaje del Pacífico, el potencial del país para producir este tipo de energía es alto. Los investigadores prevén recoger cada año los datos del equipo instalado en la Isla del Coco, mientras que la información obtenida por el equipo en Caldera se recibe por medio de ondas de radio, debido a la cercanía con la costa. El proyecto Medición y caracterización del clima de oleaje en el Área de Conservación Marina Cocos está previsto para que continúe por tres años más, incluso los investigadores de Imares afirmaron que mientras tengan recursos seguirán realizando las mediciones.
Las mediciones El equipo AWAC instalado tiene distintas formas de medir el oleaje: la primera es por medio de un sensor de ultrasonido que mide las ondas al rebotar con la superficie libre del agua; la segunda es gracias a un sensor que calcula la Continúa en la página 6 Oficina de Divulgación e Información UCR
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Oleaje de la costa pacífica costarricense
Costa Rica
Las olas vienen desde Nueva Zelanda y antes de llegar al país pasan por las islas Galápagos, que actúan como rompeolas y las alteran. Esta área se conoce como zona de sombra. Zona de sombra
Isla del Coco
Islas Galápagos
Los modelos matemáticos más utilizados solo pueden predecir alrededor del 70 % del oleaje que llega a Costa Rica, debido a la influencia de esta zona.
Olas
Nueva Zelanda
Por lo tanto, para poder crear un modelo matemático más preciso los investigadores del Imares de la UCR colocaron un medidor en la Isla del Coco.
Textos: Francesca Brunner Diseño: Rafael Espinoza
velocidad de partículas de agua a distintas alturas, según se mueve la partícula se relaciona con el oleaje; y la tercera forma es por medio de un sensor que valora las olas en función de si hay mayor o menor presión del agua.
Este tipo de mecanismos se consideran redundantes, ya que tienen procesos de medición de respaldo activos para evitar que se pierdan datos, en caso de que alguno falle por factores externos como, por ejemplo, un pulpo descansando encima
del equipo –situación que ya ha ocurrido, comentaron los encargados del estudio–. El proyecto ha contado con apoyo del Servicio Nacional de Guardacostas y del Cuerpo de Bomberos, además del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sinac),
Luego de 36 horas de viaje, los investigadores llegaron a la Isla del Coco, punto estratégico entre las Islas Galápagos y Costa Rica (foto cortesía de Imares).
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por medio del grupo de guardaparques destacados en el Parque Nacional Isla del Coco, de los cuales cinco son coinvestigadores y colaboran con la seguridad del equipo instalado.
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El sapo dorado (Incilius periglenes), icono de Monteverde, fue avistado por última vez en 1989.
El verdadero apocalipsis Los humanos han ignorado las lecciones del pasado y desde hace unos 11 000 años han destruido la diversidad de las especies, así como también han contribuido a deteriorar la tierra, el mar y el aire. Edgardo Moreno Robles Catedrático Facultad de Microbiología e investigador del Instituto Clodomiro Picado
La La ecologista Martha Crump, quien registró los rituales de apareamiento del sapo dorado en 1987, narra lo siguiente en su libro En busca de la rana dorada (2000): “Estoy inmersa en la fría niebla de este asombroso bosque de Costa Rica, porque como bióloga investigo fenómenos nuevos y apasionantes. Esta es mi búsqueda personal de la rana dorada, o como Jay
Savage lo expresara: ‘la búsqueda de la verdad mística y la belleza de la naturaleza’”. El sapo dorado, icono de Monteverde, fue avistado por última vez en 1989 y es parte de la extensa lista de los animales extintos. Se calcula que en el planeta habita cerca un millón de millones de especies diferentes, de las cuales el 99,9995 % son bacterias y arqueas (sin núcleo) que escapan a la vista. El restante 0,0005 % son eucariotas (con núcleo), de los que 30 millones son insectos, arácnidos, moluscos, crustáceos y otros invertebrados; 85 000 son mamíferos, aves, reptiles, anfibios, peces; 300 000 son plantas, y 700 000 son hongos, protozoarios y cromistas. Sin embargo, las especies no son eternas y están destinadas a la extinción, algunas más temprano que otras. Todo depende de su adaptabilidad y de la contingencia de los eventos. Se ha estimado que cerca del 99,9 % de las especies multicelulares, que alguna vez habitaron la tierra,
se extinguieron. Es probable que para el año 2100, la mitad de las plantas y vertebrados que existen habrá desaparecido. “La extinción es la regla, la supervivencia es la excepción” (Carl Sagan, 1934 - 1996). Desde la perspectiva geológica, se han registrado cinco extinciones masivas de los organismos multicelulares, todas causadas por catástrofes naturales. La primera ocurrió hace unos 444 millones de años durante la transición del Ordovícico al Silúrico, cuando cerca del 86 % de las especies (todas marinas) fueron borradas de la faz de la tierra. La segunda sucedió unos 375 millones de años atrás durante el Devónico tardío, con el 75 % de las especies desaparecidas. La tercera y más severa de todas transcurrió al final del Pérmico, hace unos 251 millones de años, con la eliminación del 96 % de las especies. Se estima que toda la vida multicelular que existe desciende de ese 4 % que sobrevivió.
La cuarta extinción mató al 80 % de las especies al final del Triásico, unos 200 millones de años atrás. Por último, hace 66 millones de años, al término del Cretáceo, cerca del 76 % de las especies murieron, entre ellas los famosos dinosaurios, las amonitas, muchas plantas y grandes reptiles voladores como los pterosaurios. Todo apunta a una sexta extinción masiva, esta vez causada por una especie de mamífero bípedo, desnudo y de cabeza grande, cuya siniestra actividad es modificar al medio ambiente: el Homo sapiens. Este sexto período se inició al final del Pleistoceno, hace unos 100 mil años, cuando los humanos empezaron a migrar de África hacia otros continentes. Durante esa época se presentaron varias glaciaciones, interrumpidas por períodos en los que el hielo se retiraba. Aunque es posible que el cambio climático pusiera Continúa en la página 8 Oficina de Divulgación e Información UCR
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Extinciones masivas Desde la perspectiva geológica, se han registrado cinco extinciones masivas de los organismos multicelulares causadas por catástrofes naturales. Todo apunta a una sexta extinción masiva, esta vez provocada por la especie humana
Devónico
Ordovícico
85%
444 millones de años Cambio climático
375 millones de años Impacto de asteroide
95%
251 millones de años Actividad volcánica
Enfriamiento global
Enfriamiento global
Calentamiento global
Extinción de flora y fauna marina
Extinción de peces, invertebrados, flora marina y terrestre
Extinción de reptiles, peces, anfibios, flora marina y terrestre
Triásico
80%
70%
Pérmico
Antropoceno
Cretáceo 200 millones de años Cambio climático
76%
66 millones de años Impacto de asteroide
??%
0,2 millones de años Tecnología humana
Calentamiento global
Calentamiento global
Calentamiento global
Extinción de reptiles, peces, anfibios, flora marina y terrestre
Extinción de dinosaurios, reptiles, peces, flora terrestre
Extinción de mamíferos, reptiles, peces, aves, flora terrestre y marina
Textos: Edgardo Moreno Diseño: Rafael Espinoza
estrés a la flora y a la fauna de entonces, el consenso es que la principal causa del cambio del paisaje en los continentes y de la extinción de muchos animales y plantas fue la acción de los advenedizos humanos; todo producto de las cacerías y destrucción de la floresta mediante las quemas y talas. Por ejemplo, la desaparición del 71 % de las especies de los vertebrados de Oceanía coincide con la llegada de los humanos a Nueva Zelanda, Australia y Nueva Guinea hace unos 60 000 años. Entre los animales extintos está la megafauna, que incluía marsupiales gigantes como canguros y diprotodontes, aves como el pichón gigante y reptiles como enormes cocodrilos y lagartijas. Del mismo modo, el arribo de humanos al continente americano, 15 000 años atrás, coincide con la desaparición del 78 % de la megafauna, por ejemplo, camellos, caballos, renos, bisontes, perezosos gigantes, osos, felinos y mamuts, entre otros. Algo similar ocurrió en Madagascar hace 1 600 años, cuando la megafauna fue eliminada de esa isla a partir del arribo de los primeros humanos desde Indonesia.
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La “edad de los humanos” Las extinciones antropogénicas; es decir, mediadas por los humanos, se aceleraron hace unos 11 000 años, con la aparición de asentamientos en las diferentes regiones. Estos han ido en aumento hasta crear las metrópolis del presente. De acuerdo con Paul Crutzen, Premio Nobel de Química 1995, a esta nueva época se le debe conocer como el “Antropoceno”; es decir, la ‘edad de los humanos’. Si bien la extinción masiva no es única del actual período, sí lo es la forma en que ella ocurre. Los científicos la han delimitado de acuerdo con cuatro características interdependientes. La primera de ellas es la homogeneización de la flora y la fauna a nivel global. Nunca antes la Tierra había experimentado el intercambio masivo de especies entre diferentes latitudes ni la dispersión rápida de organismos exóticos de un lugar a otro. Esto ha llevado a confrontaciones ecológicas y a que se propaguen enfermedades, tal y como ha ocurrido con los cerdos ferales en varias islas, incluyendo la del Coco.
En segundo lugar, los humanos son los principales predadores de la tierra y del mar. Ninguna otra especie puede reclamar tal distinción. La humanidad usa cerca del 35 % de la producción neta del planeta para sus propios fines. A esto hay que añadir el consumo desmesurado de combustibles fósiles, lo cual constituye una minería irrestricta de la biosfera del pasado. El tercer rasgo alude al poderío que tienen los humanos para redirigir la evolución mediante varios procedimientos ingeniosos y algunos perversos. Los más obvios son la domesticación de las plantas y los animales, la erosión y modificación de grandes territorios silvestres para la agricultura, la ganadería, el urbanismo y la explotación indiscriminada de los océanos, todo para alimentar a la gran masa humana. La última y más severa acción es la “tecnósfera”, término acuñado por Peter Haff para describir un sistema global tecnosocial que consume gran cantidad de energía. Este sistema está compuesto por las sociedades humanas, todos sus artefactos y sus sistemas tecnológicos, así como por los procedimientos y vínculos necesarios para que funcione.
La tecnósfera se reproduce y se eleva por encima de la humanidad y no puede ser eliminada sin causar enormes estragos a su creador. Ella domina y mata a diferentes especies de manera directa o indirecta, incluyendo a la misma que la creó: el Homo sapiens. Solo basta recordar la hecatombe de Hiroshima y los accidentes en Chernóbil y Fukushima; eso sin tomar en cuenta la contaminación y el calentamiento global antropogénico que se incrementó exponencialmente desde la revolución industrial. Aunque la historia es a veces ingrata, ella ayuda a comprender el presente y a anunciar el futuro. Los humanos han ignorado las lecciones del pasado y han desplazado, aniquilado y diezmado la diversidad de las especies. También han contribuido a deteriorar la tierra, el mar y el aire. Es evidente que se han convertido en los depredadores supremos, incluso de sí mismos, y, por tanto, seguros candidatos para la extinción prematura en un universo que, después de todo, es indiferente al destino de los humanos.