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La familia

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LIBROS PARA EL PUEBLO-NUMERO NUEVE


DIVISION D E EDUCACION DE LA COMUNIDAD Departamento de Instrucción Pública, San Juan, P. R.


E STE LIBR O C O N TIEN E LOS SIG U IEN TES ARTICULOS, N A R R A C IO N E S Y P O E M A S :

¿Qué es la familia?

3

£1 matrimonio

8

María quería dos hijos, Juan quería doce

0

El hombre: futuro esposo y

padre

11

¿A quién consultar sobre problemas de mi matrimonio?

18

Maternidad (poema)

20

La mujer: futura esposa y madre

23

Un nuevo día (cuento)

30

Los hijos: su crianza, su trato, su bienestar espiritual

37

¿Es cierto que donde comen dos, comen cuatro?

44

¿Hijos “bien educados” © hijos instruidos?

45

Lazo de unión (cuento)

Sf

El hogar

9f

¿Un diploma universitario o un oficio para mi hijo?

53

Carta de recomendación (poema)

61

Los abuelos: raíces profundas del tronco familiar

§t

La patria y la familia: sus relaciones, sus problemas


¿QUE ES LA FAMILIA? La familia es el grupo o unidad más pequeña dad.

una socie­

Es la base o fundamento de uno nación. La familia está compuesta de individuos.

La comunidad

está compuesta de familias. La nación está compuesta de comuni­ dades. Una comunidad, compuesta de familias, p^ede ser un barrio, una aldea, un pueblo o una ciudad.

Todas las comunidades (o

sean, los barrios, las aldeas, los pueblos y ciudades de un país) constituyen la sociedad que llamamos nación.

Pero los pilares,

los zocos que sostienen la sociedad, son las familias. mos claramente en el dibujo.

Esto lo ve­


cillamente, que debo estudiar con anticipación el problema eco­ nómico.

D ebo saber si lo que gano da para dos personas.

Si

da para los hijos que vengan. ¿Q ué planes debo hacer para ajustar mis entradas a los gastos del nuevo hogar que intento establecer? lidad de hacer un plan de ahorros? talles con mi futura esposa?

¿H ay posibi­

¿H e discutido todos los de­

¿H em os decidido si ella va a de­

dicarse en la casa a su misión de esposa y madre exclusivam en­ te, o si va a trabajar fuera, en una fábrica quizás, o en un taller? ¿Estamos los dos conform es con la decisión tomada? No, no necesito un capital para casarme. examinar la realidad de mis ingresos.

Pero necesito

Porque no quiero llevar

al matrimonio miseria, necesidades y desesperación.

No quiero

tener hijos desnutridos, sin ropa adecuada, sin instrucción. 4— ¿Sé lo que significa ser padre? Así de primera intención, pienso en la responsabilidad de dar techo, alimento y ropa a los hijos. dad de enviarlos a la escuela.

Luego, la responsabili­

¿Pero eso es todo?

¿Cuántos hijos en verdad podré m antener y criar digna­ m ente? ¿S é lo que es el mundo de la infancia?

¿Com prendo que

los niños tienen ciertos derechos y privilegios que yo debo res­ petar?

¿M e doy cuenta de que el alma y la m ente de un niño

son cosas delicadas que yo no debo herir? ¿Sabré ser considerado con mis hijos? ternura y el cariño diario que ellos necesitan?

¿Sabré darles la ¿T endré la pa­


ciencia y la sabiduría de com prender y orientar debidam ente a, mis hijos? Porque no quiero echar hijos al mundo para que se encuen­ tren perdidos, sin comprensión, sin cariño, resentidos y amarga­ dos a lo largo de una vida difícil. Indudablemente, el hombre tiene problemas serios y com­ plicados en que pensar antes de entrar en el matrimonio. Y en cuanto al hombre casado, nunca será tarde para exa­ minar su propio hogar, para examinarse a sí mismo, para tratar de comprender a su mujer y a sus hijos, para saber si él, como esposo y como padre, ha contribuido adecuadamente a su propia felicidad y a la felicidad de los suyos. Porque no es sólo durante la luna de miel que se cuida el matrimonio.

El matrimonio se cuida y se mejora constante­

mente, día a día, en tiempos buenos o en tiempos malos, a lo largo de toda la vida.


¿A QUIEN CONSULTAR SOBRE PROBLEMAS DE MI MATRIMONIO?

Hay varios funcionarios al servicio del pueblo, a quienes puedo consultar sobre problemas del matrimonio, de la mater­ nidad, de los hijos. Debo recordar que estos funcionarios son individuos con caracteres y personalidades distintas.

Hay algunos más ama­

bles que otros, hay algunos más atentos que otros, hay algunos más simpáticos que otros, hay algunos que tienen más pacien­ cia que otros.

Pero todos ocupan puestos de servicio público y

no debemos sentir temor ni timidez en consultarlos. Puede que después de consultar a uno no estemos muy con­ formes o no haya podido él o ella enterarnos bien de lo que de­ seamos saber. tM S B M P

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Lo lógico entonces es ir a consultar a otro de

■

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‘

esos funcionarios. He aquí una lista de las personas que nos pueden aconse­ jar y orientar en problemas del matrimonio, de la maternidad, 1 de los hijos: 1.

El médico. (Puede ser el médico del Centro, de la Uni­

dad o de un Hospital Municipal o de Distrito.) 2.

La enferm era. (Puede ser la enfermera del Centro o

de la Unidad de Salud Pública.) 3.

Educadora en Salud.

(Esta es una funcionaría de la

Unidad de Salud Pública.) 4.

Trabajadora Social. (Cualquier trabajadora social de

Bienestar Público.)


5.

Trabajadora Social.

(L a trabajadora social del Tribu­

nal Superior.) 6. Trabajadora médico-social. (Esta funcionaría la encon­ traremos en cualquier Hospital de Distrito.) Aparte de esos funcionarios públicos hay otras personas a quienes podemos consultar sobre problemas matrimoniales: 1.

Sacerdotes o ministros.

2.

Médicos privados.


MATERNIDAD JOSE PEDRONI (Argentino)

\

Mujer, en un silencio que me sabrรก a ternura durante nueve lunas crecerรก tu cintura; y en el mes de la siega tendrรกs color de espiga, vestirรกs simplemente y andarรกs con fatiga.


El hueco de tu almohada tendrá un olor a nido, -y a vino derramado nuestro mantel tendido; si mi mano te toca, tu voz, con la vergüenza, se romperá en tu boca lo mismo que una copa. El cielo de tus ojos será un cielo nublado, y tu cuerpo, como un vaso rajado que pierde |_un aSua limpia. Tu mirada. un rocío; tu sonrisa.. . la sombra de un pájaro en un río.

Y un día, un dulce día, quizás un día de fiesta para el hombre de pala y la mujer de cesta; el día en que las madres y las recién casadas vienen por los caminos a las misas cantadas. El día en que la moza luce su cara fresca y el cargador no carga y el pescador no pesca;


quizás el sol deslumbre,

V

quizás la luna grata tenga catorce noches y espolvoree plata sobre la paz del monte. Quizás en el villaje llueva calladamente; quizás yo esté de viaje.

Y un día, un dulce día, con manso sufrimiento te partirás cargada como una rama al viento y será el regocijo de besarte las manos y de ver en el hijo tu misma frente simple, tu b o ca . . . tu mirada. . . y un poco de mis ojos; un p oco. . . ¡casi nada!

*

y


LA MUJER:

Futura esposa y madre

La mujer despierta al amor más temprano que el hombre. La naturaleza dispone que la mujer, físicamente, esté preparada muy joven para la maternidad. Sin embargo, el matrimonio y la maternidad no son cosas que dependen exclusivamente de lo físico.

Por lo tanto, la mu­

jer, como el hombre, necesita madurez emocional, mental y espi­ ritual para poder asumir las responsabilidades de esposa y madre. También para la mujer el matrimonio es un problema serio sobre el que debe meditar y el cual debe afrontar con plena conciencia. El puesto que la mujer ocupa en la comunidad de hoy hace que el matrimonio sea para ella un problema doblemente serio. La mujer hoy día no es sólo esposa y madre, sino también ciudadana consciente.

Tiene oportunidades, derechos y deberes que la ca­

pacitan para ser útil a la comunidad, aparte de su misión de ma­ dre y su misión de esposa. Tanto la mujer soltera como la casada conocen hoy sus de­ rechos y desean participar en las actividades del barrio, de la comunidad, de la sociedad toda.

Ya no es un cero a la izquierda.

Es un ser humano con voz y voto en las elecciones políticas, en decisiones comunales, en el manejo de los problemas del hogar, en las relaciones matrimoniales. Esto echa sobre los hombros de la mujer una carga más. Atiende al esposo, a los hijos, al hogar.

Pero debe tener tiempo

y mente alerta para los problemas particulares de la comunidad y para los problemas generales de la patria.

H oy la mujer debe

ser útil y valiosa dentro y fuera del hogar. Ahora bien, para la mujer, como para el hombre, el matri­


monio no va a ser remedio de males o defectos que una y otro tu­ vieran cuando solteros.

Es casi seguro que una muchacha rega­

ñona y agria será una esposa agriada y una madre desconsiderada. Es casi seguro que una muchacha perezosa será una esposa tam­ bién perezosa.

Es casi seguro que una chica descuidada en su

aseo persona! y en el aseo de la casa donde vive, será una esposa

poco limpia y no podrá enseñarle reglas de higiene a sus hijos. *> y casi podemos meter la mano al fuego para asegurar que una novia muy celosa será una esposa muy celosa también.

El ma- ^

trimonio no cambia necesariamente a la mujer, como tampoco cambia al hombre. Cuando oigamos a una chica con graves defectos decir: “Y a cambiaré cuando me case”, desconfiemos.

No es fácil cambiar

fsólo por el hecho de casarse, aunque a veces es posible que así sea.

Pero a menudo el matrimonio, ,con sus problemas, lo que

puede hacer es empeorar los defectos que la mujer traiga consigo el día de la boda.

¿Quiere entonces decir que una chica con de­

fectos no se casa? Naturalmente que una chica con defectos se casa. que se casa un hombre con fallas en su carácter. todo, nadie es perfecto.

Igual

Después de

/

Pero es importante que el hombre conozca bien los defec­ tos y el carácter de la que ha de ser su esposa.

Es importante que

decida con tiempo si está dispuesto a aceptar esos defectos. Y si

tendrá tolerancia y comprensión para las fallas de la que va a ser ■*


madre de sus hijos.

Los defectos parecen cosas pequeñas du­

rante el entusiasmo del noviazgo.

Pero después, en la rutina de

la vida de casados, aquello que parecía pequeño puede resultar insoportable. Por lo tanto, es esencial que el hombre y la mujer se conoz­ can bien antes de decidir casarse.

Un conocimiento profundo de

ambos traerá la comprensión y la tolerancia que son las bases de una buena vida en común. También la mujer debería hacerse varias preguntas antes de decidir la fecha de la boda.

Como por ejemplo:

1— ¿Cómo estoy de salud? ¿M e he examinado en el Centro o en la Unidad de Salud Pública?

¿M e ha asegurado el m édico que no hay problema de

salud que impide el matrimonio o la maternidad? ¿C onozco la responsabilidad de estar siem pre al tanto sobre el estado de mi propia salud?

¿S é que puede ser difícil y hasta peligroso para

tina m ujer débil o enfermiza enfrentarse al matrimonio y a la maternidad? ¿H e visto al dentista recientem ente?

¿S é que durante el

embarazo los dientes tienden a dañarse si mi dieta es deficiente en calcio?

¿S é que si tengo algunos dientes dañados el d ete­

rioro será peor durante el período de em barazo? Y de la salud de mi novio, ¿qué sé? ¿M e ha enseñado él un certificado de salud reciente?

¿Estam os ambos en condiciones

de tener hijos sanos, saludables?


2— ¿Conozco bien al hombre que ya a ser mi marido? ¿C onozco las fallas en el carácter de ese hom bre?

¿E stoy

dispuesta a aceptarlo tal com o es él para toda la vida? ¿C onfío en él?

¿Confía él en m í?

¿Com parte él conmigo sus preocu­

paciones, sus problemas, sus planes?

¿M e trata de igual a igual?

¿O cree él que la m ujer es un ser inferior, un cero a la izquierda? ¿C onozco lo que él piensa sobre la vida, el matrimonio, los hijos? ¿S é cóm o él piensa en materia de religión y de política? (U n hombre religioso puede ser también un hombre responsable. Un hombre con ideales políticos firmes puede ser también un hombre seguro de sí mismo.

Pero si el hombre lleva la religión

o la política al fanatismo, ¡cuidado!

Un fanático intransigente

en religión o en política difícilmente podrá hacer feliz a su mu­ jer y a sus hijos.

Un fanático puede ser una persona débil y des­

graciada que se escuda en su fanatismo para ocultar su debilidad. ¡Cuidado con el fanático!) . El hom bre que va a ser mi esposo, ¿es considerado con padres, hermanos, amigos?

¿Se lleva bien con los vecinos aun­

que éstos sean contrarios en política o en religión? en las actividades de la comunidad?

¿Participa él

¿Es capaz de hablar en las

reuniones y de defender sus derechos y los derechos de sus v e­ cinos? Son muchas las cosas que la mujer debe saber sobre el hom­ bre que luego se convertirá en su marido.

Y la única forma de

saberlas es estudiándolo, hablando francamente con él, hacién­ dole preguntas sinceras, discutiendo sin timidez las cosas que la preocupan.


3— ¿Cuál es la posición económica del novio? M i novio, claro está, no tiene que tener propiedades ni Ra­ ziar un gran salario para poder casarse. Pero yo debo saber exac­ tam ente cuáles son las entradas de mi futuro marido. D ebo sa­ ber cuáles serán las limitaciones y posibilidades económicas con que ambos tendrem os que encararnos en el nuevo hogar. ¿Cóm o podré ayudarle? econom ía? la casa?

¿T engo sentido del ahorro, de la

¿V oy a ocuparme del hogar o a trabajar fuera de Esto debo hablarlo m uy claram ente con mi novio.

Am bos debem os estar de acuerdo sobre lo que querem os y sobre cóm o lo queremos.

Am bos debem os convenir en cóm o se repar­

tirán las responsabilidades del hogar y la familia.

4— ¿Conozco todos los hechos sobre la maternidad? ¿C onozco los hechos centifíeos sobre el embarazo, el par­ to y la crianza?

¿O estoy todavía creyendo en viejas mentiras

y absurdas supersticiones? La verdad sobre estos problemas no se obtiene en secreteo malicioso con otras chicas inexpertas.

La madre debe ser la per­

sona que informe a la chica sobre los hechos tal cual son.

Des­


graciadamente, no todas las madres tienen el valor, el conoci­ miento o la preparación para cumplir esta encomienda. Si la novia no tiene la orientación adecuada de la madre, o de la persona que haga las veces de madre, debe entonces acudir a otra persona familiarizada con la verdad científica.

Por ejem­

plo, una enfermera graduada o una trabajadora social.

La

mujer no debe ir al matrimonio sin saber con certeza todos los problemas físicos envueltos en la maternidad. ¿Conoce ella además las responsabilidades morales de la maternidad?

¿Sabe ella que es suya mayormente la responsa­

bilidad de cultivar el alma y la mente de sus hijos?

¿Se ha

orientado adecuadamente con un sacerdote o un ministro sobre la instrucción moral y religiosa de sus hijos? 5— ¿Estoy preparada para enfrentarme a mis deberes de ama de casa? Naturalmente que la mujer en nuestro ambiente aprende desde niña a bregar con las tareas domésticas: cocinar, lavar, planchar, limpiar, coser, remendar, etc.

Pero hoy día se exige

que algunas faenas se hagan a plena conciencia.

En materia de

alimentación, por ejemplo, no basta ya con que la mujer tenga “buena mano” para la cocina. ¿C onozco el valor alimenticio de los distintos alim entos? ¿S é qué es lo que alimenta más y lo que alimenta m enos?

¿H e

leído folletos o libros sobre el valor alimenticio de las frutas del país, de los distintos ¿ranos, de las diversas viandas, de los


vegetales?

¿H e leído, por ejem plo, el libro “Alim entos Para Sti

Familia”? La mujer debe enterarse de todos estos problemas de dieta y alimentación.

H oy dia no es sólo importante tener

mano” para la cocina.

“buena

La esposa y la madre deben saber qué

es lo que cocinan y por qué lo cocinan.

H oy comemos aquello

que sabemos que es mejor para nuestra salud y para la salud de la familia. La mujer debe conocer el arte de comprar.

De comprar lo

bueno, lo conveniente, lo que dura más, por un precio razonable. El algodón, por ejemplo, es siempre mejor y más duradero que la seda artificial que llaman “rayón.” .

La mujer, en fin, debe conocer los problemas que afectarán

su labor y su responsabilidad en el matrimonio, bien sea como esposa o como madre.


UN N U E V O D I A cuento por Pedro Juan Soto


ya ella había saltado fuera del catre y se había puesto a colar cáfé. “Café para mi marido — pensaba— . En la casa de mi marido,


en este primer día de mi marido y yo.” Miró por encima del hombro hacia la habitación vecina, donde él seguía durmiendo en aquella posición que a ella le pa­ recía incómoda.

Pero no se atrevía ir a moverlo, por miedo a »

que se despertara. ¿Cuántas discusiones había tenido con su padre por este ‘hombre?

No sabía cuántas, pero fueron muchas.

hombre puede ser tu padre. y no uno tan acabao. mejante cosa.

Que ese

Que tú te mereces un marido joven

Que estás loca.

Que quién ha visto se­

Que ya tú verás cómo lo dejas dentro de poco.

Todo eso por la edad.

Sin embargo, aquel andar firme del

hombre y aquella seguridad que todos sus gestos tenían, no los hubiera encontrado su padre en otro hombre joven. su madre nunca dijo nada en contra de él.

Por eso

Porque sabía que

ella no buscaba ningún lindura ni ningún jovencito a quien des­ pués le diera por correr detrás de otras mujeres.

Ella no que­

ría casarse más que con un hombre como éste, que por sus acciones y su trato para con ella despertaba su respeto y admi­ ración. Su madre sabía que este hombre era capaz de darle una vida tranquila.

Y esa se lo había hecho ver a su padre.

al fin, había accedido a la boda.

Y él,

La espera había sido lar­

ga, pero ella había ganado mucho en ese tiempo. posible conocer a fondo a so futuro marido.

Le había sido

Le había sido po­

sible comprender que lo que ella al principio había considerado pereza mental en él, no era más que pensar con los cinco senti­ dos.

Por eso las preguntas sobre si te gusta esto, o esto otro.

Por eso el hablar sobre hijos y el lugar donde vivirían.

Por eso

el contarle todo sobre su tiendita y la vida aquí, cerro arriba.


No era como los demás hombres del barrio.

No mandaba.

Siempre le explicaba lo que tenía en mente y luego le pedía su opinión. Le gustaba aquel hombre por su manera tranquila de hablar. Por su paciencia.

No había dicho: “Aunque tu pai no quiera,

siempre te voy a llevar conmigo.”

Sabía que ya eso hubiera sido

un rasgón en el paño de su tranquilidad. Le gustaba también por su rostro cuadrado y firme, lleno de líneas donde se arrinconaba el sol.

Con una barba tan agu­

da y tan espesa que ni las afeitadas la disimulaban. como un sembrado de piñas. comparación.

Un rostro

Rió por lo bajo al pensar en esa

Le gustaban mucho las piñas.

Cuando lo oyó moverse en el catre, dejó de trastear los cacha­ rros y las cucharas.

Esperó a que él se acomodara de nuevo y

siguiera durmiendo. Ya el agua del café estaba a punto de hervir. Y ya el sol salía en este día que prometía ser lúcido y alegre. ella.

Así se sentía hoy

Ayer había sido un día lleno de claroscuro.

Eso tal vez

por el llanto que le había venido al despedirse de sus padres. Un llanto mitad alegre y mitad triste, mientras él aguardaba afue­ ra con su lío de ropas. H oy empezaba una nueva vida. la misma muchachita de ayer.

H oy era una señora, no

Los diecisiete años que tenía se

habían madurado en unas cuantas horas. pensar en musarañas y en caprichitos.

Ya no era tiempo de Ya debía atender esta

casa y decidir qué iba a hacer de ella: un chiquero o un lugar limpio y ordenado.

La casa diría qué clase de mujer sería ella.

Más tarde vendrían los hijos y desde ahora tenía qqe ir convir­ tiendo esta armazón de madera y zinc en un hogar.

En un lu­


gar apacible donde habría de vivir una familia grande y unida. Puso la cafetera bajo el colador.

Luego echó el líquido hir-

viente, atendiendo al ruido del café al caer y a las burbujas que se formaban en la superficie. Una vez listo, se sentó en la cocina a hacerse las trenzas. Des­ de allí oyó al marido poner los pies en el piso y rascarse.

Más

tarde oyó el chapaleteo que hacía al lavarse en la palangana. Acabó de trenzarse el pelo y lavó los dos cacharros antes de servir el café humeante.

Sintió los pasos de él a su espalda.

— Buenos días. Se dió vuelta y casi chocó su cabeza contra la de él, que se había inclinado por encima de su hombro para oler el café. — Buenas— dijo ella. limpia, pero sin planchar.

Y detuvo la mirada en la ropa kaki Tenía el cabello peinado al centro, hú­

medo aún, y la cara con comienzos de barba, sin que ésta hiciera desmerecer la fortaleza y la atracción del rostro sano. — ¿Por qué no me dijiste anoche que tenías esa ropa sin planchar?— dijo. Y repuso él: — Anoche no había tiempo. Lo dijo aparentando seriedad, pero se echó a reír en segui­ da.

Y haló las trenzas de ella al ver que se sonrojaba. — Pa eso hay tiempo— añadió— .

Déjame ésta así y plan­

cha la otra que encuentres arrugá. — No, señor — argumentó ella, ofreciéndole el cacharro He­ no a medias de café — . Usté me da esa ropa tan pronto cierre la tienda pa yo planchársela. — Está bien, tú mandas. Al oír esto, ella se esponjó interiormente como un pavo real. Le extendió la azucarera y esperó a que sazonara y probara el


— ¿Está bueno? El asintió con la cabeza y siguió bebiendo. — No me engañes— dijo ella— . Así es como le gusta a papá, pero tú no eres él. — La verdá es que a mí me gusta un poquito menos aguao. — Ah, pues dame— dijo ella— .

Y o lo hago de nuevo.

El manoteó y sacudió la cabeza— No, si no está na de malo. Ella había sazonado su café y ahora bebía. — Es verdá, se me fué la mano con el agua. Terminando de beber el suyo, él puso el cacharro sobre el fogón y se limpió los labios con el dorso de la mano. — N o te preocupes— dijo— . Y o no puedo esperar que tú sepas mis gustos en seguida. — Y añadió después de una breve pausa, mirando en derredor— : ¿Te gusta la casa? Ella asintió con la cabeza, mirando por encima del borde del cacharro, mientras bebía, los setos y el techo de zinc. — No es mucho por ahora— dijo él— . Y o nunca me he ocuoao de arreglarla.

Como vivía solo.

Al ella sentir la soledad de su voz, se apresuró a reanimarle. — Muchacho, ¡deja que yo haga y ponga mis cortinas! Des­ pués se puede pintar y arreglar lo malo. calma luego.

T o se puede hacer con

Lo principal es tener donde cobijarnos.

Supo que había dado en el clavo al decir “cobijamos”, cuan­ do lo vió sonreír.

Ya lo libraría ella de esa soledad.

Y le en­

señaría que él no había errado al escogerla como esposa.

Ella

podía atender la casa como cualquier mujer de más años. — ¿Quieres que arreglemos bien la casa pa el domingo?—


dijo él— . Y o me puedo ir temprano con las bestias y traer a tus papás. — Si tú quieres— repuso ella, colocando su cacharro sobre el fogón.

Bajó la cabeza y sonrió, acariciando el contorno de

la lata— . Pero que se acuerden ellos que todavía nosotros estamos en la luna de miel.

No se vayan a quedar hasta muy tarde y

a ti te dé la noche en el camino de vuelta. Se encogió un poco y rió cuando él le puso la mano en el hombro y volvió a tirar de una de sus trenzas.

Se enderezó tan

pronto sintió que él daba un salto. — Ay, virgen, ya se me estaba olvidando la tienda. Rápidamente la besó en una mejilla y bajó al batey. — Tan pronto como esté el almuerzo— gritó ella desde la puerta — yo te aviso.

Y por la tardecita iré allá pa que me en­

señes cómo atender la tienda. El agitó la mano en el aire, sin darse vuelta, y comenzó a silbar.

De un salto subió los escalones de la tienda y se puso

a abrir la puerta, mientras tarareaba, para dejar entrar a dos clientes que aguardaban. Plantada frente al sol y al aire limpio de la mañana, miran­ do los palos de mamey y china que daban sombra en el batey, ella se puso a recordar la letra de una canción que más tarde le enseñaría a él para oírsela cantar.


LOS HIJOS:

Su crianza, su trato, su bienestar espiritual

Desde que nace el hijo hay dos cosas fundamentales que han de preocupar a los padres: su salud física y su bienestar es­ piritual.

La Salud La salud del niño o de la niña dependerá principalmente de la alimentación y de la higiene.

La Alimentación Los padres deben saber cuáles son los alimentos más ricos en vitaminas y más apropiados para el bebé. No es tanto que el niño coma mucho. lo que el niño coma.

Lo importante es

Lo importante es la clase de alimentos que

lo mantendrá saludable y le ayudará a crecer. Tanto el padre co­ mo la madre deben procurarse información verdadera y científica sobre la alimentación apropiada para el niño. mentos para el niño no son los más caros.

Los mejores ali­

Un niño puede ali­

mentarse bien con un presupuesto humilde. En esto de la alimentación, como en tantas otras cosas, es sumamente peligroso para la salud del niño guiarse por el consejo y las recomendaciones de gente supersticiosa. ¿Recuerda usted los libros La Ciencia Contra la Superstición y Cinco Cuen­ tos de M iedo? superstición.

En ellos se habla del daño que puede causar la Usted ya sabe que la ciencia es la que ha descu-


bierto cuáles son los alimentos importantes para el desarrollo t buen funcionamiento del cuerpo humano. ciencia para criar bien a su hijo.

Guíese, pues, por h

Consulte a los funcionarios cfel

Centro o de la Unidad de Salud Pública. La Higiene La salud del niño depende mucho de las condiciones higié­ nicas en que se cría.

Aunque la alimentación sea buena y ade­

cuada, si no hay limpieza, agua pura y aire fresco, el niño no se criará saludable.

El agua es importante.

No le dé al niño agua de pozo o

manantial a menos que la hierva. Asegúrese que el agua del barrio ha sido examinada por el Departamento de Salud. minada.

Asegúrese que el agua no está conta­

Recuerde lo que le pasó al nene de Ignacio por beber

agua contaminada en el libro Los Casos de Ignacio y Santiago.


Mantenga abierta la ventana del cuarto donde duerme el niño.

Un cuarto cerrado no es saludable ni para el niño ni para

los padres. No le tenga miedo al aire puro. tes, pero no encierre a su hijo.

Evite, sí, las corrien­

El también tiene pulmones.

Por

lo tanto, necesita renovar el oxígeno de su cuerpo. Si hace frío, abrigue bien al niño, arrópelo bien, pero no cie­ rre la casa. Mantenga su casa limpia, el niño limpio, la ropa del niño limpia, la cuna (o el coy) limpia, los alimentos limpios, los uten­ silios de cocina limpios La limpieza es importante para la salud y el bienestar de los mayores.

Lo es mucho más para los niños.

Bañe al niño diariamente. esté mojado o sucio.

Cámbiele el pañal tan pronto

No lo acueste en la cuna sucia o mojada.

Mantener la limpieza e higiene de una casa donde hay niños es un trabajo doblemente agobiador. Hay que hacerlo.

Pero no hay otro remedio.

Por la salud de los niños y el bienestar de los

padres. Proteja los alimentos del polvo y de los insectos. la guerra a los insectos.

Declárele

Y guerra sin cuartel a los ratones.

Un modo de protegerse contra los ratones e insectos es man­ teniendo el batey y los alrededores de la casa limpios de maleza, de mayas, de basura. El padre que haga su parte ocupándose dia­ riamente de los alrededores.

Que ya la madre bastante trabajo

tiene con la limpieza de la casa y con la higiene de los niños. Tanto el padre como la madre deben tener el orgullo de que casa, y los alrededores de su casa, sean los más limpios, los más higiénicos, los más ordenados.

/


La limpieza y la higiene son posibles lo mismo en casa del trabajador más humilde que en casa del agricultor más acomoda­ do.

Claro que todos sabemos que es más difícil la limpieza cuaa-

do no se tienen ciertas facilidades, como agua abundante cerca de la casa.

Por eso debemos darle mayor mérito a nuestras mujeres

por su empeño en mantener la casa limpia. De todos modos, la limpieza y la higiene son tan importantes para el obrero como para el patrono, para el pobre como para el rico, para el analfabeta como para el hombre de letras. La limpieza y la higiene son cosas fundamentales para la salud y el bienestar de todo ser humano.

Bienestar Espiritual del Niño Parte del bienestar del niño depende de su salud.

Es decir,

depende de su buena alimentación y de la higiene y limpieza con que se le rodea. Pero hay otras cosas importantes. bienestar espiritual.

Cosas que afectan su

Como por ejemplo, el trato que se le da al

niño. El niño o niña, desde que nace, necesita del amor, de la ter­ nura, de la comprensión y la tolerancia de sus padres. El bebé es un ser débil, desvalido, desconcertado, que está haciendo esfuerzos tremendos por comprender y por adaptarse a este mundo extraño que le rodea. todo era suave, tibio, apacible.

En el vientre de su madre

Allí no había luz que cegara sus

ojos, ruidos que hirieran sus oídos, objetos sólidos, duros que molestaran su carne. Es en verdad doloroso para él este mundo nuevo donde la


luz le ciega, donde los ruidos y las voces chillonas de los mayores destrozan sus oídos, donde manos ásperas y duras no saben pro­ teger su cuerpo, donde la humedad de los orines le causa frío, y el excremento le irrita la piel tierna y delicada. Por eso agradece tanto la tranquilidad.

Y agradece el vai­

vén dulce de los brazos del padre o de la madre al mecerlo.

Y

agradece las voces suaves de los padres que le aseguran que él no está solo, que están ellos allí, junto a él, para protegerlo contra este mundo extraño y duro al cual le han traído. El niño ya tenía vida propia en el vientre de su madre. eso siente y padece desde el instante mismo en que nace.

Por No lo

olvidemos. El bebé no conoce todavía el lenguaje. expresión, su única defensa, es el llanto. cia cuando llora. llora por placer.

Su único medio de

No perdamos la pacien­

No dejemos de atenderlq cuando grita.

No

No grita con la intención de molestar a nadie.

El niño llora o grita porque le falta algo, porque algo necesita.

A

nosotros toca comprenderlo, averiguar qué cosa le está incomo­ dando, qué cosa le está torturando. Del modo como tratemos a nuestros hijos desde la cuna, aprenderán ellos a tratarnos a nosotros y a tratar a los demás.

E| Hiño Aprende lo Bueno y lo Malp A medida que el niño crece, crece también su aprendizaje. El niño es como una esponja que lo absorbe todo. Somos tan ingenuos que nos parece que el niñp sólo debe aprender aquello que le enseñamos expresamente. Pero no es así. r El niño capta todo lo que ocurre a su alrededor. El niño capta mi-


radas, descubre gestos, oye conversaciones que no quisiéramos que oyera.

Entiende

mejor de lo que imaginamos los conflictos de la familia, las peleas de los padres, los rencores, las frases ofensivas. Sin que nadie se lo enseñe expresamente, el niño va aprendiendo lo que ve, lo que oye y lo que siente a su alrededor. Y nosotros a veces actuamos más infan­ tilmente que los mismos niños. Nos da ver­ güenza, por ejemplo, portarnos mal delan-


te de otras personas adultas.

Sin embargo, no sentimos vergüen­

za alguna en portamos mal delante de un niño. — ¡Bah!

Los niños no entienden— decimos.

Actuamos como si los niños fuesen muebles; como si fuesen seres sin sentidos y sin capacidad para comprender. vocados estamos!

¡Qué equi­

Aún los niños pequeñitos entienden.

Quizás

no entiendan por medio de la razón, como entendería un adulto. Pero son tan sensibles que sienten las cosas, las intuyen, es decir, las entienden sintiéndolas.

Entienden a su modo cosas y situa­

ciones por medio de su intuición, de sus emociones, de sus sen­ timientos. El niño ve, oye y siente.

Puede que no hable de ello, pero

poco a poco va dándose cuenta del mundo extraño de los adultos. Va percibiendo las cosas buenas y bellas que le rodean.

Pero va

percibiendo también el rencor, la hipocresía, la mentira, la violen­ cia, la burla, la crueldad, el odio, los vicios, las pasiones.

Todo lo

que nubla y enturbia la vida de los adultos hiere los sentidos y el espíritu del niño. que siente.

El niño va captando lo que ve, lo que oye, lo

Y eso que le rodea va formando su alma, su carácter,

su personalidad.

De tal palo, tal astilla

Los hijos, por lo tanto, son casi siempre hechura de sus pa­ dres; del ambiente de sus padres. roble.

Un yagrumo no podrá dar un

Un pino no podrá dar un ausubo, un caoba o un capá.

En

los niños, como en los árboles, resulta a veces cierto que “de tal palo, tal astilla”.


Por ello es tan importante el trato que los padres dan a sus hijos. Por ello es tan importante la conducta de los padres dentro y fuera del hogar.

Porque a menudo los hijos serán a modo de

espejos donde se reflejarán los vicios y las virtudes de aquéllos que le dieron vida. Esto no siempre es así. Aquí, como en todo, hay excepciones. ¿ES CIERTO QUE DONDE COMEN DOS COMEN CUATRO? ¿Recuerda usted lo que decía Juan?

Juan decía que quería

tener doce hijos. Usted, con mayor experiencia y más sentido de la realidad, le diría a Juan: — Mira, muchacho, no sabes lo que dices.

H oy día ningún

hombre se puede echar encima semejante responsabilidad.

Ya

no es posible mantener adecuadamente una familia con tantos hijos. Pero Juan, encogiéndose de hombros, le contestaría a usted: — Bah, donde comen dos, comen cuatro. Y es que Juan repetiría, sin analizar, un refrán muy popu­ lar entre nosotros. Pero Juan no ha oído otro refrán español que corrige al nuestro.

Este refrán español, mucho más realista, dice: “Donde

comen dos, comen cuatro . . . si se echa más agua en el plato”. Ciertamente.

Sólo echando

más agua puede dar para

cuatro lo que sólo contenía alimento para dos.

Juan no se daba

cuenta de esto. Juan no se daba cuenta de que lo que es alimento adecuado


para dos, al dividirse, resulta en alimento aguado y pobre para cuatro.

Y está bien que en algunos casos dividamos nuestros

alimentos y los compartamos con otros.

Somos hospitalarios y

si nos llega una visita compartimos con ella nuestro almuerzo. Y si a nuestra puerta llega un necesitado compartimos con él nues­ tra comida.

Somos caritativos y generosos.

nerosidad son grandes virtudes cristianas.

La caridad y la ge­

Pero lo que está bien

como virtud cristiana, no está bien si se convierte en irresponsa­ bilidad para con nuestros hijos.

Ahí es que está el error de Juan.

El resultado de la “filosofía” de Juan es que las cuatro per­ sonas que diariamente comen lo que en verdad sólo era para dos, crecerán desnutridas, raquíticas, enfermizas.

Comerán cuatro, sí,

pero no estarán bien alimentadas, no serán saludables. Seamos, pues, sensatos y realistas.

Cuando Juan n$s venga

con eso de “Donde comen dos, comen cuatro . .

añadamos nos-

r

otros: “ Sí, pero sólo si se le echa agua al plato.” ¿HIJOS "BIEN EDUCADOS" O HIJOS INSTRUIDOS? — Y o quiero que mi hijo vaya a la escuela. Para que sea una persona “bien educada”. Este padre lo que quiere decir es que desea que su hijo sea cortés, respetuoso, religioso, amable, generoso. la hacer eso por un niño?

¿Puede la escue­

Sólo en cierta medida.

La escuela no

es la única responsable de “educar” en el sentido que quiere ex­ presarlo este padre.

La escuela lo que hace primordialmente es

instruir. Son principalmente los padres los que pueden hacer de su hijo un individuo “bien educado”. Porque la “educación” del niño


comienza desde el instante mismo de su nacimiento. Es casi seguro que una persona “bien educada” ha recibido gran parte de su educación en el hogar. Por eso encontramos que un analfabeta puede ser una persona “bien educada”. O que un graduado de universidad pue­ de ser una persona “mal educada”. Los padres irresponsables que no se ocupan de “educar” bien a sus hijos no deben esperar que se los “eduquen” los maestros. Es absurdo e injusto exigirles que ellos, en el salón de clase, ha­ gan también las veces de padre y de madre. Lo que no hace el hogar por el niño, difícilmente podrá ha­ cerlo la escuela. El hogar y la escuela deben complementarse, pero no pue­ den sustituirse.

Ni la escuela puede hacer las veces de hogar,

ni el hogar puede hacer las veces de escuela.

Los niños pasan la

mayor parte de su tiempo fuera de la escuela.

Por lo tanto, reci­

ben influencias de las cuales la escuela no es responsable.

Los pa­

dres deben darse cuenta de esto para ayudar a la escuela en la educación del niño. Si los padres quieren que sus hijos sean personas “bien edu­ cadas”, lo que tienen que hacer, sencillamente, es “educarlos”. Educarlos desde que nacen, día a día, mes a mes, año a año. Educarlos en buenas costumbres, en el uso de la cortesía, en los principios religiosos, en las reglas de aseo e higiene, en la con­ sideración al prójimo, en el respeto a las ideas de los demás, en el respeto a la propiedad ajena, en el respeto a sí mismo y a su propia dignidad. Educarlos, en fin, en todo aquello que pueda convertirlos en personas “bien educadas”, en ciudadanos que, va­


yan o no vayan a la escuela, sean miera’:ros útí’ es y conscientes de la sociedad en que viven. ¿Educación a golpes? Padres y maestros saben hoy que la educación, en el hogar o en la escuela, no puede llevarse a cabo a fuerza de golpes y de castigos inhumanos. La educación es un proceso mediante el cual se le va danido forma al alma, a la mente, al carácter, a la personalidad de un niño. A nadie se le ocurre ya que para darle forma al alma se tenga que estropear el cuerpo.

Todo lo contrario.

Hoy sabe­

mos que maltratando el cuerpo de un niño estamos maltratando también su alma.

Al niño se le puede enseñar disciplina, por

ejemplo, sin necesidad de castigos crueles. Los padres en el hogar y los maestros en la escuela saben ya que educar e instruir no son tareas fáciles que se realizan por medio de vergajazos, cocotazos, o pescozones.

Educar, en el ho­

gar o en la escuela, es una misión noble que no tiene nada que > ver con la crueldad y la violencia. Disciplina: Algo necesario en la educación del niño Hay una gran confusión con esto de la disciplina en la edu­ cación del niño. Algunos padres entienden por disciplina golpes y trato inhumano al niño.

Otros, por no usar el trato cruel, se

van al extremo de no atreverse en absoluto disciplinar al niña

Y


otros padres practican la disciplina de acuerdo al estado de áni­ mo o al humor del momento: si están malhumorados castigan exageradamente al niño, si están de buen humor le toleran y con­ sienten lo mismo que han castigado en otras ocasiones. aclarar toda esta confusión.

Hay que

Los padres debemos tener una idea

clara de lo que es disciplina para nuestros hijos.

Y debemos sa­

ber cómo y cuándo disciplinar a los niños. Una cosa es indudable: el niño necesita disciplina. claro está, necesitamos disciplina.

Todos,

¿Qué es la sociedad si no una

organización disciplinada? Las leyes, la justicia, la religión, la mo­ ral, ¿no son valores que disciplinan nuestra vida en la sociedad? Sí, lo son.

Y si el mundo de los adultos cree necesaria y justa la

disciplina, también debe ser la disciplina necesaria y justa para los niños.

Al fin, y al cabo, al educar a los hijos lo que hacemos

es prepararlos para la vida que van a llevar cuando sean adultos. Adultos conscientes de que viven en una sociedad sabiamente dis­ ciplinada. Quizás hay algo que nos pueda ayudar siempre en este pro­ blema de la disciplina para nuestros hijos.

Seamos consistentes

en el uso de la disciplina.

Es decir, si deseamos ser severos, debe­

mos ser severos siempre.

Si al niño se le castiga por algo que

hace un día, se le debe castigar siempre que haga lo mismo.

Si

le fijamos una hora para dormir, por ejemplo, debemos discipli­ narlos para que siempre se retire a dormir a la misma hora.

Lo

que está mal es que hoy impongamos una disciplina y mañana otra.

Si lo hacemos así, si no somos consistentes, el niño se des­

orienta, nos considera injustos, y se desarrolla en él la resisten­


cia y la rebeldía.

Por otro lado, debemos evitar castigar a un ni­

ño cuando estamos llenos de indignación. demos ser justos, la pasión nos ciega.

Bajo un coraje no po­

Y los castigos que se apli­

can bajo un arrebato de cólera, no son disciplina, son venganza personal o desahogo de nuestras pasiones.Necesitamos sí disciplinar a nuestros hijos, pero debemos usar la disciplina con un criterio de firmeza, de consistencia y de serenidad.

Debemos evitar las injusticias y las decisiones irra­

zonables cuando se trata de disciplinar a nuestros hijos.


LAZO DE UNION cuento por Domingo Silรกs Ortiz


Juan celaba a su mujer.

La celaba desde que eran novios

y ahora, después de seis años de matrimonio, la celaba más to­ davía

Y, según Juan, lo estaba haciendo bien por aquello de


que “el que no cela es porque no quiere” y a él le parecía querer a su costilla con toda su alma. bajadora.

La encontraba bonita y era tra­

Le tenía siempre la ropa dominguera preparada y

otra “muda” de trabajo lista, por si acaso.

La parva y el al­

muerzo no fallaban en llegarle a su hora a la pieza de caña. ría era un reloj en sus deberes, cumplidora y hacendosa. to no había que hablar.

M a­ De es­

Pero a Juan le dolía el corazón cuan­

do la veía venir jalda abajo con la fiambrera, por la veredita, en­ tre las miradas de los cortadores.

No quería que se la miraran.

La celaba hasta del viento y no podía evitarlo. Aquel sábado, Rosendo, el más joven de los muchachos que paqueteaban caña, estaba cantando como un loco para endulzar su labor.

Iban a ser las doce cuando entonó: “La guay abita madura le dijo a la verde v erd e: el hom bre cuando es celoso se acuesta pero no duerm e”

Juan levantó la cabeza al oír los versos. dad.

El estaba durmiendo mal.

Aquello era ver­

Se pasaba las noches en vela.

Velando al que no llegaba. Por la lomita bajaba María con el almuerzo. “A la guayaba madura se le quita la pepita; el hom bre cuando es celoso no busca m ujer bonita” Y María era bonita. . . Cuando ella se acercó, Juan le dijo: — Mujer, parece que te estás pintando mucho. cachetes prendíos.

Tienes los


— Hombre, ese es el sol y la caminata.

Mira y verás —

contestó María estrujándose las mejillas con un paño. Cuando le tocó irse, María sacó del seno una notita de com­ pra. — Oye, Juan, tenía que ir a la tienda a comprar estos en­ cargos. . Juan no esperó a que su mujer terminara. — No, María, a la tienda no.

Y o iré cuando salga.

Dame

acá la nota y tú coge el atrecho de la palmita y cuidado con los nenes.

Especialmente con Nani.

María, obediente y buena como son nuestras mujeres, hizo lo que su marido le dijo.

Por el camino fué pensando en lo bue­

no que era su compañero.

Si no la dejaba ir a la tienda era para

evitarle el trabajo.

Y además, allí en la tienda se reunía tanta

gente los sábados que el dependiente se tardaba horas en despa­ char una nota.

Y algunos hombres hacían unos chistes que a

ella no le gustaba oír.

Pensaba que si Juan no le dejaba ir a la

tienda, tenía razón. Cuando llegó a su casita, María encontró a Nani llorando. — M e duele el pecho, m am l Nani tenía casi cinco años.

Los dos varoncitos, que se

habían quedado al cuidado de la nena, correteaban por la sala. — ¿Qué te pasa, hijita? — M e duele aquí, mamita. María se alarmó.

La nena no se enfermaba nunca.

llas eran las querencias de Juan. traba enferma, se volvía loco.

Aque­

Si Juan llegaba y la encon­ Y sin pensarlo mucho, María

arrancó para la tienda. — Y o vengo ya, hija. al tirarse.

Que Dios los cuide — le gritó a Nani


El camino era largo, pero ella lo pasó corriendo. Al llegar al negocio, le suplicó al comerciante: — Don Eusebio, deme una botella de alcoholado y un potecito de aceite alcanforado.

Tengo a la nena malita.

Avance.

Don Eusebio no pudo atenderla inmediatamente.

En lo

que despachó a otros clientes que habían llegado primero y en lo que consiguió en un cajoncito el aceite alcanforado, pasó largo rato. — Mire, avance, que me tengo que ir. María cogió los artículos y voló. ' Mientras iba de regreso vió venir a unos hombres por el callejón de la pieza de caña.

Parece que habían suspendido el

corte temprano porque era día de pago. Juan, que venía en el grupo, alcanzó a ver a su mujer. — Oye, ¿por qué huyes? ¡Párate ahí! — le gritó, adelantan­ do el paso en actitud desafiante. María, al reconocer la voz de su marido, se detuvo.

Juan

avanzaba casi corriendo con el machete apretado en la muñeca. Traía el rostro sudoroso y los ojos le echaban candela.

María,

sin saber por qué, sintió miedo y se puso pálida. — Ajá-

¿Qué te pasa?

reces una difunta. go malo.

¿Por qué te pones jincha?

Pa­

Se te conoce por encimita que has hecho al­

No tiembles, condená, y contesta.

María no pudo decir palabra.

Se le trabó la lengua.

— Dime, ¿por qué huyes? ¿Qué hacías? ¿Adonde estabas? El diablo de los celos hacía presa en aquel buen hombre y lo tenía ciega Con el amolado machete en alto, preguntaba: — ¿Adonde estabas, ah, adonde estabas? Contesta o .„ . — En la tienda . . . — pudo al fin decir la pobre mujer.


— ¡En la tienda!

Y yo no te dije que. . .

En esos instantes, y al notar la gravedad de la situación, uno de los del grupo de cortadores brincó a tiempo para dete­ ner el brazo del rudo trabajador. — Cálmese, compadre, cálmese.

No se comprometa.

Mi

re que usted es un padre de familia. Era su compadre Casimiro, el padrino de Nani.

Los com­

pañeros de faena los rodearon. María se había echado a llorar. ■— Es que yo le advertí a esta mujer que no fuera a la tien­ da hoy.

Que yo mismo iba a ir. . . — forcejeaba Juan.

María, entre sollozos, dijo: — Y o sólo fui a buscarle medicinas a la nena, que se puso malita.

Fui corriendo y venía corriendo pa llegar pronto. . .

Aquellas palabras fueron un tremendo golpe para Juan. Al oírlas, dejó caer el machete al suelo. — ¡Que la nena está enferma! bería matar ahora mismo.

¡Jesucristo!

Dios me de­

¿Por qué no me lo dijiste antes?

María, por toda contestación, murmuró: — Si tú no me dejaste.— Luego suplicó— : Vente, Juan, va­ mos pa casa.

Nani y los nenes están solitos.

Al disponerse a marchar con su mujer, Juan le dijo a su compadre: — Compadre, consígase un carro por si hay que llevar a su ahijada donde el médico. Aquel anochecer, cuando regresaban de haber llevado la nena donde el doctor, le decía Juan a Casimiro: — Compadre, no hay peor cosa que los celos.

Estoy por


creer que son cosa del diablo. — A mí no hay quien me saque de ahí — decía Casimiro—. Los celos los inventó “el malo” pa romper los matrimonios. Y Juan afirmaba: — Y o creo que sí.

El que se encela, se ciega y es capaz de

destrozar lo que más quiere. Nani, al hombro del padre, le pregunta: — Papi, ¿dónde está mami? — En casa, mijita, cuidando los nenes. — Papi, ¿verdad que tú me quieres mucho? — Sí, hija querida — contestó Juan, acariciándola. — ¿Y a mami también? — También, también, hija mía, a ella también. Y Juan pensó que, después de todo, lo sucedido aquella tar­ de había venido a fortalecer su cariño por María.

Nani había

sido su lazo de unión. Allá en la casita, mientras mecía y cantaba los nenes, a la luz del quinqué, María pensaba lo mismo que Juan, pues éste, al despedirse para llevar a Nani donde el médico, le había dado un fuerte abrazo, diciéndole: — Perdóname lo de hoy, mujer.

Por la felicidad de nues-


EL HOGAR

Un hogar no es sólo una casa.

Un hogar es la casa y la

familia que la habita. El hogar, como el ser humano, tiene cuerpo, tiene alma, tiene carácter propio. El cuerpo puede ser grande o pequeño, bonito o feo, limpio o desaseado, agradable o repulsivo. El alma puede ser generosa o mezquina, tierna o áspera. El carácter puede ser apacible o turbulento, alegre o som­ brío. El hogar, que es la casa y es la familia, será como sean sus habitantes. Apenas penetramos en un hogar podemos juzgar varias ca­ racterísticas de la familia. milia es o no ordenada. no. mal.

Podemos saber, por ejemplo, si la fa­ Si es alegre o triste.

Si es saludable o enfermiza.

Si es religiosa o

Si los padres se llevan bien o

Si los hijos son felices o no. Podemos juzgar todo esto por la casa en sí y por los miem­

bros de la familia. Hay detalles que nos revelan mucho: la sonrisa del niño, las flores naturales en una latita con agua, la cortina limpia, el tapetito tejido, los muebles sin polvo, el modo como el esposo saluda a la esposa cuando llega del trabajo, la forma como la madre corrije a su hijo.

Las cosas físicas de la casa, los sentimientos y

actitudes de las personas que en la casa viven, todo eso da ca­ rácter y personalidad al hogar. Hay hogares en que gozamos de una sensación de alegría, de franqueza, de confianza, de optimismo, de felicidad.


Hay, en cambio, hogares donde nos deprime la sensación de dudas, de recelos, de rencores, de resentimientos, de infelicidad. Hay hogares que nos dan la impresión de que florecen.

Hay

otros que nos dan la impresión de que se están marchitando, de que se están muriendo. Hay hogares que parecen sonreír siempre.

Hay, en cam­

bio, hogares que parecen siempre a punto del llanto o del grito de angustia. Hay hogares que nos recuerdan colores suavemente agrada­ bles : blancos, azules, rosas.

Hay otros que nos recuerdan colores

encendidamente alegres: rojos, amarillos, verdes.

Hay otros que

nos recuerdan colores tristemente sombríos: negros, grises, vio­ letas. Porque cada hogar (la casa y la familia que en ella habita) tiene sabor y tiene color.

Cada hogar tiene cuerpo, alma, carác­

ter, personalidad propia. ¿Nos hemos puesto alguna vez a examinar el nuestro? ¿Có­ mo es nuestro hogar?

¿Cómo es este conjunto de nuestra casa

y nuestra familia? Si podemos llegar a saber cómo es el nuestro, podremos ave­ riguar mejor cómo somos nosotros. ¡Ojalá podamos!

Porque conocernos a nosotros mismos es

la tarea más difícil, pero más provechosa, que podamos emprender.

¿UN DIPLOMA UNIVERSITARIO 0 UN OFICIO PARA MI HIJO? Una de las grandes aspiraciones de los padres ha sido siem­ pre que su hijo obtenga un diploma universitaria mucho más que ahora.

L o era antes


La diferencia que existía entre el jornal de un obrero y el sueldo de un profesional graduado era enorme.

Por eso, la am­

bición de una vida económica mejor estaba representada por el diploma universitario.

¿Es así ahora?

Pues no lo es tanto.

Hoy, en el Puerto Rico actual, con la

mecanización y la industrialización, la situación ha cambiado algo. H oy un mecánico experto puede ganar más en una Central que un ingeniero agrónomo.

El conductor de un tractor puede

ganar más que un graduado de Administración Comercial.

El

operador experto de una “puerca” mecánica puede ganar más que un notario.

La agricultura se mecaniza más y más.

En los cam­

pos de Puerto Rico se van necesitando más expertos en oficios para llenar las necesidades de la vida agrícola. H oy empieza a adquirir dignidad y a pagarse muy bien el trabajo en los oficios.

Así era en tiempos de nuestros abuelos.

Su oficio, en el cual era verdaderamente experto, era su carrera. Ello le brindaba bienestar económico y satisfacción espiritual. Por­ que el artesano de ayer era un hombre que hacía las cosas bien hechas, a cabalidad, a plena conciencia. También hoy es preciso hacer las cosas bien hechas, a ple­ na conciencia.

Claro que las artesanías de antes no son los oficios

y tareas especializadas de hoy. Pero en los oficios de nuestro tiem­ po también se exige perfección en el trabajo.

H oy no se toleran

las chapucerías. Por ello existen varias Escuelas Vocacionales y de Artes y Oficios en la Isla.

Y existe además, en San Juan, una gran Es­

cuela Vocacional Metropolitana.

Ya muchos jóvenes, con sen­

tido realista del mundo en que vivimos, acuden entusiastas y orgu­ llosos a recibir instrucción especializada en estas escuelas.

Allí se

aprende bien, a conciencia, tanto la teoría como la práctica de cada oficia


Antes el maestro artesano enseñaba su oficio a los aprendi­ ces en su taller particular.

Ahora los estudiantes van a grandes

escuelas donde aprenden a ser expertos en el oficio que más les gusta y por el cual obtendrán salarios altos. Los padres que aún siguen soñando con un diploma univer­ sitario como único futuro para su hijo, deben ir despertando a la realidad.

Hay ahora nuevas y brillantes oportunidades para la

juventud.

Y esas oportunidades no están ya únicamente en los

colegios de la Universidad de Puerto Rico.

>


LOS ABUELOS: Raíces profundas deí tronco familiar Ese hombre y esa mujer fueron niños frágiles en un tiempo. Luego fueron adolescentes alegres.

Más tarde, su juventud entu­

siasta se convirtió en madurez recia.

Y ahora, ya, son el abuelo

y la abuela. Esas raíces profundas siguen alimentando con su savia espi­ ritual al tronco de este árbol que es la familia.

Ellos, que fueron

niños, adolescentes, jóvenes, adultos maduros y ahora ancianos, son como un compendio, como una suma total de la vida del hom­ bre. Ellos llegaron ya a la última etapa a que llegaremos noso­ tros.

Y todo nuestro amor, nuestra ternura, nuestro respeto, nues­

tra consideración, no son suficientes para ponerlos como homenaje a los pies de esos ancianos, los padres de nuestros padres.

Los

mismos que hace muchos años establecieron un hogar y dieron a la sociedad de ayer una familia.

Una familia que ya se ha di­

vidido y se ha multiplicado en varias familias para la sociedad de hoy. Al niño lo ayudamos porque, como no está aún en condiciones de empezar su misión, necesita nuestro brazo para tomar el impul­ so que le lleve a la vida.

Al anciano desvalido lo ayudamos por­

que, cumplida ya su misión, necesita nuestro brazo para descan­ sar de su fatiga y aquietar el impulso con que la vida le trajo al final de su jomada. Es bueno que en la familia estos tres mundos se miren fren­ te a frente, cara a cara. El mundo de la infancia, el mundo de la juventud, el mundo de la vejez. una lección que darle a los otros.

Cada uno de estos mundos tiene Pero quizás sea el de la vejez

el que tenga más lecciones provechosas para el mundo de la infan-


M


cia y el mundo de la juventud. Y una de esas lecciones es la alegría y el optimismo de los ancianos. ¿Han notado ustedes que nuestros abuelos casi siempre son alegres?

Es posible que haya abuelos gruñones y malhumorados.

Pero casi todos, si no tienen otra enfermedad que no sea la de los achaques naturales de su edad, ríen, hacen chistes, cantan y, si se los permite el reuma, bailan también. ¿Y no es otra lección conmovedora ese empeño que tienen los ancianos de ser útiles?

¿Se han fijado ustedes que casi todos

los abuelos están siempre dispuestos a “dar una ayudita” ?

¿Y

que buscan algo útil que hacer si no tienen oportunidad de ayudar a los más jóvenes en su trabajo? No hay nada que un anciano deteste más que sentirse inútil dentro de la familia.

Por eso debemos siempre alentarlo a que

realice pequeños trabajos que no le perjudiquen o le fatiguen demasiado.

Debemos siempre darle a entender que lo que hace,

por pequeño que pudiera parecemos, es útil e importante para la familia. Y en verdad lo es.

Porque el bienestar y la felicidad del

abuelo es importante para todo el grupo familiar.

Podemos, en

parte, juzgar los sentimientos y los principios morales de una fa­ milia por el trato y la atención que ésta da al abuelo o a la abuela. En el árbol que es la familia, todas las partes contribuyen a su vida y desarrollo: las raíces profundas afincadas en el pasado, el tronco recio erguido en el presente, los retoños juveniles pro­ yectándose hacia el porvenir.

La savia espiritual del amor y la

comprensión fluye constantemente de las raíces más viejas al tronco, y del tronco erguido y recio a los retoños más tiernos.


C A R T A DE R E C O M E N D A C I O N Señor:

•w

En breve llegará a tu cielo una tímida y dulce viejecita; los lirios de los años floreciendo en su pelo, y el rostro sonreído como una margarita. Es la más hacendosa en la colmena donde por todos se ha sacrificado; y es tan buena, tan buena . . • tal como el pan que a todos nos ha dado.

En tu casa, Señor, con su plumero y su invariable pulcritud a tono, sacudirá ese polvo de lucero que empolve el npobiliario de tu trono. Le dará cuerda al Tiempo; traerá flores de tu jardín y frutos de tu viña, y pintará de fresco los colores del arco iris, cuando se destiña. Pulirá los metales de la luna; limpiará los fanales que tiene tu palacio, y tenderá a secar, una tras una, las holandas de nube en el espacio.


Le cambiará la mecha a los faroles de la Vía, y asiendo sus peinetas, trenzará las melenas de los soles y la rebelde crin de los cometas. Tu té, de flor de algún celeste tilo, te hará en noches de invierno, cuando nieva; y en tiempo de vendimia, pondrá un filo a la hoz de argento de la luna nueva.

Zurcirá desgarrones en la túnica de los serafines, y traerá las esponjas y jabones

Te bordará en la almohada del nimbo más mullido, con una hebra de sol, tus iniciales, para que te eches cuando estés rendido por tus preocupaciones inmortales. Así ha sido acá abajo: nunca escasa de sí misma en el bien de dicha ajena: es la más abnegada de la casa y la más hacendosa en la colmena.

//?

a la hora de bañar los querubines.


Y así será allá arriba: en lo que pueda hacer por otros, no andará remisa. Ponía a sueldo. Señor, de una moneda. la moneda de luz de tu sonrisa. % Su bien, cual su limpieza, penetra en los recodos más ocultos del alma o la memoria: solear, mullir el bienestar de todos es lo que ella ha tenido como gloria.

Si recorriendo un día tu reinado sorprendes en su cara la fatiga y ella te dice que aún no se ha cansado, ¡no le creas, Señor, lo que te diga!


LA PATRIA Y LA FAMILIA: Sus relaciones, sus problemas

En la vida de familia hay tiempos malos y tiempos buenos. Cómo se soporten los tiempos malos y cómo se gocen los tiempos buenos dependerá de las relaciones que sostengan los distintos miembros de la familia. En nuestro país la mujer, a menudo, se muestra débil en las grandes crisis.

Pero tiene enorme paciencia y honda sabidu­

ría para afrontar los pequeños problemas diarios, para sobrellevar las infinitas molestias cotidianas. El hombre, en cambio, casi siempre se muestra fuerte en las grandes crisis.

Pero lio tiene paciencia ni sabiduría para los pe­

queños prQblemas diarios.

Las infinitas molestias cotidianas lo

irritan, lo ponen nervioso, lo desconciertan. La mujer necesita, casi siempre, de la fortaleza y compren­ sión del hombre para las grandes crisis. El hombre necesita, casi siempre, de la paciencia y compren­ sión de la mujer para los pequeños problemas, para las molestias diarias. Marido y mujer se complementan entre sí, compensando uno la debilidad del otro, dándose mutuamente la fortaleza nece­ saria para enfrentarse dignamente a grandes crisis o a pequeños problemas diarios. El hombre y la mujer, en una sociedad democrática como la nuestra, deberían establecer relaciones de mutua comprensión y de respeto mutuo.

A ese ideal de familia democrática es que

todos aspiramos. Del mismo modo que en Puerto Rico no toleraríamos en el gobierno a tiranos o dictadores, tampoco la familia debería tole­


rar un “amo” o “señor absoluto” dentro del hogar. Marido y mujer son compañeros que se entienden, se com­ prenden, se toleran, se ayudan, se consultan, se ponen de acuerdo. ¿Pero sólo ellos? No.

Los hijos también deben entrar en este círculo demo­

crático. Del mismo modo que ya no concebimos a un marido tratan­ do a su mujer como a un ser inferior, como a una esclava, tampoco concebimos a un padre tratando a sus hijos como a seres inferio­ res, como a esclavos. La familia no está unida por el miedo, la violencia, la ame­ naza o el terror. La familia está unida por lazos de amor, simpatía, compa­ ñerismo, ternura, tolerancia, comprensión y respeto. En la familia democrática, como en el gobierno democrático, hay también reglas, hay disciplina, hay respeto a las personas. Sin embargo, esas reglas y esa disciplina no las impone caprichosa­ mente y a la fuerza un solo miembro.

Esas reglas y esa discipli­

na las aceptan todos si las creen buenas para el bienestar de la fa­ milia.

Pero pueden ser cambiadas por otras reglas y otra dis­

ciplina si la familia, después de estudio y amistosa discusión, lo cree de mejor provecho para todos. Reconocemos en el padre al guía y orientador de la familia. Pero sus funciones están basadas en el amor, la comprensión y la tolerancia.

La responsabilidad del padre para con la familia no

debe convertirse en tiranía o despotismo. Padres e hijos constituyen juntos esa unidad o grupo pe­ queño de la sociedad que llamamos familia. Lo que sea la familia, será la sociedad toda.

Una democra-


cía no puede funcionar realmente bien si las relaciones de la fami­ lia no se guían por los principios democráticos. Lo que sean los individuos, será la familia de que forman parte.

Lo que sean las familias, será la patria de que forman

parte. Lo que sea Puerto Rico, dependerá de los individuos puer­ torriqueños y de sus relaciones dentro de la familia puertorri­ queña.


Lo que seamos como pueblo, como naciรณn, depende en graa medida de cรณmo sea usted y cรณmo sea su familia


E D ITO R Y R E D A C T O R René Marqués

IN V E ST IG A D O R A DE M A T E R IA L Olga Menéndez de Simón

DISEÑO Lorenzo Homar

GRABADORES Félix Bonilla Norat Luis Germán Cajigas José Manuel Figueroa Lorenzo Homar v

José Meléndez Contreras Francisco Palacios Carlos R. Rivera Eduardo Vera


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La familia by La Colección Puertorriqueña - Issuu