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La prima Maribel


Don Serafín, antes que maestro, debió ser ferroviario. Sí, con aquel bigote tenía pinta de haber sido revisor o guardagujas. Si un tren sale de Madrid a las 9: 30 y otro de Badajoz… -nos planteaba. Yo imaginaba entonces a los maquinistas, viejos amigos, encontrándose. Casi veía el instante preciso en que los dos trenes coincidían; me asombraba que los viajeros siguieran leyendo sus periódicos, dormitando, hablando del tiempo, ajenos por completo a nuestras cábalas, a nuestras operaciones matemáticas; me asombraba que no conocieran a Don Serafín, que tanto se preocupaba por ellos, al hombre que más trabajaba por la puntualidad de RENFE en nuestro país. Me preocupaba que la indisposición de algún pasajero o algún pequeño percance en el trayecto pudieran dar al traste con la lógica aplastante del pobre Don Serafín. Una avalancha o un


derrumbamiento hubieran desbaratado todos sus razonamientos.

Muy de cuando en cuando –prefería el transporte público- el bueno de Don Serafín recurría a bicicletas, o coches particulares. Si Marcelo, novio de Teresa sale de su casa a las 21: 30 y Teresa, novia de Marcelo, de la suya a las 21: 45 -nos propuso una vez, con los ojos extrañamente brillantes, como si estuviera – murió soltero- enamorado. Los trenes y los autobuses de los problemas de Don Serafín eran trenes y autobuses – autopullmans, seguramente- elegantes, trenes y autobuses que unían capitales de provincia o ciudades importantes: poco o nada tenían que ver con el destartalado autocar –Viajes Campano- que me llevaría también ese verano hasta Villalobos, con la prima Maribel. Sí. La prima Maribel y yo, bien pensado, éramos también trenes. Durante el curso, como Don Serafín hacía con sus expresos, la prima Maribel y yo calculábamos el día en que nos veríamos, cada uno con una sorpresa, en el plantío.

Aquel año nos encontramos un veinticinco de Junio; pongamos –lo mío nunca fueron las matemáticas- que serían las 17: 30. Recuerdo, eso sí, que abrí la cajita de cartón con la solemnidad de quien levanta la tapa de un cofre; miré a Maribel un instante, calibrando su capacidad de asombro y coloqué aquel trasto sobre la palma de mi mano. En su parte superior, junto a un anagrama que rezaba CASIO, había un rectángulo de cristal. Pulsé 5+3+9 y en la pantallita de vidrio apareció inequívoco un 17. Nadie podía tener algo parecido en Villalobos. Cal-cu-la-do-ra; se llama cal-cu-la-dor-ra –dije entonces sabiéndome ganador.


Entre mi equipaje traía siempre escondida alguna prueba irrefutable de madurez –era casi dos meses mayor que ella- que me haría líder un verano más: yo decidiría los juegos, la poza del río, las tardes de bicicleta o la huerta que allanaríamos.

Calculadora –volví a repetir entregándole aquel objeto increíble. Se tomó unos minutos para analizar las nulas posibilidades de victoria de la salamandra que viajaba en su mochila y se dejó caer hacia atrás sobre la hierba. Durante unos segundos –eternos- fijamos la vista en el retal de cielo que escondían las copas de los árboles. Tomó después mi mano y la guió hasta su pubis. La mantuvo allí un instante hasta que yo la retiré, asustado, por aquella orografía imposible.

Mañana a la mañana cazaremos lagartijas en La Calera –dijo devolviéndome la calculadora.


La prima Maribel  

Relato, literatura

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