Diecisiete Cuentos Constructivos
CUENTOS CONSTRUCTIVOS CERTAMEN LITERARIO
Jurados intervinientes en los diversos certรกmenes literarios: Juan Sasturain Escritor. Periodista. Guionista de historietas. Conductor de TV. Lic. Ramรณn Minieri Escritor. Docente. Investigador. Co fundador Programa de Apoyo a las Bibliotecas Populares. Fernando Monachelli Periodista. Escritor. Director Diario La Nueva. Gustavo Mandarรก Periodista. Cr. Alberto Delmont Vicepresidente Codimat S.A. Miembro Fundaciรณn Salesiana. Co fundador Programa de Apoyo a las Bibliotecas Populares. Correcciรณn de aspectos normativos: Ana Rosa Llobet. Prof. en Letras egresada de la Universidad Nacional del Sur.
Prólogo Quien se aventura en estas páginas, sepa que ellas son las actas de una conspiración porfiada y duradera. He aquí diecisiete relatos escogidos por distintos jurados entre la considerable cantidad presentada en los certámenes de Cuentos Constructivos Codimat de los últimos años. Sus autores son los primeros conspiradores. Restándole tiempo a sus trabajos, sus compromisos familiares o sus descansos, se han consagrado a esta labor secreta. Su tarea se rige por códigos implacables; como el que fabrica un explosivo, quienes esto escriben no pueden permitirse una distracción. Y rara vez habrán de recibir algún reconocimiento por tanta osadía y tenacidad. Estos conspiradores no son literatos con dedicación exclusiva. Costará reconocerlos en sus actividades en el mundo exterior. Pero igualmente son literatos de pleno derecho; en su obra se traslucen muchas y sólidas lecturas, acentos que nos dicen que han asimilado su Borges, su Lessing, su Cortázar, su Homero y su Shakespeare. (Y me quedo corto en la enumeración: seguramente quien lea estos cuentos habrá de descubrir otras resonancias.) Y el tono, el acento de cada frase, acreditan su condición. Por ser literatura, esta compilación nos ofrece vastos e inusitados universos. En estos diecisiete cuentos hay otros tantos mundos: desde aquel de la nena cartonera hasta el del sádico profesor con sus perros, pasando por la extravagante dama del consorcio… y apenas si esbozamos este mapamundi. Hay libros que tienen alma de ríos; otros, de panoplias y batallas; otros, de viajeros aventurados. Recorro este libro, y se me presentan dos imágenes: la de una ciudad, y la de un corredor de espejos. Feliz de la ciudad que es personaje de libros, porque no perecerá y porque crece no sólo en calles, casas, sedes burocráticas y muros, sino en sentido y en humanidad. En cuanto a los espejos, no cesan en su lúcida tarea de fragmentar, desarmar, ver trozo a trozo, y volver a unir lo que a veces parecía distante y distinto. En ellos se pone en cuestión nuestra imagen como conjunto y la de cada uno de nosotros. Después de páginas como estas, no volvemos a ser los mismos. La imagen de la ciudad y de nuestro modo de existir no es com-
placiente, no podría serlo, porque estos conspiradores son enemigos del engaño y del facilismo. En sus múltiples refracciones y reflexiones, se perfila como una permanente referencia a la verdad. Tampoco es una imagen pesimista, porque apuesta a una forma de esperanza que trasciende al éxito aparente y fácil. Precisamente, estos conspiradores pueden dar ejemplo de ello: porque quien no alienta cierta esperanza, ¿por qué habría de dedicarse a este oficio tan exigente? He aquí pues un libro ciudad, un libro de espejos, de verdad y esperanza. Con él se cimenta Bahía Blanca como ciudad. Porque, ya lo sabemos desde Babel, no hay construcción posible sin un lenguaje compartido. Y ya está bien con estas palabras, que sólo han de servir para poner a los autores en escena. Sólo resta hacer una aclaración. Los hemos señalado como primeros conspiradores. ¿Es que hay otros? Los hay: integrantes de la empresa que patrocina los certámenes y esta publicación, jurados, editores… Pero el aliado decisivo para esta conspiración es la connivencia de quien lee. Así pues, quien se aventura en estas páginas, sepa que comienza a ser cómplice de de una conspiración porfiada y duradera. Ramón Minieri
DOMINGOS Walter Sosa (Biblioteca Almafuerte)
Primera Edición: (Año 2013)
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DOMINGOS 1 A las tres de la tarde en Viamonte y la Rondó, parao de alta llanta en el cordón de piedra, esperando que el semáforo ortiva pare los coches pa’ que cruce el Marcos Abierto, con todo lo que él va’cer como se le cante. En rojo, piso el asfalto, cruzo la calle y, de saltito a la cuneta, caigo arriba del otro cordón que no sabe de mi onda, ni quién soy. ¡Cuarenta cuadras tengo que patear de mi casa a la cancha! Voy a mitad de camino. Hoy juega el Deportivo. La cosa viene de partidazo. Con los muchachos le metemos toda la onda al equipo. Si ganamos, ascendemos y el Facha va a tener que viajar con la barra pa’ todos lados, y así yo paso de mandar en tres tablones a manejar toda la tribuna Alsina. Me van a ver los domingos volver por la Colón atrás del camión de la hinchada, con el auto del dirigente, echao pa’trás, con la rubia del Facha, porque él ya no le va pasar bola y ahí queda toda pa’ mí. Tá linda la Barby. La veo siempre. Entre que vigilo la cancha, a los chabones de mis tablones y agreteo a los que no saltan y que tienen que saltar, me hace la sonrisita y cuando pasa eso, arranco meta gritos pa’ que los pibes canten y griten. Y me mira más y bailotea con ese vaquero rotín de nalga, con la camiseta atada al ombliguito, y eso me gusta. Mucho me gusta. Somos visitantes. Hay que ganar pa’ llevarnos todo, no queda otra. ¡La cancha! Siento el olor de los choris y los cantos de la popu. Tranqui el primer control, la yuta es puro lente ahumado y cara fulera. El Facha debe estar feliz. Si el partido no viene chivo, va de taquito. Ahora nos cachean a todos los pibes, pero el cana sabe que arriba mando yo. ¡Uh, el Facha! Viene el abrazo cábala, y contentos y juntos levantamos toda la Alsina. El lunes cambia todo. 2 A las tres de la tarde en la esquina de Viamonte y Rondeau, parado en el cordón de adoquín hasta que la ciudad automática deje cruzar a Marcos Abierto y a su presente. Con amarillo piso el asfalto y le gano unos minutos al día y a las oportunidades. Con rojo llego al otro cordón que no tiene ni idea de mi importancia. Subo al coche y pongo primera. Son veinte cuadras de manejo desde mi casa hasta la cancha. Hoy juega
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Atlético. Vamos tranquilos. Ganamos de ida y alcanza con el empate. ¡Estamos a un paso del campeonato nacional! ¡Uf, los semáforos! Tengo que andar un montón de callecitas del barrio Napostá para buscar a Paco, mi amigo y socio. Me tiene podrido, casi como mi mujer. Tengo que hablar con él. Los dos estamos hechos y el año que viene… tengo ganas de jubilarme, seguir la campaña del Maldonado o viajar con la vieja. Toco bocina y sale. Cierra la primer cerradura de las tres que tiene la puerta. A la segunda me canso de esperar. Pongo la previa en la radio. No entiendo. Sabe que vengo y que es lento para cerrar. ¡Debería salir antes y esperarme! Sé que es domingo y que no hay apuro, pero tengo el coche gastando nafta. Cierra la segunda. Bajo el vidrio, lo insulto y se pone nervioso. Se le traba la tercera llave. Me río, pero no aprende. Tarda todo lo que él considera que tiene que tardar, hasta que por fin, sube a mi auto. Saluda con cierta sorna. Me da un caramelo ácido ¡Viejo loco! Manejo sin problemas hasta cuatro cuadras de la cancha. Se cruzan los hinchas y los vendedores. Los esquivo. No encuentro dónde estacionar. Paco está raro. Mira por el vidrio y solo se ríe. ¡Así no va la cosa! A los trapitos yo les tiro buenas propinas y no me guardan ni un lugar. No piensan. Los tipos prefieren el manguito del momento. ¡Paco! ¿A qué hora tenemos que venir? Estaciono lejos. Paco camina comiendo sus caramelitos y yo muero por un regio choripán. La policía está por todos lados. Inspiran respeto. Podrían revisar al carcamán y sacarle los caramelos ¿Desde cuándo come tantos caramelos este viejo? Vamos para la entrada a palcos. En un rato le digo a Paquito que seguirá trabajando solito. Sintonizo la radio. Con un empate el lunes cambia todo. 3 A las tres de la tarde en Viamonte y Rondeau, parado sobre el adoquín del cordón esperando que el semáforo permita cruzar a Marcos Abierto con su realidad. Corta. Bajo al asfalto. Corro, salto la cuneta y piso otro cordón que desconoce mi domingo. En Gorriti tomo la catorce al laburo. Subo al colectivo y está casi vacío. Son veinte cuadras hasta la estación de servicio. Los domingos siempre cubro algún turno. Andrea está embarazada y, como andamos
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complicados de guita, meto extras. Mañana tiene una ecografía. Y después habrá que comprar pañales y cosas para el crío. El chofer va escuchando la previa del partido de Mayo contra Maldonado. La ciudad se divide en dos y con él, somos los descolgados que hacemos que algo funcione. Seguro que maneja para sumar una moneda. Va un flaco charlándole. Es bueno eso. Dice que se quedó con ganas de ir a la cancha. A mí me van a tocar los que prefieran ir un rato al parque y pasen con sus autos llenos de pibes a cargar cinco litros. Reemplazo al Negro que está desde la mañana y cambio música por fútbol. Durante el primer tiempo la gente pasa y pregunta cómo va. Cada uno hace su comentario y hunde o levanta a un equipo o al otro. La tarde está soleada, muchos aprovechan y escapan de sus casas, y en el entretiempo atoran la playa. Me llenan la billetera. Dejo el sencillo y meto los billetes grandes en el buzón. El segundo tiempo es tenso. En media hora han venido dos autos nada más. Llega una moto y me pregunta si siguen cero a cero y le contesto que sí. Hace calor. No sé cómo aguanta el casco. Me pide un 2T, y voy adentro a buscarle un bidoncito. Oigo que el tipo viene atrás de mí. Donde volteo me pega un empujón. Quedo en el piso y golpeado contra el escritorio. Me grita, no entiendo, no puedo darme vuelta. Me gira él mismo. No puedo pararme. Grita más y pega, quiere guita, guita. Esa voz, la pilcha... El vago pela chumbo y me apunta. Me duele la cabeza. Hay sangre. Me paro. Me golpea. Caigo de nuevo. Quiere la billetera. Una mirada nos reconoce. Se la doy. Quiere la guita grande. Amenaza. Levanta el percutor. Tiembla. Mueve el dedo en el gatillo. El relator grita penal para Mayo y eso para la agresión. Dice que si pinta gol, se va a festejar, pero no para de apuntarme. ****** A los cuarenta y tres minutos del segundo tiempo llega un penal para el Deportivo. Los de Atlético están serios. El estadio mastica ansiedad en ambas parcialidades. Los tablones escuchan el murmullo unísono del relator. Los respiros están paralizados. Los corazones laten a favor o en contra del sentimiento de una pelota en la red. Lo pateará el nueve,
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Abierto. Jugador diestro, de una patada impresionante. Al arco del Maldonado está Marcos, el mejor de la liga y que entrena con pelotitas de tenis. Los dos están para llevarse la gloria. Como alguien que parado encima de un cordón cuneta espera la luz roja de un semáforo, el arquero mira al nueve que quiere cruzar la calle y este mira la pelota. El árbitro da el pitazo. Barby trepa al tejido sus deseos de que semejante tracción de músculos sea certera, para después seducir y atrapar al dirigente y dejar al fin al Facha. Anhela perfumes caros y tratos de señora, aunque sea de lejos y de a ratos. En el descuento de pasos, los botines vuelan pedazos de césped. Abierto ve un gol clavado al ángulo derecho. El playero reniega del destino de su hijo, que depende del suyo, que tirado en el piso aceitoso de la estación depende del humor del amigo del colectivero y que ahora, sacude un revólver de percutor listo. Serán los pasos que le restan al nueve los que le alcancen a Paco para abrir un caramelito, para que luego de la definición del penal y con la misma paz, comunique a su socio que la empresa está quebrada. El pie patea la pelota que sale con efecto. Abierto concluyó su trabajo. Ahora el trabajo es de Marcos, que vuela al encuentro de un balón que no sabe ni de Marcos ni de Abierto, pero sí de un misterio que vive en el área chica, por el cual unos viajan al lunes y otros quedan en el domingo.
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LAS DOS ORILLAS DE UN PUENTE Héctor Gonzáles Niello (Biblioteca Antoine de Saint-Exupéry)
Primera Edición: (Año 2013)
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LAS DOS ORILLAS DE UN PUENTE -PRIMER RELATO -¡Sí, madrecita, ya se fue…! ¡Muy tranquilo, como en un sueño! -dice el enfermero. -¡No puede ser, si recién me apretó la mano y me regaló una linda sonrisa! ¡No puede ser! Siento que me hundo en pesares. Partió mi alma gemela. Veo todo como en una película. Me parece que hubiera sido ayer esa Navidad en la que Cachi se descompensó... Fue raro, empezó a gritarle a los chicos cosas que no entendíamos y se desvaneció en el sillón... Suerte que la ambulancia llegó rápido y conseguimos lugar en el Municipal, porque el médico nos dijo que fue, posiblemente, un ataque cerebro vascular. Si bien no entiendo qué es eso, noté que mis hijos se preocuparon... Ahí se despertó. Estuvo muy inquieto en sueños, y está como desubicado y enojado. Hasta el suero se quiere sacar. La enfermera lo reta y él nos mira como buscando ayuda... Los chicos me dicen que hay que pensar en un montón de estudios médicos. No entiendo por qué, pero ellos saben más, lo que hago es entrar a charlar con el Viejo, pero se duerme... ¡Dios mío! No entiendo nada, ya hace días que salimos del hospital, así que mando al Cachi a lavar los platos para que no se sienta como un inútil, y revolea los vasos contra la pared. Cuando entro en la cocina, se está golpeando la cabeza contra las alacenas e insulta a alguien... Pero él está solo y señalando a la nada... ¡Mi Dios, me amenaza con un cuchillo! Intento alejarme y se cae de rodillas con los ojos desorbitados. Me da miedo y no puedo dejar de llorar. Llamo a mis hijos a sus casas y llegan rápido. El Viejo los mira como desconociéndolos, pero enseguida les pregunta qué pasó. Habla algo de ladrones mientras le cae sangre por la frente. ¿Qué le está pasando? El doctor nos recomienda internarlo para poder hacerle estudios, desde una resonancia hasta análisis de sangre. ¿Qué le pasa a mi viejito? Mira a nuestros hijos como si fueran desconocidos, todo le molesta y está muy bocasucia. Él no es así, qué le pasa, Diosito... Nos mira como si estuviera en una de las orillas de un puente, sin poder cruzar. Me dicen que lo tenemos que internar en una clínica para enfer-
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mos mentales, que sufre de demencia senil... Me dicen que es peligroso para él y para los que lo rodeamos porque está muy agresivo... Me dicen «esto», me dicen «aquello» y yo solo quiero que mi viejito se vuelva a casa conmigo... Dios, ¿te hicimos algo malo que nos tratás así? Lo vamos a visitar a la clínica, no reconoce ni a nuestros hijos ni a los nietitos. Les cuenta que está rodeado de locos, que tengan cuidado, que los médicos lo tratan mal, porque lo atan. Los chicos no entienden y se ríen del abuelo... No veo que mi Cachi mejore. Me llama nuestro médico para avisarme que Cachi está perdiendo capacidad motora. No le entiendo y me voy a verlo. Ya no se levanta de la cama y me dice que va a dejar de ir a jugar al fútbol porque le pegan mucho... No se acuerda de que ya hace como veinte años que no juega... Le doy de comer, ya no habla mucho y mira sin ver... Parece que me conociera, pero solo a mí, y de a ratos. Pasa más tiempo durmiendo que despierto. Dicen que no hay vuelta atrás. Abre los ojos, le aprieto la mano y le sonrío... Qué lindo, me devuelve el apretón y tiene un gesto de paz. Se vuelve a dormir... Suspira profundo y sonríe en sueños, con una hermosa sonrisa... Entra el enfermero... -SEGUNDO RELATO Cómo me gustaría poder contar mi historia, sin cansar con generalidades. Te diría, creo que fue una Navidad, de esas en las que se juntan hasta los vecinos y todo se vuelve ensordecedor, en las que hasta pedir un poquito de vinito se dificulta en el griterío. Pasé por los nombres de todos mis nietos, esos pendejos malcriados (por mí, por supuesto) que terminan riéndose de mí. Sinceramente todos se parecen, hasta los hijos de mis vecinos, y la verdad que me agarran cansado; debe ser la presión que me tira para abajo. Ya sé qué hacer, después del brindis le voy a pedir a alguno de mis dos hijos que me lleve a casa, así duermo un poco. ¡Que lo parió! Qué sueño más raro, se lo tengo que contar a la Negra, a ella le gusta interpre... ¿Pero qué carajos hago en esta habitación y con la mano pinchada por unos tubos? La enfermera no me habla y estoy solo... ¡Ah, no!, en la puerta está la Negra cuchicheando con sus compinches. En lugar de hijos tendría que haber criado chanchos para, al
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menos, comer salamines. Esos tres deben estar tramando algo, me los veo venir. Se acercan y me preguntan cómo estoy, pero esa enfermera me debe haber metido algo en el suero, porque estoy tan cansado para responder. Después les cuento... Qué loco, otra vez ese sueño raro en el que me veo brillando en la otra orilla de un puente y me llamo, pero mi yo, que no brilla, no quiere cruzar, debe ser que estoy muy cansado... No sé para qué volví a casa, la Negra y esos macacos que llamo hijos no me dejan hacer nada, me siento muy inútil, ¡qué bronca que tengo!, me estoy enojando demasiado... ¡Epa!, ¿qué hacen esos vasos rotos y tanto desorden? Me duele la cabeza y la Negra está llorando... No me digas que nos entraron ladrones; yo lo soñé, soñé que unos vagos nos desparramaban todo. ¿Mirá si no fue un sueño? Y ahora estos dos pibes poniéndome paños porque me parece que me sangra la pelada, los escucho hablar de un hospital... Alguien debe estar malherido, tal vez... Los pibes me resultan familiares, claro, son mis hijos, pero se me escapan sus caritas, crecen muy rápido... ¿Por qué me dejan acá? Quiero volver a mi casa, a charlar con mi Negra y tomarnos unos mates mientras los chicos juegan en el patio con las bicis, pero me dicen que es por mi bien... Qué saben de mi bienestar estos «matasanos», pero, la verdad, es que estoy muy cansado para discutir... Otra vez me van a sacar sangre, ni un litro me van a dejar y no sé para qué me ataron las muñecas a la cama, igual que cuando me metieron en esa máquina de tambores que ni me dejaba mover. ¡Uy, qué lindo! Vino la Negra con unos chiquitos y dos grandes, que los he visto, pero no recuerdo dónde. Me sacan al parque en silla de ruedas todo atado, debe ser para que no me caiga, tal vez. Está bueno el día, salvo por esos locos que se nos arriman, encima les ofrecen cosas todo el tiempo a los que vinieron a visitarme. Les digo a los pibes que no acepten nada de esos «chapitas» porque son desconocidos, nunca se sabe con qué locura te pueden salir. Los carcundas se ríen un montón, pero yo se los digo en serio. Pero, la gran puta, no me puedo levantar, me debo haber golpeado las piernas jugando al fútbol. Los viejos esos no se cansan nunca de pegarme, no sé para qué sigo yendo a jugar si les molesta que yo sea más pibe que ellos. Voy a pedir un Actrón, pero nadie viene y no me sale la voz. Hola, Negrita, te tengo que contar el sueño del puente, pero no
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puedo, me estás dando de comer en la boca, me parece que me mimás mucho vos... ¿Quiénes son esa preciosura y ese muchachote qué están a tu lado? Que no me vean, se me deben haber dormido los labios, porque se me cae el agua por los costados... Abro los ojos de repente, me parece haber dormido años, ahí está una señora mayor apretando mi mano y regalándome una sonrisa... creo que le devuelvo el apretón y la sonrisa, la morocha no deja de mirarme, pero vuelvo a dormir... De la otra orilla del puente, mi brillante hermano gemelo me llama, me hace señas como que ya fuera la hora de algún evento. Cruzo casi corriendo porque debe ser tarde, entonces mi yo brillante me abraza tan fuerte que parece que nos fundimos en uno. Hay una la luz y es muy enceguecedora... Se me cierran los ojos y ya no siento ni dolor ni cansancio, como si flotara...
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-¡Sí, madrecita, ya se fue…! ¡Muy tranquilo, como en un sueño!
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VIEJOS SON LOS TRAPOS Rosa Eugenia (Kenia) Gallego (Biblioteca Popular Don Germán García)
Primera Edición: (Año 2013)
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VIEJOS SON LOS TRAPOS Teniendo en cuenta su edad cronológica, el abuelo Arturo era un adulto muy mayor. Había cumplido ya ochenta y cinco años, pero su porte, su humor y, por sobre todas las cosas, su pasión por la informática lo negaban. Un buen día, su familia, sin consultarlo, decidió que ya no tenía edad para vivir solo en la confortable casona de su pueblo natal. Su único hijo, Huberto, y su nuera, Cecilia, pusieron esa casa, demasiado grande para él, en alquiler y decidieron alojarlo con ellos en Buenos Aires. En la vetusta vivienda, ocuparía una pieza con baño, en otra época dedicada al servicio doméstico que ya no tenían. Arturo pensó en resistirse, reflexionó mucho sobre el triste rol que nuestra sociedad otorga a los ancianos, fuente de experiencia y sabiduría, pero terminó aceptando su destino. Cuando sus familiares vinieron a buscarlo, le permitieron llevar tan solo la ropa necesaria, un baúl lleno de recuerdos y su computadora nueva, sin la que el anciano no podía vivir. Sufrió mucho con la mudanza, pero lo que más padeció, desde su instalación en la casa familiar, fue la indiferencia y el desamor de los suyos. Esto se manifestaba en una exclusión mortificante que le hacía pensar que lo habían traído a la antesala de la muerte. Hubiera deseado con toda su alma sentir la admiración, o al menos el respeto, de su único hijo, de su nuera y de sus nietos. Le dolía mucho no ser partícipe de las reuniones familiares, o que jamás le preguntaran su opinión sobre ningún tema doméstico. Una mañana, olvidándose del tiempo que le llevaba acomodar sus huesos para ponerse en movimiento, Arturo colocó en cajas un montón de papeles de los que supuestamente quería deshacerse. Puso las cajas en el patio de la casa y pidió que las arrojaran a la basura. Su nuera, tal vez por curiosidad, o tal vez pensando en encontrar algo valioso entre los objetos de descarte, comenzó a examinar las cosas. Casi todo lo que había para tirar eran fotografías. La mujer no pudo resistir la tentación de revisarlas. Lo que descubrió le despertó una curiosidad extrema. Su corazón comenzó a latirle de manera descontrolada. Cecilia y Huberto eran dos sesentones aburridos, pero cinéfilos al
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extremo. Descubrió que en una de las fotos, un Arturo jovencísimo bailaba con Shirley Temple y en otra, tenía a Joan Crawford sentada sobre sus rodillas. Sorprendida, llamó a su marido y a sus hijos para compartir la increíble novedad. Y el revuelo fue descomunal. -Mirá vos el viejo, los secretos que tenía guardados -dijo Cecilia, asombrada y envidiosa de que ese hombre, insignificante para ella, hubiera sido testigo de los tiempos dorados de Hollywood, de todo ese glamour que ella solo había visto en alguna revista o en algún documental por televisión. Las fotografías pasaban de mano en mano. En una de ellas, fechada en 1935, el abuelo Arturo tomaba un café con Clark Gable, en otras, aparecía vestido de cosaco, junto a Greta Garbo, o riendo junto al mítico Kirk Douglas y su pequeño Michael, y hasta haciéndose guiños cómplices con Charles Chaplin, en una escena de El gran dictador. Cuando desde el papel, Gregory Peck le sonrió, Cecilia se sintió morir. Pero otra postal le provocó un sofocón, y la escondió rápidamente entre sus ropas. En ella, una inquietante Rita Hayworth, completamente desnuda, había escrito para el abuelo una dedicatoria irreproducible. La cena de esa noche fue distinta. Cuando Arturo ingresó al comedor, se sorprendió. Alguien había elegido el tema Según pasan los años como fondo musical. Huberto y Cecilia se abalanzaron sobre él para interrogarlo sobre el significado de las fotografías que había pretendido tirar. El abuelo sonrió, restando importancia al asunto, y les explicó que durante algunos años de su juventud, había tenido un corto episodio de vida aventurera. Había hecho viajes a Los Ángeles antes de casarse, con pretensiones de ser actor, pero solo había logrado trabajar de extra en algunas películas importantes y entablar amistad con ciertas estrellas. Prestando atención a la música que estaban escuchando, les confesó que la melodía le recordaba mucho al rodaje de Casablanca, en el que había estado presente, y que jamás olvidaría cómo rabiaba el petiso Humprey Bogart cuando debía subirse a un cajón para no ser sobrepasado, en las escenas de amor, por la hermosa Ingrid Bergman, unos cuantos centímetros más alta que él. Comentó, al pasar, que lo que le faltaba en altura, el recio Bogart lo compensaba con su seducción y carisma
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y que habían llegado a ser muy compinches. El acoso de hijo, nuera y nietos era asfixiante, pero Arturo disfrutaba la enorme satisfacción de sentirse por primera vez valorado y admirado. Deseoso de no prolongar demasiado la cena, simuló estar cansado y se retiró a dormir, prometiendo que en cualquier momento les contaría algo más de esa parte de su existencia. Con pasitos ágiles, remedando a Fred Astaire, se dirigió a su habitación. Al entrar miró a la computadora, su cómplice, y le sonrió divertido. Gracias a ella, el futuro sería otro. Juntos, con mágicas mentiras, habían comenzado a confeccionar para «el viejo» una vida nueva, emocionante, envidiada… una vida… de película.
Septiembre, 2013
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ROSTRO Zulma Fedrizzi (Biblioteca Mafalda)
Primera Edición: (Año 2013)
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ROSTRO Ese soy yo. Ese rostro que parece mirarte entre la soldadesca. Algo tímido, curioso, asustado por esta experiencia. Conocí al señor Diego Rodrigo de Silva y Velásquez hace mucho tiempo. Soy sencillo y servil. Encontrarme con alguien tan acaudalado no es lo mío. Sus encargos son bien valuados y se codea con la realeza. ¿Cómo entro yo en esta historia? Las Lanzas estaba en marcha. Me topé con el autor sentado en una taberna de poca monta. Desde un rincón, escudriñaba a parroquianos y transeúntes. Allí estaba yo, con una pinta en una silla de madera grasosa por el manoseo constante y la falta de higiene. Se acercó a mí. Me convidó otro trago. Habló algo acerca de una obra inconclusa y no se qué otras cuestiones de las que no entendí nada. En resumidas cuentas, me daría unos cobres para quedarme quieto en su taller mientras me pintaba. A la tarde fui a verlo, pero, según él, la luz no era la adecuada y me pidió que volviera a la mañana del otro día. Las primeras luces del alba coincidieron con mis golpes sobre la puerta del pintor. Me abrió y me invitó a pasar. Allí descorrió un gran trapo que otrora fuera blanco y se vio una pintura sin terminar. Nunca había visto algo así. Me acerqué con aprehensión y sentí su olor. La toqué y quedó algo de pintura pastosa en mis dedos; avergonzado, los limpié rápido en mis ropas antes de que el señor me viera. ¡Que soy bruto!, mas no, ¡bruto y tonto! Entró con una paleta de colores en la mano y sobre una mancha clara empezó a bosquejar mi cara. Sí, esos son mis ojos desorientados, mi nariz simple y mi boca poco gentil. Al cabo de un rato, mi estómago empezó a resonar como tambor por la habitación. Dejó a un lado sus pinturas con una media sonrisa y mientras limpiaba sus manos me dijo: - Creo que un descanso con pan de ajo y vino no vendría nada mal. ¿Lo cree pertinente? Asentí. No sabía qué era «pertinente», solo que estaba medio muerto de hambre. Me sirvió generosamente y nos sentamos en un rincón como dos colegas que ven la vida pasar. Me interrogó sobre mi gracia y algo sobre mi parca vida. He sido buen aprendiz de zapatero, como no encuentro clientela a mi nivel, prefiero vagar, limosnear y dormir bajo portales o puentes. Volví un par de días más. Al ver la obra concluida, me atemoricé:
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una extraña sensación de inmortalidad, de vivir para siempre en medio de una escena en la que no había estado, que no comprendía, me invadió. Fue tan fuerte que casi perdí el sentido. El maestro me sujetó. Él creyó que era efecto de mi profunda sensibilidad ante el arte cuando, en realidad, era pánico. Mi alma atrapada aquí. Nada pude hacer. Ahí terminó mi relación con esa eminencia de la pintura. Mi estómago lleno unos días a cambio de mi prisión eterna. Lo carnal de un momento ató mi alma por la eternidad. Ese. Ese soy yo. El de nariz simple, boca poco gentil y ojos desorientados. Si miras con atención, notarás en las pupilas el color del puro miedo.
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EL CUERPO CIERTO Tomás Alberto Gómez (Biblioteca Juan Bautista Alberdi de Saavedra)
Primera Edición: (Año 2013)
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En la vida solitaria yo soy por mí mismo junto con mi yo, y por eso somos dos en uno, mientras que en la soledad yo soy realmente uno, abandonado de todos los demás. Epicteto Sí, es verdad que solo soy un caminante, un vagabundo sobre la tierra. Pero ¿y vosotros?, ¿sois algo más? Goethe. 16 de Junio
EL CUERPO CIERTO Allí donde la palabra calla, un hombre ha muerto. Sea o no una coincidencia, la muerte y el silencio suponen la nada; la nada del cuerpo y la nada del texto respectivamente. Por ello no debe asombrarnos el hecho de que este relato, frustrado de antemano, sea impedido por un más allá del lenguaje, no a la manera de los surrealistas, sino pidiendo prestada la voz, como en los epitafios romanos. *
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El cariño, el afecto, en último término, el amor, son formas de coerción. Nos engañamos y pensamos que el objeto de nuestro afecto es inmanente. El afecto parte de uno y busca habilitar espacios. Los encuentra en algún otro y este puede que se adecúe y se someta. A veces, estos lugares exigen que el otro no se adecúe o que lo haga con dificultad. La no correspondencia también parte de uno y aspira a dominar: la pena (die Leiden des jungen…), la lástima, quiere ser dueña del sujeto de su sufrimiento. ¿Qué fue lo que hizo que me acercara a Él? (en rigor Él aportó más proximidad). Una irreverencia por lo instituido; cierto carácter impredecible; un desprecio por lo convencional que lo hacía actuar sin miramientos. El desdén (intuitivo, no teórico) por todo precepto. En esos momentos, lo admiré. En ocasiones supe que tarde o temprano ese despliegue de energía iba a ser asimilado. Llegado el momento en que una buena parte de él está en mí, domesticada, se ha convertido en uno más (incluso se diría en uno menos).
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La va a perder: en situaciones de vida o muerte, el miedo es una manifestación del instinto de supervivencia, es el miedo ancestral. En la sociedad de consumo, el miedo es de naturaleza diferente: se quiere desentender de sí mismo, quiere dejar de ser miedo y por lo tanto actuará de la forma menos razonable para deshacerse de su objeto (Ella es ahora un objeto). La violencia es potencia e ímpetu, pero en este caso su génesis es la más cobarde de las pasiones: el miedo. Mi madre no pegaba un ojo si alguno de mis hermanos o yo no volvíamos temprano a casa. ¿Qué puede la preocupación contra el mundo? ¿Su desvelo podía evitar algo? Un día advertí que ese sentimiento se parece mucho a la ansiedad, al deseo desbordado de que aquello que se teme suceda. El miedo ansía morir con su objeto… cualquier día Él la va a golpear. Estimo que Ella no se reconoce en ese objeto (aunque le temo a su silencio). Entonces la va a perder. ¿Quién dice que no quiera perderla? ¿Que no la ame tanto que su deseo desbordado quiera destruirla? El peor desenlace, el que ninguno quiere pero que ambos buscan, es aquel en el que Él gane un objeto sumiso, encuentre en Ella ese algo que le dé sentido y se vuelva ocioso. Es un discurso conocido, lo delata la impostura de su voz. Cuando aborda ciertos temas sucede que no es Él quien habla, que alguien más habla por Él (alguien, en general, un «se»). Eso lo vuelve vulgar. Es un poseso. Sus discursos homofóbicos (como los xenófobos o los misóginos) me parecen sospechosos. ¿Por qué debería importarle a Él lo que no hacen con Él? ¿Hasta qué punto no pone en juego su voluntad? Mostrar un rechazo tan decidido requiere dos procedimientos previos: el de ponerse en el lugar de lo que se execra y el de aceptar ese lugar. Es la única forma en que se justifique semejante descarga de culpa. La semántica del mundo: ¿de qué se trata exactamente? Sin duda es un devenir. ¿Hacia dónde? El método obliga a ponerse teleológico. ¿Es el sentido de la vida? ¿Hay que buscarlo en los demás? Alguien me dijo una vez: «Estamos aquí para ayudarnos». Me pareció sensato, me pareció noble. Pero quisiera estar solo y sin angustia… (A mí la angustia no me devela nada. No me conduce a la luz ni me abre el camino. No pone en libertad nada). Sin embargo en la palabra, en su razón de ser, está supuesto el otro. Lo que en la conciencia es interioridad y potencia, lo que podría estar oculto y nunca dicho, está por naturaleza dirigido a otro. ¿No decir que estas mismas palabras me debilitan… quieren decir menos de
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lo que dicen… cada vez menos? Ellas se están dando cuenta de lo que implica decir. Es entregarse. Es resignarse. ¿Para ayudar a otros? Hoy las palabras se venden, se compran, se pagan, se administran, hay gestores de palabras, hay producción en masa, hay consumo. Preservar el ser es no resignar esa parte del ser. Hay paliativos: en la confesión no se entrega todo el sistema, porque implicaría entregar toda una gramática y una semántica, una sintaxis peculiar a cada uno, la historia personal de cada palabra en uno, lo que para cada uno representa. El consuelo es la imposibilidad de la comprensión acabada, equiparable a la aprehensión total del otro ser. En general, la opinión que se tiene de mí es que soy una buena persona. La opinión de mis amigos y conocidos. No ha de variar con la que tiene mi familia, aunque este sea un conocimiento más íntimo de aquello que se desconoce absolutamente. Ser una persona educada, afectuosa, cuyo carácter no suele representar una afrenta, no significa de ningún modo ser una buena persona. La prueba crucial son los amigos. A las amistades más sólidas no las frecuento. Han permanecido algunas anécdotas y un trato cordial pero fugitivo. Esto es porque en cuanto siento que me necesitan, no quiero involucrarme. Todo el afecto que soy capaz de dar incluso en la trivialidad, llegado el caso, se disipa. Aun así, la naturaleza del amor, su condición especular, su presunta idealización, son temas de mi desvelo. El amor no es utópico, el amor no es idealización, el amor es síntesis… es entrar de cabeza al sujeto. Ponerla entre paréntesis: tiene la esperanza de que Él cambie. Se le nota en la mirada. Allí donde debería ver cernírsele el mundo, ella ve posibilidad, futuro. Nadie le advierte que vive un desplazamiento, que vive en la esperanza perpetua y ha perdido su ahora. Nadie le advierte porque está sola (al punto que no le recuerdo familia ni amigos). Es necesario que no se mezcle ni se yuxtaponga para que la asimilación sea perfecta. Con el alcohol, Él se torna aún más violento. Percibirla como objeto es útil porque ningún objeto opone resistencia. Ella oculta los golpes y las marcas que le inflige.
Cara a cara con el vacío, hay cada vez nada más. Sin perspecti-
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va alguna, el amor, la amistad, los afectos, pero sobre todo el amor, son engaños. Nos distraemos de la verdadera nada… esas ganas de saltar al vacío… ese vértigo. En cuanto aguzamos la mirada, no vemos más que el rostro de la Gorgona. Se tambalean las seguridades de que disponemos y se deja ver el reverso del escenario: tras bambalinas está la nada sin nombre. Sujetarse de estas palabras es arrastrar el vacío ¡Cuántas alternativas y todas reinciden! Ganas de saltar al vacío, eso es el vértigo: el atajo. Si no hay perspectiva en el engaño (el amor, el afecto, la familia), queda el vértigo sin nombre, el vacío que se adueña del ser. *
*
*
¿Cómo acaba la dialéctica? Lo que resta es la descripción de una opacidad premeditada: un hermetismo intencionado. Una mañana cualquiera lo ven pasar a deshora, o a una hora inhabitual. Lleva presteza en su andar. Algo en el brillo de sus ojos, cierta tensión en el puño, son premonitorios. Esos y otros signos similares se hacen patentes, pero su significado se volverá unívoco con el punto final, como en las tragedias griegas. Ella se acaba de levantar y no sospecha que el continuo de su cotidianeidad se verá alterado. Piensa que ese día es cualquier día y como en las demás mañanas hace lo acostumbrado. Pero en la sintaxis de su mundo hay un signo conocido pero discrepante, anacrónico… Él ahora está parado a su lado y sostiene un arma. No ve, o no quiere ver, otro desenlace posible que no sea aquel que trace la línea de la bala que termine con su vida, la de ella y la suya propia. En ese momento, ocurre el prodigio: la misma bala los mata a ambos. Hay quienes hacen de su vida un laberinto demorado, profundo, poblado de seres que son pero que no pueden ser nunca uno: los otros. Otros lo dibujamos más breve y directo. En el centro todos encontramos lo mismo… y allí… estamos solos. *
*
*
Un vecino vio el resplandor de la pólvora y oyó el ruido del disparo; como todo siguió tranquilo, no prestó atención. Por la mañana lo encontraron. Se había disparado un tiro por encima del ojo derecho. Los espejos de la casa estaban rotos. El cuerpo (el cuerpo cierto, desplegado,
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sucesivo, diestro) presentaba golpes y cortes en los brazos que habría venido infligiéndose hacía tiempo. Solo había bebido un vaso de vino. En su escritorio estaba abierta Emilia Galotti de Lessing.
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LAS MANITOS DE ARIANA Angélica S. Barrenechea Arriola (Biblioteca Popular Mafalda)
Primera Edición: (Año 2013)
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LAS MANITOS DE ARIANA Por la ventana de la casa de chapa, se veía el atardecer sobre los castillos metálicos del parque industrial. Muy muy lejos, algún barco delimitaba su figura en sombra. Ariana estaba tirada en la cama con una mano apoyada en la ventana y la otra en la frazada. Se sentía una princesa. Ese día, en la escuela, con la señorita, habían jugado a las chicas coquetas y la seño había llevado una caja llena de pinturitas y de alhajas. Las chicas le habían dicho que tenía manos muy bonitas. Y la seño, que opinaba lo mismo, dijo que la adornarían como le corresponde a una verdadera princesa. Miró su mano. Las uñas pintadas de rosa fuerte y con estrellitas de colores pegadas. Un anillo muy brilloso con una piedra verde que le resaltaba en los dedos. Sus dedos percudidos y oscuros ahora se perdían entre tanta belleza. Sonrió mirando sus manos nuevamente. Se vio bailando con un traje de raso blanco y con una pequeña tiara con brillitos plateados. Mucha gente alrededor la miraba y ella sola, en el centro, bailaba y bailaba la música de una orquesta gigante.
Sintió un ruido fuerte.
El golpe la hizo volver de su pensamiento y se levantó inmediatamente como si hubiera estado haciendo algo malo.
-¿Qué pasa? -le dijo a su mamá que estaba en la cocina. -Nada, se me cayó la tabla.
Ariana no pudo evitar volver a su mundo. Siguió bailando con su traje de fiesta, pero esta vez la acompañaba un joven buen mozo. Pensó en eso. En que algún día tendría un novio bien bonito. Él llevaba un traje azul y una camisa blanca. Tenía el pelo negro y los ojos grandes. Pensó que se parecía bastante a Gerardo, su compañerito de la escuela. Es que a ella le gustaba un poco el Gerardo. Capaz un día sería su novio, cuando fueran grandes.
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-¡Ariana! Al grito de su madre, ella volvió a levantarse sobresaltada.
-Ya voy.
Esta vez se calzó las zapatillas con agujeros en la punta y los cordones desflecados. Se miró la remera de Boca para ver si estaba limpia. El pantalón de jogging azul, con una raya blanca al costado, bastante agujereado en las rodillas, que tenía su última posibilidad de no ir a la basura. Se puso la gorra visera para atrás, los pelos atados con una gomita y acomodados detrás de las orejas y cazó su mochila, donde siempre guardaba los tesoros que encontraba.
-Ya estoy -le dijo a su mamá. -Vamos, hija, que el Kevin ya ensilló.
Saltó de una al viejo carro y se acomodó atrás para que su mamá y el Kevin fueran en el asiento. Salieron como todos los días a cartonear. Ariana parecía un monito, por la rapidez con que bajaba y subía del carro en movimiento. De abajo le revoleaba las cosas al Kevin con una baquía única. Cantaban con su madre y su hermano mientras trabajaban. Ella era muy feliz de tenerlos. Anduvieron por toda la ciudad recorriendo uno a uno los negocios donde siempre les guardaban los cartones, las sobras de verdura y los huesos para los perros, que ellos cocinaban para su comida, aunque claro que también los compartían con los perros. Su mamá siempre decía que no había que desperdiciar, pero que a los animales había que atenderlos porque ellos les daban muchas cosas. Cuidaban la casa y, al recibirlos cuando llegaban, tenían tanta felicidad que su mamá decía que nunca hubo hombre que la esperara con tanta alegría como sus perros, a lo que el Kevin le retrucaba: – Porque usted ladra mucho, mamá.
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Y terminaban todos riendo de las ocurrencias de ambos.
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Una vez lleno el carro, su madre indicaba que se podían volver y que era una buenísima noche para agradecerle a Dios. Su mamá siempre decía eso aunque no juntaran nada. Ella entendía que lo que la mamá agradecía era que volvían bien y juntos para las casas. Tranquila, satisfecha y, por supuesto, muy cansada, Ariana observaba sus manos. Casi no se le notaban las estrellitas, por la mugre de la basura, y el anillo había quedado opaco y pegajoso. Igual, Ariana se miraba sus manos, sonreía y enseguida se durmió. Claro que soñó que bailaba. Con su vestido blanco, su tiara de brillitos y su buen mozo caballero que no sabía bien si sería el Gerardo. Lo único que importaba era que ahora Ariana volvía a ser una princesa.
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JUSTICIA PERRA Angélica Teresa Prost (Biblioteca Popular Gabriela Mistral. Bahía Blanca)
Segunda Edición: (Año 2014)
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JUSTICIA PERRA Yamila se tambalea un poco pero consigue llegar hasta el fondo del terreno baldío, ahí donde los pastizales se amontonan contra las chapas del cerco. Una orden natural la obliga a arrodillarse sobre el pasto. Percibe que, al fin, llegó el momento de sacarse eso de adentro y tiene miedo porque oyó historias de mujeres que murieron al parir, con el crío atascado entre los huesos. Pero no va a llorar, la Yami ya sabe que no sirve. El dolor latiguea en su interior y ella aprieta su panza entre las manos, intento vano de un alivio que no llega. Ni siquiera percibe las espinas del suelo, incrustadas en sus rodillas flacas que lagrimean sangre. Apenas un suspiro acompaña el desgarro punzante que la obliga a encorvarse un poco más: catorce años de miseria alcanzan para aprender a no quejarse. Nadie puede verla, por suerte. Tan solo una perra desvalida la ha seguido hasta aquel rincón y desde ahí la mira, expectante. ─ -Como si supiera… -piensa la muchacha cuando en medio del dolor, sus ojos revolean el entorno y descubren al animal. Pero nadie más la vio, está segura. El Jesús, el Kevin y el Braian ─sus hermanos mayores─ - salieron a cartonear, y mamá duerme de día su cansancio de todas las noches. A la Yami se le vienen ahora las palabras de su madre: ─ -No dejes que los hombres se te acerquen, nena. Solo buscan una cosa, después se van y te dejan con la panza llena, y no de comida. Yamila se había cuidado. Bien sabía que más de uno venía hasta la casa cuando se quedaba sola porque querían eso... pero ella siempre se los sacaba de encima, con ayuda de los perros. El asunto fue aquella mañana en que llegó el hombre del furgón. Ella lo había visto alguna vez, con su madre. Por eso los perros no ladraron; por eso, ella salió. El tipo había frenado casi en la puerta de la casilla. Yamila empujó la chapa de entrada y lo miró despacio. El hombre ─sentado en la camioneta─ estudió sin disimulo a la muchacha, luego encendió un cigarrillo y escupió su tos sobre el pasto seco de la entrada. Empezó a preguntarle cosas: -─¿Tu mamá, nena? Ella hubiera preferido taparse los ojos y que eso bastara para
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que nadie la viera. O correr y esconderse, como hacía cuando sus hermanos se ponían furiosos, como hizo el día en que los de la Muni les quisieron quitar al Pituco, el caballo que usaban para cartonear. Ella hubiera preferido no responder, pero el hombre insistió: -─¡Qué! ¿Te comieron la lengua los ratones? ¿Tas bañadita, hoy? ¡Ah! ¿Fuiste al arroyo? Mirá qué linda y qué grande estás. Cada día más bonita. ¿Eh? Hablá, nena. ¿Tu vieja? Ella bajó la mirada, abrió la boca y se le escapó una voz pequeña, que apenas se oyó: ─ -Mi mamá duerme. Recién llegó de trabajar. -─¿Y vos, nena?, ¿no vas a la escuela? ¡Vení, tomá! ¡Tomá te digo, no seas tonta! ¡Las nenas lindas como vos consiguen lo que quieren! Él estiró la mano y le alcanzó un paquete con papas fritas y enseguida una gaseosa. Después le dijo que la podían meter presa por no ir a la escuela y la invitó a subirse a la camioneta: -Tranquila, si sos piola me callo y nadie se entera. Comé algo, dale. Y también te doy un chocolate. Tengo de todo en la camioneta. Vení que te muestro. Y vemos dónde queda la escuela. ¿Tus hermanos salen a pata, ahora? Rápido, subí que capaz andan cerca y mejor si no te ven. Yamila quiso que él fuera bueno. Además lo conocía su mamá, eso seguro. Y eran ricas las papas fritas y los chocolates, siempre escasos. Por eso se subió. No fueron a la escuela. El hombre paró el motor entre unos árboles y le acercó su aliento a tabaco y alcohol, diciéndole que se quedara quietita porque nada feo le iba a pasar. Con brusquedad, un dolor punzante apuñala su recuerdo. Aprieta las rodillas contra el suelo y empuja, piensa en todas las ganas que siempre tuvo de sacarse eso de adentro. Lo intentó varias veces desde que se dio cuenta, no bien empezó a inflarse su barriga: se subió a los árboles, saltó desde el carro cargando cartones, corrió con los baldes llenos desde el arroyo... pero lo que crecía en su panza perecía prendido con alambre. -─¡Si llegás a contar algo de esto, te mato!, ─le había dicho el hombre cada vez que terminaba de rebotar sobre ella. Un día, otro día y otro. Y el miedo había temblado en todo el cuerpo de Yamila, atornillándole un revoltijo de vómito a su estómago, la vez que él le mostró el arma: ─ -¡Te mato! ¡A vos y a tu vieja, no te olvides!
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Ella sintió que cumpliría. Por eso no lo pudo decir nunca, por eso tuvo que esconder su panza para que nadie se enterara. No le fue difícil porque era tan escuálida que cualquier pulóver le tapaba bien, y, aunque a veces el calor le mojaba el cuerpo, se lo aguantaba. Sus hermanos casi no la veían porque llegaban cuando ella ya estaba en el catre, cubierta hasta las orejas con la cobija. Y desde que les habían quitado al Pituco llegaban mucho más tarde todavía. La mayoría de las veces enojados: sin carro y sin caballo no era mucho lo que podían juntar. De pronto, Yamila se agarra de los pastos porque el dolor la tira hacia atrás. Sabe que tiene que sacarse eso de una vez. El instinto le aprieta los ojos y los dientes para juntar toda la fuerza. Siente que hay un cuchillo ahí adentro, un cuchillo que revuelve con bronca entre sus huesos. Pero no deja la fuerza. Toma aire y empuja. Un líquido tibio y húmedo moja sus piernas y después, algo le corta la carne y el oxígeno. Enseguida, el alivio. Suspiro y calma. Soplo y sudor. Todavía respira agitada cuando lo ve. No quiere mirar pero lo ve. Ahí está, se mueve. No es un pedazo de carne: tiene piernas y manos y dedos y ojos y boca y el pelo negro, como ella. La muchacha observa el cordón, y el instinto primitivo ordena: hay que cortarlo. La perra observa, quieta, silenciosa. Yamila toma una piedra filosa del suelo y trata de romper esa cuerda que la une a su desgracia. Falta poco. Quiere terminar cuanto antes con eso y muerde, rompe. Lo que está en el suelo se mueve, comienza a gemir. ¿Llora? ¡No lo quiere escuchar! ¡No puede soportarlo! Mira a las piedras más grandes, al hormiguero que está muy cerca del bulto que se mueve, a la perra. La muchacha conoce los signos del hambre y sospecha que ese animal hace días que no come. Al fin, luego de presentir que ya no queda nada extraño adentro de su cuerpo, Yamila se incorpora. Se toca la panza, de pronto liviana y otra vez propia, de ella... Sed y ganas de volver a casa cuanto antes. A pesar de un mareo repentino, comienza a andar. Solo piensa en el agua que necesita para mojar su boca reseca y lavar su cuerpo. Más tarde, ya de noche y después de lavarse y tomar agua y comer unos fideos, después de adormecerse unas horas sobre el catre, la muchacha mira s─ in ver─ -el castillo que la humedad dibujó en las paredes de cartón de su casa.
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El dibujo se transforma un poco cuando la bombita de luz que ilumina el cuartucho se balancea con el viento. La Yami mueve su mano, su sombra se proyecta sobre la pared acartonada y forma figuras que se agregan al castillo. Mientras, una voz en la radio anuncia que el rey de España, Felipe VI, llegó a Mallorca acompañado por su esposa y sus hijas. La mano de Yamila es conejo, es mariposa, es lobo… De inmediato se anuncian las noticias locales: continúan las medidas para evitar que los cartoneros usen caballos en sus recorridos por el micro y el macrocentro. Hablan de la nueva vida de Estrella, la yegua recuperada de la calle. La mano de Yamila cae de golpe. Necesita de las dos para apretarse el pecho porque su corazón salta enloquecido: la radio dice que encontraron viva a una beba recién nacida, en un baldío cercano a la villa más pobre de la ciudad. La descubrió un cartonero, llevado hasta allí por los aullidos de una perra. «La justicia se hará cargo» concluyen. Y Yamila se tapa la cara con la cobija, para que nadie descubra la lluvia de sus ojos.
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RESPONSO Pablo Esteban Vaccarezza (Biblioteca Pop Sarmiento de Pigüé)
Segunda Edición: (Año 2014)
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RESPONSO No me cabe todo este dolor aquí adentro, Mono. Birra puta que no me dejó reconocer el bolso. Uno celestito, con el gauchito del 78 al costado. Yo venía mamado hasta las muelas, la noche cerrada en La Noria, una niebla pesada como un submarino que te daba lo mismo ocho que ochenta. Como dice el pelado Cordera, «A esta hora, si es mujer, mejor». Me acuerdo la vez que le hice escuchar la Bersuit a mi viejo, me sacó cagando. A él dejalo con Troilo, alguna cumbia sin letra si se pasó de escabio en algún casorio. Pero Troilo, fija cada tarde. Troilo y mate a la vuelta del laburo, en el Winco del abuelo que todavía anda como piña, Mono, no sabés. Los viernes hacía empanadas la vieja. Un día de fiesta, los viernes. Y ese día el viejo llegaba, le daba el mameluco para lavar a mi vieja, se calzaba las pantuflas y prendía el Winco. Y ahí sí, Mono, en ese momento en que la púa se clavaba en el disco, arrancaba oficialmente el fin de semana. Era como un bautismo, un puntapié inicial. El barrio entero ponía en hora los relojes. Era religión, posta. Salvo alguna que otra vez, como cuando caí en cana por hacerle de campana al Pelado, la vuelta que quiso chorear al Chino. La vieja me sacó el sábado a la mañana con la guita que había juntado esa semana de lavar para afuera. Cayó en la 39 con empanadas que habían quedado de la noche anterior. La jeta se me cayó a pedazos de la vergüenza, Mono. Mi viejo no me habló en tres días. Lloraba con amargura como un pibe. Y no me bajó los dientes por no mortificar a la vieja y porque se sentía con culpa por haber fallado como padre. Andá a hacerle entender, pobre viejo. Me sentí una cucaracha. Pero tenía esa edad en que no te importa un carajo nada, que tres o cuatro cosas te salen bien y te creés invencible. Que me agarraran por primera vez recién después de veinte o treinta, y no por mí, por una boludez del Pelado, me ponía allá arriba, Mono. Vos lo sabés bien, no me lo podía perder. Te vas haciendo un nombre, un personaje y no te para ni Dios. Qué digo, sos Dios. Al viejo se le iba a pasar, había que cuidar que no se enterara, nada más. Me costó, pero la pude pilotear. Ni siquiera supo del pobre diablo que se comió un cuetazo a la salida de Chacarita y San Miguel. Tiré el fierro en las vías del Belgrano y a otra cosa, mariposa. Pobre viejo, me hubiera molido a palos. Ojalá se hubiera enterado, mirá, me rompía bien el alma para que aprendiera de una vez. No estaría ahora con este dolor que no me cabe aquí adentro, Mono. Esa noche en La Noria, en lo único que pensaba era en comprarle
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algo a la vieja, que cumplía 62, y no tenía una moneda. Un relojito lindo le hacía falta, siempre preguntando la hora a los demás. Y mirá qué regalito le hice. Estaba tan escabiado que no reconocí siquiera el paredón de la fábrica donde laburaba el viejo, podés creer. Mierda, no me dejes seguir viviendo, Mono. Te cuento esto y me tiembla todo, me corre un frío de hielo, créeme. Con el escabio y la niebla, no vi más que un bulto que venía caminando y lo arrinconé contra el paredón. Tiré el puntazo al montón y ni un grito siquiera, no sé por qué pensé al toque en Responso, que le gustaba al viejo. Un auto que pasó alumbró con los faros el bolso, apenas un flash que pegó en el bulto. Me acuerdo y me corre un hielo. El gauchito empapado de sangre negra y brillante, al costado del bolso celestito. El bolso con el mameluco para lavar.
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LA MUJER PERFECTA Daniel Casoni (Biblioteca Roberto J. Payró. Bahía Blanca)
Segunda Edición: (Año 2014)
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LA MUJER PERFECTA Siempre me llamó la atención y nunca pregunté por qué los trenes que viajan de Altamed a Singapur llevan luces coloradas que titilan sobre el techo de los vagones. Yo esperaba la llegada del tren de las siete de la tarde sobre el andén principal de la estación de Bestahause para viajar a la ciudad de Neborena. Iba a Neborena para encontrarme con Melisa Andrew, la creadora del momento, la nueva luz del Jackten Village, que concitaba la mirada de todos los directores que buscaban un lugar cerca de ella. Sheldom, antes del viaje, me había anticipado algunas cuestiones de Melisa y los recaudos a tomar para no fracasar en la primera oportunidad. Sabía muy bien sobre sus gustos refinados y lo ceremonioso que debería ser al momento del encuentro. Ella estaría en la casa contra el lago Lebem, donde suele pasar largas temporadas alejada de los chimenteros y muy cerca de sus pasiones: la lectura y el remo. La cita coincidiría con el horario del té, exactamente a las cinco de la tarde, en una terraza formada con piedras, a la sombra de los añosos robles que rodeaban la vieja casa casi por completo. El lugar era realmente extraordinario, se podía sentir en la respiración la fuerza del perfume y el frío de las mentas. El bufido de los subtes y los compresores de roturas, que habitualmente ametrallan el asfalto de Shangai, eran tan lejanos que, por momentos, la ausencia de sonidos me despertaba una extraña sensación de desconfianza hacia el lugar. Al ver la mesa de té servida, recordé uno de los consejos de Sheldom: por ningún motivo debería intentar servirme más de una porción de pastel. Eso podría poner a Melisa de muy mal humor. Era preferible una tajada abundante a dos pequeñas. Las asas siempre hacia a la derecha, recordé también. Sabía que eso podría traerme serios problemas. Todos conocen la indiscutible habilidad de mi izquierda. En cuanto a la derecha, si no la tuviera, lo mismo sería. Por los jardines de la casa, caminaba el personal con la misma serenidad con que la brisa empujaba las copas de los árboles. Involuntariamente, busqué el paquete de cigarrillos palpando el lado derecho de mi chaqueta. Pero luego recordé la advertencia de Sheldom con respecto al cigarrillo. Melisa Andrew no solamente no toleraba el humo, sino que detestaba a las personas fumadoras. En una entrevista en la revista Single había comentado que veía a los fumadores
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como monstruos humeantes que envenenan el aire, el agua y la tierra. En la revista también aparecían fotos de Melisa abrazada a una piedra y al tronco de un abeto. Por eso olvidé mis ganas de fumar y di un paseo por los senderos observando las distintas especies que crecían en el lugar. El sol de las cuatro de la tarde hacía tibia la brisa fresca del lago Lebem. Una muchacha de cabello claro trabajaba en un sembradío de especias que Melisa había ideado para agregarle hierbas frescas a sus comidas, como el tomillo para el delicioso sugo griego o las hojas de salvia para los scalapinos di mare. Conversábamos amigablemente como si fuéramos afines de toda la vida, acaricié sus manos con tierra y la besé en los párpados antes de recostarla sobre las mentas. Comencé a desnudar su cuerpo blanco, pero reco rdé que Sheldom había definido a Melisa como puritana ferviente. Ella sostenía que la mujer que resultara no ser virgen al llegar al matrimonio, a causa de la fornicación merecía ser apedreada como lo indica el Antiguo Testamento y el Tanaj Hebreo. Inmediatamente me levanté del suelo, sacudí mis ropas impregnadas de hierbas y tierra, y corrí por el camino que llega al embarcadero con la intención de meterme en el lago Lebem, con el agua helada hasta la cintura para refrescar mis ideas. De regreso al patio de robles, un hombre mayor me detuvo en el camino y me ofreció una tajada de un gran pan casero que llevaba envuelto en gasas blancas. De la esponjosa miga se desprendían y caían semillas de lino y castañas al mismo suelo donde habían germinado. Qué delicia, me dije antes de clavarle los dientes y recordar que la señorita Melisa Andrew también podría disgustarse si me negara a probar bocado de su preferido pastel de shidmild gleisis, palabras de Sheldom. ¡Oh, Dios! pensé, estoy atrapado. Sí, pero cuidado en qué Dios piensas, me había pronosticado Sheldom. Con eso Melisa podría infartarse. –¿No hay nadie que quiera ser libre? –grité hacia las copas de los árboles. –Sí –dijo serenamente el hombre que llevaba el pan-. Los mandriles de aquí huyen despavoridos hacia Singapur. En las noches, muchos van colgados en los techos de los trenes. Sus ojos parecen luces coloradas que titilan.
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EL PROFE Mabel N de Charras (Biblioteca Popular Daniel Aguirre. B. Blanca)
Segunda Edición: (Año 2014)
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EL PROFE El primer día de clase, subió torpemente los tres escalones hasta la dirección; ya se encontraban allí varios colegas que la recibieron con una cálida bienvenida, era la «nueva» profesora de Historia. Sus compañeros pronto la pusieron al día de la conducta de los del curso que le había tocado, al parecer no iba a ser un año fácil. Un hombre en particular llamó su atención, apenas la saludó con un tímido movimiento de cabeza, tenía una mirada lejana como perdida en el tiempo, guardaba quién sabe qué misterios vividos. Fue el primero que se retiró al sonar el timbre. La tarea se presentaba dura, el grupo que le había tocado era disperso, pero se las ingenió para sacar las clases adelante. El profe, como lo llamaba porque le costaba recordar su nombre, tenía una vida solitaria; por los pasillos se corrían rumores, «dicen que mató a su mujer porque le fue infiel y nunca más se lo vio con nadie». Nada escuchaba, nada le importaba, solo el misterio que escondía en la profundidad de su mirada. Poco a poco se fue acercando, saludándolo tímidamente en los pasillos primero y luego conversando de cosas cotidianas cuando coincidían en la sala de profesores. Así logró romper el hielo y entablaron una relación. Se encontraban fuera del colegio en lugares alejados, para no ser vistos. Pasaban horas hablando de todo; sin embargo, a pesar de que ya se habían visto varias veces y ella le había contado sobre su vida, él no rompía el hermetismo, siempre evadía los temas personales. El año llegaba a su fin, fue sacrificado, pero estaba más que satisfecha, había logrado desarmar el muro alumno-profesor con los chicos, todos habían aprobado y hasta aseguraría que más de uno disfrutaba de sus clases. Ahora sí, a gozar de las merecidas vacaciones. Con el profe acordaron verse para año nuevo y ya no se separaron. Solían ir al cine, a cenar, o, simplemente, miraban el atardecer en
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silencio tomados de la mano. Llevaban ya dos meses de maravillosos momentos compartidos, el amor estaba asomando entre ellos. Los fines de semana viajaban a una pequeña playa; en el hotel, él siempre pedía dos habitaciones, lo que al principio ella consideró adecuado y no dijo nada. Pero después, segura de sus sentimientos, sugirió que compartieran la habitación. El rostro de él palideció, solo manifestó:
-No es tiempo todavía.
Quedó confundida con la respuesta. El lunes lo notó raro, un poco distraído. Pensó que sería algún problema en el trabajo. Luego, varios días de silencio absoluto, sin llamadas, sin mensajes ni respuestas.
Al quinto día recibió un mensaje: a las siete, en el lugar de siempre.
Él llegó puntual, ella ya estaba esperando, no podía ocultar la felicidad que sentía de volver a verlo. «La ausencia, sí, ah, la ausencia, fue un viaje repentino de trabajo, mil perdones» pidió al tiempo que tomaba la mano de ella para ponerle una hermosa sortija y, mirándola a los ojos, le decía «te amo». Ella quedó muda. Era una noche especial, de reencuentro, de revelación, de festejos, todo fue maravilloso; de pronto y por primera vez, hablo de sí mismo, de su vida solitaria, y le permitió penetrar en su mundo. Así, de la nada, la invitó a conocer su casa; la respuesta de ella fue un sí cargado de emoción. En el viaje, él estuvo muy callado; al llegar, ella vio una casa de dos plantas, rodeada de árboles, sin vecinos cerca, y un jardín muy bien cuidado.
-¿Vivís solo?
-Con mis perros.
Atento, como era su costumbre, le abrió la puerta del auto, la abrazó suavemente y la besó profundamente, ella hubiera deseado que
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ese momento no terminara nunca. En silencio, tomados de la mano, entraron a la casa. Enseguida le llamó la atención una vitrina con cuatro carteras de mujer, muy bien cuidadas. No alcanzó a preguntar nada, con el ruido de la llave en la puerta, aparecieron tres perros enormes y poco amigables; ella se escondió detrás de él y se aferró a su camisa, le provocaban muchísimo miedo.
Él se soltó y dijo:
- Hace cinco días que no comen.
Se dirigió a la escalera y ella, lo último que alcanzó a escuchar, fue:
-Ellos me cuidan cuando me enamoro.
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SIEMPRE HAY ALGUIEN Héctor Gonzáles Niello (Biblioteca Popular Pajarita de Papel)
Tercera Edición: (Año 2015)
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“Siempre hay alguien que arroja un vidrio en la arena, pero siempre hay alguien que se agacha a recogerlo.” Aforismo popular adaptado.
SIEMPRE HAY ALGUIEN Alguien se sienta en mi mesa del café y se roba, arteramente, el aroma del expresso recién servido. Me toma la mano derecha y en un suspiro sugiere que esa mano será la gestadora de la historia que tiene para contarme. Alguien nos observa inventando quién sabe qué historia; él levanta su dedo índice pidiendo un café, me mira y sonríe... Alguien comentó que el bebé no nacería con vida, tres vueltas de cordón aprisionaban su cuello. Una fuerte palmada de alguien consiguió que el llanto de niño recién nacido llenara completamente el quirófano. Alguien propuso llamarlo Gabriel, como el Arcángel; alguien Juan Domingo, como el líder político; sus padres lo llamaron Nicolás, por su alegre sonido. Los padres de Nicolás escuchaban constantemente que alguien afirmaba que el niño no era normal, no era común que un chico de tan corta edad jugara solo y viviera riéndose. Mientras alguien los inundaba con interminables listas de especialistas, alguien con sabiduría pintada en canas deslizaba la idea de que Nicolás ya había encontrado la felicidad en este mundo. Años más tarde, alguien les dijo que era menos que un idiota, porque hasta un idiota sabía jugar al fútbol y por más que Nicolás se esforzaba, solo sumaba fracasos. Alguien sentado en el suelo le alcanzó cinco piedritas, le explicó el juego y así, Nicolás, se convirtió en campeón de payanas. En la secundaria, alguien lo llamó «puto», porque no escondía revistas con «minas en bolas» y sus charlas no giraban sobre relaciones sexuales o levantes ocasionales. Aun así, alguien, con gran belleza interior, le regaló un beso de amor fugaz. Sus padres siempre lo apoyaban, incondicionalmente, inclusive cuando alguien no se cansaba de repetir que estudiar magisterio era una
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pérdida de tiempo, que se iba a morir de hambre siendo docente. Avanzada la carrera, alguien le vaticinó que sería un gran maestro, que ese era su camino en la vida. En un alocamiento casual, alguien le ofreció alcohol, porros y pastillas y alguien, de esa fiesta, lo acovachó en un departamento hasta que se le pasaran la descompostura y los «vuelos». Ya recibido, en Actos Públicos, nunca faltó alguien que por unos pocos puntos más le birlara un cargo en una escuela deseada, aunque fuera evidente que ese ladrón de sueños, por una razón u otra, jamás lo ocuparía. Alguien con cierta influencia le ofreció una suplencia en una escuelita en Santa Muerte de la Cordillera, a dos cuadras de donde el diablo perdió el poncho. Nicolás no dudó, su vida era enseñar, fuera el lugar que fuere. Las distancias no lo acobardaban. Pasó incontables horas en un tren hasta que arribó al pueblo. Alguien lo recogió en la estación del lugar, en una camioneta vieja. Casi diez leguas después, se abrieron las puertas de una construcción a medio terminar, con un hogar y una cocina a leña, un generador eléctrico y un aljibe sobre un pozo para agua, elementos que hicieron que Nico tuviera las semanas más felices de un cálido marzo. Alguien en un carro trajo diez guardapolvos casi blancos dispuestos a aprender. Alguien apostó por esas almas. Armaron un pequeño gallinero y alguien trajo unas cuantas gallinas y un cachorro peloduro para hacerle compañía a Nico. Alguien en el pueblo propuso hacer un asado y ayudar al maestro a darle una lavada de cara a las viejas paredes de la escuela. Alguien sostuvo, como siempre, que sería una pérdida de tiempo. Se fueron afianzando las relaciones entre las personas del pueblo y Nicolás. Alguien, como en secreto de confesión, le pidió que le enseñara a leer y escribir, y ese alguien no fue un niño. Veinte adultos se sumaron a las clases de Nico con mucho entusiasmo. Alguien percibió otro futuro. En un baile de sábado, alguien le presentó una chica de morenos cabellos y ojos color miel. Alguien cuchicheó alguna verdad escondida. Después de las cortas vacaciones de invierno, alguien con cargo político en alguna Subsecretaría descubrió la Escuela de Santa Muerte y como sintiéndose héroe de una cruzada patriótica, les envió una compu-
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tadora, un televisor, un sistema de audio y cursos en línea con modernos métodos de enseñanza. Nicolás, con tacto y diplomacia, rechazó los elementos recibidos por no poder ser utilizados en la escuela debido a la falta de medios para ponerlos en funcionamiento. Pidió que se los cambiaran por tizas, mapas y guardapolvos nuevos. A alguien no le gustó esta acción. Era común que los fines de semana, Nico se quedara en el pueblo, en la casa de alguien, o eventualmente, en lo de los padres de su novia. Un martes de octubre, llegó a la escuela una carta escrita por alguien de la Subsecretaría de Educación de la Provincia que comunicaba que la Escuela Nº 1 Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, de Santa Muerte de la Cordillera, no podría comenzar su ciclo lectivo el año siguiente, por no completar la totalidad de la matrícula necesaria para la habilitación pertinente. Alguien herido en algún tonto orgullo comenzaba a destruir la luz de esperanza de muchos y Nico se sumió en un profundo pesar. No se lo volvió a ver en el pueblo y alguien comentó que solo se limitaba a dar clases a sus alumnos en la escuela. Alguien sintió con dolor la gran pérdida. El primer viernes de diciembre, Nico arrió por última vez la bandera que con tanto amor había bordado alguien del pueblo. Después despidió a sus alumnos con lágrimas, les pidió que cuidaran a su cachorro y desapareció para juntar las pocas cosas con las que contaba. Alguien lo llevó a la estación de tren y al pasar por el pueblo, alguien de ojos color miel lloró, con la espalda apoyada en la puerta de su casa, al ver pasar a Nicolás con rumbo al nunca más. Y en una tarde de diciembre, volviendo a su casa desde la terminal de trenes, alguien con muchas necesidades (y pocos escrúpulos), descerrajó un disparo en el pecho de Nico. Alguien dijo que solo fue por unos pocos pesos y una mochila con dos remeras viejas, unas zapatillas y unas fotos con diez almas aguardapolvadas. En mi mente argumento que ya hay muchos finales tristes... en la televisión, las revistas, en la vida diaria. ¿Por qué sumarlos a mis letras también? Levanta la vista de su taza de café y como si hubiera leído mis pensamientos, el narrador pide dos cortados más y vuelve a sonreír...
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Mientras alguien llamaba al 911, alguien cansado de ser solo un observador corrió al ladrón y, arriesgando su vida, consiguió la mochila de Nicolás. Al volante de la ambulancia, alguien voló por sobre el tiempo para llegar al lugar donde encontrar a alguien que con manos bendecidas le diera otra oportunidad a Nicolás. Alguien pronosticaba un deceso, mientras sus padres jamás dejaban de rezar por el milagro. Nico volvió a la vida con una fuerza interior muy poderosa. Alguien disfrutó el momento. Nico se recuperaba en la casa de sus padres, cuando recibió un correo con aroma a sueños. Se le avisaba que en el pueblo habían conseguido cubrir la matrícula necesaria, que la escuela de Santa Muerte de la Cordillera lo esperaba con los brazos abiertos. Como en un ajedrez de la vida, las piezas se reacomodaban caprichosamente para no permitir el jaque. Tres golpes sonaron en la puerta de alguien con ojos color miel y un beso selló el reencuentro. La Escuela N° 1, Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, abrió sus puertas para cuarenta y tres almas sin edad, que con ganas de más, se sumaron a aprender. La bandera bordada se izó por alguien que no permitiría que volviera a ser arriada jamás. Termino mi cortado y veo que mi amigo casual me saluda desde la puerta del café, y desaparece con la misma velocidad con la que ha aparecido. No puedo evitar sonreír pensando que alguien debe haber leído hasta acá y en parte lo agradezco, porque gracias a ello, alguien habrá conseguido su cometido. Alguien es Nico o Nico es alguien, y quién sabe, quizás este solo haya sido el relato de alguien que cree que para todo y para todos... siempre hay Alguien.
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AGUAFIESTAS Guillermo Alejandro Sieder (Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia. B. Bca.)
Tercera Edición: (Año 2015)
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… y vean qué clase de gente es y por qué vuela. Comprueben si, a causa de ello, son ligeramente diferentes del resto del mundo. El Don de Volar. Richard Bach 1974
AGUAFIESTAS No fueron pocas las veces que tuve que confrontar con los Aguafiestas. Y muchas más las que directamente los ignoré. Aguafiestas, Pinchaglobos, Cascarrabias, Pesimistas, Espantagustos… No son seres oscuros que se esconden agazapados en las tinieblas sino más bien, actitudes esporádicas que afloran por un rato. Hay veces que las personas que amamos, incluyéndonos a nosotros mismos, sufren una breve distracción, hacen un comentario desafortunado y… ¡zápate!, se convierten en un Aguafiestas en cuatro milisegundos. Además, los Seres Oscuros, no existen, son un mito. No como las Malas Actitudes, los Ladrones del Cariño, o las Decepciones que Acechan, de las cuales sí, me consta su existencia. Mi absoluta seguridad de poseer superpoderes me hacía deducir que era, sin duda, un superhéroe. Hoy presiento que la mayoría de los niños de diez años piensa de esta manera. Y no existen, por lo menos en el mundo de la imaginación, superhéroes que no puedan volar. No como Súperman, ese ridículo que volaba con el puño hacia adelante y una capita almidonada roja. No como Spiderman, que daba saltos colgado de finísimas telarañas. Yo merecía volar como se debe, con los brazos extendidos, sin disfraz, cuando quisiera desde donde quisiera hasta donde quisiera. Como un ave. Esto se lo comenté a mi abuela, mujer sabia y con todas las mañas, quien me contestó ceremoniosamente que no era posible. —Pero, ¿por qué, no es posible? —Porque no conozco a nadie que pueda volar… Consideré seriamente la cantidad de personas que pudiera haber conocido mi abuela en esa época y deseché de plano su opinión. Hablé con mi tío Hans, que cuando estaba etílicamente de buen humor,
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era muy accesible, afable y fundamentalmente divertido; me miró con unos enormes ojos azules y contestó: —¡Dejate de jo-der! Tampoco le puse demasiada atención, aunque debo confesar, ahora, que le tenía un poco de fe. Finalmente consulté con Papá, él tenía la respuesta técnicamente elegante para casi todo. —Mirá, Pichón, las características de la aeronáutica son bastante sencillas, necesitás sustentación y propulsión, nada más. Un poderoso motor con una hélice podrían darte esa propulsión y unas alas, la sustentación necesaria. Ahora, con esos bracitos escuálidos que tenés, estaríamos muy lejos de considerarlos como alas. Con esas piernas lampiñas y con escasísimos músculos, tampoco creo que puedas dar un poderoso salto que te sirva de propulsión. O sea, ni lo intentes. La explicación fue tan clara e indiscutible que hice lo que cualquier hijo de diez años haría, interpreté lo que me decía papá en forma diametralmente opuesta a su contenido. O sea que no era imposible, y me puse a trabajar en la idea. En la casa de calle Gorriti había un patio de baldosas con un juego de jardín de hierro forjado y un corredor que unía las habitaciones, con el techo apoyado en caños de hierro. El juego de jardín incluía una pequeña mesa con una tapa de mayólicas que ostentaba un dibujo que ahora no quiero recordar. Los cuatro sillones no tenían almohadones, sólo los flejes y resortes para sostenerlos. Un inesperado chaparrón se había encargado de estropearlos antes de que yo naciera. Varios fueron los pantalones que desgarré por sentarme obcecadamente en esos sillones mientras leía historietas de la revista Codelín. Varías fueron las veces que mi abuela se amañó en repararlos con su máquina de coser Singer y dejarlos como nuevos. También había macetas colgando de la pared, tenían forma de un cuarto de esfera y algunas flores plantadas o algunos yuyos guachos. Como adorno estaban pintadas de blanco y rojo. Hoy estoy convencido, sin lugar a dudas, de que eran de un pésimo gusto. Usaba esas macetas como aros de básquet, con la única contra de que cada vez que convertía
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un doble, o con suerte un triple, tenía que subirme a una silla para recuperar la pelota de goma que obviamente quedaba allí. ¿Por qué no usar estos recursos en aprender a volar, si eran parte de mi universo fantástico? Deseché las macetas y los sillones en este proyecto. Acerqué entonces, la mesa a un metro de una de las columnas, subí y salté para agarrarme, dar una vuelta colgado de los brazos y bajar con comodidad deslizándome por el caño hasta el suelo. Un metro era ridículamente poco. La alejé dos metros. Mi hermanita ya se había involucrado en lo que para ella era un juego, algo que no evidenciaba su espíritu lúdico sino, más bien, su eterna falta de cordura y sentido común. La única diferencia era que cada vez que daba un salto gritaba —¡Pasen y vean, Gran Circo Lowandi! Curiosidades de su personalidad. Poco duró su interés; coincidentemente con el alejamiento de los dos metros abandonó las prácticas y manifestó su preferencia por la serie Cuero Crudo que justo pasaban en la tele en el horario de mi entrenamiento. Es que trabajaba Clint Eastwood, y esto, parecía ser, era una razón indiscutible para mi hermanita. Acepté su decisión con alegría, ya no tendría que esperar entre salto y salto que ella reclamara su turno. Los dos metros ya eran difíciles, había que entrenar, pero a los diez uno tiene mucho tiempo y todo ese tiempo está de nuestro lado. Cuando dominé los dos metros no me atreví a jugarme a los tres. Fui menos pretencioso y alejé la mesa a dos metros y medio. Llegaba con lo justo sin darme un humillante mamporro. Los días pasaron y conseguí depurar mi técnica, entonces alejé la mesa veinticinco centímetros más, dos metros setenta y cinco. Fue difícil, y tuve que practicar durante varios días.. Por la noche me entretenía curándome los cayos de las manos, a veces tenía que pincharme alguna ampolla, lo importante era estar en buena forma para el día siguiente. Cada vez se me hacía más trabajoso pero no me desanimaba. Decidí, entonces, alejar la mesa doce centímetros y medio más, la mitad
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de la mitad de la mitad, dos metros ochenta y siete y medio. Los medí meticulosamente con la cinta metro que usaba mi abuela para confeccionar ropa. Ya estaba cerca. Hasta que deduje aun con mi mente infantil que si seguía anexando mitades de mitades de distancia, jamás llegaría a los ansiados tres metros. Entonces desistí. Y una vez más, los Aguafiestas o, tal vez los Pinchaglobos, ganaron una batalla. No la guerra. Ni remotamente. A los cincuenta y seis, a pesar de todo, cuando camino hacia el oeste antes de la puesta del sol en la playa, con el viento en la cara, noto que las gaviotas no me temen, se mueven molestas para que no me acerque demasiado, vuelan rozando mi cabeza y se posan detrás de mí, cerquita, para seguir comiendo o sencillamente para observar el mar. Me consideran un raro bicho. Pero un raro bicho inofensivo. A veces, me siento tentado a correr. Primero un trote calmado, luego una carrera tranquila y por último una carrera de locos. Es que pienso que si corriera lo suficientemente rápido y extendiera los brazos en cruz, tal vez despegaría de la arena ondosa de la costa. Y entonces sí, cambiaría mi color habitual por un dorado traslúcido que encandilaría a los que se atrevieran a mirar y levantaría, no sólo tres metros, treinta, o trescientos o tres mil, siempre sobre la playa. Con los brazos extendidos giraría levemente las manos para aprovechar el viento y convertirlos en flaps, daría media vuelta y volaría al revés, sentiría el solcito en la panza mientras mirara el cielo. Practicaría mil piruetas, haría barrenas infartantes hasta casi caer al agua y remontaría cincuenta centímetros justo antes de estrellarme, y luego estrenaría nuevas zambullidas en el mar para pescar al más astuto y escurridizo de los pejerreyes. Más para hacer rabiar a los Aguafiestas, que por placer. Aguafiestas, Pinchaglobos, Cascarrabias, Pesimistas, Espantagustos, cuídense. Hasta hoy no me he atrevido a hacerlo. Ya veremos el próximo verano si no les doy una humillante y merecida lección.
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VOLVER A EMPEZAR Darío Javier Faure (Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia. B. Blanca)
Tercera Edición: (Año 2015)
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VOLVER A EMPEZAR, OTRA VEZ Cruzo el pueblo a pie. Son solo unas cuadras de tierra, no más de seis o siete. Siete para ser exacto. En el medio, las casas con techos de chapa y paredes de barro, y algunas pocas, muy pocas, de ladrillo. Están separadas unas de otras por una gran distancia. Veo un par con la puerta abierta, pero nadie adentro. Deben haber salido al campo. No se preocupan por cerrar, acá nadie toca nada. Pero la mayoría están desocupadas. Las nuevas generaciones, una a una, fueron emigrando a Bahía Blanca, en busca de oportunidades que el pueblo dejó de brindar hace tiempo. Paso enfrente del último almacén que teníamos en el lugar. El vidrio de la puerta está roto por algún piedrazo. Una travesura más de los chicos del pueblo, cuando todavía había chicos. El resto de las ventanas están tapadas con papel de diario. Las hojas ya están amarillas. Pispeo noticias de una realidad que nada tiene que ver con nosotros. Cerró con la muerte de Don Carlos, que aguantó detrás del mostrador hasta sus últimos días. Cualquiera se podía dar cuenta de que en los últimos años el negocio no funcionaba. Somos muy pocos y, además, pobres. Las masitas en las grandes latas, las mismas que mi hijo me pedía como si yo pudiera pagarlas, podían estar meses sin venderse. Pero eso no le importaba a Don Carlos quien, de vez en cuando, le regalaba una para alegría de ambos. Es extraño, hoy no hay viento. Ese que forma enormes nubes de tierra que no dejan ver más de unos cuantos pasos y hacen que cueste avanzar. Porque aquí casi no llueve. Dicen que antes, acá, la tierra era fértil, pero es difícil imaginarlo. Me acuerdo de aquel otro viento. Pasaron varios años pero lo siento como si fuera hoy. Había que hacer mucho esfuerzo para caminar y el frío y la humedad traspasaban el uniforme y llegaban enseguida a los huesos. Me acompaña uno de los perros del vecino, flaco, desgarbado, rengo. Llego al final del pueblo, donde se ve la vieja estación de trenes ahora en desuso y los silos abandonados de la antigua cooperativa, símbolo de la prosperidad de otras épocas y de la decadencia actual. Ahí está el cartel de la estación de trenes, aunque oxidado y casi tapado por
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el pastizal, todavía está firme. Uno de los pocos lugares donde todavía figura el nombre del pueblo, en letras blancas sobre fondo negro. San Liborio. No es que sepa leerlo, pero sé que dice eso. Me alegra que esté. Una de las últimas muestras de que existimos. En los mapas desaparecimos hace tiempo. A lo lejos diviso la loma, no es muy alta, pero lo suficiente para sobresalir de la chatura del resto. Y, en su punto más alto, el viejo caldén, solitario, como no podía ser de otra forma. Hasta hace unos años al menos tenía la compañía de las vacas, a las que protegía del sol en verano. Subo con esfuerzo hasta el árbol, parando de vez en cuando para darle un descanso a mi pierna, esa que tantos goles me hizo hacer de pibe en los potreros del barrio y a la que ahora le cuesta hacer un mísero paso. Tomo la soga y la cuelgo de la rama más alta y robusta. Apoyo mi mano en el tronco, como avisándole que llegó el momento. Ha sido mi confidente estos últimos años. Me escuchó, me vio llorar, esperanzarme y otra vez llorar, y con su silencio siempre respetó mi dolor. Paso la soga por la rama y luego por mi cuello. Veo la otra rama rota, la de la semana pasada. Me hamaco, las piernas me quedan en el aire, pataleo, intento llegar al tronco y aunque trato de sacarme la soga de encima, ya es tarde. Todo pasa rápido y borroso, imágenes cortadas y confusas. Las tardes en el barrio con amigos. Las peleas y los partidos. ¿Se murió el abuelo? Los ojos de Rosario, mi primera novia. Mis viejos llorando por una noticia que no logro darme cuenta cuál es. La llegada a Malvinas y el frío. Mucho frío y la lluvia que salpica. Esperando al enemigo en las trincheras, con miedo y euforia al mismo tiempo. Los primeros disparos, se acercan. Escucho palabras de aliento. ¡Sigan disparando, soldados, que no nos van a ganar! Disparo y escucho otras voces, pero no entiendo lo que dicen ¿No deberían estar lejos? De golpe siento un dolor muy fuerte en la pierna. ¡Pereyra! ¿Qué te pasó? ¡Ayuda, le dieron! Tranquilo, quedate conmigo, no es nada, no aflojes. Siento que no voy a poder, me voy dejando vencer, no tengo fuerzas ni ganas de luchar más. Pereyra. Papá. ¡Pereyra, te dije que no aflojes, carajo! ¿Estás bien papá? Hablame,
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así está mejor, Pereyra. Papá, por favor, papá. Ahora es el cuello lo que me duele. Abro los ojos. No es Malvinas, veo el caldén pero sin la rama, mi hijo me abraza, llora, me pregunta qué hago, no contesto, lo abrazo y lloro. Otra vez volver a empezar.
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SOBRE LA LIBERTAD DE ISAURA Patricia Inés Azcón (Biblioteca Popular Daniel Aguirre. B. Blanca)
Cuarta Edición: (Año 2018)
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SOBRE LA LIBERTAD DE ISAURA Isaura había venido al mundo a la fuerza, arrancada por su padre en un parto de nalgas. El último que tuviera su madre y lo último que hiciera antes de morir. El recibimiento le dislocó las caderas y la falta de cuidados le dejó un andar de pato y menos altura que la que hubiera podido alcanzar si no hubiera nacido a contramano. En todo sentido. Su padre la despreciaba por su condición y por llevarle a la madre. Los hermanos lo imitaban o lo sentían igual. Cuando Rodo le ofreció dos chivas por la renga, fue un intercambio rápido y justo para las partes. Ya tenía edad para servir de mujer, aunque esa edad no la recordara ni la propia Isaura. Su inocencia desapareció sin protocolos ni cuidados desde que pisó el rancho. El clima de desprecio se limpiaba cuando Rodo sacaba a pastar su brutalidad junto con las chivas. Y era cuando jugaba a no tener dueño. Analfabeta a la fuerza, escribía historias en su memoria y se las contaba a sí misma en voz alta. Con la felicidad desbordando en sus pisadas abiertas, garabateaba filigranas en el piso de tierra del rancho. Y eso la delató. Su dueño la descubrió una noche y le dislocó el brazo «para que no escriba pavadas». Le dijo que no sabía una letra, pero hablarle fue darle fuelle al fuego de aquel día. El brazo no se recuperó, en parte por falta de reposo, en parte porque se lo retorcía de ladino y sin aviso. Los insultos y los golpes la embutían en un interior seguro, donde el dolor llegaba como una música lejana. Si él hubiera sabido que allí era libre, le hubiera sacado las entrañas. Apenas le hablaba y era con imperativos. No usaba su nombre, solo «traiga la comida», «acuéstese», «traiga leña». Ella le olía el perfume barato de hembra en su ropa. Ella, que solo podía oler a humo y a jabón ordinario. Tentado por el otro rancho, las ausencias eran cada vez más largas. Pero volvía por las chivas. O para que le lavara la ropa que olía a otro cuerpo. Ropa manchada con leche. Con caca de bebé. Y ella, que no había podido darle hijos, entendió que tuviera otra y deseó que se fuera del todo o que la dejara ir. Aquel día escuchó el ruido seco en la puerta de entrada que se abrió partida por el golpe. Y la orden quebrada: «Lléveme». Movida por la costumbre de servirlo, ató con tientos de cuero las tablas de la puerta en el recado y a fuerza de arrastrarlo lo apoyó sobre la madera. Grande
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como era, las piernas le quedaban fuera. Vio las marcas en la pantorrilla, la hinchazón y las ampollas. Los caminos de sangre de su nariz y su boca. Había visto morir a un hermano por el beso de una yarará. Le ató un tiento más para frenar la estampida del veneno demorada por el frío. Subió al pingo recostando el hombro del brazo jodido, sirvieron las piernas bien abiertas de nacimiento. Mientras lo acarreaba hacia donde creía que estaba el pueblo, le despachó un rosario de verdades sobre la bestia que era, sobre su hijo con un padre bestia, sobre la hembra de la bestia. Lo oyó quejarse y también «La voy a matar chueca... le saco el otro brazo… inservible hasta para parir». Giró. Le vio la cara cambiada por el dolor. La vida aleteando desesperada en el pecho. Enlenteció el tranco. Bastante lejos del rancho, supo que el viaje había terminado. Muerto, Rodo parecía una persona. Desenganchó las tablas, enroscó los tientos en la montura y siguió por el caminito de trocha. A volar. Tenía un ala rota, pero seguía siendo pájaro.
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EL PARTO Silvia Belén Mardones Araneda (Biblioteca Popular Martín Allica. B. Blanca)
Cuarta Edición: (Año 2018)
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EL PARTO Pensaba que la mujer había estado ahí desde siempre, a punto de morir. Y ese a punto de morir venía a ser el estado natural de las cosas. Si la hubiera encontrado un día de pie, caminando, fuera de la cama, Olga habría entendido que esa no era su madre. Lo mismo, si la hubiera encontrado muerta. Entonces un día, entonces otro día. Superpuestos. Calcados. Durante cuarenta años. Anotaba el viento norte. Mucho viento detrás, en la espalda. Anotaba mi madre y yo. Anotaba no hay música de quena. Anotaba parece que va a llover. Anotaba nunca llueve. Anotaba la voz cascada pide siempre lo mismo: cerrá la ventana. Olga dejaba entonces la libreta moviéndose con dificultad por la reducida choza. No podía tampoco imaginarse en otro lugar. La cocina a leña, en el centro; la mesita endeble, a la derecha; una banqueta, debajo; el canasto donde se guardaba la poca comida restante, cerca de la ventana cerrada (porque eso era importante); y ella, dando vueltas, sin poder detenerse, alrededor de una cama que poseía a su madre, escuchando con atención. No sabía si el estado de Adela cambiaba o semejaba un péndulo. Algunas veces convulsionaba, se retorcía, se dejaba los nombres en la almohada, nombres que Olga no conocía. Anotaba. Nombres comunes y corrientes, sin apellidos. Luego se desenroscaba. Luego nada. Una vecina, habitante de alguno de los cerros, le dijo que la llevara al hospital, que la morfina la dejaría pasar más ligero, pero Olga esperaba.
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Si racionaba la harina, la yerba, el arroz, y el queso… si sus gallinas seguían poniendo huevos… en algunos meses el viento la empujaría con más facilidad, no lo dudaba. Pero si ella esperaba… «Cerrá la puerta», la descascarada voz materna parecía estar en alguna parte, muy lejos de ese lugar o de ese cuerpo. O muy adentro. La miraba poco. Casi nada. No quería detenerse en sus rasgos. Tenía la sospecha de que Adela la había robado de bebé, solo para atarla a su lado y representar un macabro acto de moribunda. Pensaba que en lo alto de ese lugar árido, las aves carroñeras no distinguirían, como tampoco Dios. Que Olga sería lo mismo que Adela y que Adela lo mismo que Olga, porque esos no eran sus nombres ni sus cuerpos. «Cerrá la ventana te dije». Olga tejía mantas, medias, gorros, bufandas, acompasando la respiración esforzada, los quejidos, los pedidos constantes. El choque de las agujas se incorporaba a la repetición con exactitud. «Cerrá la puerta». Pensaba que esa idea había sido el último pensamiento lúcido de su madre y que allí se había quedado, rebotando. Afuera aullaban los perros y el viento y otra cosa. «Los ausentes soplan», decía Olga bajito y se persignaba, aunque no creyera en Dios. Cuando salía a buscar agua, imaginaba que, justo en esos minutos, ella señalaba el camino por donde habían huido de noche y sin valijas. Luego, un rosario de nombres. Todos juntos. Coordenadas. Indicaciones. Números de calles. Números de teléfonos. Perdiéndose, como el agua que tiraba en el apuro. Pero solo una mano laxa y una lengua reseca que aplastaba todo, ahí, donde siempre. O peor, unos ojos abiertamente blancos, helados, que la traspasaban. «¿Estás ahí, mamá?, decime algo, mamá, ¿mamá?, ¿quién soy?». Entonces un sonido gutural se abría camino por la garganta y se ahogaba, pero los ojos no. Cerrá la ventana, la puerta, cerrá, cerrá, la ventana, la ventana, la ventana. Cerrá. Cerrá.
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El dolor le explotaba en el pecho, cada tanto, hasta lo insoportable. Dejaba entonces su vigilia para perderse por el cerro, quería que las rocas se engulleran el universo, al menos el suyo. Tenía la esperanza y el horror de que su madre muriera con los nombres dentro. Miraba a las poquísimas nubes que terminaban en el valle. Imaginaba la forma de escapar a cualquier ciudad, pero entonces los monstruos le parecían más aterradores y era más sencillo dejar que las nubes pasaran. «Hay que traer al cura entonces», le decía la vecina, pero Olga le respondía que ahí no llegaba ni el cura ni Dios y todo era silencio cuando ella decía esas cosas, cuando hablaba como la noche. Una cierta vez, entre muchos días iguales de esos cuarenta años, apareció un pastor. Andaba en busca del puma. El hambre del animal era tal que apenas le quedaban un puñado de ovejas. Tenía hambre de diablo y hacía cuatro días que casi lo atrapaba, pero el rastro desaparecía una y otra vez, alejándolo de su casa y de sus animales. La tormenta obligaba a Olga a darle hospedaje. Así fue como el pastor se metió en su casa con olor a moribunda y pan recién horneado. Olga lloró. «Nunca antes, solo hoy», le decía. Le mostró la libreta pero el pastor no sabía leer. Le dijo que, en la ciudad, las sirenas la atormentaban de nena y que cuando lloraba se metía en una cama grande y que ahí estaba su mamá y sentía más miedo, que lloraban las dos. Le contó una pesadilla en la que un tren se le venía encima. Lloró, mientras el viento empujaba puerta y ventana. Entre los dos tomaron los vestigios humanos y los dejaron a la intemperie, donde el puma y los pájaros tendrían piedad de todo. A las horas, cuando el animal olfateó el cuerpo de cerca, Adela gritó los nombres y los apellidos y también los lugares. Para cuando el animal le arrancó las tripas, los nombres y los apellidos y los lugares rebotaron por los cerros detrás de Olga y el pastor, quienes nunca oyeron. En el cerro quedó otra cosa.
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REUNIÓN DE CONSORCIO Ma. Andrea González (Biblioteca Popular Rosario Sur)
Cuarta Edición: (Año 2018)
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REUNIÓN DE CONSORCIO El del tercero A tiene un gato. La del C, un maltés. Antes, en mi edificio (que alardeaba de una reputación conservadora en consonancia con el lustre del manijón de bronce) no se admitían mascotas. Por presión de los consorcistas, se terminó acordando en asamblea que su tenencia contribuía enormemente al estado mental de ciertos vecinos, lo que sin lugar a dudas iba en beneficio de todos. Confieso que, ante una argumentación tan flaca, yo me opuse casi toreando. Y ahí fue cuando mis vecinos empezaron a chismorrear acerca de mis arrebatos y sacaron a relucir una lista de episodios de ojerizas que me esmeré en negar. En la votación, fui minoría. No tengo ni gato, ni maltés, ni canario. Yo tengo una vecina. Y si bien en términos legales, no se trata de una adopción, la he adoptado como co-presencia de mis rutinas, aun sin su consentimiento. La figura de adopción de co-presencia se me ha venido ocurriendo después de haber tenido que lidiar con inquilinos anteriores. En una tentativa de maduración personal (y también bajo influencia de acciones coercitivas con las que fui advertido por el administrador) me he propuesto prescindir de combates. Ahora tengo una vecina que lee el tarot. Y me gusta: que me lea el tarot, y mi vecina, que saca la basura al pasillo en remerones largos y desteñidos por la torpeza de mezclar prendas de distintos colores en el lavarropas. Por ahora, mi acto de adopción de co-presencia –que se traduce básicamente en un acuerdo por no fastidiarme con ella cuando la cruzo en los mal llamados espacios comunes- me habilita a vigilarla desde la mirilla de la puerta de mi departamento y a escuchar cualquier ruido del otro lado de la medianera que me facilite argumentos en caso de que se presente la necesidad de hacer una denuncia. Lo del ascensor fue aberrante: hacía calor y ella subía con una bolsa del supermercado chino, una torre de carpetas mal apiladas que sostenía con el busto, y un par de macetitas de cactus enanos. Parecían más inofensivos que cualquier mascota. De hecho, prefería sus cactus a los ladridos del maltés. Pero no se lo dije. Me limité a disfrutar de su ridícula motricidad, que dejaba en evidencia al pretender pulsar el bo-
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tón del tercer piso con el codo, ya que no contaba con ninguna otra extremidad de su cuerpo que no se viera afectada por la misión nada simple de sostener algo. Lo que no le cabía en sus brazos, lo llevaba colgando. También se colgaba collares y chalinas y libros y camperita al crochet atada en la cintura, por pura vocación de docente o de perchero ambulante. Pude haberla ayudado a alivianar su carga, pero mis índices de pseudo-cortesía andaban anémicos y, además, han sido adiestrados para imponerse ciertas zonas de exclusión y límites de decoro. Y como entre sus carpetas y su busto, la camisa algo entreabierta se había puesto tirante, opté solo por ratificar información y hacerme del control de la botonera del ascensor para marcar el piso. ¿Al tercero? Mi vecina que lee el tarot debió haber leído también mis vergüenzas, porque amagó una sonrisita cuando levanté la vista de su escote. Con esto, mi acto de adopción voluntaria y unilateral de co-presencia, empezaba a mostrarse vulnerado. Cuando llegamos al palier, me descubrí acorralado en mis opciones: sostenerle un par de cactus o meter mano en el bolsillo derecho de su anorak para encontrar la llave de su departamento, según ella propuso al evaluar mi parálisis. Como no me gusta andar lidiando con urticarias, estornudos o posibles reacciones alérgicas, y, como el cactus llevaba ya mucho tiempo de contacto con su busto, y yo llevaba ya mucho tiempo de mirarle la tirantez de su camisa, preferí encargarme del temita de la llave en el bolsillo, sin considerar que eso involucraría proximidad, roce, hurgueteo. Me justifiqué pensando en la ligereza con que algunos expertos con los que me codeo en la 503 usan los dedos como ganzúas en bolsillos traseros sin que la víctima llegue a notarlo. Pero mientras evaluaba esa impersonalidad de las acciones, mis dedos se deben haber demorado en el desconcierto y ella volvió a sonreírme. Qué descaro. Le abrí rápido su puerta y, sin saludarla, me fui. Lo del tarot es peligroso. Eso debí decírselo a la policía. Nos deja expuestos a todos al permitir el desfile de personajes que entran y salen. He decidido cambiar mis horarios para estar atento a las rutinas: timbre del portero de abajo, timbre del pasillo, un ruido cada tanto como aleteo, un apenas perceptible chillido de pava eléctrica quizá, el taconeo de cliente circunstancial de la tarotista que abusa de los espacios comunes. Además, siempre olvida poner llave a la cerradura de la puerta del edificio y tengo que ser yo el que patrulla y baja cada noche para ir a chequear. No sé hasta cuándo seré capaz de sostener esto de
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la adopción. A las siete, la veo regando sus macetas del balcón. Y desconozco en qué momento los cactus se reprodujeron. Ahora le da por cultivar cactus, aromáticas y malvones, lo cual me obliga a permanecer mayor tiempo en mi propio balcón para que su desmesura no se exceda a mi terreno. En eso tuve que ser tajante, y me vi presionado a cortar unas ramas de su enredadera. Sobre el silloncito que tengo afuera para leer, dejé unas tijeras de podar, con la finalidad nada disimulada de que sepa que estoy dispuesto a actuar sin negociaciones diplomáticas frente a una posible invasión. La adopción unilateral se está volviendo extraña porque ella no registra mis intentos por disciplinarla, y lo más engorroso es que tampoco registra mis reglas. Yo la espío: ahora anda haciendo algo extraño en las macetas de los balcones. Creo que está limpiando las hojas y junta algo en una bolsa con una palita. Me sonríe con una media sonrisa. Concluyo que anda enredada en un asunto. No me fío de ninguno de sus movimientos y evalúo un par de medidas preventivas por si acaso. Pero antes de hacer la denuncia formal en la junta del consorcio, decido encararla sin suspicacias. Le toco timbre subyugado por el olorcito a sopa que impregna todo el tercer piso. Me doy por invitado. En el departamento de mi vecina, hay a simple vista menos irregularidades de las que recelar. La ornamentación se rige por índices nada metódicos de ingenuidad y espontaneidad colorinche. Concedo incluso que en medio de ese decorado con caireles baratos y piedritas de acrílico enhebradas en las cortinas, su desparpajo parece naif. Me cuenta que es vegana y que su menú se restringe a ensalada y consomés. Cómo rechazar el tazón de sopa. Es una receta de su abuela. Irresistible: la receta y mi vecina. Se dirige a la cocina por una cerveza. Cuando vuelva le contaré mi teoría de la adopción de su co-presencia, y con esto del patrocinio le garantizaré que podrá dormir tranquila porque yo andaré vigilando, y desplegaré un inventario de límites a manera de contrato. Lo repaso en voz alta para no traicionarme. Regresa con dos vasos helados que saca del congelador y que contrastan con el vapor que sale del tazón de sopa. Muta su sonrisa cuando le ofrezco encargarme de sus plantines cada vez que se le dé por viajar con ese novio que tiene por ahí. Me sorprende esa sonrisa, y me sorprende que, siendo vegana, en el caldo floten unos huesitos minúsculos, membranosos.
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Se escucha el aleteo y el chillido que escucho todas las noches. Ahora descarto que sea de la pava eléctrica. Ella se para y se abalanza sobre el macetero del balcón con palita de jardín en una mano y bolsa de nylon en la otra. No me digas que vos también tenés murciélagos, me dice. Y ante la posibilidad de que mi vecina, además de leer el tarot y cultivar cactus, críe murciélagos en las macetas de los malvones, contengo el vómito y el tartamudeo de espanto, prescindiendo de la sopa con cartílagos y de una noche de sexo. Me ocasiona más incertidumbre la eventualidad de lo último. Al día siguiente, la que lee tarot me deja detrás de mi puerta una cajita con un hámster.
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SALVACIÓN Ana Rosa Llobet (Biblioteca Simón Rodríguez. B. Blanca)
Cuarta Edición: (Año 2018)
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SALVACIÓN Prefiere ubicarse en el último asiento del último vagón del tren que lo lleva todas las tardes a Avellaneda. Siempre elige el mismo lugar porque desde allí puede observar sin ser observado, analizar y registrar, en un acopio algo caótico, rostros, gestos, movimientos, miradas. No toma notas, solo conserva en su memoria cada detalle y así va reuniendo un archivo variado de personajes y actitudes. Después los enfrenta en complicados conflictos, amargos y, en oportunidades, dramáticos. Y luego resuelve, con una dosis de intriga, el destino final de cada uno de ellos, matándolos, elevándolos a la gloria por un simple gesto de humanidad o condenándolos al escarnio o al exilio. Aunque a veces les concede un paraíso prometedor, no siempre creíble. Entonces siente que vive, pudiendo evadirse, siendo otro en otros mundos, dentro de la monotonía crepuscular. Le gusta especialmente esta atmósfera, el ámbito propicio, inquietante y placentero del tren cuando suelta sus ruedas rechinantes y la sirena anuncia la partida. Es como un abismo que desesperadamente lo consume. Ahora se ha sentado junto a la ventana, de vidrios casi opacos, maltratados, astillados a golpes, pegoteados con amarillentas cintas adhesivas. No se ve bien a esta hora, pero él sabe, sin embargo, que, cuando la luz del vagón se apaga, a través de ellos, misteriosa y paulatinamente, ingresan la noche, el campo, las sombras de los postes ordenaditos, al ritmo del traqueteo del tren. Y la noche se apodera de él. Y el campo, y la soledad. Y por un largo rato se olvida del olor desagradable que viene de los baños, de la gente que grita para hablar, de los celulares que no paran de sonar y de la voz aburrida del vendedor de panchos, que cada tanto pasa con la parsimonia del que espera que no le compren nada. Entonces vuelve a pensar en el cuento. Ya lo tiene casi armado, le falta el final. De todos modos lo recuerda desde el principio. El pueblo chico y el hombre que volvía a su casa, después de un día entero en el puerto. Con paso lento, pensando en su mujer que lo estaría esperando con la mesa servida, con las sábanas limpias. Recorría las veredas
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de tierra, desparejas y angostas. Las casas bajas, chatas, más oscuras en ese atardecer de otoño que convertía la vida en sombras antes de que nadie se diera cuenta. Los árboles altísimos, casi temblorosos mezclándose con las últimas luces del día. Cansancio. Sentía el agobio del cansancio. Llegaba antes de lo previsto. No tenía apuro. Se acercaba sin entusiasmo, dispuesto a empezar la jornada que ya estaba terminando. Se acercaba desprevenido. La tarde se amontonaba en el interior del bar y fue por la ventana que la vio. Y al hombre acariciándola. Ella, con el vestido verde y el collar que hacía poco le había regalado; ella, su mujer, se dejaba acariciar y le sonreía amorosamente a ese que le rodeaba la cintura y la miraba con lascivia. Ella, que bebía de su copa, sonreía seductora mientras las manos desvergonzadas se deslizaban bajo su falda. Entonces el cansancio se volvió más tenso y desesperante. Y las piernas se le detuvieron y ya no le respondían. Pero no pudo dejar de mirar. No supo si lo había decidido de antemano o si todo se estaba dando de un modo inexorable, que él no podía evitar, como si alguien resolviera más allá de su propia voluntad. Lo haría sin ninguna duda. Pensó en el cuchillo, el que llevaba para cortar los embalajes. Pensó que tal vez el filo estaría gastado. Pero no. Sabía que el cuchillo estaba bueno. Solo necesitaba el coraje y la fuerza. Y eso lo venía amasando desde hacía tiempo, desde la tarde de la ausencia inexplicable, desde sus ojos esquivos. Suspiró antes de dar el siguiente paso, decidido a entrar. Sobando con sus dedos toscos el pomo gastado, abrió bruscamente la puerta. Todos se dieron vuelta y le vieron la furia que le encendía la cara. Entró en el salón. Caminó con la vista fija en el hombre. El gesto lo delataba. Ya asomaba el cuchillo, ya elevaba su brazo con el impulso de la traición, ya se inclinaba sobre el cuerpo asombrado del individuo que lo observaba sin entender… cuando siente que alguien le retiene la mano en lo alto, lo empuja suavemente hacia atrás, y le dice algo al oído, mientras le arrebata el puñal. Atónito, enmudecido, inerme, se queda temblando frente a lo inexplicable y con absoluta perplejidad ve por la ventana la imagen de uno que corre y se trepa a un tren, que inmediatamente sigue su rumbo. Un tren que solo se ha detenido en ese lugar
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unos instantes, lo justo para salvar a un inocente. Con rapidez, vuelve a ocupar su asiento y, en tanto la noche se va incorporando mansamente por el vidrio, ya mĂĄs tranquilo, se pone a pensar en otro cuento.
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