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YANIS RITSOS

ERÓTICA Edición, introducción y notas JUAN MERINO CASTRILLO


© de la edición, introducción y notas: Juan Merino Castrillo, 2011 © de las ilustraciones: Celia de la Fuente, 2011 © Beginbook Ediciones, 2011 Diseño de la cubierta y maquetación: Victoriano Santana Sanjurjo


ÍNDICE INTRODUCCIÓN ............................................................. 5 Erótica Pequeña suite en rojo mayor ............................... 7 Cuerpo desnudo ................................................... 57 Verbo carnal .......................................................... 113 POSFACIO...................................................................... 127

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A principios de la década de los 80 del siglo pasado, el poeta griego Yanis Ritsos, ya septuagenario, compone Τα ερωτικά [Erótica, 1981]. En el conjunto de su abundante obra, este libro constituye casi una excepción. No solo por el tema, sino también por el formato y por la perspectiva que adopta el poeta: es poesía amatoria con afán de trascendencia, ejecutada mediante breves composiciones en las que domina el elemento carnal. Tres colecciones de poemas dan cuerpo al libro y resumen en sus títulos el contenido, al tiempo que ofrecen ciertas claves de interpretación. La primera parte, «Pequeña suite en rojo mayor», reúne poemas cortos de asunto vario, independientes entre sí, pero con la unidad que les da el motivo erótico, al modo de las composiciones musicales de ese nombre. Sigue una serie de brevísimas estrofas cuyo título, «Cuerpo desnudo», es suficientemente explícito. Cierra el conjunto una tercera y última colección de poemas de largo aliento, característicos de la poética de Ritsos. Su título, «Verbo carnal», suma a los anteriores el concepto de logos, de palabra hecha carne. Suite, cuerpo y palabra. Es decir, música, carnalidad y poesía son, en suma, los tres temas

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que se tejen en los versos, siempre con el tono cromático rojo de la pasión, del fuego y de la sangre. La primera parte de Erótica es, pues, una alegoría musical: suite. La música -como también la pintura o el teatro- desempeñan un papel muy importante en la obra de Ritsos. Baste recordar algunos títulos: Sonata del claro de luna, Vieja mazurca a ritmo de lluvia, La canción de mi hermana, Sinfonía de primavera. El motivo de la alegoría es el amor en todas sus dimensiones, pero se exalta por encima de todas su versión primordialmente física. El amor es visto en términos absolutos. Erótica canta al amor como potencia creadora, como fuerza generatriz. El universo entero es manifestación del amor, del eros. Hay en el poeta un afán, una necesidad de expresarlo todo, de explotarlo material y emocionalmente. Se celebra una emoción y un eros expansivos, siempre de dentro afuera: el cuerpo, la cama, los muebles, la naturaleza exterior y el cosmos. De modo que puede hablarse de un lirismo carnal que se expresa en los detalles, en todas las partes de la casa, del cuerpo y del alma. El poeta se sitúa en un ámbito natural –geográfico y humano-, inconcreto en espacio y tiempo, ubicuo e intemporal.

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(A) PequeĂąa suite en rojo mayor

Las palabras tambiĂŠn son venas dentro de ellas corre sangre cuando las palabras se unen la piel del papel se prende de rojo como a la hora del amor la piel del hombre y la de la mujer.

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Con ojos cerrados toda desnuda en la alfombra roja espera a que ĂŠl se quite los zapatos los calcetines a que le amase los pechos fuerte fuerte con sus anchos pies.

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Dos montes dos cuerpos un árbol y el largo río abajo hasta el mar hasta el siguiente puerto con las tascas los remeros y las fraguas; también hay música.

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Niebla blandas colinas oscuras 驴c贸mo es posible en medio de tanto gris un cuerpo rojo erguido todo desnudo?

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El poema ¡ah! el poema -decíaun coito perpetuo nada de signos de puntuación ningún punto aroma de la tierra estiércol y azahar y semen el pico y la pala sobre el mármol doble trabajo no digas más el amor uno.

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Se viste se desnuda fuego su ropa su desnudez fuego los clavos se funden un rĂ­o de hierro pasa bajo los ĂĄrboles se abren tres ventanas miran dentro las aves con un fĂłsforo en el pico doce cristales son rojos seis dorados.

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Bajo la cama sus zapatos conservan la forma de sus pies el calor de sus pies respiran y dos aves blancas de ojos azabache en su cuello una argolla de nĂ­quel.

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Inagotable -diceinagotable el cuerpo humano cielo intenso cielo rojo te hundes no hay rama que asir tierra que pisar cielo denso para que tus alas se abran debes salir.

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La camisa no se la cosió la prendió toda con alfileres para que al ponérsela le hiriese qué bien le sienta tan abierta en el cuello robusto blanco blanquísimo con manchas rojas.

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Ah, noches voluptuosas la luna en la alcoba la luna en la cama en el cuerpo desnudo abajo en el s贸tano los golpes de hierro el herrero clava las herraduras de oro al caballo blanco alado sin importarte siquiera si aun con sus pesadas herraduras echar谩 a volar de nuevo.

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Bajo el vestido está desnuda sobre el vestido completamente desnuda ante la ventana sostiene un vaso alto ¿te lo ofrecerá? ¿no te lo ofrecerá? lo bebe sola no te mira así está más desnuda con una rosa entre sus pechos.

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Los dedos de las manos los dedos de los pies penes entre los cinco dedos cuatro vulvas —veinte y diecisÊis— antes de llegar a hacer la suma tu semen estalla en los labios de la estatua.

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La manta de pelo el fuego el humo noche cuerpo desnudo restallan camisas en la azotea baten banderas manzanas rojas ruedan por la mesa tambiĂŠn una amarilla me han crecido las uĂąas y el cabello.

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C贸mo crece este cuerpo en la noche los pies salen de la cama salen por la ventana nace una estrella se pierde una llave la puerta se cierra quedo fuera la mano de la estatua cae sobre mis rodillas.

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Luego anocheci贸 dos sillas de madera en la luna en las sillas ellos dos descalzos frente a frente apenas roz谩ndose los dedos gordos de los pies.

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Su movimiento su cabello sus manos un soldado solo en el bosque una cometa abandonada en la roca un tramo de camino en la solana recia camino mojado por un agua desconocida.

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Cuerpo desnudo acostado o erguido geografía ignota miles de veces estudiada memorizada ignota he oído el golpe ¿quién ha arrojado los dados a las baldosas del lavabo?

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Tu mano o incluso solo tres dedos tuyos sosteniendo la taza muestran entero tu cuerpo desnudo cierro los ojos que tĂş no veas y te vayas mediodĂ­a pasa por el vecindario el afilador le darĂŠ a escondidas los doce cuchillos.

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Deja yo prepararé la comida yo pondré la mesa yo no comeré te veré comer como si no supieses y de verdad que no sabes recogeré los alfileres uno a uno del piso tu vestido no lo recogeré lo dejaré en el suelo una torre de calor con dos pájaros y una luna y una caja de cerillas.

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Muebles telas objetos de uso común la vieja lámpara un botón en el vaso subterfugios -dijoprecisión en lo que no se ha nombrado tras la cortina roja una mujer desnuda dos naranjas en sus manos yo subo a la silla limpio el techo de telarañas pero si no te nombro no eres tú ni yo.

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En el espejo eres dos en el otro tres once quince veinticuatro se llen贸 la casa se llen贸 el mundo y ning煤n espejo solo un lago y dentro la gran rueda y una sandalia tuya sobre la mesa junto al cenicero.

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Juntaron los labios las lenguas las salivas la saliva cuajó así modelaron un dios pequeñas margaritas en el vello del pecho un pan en las rodillas y el compás clavado en el centro del mapa… El mundo es un círculo.

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Dos cuerpos inm贸viles en su propio movimiento pajas en su cabello roja lamparilla rojo aliento aves nocturnas puertas espejos audici贸n secreta y luego grandes rocas ruedan por el monte caen al mar fragor h煤medo y al lado el intermitente rumor de la nevera.

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RaĂ­ces enmaraĂąadas gusanos blancos orugas verdes hojas por encima dos cigarros encendidos solos en el mismo cenicero rojo atardecer cristales rotos he tenido un sueĂąo -dijooh rojo invulnerable ya no recuerdo tamborileo con los dedos en la pared escucho solo.

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Altas sierras muchos árboles abajo el río gritaban los leñadores gritaban los marmolistas pasó el tren alzas la mano sale humo de tu axila olvido al portero al guardia la estatua ecuestre escondo la llave tras una flor toso de verdad.

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Estaban sentados en el suelo batĂ­an las palmas en la tierra se iban las aves el adivino dijo que hicieses un nudo al fuego que lo unieses con tu sombra trajeron la copa grande cada uno mojaba un dedo en el agua gĂŠlida inscribĂ­a una cruz en el cuerpo desnudo el desnudo estaba acostado en la hierba quemada boca abajo.

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Los cuarteles tras los pinos ambos en la ventana esperan cuando se oy贸 enfrente la corneta vespertina se desnudaron r谩pido se acostaron fuera en las paredes por clavos y cuerdas escalan las grandes plantas carnosas.

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Las palabras perforan el papel salen por el otro lado un cuerpo perfora el otro no sale por el otro lado el alfarero el frutero el carnicero con su perro sale la luna cae una hoja en el asfalto la recoge el ciego.

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Tienen hambre los ojos tienen hambre los oídos la nariz la boca la lengua tiene hambre el cuerpo huele escucha busca las rodillas la ropa los bolsillos la imagen el otro cuerpo las pestañas una a una corren estatuas por las noches hombres con banderas farolas el cuerpo obstinado busca la articulación de un gesto sobre la muerte busca en la muerte escucha las gotas del grifo en la bañera de mármol con las grandes toallas rojas empapadas.

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Pon tu pie desnudo sobre el papel sobre el poema con el lĂĄpiz trazarĂŠ el perfil de tu pie lo clavarĂŠ en la pared con una chincheta y encenderĂŠ las tres velas en el candelabro cierra pues la puerta.

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Pequeña tregua para ver un árbol una bicicleta el humo del tren; un arbusto rojo junto a la papelería domingo mis manos en su paciencia con qué sigilo preparan la nueva contienda con tus manos.

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Piedras son y más piedras por la ventana llega música es miedo a la sumisión lo tangible lo inconmensurable mejor la respiración del espejo solitaria, y el que sube la escalera con el farol del guardagujas se quita el abrigo lo cuelga en la percha el abrigo cae justo en el punto que había trazado con carbón.

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En pleno invierno vestía de blanco ¿qué tenía que ocultar? ¿el rojo mudo? ¿mi reloj de pulsera robado? Por la ventana en efecto se distinguían tres cipreses y la misma chimenea sin humo.

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Viajes imágenes hombres una mujer con paraguas ecos de campanadas siete de la tarde en oscuras chacinerías en estancos una silla dos soldados el pulgar de Orestes en una tecla del piano en la penumbra del crepúsculo lo que llamamos belleza eso es -dicelo que prepara el semen suspensión del tiempo duración ¿acaso un poco más lejos? ¿más cerca?

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Multitud de limones sobre la mesa en las sillas en la cama destellos amarillos recorren tu cuerpo me gusta cuando llueve noche con mil limones y de pronto la linterna del guardabosques parando las liebres mojadas posadas en sus patas traseras.

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Lo que no dijimos quizá conserve aún gestos nuestros actos nuestros como actos de terceros los demás tardaban envolvieron el pescado (era rojo) en un periódico entraron por la puerta de cristal desaparecieron seguro que ese pescado sería su secreto.

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Oh cuerpo infalible cuántos y cuántos errores con una media luna transeúnte por los árboles desnudos de la acera soldados de permiso fuman bajo el cobertizo llueve todo el día oigo el agua que fluye interminable por los canalones en la calle pese a que lo sé este billete está caducado ya.

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El cuerpo -diceen genitivo: del cuerpo y en general el cuerpo otra palabra más densa no tengo cojo la bolsa de plástico entro en los comedores populares recojo raspas para los gatos silvestres del barrio en los descansos -diceconverso con los músicos en los bastidores oscuros… qué infinita distancia recorro de tu cuerpo a tu cuerpo.

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Puertos ciudades encienden sus faros un perro se detiene a la puerta dos contrabandistas ante la aduana mujeres rojas mozos negros él se oculta tras su cuerpo observa ajeno polizón de nuestra noche diciendo ajeno -¿por qué ajeno?entre las luces mojadas vuelve sumiso da cuerda a su reloj nueve y cinco sangre desolada anochecer después de la lluvia.

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¿Quién grita toda la noche? hombres duros de oído duros de oído también los espejos enciendo la lámpara apago la cerilla en la otra habitación te desnudas tú oigo el rumor de tu cuerpo tu cabello pende la sombra de la bicicleta se inscribe en la pared húmeda las sombras de los clavos se agrandan en la puerta cerrada.

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Un montón de botellas vacías bajo el árbol del patio los borrachos sobrios ahora observan desde la ventana las botellas las hojas el monte una nube ¿de verdad era embriaguez? ¿cuándo y dónde? ¿y los cuerpos mojados? ¿y los cinco vasos? ¿y el león del circo con la noche toda?

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El legislador el contratista el joven guardia de trĂĄfico paso atentamente los he visto desapercibido yo entre tanta multitud me detuve en rojo observaba tus hombros entonces empezĂł a llover avanzaste luego subiste la escalera sujetabas la jaula con un papagayo azul yo no subĂ­ miraba.

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Tu cuerpo en la playa la arena pegada a tu carne la arena en mis manos en mi lengua para que te descubra tras el obstĂĄculo sutilĂ­simo y la arena cayendo de nuestro cabello sedimentando en el fondo del silencio y nosotros hermosos reciĂŠn lavados de nuestras propias aguas emergidos a la luz y al cuerpo de esta tierra.

52


Lo que repta en el cuerpo sobre el cuerpo de cuerpo a cuerpo por los dos montes con una nube por el ave del árbol en el nido del ave pluma y paja su nido lo que te hace soy lo que te hace somos lo que te asemeja a otro único incomparable en la atracción del otro ritmo y ritmo amor hermano enemigo amor.

53


Rojo carmesí el rojo bórralo con el negro sí con el negro haz un agujero en el papel arroja dentro los clavos el cuchillo el negro ah rojo muerto la música profunda.

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Al séptimo día (más bien al octavo) después de tu marcha (después de mi muerte) nació el hombre la armónica y una mariposa no roja blanca con pequeñas manchas negras yo era libre.

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(B) CUERPO DESNUDO

Dijo: voto el azul. Yo el rojo. También yo.

Tu cuerpo, hermoso. Tu cuerpo, infinito. Me perdí en el infinito.

Dilatación de la noche. Dilatación del cuerpo. Contracción del alma.

Cuanto más te alejas más me acerco a ti. 57


Una estrella quemó mi casa.

Las noches me angustian en tu ausencia. Te respiro.

Mi lengua en tu boca, tu lengua en mi boca… bosque oscuro; los leñadores se han perdido también las aves.

Donde estés existo. 58


Mis labios recorren tu oído. ¿Tan pequeño y tierno, cómo abarca toda la música?

Placer… más allá del nacimiento, más allá de la muerte; finito y eterno presente.

Toco los dedos de tus pies. El mundo, qué inconmensurable.

59


Bajo todas las palabras dos cuerpos se unen y se separan.

驴C贸mo se crea y se derrumba el mundo todo en unas pocas noches?

La lengua toca m谩s hondo que los dedos. Se une.

Ahora con tu propia respiraci贸n se acompasa mi andar y mi pulso.

60


Dos meses sin unirnos. Un siglo y nueve segundos.

¿Qué hacer con las estrellas ya que faltas?

Con el rojo de la sangre soy. Soy por ti.

Nada más que tu nombre una y otra vez… mi profunda soledad, el arcángel, el poema.

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Otra morada no tengo. Habito en tu cuerpo.

Rojo era con un negro trazo vertical. Las manzanas caen al río. Flotan. Se van.

¿Cómo despunta en la noche una rosa, un erizo de mar sin luna?

Desnudos estamos sobre las máscaras. Erguidos.

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La uña en tu dedo meñique más inmensa que el mar. ¿Dónde me transporta tu nave?

Lo inefable se agranda, hace maravillas.

Tu cuerpo me expulsa, me incluye. Me acuesto y me levanto en ti.

63


Los órganos ocultos suenan fuera del tiempo. Navíos iluminados vienen, van; no silban.

Amor, la profunda incisión lo que hemos soñado mitad en la ignorancia mitad en lo absoluto, aquí.

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Cuánta relación tiene todo contigo… las tiendas rojas de enfrente, los gorriones de la azotea, el grifo del baño… árboles invisibles, el aire.

Un animal sacrificado la cama. Corre nuestra sangre.

¿Por qué el vaso roto? ¿Por qué la cortina rasgada? ¿Y tus zapatos mojados? ¿Dónde?

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En la ventana de enfrente hay luz. Te desnudas. Siempre tú.

La cama, los cigarros, tu cuerpo en el espacio todo… la estatua de mi sangre. Prendo cerillas me corto las uñas, agujereo las sábanas. No estás.

Habías dicho: me encanta tu cabello. Mi cabello creció. Me cubrió.

67


Mes prometido. Fecha prometida. Volveré, dijiste. Espero en la puerta. La puerta está completamente sellada.

Esas cosas ínfimas para nosotros dos qué grandes son. Todas.

Cemento no. Vacío traspasado por una viga de hierro.

68


Tu ropa, con el calor de tu cuerpo, ¿en qué silla? ¿está tirada? ¿dónde?

El café, el cigarro, la espera, la espera, el cigarro. Mis ojos son más azules.

Esperándote olvidé observar olvidé observarme. El sueño me tiene en uno de sus brazos apoyado en tu hombro.

69


Tu cuerpo invisible. Palpable. Dos aves en tus axilas. Una cruz en tus pechos. De muerte nada.

No. No. La remembranza del cuerpo no es cuerpo. Oprimo aire condensado.

Con correlaciones, con similitudes, te reconstruyo a pedazos. No me completo.

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Dije ventana. No era. Todas las ventanas se abren hacia ti.

Lo explĂ­cito -decĂ­adestierra al poema. Sea. Prefiero tu cuerpo.

Aquella silla. Siempre. Donde te sentabas. Inamovible.

71


Decías: soy tú, tú, tú. ¿Y yo? Tú. Y viniste.

Miles de veces repetí tu nombre. No te dije. Tu nombre es inagotable.

Fecha prometida. Y viniste. Fuego y humo. Humo y noche. La cama arde. De fuego nuestras alas. No arden.

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Uno a uno los dedos de tus pies, de tus manos, tu cabello, tus uñas, tus rodillas, tus axilas, la muerte.

La poesía remolonea. Me ubico en un punto de tu cuerpo. Recluido, me libero.

La gran toalla azul, con la que te secabas por las mañanas, ahí está, ahí… no la he lavado.

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¿Y lo otro qué era? Mucho ha crecido mi barba; cubrió mi cetro, el halcón, tu seno.

Mi azul -decíasmi azul. Lo soy. Más incluso que el cielo. Dondequiera que tú estés te circundo.

Tengo el martillo, tallo el aire. Esculpo tu estatua abierta, entro, me quedo.

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Cada estrella, cada hoja, cada cigarro que prendo, cada paso en el camino, tu paso. Y estás aquí. Y tardas.

Ciérrame, decías. Ciérrate.... Rompe el peine. Tus dedos me peinan por dentro.

Busco los rincones de la noche… tu codo, tu rodilla, tu mentón. Caen piedras. Nada de ruido. ¿Dónde estás?

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Entra el monte en la casa, se sienta en mis rodillas. El día humea. El aire, de nuevo tuyo. Más allá nada.

Vienen noches más grandes. Plantas carnívoras envuelven la casa, envuelven la cama, Tus labios ausentes me sorben.

En el centro del verso tú y tú. Tu respiración llena todas las palabras, todo el silencio.

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Cada gesto tuyo ha dejado sobre la mesa, en el armario, bajo la almohada, una pequeĂąa caja de mĂşsica. Escucho solo.

Toda la noche tu nombre trina en mi boca bebe mi saliva, me bebe. Tu nombre.

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Por el teléfono oigo que arrojas una a una tus ropas al suelo. Lo último tu anillo. Cogías el tren. No llegues tarde -te decía-. Aprisa, aprisa. Y los pezones de tu pecho se endurecían.

Relojes detenidos detenidas mis manos en torno a tu cintura.

79


Muy temprano el teléfono; alrededor ruido; coches, voces, pescaderías; una bicicleta cae del puente; y de pronto en el centro del ruido un silencio absoluto lleno de tu voz.

La cama, altiva. Contempló nuestra unión hasta el profundo bosque de los osos con el gran río y las cinco águilas.

No tenía otro verso otra palabra que añadir, en tu cuerpo vivía yo toda la poesía.

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La inconmensurable profundidad la sondé con una pluma atada a un hilo; no descendía; ascendía. Tus labios.

Te alcé en mis brazos y eché a volar. El cuerpo cielo es. Ningún vuelo lo agota.

Te ibas. Hey, -te grité-, ese vaso lo romperé. Te reías. No lo rompí.

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Aves, montes y noches‌ lo que es hermoso con tu nombre lo llamo; me escucha y responde.

Por mi sangre circulas, llenas mi cuerpo. Abarco el mundo.

Noche. Por la ventana arrojamos nuestras llaves. Prendimos las estrellas. Abrimos.

83


Y ramas y mástiles y el ancla. Y tú en el jardín tras la estatua.

Hermosa jornada… no la soporto que no estás aquí.

El crepúsculo sangre, sangre la noche, sangre las rosas. Tú, mi sangre.

84


Cada uno de nosotros en una parte. Separados y juntos; cojo tu mano; me coge. Cuando llegue la primavera…

Me quité la chaqueta, la eché sobre tus hombros. En el bolsillo derecho hay un guijarro blanquísimo caliente.

En versos breves grandes cosas se ocultan inefables. Tú sabes.

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Una hoja, un cigarrillo, un beso. Mundo mío querido.

Tu cuerpo, desnudo, auténtico… respuesta irrevocable a la nada. Ven.

Cinco vasos, se llenan, se vacían. con el lápiz los golpeo… sonido a sonido la historia.

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Quería decirlo en alguna parte, compartirlo tan grande. No lo dije. Crecí en la asfixia, solo.

Duerme en mi pecho, decías; y yo pernoctaba en tu pecho.

Qué alto me elevan tus besos. Me pierdo. Sostenme.

88


Ahora el cielo es mi tierra. Mi vasta tierra es el cielo.

Dentro de tu cuerpo nazco y muero y nazco.

Tiraste las sรกbanas, abriste las ventanas, nos llenamos de estrellas. Una mariposa dorada en tu cabello.

89


Venías siempre con flores en los brazos. Os esperaba a las flores y a ti. ¿Qué fue de los jardines?

Noche. El asiento de piedra junto al mar. Te quitaste las sandalias. Un barco iluminado se iba.

Aroma inopinado de orégano húmedo. Te mostré la pequeña luna sobre la colina. No hablamos. El verbo se henchía en un gracias nada más.

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Toque lo que toque, el papel, la mesa, el vaso, A ti te toco. Mis manos adheridas a tu pecho. No gobierno mis manos.

DĂ­as, noches, de fuego. cristales rotos, puertas cerradas. Una rosa grande asciende solitaria en la oscuridad.

91


Llaman a la puerta. Suena el telĂŠfono. Nada. No estamos. Los dos juntos no estamos. Y la lluvia conjurada.

De tu cuerpo la figura en mis palmas es arcilla, se hace hidria, lecito, nueve estatuas y un ĂĄguila.

Mis manos te recuerdan mĂĄs profundamente que la memoria.

92


Los cuerpos rehúsan las palabras. Desnudos y callados se compenetran. Ambas esfinges pétreas se miran. De sus labios fluye el agua azul.

Nos desnudamos. Encerramos fuera de las puertas las casas, los perros, los jardines, las estatuas, la muerte.

¿Lo sabes? Aquellas dos castañas permanecen aún sobre la mesa desnuda. Te amo.

93


¿Cómo pueden vivir los muertos sin amor?

Profundo coito. Se derrumban ciudades, galopan caballos, caen farolas, sin ruido, sin ruido.

Amamantas mi pulgar… recién nacido, y te nutres, y me nutro.

No te telefoneo. Te silencio. Te soy. Por las noches, cuando se vacían los parques, hablo con las estatuas.

95


Excavé con las manos, con los labios, con los ojos. El muro, inmóvil allí.

Luché con el árbol. Lo derribé. Muchas eran sus hojas, me cubrieron.

Odiseo -decíasy Penélope azules ambos. La mesa roja, la cama roja. En la tela estampada doblada en mil pliegues la gran espada.

96


Era guerra, era amor. Y nosotros dos, muertos. Recogimos nuestros muertos. Los desnudamos. Nos acostamos.

DecĂ­as: me encanta tu cabello, tus uĂąas, tu lengua. En el pasillo embaldosado, en la oscuridad, se oĂ­an los pasos de las guardias.

97


Olvidaste tu paraguas en el tren. Luego te acordabas de mí. Tu cabello, mojado. Te peiné. El peine lo puse bajo el poema.

Una vez tú, otra yo mordemos sin mondar la manzana más roja. ¡Qué blancos tus dientes! ¡Qué rojo el sueño!

Es nube el poema, puede que incluso luz… cuerpo no tiene. En tu cuerpo existo.

98


Dondequiera que te halles a mi lado estás. Aprieto tu cinturón a mi talle. Mi profunda arrogancia.

Lo que dijimos, lo que no dijimos sostiene el poema. En el frontón un esbelto ciprés entre dos caballos de mármol.

El ocaso refulgió en el hombro de un ave. Juntos lo vimos. Sonreímos. tu mano apareció en mi mano.

99


La casa donde vivimos me sigue. Pero a la derecha del camino vi un bosque de malva y oro. Y la tristeza de que no lo viste.

Frente a la puerta de cristal el monte nevado. QuĂŠ calientes estaban tus manos y tu pecho.

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Entre las casas naranjos. Refulgen doradas las naranjas. El monte alto, azul. Ah, el azul y el oro para verlo en tus ojos.

Desde la alta ventana veo hombres, casas, jardines, el arco iris, un tractor anaranjado, una gata, un segundo arco iris. ÂżY tĂş?

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A tu cuerpo están encadenados montes y árboles, nubes, la mar antigua. Tu cuerpo se condensa: cuerpo sólo. Mi cuerpo.

Si lo observásemos juntos sería más hermoso hojas rojas, verdes colinas, una cancela, la lluvia. Pero cuando estamos juntos no vemos nada.

102


Desde el principio silabeé contigo la música do, re, mi invertí las letras i m e r o d… descubrí la música para hablarte sin ser oído.

Imerod te llamo. Imerod quizás así al deseo honre. Rasgo tu vestido, subo la escalera, ayuno de agua.1

Imerod le recuerda al griego antiguo ἵµερος [hímeros], que es la pasión, el deseo, el amor.

1

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Entre tanto cansancio la voracidad de nuestras manos.

¿Cuánto te encorvarás para encontrar tu raíz, para cerrar el círculo? No se cierra. No es círculo. Es espiral.

Célebres y anónimos a veces se topan en el mismo pálpito. No hace el amor distingos.

105


Mar robusta intensamente azul te iluminaba el rostro. Acosados por el sol todos los muertos.

Violetas silvestres, margaritas silvestres, asfĂłdelos. Sobre la roca la hidria de mĂĄrmol con mi sangre.

DespuĂŠs algo cruel y vivo queda. Cangrejos deambulan por los barcos naufragados.

106


Pasaron los pescadores con cestas vacías. La luna brincaba sobre tus rodillas. No distinguía ya el vacío de la plenitud.

Nuestro pecho topó con lo infranqueable.

Canícula de mediodía las rocas de Monenvasiá, los guijarros blancos y las formidables chumberas con un aire tan infantil… cuando te desnudabas.

107


La repetición también es una renovación. Tu cabello a un lado habla distinto.

¿Allí donde estás oyes nuestro tren? Pasó. Compré naranjas. Llueve.

Cuando apoyabas tu mano en mi rodilla o en mi hombro o en mi cintura el mundo cambiaba de posición.

108


Se dilata el tiempo te dilatas. Tu imagen, inmóvil en la pared interior.

Escucho. Algo se rompe en la madera, en el cristal, en el espejo. ¿Cuando nos encontremos de nuevo seremos los mismos?

Y por supuesto hay también más colores y más paisajes. En mitad de mi sueño recuerdo. Y despierto.

109


ÂżAhora hacia quĂŠ lado del horizonte ondea tu cabello?

Ni esta noche plenilunio. Falta un pedazo. Tu beso.

El movimiento de tus manos cuando te desnudabas, imborrable. En el espejo del pasillo nueve lĂĄmparas clavadas en la pared.

111


Ese miedo a que quede algo que no haya cogido. Y el miedo a que ese infinito tenga fin.

Es extraño… se atenúan las luces, se apagan los escaparates. Antes de que anochezca amanece.

Movimiento otra vez, movimiento de casas, de calles. Verde, rojo, verde, rojo. No solo rojo. Los guardias de tráfico han ocupado sus puestos.

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(C) VERBO CARNAL

I Sueño erótico después del amor. Sábanas sudorosas colgando desde la cama al suelo. En mi sueño oigo el río impetuoso. La cadencia se retrasa. Troncos de árboles grandes ruedan con él. En sus ramas miles de aves viajan inmóviles con una canción prolongada de agua y hojas interrumpida por estrellas. Paso mi mano bajo tu cuello delicadamente, por miedo a detener el canto de las aves en tu sueño. Mañana a las diez, cuando abras las persianas e invada las habitaciones el sol aparecerá en el espejo más nítidamente tu labio inferior mordido y la casa se volverá carmesí, salpicada toda de plumas doradas y versos lejanos, inacabados.

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II Volviste del mercado acarreando sonriente pan, fruta y multitud de flores. Por tu cabello, lo veo, ha pasado los dedos el viento. No me gusta el viento, te lo repito. ¿Y por qué quieres tantas flores? ¿Cuáles de todas ellas además te regaló el florista? Y quizá en el espejo de la floristería haya quedado tu imagen oblicuamente iluminada con una mancha azul en el mentón. No me gustan las flores. En tu pecho una flor grande como un día entero. Siéntate, pues, frente a mí; quiero ver completamente solo la flexión de tus rodillas y fumar hasta que caiga la noche misteriosa y sobre nuestra cama se sostenga imantada una luna bohemia de sábado noche, con violín, clarinete y salterio.

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III Duermo aún. Oigo que te lavas los dientes en el baño. En ese sonido hay ríos, árboles, un monte con una ermita blanca, un rebaño de ovejas en la hierba (oigo sus esquilas), dos caballos rojos, una bandera en la balaustrada de la torre, un pájaro en la chimenea; una abeja zumba dentro de una rosa -la rosa tiembla-. Ah, cuánto tardas. Y no empieces ahora a peinarte; cuando duermo, te digo, esperando tu boca. No quiero en tu saliva el aroma de la menta. En cuanto despierte peines y horquillas y cepillos de dientes por el tragaluz los arrojaré.

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IV Los poemas que viví en tu cuerpo callando, me reclamarán, algún día, cuando te vayas, su voz. Pero yo no tendré ya voz para decirlos. Porque tú solías siempre caminar descalza por las habitaciones y luego devanabas en la cama un ovillo de plumas, seda y llama salvaje. Cruzabas los brazos en torno a tus rodillas, dejando provocadoramente tendidas las plantas sonrosadas llenas de polvo. Recuérdame -me decías- así; recuérdame así con mis pies sucios; con mi cabello sobre los ojos, porque así te veo más profundamente. Entonces, cómo tener ya voz. Nunca la Poesía caminó así bajo los albos manzanos floridos de ningún Paraíso.

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V Cuando faltas, no sé dónde estoy. La casa está vacía. Las cortinas ondean fuera de las ventanas. Llaves sobre la mesa. Abajo en el suelo maletas abiertas de antiguos viajes, con trajes raros de una compañía que una vez triunfó y luego se disolvió; la hermosa protagonista se suicidó una noche sobre el escenario. Cuando faltas, afuera, por las calles, corren soldados; gritan mujeres; retumban los pesados tanques; silban las sirenas; pasan las ambulancias, se detienen; los enfermeros de blanco recogen heridos del asfalto, también me recogen a mí, me trasladan a un hospital blanquísimo sin camas; cierro los ojos como un niño sitiado por el peligroso blanco. Una enfermera se ha quedado en el jardín, junto al surtidor; se agacha y recoge unas flores blancas que el aire tiró de las acacias. Y he aquí que la puerta se abre; entras tú con una cesta; desprenden olor las peras maduras. -¿Duermes? -dice tu voz- ¿Duermes solo? ¿No me esperas? Abro los ojos. Y aquí está la casa. Y aquí estoy yo. Y los dos sillones. Sillones rojos. Y las cerillas sobre la mesa. Oh, luz alba; oh, sangre roja, amor, amor.

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VI Por las mañanas yo estoy siempre más cansado que tú; y quizá más feliz. Te levantas sigilosamente; crujen un poco las sábanas; te alejas descalza. Yo duermo aún en el calor que ha dejado en la cama tu cuerpo desnudo. Duermo en la forma de tu cuerpo, hundido en una oscuridad blanquecina. Oigo que te lavas, que haces café, que esperas. Oigo que estás sobre mí y no decides. Tu sonrisa me espera de cuerpo entero, reblandece mis uñas. Duermo. Velas blanquísimas pasan fulgurantes e inmóviles. Una manta roja cuelga en la cuerda. El rojo pesa en mis pestañas. Mujeres desnudas en el río. Hombres desnudos en los árboles. caballos indolentes (no tristes) pasean por la orilla del mar. Uno, en plena erección, apenas roza el agua con su pene negro. Una muchacha llora. Un muchacho cincela en la morera con su navaja el número 99, y después añade otro 9. Duermo más profundamente, más adentro. Un gorrión está sentado en la crin del león blanco. Tir, tir… grita. El mundo es carne y luz y semen denso. Buenos días, amor. Buenos días.

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VII Íntegro me tomaste. La muerte ya no tendrá nada que llevarse. En tu cuerpo respiro. Miles de muchachos he sembrado en tu campo sudoroso. Miles de caballos galopan por el monte, arrastrando tras de sí abetos arrancados, descienden hasta los umbrales de la ciudad, alzan la cabeza, miran con sus almendrados ojos negros la Acrópolis, las farolas altas, baten sus cortas pestañas. Las señales rojas, verdes, los llevan a un ingrato desconcierto. Y ese guardia mueve sus brazos como para cortar un invisible fruto de la noche o para atrapar por la cola a una estrella. Vuelven la espalda como derrotados en una batalla que no se ha dado. Y de pronto sacuden de nuevo la crin y galopan hacia el mar. En el más blanco de todos a caballo tú desnuda. Te llamo. En tus pechos ceñidas en cruz dos ramas de yedra. Un caracol permanece inmóvil en tu cabello. Te llamo, amor. Tres tahúres noctámbulos entran en la lechería del barrio. Amanece. Se extinguen las luces de la ciudad. Tersa se derrama la gran palidez sobre tu piel. Estoy en ti. Grito desde dentro. Te llamo aquí donde confluyen los ríos en un zumbido y el cielo rueda por entre el cuerpo humano, alzando consigo criaturas mortales y cosas -patos salvajes, ventanas, búfalos, tus sandalias de verano, una pulsera tuya, un erizo de mar, dos palomasen el recinto abierto de una inexplicable y no reclamada inmortalidad.

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VIII No quiero que subas las escaleras de mármol de los hospitales. No quiero que esperes ante la puerta entreabierta del quirófano; -carnes desgarradas, sangreno es lo de tus veintisiete días; pero también eso me aleja, me estorba, me atrae. La sangre es para correr invisible por las venas; para oírla en la noche corazón con corazón como música en la planta baja donde otra pareja con música prepara un amor más profundo. No quiero que vagues por esos pasillos que huelen a yodo, alcanfor y muerte. No quiero que seas la enfermera de nadie ni siquiera mi enfermera. No quiero que atiendas a inválidos, a estatuas amputadas y a una tórtola en cuya ala derecha encontraron perdigones. No quiero que tu sonrisa caiga sobre muertos desnudos aunque sean compañeros míos. A ti te conviene permanecer inmóvil en tu juventud o con pocos movimientos gobernar las olas ante la cama o todo lo más peinar con tus hermosos diseños alegres mi cabello mojado o incluso portar la gran bandeja con el té por las mañanas, como si portases un arpa, sin intención de tocar, ya que el arpa toca por sí sola cuando alzo los ojos hacia ti. Porque, lo sabes, en esta piedra carmesí de la sortija que me regalaste brilla una ciudad iluminada con farolas verdes. En sus avenidas danzan pequeñas bailarinas con purpúreos farolillos de papel y margaritas, y un joven desde el balcón les rocía el cabello con poemas rasgados. Por eso a la piedra de la sortija la vuelvo hacia dentro, la aprieto dentro de mi palma, por si un ojo ajeno envidioso o inocente aoja esta inagotable dicha en el tiempo, fuera del tiempo y a la mañana siguiente encontramos en el ascensor los tres ciervos muertos.

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IX ¡Qué hermosa eres! Me aterra tu hermosura. Tengo hambre de ti. Tengo sed de ti. Te lo suplico: escóndete; sé invisible para todos; visible solo para mí. Cubierta desde el cabello hasta las uñas de los pies con un oscuro velo transparente moteado por los suspiros plateados de lunas primaverales. Tus poros emiten vocales, consonantes de deseo; se articulan palabras confidenciales; erupciones rosas por el acto del amor; tu velo se hincha, brilla sobre la ciudad anochecida con los bares a media luz, las cantinas de marineros, verdes focos iluminan la farmacia nocturna, una esfera de vidrio rota rápidamente mostrando los paisajes terráqueos. El ebrio se tambalea en una tormenta insuflada por la respiración de tu cuerpo. No te vayas. No te vayas. Tan material, tan intangible. Un toro de piedra salta del frontón a la hierba seca. Una mujer desnuda sube la escalera de madera con un barreño de agua caliente. El vapor le oculta el rostro. Arriba en el aire un helicóptero de reconocimiento zumba en puntos indefinidos. Protégete. A ti te buscan. Escóndete más profundamente en mis brazos. El pelo de la manta roja que nos cubre crece continuamente, se transforma en una osa preñada la manta. Bajo la osa roja nos enamoramos infinitamente, más allá del tiempo y de la muerte más allá en una unión universal, única. ¡Qué hermosa eres! Tu hermosura me aterra. Y tengo hambre de ti. Y tengo sed de ti. Y te lo suplico: escóndete.

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X Todos los cuerpos que toqué, que vi, que conquisté, que soñé, todos condensados en tu cuerpo. Oh, tú, Diótima carnal, en el gran banquete de los griegos. Se fueron las flautistas, los poetas y los filósofos se fueron. Los hermosos efebos duermen ya lejos, en las alcobas de la luna. Estás sola en mi plegaria elevada. Una sandalia blanca con largas cintas blancas está atada al pie de la silla. Es el olvido absoluto; eres el absoluto recuerdo. Eres la fragilidad inquebrantable. Amanece. Chumberas carnosas se lanzan desde las rocas. Un sol rosado permanece inmóvil sobre el mar de Monenvasiá. Nuestra doble sombra se diluye por la luz en el pavimento de mármol lleno de colillas pisadas, con pequeños ramilletes de jazmines clavados en agujas de pino. Oh, Diótima carnal, tú que me engendraste y a quien he engendrado, es hora de engendrar hechos y poemas, de salir al mundo. Y por cierto, no olvides, cuando salgas al mercado, comprar manzanas abundantes, no las doradas de las Hespérides, sino aquellas rojas grandes, que, cuando hincas en su tupida carne tus dientes resplandecientes, queda clavada, como una eternidad sobre los libros, tu sonrisa vital.

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XI Quiero describir tu cuerpo. Tu cuerpo es infinito. Tu cuerpo es un delicado pétalo de rosa en un vaso de agua pura. Tu cuerpo un bosque salvaje con cuarenta leñadores negros. Tu cuerpo profundos valles húmedos antes de salir el sol. Tu cuerpo dos noches con campanarios, estrellas fugaces y trenes descarrilados. Tu cuerpo un bar a media luz con marineros ebrios y vendedores de tabaco; suena un estrépito, rompen vasos, escupen, blasfeman. Tu cuerpo una flota completa: submarinos, acorazados, cañoneros; ruidosas anclas se levan; corre agua por la cubierta; un grumete salta del mástil al mar. Tu cuerpo polifónico silencio rasgado por cinco cuchillos, tres bayonetas y una espada. Tu cuerpo un lago diáfano: en el fondo se ve la ciudad blanca sumergida. Tu cuerpo un enorme pulpo impetuoso en la pecera de la luna con tentáculos ensangrentados sobre las avenidas iluminadas, por donde pasaron parsimoniosas por la tarde las exequias del último emperador. Muchas flores pisoteadas quedan en el asfalto empapadas de gasolina. Tu cuerpo un antiguo burdel de la calle Suburbio con putas viejas, pintadas con grasientas barras de labios baratas. Llevan largas pestañas postizas; hay también una joven inexperta: disfruta con todos los clientes, deja el dinero en la mesilla, olvida contarlo. Tu cuerpo es una niña sonrosada; se sienta bajo el manzano y come una rebanada de pan fresco y un rojo tomate sazonado; y a menudo mete una flor de manzano entre sus pechos. Tu cuerpo una cigarra en el oído del vendimiador: arroja una sombra violácea en su cuello moreno y canta sola lo que no pueden decir todas las uvas juntas. Tu cuerpo es una inmensa era prominente en la cima de la colina once caballos níveos trillan las espigas de las Escrituras; las pajas de oro clavan pequeños espejos en tu cabello y esplenden los tres ríos donde grandes vacas negras con coronas diamantinas se agachan, beben agua y lloran. Tu cuerpo es infinito. Tu cuerpo, indescriptible. Y quiero describirlo, tenerlo más apretado contra mi cuerpo, abarcarlo y que me abarque.

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XII El día está loco. Loca la casa. Locas las sábanas. Y loca tú; danzas en un abrazo con la cortina blanca; tocas la cazuela como pandereta sobre mis papeles; corren por las habitaciones los poemas; huele a leche quemada; un caballo de cristal mira por la ventana. Detente, te digo. En el gremio de los carpinteros hemos olvidado el trípode de Femónoe; se invierten los oráculos. Hemos olvidado la luna ensangrentada de ayer, la tierra recién excavada. Pasa un coche cargado de adelfas. Tus uñas son pétalos de rosa. No te justifiques. En el armario has puesto bolsitas de tul con lavanda. Se han vuelto locos los parasoles, se enredan en las alas de los ángeles. Ondeas tu pañuelo; ¿a quién saludas? ¿a quiénes saludas? …aquí está el mundo. Sobre tus rodillas se sienta confortable una tortuga marrón; en su caparazón cincelado se agita húmedo musgo. Y tú danzas. Un aro de barril de tiempos antiguos rueda por la colina, cae en el riachuelo, salpican gotas, te mojan los pies, y se te ha empapado el mentón. Detente para que te limpie. Tú, en tu danza, no oyes. La duración, pues, es un torbellino; la vida, cíclica; no tiene fin. Ayer por la noche pasaron los jinetes. En las grupas de sus caballos muchachas desnudas; quizá por eso gritaban en el campanario los patos salvajes. No los oímos mientras las pezuñas de los caballos se hundían en nuestro sueño. Hoy has encontrado ante la puerta una herradura de plata. La has colgado en el dintel. Mi talismán -gritasmi talismán -gritas danzando-. Junto a ti danza también el alto espejo haciendo brillar miles de cuerpos y la estatua de Hipólito coronado con amapolas. Se fue mi papagayo, -dices danzando- y mi voz ya nadie la imita; ay, ay… esa voz de mis adentros, sale del bosque de Dodona. Lagos cristalinos se elevan en el aire con todos sus nenúfares blancos, con toda su vegetación subacuática. Cortamos cañas, construimos una cabaña de oro. Trepas hasta el tejado. Te agarro con mis dos manos por el tobillo. No bajas. Vuelas. Vuelas en el azul. Y me arrastras a mí porque te tengo del tobillo. De tu hombro cae en el agua la gran toalla azul; flota un poco y luego con amplios pliegues se sumerge dejando en la superficie un pentagrama trémulo. Más arriba no, te grito. Más arriba no. Y de pronto con estruendo mudo aterrizamos ambos en la cama mítica. Y escucha… por nuestra calle abajo pasan los huelguistas con pancartas y banderas. ¿Oyes? Hemos llegado tarde. Trae contigo también tu pañuelo de baile. Vamos. Gracias, querida.

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POSFACIO Erótica es la tercera colección dedicada al amor. Oda al amor y Sinfonía de primavera, sus precedentes, las compuso un poeta veinteañero. En 1982, cuarenta años después, un Ritsos septuagenario vuelve sobre el mismo tema. La poesía amorosa constituye, por tanto, un episodio minúsculo dentro de la abundante obra lírica de Ritsos. Y le da forma, siguiendo su hábito, de manera intensiva, en el intervalo de unas pocas fechas. Tres oleadas de inspiración que corresponden respectivamente a cada una de las tres secciones del libro: la primera en treinta días de enero y febrero de 1980, la segunda entre septiembre y diciembre del mismo año y la tercera entre el 15 y el 18 de febrero de 1981. Pero la singularidad de estos versos estriba no solo en la original posición que ocupan dentro de la obra del autor, sino también en la perspectiva que éste adopta, inhabitual y poco frecuente: no son poemas de amor, sino versos carnales concebidos y expresados con afán de trascendencia.

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CARNALIDAD, EROTISMO Y POÉTICA Las palabras se unen en el papel como el hombre y la mujer a la hora del amor; el papel se prende de rojo porque por las palabras corre sangre; a la hora del amor, los cuerpos se prenden del rojo de la pasión. Luego la poesía es amor y ambos, poesía y amor, se armonizan en la pasión, en la gama cromática del rojo. El primer poema de Erótica establece una ecuación ontológica (composición poética = coito), que puede servir como punto de partida para resolver otras incógnitas. El tema de la obra es la conjunción del amor carnal y la creación poética. Esta ecuación penetra todo el poemario, desde ese primer poema hasta la tercera y última colección recogida, cuyo espíritu se resume en el título (Verbo carnal) como culminación de la dicotomía. Palabra y cuerpo, lenguaje y soma, verbo y sexo. Esa pareja de conceptos está siempre presente, reaparece periódicamente formulada con diversas variantes y da unidad a la obra. O bien se funden poesía y acto sexual en la metáfora de la unión o la perforación: Bajo todas las palabras los cuerpos se unen y se separan. (CD 12)2

2 Las iniciales corresponden al título de la colección y el número al orden que guarda el poema en cada una de ellas. PS se refiere a “Pequeña suite en rojo mayor”, CD a “Cuerpo desnudo” y VC a “Verbo carnal”.

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Las palabras perforan el papel salen por el otro lado un cuerpo perfora el otro… (PS 28)

O bien la poesía resulta de la suma del amor y la memoria, de la remembranza del amor: después de tu marcha…/ nació el hombre/ la armónica/ y una mariposa… PS 46). El cuerpo constituye el fundamento de la inspiración poética, sustanciada en el papel en el que el poeta le da forma. Así, la carne recordada se hace poema. A veces amor y poesía se acoplan tácita, implícitamente, gracias a la omnipresencia del elemento erótico: En breves versos/ grandes cosas se ocultan (CD 83). Y esa ubicuidad otorga intensidad sexual a descripciones y ambientes aparentemente asexuados (p. ej., PS 3 y 4). Estamos ante unos versos de amor carnal en tributo de la poética. Parece que el principal objetivo de la obra es evocar instantes de la íntima relación afectiva del poeta con la poesía. Sin embargo, lo que importa no es la sucesión de esos instantes encadenados, sino los sentimientos que los poemas expresan. Puede afirmarse que la carnalidad del erotismo dota al poema del cuerpo que no tiene (Es nube el poema…/ cuerpo no tiene, CD 115), reinterpretando more pagano el misterio de la Encarnación del Espíritu, por el que la amada incorpora a la poesía. Aquí el espíritu poético se hace carne en cuerpo femenino. Sin embargo, la contienda amorosa se versifica a menudo en clave natural: el bosque, el árbol y el río. Y, entre asalto y asalto, acto y 129


acto, las treguas son el preámbulo de nuevos combates. Porque guerra y amor se identifican en una antítesis que encierra en sí misma todos los oxímoros que pueblan los poemas (Era guerra/ era amor…, CD 111). Hasta imaginar el acto amoroso como un cataclismo: Profundo coito./ Se derrumban ciudades,/ galopan caballos,/ caen farolas… (CD 105). Por tanto, la encarnación del amor adopta la apariencia de hecatombe, de seísmo: en la poesía las palabras se unen, pero son rehusadas por cuerpos que se penetran en silencio, como esfinges de piedra. La cama, cama mítica (VC 12), testigo del misterio de la incorporación del amor, de esa unión de amor y poesía, es vista como ara sacrificial: Un animal sacrificado/ la cama./ Corre nuestra sangre (CD 30). La triple ecuación que da sentido a los poemas se cierra con la escultura: la poesía es un acto de amor del poeta con el arte, que se presenta siempre bajo la especie de la amada, frecuentemente metamorfoseada en estatua. El poema es un coito perpetuo y el poeta el escultor: el pico y la pala sobre el mármol dan forma al amor. Pero es también un templo clásico sostenido sobre palabras explícitas e implícitas-, en cuyo frontón se yergue un ciprés escoltado por dos caballos de mármol. El poema se hace con la sangre que discurre por las venas, la estatua se esculpe también con la pasión de la sangre (tu cuerpo en el espacio todo…/ la estatua de mi sangre, CD 33) para ser penetrada por el poeta, que acaba habitando en ella: Esculpo la estatua/ abierta,/ entro,/ me quedo (CD 56). La estatua inmóvil, de aspecto inmutable, perenne, 130


constituye “la esencia estética del cuerpo humano”, sinónimo de la idea de la belleza3. En la imagen tallada se concreta la idea platónica de la poética, como expresión elevada del arte, y la unión sexual, el acto de la poesía, proclama la tentativa del poeta demiurgo de dar aliento, vida a su creación. AMOR: UBIQUE PRAESENTIA, VIS GENITALIS La poesía es el concúbito con el arte. Y éste se materializa en estatua. El amor es la fuerza generatriz; no inspiradora, sino creadora. El valor absoluto que lo impregna todo. Siendo un tratado de poética en verso, el amor, como fuerza transformadora de la realidad, es omnipresente: el panerotismo que todo lo crea. Otra vez la transposición de misterios trascendentes: el amor actúa como motor inmóvil de una teogonía. El acto poético transmutado en beso de los amantes engendra al dios del amor. El beso creador, el amor creador; el amor creador y dador de vida, que encuentra su expresión nítida en forma negativa (¿Cómo pueden vivir los muertos/ sin amor?, CD 104), pero también en clave identitaria: …lo que te hace soy/ lo que te hace somos…/ …amor (PS 44). La mirada del poeta ve amor por doquier, con actitud inocente y gozosa, en todas sus manifestaciones, no solo en el mundo íntimo del amante y la amada, sino también en el mundo exterior y en el universo. El universo entero es manifestación del amor, del eros, para ser más precisos. El amor domina la 3 Apud Rosario López, ‘Palabras clave en la poesía de Ritsos’, en Penélope Stavrianopulu, Más cerca de Grecia, 26-31, p. 28.

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relación del ser humano con la existencia, con la naturaleza, con el sexo, física y espiritualmente, entre seres, entre hombre y naturaleza, entre papel y letra. UNIDAD Y DUALIDAD En el universo panerótico no existen dimensiones: la profundidad es inconmensurable, plenitud y vacío son indistintos, el poeta teme que haya fin. El acto poético, el del amor, rebasa todas las dimensiones físicas alcanzando las estrellas. Solo se admite como magnitud la belleza, cuya definición es taxativa: suspensión del tiempo/ duración… (PS 34). Es decir, intemporalidad. Los versos no se sitúan en un espacio limitado y personal, ni en un ámbito amplio, natural, geográfico o humano concreto, sino en el atemporal de la poética, en el que un lapso sin amor, sin versos, es una eternidad, en el que el instante se dilata hasta no tener fin: Bajo la osa roja nos enamoramos infinitamente, más allá del tiempo y de la muerte más allá en una unión universal, única. ¡Qué hermosa eres! Tu hermosura me aterra. (VC 9)

De modo que, en las dimensiones inconmensurables de la eternidad, la encarnación del amor como fuerza creadora engendra la unión divina, la existencia única. En términos ontológicos, surge el misterio de la existencia única y binaria, de la dualidad, de las dos personas que son una, de dos mundos que se encuentran, del conjunto de dos 132


seres con una unión especial, de dos seres distintos -poeta y memoria, amante y amada- en una misma esencia divina, el amor. Que no es la fuerza que los une, sino la que crea la poesía. Esa existencia única binaria se ejecuta material y físicamente en el acto del amor, en el que el poeta se ensambla con la amada cumpliendo su objetivo vital y universal y alcanza gradualmente la armonía, desde la mutua necesidad hasta la perfecta compaginación, pasando por la complicidad y la satisfacción. El poeta abarca la poesía, permanece siempre a su lado, habita en ella, se confunde con ella por obra y gracia de la sangre hasta alcanzar la unión existencial: Donde estés/ existo (CD 8), Soy por ti (CD 18), En tu cuerpo existo (CD 115), …soy tú, tú, tú (CD 48), …tú que me engendraste y a quien he engendrado (VC 10). APOTEOSIS CARNAL POR LA PALABRA Por otra parte, la amada se hace presente, se realiza verbalmente, al pronunciar su nombre: si no te nombro/ no eres tú/ ni yo (PS 20). La sola mención de su nombre hace realidad su presencia: Tú./ Y viniste (CD 48). La condición oral, nominal, de la poesía adquiere pleno sentido: la palabra vivifica, concede carta de naturaleza; cada vez que el poeta elabora un verso, éste se hace real por las palabras. Más cuando se trata de un poema amoroso cuyo objeto es la poesía: con la palabra el poema se hace presente y está permanentemente entre nosotros: Bajo todas las palabras/ dos cuerpos se unen/ y se separan (CD 12). 133


Esa especie de nominalismo real adopta una naturaleza cuasirreligiosa, mistérica, en tanto que el nombre de la poesía es inefable por inagotable: Miles de veces repetí tu nombre. No te dije. Tu nombre es inagotable. (CD 49)

El lenguaje no es suficiente para expresar el mundo real poético. Nos encontramos, pues, ante una paradoja: la poesía se hace cuando se verbaliza, cuando se materializa en palabras, pese a ser inefable. El poeta se afana en dar vida en sus versos a la belleza (un ideal) y, en ocasiones, siente la imposibilidad real de su tentativa. De ahí las abundantes antítesis. Pese a todo, mediante el lenguaje otorga a la poesía facultades proteicas por las que se encarna en cualquier forma material. La palabra macerada en la soledad del poeta se transforma en un ser divino, un arcángel: el poema. Nada más que tu nombre una y otra vez… mi profunda soledad, el arcángel, el poema. (CD 19)

En nombre de la poesía se invoca todo lo bello, a lo que, en ese momento, se le da la vida y responde, bajo la forma de poema. Por tanto, en el momento de la composición, el amor engendra en todo la poesía, le asigna la apariencia 134


carnal de un cuerpo femenino que, a su vez, se manifiesta en todo el universo, dando lugar a un panteísmo carnal en el que todo tiene relación con la amada, con la poesía (Cuánta relación tiene todo contigo, CD 29). En “Cuerpo desnudo” hay formulaciones del panteísmo absolutas (Más allá nada, CD 60) o sobrias, en las que afirma ver poesía (el cuerpo de la amada) por doquier: en una hoja, en un cigarrillo, en un beso. Ella es el centro del mundo, lo que le da sentido a todo: En el centro del verso/ tú y tú (CD 62), Todas las ventanas/ se abren hacia ti (CD 45). La tarea del poeta supera las dimensiones del enigma matemático: el círculo no puede cerrarse porque es una espiral (CD 128). EPIFANÍA DEL CUERPO La manifestación terrenal, natural, sensual, del misterio poético es, a lo largo de todo el poemario, el cuerpo femenino, inconmensurable, inmenso, infinito, inagotable, hermoso, refulgente, infalible, explícito. Contiene toda la poesía. Su magnitud cósmica configura el universo. No obstante, la necesidad de abarcarlo todo, de verlo desde todas las perspectivas, de agotarlo, impulsa al poeta a afrontar la tarea imposible de describirlo en todas las posturas, de darle forma en todos los lugares, de percibirlo con todos los sentidos. La propia intención de declinar la palabra ‘cuerpo’ en todas sus formas gramaticales (PS 38) anuncia el proyecto de Ritsos, artista plástico también, de utilizar el cuerpo para confeccionar un estudio de composición: la amada desnuda ante la 135


ventana con un vaso en la mano y una rosa entre sus pechos, la amada desnuda asiendo una taza, la amada desnuda tras la cortina roja con sendas naranjas en las manos, el cuerpo de la amada multiplicado por los espejos, el movimiento de las manos cuando se desnuda, la pareja tocándose por el extremo de los pies. Estampas como éstas se repiten con las partes del cuerpo que, por sinécdoque, lo simbolizan entero: lengua, uñas, cintura, mentón, cabello, pies, manos, ojos, oídos, nariz, rodillas, pestañas, codos, hombros. Nada escapa a la mirada artística del poeta, incluso la disposición de la ropa atrae su atención. Cada parte del cuerpo de la amada representa a todo el cuerpo, quiere decir ‘tú’. Hay una necesidad de expresarlo todo, porque todo es considerado importante por unos ojos sorprendidos y admirados que celebran el amor con emoción. El lirismo carnal, la poética carnal que todo lo envuelve, expresa los detalles, las partes del cuerpo, las emociones, todo, en tono festivo, exultante, a veces con la modulación del himno. Luego, por efecto del crecimiento expansivo de la poesía, el lápiz pictórico esboza el decorado de las habitaciones, el paisaje urbano, la naturaleza circundante y el cosmos, todo como reflejo de los sentimientos del amante. La fuerza emitida por la poesía afecta a la naturaleza y adquiere dimensiones cósmicas. La naturaleza expansiva del amor propaga la poesía por doquier contagiando todos los ámbitos -el interior de la casa, el paisaje natural, el universo-, salvo el entorno del paisaje urbano. El paisaje doméstico lo pueblan infinidad de 136


objetos cotidianos: sillas, mesas, muebles, telas, lámparas, vasos, neveras, ceniceros, alfileres, espejos, camas, puertas, ventanas, cristales, artículos de uso común, incluso fauna. Todos ellos por su relación con el cuerpo, como reliquias que guardan su calor, su forma, su recuerdo. Más allá de la casa, más allá de la ciudad, el cuerpo es concebido también como paisaje. Derivada directamente de la unión amorosa, se encuentra la naturaleza, como extensión del cuerpo femenino: el organismo como corpus amoenum, paisaje natural, y éste como prolongación o metamorfosis de aquél. La casa del amor, de la unión poética, de la poesía, está rodeada de bosques de malva y oro o entre naranjos dorados en el monte azul, por ósmosis del cuerpo. Y se transmite, en virtud de la sinestesia, a todos los sentidos. En ocasiones, la epifanía erótica de la poesía se presenta como evocación del paisaje de la infancia y adolescencia en Monenvasia. A modo de mosaico, esa multitud de pequeñas estampas, de esquemáticas composiciones, constituye el estudio de la obra total, del cuerpo, al que el lector llegará por la visualización de todas ellas ensambladas. Ritsos funda una nueva doctrina teológica, el pansomatismo: todo es cuerpo, su presencia desnuda se expande de la pasión a la poesía. El penúltimo poema de “Verbo carnal” se concibe como un himno al cuerpo universal. Todos los cuerpos que toqué, que vi, que conquisté, que soñé, todos condensados en tu cuerpo. Oh, tú, Diótima carnal, en el gran banquete de los griegos. (VC 10) 137


El poemario es un viaje permanente por espacios y tiempos diversos, siempre a través de la exposición del cuerpo de la amada unas veces en bodegones inertes, como piezas que completan un calidoscopio, y otras en composiciones paisajísticas. LA POESÍA COMO REFUGIO Frente a ellos, la ciudad, siempre gris, invernal u oscura, los árboles, las bicicletas, los trenes, las chimeneas, los viandantes, los alfareros, los fruteros, los carniceros…, detienen su actividad a la hora del crepúsculo, la hora de la unión. Ese ambiente contrasta con la luminosidad y la potencia del interior de la casa donde se produce el coito entre poeta y poesía, donde habita el amor, cuya explosión inunda el universo. La expansión erótica desborda las paredes de las habitaciones, los muros de la casa, transmuta el cuerpo en paisaje natural, en paisaje cósmico, soslayando la urbe. Solo desde una atalaya, la ventana de la habitación, se escruta la ciudad circundante, como contraste con el gozoso clima interior del poeta en el acto creador. Mientras el protagonista estudia y disfruta del cuerpo de la amada, en el exterior se impone el ambiente opresivo, hostil, que determinó la vida de Ritsos durante la Ocupación, la Guerra Civil y su periplo por cárceles y campos de concentración desde la dictadura de Metaxás en los años treinta hasta la de la Junta en los setenta. El poeta trabajó durante la mayor parte de su vida en circunstancias adversas, sobre cuyos recuerdos luego 138


construyó estos poemas. En los versos se reflejan la asfixia y la angustia de ese ambiente en los comedores populares que el protagonista recorre para recoger raspas, en la frecuente presencia de soldados, guardias y cuarteles, en el muro inmóvil que excava con manos, ojos y labios inútilmente, en el contrabando, en los gritos de mujeres, en los tanques que invaden la calle, en las sirenas, en las ambulancias, en los helicópteros de reconocimiento. En ocasiones, hombres con banderas recorren las calles por las noches, como reminiscencia poética de las marchas políticas del tiempo que recuerda. La vuelta a la vida corriente, representada en el último poema de “Cuerpo desnudo” por los semáforos y los guardias de tráfico que regulan el movimiento recuperado de la población, significa el fin de la opresión, del presidio o de la Ocupación. En el clima nefasto y adverso de la vida cívica, Ritsos encuentra refugio en la creación poética, con la que escenifica una intensa relación amorosa. El quinto poema de “Cuerpo desnudo” es el que mejor refleja esa tensión. La dicotomía interior/exterior simboliza en estos poemas la oposición entre vida íntima (poética) y circunstancia. Las puertas, las llaves, sellan el locus amoris conclusus. La casa, la habitación, están herméticamente cerradas al ambiente asfixiante y gris de la calle4: 4 López, en su estudio de las palabras clave de Ritsos, vincula ‘casa’ al recuerdo y éste a la “juventud perdida, devastada, arruinada por la ocupación alemana” (p. 26). Desde esa perspectiva, la casa es el otro polo de la Ocupación: la Resistencia. Pero no son éstos términos correspondientes a la situación sociopolítica que comúnmente denominan (aunque la exploten), sino que más bien tienen una interpretación poética en los términos que proponemos.

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Cuando faltas, no sé dónde estoy. La casa está vacía. Las cortinas ondean fuera de las ventanas. Llaves sobre la mesa. ………… Abro los ojos. Y aquí está la casa. Y aquí estoy yo. Y los dos sillones. Sillones rojos. Y las cerillas sobre la mesa. Oh, luz alba; oh, sangre roja, amor, amor. (VC 5)

Erótica sería, desde ese punto de vista, una colección de poemas que evoca una época pasada en la que el creador establece una relación amorosa con la poesía huyendo de una circunstancia extremadamente hostil. LA EVOCACIÓN DEL ACTO MATERIAL DEL AMOR Uno de los factores determinantes de la colección es la evocación mediante la memoria. En primer lugar, estos versos son producto de la inspiración de un Ritsos septuagenario, que rememora, revive, resucita su íntima relación con la poesía como única tabla de salvación en otros tiempos de angustia. Pero también, según su propia confesión de creador (CD 19), la poesía surge de la suma del amor y la ausencia, del amor y la soledad, de la intensidad del sentimiento que queda cuando el amor pasa: la remembranza del cuerpo no es cuerpo, pero es poema: Los poemas que viví en tu cuerpo callando, me reclamarán, algún día, cuando te vayas, su voz. (VC 4)

El acto poético nace del recuerdo sensorial, palpable, del cuerpo: Mis manos te recuerdan/ más profundamente que la memoria (CD 100). Cada verso es la reminiscencia 140


de una parte de la geografía física del cuerpo (comiendo, tendido, desnudándose; de ambos cuerpos erguidos, emergentes) retenida en la pupila del poeta (geografía ignota/ mil veces estudiada/ memorizada/ ignota, PS 17). En manos del poeta, el cuerpo de la amada es arcilla, palabras modeladas en versos. Luego la poesía es el acto de la evocación del momento del amor sentido ya en la memoria, de los gestos y los actos que permanecen convertidos en música, del descubrimiento de la identidad en la otredad, del descubrimiento de sí mismo en el acto de la creación poética como cuerpo material, de la decoración inmóvil que acogía esos instantes por el calor que aún conserva: Te levantas sigilosamente; crujen un poco las sábanas; te alejas descalza. Yo duermo aún en el calor que ha dejado en la cama tu cuerpo desnudo. Duermo en la forma de tu cuerpo, hundido en una oscuridad blanquecina. (VC 6)

El poema nace también del aburrimiento que sobreviene en ausencia de la poesía, hasta el punto de que no poder compartir se hace insoportable, angustioso, extenuante. El tiempo sin esa unión mística que engendra el poema se siente como eternidad y se expresa en antítesis: Cuanto más te alejas/ más me acerco a ti (CD 4), Cada uno de nosotros en una parte/ separados y juntos… (CD 81), Es el olvido absoluto;/ eres el absoluto recuerdo (VC 10). El poema brota de un acto físico, del emparejamiento de la poesía (amor y cuerpo) con la memoria. La poesía es vida, por presencia o ausencia. 141


El sistema de ecuaciones puede elaborarse más concienzudamente y completarse con otras fórmulas de igualdad. Muchas de ellas se construyen en torno a la unión física de los cuerpos: fuego, derrumbes, galopadas de caballos blancos y caídas sordas, grandes plantas envolventes, la fragua, el vuelo, la primavera, los bosques, los ríos (que confluyen todos en el cuerpo de la amada). Los marmolistas y los leñadores son representaciones del poeta en el acto de la composición. El humo simboliza la espera. Las estrellas y la luna son siempre el marco del amor; el rojo la pasión y el negro la poesía. Y, en clave exclusivamente sexual, encuentran acomodo imágenes de nacimiento, muerte y renacimiento, cuerpos que crecen en dimensiones cósmicas, conjuntos de dos más uno (p. ej., dos pájaros y una luna, dos caballos de mármol y un ciprés), las montañas o las colinas, el árbol, la música, el mundo de la fragua,… Cada uno de los poemas de Erótica es un capítulo o apartado breve -a veces brevísimo- de un tratado de poética en verso, casi un ensayo versificado que trata de una unión mística, la del poeta y su creación por obra del amor, un nuevo dogma santo de unidad y dualidad. La terminología utilizada por el propio poeta penetra en el campo de la revelación cristiana o pagana. “Verbo carnal” remite a la hermenéutica neotestamentaria (En el principio existía el Verbo): λόγος -(lat. verbum, palabra), aquí ‘palabra poética, poema’, por su asociación con el adjetivo ‘carnal’- se desplaza de la teodicea cristiana a la sensualidad poética. Como ilustración de los elementos 142


paganos, sirvan de ejemplo las dos alusiones del último poema de “Verbo carnal” a la revelación divina: el olvidado trípode de Femónoe y el bosque de Dodona, del que sale, como oráculo, la voz interior del poeta. El conjunto de la obra constituye la manifestación escrita de una concepción metafísica de la poética: la poética de Ritsos se hace materia, verbo, cuerpo, carne, para habitar entre nosotros, gracias a una transposición casi teológica. Kimon Friar atribuye a alguna de las composiciones la condición de ‘oración a la desnudez y al coito’5. La poética se nos manifiesta a nosotros, los profanos, como erótica. El poeta es, para Ritsos, un prosélito trocado en apóstol ‘in partibus infidelium’ que difunde la buena nueva: la epifanía de la poesía en cuerpo. La poética se hace verbo y habita entre nosotros bajo la especie de erótica, entendida ésta como disciplina metafísica, casi religiosa: el verbo se hace carne, la poética se hace carne; palabra y poesía, como dioses, se encarnan para habitar entre los hombres; la creación poética engendra al dios del amor como en una teogonía; a su vez, el amor omnipresente es creador y dador de vida y sustituye a dios en una atrevida versión de panteísmo erótico o panerotismo cuyo protagonista contempla en éxtasis el cuerpo místico de la poesía, también omnicomprensivo.

the praise of nakedness and carnal contact, en su introducción a la traducción inglesa de la obra: Erotica, translated from the Greek by Kimon Friar, Sachem Press, Nueva York, p. 10.

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Erótica