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Pablo Gómez Sesé
Las aventuras de un profesor novato Anécdotas, lecciones y conflictos de mis primeros años en el cole
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Primera edición: abril de 2016 Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). © Pablo Gómez Sesé, 2016 © La Esfera de los Libros, S. L., 2016 Avenida de Alfonso XIII, 1, bajos 28002 Madrid Tel.: 91 296 02 00 www.esferalibros.com ISBN: 978-84-9060-659-9 Depósito legal: M. 6.488-2016 Fotocomposición: Creative XML, S.L. Impresión: Cofás Encuadernación: De Diego Impreso en España-Printed in Spain
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ÍNDICE Mi primer día de cole Primera hora (4.º A). Salvado por la campana Segunda hora (3.º A). Mi primera clase Tercera hora (3.º B). La clase de los malotes Cuarta hora (4.º B). El alumno hiperactivo Quinta hora (4.º C). Disfrutando con diez alumnos Sexta hora (1.º de bachillerato). Esto es otra cosa Final del día. No quiero volver al cole Mi segundo día de cole Anécdotas, despedidas y conflictos de los que aprendí El día que le puse un parte grave a Carlos de la Chica, de 3.º B El día que perdí los papeles con David, el hiperactivo de 4.º B El día que pegué un golpe con un libro encima de la mesa de un alumno dormido en 4.º A La despedida al estilo de la película El club de los poetas muertos Fin de la sustitución. ¡Quiero seguir siendo profesor! Mi primer día como tutor La peor clase de mi vida ¡Han robado tabaco en clase! Un tutor es, más que un profesor, un padre para ellos La gran «cagada»: dos niños rompen a llorar Regalos y sorpresa por mi despedida Mi destino final Los deberes para hoy: date un premio al llegar a casa El Madrid-Juventus de las semifinales de la Champions como técnica de concentración Kevin Durant motivando a mis alumnos 5
de bachillerato El día que usé Bola de dragón para motivar a mis alumnos de 2.º de bachillerato Las cuarenta lecciones que aprendí durante mis primeros años como profe 1.Ir de profe guay hará que te coman los alumnos. Entra duro y luego ve bajando el listón 2.«Es que con el antiguo profe...», la gran coletilla que les sirve para todo 3.Los chicos del coro, La ola o El club de los poetas muertos, películas estupendas, sí, pero no reales 4. La juventud, ese divino tesoro que me sirvió para ganarme a algunos alumnos y enfrentarme con otros 5. Las amenazas y las promesas hay que cumplirlas siempre 6.Justicia e igualdad, dos pilares básicos para los alumnos 7. El refuerzo positivo delante de todos, la pócima secreta 8. ¿Por qué no se mandan notas a los padres de los alumnos que sacan buenas notas? 9. Las críticas y broncas a solas sientan mejor 10.Cuando no uso la palabra «no» me hacen más caso 11. ¿Qué leches hago para que los alumnos se callen? 12.El momento de enseñar los exámenes es ideal para darles mensajes importantes 13. Los castigos son buenos, sí, buenos 14. Me preocupo por ellos 15. Prohibido comparar 16.Dar los criterios de calificación el primer día ahorra problemas 17. ¡No me quites tiempo de mi recreo, profe! 18. Un profesor no es un amigo 19.Si crees en tus alumnos y les exiges, ellos responderán 6
20.Organizar y planificar muy bien tus clases hace que te respeten y te valoren 21. Cuando uso el «nosotros» al hablar para ser parte implicada en la clase 22.Hacer que los alumnos se expliquen cosas unos a otros 23. Empatía = ponerse en su lugar 24.¿De qué depende que una clase salga bien o mal? 25. Misión prioritaria: ganarte al líder de la clase 26. Respect 27. Cuando empecé a aprender a no tomarme las cosas como algo personal 28.Lo peor que hice como sustituto: decirles a mis alumnos que mi sustitución duraba solo tres meses 29. El trabajo que preparo para una clase no funciona en otra, ¿por qué? 30. Las TIC son nuestras amigas 31. Asumir y reconocerlo cuando la cago 32.Cuanto antes asumas que nadie te va a enseñar a dar clase, mejor 33. Paciencia, paciencia y paciencia 34. Para ser profesor tienes que valer 35. ¿Vacaciones? Sí, pero no tantas... 36. Vivir con tu amigo el estrés 37. Si el niño es idiota, los padres son idiotas 38.Imito lo que me gustaba de mis profesores y evito lo que odiaba de ellos 39. La inteligencia emocional, esa poderosa desconocida 40. ¡A disfrutar! (Y mucho)
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A mis padres, por enseĂąarme a educar. A mi hermano, por ser el mejor compaĂąero de clase. A la mejor profe y consejera, por valorarme y aconsejarme. A todos los alumnos a los que he dado clase. Sin vosotros, no serĂa el profesor que soy hoy.
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—¡Ring, ring! ¡Ring, ring! ¡Ring, ring! ¡Ring...! —Ya vale, hombre... —murmuro entre sueños apagando la alarma de mi móvil. Son las siete de la mañana del 15 de septiembre de 2010. Hoy es mi primer día como profesor. Faltan dos horas para mi primera clase y estoy temblando de miedo. No he dado clase antes, es mi primera vez y hoy empiezo mi primera sustitución. Hace dos días tuve la entrevista y me ofrecieron cubrir una baja de una profesora de matemáticas que se ha roto la pierna y va a estar unos meses sin poder ir a trabajar. Ayer me dieron los libros de 3.º de ESO, 4.º de ESO y 1.º de bachillerato y me dijeron que hoy empiezo dando nada más y nada menos que seis clases. Es la primera vez que doy clase en mi vida y estoy cagao. Soy de esas personas a las que les gusta tenerlo todo preparado y controlado y no sé qué voy a hacer cuando esté delante de treinta adolescentes mirándome y fijándose en cada cosa que digo, cada gesto que hago, de qué marca es mi ropa y cómo contesto a sus vaciles. No quiero ir, tengo miedo, me quiero quedar aquí en mi cama sin tener que enfrentarme a nadie... Me dan miedo los chicos, me da miedo qué pensarán, si me equivoco, si se ríen de mí, si me quedo en blanco... Después de disfrutar un verano fantástico había empezado a echar currículos en todos los colegios concertados y privados de Madrid, ya que la oposición la hice, pero no me la preparé apenas, por lo que no me salió muy bien... Hacía tres días me había llamado una monja de un colegio de Hortaleza para ver si podía ir a hacer una entrevista con ella. Allí me presenté yo, y de entrevista tuvo muy poco la cosa, ya que ella ya daba por hecho que me quería allí y no me preguntó apenas nada. Era una señora de unos cincuenta y cinco años, pelo corto y canoso, con aire serio. Me comentó básicamente contratarían para hacer una sustitución como profesor de matemáticas de tres cursos de 3.º de ESO, tres cursos de 4.º de ESO y un 1.º de bachillerato de dos o tres meses de duración, porque la profesora anterior se había roto una pierna e iba a estar de baja un tiempo. Yo, lógicamente, acepté. Hortaleza no es una zona mala que digamos, me pillaba como a treinta minutos en coche de casa (que para ser Madrid no está nada mal) y al ser concertado no me iban a pagar mal tampoco. La monja me dijo que fuera al día siguiente al colegio a recoger los libros, el horario, el cuaderno del profesor y demás, y allí me presenté yo tal como me dijo. Fue un día antes de empezar las clases, con mi consecuente agobio porque no me iba a dar tiempo a preparar nada... El día que fui a recoger mis libros, un compañero me soltó encima de la mesa el libro de 3.º de ESO, el de 4.º de ESO y el de 1.º de bachillerato de matemáticas, junto con el cuaderno del profesor y poco más... Y me dijo: «Mañana empezamos, mucho ánimo». Yo, todavía no lo he dicho, soy ingeniero informático. Sí, de los frikis que se tiran programando cinco años en la carrera. Me licencié en ingeniería informática y, a pesar de que no me convencía mucho, me puse a trabajar en una empresa. Aunque la empresa 10
era de biometría, de detectar a las personas a través del iris del ojo y de las venas de la mano, rollo Misión imposible, a mí ese trabajo no me gustaba. No me llenaba. No me veía diez años trabajando en informática, o al menos no de esa manera. Era un trabajo muy frío, todo el rato delante del ordenador, sin contacto con las personas. No era lo mío. Y, para el que no haya programado nunca, debo decir que es un trabajo bastante frustrante, ya que te puedes estar comiendo la cabeza si el programa que has hecho no hace lo que tú quieres que haga porque se te ha olvidado poner un paréntesis en un sitio determinado, o porque no has puesto un punto y coma en otro. Y a lo mejor para encontrar ese fallo te tiras una hora y resulta que simplemente era eso... Y más frustrante es cuando los clientes que te piden cambios en las aplicaciones que les haces no saben el esfuerzo que supone que esta pantallita en vez de este tamaño, tenga este otro, o que en vez de mostrar los usuarios de una forma, los muestre de otra... En fin, me lío y no voy al meollo de la cuestión. Total, que un día de los que estaba trabajando de informático decidí dejarlo y hacerme profesor. Fue una época de mi vida en la que estaba haciendo un máster de inteligencia emocional y esto me hizo ver lo que realmente yo quería hacer en mi vida. No era feliz con mi trabajo de informático y tenía que cambiar, pues quería trabajar en algo que me llenara cien por cien. Así que hice lo que antes era el CAP y ahora es el Máster de Profesorado en Secundaria y Bachillerato (del que hablaré en otro momento, ya que me pareció una chapuza). Si eres licenciado y haces este máster, puedes trabajar de profesor de secundaria y bachillerato... ¡tócate las narices! Pero bueno, así es. Total que allí estaba el día antes, con mis libros, en la sala de profesores del colegio, intentando que algún otro profesor me dijera qué tenía que hacer exactamente cuando entrara en la clase, qué tenía que preparar, cómo lo tenía que hacer, cuántos ejercicios debía poner, cómo debía actuar si un niño me contestaba mal o hacía alguna gamberrada... Pero no, allí nadie me contaba nada. Cada profesor, lógicamente, estaba preparando sus cosas para el día siguiente, a la par que charlando sobre el verano con sus amigos. Yo me sentía vacío... me encontraba sin recursos... Necesitaba un libro de instrucciones o un jefe que me dijera cómo tenía que hacer las cosas, pero allí no estaba. No estaba esa persona. Me las tenía que arreglar yo solito. Allí empecé a darme cuenta de que la profesión de profesor es bastante individual y que nadie te explica ni te dice cómo lo tienes que hacer. Si lo haces bien o mal es cosa tuya, es algo que tendrás que ir viendo con el tiempo y sobre todo con la experiencia que te da estar en la clase. En fin, que me volví a casa, porque en esa sala de profesores nadie me hacía caso, nadie me ayudaba y tenía que preparar las clases del día siguiente. ¡Un solo día para preparar tres clases de 3.º de ESO, tres clases de 4.º de ESO y una de 1.º de bachillerato! Yo, que soy muy cuadriculado, organizado, que me lo planifico todo y me gusta prepararme cualquier cosa al milímetro y tenerlo todo bajo control, ahí estaba, en mi casa, recién comido, con solo una tarde para organizar todo el trabajo del día siguiente. ¡Era como preparar siete conferencias de cincuenta minutos cada una! ¿Pero cómo narices iba a hacer todo eso? A mi cabeza solo venía una palabra: agobio. En ese 11
momento me di cuenta de que, en verdad, al día siguiente iba a empezar a dar clases frente a adolescentes sin tener experiencia ninguna. Estaba muy estresado y se me venían a la cabeza mil situaciones en las que me preguntaba cómo reaccionar... ¿Y si un niño me vacila o me contesta mal, qué hago? ¿Qué puedo hacer? ¿Le puedo echar de clase? ¿Le pongo algún tipo de sanción? En mi época me mandaban al jefe de estudios, ¿pero eso se sigue haciendo? ¿Y si un alumno me pregunta algo de matemáticas que no sé resolver? ¿Y si se dan cuenta de que no sé resolverlo y ven que me estoy poniendo nervioso? ¿Y si me quedo en blanco y no sé qué decir? ¿Y si la clase no mantiene silencio? ¿Y si ninguno trae los deberes cuando los mande? ¿Y si alguno no quiere hacer los ejercicios y directamente pasa de mí? Me venían a la cabeza tantas preguntas e inquietudes que los nervios y la angustia iban subiendo más y más... Siempre tenía en la cabeza cierto miedillo por lo que pasara cuando empezase a dar clase, pero esta vez ese miedillo se convertía en angustia y yo seguía teniendo que preparar todo un día de clase para mañana sin tener ni idea de cómo hacerlo, sin instrucciones ni directriz ninguna... Si os soy sincero, yo no he tenido esa gran vocación de ser profesor desde pequeño... no. No he sido el típico niño que tenía claro qué estudiar. Al contrario, no tenía ni idea... Creo que los niños tienen que elegir demasiado temprano lo que van a hacer y no es fácil saber a lo que quieres dedicarte el resto de tu vida... y conozco no pocos casos de gente que estudia una cosa y termina dedicándose a otra; sobre todo casos de informáticos. Cuando tuve que plantearme qué estudiar siempre me venía a la mente una frase que me dijo mi profesora de 3.º de EGB (la antigua primaria), doña Maribel.1 Era el típico día que estaba preguntando en la clase qué queríamos ser de mayores y cuando llegó a mí le contesté que pintor de brocha gorda. Sí, ¡pintor de brocha gorda, de los que pintan paredes en las casas! Cuando yo era un niño vinieron unos pintores a mi casa y me gustó eso de pintar con el rodillo las paredes de una vivienda. Me encantaba esa sensación de verlos allí, como si estuvieran pintando un folio, pero en grande, y todo del mismo color... Todavía no sé por qué, pero era algo que me fascinaba de pequeño... Pues bien, ante mi respuesta doña Maribel me contestó con esta frase que se me quedó grabada en la cabeza para toda la vida: 1 Los nombres de profesores y alumnos presentes en este libro han sido modificados para preservar su anonimato.
—¿Pintor de brocha gorda? Anda, tú estudia una ingeniería que tú eres muy listo. Así que cuando hice selectividad y no tenía ni idea de qué estudiar, me acordé de esa frase de doña Maribel, y mirando un poco las salidas de las ingenierías, y teniendo en cuenta que a mí siempre me han gustado los videojuegos y los ordenadores, me dije: —¡Voy a ser ingeniero informático para hacer videojuegos como el FIFA! A lo largo de la carrera me fui dando cuenta de que eso no era lo mío, pero empezar a estudiar otra cosa lo veía como un fracaso y decidí terminarla. Luego ya vería qué hacía. Lo demás ya os lo he contado: trabajé en una empresa de informático y no me gustó, así que hice el máster de profesorado y me convertí en profesor. Como he comentado, nunca he tenido vocación de profesor, pero sí la de ayudar a los demás. Siempre me ha gustado ayudar a la gente y siempre que he podido lo he hecho. 12
Me ha gustado escuchar a los amigos con sus problemas, atenderlos y brindarles algo de ayuda si podía. También me gustaba el reto de los adolescentes y me preguntaba cómo habría sido mi profesor ideal. Así que con un poco de miedo por estos adolescentes a los que me iba a enfrentar y con la ilusión de poder hacerles entender las cosas que a mí me habían explicado mal de pequeño mis profesores, decidí dar el paso y hacerme profesor de matemáticas. A mí siempre se me han dado muy bien las matemáticas. Soy un tío muy lógico, cuadriculado, planificador, y me gustaba mucho esta asignatura de pequeño, porque no era nada subjetiva. En lengua dependía de la profesora y su criterio subjetivo, de que le gustara más o menos el resumen o el comentario de texto que había hecho. En cambio una ecuación solo tenía una solución y eso era lo que había. Si yo me aprendía la forma de resolverla, no había opción a valoraciones subjetivas de nadie, estaba bien y punto. Eso me gustaba. Digamos que el control, el poder sacar buena nota o hacer un buen examen, estaba más en mí que en el profesor. Además de gustarme las matemáticas, creo que siempre se me ha dado bien explicarlas. En la universidad o en el instituto ayudaba a mis compañeros y se enteraban más que cuando daba la clase el profesor. Creo que al entenderlo yo, sé explicar a los chicos lo que se me pasa por la cabeza cuando resuelvo una ecuación de segundo grado o cuando soluciono un problema de trigonometría. No sé explicar muy bien cómo, pero sé hacer hablar a mi cerebro cuando piensa resolviendo algo. Y, algo aún más útil, pienso yo: sé averiguar dónde falla el alumno y cómo corregir el error. Y todo esto con un lenguaje cercano al adolescente. Todo esto venía a cuento porque yo nunca tuve vocación, como otros han tenido, de ser algo en la vida, pero siempre me gustó el hecho de enseñar a adolescentes y tenía el presentimiento de que iba a disfrutar con el contacto con ellos y con su aprendizaje. Y allí estaba yo, un día antes de empezar mi primer día de colegio como profesor, y tenía que preparar esa primera hora de clase sin saber muy bien cómo. En mi cabeza siempre tenía el recuerdo de que el primer día de clase como alumno era aquel en el que el profesor daba la lista de material que había que usar en su clase, el día que presentaba el temario de su asignatura, el día que dictaba las normas de la clase, cómo quería que fuera el cuaderno (a doble espacio, a rayas o a cuadros), si prefería archivador y esta serie de cosas... Cuando me dieron los libros también me facilitaron una lista con los criterios de evaluación y las normas al estilo: «La segunda vez que un alumno no traiga los deberes se le pondrá una nota en la agenda para comunicárselo a sus padres y la tercera vez que un alumno no traiga los deberes se le quitará un punto de la nota final». Así que con esas normas ya tenía para un buen rato en la clase (luego me daría cuenta de que no era tanto tiempo). Después pensé que lo que preparara en una clase de 3.º de ESO me servía para las otras dos clases, ya que tenía tres clases del mismo curso. Lo malo era que con 4.º de ESO no podía hacer lo mismo, porque 4.º B tenía matemáticas A, lo que se llamaban las «mates fáciles», donde no se profundizaba tanto como en las matemáticas B, que se daban en 4.º A y 4.º C, por lo que tenía que hacer dos cosas diferentes. Y en 1.º de 13
bachillerato, que solo tenía una clase, la de la modalidad científica, tampoco me valía lo que preparara para otra clase. Después de mucho pensar, decidí que les iba a poner unos ejercicios a modo de repaso del año pasado, para ver qué se les había olvidado en verano. Eso tampoco me llevaría mucho tiempo de preparación y así podía empezar a plantear bien la clase de verdad, en la que empezaría el auténtico temario. Total, que cogí un libro que tenía de ejercicios de matemáticas por cursos y marqué las páginas que quería usar; y si me sobraba tiempo después de hablarles de las normas, la asignatura y demás, pues les pondría ejercicios y así salvaba mi primer día de clase. Después de esto empecé a mirarme los libros y a pensar cómo preparar la clase del día siguiente, la que iba a ser la clase de verdad, la del segundo día. Pero cuando me quise dar cuenta ya era la hora de cenar y de acostarme, porque tenía que madrugar al día siguiente. Y llegó el día. Primera hora (4.º A). Salvado por la campana Volvemos al sonido de la alarma de mi móvil que hacía indicar que el primer día de cole había llegado. Y yo seguía acojonao de miedo. Esa noche había dormido fatal pensando en todas las cosas que escapaban a mi control, todas las que nadie me había explicado en el máster ni el día que me dieron los libros, ni el día de la entrevista con la monja, ni en ningún momento... Me preguntaba si a algún profesor le habían dado algún libro de instrucciones o manual donde se explicara lo que había que hacer si ocurrían las veinte mil cosas que se me pasaban por la cabeza. Llegué al colegio con treinta minutos de antelación, ya que quería prepararme bien las cosas, los ejercicios, etc. Tenía mi cuaderno del profesor, ese que llevan muchos profesores donde tienen apuntados los nombres de los alumnos y donde anotan positivos, negativos, notas de exámenes, etc. Me fijé en el horario y me tocaba con 4.º A. Empezaban a llegar los demás compañeros a la sala de profesores y mi nerviosismo aumentaba, aunque no lo exteriorizaba. No quería que el primer día me vieran nervioso mis compañeros y menos los alumnos más tarde. Los compañeros se iban saludando y alguno que no me conocía se presentaba y me daba ánimos. Siempre recordaré a uno de ellos, que minutos antes de tocar el timbre de la primera hora de clase me dijo algo que nunca olvidaré. Me debió de ver la cara de acojone que tenía y me preguntó si era la primera vez que daba clase, a lo que yo le dije que sí. Él me respondió: —Si quieres que te dé un consejo, aquí va. Tú eres el dueño de clase, tú eres quien manda ahí dentro, créetelo, tú eres el jefe. Si tú te lo crees, ellos se lo van a creer. Porque los alumnos van a notar eso. Si ven que estás nervioso, no te respetarán y harán por ponerte más nervioso aún, si ven que tú dominas y controlas la situación, te respetarán. Así que que no se te olvide, TÚ ERES EL QUE MANDA AHÍ DENTRO. Creo que eran las palabras que yo necesitaba escuchar, necesitaba algún consejo de alguien veterano que me dijera cómo me tenía que comportar y qué hacer. Le di las gracias a mi compañero y me dirigí hacia la clase. 14
Resultó que todas las clases tenían la primera hora con el tutor, y yo, por suerte, no lo era. Digo por suerte porque si, siendo sustituto, me hubieran encargado una tutoría, habría alucinado mucho más. Prefería tener solo clases al principio, porque de lo contrario iban a ser muchas cosas para empezar. Total, que cuando me dijeron que no tenía primera hora porque estaban con los tutores sentí una especie de alivio... y desilusión. Quería pasar ya ese mal trago del comienzo y a la vez tenía una hora más para revisar lo que iba a hacer y pedir a algún profesor más algún consejo. No pude preguntar mucho porque eran pocos los profesores que no eran tutores y los que estaban pasaban bastante de mí, el «sustituto», así que me puse a revisar los ejercicios que iba a poner por si acaso me sobraba tiempo... Iluso. Segunda hora (3.º A). Mi primera clase Sonó el timbre de la segunda hora, y ahora sí, llegaba el momento de empezar la clase. Tenía 3.º A, me habían dicho que era una clase buena y estaba a mitad del pasillo desde el que se podía ver el interior de todas las clases. Había aulas a los dos lados y estaban una enfrente de otra. Formaban un total de seis, las tres de 3.º de ESO y las tres de 4.º de ESO. Era el primer intercambio y los chicos estaban en las puertas de sus aulas viendo a compañeros de otras clases, saludando a profes y demás. No olvido aquel momento yendo a la clase de 3.º A, donde a cada paso que daba tenía la sensación de que más y más alumnos me miraban y se preguntaban quién era. Escuchaba a algunos decir: —Mira, ese es el nuevo de mates. —¿Ese quién es? —Mira, el de mates. —El sustituto. A mí me ponía muy nervioso que todo el mundo se fijara en mí, no me agradaba esa sensación de protagonismo... No me gusta que la gente se fije en mí ni ser el protagonista de nada. Pero me tenía que ir preparando porque en el aula sí que lo iba a ser. Tiempo más tarde recordaría para siempre ese pasillo pero por otra razón muy diferente... Al llegar a 3.º A entré por la puerta, expresé un «sentaos» algo tímido y de bajo volumen, sin apenas mirarlos mientras iba dejando el archivador, el cuaderno del profesor y el libro de ejercicios que llevaba conmigo. Eran treinta y dos chicos y estaban sentados de dos en dos, seis en cada fila, menos en la última, en la que había ocho dispuestos de forma tres-dos-tres. Para un profesor, como para cualquier persona, hay momentos que nunca se olvidan: el primer beso, la primera novia, el primer polvo, el primer día de trabajo, el primer día de universidad... Pues bien: ese momento como profesor en el que te encuentras por primera vez delante de treinta y dos alumnos de trece años mirándote, fijándose en ti y haciendo un chequeo visual de todo tu ser, en el que lo observan todo, no se te olvida jamás. Y cuando digo todo es todo. O al menos así me sentía. Notaba que me estaban haciendo un chequeo completo: qué zapatos tengo, si los llevo limpios o sucios, si bien o 15
mal atados, si uso cinturón, polo o camisa, cómo voy peinado, si tengo ojeras, si los miro a los ojos o no, si les aguanto la mirada, si titubeo al hablar, si mi voz es grave o aguda, si estoy nervioso o relajado... todas esas cosas creo que pasaron en una milésima de segundo por mi cabeza antes de hablar y decir mis primeras palabras en una clase. Creo que es uno de esos momentos en los que decides si ser profesor es lo tuyo o no... Me dieron ganas de salir corriendo y meterme en la cama debajo del edredón sin que nadie me mirase ni juzgase. Pero a la vez es ese momento en el que decides dar un paso al frente y empezar a hablar. En esa milésima de segundo también se me pasaron por la cabeza las palabras que me había dicho mi compañero minutos antes: —Si tú te lo crees, ellos se lo van a creer. Tú eres el que manda. Así que cogí aire y empecé a presentarme... no lo recuerdo exactamente pero fue algo así: —Hola a todos, me llamo Pablo Gómez y voy a ser vuestro profesor de matemáticas mientras la profesora Elvira está de baja... Bien, lo había hecho. Había conseguido hablarles y parecía que ellos me escuchaban y se estaban portando bien, en silencio. Luego seguí contándoles las normas que me habían dado en una hoja, con los porcentajes de los exámenes, cuánto valían en cada trimestre y demás. Después les hice un resumen de los temas que íbamos a dar, cogí el libro y, tema por tema, comenté lo que íbamos a estudiar. También les expliqué un poco cómo quería que fuera la clase, les dije que si tenían cualquier duda me preguntaran, que quería que fuera una clase dinámica en la que ellos participaran y yo no me limitara a explicar, etc. También les hablé del cuaderno, de cómo quería que tuviesen los apuntes y los ejercicios. Después de soltar el típico rollo de presentación tenía la sensación de que habían pasado treinta minutos y no me quedaba mucho tiempo para terminar la clase. Cuando miré el reloj, vi que en realidad habían transcurrido apenas cinco minutos. Solo cinco minutos habían pasado después de hablarles de toda la organización del curso, notas, exámenes y demás. Ahí empecé a darme cuenta de que la noción del tiempo dentro de un aula es bastante relativa también para un profesor. Al ver que solo habían pasado cinco minutos, les puse unos ejercicios en la pizarra, para que los copiaran y luego los corrigiéramos. Ese momento en que empecé a escribir en la pizarra y dejé de hablarles me relajó. No estaba acostumbrado a hablar en público y menos a treinta y dos adolescentes. El hecho de parar de hablar y empezar a escribir en la pizarra y que el protagonismo pasara a los ejercicios me tranquilizó bastante. Después de copiar las operaciones les dije que se pusieran a hacerlos, que si les surgían dudas me preguntaran y que luego los íbamos a corregir. Me empecé a pasear por las mesas viendo cómo los hacían: unos mejor que otros, comentando con el compañero muy bajito lo que hacían. Ese momento me encantó, fue genial. Echarles una mano y decirles dónde estaba el fallo de su operación, en qué se equivocaban e incluso que alguno me preguntara cómo se hacía y yo se lo explicara, y el alumno lo entendiera, todo eso me llenó mucho. El ver al alumno que no era capaz de hacer algo y que, gracias a mí, lo había conseguido y él estaba orgulloso de poder hacerlo bien fue una sensación que me encantó. Creo que ese 16
fue el instante que me enganchó a la docencia. Ese momento donde yo les decía cómo hacer un ejercicio y luego ellos solos eran capaces de resolver los demás por sus propios medios creo que era la definición de enseñanza que yo iba buscando, aquello por lo que, sin ser muy consciente ni tenerlo claro, me metí en este mundo. También me sorprendió mucho el poder que tiene el profesor. Cuando terminaron los ejercicios le dije un poco inseguro a un alumno: —A ver, José, sal a la pizarra a corregir. Y, mágicamente, José salió a la pizarra a corregirlo. Esto que cuento puede parecer algo tonto, pero yo nunca había mandado a nadie, nunca había sido jefe de nadie. Ni siquiera he tenido perro ni hermanos pequeños a los que dar órdenes, así que no sabía lo que era ni qué se sentía al mandar sobre alguien y que te hiciera caso. Me sentía como Harry Potter con su varita mágica. Podía decir cosas y que se cumplieran, como si hiciera magia. Me costó unos días acostumbrarme a la idea de que yo era el que mandaba en el aula y si un chico se portaba mal y le decía que se cambiara de sitio, él lo hacía. ¿Por qué me hacían caso? ¿Por qué hacían todo lo que yo decía? Poco a poco me empezó a gustar eso de mandar, de dar órdenes. Incluso puede llegar a ser algo adictivo... Tercera hora (3.º B). La clase de los malotes
Después de tener una buena primera clase, de pasar el mal trago del «estreno», de hablar en público, de superar ese miedo, esa vergüenza, y dar mi primera clase como profesor, después de que no fuera mala del todo y resultara incluso buena, cogí confianza. Me dije a mí mismo que esto parecía fácil, que los niños eran buenos y que me había gustado la sensación de enseñar. Así que fui confiado a la tercera y última hora antes del recreo. La siguiente clase era 3.º B, así que haría con ellos exactamente lo mismo que había hecho en 3.º A. No me suponía ningún trabajo extra, solo tenía que repetir lo mismo y saldría igual de bien... o al menos eso pensaba yo... Otra de las cosas que aprendí siendo profesor es que nada de lo que hagas en una clase tiene por qué salir de la misma forma en otra. Entré en el aula. Eran treinta y un alumnos, con la misma disposición que la anterior clase, pero con una pequeña diferencia, que en esta clase se habían sentado como habían querido. El tutor les había dicho que al día siguiente los cambiaría de sitio, pero que este primer día los dejaba sentarse como ellos quisieran. Imagino que al tutor no le habría dado tiempo a pensar en los sitios y por eso les dio esa especie de «premio» el primer día dejándolos sentarse a su antojo. ¡Cagada! Los premios se dan cuando se lo han ganado, no de primeras. ¡Y menos debemos dejarlos sentarse como ellos quieran! De primeras ya empecé a notar más cachondeo que en la otra clase y que había algún que otro alumno que se quería hacer notar... Yo hice como en la anterior clase: entré, dejé mis cosas y les dije que se sentaran... Tardaron un poco más que la otra clase, pero se sentaron, y otra vez llegó ese momento de miradas clavadas en mí, escaneándome todo el cuerpo, con la diferencia de que esta vez me encontraba con la mirada burlona o graciosilla de algún que otro alumno. Pese a todo les dije lo mismo que en la clase 17
anterior: —Hola a todos, me llamo Pablo Gómez y voy a ser vuestro profesor de matemáticas mientras la profesora Elvira está de baja... Y en ese momento el gran Carlos de la Chica (digo gran porque más tarde sería uno de los peores alumnos con los que me he encontrado a lo largo de mi etapa como profesor) me preguntó inocentemente: —Entonces tú nos das clase hasta noviembre, ¿no? —Sí, por ahí, final de noviembre, principios de diciembre, depende de cuándo se cure de su lesión Elvira. —O sea que el examen trimestral nos lo hace Elvira, ¿verdad? —Sí, claro, os lo hará Elvira, yo os haré el primer parcial. —Vale. —Y esbozó una sonrisa malévola que parecía que dijera: «de acuerdo, era todo lo que quería saber». Iluso de mí, estaba contento de que uno de los que parecían los líderes de la clase me preguntara cosas. Me daba la sensación de que se quería llevar bien conmigo, empezar de buen rollo. Estaba completamente equivocado. Lo que había hecho era una de las mayores cagadas que se podían perpetrar como profesor novato. Le había dicho a toda la clase que el examen trimestral, que es el que más porcentaje de nota tiene, lo iba a hacer su profesora de siempre, y yo, el profesor sustituto, solo iba a hacerles el examen parcial. O sea que podían pasar todo el tiempo que yo estuviera dando clase sin hacer prácticamente nada, porque luego, con el examen trimestral prácticamente podían aprobar. Y eso fue lo que hizo el gran Carlos de la Chica, hacerme la vida imposible según entraba por la puerta de 3.º B en esos dos meses y medio que estuve en el colegio de Hortaleza. Aquella primera clase de 3.º B la recuerdo perfectamente porque puse los ejercicios en la pizarra igual que había hecho en 3.º A pensando que iba a salir igual de bien; pero algo diferente pasó. Al estar sentados como querían, los amigos juntos, imaginaos las ganas que tenían de contarse el verano unos a otros. ¡¡Encima con el profesor sustituto novato dándoles clase...!! Muy pocos de los que estaban en el aula se pusieron a hacer los ejercicios. La mayoría empezó a hablar con el de al lado, al principio bajito y luego poco a poco más y más alto. Yo les empecé a llamar la atención: «Tú, deja de hablar y ponte a trabajar». «Tú, si tienes dudas me las preguntas a mí, deja de hablar con el compañero». Y escribo «tú» porque en ese momento era lo que decía, tú. Era el primer día y no me sabía los nombres de los alumnos. Aunque solo en esa hora ya me aprendí varios de ellos: Carlos de la Chica, Daniel Martín y Mónica Sáez. Me di cuenta de lo importante que es saberte los nombres de tus alumnos cuando te diriges a ellos, ya que no se lo toman igual si les dices algo como «silencio, chicos» o «a trabajar ya», que si sueltas: «Marcos, siéntate bien» o «Paula, tira el chicle y ponte a trabajar de una vez». En esta tercera hora con 3.º B lo pasé realmente mal. Tuve una sensación que es la que peor he llevado y sigo llevando en un aula, la falta de control. Me agobié y me sentí impotente al ver que los chicos empezaban a hablar, yo les llamaba la atención y no me 18
hacían caso. Esa sensación de que no me hagan caso es la que menos soporto y creo que es la razón por la que un tanto por ciento muy grande (el 50 por ciento, leí en una revista) de los profesores que empiezan a dar clase se dan de baja en los dos primeros años. Notar que los alumnos pasan de mí, que les digo algo y no me hacen caso y que pierdo mi autoridad y respeto me hizo sentir realmente mal. Era ese momento el que me preocupaba antes de empezar a dar clase, ¿qué hago en ese instante en que no sé cómo actuar y las cosas que pruebo no funcionan? Pues tirar de imaginación. Cuando más de media clase estaba hablando y pasando de lo que yo decía les avisé de que si seguían hablando les pondría más ejercicios para el día siguiente. Siguieron hablando y les llené la pizarra de ejercicios. Alguno se fue callando, aunque otros continuaron charlando sin temor. En ese momento en que les amenazas como profesor hay una cosa que tienes que hacer y es que lo que digas lo debes cumplir siempre. Si amenazas con algo lo tienes que llevar a cabo: sea lo que sea, digas lo que digas, por eso tienes que tener cuidado con lo que dices. No hay vuelta de hoja: lo tienes que cumplir. Según les estaba copiando más y más ejercicios tenía un miedo creciente, ya que no sabía cómo iban a reaccionar los alumnos. Por un lado temía que si les castigaba poniéndoles más ejercicios se enfadaran más y me la liaran más, y por otro tenía la esperanza de que esto les cohibiera y se callaran. Y, gracias a Dios, poco a poco varios se fueron quedando en silencio, aunque otros siguieron hablando hasta que me fui de la clase. En esta clase experimenté esa pérdida de control que tanto me agobia y tan poco me gusta cuando estoy dentro de un aula. Creo que es el peor sentimiento que me produce el aula. Los chicos lo notan y esto hace que yo pierda el control y me ponga nervioso. Los chicos lo ven, me pierden poco a poco el respeto y mi autoridad se va diluyendo. Después de cinco años dando clase también he de decir que esta sensación la tengo en pocas ocasiones, cada vez menos. Alguna clase me sale mal, pero con los años y la experiencia se empieza a dominar estas cosas y tienes recursos que te funcionan después de haber probado y probado. Creo que, en más o menos medida, depende de lo controlador que seas, esa sensación angustiosa la sufrimos todos los profesores alguna vez en la vida, y la seguiremos experimentando en algún momento por mucha experiencia que tengamos. Es algo por lo que tenemos que pasar todos los docentes y, en parte, es muy útil. Primero, porque nos curte, nos hace ver el lado negativo de la docencia y nos hace pensar en estrategias, castigos, amenazas, charlitas, deberes extra, puntos negativos, partes o cualquier cosa que se te ocurra en ese momento para controlar a los alumnos y devolver la clase al estado en el que estaba atendiendo y portándose bien. Es algo que hace que desarrolles la imaginación y pruebes hasta dar con lo que te valga en ese momento, y digo en ese momento porque lo que sirve en una clase en una ocasión determinada no tiene por qué funcionar en otra clase, y ni siquiera en esa misma clase en otro momento diferente. Además esa sensación es útil para decidir si esta profesión es para ti y quieres seguir con ella. Hay algunos profesores que, mal que me pese, no saben controlar un aula. Son excelentes en su materia, saben explicarla de una manera genial, ponen ejemplos magníficos, se curran las clases con apuntes, fotocopias, ejercicios extras, vídeos en 19
Internet, de todo, pero luego no son capaces de mantener el silencio en un aula, captar la atención de los alumnos o ganarse su respeto. Si te dedicas a esta profesión, habrá días en los que pases por alguna situación de estas. Todo depende también de tu nivel de tolerancia con el ruido o el murmullo en clase. Hay profesores que quieren la clase en completo silencio y otros a los que les gusta que los chicos se ayuden entre sí, trabajen de forma colaborativa y no les molesta que haya «ambientillo» dentro del aula. Hay que saber vivir con ello y pensar que es normal y que siempre te puede pasar. Poco a poco aprenderás a saber llevarlo y a controlarlo mejor.
Cuarta hora (4.º B). El alumno hiperactivo Con una mezcla de sentimientos me disponía a dar la cuarta hora después del primer recreo. Por un lado me sentía mal y agobiado por la última clase con 3.º B y otra vez venían a mi cabeza todas esas cosas ante las que no sabía reaccionar si me pasaban en el aula, y por otro lado me sentía bien por la primera clase con 3.º A, que me había gustado mucho. Normalmente le doy más importancia a las cosas malas que a las buenas, para intentar que no se repitan. Así que podía más el mal sentimiento que el bueno. Me dirigía a 4.º B, una clase de la que me habían hablado previamente porque en ella había un alumno, David Fernández, que tenía diagnosticado TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad). Me dijeron que tuviera ojo con ese chico, porque cuando no se medicaba te la podía liar. Además esta clase era la que tenía las matemáticas A, más fáciles que las B, ya que estaban hechas para que las entendieran los chicos que no iban a ver más matemáticas en bachillerato. Esta clase tenía una disposición diferente. Todos estaban sentados de forma individual. Así los había colocado su tutor. Eran veintiocho alumnos en total, distribuidos en siete filas de cuatro chicos cada una. Empecé la clase de la misma forma que las anteriores: —Hola a todos, me llamo Pablo Gómez y voy a ser vuestro profesor de matemáticas mientras la profesora Elvira está de baja... Seguí con mi corta charla y esta vez no tuve preguntas de ningún tipo. Empecé a poner ejercicios en la pizarra y ya noté cómo el famoso David Fernández empezaba a distraerse con sus compañeros. No copiaba, y si copiaba no hacía los ejercicios. Tenía que estar físicamente muy cerca de él para que no se distrajera, para insistirle en que hiciera el siguiente ejercicio y ver si lo tenía bien o mal. La verdad es que fue una clase normal, ni muy buena como la de 3.º A, ni mala como la de 3.º B. Trabajaron en general, tuve que mandar callar de vez en cuando, pero no fue mal. Los chicos no eran muy brillantes que digamos y a la mayoría les costaban las matemáticas, pero también se esforzaban y eran muy agradecidos si te implicabas con ellos y hacías por explicarles las cosas hasta que las entendieran. Quinta hora (4.º C). Disfrutando con diez alumnos
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Cuando llegué a 4.º C los ojos se me iluminaron. De los veinticinco alumnos que había en la clase solo se quedaron conmigo diez: los demás se iban a dar otra asignatura. ¡Tenía solo diez alumnos! 4.º C era la clase de diversificación, donde estaban los chicos más flojos y no todos tenían matemáticas, así que al llegar mi hora, más de la mitad salía a dar otra asignatura y conmigo se quedaban solo diez. Era como una clase particular. Les costaba un poco, pero me encantaba estar con ellos. La primera clase con este grupo fue una de las mejores del día. Podía poner un ejercicio y pasearme por las mesas para ver qué chico lo había entendido y cuál no. Era un lujo tener tan pocos alumnos. Si alguno no había comprendido algo, podía ponerme en su mesa a explicarle cómo se hacía mientras los demás empezaban a hacer los ejercicios o a corregirlos en la pizarra. Que fueran tan pocos repercutía en el trato con ellos. Con el tiempo logramos una pequeña confianza alumno-profesor, diferente a la que podía desarrollar en los otros cursos, que tenían más de treinta alumnos. En este curso podía probar cosas que luego podía trasladar a los otros y, si salían bien, hacerlas o, si salían mal, desecharlas. Me encantó esa primera clase, esa sensación de no tener que estar tan pendiente de la disciplina y poder disfrutar más de lo que era dar clase sin perturbaciones.
Sexta hora (1.º de bachillerato). Esto es otra cosa Ya cansado de todas las clases que había dado, de estar de pie, de pensar en matemáticas, de estar atento a todos los chicos y demás, me tocó la última clase con 1.º de bachillerato. Era un aula con veinticuatro alumnos dispuestos de forma individual, en seis filas de cuatro. No tenían uniforme porque ya eran de bachillerato. Fue una clase buena, he de decirlo: eran chicos trabajadores y exigentes con el profesor novato que había llegado. La experiencia fue buena, a mí me gustó dar un poco más de nivel de la asignatura, hacerles ver que la dominaba, para ganármelos poco a poco. Empecé a darles todo lo que venía en el libro ya que no recordaba el nivel de bachillerato. Según iba explicando cosas los chicos me miraban con cara de «eso lo dimos en 3.º de ESO», de modo que iba acelerando el ritmo. Es normal que al principio enseñes cosas que no deberías haber dado, ya que te riges por el libro. Al año siguiente irás cambiando tu forma de dar la clase y con experiencia sabrás lo que hay que reforzar de años anteriores y lo que no. Final del día. No quiero volver al cole Después de aquel intenso día llegué a mi casa y me tumbé en la cama. Estaba reventado. Me dolían los pies. Estaba contento, satisfecho de lo bien que me habían salido la mayoría de las clases... Pero estaba cagao por volver a 3.º B. Qué mal me había salido esa clase. No quería volver a entrar allí otra vez. No quería volver a ver a Carlos de la Chica. No quería ser profesor. Esto no es para mí. Mañana llamo y digo que lo dejo. «Ojalá falte mañana Carlos y no vaya al colegio... —pensaba yo—. ¿Y si viene? ¿Qué 21
hago para controlarlo? ¿Cómo le amenazo para que se calle? ¿Cómo me puedo hacer respetar? ¿Es mejor llevarme bien con él o meterle miedo en el cuerpo? ¿Me enfrento con él o voy de amiguito? ¿Quién me puede decir qué hacer? ¿Qué funciona y qué no? ¡Estoy hecho un lío!». Otra vez llegaban a mi cabeza las dudas que me habían atormentado los días anteriores. «Lo mismo no valgo para esto. Esto no es tan fácil como yo pensaba. ¿Cómo lo hacen los profesores con más experiencia? ¿Dónde te enseñan a dar clase? En el máster que yo hice no me explicaban nada de esto. ¿Dónde está la asignatura que te enseña a controlar un aula? Intentaba recordar mi época de alumno, qué hacían los profesores para que los respetásemos... Algunos echaban broncas, otros te mandaban a dirección, otros no hacía falta que hicieran nada porque con solo verlos ya imponían mucho... Y otros, pensándolo ahora con esta visión, no se imponían, simplemente caían bien y te divertías con ellos... A unos cuantos, en cambio, no los respetábamos y sus clases eran muy malas... No llegaba a ninguna solución clara y mis nervios aumentaban por momentos... Valoraba más mi clase mala con 3.º B que las otras que me habían salido bastante bien, daba más importancia a lo negativo que a lo positivo. Supongo que ese rasgo de carácter es congénito, viene de serie conmigo y eso lo hacía para pensar en alguna solución para el día siguiente y que no me pasara lo mismo que el primer día. Quería que todas las clases fueran bien. Por otro lado, debía preparar las otras cinco o seis clases que tenía al día siguiente y como en algunos casos se trataba de mi segunda clase, ya tenía que empezar con el temario. Miré los libros de cada curso empezando por la página 1 de cada uno de ellos y decidiendo qué era lo que tenía que explicar y cuáles eran los ejercicios que quería poner. Apunté en mi cuaderno los problemas que iba a mandar en cada curso, los que quería que hiciéramos en clase, los que quería mandar como deberes, etc. Todo muy preparado y organizado, como a mí me gusta. No paré en toda la tarde. Pensaba que si todo el tiempo de la sustitución iba a ser así, me moriría.
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En el segundo día de clase entré por primera vez en las clases de 4.º A y de 3.º C, y fueron bastante bien. 3. º C era una clase de veinte alumnos, con un rendimiento bastante bajo. El colegio había separado a los chicos en niveles. 3.º A era una clase genial y donde había alumnos de mucho nivel, en 3.º B estaban los más gamberros, pero que eran capaces al fin y al cabo, y en 3.º C estaban los chicos con nivel más bajo. Había tres chicas y un chico sudamericanos que venían con muy poco nivel, por lo que había que reforzarles en muchas cosas y la clase no iba al mismo ritmo que las otras. 4. º A era una clase normal, con buen nivel en general y donde no tuve problemas. Al llegar el momento de entrar en 3.º B por segundo día me encontré con la sorpresa de que el tutor por fin los había cambiado de sitio y estaban sentados de otra manera, esta vez sin los amiguitos al lado. Esta segunda clase fue algo mejor que la primera que di, pero se seguía respirando un ambiente de cachondeo y falta de control por mi parte cuando ellos querían. Digamos que la clase se daba cuando ellos querían y cuando ellos no querían no se daba. Había momentos en los que la clase transcurría plácidamente y otros muchos en los que no podía continuar y me veía obligado a llamar la atención a los alumnos, que no paraban de hablar o de intentar vacilarme. El resto de clases fueron en general bien. Normalmente el primer día suele ser el mejor de todos, ya que los alumnos están expectantes, atentos a ver cómo te comportas y cómo mantienes la disciplina. A partir de ese día el nivel de ruido y relajamiento empieza a subir, y es en esos primeros momentos en los que hay que mostrarse firme y mantener el control del aula.
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En mis dos meses y medio como profesor sustituto en el colegio de Hortaleza aprendí muchas cosas. Casi todas por pardillo y profesor novato. Creo que me curtieron y me dieron tablas y experiencia para mi futuro como docente. Creí que sería más fácil de lo que en realidad fue, pero tengo que decir que las cosas buenas superaron a las cosas malas; y si no lo creéis, esperad a que os cuente... La vida como profesor al principio no es tan bonita como se puede uno imaginar. El profesor que lleva muchos años en un colegio dando las mismas asignaturas todos los años no vivirá mal, pero tener que preparar muchas asignaturas al principio de curso, enterarte de cómo funciona el colegio, hacer que la clase te atienda y te respete es algo que te quita tiempo y te causa muchos dolores de cabeza. Con el tiempo todo empieza a volver a la calma y alcanzas una estabilidad en tu puesto de trabajo, pero ese equilibrio y esa tranquilidad tardan un poquito en llegar. Así que no te estreses si te pasa esto: es normal, date tiempo, que las cosas se calmarán. El día que le puse un parte grave a Carlos de la Chica, de 3.º B Como no podía ser de otra manera, tuve mis problemas y conflictos en 3.º B, sobre todo con el líder de la clase, Carlos de la Chica. Era el típico alumno chulo y desafiante que te busca las cosquillas y te vacila para ver hasta dónde puede llegar. Además, tenía su séquito de dos o tres amigos que le seguían y le apoyaban incordiándome, vacilándome y llevándome al límite. Tuve diálogos con él de este tipo, en los que se hacía el guay delante de la clase: —Carlos, ¿y tus deberes? —No los he hecho, profe. —¿Y eso? —Porque ayer estuve en el parque... jejeje... con una chica... ya sabes, profe... practicando los abdominales... jajaja. Toda la clase se reía después de esto. A mí me pillaba desprevenido, no sabía cómo reaccionar ante estas cosas y actuaba mal, ahora que lo pienso. Unas veces no decía nada y continuaba pidiéndole los ejercicios al siguiente alumno, pasando de él... Otras veces le llamaba la atención y le ponía una nota en la agenda... Y otras, en las que estaba inspirado, le contestaba y le dejaba mal delante de toda la clase. Era la reacción más efectiva al fin y al cabo. Después de varias salidas de tono, hubo un día en que le pillé lanzando con una goma elástica papelitos a otro compañero, así que le saqué de clase y le puse un parte grave. Un parte es una amonestación más seria que una nota en la agenda. Tiene que pasar por el jefe de estudios y queda reflejada. Si un alumno acumula tres partes graves, se le puede llegar a expulsar dos o tres días de clase, según el colegio. Mi relación con él fue bastante turbia. A pesar del parte grave y demás notas en la agenda, esa clase siguió siendo la más complicada, a la que temía entrar cada vez que 26
debía dar clase en ella. Esa sensación de pérdida de control la tuve varias veces dentro de esa clase, pero poco a poco parecía que lo iba llevando mejor... Creo que me vino bien para curtirme, para saber reaccionar ante cosas que no te esperas de un alumno así. Esta experiencia me ayudó a pensar cómo actuaría la próxima vez ante un líder como Carlos de la Chica. El día que perdí los papeles con David, el hiperactivo de 4.º B
La clase de 4.º B fue también bastante complicada por el alumno David Fernández, que era hiperactivo y los días que no se medicaba era incapaz de atender. Recuerdo un día que empecé a corregir unos ejercicios y él se puso a hablar con un compañero. Paré la clase y le dije que se callara y atendiera a mi explicación, y se calló... Se calló apenas tres segundos, porque cuando seguí corrigiendo volvió a hablar. Dos o tres veces le tuve que llamar la atención. Me estaba empezando a poner nervioso. Veía que no se había medicado y me iba a dar la clase... A la vez que hacía esto intentaba pensar qué hacer para que ese chico me atendiera el resto de la clase, ya que no había hecho más que empezar. Se me ocurrió sacarle a la pizarra a seguir corrigiendo. Si estaba haciendo algo de forma activa, a lo mejor se tranquilizaba un poco... David no había hecho los ejercicios, así que le costaba mucho corregir. Yo tenía que ayudarle todo el rato, con el consiguiente aburrimiento de los demás alumnos de la clase, que se ponían a hablar entre ellos porque tardaba mucho en terminar la tarea. Total, que cuando acabó de corregir uno de los ejercicios le dije que se sentara, saqué a otro a la pizarra para que siguiera y me puse de pie justo al lado de la mesa de David, para que no pudiera hablar con nadie y estuviera atento. Al no haber hecho los ejercicios, seguía distraído y si algún alumno me preguntaba algo y dejaba de estar junto a su pupitre se ponía automáticamente a hablar con alguien. Yo me estaba impacientando, me ponía más y más nervioso, no sabía qué hacer y estaba empezando a ver que no tenía el control de la situación. Notaba esa angustia que me subía por el estómago cada vez que le volvía a decir: —David, cállate y atiende de una vez. Apenas me hacía caso cinco segundos y volvía a hablar con alguien. Yo me ponía más y más nervioso porque además de estar pendiente de David, tenía que estarlo también de la pizarra, de corregir los ejercicios y comprobar que estuvieran bien, así como de controlar al resto de la clase. Los chicos veían cómo se me estaba yendo la clase de las manos y ya también hablaban algunos... Un alumno estaba corrigiendo un ejercicio en la pizarra cuando me acerqué para indicarle que estaba correcto, cuando observé que David estaba vuelto hacia su compañero de atrás, balanceándose en la silla sin prestar atención ninguna. De mí salió espontáneamente un fuerte grito: —¡PERO TE QUIERES CALLAR YA DE UNA VEZ, DAVID! La clase se quedó en completo silencio... no se oía ni una mosca... Todos los alumnos se quedaron alucinando por el grito que había pegado y por lo alterado que estaba. Los 27
alumnos miraban a David y me contemplaban a mí estupefactos. David me miró en su silla con cara de miedo y tristeza a la vez que no sabía muy bien qué hacer ni qué decir. Lo único que de su boca salió fue: —Bueno, no hace falta que me grites... —dijo apenado. —¡TE GRITO SI ME DA LA GANA! —volví a gritar igual de alterado. David se quedó quieto en su sitio, asustado e inmóvil. Con lo gallito que parecía a veces, en ese momento era un gatito temeroso y asustado en su silla. Según solté el segundo grito me di cuenta de que me había pasado... había sido exagerado y la situación se me había ido de las manos... Había perdido los papeles porque había sobrepasado los límites de mi paciencia. La clase siguió en silencio, los alumnos nos miraban perplejos a mí y a David. No conocían esa faceta mía y estaban esperando mi reacción. Al darme cuenta de la importancia de aquellos gritos no supe bien cómo reaccionar. De haber tenido la experiencia de ahora, le habría echado una charla a David para que se terminara de callar y la clase habría entendido que en mi clase quería silencio. Pero en vez de eso quise que el mal rato pasara pronto para todos. Así que continué corrigiendo los ejercicios y no volví a hablar más del tema. David estuvo muy callado durante el resto de la clase y pudimos terminarla correctamente. Al salir de clase comenté lo que me había pasado con la tutora de 4.º B y me dijo que no había sido la mejor forma, pero que no me preocupara, que hablaría con el niño para llamarle la atención por su comportamiento. También me dijo que ese día no se había medicado, lo cual explicaba su actitud. Más tarde pensé en disculparme con él. Siempre he creído que si tengo que disculparme con algún alumno, no hay problema. Eso hace que como profesor seas más humano y cercano a ellos. Pero al entrar al siguiente día en clase y ver que David seguía otra vez igual y se le había olvidado todo, decidí dejar la disculpa para otro momento. Lo que creí que le iba a afectar gravemente fue solo cosa de aquel momento y siguió igual el resto de las clases. El día que pegué un golpe con un libro encima de la mesa de un alumno dormido en 4.º A De 4.º A no he hablado mucho, ya que era una clase buena en la que no tuve nada que destacar. Hasta este día. No recuerdo bien qué me había pasado antes, pero llegaba algo nervioso y agobiado de alguna clase anterior, por lo que el listón de mi paciencia en ese momento estaba bastante bajo. Mientras estaba explicando en la pizarra me di cuenta de que un alumno de la primera fila tenía la cabeza apoyada en la mesa, como si estuviera durmiendo. Me acerqué suavemente y le pregunté: —Jaime, ¿qué pasa? —Eh... nada, nada —respondió el alumno, como si se despertara de repente, sobresaltado. —¿Seguro? 28
—Sí, sí, no pasa nada. Seguí dando la clase como si nada hubiera pasado, con la consiguiente risa del resto de los alumnos, cosa que me ponía algo nervioso y hacía que fuera perdiendo la poca paciencia que tenía en ese momento. A los diez minutos me di cuenta de que volvía a pasar lo mismo: Jaime estaba durmiendo en su mesa. Seguí dando clase a ver si era algo momentáneo, pero continuaba durmiendo. Cogí el libro con las dos manos, me fui acercando a su pupitre sigilosamente, y sin dejar de hablar pegué un fuerte golpe con el libro sobre su mesa, justo al lado de donde tenía apoyada la cabeza: «¡PLASSS!». La clase se paralizó, alucinando con lo que había hecho. Se quedaron todos parados, atónitos. Con los ojos como platos, sosteniendo el bolígrafo en sus manos y con la boca muy abierta. Flipaban, esperando a ver cuál era mi siguiente movimiento... Jaime se despertó de repente, muy exaltado, sin saber muy bien dónde estaba ni qué había pasado... asustado... desorientado... Se dio cuenta de que estaba en clase y que yo seguía explicando el tema como si no hubiera pasado nada. Sí, después de pegar el librazo encima de la mesa yo seguí explicando como si nada hubiera sucedido... algo que desconcertó aún más a los alumnos... Pensé que no valía la pena echarle la bronca otra vez ni comentar nada más, que con el golpe ya habría entendido el mensaje que quería transmitirle. De nuevo se me había ido la olla. La situación se me había escapado de las manos otra vez. Pensándolo ahora con perspectiva, frialdad y con más años de experiencia, mejor hubiera hecho cualquier otra cosa en vez de pegar un golpe con un libro al lado de su cabeza dormida. Sí, la cagué, y estas cosas son las que me hicieron luego pensar, recapacitar sobre cómo gestionar mis angustias, mis miedos y mis inseguridades a la hora de dar clase, de modo que no me sobrepasaran en ningún momento. Me seguía preguntando quién narices había enseñado a los demás profesores a gestionar sus emociones, a tener paciencia infinita, a hacer que no les afectaran las cosas tanto en un aula... Aunque, como he dicho, estas cosas fueron muy puntuales y el resto de las clases marchó bien y gestioné los conflictos de forma adecuada, creo que es bueno contarlas, porque pueden hacer ver a futuros o actuales profesores que a veces el estrés o la situación pueden con uno mismo y se puede reaccionar de forma incorrecta. Estas son las cosas que los profesores no cuentan porque no se sienten orgullosos de ellas, yo el primero, pero creo que es importante compartirlas para que los futuros profesores sepan que se pueden dar dentro del aula. La despedida al estilo de la película El club de los poetas muertos Mi tiempo en esta primera sustitución en el colegio de Hortaleza llegaba a su fin. Elvira, la profesora a la que sustituía, ya se había recuperado de su rotura en la pierna y volvía a clase. Ahora que la recuerdo con perspectiva, creo que fue una experiencia bastante buena, 29
muy positiva en muchos aspectos. Pensar en las cosas que hice mal me sirvió para no repetirlas en mis siguientes sustituciones, para aprender de ellas. Ser sustituto en un colegio es algo complicado de llevar y que curte mucho como profesor. Los alumnos no te tratan igual que a un profesor normal, los compañeros tampoco se comportan de la misma forma que con un profesor normal, y así empiezas a ver lo que realmente es la profesión de docente por dentro. Por fin llegó mi último día como profesor allí. Llevaba muchos días pensando en cómo me gustaría que fuese la última clase, qué iba a hacer y qué podía sacar de ese momento especial y diferente. Lo que no imaginé era que eso también lo habían pensado mis alumnos. Días antes había fotocopiado los cuestionarios de unas encuestas que encontré por Internet, en los que los alumnos podían hacer una valoración sobre mí. Eran las típicas preguntas tipo test: si estaban contentos conmigo, si les gustaba cómo daba la clase... y luego unas preguntas abiertas, para que opinaran sobre mí. Siempre he pensado que la profesión de docente es muy individual, que no es como otros empleos donde tu jefe ve cómo haces tu trabajo, te corrige, te ayuda y te instruye para que cada día lo hagas mejor... No, en la profesión de docente tu jefe no va a ver nunca cómo das una clase, nadie te va a decir si lo haces bien o mal, qué cosas tienes que cambiar o modificar, cuáles debes incorporar a tu forma de dar clase y cuáles tienes que evitar. Esto es algo que siempre me ha inquietado porque yo soy muy perfeccionista y siempre quiero hacerlo mejor y mejor; pero ¿cómo hacerlo mejor si nadie me supervisa ni ve cómo hago mi trabajo? Bueno, en realidad sí que hay gente que ve mi trabajo... Ve mi trabajo, mi forma de actuar y mi forma de ser... y todos los días... Me refiero a los alumnos. Mis alumnos son testigos de todas y cada una de mis clases. De todos y cada uno de los minutos que paso delante de ellos, los días buenos, los días malos, las clases mejor preparadas, las clases más improvisadas... ellos ven todas las clases que doy. Y ellos ven la forma en la que las doy, mi manera de gesticular, mi forma de hablar, de mirar, de controlar la clase, de felicitar, de regañar, de castigar, de todo... ¿Y quién mejor que mis alumnos para juzgar el trabajo que había hecho allí en esos dos meses y medio como profesor? Aquella encuesta me proporcionó información muy útil sobre mi forma de dar clase, lo bueno y lo malo que había hecho. Sirve para mucho siempre y cuando filtres un poco los datos, porque te sueles encontrar con algún alumno que te lo pone todo muy mal y otros que te lo ponen todo muy bien; pero quitando esos extremos te puedes hacer una buena idea de cómo lo has hecho. Se debe tener en cuenta que el sondeo ha de ser anónimo, para que sean sinceros, y que hay que hacerlo cuando ya hayas puesto las notas y no les vayas a ver más, ya que así serán totalmente honestos y les dará igual lo que escriban, porque tú ya te vas y la nota no va a cambiar pongan lo que pongan. Lo he hecho siempre que me he ido de un colegio, el último día. Y también con los alumnos de 2.º de bachillerato que tengo ahora, cuando ya han aprobado el curso, para que den su opinión sobre mi trabajo. 30
Mi primera clase del último día era en 3.º A, una de las mejores del colegio, con alumnos muy buenos en comportamiento y en trabajo. Mi relación con ellos había sido cordial sin más, y al llegar al aula habían escrito en la pizarra un mensaje que decía: «Muchas gracias por todo, Pablo, has sido un gran profesor, vuelve pronto». Imaginaos la cara de pasmado que se me quedó; incluso me dio algo de vergüenza y, tonto de mí, lo borré rápidamente. Lleno de orgullo y satisfacción les di las gracias y les dije lo contento que estaba de haberles dado clase. Luego les pasé las encuestas y al finalizar la clase les deseé mucha suerte en el año, les dije que siguieran trabajando igual que conmigo y que lo iban a hacer muy bien. Me despidieron con un aplauso cuando salía de la clase y otra sonrisa se me dibujó en el rostro... sobre todo cuando me crucé con la profesora que tenía que entrar en la clase y estaba esperando en la puerta a que yo saliera. Me hinché el pecho de orgullo y salí sonriendo. No lo habré hecho tan mal al fin y al cabo... Después de aquello me dirigí a 4.º B, el aula de David Fernández, el chico hiperactivo. En esa clase no eran muy trabajadores, les costaba un poco, pero había tenido buen feeling con ellos. Les había animado mucho a todos a seguir hasta que les salieran los ejercicios, a no rendirse nunca y a que confiaran en ellos mismos, porque todos podían. Había tenido días bastante malos, como los de los gritos a David, pero otros muy buenos, en los que conecté mucho con ellos a pesar de lo vagos que eran. Les pasé las encuestas y fue una clase normal. Al final les deseé mucha suerte y les dije que había sido un gusto darles clase. Me fui sin más a 4.º C, una de mis preferidas, donde tenía solo a diez alumnos con los que había entablado un trato muy cercano y amigable, ya que eran muy pocos, y donde podía relajarme algo más al poderla controlar mejor. Les pasé las encuestas. Antes de que terminara, Laura, una de las mejores alumnas, me dijo que tenían algo para mí y me lo dio. Era un folio donde se podían leer los nombres de todos ellos en pequeñito y en letras más grandes un mensaje: «Te vamos a echar de menos, Pablo». No puedo negar que me emocioné un poco, aunque mantuve la compostura. Me encantó que esos diez chicos valoraran mi trabajo de esa forma y me lo agradecieran de esa forma tan sencilla para ellos pero que para mí significaba tanto. Era una hoja muy bonita con las letras de colores diferentes. Se notaba que le habían dedicado un buen rato. En el fondo eran unos cracks. Se les podían dar mejor o peor las matemáticas, pero a la hora de la verdad eran chicos que merecían la pena y con esos gestos lo demostraban. De ahí me fui a 3.º B, la peor clase que había tenido, donde mi querido alumno Carlos de la Chica y sus secuaces me habían hecho la vida imposible siempre que habían podido y yo les había dejado... Por fin los iba a perder de vista. Les hice entrega de las encuestas y cuando acabó la clase me fui... no sin antes desearles, como a los demás cursos, mucha suerte y que les fuera genial. Me tocaba irme a 1.º de bachillerato, que estaba en otra planta, ya que no tenía más clases en la ESO, y justo en el momento en que estaba saliendo de 3.º B rumbo a la otra planta apareció Alejandro, de 4.º B, y me pidió que volviera a su clase. Le pregunté que para qué quería que regresara, y le dije que no podía, que tenía que irme a 1.º de bachillerato, que tenía clase. Álex (me dejó claro el primer día que pasé lista que quería 31
que le llamara así) me suplicó que entrara, que no eran más de dos minutos, que me tenían que dar algo. Era un intercambio de clase y no había llegado el siguiente profesor todavía a su clase, de modo que fui. Tengo que recalcar que Álex era uno de los más «piezas» de la clase, un chico al que no se le daban bien las matemáticas, chulito y algo agresivo, pero al que me había ganado un poco ayudándole con la asignatura... incluso me dijo que conmigo había aprobado el primer examen que no fuera de recuperación. Cuando llegué a la clase de 4.º B todos los alumnos estaban de pie hablando entre ellos. Entonces Álex, que era uno de los líderes de la clase, les dijo que se sentaran a todos. Ellos hicieron caso sin rechistar. Yo estaba alucinando y no sabía de qué iba la cosa... Pero solo el hecho de que se sentaran y estuvieran en silencio porque el líder de la clase lo hubiera dicho ya me dejó asombrado. Cuando se sentaron, Álex cogió un papel que habían escrito ellos y me pidió que lo leyera en voz alta. Todavía lo tengo guardado entre los recuerdos de mis alumnos. Eran tres párrafos donde me daban las gracias por haberles dado clase, por haber confiado en ellos, por haber soportado los estornudos de Álex y los grititos de Marcos, por haber tenido paciencia con ellos y nunca haber dudado de su capacidad. Me deseaban lo mejor y me pedían que me quedara, que me preferían a la antigua profesora. Por último, todos y cada uno de ellos había firmado en la hoja con una dedicatoria para mí. Lo habían hecho en la clase que tuvieron después de la mía. Álex había sido el artífice de todo ello y mientras yo estaba dando clase en 3.º B, ellos en su clase habían ido pasando la hoja y lo habían hecho para mí. ¡Ole! Después de leerlo vi una imagen que pocas veces había tenido en esa clase... Estaban todos atentos, mirándome, sonriendo, orgullosos de su profesor, orgullosos de ellos y esperando mis palabras. Me quedé alucinado... Me estaba dando cuenta del cariño y respeto que me tenían. Creo que había conseguido en esa clase que me respetaran y a la vez que me tuvieran cariño. Les dije que muchísimas gracias por aquello, que lo iba a guardar y colgar en mi casa, que había sido un placer darles clase y que les deseaba mucha suerte en el futuro. Que a pesar de los malos ratos me quedaba con los buenos y que esperaba que con la antigua profesora siguieran trabajando igual que conmigo. Y es que, con todos los años de experiencia que ahora tengo, he de decir que los más desafortunados, los que menos tienen y a los que más les cuesta son al final los más agradecidos. Y llegó el momento que no olvidaré jamás. Lleno de más orgullo, si cabe, porque una clase tan desastrosa como en el fondo era supiera agradecer de esa forma a un profesor sustituto su trabajo de dos meses y medio con ellos, empecé a salir de la clase. Y ellos comenzaron a gritar: «¡Paaablo, Paaablo, Paaablo!». A los gritos se unieron palmas e incluso alguno se puso a dar palmadas en el cristal de la ventana que daba al pasillo, donde estaban las otras clases... Empezaron a gritar mi nombre y a aplaudir según salía por la puerta... un poco por hacer el bestia de forma justificada y otro por agradecerme el tiempo que allí estuve. 32
Según salía por la puerta de 4.º B los gritos se iban escuchando en el pasillo, ya que era un intercambio de clase y las puertas estaban abiertas. Enfrente de 4.º B estaba 4.º A, y pegadas a ellas estaban 4.º C y 3.º B, y un poco más al final estaban 3.º C y 3.º A. Los gritos seguían dentro de la clase y se iban escuchando cada vez más y más. Al escuchar el follón, los alumnos de las clases que estaban pegadas empezaron a unirse a los aplausos. 4.º A se unió a 4.º B y ambos empezaron a aplaudir según iba caminando por el pasillo... Muchos alumnos al oír el follón salían a la puerta a ver qué pasaba y se ponían a gritar y aplaudir. Tenía el vello de punta, con una sonrisa increíble, y me encontraba a punto de llorar de la emoción que esos cabrones me estaban haciendo sentir... estos cabrones que me lo habían hecho pasar muy mal alguna vez estaban haciendo que pasara el mejor momento de mi vida. Continué andando por el pasillo y vi al final al jefe de estudios... En ese momento, 4.º C y 3.º B se unieron al aplauso generalizado y a los gritos: —¡Paaablooo! —¡No te vayas, quédate! —¡Eres el mejor! —¡Paaablooo! —¡Te vamos a echar de menos! —¡Vuelve a vernos algún día! Los gritos, aplausos y ruidos diversos se empezaban a hacer cada vez más y más fuertes. Se veía a los alumnos gritando mi nombre y dando golpes a la pared y al cristal para montar follón. Había un estruendo brutal. ¡Hasta las dos clases del final también se unieron a la fiesta! Imaginaos todo un pasillo entero gritando mi nombre y aplaudiéndome para que no me fuera, y agradeciéndome todo el trabajo allí realizado. Seis clases de la ESO, más de ciento cincuenta chavales montando un ruido y un follón increíble que yo jamás había visto ni siquiera siendo alumno. Dando golpes a los cristales de las ventanas, aplaudiendo, gritando... la estaban liando buena, pero, como era mi último día y lo hacían por mí, pasé de decirles nada. No cabía en mí de alegría y de orgullo, lo había visto en las películas, pero no creía que esto fuera posible. En la película de El club de los poetas muertos siempre me había encantado la última escena, en la que los alumnos se suben a los pupitres para despedir a Robin Williams cuando se va a la voz de «oh, capitán, mi capitán». No pensaba que aquello fuera posible, y sí, lo era. Estaba andando por el pasillo con dos hojas que me habían dado mis alumnos, llenas de agradecimientos, con sus nombres y sus firmas, sin parar de oír aplausos y vítores. Según fui andando hacia el final del pasillo el jefe de estudios fue acercándose a mí y entendiendo lo que pasaba. Al pasar a su lado le miré con cara de orgullo y pensando: «¡Para que veas lo que he logrado hacer en solo dos meses y medio!». Fue increíble. Al llegar al final del pasillo me giré para ver por última vez la que se 33
estaba formando y pensé: «Pablo, quédate con esta imagen, que la recordarás toda tu vida». Y eso hice, realicé una especie de fotografía mental de ese momento mágico y especial nunca antes vivido, que guardé en mi cabeza para tenerlo como recuerdo eterno pase el tiempo que pase. Terminé de salir del pasillo escuchando a lo lejos los aplausos, que poco a poco dejaban de oírse. Había sido una gran experiencia y todavía me quedaba despedirme de 1.º de bachillerato. Así que respiré hondo y me fui hacia mi última clase. Para estos tenía algo. Llevaba mi portátil para ponerles un vídeo que tenía preparado para ellos desde hacía tiempo. Así que después de darles las encuestas para que escribieran su impresión sobre mí les dije que les quería poner un vídeo de despedida: —Cuando yo tenía vuestra edad me hubiera encantado haber visto este vídeo, ya que no tenía ni idea de lo que quería ser de mayor. Y, después de haberlo descubierto, creo que os va a gustar y os va a servir ahora que tenéis que empezar a decidir lo que queréis estudiar en el futuro. Así que les puse el discurso de Steve Jobs a los graduados de la Universidad de Standford. Si no has visto este discurso, te invito a que lo busques en YouTube, ya que es uno de los mejores y más inspiradores que jamás he visto y que les pongo a mis alumnos siempre que puedo. Jobs habla de la vida, del cáncer que tuvo, de cómo al final todos los puntos se conectan y todo tiene un sentido cuando miras hacia atrás... De que su mayor aprendizaje en la vida fue cuando le diagnosticaron el cáncer, porque se le quitaron todos los miedos que tenía y dejó de importarle lo que pensaba la gente para centrarse en lo que realmente quería. Apagué las luces, encendí mi portátil y les puse el discurso de Steve Jobs. He de decir que sonó el timbre indicando que era hora de irse a casa y ninguno de ellos se movió. Lo siguieron viendo muy atentos. Al acabar se quedaron en silencio, como casi siempre pasa con este tipo de vídeos... ninguno dijo nada. —¿Os ha gustado, chicos? —Sí, mucho —respondieron ellos sonriendo algo avergonzados. Les sonreí, cerré mi portátil, les deseé mucha suerte en lo que les quedaba de curso y salí por la puerta mientras ellos empezaban a comentar el discurso. Fin de la sustitución. ¡Quiero seguir siendo profesor! Al llegar a casa reflexioné sobre todo lo que me había pasado ese día y la cantidad de emociones que había sentido. Se lo conté a mis padres y a mi hermano y, cuando me tumbé en mi cama, me puse a pensar. Vi las dos hojas que tenía con las firmas de los alumnos de 4.º C y de 4.º B colgadas en el corcho de mi habitación e hice una especie de resumen en mi cerebro de todo lo que había vivido en esos dos meses y medio. Los buenos momentos, los malos, los nervios del comienzo, las angustias, las inseguridades, el tiempo que dediqué a preparar las clases, la relación con los alumnos, la relación con 34
mis compañeros, el final apoteósico con los chicos... todo. Y al final decidí algo: «¡Quiero seguir siendo profesor!». Al menos vivir una experiencia más de verdad. Quiero saber qué se siente siendo profesor de verdad, no sustituto de nadie, sino profesor desde el principio hasta el final de curso. El balance era bueno y, aunque había tenido días malos y había dedicado casi todas mis tardes y fines de semana a preparar las clases, quería seguir con ello. Creo que no podemos quedarnos con la primera experiencia de sustituto, que es con la que solemos empezar todos los profesores, ya sea en un colegio público por oposición o en un concertado o privado. Ser profesor sustituto no es lo mismo que ser profesor «de verdad» y hay que experimentar eso hasta decidir si esto es lo tuyo o no. No hay que desanimarse por una mala experiencia. Ser profesor sustituto implica muchas cosas de las que al principio no te das cuenta, pero que luego, cuando empiezas en un colegio como profesor «normal», sí las percibes: —Los alumnos no te tratan ni te respetan igual que a un profesor normal ya que solo vas a estar un tiempo con ellos. —Los demás profesores no te tratan igual que a los otros compañeros, ya que solo vas a estar un tiempo y tampoco se van a hacer muy amigos tuyos para luego decirte adiós. —No conoces a los alumnos, ni sus nombres, ni sus trayectorias, ni a sus hermanos en otros cursos, ni has oído hablar de ellos... —Los alumnos no te conocen a ti, no han oído hablar de ti, otros alumnos de cursos mayores no les han dicho cómo eres o cómo trabajas, es decir, que no tienes «fama». —No conoces el funcionamiento del colegio, dónde se pide el proyector, quién tiene las llaves del aula de informática, dónde miras si tienes guardia o no y un millón de particularidades que cada colegio tiene y hace de forma diferente.
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Acabé la sustitución de dos meses y medio a finales del mes de noviembre. Estaba algo cansado de todo el trabajo físico y mental, pero animado a continuar y tener otra experiencia en otro colegio. Seguí echando currículos a los colegios concertados y privados de Madrid, a ver si salía algo, y un día antes de las vacaciones de Navidad recibí una llamada de un colegio de Vallecas. ¡Qué suerte tenía! ¡Al mes de terminar una sustitución ya me llamaban para otra! Allí fui a realizar mi entrevista y el director me contó que querían suplir la baja de una profesora que se había quedado embarazada, que daba matemáticas en 3.º y 4.º de ESO, informática en 4.º de ESO, TIC en 1.º de bachillerato, refuerzo de matemáticas en 2.º de ESO, una clase de dudas en 1.º de bachillerato y era la tutora de 4.º B. Tenía seis asignaturas diferentes, sin contar la tutoría, por lo que debía preparar mucho temario. Lo bueno era que en 4.º tenía dos clases y lo que daba en una lo podía usar igual en la otra. Me facilitaron los libros y las carpetas de la profesora que sustituía y tuve la suerte de que ella era una chica muy organizada y lo tenía todo muy ordenado y planificado, así que me fue fácil seguir su línea de trabajo. En 4.º había tres grupos y yo daba clase a dos de ellos. El otro lo daba otra profesora. Esto me pasaba también con informática y con matemáticas de 3.º, de modo que compartía asignatura con otros profesores. Esto tiene sus cosas malas, pues debes llevar el mismo ritmo que tu compañero y no puedes ir a tu bola ni perder tiempo en ideas que se te pueden ocurrir a ti. Pero lo bueno es que ellos, que eran más expertos que yo, me decían qué era lo que tenía que dar, me daban material, hacían los exámenes que eran comunes y así me quitaban algo de trabajo. Los primeros días fueron agotadores, de mucho trabajo. Tenía que preparar varias asignaturas y me llevaba tiempo. Las tardes y los fines de semana los pasaba preparando clases y me quedaba poco tiempo libre... Y el hecho de ser tutor también me quitaba mucho tiempo, ya que tenía que hablar con los padres y documentar todo, desde los retrasos y faltas de cada chico, hasta el número de alumnos que iban a cada excursión, pasando por los partes que se ponían a cada uno... Un trabajo muy costoso que se sumaba al ya de por sí largo de preparar las clases. La mayoría de los alumnos de este colegio pertenecían a familias desfavorecidas de una zona obrera de Vallecas. Esto se veía traducido en la presencia en las aulas de bastantes chicos conflictivos que competían entre ellos por ver quién era el que la liaba más. Así que si me parecían malos chicos los de Hortaleza, estos no tenían nada que envidiarles. Aunque con el tiempo me daría cuenta de que los alumnos que menos tienen son los más agradecidos... Me centraré en contaros mi labor como tutor porque las clases en general fueron bien... Bueno, excepto una... La peor clase de mi vida No todas las clases fueron bien. Hubo una que no. Había una que odiaba, la odiaba con 37
todas mis fuerzas y creo que ha sido la clase donde peor lo he pasado en toda mi vida como profesor. Me pasaba toda la semana preocupado y agobiado pensando en el momento en que llegaría esa clase. Porque solo era una hora a la semana y la tenía el viernes. Era la clase de refuerzo de matemáticas de 2.º de ESO para los chicos que iban mal en matemáticas o habían tenido problemas en 1.º de ESO. El objetivo era que les sirviera de repaso y les ayudara. ¿Quién estaba en esa clase? Pues todos los malotes, macarras, gitanillos y chavales con problemas diagnosticados. Alumnos a los que no les interesaba mucho el colegio y, lo que era peor, todos juntos en la misma clase. Era como una selección de fútbol en la que estaban los peores alumnos de cada clase, juntos y haciendo todos y cada uno de ellos lo posible por sobresalir y llamar la atención. La idea era muy buena, porque esa clase, en teoría, la dábamos tres personas. Yo como profesor de matemáticas y dos orientadores que tenía el colegio, que se suponía que me ayudaban a controlar a los chicos, a mantener el orden y a resolver cualquier duda que tuvieran al hacer los ejercicios. Podría parecer una clase genial, con tres profesores dentro del aula ayudando a los chicos con dificultades; pero no era así. Uno de los orientadores nunca iba a esa clase porque siempre le ponían a sustituir o a cuidar otra clase y la otra orientadora venía a veces sí, a veces no, también por sustituciones que le endosaban o porque tenía reuniones con padres. El hecho era que había días que íbamos la orientadora y yo a esa clase, y que otras veces iba yo solo. Cuando venía la orientadora conmigo, daba gracias al cielo, porque con ella era muy diferente todo. Ella los conocía a todos, sabía los problemas de cada uno, les ayudaba mucho y la veían como a una profesora en la que se podía confiar. De hecho, yo le dejaba a ella que diera la clase y me paseaba por las mesas poniendo un poco de orden y ayudando a los chicos que tenían dudas. Era mejor que ella diera la clase porque a ella la respetaban más que a mí. Cuando yo la daba solo, aquello era un caos. Así que si la orientadora estaba conmigo en el aula más o menos dábamos la clase, no sin castigar a casi todos sin recreo prácticamente todos los días porque no trabajaban y no atendían. Los días que tenía que entrar yo solo al aula lo pasaba muy mal, realmente muy mal. Los viernes, nada más llegar al instituto, lo primero que hacía era mirar el tablón donde se ponían las sustituciones, para ver si la orientadora iba a estar conmigo en clase o no. Si resultaba que no, ya estaba agobiado hasta la hora de esa clase. Desde el primer día no le gusté al líder del aula. A pesar de que allí se juntaban todos los malotes de 2.º de ESO, había uno que destacaba por encima de todos: Pedro. Me boicoteaba todas las clases y hacía de todo por provocarme y sacarme de mis casillas. Yo prácticamente no daba clase, me dedicaba casi todo el tiempo a poner notas en la agenda, mandar a chicos al jefe de estudios y echarles la bronca. Era un sinvivir... Lo pasaba fatal. Sospecho que Pedro me rayó el coche un par de veces, aunque no tengo pruebas... Ya que fue el alumno con el que más problemas tuve, le puse varios partes graves y unos cuantos castigos. Al encontrarme el coche rayado un par de veces concluí que no le gustaban mucho las represalias que yo tomaba contra él. Un día, de hecho, al llegar a 38
primera hora y aparcar, vi a Pedro con sus amigos en un banco, justo enfrente de donde yo estaba. Casualmente Pedro llegó tarde a primera hora de clase y al terminar el día, cuando fui a coger el coche, estaba rayado. Todo parecía indicar que había sido él. Hablé con el director, se lo conté y llegamos a la sabia decisión de que, sin pruebas, y a pesar de mi considerable cabreo, lo mejor era no decir nada. Si se corría la voz, Pedro obtendría lo que quería, reconocimiento por haber rayado el coche de un profesor, y cabrearme, que es lo que él quería. Y además no podría demostrar de ninguna forma que había sido él. Así que seguí dando mis clases como si no hubiera pasado nada, tan tranquilo. Menos mal que solo era una clase a la semana y al final en muchas de ellas estuvo la orientadora conmigo. Si no hubiera sido así, no sé qué habría hecho. Aun así, acabé felicitando a Pedro el día que sacó la mejor nota de la clase, ya que lo que más necesitaba ese chico era cariño, confianza en sí mismo y que alguien creyera en él. Creo que si hubiera tenido un año más a esa clase al final me los habría ganado y sobre todo a Pedro, que al final y después de ver que yo le valoraba pese a todo, cambió un poco su actitud conmigo. Es increíble cómo una persona puede influir de una forma tan importante en el resto de los alumnos. Es muy sorprendente. El día que no estaba Pedro, el grupo no tenía nada que ver con lo que era habitual. Con sus más y sus menos, pero se podía dar algo de clase. El día que él no quería que se diera clase, no se daba. Además era un chico listo, nada tonto. Era tan listo que al final quienes se solían llevar los partes y las amonestaciones eran otros, que, queriendo agradarle y tener su aprobación, intentaban boicotearme la clase. ¡Han robado tabaco en clase! Por otro lado estaba el trabajo de tutor de la clase de 4.º de ESO. Y este empezó con muy mal pie... pero quién me iba a decir que terminaría de una forma muy, muy distinta. El segundo día de clase tuve tutoría con ellos. Era mi primera experiencia de ese tipo como profesor y no tenía muy claro qué era exactamente lo que había que hacer en esa hora con los alumnos. Era una hora diferente, en la que siempre había alguna actividad propuesta por el colegio, con algún toque religioso, ya que el centro era católico. Yo tenía la posibilidad de hacer esa propuesta, si quería, o podía tratar algún tema importante para la clase. Llegué, pues, al aula sin saber muy bien qué hacer y mis alumnos empezaron a decirme que había que hablar de un tema muy importante: habían robado en la clase. Varios alumnos, todos hablando a la vez, se quejaron de que les habían robado durante el recreo, que eso no se podía permitir, que tenía que salir el culpable, etc. Se habían cometido varios robos y yo no tenía ni idea de lo que había que hacer, ni cómo actuar, ni si debía avisar al jefe de estudios, ni si había que amonestar ni nada. Empecé a hablar con ellos y me comentaron que a un alumno le habían robado unas galletas de la mochila durante el recreo, a una chica le habían robado también un paquete de tabaco y a otra otro paquete de tabaco. ¡Tabaco! ¡Encima era tabaco! ¡Toma ya, qué 39
marrón me iba a comer! El caso es que empezó a hablar cada uno de los alumnos a los que habían robado, comentando lo que les habían quitado, y se empezó a organizar un poco de debate en la clase. Yo me limitaba a observar cómo se desarrollaba el debate. Había una chica, Laura, que siempre estaba hablando en clase. Había que llamarle la atención para que se callara constantemente y le gustaba ser el centro de atención. Pues bien, justo en esa tutoría no había abierto la boca todavía. Era sospechoso cuanto menos. Empezaron a hacerse las primeras acusaciones, que casualmente iban contra ella. Al final acabaron saliendo los tres autores de los hurtos, Laura, Paloma y Miki. Paloma, repetidora y más madura que la mayoría de la clase; Laura, una chica a la que le gustaba llamar mucho la atención porque en su casa no le hacían demasiado caso, y Miki, un repetidor de la clase de al lado, que también había participado en los robos, que pasaba de todo y estaba saliendo con la chica más guapa de 4.º de ESO. En ese momento yo no supe qué hacer, así que les dije que iba a hablar con el jefe de estudios y tomaría las medidas pertinentes. Prefería no hacer algo que luego tuviera que rectificar, perdiendo credibilidad y autoridad frente a la clase, ni reconocer que no sabía lo que tenía que hacer exactamente. Para no quedar mal salí del paso diciendo que tenía que tomar una decisión conjunta con el jefe de estudios. Después de esa tutoría fui rápidamente a la jefatura de estudios a contárselo. Volvimos de nuevo a la clase y cogimos uno a uno a todos los relacionados en el robo, víctimas y culpables, para que rellenaran una hoja con su versión de lo sucedido. Luego yo, como tutor, llamé a los padres de cada uno de los alumnos implicados y les conté lo que había pasado y las medidas que se iban a tomar. Era importante hablar con los padres porque, aparte de que un robo era algo muy grave ya de por sí, también había tabaco implicado y alguno de los padres no sabía que su hijo fumaba. Se decidió que debían reponer las galletas robadas (el tabaco no, por supuesto), que tenían que escribir en una hoja su arrepentimiento y cómo se sentían, y por último tendrían que venir dos días por la tarde al colegio, a la biblioteca. Esto de la biblioteca era algo muy útil a la hora de castigar a los alumnos, ya que en este colegio estaba abierta por las tardes. Y uno de los castigos más comunes era hacer que viniera el alumno implicado a hacer los deberes al centro. Tenía que firmar en una hoja, así que podías comprobar si el alumno en cuestión había venido o no. Un tutor es, más que un profesor, un padre para ellos Después de esta gran bienvenida por parte de mis alumnos, el resto del curso fue bastante mejor. Cada semana tenía una hora de tutoría con mi clase. Era un momento especial, que me gustaba mucho e intentaba currarme todo lo que podía. Aprovechaba esa hora para charlar con ellos de temas personales o académicos e intentaba motivarles cuanto podía. Trataba de hacer lo que me hubiera gustado que hubiese hecho mi tutor cuando yo era alumno. Siempre que podía les ponía un vídeo de motivación, de inspiración o de algo que les tocara un poco la fibra, y eso les encantaba. 40
Un día que tenían que rellenar unas hojas y buscar en Internet información sobre lo que querían estudiar en el futuro, aproveché y les puse un par de vídeos. Uno fue el discurso de Steve Jobs que ya puse a los de 1.º de bachillerato en mi primer colegio, y el otro se llama «Usa protector solar», un vídeo muy bonito y motivador sobre el futuro, que da muy buenos consejos con una canción muy chula. Estaban en una edad complicada, en 4.º de ESO tienen quince o dieciséis años, una época en la que debes empezar a hacerte mayor y tomar decisiones de las que el resto de tu vida va a depender. Se tenían que hacer adultos casi de repente, cuando hasta ahora habían tenido todo el camino bien marcadito y se habían limitado a seguirlo casi de la mano de papá y mamá. Por eso me gustaba darles consejos y hacerles ver que yo ya pasé por su misma situación y sentí cosas parecidas a ellos y que por eso les podía ayudar. Me gusta la sensación de poder ayudar a adolescentes que no tienen claro su futuro, orientándoles en eso o ante cualquier cosa que les preocupe. Al terminar de ver los dos vídeos, como suele pasar en estos casos, no se escuchaba nada en el aula. Ni una mosca, nadie quería hablar ni decía nada. Y es que siempre que les pongo un vídeo que les toca la fibra a mis alumnos, sea la clase que sea, se hace un silencio sepulcral y todos se quedan callados, pensando, sin decir nada. Me encanta ese momento porque es ahí cuando están más receptivos y deseando escucharte, a ver qué enseñanza les das o qué mensaje les quieres comentar. Algo vulnerables, diría yo también, porque no quieren exponerse a la clase y decir lo que piensan acerca de sus sentimientos. Incluso tienen algo de miedo, que se puede vislumbrar en el brillo de sus ojos cuando se cruzan con los tuyos y los apartan rápidamente. En ese momento les hablé del futuro y de lo que estudiarían. Les dije que yo, cuando tenía su edad, no tenía ni idea de lo que iba a estudiar, que no se agobiaran si no lo sabían todavía, porque es normal. Añadí que si no lo tenían claro, estudiasen lo que más les gustara, pues luego poco a poco irían descubriendo cosas que les gustarán más y que les acabarán llevando a su trabajo definitivo. Que no se preocuparan porque muchas personas estudiamos una cosa y terminamos trabajando en otra que no tiene nada que ver, que no se angustiaran ni tuvieran miedo de elegir. Iban a elegir bien. Yo siempre les digo lo mismo: si queréis ser astronautas, ¡id a por ello! Sí, con toda vuestra fuerza y energía id a por lo que más deseáis. Si tu sueño es ser astronauta, ¡ve a por ello! Aunque tus padres te digan que los estudios elegidos no valen para nada, que no tienen futuro o salidas, da igual, si es tu ilusión ve a por ello. Seguramente no llegues a ser astronauta porque ahí llegan solo dos o tres en el mundo, pero oye, quizás termines trabajando para la NASA o para una agencia aeroespacial española que trabaja conjuntamente con ella, diseñando un programa para ayudar a los astronautas... No os pongáis límites, id a por aquello que os entusiasma. Y sobre todo, les digo que estudien para trabajar en algo que les guste mucho, porque al final en el trabajo te pasas casi más tiempo que en casa, así que tienes que dedicarte a lo que te guste de verdad, porque si eliges trabajar en algo que te da mucho dinero pero no te entusiasma, terminarás muy amargado. Como dice una canción de rap, «hijo, en lo que sea, pero el mejor». También como profesor de matemáticas o de informática, de vez en cuando les pongo 41
algún vídeo en clase para hacerles pensar, para trabajar la inteligencia emocional con ellos. Algún vídeo que me ha emocionado cuando yo lo he visto o que me ha hecho pensar en mí, en lo que soy, en lo que siento, en lo que quiero ser, en mis amigos, en mi futuro. Aunque después del vídeo no haya debate, ni diálogo, ni comentarios por su parte, es algo que les marca y les gusta. Es algo que hace que conectes con ellos de una forma especial. Es como si ellos pensaran «este profesor se interesa por lo que sentimos y quiere que seamos mejores personas, nos valora y nos quiere aunque sea nuestro profe», y eso va a hacer que te aprecien más y estén más atentos a lo que tú digas, que te respeten más en definitiva. Poco a poco el curso fue pasando y yo me fui sintiendo más cómodo en mi clase como profesor y como tutor. Había ciertos problemas en el aula típicos de adolescentes. Yo les hacía ver que no tenían por qué ser todos superamigos, que con unos te vas a llevar mejor que con otros, pero que sí tenían que ser una piña, estar unidos. Todavía me acuerdo de una ofrenda a la Virgen en la que tenían que hacer un dibujo representativo de la clase. Pues bien, hicieron una piña. Una piña grande con los nombres de todos los alumnos de la clase, y el mío incluido, dentro de ella. Recuerdo con nostalgia y emoción las palabras de Laura cuando hizo la ofrenda: «Ofrecemos esta cartulina donde hemos dibujado una piña, ya que como nuestro profe siempre nos está diciendo que tenemos que ser una piña como clase y estar más unidos, pues aquí queda reflejada la unión de la clase con todos nuestros nombres dentro de ella». Para mí fue un momento muy emocionante. Resultaba que las cosas que les decía tenían su repercusión, ¡y algunas incluso las tenían en cuenta! Estaba muy feliz. Al menos, si se quedaban con ese mensaje, para mí era más que suficiente. El fin de curso se acercaba y la sustitución llegaba a su fin. Al menos esta vez había podido estar el segundo y tercer trimestres completos, poner las notas trimestrales y las calificaciones finales y ser yo su profesor oficial. No era como en la primera sustitución, en la que estuve dos meses y medio y yo fui en todo momento «el sustituto». Los alumnos me preguntaban apenados si iba a seguir siendo profesor en el colegio y yo les decía que no, que se acababa la sustitución y me tenía que marchar. La chica a la que sustituí era muy buena profesora y la apreciaban mucho. Y yo, en el poco tiempo que estuve, también conseguí que me apreciaran y me fueran a echar de menos. Tuve un conflicto más unas tres semanas antes de que terminara el curso. Tenía dos alumnos en clase que no hacían nada, Fer y Beto. No hacían nada de nada. No traían los ejercicios hechos nunca, Fer rompió un ratón del aula de informática, Beto se inventó varias veces notas de su madre según las cuales tenía que ir al médico, para salir antes, y se enfrentó a mí. Los dos tenían varias amonestaciones por parte de varios profesores. Así que, junto con el jefe de estudios, tomamos la decisión de cambiarlos de clase esas últimas tres semanas, a modo de castigo. De 4.º B los cambiamos a 4.º A para el resto del curso. No sé si fue la mejor decisión, porque los profesores de 4.º A ahora los tenían que aguantar y tampoco cambió mucho su pasividad ante todo, pero fue lo que decidimos en ese momento. 42
La gran «cagada»: dos niños rompen a llorar No todo lo he hecho bien, ni mucho menos. Hay veces que tengo pensada una actividad y visualizo cómo va a salir y luego no sale como yo pensaba, o surgen cosas que no había tenido en cuenta, que hacen que todo salga como no imagino. En mi tutoría puse un vídeo que se llama Equipo Hoyt. Trata de un padre que tiene un hijo tetrapléjico y hace carreras empujando su silla de ruedas. Participa en pruebas muy duras, como maratones, triatlones, incluso Ironman, y todo eso lo hace porque esos momentos son los únicos en los que el chico se siente como si pudiera caminar, correr e incluso volar. Es un vídeo superemotivo, con el que yo quería trabajar la última semana de exámenes para incidir en que si este padre puede hacer todas esas proezas deportivas, ellos no debían quejarse por los muchos deberes o exámenes que tenían, y habían de esforzarse al máximo, ya que solo quedaban pocos días para terminar el curso. Pues bien, justo cuando termina el vídeo, veo que hay un chico y una chica llorando a moco tendido en sus mesas. Me quedo paralizado, sin saber cómo reaccionar. No me esperaba que el vídeo les resultara tan fuerte, lo había puesto en otras clases y nunca me había pasado eso. De repente la chica se levantó y se fue al baño. Una amiga suya me dijo que si podía ir con ella y le dije que por supuesto. Con el otro chico hice lo mismo, me acerqué, le pregunté si estaba bien y le dije que fuera al baño con un compañero a tranquilizarse un poco. No sabía muy bien qué hacer, si sacar el tema en la clase y hablarlo entre todos, o si dejarlo pasar, no tenía muy claro cómo hacerlo. Mientras estaban en el baño, los demás compañeros me dijeron que estaban así porque el padre del chico se había muerto cuando él era pequeño y se había acordado de él, y los padres de la chica estaban separados, y a él apenas le veía y le echaba de menos. Empecé a entenderlo. Al volver del baño ambos estaban más tranquilos. Me acerqué a ellos y les pregunté si estaban bien, si querían hablar del tema, y los dos me dijeron que no, que ya se encontraban mejor, que continuara. Así que yo seguí hablándoles un poco de la época de exámenes y del esfuerzo que debían hacer. La verdad es que me fui fastidiado a casa por la sensación de impotencia y de no haber sabido qué hacer cuando los vi llorando desconsoladamente a causa de un vídeo que busca todo lo contrario. Lo que hago es aprender de estos casos y pensar qué podría haber hecho antes. Podría haber preguntado a algún compañero que conociera más a la clase qué le parecía que proyectara ese vídeo, tratara luego el tema con los demás compañeros y que cada alumno les dijera unas palabras de ánimo... Las cosas no siempre pasan como pensamos y esta es una de las cosas que implica ser profesor, unas veces buenas y otras no tan buenas. Regalos y sorpresa por mi despedida
Un día, cuando quedaban tres semanas para acabar el colegio, los propios alumnos me 43
pidieron que no fuera a la clase de tutoría con ellos. Me dijeron que si podían hacer la tutoría con otra profesora... Extrañado, fui a preguntarle a la profesora y me contestó que sí, que ella se quedaba con ellos, que no me preocupara. Yo ya me empecé a oler que algo estaban tramando. Llegó mi penúltima tutoría con ellos y al llegar a la puerta del aula me la encontré cerrada, con todos dentro, sentados y en silencio. Algo tramaban... Eso no pasaba nunca, ya que siempre estaban varios alumnos en la puerta del pasillo, hablando con los de la clase de al lado o viendo el panorama. Total, que me decidí a entrar. Todos estaban en su silla, sentados, sonriendo y mirándome a ver qué decía. Los miré extrañado. Al llegar a mi mesa vi que había dos paquetes envueltos. Me quedé flipando. Los miré. Todos estaban observándome con una sonrisa de oreja a oreja, sin decir nada. Abrí los regalos. Me habían comprado dos polos y una chapa muy grande, en la que se leía: «¡Suerte! Te deseamos lo mejor. ¡No te olvides de nosotros!». Me quedé sin palabras. Suelo ser muy malo aceptando regalos, me gusta más regalar que me regalen, porque cuando lo hacen no sé muy bien qué decir ni qué hacer y ese fue uno de esos momentos. Les di las gracias por los regalos y continuamos con una actividad que teníamos de tutoría. —El último día os daré el discurso de despedida —dije yo bromeando, vergonzoso y deseando que pasara ese momento para continuar con la actividad que teníamos propuesta. Al llegar a mi casa me quedé mirando los polos y la chapa y pensé en lo que había hecho y dicho en ese momento. Estaba arrepentido... Los chicos se lo habían currado muchísimo, me habían comprado unos regalos para agradecerme todo el tiempo que había estado con ellos y yo se lo había reconocido con un simple «gracias» y poco más. Se habían ganado algo más mis chicos... Qué mal profe había sido. Se merecían algo grande... Sí, ¿pero qué? La chapa que me regalaron mis alumnos.
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Llegó la última tutoría con ellos, tres días antes de que terminara el colegio. Las notas estaban puestas y esos días eran los típicos en los que se hacían exámenes de recuperaciones y pocas clases útiles se daban, sabiéndose ya casi todos aprobados y pensando en el verano. Me dirigí por el pasillo a mi clase y antes de llegar hice algo que llevaba pensando unos días y que sabía que les iba a hacer muchísima ilusión. Me detuve en la puerta de 4.º A, la clase donde estaban Fer y Beto, los dos alumnos castigados que habíamos cambiado de clase las últimas tres semanas. Hablé con el profesor y me dio permiso. Les pedí que salieran un momento los dos y en el pasillo les dije: —Hola, chicos, ¿queréis participar en la última tutoría del año con vuestros compañeros? —Eh... —Se quedaron muy sorprendidos por mi pregunta y no sabían muy bien qué decir. —Es la última tutoría del año y creo que formáis parte de la clase y, aunque ahora estéis castigados en 4.º A, hoy os corresponde estar ahí con los demás. Al igual que os castigué al cambiaros de clase, ahora creo que tenéis que estar con vuestros compañeros; pero vamos, como vosotros queráis. Se miraron el uno al otro sin saber muy bien qué decir, sonrieron apenas y contestaron: —¡Venga, vale! Al entrar en el aula les pedí que se sentaran; yo me quedé un momento en la puerta sin entrar y les dije: —Bueno, ya que es la última tutoría, creo que faltan dos personas que considero que deberían estar aquí con nosotros. Entré en la clase, y detrás de mí lo hicieron Fer y Beto, a los que no habían visto todavía. De repente el silencio que había en clase se convirtió en una gran explosión de alegría y fiesta. Teníais que haberlo visto. —¡Ahí vaaa! —¡Feeer! —Coño, Beto, ¡qué buenooo! —¡Ven aquí, Feeer! —¡Qué grandeee! —¡Oooleee! —¡Vaaamooosss! Se levantaron a abrazarlos, a darles la bienvenida, a chocarles la mano; algunos gritaban de emoción, otros aplaudían... A pesar de que llevaban apenas dos semanas sin venir a clase, creo que el hecho de que volvieran en esa última tutoría fue uno de los momentos más especiales que vivieron como grupo, y pienso que esos son los momentos que yo les exigía cuando les decía que tenían que ser una piña, que fueran un grupo unido. Al verlos allí a los dos de pie, saludando a sus compañeros y volviéndose a sentar en las que hacía unos días eran sus sillas y mesas, creo que fue un momento de unión y 46
conexión brutal con ellos. Se sintieron como una unidad, que formaban parte de algo todos juntos. Pertenecían a 4.º B, ellos lo constituían y ahora estaban todos. Algo sentí dentro de mí, y más que nada lo sentí dentro de ellos y dentro del aula, algo que hizo que ese momento fuera muy bonito y especial. Lo que sucedió dentro de esas cuatro paredes, en esa hora, aunque fuera a falta de tres días para terminar el colegio, lo sentimos todos como un momento de unión, de pertenencia y de gratitud. Gratitud de ellos hacia mí por haberles dado clase y haberme volcado tanto con ellos, y de mí hacia ellos por todo lo que había aprendido en esos meses que estuvimos juntos. Cuando se tranquilizó un poco la cosa, me di cuenta de que había un carrito con un proyector en el aula, que se debía de haber dejado el profesor anterior, que habría proyectado algo. Y de repente me dijeron que me pusiera al final de la clase. Tenían algo preparado. ¡Yo estaba alucinando! ¿Después de los regalos de hacía una semana me iban a dar otra sorpresa? Apagaron la luz y comenzaron a proyectar algo en la pantalla de la clase... Era un montaje hecho con fotos suyas y vídeos que habían grabado dentro de la clase. Empezaba con una música muy bonita y con fotos de los chicos en clase. Luego había una especie de sketch en el que otro profe salía imitándome (en plan bien) cuando yo les mandaba callar. Después se habían grabado ellos mandándome un mensaje, todos deseándome lo mejor, que me fuera genial, que no me olvidara de ellos y dándome las gracias por todo. Y al final metieron tomas falsas para hacerlo más gracioso, junto con textos y fotos fuera del colegio, en excursiones o quedadas suyas. Ya empezaba a entender a qué se habían dedicado en la tutoría que me pidieron que no fuera a clase... los vídeos los habían grabado en esa hora. ¡Fue un regalo final único e inigualable! ¡Me encantó y me emocionó! No lloré porque yo lo llevo por dentro, pero sí que me hizo muchísima ilusión todo el trabajo que había detrás de eso y el saber que yo les había marcado tanto y me iban a echar tanto de menos tras solo unos meses de clase con ellos... ¡Debía de haber hecho un buen trabajo al fin y al cabo! Me vino a la mente el día que me regalaron los dos polos y la chapa y el arrepentimiento por no haber sido bien agradecido con ellos. Esta vez no quería que volviera a pasarme eso, así que metí mi mano en el bolsillo, saqué una hoja doblada varias veces y les dije: —Os voy a leer el discurso que os prometí. Y comencé a leerles un discurso que les había estado escribiendo esa última semana en casa. Lo había revisado varias veces para que estuviera perfecto, como si fuera a dar un discurso por ganar un Oscar. Quería que fuera un momento especial que nunca olvidaran, como a mí me hubiera gustado que se hubiese despedido un profesor al que apreciara, y creo que lo conseguí. Este fue exactamente el discurso que les leí copiado tal cual: Bueno... llega el final... llega el final de mi sustitución y esta es nuestra última tutoría juntos... Y no solo nuestra última tutoría juntos... sino VUESTRA última tutoría juntos... se acaba el 4.º B del curso 20102011... En una semana el curso habrá terminado y cada uno tomará un camino... Algunos seguiréis juntos el año que viene en bachillerato, otros os iréis a otro colegio, otros haréis un módulo, así que estaréis con otros
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compañeros y esto se termina... Y estos compañeros que a lo mejor en un principio no eran los preferidos... en una semana los echaréis de menos. Aunque algunos estéis deseando empezar a trabajar, ganar dinero, «que me dejen en paz los profesores» y «hacer lo que yo quiera», yo esto ya lo he vivido, y os puedo decir que no es verdad, que en el colegio se vive genial, que lo vais a echar de menos y que el hecho de que no haya nadie detrás de mí vigilándome, cuidándome y empujándome para que saque el curso lo vais a echar en falta... Cuando os tengáis que currar las cosas por vosotros mismos sin que no esté un profe o un tutor detrás de vosotros y seáis los responsables de vuestra tarea, de vuestro estudio, y no tengáis a nadie detrás, os daréis cuenta de lo bien que se vivía en el colegio... y lo pesado que resulta hacerse mayor y empezar a tomar cada vez más responsabilidades... La verdad es que me da pena... me da pena que esto se acabe y, sobre todo, me da pena irme del colegio. He pasado aquí desde el 10 de enero, casi seis meses con vosotros y hemos pasado muchas cosas juntos. Es difícil seleccionar ahora y resumir todo, pero intentaré hacerlo en este rato. Recuerdo el primer día, cuando entré por esta puerta y os vi... me habían hablado de vosotros con anterioridad, pero hasta que no os empecé a conocer no supe realmente cómo erais cada uno. No erais muchos en clase y no me costó mucho aprenderme vuestros nombres, sobre todo porque cada uno empezaba a destacar por algo y era fácil diferenciaros. La cosa empezó con muy mal pie porque me teníais preparada una pequeña sorpresita en la primera tutoría, con un robo, algo que no quiero recordar ahora, pero me tuve que poner las pilas a marchas forzadas y empecé a ver que no iba a ser nada fácil e iba a tener que trabajar mucho. Las primeras tutorías os quise conocer un poco individualmente y como grupo... Recordaréis que os pregunté las cualidades que teníais como grupo y os costó muchísimo dar características que os describieran a todos, y las pocas que disteis no es que fueran muy buenas. Ahí empecé a ver que faltaba bastante unión... mucha gente iba a su bola, había muchos grupos y algo tenía que hacer. Mi propósito entonces fue, a la vez que iba dando el curso y las tutorías, intentar hacer algo de piña y de unión en el grupo; quería que os llevarais un buen recuerdo de vuestro 4.º de la ESO y para algunos el último año en este colegio y con estos compañeros..., muchos de vosotros llevaréis años compartiendo clases, compartiendo risas y lágrimas... Ese fue mi propósito, crear algo de grupo y superar las rencillas que tuvierais hasta el momento. Algo para mí bastante exigente, pero no imposible. Unas veces de forma consciente, otras veces sin fijarme, muchas otras con ayuda de otros profesores, creo que al final hemos conseguido un paso bastante grande y diferente al principio de curso. Poco a poco fue pasando el tiempo y nos fuimos conociendo, me iban llegando noticias casi siempre malas de vosotros, casi siempre de tareas, de notas y de estudio... Más tarde lo pude corroborar yo de primera mano, al obtener los resultados de la segunda evaluación. Cuando mis amigos me preguntaban qué tal era mi tutoría y cómo eran mis alumnos, yo siempre les decía lo mismo; no trabajan nada... son muy vagos... no tienen costumbre de trabajar diariamente, pero me rio mucho con ellos y, como dijeron ellos al preguntarles cualidades de la clase, son muy buena gente. Y es que teníais razón cuando lo dijisteis, sois muy buena gente, tenéis buen fondo y buen corazón y eso es lo que os ha hecho diferentes al resto... al menos conmigo. En los momentos de despedida yo siempre digo lo mismo; me quedo con lo bueno que hemos pasado, y vosotros haced lo mismo, quedaos con lo bueno que habéis pasado junto con vuestros compañeros... y olvidad los problemillas que hayáis tenido. Eso sí, no olvidéis todo lo malo, de lo malo hay que aprender... y no todos han sido momentos buenos, no es momento de recordar ahora todas las cosas malas por las que os he regañado y castigado. No es el momento, pero tened bien presente que ha habido cosas que no se deben repetir, sed conscientes de cómo ha actuado cada uno a lo largo del curso y de todas esas cosas, cuando se os pase por la cabeza repetirlas otro año, en este colegio, en otro, en vuestra casa, donde sea... acordaos de este momento y que no se repitan. No todo ha sido bonito... y tenemos que sacar el mensaje positivo de todo, y hay que aprender de todos estos malos momentos, que, por desgracia, los ha habido... Y, como os decía, quedaos con lo bueno... quedaos con todos esos momentos que habéis pasado con vuestros compañeros, compañeros que a lo mejor antes de empezar el curso no conocíais y habéis tenido la oportunidad de conocerlos... o que eran vuestros amigos y habéis podido afianzar esa amistad mucho más. Quedaos con vuestros compañeros de 4.º B... porque este 4.º B del curso 2010-2011 jamás se volverá a repetir. Vendrán más alumnos, vendrán más profesores, pero esta clase no se volverá a repetir, pensad en eso porque esto se acaba. Recordad cuando estuvisteis pintando el árbol de las jornadas culturales en tutoría, todos juntos
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trabajando por algo unidos, colaborando unos con otros: unos pintando el tronco, otros las hojas, otros las frases. Creo que ese fue el punto donde empecé a ver que, si queríais, erais capaces de hacer cosas geniales y que estaba empezando a cambiar poco a poco la cosa y empezabais a ser una piña. Fue el primer momento en el que me sentí orgulloso de vosotros, me sentí orgulloso porque, por primera vez, vi un grupo unido y feliz por hacer algo en común y realmente hicisteis un trabajo magnífico. Y es que cuando os ponéis a trabajar juntos por algo que os gusta... sois los mejores. Quedaos también con cada excursión que habéis hecho. Quedaos con esos viajes que habéis hecho juntos, para patinar, al aula, al ecosistema, a la ruta de Canencia. Quedaos con esas risas que os habéis echado en cada recreo, incluso esas que os habéis echado en clase, o esas lágrimas que habéis soltado con algún poema de lengua o con alguna nota que no esperabais... Quedaos con todos estos momentos, estos momentos que resumen vuestro último curso de la ESO juntos. Acordaos también de todos los profesores que habéis tenido, en especial de Bea, por todo lo que se lo ha currado con vosotros. Sin su trabajo previo todo hubiera sido diferente con vosotros; acordaos también de los demás profes, algunos casi como vuestros segundos (o terceros) tutores, y pensad en todo el trabajo que han hecho por vosotros, que todo el que viene aquí y se pone delante de vosotros es porque quiere lo mejor para vosotros. Y eso es de agradecer, y no dudéis en agradecérselo. No esperéis a que se tengan que ir del colegio como yo para agradecérselo, porque todos se han dejado la piel para ayudaros y enseñaros y para que seáis mejores personas. Por lo menos esa ha sido mi intención. La primera, formaros y enseñaros para próximos cursos, para módulos, bachilleres, lo que queráis hacer. Esa ha sido mi primera intención, que seáis buenos estudiantes y vayáis con una buena base allí donde lleguéis. Y la otra, y no menos importante, ha sido la de educaros y formaros como personas. Esa ha sido mi segunda intención, hacer de vosotros personas con ciertos valores como son el respeto, el esfuerzo, el compañerismo, la tolerancia. Con cada vídeo que os he puesto en tutoría he intentado llegar un poco más allá y tocaros la fibra. Las matemáticas son muy importantes, y la informática también, pero más aún lo son los valores y salir de aquí siendo buenas personas... Y eso es lo que he intentado con cada vídeo que os he puesto en tutoría, tocaros un poco la fibra para ahondar un poco en vosotros. No quedarnos solo en lo superficial, y espero haberlo conseguido. En la chapa que me regalasteis ponía que no me olvidara de vosotros... Dad por seguro que no me olvidaré de vosotros, primero porque sois mi primera tutoría, es el primer año que doy clase en un instituto y ha sido la sustitución más larga que he tenido y vosotros habéis sido mi primera tutoría. Para mí ha sido un gran reto el que saliera todo bien, y no solo las clases, sino la tutoría con vosotros. Como dicen, las primeras y las últimas cosas de todo no se olvidan, así que dad por seguro que no me olvidaré de vosotros. Y la segunda razón es porque va a ser muy complicado olvidarme de todos y cada uno de vosotros. La verdad es que todos tenéis algo especial que os hace diferentes del resto, que sin uno solo de vosotros la clase no habría sido lo que ha sido, todos habéis sido imprescindibles para lo que habéis aprendido y crecido en este curso. Habéis aprendido mucho (espero) y también habéis crecido, y cuando digo a crecer me refiero a crecer como personas. Y es que me atrevo a decir que ahora veis algunas cosas de forma diferente a cuando entré por la puerta el primer día, y eso es lo que me llevo y con lo que me quedo. Todos habéis aportado algo: Rocío, tu esfuerzo y capacidad para ayudar a los demás. Javi, tu sensibilidad y amabilidad. Pablo, ese mundo interior que debes sacar más. María, tu garra por defender y luchar por lo que consideras justo. Maribel, tu trabajo constante y esa chica divertida que queremos ver más. Rosa, tu cordialidad con todos y esa capacidad de unión de grupo. José, tu sentido del humor y tu cariño. Sandra, tus ganas de superar dificultades y tu esfuerzo. Paloma, tus ganas de aprender y ser mejor cada día. Ángel, tu respeto, algo digno de admirar por todos. Ángela, tu confianza en ti misma. Beto, tus respuestas que dejaban boquiabiertos a todos. Miguel, tu inconformismo y capacidad de trabajo. Belén, tu bondad y tu risa que ha aportado esa felicidad a la clase. Paco, tu calma y templanza. Manu, tu curiosidad y ganas de aprender.
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Laura, tu emoción y pasión que pones a todo lo que haces... y a pesar de los baches que has tenido, los has superado. Carmen, tu impulsividad y tu energía. Lucía, tu sensibilidad dentro de ese escudo que hay por fuera. Fer, ese niño que está deseando que le abracen dentro de tu armadura. Paz, tu fuerza para superar las dificultades que te ha puesto la vida. Marta, tus ganas de aprender y tu superación a pesar de los problemas que has tenido este curso. Marga, tu capacidad sin límites... lo que quieras lo puedes conseguir. Belén, tu capacidad de liderazgo y de unión entre la clase. Y Lin, tu respeto por todo y por todos. Os doy las gracias por todo, chicos: por los buenos y por los malos momentos. Por los malos porque me han hecho aprender a manejar ciertas situaciones como profesor que hasta ahora no había vivido... y para el futuro ya estoy algo curtido... Y por los buenos sobre todo. Gracias, porque creo que puedo decir sin equivocarme, que me habéis enseñado algo muy importante... me habéis enseñado que esto es lo mío, que esta es la profesión que quiero seguir ejerciendo, que hay días buenos, días malos, pero creo que esto de ser profesor es lo que quiero hacer... Y parte de esa «culpa» la tenéis vosotros. Como decía Steve Jobs en el vídeo que os puse: «Buscad aquello que os hace felices... buscad aquello que amáis». No lo olvidéis. Y para finalizar, quiero deciros que os voy a echar de menos... y que creo que ahora puedo asegurar que estoy muy orgulloso de ser tutor de 4.º B. ¡Sois unos fieras!
PABLO Cuando terminé, todos aplaudieron a rabiar con una sonrisa de oreja a oreja. Todos contentos, ilusionados y orgullosos de lo feliz que yo estaba y de las palabras que acababan de oír. Ahora sí. Esta vez sí que estaba satisfecho con el agradecimiento que les había hecho. Ahora sí que me sentía orgulloso de mí por haber correspondido con la misma moneda a mi querida tutoría después de los regalos que me hicieron y el vídeo que me enseñaron. De hecho, creo que puedo decir sin miedo a equivocarme que leerles ese discurso es una de las mejores cosas que he hecho en mi vida. Que, pasen los años que pasen, se acordarán de esas palabras que les dije en nuestra última tutoría juntos... No se acordarán exactamente de lo que les dije, pero sí de que fue un momento especial donde un profesor se despidió de una forma diferente y como a mí me hubiera gustado que se hubiera despedido un profesor de mí. El ser profesor no quita para que no les agradezcas las cosas a tus alumnos ni les muestres tus sentimientos. Tras esa gran tutoría llena de felicidad y de alegría, no podía imaginar lo que iba a ocurrir solo dos horas después... Ciento veinte minutos después de la tutoría tenía el examen final de matemáticas con mi clase. Debían hacer el último examen conmigo, y los que habían suspendido alguna evaluación tenían que recuperarla con ese examen. Cuál fue mi sorpresa cuando, entregando los exámenes a mis alumnos, de repente me fijé en que mi alumna Laura tenía muchísimas hojas debajo del examen que le acababa de entregar... Qué raro, yo solo les había dado dos folios en blanco para que lo hicieron y ahí parecía que había más. —Laura, ¿qué tienes ahí? Levanta tu examen. Laura me miró sorprendida, levantó su examen con el rostro algo compungido y 50
empecé a ver las hojas que tenía debajo. Podían ser unas ocho hojas de las cuales había dos llenas con los ejercicios más importantes que habíamos hecho en clase, resueltos: ¡chuleta! En ese momento me invadió una ira descomunal... después del momento tan bonito que acabábamos de tener como tutoría, todos juntos, después del discurso que les había leído y el vídeo que habíamos visto juntos, Laura me quería engañar en el examen con una chuleta increíble. Cuando, además, los últimos días había estado muy pendiente de ella en matemáticas para que aprobara este examen. Se juntó dentro de mí un sentimiento de rabia, de decepción, de enfado, de traición y no sé si alguna cosa más. Iba a decirle de todo, le iba a echar una bronca increíble, de esas que no se te olvidan, cuando de repente se me pasaron por la cabeza los demás alumnos y lo dejé para más tarde... Muchos de mis alumnos se estaban jugando el aprobar la asignatura o ir a septiembre y si yo me ponía a echarle la bronca a Laura mientras estaban haciendo el examen, se iban a desconcentrar mucho. Así que cogí su examen, le puse un cero y le dije que se iba a septiembre con toda la asignatura y que luego hablábamos... Error. Después de hora y media de examen ella ya había tenido tiempo para desechar su sentimiento de culpa y de pensar en su argumento. Al terminar el examen cogí a Laura, me la llevé a una clase que estaba vacía y hablé con ella: —Vamos a ver, Laura, ¿me puedes explicar por qué te metes dos hojas de ejercicios entre el examen? —¡Que no, Pablo, que ha sido un error! Que cogí unos folios para hacer el examen y debían de estar los ejercicios mezclados, yo no sabía ni que estaban allí —explicó Laura muy convencida. —¿Pero cómo que no sabías que estaban allí los ejercicios? ¿Pero tú te crees que yo me chupo el dedo, Laura? —¡Te lo juro! Que yo esas hojas no las he puesto ahí aposta, que las he cogido por error, ¡no sabía que estaban ahí! —Vamos a ver, al menos reconoce tu error, Laura, y sé sincera. Di que querías copiar, no pasa nada, vas a ir a septiembre igual, pero al menos ten la decencia de reconocerlo —la regañé yo airadamente, rebajándome a su nivel, muy indignado. —Bueno, Pablo, si no me vas a creer te diga lo que te diga, ¿qué más da? —dijo indignada y algo insolente, en plan víctima—. Tú vas a seguir pensando igual... Yo estaba alucinando. Estaba flipando. ¿Cómo podía ser tan fría de negar que se había metido una chuleta en el examen? Si la había pillado descaradamente. Encima tenía las narices de ponerse en plan víctima, mentirme y hacerse la ofendida por no creerla. Seguimos hablando unos cinco minutos más sin llegar al menos a que se arrepintiera de lo que había hecho, que era lo único que yo quería. Volvió a clase y les comuniqué a sus padres lo sucedido. Mi segunda sustitución había llegado a su fin. En un colegio complicado lo había pasado mal, había tenido momentos de agobio, de mucho estrés, me habían rayado el coche y había tenido diversos problemas con los chicos... Pero el momento final de 51
agradecimiento con todos fue algo que me llenó mucho. El saber que les había ayudado, que había sido buen profesor, que les había enseñado y me había preocupado por ellos me hacía sentirme orgulloso y satisfecho por el trabajo realizado. Hablé también con el director y el jefe de estudios para saber lo que, según ellos, había hecho bien y había hecho mal. Es algo que recomiendo encarecidamente cuando terminas una sustitución, preguntar a la gente qué tal lo has hecho: a tus alumnos, al jefe de estudios, a tus compañeros, al director. No tienen nada que ocultar, tu sustitución ha terminado y van a ser sinceros contigo, y es algo muy valioso para seguir aprendiendo en esta profesión en la que nadie te enseña nada. Me dijeron que lo había hecho muy bien, que no había tenido una tutoría fácil y que lo había resuelto todo muy bien. Me felicitaron y me desearon buena suerte.
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Mientras estaba realizando mi segunda sustitución, seguí echando currículos y realicé varias entrevistas. En esto de ser profesor hay que echar currículos continuamente. Si quieres encontrar trabajo, hazte con una buena base de datos de colegios concertados y privados (en Internet se pueden encontrar) y manda tu currículo una y mil veces. Yo siempre pienso que tienes que enviarlo en el momento adecuado, al lugar adecuado. Puedes mandarlo muchas veces a un colegio que no necesite un profesor de matemáticas y en el que según vean tu correo electrónico lo borren, pero a lo mejor el profesor que tienen se hace un esguince justo mañana y es en ese momento exacto cuando se ponen a ver los mails que tienen de posibles sustitutos, y si no está el tuyo, no te van a llamar. Así que hay que mandar, mandar y mandar el currículo continuamente. Yo lo hacía cada dos semanas. No pienses que vas a quedar mal por enviarlo mucho, si no te necesitan ya borrarán tu mail, pero si justo en ese momento les haces falta, al menos te llamarán para entrevistarte. Yo lo he hecho así y me ha ido muy bien. Así que hay que mandar, mandar y mandar. Y acerca de la duda de si enviarlo por correo electrónico u ordinario, mi consejo es que siempre se haga por Internet, y luego si te viene bien, puedes acercarte para darlo en mano, pues no viene mal porque lo digital a veces no se encuentra. Si se lo envías en papel, quizás lo tengan más a mano, pero siempre hay que mandarlo también por correo electrónico. Yo siempre que he ido en persona no he visto al jefe de estudios ni al director de ningún centro, así que el hecho de llevarlo en mano solo sirve para que lo tengan en papel. Como decía, después de mandar muchos currículos me llamaron de un colegio de Alcobendas, les gusté y empecé a trabajar allí, donde llevo ya cinco años. De este colegio hay muchas historias que podría contar (en un próximo libro quizás), pero lo más destacado que puedo resaltar es la importancia de la estabilidad en un centro, de conocerlo por dentro y de conocer a las personas, eso es lo que más a gusto me hace estar. Saber cómo funciona el colegio, cómo se hacen las cosas, conocer a los alumnos, a los compañeros y todo lo que engloba un centro hace que estés a gusto y estabilizado. Cuando empecé en este colegio, di gracias a los macarrillas de Vallecas y a los chicos de Hortaleza porque me curtieron mucho. Las dificultades te hacen sacar lo mejor de ti y enfrentarte a otros casos parecidos que te puedan surgir con más seguridad y confianza, sabiendo cuál es la decisión acertada. Os contaré un par de experimentos que hice que me parecen muy interesantes. Y es que a veces uso a mis alumnos como cobayas de psicología de la educación y hago ciertas pruebas con ellos. Cosas que no esperan, cosas que les pillan por sorpresa y que tienen un fin educativo muy positivo para ellos. Los deberes para hoy: date un premio al llegar a casa 54
Un día en la clase de matemáticas de 2.º de bachillerato repartí los exámenes corregidos en los que habían sacado todos muy buenas notas. Entonces escribí los deberes en la pizarra para el día siguiente: «Date un premio al llegar a casa». Los chicos estaban flipando sin entender qué era eso. Se reían y lo comentaban entre ellos de cachondeo; de hecho, ninguno lo escribió en la agenda, así que les dije muy serio: —No, no, apuntadlo en la agenda porque mañana os voy a preguntar si lo habéis hecho y esto cuenta para nota. Les expliqué lo que debían hacer. Les dije que al llegar a casa tenían que darse un premio, algo que les gustara, algo que les hiciera sentir bien, cada uno que eligiera lo que quisiera: darse un baño caliente, tomarse un trozo de tarta, ver una peli, lo que fuese... Cada uno lo que le apeteciera. Y, aquí viene lo importante, cuando estuvieran dándose ese premio, pensaran y fueran conscientes del esfuerzo que habían hecho para estudiar el examen, los buenos resultados que habían obtenido y que el trabajo había merecido la pena. Que mientras se estuvieran dando ese baño caliente o disfrutando de esa película con palomitas pensaran en los momentos que estuvieron sin salir a la calle porque tenían que estudiar, las horas que echaron para el examen, la cantidad de ejercicios que hicieron. Me siguieron mirando extrañados, pero insistí en que les iba a preguntar y lo iba a contar como nota de clase. Al día siguiente llegué a clase y, con cierto escepticismo, la verdad, les pregunté por su premio, si se lo habían dado. Sorprendentemente, todos lo habían hecho. Una chica se compró un vestido, otra chica se tomó una copa de vino con su familia, otro chico lo hizo pero no quiso decir su premio... No importaba, no me interesaba cuál había sido el premio en sí. Daba exactamente igual, cada uno elegirá una cosa, lo importante es que se habían dado su premio y se habían agradecido a sí mismos el gran trabajo que habían hecho. Insistí y les pregunté si habían pensado en matemáticas durante el disfrute del premio y, otra vez sorprendentemente, me dijeron todos que sí. ¡Objetivo conseguido! ¿Qué habían hecho inconscientemente mis alumnos y qué quería conseguir yo con esto? Habían realizado un anclaje. En PNL (programación neurolingüística) se usan mucho para asociar ciertas cualidades de una actividad a otra. Los usan los deportistas de élite para concentrarse y relajarse, los cantantes y artistas de éxito antes de salir a escena y sentir seguridad y quitarse el miedo escénico, etc. Esto que habían hecho los alumnos de darse un premio, pensar en el esfuerzo realizado para estudiar el examen de matemáticas y los buenos resultados que obtuvieron, era relacionar en su cerebro las buenas sensaciones del premio con algo no muy placentero, como es estudiar para un examen. Como les conté a ellos, el cerebro asocia las buenas sensaciones del premio a una conducta que no gusta mucho como es estudiar. La próxima vez que tengan que estudiar 55
un examen de matemáticas, en el cerebro aparecerán de forma inconsciente las sensaciones buenas del premio que se dieron, y de esa forma les costará menos estudiar. Es psicología conductista de Pavlov y Skinner. En este caso para aprender buenas conductas cuando nos dan un premio y asociamos los valores hedónicos del reforzador (el premio) a la conducta que has realizado (estudiar). Es el típico refuerzo positivo que se da a los hijos cuando hacen algo bien, pero los profesores no lo usan tanto. Siempre se dice «muy bien», «buen trabajo», pero la recompensa se queda en esto. Si los profesores «obligamos» a que se den un premio cada vez que hacen algo bien, haremos que cada vez les cueste menos estudiar y que a alguno incluso le llegue a gustar.
El Madrid-Juventus de las semifinales de la Champions como técnica de concentración En otra clase de 2.º de bachillerato hice algo bastante curioso. Les di corregido el examen trimestral de matemáticas. Todos tenían fallos del tipo 2 x 3 = 4 o sumas de fracciones mal hechas, etc. Errores que no son de concepto, sino de cálculo, como muchos chicos tienen a lo largo de su paso por las matemáticas. Es algo que deben resolver, ya que en estos cursos tan altos no se puede dedicar tiempo a estas cosas. Ellos saben operar, saben sumar fracciones, saben multiplicar y sumar, pero se equivocan. El gran problema de todo profesor de matemáticas es que los chicos se equivocan en las cuentas más fáciles. No se equivocan en una derivada, en una integral o en un ejercicio de matrices, se equivocan en las operaciones que hay dentro de estos ejercicios, como sumar y restar. Llámalo despistes, falta de concentración, errores tontos o como quieras. Es algo que como profesor me gustaría evitar y corregir en mis alumnos, pero no sé cómo hacerlo. Les pongo tiras de ejercicios muy simples, para que operen, les pongo juegos online de cálculo mental rápido para que ejerciten esa parte del cerebro, pero no tengo muy clara la solución, si es que la hay. No sé cómo conseguir que no tengan esos fallos. Porque si no entienden un ejercicio, se lo puedo explicar hasta que lo comprendan, pero si tienen fallos de cálculo no sé cómo corregirlos a estas alturas de 2.º de bachillerato, no me puedo poner a dar la tabla de multiplicar ni la suma de fracciones. Al final es un tema de atención y concentración. Les pregunté a ellos qué podíamos hacer y no me supieron contestar, me dijeron que son despistes y fallos de concentración... He aquí la gran idea que se me ocurrió: Nada más entrar en la clase, y sin decir nada, escribí en la pizarra: a la izquierda los errores que habían tenido y a la derecha sus nombres, y como título puse «Une con flechas». Se quedaron desconcertados hasta que preguntó uno: —¿Son nuestros errores del examen? Yo no contesté y me hice el loco a ver qué hacían. Empezaron a decir: —¡Ese fallo es mío! —¡No, ese es el mío! 56
—¡Es verdad, ese es mío! Comentamos los fallos que habían tenido e incidí en los ejercicios que no habían sabido hacer bien. Luego les dije que había una cosa muy importante en matemáticas y la iba a escribir en la pizarra. Y puse «tontos». Me quedé quieto a ver qué decían. Me gusta picarles, para ver cómo reaccionan. Empezaron a comentar muy sorprendidos de que les estuviera llamando tontos... A continuación, delante de la palabra tontos escribí la palabra «errores» y se empezaron a reír. Les quise hacer ver de una manera algo divertida que tenían muchos errores tontos. No les llamé directamente «tontos», claro está, pero ahí quedó la idea. Después de pensar mucho, en el coche, yendo al colegio, recordé algo que mi novia me había contado que de pequeña le hacía un profesor para trabajar la concentración. Les dije a mis alumnos que en vez de tres ejercicios íbamos a hacer uno solo tres veces seguidas. Para que comprobaran si estaba bien y lo resolvieran partiendo de cero cada vez que lo empezaran. Y lo más importante, que, oyesen lo que oyesen, estuvieran concentrados... Comenzó el show. Se pusieron a hacer los ejercicios en silencio y poco a poco empecé a molestarlos y a poner a prueba su concentración. Primero me puse a dar golpes con el boli en la mesa: tic, tic, tic, tic... Al principio parecía el típico golpe de boli que hace uno durante unos segundos, pero estuve cerca de un minuto seguido dando golpes. Alguno me miraba con una mezcla de risa y de cabreo, porque no se concentraba. Otros intentaban taparse los oídos con las manos mientras hacían el ejercicio, pero les resultaba complicado coger el bolígrafo para escribir. Parecía algo divertido, sobre todo para mí, que me lo estaba pasando como un enano, pero a ellos cada vez les hacía menos gracia. Luego les puse una canción española. Y digo española porque no es lo mismo escuchar una canción en inglés que no te distrae tanto como una canción en tu idioma, de la que se te van metiendo las palabras en la cabeza. Si estás intentando pensar en otra cosa, es muy complicado. Les seguía costando, aunque poco a poco iban haciendo los ejercicios. Algunos se llegaban a acostumbrar a este ruido. Otros no podían con ello. Por último les puse el resumen del Madrid-Juventus de semifinales de Champions que se había jugado el día anterior. Tenía muchos chicos en la clase y eran muy futboleros, así que no había mejor cosa para trabajar la concentración que un resumen de un partido de su equipo. Fueron terminando los ejercicios y la mayoría los hicieron bien. Alguno se equivocó, pero globalmente fue un buen experimento. Les pregunté qué tal les había ido y resultó que en general al principio les había costado mucho, pero luego se habían ido acostumbrando, aunque el partido del Madrid es lo que más había desconcentrado a la mayoría. Fue una experiencia diferente, que les hizo darse cuenta a cada uno de cómo se concentraban y lo que les costaba. Les dije que lo practicaran en casa. Que se pusieran algo que les interesara... porque si se ponen un programa de política de la radio no va a 57
funcionar ya que no les interesa, pero si se ponen un resumen de fútbol o una canción que les guste, seguramente sí. No sé si funcionó mucho o poco, si les gustó o les martirizó, si lo harán en casa o no, pero estoy convencido de que esta clase la recordarán en el futuro. Y cuando estén estudiando y de fondo oigan a unos niños jugando en la calle, o la música del cuarto de su hermano esté muy alta, o algo les haga distraerse, se acordarán de mí dando golpecitos en la mesa, tic, tic, tic, tic. Kevin Durant motivando a mis alumnos de bachillerato Es curioso cómo a veces los planetas se alinean y suceden cosas de forma algo mágica, que hacen que todo llegue a un punto en el que un ciclo se completa... Hace un par de años en mi clase de 1.º de bachillerato les puse un vídeo de Kevin Durant para motivarles a que trabajaran más. Eran bastante vagos y yo les decía una y otra vez que tenían que esforzarse más, pero no me hacían caso, así que pensé en que fuera uno de los deportistas más importantes del mundo el que se lo dijera. Y este fue Kevin Durant, uno de los mejores jugadores de baloncesto de la NBA. El vídeo se llama ¿Qué es trabajar duro? Basketball Motivación ft Kevin Durant y este es el link: https://www.youtube.com/watch?v=NLp0UMLAr0g Se lo puse para incidir en que en matemáticas, como en las demás asignaturas, no hay trucos ni magia para sacar buena nota, solo hay trabajo, trabajo y trabajo. A mí no me hacen mucho caso, pero si se lo dice una de las estrellas deportivas del momento, a la que admiran, siempre lo valorarán más que si se lo dice el pesado del profesor. Les puse este vídeo y les hablé de cómo Kevin Durant era un gran jugador de baloncesto cuyo objetivo era convertirse en MVP (mejor jugador de la temporada) de la NBA pese a no tener el talento innato de otros jugadores como Kobe Bryant o LeBron James, pero sí el trabajo y el sacrificio del que hacía gala en cada entrenamiento. Los periodistas se sorprendían de que Kevin quisiera ser MVP cuando había otros jugadores mucho mejores que él y él mismo señalaba que tenía que suplir el talento con trabajo duro. Qué bonito fue aquel día cuando, pasado un año desde que les puse el vídeo, me dijeron mis alumnos que Kevin Durant había sido MVP de la NBA. —¿MVP de la NBA Kevin Durant? ¿De verdad? No me fiaba de ellos así que cuando llegué a casa lo busqué en Internet. Me quedé alucinado cuando vi en Internet que era verdad lo que me decían mis alumnos. Kevin Durant, después de mucho trabajo y sacrificio, había obtenido el ansiado título del mejor jugador de toda la NBA, algo soñado, que nadie creía que lograra, pero que consiguió finalmente. Había alcanzado el sueño de toda su vida. Al buscar por Internet me encontré con el discurso que daba el jugador agradeciendo el premio y les dije que, como deberes de ese día, tenían que verlo. En ese emotivo vídeo le daba las gracias a su madre por todo lo que había dado por él, a sus compañeros y a 58
todos los que habían creído en él. El vídeo se llama Kevin Durant en la entrega de los MVP (Subtítulos español) y el link es este: https://www.youtube.com/watch? v=i23ewIJN-Aw. Fue algo mágico y muy bonito, porque resultaba que el jugador que yo les había mostrado hacía un año, del que nadie creía que llegara a ser el mejor de la NBA, con sacrificio y trabajo lo había conseguido. Era una comparación perfecta para ellos: como clase debían hacer lo mismo para llegar a sacar la mejor nota de la PAU al final de curso. Kevin Durant nos acompañó siempre a lo largo del curso y fue un símbolo de nuestra clase, signo de esfuerzo, trabajo y motivación que nunca olvidarán. Tuvimos colgada una foto suya en la clase para tener presente el significado de todo aquello y puedo decir que para mí fue un momento especial, en el que, sin yo quererlo, se habían alineado los planetas para que Kevin Durant les mandara un mensaje a mis alumnos de bachillerato y pareciera que les estaba hablando directamente a ellos. El día que usé Bola de dragón para motivar a mis alumnos de 2.º de bachillerato La mejor serie de mi infancia con el permiso de Caballeros del zodiaco y Oliver y Benji fue Bola de dragón. Crecí con Son Goku, Son Gohan, Krilin, Picolo, Vegeta, Freezer, Célula, Bu y todos sus personajes. Es una serie que me transmitió muchos valores: amistad, esfuerzo, compañerismo, luchar por lo que quieres, que el bien triunfe sobre el mal y muchas cosas más. Cuando era pequeño ansiaba que llegar a ese momento después de volver del colegio y sentarme delante de la televisión para ver el capítulo de ese día. Dicho esto, siempre quiero motivar de alguna forma a mis cursos y más a 2.º de bachillerato, para que saquen una gran nota en la PAU. El grupo que tengo ahora es un curso al que si les tiendes la mano, te cogen el brazo, de modo que tengo que encontrar el momento preciso para ponerles algún vídeo motivador o hablarles de otras cosas que no sean matemáticas. Eso sí, el día que lo hago lo agradecen muchísimo y, aunque luego dicen chorradas sobre lo que les pongo, lo hacen porque les toco un poco la fibra y reaccionan de forma defensiva, para no mostrar sus sentimientos. El otro día empezábamos los exámenes trimestrales y les quise motivar, así que les dije que ellos son como Son Gohan, de Bola de dragón. Goku era un poderoso guerrero que tuvo un hijo, Son Gohan, el cual fue el guerrero más fuerte del mundo, lo que le pasaba es que no era consciente de toda la fuerza que tenía y solo cuando se cabreaba mucho sacaba toda su energía y demostraba de lo que era capaz. Les dije a los chicos de mi clase que ellos eran como Gohan, que tenían grandes posibilidades, pero solo cuando trabajaban al máximo y se lo curraban mucho eran capaces de obtener las mejores notas y demostrar todo su potencial. Para mostrarles a lo que me refería les puse un vídeo en el que el monstruo verde, Célula, mata a uno de los mejores amigos de Son Gohan y este se cabrea y saca toda su fuerza hasta matarle. El vídeo se llama El joven más fuerte del planeta (Gohan Vs Cell) HD y el link donde se puede ver es este: https://www.youtube.com/watch? 59
v=AZkIIpdjIRo. Luego les colgué en la pared de su clase un folio con una imagen de Son Gohan y una frase: «Tenéis un gran potencial. Solo cuando trabajáis al máximo sois capaces de demostrar de lo que sois capaces». Ellos se quedaron bastante flipados y, aunque dijeron alguna chorrada como siempre que les enseño alguna cosa de estas, los resultados de los trimestrales han sido muy buenos, así que creo que algo sí les influyó. Al final, cuando pasen los años, ninguno se acordará de las matemáticas que les he enseñado, se acordarán de estos vídeos que les muestro y del trabajo y el esfuerzo como valores importantes para la vida y para conseguir los sueños que queremos alcanzar. Para mí, ese es el mejor premio de la educación.
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1. Ir de profe guay hará que te coman los alumnos. Entra duro y luego ve bajando el listón No son pocos los que, siendo su primera sustitución, queriendo caer bien a los alumnos y tenerlos de su parte, llegan como el profesor enrollado y guay a su primer día de clase. Hablan con los chicos, les preguntan qué tal están y dicen cosas como: —Bueno, vosotros tranquilos, que yo no voy a ser tan aburrido como el profesor anterior. Todo para hacerles ver que tú vas a ser un profesor superguay de la vida, que tus clases van a ser superentretenidas y que todo va a ir como la seda. Eso es un grave error. Y más cuando tus alumnos son adolescentes. Si les das la mano, te cogerán el brazo, y si les das el brazo, te cogerán hasta el hombro. Mi experiencia me dice que hay que entrar muy duro en la clase. Muy duro significa no pasar ni una. En el momento que alguien hable cuando tú estés explicando, o te interrumpa, o hable con un compañero, o conteste algo fuera de tono, en ese mismo momento hay que cortar la clase y echarle la bronca. Tienes que entrar a lo sargento, sin pasar ni una. Serio, no simpático, no agradable, no divertido. Ya tendrás tiempo de divertirte con ellos, y mucho, si te haces con la clase. Ellos son adolescentes y te van a tantear. Te van a medir. Te van a calibrar. ¿Cómo? Pues viendo poco a poco lo que permites y lo que no permites en tu clase. Dónde están tus límites. Al principio estarán completamente callados, todos en silencio, que es lo que se supone que deben hacer unos buenos alumnos. Posiblemente, si es el primer día de clase, estén todos bien sentaditos y con el libro en la mesa como alumnos modelos antes de que tú entres en clase. Esto no se volverá a repetir ningún día más, seguramente. Al principio dejarán que hables e incluso expliques un poco. En ese tiempo estarán observándote, como si de un enemigo se tratara. El depredador está estudiando a su presa, los movimientos que haces y cuándo es el momento en que cometes un pequeño fallo para atacar. Los primeros pasos serán ciertas preguntas insulsas, como «¿puedes repetir?» o «¿para la nota cuentan los deberes?». Ciertas preguntas para tantear tu seguridad, ver cómo respondes, si te pones nervioso o no y si estás al tanto de la asignatura. Luego, poco a poco, alguno empezará a hablar con el de al lado y los demás verán cuál es tu reacción. Ninguno se ha atrevido a hacerlo al principio, ya que no saben cuáles son tus límites, dónde los pones, y te van a tantear. Si no les llamas la atención por miedo, por inseguridad o por no caerles mal, ellos se aprovecharán de ti y otros empezarán a hablar y entonces tendrás que poner orden cuando más alumnos estén hablando. El primer día, al primero que veas hablar llámale la atención. Da instrucciones claras, simples y concisas. Algo tan fácil como: 62
—Tú, ¿cómo te llamas? —Eh... ¿Yo? Eh... Me llamo Marta. —Marta, cuando yo explico necesito silencio, si tienes cualquier duda levanta la mano y yo te la resuelvo. Es importante el detalle de preguntarle el nombre por dos cosas. La primera, por ir aprendiéndolos, ya que seguramente le tendrás que volver a llamar la atención tarde o temprano, y segundo porque siempre hay que usar el nombre para dirigirse a un alumno. Si lo haces de forma impersonal, con frases como «cuando yo explico, necesito silencio» o «¡callaos!», estás hablando al grupo entero, al bloque, a todos en general, pero ninguno en particular. Aunque esté hablando toda la clase, tendrá mucho más efecto que te dirijas a un alumno en particular y le eches la bronca a él. Aunque toda la clase esté hablando, si esa regañina o esa llamada de atención a un alumno en particular es correcta, los demás alumnos se callarán, porque no querrán que se la eches a ellos. Resumiendo, hay que empezar muy duro y poco a poco ir bajando el listón. Eso se puede hacer, pero al contrario no. No puedes empezar de profe guay y luego poco a poco ir queriendo subir el listón, porque ellos no te van a dejar. En cambio, sí te van a dejar bajar el listón, y lo agradecerán. ¿Cuánto tiempo hay que estar a lo sargento? El que tú consideres necesario, hasta cuando ya veas que la clase te respeta, la dominas y eres tú el que manda. Mi recomendación es que la primera vez estés así un par de meses, incluso todo el primer trimestre. Luego ya poco a poco irás tú solo soltándote más, siendo más agradable, más simpático, y tolerando más cosas.
2.«Es que con el antiguo profe...», la gran coletilla que les sirve para todo Es muy normal, casi siempre pasa, que te encuentres con la típica frase: —Profe, es que con Margarita lo hacíamos de otra manera. Y en esa frase puedes incluir lo que quieras: que el examen contaba un 60 por ciento en vez de un 70 como tú has dicho, que la nota de clase no se contaba, que este tema no lo explicó, que lo explicó de otra forma distinta a la tuya, que esto dijo que no era importante, que los exámenes eran siempre de dos temas y no de uno o de tres... y un largo etcétera. Los adolescentes son muy listos e intentarán colártela siempre que puedan. Y si eres un profe nuevo tratarán de usar esta frase para hacerte dudar. Mi consejo es que primero te fijes en quién te lo dice. No es lo mismo que lo diga el alumno bueno, modelo y responsable, a que te lo diga el cafre que nunca trae los ejercicios ni estudia apenas. Y tú mantente firme y no dudes. Si están en lo cierto, ya preguntarás a algún compañero si es verdad lo que dicen y tendrás tiempo para recular, pero cuanto menos te vean dudar y más seguro te muestres, mejor. 3. Los chicos del coro, La ola o El club 63
de los poetas muertos, películas estupendas, sí, pero no reales Muchos de nosotros, yo el primero, tenemos en la cabeza películas como Mentes peligrosas, de Michelle Pfeiffer, El club de los poetas muertos de Robin Williams, La ola, Los chicos del coro o cualquier otra de profesores y alumnos, donde el profesor llega a una clase muy complicada, en la que los alumnos no le respetan ni toleran, pero poco a poco se hace con ellos hasta el punto de cambiar por completo sus vidas. Eso, perdonadme que os lo diga, no pasa en la vida real. O, al menos, no tanto como se pinta en las películas. Es posible que le cambies la vida a un alumno, o que te lleves genial con la clase, o que les hagas cambiar su forma de pensar y de actuar y, creedme lo que os digo, es de las cosas más bonitas y satisfactorias que un profesor puede sentir. Pero las clases complicadas son clases complicadas. Es muy difícil, sobre todo al principio, ganarte a una clase complicada, que ya viene de cursos anteriores malos y donde el propio grupo de clase tiene sus problemas y sus relaciones tóxicas. No os desaniméis si no conseguís cambiar las vidas de los chicos malos de la clase. Si no conseguís encontrar nada que les motive, si os contestan, os vacilan y os revientan la clase día sí, día también. Será un buen entrenamiento para años futuros. Intentad sacar el lado positivo y aprovechad esta clase para probar cosas, a ver cuál os funciona mejor, y poco a poco aprenderéis lo que os vale y lo que no. Yo he entrado en clases muy malas como la de refuerzo de matemáticas de 2.º de ESO de mi colegio de Vallecas, y era un martirio cada día. En casa me imaginaba que iba a entrar y me iba a hacer con la clase y que, como en las películas, sería un profesor modelo al que tendrían un gran cariño y demás, pero no. Eso solo pasa en las películas. Las clases difíciles lo son por algo. Lo son por la dinámica que llevan, por las relaciones sociales entre ellos y porque seguramente hay varios alumnos a los que no les interesa estudiar. Esto, creedme lo que os digo, es difícil de llevar y es un gran reto como profesor. No hay que perder la fe, porque siempre hay alumnos por los que luchar y que merecen la pena. De hecho, los más gamberros suelen ser los chicos que más cariño necesitan, porque no se lo dan en casa y ese comportamiento inadecuado en el colegio es su manera de llamar la atención de unos padres que no les hacen caso. 4. La juventud, ese divino tesoro que me sirvió para ganarme a algunos alumnos y enfrentarme con otros Al principio, cuando empiezas de profesor tienes un hándicap que, aunque no quieras, influye en tu relación con los alumnos, y es el hecho de ser un profe joven. En 2010, cuando empecé, tenía veintisiete años y contrastaba con el resto de profesores del colegio, mayores que yo. Esto de ser un profe joven puedes y debes aprovecharlo de forma inteligente, aunque, como veremos, también tiene sus inconvenientes. Que seas hombre o mujer también tiene su importancia a la hora de influir más o menos en unos u otros alumnos. ¿Quién no recuerda a aquel joven profesor que fue un 64
tiempo de sustituto y del que todas las alumnas estaban locamente enamoradas? ¿Acaso no recuerdas aquella joven profesora que fue unos días a tu clase, con la que tú, adolescente salido, fantaseabas? ¿O ese profesor en el que te reflejabas, modelo de lo que te gustaría ser de mayor, que te aconsejaba ante tus problemas y sabía mucho de todo? Hay que saber aprovechar la juventud de forma correcta. Mi experiencia me ha dicho que las que yo llamo las cheerleaders, las guays, las líderes de la clase, las que suelen ligarse a los de un curso o dos mayores, las primeras que prueban el tabaco o el alcohol, esas son las que un profesor joven se puede ganar. Y aquí quiero puntualizar que la relación alumno-profesor debe ser esa siempre, alumno-profesor. No hay que confundir esta relación ni hacer que el alumno se equivoque, ojo. Con tu mera presencia como profesor joven, a las cheerleaders seguramente les llamarás la atención y se querrán acercar a ti para destacar en su grupo de amigas. Y aquí quiero contar el caso particular en el que, llevando un mes solo en el colegio donde hice mi primera sustitución, se me acercaron dos de estas líderes de clase en un recreo en el que estaba haciendo una guardia de patio y me preguntaron que dónde veraneaba, que si tenía Facebook, que si tenía Twitter... Hablé con ellas de manera amigable, y les dije que sí tenía Facebook, pero que, lógicamente, no agregaba a ningún alumno. No cortaba la conversación ni les decía qué preguntas impertinentes eran esas, porque comportarme de una forma correcta era un arma que me servía para ganarme un poco a las líderes de la clase, algo muy importante para que el grupo se desarrolle de forma correcta. Y tampoco las quería tener en contra, algo muy perjudicial. También te puedes ganar a los chicos jóvenes, que pueden ver en ti una figura como de hermano mayor, en la que apoyarse y a la que pedir consejo. Te los sueles ganar hablando de fútbol, cómo no, de cuál es tu equipo favorito o de las series de televisión que más te gustan. Sí, las cosas han cambiado bastante en comparación con mi época. Jamás se me hubiera ocurrido preguntarle a ningún profesor estas cosas, ni recuerdo tener una conversación vagamente cercana con ninguno de ellos. Siempre mantenían una distancia emocional y social, que no se podía salvar ni por su parte ni por la nuestra. Esto, hoy en día, ha cambiado a mejor, pienso yo, y esta relación profesor-alumno es algo más cercana. Siempre y cuando sepas poner esa distancia de profesor-alumno necesaria para que en ningún momento seas su amigo ni te tomen como tal. Una pega de ser un hombre joven dando clase es que si, involuntariamente, alguna alumna se siente atraída por ti, eso podría hacer que pasara todo lo contrario con el líder ligón y chulito de la clase. Tú serás el macho rival, el recién llegado, en su pensamiento. Por lo que el efecto positivo en ellas puede ser negativo en ellos. De hecho, los mayores problemas que he tenido como profesor han sido con ese perfil de alumno. El líder de la clase, vacilón, desafiante, chulo y engreído que se enfrentaba a mí, me lanzaba indirectas, ironías o decía cosas por lo bajo para que yo las oyera. Con esos alumnos suelo cometer el error de enfrentarme y tomarme las cosas como asuntos más personales de lo que son en realidad.
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Tu juventud también puede hacer que no te respeten tanto como a un profe mayor. El punto positivo de la cercanía con el alumno puede ser contraproducente, porque puedes imponer menos respeto que otro docente de más edad. Hay que saber manejar bien esa dualidad que supone, por un lado, ser un profe cercano, para ganártelos, pero, por otro, saber imponer la separación necesaria para que te respeten. Esa es la magia del profesor y si consigues encontrar ese punto intermedio, creo que has logrado una de las cosas más importantes como maestro. Al principio va a costar, es difícil, aunque con la experiencia y la práctica conseguirás ser cercano en algunos momentos y cuando haya que ponerse serio, lograrás que los alumnos sepan que el que manda eres tú y te tienen que hacer caso. 5. Las amenazas y las promesas hay que cumplirlas siempre Todo, todo, todo lo que digas tienes que cumplirlo. Todo. ¿Qué pensabas de aquel profesor que tenías de pequeño, que un día que os portasteis mal todos los de tu clase amenazó con poner un examen al día siguiente, y al final no lo puso? Pues, conscientemente o no, lo que pensaste es que no cumplía lo que decía, y por lo tanto la próxima vez que dijera algo no le ibas a creer, porque no sabrías si esa vez decía la verdad o no. Resultado: profesor no respetado por la clase. Ten mucho ojo siempre con lo que dices en la clase, con las amenazas que haces, con lo que aseguras que harás el próximo día o con cualquier cosa que les prometas si se portan bien, porque tendrás que cumplirla si quieres que te respeten y que la próxima vez te hagan caso. Supongamos que una clase se está portando muy mal y tú dices algo como esto: —Como sigáis así, ¡os bajo a todos un punto en el siguiente examen! Y de repente te das cuenta de que te has pasado en la amenaza... ¿Cómo narices vas a bajar un punto a toda la clase en un examen? Pues si siguen hablando tendrás que hacerlo. ¿Por qué? Porque ese tipo de amenaza no funciona la primera vez que la haces, cuando el niño no tiene claro si la vas a llevar a cabo o no. Esa amenaza tendrá efecto la segunda vez que la formules y recuerden que una vez dijiste algo parecido y lo cumpliste. Y la tienes que cumplir pase lo que pase, por eso debes tener cuidado con lo que dices. Si la primera vez que la llevas a cabo un niño se pone a llorar y te suplica que no lo hagas y al final no la cumples, la clase sabrá que eres débil y que la próxima vez con llorar un poco es posible que la quites (y hablo así de duro y tajante porque yo he visto no pocas veces cómo niños simulan llorar para conseguir cosas). Si, en cambio, sigues firme y la llevas a cabo a pesar de ese alumno que llora, te respetarán y la próxima vez que digas algo así, lo tendrán en cuenta. Algún ejemplo que funciona bien. Cuando llevas los exámenes corregidos que acaban de hacer y están deseando verlos, les dices que se los enseñarás diez minutos antes de terminar la clase. Puedes usar la amenaza de «si no os portáis bien, no os enseño los exámenes». Y si no se portan bien, te los llevas y el próximo día haces lo mismo. 66
También puede ocurrir algo como esto: —Para el siguiente examen entran los temas siete, ocho y nueve. —¿Y la parte del tema diez que hemos empezado a dar entra? —No, esa no entra. Si por error se te escapa, metes una pregunta de ese tema diez que les dijiste que no entraba y se quejan tus alumnos, deberás quitarla. Y si la pregunta valía un punto, valorar el examen sobre nueve en vez de sobre diez. Tus alumnos verán que eres consecuente y coherente, tanto para bien como para mal. De esa forma sentirán seguridad en ti y esa es una de las cosas que buscan en un profesor, confianza y seguridad. Si ven que cumples lo que dices protestarán la primera vez que lo hagas, pero tú sé fuerte, no dudes y sigue adelante, a la segunda no tendrán dudas de lo que deben hacer y sabrán que si lo dices, lo cumples.
6.Justicia e igualdad, dos pilares básicos para los alumnos Al igual que todo lo que dices tienes que cumplirlo, tienes que cumplirlo con todos por igual. Es decir, si yo digo: «Mañana quien no traiga el trabajo hecho tiene un cero en la nota de clase», al día siguiente el que no lo haya hecho deberá tener un cero. Ya sea el malote de la clase o el empollón responsable y alumno modelo. Sea el que sea. Ya que, si no, tampoco te respetarán. Si ven que lo haces con unos sí y con otros no, considerarán que tienes preferencias hacia ciertos alumnos, y para ti todos tienen que ser iguales ante las normas que tú pones en clase, para que vean de nuevo que eres consecuente y coherente con lo que dices y haces. 7.El refuerzo positivo delante de todos, la pócima secreta Los adolescentes son niños en el fondo. Nosotros también somos niños en el fondo. Y al niño que tenemos dentro le encanta y necesita que le digan cuándo hace las cosas bien. Es muy importante que no demos por hecho que los chicos tienen que hacer las cosas bien y premiárselas. Desde el chico al que se le da mal o le cuesta mucho, hasta el chico que siempre lo hace bien, a todos hay que felicitarles y decirles lo bien que lo hacen. A veces algunos profesores cometen el error de felicitar solo a los chicos a los que les cuesta y dejan a los chicos que siempre lo hacen bien a un lado, y eso es un fallo. El chico que lo hace bien siempre también necesita el premio de la felicitación, y si es en público mejor. Como ya os conté, en el segundo colegio donde estuve de sustituto me tocó una clase de refuerzo de matemáticas de 2.º de ESO en la que había varios chicos gitanos que no iban apenas a clase y varios macarrillas, vamos, tenía lo mejor de cada casa... Tuve muchos problemas con esa clase, sobre todo con un chico en particular, Pedro, el líder del grupo que me boicoteaba todas las clases e iba contra mí. Tuve varios encontronazos con él, le puse varios partes, incluso tengo mis sospechas de que me rayó el coche un par 67
de veces... Aun así, sabía que en el fondo lo que necesitaba era mucho cariño, confianza y que le valoraran, cosa que no había hecho apenas ningún profesor. Pues bien, yo aproveché un examen que hicimos en el que obtuvo la mejor nota de la clase, ya que era repetidor y las matemáticas se le daban bien, y le felicité en público delante de toda la clase. —Quiero felicitar públicamente a Pedro, que ha sacado la mejor nota de toda la clase en este examen. ¡Enhorabuena! Te felicito, Pedro, y te invito a que sigas así, ya que, como has visto, con esfuerzo se consigue todo. La clase le aplaudió efusivamente y él sonrió abrumado. Yo sabía que le había encantado. ¿A quién no le gustaría que la clase le ovacione por algo que ha hecho bien? A pesar de todos los problemas que había tenido con él, ese día que le felicité disfruté la mejor clase de todas que tuve. Se portó genial y trabajó excelentemente. Tuve clases malas con él, no lo voy a negar, pero ese día marcó un antes y un después en nuestro trato. Él vio que yo le valoraba y confiaba en él. Esto hizo que repitiera más a menudo el buen trabajo y que sus compañeros se esforzaran por trabajar y sacar buena nota, porque ellos también querían esa ovación de la clase alguna vez. Y, además, si el líder de la clase lo había hecho, los demás querían imitarlo. Un simple «muy bien, María» es suficiente para que el alumno se sienta bien y siga trabajando con ganas. Aumentamos su autoestima cuando le decimos que ha hecho bien algo. Se sentirá mejor al trabajar, al estar contigo, al estar en tu clase, y los chicos de alrededor querrán imitarlo para que se lo digas también a ellos. Si no se nos ocurre nada más que el simple «muy bien», aquí hay otras fórmulas que podemos usar; —Te felicito, Javi, muy buen trabajo. —Te lo has currado mucho, Alicia. —Veo que te has esforzado mucho, sigue así, Paula. —Fer, ¿has visto lo bien que lo has hecho? Te esforzaste y te salió muy bien. —Me gusta cómo lo haces, Luis. —Qué buena nota has sacado, Sandra, los esfuerzos al final tienen su recompensa, ¡te felicito! 8. ¿Por qué no se mandan notas a los padres de los alumnos que sacan buenas notas? Este apartado tiene relación con el punto anterior, el de los premios a los que sacan buenas notas y se esfuerzan. Cuando yo era alumno, me daba rabia que solo se mandaran «notitas» a las casas de los alumnos que lo hacían mal. ¿Qué pasa con los que se lo curran y nadie valora su esfuerzo? ¿Crees que el que saca buenas notas no se esfuerza? Hazlo. Mándales una nota a casa felicitándoles por el trabajo y diles que la quieres firmada por sus padres. No te imaginas lo que valoran eso y lo contentos que se van a poner. Nadie lo hace y se da por hecho que un chico que siempre saca buenas notas solo hace lo que tiene que hacer, pero eso no quiere decir que no se esfuerce igual o más que los chicos a los que les cuesta. 68
Yo esto lo suelo hacer con los chicos que son de sobresaliente y sacan muy buenas notas. Casi todos los profesores están acostumbrados a que los alumnos listos saquen buenas notas y no se lo valoran porque siempre lo hacen. Para un chico listo sacar un sobresaliente también supone su esfuerzo y esto me gusta valorarlo. No al principio, sino más bien casi al final de curso, cuando ha demostrado todo el año su trabajo y esfuerzo. Tampoco quiero que baje los brazos. Tendríais que ver su cara de ilusión cuando le das un sobre y le dices que esta carta es para sus padres, para que vean el buen trabajo que está haciendo durante todo el año. ¡Flipan!
9. Las críticas y broncas a solas sientan mejor Esto depende del alumno y de lo que haya hecho. Si se trata de que no trabaja, no trae los deberes, etc., algo que solo le implica a él, hazlo a solas para no ridiculizarle y que no se sienta ofendido. Aunque si lo hace muy a menudo, quizás alguna vez que le regañes delante de todos hace que reaccione porque no le guste verse expuesto. Ahora, si se trata de una conducta, mal comportamiento habitual, o la ha liado gorda, y la reprimenda debe ser ejemplarizante, para que el resto de la clase sepa que hay consecuencias cuando hace algo mal y que no se debe volver a repetir, entonces llámale la atención delante de todos, para que los demás vean lo que se debe y no se debe hacer. 10.Cuando no uso la palabra «no» me hacen más caso Al ser experto en programación neurolingüística, inteligencia emocional y oratoria puedo deciros que el cerebro no entiende la palabra «no». Si ahora mismo te digo «no pienses en un elefante rosa en la playa, no pienses en un elefante rosa en la playa», tu cerebro acabará pensando en este particular animal. ¿Por qué? Porque el cerebro no entiende el «no». El cerebro se queda con la parte que niegas. El «no» no se puede pensar, no tiene una representación visual en nuestra cabeza. Por lo tanto, si quieres que un alumno haga algo, tienes que darle el mensaje en positivo en vez de en negativo. Lo entenderá mejor y te hará más caso. Por ejemplo, en vez de decir «Alberto, no hables con el compañero», di «Alberto, trabaja en silencio». Puede parecer una tontería, pero funciona. En vez de decir «Rocío, no escribas con lápiz en el examen», di «Rocío, escribe con bolígrafo en los exámenes». De esta forma cogerá el mensaje que le quieres dar y no lo que no debe hacer. Le quedará más claro y la próxima vez lo hará bien. Tampoco es lo mismo decir «¿me habéis entendido?» que «¿me he explicado bien?». Cuando preguntas usando la primera frase, les estás diciendo si ellos lo han entendido, digamos que están decidiendo si han sido listos o no. Cuando un alumno dice «no lo entiendo» está admitiendo que le cuesta más que a los demás, por eso no es raro encontrarte chicos que no admiten no haberlo entendido, por no exponerse delante de los demás compañeros. En cambio si dices «¿me he explicado bien?», ya estás poniendo la 69
responsabilidad en ti, el profesor, de ser el que no lo ha hecho bien. A un alumno le va a costar menos levantar la mano cuando preguntas eso, ya que está reconociendo de alguna forma que no eres buen profesor y no lo has explicado bien, no que sea a él a quien le ha costado comprenderlo. Son detalles sutiles que siempre ayudan a que la clase vaya mejor. El lenguaje, como se ve, es más importante de lo que creemos y la forma en la que hablamos dice mucho de nosotros y también hace que sintamos de una forma u otra. Resumiendo, se puede decir que podemos ser más o menos felices dependiendo de qué palabras, expresiones o frases utilicemos: 1.No es bueno generalizar ni tener pensamientos de todo/nada, o siempre/nunca. Es mejor concretar. Es más conveniente decir «qué despiste he tenido» que «siempre se me olvidan las cosas». No es verdad que siempre se te olviden las cosas, muchas veces te acuerdas. Si usamos estas frases y generalizamos, le estamos dando un mensaje muy negativo al cerebro y es como castigarnos a nosotros mismos con el lenguaje. Es mejor decir «la panadera de abajo me ha vuelto a dar el cambio mal» que «la panadera de abajo es una torpe» o «la gente es idiota». Una frase que usamos mucho cuando hacemos algo mal, como «¡soy gilipollas!», debemos cambiarla por otra más concreta, tipo «mierda, me he vuelto a dar con el martillo en la mano». 2. Hay que fijarse muy bien en cómo hablan los alumnos, ya que ellos muchas veces son los que se dan mensajes muy perjudiciales, como «soy tonto», «no puedo», «es imposible», y tenemos que decirles que cambien ese mensaje por otro más adecuado, si no se están haciendo daño sin saberlo y al final se acabarán creyendo esas frases que se dicen, tan negativas. 3. Debemos usar el «me gustaría» en vez de «tengo que» o el «todavía» en vez de «solo». «Tengo que ir al gimnasio» es mejor cambiarlo por «me gustaría ir al gimnasio hoy», y en vez de «ya estamos a domingo, solo me queda un día de fin de semana» podemos decir «estamos a domingo, todavía tengo un día por delante». Si aprendemos a hablarnos bien, seremos más felices. No somos conscientes del poder que tiene el lenguaje que usamos en nuestro estado emocional. Y si aprendemos a hablarnos bien, podremos hacer que nuestros alumnos también se hablen de forma correcta. 11. ¿Qué leches hago para que los alumnos se callen? Es la pregunta del millón. ¿Cómo narices hago para que se callen los alumnos? Poco a poco, con la experiencia, irás viendo qué cosas te funcionan y qué cosas no. Cuáles son efectivas con un curso y cuáles lo son con otro. Hay algunas técnicas que suelen funcionar si ves que un alumno no se calla. Por ejemplo, si lleva mucho tiempo así, cállate y mira al alumno que está hablando sin decirle nada, unos segundos. Deja de dar la clase, cállate y mírale fijamente. A veces no hace falta decir nada y se entiende 70
todo con una mirada clavada en sus ojos. Si hablan otros, sigue así hasta que todos los alumnos se callen. Suele funcionar. En mi segundo colegio había un profesor que imponía una disciplina brutal. Era capaz de llevar un aula enorme, donde se metían dos clases, unos sesenta alumnos, y que no se oyera ni una mosca. Yo tuve el placer de verle un día en acción y he intentado imitarle en lo que me gustaba de él. ¿Qué hacía? Pues lo que hacía era que en el momento en que uno de los sesenta hiciera algo que no debía, como hablar con el de atrás, automáticamente le echaba una bronca como si hubiera hecho algo gravísimo. Paraba de dar la clase para echarle la bronca de una forma muy dura. De esta forma metía miedo a los demás alumnos, ya que ninguno quería llevarse la reprimenda que se había llevado este alumno. Ninguno volvía a hablar porque te hacía pasarlo mal delante de todos. Y es que con mis años de experiencia creo saber que lo más efectivo para mantener la disciplina son las broncas. El hacer sentirse culpable a una persona de forma justificada creo que vale más que una amonestación o un parte, o un castigo sin recreo, o una llamada a los padres... Creo que el sentirte culpable durante un rato puede más que todo lo anterior. El poder de las emociones es muy alto y debemos ser conscientes de ello, tanto cuando queremos echar una bronca como cuando queremos felicitar a algún alumno por su buen trabajo. La disciplina es un tema que los expertos deberían explicar largo y tendido a los futuros profesores, ya que es clave para desempeñar tu trabajo correctamente y para que no te quemes y acabes dejando la profesión. Aquí tengo que recalcar que cada profesor prefiere un nivel de disciplina para su clase. Hay de todo: desde el que no quiere que se oiga ni una mosca en clase, hasta el profesor al que le gusta que hablen, que participen, que la suya sea una clase dinámica, y no le importa que haya cierto «jaleo», mientras sea controlado. Cada uno querrá lo que quiera o lo que le dejen sus alumnos. Personalmente intento que cuando explico no hable nadie, que me escuchen atentamente y no se distraigan. Si alguno le pregunta al compañero algo, no pasa nada, entiendo que será sobre la clase; ahora bien, si es algo descarado, les llamo la atención. Otra cosa es cuando están haciendo ejercicios: para eso prefiero un ambiente más agradable, me gusta que se pregunten dudas y se consulten unos a otros, porque es una de las mejores formas de aprender, el comparar con el compañero y aprender juntos. 12. El momento de enseñar los exámenes es ideal para darles mensajes importantes Uno de mis momentos preferidos es cuando voy a enseñar un examen que han hecho. Ellos están expectantes, deseando ver su nota, y es de los pocos trances en que yo siento que están totalmente bajo mi poder. Sienten miedo y están inseguros porque no saben si se han equivocado y en qué, y están temerosos por ver su nota. Mi consejo es que aproveches a tope esa clase, porque ellos están muy receptivos 71
deseando ver su nota. Es muy importante que corrijas el examen rápido, para poder entregárselo cuanto antes. No había cosa que me molestara más cuando era alumno que hacer un examen y que me lo entregaran corregido tres semanas más tarde, cuando ya ni me acordaba de lo que había hecho. Debes dárselo, si te da tiempo a corregirlos, claro, como mucho a los tres días de haberlo hecho. Cuanto antes se lo des, mayor será el aprendizaje al ver sus errores en el examen. Si pasa mucho tiempo, ya no se acordarán de lo que hicieron ni de por qué lo hicieron. Y, creedme, los fallos que tienen en los exámenes no se olvidan fácilmente. Hay alumnos que han hecho grandes cagadas en algún examen y no se olvidan de ellas nunca. Os cuento cómo lo hago yo. Cuando he corregido los exámenes (intento que no pasen más de dos días para dárselos) los llevo a clase y antes de dárselos aprovecho ese momento de máxima atención para incidir en los fallos que han tenido. En ese instante antes de entregárselos es cuando yo noto que más atentos están y lo que hago es resolver en la pizarra los ejercicios donde más han fallado. Tengo buena memoria y me acuerdo de los fallos más garrafales que han tenido. Si no tienes buena memoria, también te puedes apuntar en una hoja los fallos que más han cometido, o los más sorprendentes. Entonces, aunque yo no digo qué alumno ha tenido esos fallos, ya que sería dejarle en ridículo delante de toda la clase, él sabe perfectamente quién ha sido y se da por aludido. Es una manera de comunicarme con ellos de forma sutil. Es importante el hecho de comentarles los fallos que han tenido antes de darles el examen, porque en ese momento estarán muy atentos. Si les das el examen, ya tendrán lo que quieren, su nota, y no te harán caso de la misma forma. También uso ese día para enviar los mensajes importantes a la clase. Si un día les dices que no estudian, no te harán mucho caso, pero si lo haces el día que das las notas, lo absorberán como esponjas. Además es un buen momento para felicitar a algún chico en particular. Yo siempre doy la enhorabuena al alumno o alumnos que han sacado la mejor nota de cada examen. Y también al alumno que más esfuerzo ha realizado, es decir, a lo mejor que Cristina saque un siete cuando normalmente es una chica de cinco tiene mucho más mérito que el nueve y medio de Carlota, que siempre suele sacar muy buena nota. Las felicito a las dos delante de toda la clase. Algo que hago en todos los exámenes que corrijo es escribirle un mensaje a cada alumno al lado de la nota. Desde un «gran trabajo, ¡enhorabuena, sigue así, Carlos!», hasta un «tú eres capaz de hacerlo mucho mejor, David», pasando por «ojo a los errores tontos, Ana, tu nota no se corresponde con lo que tú sabes». Es algo que me gusta hacer para que haya una comunicación extra con ellos y de manera algo más íntima y personal. De forma que, aunque les haya salido mal el examen, les animo a seguir trabajando para que no se vengan abajo o se frustren. 13. Los castigos son buenos, sí, buenos Los castigos son educativamente buenos. ¡Sí, ya lo he dicho! Seguramente mucha gente 72
me lapide por afirmar esto, pero mi experiencia me dice que es bueno castigar. Sé que hay profesores que no comparten esta opinión y ahora muchos padres se echan las manos a la cabeza al enterarse de que han dejado a su hijo sin recreo o le han echado un día del colegio por liarla. Mis años como docente me dicen que las personas somos, en el fondo, animales como los perros de Pavlov o las ratas con las que se hacían experimentos en la psicología del siglo XX. Y funcionamos mucho a base de recompensas y castigos. Los adolescentes están pidiendo límites a gritos. Necesitan que les marques los límites para tener seguridad y saber lo que pueden o no pueden hacer. Tienen que aprender que los actos que realizan tienen sus consecuencias, unas buenas y otras malas, y cuando lo saben se sienten seguros, y esa seguridad los tranquiliza. Si un chico hace una gamberrada, la lía, comete una falta grave, ya sea contestar de malas formas a un profesor o vacilarle, agredir a un compañero física o verbalmente, robar algo o simplemente copiar en un examen, tiene que saber que eso no se puede hacer y tiene que haber una consecuencia negativa. Llámalo castigo, llámalo consecuencia negativa, llámalo sanción o llámalo como quieras. Pero si un chaval roba dinero a un compañero suyo, se le pone un parte grave, se le va a echar un día del colegio y vienen sus padres a protestar por la tremenda sanción que se le ha puesto a su pobre hijo y al final no se le sanciona, el chico aprenderá lo mismo que aprende la rata de los experimentos psicológicos en los laberintos: que si lo vuelve a hacer otra vez no va a pasar nada. Y lo peor es que el resto de compañeros aprenderá también que si alguien vuelve a robar, no pasará nada y no habrá consecuencias. Ojo, que puedes sentar precedente y eso es muy peligroso. En cambio, si el colegio se mantiene firme y, pese a las quejas de los padres, se continúa con la sanción, tanto el chico como todos sus compañeros aprenderán que eso no se permite en ese centro y no lo volverá a hacer. O si lo vuelve a hacer, sabrá que le expulsarán otro día. Muchas de estas consecuencias pueden depender de ti y otras dependerán del jefe de estudios o de la dirección, sobre todo si estás en un colegio privado, en el que los padres suelen protestar mucho; pero las que están en tu mano tienen que ser rápidas. Los castigos, para que tengan un buen efecto, tienes que imponerlos cuando se produce la falta, en ese instante. Si lo dejas para más tarde, no tendrán el mismo efecto sobre el chico. Hay que destacar que existen dos tipos de castigo, positivo y negativo. El castigo positivo consiste en darle algo malo al alumno y el castigo negativo, en quitarle algo bueno. Por ejemplo, castigo positivo podría ser ponerle un negativo o una mala nota, y castigo negativo podría ser dejarle sin recreo. Ahora eres tú el que eliges cuál usar y cuál funcionará mejor, según qué casos. 14. Me preocupo por ellos Me atrevería a decir que podemos clasificar a todos los profesores del mundo en dos tipos, los que se limitan a dar la clase, ponen las notas y fuera, y los profesores que van a 73
dar la clase y se preocupan por la educación del alumno, su futuro, su comportamiento, etc. Tú eres una persona importante para ellos, así que pregúntales: ¿qué tal el examen de lengua de hoy?, ¿qué te pasó ayer, que no viniste a clase, estabas malo?, ¿qué te pasa hoy, que te veo triste? Valoran mucho que te preocupes por ellos. No te limites a dar la clase sin más, felicítales por la obra de teatro que hicieron en Navidad, o el buen partido de fútbol que jugaron en la liga entre colegios. Así notarán que, aparte de darles clase, te preocupas por ellos y te importan. Ellos lo valorarán mucho y te los irás ganando poco a poco. 15. Prohibido comparar Jamás se te ocurra decir cosas como «a ver si aprendes de Daniel, que él lo hace muy bien» o «mirad a Laura, así deberíais hacerlo». Siempre que comparas uno sale ganando y otro sale perdiendo. Ocurre igual que entre hermanos, nunca hay que comparar porque estás dejando a uno por debajo de otro y sentirá que es inferior. Cada alumno es particular y tiene cosas buenas y cosas malas. Si quieres que mejore algo o que cambie su forma de hacer algo, díselo claramente, pero no le compares con nadie. Porque además harás que le cojan manía al alumno que pones por encima de los demás y la clase se pondrá en su contra. 16.Dar los criterios de calificación el primer día ahorra problemas Aunque sean pequeños, que tengan claro los porcentajes que tienen los exámenes, las pruebas, el comportamiento, el cuaderno, todo. Así no habrá dudas al final de curso ni tendrás problemas ni quejas por no haber avisado o no, aduciendo que no lo sabían. Si con menos de un cuatro en el examen de evaluación no se hace media, dilo desde el primer momento. Que lo sepan desde el principio para que luego no haya ningún tipo de queja ni de problema. 17.¡No me quites tiempo de mi recreo, profe! Cuando yo era alumno, algo que me fastidiaba mucho era que el profesor tardara en llegar a la clase y mucho más que tardara en salir y me quitara tiempo de recreo porque él había llegado tarde. Sé puntual, al entrar y al salir. Tu tiempo no vale más que el suyo, así que si llegas tarde, no te aproveches y les quites cinco minutos a ellos. Da ejemplo de lo que quieres, y si quieres que sean puntuales, sé el primero en entrar al aula. Esto hará que te respeten y que vean que su tiempo te importa mucho y te valorarán. 18. Un profesor no es un amigo Eres su profesor, no su amigo. Preocúpate por ellos, pero, ojo, no quieras llevarte demasiado bien, no eres su colega, eres su profesor. Puede ser contraproducente porque se pueden coger demasiadas confianzas. 74
Os cuento una anécdota que me pasó recién llegado a un colegio. Llevaría dos semanas en el centro y tenía que hacer guardias en el recreo en la cancha de fútbol, donde solían jugar los chicos de 4.º de ESO. Había uno, Rodrigo, el típico chulito y graciosillo, que cada vez que me veía me decía: «Buenos días, Pablo, ¿qué tal?». Me lo decía con su sonrisa de graciosillo, con sus aires de vacile y a ver qué le contestaba. Yo le respondía simplemente: «Buenos días, Rodri» (que era como quería que le llamaran). Un día, cuando se estaban yendo a clase y ya había terminado el recreo, me dijo delante de sus amigos: —¡Hasta luego, Pablito! «¿Pablito? No he debido de oír bien... ¿Ha dicho Pablito?». Estaba yo hablando con otro alumno en ese momento y me quedé sorprendido y medio paralizado, porque no sabía si había escuchado bien, ni qué hacer ni qué responder. Me hice el loco en ese momento y cuando terminé de hablar con el alumno me fui a buscar a Rodri a su clase. Ya estaba dentro el profesor empezando la clase, por lo que decidí esperar y hablar con él más tarde. Ese día no le vi, así que al día siguiente en el recreo fui a buscarle y tuve una charla con él: —Hola, Rodri, ven aquí, que quiero hablar contigo. —Hola, Pablo, ¿qué pasa? —me saludó sorprendido. —¿Qué me dijiste ayer cuando te ibas a clase? —¿Ayer? —preguntó haciendo como que no se acordaba—. No sé... —¿No te acuerdas de qué me dijiste? —Um, no. —Me dijiste: «¡Hasta luego, Pablito!», ¿no te acuerdas? —le pregunté muy serio, con los brazos cruzados. —Eh... no, no me acuerdo... —empezó a cambiarle la cara, sabiendo de lo que le hablaba y entendiendo que la había cagado. —Vamos a ver, Rodri, si te queda clara una cosa. Yo soy tu profesor, no soy tu colega, y como tal me tienes que hablar con respeto. A mí no me hables como a tu colega, soy tu profesor y me debes un respeto. Llevo aquí dos semanas, Rodri, pero quiero que te quede claro esto. —Sí, sí, discúlpame. No quería ofenderte... —respondió Rodrigo cabizbajo, avergonzado, sin vocalizar apenas y acordándose ya de su gran frase. —Bueno, pues lo que te queda de recreo lo vas a pasar aquí a mi lado, para que pienses en lo que has hecho. Y estuvo el resto del recreo castigado a mi lado, sentado en un banco, sin decir nada. A partir de ese día y durante el resto del año cambió su forma de actuar conmigo. Fue respetuoso y mi relación con él fue cordial, no tuve ningún encontronazo más con él. Ni con él ni con su grupo de colegas, que también me empezó a ver de otra forma a partir del día en que le puse mi límite y le dije que hasta ahí podía llegar conmigo. Aquella actitud suya había tenido una consecuencia negativa. En casi todos los colegios hay un profesor, en los casos que yo he vivido era 75
profesora, que iba muy de colega de los alumnos. La típica profe que sabe todos los líos y las parejitas que hay entre ellos, a la que le cuentan los marujeos, le piden consejos amorosos y tiene una relación de amistad demasiado personal con ellos. Para mí es algo que tiene aspectos positivos, ya que puede enterarse de muchas cosas que afectan a la clase y que pueden hacer que los chicos no estén centrados o que tengan problemas. Al estar al tanto, puede atajarlos a tiempo. Pero también tiene aspectos negativos, ya que no te guardan el mismo respeto que a otros profes que mantienen más la distancia. He visto varios casos de este tipo de profe y he de decir que uno de ellos era muy positivo. Le tenían el mismo respeto que a los demás a pesar de esa relación tan cercana. En cambio otro caso no lo era para nada. A esa profesora en clase no la respetaban apenas. Hacían lo que querían en el aula y, claro, no sabían muy bien cuándo ella estaba de cachondeo y cuándo estaba hablando en serio. Es difícil cambiar la forma en que te ven los alumnos si en el recreo estás marujeando con ellos y en clase quieres que te tomen en serio. 19. Si crees en tus alumnos y les exiges, ellos responderán Confía y cree en ellos. Si tú crees que son capaces de más, te lo darán; si te conformas y no les exiges más, ellos se mantendrán en esa posición cómoda. Si al chico que siempre saca cincos le exiges que saque ochos, es posible que no los saque, pero quizás llegue al seis, incluso al siete en algún examen. El llamado «efecto Pigmalión» es un experimento que se hizo en 1966, que consistió en que pasaron a una clase una prueba para ver lo inteligentes que eran los alumnos. A los profesores se les dijo que era de esperar que los alumnos que habían sacado las mejores notas tendrían grandes avances a lo largo del año. Los investigadores les dieron los resultados a los profesores, pero al azar; es decir, las notas no eran las reales, sino unas que se habían inventado ellos, de tal forma que había chicos que no eran tan listos realmente, pero a la vista de los docentes sí lo eran, ya que en los informes así constaba. Al final del año se vio cómo los chicos que los profesores pensaban que eran los más listos habían avanzado intelectualmente más que el resto, independientemente de que lo fueran o no. Por lo tanto, había una asociación entre la expectativa del profesor y el rendimiento del alumno. O sea, que si tú piensas que un chico al que le cuesta mucho realmente es un tío muy listo, podrás sacar mucho más de él. Es importante creer en todos y cada uno de ellos, seguir animándolos y confiando para que ellos mismos lo hagan. Frases del estilo «venga, que tú sabes hacerlo», «antes lo has hecho bien, así que este hazlo igual», «mira qué bien lo has hecho, explícaselo a tu compañero» les ayudan a confiar en ellos mismos, a aumentar su autoestima y sentirse válidos. También hay que exigirles mucho. Yo soy un profesor muy exigente y creo que lo prefieren a un profesor que no lo sea. Ellos son capaces de mucho más de lo que se piensan y tú mismo piensas. Cuanto más les exijas, más darán. Y valoran que les exijas. 76
Os pondré un ejemplo de cómo inculco mi exigencia. Yo quiero que los ejercicios que me dan, que de vez en cuando les pido para corregirlos en casa, tengan una cierta limpieza y orden para que se acostumbren a hacerlo luego así en su cuaderno. En la primera semana de curso les pido unos ejercicios para entregarme. Me los llevo a casa y todo el que no está limpio y ordenado tiene un cero y le mando que lo repita. Al principio se quejan, porque no están acostumbrados a hacerlo, o prefieren hacerlo más «chapucero», pero si eres firme y les pides que lo repitan, lograrás que se acostumbren a entregártelo así y crearás rutinas en ellos de esta forma. La mayoría de alumnos solo responden ante la nota y si les entregas un ejercicio con un cero, usas un arma muy poderosa, que les marcará a ellos y no querrán repetir. Aunque tú ese cero luego lo tomes como una nota de clase o ni lo tengas en cuenta, para ellos un cero es algo grave que no querrán volver a sacar. Imagínate, si se enteran mis padres de que he sacado un cero en los ejercicios de mates... De esta forma consigo que me entreguen las cosas de una manera limpia y ordenada. Si esto no lo hago desde el principio del curso, será muy complicado pedirlo algo más adelante, porque ellos internamente pensarán: «¿Si antes no estaba bien del todo, por qué no me lo decías?». Por eso es importante que las cosas que quieras en tu asignatura las exijas desde el principio, para que vean cómo tienen que hacerlo. Otro ejemplo es el de los deberes, que en matemáticas son muy importantes. Resulta fundamental que lo que hemos explicado en clase lo trabajen por su cuenta, para ver si han adquirido los conceptos nuevos. Por ello desde el primer día yo les doy mucha importancia. Hay chicos que están acostumbrados a no hacerlos y que no pase nada y yo intento que esto cambie desde el primer día. A los chicos vagos que pasan de todo la primera semana les mando deberes que tienen que traer. En caso de que no los traigan el día que yo fijo, les pongo un negativo y les digo que los traigan al día siguiente. En caso de que este segundo día no los traigan tampoco, ya les explico que si no los traen hechos el próximo día no entran a clase y les mando al jefe de estudios con una nota a casa para sus padres. ¿Exagerado? Puede ser, pero esto lo tengo que hacer muy pocas veces, ya que cuando sucede una vez todos entienden que yo soy muy estricto con el tema de los deberes y no lo vuelven a hacer, o al menos no lo hacen durante un periodo de tiempo largo. Si estas cosas las llevas a cabo desde el primer día de clase, tus alumnos aprenderán cómo te gusta que se hagan las cosas y no habrá dudas ni problemas con ellos. Tienes que ser firme con lo que quieres y desde el primer día penalizarlas si no los hacen como tú las quieres. 20. Organizar y planificar muy bien tus clases hace que te respeten y te valoren Planifica tus clases y tenlas bien organizadas. Piensa lo que vas a hacer en los cincuenta minutos que tienes de clase. Al principio te costará atinar con los tiempos y lo que creías que te llevaría treinta minutos solo te llevó diez, y al revés, pero poco a poco te será fácil calcular lo que tardas en hacer cada cosa y te podrás organizar mejor. Yo prefiero que 77
falte tiempo para acabar la actividad y seguir con ella el siguiente día, que quedarme corto y tener diez minutos para los que no llevo nada preparado y verme obligado a improvisar algo. Todos hemos tenido profesores que no sabían qué ejercicios habían mandado el día anterior, por qué hoja iban, qué habían hecho el último día, etc. Eso da la imagen de que no te preparas la clase ni tienes interés por ellos y hace que te valoren poco. Si no tienes buena memoria, apunta las cosas. El hecho de que tú empieces la clase diciendo algo como «buenos días, chicos; el otro día, Manuel, te quedaste leyendo la página 124 del libro cuando sonó el timbre, así que vamos a continuar por ahí» denota interés y planificación. El primer año te llevará mucho tiempo organizar y planificar las clases. Yo no tenía vida... los fines de semana tenía que usarlos para aprovechar y prepararme las clases de toda la semana y no me quedaba apenas tiempo libre. Pero poco a poco vas sabiendo hacerlo mejor y más rápido. Mi consejo es que siempre intentes ir con tres o cuatro clases por delante, ya que así te agobiarás menos. El primer año siempre trabajarás mucho más, porque empiezas de cero, pero aprovecha todo lo que has hecho ese curso para usarlo en años venideros. Hazte unos buenos apuntes, fotocopias, hojas de clase, etc., y luego ya los siguientes años lo único que tendrás que hacer es trabajar con todo eso que preparaste con esmero, y será mucho más fácil. 21.Cuando uso el «nosotros» al hablar para ser parte implicada en la clase Algo que empecé a hacer de forma inconsciente, pero vi que resultaba efectivo, era hablar en primera persona del plural, usando el «nosotros» en vez del «vosotros». En vez de decir «tenéis que hacer los ejercicios de la página cuatro», les pido: «Vamos a hacer los ejercicios de la página cuatro». O en vez de «el examen lo tenéis el 5 de abril», uso «el examen lo tenemos el 5 de abril». Siempre intento implicarme con ellos de esta forma, con frases de este estilo. Es algo que hice un poco sin pensarlo, pero que me he dado cuenta de que hace que el vínculo entre profesor y alumnos sea algo más fuerte que si no me incluyera ni me hiciera partícipe de sus tareas. 22.Hacer que los alumnos se expliquen cosas unos a otros Si has explicado algo en clase varias veces y aun así hay varios alumnos que no lo entienden, haz que uno de los chicos que lo haya comprendido se lo explique a los que no. Parece magia, pero siempre funciona. Dicen lo mismo que has explicado tú, pero al usar su vocabulario de adolescentes y pensar de la misma forma, facilitan que los demás lo entiendan. Es una técnica que uso cuando ya he explicado lo mismo dos o tres veces y veo que por más que lo repito no lo entiende alguno. Además, esto hace que el chico que lo ha comprendido se sienta contento y orgulloso, ya que está explicando algo a un compañero 78
suyo y esto refuerza mucho su autoestima. 23. Empatía = ponerse en su lugar Tú has sido niño también, te es fácil ver si una actividad les gustará o les resultará interesante. Piensa lo que te gustaba y no te gustaba a su edad. Viven en la era digital y eso es algo que también tienes que aprovechar y explotar. Haz competiciones, juegos, usa aplicaciones online para proponer actividades… Si tienen que hacer una presentación, déjales que muestren su creatividad y que se graben en vídeo, que graben su voz, no que sea la típica charla aburrida con texto e imágenes. Invítales a que ellos mismos, cuando tengan que exponer un tema, lo hagan de forma divertida y amena. Verás de lo que son capaces y la creatividad que tienen sin explotar. 24.¿De qué depende que una clase salga bien o mal? La pregunta del millón que nos hacemos sin parar. ¿Por qué una clase nos sale tan bien y luego otra tan mal? Mi experiencia como profesor me dice que depende de muchas cosas y que varias se escapan a nuestro control, así que aquí apuntaré lo que para mí influye en que una clase salga de una forma u otra:
La hora del día que te toque dar clase: las primeras horas suelen ser las mejores porque están atentos y dispuestos, en cambio si te tocan las últimas, suelen ser las menos agradecidas. La clase que han tenido antes de la tuya: no es lo mismo tener antes de tu clase educación física, de la que vienen alterados pero también desfogados, o plástica, que suele ser más lúdica, que unas matemáticas donde tienen que estar muy concentrados y atentos a la clase. Si después tienen examen o lo acaban de tener: si después tienen examen estarán nerviosos y poco concentrados en tu asignatura, y si lo han tenido, estarán algo excitados por acabar de hacerlo. Yo recomiendo siempre, después de hacer un examen, dejar cinco minutos para que comenten las respuestas con sus compañeros y se desahoguen, porque luego están en clase mucho mejor. Si te gusta el tema o no: si te gusta el tema que vas a dar eso se nota y ellos lo notan. Si es un tema que no te gusta y ya empiezas con desgana, igualmente lo van a notar. Tu estado emocional: de las cosas que más van a influir en la clase es cómo llegues tú a ella. Si hay algún asunto personal que te aturde, o tienes un mal día, no saldrá bien la clase. Si vienes con alegría y ganas de enseñarles, ellos lo van a notar y se lo vas a contagiar. Si eres hombre o mujer: sí, es algo que influye y hay que decirlo. Si eres profesor varón, el trato con los alumnos y con las alumnas no será igual que el de una profesora y viceversa. Si eres joven, los chicos te pueden ver como su referente, como un hermano mayor al que preguntarle sus dudas y preocupaciones o con el que pueden comentar el 79
partido del Real Madrid de anoche. Y las alumnas te podrán ver como el profe jovencito con el que alguna vez sueñan en ir a tomar algo por ahí, o, si eres algo más mayor, te pueden considerar como un padre en el que apoyarse. Si eres profesora, los chicos te pueden ver como la hermana mayor de un amigo a la que se quieren ligar o a la que contarle sus problemas con las chicas. Las alumnas, en cambio, te pueden tener como referente a la que pedir consejos de moda, de chicos, de estudios, de todo. Si no eres tan joven, quizá te vean como una madre a la que pedirle consejos sobre la vida. Si te has ganado al líder o no: como comento más en profundidad en el siguiente punto, es muy importante ganarte al líder de la clase y eso puede hacer que tu clase vaya como la seda o te la intente boicotear. 25. Misión prioritaria: ganarte al líder de la clase Puede ser de las metas más complicadas de alcanzar, y sobre todo al principio. Es algo que la experiencia te irá facilitando. En las clases casi siempre hay un líder claro que destaca y hay que ganárselo si quieres hacerte con la clase. Es increíble ver cómo una sola persona puede dirigir a toda una clase y, si le interesa, hacer que todos estén callados y escuchando al profesor, o si no le interesa, conseguir boicotear la clase. Puede ser un chico o una chica. Y puede tratarse de un líder bueno, de los listos que tira de la clase para arriba, digamos que «guay», de los que se mete con los tontos de la clase (esto se da más en colegios privados o al menos así lo he vivido yo). O puede ser un líder negativo, que insulta a los empollones y para el que lo guay es ver quién vacila más al profesor o hace la mayor tontería en clase. Sea del tipo que sea, tienes que ganártelo. Mi experiencia me dice que es complicado y que con el paso del tiempo encontrarás los recursos que te valen para conseguirlo. Cosas que a mí me han funcionado: si el líder es el típico macarrilla que no estudia, felicitarle en público cuando hace algo bien y resaltarlo mucho y muchos días. Si sacó un ocho en un examen y luego está incordiando en clase, puedes decirle algo así: «Nacho, con el gran examen que hiciste el otro día va a ser una pena que bajes la nota con este comportamiento». Puede que no cambie su actitud o puede que le piques un poco y se porte mejor. También suele funcionar darle responsabilidades, como que vaya a hacer fotocopias, que vigile la clase si te tienes que ir un momento, que vaya a avisar a un profesor, etc. Se sentirá importante y eso le gustará. Si el líder es, en cambio, el típico alumno que saca muy buenas notas y que se ríe de los que las sacan malas, tendrás que demostrarle que dominas tu asignatura. Te hará preguntas para pillarte, para ver si te quedas en blanco o para ver si sabes más que él, pues normalmente se creerá que sabe mucho más que tú. Tendrás que ponerle retos, acertijos o problemas más complicados, que le cueste resolverlos. Busca ejercicios extra, de mayor nivel si es necesario para que no se aburra en clase y no te la boicotee, al mismo tiempo que le demuestras que hay cosas que le van a costar y no es todo tan fácil como él se cree. 80
26. Respect Parece obvio: para que los alumnos te respeten primero tienes que respetarlos tú a ellos. Eso no quita que los castigues y les eches la bronca cuando se lo merecen, pero hay que hablarles correctamente, educadamente, y no faltarles al respeto porque ellos también se van a ofender si lo haces. Recuerdo a una profesora de biología que yo tenía, que sacaba a los alumnos uno por uno a preguntarnos la lección y se metía con nosotros cuando no nos la sabíamos. Usaba su poder para denigrarnos y humillarnos. Incluso se metía con defectos físicos... Imaginaos el asco y el odio que la teníamos todos. 27.Cuando empecé a aprender a no tomarme las cosas como algo personal Una de las cosas que peor llevaba cuando empecé a dar clase era que me tomaba las cosas que hacían los alumnos como algo personal, incluso me llevaba el disgusto a casa y seguía dando vueltas a los encontronazos o problemas que había tenido con ellos. Mis compañeros me decían que me olvidara de ello, que son adolescentes y que no lo hacían por ser yo, sino por la edad que tenían. A mí al principio me costaba hacer esa separación y me podía tirar un día o dos rayado porque un alumno me había contestado de forma impertinente o se me había enfrentado en clase. Con el tiempo aprendí a hacer esa diferencia, a tener presente que ellos son adolescentes con las hormonas en ebullición, con problemas en su grupo de clase, en su grupo de amigos, con sus novios y novias, con sus padres, etc. El conocer a los alumnos bien podrá hacerte ver cuándo un chico viene con un problema personal e incluso notarlo en clase por el comportamiento diferente que tiene ese día contigo o con sus compañeros. Intenta ver las cosas que hacen como tonterías o anécdotas de adolescentes, antes que como traiciones personales hacia ti, porque eso no te conducirá a ningún lado y lo que harás es llevarte berrinches a casa. Como en cualquier deporte, lo que pasa en el campo, es decir, el cole, se queda en el cole. Otra recomendación: al echar una bronca o castigar a un alumno no entres al trapo en las discusiones con ellos. Te pueden llevar a su terreno, calentarte y sacarte de tus casillas. A veces es mejor cortar y lo que dice el profesor es lo que hay que hacer, y punto, no darle opción a contestar. Si insiste, al final de la clase habla con él a solas, pero discutir con él delante de toda la clase casi nunca suele funcionar. 28. Lo peor que hice como sustituto: decirles a mis alumnos que mi sustitución duraba solo tres meses Una de las mayores cagadas de mi primera sustitución fue decirles a los chicos que solo iba a estar con ellos dos meses y medio, y que el examen trimestral lo iba a hacer su antigua profesora. Varios de los alumnos decidieron pasar de mí y de mis clases, porque, total, iba a estar muy poco tiempo con ellos y el examen trimestral, que es el que más 81
cuenta, iba a ser con su antigua profesora, con la que ya se portarían bien. Así que cuando tengas una sustitución, siempre di que vas a estar hasta final de curso. Aunque alguien les haya dicho a los alumnos que solo va a ser un mes, o que se ha roto un brazo y eso como mucho dura tres meses, sea lo que sea, tú di que vas a estar hasta final de curso, aunque sea mentira. Así verán que tú les vas a poner la nota final y se tienen que portar bien contigo sí o sí. 29.El trabajo que preparo para una clase no funciona en otra, ¿por qué? No te preocupes cuando has preparado una actividad muy buena para tus alumnos, que crees que les va a encantar, con la que van a aprender un montón y además es muy entretenida, y luego resulta que no funciona. No pasa nada, es normal y te pasará muchas veces. Tampoco te preocupes cuando esa misma actividad funcione en una clase estupendamente y en la clase de al lado no funcione nada. Y al revés. El hecho de que una actividad no haya funcionado en una clase no quiere decir que no vaya a ir bien en otra. Cada clase es un mundo, es un micromundo. Cada clase tiene unos alumnos, con sus roles, sus inquietudes, sus intereses, sus líderes y sus ídolos. Es normal que algo funcione muy bien en un curso y en otro no, tranquilo. Yo soy el primero que tengo planificada una clase de una forma y pensados unos ejercicios que voy a mandar, y según se va desarrollando la clase me doy cuenta de que los alumnos han entendido perfectamente una parte y otra que yo pensaba que iba a estar más clara no, y tengo que modificar sobre la marcha. La experiencia ya me permite improvisar y cambiar los ejercicios que tenía pensado mandar si algo no ha quedado claro. Por ejemplo, si la multiplicación de polinomios la han entendido genial, pero la división no, pues tendré que mandar más ejercicios de divisiones que de multiplicaciones para afianzar más este apartado. 30. Las TIC son nuestras amigas TIC (Tecnología de la Información y la Comunicación) es una palabra que les encanta decir a los educadores cuando se quieren referir a la tecnología, porque queda más guay. El uso de la tecnología es muy bueno y tiene cosas que te pueden ayudar a hacer la clase más fácil y más divertida para tus alumnos y para ti también. Si no te llevas bien con la tecnología, empieza a hacerlo, porque todos los centros educativos están apostando por ella y ahora se están empezando a implantar los iPad y tabletas en las clases, así que es imprescindible que las sepas manejar y te lleves bien con ellas. Mi recomendación es que investigues y le pierdas el miedo. Que cuando cojas un iPad o abras una aplicación empieces a tocar y a probar por tu cuenta, porque la mayoría son muy intuitivas y nada complicadas. La pizarra digital también se usa en muchos centros, aunque no le ha sabido sacar 82
mucho partido, porque al final es poco más que un proyector. Con esto de la innovación educativa se está valorando mucho que sepas o domines algunas aplicaciones y hagas las clases más amenas y divertidas, así que voy a citar aquí algunas que yo uso y que me parecen interesantes, pues con ellas se consiguen buenos efectos en los alumnos y no son muy complicadas: Kahoot: es una aplicación web que te permite hacer test al estilo del juego de Play Station que se llamaba Buzz, ese de los pulsadores. Tú diseñas un test de lo que quieras, y a los chicos, en tiempo real, les van apareciendo preguntas. Ellos tienen que elegir una entre cuatro respuestas. Lo bueno de todo esto es que el alumno más rápido en contestar correctamente obtiene más puntos que el siguiente, así que hay un pique terrible entre ellos por ser el mejor, el que conteste antes y lo haga bien. A mí me gusta: se monta un poco de follón en clase porque compiten, pero es señal de que les gusta, de que se lo pasan bien. También puedes buscar test que han hecho otras personas y usarlos en tu clase. Casi todos los que hay son en inglés, eso sí. Lo mejor de todo es que los resultados del test los puedes descargar como Excel y puedes ver quién se ha equivocado en cada pregunta y qué nota ha sacado cada uno. Socrative: es otra aplicación web que también te permite hacer test con preguntas y diferentes opciones de cada pregunta. A diferencia del Kahoot, Socrative es más para hacer un examen tú solo, a tu ritmo. No hay prisa, ni te dan puntos por hacerlo rápido, ni es simultáneo, así que es una forma diferente de ponerles un examen que se sale de lo establecido, del papel y el bolígrafo. Es muy intuitivo también y te permite al final obtener los resultados ordenados por alumnos, viendo dónde se han equivocado y qué nota han sacado, y guardarlos. Explain Everything y Showme: estas dos aplicaciones son de iPad y cuestan dinero. Con ellas puedes grabarte dando una clase o resolviendo un ejercicio, y mandárselo a los chicos para que lo vean en casa. En el programa tienes una pizarra en la que puedes escribir, insertar imágenes y grabar voz. Yo la uso para resolver ejercicios de matemáticas o explicar teoría y que la tengan grabada. Así pueden ver ese vídeo siempre que quieran, pasarlo para adelante y atrás si no se han enterado de algo, etc. Esto es lo que ahora está de moda, lo que se llama «clase inversa» o flipped classroom, una clase en la que los alumnos ven la teoría en casa a través de vídeos mientras en clase hacen ejercicios. EDpuzzle y eduCanon: estas dos aplicaciones te permiten coger cualquier vídeo de YouTube e insertar preguntas a lo largo de él. Por ejemplo, soy profesor de ciencias naturales y veo un vídeo de los ecosistemas interesante para mis alumnos. Inserto en ese vídeo con cualquiera de estas dos aplicaciones varias preguntas para ver si de verdad lo están viendo y se están enterando. Si no responden bien a la pregunta, la aplicación no les deja avanzar en el vídeo y además tú puedes ver las respuestas de todos los alumnos y las puedes guardar como nota de clase. Esto hace que el chico tenga que ver con atención el vídeo, ya que muchas veces hacen que lo ven y no atienden mucho al contenido.
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31. Asumir y reconocerlo cuando la cago Algo que no entendía muy bien en mi época de alumno era que la profesora de matemáticas se equivocaba en algún ejercicio y siempre ponía una excusa: «Ay, es que me desconcentráis», «si es que tengo un día de locos», «dejad de interrumpirme, que mirad lo que conseguís que haga». Incluso a veces era capaz de negar su error y dejar la operación mal hecha en la pizarra o el ejercicio mal corregido, por el orgullo de no reconocer su fallo delante de toda la clase. Mi consejo es que si te equivocas lo reconozcas con naturalidad. Yo, que soy profesor de matemáticas, muchas veces me equivoco cuando estoy corrigiendo o explicando algo en la pizarra y muchos alumnos levantan la mano para corregirte. No lo tomes como si te fueran a dejar mal y te fueras a sentir débil por equivocarte. El error es humano y más en matemáticas, así que yo lo que hago es, si me he equivocado, busco el error y con toda la naturalidad del mundo lo corrijo. De hecho, muchas veces soy yo mismo el que al hacer un ejercicio muy largo pregunto: «¿Me he equivocado en algún lado? ¿Está bien?». Para que ellos también entiendan que el error es humano, incluso muy instructivo desde el punto de vista del aprendizaje, ya que si te equivocas en algo y te corrigen, ya sabrán de qué forma se tiene que hacer a partir de ahora. Es natural y bueno asumir y reconocer tus errores y es algo que los chicos se toman bien y te hace acercarte más a ellos. 32.Cuanto antes asumas que nadie te va a enseñar a dar clase, mejor Tienes que asumirlo desde el principio: nadie te va a enseñar a dar clase, nadie. Nadie te va a enseñar a controlar un aula. Nadie te va a enseñar a enseñar. Nadie te va a descubrir cómo ganarte el respeto de tus alumnos. Nadie te va a instruir para imponer disciplina. Nadie te va a dar técnicas para hablar en público. Nadie te va a contar cómo explicarle al niño que la x de matemáticas, que siempre ha sido el signo de multiplicar, de repente se convierte en una incógnita y ahora el signo de multiplicar es un punto. Nadie. De hecho, una de las razones por las que me puse a escribir este libro fue esta, que nadie te da unas pautas sobre cómo desempeñar la labor de profesor. Y por más libros que buscaba, ninguno me daba una idea de qué era lo que me iba a encontrar ni de cómo lo tenía que hacer. Así que por eso me decidí a escribir, para que el libro les sirva a futuros profesores para aprender de mi experiencia, de las técnicas que yo empleo en clase, y que al menos tengan algo por lo que empezar y no se sientan tan solos en este trabajo, tan solitario a veces. La vía para hacerse maestro de primaria en mi época era estudiar la diplomatura de Magisterio de Primaria o Magisterio de Lengua Extranjera o de Educación Física, o de Música, dependiendo de la asignatura que fueras a dar. Hoy en día no lo tengo muy claro, pero creo que hay que estudiar un grado de Magisterio de Primaria similar al que había antes. De primaria no hablaré, porque lo desconozco personalmente, aunque me han dicho que pasa algo similar que con secundaria. Para ser profesor de secundaria y bachillerato lo único que tienes que haber estudiado 84
es una licenciatura y luego cursar el Máster de Profesorado de Secundaria y Bachillerato. Ahora mismo supongo que en vez de la licenciatura, tendrás que estudiar un grado, aunque desconozco cuáles valen y cuáles no, y luego el mismo máster. Os hablaré del máster de profesorado que yo viví. Tuve la gran «suerte» de ser pionero. Cuando lo empecé a hacer en 2009, era el primer año de este famoso curso. El máster venía a sustituir al antiguo CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica), que era lo que había antes. Por lo que me contaban, era poco serio y muy fácil de sacar sin apenas hacer nada. No sé si habrá cambiado algo este máster desde entonces hasta ahora, pero tengo que decir que yo hice una auténtica chapuza de curso que no me sirvió de prácticamente nada, y con grandes fallos de organización y planificación por parte de la universidad. Hice el máster en la Facultad de Educación de la Universidad Autónoma de Madrid. Estaba dividido en dos periodos. El primer periodo era de septiembre a enero y el segundo de febrero a junio. En el primer periodo se trataba la parte genérica, donde estábamos todos los alumnos. Daba igual la asignatura que fueras a dar como profesor: estábamos todos juntos en asignaturas comunes. En la segunda parte ya nos separábamos por asignaturas y yo me fui con los que teníamos matemáticas como especialidad. En la primera parte ya se empezaron a ver los primeros fallos en este fantástico máster. Para empezar, no había un aula en la que cupiéramos todos los alumnos. Se les había ido de las manos el número de matrículas y no cabíamos en las aulas de allí. Estuvimos durante un mes en un aula que por fin se quedó libre, pero al pasar ese mes tuvimos que irnos al salón de actos de la universidad, ya que era el único sitio donde cabíamos todos. El máster se había creado porque el antiguo CAP era una chapuza según los que mandan, y se decía que este máster iba a ser muy «rollo Bolonia», con debates entre nosotros, todo muy práctico e instructivo. Al final fue todo lo contrario: clases magistrales a muchos alumnos, ya que no era posible otra cosa debido al gran número de matriculados que había. Teníamos una asignatura en la que estudiábamos los currículos y las leyes, que no estaba mal. Había otra en la que hablábamos cosas de psicología y a mí me gustaba bastante, pero todo muy teórico y poco útil de cara al colegio. Otra asignatura versaba sobre la atención a la diversidad, las tutorías y demás... también se trataba de clases magistrales que nos aburrían muchísimo. Y dábamos una asignatura en la que una mujer se dedicaba a criticar las cosas que habían hecho los partidos de derecha en educación y a halagar a los partidos de izquierdas, que se parecía más a una clase de política que otra cosa. A todo esto la web de la universidad no funcionaba bien y los profesores no nos podían colgar documentos, por lo que tuvimos que crear los estudiantes una cuenta de Hotmail de la que todos sabíamos el usuario y la contraseña y donde los profesores nos subían las cosas que querían que viéramos. Sí, habéis oído bien… ¡de coña! El máster era presencial y tenías que firmar cada día en una hoja que pasaban para 85
demostrar que ibas a cierto porcentaje de las clases. El horario era de 12.00 a 18.00, si mal no recuerdo. No lo podías compaginar con ningún trabajo, de forma que aunque tuvieras horario de mañana o de tarde solo, no podías ir a las clases. Incluso, debido a que nuestra aula era el salón de actos, solo teníamos veinticinco minutos para comer, ya que el salón se ocupaba con conferencias y actos diversos. Después de muchas críticas por parte nuestra, incluso llegamos a escribir un comunicado al rector de la universidad, lo único positivo que logramos fue que al ser el primer año y haber resultado tan chapucero todo, los profesores no exigieron mucho y aprobó casi todo el mundo. Yo solo espero que gracias a nuestras críticas haya mejorado algo y sea algo mejor. Al final de ese primer periodo tenías que ir dos o tres semanas a un instituto que te asignaban y responder a una serie de preguntas sobre el funcionamiento del centro, los departamentos, tener entrevistas con el director, el jefe de estudios, varios profesores, varios alumnos, etc. Esta parte fue la más interesante, porque veías cómo era un centro por dentro y entendías un poco la parte más institucional de un colegio. Después de esta primera parte genérica, sus correspondientes exámenes y trabajitos, nos separamos por asignaturas y yo me fui con mis compañeros de matemáticas. Esta parte tampoco se había preparado mucho, la verdad. Había una asignatura de historia de las matemáticas, que consistía en mucha teoría y realmente no aprendimos nada que luego usáramos en un instituto. Teníamos otra asignatura de matemáticas puras y duras, en la que dábamos grafos. Para quien no sepa lo que es, debo decir que es algo de bastante nivel, que yo di en la universidad en la asignatura de matemática discreta cuando estudié ingeniería informática. ¿Alguien me explica para qué nos va a servir a futuros profesores de ESO y bachillerato el dar un nivel de segundo de ingeniería informática? Otra asignatura era de programaciones y unidades didácticas, que fue la más útil y práctica. En ella teníamos que diseñar nuestra propia programación. Y había otra de innovación matemática, donde lo único que hacíamos era exponer diversos PowerPoint con presentaciones hechas por los alumnos sobre algún tema de actualidad. Poco útil para nuestra labor de profesores de matemáticas de un instituto. Por último, debíamos ir al instituto donde hacíamos nuestras prácticas, nos asignaban un tutor y teníamos que dar algunas clases (las que nos dejara el tutor) de una unidad didáctica que nos hubiéramos preparado. También entrábamos dentro de las clases de diferentes profesores, para ver su forma de dar clase, y creo que esta fue la experiencia más enriquecedora. Veíamos a gente con experiencia dando clase, y desde un punto de vista diferente al que tenías cuando eras alumno. Yo pude entrar a muchas y vi a cuatro profesores diferentes dar clase con sus estilos propios, y al verles pensaba qué quería copiar y qué no. Algunos profesores llevaban mucho tiempo en el instituto y se veía cómo les daba prácticamente igual lo que pasara en el aula y pasaban de los alumnos. Una profesora daba su clase y no le importaba que algún alumno hablara o no le hiciera caso, ella seguía con su rollo y no interactuaba apenas con ellos. Otro profesor llevó a ocho alumnos a la sala de informática para enseñarles una cosa en el ordenador y no le 86
respetaban. De hecho tuve que llamarle la atención yo a una chica que se levantaba continuamente y le enseñaba a otra chica lo que había dibujado con el ordenador mientras el profesor no le decía nada. En cambio mi tutora fue y sigue siendo uno de mis modelos como profesores de matemáticas, una mujer de la que aprendí mucho simplemente viéndola. Los alumnos la respetaban mucho, explicaba muy bien. Cuando tuvo que poner un parte a un alumno porque por el pasillo le dijo que fuera yendo para clase y él no le hizo ni caso, lo hizo; cuando tuvo que abroncar a la clase porque un par de alumnos estuvieron comiendo patatas fritas en clase, lo hizo... para mí fue una experiencia muy rica el ver a profesores dando clase y aprender de ello. De hecho, yo he tenido la suerte de dar refuerzos en diversas clases del colegio donde estoy ahora y es donde más he aprendido. Un refuerzo consiste en que yo entro en la clase donde está el profesor de matemáticas y ayudo a los chicos que más lo necesitan cuando hacen los ejercicios. Soy como un profesor ayudante que entra algunas horas a la semana para ayudar al profe que da la clase. Y digo que he tenido la suerte de dar varios refuerzos, porque he podido ver a mis compañeros dando clase y creo que es una de las actividades con las que más he aprendido. Es una práctica que en España no se realiza a menudo, pero en otros países sí, que los profesores entren a ver dar clase a otros compañeros, aunque no sea de su asignatura, y me parece que es algo muy útil que deberíamos copiar aquí. Aquí hay muchos profesores que se sienten cuestionados y juzgados si les propones entrar a su clase y verles dar clase. A mí me da igual que entren a mi aula, estoy seguro de lo que hago y me encantaría que compañeros míos entraran a verme y me dijeron lo que les parece bien y lo que les parece mal. La gente que no desea que entres, en mi opinión, se siente insegura y a lo mejor no quiere que veas que no se ha preparado bien la clase o que no mantiene al grupo en silencio... Cuando más he aprendido ha sido viendo a otro compañero hacer lo mismo que yo, sus técnicas y sus armas dando clase. Así he tenido ocasión de copiar lo que me resultaba interesante y atractivo. Si tienes la oportunidad de hacerlo, no lo dudes, porque es donde más se puede aprender. Mis experiencias dando clase en esas prácticas del máster no fueron muy llamativas, ya que di apenas tres o cuatro, siempre con la profesora dentro, y por lo tanto no estuve yo solo delante de los alumnos en ningún momento. Para terminar el curso tuvimos que hacer un trabajo de fin de máster, donde introducíamos algún método de innovación educativa, y lo teníamos que defender delante de un tribunal. La verdad es que no me lo curré apenas. Cogí un libro en el que se explicaba el álgebra de una forma divertida, con dibujos de balanzas para resolver ecuaciones y demás, y de eso trató mi trabajo. Me pusieron un seis o un siete, que era lo único que quería, pasar el trámite y empezar a dar clase de verdad. Quiero volver a hacer hincapié en lo malo que me pareció este máster, porque nadie me enseñó a enseñar. Nadie me dijo qué se siente cuando estás delante de treinta alumnos, nadie me dijo qué hacer cuando se enfrenta un alumno a ti, y mil cosas más que luego experimentas dentro del aula y nadie te cuenta. Creo que se debería impartir 87
más pedagogía en estos másteres, y algo de psicología. De hecho, el máster para profesorado de secundaria y bachillerato ¡no lo dan profesores de secundaria y bachillerato! ¡Lo dan profesores de universidad! ¿Cómo pretenden enseñar en lo que consiste ser profesor de instituto si no lo imparten profesores de instituto? Si yo estuviera cara a cara con el ministro de Educación o con el rector de la universidad que imparte este máster, le diría que se creara una nueva carrera o grado que fuera «Profesor de matemáticas» (y de las demás asignaturas). Que hubiera una carrera que te enseñara en sus cuatro años a ser profesor, cómo dar clase, técnicas, metodologías, etc., ya que ese máster es un «quiero y no puedo», sucedáneo de algo que debería enseñarse en mucho más tiempo. Una carrera donde te enseñaran lo que luego vas a hacer realmente, en la que practicaras y te dieran herramientas para poner en práctica diferentes clases. Y en el que se impartieran cosas que pienso que son fundamentales para la profesión docente, como: Pedagogía: ¿cómo enseño algo a alguien? ¿Cómo procesa las cosas nuestro cerebro? ¿Qué hago si un alumno no entiende algo de la forma en la que se lo explico? ¿Existen técnicas de aprendizaje? ¿Existen metodologías diferentes? ¿Qué es eso del aprendizaje colaborativo? ¿Es lo mismo aprendizaje colaborativo que cooperativo? ¿Es buena la clase magistral? ¿Qué son las inteligencias múltiples de Howard Gardner? ¿Por qué el superdotado suspende mi asignatura y se distrae? ¿Qué hago con un chico que es hiperactivo? Psicología social, psicología del aprendizaje y psicología de la educación: ¿cómo evoluciona el cerebro con los años? ¿Qué cosas podemos aprender según la edad que tenemos? ¿Cuándo podemos aprender conceptos abstractos y hacer el ejercicio de abstraer? ¿Cómo se comporta una clase como grupo? ¿Qué papeles suelen tener los alumnos en una clase, desde el empollón hasta el malote, pasando por el repetidor? ¿Cómo te ganas al líder? ¿Cómo haces que la clase sea una piña? ¿Cómo haces que se lleve bien la clase y haya buen rollo entre ellos? PNL (programación neurolingüística): ¿de qué forma aprende más un niño? ¿Cuál es la mejor forma visual, auditiva o kinestésica para aprender un concepto? ¿Debemos usar las tres a la vez? ¿Cómo usamos el lenguaje de forma incorrecta cuando nos comunicamos? ¿Qué frases son buenas para procesar conceptos y qué frases no? ¿Qué expresiones son perjudiciales para el desarrollo cognitivo del adolescente? Disciplina: ¿cómo guardo el orden en la clase? ¿Cómo me hago respetar? ¿Qué hago ante una falta de respeto? ¿Es bueno el castigo? ¿Qué castigos son efectivos? ¿Es bueno premiar al que se porta bien o es un deber y tiene que ser algo normal? ¿Qué técnicas uso para que la clase me siga? ¿Cómo les siento en la clase? Oratoria: ¿cómo hago para perder el miedo escénico? ¿Cómo supero la vergüenza de hablar en público? ¿Los miro a los ojos o miro a la pared del fondo del aula? ¿Qué lenguaje corporal es adecuado? ¿Es bueno que gesticule mucho o se distraen y no atienen a la pizarra? ¿Cómo me muevo al dar una clase? ¿Es bueno quedarse sentado para dar la clase? ¿Es bueno moverse entre las mesas? ¿Qué tipo de voz tengo que usar? 88
¿La voz de pito que tengo resulta molesta? ¿Cómo tengo que respirar para no quedarme afónico? ¿Qué verbos uso para expresarme? ¿Cómo hago para no tener que coger aire tan a menudo? ¿Cómo hago para no quedarme en blanco? ¿Qué hago cuando pierdo el hilo de la explicación? Inteligencia emocional: ¿cómo gestiono el miedo inicial al entrar en un aula? ¿Cómo gestiono la tensión que sufro cuando empiezo a notar que pierdo el control del aula? ¿Cómo hago para que no me afecten a nivel personal los problemas con mis alumnos? ¿Cómo aumento la autoestima de los alumnos que no se quieren nada? ¿Cómo motivo a mis alumnos ante mi asignatura? ¿Cómo hago para que las relaciones entre mis alumnos sean mejores? ¿Cómo resuelvo un conflicto? ¿Cómo medio en una disputa? ¿Cómo caigo bien a la clase? ¿Cómo calmo a un niño que está llorando? ¿Cómo hacen mis alumnos para gestionar la frustración de una mala nota? ¿Cómo hacen mis alumnos para calmar los nervios antes de un examen, llegando algunos a no dormir el día anterior? ¿Cómo pueden hacer mis alumnos para llevarse mejor con sus padres en esta época tan difícil de la adolescencia? Estas son muchas de las preguntas que me he hecho como profesor y nadie me ha contestado. Me las he hecho y me las sigo haciendo a lo largo de mi vida profesional como docente. Deberían enseñarnos las respuestas antes de ser profesores. No os imagináis lo «desnudos» que nos sentimos cuando empezamos a ejercer la profesión. Esa es la razón por la que un 50 por ciento se da de baja durante los dos primeros años. Son muchas preguntas las que se deberían resolver, no en un máster de un año, en el que no hay tiempo, sino en una carrera de «Profesor de matemáticas». Una carrera donde solo se deje entrar a los mejores estudiantes, con las mejores notas. Si queremos que nuestros hijos sean grandes estudiantes y grandes personas, que es más importante, deberían tenerlos a su cargo los mejores profesionales. Y no solo me refiero a los que saquen mejores notas porque todos sabemos que muchos de los compañeros que hemos tenido que sacaban unas notas geniales no tenían buenas habilidades sociales, ni dejarías a tus hijos a su cargo. Deberíamos elaborar una serie de entrevistas y exámenes donde también se evaluara la inteligencia emocional de los futuros profesores y sus habilidades sociales. De esta forma tendríamos a los mejores con nuestros hijos. Piaget decía que los profesores deberían ser expertos en psicología, y no andaba lejos de la realidad, porque los profesores tenemos que ser muchas cosas en una: orador, actor, policía, experto, payaso, monitor de tiempo libre... La gente se queja de la sociedad actual, de los políticos corruptos, de los chavales que solo piensan en emborracharse y drogarse, de los jóvenes «ninis» sin ambición ninguna, del fracaso escolar, de las malas notas de nuestros alumnos en los exámenes internacionales, de la gente que tiene negocios y no te cobra el IVA, de los que van al supermercado, cogen una bolsa de patatas, se la comen y luego no la pagan. ¿Y cómo se puede solucionar esto? La solución está en una única palabra que es la base de toda sociedad: la EDUCACIÓN. La educación es la base de todo país y los colegios e institutos son uno de los sitios (no olvidemos que el principal es el propio hogar, con sus padres) donde se instruye y se 89
educa a los niños. Y las personas que lo hacemos somos los profesores y maestros a lo largo de toda su vida escolar. Si queremos tener los mejores y más preparados jóvenes del mundo, deberíamos tener los mejores profesionales encargándose de ellos, y los más preparados. ¿Cómo puede un profesor dar clase en un aula a treinta y ocho chavales adolescentes de quince años? Ya os digo que es muy complicado, pues la mitad del tiempo puedes estar mandando callar y poniendo orden en la clase. Mi experiencia docente me dice que de todas las medidas que tienen en Finlandia, que salen en multitud de periódicos, blogs y demás medios que explican por qué tienen una gran educación y sacan tan buenas notas en los exámenes PISA, la más importante es el bajo ratio de alumnos. Yo he dado clase a grupos de doce o quince alumnos y no tiene nada que ver lo que consigues con ellos con lo que logras cuando tienes treinta y cinco o más. Tienes una atención mucho más personalizada, controlas mejor la clase, puedes ayudar a los que les cuesta más, etc. No se puede comparar. Y mientras en España sigan subiendo las ratios en las clases, la educación seguirá siendo como es, bastante mediocre. Por no hablar de que en estos países donde tienen los mejores resultados en pruebas externas los profesores son los profesionales más valorados de la sociedad, ya que son los que se encargan del cuidado y formación de sus hijos. Los colegios contratan a los mejores profesionales del mercado, ya que, al ser la profesión más importante, tienen que elegir a los mejores; y les pagan muy bien. ¿Por qué un médico está mucho mejor valorado en España que un profesor, por ejemplo? ¿Porque tienen que estar estudiando casi diez años y es una carrera muy dura? ¿Porque solo llegan los mejores? ¿Porque cobran mucho? Deberían revisarse los sueldos que se pagan a los profesores, en mi opinión, bastante bajos comparados con otras profesiones. Un trabajador con una licenciatura y un máster de cualquier otra profesión puede estar cobrando cuarenta mil euros anuales si ha ido ascendiendo y haciendo bien su trabajo con cuarenta años. En cambio un profesor, por mucho que lo haga bien y esté muchos años, no va a tener muchos cambios salariales quitando los trienios o quinquenios, dependiendo de en qué colegio esté. ¿Hay alguna profesión más importante que aquella en la que te dejan a cargo los hijos de los demás, a los que vas a formar y preparar para que sean el futuro de nuestro país? Por otro lado, el arte de dar clases está muy poco reconocido. ¿Por qué no hay premios de este arte que lleva tantos y tantos años ejerciéndose? Hay premios de pintura, de escultura, de escritura, de cine, de teatro... pero de algo tan importante como es dar clase no hay ningún tipo de reconocimiento ni de premio... ¿No es alucinante? Es cierto que sería complicado evaluar de una forma objetiva en busca del mejor, pero debería haber algo, a nivel de centro, quizás. Se podría elegir en cada colegio al mejor y luego celebrar un congreso quizás... No sé si sería posible o no, el caso es que se tiene que dar más importancia a nuestra profesión, valorarla mucho más. 33. Paciencia, paciencia y paciencia Al principio tienes que tener paciencia. La de profesor es una de las profesiones en las que más influye la experiencia, así que no te preocupes si no te haces con la clase, no 90
explicas bien o no te da tiempo a prepararte las clases todo lo bien que te gustaría. En las primeras clases que di en 1.º de bachillerato seguía el libro a rajatabla, y como había temas de repaso, llegué a explicarles la ecuación de segundo grado... que es algo que se da en 2.º de ESO. No pasa nada, esas cosas las irás solventando con el tiempo y verás lo increíblemente diferente que es el segundo año, si das las mismas asignaturas que el primero, si ya tienes todo preparado y organizado.
34. Para ser profesor tienes que valer Os pondré un ejemplo de un momento donde me ponía un poco tenso y no sabía qué hacer. Era a la hora de corregir los deberes de matemáticas en clase. Lo que yo hacía era sacar a un alumno a corregir a la pizarra; pero, claro, ¿qué hacen los demás alumnos mientras su compañero está corrigiendo el ejercicio? Era un momento donde me ponía algo nervioso ya que los demás chicos no tenían nada que hacer y había que esperar a que terminara el alumno que estaba corrigiendo en la pizarra. Yo entendía que era un momento aburrido, incluso para mí, pero no sabía qué hacer para que no se pusieran a hablar. La experiencia me ha dicho que hay varias opciones para estos casos. Una es mandarles más ejercicios mientras se corrigen los del día anterior en la pizarra; pero, eso sí, tendrás que volver a corregirlos en algún momento y volverás a tener el mismo problema... a no ser que les des los ejercicios con solución, así cada uno puede ir trabajando y comprobando si lo tiene bien o no. Otra variante es preguntarles sobre el tema y ponerles nota en tu cuaderno de profesor mientras el alumno corrige, así se irán callando para que no les preguntes. Y otra opción que elijo muchas veces es corregir yo mismo los ejercicios. Voy rápido, voy hablando y explicando a la vez que corrijo, y así ellos están atentos y no me aburro yo. También es posible que pases por momentos complicados en los que tengas ganas de llorar dentro de una clase, mandarles a la mierda o estamparles contra la pared porque no te hacen caso. Mi consejo cuando te pasen estas cosas (si te pasan) es que preguntes a tus compañeros qué cosas les funcionan a ellos con ese grupo en particular, ya que cada clase es un mundo. Y ante todo, no llores en clase. Romper a llorar y que te vean los alumnos es como asumir una derrota y que han ganado ellos la batalla. Aguanta, espérate y llora después en un intercambio de clase o en el recreo. O si no puedes más, avisa a un profesor que esté libre para que se quede un momento en el aula y vete al baño a desahogarte. Como me dijo una compañera, «antes de que llores tú, que lloren ellos». Es una forma de hablar, lógicamente, pero antes de que puedan contigo haz lo que sea para que esto no pase: échales una bronca de la que no se olviden, ponles un parte, ponles un examen al día siguiente, déjales sin recreo, echa a uno de clase, manda notas a casa, lo que sea con tal de que te hagan caso si te ves en una situación complicada. He de decir que yo vi a una profesora que había estado dando clase en bachillerato toda la vida salir llorando de una clase de 2.º de ESO varias veces. Era el primer año que 91
tenía un curso tan bajo y, acostumbrada a chicos de bachillerato, no se hacía con ese curso de niños tan pequeños para ella. Digo esto porque la gente opina mucho de esta profesión, pero la mayoría no sabe lo que es ponerse delante de un grupo de treinta adolescentes de quince años. Esto es como la selección española de fútbol: en España todos tenemos un seleccionador dentro y todos opinamos quién debería jugar y quién no. Pues en la educación pasa lo mismo, todos te dicen cómo tienes que hacerlo y qué técnicas debes usar sin haber estado dentro de un aula y sin tener ni idea de lo que es. —Sería mejor que hablaras con el alumno a solas y se lo intentaras hacer ver... que con esa actitud no va a ningún sitio. —Sería mejor que le castigaras cincuenta mil días en el calabozo y no saliera más y le mandaras mil cuatrocientos partes a casa y fuera expulsado hasta el año 2050. —Sería mejor que lo comentaras en clase con los alumnos, a ver qué opina el grupo y cómo podéis hacer entre todos para solucionarlo. —Sería mejor que le pidieras ayuda a su tutor y que él hablara con ellos a ver si lo soluciona. Cada persona te va a decir cómo hacer las cosas y de qué forma. Y no hay una forma correcta o perfecta, tienes que probar y usar las que más te funcionen, que serán las que más acorde van con tu personalidad y tus valores. Yo he visto desde un profesor con el que no se mueve ni una mosca, todos trabajan y ahí nadie levanta la voz, hasta otro profesor que hace unas clases superparticipativas, debate con los alumnos y la clase es muy dinámica. Cada uno tenemos nuestra forma de hacer las cosas. Por eso digo que para ser profesor hay que valer. Porque se pasan momentos duros y si te has metido por probar, por las vacaciones o por tener un trabajo fijo, acabarás dejándolo. La gente a la que le gusta, tengas vocación o no, y que disfruta dando clase, los malos momentos los sabe suplir con los buenos. 35. ¿Vacaciones? Sí, pero no tantas... Vamos a romper el mito de las vacaciones de los profesores, porque no tenemos tres meses de vacaciones en verano. Bueno, aquí quiero dejar claro que hablo desde el punto de vista de profesor de un colegio privado, lo que ocurre en un colegio público o concertado no lo sé con seguridad, pero os contaré lo que yo he vivido. En casi todos los colegios privados en verano se trabaja en el mes de julio, aunque no entero. Normalmente tienes de vacaciones todo agosto y, según el centro, también puedes tener libre la segunda quincena de julio, como es mi caso. Hay colegios en los que te hacen trabajar todo el mes de julio. Y cada vez más centros se están apuntando a esta moda de tener a los profes currando en julio, aunque sea diez días. En mi caso, trabajo hasta el 15 de julio preparando y organizando el curso siguiente, recibiendo formación y ocupándome de temas burocráticos e institucionales. Luego, eso sí, tienestienen vacaciones de Navidad y de no Semana y losEnpuentes oficiales. Algunos colegios la semana blanca, pero ha sidoSanta mi caso. los colegios concertados, 92
no puedo generalizar pero oigo que últimamente también están haciendo trabajar en julio, aunque sea unos días, a sus empleados. En mi opinión, las vacaciones son muy merecidas frente al trabajo que hacemos. Expertos dicen que una hora dentro de un aula equivale a dos o tres horas en una oficina, así que sí que es cierto que son descansos que necesitamos. 36. Vivir con tu amigo el estrés Como ya he comentado, el primer año estuve muy estresado. Los fines de semana de los dos primeros meses no hacía otra cosa que preparar las clases de la siguiente semana y entre semana corregía ejercicios, preparaba y corregía exámenes, pasaba notas, revisaba apuntes y fichas, etc. Los primeros dos meses te van a parecer una odisea y vas a pensar que si esto es así durante muchos meses más, no vas a poder con ello. Tranquilo, es normal. Poco a poco irás preparándote más clases en menos tiempo, sabrás improvisar más y estarás más calmado en tu día a día. Aunque, no te voy a engañar, siempre se trabaja bastante, sobre todo si estás en un colegio privado. Mi consejo es que cojas el primer fin de semana y te prepares, no solo la siguiente clase de cada asignatura, sino las tres o cuatro que tienes esa semana. Si cada día te tienes que preparar la clase del día siguiente, sentirás un agobio y un estrés que no te vendrán nada bien. Pero si, en cambio, durante el fin de semana te has preparado toda la semana que tienes por delante, los días pasarán mucho mejor y esa semana se te hará más llevadera. Cada fin de semana prepara la siguiente semana, y poco a poco irás teniendo tiempo para llevar la asignatura con tres o cuatro días de adelanto, por lo que si un día no te apetece o no puedes mirarte lo que vas a hacer en la jornada siguiente, ya te lo habrás preparado y no pasará nada. Hazme caso, poco a poco irás teniendo más tiempo y te organizarás mucho mejor... Ese proceso durará más o menos, dependiendo de las asignaturas que tengas. Igual son dos meses que cuatro, tiempo al tiempo. No te agobies si tu primera sustitución no ha ido bien o todo lo bien que te hubiera gustado. Es normal que al principio no sea todo tan positivo como querías, date tiempo. Si en algún momento se te pasa por la cabeza que no vales para esto o que no has tenido una buena experiencia, no te des por vencido y prueba en algún colegio más. Cada colegio tiene su idiosincrasia, sus reglas internas, su tipo de alumnos. Y puede que tú no encajes en uno de ellos. Busca otro centro que sea más acorde con tus características y prueba, no te dejes llevar por la primera impresión. Con esto me refiero, por ejemplo, a que si toda tu vida has estado viviendo en un barrio obrero y de repente te vas a dar clase a un colegio superpijo, es posible que no te sientas parte de él y no estés a gusto... Y viceversa, si toda tu vida has estado yendo a colegios pijos y te toca dar clase en un colegio donde hay chicos de familias con problemas económicos y de estructura familiar y muchos inmigrantes con diferentes niveles educativos, es posible que no entiendas bien sus problemas y te cueste al principio. Repito que con esto quiero decir que no te des por vencido a las primeras de cambio y te concedas varias oportunidades, porque tienes que encontrar el centro donde te 93
encuentres a gusto y sobre todo te sientas parte de él. 37. Si el niño es idiota, los padres son idiotas Esta regla se cumple la mayoría de las veces. Es verdad que hay alguna excepción, pero normalmente cuando un niño es maleducado, irrespetuoso e impertinente, sus padres seguramente también lo sean. Al igual que si un niño es educado, respetuoso, amable y majo, los padres también lo serán. Así que ten cuidado cuando tengas tutorías con los padres, para estar prevenido de lo que te puede pasar. Hoy en día los padres no te van a apoyar siempre, como ocurría hace años. Antes, si tu hijo sacaba malas notas, le echabas la bronca y ahora le vas a pedir explicaciones al profesor. Hace poco leí un artículo en un blog que comparaba el trabajo docente con el trabajo de un médico. Imaginaos un paciente que acude a un hospital para que le den los resultados de unos análisis y el médico le da un diagnóstico desfavorable. Le dice que para recuperarse debe seguir un tratamiento riguroso, controlar su dieta y cambiar sus hábitos de vida. Al paciente no le gusta el diagnóstico, acude a otro médico y este último le declara totalmente sano. No cambia, por tanto, sus hábitos de vida y meses después el paciente muere. Pues esto pasa todos los días en cada colegio e instituto de España cuando un profesor suspende a un alumno, o mejor dicho, cuando un alumno suspende una asignatura. Muchas veces cuando un niño suspende, los padres van a hablar con el tutor o el profesor para quejarse de que su hijo trabaja mucho, que ha estudiado mucho, que el examen era muy difícil, y utilizan cualquier argumento en contra del profesor. Parece como si el hecho de que apenas estuvieran en casa y no pasaran tiempo con el hijo lo tuvieran que suplir pidiendo al profesor explicaciones de por qué su chico no se esfuerza. Como el médico, el profesor cuando pone un examen y lo corrige lo que hace es diagnosticar si el alumno tiene los conocimientos sobre los que versa dicho examen. El profesor determina el nivel que refleja el examen o trabajo en cuestión. Al aprobar o suspender a un alumno, ni lo premia ni lo castiga, solo está evaluándole. Si un profesor suspende a un alumno que tiene los conocimientos exigidos, está abusando de su poder y es cuando se pone el grito en el cielo. Ahora bien, cuando el profesor aprueba a un alumno que no tiene dichos conocimientos, también está incurriendo en abuso de poder. Aprobar a un alumno que no ha aprendido es un comportamiento tan irresponsable como el del médico que te dice que estás completamente sano cuando tienes una enfermedad. Si esto te lo hiciera un médico y te dijera que estás sano cuando realmente estás gravemente enfermo, denunciarías al médico, al hospital y no lo tolerarías en ningún caso. Cuando un profesor aprueba a un alumno que no se lo merece, está diagnosticándole que sabe de la materia cuando no es así. 94
¿Por qué se cuestiona a un profesor cuando es exigente y suspende mucho y no a un profesor que aprueba a todo el mundo con buena nota sin apenas hacer nada? Porque ante aprobados nadie se va a quejar, ni los padres, ni los coordinadores, ni el director de tu colegio, nadie. En cambio ante suspensos, sí. Cuanto más tiempo paso como profesor, más chicos veo pasar delante de mí, más creo saber dónde está la causa del fracaso escolar de nuestro país, y es en los padres. Los profesores nos encontramos con muchos padres que no saben educar a sus hijos. Les permiten muchas cosas, no les ponen límites y no les enseñan valores como el respeto a los demás, el esfuerzo y el sacrificio. Así es complicado luego dar una clase. Y no digo que los padres tengan la culpa, sino que ellos no conocen otra forma de educarles ni les han enseñado cómo hacerlo. Creo que ahí radica el problema de todo, que hay muchos padres que no saben cómo educar a sus hijos porque nadie les ha dado unas pautas precisas. Creo que debería haber más talleres con padres en los centros educativos, más cursos para padres, para enseñarles ciertas técnicas frente a los hijos que hay que tener claras desde que son pequeños y más aún cuando son adolescentes. Ahora los colegios están llenos de clases extraescolares para los niños, pero creo que deberían enfocarse también a los padres y hacerse talleres educativos para ellos. Así se podrían arreglar poco a poco ciertas cosas en España. También te encontrarás con padres estupendos que te apoyan siempre y tienen unos hijos geniales, a los que da gusto darles clase. De hecho, hay más de estos últimos que de los primeros, pero hacen más ruido los que se quejan y el colegio les hace más caso. En mi blog, «El blog que te hará pensar», puse un día una carta que me gustó mucho. Una carta de un hijo a todos los padres del mundo. Una carta cuyas recomendaciones llevaré a cabo cuando tenga hijos, como hago ya con mis alumnos, pues buena parte de la educación que imparten los padres a los hijos la damos nosotros, los profesores, a los chicos de nuestros centros. Carta de un hijo a todos los padres del mundo No me des todo lo que te pida. A veces solo pido para ver cuánto puedo coger. No me grites. Te respeto menos cuando lo haces, y me enseñas a gritar a mí también, y yo no quiero hacerlo. No des siempre órdenes. Si en vez de órdenes a veces me pidieras las cosas, yo lo haría más rápido y con más gusto. Cumple las promesas, buenas o malas. Si me prometes un premio, dámelo; pero también si es un castigo. No me compares con nadie, especialmente con mi hermano o hermana. Si tú me haces sentirme mejor que los demás, alguien va a sufrir, y si me haces sentirme peor que los demás, seré yo quien sufra. No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer, decídete y mantén esa decisión. Déjame valerme por mí mismo. Si tú haces todo por mí, yo nunca podré aprender. No digas mentiras delante de mí, ni me pidas que las diga por ti, aunque sea para sacarte de un apuro. Me haces sentir mal y perder la fe en lo que me dices. Cuando yo hago algo malo, no me exijas que te diga el «por qué lo hice». A veces ni yo mismo lo sé. Cuando estés equivocado en algo, admítelo y crecerá la opinión que yo tengo de ti. Y me enseñarás a admitir mis equivocaciones también. Trátame con la misma amabilidad y cordialidad con que tratas a tus amigos; ya que por ser de la familia no quiere podamos seryamigos No medecir digasque queno haga una cosa tú no latambién. hagas. Yo aprenderé y haré siempre lo que tú hagas, aunque no
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lo digas, pero nunca haré lo que tú digas y no hagas. Cuando te cuente un problema mío no me digas «no tengo tiempo para tonterías» o «eso no tiene importancia». Trata de comprenderme y ayudarme. Y quiéreme. Y dímelo. A mí me gusta oírtelo decir, aunque tú no creas necesario decírmelo.
Y a veces nos preguntamos ¿pero qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos? Y no, la pregunta correcta sería: ¿pero qué hijos vamos a dejar a nuestro mundo? 38. Imito lo que me gustaba de mis profesores y evito lo que odiaba de ellos ¿De qué profesor tienes más recuerdos de tu época en el instituto? ¿De qué profesores te acuerdas más? ¿De los más cabrones? ¿De los mejores? ¿De los más exigentes? ¿De los más divertidos? Yo he de decir que tengo buena memoria y me acuerdo de muchos: Doña Paquita, en mi cole de Murcia, en preescolar (actual infantil). Me lo pasaba muy bien con ella. Doña Maribel, también en Murcia, en lo que sería ahora primaria y antes era EGB, era una mujer muy buena que muchas veces no se imponía en clase. Recuerdo que nos quería mucho y a veces nos llevaba a la playa de excursión y era el mejor momento del curso. De mi época de EGB en Madrid recuerdo a muchos profesores, pero ninguno con especial admiración. El paso al instituto siempre es importante y de esa época recuerdo bien a profesores como Alberto, el de filosofía, exigente donde los haya. Me hizo conocer una asignatura diferente hasta ese momento, que fue la que creo que me hizo preguntarme casi todo en la vida y despertó en mí el gusto por el saber y por las personas, y de ahí mi afición a la educación y la psicología. Un poco cabrón, todo hay que decirlo, no dejaba indiferente a casi nadie. También recuerdo, cómo no, a mis profesores de matemáticas. Una de ellas, exigente también y en cuyas clases no se escuchaba ni una mosca debido a las broncas que te echaba. En cambio de otra no aprendí muchas matemáticas. Se limitaba a dar clase y le daba un poco igual quién atendiera y quién no, parecía que quería que pasara rápido la clase e irse a su casa sin preocuparse apenas por nosotros. Y el último profesor de matemáticas que tuve fue uno de los peores que he conocido. Explicaba fatal, no se preocupaba por que lo entendiéramos, llenaba la pizarra de datos y no hablaba apenas. De hecho, fuimos al examen de selectividad sin haber dado las integrales porque no le dio tiempo y las tuvo que dar una vez terminado el curso... De pena. Recuerdo también a mi profesor de física y era un crack. Se le notaba que dominaba muchísimo la asignatura y te contagiaba lo que sabía. Explicaba muy bien y llevaba muy bien la disciplina de aula. La de lengua también era una excelente profesora. Me despertó el gusto por la sintaxis, que tiene algo de matemáticas, y explicaba de manera magnífica. También me acuerdo de una profesora de biología patética. Y digo patética porque es el calificativo menos grave que me sale. Y si no juzgad vosotros mismos a una profesora 96
que nos sacaba a la pizarra a preguntarnos el tema y si no te lo sabías, empezaba a humillarte delante de todos, metiéndose con el aparato corrector de la boca de una compañera, con el físico de otro compañero, y así con muchos de nosotros. La profesora de historia se limitaba a contarnos la historia de España a través de hojas que teníamos que leer, resúmenes del libro y demás. Ella apenas nos explicaba nada. Creo que no recuerdo ni un detalle de lo que hicimos en sus clases. Me acuerdo de un profesor de latín que solo vino un año a mi colegio. Consiguió despertar en todos nosotros el interés por una lengua tan en desuso; sus clases eran muy interesantes. De mi paso por la universidad para estudiar ingeniería informática recuerdo en especial a un profesor de álgebra que tenía el aula abarrotada de gente. Había dos clases a la misma hora y una de esas dos clases se quedaba vacía porque todos la abandonaban para irse a escuchar la lección de aquel profesor excepcional. De esa forma, en un aula nos metíamos el doble de alumnos de lo que correspondía y mucha gente se acababa sentando en los escalones porque no había otro sitio libre. Explicaba las cosas de una forma superlenta, que hacía que lo entendieras siempre. Traía cosas a la clase, interactuaba con nosotros, se le notaba que disfrutaba haciendo lo que hacía, y lo transmitía. Cuando doy clase intento emular a mis profesores, copiar las cosas que me gustaron cuando yo era alumno, e intento no hacer las barbaridades que cometían algunos de ellos. Si alguna vez dudas de cómo hacer algo, piensa en cómo te gustaba que lo hicieran tus antiguos profesores cuando eras alumno y seguro que encuentras rápidamente la respuesta. 39. La inteligencia emocional, esa poderosa desconocida
La inteligencia emocional es muy importante. Me atrevería a decir que es imprescindible. En la vida, para los niños, para los adolescentes, para los adultos, para todos. Puedo decir con seguridad que mi vida cambió después de estudiar un máster en inteligencia emocional. Me entendí mucho mejor a mí mismo, cómo pensaba yo y por qué pensaba lo que pensaba. Reflexioné sobre qué quería en la vida: mis amigos, mi pareja, mi familia, mis aficiones y mi trabajo. Si todo aquello estaba en sintonía con lo que yo deseaba o había algo que quería cambiar y qué hacer para cambiarlo. Y fue en ese momento cuando decidí dejar mi trabajo de informático y dedicarme a la docencia, un trabajo que me llena de verdad y con el que me siento realizado cada día. Es la mejor decisión que he tomado a día de hoy, y desde entonces veo las cosas mucho más claras. Creo que debería haber un psicólogo en cada centro educativo. Es más, creo que debería haber un psicólogo en cada empresa, pero en lo que a mí me compete, en un colegio con más razón. Hay estrés por parte del profesorado, hay momentos malos en los que necesitas desahogarte y recolocar la cabeza. Y los chicos necesitan una persona que 97
les pueda atender ante cualquier problema o inquietud, que, como sabemos, a esas edades no son pocas. Somos personas y trabajamos con personas. Nos regimos por nuestras emociones y tenemos que saber gestionarlas de forma correcta. Y eso, desgraciadamente, no nos lo enseña nadie. No podemos controlar lo que sentimos, pero sí qué hacer con esas emociones que tenemos. Como profesor no puedo permitir que por la falta de control en el aula o porque los chicos estén hablando se me vaya la situación de las manos y termine gritando o llorando en clase. Debería haber formación en inteligencia emocional para cada profesor. Creo que antes de estudiar las leyes, el currículo y todo eso que al final lo tienes que mirar por tu cuenta y te vas a enterar, hay que enseñar a gestionar las emociones. Es una pena que a un niño no se le enseñe a gestionar un enfado con su mejor amigo, la frustración de suspender un examen, el nivel de estrés que llega a no dejarle dormir cuando tiene un examen, la tristeza de la ruptura con su primer amor, la rabia y tristeza de la infidelidad de su novio al liarse con otra, el miedo al rechazo al decir a su grupo de amigos que no quiere fumar tal cosa o beber tal otra, la culpa al negarse a pasar su examen al macarra de la clase cuando le pide las respuestas en medio de la prueba, la tristeza y enfado cuando se meten con él durante mucho tiempo y no se atreve a hacer nada... Salimos del colegio sabiendo muchas cosas de matemáticas, de lengua, de inglés, de historia, pero ¿qué sabemos de la vida? ¿Quién nos enseña todas estas cosas? ¿Estamos preparados para ellas? A mí me gustaría enseñar todas esas cosas a mis hijos, y si pudieran hacerlo en el colegio también, sería algo estupendo. Por eso siempre que puedo, como profesor, aprovecho para trabajar las emociones en clase. Con una dinámica de grupo, con un vídeo introductorio, con una canción, con lo que sea. Los adolescentes están deseando hablar de lo que sienten, de sus emociones, de sus preocupaciones, de sus motivaciones, y cuando un adulto lo hace con ellos es alucinante lo motivados y dispuestos que están, simplemente porque alguien por fin se preocupa de sus cosas más internas y profundas. Aquí os dejo una serie de vídeos que podéis encontrar en YouTube y que yo uso para motivar a mis alumnos y trabajar mucho la inteligencia emocional. Unas veces son útiles para cuando viene época de exámenes, otras para cuando están desanimados, otras para cuando el grupo no está unido, otras para emocionarles, para hacerles pensar... en definitiva para sacarles de la monotonía de la clase y conectar con ellos de una forma especial y hacerles ver que me preocupo por lo que sienten: Discurso de Steve Jobs: para motivación, cuando han terminado el curso o cuando tienen que decidir qué estudiar. Cursos: 4.º de ESO, 1.º y 2.º de bachillerato. Usa protector solar: para motivación, subir el ánimo, como premio por algo bueno que hayan hecho o para que pierdan el miedo a decidir qué estudiar. Cursos: de 3.º de ESO en adelante. Seréis fuertes-Nick Vujicic o Nick Vujicic en su casa o cualquier vídeo de este 98
hombre, que nació sin brazos ni piernas, que se dedica a dar charlas motivacionales, muchas de ellas en colegios. Estos vídeos los he usado para trabajar valores de esfuerzo antes de exámenes o en épocas de poco rendimiento de la clase. Cursos: de 2.º de ESO en adelante. El circo de la mariposa: un corto en el que aparece Nick Vujicic, con el que se puede trabajar la tolerancia, el esfuerzo, el bullying, la discriminación, etc. Cursos: de 1.º de ESO en adelante. Team Hoyt: vídeo de un padre que hace maratones y triatlones llevando con él a su hijo, que tiene parálisis cerebral y no puede andar. Y los hace empujando la silla de su hijo porque el niño expresa que se siente como si corriera. Lo he usado para trabajar el esfuerzo antes de exámenes o simplemente como valor personal. Cursos: de 3.º de ESO en adelante. Life Vest Inside: vídeo donde van apareciendo diferentes personajes que se hacen favores unos a otros, formando una cadena. Para trabajar la ayuda, el compañerismo y el buen rollo en la clase. Cursos: de 1.º de ESO en adelante. Randy Pausch-La última lección: vídeo de un profesor al que le detectaron cáncer de páncreas y dio esta charla para contestar a la pregunta: «¿Qué es lo que enseñarías al mundo si supieras que es tu última clase?». Para trabajar el esfuerzo, la superación y el disfrute de la vida. Cursos: de 3.º de ESO en adelante. Alan Watts: ¿qué harías si el dinero no existiese?: vídeo que te pregunta de qué trabajarías si no existiese el dinero. Para utilizar con los chicos que tienen que decidir qué carrera hacer y buscar un trabajo que les guste, independientemente del dinero que se gane. Cursos: de 4.º de ESO en adelante. Will Smith y su gran simple sabiduría: vídeo donde el actor cuenta su visión de la vida y cómo disfrutar de ella; habla de no rendirse jamás, sobre ayudar a los demás, sobre el esfuerzo que hay que hacer para conseguir el éxito. Cursos: de 2.º de ESO en adelante. El camino del éxito-LuzuVlogs: vídeo de un famoso youtuber que los chicos suelen conocer y así el mensaje les llega más. Habla sobre el éxito en la vida, el trabajo duro, el esfuerzo, la búsqueda de un trabajo que te apasione, etc. Cursos: de 2.º de ESO en adelante. Respect: vídeo sobre el respeto y el juego limpio en los deportes, que se puede aplicar a cualquier aspecto de la vida. Lo uso para trabajar a través del deporte valores que quiero inculcar en la clase, como el ser deportivo, respetuoso siempre, ayudar al compañero y, en definitiva, ser buena persona. Cursos: de 3.º de ESO en adelante. ¿Qué es trabajar duro? Basketball Motivación ft Kevin Durant: vídeo que trata sobre el jugador de la NBA Kevin Durant, un tío que, pese a no tener el talento de otros, ha trabajado duro para llegar a ser el mejor jugador de la liga. Cursos: de 1.º de ESO en adelante, para analizar valores de esfuerzo, trabajo duro, no rendirse, motivación y superación. El mejor vídeo de motivación. Protege tus sueños: vídeo en el que se mezclan trozos de películas famosas: Un domingo cualquiera, Rocky, En busca de la felicidad... Y eventos deportivos de Rafael Nadal, de la selección española, de Michael Jordan y 99
muchos más. Cursos: de 2.º de ESO en adelante, para trabajar la motivación, el esfuerzo, la superación ante las adversidades, el enfrentamiento a retos difíciles, etc. Why do we Fall, por qué nos caemos, subtitulado en español: vídeo que trata sobre cuando lo pasamos mal y nos tenemos que levantar. También con imágenes de deportistas famosos. Cuando fallamos una vez nos tenemos que levantar y volver con más fuerza para conseguirlo. Cursos: de 2.º de ESO en adelante. Lucha por tus sueños: vídeo muy bonito que habla sobre la gente que nos dice que no podemos lograr nuestros sueños e intenta que no triunfemos en la vida, y sobre cómo tenemos que seguir luchando por lo que queremos. Para trabajar los valores de superación, esfuerzo, cómo ignorar a la gente que se opone a nuestros deseos, etc. Cursos: de 1.º de ESO en adelante. ¿Te atreves a soñar?: vídeo que habla sobre la necesidad de confiar en nosotros mismos y soñar. Para ello hay que salir de nuestra zona de confort, algo que nos da miedo y nos crea inseguridad, pero es donde podemos hacer las cosas más importantes. Cursos: 1.º y 2.º de bachillerato. Motivación para corredores. Trabajo duro: vídeo que trata sobre el trabajo duro para correr. Uso mucho los vídeos deportivos porque el deporte en general a los chicos les motiva y muchos de sus ídolos son famosos deportistas, y así el mensaje que les quiero transmitir les llega más. Cursos: de 2.º de ESO en adelante para trabajar el valor del sacrificio y el esfuerzo duro. Marcianitos: vídeo de motivación con el que yo he trabajado las ganas por hacer un examen, el volver a intentarlo aunque suspendas con más ganas y más esfuerzo. Cursos: desde 1.º de ESO se puede trabajar con este vídeo. 40. ¡A disfrutar! (Y mucho) Sobre todo disfruta. Es lo más importante de esta profesión, que disfrutes. Si tú disfrutas con tu asignatura, tus alumnos lo van a notar y se lo vas a contagiar. Si no disfrutas con un tema porque no te gusta, ellos lo van a notar y desconectarán en tu clase. Si te toca dar un tema aburrido, intenta buscar algo que te haga volverlo más atractivo y entretenido. No solo para tus alumnos, sino para ti también. Busca actividades en Internet, intenta usar algún juego, algún test, alguna competición, usa la tecnología o cualquier cosa que se te ocurra para convertirlo en algo ameno. Y, repito, disfruta de esta profesión tan bonita y tan agradecida. Tenemos la suerte de influir directamente en el desarrollo personal del futuro del mundo, nuestros alumnos. Ellos son nuestro futuro y podemos influir más de lo que nos creemos en su crecimiento personal. Podemos incidir en ellos de una forma muy especial, animándoles, haciéndoles ver que pueden con lo que se propongan, y sobre todo dándoles la comprensión, el cariño y la atención que muchos de ellos no tienen en casa. Hay cosas malas en esta profesión, pero las buenas las superan con creces. Confía en ti y en tu instinto, lo harás bien, seguro. Es normal que te estreses, es normal que tengas dudas, no te preocupes y confía en tu intuición. La mayoría de las cosas las harás bien, y las demás las irás aprendiendo con la experiencia que da el tiempo 100
dentro de un aula. La mirada de felicidad cuando un chico que sacaba cuatros ahora contigo saca un siete no tiene precio. La sonrisa de un alumno cuando le dices que ha hecho un trabajo fantástico, que siga así y que estás muy orgulloso de él hace que se te olvide todo lo malo. La cara de satisfacción que se le queda a un alumno cuando viene a contarte que tiene un problema con sus padres, que no tiene tiempo en casa para estudiar, que se siente solo en clase o que no tiene claro qué estudiar dentro de un año, y tú le tranquilizas, le aconsejas y te hace caso a pies juntillas, vale por todos los gritos que has tenido que pegar para mantener el silencio. Disfruta de esta profesión tan bonita que consiste en modelar, aunque solo sea un poquito, a adolescentes que están pasando por una de las etapas con más cambios de su vida, pero que nunca olvidarán. Incluso puede llegar el día en que, a final de curso, preguntes a tu primera promoción de 2.º de bachillerato cuáles son las cosas que has hecho bien y las que no has hecho tan bien a lo largo de estos dos cursos con ellos, y la líder de la clase, que es la que más protesta y lucha por las injusticias, te diga: «Profe, creo que has conseguido sacar lo mejor de cada uno de nosotros».
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Table of Contents Mi primer día de cole Primera hora (4.º A). Salvado por la campana Segunda hora (3.º A). Mi primera clase Tercera hora (3.º B). La clase de los malotes Cuarta hora (4.º B). El alumno hiperactivo Quinta hora (4.º C). Disfrutando con diez alumnos Sexta hora (1.º de bachillerato). Esto es otra cosa Final del día. No quiero volver al cole Mi segundo día de cole Anécdotas, despedidas y conflictos de los que aprendí El día que le puse un parte grave a Carlos de la Chica, de 3.º B El día que perdí los papeles con David, el hiperactivo de 4.º B El día que pegué un golpe con un libro encima de la mesa de un alumno dormido en 4.º A La despedida al estilo de la película El club de los poetas muertos Fin de la sustitución. ¡Quiero seguir siendo profesor! Mi primer día como tutor La peor clase de mi vida ¡Han robado tabaco en clase! Un tutor es, más que un profesor, un padre para ellos La gran «cagada»: dos niños rompen a llorar Regalos y sorpresa por mi despedida Mi destino final Los deberes para hoy: date un premio al llegar a casa El Madrid-Juventus de las semifinales de la Champions como técnica de concentración Kevin Durant motivando a mis alumnos de bachillerato El día que usé Bola de dragón para motivar a mis alumnos de 2.º de bachillerato Las cuarenta lecciones que aprendí durante mis primeros años como profe 1.Ir de profe guay hará que te coman los alumnos. Entra duro y luego ve bajando el listón 2. «Es que con el antiguo profe...», la gran coletilla que les sirve para todo 3.Los chicos del coro, La ola o El club de los poetas muertos, películas estupendas, sí, pero no reales 4. La juventud, ese divino tesoro que me sirvió para ganarme a algunos alumnos y enfrentarme con otros 5.Las amenazas y las promesas hay que cumplirlas siempre 6. Justicia e igualdad, dos pilares básicos para los alumnos 102
7. El refuerzo positivo delante de todos, la pócima secreta 8.¿Por qué no se mandan notas a los padres de los alumnos que sacan buenas notas? 9. Las críticas y broncas a solas sientan mejor 10.Cuando no uso la palabra «no» me hacen más caso 11. ¿Qué leches hago para que los alumnos se callen? 12. El momento de enseñar los exámenes es ideal para darles mensajes importantes 13.Los castigos son buenos, sí, buenos 14. Me preocupo por ellos 15. Prohibido comparar 16.Dar los criterios de calificación el primer día ahorra problemas 17. ¡No me quites tiempo de mi recreo, profe! 18. Un profesor no es un amigo 19. Si crees en tus alumnos y les exiges, ellos responderán 20.Organizar y planificar muy bien tus clases hace que te respeten y te valoren 21. Cuando uso el «nosotros» al hablar para ser parte implicada en la clase 22. Hacer que los alumnos se expliquen cosas unos a otros 23. Empatía = ponerse en su lugar 24.¿De qué depende que una clase salga bien o mal? 25. Misión prioritaria: ganarte al líder de la clase 26. Respect 27. Cuando empecé a aprender a no tomarme las cosas como algo personal 28.Lo peor que hice como sustituto: decirles a mis alumnos que mi sustitución duraba solo tres meses 29. El trabajo que preparo para una clase no funciona en otra, ¿por qué? 30. Las TIC son nuestras amigas 31. Asumir y reconocerlo cuando la cago 32.Cuanto antes asumas que nadie te va a enseñar a dar clase, mejor 33. Paciencia, paciencia y paciencia 34. Para ser profesor tienes que valer 35.¿Vacaciones? Sí, pero no tantas... 36. Vivir con tu amigo el estrés 37. Si el niño es idiota, los padres son idiotas 38.Imito lo que me gustaba de mis profesores y evito lo que odiaba de ellos 39. La inteligencia emocional, esa poderosa desconocida 40. ¡A disfrutar! (Y mucho)
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Índice Mi primer día de cole
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Primera hora (4.º A). Salvado por la campana Segunda hora (3.º A). Mi primera clase Tercera hora (3.º B). La clase de los malotes Cuarta hora (4.º B). El alumno hiperactivo Quinta hora (4.º C). Disfrutando con diez alumnos Sexta hora (1.º de bachillerato). Esto es otra cosa Final del día. No quiero volver al cole
Mi segundo día de cole Anécdotas, despedidas y conflictos de los que aprendí El día que le puse un parte grave a Carlos de la Chica, de 3.º B El día que perdí los papeles con David, el hiperactivo de 4.º B El día que pegué un golpe con un libro encima de la mesa de un alumno dormido en 4.º A La despedida al estilo de la película El club de los poetas muertos Fin de la sustitución. ¡Quiero seguir siendo profesor!
Mi primer día como tutor
14 15 17 20 20 21 21
24 26 26 27 28 29 34
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La peor clase de mi vida ¡Han robado tabaco en clase! Un tutor es, más que un profesor, un padre para ellos La gran «cagada»: dos niños rompen a llorar Regalos y sorpresa por mi despedida
Mi destino final
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Los deberes para hoy: date un premio al llegar a casa El Madrid-Juventus de las semifinales de la Champions como técnica de concentración Kevin Durant motivando a mis alumnos de bachillerato El día que usé Bola de dragón para motivar a mis alumnos de 2.º de bachillerato
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Las cuarenta lecciones que aprendí durante mis primeros años como 62 profe 1.Ir de profe guay hará que te coman los alumnos. Entra duro y luego ve bajando el listón 2. «Es que con el antiguo profe...», la gran coletilla que les sirve para todo 104
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3.Los chicos del coro, La ola o El club de los poetas muertos, películas 64 estupendas, sí, pero no reales 4. La juventud, ese divino tesoro que me sirvió para ganarme a algunos alumnos 64 y enfrentarme con otros 5. Las amenazas y las promesas hay que cumplirlas siempre 66 6. Justicia e igualdad, dos pilares básicos para los alumnos 67 7. El refuerzo positivo delante de todos, la pócima secreta 67 8. ¿Por qué no se mandan notas a los padres de los alumnos que sacan buenas 68 notas? 9. Las críticas y broncas a solas sientan mejor 69 10. Cuando no uso la palabra «no» me hacen más caso 69 11. ¿Qué leches hago para que los alumnos se callen? 70 12. El momento de enseñar los exámenes es ideal para darles mensajes 71 importantes 13. Los castigos son buenos, sí, buenos 72 14. Me preocupo por ellos 73 15. Prohibido comparar 74 16. Dar los criterios de calificación el primer día ahorra problemas 74 17. ¡No me quites tiempo de mi recreo, profe! 74 18. Un profesor no es un amigo 74 19. Si crees en tus alumnos y les exiges, ellos responderán 76 20. Organizar y planificar muy bien tus clases hace que te respeten y te valoren 77 21. Cuando uso el «nosotros» al hablar para ser parte implicada en la clase 78 22. Hacer que los alumnos se expliquen cosas unos a otros 78 23. Empatía = ponerse en su lugar 79 24. ¿De qué depende que una clase salga bien o mal? 79 25. Misión prioritaria: ganarte al líder de la clase 80 26. Respect 81 27. Cuando empecé a aprender a no tomarme las cosas como algo personal 81 28.Lo peor que hice como sustituto: decirles a mis alumnos que mi sustitución duraba 81 solo tres meses 29. El trabajo que preparo para una clase no funciona en otra, ¿por qué? 82 30. Las TIC son nuestras amigas 82 31. Asumir y reconocerlo cuando la cago 84 32. Cuanto antes asumas que nadie te va a enseñar a dar clase, mejor 84 33. Paciencia, paciencia y paciencia 90 105
34. Para ser profesor tienes que valer 35. ¿Vacaciones? Sí, pero no tantas... 36. Vivir con tu amigo el estrés 37. Si el niño es idiota, los padres son idiotas 38. Imito lo que me gustaba de mis profesores y evito lo que odiaba de ellos 39. La inteligencia emocional, esa poderosa desconocida 40. ¡A disfrutar! (Y mucho)
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