Skip to main content

El Plebiscito (1966)

Page 1

EL PLEBISCITO o ~

La historia política de Puerto Rico, aunque no muy dilatada temporalmente, alberga muchos nombres representativos. Figuras, algunas, que constituyeron, no sólo en el ambito nacional sino también en el espíritu hispano de toda América, una fuerza ideológica y de justicia democrática y social poco común. José de Diego, nacido en la Isla y empezada su formación intelectual en España, fue uno de esos ilustres estadistas forjadores de su patria. Hombre de amplia cultura y de intenso vivir, supo insuflar a su obra y a su quehacer social un alientó nuevo y combativo, más que rebelde, en los momentos álgidos en que su nación cabalgaba sobre dos concepciones políticas dispares. De Diego ha dejado en la historia de la Isla una huella bien conocida. Su personalidad literaria, su obra poética, lo actualiza continuamente a través de libros tan inspirados como Cantos de rebeldía, o Cantos del pítirre. Sin embargo, fuera del poeta, el verdadero génio del hombre se encuentra en su acervo


LOS GRANDES ESCRITORES DE PUERTO RICO JOSE DE DIEGO


EL PLEBISCITO


JOSE DE DIEGO

EL PLEBISCITO PROLOGO EMILIO S. BELAVAL

EDITORIAL CORDILLERA SAN JUAN, PUERTO RICO 1966


EDITORIAL CORDILLERA, T966DERECHOS RESERVADOS

Depósito Legal: B. 1455 -1967

EDI TORIAL

CORDILLERA,

APARTADO

Imprime: M. PAREJA Printed in Spain

170

HATO

REY,

P.

R.

- Montaña, 16 - Barcelona Impreso en Espoñq.


PKO[_OGO


Hay en la historia de nuestras dos primeras décadas un puertorriqueño magnífico, a quien la devoción de nuestro pueblo al patriota, a veces nos hace olvidar su gran valía como jurista y como hombre de letras. Derecho, política y literatura forman un tríptico para un gran nombre: José de Diego. Natural es que la historia de nuestro Derecho se haya fijado en el abogado eminente que dejó una estela de admiración y respeto en todos nuestros tribunales. Asimismo, los glosadores de nuestras ideas políticas se han dedicado exclusivamente a acotar las faenas libertarias dentro del derecho de gentes y la geopolítica interamericana. Por otro lado, la crítica literaria nuestra ha destacado su alto rango en las letras hispanoamericanas. Con escasas excepciones, meritorias en otros sentidos, casi todos nuestros abogados de las primeras dos décadas del siglo xx fueron hombres de letras, y debido a nuestra peculiar situación de pueblo en fideicomiso, casi todos los hombres públicos de Puerto Rico, se tuvieron que dedicar, como a una tarea de apostolado indeclinable, a una continua exhaltación de la libertad del ser humano y de la nación a la cual pertenecían. Esto hace posible en el caso de IX


José de Diego, aunar en una misma virtud y merecimiento la inclinación artística del jurista, la condición poética del político y la calidad patriótica del poeta. Claro, en la escala de los valores tendrá que anteceder siempre el culto a la libertad, que, independiente de sus sustancias jurídicas y connotaciones políticas, corresponde al espíritu. Por eso artífices extraordinarios de la libertad son los filósofos, y de la filosofía, los poetas. Puede escogerse cualquier discurso de José de Diego y entre las acotaciones históricas, costumbristas, jusnaturalistas, propias de la estructura profesional de la ciencia del Derecho, se encuentra moviéndose un extraordinario vigor dialéctico, no exento de un austero lirismo, algo que va creando en el estilo del apostolado una variedad en las imágenes, una reunión de temas, la ancha visión de un nutrido mundo jurídico, político y artístico. En torno a José de Diego giran cosas tan diversas como las presidencias de la Cámara de Delegados, del Ateneo Puertorriqueño, de la Asociación de Escritores y Artistas, de la Unión Antillana, y la Asociación Latino Americana en Puerto Rico; una cátedra de Derecho romano en el Instituto Universitario que llevaba su nombre, fundado por él; asociaciones con la Academia Antillana de la Lengua, del Instituto de Reformas Sociales de Puerto Rico, de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes de Cádiz; Miembro de Honor de la liga Cervantina Universal, de la Unión Ibero Americana, del Centro de Cultura Hispano Americano, de la Academia Internacional de la Historia, de la Asociación Latino Americana de París. Natural es que este grupo de problemas españoles, latinoamericanos, antillanos, puertoX


rriqueños se muevan continuamente en su oratoria forense, en sus conferencias sobre arte y lingüística, en su poesía admonitiva. Los llamados espíritus pragmáticds consideran a José de Diego un idealista; un quijotista. Hay que perdonar este error en el juicio porque aán en las primeras dos décadas no se habían terminado los estudios humanísticos sobre el Quijote y no se conocía la universalidad, la grandeza, la profunda armazón humana del personaje cervantino. Por amor al hombre, en aras de la libertad humana, hay que luchar siempre, aunque alguna que otra vez, se nos alucine esa razón gruesa que tan felices hace a la gente pequeña. Por ser Quijote algunos censuraban su culto a la patria, una beligerancia sin reposo, una actividad que iba minando, poco a poco, su existencia. La actividad que desarrolla José de Diego en este trémulo empeño de crear distintas entidades político-culturales que garantizaran la supervivencia del mundo hispánico en América y la sobrevivencia de las nuevas repúblicas, era una segunda fe, una admirable contribución de su humanismo político a la ecumene latina. Sabía él, que la libertad de Puerto Rico, dependía en parte, del esplendor que pudiera conservar en la conciencia americana, el espíritu español. Por eso defiende la raza, la religión, el idioma, el derecho de gentes, el humanismo de los teólogos medievales de España, y no le permite al pueblo puertorriqueño arriar los viejos pendones de la castillanía y del aragonazgo en el campo bien arado de la sensibilidad histórica del pueblo nuestro. Cuando muchos creen que José de Diego está levantando castillos en el aire para pasear entre ellos XI


su premiosa alma de Quijote, lo que está es despertando la conciencia de Puerto Rico a la realidad profunda, constitutiva, que en el ser humano, el problema de la libertad nace y muere en el ámbito de la cultura. No obstante, siempre hizo claro que este respetó, esta predilección, por el mundo español, no estaban llamados a perturbar, ni a menoscabar su vibrante fe en la patria puertorriqueña. Palabras suyas son estas: «Alguien que no podía ser yo, me ha llamado bondadosamente como Zárraga, el 'Caballero de la Raza', me enorgullece el mote como lema de un viejo escudo glorioso; pero no podría aceptarlo si no implicase, como implica, en su magnánimo sentido, el de Caballero de la Patria. Paladín de una raza, y de una raza como la nuestra, sin serlo al par de la independiente soberanía de los pueblos que la constituyen, defender el idioma, las tradiciones, la fe, los elementos étnicos y sociales, cuanto concurre a la integración de la existencia y al desenvolvimiento del ideal de un grupo histórico de los pueblos de un mismo origen, sin sostener al propio tiempo la independencia nacional y la confederación política o la hermandad espiritual de todos y cada uno de los pueblos raciales, sería un absurdo tan grande como luchar por el género sin la especie o sin la libertad por el decoro de la vida.» Lo mismo podría decirse de su poética. Escójase cualquier poesía de José de Diego y aún en las formas poéticas de más denso lirismo, late siempre un profundo amor a la tierra, la tristeza del hombre que contempla la esclavitud de su patria; prisionero, según dijera en su famoso discurso, como mantenedor por Puerto Rico en los Juegos FloraXII


les Interamericanos de Santo Domingo, prisionero, «en la estrechez de una isla que reviste la forma de una tumba, destinada quizás por rigor del destino a ser la tumba del pueblo puertorriqueño». Algunas veces esta poesía patriótica de José de Diego adquiere una calidad, en la cual, los elementos fuertes de la persuasión no logran oscurecer la musicalidad rítmica del verso bien construido: ¿Qué alma llorando su infeliz destino dentro del himno popular se agita al ascender la música infinita en el fondo del aire cristalino?

el

Vibra en la flauta el prolongado trino, la tempestad en el tambor palpita gime el violín, el clarinete grita y solloza profundo bombardino.. . Es el acento múltiple, anhelante de le perdida caravana errante que del nativo hogar la suerte implora...

por

¡Es el alma de un pueblo sin enseña! Es la dulce, la triste «Borinqueña» Madre ideal que sus hijos llora! Como tampoco logra romper el consorcio de la ciencia o la idea con la poesía, su literatura de «campaña» política como él la llamara. Oigamos uno de sus comentarios políticos contra el régimen de gobierno autonómico, proXIII


puesto por el Boletín Mercantil: «¿Quien buscó, averiguó, señaló oportunidades al término de una evolución social o política? En los negocios, sí, en el trabajo, en el recreo, en la hora, que pueda marcar un reloj, de los asuntos que se rigen por una determinación de tiempo; no, en la germinación invisible, en el proceso variable, en la explosión inesperada de un sentimiento, en la súbita revelación de una idea, en el misterio de las apariciones morales. ¿Qué estrella nacerá mañana en el espacio, o que átomo vibrará por primera vez en la materia inerte con la primera palpitación de la vida orgánica, y cuantos siglos no estuvieron preparando la natividad de los átomos y las estrellas que mañana han de encenderse? Mejor se sabría, que el incógnito instante en que arderá o debe arder en el alma de un pueblo el pensamiento que pasó y transmigró en gestación por la vida de cien generaciones muertas. Existe la 'ocassio presen' en los fenómenos psíquicos, en los movimientos sociales, en las emergencias históricas; existe para ellos la ocasión providente, como existe el Unico que puede preverla, con antevisión de la eternidad, mas no las criaturas envueltas en el curso de la divina onda de los tiempos.» A la inversa, cuando su oratoria busca la seducción de los símbolos afectivos para que resplandezca el apostolado, la retórica tiene que darle paso a la idea política, el antillanismo, no importa la forma afectiva del mensaje; recordemos aquel párrafo memorable de su discurso en Santo Domingo: «De una jíbara puertorriqueña quisiera yo que naciese el Redentor de mi tierra, pero si ha de venir del cielo a otra región del planeta, a otra mujer XIV


que no sea de Borinquen, yo pido a Dios que sea aquí, en Santo Domingo, madre de héroes, donde un vientre en Baní alumbró al Libertador de Cuba... ¡Yo pido a Dios que el Libertador de Puerto Rico, surja de las generosas entrañas de una mujer dominicana!» Como hemos visto, José de Diego no termina con su poesía; ni con su historia como parlamentario o abogado se agota su genio; o sus campañas políticas consumen su fama. Estas palabras no tienen otro objeto que proponer una manera distinta de acercarnos al hombre egregio, cuyo centenario estamos celebrando en este 1966. A través de las notas apresuradas que me he visto obligado a hacer, para cumplir con una urgente encomienda, me he quedado asombrado de la vigertia, la modernidad, la actualidad circunstancial, que en 1x intrapolítica antillana, en el destino de los idiomas ir~doespañoles de América, en el particular método histó¢¢ico impuesto por el complejo de nuevo mundo nuestro, nos legara en sus vaticinios el ilustre vate don José de Diego. La perdurabilidad de este ideario descansa en la triple raíz de la idea moral cuando la mueve la onda poética y la agiliza aquel grado de abstracción que desde los orígenes hasta la profecía, desarrolla todo intento de apostolado. Hasta pronto, ilustre vate. Puerto Rico, 1966.

Xv


EL PLEBISCITO


A la memoria de Luis Muñoz Rivera, que "ilustró con su firma mi primera proposición de plebiscito, unánimemente aprobada por la Asamblea Genearl del Partido Unionista el S de septiembre de 1914.


RESOLUCION CONJUNTA NUMERO 53 DE LA CAMARA DE REPRESENTANTES DE PUERTO RICO


EN LA CAMARA DE REPRESENTANTES DE PUERTO RICO Septiembre 21, 1917. El señor De Diego presentó la siguiente RESOLUCION CONJUNTA Disponiendo la celebración de un plebiscito en las elecciones generales de 192.0, para determinar en forma auténtica las aspiraciones de Pueblo de Puerto Rico hacia su Status político final, y asignando veinticinco mil dólares para los gastos del plebiscito.

POR CUANTO, desde la fecha del Descubrimiento de la Isla y en el curso de cuatro centurias, hasta que por el Tratado de Paz entre los Estados Unidos y España la Isla quedó bajo la jurisdición de la gran República, los habitantes de Puerto Rico fueron regidos por diversos sistemas de gobierno, logrando al fin en el año 1898 que, por la Metrópoli española se les reconoi ~


ciera su capacidad para un régimen autonómico, pero sin que en ninguna ocasión fuese el Pueblo de Puerto Rico directamente consultado ni se investigara en forma auténtica las aspiraciones de los puertorriqueños; POR CUANTO, al ocurrir la guerra entre España y los Estados Unidos, el Pueblo de Puerto Rico, aun cuando sujeto a la eminente soberanía de la Nación hispana, gozaba de una personalidad propia y se regía por un sistema distinto del vigente en las otras provincias españolas; POR CUANTO, al imperio del Artículo u del Tratado de París, España cedió a los Estados Unidos la Isla de Puerto Rico y las adyacentes bajo la soberanía de aquella en las Indias Occidentales, disponiéndose en el Artículo ix del mismo Tratado, que los derechos civiles y la condición política de los habitantes naturales de los territorios cedidos serían determinados por el Congreso de la Potencia cesionaria; POR CUANTO, no obstante la personalidad entonces reconocida de los puertorriqueños, constituyentes del pueblo de una provincia autonómica, viéronse privados de toda representación en un contrato internacional donde su Patria era enajenada, como una finca, y los derechos civiles y la condición política de los naturales del país sujetos a la determinación exclusiva de un Poder extraño, en cuya formación no podían intervenir los puertorriqueños; 2


POR CUANTO, ejerciendo el Congreso de los Estados Unidos la potestad que le otorgara el Tratado de París, decretó y fue aprobada, en 12 de abril de 1900, una Ley orgánica, «para proveer temporalmente de rentas y un gobierno civil a la Isla d Puerto Rico»; POR CUANTO, en dicho Congreso no tenían ni hubieran podido tener representación alguna los habitantes de la Isla; POR CUANTO, en la citada Ley el Congreso fundó a «El Pueblo de Puerto Rico» y estatuyó la «ciudadanía de Puerto Rico», con un sistema gubernamental distinto al existente en los Estados y Territorios de la República; POR CUANTO, la mencionada Ley no confirió representación en el Congreso al «Pueblo de Puerto Rico»; pues, si bien un funcionario conocido con el nombre de «Resident Commissioner» tuvo años después asiento y voz, aunque no voto, en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, ello se debió a una regla de cortesía de la Cámara y no a un precepto obligatorio de la Ley; POR CUANTO, las varias personas que ejercieron el cargo de «Resident Commissioner», iniciaron y continuaron una labor sostenida en demanda de una ampliación liberal del régimen impuesto a la Isla, y entre ellos sobresalió por la intensidad y la eficacia de sus esfuerzos el inmortal patriota Luis Muñoz Rivera; 3


POR CUANTO, después de tentativas infructuosas en Proyectos de Ley que fracasaron ante el Congreso de los Estados Unidos, se aprobó, en 2 de marzo de 1917, la «Ley para proveer de un gobierno civil a Puerto Rico», más democrática en ciertos aspectos que la anterior ley orgánica del país puertorriqueño; POR CUANTO, esta última Ley tampoco fue inspirada por la voluntad del «Pueblo de Puerto Rico» ni satisface totalmente sus aspiraciones, según expresó en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos el Comisionado Luis Muñoz Rivera y según puede inferirse de las tendencias indicadas por los partidos políticos y los otros organismos de la opinión pública en Puerto Rico; POR CUANTO, los puertorriqueños, ahora ciudadanos de los Estados Unidos, mostraron en un período de diecinueve años su lealtad y su afecto a la nación americana, ofreciéndole más de tres mil soldados voluntarios y entregándole más de doce mil soldados en el servicio obligatorio para sostener, bajo la bandera de los Estados Unidos, el triunfo de la democracia en el mundo, y estas demostraciones de fidelidad y amor fortalecen el derecho de los puertorriqueños a expresar sus justas aspiraciones al pueblo de los Estados Unidos; POR CUANTO, la doctrina proclamada por Lincoln, de que no hay gobierno legítimo sin el consentimiento de los gobernados, fue siempre el espíritu de la democracia 4


americana, y en recientes y señaladas ocasiones, con motivo de las conflagraciones bélicas de Europa, él ilustre estadista hoy al frente de los destinos de la República, ha reiterado y ampliado el glorioso principio, al declarar el derecho de los pueblos débiles al respeto de los poderosos, el derecho a la propia soberanía y a la disposición del propio destino, como el horror del apoderamiento de pueblos por la fuerza de las armas; POR CUANTO, el pueblo de Puerto Rico ha demostrado en el curso de su historia su capacidad para el Gobierno, singularmente en aquellas dos altas ocasiones, cuando en 1873 pidió y obtuvo la libertad de los esclavos y cuando en 1898 realizó la separación de la Iglesia y el Estado, sin un solo disturbio que alterase la tranquilidad de la vida civil; POR CUANTO, la hermandad de las razas y naciones que habitan el hemisferio occidental demanda que ningún pueblo de América se encuentre sometido o ligado a otro de este hemisferio, sin la concurrencia recíproca de voluntades auténticamente manifestadas y es a los Estados Unidos del Norte a quien en los actuales tiempos corresponde, por la grandeza de su poder, velar por la libertad de los pueblos americanos; POR CUANTO, no se ha consultado jamás en forma genuina, como la de un plebiscito, la voluntad del pueblo puertorriqueño, con relación a sus futuros destinos; 5


POR CUANTO, el plebiscto es sencillamente una forma de expresión del pensamiento del «Pueblo de Puerto Rico» y de solicitar una reforma politica del Congreso de los Estados Unidos, siendo la libertad de conciencia y el derecho de petición esenciales e inherentes a todas las personas e instituciones, como están consagrados en la Enmienda I de la Constitución de los Estados Unidos; POR CUANTO, únicamente se han indicado, desde que la bandera de los Estados Unidos flota en Puerto Rico como símbolo de soberanía, en los programas de los partidos, en la prensa y en las manifestaciones más resonantes de la conciencia pública, dos tendencias políticas: que Puerto Rico ingrese como un Estado en la Confederación de los Estados Unidos o constituya una República independiente en absoluto o bajo la protección de los Estados Unidos de América; y estas dos tendencias son también las únicas que parecen dignas del honor y la capacidad del pueblo puertorriqueño y el honor y la libertad del pueblo americano; POR CUANTO, el pueblo de Puerto Rico, discreto y mesurado en la trascendencia de sus aspiraciones, no desea realizarlas por actos de violencia armada, sino mediante una serena evolución de los hechos y las ideas en su historia política; POR CUANTO, aun en el caso de que las aspiraciones del pueblo de Puerto Rico se dirigiesen a la constitu6


ción de una nacionalidad soberana, persistiría siempre en su alma hacia los Estados Unidos aquel sentimiento de confraternidad que debe unir y glorificar a los pueblos convivientes en el mundo americano;

POR TANTO, RESUELVESE POR LA ASAMBLEA LEGISLATIVA DE PUERTO RICO: Artículo 1. Las elecciones generales de 1920 comprenderán la celebración de un plebiscito para determinar las aspiraciones de El Pueblo de Puerto Rico hacia su status político final. Artículo 2. Tal plebiscito habrá de concretarse a las soluciones alternativas de constituirse El Pueblo de Puerto Rico en República independiente o en Estado de los Estados Unidos de América. Artículo 3.—En el plebiscito dispuesto podrán ejercer su derecho de sufragio todas las personas con capacidad para emitir su voto en las citadas elecciones generales. Artículo 4.—La votación se verificará en papeletas por separado, a dos columnas, una de las cuales en la parte superior llevará el símbolo de una estrella y la inscripción «Independencia» y la otra un lazo con la leyenda E PLURIBUS UNUM y la inscripción «Estado». Cada elector expresará su voluntad mediante la imposición de una cruz o una raya en cualquier sitio debajo de la columna correspondiente y el signo en la columna del lazo implicará necesariamente la aspiración a cons7


tituirse El Pueblo de Puerto Rico en un Estado de los Estados Unidos de América, como la imposición del signo en la columna de la estrella la aspiración a una nacionalidad independiente, de gobierno republicano, bajo la protección de los Estados Unidos. Artículo 5.—En el caso de que el plebiscito se determine en el sentido de la constitución nacional independiente de El Pueblo de Puerto Rico, se entenderá que tal aspiración debe realizarse en armonía con los ideales e intereses del Pueblo de los Estados Unidos, y por la dignidad, libertad y confraternidad de las naciones conviventes en el hemisferio americano. En el mismo supuesto, quedará entendido que, si el Poder federal lo considera necesario, el Pueblo de Puerto Rico estaría dispuesto a esperar la declaración de su independencia al término de un razonable período evolutivo, durante el cual los puertorriqueños demostraran una vez más su capacidad para el propio Gobierno. De igual modo, habrá de entenderse que la fundación de la Nacionalidad puertorriqueña, por un acto del Congreso de los Estados Unidos, dejará subsistentes aquellas relaciones de cordial afecto y sincera gratitud que El Pueblo de Puerto Rico guardará siempre hacia el pueblo americano, concediéndole todos los privilegios necesarios al desarrollo de su vida internacional. Artículo 6.—En el caso de resolverse el plebiscito por la finalidad de Estado de la Unión, será también implícito que El Pueblo de Puerto Rico estaría dispuesto a la demdstración de su capacidad, durante el plazo prudencial que el Congreso estimase necesario. S


Artículo 7.—Verificado el plebiscito, los Presidentes de ambas Cámaras de la Legislatura nacida de las propias elecciones generales, dirigirán al Presidente y al Congreso de los Estados Unidos un Memorial que contenga: I. El texto íntegro de esta Resolución. II. El resultado del plebiscito. III. Si lo juzgasen conveniente, una exposición de los motivos que justifiquen e ilustren la decisión del plebiscito. Artículo 8.—Para los gastos que ocasione el plebiscito acordado, se asigna la suma de veinticinco mil dólares o la parte de ella que fuere necesaria, de cualesquiera fondos no consignados para otras atenciones en la Tesorería de Puerto Rico. Artículo 9. Esta Resolución regirá desde su aprobación.

9


EL PLEBISCITO, SUS ANTECEDENTES, NATURALEZA, FINES, OPORTUNIDAD Y TRASCENDENCIA


SUS ANTECEDENTES, NATURALEZA, FINES, OPORTUNIDAD Y TRASCENDENCIA I Nunca pretendí, contra el proverbio latino, haber inventado nada nuevo debajo del sol. Cuando, al fundar la «Unión Antillana» y concebir las bases de la futura confederación de nuestras Islas, alguien murmuraba que el pensamiento era antiguo, concedíale yo la razón, enseñándole que el primero Bolívar, el segundo Toussaint L'Ouverture, después Hostos, Betances, Martí, Juan Isidro Jiménez, Alfredo Zayas, Juan Gualberto Gómez, soñaron con la nacionalidad antillana. De la «Asociación Latino-Americana», en cuyo nombre establecí la rama de Puerto Rico, fue institutor en la Argentina el insigne Manuel Ugarte. Aun cuando no conozco ningún plan precedente al mío de obtener el apoyo moral de los gobiernos y los pueblos hispanos de América para la independencia de Puerto Rico, ya Ruiz Belvis, tras el fracaso de la revolución de I ares, salió desterrado para Chile, donde le 13


sorprendió la muerte en el deseo de difundir entre nuestros hermanos el sentimiento de nuestra emancipación nacional. Sentir, pensar, ensoñar, la ilusión, la esperanza, el anhelo, la profecía, son cosas del mundo interior, en que nacen y mueren si la voluntad, el acto, el hecho, el trabajo, la lucha, el sacrificio, no les infunden su espíritu de vida corporal, de realidad tangible, de cosa extraña y palpitante en el desarrollo de las energías del Universo. Era yo un muchacho, encontré en el barrio «Callejones», de Lares, un ídolo indio y le compuse unos versos que se han perdido y de los que recuerdo solamente una estrofa, en que aludía a las fuerzas espirituales extinguidas con la raza autóctona: ¡Quién sabe si reposa en nuestro suelo el ingenio magnífico y fecundo, que hubiera un día levantado el vuelo por la ignorada eternidad del Cielo, poniendo una estación en cada Mundo! Vuelan ya los hombres por las nubes y, si dentro de cien o mil años, sucediera la invención de una línea etérea de comunicación entre los astros ¿ podríaseme atribuir la prioridad de la maravilla? El progreso no es una cuestión de primacía o precedencia, sino de voluntaria y consciente lucha por el triunfo de las ideas en los hechos, de los principios encarnados en el próvido seno de las fuerzas actuantes. Desde la ocupación militar (todavía persistente) de 14


Puerto Rico por el ejército norteamericano, aparecieron públicas insinuaciones del plebiscito determinante de la voluntad del país para el esclarecimiento de su incógnita suerte. Henna, Collazo y Vélez, en Nueva York, Zeno Gandía en Puerto Rico, sostuvieron el principio: la Asociación Cívica lo sonsignó en sus estatutos: yo lo propuse a Muñoz Rivera, en las conferencias preliminares de la Asamblea del Olimpo y aquella luminosa mente abierta a las grandes concepciones lo acogió con férvido entusiasmo. No eran, sin embargo, propicios a la realización del propósito aquellos días de vacilación y angustia entre las sombras esotéricas de nuestra vida nacional; pero el ideal caminaba a través de ella y, diez años transcurridos, mostróse a plena luz, en 1914, ante una Asamblea general de la Unión de Puerto Rico. Entonces, acordado con Muñoz y otros amigos, redacté, presentamos y fue aprobada unánimemente por la Asamblea la Resolución del plebiscito. He aquí los párrafos que transcribo literalmente del Acta de nuestra convención política:

ASAMBLEA GENERAL DE LA UNION DE PUERTO RICO, VERIFICADA EN SEPTIEMBRE 5 DE 1914 Entre otros particulares, consta en el acta primera de dicha Asamblea. «Con el fin de que sea cuidadosamente estudiada por 15


los señores representantes, el señor de Diego hace repartir entre ellos, impresa, la siguiente resolución: PRIMERO. La Asamblea, en nombre de la Unión de Puerto Rico, decreta la formación de un Comité especial compuesto de tres miembros, que serán designados por la misma Asamblea y actuará con el nombre de Comité de Invitación Patriótica. SEGUNDO. Dicho Comité quedará investido de la plena personalidad de la UNION DE PUERTO RICO, dentro de las siguientes facultades: A. Invitar cordialmente al Comité Territorial del Partido Republicano y a cualesquiera otras Juntas Directivas de las agrupaciones políticas existentes en el país, para entrar en inteligencias respecto de la composición de un organismo constituyente de una alianza patriótica, donde estén representados todos los elementos puertorriqueños, que sostienen en la vida pública el derecho de nuestro país a un régimen de gobierno democrático. B. La alianza deberá verificarse, de tal manera que no afecte en sus finalidades a los principios consignados en los Programas de los partidos que a ella concurran, adoptando aquellas soluciones comunes a todos, que .permitan el desarrollo de una acción enérgica, solidaria, perseverante, en la urgente consecución de un sistema de gobierno popular, en que se confíe a los puertorriqueños la administración de sus propios asuntos, en todos los órdenes de la vida local. C. En la amplitud de este concepto, el Comité podrá proponer y aceptar, entre los fines de la alianza, la constitución de dos Cámaras electivas, la designación de


puertorriqueños para el cargo de Gobernador y para los altos Departamentos ejecutivos, así como para los distintos ramos de la administración insular, mediante la aprobación de nuestra Cámara Alta, con excepción de los cargos de Gobernador y de Jueces del Tribunal Supremo, en que se podrá admitir la intervención del gobierno de los Estados Unidos, en tanto no sea posible traer a nuestro propio gobierno la jurisdicción para disponer tales nombramientos: la ordenación y reducción del presupuesto insular, sin menoscabo de los servicios necesarios: el progreso de la Instrucción Pública: la protección a la agricultura, la industria y el comercio del país: el bienestar de las clases obreras: la autonomía de los Municipios y su potestad de asociación; y, además de las especificadas, todas aquellas políticas, sociales y económicas que fortalezcan la personalidad, la libertad y los intereses de nuestro país. El organismo director de la alianza formulará un programa específico, fijando todas las tendencias comprendidas en las bases del concierto. Para el triunfo de estos propósitos, la alianza empleará todos los recursos y energías, ante los Poderes federales, por la representación de nuestro Comisionado-Residente y de las Comisiones especiales que requieran las circunstancias en el curso de la política americana, por el esfuerzo persistente de nuestra Legislatura, de nuestros Concejos Municipales y Juntas Escolares; en el libro, en la prensa y en la tribuna, con todos los legítimos medios de pensamiento y acción que el destino ponga en nuestras manos, para la defensa de nuestra Isla. D. Las mencionadas soluciones habrán de determii7


narse en armonía con los Programas de los partidos constituyentes de la alianza, dentro del más elevado sentimiento de confraternidad. Un solo punto de incompatibilidad, en cuanto a la demanda de un régimen transitorio evolutivo, puede ofrecerse en los términos de la alianza, entre el Programa de la Unión de Puerto Rico y el del Partido Republicano, sosteniendo la Unión la subsistencia y desarrollo de la ciudadanía de Puerto Rico y los republicanos la concesión colectiva de la ciudadanía americana a los puertorriqueños. En el fondo, este punto se refiere al status definitivo y no debe ser objeto de controversia y comprensión en la alianza, en completa libertad cada partido para mantener sus respectivas soluciones acerca de la ciudadanía y practicar, independientemente de la alianza, cuantas gestiones tenga por necesarias o convenientes, dentro del círculo de cada colectividad. Pero, aún la Unión de Puerto Rico está dispuesta y el Comité autorizado para aceptar el otorgamiento a cualquier puertorriqueño de la opción a la ciudadanía de los Estados Unidos, mediante uña sencilla declaración ante cualquier funcionario público de la Isla, sin que en ningún caso la diferencia de ciudadanía individual determine preferencia ninguna en el régimen del gobierno insular, ni en los derechos civiles y políticos dentro de la Isla. Parece ser esta la fórmula apoyada por la administración federal, en el «Bill» propuesto por el senador Shafroth al Congreso y, aun cuando la Unión de Puerto Rico prefiere el sostenimiento exclusivo de la ciudadanía puertorriqueña, accede a la concesión expresada, en aras de la solidaridad patriótica y en cuanto dicha concesión 18


no rompe el programa unionista, ni prejuzga definitivamente el destino de nuestro pueblo. E. La alianza podrá extenderse a un concierto electoral, después de celebrados los comicios del próximo noviembre y de ellos resultante el influjo de cada partido en la conciencia pública. Señalados así, el cómputo electoral de cada partido, su predominancia en las instituciones municipales y en la Cámara Legislativa, y nuestra representación en Washington, los dos partidos que hayan obtenido el mayor número de votos quedarán solemnemente comprometidos a presentar y votar, en las elecciones de 1916 y 1918, las candidaturas que proponga el partido triunfante, en el corriente año, en cada Municipio, y en la designación del Comisionado Residente, así como la representación proporcional de cada partido en la Cámara de Delegados. En el caso de que alguno de los dos principales partidos no obtuviera el triunfo en ninguno de los Distritos electorales para la Cámara, el partido victorioso se comprometería a presentar y votar, en las subsiguientes elecciones, a lo menos doce Delegados libremente designados por el partido que le siga en votos, en el escrutinio electoral de 1914. F. La Unión de Puerto Rico considera que, dentro de los términos de la alianza, debe concederse representación a las minorías en los Concejos Municipales y Juntas Escolares, y el Comité queda autorizado para llegar a un acuerdo en este sentido. G. Si llegara el venturoso caso de realizarse la alianza, como debe esperarse del patriotismo de los partidos y de todos los puertorriqueños, sería dirigida por una 19


Junta o Comisión en que los partidos tuviesen una igual representación, sin que por ningún medio directo o indirecto pueda ocurrir el predominio de uno de los partidos en la Comisión o Junta directiva de la alianza, ni tomarse acuerdo alguno sin el consentimiento de los dos partidos que hayan logrado el mayor número de votos en las elecciones de 1914; y todas las colectividades aliadas iniciarán inmediatamente y proseguirán sin desmayo, en la Isla y en los Estados Unidos, la intensa labor requerida por la angustia de la situación política del país, empleando para ello todos los recursos legales y verificando todos los sacrificios necesarios al reconocimiento de los fines defendidos por la alianza. H. La alianza estará vigente hasta el 3 de junio de 1919 y podrá prorrogarse por todo el tiempo que autoricen de mutuo acuerdo, los partidos aliados. I. Entretanto, cada partido continuará actuando en la vida pública, con personalidad independiente, para todas las finalidades de la alinza y también para sostener las doctrinas de sus respectivos Programas. Con ello, será uno de los principios de la alianza que las gestiones de cada partido, dentro y fuera de la Isla, hayan de verificarse en el campo de una propaganda serena y dogmática, apartada de personalismos y de cuanto pueda promover el odio o el descrédito entre los puertorriqueños. J. La alianza podrá acordar que las elecciones de 1916 o cualesquiera otras posteriores comprendan un plebiscito en que el país determine su voluntad para su constitución como pueblo independiente, o para su ingreso en la unidad federal de los Estados Unidos, por 20


una mayoría que alcan a lo menos, a las dos terceras partes del cómputo general de las elecciones. Si el plebiscito fuese acordado, podría organizarse por un estatuto de nuestra Legislatura y el resultado del plebiscito someterse a la consideración de la Cámara triunfante en las mismas elecciones, para la oportuna solicitud al Presidente, al Congreso y al Pueblo de los Estados Unidos. La Junta Central de la Unión de Puerto Rico queda investida de todo el poder de nuestra colectividad, para aprobar las bases que el Comité de Invitación Patriótica pueda convenir con los otros partidos, para la constitución de la alianza. TERCERO.—La Unión de Puerto Rico hace un llamamiento sincerísimo de amor y confraternidad al Partido Republicano, a las demás colectividades políticas del país y a todos los puertorriqueños, para contribuir unánimemente y con incansable esfuerzo al honor y al bien y a la libertad de la Patria. San Juan, en el Salón de la Asamblea, a 5 de septiembre de 1914.—Antonio R. Barceló, José de Diego, Eduardo Giorgetti, Herminio Díaz Navarro, C. Coll y Toste, Adriano González, Miguel Bustelo, Luis Muñoz Rivera.» ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... . . . ... ... ... ...

SESION DEL 6 DE SEPTIEMBRE «Reanudada la sesión a las tres de la tarde, la Presidencia somete a discusión la resolución sobre el Comité 21


de Invitación Patriótica apoyándola, la Asamblea la aprueba sin discusión y por unanimidad. Los señores Barceló, De Diego y Muñoz Rivera fueron designados por la Asamblea para comunicar al Partido Republicano, por conducto de su Comité Territorial, la resolución sobre el Comité de Invitación Patriótica.» ¡Aun están frescos y vivos en mi memoria aquellos semblantes animados por la emoción, las miradas radiosas, las manos batientes, dilatados los pechos, al curso de mis palabras y en el instante de aprobar la Asamblea la resolución del plebiscito! Electo en la misma Asamblea Presidente del partido y miembro del Comité de Invitación Patriótica, dirigí, en unión de Muñoz y Barceló, la carta, que sigue, al Presidente del Partido Republicano: «San Juan, septiembre 10 de 1914. Sr. don Manuel F. Rossy, Presidente del Comité Territorial del Partido Republicano, San Juan. Compatriota y amigo muy estimado: Tenemos una altísima satisfacción en remitirle con esta carta tres ejemplares impresos de la Resolución unánimemente aprobada en la última Asamblea General 3e la UNION DE PUERTO RICO, celebrada durante los días 5 y 6 del mes en curso. 22


Por un acuerdo posterior, fuimos designados como miembros del Comité dispuesto en el párrafo «Primero» de dicha Resolución, y cumplimos ahora el grato deber de dirigir a usted, en su carácter de Presidente del Partido Republicano, una cordial invitación, para tratar ampliamente de los términos de la inteligencia expresada en los acuerdos de la Asamblea Unionista. Con objeto de que disponga usted del tiempo necesario para conferencias con sus amigos políticos, y teniendo nosotros que ausentarnos por algunos días de esta ciudad, nos permitimos indicarle que podríamos celebrar nuestra primera reunión con los Comisionados del Partido Republicano, cualquier día después del 16 del mes corriente, en el caso de que acepten ustedes, como esperamos, nuestra invitación, para tratar de un asunto de tanta trascendencia para el bienestar de nuestro país. Auii cuando, dentro de la Resolución de nuestra Asamblea, hemos de extender nuestra invitación a las demás agrupaciones políticas existentes en la Isla, nos ha parecido conveniente acudir en primer término al Partido Republicano, por la importancia de su significación en el cuerpo electoral. Confiamos en el patriotismo de usted y de los elementos que usted preside, y sentimos un gran placer, al dirigirles, con esta invitación, nuestro saludo fraternal. Atentamente, José de Diego. Luis Muñoz Rivera. Antonio R. Barceló.»

¡Pasó el 16 de septiembre, designado en la carta, pasaron octubre y todo el año y el sucesivo y hasta ahora, sin 23


que viniera y, todavía estamos esperando la respuesta del Partido Republicano, que no tuvo ni el patriotismo de aceptar, ni el civismo de negarse, ahogando en el silencio uno de los más altisonantes clamores del alma puertorriqueña!

24


II No es un proyecto de «referendum», como el que determinó el prohibicionismo alcohólico, en que el legislador decreta una medida y la somete a su ratificación o revoc~ción por el pueblo. Obedece el plebiscito a más democrática doctrina, no establece presunción ni prejuicio en la materia sino que sencillamente los representantes del pueblo plantean directamente los términos alternativos de una cuestión, que el pueblo mismo ha de resolver por la expresión genuina de su voluntad. Acude así el plebiscito a la prístina fuente del derecho, origen único y supremo de la soberanía, en su puro y hondo concepto, de tal manera, que si la expresión de las leyes verificase ordinariamente por delegación del pueblo en sus representantes, solo está justificado por la dificultad de que el pueblo en todos los casos, como solía reunirse para ello en las plazas de las pequeñas antiguas repúblicas, se congregase para la dirección del gobierno y el desarrollo de las relaciones jurídicas. Fue en Roma, durante la época, de la República, el más largo avance, el más alto triunfo de la plebe contra la oligarquía de senadores y patricios. La plebe («plebs autem a populo eo differet quo species a genero») era la 25


parte humilde, sufrida y despreciada del pueblo, como indica todavía la palabra plebe, que ha conservado, después de veinticinco centurias, el propio significado latino en los idiomas vulgares; pero, cuando se le otorgó la potestad de comparecer, ante los Tribunos, «sine patriciis et senatoribus», para la imposición de leyes y su fuerza obligatoria se extendió a todos los ciudadanos, nació en Roma la personalidad del pueblo y quedó para siempre victorioso el principio de la soberanía popular. Hundióse este principio en las sombras caóticas, o, mejor expresado, genetlíacas, que en la Edad Media ocultaron la concepción del espíritu de las modernas sociedades, hasta que apareció en España, cuna- de la libertad política, el estado llano, el testamento del pueblo en las primeras Cortes aragonesas y castellanas. Reconocido el poder del pueblo en su diputación legislativa, tenía que profundizarse en el principio y descubrirse su esencia en la soberanía inicial del pueblo, como base única de los poderes del Estado. Los filósofos del siglo décimo octavo y a su término los enciclopedistas y los campeones de la Revolución, asentaron e impusieron la doctrina en el orden de los hechos: fundáronse los gobiernos representativos, el pueblo legisló por sus mandatarios y se reservó el derecho de asumir su propia soberanía en los asuntos más transcendentales, de donde emanó el plebiscito, esto es, el primario e irrenunciable derecho de estatuir el pueblo su voluntad legisladora por el voto de las mayorías. Entiéndase bien que la soberanía tiene que referirse al soberano y que en un país como el nuestro, gaje de 26


guerra, presa de combate, enajenado, COGIDO, por la fuerza de las armas, en una Convención impuesta por los vencedores, sin nuestro consentimiento, en nuestra ausencia, no reside, contra toda ley natural y toda doctrina democrática, no reside en el pueblo la superior soberanía ejercida por extraños poderes en cuya constitución no intervenimos y por cuya representación no legítimamente podemos ser gobernados. Así, ante el derecho positivo, no sería posible aquí un plebiscito para que el pueblo dispusiera libre y soberanamente de su destino; pero sí es posible para que el pueblo diga su sentir y su anhelar, su pensamiento, su voluntad para la demanda ante el soberano que por conquista militar es dueño de nuestra suerte. El Artículo 10 de las Enmiendas a la Constitución de los Estados Unidos instituye y garantiza tres derechos fundamentales: la libertad de conciencia, la de expresión del pensamiento y la de petición a los poderes públicos. Por la libertad de conciencia podemos pensar que nuestro país debe ser un Estado federal o una nacionalidad independiente; por la libertad de expresión podemos decirlo y los pueblos no hablan sino por el sufragio electoral; por la libertad de petición, en suma, podemos demandar que se realice nuestro pensamiento expresado por _ nuestro voto. Esto es clarísimo y puro, como la condensación del agua evaporada y, como el agua, nuestro ideal puede subir a las alturas, bañarse en la luz de las cumbres, atravesar el mundo, correr y fecundar nuestra tierra, redimir con sagrada unción nuestras frentes adoloridas... 27


III El objeto esencial, el transcendentalismo de la Resolución plebiscitaria serán materia de otro artículo, cuando este aclare el fin accidental, circunstancial del Proyecto. Nos encontramos dentro del segundo período señalado en las reglas aprobadas por la Unión de Puerto Rico, en su Asamblea de 1915, puesto que el Congreso de los Estados Unidos decretó en marzo del cursante año la Constitución autonómica vigente. No entiendo yo que sea una verdadera constitución autonómica, sino que entre preceptos laudables, como la división de poderes y la electividad del Senado, contiene gravísimas y funestas restricciones de principios y permite en la práctica, ya lo estamos viendo, la predominancia del poder ejecutivo contra la voluntad de los legisladores y el sentimiento público, dentro de un régimen ambiguo donde la libertad y la capacidad del pueblo han de verse entorpecidas por el criterio unipersonal de un Gobernante. Pero esta Ley fue aceptada por la Unión de Puerto Rico, en la satisfacción de sus inmediatas aspiraciones y la Asamblea Unionista verificada el 6 de mayo último declaró soberanamente «que la Unión de Puerto Rico, establecido el nue29


vo régimen y en completo vigor los acuerdos de la Asamblea de Miramar, se encuentra ahora en el pleno de su Programa y en el segundo período de su patriótica actuación, resuelta a demostrar la indiscutible capacidad del pueblo de Puerto Rico para regir sus propios destinos.» Estamos así en el desenvolvimiento de nuestra capacidad gubernativa, preliminar de la ulterior solicitud de nuestra independencia nacional. ¿Cuál ha de ser la duración de este perído? No está en las reglas y debe inferirse que la más corta posible, en la necesidad, no de afirmar nuestra capacidad cien veces proclamada y ejercida, sino de probarla una vez más en el desarrollo del actual Gobierno. El plebiscito no habría de celebrarse hasta fines de 1920, lo que extiende a cuatro años el período, peto aún el Proyecto establece la posibilidad de prolongarlo, según expresa el Artículo 5:— ... «quedará entendido que si el Poder federal lo considera necesario, el Pueblo de Puerto Rico estaría dispuesto a esperar la declaración de su Independencia al término de un razonable período evolutivo, durante el cual los puertorriqueños demostraran una vez más su capacidad para el propio Gobierno.» Sobre esto, que atañe a la fijación, no extricta, sino prudencial de plazo, está en la Resolución aquel otro más elevado elemento progresivo y de concierto entre los intereses e ideales del pueblo de los Estados Unidos y del nuestro, en la visión y el destino de las razas y naciones conviventes en el hemisferio americano. Naturalmente que, habiéndose de realizar el plebisci30


to por todo el pueblo de la Isla, mediante un estatuto de la Legislatura, no podría imponerse al pueblo como solución única la Independencia de Puerto Rico, porque ello quitaría al Proyecto su carácter de plebiscito para transformarlo en «referendum» y porque debe ofrecerse a los republicanos y al país entero la oportunidad de manifestación a la tendencia de incorporarse Puerto Rico en la hermandad de los Estados federales. Verdad es que en las reglas de la Asamblea de Miramar se previene la celebración de una Asamblea para el requerimiento final de nuestra Independencia y a la preparación fundamental de la Asamblea se dirige el Proyecto, en la presunción legítima, que nadie puede redargüir sin mengua de nuestro decoro, con la presunción racional de que el país habrá demostrado una vez más su innegable capacidad para la dirección de la república. ¿Podría el plebiscito determinarse en sentido contrario al ideal nacionalista? Claramente que existe la posibilidad legal, la posibilidad metafísica y, si así ocurriera, habría aue reconocer la voluntad soberana del pueblo, acatarla y morir, si hay que morir de angustia, ante la contemplación impotente de una hecatombe irremediable. Otra observación muy seria es la oportunidad del plebiscito, si esta es la «occasio praesens», el momento de penetrar en la conciencia pública y de obtener una expresión sincera y firme del ideal colectivo. Estudiaré serenamente este punto, mostrando, en cuanto sea dable a mi perspicacia, el pro y el contra de la cuestión y solicitando la ilustración y el consejo de las autoridades de mi Partido, de mis correligionarios y amigos y de todos aque31


los que sientan palpitar en su espíritu las contenidas alas del ideal patriótico. Yo tendría que poner y dejar quizás en la campaña el resto de mi pobre vida y dulcemente lo pondría y lo dejaría, pero no en un sacrificio seguro o prabablemente infructuoso. Ni quiero precipitar al país a decisiones prematuras, ni en lamentable prurito subordinar a mi pensamiento el destino de mi Patria. Lo que sí quiero es que no permanezcamos en extasis ante la esperanza, que no aguardemos en una pasividad infecunda los designios de la suerte, que agitemos el ideal como una bandera al soplo de los tiempos y pongamos nuestras energías, sin desmayo y sin reposo, al servicio de las abundosas corrientes de sangre y alma que, en estos días trágicos, impulsan la libertad de los pueblos.

32


IV Como no estoy escribiendo por lauros de erudito, sino por afanes de patriota, bastará que me limite al campo de acción del derecho público de los Estados Unidos, sin traer los precedentes del plebiscito en Francia y, más remotamente, en el mundo antiguo, para señalar la sanción de respeto que la gran República rinde en su vida internacional a la voluntad de los pueblos. Abríanse a la diplomacia del gobierno estadounidense dos caminos para la anexión de Texas, recien nacida del desgarrado seno de la nación mejicana: el Tratado y el Plebiscito. Rechazó el Tratado «a priori» y solo cuando en convención plebiscitaria lo acordó el pueblo de Texas, admitió en 1845 la incorporación, antes rechazada, y la estrella del nuevo Estado fulguró en la bandera. No quiero citar como verdaderos plebiscitos los actos complejos que originaron la separación de la Carolina del Sur y los otros Estados que siguieron su iniciativa, en los preliminares de la guerra 1864; mas hace muy pocos años que, por virtud de una ley federal, se decretó y realizaron en Nuevo Méjico y Arizona los plebiscitos en que ambos Territorios resolvieron ingresar, e ingresaron, sepa33


radamente como dos Estados, y no confundidos en uno solo, que era la otra fórmula alternativa plebiscitaria, en el seno de la Unión. Recientes y patentes están los dos plebiscitos verificados en las Antillas danesas, y por cierto que este caso ejemplar de democracia dignifica al moderno derecho de gentes y la actitud del Gobierno de Dinamarca. El primer plebiscito en aquellas Islas, a raíz de la conquista y la implantación del poder militar absoluto de Puerto Rico, tal vez influido por la contemplación de nuestra suerte, fue contrario a la cesión de las Islas: el segundo, de ahora, fue favorable: y Dinamarca no otorgó ni Estados Unidos aceptó la enajenación, sino cuando fue consentida por el pueblo de las Islas. Se observará que tales plebiscitos, como la mayoría de los que se han celebrado en los Estados Unidos y en otras naciones, atañen a la soberanía, al status político, a la forma de gobierno, suprema concepción del derecho público, elemento fundamental del Estado, que debe conservarse originalmente en las manos del pueblo y bajo su propio inalienable señorío. El objeto principal de estas citas es el señalamiento de la decisiva importancia que en la historia y la política de los Estados Unidos se concede a la voluntad del pueblo auténticamente manifestada en los comicios en asuntos concernientes a la soberanía y, así, la honda y capital transcendencia del plebiscito puertorriqueño, para el status final en el curso de la presente evolución y para la vida y el destino de nuestro pueblo. En verdad, no de ahora, sino de tres lustros, desde 34


que brilló en el estandarte primero de la Unión de Puerto Rico el ideal de la Independencia, desde que nuestras muchedumbres inflamáronse por la ardida esperanza y el sagrado anhelo de nuestra emancipación nacional, destelló la voluntad del país y en las asambleas, en la tribuna, en todas las revelaciones del sentimiento público, desde la acompasada música de las liras poéticas al inacorde estruendo de los gritos populares, lúcida y clamorosa mostróse el alma de la nacionalidad puertorriqueña. Eso está en el ambiente, pero es inaprensible, como la luz y el aire; eso está en el alma, pero es impalpable, como el sentimiento y la idea. Es subjetivo, no objetivo y el derecho necesita del objeto como del sujeto; es impreciso, como el ente potencial, y la filosofía requiere la concreción del modo actual; es indeterminado y el triunfo en la política solo debe erigirse sobre hechos específicos concluyentes. Podría redargüirse que, desde el año 1913, cuando el Partido Unionista dejó en su Programa el principio nacionalista solitario, como la estrella en la bandera, contrapuestas las solucciones políticas de los dos partidos dominadores de la opinión pública y triunfante en las urnas por vigorosa mayoría el unionista, quedó implícita o expresamente resuelta la voluntad del país en los comicios. Pero ni los escrutinios electorales pueden realizarse por implicación, ni el pueblo fue para el sufragio previa y directamente advertido de que iba a la proclamación de principios, siendo por el contrario verdad que el cuerpo electoral fue únicamente llamado hasta ahora (salvo 35


lo atañedero al prohibicionismo) para la elección de personas y no para la declaración de doctrinas. La primera condición de la voluntad racional es el anteconocimiento del fin volitivo: las papeletas electorales contenían nombres de Alcaldes, Jueces, Representantes, Senadores y en ellas ninguna leyenda anunciaba la determinación de un ideal. Un hombre adverso a mis convicciones polticas puede ser un excelente edil municipal, o legislador o magistrado de justicia y puedo ofrendarle mi sufragio, consciente de que él no tiene potestad para resolver en pro ni en contra de mis principios. Cándido o ciego será quien no viere o sepa que existen unionistas partidarios del Estado federal, republicanos de la Independencia, a juicio mío éstos muchos, pocos aquellos, gracias a Dios; hombres descentrados o desdoblados, que militan paradójicamente en el Partido cuyas doctrinas rechazan, por egoísmos de lucro, ansias de poder, anhelos de brillar, o por relaciones de parentesco y simpatías personales o, esto es más noble, por el sacrificio de las propias convicciones a los merecimientos del Partido de adversario Programa. En último término, pasando sobre la ambigua complejidad de la fijación de ideas por la elección de personas, las irradiaciones del sentimiento colectivo y los triunfos de la Unión en las urnas pueden servir para nosotros los unionistas y aun para los puertorriqueños, pero absolutamente nada para ante el Congreso de los Estados Unidos, que no sabe de nuestro ambiente moral ni de implicitos propósitos idealistas en la elección 36


de personas. Ellos, los americanos, sí saben y tienen un ejemplo vivo de que un prestigio personal, como el Presidente Wilson, contra un candidato débil, como el Juez Hughes, una circunstancia transitoria, como la de la guerra, pueden lograr la victoria de un Partido sin consideración a sus bases políticas Hay que decirlo bien alto y bien claro. A pesar de las doctrinas de nuestro Programa y de nuestros «copos» y triunfos electorales, a pesar de las declaraciones del egregio Muñoz en la Cámara de Representantes, ni el Congreso, ni el Presidente, ni siquiera el General McIntire, creen que nuestro pueblo aspire a su independencia nacional y creen por el contrario que TODO ES VERBAL, como me decía tristemente Muñoz, discurriendo sobre el asunto. Esa creencia se acentuó, después de las reglas de la Asamblea de Miramar, mal interpretadas en el sentido de haber nuestra colectividad prácticamente abandonado su ideal nacionalista, de haberlo PUESTO A UN LADO, como escuché una mañana de labios del Gobernador de Puerto Rico, que así honradamente lo pensaba. El Presidente del Comité de Asuntos Insulares, en la Cámara de Representantes, en análogos términos lo dijo también y aún creo que consta escrito en un acta de la Comisión, como en cierto informe del Secretario Stimpson al Presidente de los Estados Unidos. Ello es una dolorosa verdad y más dolorosa todavía, viendo y leyendo a todas horas, aquí, en Puerto Rico, que una parte numerosa de puertorriueños, todos los republicanos, contra todos los triunfos unionistas, siguen 37


impávidos sosteniendo que los debemos al fraude, al favor del Gobierno, siguen impávidos sosteniendo el predominio moral de sus doctrinas en la conciencia del país. No hay que engañarse, ni engañar al pueblo: eso es así: es así y no puede cubrirse con figuras retóricas la verdad, la amarga y dura verdad de nuestra engañosa situación política ante el Congreso de los Estados Unidos. CREEN QUE TODO ES VERBAL, de intensiva y gráfica manera me decía el pobre Muñoz y yo le contestaba que tenían casi razón para creerlo; porque cierto es que la Independencia es la palabra, la PALABRA en el sentido bíblico, la palabra divina de nuestro Programa; cierto que en las lides electorales (y en la última más que en las anteriores) esta palabra revienta cual un meteoro en las tribunas; cierto que hasta los que más la rehuyen en las Asambleas del Partido más la persiguen en las asambleas populares; cierto que esta palabra milagrosa enardece a las multitudes y las precipita y empuja de montes y llanos hacia los precintos comiciales... y cierto también que, al cerrarse las campañas, el verbo se extingue, como si no fuera bíblico, pero gramático, todo VERBAL, acústico, explosión de sonido, onda de música que se pierde en el fúgido viento. Guardo por centenares las cartas de Muñoz, los documentos que ilustró con su firma, y no le llamaré sino cuando tenga, como ahora, la prueba escrita de su pensamiento: él sabía que solo por el plebiscito nuestra voz, el VERBO, resonaría y se oiría en el Capitolio: él 38


signó en la Asamblea de 1914 mi proposición de plebiscito, me abrazó después del discurso en que la defendiera, dióle su voto y gimió de alegría cuando fue unánimemente aprobada por la Asamblea. Mejor que nadie sabía Muñoz que íbamos a ganar las elecciones de aquel año, sabía también que una elección de personas no es una auténtica declaración de doctrinas, suscribió la posibilidad del plebiscito para 1916, antevió el porvenir con su mirada de profeta. Seguro estoy de la necesidad urgente de plantear el problema, vacilante estoy en la oportunidad de resolverlo. En el próximo artículo expondré las causas de mi vacilación; pero hágase en 1920, o más allá, cuando se haga, cuando se deba hacer para que el ideal triunfante... el plebiscito favorable a la petición de Independencia SERA la Independencia, será el verbo, no el verbo verbal, el verbo Verbo redentor de nuestra Patria.

39


V Expuestos los antecedentes, naturaleza, fines circunstanciales y transcendencia del plebiscito, debo rendir mi trabajo con el estudio de los elementos vitales, biológicos, del problema en la actualidad que lo circunda. ¿Este de ahora es el instante psicológico, esta la OCCASIO PRAESENS, este que cursa el cuadrienio propicio a la convocatoria plebiscitaria y a su efectividad, para el bien y el triunfo del ideal nacionalista? He aquí, según mis alcances, en breve sinopsis, los puntos culminantes, unos que amparan, otros que azotan al país en su anhelo de convivencia en la hermandad de los pueblos independientes y soberanos de América. ELEMENTOS FAVORABLES La decepción cívica. El malestar, la inquietud, el disgusto del pueblo ante las vacilaciones y dificultades que paralizan y perturban la sincera y democrática implantación del régimen naciente, que no podía satisfacer en su integridad, pero sí parcialmente las legítimas aspira41


ciones del pueblo, si la interpretación práctica de los principios de la Ley hubiese dado expansión a su espíritu. Debátese el esfuerzo de nuestros hombres, de los designados por el pueblo para representar su voluntad y su derecho, en una pesada atmósfera de prevenciones, dudas, suspicacias, que no explota como una centella, pero ensombrece el horizonte y oprime los pechos. No será tan pequeña como una gota la concesión que se nos otorgara en nuestro sistema de gobierno; mas era muy grande la sed y es posible que se haya enardecido, como por la gota de agua una garganta febril, seca, doliente. El pueblo está incómodo, este cambio de postura va operándose muy difícilmente y, en su deseo es posible que por súbita energía aparezca en pie, erguido, como un soldado con su bandera. La situación- económica. El desequilibrio entre la producción y la riqueza, el oro circulante, no repartido como la lluvia, sino encauzado, canalizado, como un río que fecunda sus riberas, a expensas de la hidráulica zona que por vertientes y filtraciones lo alimenta y engrandece. Dentro de las leyes aduaneras y el movimiento industrial y comercial de los Estados Unidos, nuestra hacienda y nuestra economía tienen que sufrir una perturbación irremediable. Esto es radical, natural, definitivo, pero en las presentes circunstancias la perturbación se acentúa y llega al asiento básico de nuestra vida económica. El azúcar, el tabaco, las piñas, son Frutos de oro, como las pomas 42


de las selvas paradisíacas. El café, como su hermano el mirto, solo produce ahora perfumadas flores e inútiles granos: huérfano de protección en la tarifa, sin otro mercado que el de Cuba en América, cerrados los de Europa, apenas puede salir del país con una depreciación enorme. Ocupan los bosques de cafetos porción vastísima, cumbres y honduras en la Isla que toda es una montaña: casi totalmente vive y trabaja a la sombra de esos bosques la población campesina, jornaleros en su mayor número, modestos terratenientes, que en esta agricultura es muy raro el latifundio y la riqueza se divide y desarrolla en pequeñas estancias. Ahí está, en los cafetales, la muchedumbre jíbara, pálida, mísera, núcleo del país que desfallece, cuando el grupo afortunado de los agricultores de cañas, en la cinta de la costa, las poderosas corporaciones obtienen ganancias estupendas; la muchedumbre criolla, que hace y hará persistir y prolongarse el alma del país, con la invencible resistencia de nuestra raza. Esta desnivelación económica, unida al encarecimiento de los productos importados y a desproporción entre el salario de los obreros y el precio de lo que consumen, engendra un mal que será cada vez más insufrible, pero que ahora, por las anomalías de la época, se ha exacerbado y vuelto intolerable. Así, en el trastorno permanente de estar sujetas a la vida económica de los Estados Unidos y arrastradas por su impetuosa corriente las condiciones tan diversas de nuestra producción, nuestro comercio, y todas las 43


fuentes de nuestra riqueza, el instante es propicio a la tendencia libertadora, en el plebiscito, con relación a los elementos señalados, aunque es verdad que otros la contrarían, dentro de este mismo orden de cosas tan influyente en la vida y en la libertad de los pueblos. El sentimiento público. Aquí viene el corazón, en vez del estómago, casi siempre su peor enemigo. El inicial sentimiento nacionalista, más robusto cuanto más viejo, mandato de las tumbas, voz de los antepasados, anhelo de los vivientes que será transmiso en carne y alma a los futuros puertorriqueños, no es un motivo transitorio, temporal, oportunista, sino permanente y progresivo; mas por esta su condición imperecedera puede invocarse en cualquier tiempo como el supremo estímulo para la lucha y la victoria del ideal. Este sacro impulso indudablemente ha exaltado nuestras energías en la contiendas electorales, no en verdad para el triunfo de sus representantes y amadores. Ni el sentimiento que palpita en el alma del país, ni las victorias cívicas que alentara, sirven ni pueden servir, como razoné en el artículo anterior, para constancia de una proclamación de status y expresión concreta y exacta de la voluntad del pueblo en su evolución política: sirven, sí, como premisas favorables a la solución nacionalista, eon la fuerza misteriosa del presentimiento, con el sagrado ardor de la fe, con la irresistible atracción de la esperanza, con la potestad del germen para la flor y de la flor para el fruto, con su divina potestad de génesis y de creación. ¿Cuántos seremos en el plebiscito los hijos del ideal? 44


Todos los unionistas, con insignificantes restas de exotismo, colonialismo y medrosismo, pródigamente compensadas con adiciones de civismo y patriotismo entre los republicanos. De los socialistas ¿qué sabemos? Iglesias es de raza española y puede ser que venga a nosotros con los suyos, por llamamientos de raza: puede ser también que las clases trabajadoras comprendan el mejoramiento social dentro de nuestra propia soberanía; pero más vale descontarlos o contarlos con los adversarios. Las gentes alejadas de la política activa, neutras, no proporcionan ningún dato probable para un cálculo de estadística. Tengamos por nuestros en su mayoría, no con sus votos, pero sí con su ayuda moral a los españoles, a los iberoamericanos, a los que se sienten ligados a nosotros por la maternidad de la estirpe. Tengamos enfrente a casi todos los norteamericanos, seducidos por la posesión y la belleza de nuestra Isla y a casi todos los republicanos sometidos por la tentación y la fuerza de la conquista. Tendremos a nuestro lado la debilidad femenina vencedora en todos sus empeños; porque esta sí es una hipótesis irrebatible, las puertorriqueñas, temblantes de pasión, erguidas y augustas, como diosas, ungirán con sus manos las frentes, besarán con sus labios los pechos de los ínclitos defensores de la dignidad y la soberanía de nuestra patria. La expansión idealista. Hasta ahora parecía que los Estados Unidos sólo ensanchaban por el mundo su po45


tencia mercantil y su potencia militar: la democracia americana no era como un sol radiante, que se consume él mismo, así la democracia francesa, para alumbrar lejanos términos: sería como un sol intrarradiante, si no fuera absurda esta paradoja, se iluminaba y recogía sus rayos para adentro, con avara felicidad: los temblores del espíritu del mundo, la conmoción espantosa de sus fundamentos morales, la catástrofe en que pueden hundirse o renacer con eternos bríos los ideales protectores de la soberanía de los pueblos y la libertad humana, movieron de su empinada roca al Aguila que por vez primera cruza el Atlántico, de uno a otro hemisferio, llevando en sus garras un haz de rayos fulminadores: tórnase idealismo el imperialismo: la democracia americana ha salido al mar: en el mar estamos y con el privilegio de los mares de América. El Congreso de los Estados Unidos proclama declaraciones grandiosas, el Presidente Wilson pronuncia discursos y escribe documentos como aquellos documentos y aquellos discursos creadores de la República, tal vez más grandes por su influencia en los ámbitos del Globo El acatamiento a la voluntad de los pueblos, la moderación de los poderosos y el respeto a la soberanía de los débiles, la santidad de las conciencias, la libertad política, la igualdad civil, el afianzamiento y la extensión del gobierno republicano, la extensión y seguridad de la familia cristiana, todos estos dictados sublimes que los Estados Unidos enérgicamente formulan con la fuerza de las doctrinas y realizan con la fuerza de las armas ¿no amparan también a nuestro pueblo o será nuestro pue46


blo el único en la tierra que por su lealtad a los Estados Unidos y su mermidad en América quede proscrito de la democracia americana, de la democracia universal? ¿Podrá el Presidente, podrá el Congreso de los Estados Unidos enviar sus milicias a Europa, sus soldados a morir por la libertad de Bélgica, de Servia, del minúsculo Montenegro y negarse a una proclamación incruenta de la libertad de Puerto Rico? Si de un plesbicito se elevara al Congreso nuestra voz en demanda de nuestra emancipación nacional, ahora, en estos tiempos de formidables reivindicaciones ¿podría el Congreso, podría el Presidente desmentir y deshonrar sus propias declaraciones, corromper sus propósitos y tornar su abnegada generosidad en sórdida avaricia, ante los ojos asombrados del mundo? Cuando la mente se abstrae en la contemplación de ideas tan elevadas y luminosas, como los astros, no debe plegar sus alas para descender al examen y la discusión de cosas mínimas en este aparatoso tránsito de una Edad a otra, el más horrendo paso de la humanidad a través de los tiempos. Continúo sin retroceder, manifestando que la impresión resultante de las condiciones estudiadas inclinaríase resueltamente a la oportunidad del plebiscito, para el triunfo de la aspiración redentorista, si opuestas o divergentes circuntancias no se levantasen ante la crítica racional. Desventuradamente, existen y hay que analizarlas con la precautela amorosa que, contra todo peligro, debe cosignarse a la salud y a la vida del anhelo patrio. 47


ELEMENTOS ADVERSOS El prejuicio de la ciudadanía. Por la ley orgánica de 2 de marzo retropróximo se decretó por el Congreso la ciudadanía de los Estados Unidos, para todos los puertorriqueños que no la renunciaran en el plazo determinado por la ley, conservando los renunciantes su condición de ciudadanos de Puerto Rico, aunque despojados del derecho de ser electores y elegibles y del ejercicio de cargos públicos en su propio país. Esta Ley, verdaderamente inusitada en el derecho público, prolonga la existencia y personalidad del Pueblo de Puerto Rico y de sus ciudadanos, sosteniendo a la vez, como parte del Pueblo de Puerto Rico, a los ciudadanos de los Estados Unidos aquí residentes. Merece esta Constitución un largo y serio estudio jurídico, que tal vez pueda yo dedicarle en ocasión distinta: disputáronse aquí Jueces y Cortes la primacía en la decisión de ser ya nuestro país un Territorio de los Estados Unidos y las sentencias fueron y están en apelación ante el Tribunal Supremo de Washington: el asunto es arduo y, como lo requiere la cuestión en estos artículos planteada, condensaré mi criterio, como lo hice en el discurso inaugural de nuestra Cámara de Representantes, opinando que tales sentencias serán revocadas y que, si bien todos los puertorriqueños ciudadanos de los Estados Unidos forman parte del Pueblo de los Estados Unidos, Puerto Rico no puede considerarse ni es un Territorio, dentro de la unidad federal. 48


Mas, el hecho de ser los puertorrriqueños o casi todos puertorriqueños ciudadanos de los Estados Unidos y los la citada errónea, a mi juicio, jurisprudencia de nuestros Tribunales, han creado la opinión general de que los Estados Unidos resolvieron definitivamente nuestro status politico y será vano el esfuerzo por separarnos de la federación al goce de nuestra independiente soberanía. No es así, y aun cuando así fuera, bien claro está que el Congreso tiene poder para derogar sus propias leyes e invertir las cosas, cuando quiera uniéndonos y cuando quiera apartándonos del cuerpo de la República. Pero, el prejuicio existe, o a lo menos la duda, y uno y otra pueden enfriar el entusiasmo, debilitar los bríos de aquellos nacionalistas pusilánimes, carentes de la fe inextinguible en el seguro predominio de la voluntad de los pueblos que luchan sin desmayos por su emancipación. El lejanismo. En nuestra penosa evolución politica, ocurren hechos tan confusos y anómalos, tan extraños contrasentidos, que hay que inventar palabras para designarlos y comprenderlos. Los adversarios de la tendencia nacionalista, los republicanos, por ejemplo, cambátenla y no puede negarse el terrible daño que la infieren, pues si los puertorriqueños, como los filipinos, compenetrados y firmes estuvieran en la demanda, nosotros, como ellos, tendríamos ya la promesa de nacionalidad; pero al mismo tiempo el ataque promueve y aviva la defensa, manteniendo en constante alarma a los soldados del ideal. Entre estos, por caprichosa inversión de efectos, hay 49


un cierto número que apacigua el calor de la lucha y entorpece el avance, que ama el ideal, como ensueño, ilusión, esperanza, cosa linda, madrigal, flor, estrella ... y, extático en su culto, canta un poco sus excelencias en tiempos de elecciones, continua después en silencio una mental plegaria y, cuando alguien se mueve, se agita en el ansia de encarnar el principio en la realidad de los hechos alza las manos, abre los labios, para detener y aplazar indefinidamente el esfuerzo. Estos son los LEJANISTAS. Quieren avanzar, pero como sobre un buque fantástico, para asir la curva del horizonte óptico, retirándose el horizonte en la exacta medida de la velocidad del buque, y perseguirlo en navegación infinita por la redondez del mar. El lejanismo puede inspirarse en varios motivos, como la desconfianza en la capacidad de nuestro pueblo para la dirección de su gobierno y el temor de materiales perjuicios, mas yo le imputo el más noble, un romántico amor a la inviolabilidad metafísica del divino ensueño. Siempre hubo y habrá en Puerto Rico gentes de esta dulce filosofía: ahora, con el alcance y la vigencia de las recientes reformas políticas, como estímanse en mejor lecho, adormécense con más placidez en el éxtasis de sus espíritus. Y bien: pensado y dicho con ruda sinceridad, estos soldados de la Independencia pueden ser, contra su pasiva voluntad, elementos dañosos a la Independencia en la campaña del plebiscito, pueden quedarse en el cuartel y acaso entibiar al ardor de los que salgan al combate. La Tarifa Protectora. En términos generales, el ré50


gimen aduanero de los Estados Unidos, proteccionista de las industrias americanas, meditado y hecho para ellas, desampara a las nuestras y castiga con derechos casi prohibitivos el consumo nuestro de artículos de importación extranjera, obligándonos a la importación de los Estados Unidos, encarecida y sin competencia en el mercado. Por excepción, sin embargo algunos productos puertorriqueños, azúcar, tabaco, toronjas y piñas, gozan de protección en las tarifas. Esa protección del azúcar, sería en estos momentos el enemigo más temible de la campaña nacionalista en el plebiscito. Nadie me tilde de parcialidad contra el crecimiento de la riqueza dedicada a los negocios de azúcar. Comanditario soy de una sociedad azucarera en cantidad crecida para la modestia de mi fortuna y, aparte del interés material pequeñísimo ante el interés moral, he sido cuando pude un defensor de esa tarifa: presidí la Comisión que, diputada por nuestra Legislatura, el año 1913, sostuvo en Washington la permanencia de la tarifa protectora, redacté el alegato de la Comisión, ayudé a mis compañeros en sus laboriosas meritísimas gestiones, y aquí en nuestra Cámara apoyé siempre cuanto sin perjuicio de otras industrias favorecía el desarrollo y fomento de la azucarera. He creído y sigo creyendo que la tarifa protectora del azúcar es la única atenuación de la pesadumbre económica que gravita sobre el país dentro del régimen americano, y pienso que, sin esa atenuación aumentada por las consecuencias de la guerra en la producción y el co51


mercio, estaríamos ya en el desastre y la bancarrota que, aun con la tarifa, abatirán a nuestro país, al restablecerse la normalidad y el equilibrio en la perturbada economía del mundo. Con todo, un peso de beneficio en la tarifa por cada quintal de azúcar, sobre la importación extranjera, sin propósito de equívoco, es un peso muy grave en la balanza de nuestra política. Es posible ¿quién lo duda sin mengua? que hubiera aquí gentes, como Aldama y el Marqués de Santa Lucía en Cuba, que incendiaron sus tabacos y sus cañas para alumbrar la redención de la Patria, en armada rebeldía; pero, en la inermidad pacífica de nuestras luchas, sin la fiebre sublime de la pelea, no debe eso esperarse, aunque debe pedirse. En la independencia de nuestro Gobierno, seguramente lograremos un privilegio igual o superior al del azúcar cubano, un veinticinco, un treinta, el tanto por ciento más alto que pudiéramos conseguir por Tratado de reciprocidad. Nunca tal vez obtendríamos para el azúcar el actual beneficio: vías nuevas abriríanse a nuestra vida internacional, pero el comercio no es cazador de esperanzas y para él «vale más pájaro en mano que buitre volando.» Son diez millones de quintales, diez millones de dólares no diez millones de enemigos, sí un enemigo de diez millones anuales. No diré que no haya ejemplares de abnegación cívica: contra ellos cerrarán en acometida las poderosas compañías, los grandes capitales, sus asociados en la red de 52


los negocios, con la fortaleza del ejército a sus órdenes sometido y obediente. Las corporaciones explotadoras de la industria tabacalera se levantarán en actitud análoga y más débilmente los agricultores de toronjas y piñas. Consoladoramente, estos peligros son pasajeros y pasarán en cortísimos años, como demostraré, para tomar un solo ejemplo, en lo que concierne al azúcar. Al concluir la guerra, que parece concluyendo, algún tiempo después, rotos por ella los Tratados europeos limitadores de la producción azucarera, renacerán vigorosas las remolachas en los campos fertilizados de cadáveres: para muestra, en el año primero de la hecatombe y a pesar de ella, Rusia, que tenía por los Tratados nulos restringida su producción de azúcar a quinientas mil, elaboró un millón de toneladas de azúcar. A favor de la tarifa, de largo tiempo Lusiana extiende sus campos de caña, Colorado y otras regiones sus campos de remolacha. Recuerdo haber leído, años atrás, en un informe del negociado federal de «Commerce and Labor» que, en el progreso y la perspectiva de la industria azucarera, en pocos lustros la producción satisfaría el consumo de los Estados Unidos. Por sobre esas condiciones que se avecinan, habrá de cumplirse este principio esencial de economía política: la baratura, en circunstancias normales, de los artículos de primera necesidad. En la alimentación moderna, después del trigo y el arroz, ningún otro producto más indispensable que el azúcar. El azúcar no puede ser caro, porque es necesario a los pobres, como a los ricos y ha de ofre53


cense a los pobres con la previsión y la piedad obligatorias de la Providencia en el sostenmiento de la vida humana. Así, por el incremento de la producción y por ley económica ineludible, el azúcar volverá a tal precio, que no será AMARGO, al sentimiento nacional de los puertorriqueños. La tarifa no compensará las ganancias perdidas y la propia tarifa desaparecerá, ya estuvo por desaparecer, en el movimiento librecambista de los Estados Unidos, más justificado para el azúcar, cuando los industriales americanos no teman por el exceso de su producción, la competencia. Para entonces, no muy lejos, ya nuestras factorías habrán consolidado su riqueza, pero ya también cesará la lucha entre los grandes intereses y los grandiosos ideales. Ellos mismos, los azucareros, con todo el país, clamarán por la independencia.., económica, como en el año 1913, cuando se derogaba la tarifa. Yo escribí el alegato y, en la página 48 del folleto que lo contiene, consta este pedimento: «INDEPENDENCIA ECONOMICA DE PUERTO RICO. EN CUALQUIER CASO EN QUE QUEDEN SIN PROTECCION EFICIENTE EN LAS LEYES DE ADUANAS LOS PRINCIPALES PRODUCTOS DEL PAIS.—Reclamamos finalmente que, en tal caso, se nos conceda el derecho de hacer nuestras propias leyes aduaneras, de concertar alianzas comerciales con otros Estados y de buscar, donde encontrarla podamos, la protección que los Estados Unidos no puedan otorgarnos.» ( * ) * «El caso de Puerto Rico y el Bill de Tarifas.» 54


Aceptaron y suscribieron esa petición al Congreso y al Presidente de los Estados Unidos hombres de tanta moderación y experiencia, como don Carlos Cabrera y don Martín Travieso y ¡oh sorpresa! un patriota americano, el señor H. H. Scoville representando conmigo al Gobierno y las industrias de nuestra Isla. Todo eso vendrá; más, entretanto, ahora, hemos de contar, entre nuestros adversarios, las espinas de las piñas, la peste del tabaco, la acritud de las toronjas y el amargor del azúcar. Ved, hermanos, y meditad conmigo, en el reposo de la noche y el tragín del día, los elementos propicios y contrarios al triunfo del ideal en el plebiscito. El Proyecto puede lanzarse en esta o aguardar a la venidera y aun otras Legislaturas: esperar no es doloroso, cuando la esperanza es cierta. Quiero ahora, como siempre, identificarme con los deseos de mi pueblo. De mis correligionarios, de m is amigos, de todos los buenos patriotas solicito la ilustración y el consejo. Y a Dios pido y de Dios espero su asistencia y remedio, para la salvación de nuestra pobre Patria...

55


DISCURSO DEL PRESIDENTE DE LA CAMARA DE REPRESENTANTES DE PUERTO RICO, SESION DEL 6 DE NOVIEMBRE DE 1917, EN EXPLICACION DE SU VOTO PARA QUE LA RESOLUCION PLEBISCITARIA QUEDE SOBRE LA MESA HASTA LA PROXIMA LEGISLATURA

(Estenografía y acotaciones de los taquígrafos don Enrique Colón Baerga, de «La Correspondencia de Puerto Rico» y don Abelardo Román.)

57


DISCURSO Del Presidente de la Cámara de Representantes de Puerto Rico. Sesión del 6 de noviembre de 1917, en explicación de su voto para que la Resolución Plebiscitaria quede sobre la mesa hasta la próxima Legislatura Señor Presidente «pro témpore» y Señores Representantes: La moción que presenté y acaba de aprobarse, para que mi Proyecto de plebiscito quede sobre la mesa, no es de las que pueden ser discutidas conforme a nuestro Reglamento y por eso, ante la necesidad de justificar mi conducta, voy a explicar mi voto y exponer, ante la Cámara, los motivos que me impulsaron a la petición formulada. En primer término, he de advertir que no obedezco a indicación alguna de la Junta Central de la Unión de Puerto Rico, ni del cuerpo que en esta o en la otra Cá59


mara ostenta la representación de mi Partido: no sometí el asunto a su ilustrado consejo, como lo hubiera hecho en el caso de que las circunstancias me hubieran determinado al debate en esta sesión legislativa y, si en tal caso, el consejo fuera contrario a mi propósito, un solo camino previo abriríase a mi actitud y actividad en este que considero el más transcendente paso en nuestra vacilante evolución política: la promoción de una Asamblea general soberana de mi partido. El decreto de la Asamblea, si favorable, avivado hubiese el calor de mi iniciativa, si adverso, me sumiera en la perplejidad más terrible, en la lucha interna más angustiosa, entre mi disciplina a la autoridad superior de mi Partido y mi disciplina a la potestad suprema de mi pueblo: no debo decir lo que hiciera, porque no tengo que hacer lo que diría, pero sí declarar que, cuando quiera que se levantara en mi conciencia la plena convicción de que por el plebiscito habría de llegarse ahora a la emanicipación independiente de nuestra Isla, solo, o acompañado de aquellos mis hermanos en el ideal, me lanzaría a su persecución inmediata: la Patria no se hace para ningún Partido, los Partidos se hacen para la Patria, y lo único que me alejaría de esta magnánima colectividad, de que f_uí uno de los fundadores y a la cual he rendido todo el holocáusto de mi corazón, todo el empeño de mi inteligencia, toda la energía de mi voluntad, sería el abandono, por la Unión, del principio consagrado en la cumbre de su Programa, de la lucha por su advenimiento; pero esto jamás debe ocurrir, porque la Unión encarna, condensa, sintetiza y es el símbolo augusto del ideal puertorriqueño, 60


del ansia infinita nuestra por la libertad de nuestra tierra, mandato de las tumbas, póstuma voz de las generaciones muertas, deber ineludible de las vivientes, herencia irrenunciable de las que esperan todavía, en el misterio de su gestación, el instante en que deben nacer para proseguir nuestra batalla o celebrar nuestra victoria, viviendo y muriendo por el amor y la libertad de nuestra Patria. (Grandes aplausos.) Así, pues, debo prelativamente manifestar que, aun cuando pertenezco al organismo director del Partido Unionista, las opiniones que sustento ahora revelan mi apreciación personal acerca de un asunto que aparte de las doctrinas solemnemente consignadas en nuestro Progra. ma, no ha sido objeto de acuerdo alguno por la noble y grande colectividad en que milito. Me ausenté para Nueva York, obligado por mis dolencias, al comenzar la Legislatura y, a mi regreso, quedaba solo un día, del término fijado por la Ley orgánica, para la presentación de Proyectos: tenía yo «in mente» el Plebiscito y trabajé hasta hora muy avanzada de la noche, componiendo la Resolución que pende ahora ante la Cámara, porque si la oportunidad de resolver tan grave y delicadísimo problema puede meditarse y alongarse, era inmediata y urgente la necesidad de plantearlo, precisamente para que tenga el pueblo ocasión de estudiar aquello que más interesa a su vida y su destino, para mover el espíritu público hacia la visión del porvenir, para agitar en nuestro ambiente el lábaro del ideal, para que sus defensores no permanezcan, como en un templo, en mís61


tico éxtasis de ocioso e infecundo amor, sino en el cuartel, en el campo de maniobras, en continua labor de preparación, para la batalla decisiva, en que debe erguirse y desplegarse a los vientos vencedora la bandera de nuestra República. (Aplausos.) El problema está planteado y este preliminar propósito conseguido: la prensa de nuestro país debatió el asunto y notables escritores lo sometieron a su análisis crítico: desde la Capital a la última aldea las gentes leían y comentaban el Proyecto: su resonancia voló por los mares a los Estados Unidos, los grandes periódicos americanos, en millones de hojas, difundieron la nueva y en favor o en contra, se pronunciaron, del plebiscito: Representantes y Senadores y funcionarios eminentes del gobierno federal advirtieron el caso: se sabe ya en los Estados Unidos que nuestro país conoce su derecho y el medio de elevar eficazmente sus aspiraciones a los poderes de la República y, sobre todo, compañeros, se ha reencendido en nuestros pechos el ansia reivindicadora, la llama del ideal de nuevo aletea con tan súbita y fuerte fulguración en los espíritus, que seguirá alumbrando con su antorcha inextinguible de esperanza el árido camino que nos falta por recorrer hasta alcanzar la reposada y salvadorá cumbre de nuestra redención política. (Aplausos.) La bondad intrínseca del plebiscito, su virtualidad para antes el Gobierno y el pueblo de los Estados Unidos, 62


luz

como para los nuestros, son indubitables y no he de repetir el estudio que de la materia publiqué en «La Correspondencia de Puerto Rico», ya que todos habéis podido leerlo y examinarlo a la de vuestra superior inteligencia; pero sí me parece coyuntura esta propicia a ligeras disquisiciones sobre la ambigua y extraña naturaleza de nuestro actual régimen de gobierno, para demostrar la cada vez más apremiante necesidad de sustituirlo por otro de ciara percepción en los dominios del derecho público y en los horizontes de nuestra vida nacional. En mi trabajo sobre el «Valor jurídico y político de la ciudadanía puertorriqueña», «Nuevas Campañas», página 213, aparecen estos párrafos: «Los preceptos dei Tratado de París y de la Ley de 12 de abril de 1900 constituyen una excepción, una consideración especialísima del caso de Filipinas y Puerto Rico, con el meditado propósito de no anexar estos pueblos a los Estados Unidos, sino apartarlos como naciones separadas aunque temporalmente intervenidas por el Gobierno de la República. «Pero, al instante en que el Congreso decrete una Ley declarando a los puertorriqueños colectivamente ciudadanos de los Estados Unidos, en el mismo instante se habrá impuesto la fidelidad, en el mismo instante se verificará la anexión de Puerto Rico a los Estados Unidos, en el mismo instante, cual establece la sinonimia formulada en el caso de Dred Stotts VS. Sandford, los puertorriqueños como ciudadanos de los Estados Unidos formarán parte del Pueblo de los Estados Unidos.» 63


Un año después el Tribunal Supremo y la Corte Federal de Puerto Rico, invocando los propios fundamentos y hasta la misma jurisprudencia en mi estudio citada, declararon que Puerto Rico constituye un Territorio de los Estados Unidos, esto es, que nuestra Isla ha sido incorporada a la unidad de la República. En mi discurso inaugural de la Legislatura de esta Cámara de Representantes impugné el error de esa jurisprudencia que en opinión mía será revocada por la Corte Suprema de los Estados Unidos. Alguien, en un cultísimo semanario, «El Buscapié», encontraba contradictorias las teorías de mi escrito y de mi discurso, sin advertir que el escrito es anterior y el discurso posterior al decreto de la Ley de 2 de Marzo de 1917, que, siendo ahora nuestro Código constitucional, implanta un sistma inusitado, sin precedencias en las fuentes jurídicas y la legislación universal, de tan confusa manera, que se necesita de una muy complicada hermenéutica, para armonizar los preceptos fundamentales de la ley y obtener un criterio jurídico que comprenda y distinga sus heteróclitos principios. Hoy, en vigencia la reciente Ley, conocida y tratada en su conjunto y en sus particulares, en su espíritu y en su letra, levántanse tres dictados a mi juicio incontrovertibles: Primero: los puertorriqueños ciudadanos de los Estados Unidos, aquí y en cualquier punto del Globo forman parte del Pueblo de los Estados Unidos: Segundo: subsisten en la ley orgánica la personalidad 64


del «Pueblo de Puerto Rico» y el atributo de la ciudadanía de Puerto Rico: Tercero: la Isla de Puerto Rico por su última Constitución política no es un Territorio de los Estados Unidos ni ha ingresado en el cuerpo nacional. En cuanto al primer punto, es obvio el aserto: el poder político, la personalidad del Estado, el Pueblo, dicho con la palabra de más llaneza y sentido democrático, está compuesto, constituido por la suma esencial de los poderes individuales implícita o expresamente delegados en la representación colectiva, y cada ciudadano es un elemento consustancial del pueblo, que ejerce la soberanía. Así los puertorriqueños que no renunciaron y tienen ahora la ciudadanía de los Estados Unidos, en nuestra Isla y donde quiera que habiten forman parte del pueblo de los Estados Unidos, como expuse con mayor amplitud en el artículo de referencia. Yo soy uno de esos ciudadanos y aprovecho decirlo, para contestar a los que tuvieron por inconsecuencia que yo, defensor ardentísimo de la ciudadanía de Puerto Rico y de nuestro derecho a la independencia nacional, no renunciase a la nueva ciudadanía para retener por modo exclusivo mi filiación de ciudadano puertorriqueño. Si el decreto de la ciudadanía no hubiese sido compulsorio, ni los renunciantes despojados de sus derechos políticos, incapacitados para ser electores y elegibles en el país de su nacimiento, yo me hubiera refugiado al calor maternal de mi propia ciudadanía; mas siendo así, yo no podía abandonar estos grandes instrumen65


tos de trabajo, estas virtuosas armas de lucha, que se derivan del voto popular, para el desarrollo de la actividad en la vida pública, y necesitaba la ciudadanía de los Estados Unidos para clamar y combatir por el restablecimiento de la ciudadanía de Puerto Rico, por la creación de nuestra República, para decir, como digo ahora en esta Cámara, que no me injuria y me enorgullece la ciudadanía de los Estados Unidos, que me glorio de pertenecer a una de las naciones más libres y poderosas del planeta, pero que no hay para mí otró amor que el de mi nativa patria, que ser ciudadano de Puerto Rico es alcanzar la cúspide de la entelequia puertorriqueña y, por último y en resumen, que yo, ciudadano de los Estados Unidos y por su Constitución que me ampara, estoy en el seno de otra nación para volver al seno de la mía, para llevar al pueblo americano y por los ámbitos del mundo las clamantes demandas emancipadoras del pueblo puertorriqueño. (Aplausos prolongados.) Respecto de la segunda cuestión, esto es, la supervivencia del «Pueblo de Puerto Rico» y la ciudadanía de Puerto Rico, en la Ley de 1917, me parece igualmente clara la comprensión de la tesis sostenida. Estatuía la Sección 7 de la Ley sancionada en 12 de abril de 1900, según el texto de la pésima traducción oficial: «Todos los habitantes que continúen residiendo allí (Puerto Rico) los cuales eran súbditos españoles el día once de abril de 66


mil ochocientos noventa y nueve, y a la sazón residían en Puerto Rico, y sus hijos con posterioridad nacidos allí, serán tenidos por ciudadanos de Puerto Rico, y como tales con derecho a la protección de los Estados Unidos; excepto aquellos que hubiesen optado por conservar su fidelidad a la Corona de España el día once de abril de mil novecientos, o antes, de acuerdo con lo previsto en el Tratado de Paz entre los Estados Unidos y España, celebrado el día once de abril de mil ochocientos noventa y nueve; y ellos, en unión de los ciudadanos de los Estados Unidos que residan en Puerto Rico, constituirán un cuerpo político bajo el nombre de «El Pueblo de Puerto Rico», con los poderes gubernamentales que se confieren más adelante y la facultad de demandar y ser demandados como tales.»

Y estatuye en lo pertinente el Artículo 5 de la Ley de 2 de marzo de 1917, en su estilo de traducción oficinesca: «Todos los ciudadanos de Puerto Rico, según se definen en la Sección 7 de la Ley de 12 de abril de 1900, «Para proveer, temporalmente, de rentas y un gobierno civil a Puerto Rico, y para otros fines», y todos los nativos de Puerto Rico, que estaban temporalmente ausentes de la Isla en 11 de abril de 1899, y hayan regresado después y estén residiendo permanentemente en dicha isla, y no sean ciudadanos de ningún país extranjero, se declararán por la presente ciudadanos de los Estados Unidos, y serán considerados y tenidos como tales: DISPONIENDOSE, que cualquier persona de las descritas anteriormente podrá conservar su presente status político, haciendo una declaración, bajo juramento, de su resolución a ese efecto, dentro de seis meses de haber entrado en vigor esta Ley.»

Así, como observó perspicazmente el «Heraldo de las Antillas», los renunciantes de la ciudadanía america~

67


ci

na conservaron su anterior status, ese status era y es el de ciudadanos de Puerto Rico, bajo la protección de los Estados Unidos, componían y componen ellos el «Pueblo de Puerto Rico» v subsisten, por indeclinable consecuencia, el cuerpo político denominado «Pueblo de Puerto Rico» y la ciudadanía de Puerto Rico. ¿Cuántos ciudadanos componen esa unidad política, esa personalidad jurídica? 288 exactamente, según las notas, publicadas en la Prensa, de los renunciantes a la ciudadanía americana; pocos son, menos que los ciudadanos de San Marino, en la comunidad más reducida que existe ahora en planeta. pero esta no es cuestión aritmética, sino jurídica y, pocos o muchos, hasta uno solo, la unidad individual equivale en este caso a la unidad colectiva, la persona física a la persona moral. El «Pueblo de Puerto Rico», supersiste, no fue exterminado, subsiste, persiste, en la esencia de su ser, gracias a los puertorriqueños que le salvaron a expensas de una verdadera «capitis diminutio», con la privación de fundamentales derechos en la vida pública. Nunca viose cosa igual, en el derecho internacional privado, en las orientaciones democráticas del Mundo: un millón doscientos mil seres humanos, a quienes por Ley del Congreso de una República, que más bien parece rescripto de los tiempos del Bajo Imperio, se les despoja de su natural ciudadanía y, sin previa solicitación a su voluntad, se les inviste de otra ciudadanía extraña, permitiéndoles renunciarla y volver a su propia ciudadanía, pero bajo la amenaza y la coacción de perder su derecho de electores y de elegibles para todo cargo público, en 68


el país donde se les obliga a las cargas todas del Estado y a rendir el tributo militar a la nación dominadora, en el país de su cuna y de su vida, donde anhelan buscar su sepulcro, puertorriqueños que por un crimen desconocido hasta ahora en la legislación universal, el amor a su propia ciudadanía, se les reduce a la condición de extranjeros en su patria, se les destierra en su tierra, y así por el temor, por la dureza del castigo, se logra que sólo un escasísimo número de puertorriqueños renuncien la ciudadanía impuesta, que casi en su totalidad la acepten, para presentar después, con este hecho insólito, ante el Mundo, la ficticia demostración de que los puertorriqueños voluntaria y regocijadamente acogieron la ciudadanía de los Estados Unidos y con ella abandonaron el ideal de constituir a su país entre las nacionalidades libres y soberanas de América. (Aplausos.) No puedo concebir, porque es inconcebible, cómo el Congreso de los Estados Unidos se decidió a imponer, por coacción tan despótica, lo más alto, lo más noble, lo más augusto, la esencia eucarística de la República, la Ciudadanía de los Estados Unidos; si procedió así por el temor de que, ofrecida a libre voluntad de los puertorriqueños, pocos serían los que la admitieran, debió abstenerse; si procedió en la seguridad de que todos o casi todos la aceptarían, no debió cohibir la determinación de la voluntad de los puertorriqueños... ¡Oh, santa, oh gloriosa ciudadanía de los Estados Unidos, tú que fun69


daste la primera patria en América, tú, arquetipo de la libertad humana, estás por vez primera injustamente maculada de sospecha y yo te lavaría con mi propia sangre, con la misma sangre que vertería toda sobre la bandera d los Estados Unidos, ya que no puedo, por designios de la suerte, derramada sobre el pendón cautivo de mi patria irredenta! Hubo 288 puertorriqueños que salvaron tu personalidad. ¡Oh, Patria mía!, ¡y yo no estos' con ellos por estar contigo, por no abatir las armas de tu defensa y continuar por ti luchando hasta que caiga con los brazos abiertos, para abrazarte, en las entrañas de tu amorosa tierra! (Aplausos repetidos.) Nunca se vea en mis palabras, porque no está en mis intenciones, cuando yo hable de los Estados Unidos, predisposición de enemistad contra este noble cariño y veneración hacia la República estadounidense y sus instituciones. Siempre tuve yo, por mi afición a los estudios históricos, justo conocimiento del supino valer del pueblo americano; mas, dicho con franqueza, sin considerarle más arriba del nivel común de una fastuosa democracia. Pero hace algunos años me di por entero al examen de la escuela antropológica del derecho penal y recorrí la copiosa literatura de los jurisconsultos y sociólogos italianos en la materia: me sorprendí de que Lambroso, si mal no recuerdo en «L'Uomo Delinquente» encontrase en el tipo del norteamericano el superhombre de la edad 70


moderna, de cuello prolongado, largas piernas, ancho tórax, fisiológicamente provisto de las más fuertes armas en la lucha por la vida, psicológicamente dotado de una voluntad agresiva y tenaz en la lucha por el progreso. Entonces penetré más hondo en la historia y el espíritu de este pueblo, no en esa casi inútil cronología de fechas, batallas y sucesos de vana apariencia, sino en la verdadera historia, en «las historias», si vale decirlo así, en lo que va por dentro de la vida y se expande en la irradiación de la filosofía, de las ciencias y de las artes. Cuando lo hice, estimé aún más altamente el valor moral de los Estados Unidos, de este pueblo oriundo ya de una de las razas supériores de Europa, fortalecido por el cruzamiento con otras razas de análogo origen, situado en una colosal porción del Mundo, ante los prolíficos dones del suelo, del subsuelo y del cielo, ampliárons. así mi admiración y mi simpatía hacia el pueblo americano... porque mi fe también crecía en la justicia que ha de otorgar al pueblo puertorriqueño y en la eficacia de la insistencia de nuestra demanda por el bien y la libertad de nuestro pueblo. Esa es la inmarcesible altura en que esplende el principio de la subsistencia de la ciudadanía de Puerto Rico y la personalidad de nuestro pueblo; descendamos de ella a la demostración del tercer enunciado, la negativa de que nuestra Isla se constituyera por su última Ley orgánica en un Territorio de los Estados Unidos, o como parte de su cuerpo nacional: menos grande y sencillo, pero tan claro y firme como los otros dos puntos, al estudiar la Ley en el íntimo enlace de sus propios pre71


ceptos y obligada concordancia con la Constitución y los Estatutos federales reguladores de la personalidad y condición de los Territorios de los Estados Unidos. Desde 1850 a 1868, organizáronse por el Congreso los Territorios de Nuevo Méjico, Utah, Washington, Colorado, Dakota, Arizona, Idaho, Montana y Wyoming y en todas las leyes especiales a su organización relativas se declaró expresamente la condición de territorio de los Estados Unidos; de igual manera, aparece tal declaración en las leyes constitutivas de los Territorios de Alaska y Haway. En ningún caso ha faltado esta declaración, ni podría faltar, pues el acto de constituirse un país en parte nueva del cuerpo nacional de un Estado ha de ser expreso, y no puede ser implícito o hipotético, puesto que la presunción jurídica es contraria en el sentido de considerarse separados de la unidad del Estado aquellas regiones no incorporadas por expresa proclamación del soberano. El Artículo 1.°, por cierto sin número, de nuestra Ley orgánica, dice:

pertenecientes

«Las disposiciones de esta Ley se aplicarán a la Isla a los de Puerto Rico e islas adyacentes Estados Unidos, y a las aguas de esas islas; y el nombre de Puerto Rico, usado en esta ley, se entenderá que incluye no sólo a la isla de este nombre, sino también a todas las islas adyacentes, como queda dicho.» Consta, pues, en ese texto que la isla de Puerto 72


Rico PERTENECE a los Estados Unidos, es POSESIUN de los Estados Unidos; mas, cuantos conocen el más rudimentario elemental principio de derecho público americano, saben que una cosa es PERTENECER a los Estados Unidos y otra formar parte de los Estados Unidos. El concepto de PERTENENCIA es dominical, posesivo: el concepto de PARTE es, como el de PARTICIPACION, significativo de UNIFICACION. En una célebre sentencia del Tribunal Supremo de Washington se decidió que «Puerto Rico PERTENECIA a y NO FORMABA PARTE de los Estados Unidos» y esto, que parecería antinómico a un estadista europeo, resulta de fácil comprensión para un estadista norteamericano. Puerto Rico, siendo una pertenencia, una posesión de los Estados Unidos, está sujeto a su jurisdicción, como una cosa a la autoridad de su señor: Puerto Rico, siendo parte de los Estados Unidos, sería su propio dueño como lo es la parte en la indivisión y comunidad del todo, en la unidad política... Esa es, amigos, la triste condición de nuestra tierra: pertenencia, COLONIA en el concepto primitivo, COSA en el concepto romano, factoría en el concepto cartaginés, habitantes de una tierra poseída ¡la más hermosa y en su anhelo emancipador la más desventurada de las que descubrieron, poblaron y civilizaron nuestros padres en estas las tentadoras Indias de Occidente! (Aplausos.) Decláranos, pues, la reciente Ley pertenencia, mas no Territorio de los Estados Unidos, como a todos los 73


qµe en este concepto fueron organizados por el Congreso; omisión intencionada en el propósito del legislador, cual resulta de otros preceptos de la misma Ley. Es cosa que no necesita argumentarse que la Constitución americana, en lo atañedero a derechos civiles, a las relaciones del ciudadano con el poder público, es por igual aplicable a los Estados y Territorios de la Unión. El Artículo 2 de la Ley de 2 de marzo de 1917, contiene una «Declaración de Derechos» y va consignando, a veces transcribiendo, las garantías constantes en las Enmiendas a la Constitución de los Estados Unidos, pero no todas, que elimina algunas tan importantes como la del Gran Jurado y el pedimento de esta garantía fue precisamente el origen de las decisiones de nuestros Tribunales, en que por lógica incidencia se define nuestra condición política. La regla «Inclusio unius, alterius exclusio» es aquí de ineludible perfecta aplicación. Cuando señaladamente la Ley consigna esa «Declaración de Derechos», es forzoso concluir que el legislador no otorga los derechos omisos: y no están así vigentes en nuestro país garantías por imperio de la Constitución extendidas a los Estados y Territorios componentes de la República. No quisiera fatigar demasiado vuestra atención en el prolijo análisis de numerosas disposiciones de esta Ley indicadoras de la verdad de mi tesis; pero no terminaré el breve estudio de ella, sin llamar vuestros ilustrados entendimientos hacia el del Artículo 36, en donde se trata de nuestro Comisionado Residente. 74


Este Artículo dice: «Los electores capacitados de Puerto Rico elegirán en las próximas elecciones generales un Comisionado Residente en los Estados Unidos, por un término que comenzará en la fecha en que se le expida su certificado de elección, y continuará hasta el cuatro de marzo de 1921. En cada elección subsiguiente, a contar desde el año 1920, los electores capacitados de Puerto Rico elegirán un Comisionado Residente en los Estados Unidos por el término de cuatro años, que se contarán desde el cuatro de marzo siguiente a dichas elecciones generales, y quien tendrá derecho a reconocimiento oficial como tal Comisionado por todos los departamentos del Gobierno de los Estados Unidos, previa presentación, por conducto del Departamento de Estado, de un certificado de elección extendido por el Gobernador de Puerto Rico. El Comisionado Residente percibirá un sueldo, pagadero mensualmente por los Estados Unidos, de $7,500 anuales. A dicho Comsionado se le concederá para gastos de escritorio y pago de personal de oficina necesario, la misma suma que en la actualidad se concede a los miembros de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos; se le abonará la cantidad $500 como indemnización por camino recorrido, por cada legislatura de la Cámara de Representantes, y tendrá el privilegio de franqueo concedido a los miembros del Congreso. Ninguna persona será elegible para el cargo de Comisionado Residente si no es un ciudadano bona fide de los Estados Unidos y mayor de veinticinco años de edad, y si no sabe leer y escribir el idioma inglés. En caso de quedar vacante el cargo de Comisionado Residente por muerte, renuncia o por otra circunstancia, el Gobernador, con el concurso y consentimiento del Senado, nombrará un Comisionado Residente para cubrir la vacante, quien desempeñará el cargo hasta las próximas elecciones generales y hasta que su sucesor sea elegido y tome posesión.»

75


La Sección 39 de la derogada Ley de 12 de abril de 1900, disponía: Los electores capacitados de Puerto Rico elegirán, el primer martes después del primer lunes de ñoviembre, A. D. de mil novecientos, y cada dos años después, un Comisionado residente en los Estados Unidos, quien tendrá derecho a reconocimiento oficial como tal por todos los Departamentos, a la presentación en el Departamento de Estado de un certificado de elección extendido por el Gobernador de Puerto Rico, y dicho Comisionado tendrá derecho a un sueldo, pagadero mensualmente por los Estados Unidos, a razón de cinco mil dólares por año, DISPONIENDOSE, que ninguna persona será elegible para dicho cargo que no sea ciudadano bona fide de Puerto Rico, mayor de treinta años y no sepa leer y escribir el idioga inglés.

Despréndese de la lectura comparada de ambos preceptos la modificación del segundo con respecto al primero, en cuanto al sueldo del Comisionado Residente y a los gastos de escritorio y viaje, que se equiparan a los concedidos por cada Legislatura a los miembros de la Cámara de Representantes. En todo lo demás, en la designación y las facultades, ambas disposiciones son idénticas. La Sección 1862 de los Estatutos Federales, bajo el título «Provisions Common to Territories» está concebida en estos términos: «Every Territory shall have the right to send a Delegate to the H ,use of Representatives of the United States, to serve during each Congress, who shall be elected by the voters in the Territory qualified to elect members of the legislative assembly thereof. The person having the greatest number of votes shall 76


be declared by the governor duly elected, and a certificate shall be given accordingly. Every such Delegate shall have a seat in the House of Representatives, with the right of debating but not of voting.»

«Cada Territorio debe tener el derecho de enviar un Delegado a la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, para servir su cargo durante cada Congreso, y será elegido por los electores del Territorio cualificado para la elección de miembros de su Asamblea Legislativa. La persona que haya obtenido el mayor número de votos será declarada debidamente elegida por el Gobernador y se le expedirá el certificado en que así se acuerde. Todo Delegado tendrá un asiento en la Cámara de Representantes, con el derecho de discutir, pero no de votar.» El COMISIONADO RESIDENTE DE PUERTO RICO (Resident Commissioner), con una designación análoga a la de ciertos ministros diplomáticos, tiene derecho a ser oficialmente reconocido por todos los departamentos del Gobierno Federal, previa presentación del certificado de su elección al DEPARTAMENTO DE ESTADO; mas no tiene el derecho de asiento y voz en la Cámara de Representantes, como debiera tenerlo si fuese el Delegado de un Territorio. Recuérdese que nuestro primer Comisionado, al instaurarse la Ley Foraker, don Federico Degetau, no entró en la Cámara de Representantes: la persona que después fue elegida para este cargo, don Tulio Larrínaga, obtuvo de la Cámara una regla por la cual se le concedió asiento 77


y palabra en aquel cuerpo legislativo, regla de cortesía que la misma Cámara puede derogar en cualquier tiempo, porque no se deriva de un precepto legal. Aun tengo la duda de que un Proyecto de Ley que presente nuestro Comisionado en la _Cámara tuviese eficacia, si el caso fuera llevado ante el Tribunal Supremo de los Estados Unidos y en resumen es absolutamente irrebatible que el Resident Commissioner f or Porto Rico no es el Delegado de un Territorio, no tiene por la ley asiento y voz en la Cámara, se comunica con los Departamentos del Gobierno por conducto de la Secretaría de Estado, exactamente como un Ministro extranjero y todo ello inclina resueltamente el ánimo a la convicción de que no ha pasado por la mente del legislador que Puerto Rico hubiera de considerarse como un Territorio de los Estados Unidos. ' Ahora mismo, en ley recientísima aprobada el día tercero del mes próximopasado, se nos ha mostrado la interpretación auténtica del Congreso en este asunto. Esta ley es la Resolución Conjunta de la Cámara 4280 «An Act to provide revenue to defray war expenses and on other purposes», y he aquí el texto literal de las Secciones 5, Título I y 200, Título II, en lo que concierne al punto debatido: «Sec. 5.—That the provisions of this title shall not extend to Porto Rico and the Philippine Islands, and the Porto Rican and Philippine Legislature shall have power by due enactment to amend, alter, modify or repeal the income tax laws in force in Porto Rico or the Philippine Islands respectively.»

78


«Sec. 200.—The term «domestic» means created under the laws of the United States, or any State Territory or District thereof, and the term «foreign» means created under the law of any other possession of the United States or of any foreign country or government. The term «United States» means only the States, the Territories of Alaska and Hawaii, and the District of Columbia.» «Sec. 5.—Que las disposiciones de este artículo no se extienden a las Islas Filipinas y Puerto Rico, y las Legislaturas filipina y puertorriqueña tendrán potestad, por la debida legislación, para enmendar, alterar, modificar o derogar las leyes sobre rentas de vigor en las Islas de Puerto Rico o Filipinas respectivamente.» «Sec. 200.—La palabra «doméstico» quiere decir creado bajo las leyes de los Estados Unidos o cualquier Estado, Territorio o Distrito de estos, y la palabra «extranjero» quiere decir creado bajo las leyes de cualquier otra posesión de los Estados Unidos o de cualquier gobierno o país extranjero. El término «Estados Unidos» comprende únicamente a los Estados, los Territorios de Alaska y Hawaii y el Distrito de Columbia.»

No es posible expresar más claramente, del modo indirecto susceptible a una ley que trata de otras materias, el criterio de que nuestra Isla no está considerada por el Congreso como un Territorio de los Estados Unidos. En resumen, para dejar absolutamente cerrada la cuestión a toda duda o controversia ¿cómo podría afirmarse que nuestra Isla es un Territorio de los Estados Unidos, cuando subsiste el Pueblo de Puerto Rico, cuando hay aquí 288 ciudadanos de Puerto Rico, que no son ciudadanos de los Estados Unidos? j Sucede esto o por 79


ventura es posible que en un Territorio Federal cualquiera, nuevo o antiguo, haya ciudadanos del Territorio que no lo sean a su vez de los Estados Unidos? ¿Quién concilía la convivencia simultánea de dos cuerpos políticos diferentes y al mismo tiempo uno solo sin diferenciación, esto es, la unidad duplicada y diferenciada en la propia unidad igual e indivisa? Es muy difícil inferir cuál será el alcance de la decisión del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, acaso adopte una original novísima doctrina de incorporación territorial o política, acaso incurra en las vacilaciones del Congreso, irresoluto, que no quiere lanzarse a definir la política ulterior de los Estados Unidos y mantiene a nuestra tierra suspendida en el aire, como un espejismo de inasible luz, sin cogerla ni dejarla, en la contemplación de un futuro vagoroso; pero nosotros no debemos continuar con el ideal suspenso en los aires, sino resolver, por firme y decidida voluntad, ya que no podemos el destino, sí nuestro deseo, sí nuestras ansias, sí la enérgica demanda, para la fundación definitiva de nuestro pueblo, que no debe estar, como un volantín, expuesto a las tempestuosas corrientes de la altura. (Aplausos.) Sólo existen dos formas constitucionales de gobierno, en la federación estadounidense, el Estado y el Territorio, esta evolutiva y precursora de aquella; no es tamos en ninguna de las dos y el derecho de los Estados Unidos sobre Puerto Rico no tiene otra base que la 80


cesión por España otorgada en el Tratado de París, rendida y coacta en su vencimiento. Eso nada más somos, presa de conquista, botín militar y debemos forcejar para que el derecho sustituya a la fuerza y nuestra soberanía emane de la voluntad de nuestro pueblo. A eso tiende mi Proyecto de plebiscito, que no encierra más que dos soluciones, las únicas compatibles con la dignidad del pueblo puertorriqueño y la libertad del pueblo americano: Independencia Nacional o Estado Federal. Esos algunos caballeros, que hablan todavía de «regímenes autonómicos», por una ideación atávica, que no les permite ver la imprecisión y vaciedad de la palabra «Autonomía» en el derecho constitucional americano, están contra la bondad de sus intenciones inconscientemente sosteniendo la permanencia del coloniaje, de esta doctrina asiática que ha convertido a nuestro país en pertenencia, posesión, factoría, cosa dominada, como un rebaño o como un potrero, cuando nuestra Patria es y debe ser única dueña y señora de su propia vida y de su propio destino, porque ninguna otra es más digna que ella de la protección del cielo y la justicia de los hombres. (Aplausos.) Estimo, caballeros de la minoría de esta Cámara, que el Programa de nuestro partido, la solución incorporadora de nuestro pueblo a la gran República del Norte, va contra la naturaleza de las cosas, de los sentimientos, de las ideas, pretende romper aquellos eternos inque81


brantables vínculos de estirpe que nos unen a nuestros hermanos en las remotas profundidades del tiempo, secar para nosotros aquellas inagotables fuentes de la raza y de la vida, deshacer una imperecedera comunidad histórica y política, dividir lo indivisible, sustituir nuestra alma en un avatar de anímica imposibilidad... Así es vuestro Programa, absurdo, pero digno en su absurdidez, si es, como debe presumirse, sincero vuestro propósito de lograr que nuestro Estado figure, con plena soberanía, en la Unión federal. En algo vamos acordes, en buscar para nuestra Patria un puesto decoroso en su finalidad política y en el anhelo de sacudir para siempre este sistema indigno de nuestro decoro. Ya nos encontraremos en la última batalla, donde quiero estar seguro de mi victoria y por eso la aplazo para el mejor instante. Entretanto, acaso me aleje un poco de la hoguera en que estérilmente se consumen nuestras energías: mis dolencias físicas y mis angustias espirituales, el afán de consagrarme a mis estudios literarios, el cuidado que debo a mi santa compañera y a mis adorados hijos, me retendrán un poco más en mi hogar y en mi bufete; pero, cuando suene la hora del peligro, del combate postrero, o en cualquier hora en que mi Patria necesite del último resto de mi pobre vida, me veréis alzarme con escudo y lanza por la libertad y la felicidad de nuestra Patria. (Grandes aplausos.) Termino, compañeros, ratificando mi voto de que el Proyecto quede sobre la mesa hasta la próxima Legis8z


latura, en espera del desenvolvimiento histórico y político de los hechos y las ideas circundantes en el bienio inmediato, quizás el más prolífero y trascendente para el género humano. Pedí y he recibido el consejo y la ilustración de mis amigos y también de mis adversarios, que muchos de éstos no lo son sino circunstancialmente por el sectarismo de partido, y profesan conmigo el culto del ideal nacionalista: de ciudades y aldeas, montañas y valles, ha llegado hasta mí el suspiro de los pechos puertorriqueños, el hálito del alma de nuestro pueblo: la impresión dominante es que los presentes días no son propios al triunfo del sagrado anhelo, para una libre expresión de la voluntad de nuestro pueblo no podría manifestarse con la necesaria independencia, gravitando sobre ella la irresistible pesadumbre de una multitud de pequeñas causas y cosas ínfimas ante la grandeza del espíritu, pero de agigantadas proporciones ante los míseros intereses de una realidad inevitable y abrumadora. Aun más, y esto lo declaro por vez primera, ante vosotros y ante el país, porque lo he meditado mucho, antes de decirlo: una causa, que en mi ánimo influye, para el aplazamiento del debate, es la situación de guerra en que se levantan los Estados Unidos, para contribuir al triunfo de la democracia en la catástrofe mundial, donde peligran los santos principios inspiradores de la dignidad y la libertad de los pueblos. Somos ciudadanos de los Estados Unidos, vivimos y veinte mil soldados nuestros irán a pelear y morir bajo su gloriosa bandera: la resolución del plebiscito ha83

8


bría de empeñarnos en una campaña de cuatro años, donde de alguna suerte se discutiría sobre delicadas cuestiones afectantes a la soberanía y el alma de nuestro país hubiera de conmoverse y agitarse al fuego de nuestra propaganda: podrían esta conmoción, esta agitación trascender fuera de nuestro país y acaso perturbar la política americana en la guerra... No debe esto ser así y antes que entorpecer debemos acompañar a los Estados Unidos en la épica lucha, debemos alejar de los ojos y la mente de nuestros soldados otra visión que no sea la de la victoria, debemos esperar a que la sangre puertorriqueña avive el resplandor de la bandera de los Estados Unidos, para que esa sangre derramada por ella enriquezca de un nuevo título nuestro derecho y hable por nosotros al pueblo americano en los jubilosos días triunfales de la paz del Mundo, cuando los grandes con la ayuda de los pequeños hayan afirmado sobre bases inconmovibles la libertad de todos los pueblos de la Tierra. (Los aplausos ahogan la voz del orador y se prolongan varios minutos.) Ahí quedará el Proyecto, no en letargo de muerte sino en acopio de vigorosa vida y segura esperanza. En la venidera Legislatura o más tarde, siempre en término cercano, volará de esta mesa como un ave sagrada, que agitará su vuelo y elevará su cántico a los cuatro puntos cardinales y a los cuatro vientos del espíritu descubiertos por Víctor Hugo: otro gran poeta de su tiempo, Alfonso de Lamartine, escribió una estrofa saturada de divinos presentimientos:

84


Je ne sais quel instinct plus sur que ¡'espérance Présage aux nations son régne qui s'avance! L'opprimé, l'oppresseur la révent a-la-fois Un peuple enseveli ressuscite a so voix; Le voile qui des lois couvrait le sanctuaire Se déchire, et le jour de ses yeux les éclaire. ¡No sé qué instinto, firme aun más que la esperanza, Anuncia a las naciones su reinado que avanza! El opresor lo ensueña igual que el oprimido Un pueblo sepultado resurge a su conjuro; Del altar de las leyes rásgase el velo oscuro Y a la lux de sus ojos quedará ecclerecido. (*)

¡Ese instinto, más firme que la esperanza, lo sentimos todos palpitar en nuestros pechos, latir en el alma inmensa de nuestro pueblo: nuestra Patria resucitará, se rasgará el velo que encubre este santuario de las leyes y ante nuestros ojos se elevará, bajo el palio tricolor de su bandera, la figura espléndida de nuestra Patria, surgente de las ondas, como la diosa del amor! (La Cámara y el público en pie aplauden con estruendo durante seis minutos. El orador es felicitado por sus compañeros y, fuera del recinto de la Cámara, ovacionado por las numerosas personas que le esperaban en la calle.)

* La traducción de la estrofa, como las anteriores, fue hecha naturalmente en prosa, durante el discurso, a la vista de los textos leídos; después, he arreglado ésta en verso, en homenaje al gran poeta y obsequio a los lectores. 85


APENDICE


CRITERIO DE MUÑOZ RIVERA SOBRE EL PLEBISCITO El primero de la serie de los artículos que sobre mi Resolución plebiscitaria publiqué en «La Correspondencia de Puerto Rico», contiene la proposición por unanimidad aprobada, en la Asamblea del Partido Unionista, durante los días 5 y 6 de septiembre de 1914. Constaba en esa proposición la firma de Luis Muñoz Rivera, el inolvidable patricio ahora en la inmortalidad, y alguien, en voz baja, como suele decirse lo que huye de la verdad de una réplica, murmuraba que Muñoz prestó su nombre a la proposición, por pura complacencia al fraternal afecto que nos unía. Varias veces se ha empleado esta pueril argucia, que no honra ciertamente la memoria de procer, cuyo íntegro carácter no se doblegaba ni al imperio de la violencia, ni a las atracciones de la amistad, y bueno es, en toda ocasión, destruir tan infundada especie. Como he dicho en otro lugar, desde la primavera de 1904, en las conferencias preliminares de la Asamblea fundadora de la Unión de Puerto Rico, había planteado yo ante mis amigos el problema del plebiscito y, 89


ya entonces, Muñoz Rivera, se mostró de acuerdo conmigo en medida de tan bienhechora trascendencia para el triunfo del ideal nacionalista. En distintas ocasiones tratamos después del asunto, siempre coincidiendo en la necesidad y bondad del plebiscito, hasta que concurrió conmigo en la proposición aprobada por la Asamblea Unionista el 6 de septiembre de 1914. Pero, seis meses antes, en febrero de aquel año, el mismo Muñoz Rivera y el buen patriota don Manuel Rodríguez Serra, solemnemente declararon, ante el «Comité de las Islas del Pacífico y Puerto Rico», en el Senado americano, la exigencia del plebiscito, para la resolución definitiva de nuestro statuts. Léase a continuación el artículo publicado en «La Democracia», edición del 9 de febrero de 1914, reproduciendo algunos párrafos de una carta de Muñoz Rivera al presidente de la Unión de Puerto Rico: «PUERTO RICO EN WASHINGTON. «Hearing» en el Comité «Pacific Island and Porto Rico», del Senado. Informan verbal y extensamente los señores Rodríguez Serra y Muñoz Rivera. La ciudadanía, la independencia final y el «home rule» transitorio. La fábula de nuestra prosperidad. «De una muy extensa carta que al jefe de la Unión, 90


señor Barceló, dirige nuestro «Resident Commissioner», creemos oportuno copiar los párrafos siguientes: El Senador Shafroth hizo publicar el día 28, en los diarios de la tarde, un suelto que, textualmente, dice: Senator Shafroth of Colorado, will lay before President Wilson next week a plea for citizenship for the people of Porto Rico, looking to a territorial government with complete self-government. The Senator who has just returned from Porto Rico, declared today the people there were prosperous and contented. Y la traducción es esta: El Senador Shafroth, de Colorado, someterá al Presidente Wilson, la próxima semana (del 1 al 6 de febrero), un plan de ciudadanía para los puertorriqueños, con vistas hacia un gobierno territorial, con gobierno propio completo. El Senador, que regresó hace poco de la Isla, declaraba hoy que la gente allí está próspera y contenta. Ya usted ve. Próspera y contenta la gente. Ciudadanía inmediata y gobierno propio... en perspectiva, con forma territorial. Miel sobre hojuelas para los monopolizadores de la máquina administrativa. Rodríguez Serra, que se halla en Washington, pidió un «hearing» al Comité «Pacific Islands and Porto Rico». Se lo concedieron. Y los dos, Rodríguez y yo, comparecimos ayer, jueves, al «hearing», asistiendo los 91


Senadores Shafroth, que es el «Chairman», Kern, que es el leader demócrata del Senado, Clark y Saulsbury. Hablamos alternativamente por espacio de una hora, bien desenvolviendo nuestra tesis de autonomía en la actualidad e Independencia en un futuro próximo, bien respondiendo a preguntas de los cuatro Senadores. Rodríguez por la Asociación Cívica y yo por la Unión, coincidimos en todos los puntos y expusimos nuestras opiniones con absoluta franqueza. En lo económico el criterio de Mr. Shafroth quedó rectificado —sin que aludiésemos a su informe a los periódicos— y en lo político declaramos que la inmensa mayoría del país rehúsa la ciudadanía americana, prefiere la ciudadanía puertorriqueña y pide, como un paréntesis, el «home rule» perfecto, y como una finalidad, la república-soberana. Ambos, Rodríguez y yo, propusimos que no se definiese ahora la política colonial de los Estados Unidos respecto de nosotros, sino que se legislase en sentido autonómico, y se aplazase el problema definitivo hasta que, tras algunos años de prueba, el Congreso mismo resolviese el status de Puerto Rico. Y ESTO ULTIMO, NO SIN CONSULTAR EN LAS URNAS AL PUEBLO DE PUERTO RICO, EN FORMA PLEBISCITARIA. Invocamos los principios de la democracia, que los demócratas predican y deben aplicar; nos apoyamos en el interés de los Estados Unidos; afirmamos que no es el nuestro un pueblo asimilable pues la generación que sube es tan independentista como la que lucha y como las que la precedieron. Y por último, explanamos en una síntesis muy clara el género de «self-government» 92


que demanda la opinión insular. Lo que resulte no es posible predecirlo. Los Senadores no se dejan penetrar. Son como esfinges egipcias, mudas como el granito. Harán lo que les convenga a su patria. Por de pronto Mr. Shafroth lanzó esta frase: —He visitado al Presidente. Me ha dicho que no sabe si recomendará que se legisle en este Congreso para Puerto Rico. Y me preguntó: —¿Por qué no ve usted al Presidente y le explica el problema según está explicándolo aquí? —Senador: he visitado tres veces al Presidente con el propósito de darle a conocer nuestras necesidades, nuestras aspiraciones; nuestra situación en conjunto, que es grave. Y el Presidente, en cada entrevista, me dio tres minutos: en tres minutos sólo se puede saludar y despedirse. Recomendaré a Rodríguez Serra que, al volver a Puerto Rico, tenga entrevistas con usted y con De Diego, Y le enviaré a él, a Rodríguez, copia de estos párrafos. Ambos fuimos radicales en esta actitud. Yo creo haber sido más radical aún que Rodríguez. En cuanto a la Independencia, Shafroth y Saulsbury, la misma fórmula de Jones: «No hemos encontrado aquí ningún sentimiento por la Independencia de Puerto Rico.» Y en cuanto a la ciudadanía, Shafroth: «En Puerto Rico muchos nativos piden la ciudadanía americana.» Respuesta de Rodríguez y mía: «Sí, Senador, los republicanos, la minoría. Todos 93


los demás, la enorme mayoría, quieren ser ciudadanos de su país, y se sienten orgullosos de serlo.» Estoy bien documentado y mi correspondencia con Muñoz Rivera esclarecerá algún día puntos muy interesantes de la habitual permanente concordia y a veces excepcional pasajera discordancia en que el gran patriota y yo lucháramos, durante largos y tormentosos tiempos, por la libertad puertorriqueña. Así pensaba Muñoz Rivera: no debe resolverse nuestra evolución política, SIN CONSULTAR EN LAS URNAS AL PUEBLO DE PUERTO RICO, EN FORMA PLEBISCITARIA. Las urnas hablarán con la voz de nuestro pueblo: criemos valerosamente la esperanza, tengamos la absoluta seguridad de que las papeletas electorales, como formas eucarísticas, contendrán todo entero el espíritu sagrado de la redención de nuestra Patria.

94


INDICE

Resolución Conjunta núm. 53 de la Cámara de Representantes de Puerto Rico El plebiscito, sus antecedentes, naturaleza, fines, oportunidad y trascendencia Elementos adversos Discurso del Presidente de la Cámara de Representantes de Puerto Rico, sesión del 6 dé noviembre de 1917, en explicación de su voto para que la resolución plebiscitaria quede sobre la mesa hasta la próxima legislatura Apéndice

1 11 48

57 87


Este libro acabóse de imprimir en los talleres de Manuel Pareja, el día 16 de diciembre de 1966 y se ha realizado bajo la dirección de la Editorial Cordillera San Juan, Puerto Rico


LOS GRANDES

político, en sus obras como El Piebiscito o Nuevas campañas, verdaderos idearios políticos que recogen el pensamiento de un hombre y una época. En El Plebiscito, libro que recoge su afan social e independentista, y sobre todo el amor su patria, enfoca una cuestión de palpitante actualidad: el ser puertorriqueño. Sin embargo, sus páginas, amargas a veces, reflejan la desunión, la lucha y hasta su desánimo por la indiferencia con que era acogido un ideal de puertorriqueñidad. Editorial Cordillera, que ha ofrecido anteriormente la obra literaria de José de Diego en su empeño por reactualizar lo más brillante y formativo de la cultura puertorriqueña, quiere traer otra nota, mayor expresión, a la figura casi legendaria del hombre que, con su verbo elocuente, su palabra medida y su voz cuajada de sinceridad atronadora, iluminó las mejores esperanzas de su pueblo.

EDITORIAL CORDILLERA

PUERTO RICO


Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook
El Plebiscito (1966) by La Colección Puertorriqueña - Issuu