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Historia Enrique La Aldea

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Historia

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La llegada de

Enrique y sus amigos


Paco,

el puercoespín,

no entendió lo que pasaba cuando al despertar sintió la primera sacudida de la tierra. Buscó la salida de su madriguera al percatarse de que las paredes de tierra empezaban a agrietarse. Solo cuando vio a todos los animales asustados y fuera de sus hogares, se dio cuenta de que acababa de ocurrir un fuerte temblor. Las guacamayas no tardaron en traer noticias: el temblor había causado numerosos daños en La Aldea y había más de cincuenta construcciones agrietadas, incluido el lugar donde se almacenaba la comida de la comunidad.

Además, unas gallinetas y una familia de zarigüeyas habían tenido que huir de sus madrigueras con sus crías tras un pequeño derrumbe. En total más de quince familias resultaron afectadas. Lorena, la tortuga líder de La Aldea, se puso al frente de la situación: —Es momento para estar unidos —dijo a los animales tras reunirlos a todos. Las hormigas se ofrecieron a trabajar turnos extra en la reparación y reconstrucción de los bienes afectados; las abejas, a reparar el panal lo más pronto posible y así proveer de miel fresca a quienes perdieron

sus reservas de alimentos en el temblor. Asimismo, Carmen organizó una colecta para ayudar A TODOS LOS DAMNIkCADOS Sin embargo, no todos estaban dispuestos a colaborar. A pesar de tener una reserva importante de alimentos, Arnulfo, la zarigüeya, aceptó donar únicamente un poco de maíz, algunas papas y una libra de naranjas. Y esto solo porque estaban verdaderamente en mal estado.


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on el paso de los días, la situación volvió poco a poco a la normalidad. Hasta que una mañana las guacamayas comunicaron una noticia inesperada: habían visto a un grupo de animales acercarse a La Aldea. En el pasado, habían circulado historias de animales feroces que merodeaban los alrededores

y que, quizás, un día podrían venir a atacar y a arrebatarles a los habitantes de La Aldea aquello que habían construido con tanto esfuerzo. El temor era tal que, desde entonces, los puercoespines habían sido nombrados guardianes y patrullaban con regularidad. Nunca habían tenido ningún incidente preocupante hasta aquel día.

dos, se organizaron rápidamente bajo las órdenes de Paco y salieron con las puntas erguidas y con miradas amenazantes al encuentro de los desconocidos. No tardaron en llevarse una sorpresa cuando descubrieron que quienes se acercaban no eran animales temibles. Por el camino menos transitado, llenos de polvo y visiblemente cansados, venían una pareja de zarigüeyas pardas, sus cuatro crías, un camaleón y una gran jaiba azul que avanzaba con có, Enrique, el camaleón —que

en ese momento tenía un tono amarillo pálido— dijo: —No se asusten. Somos inofensivos. El temblor ocasionó un derrumbe que destruyó por completo nuestros hogares. Muchos murieron —añadió e hizo una pausa mientras su piel se tornaba azulosa—. Perdimos amigos y familiares, y ahora buscamos un nuevo sitio para instalarnos y empezar de nuevo. ¡Ayúdennos, por favor! Paco decidió que lo mejor era llevarlos hasta La Aldea y dejar que Lorena decidiera qué hacer.


Todos los

animales

salieron al encuentro de los recién llegados después de la alerta de las guacamayas. —¡Qué bien! —dijo Carmen emocionada—. Conoceremos nuevos animales y nuevas costumbres. Efrén no parecía estar emocionado y expresó inmediatamente sus dudas:

—Pero ¿dónde vivirán? Me niego a que sea en la parte alta de La Aldea, lo digo de una vez. No quiero desconocidos durmiendo cerca de mí. No fue el único en pensar así al ver a los nuevos animales por primera vez. Se oían palabras de DESCONkANZA ENTRE LA MULTITUD “Para ser zarigüeyas tienen un

color muy extraño”; “he oído decir que nunca debes creerle a un camaleón; así como cambia de color, cambia de opinión, y nunca se sabe realmente qué está pensando”; “esas pinzas de la jaiba dan miedo, ¿quién nos asegura que no nos atacará?”. Arnulfo, por su parte, corrió rápidamente a su casa y escondió sus bolsas de comida lo mejor que pudo: “No permitiré que nadie me quite lo que me he ganado, y menos para ayudar a unos extranjeros”, pensó.


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orena se reunió durante varias horas con los recién llegados. Quedó convencida de que no eran un riesgo para La Aldea y de que era importante ayudarlos a reconstruir sus vidas. Les aseguró que en La Aldea tendrían un lugar donde instalarse. Carmen fue la encargada de recibirlos y de buscarles un alojamiento temporal. —Me encantaría alojarlos en mi madriguera —dijo—, pero soy muy grande y ocupo casi todo el espacio.

Enrique intentó contar su historia con detalles, pero notaba que muchos lo miraban con incredulidad. Esto lo entristeció y su piel se tornó azulada, lo que aumentó el nivel de desconpequeñas zarigüeyas de La Aldea les prohibieron jugar con las recién llegadas. —¡Pero si somos iguales! —reclamó una de ellas. —No, no lo somos. ¿No ves que tienen un color distinto? — respondieron sus padres.


L

orena convocó a una reunión de emergencia a todos los habitantes. Enrique, Inés y las zarigüeyas pardas entendieron que era para hablar de ellos, por lo que decidieron salir a dar un paseo y así no interferir.

—Ahora que estamos reunidos quiero recordarles nuestra regla de oro —dijo Lorena—:

“Todos los animales tienen los mismos derechos y deberes y, por ello, deben respetarse los unos a los otros” —dijo con voz alta y clara. —Pero, Lorena, esa regla se aplica para los habitantes de La Aldea, no para extranjeros —intervino Efrén. —¿Acaso no son animales también? —preguntó Carmen—. Si hasta algunos son de la misma especie de otros que viven aquí —añadió mirando a las zarigüeyas.

—Es cierto —replicó Arnulfo—, pero si apenas alcanza la comida para nosotros. ¿Cómo podríamos alimentar a otros? —Gracias al trabajo de todos hemos construido una aldea en la que cada uno tiene su lugar y podemos integrar a recién llegados y darles, así no más, lo que nos ha costado tanto esfuerzo? —Estoy de acuerdo —se animó a intervenir una gallineta—. ¿Por qué debe ser nuestra responsabilidad ayudarlos? Otros pueden hacerlo. —¿Quiénes serían los otros? —preguntó Paco—. Yo no quedaría tranquilo sabiendo que abandonamos a su suerte a ¡Acaban de perderlo todo!

—Precisamente porque hemos construido con esfuerzo esta sa podemos darles una mano, proporcionarles un lugar donde vivir y permitirles que nos ayuden —dijo Carmen seria y con voz grave. Unos apoyaron con entusiasmo a Efrén y a Arnulfo; otros, a Paco y a Carmen. Palabras iban y venían produciendo un enorme barullo. —¡Silencio! —ordenó Lorena por medio de un improvisado megáfono de hoja de plátano. Su orden se escuchó por toda La Pelear entre nosotros no solucionará las cosas. La situación no da espera. Es necesario tomar una decisión de inmediato.


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