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Concurso de Literatura 2025

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PRÓLOGO

CUENTO

El abrazo

Milagro

Cuatro igual a uno

El loser

El Consejo del abuelo

El caballo verde que no galopa

POESÍA

Consejo Profesional de Ciencias Económicas

Es para mí un placer y un honor presentar la compilación de los textos ganadores de la edición 2025 del Concurso de Literatura, organizado por la Comisión que presido y que ha contado con la valiosa colaboración de los prestigiosos jurados Fanny Mandelbaum, Gustavo Mura y Mariana Fernández.

Siempre fue la principal motivación de este concurso incentivar a los matriculados a que puedan despertar su creatividad e inspiración a través de la escritura de cuentos y poesías. Para ello, sobre la base de lo establecido en el Artículo 4° del presente concurso, esta compilación de obras destacadas es presentada al público con la intención de difundir y promover la actividad artística de nuestros matriculados.

Manifiesto la cálida felicitación de parte de todos los integrantes de esta Comisión a los premiados que tuvieron su reconocimiento en la ceremonia de entrega de premios del pasado 17 de diciembre de 2025 en el Salón Manuel Belgrano de nuestra institución, acto que celebró la expresión artística en sus diversas disciplinas.

Asimismo, agradezco a todos los matriculados que pusieron sus obras a disposición de este certamen, al jurado por responder desinteresadamente a la invitación de nuestra Comisión y muy especialmente a los ganadores que cedieron sus trabajos para esta publicación.

Imaginen que están a punto de adentrarse en un viaje, y que esta presentación es como una carta de los autores contándoles por qué decidieron emprender esta aventura, y que, quien esto escribe, les diera una recomendación de amigo que ya conoce el destino y los prepara para lo que van a descubrir. Ambos son valiosos para enriquecer la experiencia de lectura. Deseo de todo corazón que en el año 2026 muchos más se animen a este hermoso viaje de la literatura. Felicito nuevamente a los ganadores y aliento a aquellos que no resultaron elegidos a seguir participando.

C.P. T132 F26

Presidente de la Comisión de Acción Cultural

Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Ciudad

Autónoma de Buenos Aires

Consejo Profesional de Ciencias Económicas

El abrazo

1° Premio

Autor: Franco Fernando Alberti

C.P. T368 F159

Con una sonrisa dibujada en el rostro, Karen descendía escalón por escalón. Todavía se divertía viajando en subte como si fuera la primera vez, sin importar que llevaba varios años en la ciudad. Ni el olor a moho que le invadía las fosas nasales, ni los azulejos astillados que evidenciaban la falta de mantenimiento, ni el calor agobiante que en breve dibujaría aureolas de sudor en su remera eran suficientes para arrebatarle el entusiasmo.

Entendía que, en parte, eso se debía a que trabajaba de modo remoto. No la obligaban a ir al microcentro, arriada cual ganado, de lunes a viernes en hora pico. Contraria era la situación de los porteños con los que compartía los vagones de la línea E, cuyos semblantes transmitían un abanico de sentires y pesares, entre los que escaseaba la alegría y el buen humor. Karen aprendió, más temprano que tarde, que “la vocación” era un concepto romántico al que pocos afortunados lograban acceder.

Una parte de ella empatizaba con la frustración de los vecinos de Buenos Aires, ya que mantenía fresca en la memoria la época en la que se despertaba sin proyectos ni anhelos, con el mero objetivo de juntar unos pesos para subsistir durante el mes.

«Sin duda, fueron años grises, monótonos y deprimentes. Solo me enteraba del paso del tiempo gracias a los brindis del treinta y uno de diciembre».

Por ese entonces, colaboraba con los padres en la histórica rotisería que fundó uno de sus abuelos, en Rauch, un pueblito al norte de Tandil. Comenzó a trabajar allí desde el inicio de la escuela secundaria, pero recién cuando finalizó el colegio, a los dieciocho, develó el destino opaco y rutinario que la esperaba: mantener el negocio familiar.

«¡Estoy harta del olor a pollo rostizado, a milanesas y a papas fritas! Se me pega en el pelo, en la piel, en la ropa, incluso, en las sábanas…». La repugnancia fue escalando y las ganas de comer fueron descendiendo, al punto de haber perdido cinco kilos a meses de cumplir los veinte. No obstante, el drama profundo, el existencial, no surgió por transitar ese aburrido presente, sino por imaginarse el futuro. «¿Hasta cuándo viviré así?».

Decidió emigrar por no decir huir hacia la gran ciudad. Esa ciudad de extensas avenidas e innumerables calles asfaltadas; de imponentes edificios, altos como montañas, diseminados a lo largo y ancho del firmamento. Esa ciudad donde vivían músicos famosos y actores de telenovelas, donde había cines y teatros por doquier, donde abundaban librerías, bares y restaurantes. «Una ciudad llena de oportunidades; una ciudad donde podré buscar un rumbo distinto».

“La gente no es feliz”, le advirtió la mamá ante el planteo de mudarse para probar suerte. “Se la pasan corriendo y nunca les alcanza lo que tienen. Siempre quieren más”, se acopló el papá, preocupado por perder el cuidado de su única hija. “¡Aparte la inseguridad es tremenda! ¡Son capaces de matarte por un celular, y olvidate de que alguien te defienda! Allá cada uno lleva agua para su molino, sin contemplar qué sucede con el rancho de al lado”, coincidieron ambos.

Karen creyó que exageraban. Obviando que existía el delito, lo veía a diario en los noticieros, confiaba en que los citadinos no fuesen tan malos como los pintaban en el pueblo. «Si les hago la cruz de arranque y espero lo peor, no dejo espacio para que muestren su costado amable». Sin embargo, un par de años después de mudada, llegó a comprender en detalle el recelo de los padres. «Acá hay gente que considera que la bondad es una debilidad de la cual deben sacar provecho». Como rendirse no era una opción, se propuso tratar con educación y camaradería a cada porteño que se le cruzara, incluso en el subte.

Allí las personas parecían estar atrapadas en sus preocupaciones o en los mundos alternativos que ofrecían las pantallas de los celulares. Daba igual que un niño pobre llorara por comida o que un versado violinista tocara a la perfección una pieza de Tchaikovsky; para la mayoría, eran invisibles; y ella era la excepción que confirmaba la regla. «Estoy segura de que al darles una mano, multiplico y contagio la buena energía».

Así fue que notó, esa mañana calurosa en la que se dirigía al microcentro, la angustia en el rostro de una señorita de veintipico que viajaba de pie en el vagón con la espalda encorvada y los hombros tirados hacia adelante. Se aferraba, con dificultad, del aro que colgaba del techo a solo un metro de Karen, quien había tenido la suerte de conseguir asiento y se abanicaba con un sobre de papel madera. La apertura de las cejas, la forma de herradura de los labios, el mentón caído y la mirada distante, perdida, le dieron a entender que era un alma en pena.

«Me resulta familiar esta chica…». En ese preciso momento la pasajera inhaló profundo. El torso, angosto, apenas se expandió. Karen se quedó mirando a la espera de la exhalación. «Pretende calmarse... ¿Qué le habrá pasado?». La muchacha espiró con lentitud, y el cuerpo se compactó como si, al soltar el aire, se desinflara. Lucía débil, frágil, vulnerable. «Me sorprende que, con esas piernas esqueléticas, se mantenga parada».

Un señor, sentado frente a ella, la ignoraba por completo. «Si no estuviera hipnotizado por el celular, se habría percatado de que otro ser humano la está pasando mal». Como sabía que era inútil gastar pólvora en chimangos, se puso de pie junto a la mujer delgada y apoyó la palma de una mano sobre el brazo más cercano. Se veía pálido y huesudo. Al tocarlo, se estremeció. «¡Está helada! ¿Cómo es posible?». Por acto reflejo, amagó distanciarse; aunque, de inmediato, la culpa la detuvo. «Necesita ser vista, escuchada, comprendida, no que la trate con desprecio y desidia, como hace el resto del vagón».

Carraspeó una vez y tragó saliva. “¿Querés sentarte en mi lugar?”, le ofreció. No obtuvo respuesta. Al menos, no con palabras. En cambio, giró lentamente la cabeza por sobre el hombro hasta que las narices de ambas quedaron a escasos centímetros. Karen, que podía ver su reflejo en las retinas vidriosas de la mujer, interpretó esa mirada desconsolada como un pedido de auxilio, un llamado de socorro. “¿Estás bien? ¿Te pasó algo?”. Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas, listas para saltar al vacío. “Ey, tranquila, todo va a estar bien”, le dijo conmovida, y estiró los brazos para brindarle contención.

La muchacha se largó a llorar.

Si bien era un llanto apagado, débil, bastaba para humedecerle el cuello de la remera. Karen sostuvo la posición unos segundos; y después, con una mano, comenzó a recorrerle la espalda de arriba abajo para intentar reconfortarla. De golpe, un hedor nauseabundo emergió de entre las ropas. «Uf… Esto… Esto es…». El asco la obligó a tirar la nuca hacia atrás al mismo tiempo que la extraña pasajera susurraba un “Perdón” apenas audible. Pensaba en contestarle que no hacía falta disculparse, que nadie estaba exento de problemas y que era bueno que expresara sus emociones, pero en ese instante la pestilencia descendió por su tráquea y le provocó arcadas. “Pe… per-dón”, insistió, con los labios temblorosos. “Perdón”, volvió a escuchar con mayor nitidez. El timbre de voz iba ganando volumen y el abrazo se tornaba asfixiante. Ya no parecía tan débil.

Sin liberarla, la chica alejó el mentón del pecho de Karen. La mirada que antes transmitía desolación ahora irradiaba vitalidad, las mejillas cadavéricas se habían convertido en unos pómulos carnosos y, centímetro a centímetro, su cutis mutaba de un color pálido enfermizo a una atractiva tonalidad trigueña. «¿Qué está pasando?». La falta de aire le causaba mareos. La presión sobre el tórax a duras penas le permitía respirar.

“De verdad, disculpame”.

Los fibrosos brazos de la extraña sostenían el peso inerte de una Karen escuálida, sin fuerzas para mantenerse en pie. «¡¿Por qué mi cuerpo no reacciona?!». La desesperación crecía a cada segundo y el corazón le martillaba con violencia; sentía que le iba a explotar. “Tranquila… si te agitás, va a ser peor”, murmuró la joven, mientras la depositaba con suavidad en el lugar que un minuto antes le había ofrecido.

Llegaron a la estación Bolívar.

Un pitido anunció la apertura de las puertas. La revitalizada mujer observó por última vez a su víctima, la cual yacía desparramada y sin voluntad sobre el desgastado asiento. Le dedicó una sonrisa compasiva, meneó la cabeza y, luego de quitarle el sobre de papel madera, se sumó a la hilera de personas que descendían esquivando a otras tantas que subían.

El subte retomó la marcha.

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A pesar de estar al borde del desmayo, intentaba pedir ayuda. Con la poca energía que le quedaba movía los labios queriendo articular la palabra “auxilio”. Entonces recordó que era inútil, nadie la notaría. Karen se había vuelto invisible para los pasajeros de aquel vagón. Una invisible más del montón, que la gente ignora a diario.

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Milagro

2° Premio

Autora: María Elena Stefanidis

C.P. T145 F3

Hace tres días que estamos en Venice Beach porque los chicos participarán del Campeonato Nacional de Surf el fin de semana. Unos amigos nos invitaron a su casa así nos ahorramos los viajes en la carretera que, aunque vivimos cerca, tiene un tránsito muy pesado y además salimos un poco de nuestra rutina. Aquí la vida es más relajada que donde vivimos nosotros en el centro de Los Ángeles.

Hoy decidí no acompañarlos a la competencia de clasificaciones y fuimos con July, la anfitriona, y otras amigas a almorzar unos burritos a un bar frente a la playa que siempre está muy concurrido. Después de comer y pasear por la zona ellas se fueron y entonces fui a ver un espectáculo callejero que me habían recomendado. Llegué temprano y encontré un espacio en la primera fila de unas gradas improvisadas frente a un pequeño escenario y me acomodé esperando a los artistas que convocan a muchos locales y turistas.

Estando allí, sin nada que hacer, empecé a prestar atención a los que me rodeaban. La mayoría eran jóvenes, junto a mi había un muchachote de menos de treinta y dos chicas que hablaban

mucho. Me puse a observarlos discretamente. El varón me hacía acordar a alguien que una vez amé profundamente, así que lo miré un poco más. De repente se paró para preguntar a qué hora comenzaba el espectáculo y al verlo de cuerpo entero vi a ese hombre con quien había estado casada por cinco años desde mis veintiuno... Mi ex tenía un nenito de dos años con una compañera de la escuela a la que íbamos en San Diego. Se pusieron de novios en el último año, luego se separaron. El chiquito que yo conocí no se parecía a su papá que era un gigantón de ojos verdes y pelo enrulado rubio pero tampoco se parecía a la mamá que era bajita y regordeta. El pequeño era un flacucho morenito con ojos color miel. Mientras estuvimos casados lo traté poco porque el nene vivía con la mamá y sus abuelos. No me acuerdo el nombre del niño ni supe nada más de aquel hombre que había sido mi primer esposo y un gran amor. Cuando nos separamos sufrí mucho y lloré tanto que me deshidraté hasta que lo olvidé por completo. Después vinieron otros amores...

Estoy felizmente casada y tenemos dos hermosos varones. No volví a pensar jamás en mi pasado hasta que vi a este joven. Cuando se sentó a mi lado cruzamos la mirada pero no me animé a preguntar y él siguió conversando con sus amigas. Buscaba en mi cabeza el nombre del niño y no podía recordarlo, pensé que si ellas lo nombraban tal vez... pero nada. Busqué una excusa y les pregunté si sabían cuánto duraba el espectáculo y allí respondió con un tono de voz que me transportó a mis veinte años. Tuve que disimular para no demostrar mi emoción. Siguieron hablando mientras el lugar se llenaba de gente y de bullicio, por lo que

Consejo Profesional de Ciencias Económicas comenzaron a hablar cada vez más fuerte hasta que se volvió a poner de pie para mostrar una marca que tenía debajo de su rodilla justo donde terminaban sus bermudas. Era un agujero profundo que impresionaba, casi dejaba ver el hueso, entonces muy exaltado comenzó a decir: “nunca voy a permitir que me hagan una cirugía porque esta marca me recuerda que estoy vivo porque los milagros sí existen”. Cada vez gritaba más y gesticulaba, como si quisiera que todos supieran que estaba allí y repitió ¨porque los milagros sí existen¨. Cuando escuché esa frase casi pude confirmar mi sospecha. Aquel hombre, que yo había amado tanto, solía decir que haber tenido un hijo era un milagro. Me había advertido antes de estar juntos que le habían detectado algo de niño (nunca supe bien qué era) que le impediría tener hijos. Dudaron de su paternidad, pero el nene era suyo. Ambos fueron sometidos a pruebas genéticas y establecieron que el bebé estaba completamente sano. Nosotros no pudimos tener hijos porque ese milagro no se repitió. Pensé entonces si era posible que aquel alfeñique de rulitos que dejé de ver cuando tenía siete, ahora 20 años más tarde, se haya convertido en este hermoso joven.

El muchacho que seguía de pie ya había captado la atención de todos los presentes, entonces con voz más alta comenzó a relatar el porqué de ese agujero en la pierna y dijo que era lo único que le quedaba del tremendo accidente. Que era el copiloto del auto de su padre en la última carrera del año y que cuando bajaban por la montaña en una maniobra arriesgada el auto mordió unas piedras y cayó por el barranco rodando. Contó que las autoridades de la carrera pararon la competencia, que llegó el helicóptero y que

los paramédicos los sacaron de allí inconscientes, con múltiples golpes y fracturas, y que su padre se llevó la peor parte.

Recordé que mi ex manejaba muy bien y que uno de los motivos por los que discutimos mucho en el último año de matrimonio fue porque había gastado todos nuestros ahorros, sin consultarme, en comprar y hacer arreglar un auto para correr y que había empezado a probar una categoría de montaña. Nunca seguí el automovilismo, además era una de esas categorías que no se comentan mucho en las noticias.

El muchacho seguía hablando mientras observaba que los demás lo escuchaban atentamente y yo, que no tenía nada más que esperar a que empezara el show, agarré el celular y empecé a buscar alguna información sobre lo que estaba diciendo. En un momento alcanzó a ver la pantalla de mi celular mientras estaba abstraída leyendo la nota del accidente, entonces se sentó a mi lado y antes de ponerme a llorar me tocó el brazo, lo miré y me abrazó…lloramos juntos. Él lloraba por la angustia que le había generado contar esa historia y yo porque estaba leyendo el artículo y enterándome de todo y confirmando lo que aún no había dicho.

Todos nos miraron, todos se quedaron en silencio, todos esperaban oír cómo seguía (terminaba) la historia. Todos a nuestro alrededor habían desaparecido.

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Lo miré y le pedí que me acompañara. Aceptó. Salimos del tumulto, nos fuimos a tomar unas cervezas. Un momento después dijo que creyó que me conocía cuando me senté a su lado. Le expliqué quién era. Me volvió a abrazar más fuerte y dijo que me había estado buscando por todos lados, que estaba desesperado porque debía decirme algo.

Lo calmé y le pedí que me contara un poco de su vida. Dijo que seguía viviendo con los abuelos en San Diego porque su mamá se había casado y se había ido a vivir a Texas. Que estudiaba electrónica y que estaba aquí en Venice con sus amigos para ver el campeonato de surf.

Le conté que era difícil encontrarme porque usaba el apellido de mi actual marido, que mi familia es de Los Ángeles, que había ido a estudiar a esa escuela secundaria en San Diego porque era de las mejores de la zona y había conseguido una beca para representar al colegio en natación. Le dije también que cuando nos casamos con su papá fuimos a vivir a Redondo Beach y que viajábamos para las fiestas a visitarlo a casa de sus abuelos, que tal vez me recordaba por esos días que compartimos, pero que después de separarnos jamás volví a esa ciudad y que lamentaba no haber seguido en contacto.

No escuchó nada de lo que le dije.

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Siguió hablando y me contó del accidente y de su vida con su padre.

Su papá había vuelto con su madre pero duraron poco tiempo. Se había convertido en un nómade. Estaba de aquí para allá anotándose en todas las carreras o metido en los talleres mecánicos, no hacía más que ocuparse de los autos. Se veían para las competencias y como necesitaba un copiloto que supiera marcarle bien la ruta, él se preparó para hacerlo y acompañarlo. Era una manera de pasar tiempo juntos y compartir fines de semana entretenidos. Así, se hizo experto en leer mapas y tiempos y transmitírselos al piloto. ¡¡¡Éramos la mejor dupla!!! gritó.

Bastante agitado me dijo también que me buscaba porque cuando su papá estaba en terapia intensiva le había pedido que me encontrara.

Siguió contando, me iba a decir lo que no quería escuchar…

— Papá me pidió, cuando estaba ya muy cerca de despedirse de todo, que te buscara y te dijera que te había amado mucho y que te dejó porque quería dedicarse a correr autos y que para conseguir recursos había hecho cosas que lo meterían en problemas. Que siempre te amó aunque te haya dicho lo contrario, que lo dijo solamente para que te alejaras de él porque sabía que no podía hacerte feliz.

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Mientras lo escuchaba vi que empezó a llorar y yo lloraba por él. Lo que me decía no me había sorprendido, siempre supe que su padre me había apartado de su lado para no perjudicarme con sus decisiones poco honestas, que chocaban con mi forma de vivir la vida.

— Esa competencia era la última del año y si terminaba entre los tres primeros subiría a una categoría internacional. Ahí arriesgó más de la cuenta, se confió porque corría un auto muy preparado y era la oportunidad para participar en el circuito europeo. Todo quedó trunco aquel domingo 23 de octubre, cuando el auto cayó unos quince metros dando tumbos…Ni el helicóptero que llegó rapidísimo, ni los médicos, ni Dios, alcanzaron a salvarlo, pero a mí solamente me quedó de recuerdo este agujero en la pierna, porque como decía mi papá “los milagros sí existen”.

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Cuatro igual a uno

3° Premio

Autor: Juan Horacio Vilardo

C.P. T181 F82

Pasó a buscarme sin avisar, un miércoles, temprano, alrededor de las ocho de la noche.

Raro, porque solo salíamos los viernes, tarde, después que terminaba su peña.

Yo vivo sola desde hace varios años, así que no tengo problemas en adaptarme a sus horarios.

No fuimos al motel; me “invitó” a cenar a una parrilla a cincuenta kilómetros de la ciudad. Por eso me dijo que lleve más plata y la tarjeta para la nafta, porque ese día hacían descuento.

Raro también, nunca habíamos ido a comer juntos, podía enterarse su novia. Como tantas veces me había prometido, dijo que ahora cumplió y la dejó. Como siempre, luego dirá que no puede y regresará con ella. Creo que la quiere mucho.

Volvimos tarde, muy lindas horas pasamos, charlando. Seguía en su modo más extraño, porque normalmente él hablaba poco.

Cuando llegamos a casa, alrededor de la una de la madrugada, como nunca, quiso pasar a tomar un té.

Seguimos hablando una hora más. Yo estaba agotada, no daba más del sueño, y ese jueves, tenía que ir a una empresa a la mañana, a controlar un inventario para el cierre de balance, y eso no podía hacerlo desde la conexión remota, como trabajo habitualmente.

Dijo que fuera a dormir, que después él iba a la cama.

Me bañé, y cuando pasaba para la pieza, me pidió la escritura.

Aclaró que le cuesta dormirse sin leer algo en papel, y sabe que, desde que me recibí, ya no tengo ningún libro en mí casa. Se la di y quedó leyendo.

Aunque no tenga libros, leo mucho en pantalla, cuentos y novelas digitales y escucho audiolibros; no ocupan espacio ni juntan tierra.

Ya entredormida, sentí que se acostó y me abrazó por detrás. A la mañana, tuve que bañarme de nuevo, pero estaba contenta, luego de tan hermosa e inesperada noche.

Dijo que fuera tranquila, que se quedaba y me esperaba con el almuerzo.

Él no tenía apuro, porque hace bastante que está sin trabajo. Y desde que se dobló el tobillo jugando al fútbol con sus amigos,

Consejo Profesional de Ciencias Económicas no consigue ni changas. Pero manejar puede, por suerte.

Por las dudas que tuviera que salir a comprar algo, me pidió dinero y la otra llave de la casa. Yo siempre le doy algunos pesos para que se vaya arreglando, mientras está inactivo. Pequeños préstamos, con casi seguro destino de reclasificación contable.

Al salir, no vi la escritura en el sofá. Cuando volviera, tenía que acordarme de pedírsela, para guardarla. Ahora no, porque ya escucho sus ronquidos.

Lo dejo dormir, ¡pobrecito!

Pobrecito, si piensa que no me di cuenta de su jugada, quiere quedarse a vivir en casa, “agregarse” como decía mi abuela. ¿Qué querrá hacer con la escritura? ¿Pedir un crédito? Nada de eso va a pasar.

Estoy muy cómoda siendo la segunda, la suplente.

¡Si supiera que, de los actuales, él es el último que se cruzó en mi camino! Ejerzo otras tres suplencias, pero en esas no soy única socia aportante. Todos “cama afuera” por supuesto. Es prioridad absoluta en mi vida, conservar a rajatabla la libertad individual.

No existe el hombre perfecto, así que, por ahora, con estos cuatro me alcanza.

Cada uno me llena con algo distinto, y en reciprocidad, yo les completaré algún faltante a ellos. Todos tienen en común, que no son violentos, en ninguna de sus formas; condición fundamental que me obligo a controlar para aceptar amigovios, el resto se puede negociar.

Con los otros tres, no necesariamente son todos encuentros físicos ni frecuentes, también hay videollamadas y todo lo que ofrece la tecnología de este milenio.

El primero, mi relación más antigua y el que más quiero, me hace reír mucho. Un simple mensaje suyo me mejora el día. Si yo aceptaba tener hijos, quizás hubiéramos formado una linda familia, como la que tiene y disfruta.

El segundo es el más bueno, habla mucho, es muy inteligente, y me instruye. Como yo no miro ni escucho noticieros, porque considero que quitan tiempo y años de vida, cuando nos vemos o en pocos minutos de una llamada o un audio, me hace un resumen de todo lo importante que tenga que saber, por donde va el mundo y sus alrededores.

Y el tercero, que viene de muy lejos un par de veces por año, casi siempre me invita a un viaje sorpresa, para descubrir en el trayecto o en el destino, lugares no tan conocidos, como me gusta a mí. También vamos a bailar, que es otra de mis pasiones, y volvemos con energías renovadas.

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Para ir a bailar más seguido ya tendría que buscar un quinto compañero de aventuras, pero es muy difícil encontrar uno libre solo para eso. No me quejo, todo no se puede conseguir.

Nunca suplo, ni le soplo parejas a mis amigas, es mi código no escrito; salvo con su consentimiento, como esa vez que una de ellas me lo entregó en bandeja, para cumplir una fantasía de ellos.

Y si el cuarto, que es el más joven, ya sabe o se entera más adelante de mis andanzas con sus tres colegas, no tiene nada para reprocharme. Él promete dejar a su novia. Yo le sigo el juego, pero no necesito esa titularidad.

No le prometí nada, y sabe que no quiero compromisos ni convivientes.

Alguien puede insinuar que me usa, porque pago cuando salimos, le compro regalos y le doy dinero. Lo hago solo porque satisface muy bien, una de mis necesidades básicas, nada más, ni nada menos. Y, además, hace unos masajes espectaculares. Si quisiera estudiar, podría hacer de eso su profesión, pero no quiere, no tiene iniciativa comercial tampoco, pero voy a insistir hasta convencerlo y quizás cuando madure se decida. En mi contabilidad de consumos personales, lo que gasto con él lo imputo en “Gastos de mantenimiento del cuerpo, del ego y del alma; y de otros placeres” Toda persona que se quiera un poquito, debe tener esa cuenta abierta y asignarle un buen porcentaje de su presupuesto.

Quienes me critiquen, si les sobra algo de dinero, y según la cantidad, ahorrarán y/o lo gastarán en sus actividades preferidas, y está muy bien también.

Allá ellos y ellas, y acá yo.

En realidad, soy yo quien hace uso (no abuso) de estas nuevas relaciones cómodas contemporáneas.

¡Lástima que todo esto ocurre solamente en mi esponjosa imaginación! ¡Qué haría yo sin ella, y sin la esperanza y sonrisas que me provocan esos sueños de un futuro distinto! Aunque no sean cuatro: quiero un compañero de viaje por la vida, no importa que no valga por cuatro. Porque, pese a que la matemática no lo acepte, uno bueno es infinitamente más que cero o que menos uno como fue mi única experiencia anterior.

Pero ese globo de fantasía se pincha automáticamente en este instante, cuando llega el mensaje de mi ex esposo:

“¿Podés ir vos a buscar los chicos a la escuela? Hoy no te los puedo llevar”

Así, como fue siempre en esos tres insanos años en los que convivimos, otra más de sus famosas preguntas órdenes, sin nombrarme, sin saludar, sin explicar por qué no puede hoy que le toca a él, sin dar las gracias, sin alma.

Podía contestarle: “No puedo, salgo muy justo de mi clase de yoga y no voy a llegar a tiempo; y sabés que ellos se enojan mucho si tienen que esperar”

Pero no, prefiero no gastar energía inútilmente, y le contesto, con su misma amarga sequedad:

“Sí, voy yo”

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El loser

Mención Especial

Autor: Ignacio José Desmaras Luzuriaga

C.P. T242 F207

Antes de empezar esta historia conviene una aclaración. Hay palabras que, aun siendo extranjeras, se instalan con fuerza en nuestro idioma: loser es una de ellas. Irrumpió en los labios juveniles a fines del siglo XX y quedó entre nosotros con la terquedad de la mala hierba. Suena como un susurro humillante, un escupitajo hecho palabra. Nadie la invitó, pero ahí está: vocablo inglés, despectivo y áspero, marcando al perdedor, al fracasado, al que tropieza siempre en el mismo lugar.

Es curioso cómo el idioma acepta estas infiltraciones, como si en sus grietas se colaran desechos de otras culturas. Pero la lengua es un organismo vivo: respira, muta, se devora a sí misma. Cada generación la recibe, la reinventa, la arruina o la enriquece. Quizá lo que parece un insulto sea, en realidad, otra manera de seguir latiendo.

Nací en 1956, en Buenos Aires. Mis primeros recuerdos –quebrados, difusos, como fragmentos de un espejo viejo–me arrastran a la cocina de mis abuelos en La Plata. Tenía apenas cuatro años cuando mi abuela paterna, con la solemnidad de una pitonisa y el aire de quien revela un misterio, me confió el secreto

de mi origen: «Vos naciste de un repollo». Así, sin anestesia. Y yo lo creí, claro, con toda la fe del mundo. Lo dijo con tanta seriedad que hasta el reloj de pared pareció detenerse.

La historia, según su versión, era así: Mitita, la cocinera, estaba lavando verduras compradas a Mingo, el verdulero del barrio. De pronto, entre las hojas verdes de un repollo, escapó un llanto tibio. Era yo. Durante años creí esa fábula con la fe ciega de un creyente. Cada vez que veía a Mingo lo saludaba con respeto casi familiar y agradecía en silencio haber sido el intermediario de mi destino.

Más tarde descubrí la verdad —menos mágica, más biológica y más sucia—. Me llegó de boca de mis amigos, que se encargaron de arruinarme la historia con un balde de agua fría: nada de repollo. Entre risas crueles y burlas implacables me explicaron lo que hasta entonces se me había ocultado. Esa revelación —que no había nacido de un vegetal, sino de un modo terrenal y vulgar— me produjo una especie de asco hacia mí mismo. Como si al arrancarme la fábula me hubieran dejado desnudo en un basural.

Mi infancia transcurrió en tiempos en que la televisión era todavía un lujo de pocos. A través de esa pantalla descubrí mundos hoy que ya no existen: el capitán Piluso, Titanes en el Ring, Súper Hijitus. Recuerdo con nitidez la llegada de Batman, en 1966. Cada martes, él y Robin quedaban atrapados en un destino mortal. Nosotros, niños crédulos, pasábamos los recreos discutiendo cómo escaparían de la muerte. El jueves, milagrosamente, los héroes salían vivos y victoriosos, mientras el villano caía derrotado.

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En los recreos también jugábamos a las figuritas, que intercambiábamos con entusiasmo. No faltaba el que gritaba: «¡Figuritas a la marchanta!» y las arrojara al aire, obligándonos a lanzarnos a una batalla frenética por conseguirlas. Y, por supuesto, nos bastaba una pelota de trapo para jugar al fútbol. Pero no todo eran figuritas ni fútbol: en cualquier casa, una escoba podía transformarse en caballo y convertirnos en jinetes del oeste; un palo era espada o rifle, según lo exigiera la fantasía del momento. Nuestro mundo era la imaginación: nada necesitábamos porque lo inventábamos todo.

Las revistas sumaban otras ventanas: Patoruzito, Patoruzú, Tío Rico. Mis sábados amanecían con la revista infantil Billiken bajo la puerta de servicio, gracias a Rodolfo, el encargado del edificio. Primero leía a Pelopincho y Cachirula; después me dejaba arrastrar por Las aventuras de Pi-Pío.

Los cumpleaños eran otro universo. Algunos padres, con cierto poder adquisitivo, alquilaban una película en 8 mm. Entonces llegaba un hombre con proyector y pantalla portátil. Bastaba apagar la luz para que la magia comenzara: el gordo y el flaco, Tarzán, dibujitos animados. Nosotros mirábamos embelesados desde sillas, sillones o directamente en el suelo. Después la torta, los sándwiches de miga, la gaseosa en vasos de plástico. Y, finalmente, el tesoro: el cotillón. Silbatos de colores, veleritos, relojitos de plástico, sapitos de lata que croaban al apretarlos, gracias a una chapita engrampada en el reverso. Toda la felicidad del mundo cabía en una bolsita de celofán.

Cuando cumplí once, llegó a mi casa el Cine Graf: La euforia absoluta. Un artefacto pequeño que simulaba ser un proyector, con carretes y manivela. En lugar de película, tiras de papel traslúcido con imágenes fijas que, proyectadas sobre la pared, se convertían en aventuras, episodios históricos, historietas. Para mí era una máquina de sueños. Hoy ese aparato está sepultado por la tecnología. Como tantas cosas, quedó reducido a un objeto casi arqueológico. Una magia que ya no produce efecto sobre nadie.

Pasaron los años y me convertí en padre de Félix y Toribio. Cuando Félix tenía siete, ya vivía en un mundo distinto. Sus programas favoritos eran los Power Rangers y los Teletubbies. Un día me senté a ver con ellos esos Teletubbies que tanto comentaban. Mi primera impresión fue devastadora: cuatro criaturas grotescas, de movimientos torpes y balbuceos absurdos. Pensé que aquello era el apocalipsis cultural. Sin embargo, Félix reía fascinado, como si estuviera frente al más grande de los espectáculos.

Indignado, le comenté a Susana, mi esposa, lo espantoso que era aquel programa y clamé por la prohibición inmediata. Ella, docente, sonrió con esa calma que a veces me exaspera, y me dijo imperturbable: «No pasa nada». Y claro, no pasaba nada… salvo mi furia de padre, que veía a sus hijos criados entre lo que consideraba basura televisiva. Uno quiere dejarles sus reliquias y ellos las devuelven con indiferencia, como quien aparta una fruta podrida.

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Un día decidí reaccionar. Elaboré un plan heroico: traer de regreso mi infancia para rescatar la de ellos. Busqué un Cine Graf por internet, con películas en blanco y negro y en color. Los senté frente a la pared, oscurecí la habitación y les fui leyendo las imágenes proyectadas. Yo estaba embriagado de nostalgia; ellos apenas disimulaban el desgano. Al cabo de un rato, cansado de leerles, les pregunté si querían seguir viendo. Me respondieron que preferían hacer otra cosa. Fue un golpe seco: el entusiasmo era mío, y solo mío.

Mi última batalla la libré con las aventuras de Hijitus. Conseguí todos los episodios y los obligué a verlos conmigo, convencido de que esta vez sí lograría seducirlos. Me sentía un predicador frente a sus discípulos, un padre que transmitía un legado. Pero el aburrimiento de Félix era inocultable. Con la paciencia de quien no quiere contrariar a un loco, me pidió salir de la pieza. Yo, ciego en mi empeño, lo obligué a quedarse. A la media hora, su gesto era de fastidio. Fue entonces cuando le pregunté si le gustaba. Su respuesta fue un «no» seco y lapidario. Minutos después suspendí el encuentro: lo que yo creía un acto de amor era, en verdad, una forma de violencia.

La respuesta llegó al día siguiente, tan brutal como tierna. Mientras tomaba mate con Susana, un papel se deslizó por debajo de la puerta. Era una carta de Félix, escrita con letras torcidas y furiosas, cargadas de errores de ortografía:

Concurso

«Papá sos un luser. Odio super ijitus, muera super ijitus. No quiero verlo mas. Aguanten los Power Rangers».

Al leerla, reímos, sí, pero la risa no me salvó de la punzada. En pocas palabras había destruido mi ejército de recuerdos.

Y en medio de las ruinas, la voz de mi hijo seguía en pie, viva, implacable.

El niño David había derribado al gigante Goliat de un hondazo.

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El Consejo del abuelo

Mención Especial

Autor: Leonardo Puopolo

L.A. T54 F184

Cuando era chico, mi abuelo me enseñó a jugar al ajedrez. No me hablaba de peones, caballos ni alfiles con el lenguaje técnico. A cada pieza le daba un valor distinto, más simbólico que numérico. Él me decía:

-El peón es el que madruga. El que no se luce, pero empuja todo hacia adelante.

-La torre es quien sostiene. Firme, recta sin rodeos.

El caballo… el caballo es como vos cuando te animas a pensar distinto.

Jugábamos en silencio. A veces se escuchaba apenas el golpeteo del reloj de la cocina, como marcando el ritmo de una casa que él administraba, con más sentido común que planillas.

Con los años cambié el tablero por organigramas. Me fui metiendo en el mundo de la administración de empresas con la misma lógica que me llevó a amar el ajedrez: la planificación, la estrategia, la toma de decisiones con visión a largo plazo.

Pero también, con algo que el ajedrez no siempre permite: el trabajo en equipo.

La primera vez que me tocó coordinar un área dentro de una empresa, sentí que estaba en una partida compleja. Nada era obvio. Los problemas no venían anunciados y las oportunidades aparecían disfrazadas de riesgos. Pero ahí no estaba solo: éramos un equipo. Aprendí que una buena estrategia no nace en la cabeza de uno, sino en la conversación entre varios. Que liderar no es mover piezas, sino entender como se mueven mejor juntas.

A veces pienso que si el ajedrez fuera un juego en equipos, habría menos jaques y más acuerdos.

Tal vez por eso me gusta esta comparación: el tablero enseña a pensar, pero la gestión enseña a coordinar el pensamiento.

He visto a colegas comportarse como piezas nobles:

Una líder que fue torre, sosteniendo al equipo en plena reestructuración.

Un compañero que fue alfil, encontrando caminos diagonales en medio de la burocracia.

Un asistente que fue peón valiente, haciendo una observación que terminó cambiando un proyecto entero.

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Y también, claro, he visto errores. Jaques dados por apuro. Estrategias que se hundieron por no escuchar. En la administración, como en el ajedrez, la ética no está en el manual: está en las manos que mueven las decisiones.

Con el tiempo entendí algo más.

En el ajedrez, muchos creen que la reina es la pieza más poderosa, y lo es. Pero el rey es el que define la partida. No porque se mueva mucho, sino porque es al que hay que proteger.

El verdadero liderazgo se parece a eso: no brilla por su velocidad, sino por su visión.

Liderar no es avanzar solo, sino sostener el equilibrio cuando todo tiembla. Ser el punto de referencia. El que da sentido al resto del movimiento.

Una tarde, ya grande, volví a jugar con mi abuelo.

Yo con mis roles, mis métricas, mis informes; él con su sabiduría sencilla. Antes de empezar la partida, me dijo:

-¿Sabés qué tienen en común el ajedrez y tu trabajo?

-¿Qué cosa abuelo?

-Que si no pensás en el otro, perdés.

No sé si gané esa partida. Poco importa.

Mi abuelo ya no está. Pero su voz vuelve cada vez que tengo que tomar una decisión difícil.

Cada vez que pienso en avanzar, pero con propósito.

Cada vez que entiendo que la estrategia no es solo para ganar.

Es para merecer la victoria.

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El caballo verde que no galopa

Mención Especial

Autor: Germán Rainaudo

C.P. T429 F90

El hombre muere tantas veces como pierde a cada uno de los suyos.

Publio Siro (Siglo I AC)

Si bien el guardapolvo estaba blanco como la leche que producía mi papá en su tambo, no estaba tan prolijamente planchado como lo hacía mamá. Mi hermana Sofía decía que ser abanderado era un orgullo para la familia y un premio al buen desempeño en la escuela. Cuando comenzaba el himno nacional, Julieta me ayudaba con la enorme bandera para colocarla en el tahalí que empezaba en mi hombro izquierdo y casi llegaba al bien lustrado zapato derecho.

Me encantaba jugar al viejito o a las escondidas con los chicos en los recreos. Siempre tuve buenas notas, la escuela me resultaba fácil, estudiaba de memoria y repetía como loro en el patio de casa. Durante la mañana caminaba ida y vuelta debajo de la parra y recitaba: “La cordillera de Los Andes es una cadena de montañas de América del Sur que atraviesa Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Perú y parte de Venezuela”; pero también

coreaba que: “Un ecosistema es un sistema biológico formado por la interacción entre seres vivos (componentes bióticos) y el medio físico (componentes abióticos) en un área determinada”. De tanto repetir y redundar armaba reglas mágicas o nemotécnicas para aprender conceptos; por ejemplo, el SOR CAR TOA para memorizar el seno, el coseno y la tangente. Todo lo repetía de memoria, sin más.

La seño Inés era muy buena, salvo cuando usaba la lapicera roja en el cuaderno. En la escuela de campo, ella dictaba todos los grados, de primero a séptimo. Era un superhéroe: directora, maestra de plástica y de música, cocinera, portera, enfermera y daba educación física debajo de los frondosos paraísos. El colegio estaba en medio de dos caminos de tierra. En los días de lluvia, la mayoría de mis compañeros no llegaban. Algunos venían en el camión de la leche, otros montados a caballo, Mariano y Julieta llegaban caminando cubiertos por una lámina marrón del guadal. Papá me llevaba en sulky y pasábamos a buscar a Nicolás por la tranquera. Nico era el hijo del tambero del campo del lado. En invierno nos poníamos colchas en los pies para el frio. Mi abuela nos había tejido unas mantas a rayas amarillas y verdes.

A muchos de mis compañeros, los padres no les ayudaban a hacer las divisiones o redactar oraciones bimembres. Algunos de los chicos venían a la escuela para comer. Por la mañana, les daban una taza de chocolate caliente con pan de campo y dulce de zapallo que preparaba la seño Inés. Al mediodía, salvo los días en que había sopa de gallina, los chicos comían cosas ricas

Consejo Profesional de Ciencias Económicas y las milanesas con puré eran las preferidas. La escuelita rural era el último eslabón de la cadena que evitaba que muchos de esos niños invisibles, no se cayeran del mundo y tuvieran una oportunidad para ser escuchados y tenidos en cuenta por alguien; ya que la seño se sabía el nombre de todos, dónde vivían, cómo se llamaban los padres y cuántos hermanitos tenían.

Ese eslabón de la cadena, en el medio de dos caminos de tierra mal dibujados y algunos árboles mal pintados funcionaba como una red de cuidado y apoyo para Mariano y Julieta que habían sido abandonados por sus padres en un paraje y representaba un trozo de vida donde encontraban contención y esperanza para seguir creyendo.

Me gustaban las tablas de multiplicar. Las más difíciles me resultaban más entretenidas. A Julieta nunca le salió la tabla del nueve, yo la repetía como una cotorra con los trucos que me enseñó mi hermana; quien decía que la letra con sangre entra.

En mi casa del campo, pasaron muchas mujeres que quisieron ayudar a papá. Cada tanto venía la tía Griselda, la hermana de mamá. Sofía decía que, para ser soltera, hay que ser flaca, alta y tener mal humor. Mi tía cumplía con todas esas características cómodamente y tantas otras más. Cocinar tampoco se le daba bien, siempre nos preparaba verduras hervidas que eran una patada en el estómago. Mi hermana agregaba que las verduras hervidas producen mal aliento y eso le impedía conseguir un novio a mi tía Griselda.

Mi papá cenaba con una copa de vino que se servía del botellón enorme del aparador. Las botellas de casa eran similares a las que acomodábamos en la iglesia cuando nos llevaban al catecismo los sábados a la mañana. El padre Pedro, siempre tenía olor a alcohol, pareciera que su día transcurría de misa en misa. Yo me sabía todos los rezos y salmos de memoria. No obstante, decir la oración del salve de corrido era difícil y Mariano lo recitaba sin parar. ¡Cómo lo admiraba!

No teníamos luz eléctrica en el campo. Mi tía usaba una plancha que le colocaba brasas adentro. La tía Vicky era más dulce, aunque siempre me apretaba los cachetes muy fuerte. Cuando venía a casa traía a sus hijos que eran chiquitos y no se podía jugar a nada. Me aburría con ellos, tampoco sabían las tablas. Pero me compraba las galletitas en el almacén de Don Víctor que tenían forma de animalitos y venían en una caja de chapa que tenían un vidrio redondo adelante. Papá decía que eso le hacía recordar a las ventanitas de los barcos en el mar.

Papá fue soldado en la guerra y vinieron con mamá de Italia siendo mis hermanos muy pequeños. Tengo un hermano, que falleció al poquito de nacer y quedó sepultado en Italia. El océano es testigo de ello, desde el barco, las lágrimas cayeron de un color más oscuro que nunca pudieron mezclarse con sus aguas. En casa, mis padres solían hablar en italiano. Siempre tuve la duda acerca de las cosas que pasan en la guerra; ya que mi papá había perdido la alegría y tenía la mirada perdida por encima de los alambrados

Consejo Profesional de Ciencias Económicas en el horizonte. Siempre pensamos que papá volvió de la guerra por el mero instinto de supervivencia.

Mi mamá contagiaba la ilusión de una vida radiante y florecida. Mi papá tenía la nostalgia atragantada en la garanta y una enorme dificultad para adaptarse a nuestra nueva casa en el campo. Mi madre parecía haber hecho una tarta de manzanas con aquella terrible experiencia condimentada con alivio, esperanza, oportunidad de reconstruir sus vidas y un futuro mejor. En cambio, mi padre parecía haber quemado una tortilla al fuego hecha de nostalgia, melancolía, temores, ansiedad y desconcierto.

Mamá era muy linda y coqueta; era la luz de la casa y el sabor de las comidas ricas. Era el chocolate caliente y la torta marmolada recién salida del horno. Era el budín de pan con mucha azúcar quemada. Cuando estaba pachucho por las noches, se acostaba a mi lado y me abrazaba tan pero tan fuerte que los dolores se iban. Me llenaba de besos cuando llegaba de la escuela y me hacía la señal de la santa cruz en la frente cada noche antes de dormir. Ella sabía todo y se daba cuenta cuando algo raro me pasaba. Nunca le podía ocultar nada, ni siquiera cuando me comía la torta de manzana que había guardado para las visitas.

Mi hermana Sofía que siempre respondía a mis preguntas, me decía que mamá había muerto porque era un ángel que no podía estar en esta tierra. Pero nunca me respondió dónde estaba ese ángel. En catecismo nos hacían repetir que Dios era muy bueno y que siempre estaba pendiente de nosotros y de nuestras familias.

¿Por qué si Dios era tan bueno se había llevado a mi mamá?

Mis tías y las mujeres que ayudaban en casa eran buenas y muy amables con nosotros. Pero yo extrañaba a mi mamá. Ella me cantaba la canción del caballo verde que no galopa y usa gomina; y me preparaba la taza de mate cocido con leche con cuatro cucharadas de azúcar.

De la mezcla de emociones y silencios que era mi papá, la muerte de mamá lo dejó aún más callado. Es como si los parásitos que tenemos cuando comemos muchas cosas dulces, se transforman en tristeza que se comen las palabras. Cuando le conté que la seño Inés me había elegido abanderado, me preguntó si había cerrado el corral de las vacas, si había regado la quinta y si había juntado los huevos de las gallinas. Resulta que la tristeza también se comía los oídos. Mi papá ya no me escuchaba.

Con todas las cosas que había vivido mi padre, el amor y la sonrisa de mamá eran su único refugio en esta vida. En las paradojas del machismo de la época eran las mujeres las que sostenían una casa iluminada y una familia a flote. Mi papá amaba a mi mamá, más que a su propia vida. Su pérdida se transformó en aquella guerra cuyo efecto devastador se comió a su propio instinto de supervivencia.

Aún recuerdo despertarme por la noche con el llanto ahogado y la falta de aire en la garganta. De gritar en voz alta y quedarme mudo en el silencio de mi habitación sabiendo que mamá ya no vendría a cantarme la canción del caballo verde; una balada que,

Consejo Profesional de Ciencias Económicas bajo la dulzura del galope del potrillo, permitía que mis miedos se esfumaran. En esas noches, sólo me salvaba la memoria, y repetía infinitamente los rezos hasta que la mandíbula se rendía y me dormía.

Así como yo rezaba para dormirme; mi padre perdía la mirada en el horizonte para velar su tortuoso recuerdo del cruce del océano y dar vuelta la página. Dejaba ir los ojos para colocar un tapón en el bidón de la memoria que no le diera espacio a aquel pequeño hijo sepultado en una tierra abandonada; y, sobre todo, para no querer saber que mamá, el gran amor de su vida, estaba muerta.

Con la partida de mi madre; o papá se quedó sordo y mudo; o, yo me volví invisible para él. Dedicó el resto de sus desvalidas fuerzas y recursos para construir la otra casita a la salida del pueblo. Mi gran temor era que papá nos abandonase del todo. Fueron tres años donde ocupó todo su tiempo y sus lábiles energías a colocar ladrillo sobre ladrillo. Un domingo me hicieron bañar temprano para ir al cementerio porque iba el padre Pedro. Yo corté algunas calas y un par de rosas amarillas que eran las preferidas de mamá para llevarle a su tumba. Pero ese día, trasladaban a mamá a la casita nueva, al panteón que le construyó mi padre.

Similar a los preparativos que realizaban los egipcios como una continuación de la vida luego de la muerte, preparó con los mayores lujos y señales el lugar para que su amada descansase en paz. ¿Habrá sido su manera de honrar al amor de su vida

y a su pequeñín? ¿Habrá sido su forma de traer la mirada y reafirmar su identidad italiana?

En mis retinas quedaron grabado el brillo del cofre de roble y los adornos de metal tan lustrados. La luz tenue ingresaba por la ventanita trasera que iluminaba las placas y las flores que coloqué en unos jarrones de porcelana sobre los estantes que reposaban en las escuadras de hierro. Al irnos, al cerrar la casita, sentí que mamá se quedaba aún más sola. Son esos lugares donde el silencio y el espacio vacío se tornan insoportables.

A los tres meses, con el frío y el amanecer de un día de junio, escuchamos golpear desesperadamente la puerta de casa. Nos despertamos asustados con Sofía y papá pareciese que no escuchó. Al asomarnos, estaba tras la puerta la cara pálida y desacomodada de don Eliseo, el cuidador del cementerio.

En una frase bastante cruzada y sin aliento nos pide que por favor lo acompañemos con urgencia a buscar a papá. Subimos con mi hermana al sulky y a los tiros cabalgamos detrás de Eliseo. Cuando bajamos del camino en dirección al pueblo, don Eliseo se desvía y toma el camino al cementerio. Al llegar a la necrópolis, observamos que las puertas del panteón estaban abiertas.

Al ingresar al mausoleo, estaba el colchón en el piso y papá muerto con la mano extendida sobre el cofre de mamá y con la mirada debajo del espacio reservado para nuestro pequeño hermanito.

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Entre la desesperación y los llantos de Sofia y míos, don Eliseo nos cuenta que, desde hace tres años, religiosamente todos los días mi padre nos daba de cenar temprano, se aseguraba que estuviésemos bañados y dormidos en nuestra cama; y él cargaba el colchón al sulky y se iba a dormir al lado del gran amor de su vida. Al día siguiente, muy temprano a la mañana, antes que nosotros nos despertáramos, él llegaba y preparaba el desayuno para comenzar un nuevo día.

Hoy, cuando pienso en las noches en que me despertaba a consecuencia de alguna pesadilla o dolor estomacal, y que especulaba que mi padre estaba sordo, tengo la convicción de que mi papá estaba durmiendo en el cementerio al lado de mamá; pero me consuelo en la idea de saber que con mamá cantábamos muy fuerte el caballo verde que no galopa y papá dormía tranquilo.

Cuando me viene a la cabeza la mirada de papá perdida en los horizontes o en los alambrados de los corrales, creo que era su diálogo silencioso y la manera de estar cerca de mamá y su pequeñín. Mi padre murió tantas veces en la medida que fue perdiendo a los suyos. A muchos nos cuesta respirar sin la calidez del amor.

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Invisible flor morena

1° Premio

Autor: Jorge Antonio Contreras

C.P. T79 F217

Habían arrancado tu página de la historia; acaso te atribuían demasiados defectos: eras mujer, eras negra, eras pobre.

Destinada a preservar el brillo de suntuosos pisos coloniales, preferiste responder al llamado de la patria incipiente, supliendo al delantal por un traje de batalla, para escoltar las huellas intrépidas de aquel abogado devenido en general.

Soldado y enfermera, el cielo de Ayohuma testimonió tu coraje.

La guerra significó la agonía de tus amores y solo obtuviste como lacerantes medallas las cicatrices cobardes grabadas en tu piel por un látigo infame.

Mendigabas justicia en el atrio de la iglesia hasta que los ojos del águila guerrera descubrieron un rocío de sangre parda salpicando los laureles que supiste conseguir.

Quizás, María Remedios del Valle, no desees que tu nombre irrumpa en el mármol épico de las heroínas, ni que tu mirada ilumine el estéril semblante de falsas monedas, y prefieras ser por siempre una invisible flor morena, regada a diario por lágrimas de mujer, para aromar de orgullo y dignidad los jardines ocultos de la historia olvidada.

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La nona y yo

2° Premio

Autor: Alfonso Enzo Michielin

C.P. T227 F46

La nona y yo vamos de la mano Caminamos serenos sobre la arena húmeda por la orilla del mar. Con infinita paciencia, ella no le imprime urgencia a mis pasos cortos.

Su mano firme rodeando la mía me hace sentir seguro ante el universo que voy explorando.

La suelto un instante, me agacho y voy descubriendo tesoros, un caracol, una conchilla, un guijarro. Se los muestro.

Vaya a saber en que idioma le hablo.

Los toma, los mira. Me habla.

Los guarda en su bolsillo que ya lleva repleto con mis otros tesoros.

Toma mi mano nuevamente y seguimos caminando. Hay tanto amor en esa mano.

La nona y yo vamos de la mano.

Caminamos serenos sobre la arena húmeda por la orilla del mar.

No le imprimo urgencia a sus pasos cortos.

Sé que mi mano firme, rodeando la suya, la hace sentir emocionada ante el universo que va rememorando.

Me suelta la mano un instante.

Se vuelve mirando el mar.

Desconozco la altura que alcanzan sus pensamientos.

No sé cuantos recuerdos flotan balanceándose sobre las olas.

No sé cuantos se pierden tras la línea del horizonte.

Se voltea. No me habla. Solo me mira.

Veo brillo en sus ojos.

Toma mi mano nuevamente y seguimos caminando Hay tanto amor en esa mano.

Ella

Eran días de oscuridad, de murmullos, aunque sin palabras. De movimientos, aunque sin camino.

Quería encontrarte sin saber cómo; me encontró, porque no podía buscar lo que no conocía.

Y hoy, los días tienen brillo, hay palabras que escuchar, caricias que esperar, momentos infinitos. Mi luz, aquella que no busqué, ella.

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3° Premio

Autor: Gastón Ferraro

C.P. T387 F32

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