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REFLEXIONES SOBRE LA RETÓRICA ARISTOTÉLICA César Oswaldo Ibarra1

RESUMEN El presente artículo recoge una reflexión sobre los principales aportes de Aristóteles a la retórica, entendida como la técnica que ayuda a persuadir o a convencer al otro sobre algún asunto, incluso deliberativamente falso. La permanente actualidad del pensamiento aristotélico pudiera ser suficiente justificación para volver sobre uno de los temas claves del pensamiento del Estagirita; sin embargo, la actualidad del tema en nuestros días está relacionada, también, con nuevas tendencias en esta materia como la Nueva Retórica o la Pragmadialéctica. Este artículo busca, en ese sentido, elementos para sostener la discusión de estas nuevas tendencias con el fin de favorecer la investigación sobre tópicos como los de la argumentación o de la influencia persuasiva de los medios de comunicación o de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y, especialmente, de fenómenos nuevos, como los de las redes sociales. Palabras claves: retórica, dialéctica, Aristóteles, tecné, persuasión.

ABSTRACT This article contains a reflection on the main contributions of Aristotle's rhetoric, understood as the technique that helps persuade or convince the other on any matter, even deliberately false. The timeliness of the Aristotelian thought would be sufficient justification to revisit one of the key issues of the thought of Aristotle, however currently the subject today is related, too, with new trends in this field as the New Rhetoric or pragmadialectical. This article aims, in that sense, elements to support the discussion of these trends in order to encourage research on topics such as argumentation or persuasive influence of media and new technologies of information and communication and, especially, new phenomena, such as social networks. Keywords: rhetoric, dialectic, Aristotle, techne, persuasion.

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César Oswaldo Ibarra, Docente Auxiliar de la UNAD. Par Académico del Ministerio de Educación Nacional. Licenciado en Filosofía y Ciencias Religiosas de la Universidad Santo Tomás de Aquino, Especialista en Educación Cultura y Política de la UNAD y Magíster en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana. Colombiano. Correo electrónico: cesar.ibarra@unad.edu.co


Introducción: Si le preguntáramos a un grupo desprevenido de personas lo que ellas entienden por “retórica”, probablemente nos encontraríamos con respuestas muy diversas, por ejemplo como la capacidad de hacer un buen discurso (“qué buena retórica”), en el mejor de los casos, o como un sinónimo de charlatanería (“eso es pura retórica”), en el peor. Pero como la filosofía no se mueve por opiniones (δόξα), sino por evidencias (ἐπιστήμη), no nos podemos quedar con lo que diga la gente sino que debemos profundizar en la conceptualización de la retórica desde el aporte de sus filósofos más importantes. En este caso, apelaremos a la autoridad de Aristóteles, el gran filósofo griego, para aclarar los términos más importantes relacionados con esta palabra y para definir a la misma con la mayor claridad posible. Aristóteles, filósofo y científico griego, nació hacia el año 384 aC, y murió hacia el 322 aC. Discípulo de Platón y maestro, entre otros, de Alejandro Magno, revolucionó el pensamiento griego e influyó profundamente en el mundo occidental con una filosofía práctica, construida sobre un discurso completamente lógico, que hoy forma parte de lo que podríamos llamar el “sentido común” de la humanidad. Indudablemente, Aristóteles es el más grande de los filósofos de toda la historia. Sus casi doscientas obras abarcan todo el conocimiento antiguo y sirven de base a todo el conocimiento humano. Entre sus escritos, se destaca, su “Retórica”, obra en la que el Estagirita sintetizó los conocimientos que hasta entonces se habían hecho sobre el arte tanto de argumentar como de hablar. En la “Retórica”, Aristóteles le dio altura filosófica al término y al sistematizarla la convirtió si no en una ciencia, si en un arte o “tecné” (τέχνη). Una τέχνη se ocupa racionalmente de un conocimiento que ha surgido de la experiencia y está cercanamente emparentado con la ciencia, aunque no alcanza a ser un conocimiento totalmente científico sino que es un conocimiento aplicado a una habilidad específica; en el caso de la Retórica, Aristóteles la entiende como una reflexión teórica sobre el “arte” de manejar un lenguaje persuasivo. La τέχνη (reflexión teórica), se halla en un término medio entre la técnica (conocimiento práctico), y la ciencia (conocimiento racional basado en unas leyes determinadas). La “Retórica” de Aristóteles se compone de tres libros: en el primero, se ocupa de la estructura de la retórica (que es lo que nos ocupa en este texto); en el segundo, analiza las características del público o auditorio, y en el tercero se ocupa de los discursos como herramientas de persuasión. Sin embargo, Aristóteles no inventó la retórica, lo que hizo fue sistematizar lo que se había hecho hasta entonces en esa materia. La tradición sugiere que la retórica nació en Siracusa en el siglo V antes de Cristo, en ocasión de la caída de una dictadura que había expropiado injustamente unas tierras a sus dueños originales y las había entregado a unos nuevos dueños; los antiguos dueños quisieron aprovechar el cambio de circunstancias para reclamar lo que había sido suyo y para ello contrataron a Córax y a su discípulo Tisias, 2


quienes en medio de sus alegatos, se dieron cuenta de que lo más importante no era la verdad en sí misma sino la verosimilitud y que para ello era necesaria una buena argumentación. Así nacía la retórica como una forma de darle al hablar un soporte técnico que lo hiciera verdaderamente eficiente. Otros filósofos también se dedicaron a la retórica, pero quien le dio estatuto filosófico a la retórica fue Aristóteles y por eso nos remitimos a él en este trabajo.

Definición: En los clásicos griegos se puede observar cómo todos los antiguos poseen una buena elocuencia. Dioses y héroes hablan con mucha propiedad y cautivan a quienes los oyen. Sin embargo, no se trata de una elocuencia que pudiéramos llamar “sabia”. Esta elocuencia nace casi siempre de impulsos sentimentales y depende casi exclusivamente del mito, lo que le quita sustento racional y científico. Grecia va a apasionarse con los grandes oradores: los reyes empujan a sus ejércitos a la batalla con un discurso entusiástico al que los soldados se entregan ávidamente, sin calcular que se juegan la vida misma por seguir al orador-rey. Los sofistas harán de la palabra un negocio rentable porque se dan cuenta, mejor que nadie, que a los griegos, especialmente a los atenienses, les gusta “oír”, y ellos le dirán al pueblo lo que el pueblo quiere “oír”. “Hablar” será un derecho exclusivo de los ciudadanos y Atenas irá o vendrá al ritmo de sus grandes oradores. Este carácter “democrático” de la retórica nos lo presenta Romo (2005, p. 11), claramente, cuando dice: Si se puede votar, uno cuenta para la decisión de los asuntos públicos, y si además sabe leer y tiene acceso a la ley, no se dejará convencer de cualquier manera por quien quiera ganarse su opinión en la asamblea. La polis ateniense constituye una experiencia única en la historia: una democracia directa al menos para todos los varones libres y mayores de edad, y nada semejante a una casta sacerdotal determinante de la vida social. Pero como todo oficio con mucha competencia, esta elocuencia pronto se convertirá en oratoria y se irá restringiendo, poco a poco, a unos cuantos que poseen la habilidad de manejar palabras y frases y se irá especializando cada vez más. La simple elocuencia y la oratoria irán dando paso a la retórica, y ésta irá apareciendo ayudada sobre todo por la necesidad de hacer buenos argumentos jurídicos por cuanto los abogados todavía no existen y todo ciudadano se defiende o acusa por sí mismo ante los tribunales. La necesidad de construir buenos discursos jurídicos hará aparecer a los logógrafos, que serán los encargados de ayudar al ciudadano a construir un buen discurso, y

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aparecerán, también los preceptores que forman en la retórica a sus alumnos para que aprendan a pleitear bien en los estrados judiciales. Esta necesidad de formar retóricos parece urgente y necesaria porque “decir bien” no significa “hablar bien” de la misma forma en que “oír bien” no significa “escuchar bien”. “Escuchar bien” significa apropiarse de lo que el otro está diciendo y “hablar bien” significa construir el discurso de una manera lógica y racional, con una argumentación sólida y homogénea, y esa puede ser la diferencia entre un triunfo o un fracaso ante los jueces en un pleito o ante los sabios en una discusión. Como vemos, la retórica va a apareciendo paulatinamente, ayudada por la pasión de los griegos por el discurso y por la necesidad de construir ese discurso de tal manera que resulte convincente y útil. Pero, ¿qué es la retórica? ¿Cómo podemos definirla? López (2000. p. 12), nos dice bellamente: La definición más antigua que conozco de la retórica es una metáfora personificadora que dice así: la Retórica es “artesana de la persuasión”, peithoûs demiourgós, así justamente en griego antiguo, porque los antiguos griegos fueron quienes inventaron la retórica y el nombre de la retórica y hasta la historia de la invención de la retórica. La verdad es que éste es uno de sus mejores inventos. Aristóteles será el encargado de sistematizar todo lo relacionado con la retórica y, por lo mismo, se encargará, también, de su definición: Entendemos por Retórica la facultad de conocer en cada caso aquello que puede persuadir. Este no es el objeto de ningún otro arte; pues cada uno de los demás enseña y persuade respecto de sus propias materias, como la medicina, que trata de lo que sirve para sanar y de lo que daña a la salud, y la geometría, que versa sobre los cambios que pueden experimentar las magnitudes, y la aritmética, que se ocupa de los números e igualmente las demás artes y ciencias. Pero la Retórica, por así decirlo, parece que puede conocer, respecto de un asunto propuesto, aquello que es apto para persuadir. (Aristóteles, 2007. p. 43). Resulta entonces que la Retórica es el arte (no ciencia, como ya se ha dicho), que se encarga de la argumentación y de la persuasión, pero no al estilo sofista con meras palabras y sentimentalismos, sino mediante un proceso racional y lógico. En ese mismo sentido, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, nos dice que la Retórica es el “Arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover” (Real Academia de la Lengua. 2010, 17 de diciembre). La eficacia de la que habla la Academia no se puede conseguir si no hay un fundamento lógico y racional que le de peso a lo que se dice. El argumento ha de seguir unas reglas determinadas para alcanzar el objeto que se busca (lo útil, lo justo, lo verdadero, etc.). “Bien decir” no es hablar bonito, es argumentar bien. La retórica no es la floritura 4


que termina haciendo vanas las palabras y los discursos, es el “arte de bien decir”, de construir realidades tangibles a partir de las ideas racionalmente construidas y eficientemente concatenadas para que trasmitan posiciones y argumentos, y el persuadir es lo propio de ella como arte. No podemos olvidar, en ese sentido, que el lenguaje es generador de realidades, tal como nos lo ha enseñado Echeverría (2003. p. 22): El lenguaje no solo nos permite describir la realidad, el lenguaje crea realidades. La realidad no siempre precede al lenguaje, éste también precede a la realidad. El lenguaje, postulamos, genera ser… Al postular que el lenguaje es generativo, estamos sosteniendo que el lenguaje es acción. Tal como lo afirmáramos anteriormente, sostenemos que a través del lenguaje, no solo hablamos de las cosas, sino que alteramos el curso espontáneo de los acontecimientos: hacemos que cosas ocurran. Por ejemplo, al proponerle algo a alguien o al decirle “sí”, “no” o “basta” a alguien, intervenimos en el curso de los acontecimientos. Las palabras crean realidades. La retórica no es hablar bien, solamente, es hablar con argumentos lógicos y racionales y, en ese sentido, se crean realidades lógicas y racionales. En el mismo sentido, Beuchot (1995. p. 11), nos dice que: Para Aristóteles, lo más característico del hombre es la dimensión lingüística de su comportamiento, ya que refleja su carácter racional. Asimismo, ese carácter lingüístico del comportamiento del hombre está en estrecha relación con la sociabilidad humana, con su aspecto político. De lo dicho por Echeverría y por Beuchot, podríamos afirmar que el lenguaje es no solo condición de humanidad sino también acción creadora del hombre quien, a través de las palabras, crea nuevas realidades. Cuando el hombre habla no solo se muestra como ser racional sino también como creador. La poderosa fuerza de las palabras, para bien o para mal, puede conducirnos a los mayores estados de armonía o puede hundirnos en las crudas realidades de la barbarie y la destrucción Podríamos concluir, en este apartado, que la retórica es el arte de “decir bien”, pero no como lenguaje adornado sino como lenguaje lógico, que crea realidades nuevas, nacidas de una argumentación racional.

Clasificación: En la Retórica, que es la obra aristotélica que nos ocupa, el Estagirita nos propone una clasificación de este arte, conforme a la finalidad que se busca y conforme a los intereses de los destinatarios del discurso. Aristóteles (2007), piensa que “es necesario que el oyente sea o espectador o juez, y si es juez, que lo sea acerca de lo pasado o de lo futuro. El uno es el que juzga sobre lo futuro, por ejemplo, el miembro de una asamblea; el otro, el que juzga de lo pasado, como el juez; y el espectador es el que juzga acerca del valor” (p. 51). De esa 5


forma, Aristóteles dice que la Retórica se divide en tres géneros: deliberativo, demostrativo y judicial, según que lo que se presente en el discurso se dirija a uno o a otro destinatario o que esté relacionado con uno u otro tiempo. Género deliberativo: El género deliberativo responde a la necesidad de argumentar en la plaza pública para proponer soluciones a los problemas de la ciudad. Recordemos que la democracia radical en Atenas suponía que cualquiera que ostentara la dignidad de ciudadano (mayor de edad, hombre y libre), podía iniciar y sostener una discusión pública, que podía terminar con una votación que podía definir el rumbo de la ciudad. Este derecho, muy sencillo al principio, se fue haciendo cada vez más complejo, en la medida en que fueron apareciendo expertos en la materia como los logógrafos, que eran como artesanos de la palabra que fabricaban discursos a cambio de un estipendio y los sunégoros que eran una especie de abogados que ayudaban a sostener causas ajenas para asegurar su éxito. La correcta argumentación tiene como fin el de convencer al otro o al auditorio sobre una determinada cuestión, sobre lo que conviene o no conviene hacer. Este género supondrá una amplia preparación sobre el tema y el uso de unos argumentos de peso que inclinen la voluntad de los que lo oyen a uno en determinada dirección. Aristóteles nos dice cuáles son los asuntos sobre los que versa este género: Los principales asuntos sobre los cuales todos deliberan y sobre los cuales hablan aquellos que aconsejan, vienen a ser aproximadamente cinco, a saber: de la manera de adquirir dinero, de la guerra y de la paz; además sobre la custodia del territorio, de la importación y de la exportación, y de la legislación (Aristóteles, 2007. p. 58). Como se puede ver, el género deliberativo tiene mucho que ver con lo político, esto es, en el mejor estilo griego, con la dirección de la ciudad. Los temas que se manejan en este género son temas gruesos, problemas capitales que pueden decidir la suerte de las personas o de la sociedad en su conjunto. En una sociedad como la nuestra, marcada por la corrupción y por el ejercicio de la política como la búsqueda del bien individual por encima del bienestar público, el desarrollo de este género debería despertar en el mundo de la academia una constante preocupación en el sentido de develar las formas en que se manipulan las voluntades a través del discurso político, cuando este se amaña para satisfacer solo intereses personales. Como se ha podido ver, el género deliberativo se refiere a asuntos futuros sobre los que se puede influir con una decisión en determinada dirección.

Género demostrativo: 6


El género demostrativo se refiere a hechos pasados, los cuales se alaban o se critican, pero sobre los cuales el auditorio no tiene ninguna influencia, siendo la única función de éste la de aceptar o la de rechazar la posición del que habla. Beuchot (1995. p. 75), afirma respecto al género demostrativo que… Su fin es la alabanza o el vituperio, principalmente de las personas. Los medios de efectuar esa alabanza o vituperio de las gentes se puede obtener a partir de las cosas del alma, del cuerpo y del exterior. Las del alma son las principales y son las dotes intelectuales, como la buena utilización de la mente, la agudeza de ingenio, la memoria, etc.; las del cuerpo son, por ejemplo, la belleza, la salud y la limpieza; las exteriores son, por ejemplo, las riquezas y el poder. Como puede verse, el género demostrativo hace juicios de valor desde posturas tomadas por una persona que, con un criterio ponderado y un juicio equilibrado, juzga las acciones de una persona o de un hecho determinado. Los argumentos utilizados buscarán demostrar el grado de bondad o maldad, de honestidad o de deshonestidad, de acomodación a ciertos cánones, etc.

Género judicial: El género judicial conoció muy pronto un amplio desarrollo. Como se ha dicho antes, los ciudadanos griegos tenían el derecho de defenderse a sí mismos en los pleitos con otros ciudadanos o con la ciudad. Sin embargo, la experticia de algunos devino en la institución de los sunégoros (o protectores, en sentido etimológico), que se fueron especializando en este género hasta dar origen a la institución de los abogados. La finalidad del género judicial es la demostrar la culpabilidad o inocencia de una persona respecto de una acusación concreta sobre la violación que se ha hecho de la ley o de la justicia. En ese sentido, Aristóteles (2007. p. 85), afirma que: Débense, pues, tener en cuenta tres cosas: primero por cuántos y por qué motivos se hace injusticia; segundo, con qué disposición de ánimo, y tercero, a quiénes y en qué estado. Entendemos por hacer injusticia el inferir un daño contra la ley. Siempre se ha considerado este género como el más difícil de todos y de hecho se ha convertido en una disciplina propia (la del derecho), por cuanto se ponen en juego la buena fama de las personas, la supresión de la libertad y en algunos casos extremos, incluso la propia vida. El ejercicio meramente retórico, basado en argumentos lógicos ha dado paso al derecho basado en la acomodación de los hechos a la Ley; la libertad o la prisión, la pena de muerte u otros castigos no pueden quedar dependiendo de la habilidad de un orador, tienen que responder a la acomodación o al desajuste de ciertos actos con respecto a un

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criterio bien determinado, como lo es de la Ley y al juicio de un auditorio especializado, formado por jueces y magistrados.

Retórica y moral: En el libro segundo de la Retórica de Aristóteles se nos presentan dos aspectos muy importantes para el Filósofo: la actitud moral (el éthos), y la actitud (el páthos), del orador y del auditorio. El retórico debe tener muy presente su actitud y la del auditorio porque, como bien lo señala el Estagirita (2007): Como la retórica tiene como finalidad el juzgar (pues se juzgan también los consejos y el veredicto judicial es un juicio), hay que procurar, no solamente que el discurso sea apto para demostrar y para persuadir, sino también que el orador esté en cierto estado de ánimo y disponga al que decide. Porque es de gran importancia en orden a la persuasión, sobre todo en las deliberaciones, y también en los juicios, que el orador se muestre con cierta disposición de ánimo y que los oyentes crean que se halla de algún modo dispuesto con respecto a ellos, y además, que éstos se encuentren dispuestos de alguna manera (p. 157). Podríamos decir que éste es un aspecto psicológico que no podemos descuidar. En orden a la presentación del discurso es tan importante la actitud del orador como la disposición del auditorio. Si se logra cierta empatía entre el uno y el otro, se pueden conseguir mejor los resultados que nos hemos propuesto. El auditorio “siente” al orador y se abre al mismo si nota que el orador está convencido de lo que está diciendo y si ve que está dando lo mejor de sí mismo cuando habla y el orador hará mejor su trabajo si siente que el auditorio está dispuesto a escucharlo bien. Esta parte emotiva no puede descuidarse ni en el foro judicial ni en ningún otro ámbito de la vida. Humberto Maturana nos ha enseñado a valorar este aspecto, haciéndonos entender que en Occidente nos hemos dejado llevar demasiado por la racionalidad y hemos descuidado que la emotividad es tan o más importante que la racionalidad. Al respecto, Maturana (2007. p. 57), nos dice: La cultura occidental, a la cual nosotros científicos modernos pertenecemos, menosprecia las emociones, o, al menos las considera un recurso de acciones arbitrarias que no merecen confianza, porque no surgen de la razón. Esta actitud nos ciega respecto de la participación de nuestras emociones en todo lo que hacemos, como trasfondo corporal que hace posible todas nuestras acciones y especifica los dominios en los cuales estas ocurren. Y esta ceguera, yo sostengo, nos limita en nuestro entendimiento del fenómeno social.

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Lo emotivo y la actitud tanto del orador como del auditorio tiene, pues, una importancia capital para la retórica.

La elocuencia: Al hablar de la elocuencia, dice Aristóteles (2007), que “no basta poseer lo que hay que decir, sino que es necesario decirlo también como conviene” (p. 285). La elocuencia, dice la Real Academia de la Lengua (2010), es la “facultad de hablar o escribir de modo eficaz para deleitar, conmover o persuadir”, o también la “eficacia para persuadir o conmover que tienen las palabras, los gestos o ademanes y cualquier otra acción o cosa capaz de dar a entender algo con viveza”. De modo que decir las cosas “como conviene” significa darles un peso específico tal que puedan persuadir al que nos escucha. La elocuencia no es solo decir bien, sino, también, decir con eficiencia. En el mismo sentido, Aristóteles (2007), nos dice que una condición fundamental de la elocuencia es la claridad: Basten, por tanto, estas consideraciones acerca de lo que precede y establezcamos que una cualidad de la elocuencia consiste en que sea clara. La prueba está en que el discurso, si no revela el pensamiento, no desempeñará la función que le es propia. La elocuencia tampoco debe ser baja, ni demasiado elevada sino conveniente (p. 286). La claridad es, pues, una condición fundamental de la elocuencia. La retórica no requiere de florituras ni de laberintos idiomáticos sino de argumentos claros y precisos. El retórico no confunde sino que convence. El uso de palabras o frases rebuscadas o de argumentos más próximos a la charlatanería que al discurso, hacen que nuestra elocuencia se vuelva vacía o, como decía el Estagirita, fría.

Cualidades de la elocuencia: En su Retórica, específicamente en la primera parte del libro tercero, Aristóteles (2007), nos presenta las siete cualidades que debe tener la elocuencia, las cuales ligeramente glosamos a continuación: Pureza: Se refiere al uso exacto y mesurado de las palabras y de las oraciones. Un uso inadecuado de las mismas, corrompe el discurso y hace oscuro lo que por naturaleza debe ser claro. 9


Grandeza: Se refiere al uso adecuado de las definiciones o de los nombres. A veces será necesario usar los unos y a veces las otras. Si hay que concretar, se usarán los nombres, pero si hay que explicar, se usarán las definiciones. No se deben mezclar de manera desordenada. Conveniencia: La conveniencia se refiere a la coherencia de las palabras con la realidad. Aristóteles afirma que: “esta proporción existe cuando no se habla ligeramente sobre asuntos de importancia, ni con solemnidad sobre los vulgares, y si no se añaden adornos a una palabra común” (p. 299). Ritmo: El discurso no puede ser monótono, tiene que tener un ritmo, un uso adecuado de los énfasis y una forma de decir las cosas que haga elegante, sin hacerlo recargado, lo que estamos diciendo, sin que pierda la eficiencia. Período: Consiste en hacer pausas adecuadas en los discursos, de manera que se llegue a conclusiones pertinentes en los momentos precisos. Un discurso continuo no solo es monótono sino que también es ineficaz. Que tiene período, significa que el discurso tiene principio y fin y, por lo mismo, conclusiones prácticas. Cultura y elegancia: El discurso debe ser culto para que sea ciencia, sino se quedaría en mera opinión y debe ser elegante para que sea agradable, pero a condición de que no sea recargado. El discurso debe tener un fundamento preciso y debe ser dicho con elegancia. Elegancia y precisión, ahí está el secreto. Vivacidad: La vivacidad hace referencia a la capacidad que tiene el retórico de hacer vívido un asunto. Ser preciso no significa se seco. El discurso busca conmover al otro y el otro no se conmueve por un amontonamiento de letras, palabras y oraciones, es preciso que le mostremos las ideas de tal manera que lo convenzamos.

Entonces, podemos decir que el uso adecuado de estas siete cualidades de la elocuencia nos convierte en verdaderos retóricos. Estas cualidades le dan al discurso su carácter de ciencia

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y lo alejan de la mera opinión. Un buen discurso tiene que tener, de manera equilibrada las cualidades mencionadas.

Conclusión: Aristóteles no inventa la retórica pero si la sistematiza. La tradición griega relacionada con el arte de bien decir, que es la retórica, encuentra en el Estagirita su mayor desarrollo. Para el Filósofo, la retórica es el arte que nos ayuda a persuadir a los otros, usando para ello una serie de técnicas que permiten que nuestro discurso se vuelva creíble. La retórica no se basa en sofismas sino que es un edificio racional que se basa en leyes y procedimientos precisos. El lenguaje crea realidades, las palabras no son solo palabras. Decir una cosa u otra puede afectar la vida de una persona o de una sociedad. Aristóteles clasifica y asigna cualidades a la retórica, lo que permite que ésta adquiera un estatuto filosófico claro y se eviten tergiversaciones a la argumentación que lleven a conclusiones erradas. La retórica aristotélica nos puede ayudar a reconstruir la forma en que usamos nuestros discursos en la actualidad y nos permite deconstruir argumentaciones basadas más en los sofismas y en las falacias que en los términos en que nos enseña el Filósofo.

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

Aristóteles. (2007). El arte de la Retórica. Buenos Aires: Eudeba. p. 43 Beuchot, Mauricio (1998). La Retórica como pragmática y hermenéutica. Barcelona: Anthropos. p. 75 Echeverría, Rafael (2003). Ontología del lenguaje. Santiago: J.C. Sáez. p. 22 López, Antonio (2000). Esencia y objeto de la Retórica. Universidad Salamanca. p. 12

Salamanca: Ediciones

Maturana, Humberto (2007). La objetividad, un argumento para obligar. Santiago: J.C. Sáez. p. 57 Real Academia de la Lengua (2010). Diccionario de la Lengua Española. Recuperado el 17 de diciembre del 2010, de http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=retorica Romo, Fernando (2005). Novográfik. p. 11

La Retórica. Un paseo por la retórica clásica.

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Madrid:


Reflexiones sobre la estética aristotélica