La universidad en crisis: ¿Qué pensamos lxs filósofxs?
Dossier - ED. N°. 3 (diciembre 2024)
La universidad en crisis:
¿Qué pensamos lxs filósofxs?
Reflexiones y balances sobre lo que está pasando en Puán y en todo el país
Tercera edición: diciembre 2024
Edición: Delfina, Lavinia y Facundo P.
Diseño Editorial: Jorge Inchaurrandieta
Título: La univerisdad en crisis: ¿Qué pnesamos lxs filósofxs? Reflexiones y balances sobre lo que está pasando en Puán y el país
Dossier Ed N°. 3
Asamblea de Filosofía, estudiantes autoorganizados / Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires
La universidad en crisis: ¿Qué pensamos lxs filósofxs?
Reflexiones y balances sobre lo que está pasando en Puán y en todo el país
LA FILOSOFÍA Y LOS LÍMITES DE LA INSTITUCIONALIDAD BURGUESA ALEJANDRO B.
OTRA VEZ ALPARGATAS Y LIBROS: El rey filósofo y la esconexión de las humanidades
CRISTIÁN GÓNGORA
EL LUGAR DE LA DEMOCRATIZACIÓN EN LA LUCHA
UNIVERSITARIA FACUNDO P.
3 DIVORCIOS Y 1 MATRIMONIO FELIPE BARRIOS
RUMIANDO EL CONFLICTO
UNIVERSITARIO. Apuntes sobre lo urgente y lo importante
JAVIER A. RIGGIO
SI DUDÁS DE SI LAS
REPRESENTACIONES TE REPRESENTAN, CONSTRUYAMOS
ALGO NUEVO
FELIPE RENNIS
20 ¿DEBE SER LA EDUCACIÓN UNA CONTRACULTURA? Reflexiones desde la filosofía LAVINIA
RAGE AGAINST THE PHILOSOPHICAL MACHINE LUCÍA G.
¿CÓMO SEGUIR LA LUCHA? LEONARDO SAMAR 29
¿LOS MONOPOLIOS DESAPARECEN SI NO ESTÁN PRESENTES EN LA CONCIENCIA DEL OBRERO? FELIPE RENNIS
CARACTERIZACIÓN DEL CONFLICTO EDUCATIVO EN NUESTRA FACULTAD PRAXIS / AQUELARRE
FRAGMENTO DE TESIS DE ABRIL FEL / PARTIDO PIQUETERO
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Reflexiones y balances sobre lo que está pasando en Puán y en todo el país
LA FILOSOFÍA Y LOS LÍMITES DE
LA INSTITUCIONALIDAD BURGUESA 1
Alejandro B.
Al saber le llaman suerte. Yo aprendí viendo trampearme. Y ahora sólo han de coparme los que banquen con la muerte
Los problemas de la carrera de filosofía de la UBA no se solucionan con una modificación del plan de estudios ni con un título intermedio. Aún más, aquello que se aduce como problema (terminalidad, baja matrícula) no es, sino la consecuencia del problema real, a saber, que nuestra carrera está atravesada por una serie de violencias estructurales que la hacen expulsiva y, por tanto, fraudulenta respecto de aquello que pretende promover: el pensamiento, la crítica, la filosofía. Hemos naturalizado muchas situaciones inaceptables: que enfrentarse a un examen final conlleve exponerse a maltratos que provocan angustia, desesperación, llanto, picos de presión, desmayos; que la evaluación consista en la repetición memorística de opiniones filosóficas y que eso pase por ser un ejercicio de pensamiento crítico; que los criterios de corrección de exámenes parciales y monografías se encuentren librados a la arbitrariedad del juicio de quien contingentemente ocupa un cargo docente; que la calidad pedagógica (por no decir humana) sea algo meramente “deseable” a la hora de concursar cargos docentes; que se deba cursar en condiciones de hacinamiento (problema que hoy en día se ve morigerado por la deserción, que opera así como una suerte de
1. El texto que sigue fue leído públicamente en la reunión interclaustros que en junio de 2024 convocara el Departamento de Filosofía de la UBA con el fin de informar las modificaciones realizadas al plan de estudios de la carrera
mecanismo de selección natural para la especie de los filósofos); que las opiniones de representantes estudiantiles en las reuniones de Junta Departamental sean abiertamente tomadas como objeto de sorna, o que estos sean mandados "a estudiar" antes de opinar; que quienes cursan el CBC sean estudiantes de segunda que habitan una especie de limbo o mundo aparte separado de la carrera propiamente dicha y no sean siquiera considerados ingresantes; que respecto de asuntos filosóficos cruciales haya una opinión única, es decir, una cátedra única (por no hablar de la noción misma de cátedra, resabio medieval que sigue organizando las relaciones de poder al interior de la universidad); que la así llamada democracia universitaria se asiente en una representación profundamente desigual (por no hablar de la problematicidad de la noción de “claustro”) y que pueda ser suspendida y resumida a placer por parte de las autoridades de turno; que la oferta horaria de materias no sólo vuelva extremadamente dificultosa la posibilidad de finalizar la carrera dentro del plazo “teórico” estipulado para quienes cuentan con la posibilidad de dedicarse exclusivamente a la misma, si no que ello sea imposible tout court para quienes, además de estudiar, deben vivir de su trabajo, con lo que la expresión “duración teórica” se vacía completamente de sentido.
Estos son tan sólo algunos, tal vez ni siquiera los más graves problemas a los que debe enfrentarse, quien decide cursar la carrera de filosofía en la UBA.
Ahora bien, ¿qué ocurre con quienes logran graduarse en semejantes circunstancias, contra todo pronóstico? Una ínfima minoría, de tener suficiente cintura política y de saber navegar la lógica del nepotismo, logrará acceder a becas de investigación y cargos docentes en la universidad, por supuesto no sin realizar grandes sacrificios, y ello siempre y cuando sus tesis y proyectos de investigación
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Reflexiones y balances sobre lo que está pasando en Puán y en todo el país
no versen sobre temas tabú, cuyo tratamiento haya sido prohibido a priori por el pensamiento oficial de la Academia. Para el resto, la enorme, abrumadora mayoría, se impone una alternativa de hierro: acceder a ese “destino de segunda” respecto de la carrera de investigador en que consiste el profesorado, para luego competir con sus otrora compañeros por un puñado de cargos mal pagos en nivel medio, o simplemente dedicarse a otra cosa. Conozco personalmente a muchas compañeras y compañeros brillantes, estudiantes y graduados, de gran aptitud pedagógica y filosófica, que no obstante trabajan en oficinas, pizzerías, como delivery, en IT, etc.; personas que de una u otra manera han sido expulsadas, excluidas de la posibilidad de llevar adelante la práctica de la filosofía en el contexto de las tramas de poder que se articulan al interior de la institucionalidad burguesa.
Así las cosas, cabe preguntarse cómo contribuye el título intermedio a solucionar o siquiera comenzar a abordar estos problemas. La respuesta es que no lo hace. Las así llamadas competencias que supuestamente habilitaría a ejercer son propias de un mundo ficcional cuya creación es políticamente conveniente.
En lo que concierne a los requisitos de Didáctica Especial de la Filosofía, es profundamente sintomático de la situación en que nos encontramos no sólo que los miembros de la cátedra que dicta esta asignatura hayan sido excluidos de las deliberaciones en torno a los requisitos para cursar la asignatura que ellos mismos dictan, insólita situación que debiera hacernos volver la mirada sobre las relaciones de poder que habilitan tan patente arbitrariedad en la toma de este tipo de decisiones, si no que se opte por tomar a este grupo de docentes como chivo expiatorio de los problemas percibidos
de la carrera. Nuevamente, aquí se confunde deliberadamente el efecto con la causa y se opta, en un año electoral, por cortar el hilo por su parte más fina.
En términos políticos, la persistencia de estos problemas (que lo son hoy tanto como lo eran hace 10, 20 o 30 años) demuestra que existe una profunda incoherencia entre las prácticas concretas de enseñanza y aprendizaje que se llevan a cabo en nuestras aulas, las posibilidades reales de inserción laboral que ofrece nuestra carrera y la ideología oficial de inclusión que se monta artificialmente sobre la misma para promocionarla hacia dentro y hacia fuera. Pero cabe preguntarse: la promesa de movilidad social ascendente que este discurso progresista asocia al métier intelectual, ¿puede ser, en estas condiciones, algo más que una promesa? ¿A quiénes se promete? ¿Qué debe entregarse a cambio?
Parece ineludible la conclusión de que tanto la percepción del problema como su propuesta de solución se hallan en línea con la necesidad de acomodarse al clima político actual, que exige una vez más de la filosofía institucionalizada que esta dé cuenta de la razón de su existencia tanto en términos cualitativos como cuantitativos, aspecto que se muestra en la bien asentada obsesión por mostrar números positivos en planillas de cálculo, sea que estos refieran a calificaciones, cantidad de papers publicados o, en el caso que nos compete, a nivel institucional, a cantidad de graduados.
En lo que hace al aspecto cualitativo del asunto, una vez más la alternativa de hierro que se impone a la filosofía argentina es asumir la tarea de legitimación del orden existente o enfrentarse críticamente a la realidad. A mi juicio, la filosofía no es sino una impostura si las y los filósofos no partimos en nuestras reflexiones del reconocimiento de
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que la Argentina está quebrada económica y espiritualmente, y que no es posible mantenerse neutral respecto de esta situación. Ya no es posible seguir sosteniendo la ficción que durante los “años de bonanza” habilitara generosas becas e ingresos a la carrera de investigación para “todas y todos”. Es claro que quienes se vieron beneficiados por tal situación hoy tienen una responsabilidad ética y política para con las futuras generaciones de filósofas y filósofos que, por razones objetivas, estructurales (económicas) ya nunca volverán a contar con dicha posibilidad.
Sin duda existen notables excepciones, conocidas por todxs, de docentes que observan una conducta irreprochable de manera sistemática y que se muestran siempre dispuestos a brindar apoyo y contención a las y los estudiantes a cada paso de su trayecto académico. Pero se trata lamentablemente de eso mismo: de excepciones. En su automatismo maquínico, la institucionalidad burguesa vuelve imposible que esta actitud se convierta en la norma. ¿Qué hacer, entonces? Debemos recomenzar nuevamente, desde el principio. Debemos partir del reconocimiento de los problemas reales y organizarnos para lograr soluciones reales. Y dado que se trata de problemas estructurales, la solución sólo puede ser partir del cuestionamiento de las estructuras que habilitaron la aparición de estos problemas en primer lugar. En otras palabras, debemos apostar a una radical democratización de los espacios de toma de decisión de la carrera. La Asamblea Autoconvocada de la Carrera de Filosofía, experiencia que cuenta con una larga si bien discontinua tradición, es una instancia desde la que se plantea llevar adelante este objetivo. A su construcción colectiva quiero invitar a toda persona interesada en abordar verdaderamente estos problemas.
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OTRA VEZ ALPARGATAS
Y LIBROS:
El rey filósofo y la desconexión de las humanidades
Cristián Diego Góngora Pabón
Como respuesta a la lucha universitaria, se hace escuchar la persistencia de un eco: “alpargatas sí, libros no.” Más que una consigna contra la educación, esta frase simboliza una pugna más profunda: la de un saber popular que rechaza las voces percibidas como elitistas, lejanas y desconectadas de la realidad cotidiana. Hoy, ante una marea de votos que han expresado una crítica directa al ámbito intelectual, la frase regresa para recordarnos que el pensamiento, cuando se aleja demasiado de su fundamento social, corre el riesgo de volverse irrelevante. Nuestras disciplinas, en particular, no pueden permitirse perpetuar esta distancia. Este momento nos invita a una autocrítica que trasciende el contexto político y alcanza el rol de las humanidades en la sociedad: ¿Cómo evitar el riesgo de ocupar la posición del “rey filósofo”, distante e idealista, y resistir la tentación de colocarnos por encima de la comunidad que nos sustenta?
El ideal platónico del “rey filósofo” nos ofrece una figura que, desde su supuesto conocimiento superior, guía a la sociedad hacia la Verdad y el Bien. Sin embargo, en el contexto actual, esta figura parece más un símbolo de distanciamiento que de liderazgo. La academia corre el riesgo de enclaustrarse en su propia lógica, desconectándose del resto de la sociedad e incluso sintiéndose justificada en esa posición. Desde la filosofía y
las humanidades, debemos ser conscientes del peligro de un elitismo que, al permanecer ajeno a la vida cotidiana, acaba excluyendo al conjunto de la sociedad a la que, en última instancia, nos debemos.
La frase “alpargatas sí, libros no” no es una consigna de desprecio hacia el saber; es una advertencia de que el pensamiento, si se aleja de las realidades y tensiones de su entorno, puede transformarse en un lujo irrelevante. Esta expresión popular, nacida en otro tiempo de lucha social, nos señala que el conocimiento no tiene vida propia: depende del trabajo y de la base productiva de la que surge. Aristóteles nos recuerda que la vida contemplativa, aquella dedicada al pensamiento y la filosofía, sólo es posible cuando el ocio está asegurado. Pero este ocio no es un privilegio gratuito: se construye sobre una base material que lo permite, una base de trabajo y producción que sostiene las condiciones para reflexionar. Si olvidamos esta dependencia, corremos el riesgo de convertir el pensamiento en un lujo desconectado de la realidad. Aceptar este hecho implica asumir una responsabilidad: no podemos considerar nuestras disciplinas como entidades autosuficientes que persiguen un saber desinteresado. Necesitamos recordar que son la sociedad y sus dinámicas las que nos sostienen, y que por ello debemos estar atentos a los vínculos que nos conectan con ella.
Hablar desde una perspectiva de superioridad moral o intelectual nos coloca, de inmediato, en una posición de oposición hacia la comunidad que hace posible nuestro trabajo. La academia puede, sin advertirlo, caer en la trampa de juzgar el mundo desde una posición distante, que no es neutral, sino peligrosa. En tiempos de crisis, esta distancia puede ser interpretada como un rechazo hacia el esfuerzo colectivo que permite el pensamiento. ¿Qué tan legítimos somos si
nuestros discursos se limitan a resonar sólo dentro de los muros universitarios? ¿Qué tanto nos debemos al esfuerzo colectivo que mantiene vivo el espacio académico y hace posible la reflexión y el análisis que realizamos?
Nosotros, los académicos, necesitamos reconocer que el saber no es un bien autónomo, sino que está enraizado en una red de relaciones y compromisos sociales. La tentación del “rey filósofo” nos lleva a creer que nuestro conocimiento justifica una autoridad natural; sin embargo, esa postura encierra un riesgo. Si nos distanciamos demasiado de las realidades y tensiones cotidianas, nos convertimos en figuras aisladas, desconectadas de aquello que da sentido a nuestro trabajo. La desconfianza que esto genera nos devuelve al eco de esa frase popular, como una advertencia de que el saber elitista y desconectado no tiene cabida en una sociedad que necesita de una visión compartida y un compromiso real.
Debemos reconocer el vínculo que existe entre nuestro espacio académico y las actividades productivas que lo sustentan. En este sentido, los recientes spots de la UBA, que mostraban a profesionales de disciplinas como filosofía o ingeniería desempeñándose como mozos o kiosqueros, suscitaron críticas por parte de quienes interpretaron estas imágenes como un menosprecio hacia esos trabajos. Este episodio nos recuerda el riesgo de transmitir una visión elitista del saber, desvalorizando formas de trabajo esenciales para el sostén de la vida académica y social. Reconocer esta interdependencia no solo es un acto de justicia, sino una base para repensar nuestra relación con el entorno. Este recordatorio no pretende menospreciar el valor del pensamiento crítico, sino advertirnos de los riesgos de una visión que se considere autosuficiente.
Las humanidades, si desean mantener su relevancia y ser verdaderamente útiles, deben comprender que no pueden reclamar una independencia frente a la sociedad que las sustenta. Necesitamos reconocernos como parte de un sistema, donde nuestra función es significativa únicamente en relación con el entorno que la respalda. El “rey filósofo” es una figura solitaria, y en una sociedad interdependiente, la soledad intelectual es un camino al aislamiento y la irrelevancia. En lugar de buscar ocupar ese puesto de autoridad, nuestro desafío radica en integrarnos, no desde la superioridad, sino reconociendo que nuestro valor depende de la conexión y del impacto que generamos en la comunidad.
EL LUGAR DE LA DEMOCRATIZACIÓN EN LA LUCHA UNIVERSITARIA
EFacundo P.
n el marco de los debates que tuvo la Asamblea de Filosofía respecto a la reforma del plan de estudios de nuestra carrera (la introducción del título intermedio y la modificación de los requisitos para cursar Didáctica Especial), la cuestión de la democratización universitaria se puso de relieve. Si bien nunca se profundizó de manera específica, al constatar que la injerencia de los estudiantes sobre el curso de la carrera era nula, su debate quedaba planteado. Ahora me gustaría tratar la cuestión, aprovechando, además, que el debate respecto al financiamiento universitario y la lucha emprendida durante estos meses clarificaron hasta qué punto entre los distintos actores universitarios se ponen de manifiesto orientaciones contrapuestas. Qué intereses se juegan detrás de la “defensa de la universidad”, cuando las tomas de facultades, por caso, encontraron a estudiantes y rectores en franca colisión, también conduce a preguntarnos respecto al lugar reservado al estudiante en la universidad y su grado de injerencia en la misma.
Pero el de la democratización no es un concepto, tanto por las apreciaciones que actualmente se tienen de él como por su uso a lo largo de la historia del movimiento estudiantil, cuyas implicancias a priori estén claras. Considero que puede entenderse de dos maneras: como parte de un planteo
reformista o como parte de un planteo revolucionario. En el primer caso, a la democratización universitaria se recurre como respuesta a la falta de representatividad estudiantil en los órganos de cogobierno o a las trabas para el ingreso a las carreras. No es que no sea importante ni necesario luchar por ampliar la representación estudiantil y el acceso irrestricto. Pero el problema es que no por ello se pone en cuestión la universidad como institución burguesa. Esto plantea un límite objetivo a las posibilidades de intervenir sobre la orientación social de la educación superior, la que se traduce en la estructura de los planes de estudio, el perfil de las carreras y la asignación de presupuesto y becas, entre otros aspectos que inciden directamente en nuestra cursada y que son objeto de críticas y señalamientos por parte de los estudiantes, mas no puede pasar de eso.
Es evidente, entonces, que la democratización universitaria encuentra límites infranqueables allí donde se plantea dentro del marco de la institucionalidad burguesa; es decir, por ejemplo, aspirando a superar una desigualdad representativa en los órganos de cogobierno, pero sin poner en cuestión los órganos de cogobierno mismos y su carácter de clase. Sin poner el dedo en la llaga respecto a la razón social de ser de la universidad misma. En este sentido es, por lo tanto, completamente factible concebir una universidad con representación proporcional a la cantidad de estudiantes o en un número igual al del resto de claustros, y no por ello cambiar un ápice la orientación social de la misma. En el capitalismo, la conquista de bancas, sea en el órgano representativo que sea, no altera su carácter de clase. Sólo concibiendo la democratización en un sentido revolucionario es que esta se justifica como consigna y perspectiva de lucha del movimiento estudiantil, proponiéndose subvertir el orden burgués de la universidad y
Reflexiones
avanzando hacia su transformación social, en función del control y dirección obrera de la misma.
Esta forma de entenderlo, que plantea que no hay democratización posible sin transformación social de raíz de la universidad, lo que a su vez implica la transformación de las bases económicas y productivas de la sociedad sobre la que se erige, no supone para nada soslayar la lucha por la democratización en función de una tarea histórica de carácter más general; sino que llama a emprenderla bajo la comprensión de que las conquistas planteadas —y la organización y perfil de nuestras carreras es una de ellas— nos conducen a poner en cuestión la misma sociedad capitalista.
Fue lo que expresó la rebelión de los universitarios estadounidenses. En su lucha contra la colaboración material e ideológica de las universidades con el genocidio en Palestina, el cual se encubre y justifica desde las mismas instituciones valiéndose de una autoridad académica fruto de la enajenación de la producción intelectual de estudiantes y docentes, fueron llevados a tomar los campus y enfrentarse al mismo estado capitalista y su aparato represivo, embarcado en una guerra internacional.
Claro que esto no es exclusivo de las universidades estadounidenses. Se advierte también en esta misma facultad y en el pasado Encuentro Nacional de Filosofía, cuando advertimos, por ejemplo, que ninguna mesa ni ningún conversatorio abordó la cuestión Palestina. Y no es porque no haya cuestiones “filosóficas” a tratar sobre el asunto. Si no porque opera sobre nosotros una manera de hacer filosofía, un qué no decir o qué no tratar en una instancia académica como esta, que nos lleva consciente o inconscientemente a soslayar la cuestión. Los patrones de comportamiento, los límites al quehacer
académico y a la producción intelectual que moldea la institución en los estudiantes, también remiten a la cuestión de la democratización.
Entonces, hablar de la democratización también es hablar de cómo hacemos nosotros para quebrar esa política y esa regimentación sobre los contenidos, y sobre las formas de pensar y hacer filosofía. Cuestionar eso lleva a cuestionar el régimen social imperante. Porque esa operación de regimentación de las formas del pensar, de los límites de lo académicamente tratable, está al servicio de la justificación del régimen social, con todas las ramificaciones que eso supone. Por esta razón, hablar de la democratización en este sentido es hablar de la democratización en términos revolucionarios. Y sólo concibiéndola bajo esta perspectiva es que ella adquiere toda su vigencia y urgencia práctica, y un lugar central entre las reivindicaciones del movimiento estudiantil. La
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Reflexiones y balances sobre lo que está pasando en Puán y en todo el país
3 DIVORCIOS Y 1 MATRIMONIO
Parece haber un consenso general de que la lucha que inició en abril de este año —por el presupuesto educativo— aún no ha logrado sus objetivos. Si somos muy optimistas diríamos “al menos conseguimos levantar al gigante dormido (mov. estudiantil), reunir más de un millón de personas a nivel nacional, y obtener unas monedas para garantizar el funcionamiento edilicio hasta fin de año”. Ok, objetivamente esto es cierto; sin embargo, ¿de qué vale? A penas escarbamos un poco y hallamos que lxs docentes y no docentes siguen cobrando mal, que las Universidades del conurbano se caen a pedazos, y que muchxs alumnxs deben dejar estudiar en pos de trabajar para poder comer. ¿Y el estudiantado? El estudiantado, que, si bien se ha sabido articular en masivas marchas, largas tomas, y un sinfín de otras medidas, no logra una cohesión aún mayor, y esto… esto es evidente en nuestra facultad.
Primer Divorcio: Puán ha sido, y sigue siendo, una de las trincheras más activas de la lucha estudiantil, una facultad bastante politizada en donde el debate de ideas filosófico-histórico-políticas son pan de cada día. Pionera en encender la llama por centésima vez en defensa de la educación, de las primeras que abrió la discusión sobre la toma y llevarla a cabo. No obstante, ¿Qué clima es el que acontece actualmente? Ese debate tan encendido tiene su paradoja en que con la
misma fuerza con que abre el intercambio, lo cierra abruptamente. Concretamente, hablo de las asambleas del CEFyL. Un espacio, que debiese ser el lugar de encuentro entre los distintos balances y subsecuentes propuestas termina siendo un terreno agreste en donde desfilan discursos con más sloganes que contenido y más declamaciones que proposiciones concretas. Ahora bien ¿esto es un fenómeno reciente? No, la verdad es que viene sucediendo desde hace años, y no sólo en FFyL. Esto no lo vuelve algo a “normalizar” pero tampoco considero que deba asustarnos, más bien debiéramos seguir abogando por llenar de contenido la discusión y no alejarnos, ser más propositivos en fondo y forma; y con forma me refiero a no dar por sentado que esta es la única manera de hacer política, y por lo tanto podemos entablar nuevas y más sanas formas de dialogar… Y con esto último en realidad estoy exhortando a los y las independientes a no “divorciarnos” por y para siempre de lxs “agrupadxs”. Debido a mi diagnóstico coincido plenamente en las trabas que han generado muchas de las principales agrupaciones sobre todo cuando se comportan como aparatos sectarios e incluso agresivos, pero no son todas y considero que podemos vencer esas retrógradas formas de relacionarse: las distintas comisiones de base y asambleas de carreras están abriendo el camino.
Segundo Divorcio: Sin preámbulos: la izquierda. El trotskismo universitario —al cual ideológicamente soy más cercano aún en mi autonomía— está atravesando diversos problemas. En primer lugar, aun teniendo un rol protagónico —incluso desde las vísperas del 23 de abril— ha perdido ls elecciones a los centros de estudiantes en distintas universidades, en la UBA y en particular en nuestra facultad. ¿La razón? Pueden ser muchas, pero lo cierto es que no han sabido capitalizar la crisis del gobierno libertario ni ha
Felipe Barrios
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Reflexiones y balances sobre lo que está pasando en Puán y en todo el país
podido llegar a acuerdos entre sus distintas expresiones. En segundo término —aunque en la misma línea— por más que lo han intentado —y admito que han hecho mérito para ello— no están ni cerca de erigirse como la dirección del movimiento. Esto puede ser por los mismos motivos que esbocé antes, incluso por otros ajenos, sin embargo, es algo a repensar, a hacer una introspección y a volver a aliarse para ofrecer una conducción digna para el momento que atravesamos.
Tercer Divorcio: La última crisis, tal vez es la más obvia, pero no por ello menos atendible. El movimiento Nac&Pop/Progresista que sí ganó las elecciones en Puán y ha tenido algunos gestos que sí, se les reconoce su aporte; pero últimamente parecen más abocados a desmovilizar que a seguir conduciendo la lucha. Traen su aparato para bajar la toma, difunden a medias las medidas de las asambleas, y lo más grave, es que aun las mociones aprobadas por mayoría no todas las llevan a cabo, se ausentan de la Interfacultades, de la movilización a la CGT y hacia plaza de mayo. Es entendible y respetable su ruptura de ideas con la izquierda, no obstante, aún hay tiempo de enmendar la situación, de seguir poniendo el cuerpo como efectivamente lo han hecho al principio, y no esperar a lo que les dicten desde arriba sus referentes del congreso y demás autoridades, sino poner oído a las bases, que son las que les votaron para presidir el CEFyL.
El Matrimonio: Así y todo, intentando resumir al máximo las críticas, propuestas e invitaciones que hago a todo el espectro político puanero; creo que aún tenemos un matrimonio que salvar y fortalecer: la sociedad, aun con la propaganda libertaria dando vueltas, sigue creyendo en nosotros, sigue defendiendo la educación y la universidad pública, y por, sobre todo, aún no perdemos la disputa por el sentido mismo del porqué estamos acá. Hoy, más que nunca,
debemos reanudar la lucha en unidad para que juntxs garanticemos la Universidad, Pública, Gratuita y de Calidad.
RUMIANDO EL CONFLICTO UNIVERSITARIO.
Apuntes sobre lo urgente y lo importante
Javier A. Riggio
De las muchas cosas que Spinoza nos enseñó a pensar, quizás la más fértil desde una perspectiva ético-política, sea la diferencia entre las pasiones alegres y tristes, entre aquellas que aumentan nuestra capacidad de hacer-pensar y las que la disminuyen. El gran supuesto de esta distinción no sólo es que no hay dualismo entre pensar y ser, entre teoría y práctica, entre alma y cuerpo, sino que el ser es acción y pasión. Dicho en palabras del gran boxeador Abel Laudonio: “cuando uno no está pegando, es que le están pegando a uno”. Y siguiendo con las metáforas pugilísticas, sumemos una que nos ayuda a acercarnos a la coyuntura actual: el que pega primero, pega dos veces. Si resulta rápido y sencillo advertir que quien atacó fue el gobierno mileísta a la —dicho benévolamente— “comunidad universitaria”, lo que resulta relevante para lo que queremos pensar ahora, no es tanto que su primer golpe -por ser primero- resulta más eficaz y contundente contra nosotrxs, sino que esa situación expresa sin ambages que nuestra posición es de defensa. Las manifestaciones, la declaración de la emergencia presupuestaria, las intervenciones en redes y diarios, los cortes de calles, los ruidazos, los paros, las clases públicas, las tomas, etc. fueron producto de una política defensiva. Enhorabuena. Cuando te pegan, lo mejor que podés hacer es defenderte. Eso es lo urgente.
Pero tenemos que preguntar, ¿en defensa de qué? Y acá es donde la aclamada comunidad universitaria necesita ser vista con mejor ojo. Porque no es que nuestra facultad y nuestra carrera de filosofía estaban buenísima hasta noviembre y desde que llegó este gobierno todo empeoró. Para responder, retomamos algo que dijo un miembro del claustro de profesores en la asamblea interclaustros que se hizo en la puerta de Puán el martes 15 de octubre: pelear para volver a lo que era, es pelear por mantener incólume la estructura feudal de claustros. Es no poner en cuestión los lugares que hacen posible que sean unxs pocxs quiénes toman las decisiones, por caso, sobre el presupuesto universitario. Pero más acá, digamos, es no poner en cuestión la estructura claustral que tiene un pie en los órganos de gobierno y otro en las cátedras que llevan esa distribución desigual de poder hacia las aulas en las que cursamos cotidianamente. La “comunidad” universitaria está organizada jerárquicamente. Su crítica excede la urgencia y se mete con lo importante. Porque las tomas pasan, los claustros quedan.
Claro que la política que nos demos tiene que ensayar la articulación entre ambos aspectos, lo urgente y lo importante. Sobre todo porque, en momentos como el que estamos atravesando, el primero amenaza con devorarse todos nuestros esfuerzos. Porque para ocuparse de lo importante tenemos que ya no darnos una política defensiva, sino pasar a la ofensiva. Lo que conlleva una temporalidad diferente, tal vez, a la de la reacción. Menos inmediata, más paciente. Más rumiante.
Yendo a otras cuestiones importantes, destacamos una que emergió en estas semanas de conflicto: qué nos pasa subjetivamente. Porque la coyuntura nos golpea, pero la reacción no es meramente reactiva. Hay aspectos que toma la pelea, que insisten por otro surco, que lo instituido al
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ejercer la toma de decisiones de por otro modo. Nos referimos, claro, a la asamblea como forma de ejercer la democracia directa. Allí se convoca a participar a un montón de estudiantes que no suelen activar en Puán (y que, podríamos hipotetizar, son la instanciación de la problemática de la representación política que, al menos, puede extenderse a 2001). También la asamblea es el tipo de organización que impulsan lxs estudiantes -como se les suele decir“independientes”, “no agrupadxs” no sólo en las situaciones extraordinarias, sino también como una apuesta política cotidiana. Asimismo, es una de forma de organización que, de un modo u otro, entra en tensión con las verticales estructuras partidarias. Esa tensión se pone en evidencia en que para los partidos la asamblea se torna en un lugar a ganar para su posición particular. Pero eso no es problemático. Lo que sí es un problema es la dinámica que se le imprime a esas instancias: una disputa que, por caso, se vuelve física y corporal por el micrófono, por la anotación de las mociones, que se vuelve hostil, insultante y agraviante con las posiciones diferentes. Se reproduce un juego que parecería que sólo pueden jugar “lxs que se la bancan”. Actitudes en las que resuena un eco patriarcal evidente. Se impone una dinámica que lejos está de la escucha hospitalaria, de la apuesta por la circulación de la palabra, de la búsqueda de lo difícil y rara que es la producción de un pensar-hacer común. Algo de esto lo dijo una graduada en la asamblea interclaustros antedicha. Y dio un paso más al señalar que esas formas de hacer política llevan un desgaste subjetivo que aleja de la participación y, muchas veces, lastima a quienes queremos activar por la construcción de otra comunidad. Para algunxs quizás este sea un tema que debe ser guardado en la privacidad, que no es algo que deba ocuparse la política. Pero los feminismos nos han enseñado que lo personal es político. Y,
volviendo al comienzo, Spinoza nos ha mostrado que lo ético-político se trata de lo que hacemos y de lo que padecemos, de lo que nos alegra y lo que nos entristece. Siguiéndoles, la pregunta sería, ¿cómo trabajar este importante problema de las subjetivaciones políticas en el medio de la vorágine de lo urgente?
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SI DUDÁS DE SI LAS
REPRESENTACIONES TE
REPRESENTAN, CONSTRUYAMOS ALGO NUEVO
Felipe Rennis
Entender la política desde una posición crítica es un signo de madurez, no de desinterés. Si te encontrás cuestionando si quienes están en el poder realmente te representan, si sentís que las decisiones que toman no reflejan tus preocupaciones ni tus valores, estás lejos de ser el/la únicx. Esta duda no es una debilidad, es el punto de partida de un cambio necesario.
Vivimos en un contexto donde muchas personas se sienten ajenas a la política tradicional, desilusionadas por promesas incumplidas, alianzas que traicionan ideales (pactar con Milei y no tener la templanza moral) y discursos que parecen más marketing que compromiso real; como el radicalismo que traicionó la lucha universitaria en el Congreso. Esa sensación de desconexión puede llevarnos a la apatía, pero no tiene por qué ser así. También puede ser una chispa que nos impulse a involucrarnos y transformar las circunstancias.
LA REPRESENTACIÓN NO ES UNA CONCESIÓN, ES UNA CONSTRUCCIÓN
Cuando se dice que no se siente representadxs, a menudo olvidamos algo esencial: la representación política no es algo que se da, es algo que se gana (y se pierde) y construye. Sin autoridad moral no hay autoridad política (y Milei es una mala persona).
Si quienes hoy ocupan cargos de poder no expresan nuestras luchas, nuestras necesidades y nuestras esperanzas, no significa que debemos aceptar esa realidad como definitiva. Es una invitación a ser parte.
Ser representadx no es un acto pasivo, como votar y esperar. Es un acto activo: cuestionar, exigir, participar. Cuando se dice “nadie me representa”, quizás lo que se está diciendo es que llegó el momento de que también se levante la voz, de que se participe en los espacios donde esas decisiones se moldean, de que se milite para que las representaciones realmente surjan de las bases.
LA DUDA COMO MOTOR DE TRANSFORMACIÓN
Las dudas son legítimas y necesarias. La historia nos demuestra que las grandes transformaciones sociales comenzaron con personas que dudaron del status quo, que se negaron a aceptar que “esto es lo que hay” y se animaron a soñar con algo mejor.
Hoy, frente a la amenaza de un gobierno que avanza con políticas que ponen en riesgo derechos básicos, la indiferencia no puede ser una opción. Si las representaciones actuales no están a la altura, entonces es momento de construir nuevas representaciones, de exigir unidad y acción a quienes tienen responsabilidades políticas. Es momento de que todxs nosotrxs, desde nuestro lugar, tomemos las riendas.
¿QUÉ SE PUEDE HACER?
Organizarse: Buscá espacios donde puedas involucrarte, ya sea en un movimiento estudiantil, social o político. No tenés que hacerlo solx. Siempre hay colectivos que comparten tus inquietudes.
Exigir unidad: La fragmentación de las
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Reflexiones y balances sobre lo que está pasando en Puán y en todo el país
fuerzas populares solo beneficia a quienes nos quieren dividir. Reclamá a lxs dirigentes que se dejen de sectarismos y prioricen los intereses del pueblo.
Sumar la voz y acción: La política no es solo para especialistas o personas con “experiencia”. Es para todxs nosotrxs. Tu perspectiva, tu vivencia y tus ideas importan.
Participar en el Frente Único contra Milei: Esta no es solo una consigna; es una herramienta para coordinar fuerzas contra un enemigo común. Con más personas involucradas, más potente será nuestra capacidad de acción.
CONSTRUIR REPRESENTACIÓN, CONSTRUIR PODER
La representación que necesitamos no va a caer del cielo. Va a surgir de nosotrxs, de nuestra organización y lucha, de nuestra capacidad para unir fuerzas en un momento clave. No importa si tenés experiencia militante o si nunca antes pensaste en involucrarte. Lo que importa es que des ese primer paso.
Si las representaciones actuales no te convencen, tenés todo el derecho de cuestionarlas. Pero también tenés el poder de transformarlas. Al final, ser representadx empieza con un acto simple, pero poderoso: ser parte. Construyamos juntxs una representación que no sea un privilegio, sino una herramienta al servicio de nuestras luchas.
Hay dirigentes políticos que quieren que esta exigencia popular de ponerle un límite a Milei no se frustre. Desarrollemos la corriente de pensamiento que construya la fuerza social y política para decir: Basta Milei.
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¿DEBE SER LA EDUCACIÓN
UNA CONTRACULTURA?
Reflexiones desde la filosofía
Lavinia
La rabia le agarrotaba la garganta. El mundo seguía en poder de los bárbaros, a pesar de la civilización y de la ciencia. ‘Estas gentes han puesto la ciencia al servicio de la barbarie. Se ha inventado el teléfono, la telegrafía sin hilos, el motor de explosión, el aeroplano, para que ellos puedan dominar mejor el universo’.
José
Díaz Fernández , La venus mecánica (1989)
Vivimos en una sociedad dinámica y cambiante con una avanzada política neoliberal que vuelve a poner en discusión la privatización de la enseñanza y la concepción de esta como servicio. En este contexto se viene realizando reformas tanto en el nivel medio como en el superior. La UBA no queda exenta de estas transformaciones, a comienzos de año en la Asamblea de Filosofía dimos la discusión en torno al plan de estudios de nuestra carrera en el marco del proyecto departamental de creación del título intermedio en Filosofía. Son muchas las universidades que vienen atravesando las mismas modificaciones, el acortamiento de las carreras de grado, y la adhesión al sistema de créditos. En Filosofía y Letras además, estas implementaciones se dan en el contexto de una baja de matrícula en las carreras. En este sentido, podemos encontrar un punto en común en las reformas educativas que se vienen implementando tanto en el nivel secundario como en el nivel universitario: nacen de una necesidad de innovar y adaptarse a los desafíos del futuro.
El Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires está implementando un plan,
denominado “estratégico”, con objetivos claros como impulsar nuevas formas de enseñanza y aprendizaje con la incorporación de herramientas digitales. Cabe aclarar que el proyecto ha sido diseñado y planificado de manera unilateral e inconsulta por funcionarios que no se desempeñan en el aula y desconocen las necesidades reales de la comunidad educativa que dicen “representar”. Si bien el proyecto “invita” a la comunidad educativa a formar parte del proceso, no hubo instancias democráticas ni abiertas para tratar el mismo (lo mismo ocurrió con las modificaciones del plan de estudios en Filosofía). BA aprende se inscribe en el marco de una lectura utópica de la realidad social y no tiene en cuenta la crisis económico-social por la que estamos atravesados y que sin duda repercute también en la educación. Esta lectura, por cierto, se corresponde con el modo en que fue creado: a puertas cerradas, de manera inconsulta, con escuelas piloto que fueron elegidas sin previo acuerdo con las familias ni escuelas. El proyecto tiene una concepción utilitaria de la educación secundaria que responde a una lógica mercantil con un marcado protagonismo de las EdTechs (empresas tecnológicas en educación). Es posible esgrimir cuantiosas críticas al proyecto, a quienes lo emiten y al modo en que lo están impulsando. Pero el propósito de este texto es una invitación a pensar en el futuro de la educación, para que las empresas de tecnología no den las discusiones y las transformaciones por nosotros.
La educación en definitiva es uno de los aparatos del Estado y tiene como uno de sus objetivos principales formar a los estudiantes del nivel medio como ciudadanos y futuros trabajadores. En este sentido, cabe preguntarnos, ¿debe ser la educación una contracultura? Si como educadores nos plantamos contra los avances tecnológicos
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para mantener la forma tradicional de enseñanza con pizarra y tiza, nos quedaremos atrasados, como de hecho ya ocurre. Esto no quiere decir que el proyecto BA Aprende sea la solución o que esté acompañado de políticas públicas que vayan a resolver las condiciones materiales de las escuelas que no cuentan con herramientas digitales (ojalá sí). Pero resistirnos a esta realidad y defender una educación que se presenta como contracultura de los avances tecnológicos y las herramientas digitales tampoco es la solución. Las problemáticas de la educación media nos incumben e involucran como estudiantes y graduados del profesorado de Filosofía. En este punto, cabe preguntarnos si como docentes de Filosofía estamos preparados para responder a las necesidades que tienen los estudiantes de la escuela secundaria. En principio, pareciera que no. La formación que recibimos parece estar cada vez más escindida de las realidades tanto de la sociedad como de los estudiantes. La educación universitaria -puntualmente en el profesorado de Filosofía en la UBA- continúa implementando la forma tradicional de enseñanza con cátedras y clases magistrales. No resulta sorprendente que fracasemos cuando intentamos replicar dichas clases y la forma de evaluación parcial y oral en las aulas.
Son muchas las críticas que se pueden realizar a la reforma educativa que quieren implementar en las escuelas secundarias de CABA, pero me parece más importante colocarme en esta situación incómoda, no de defender el proyecto, sino de pensar por fuera del sentido común puaner. Este texto es una exhortación e invitación para reflexionar por un momento si queremos una educación al servicio de la sociedad o permanecer como contracultura en un mundo cambiante con múltiples desafíos a los que podríamos responder de manera cualificada. Defender la educación tradicional anti-mercado es
defender una utopía en un mundo que de hecho es capitalista, en una sociedad en la que nuestros estudiantes del último año de secundaria ya son trabajadores, muchos de ellos precarizados, y no encuentran en las aulas una formación acorde a esa realidad. Y en este contexto resulta aún más imperante actualizar nuestro modo de aprender y enseñar filosofía para responder a las necesidades de nuestros estudiantes y la escuela pública. Si recibimos una formación obsoleta que no se adecua a los avances tecnológicos de la educación media, estaremos cada vez más atrasados y con menos salidas laborales.
Ahora bien, esto no implica adecuarnos a la lógica de la educación al servicio de las empresas, las plataformas y las aplicaciones, sino que, muy por el contrario, que pensemos en otros modos de apropiarnos de las herramientas digitales para construir una sociedad más justa, igualitaria y al alcance de todos. No dejemos el futuro de la educación en manos de las grandes empresas tecnológicas.
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RAGE AGAINST THE PHILOSOPHICAL MACHINE
ELucía G.
s difícil hablar de una crisis de la universidad sin hablar de una crisis generacional general. El modelo educativo tradicional se encuentra en crisis hace ya varias décadas, si bien casas de altos estudios de un nivel académico tal como el de la UBA permanecieron prácticamente impermeables al nuevo modelo generacional hasta ahora. The brain-rot generation, esa que creció con la sociabilidad virtual de las redes sociales, con tener todo al alcance de una huella digital, con los videos y tutoriales de YouTube sobre emprendedurismo y criptomonedas, llegó para quedarse. Y por desgracia, los cambios sociales y económicos que trae aparejados también.
Con el avance de la globalización, el neoliberalismo y el individualismo extremo ya no hay cabida para el estudio de una disciplina milenaria que se dedica exclusivamente a la contemplación del logos. Es claro que ahora lo que se busca (y se ofrece) son carreras cortas, técnicas, con buena salida laboral y acordes al modelo productivo: nada de sentarse ya a transpirar innecesariamente con la Fenomenología del Espíritu ("¿y eso para qué sirve?" ) cuando podemos cancherear con la misma información sacada de un reel de Instagram mientras ejercemos la libertad de autoexplotarnos en alguna st artup cobrando 2 USD la hora.
La filosofía necesariamente
mano de la autodisciplina, la paciencia, el silencio y la reflexión. Cuatro elementos prohibidos en el mundo del cortoplacismo, la inmediatez, el hedonismo y los estímulos incesantes. Inclusive estudiantes que aspiramos a ser la próxima generación de sabios (lo admitamos o no) caemos víctimas de la neurosis existencial contagiada por la inseguridad que produce un sistema económico-social desgarrado como el característico de este siglo. En eso, algunos docentes —los más jóvenes— tratan de aggiornarse, quizás por empatía, mientras dirimen incansablemente contra los más old school que aún observan una relación directa entre la excelencia académica y el padecimiento en el estudio de una profesión.
Quizás no es tanto la UBA, o el modelo universitario, o siquiera el modelo educativo lo que está en crisis: quizás es la humanidad misma. Por eso hoy más que nunca tenemos el deber de preservar los espacios intelectuales que siempre han funcionado como productores, reservorios y transmisores del conocimiento para la sociedad, especialmente en la era de la desinformación, de la disolución de la autoridad, de las verdades múltiples y subjetivas. Pues la lucha contra la máquina no es (aún) literal, sino primordialmente simbólica: es poco probable que una inteligencia artificial reemplace el papel de los profesores e investigadores en un sentido físico y real, pero sí puede desterrarlos de las mentes de los jóvenes que sólo aprendieron a creer en san Google y su soberano todopoderoso, el Algoritmo.
La filosofía puede definirse de muchas maneras, pero más que nada y fundamentalmente, debería dirigirse hacia el estudio de lo humano en su profundidad más absoluta. Y no hay forma de estudiar lo humano y los efectos que este produce en el mundo sin antes mirarnos a nosotrxs mismxs. Ahora más que nunca se hace patente la
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necesidad de la Filosofía, pero no de una filosofía al servicio de los likes, los papers, las ideologías y todo lo que le dé de comer a la maquinaria monstruosa; sino una filosofía, quizás, más simple, llana, concreta y sobre todo honesta, apoyada en los principios de la genuina curiosidad y asombro hacia el mundo que nos rodea, y que continúe proponiéndonos ideas para soñar un mundo mejor.
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¿CÓMO SEGUIR
LA LUCHA?
Leonardo Samar
La lucha universitaria, docente, estudiantil y no docente por mayor presupuesto universitario y por la recomposición salarial parece encontrarse actualmente en un impasse. El movimiento estudiantil, en unidad con los docentes, no docentes y amplios sectores de la cultura, demostró una enorme fuerza y unidad durante las marchas universitarias federales de abril y octubre. A la primera marcha y a las medidas de paros docentes universitarios, en paralelo con otras luchas y medidas adoptadas en el movimiento popular y obrero, siguieron las masivas tomas de facultades y manifestaciones estudiantiles similares en todo el país que le dieron una extraordinaria visibilidad a la lucha estudiantil universitaria, en la cual se destacó un actor que hasta el momento no se había visibilizado: los estudiantes autoconvocadxs. Es que la gran mayoría de las tomas y medidas llevadas a cabo en otras universidades del conurbano y del resto del país, e incluso en algunas facultades de la UBA, mostraron la emergencia y el impulso de espacios autoconvocados, asambleas y organizaciones de base, las cuales, junto con militantes agrupadxs de izquierda que también los integran, se pusieron a la cabeza de este gigantesco movimiento federal empuñando múltiples reivindicaciones políticas y económicas en defensa de la universidad pública, de un salario docente y no docente
digno y en defensa de la ciencia nacional en directa confrontación con el gobierno de Milei, pero también en claro rechazo y demarcación con las direcciones estudiantiles de los centros de estudiantes y las burocracias universitarias. Más allá de lo equívoco y peyorativo que resulte el término “burocracia estudiantil”, lo característico del complejo movimiento de asambleas de autoconvocadxs es su iniciativa de autoorganización y frescura combativa por fuera de las identidades partidarias tradicionales, de los canales normales de participación en las facultades y en directo rechazo a las direcciones de los centros de estudiantes y de los consejos directivos de las universidades –muchos ocupados por peronistas y radicales–, que no estuvieron a la altura de las circunstancias y demostraron más bien sus intenciones de regular y restringir (reactivamente) la lucha estudiantil mediante maniobras de negociación con los rectorados y con un marcado tono de desmovilización y ausencia de agitación. El caso más emblemático fue la toma del rectorado de la Universidad Nacional de San Luis por estudiantes en su mayoría autoconvocadxs con apoyo docente.
Todo este fenómeno se desarrolló en paralelo con la pulseada y los vaivenes de la lucha docente a través del Frente Sindical de Universidades Nacionales y de las principales federaciones de docentes e investigadores del país. Sin embargo, sectores en lucha como los jubiladxs y trabajadorxs de varias ramas –como los aeronáuticos y de la salud– no dejaron de movilizarse. El compromiso concreto del movimiento estudiantil y de los jóvenes en general con las y los jubilados sigue siendo una deuda pendiente que debemos reparar, y que no se puede reparar simplemente por medio de declaraciones virtuales y muestras esporádicas de simpatía.
Llegados a este punto, hemos atravesado un año entero de luchas y movilizaciones
marcado por un peculiar aceleramiento y multiplicación de los reclamos y del ritmo temporal de lucha que nos sobrepasó a todxs en gran medida en un contexto de ataques crecientes, ideológicos, represivos y económicos, acompañados por medidas de ajuste y desregulatorias de parte del gobierno nacional para con la clase trabajadora, la educación pública y la población en general. Esto explica, a mi entender, al menos en parte, que la lucha del movimiento estudiantil y docente, sobre todo, haya perdido cierto vigor. Estos ataques se tradujeron a su vez en un mayor malestar y asfixia económica y sensación de incertidumbre para la población en general. Tales ataques han operado en un discurso y en dispositivos mediáticos y digitales de beligerancia y difamación distorsiva permanente del disenso, poniendo el foco en ciertos sectores populares como los estudiantes, los colectivos disidentes, lxs científicos y los sectores de la cultura. A lo largo de estas luchas, se mantenía firme la esperanza en un paro general activo de la CGT que nunca se concretó, como si esto pudiera haber marcado un punto de inflexión significativo en la confrontación con el gobierno de Milei. Las expectativas levantadas en las movilizaciones y cacerolazos fueron de tal intensidad que desembocaron a esta altura en una sensación de frustración política significativa. Pero se podría caer en la tentación de echar directamente toda la culpa, o sea, de atribuir toda la responsabilidad a las direcciones estudiantiles y a las burocracias gremiales por igual, incluyendo las que son algo combativas, y especialmente al peronismo, de que no se haya presentado un movimiento enorme en las calles, en unidad y organizado, para enfrentar efectivamente al gobierno de Milei. Creo que dicha crítica y explicación facilista carga con una gran ingenuidad, puesto que pone todo el peso en una dirección espectacular, hoy en día cuestionada, que puede convocar sí, a muchos
estudiantes, y en el caso de la CGT, sacar a miles de personas a las calles y paralizar casi todo el país, pero que no puede articular y mantener en pie un verdadero y sólido movimiento de lucha generalizado de personas no militantes y militantes como para torcer el brazo del gobierno y cambiar el rumbo o producir una suerte de insurrección. En cuanto a las tomas de facultades, estas fueron cruciales para darle visibilidad al conflicto y organizar a lxs estudiantes, pero una vez transcurrido el tiempo mostraron su agotamiento a tono con las conducciones de centros de estudiantes, y no podían ir más allá de manifestar en la práctica el hecho de que el movimiento estudiantil está en pie de lucha con todas sus reivindicaciones. El diagnóstico que se puede sacar a esta altura es que todas las medidas adoptadas, en especial las movilizaciones, las tomas y los cortes de calle, fueron esencialmente insuficientes para enfrentar al gobierno ultraderechista, ya que no supusieron un golpe directo al mismo ni al establishment político burgués. La falta de una real e inteligente coordinación entre todos los sectores y la falta de medidas simultáneas son una muestra de la debilidad del movimiento estudiantil y docente. En este punto, puede prevalecer la idea de que el <<voluntarismo militante>> es el antídoto o la vía para sacar adelante al movimiento estudiantil y a los sectores de lucha en general para enfrentar al gobierno bajo unas pocas consignas y producir una salida por izquierda o por centro-izquierda. Esta idea se basa erróneamente en la fe en que la voluntariedad militante puede por sí misma desarrollarse espontáneamente en una dirección tal capaz de lograr sus objetivos con alguna dirección acertada. Lo que se desconoce es el proceso propio e inherente a la consciencia social de la población para comprender lo que nos ha llevado en conjunto a esta situación; que los tiempos subjetivos de la misma no corresponden a los que se busca imprimir
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externamente y artificialmente mediante la organización y las exigencias de dirigencias. Se trata de que la población, o un gran sector de ella, llegue a cuestionarse e interrogarse qué modos, maneras y formas de significar y entender la política transformadora pueden resultar caducas y obsoletas. Será necesario repensar nuevas formas de articulación y lucha, imaginar otras narrativas de lucha y romper con los divisionismos y sectarismos que todavía afectan al movimiento estudiantil y combativo en general.
¿LOS MONOPOLIOS DESAPARECEN SI NO ESTÁN
PRESENTES EN LA CONCIENCIA DEL OBRERO?
Felipe Rennis
¿
Los monopolios desaparecen si no están presentes en la conciencia del obrero? La respuesta es clara: no. La existencia de los monopolios, y de cualquier otra estructura económica, política o social, no depende del nivel de conciencia de quienes las padecen o enfrentan. La realidad material se impone independientemente de que sea plenamente comprendida por los sujetos que la habitan. Sin embargo, esta comprensión —o su ausencia— no es trivial.
El saber político, la disposición de tiempo para analizarlo y actuar, el carisma y la capacidad de conducción política no son condiciones que surjan de manera espontánea o se adquieran por naturaleza divina. Son, en cambio, el resultado de procesos históricos, educativos y organizativos. Esta constatación nos lleva a una cuestión clave: ¿es esta capacidad algo exclusivo de ciertos individuos o grupos en todos los contextos? La respuesta es que no necesariamente, pero bajo el capitalismo esta distribución es profundamente desigual*.
La idea de que todos accedemos de igual manera y directamente a la capacidad de ejercer liderazgo político, o incluso a la comprensión de la realidad, es ilusoria (o en el peor de los casos perjudicial). El capitalismo produce no sólo desigualdad en la distribución de los recursos materiales, si no también en el acceso a las herramientas intelectuales y
prácticas para intervenir en la lucha política. Este desequilibrio está profundamente enraizado en las relaciones de clase y en el control que la clase dominante ejerce. De hecho, los ejércitos imperialistas en las guerras mundiales también estaban conformados en gran parte por trabajadores, pero bajo el mando de las clases dominantes que los utilizaron como carne de cañón para sus intereses. El problema no radica en la composición de clase de sus filas, sino en el carácter reaccionario y proimperialista de las estructuras que representan, las cuales operan al servicio de la explotación y la opresión internacional2
La lucha política, en este contexto, es el camino para revertir esta desigualdad*. Pero no basta con la resistencia espontánea: para que esta lucha sea efectiva, debe organizarse bajo un programa que aspire a la toma del poder. La construcción de un partido político revolucionario, por lo tanto, no es un acto espontáneo ni una tarea que pueda desarrollarse de manera improvisada. Es un proceso que requiere reflexión teórica, planificación estratégica y un trabajo sostenido de organización y formación política.
La espontaneidad, aunque importante como detonante, no es suficiente para transformar las estructuras de poder. La autoridad política —es decir, la capacidad de dirigir un proceso de cambio— debe ser construida colectivamente y legitimada en la práctica. Esto no implica descartar los impulsos naturales de resistencia, sino encauzarlos hacia un horizonte estratégico que desborde la inmediatez y alcance la profundidad necesaria para transformar las relaciones sociales y económicas en su totalidad.
Ahora, cuando se enfrenta el ascenso del fascismo, el tiempo se convierte en un factor crítico. La construcción de un partido
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revolucionario, aunque esencial, es un proceso que exige, como señalamos, reflexión, organización y trabajo prolongado; es decir, tiempo. Por lo tanto, en contextos donde las condiciones históricas imponen urgencia, como el auge de movimientos fascistas, el uso de los partidos democratizantes de masas existentes puede ser una herramienta táctica necesaria.
Estos partidos, aunque no sean revolucionarios en su esencia, pueden actuar como espacios de resistencia frente al avance del autoritarismo, permitiendo organizar a amplios sectores sociales en defensa de las libertades democráticas básicas. En este contexto, es importante plantearse cómo intervenir en estos espacios sin diluir la independencia política ni abandonar los objetivos revolucionarios de largo plazo.
Es interesante notar que muchas corrientes trotskistas no encuentran ningún aspecto rescatable, por mínimo que sea, en los frentes populares, pero al mismo tiempo otorgan un apoyo acrítico al frente obrero. Esto contradice toda la experiencia histórica del movimiento obrero.
El frente obrero no es más que un "frente popular sin partidos burgueses", donde la influencia de la burguesía se filtra por medio de programas reformistas y direcciones democratizantes. Por eso caracterizamos a estas organizaciones como “partidos obrero-burgueses” o incluso “partidos obreros contrarrevolucionarios”.
La socialdemocracia y el estalinismo, como muestran los casos de Alemania y el Estado español, no dudaron en reprimir violentamente a la clase obrera para frenar la revolución.
Sin embargo, estas traiciones no implican que las masas dejen de canalizar sus luchas a través de esos partidos hasta que encuentren una alternativa más adecuada. Aquí radica la
importancia histórica del frente único: es una herramienta clave para articular la lucha de masas. Por el contrario, el ultraizquierdismo, más allá de su aspecto verborrágico, es una ideología que paraliza la acción de masas porque boicotea la unidad y, por lo tanto, siembra la confusión y la desmoralización. No es casual que Trotsky recién (luego de media década de militancia como tendencia expulsada (1928-1933)) rompiera con el estalinismo cuando su boicot al Frente Único con la socialdemocracia permitió la llegada de Hitler al poder en Alemania.
2. No se trata solo de quiénes participan, sino de qué intereses representan. Los trabajadores están presentes en cada lucha y conflicto, pero el problema radica en la orientación política de esas movilizaciones. Cuando los trabajadores son llevados a guerras imperialistas, no lo hacen en defensa de sus propios intereses, sino en representación de los de la burguesía. Centrarse en la composición formal de un movimiento oculta su verdadero carácter de clase y su posicionamiento en la lucha más amplia. Lo fundamental no es solo quien lo conforma, sino si está alineado a favor o en contra del imperialismo. Por eso, aunque el gobierno de Venezuela esté liderado por la boliburguesía y no por la clase obrera, lo defendemos en su enfrentamiento contra el imperialismo, porque en ese choque hay un contenido antiimperialista que debe ser respaldado
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CARACTERIZACIÓN DEL CONFLICTO EDUCATIVO EN NUESTRA FACULTAD
Práxis / Aquelarre
Desde Praxis/Aquelarre queremos aprovechar la instancia para compartir nuestra caracterización respecto al modo en que se desarrolló el conflicto educativo en nuestra facultad este último año.
En primer lugar, nos parece fundamental señalar que la medida de toma que propusimos desde la conducción de nuestro centro de estudiantes cobró un nivel de radicalidad mayor al que se vio en cualquier otra facultad de nuestro país. Fuimos la primera y la más longeva. Tuvimos la capacidad, gracias a nuestra voluntad política de poner al movimiento estudiantil a la cabeza de la lucha sin especulaciones y sin esperar a nadie, de multiplicar lo que estaba pasando al conjunto de las universidades nacionales, generando un movimiento como no se veía desde hacía muchos años.
Durante esta toma, además, sostuvimos junto a nuestrxs docentes clases públicas todos los días con corte de calle; nos movilizamos en nuestro barrio y junto con otros centros de estudiantes; cocinamos entre todxs todos los días para alimentar a lxs que sostuvimos la toma, mientras que mantuvimos también la olla popular semanal para el barrio. Quizá por primera vez desde que asumió Javier Milei vimos un movimiento popular organizado que pareció, por un momento, desbordar la capacidad del gobierno nacional de mantener el orden social e imponer agenda.
Es así que extraemos un saldo positivo fundamental: la conformación de un movimiento estudiantil fuerte, organizado y protagonista de la lucha política de nuestro país, como no lo era hacía ya mucho tiempo.
La asamblea que dio comienzo a la toma fue la más masiva que vimos, quizá desde antes de la pandemia. Desde la toma, percibimos que la cantidad de estudiantes participando de la política en la universidad creció considerablemente, en particular en los espacios de base, como las comisiones, y las asambleas de las carreras y del CEFyL. Sostener lo que sostuvimos requirió el esfuerzo coordinado de muchísimxs estudiantes y no hubiera sido posible hace tan solo unos pocos años.
Sin embargo, más allá del saldo organizativo, no fuimos capaces de obtener victorias concretas. Creemos que esto se debe a una serie de factores: en primer lugar, nos enfrentamos a un enemigo de características novedosas, que obligará al conjunto del campo popular a aprender de sus experiencias y reformular las tácticas de lucha cuando estas se muestren ineficaces. Fue el caso con el conflicto universitario. Si bien salimos fortalizadxs en términos organizativos, las tomas no surtieron el efecto que tuvieron por ejemplo durante el macrismo frente al mismo conflicto. En párrafos siguientes desarrollamos nuestros lineamientos en torno a cuáles pueden ser esas tácticas renovadas.
En segundo lugar, creemos que en la lucha contra el desfinanciamiento de la universidad (y contra el plan de ajuste de Javier Milei en general) continúa primando la desconfianza entre el conjunto de las organizaciones políticas y la militancia independiente del campo popular frente a la capacidad de conformar frentes de acción conjuntos.
Esta cultura de la fragmentación política abona a la ruptura de instancias que deberían
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servir como espacio articulador y de confluencia de los distintos sectores políticos que nos encontramos en pie de lucha contra el gobierno de Javier Milei, y sin lugar a dudas, fue uno de los obstáculos principales que enfrentamos este año y en particular en el conflicto educativo.
NOS QUEDA FINALMENTE UNA PREGUNTA MÁS QUE CLÁSICA: “¿QUÉ HACER?”
Frente a un gobierno cuyo afecto principal parece ser la crueldad, y que cree que puede hacer oídos sordos a los reclamos de nuestro pueblo, creemos que la tarea tiene que ver con reanudar la trama de un tejido social y organizativo no sólo entre las organizaciones estudiantiles sino también con el resto de los sectores que hoy en día están siendo brutalmente vapuleados por esta política de miseria y hambreamiento.
Por eso tenemos que ser capaces de trasladar la potencia de la radicalidad de nuestro movimiento hacia allá afuera, porque hoy tiene que ser el conjunto del campo popular argentino el que decida pasar a la ofensiva y apostar a la conflictividad en lugar de la especulación.
Es por esta razón que nos parece fundamental salir a la calle este jueves 5 de diciembre en la Marcha Federal contra el Hambre, junto a los movimientos sociales, junto al movimiento piquetero, junto a los sectores del sindicalismo combativo; cortando rutas y calles, bloqueando los accesos, y demostrando con brutal claridad que no pueden avanzar sobre un pueblo organizado.
FRAGMENTO DE TESIS DE ABRIL
FEL / Partido Piquetero
Si estamos hablando de un régimen estatal autoritario, el “anarquismo” de lo “anarcocapitalistas” es una estafa ideológica. Como demuestra con cada elogio a los neoliberales, ni él mismo se lo toma en serio. El anarquismo se caracteriza, desde su fundación, por postular la destrucción inmediata de todo tipo de aparato de represión estatal. Por el contrario, lo que económica y políticamente no puede lograr, Milei pretende lograrlo mediante la violencia institucional. Ajuste y violencia es lo único que puede ofrecer es un gobierno que proponía una salida económica y que ahora deriva en una salida con pretensiones de militarización producto del fracaso. A diferencia de estos anarquistas truchos, los anarquistas de la FORA protagonizaron las primeras grandes rebeliones obreras en nuestro país, enfrentando la represión estatal. Los anarquistas de la CNT española combatieron al fascismo franquista. Los “anarcocapitalistas” no tienen ninguna autoridad como para reivindicarse anarquistas. Cuando llegan al gobierno, abandonan el anarquismo y se comportan como neoliberales autoritarios: Pinochet y Thatcher son un claro ejemplo de cómo imponen su “liberalización económica” a sangre y fuego. El gobierno de Milei, con el apoyo de EE. UU., acaba de firmar una carta de intención con Dinamarca para comprar 24 aviones de combate F16. La “destrucción del Estado”, bien gracias. No están a favor de
destruir el Estado, están a favor de destruir el Estado de Bienestar. Es decir, defienden al aparato represivo y quieren destruir el Estado de derecho surgido post Segunda Guerra Mundial y de acuerdo a los tratados internacionales de Derechos Humanos. Por eso Milei se hace llamar anarcocapitalista, pero se deshace en elogios por los neoliberales.
No es casual que Milei haya reivindicado públicamente a Thatcher en tantas oportunidades, y que hayan colgado un cuadro de Menem en el nuevo “Salón de los Próceres” en la Casa Rosada. Las desregulaciones y las privatizaciones son elementos fundamentales tanto del inconstitucional DNU 70/23 como del fracasado proyecto de Ley Ómnibus. El “achicamiento” de ministerios en realidad significó, en los hechos y entre otras cosas, el desmantelamiento del Ministerio de Desarrollo Social, paralizando la ejecución de prácticamente todas sus partidas. Si bien no avanzaron en la derogación de la Ley de Emergencia Social, como proponía Espert, sí comenzaron el desguace del programa Potenciar Trabajo creado a partir de dicha ley, congelando sus montos y desfinanciando cualquier tipo de obra pública en los barrios populares. [En ese marco, el ajuste a las universidades, expresado en la reducción de presupuestos y el recorte de becas, no es una política aislada, sino parte del ataque sistemático contra los derechos y servicios sostenidos por el Estado de Bienestar].
Las medidas que el gobierno está tomando y que pretende que el Congreso convalide son típicamente neoliberales. Por eso Milei está desguazando los elementos típicos del Estado de Bienestar que están presentes en el Estado Nacional. Por eso, decirle a Milei “gobierno neoliberal” es prácticamente un elogio. Es lo que él aspira a lograr y en lo que, precisamente, está fallando y no está pudiendo lograr.
Por otra parte, mucho menos se puede pensar que este sea un gobierno liberal. Si el liberalismo clásico fue la expresión de una burguesía revolucionaria antimonárquica, el neoliberalismo es la expresión de la reacción de los monopolios imperialistas contra el Estado de Bienestar. Más allá de su parentesco ideológico, el significado histórico del liberalismo y el neoliberalismo es completamente distinto y, hasta cierto punto, opuesto. Milei rechaza los derechos positivos consagrados en los tratados internacionales de derechos humanos establecidos a nivel internacional luego de la Segunda Guerra Mundial. En esa línea, rechazan la Constitución de 1994, que dio jerarquía constitucional a dichos tratados. Raro liberal, por cierto, quien se oponga a los derechos humanos. Algo que solamente puede entenderse por la historia de cierto liberalismo argentino que se caracterizó históricamente por apoyar indiscriminadamente cuanto golpe militar pudo. ¿Liberalismo dictatorial? Sí, un invento argentino. Una verdadera contradicción en sus propios términos. El liberalismo que quiera apartarse de esta tradición oprobiosa debe estar en la vereda de enfrente del gobierno de Milei.
Por último, por definición, lo que diferencia a la derecha de la ultraderecha es su actitud frente al Estado de derecho. La derecha se podrá identificar con una agenda cultural conservadora, pero se ubica claramente dentro de los márgenes de la Constitución. La ultraderecha, no. Por eso, Milei ha montado un régimen de gobierno basado en un DNU inconstitucional, que altera todo el orden jurídico, derogando cientos de normas destinadas a dar operatividad a derechos programáticos consagrados por la Constitución. No lo hace por “rebelde anarcocapitalista”, lo hace porque es un gobierno de ultraderecha. Por eso, Milei pretende que el Congreso le otorgue
facultades extraordinarias y la suma del poder público, lo cual está prohibido por el art. 29 de la Constitución y lo que constituye, según dicho artículo, un acto de traición a la Patria.
La afirmación del Procurador del Tesoro, Rodolfo Barra, en el debate sobre la Ley Ómnibus, planteando que “si hay crisis económica, no hay Constitución vigente”, no es para nada casual ni proviene de alguien que no conozca, al dedillo, el Derecho Constitucional. De ahí que planteemos que Milei pretende ser tirano, y no Presidente. La Real Academia Española define la palabra tirano de la siguiente forma: “Que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad”. Si bien Milei ganó las elecciones (legitimidad de origen), inmediatamente, con el dictado del DNU el 20 de diciembre de 2023 (10 días después de asumir), pasó a gobernar el Estado “contra derecho, sin justicia y a medida de su voluntad”, es decir que perdió la legitimidad de ejercicio. La lucha contra el DNU y contra el proyecto de Ley Ómnibus es la lucha contra la imposición de una tiranía y en defensa de la democracia. Para que esta lucha llegue a una victoria hay que hacer una convocatoria sin límites ideológicos o partidarios a toda la oposición. La universidad en crisis: ¿Qué pensamos lxs filósofxs?
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