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¿Por qué tanto afán en las beatificaciones y canonizaciones? Héctor Alfonso Torres Rojas (1) Juan Pablo II, Benedicto XVI y el Vaticano impusieron como una de las tareas primordiales de la Iglesia Católica, beatificar y canonizar varios cientos de candidatos, de manera rápida. Para ello simplificaron las condiciones. ¡Hasta la cantidad de milagros! Y lo han cumplido. Juan Pablo II realizó 1339 beatificaciones y 482 canonizaciones. El Papa Ratzinger ha beatificado-canonizado, en los tres primeros años de su mandato, 531 “personas”, difuntos… ¿Cómo decirlo? ¡Por lo tanto van más de 2.352, en tan sólo 30 años! No se conoce la cantidad de “venerables”, es decir, los difuntos cuya causa hacia los altares ha sido aceptada por el vaticano, como primer paso. Un alto número de esas beatificaciones y canonizaciones han sido criticadas por diferentes razones, como por ejemplo, la beatificación en masa de 495 españoles, por Benedicto XVI, el 28 de octubre de 2007, víctimas de la Guerra Civil en España (1936-1939), o los 25 de México, laicos y sacerdotes que tomaron las armas para defender la religión católica, en la llamada “guerra cristera”. O los 183 de la Revolución Francesa (1786-1789), el 19 de febrero de 1984, o el caso del fundador del Opus Dei, José María Balaguer de Escrivá, presionada por la fuerte influencia teológica y económica del Opus Dei, bajo el Pontificado de Juan pablo II. O en el caso de Colombia, la canonización del obispo de Pasto, Ezequiel Moreno, militante acérrimo de la ideología conservadora, defensor del Partido Conservador, y opositor de las ideas liberales. Como ya es tan fácil, buen número de fundadores y de fundadoras de comunidades religiosas también han gozado de tal privilegio. ¿Qué busca el Vaticano? Se podrían invocar varias razones. Primera, mostrar la superioridad de la Iglesia Católica frente a las otras iglesias y religiones. Juan Pablo II y Ratzinger, que conforman una misma teología en muchas cosas, no han ahorrado esfuerzos para sostener que la Iglesia Catòlica es la verdadera iglesia fundada por Jesús. Pero muchos teólogos, biblistas e historiadores han mostrado y demostrado que Jesús no quiso fundar una iglesia o una institución. Y mucho menos tal y como existe hoy la Iglesia Católica, convertida inclusive en un Estado, con 177 relaciones diplomáticas. Segunda, mostrar que la Iglesia Católica goza del “privilegio” de la Santidad, que se traduce en los miles de venerables, beatos y santos. “Privilegio” del que no gozan las otras autollamadas iglesias, puesto que Ratzinger ha repetido que la única y verdadera Iglesia es la Institución Católica. Es preciso recordar su documento “Dominus”, siendo todavía el Gran Inquisidor del Vaticano.

Tercera, para resaltar la infalibilidad papal, cada día más puesta en tela de juicio. Mostrar que el papa católico tiene una particular relación con Dios, como ninguna otra autoridad cristiana o religiosa. Es decir, que solamente él tiene la garantía de la Verdad.


Cuarta, no dejar morir la fe en los milagros en la Iglesia Católica, supuestamente más serios y verdaderos que los que producen las llamadas iglesias evangélicas todos los días y por cantidades. Afortunadamente las iglesias protestantes históricas no promueven el milagrismo. Dios no cambia las leyes del universo y de nuestro planeta, porque se paguen promesas, romerías, novenas y misas. Quinta, colocar la Iglesia Católica permanentemente en los medios de comunicación y llamar la atención, en tiempos de mucho desinterés por la noticia católica, Sexta, contrarrestar la desafección de millones de católicos que han abandonado la institución. Para decirlo en términos de la teología tradicional, disminuye la Iglesia Militante pero crece la Iglesia Triunfante. Miles de católicos se han retirado de manera oficial, exigiendo que sus nombres sean borrados de los registros bautismales y otros. Europa es ya un continente no solo postcatólico sino también postcristiano. Los templos están vacíos y escasean las vocaciones a los cleros (sacerdotes y pastores). América Latina podría ir por el mismo camino. Por tal motivo el Vaticano ha organizado desde hace años, una verdadera cruzada en los países africanos donde todavía predominan las religiones llamadas naturales. En ese campo rivaliza con las iglesias evangélicas. Y se reproduce el fenómeno que ya se vivió en América Latina, de la destrucción de muchas culturas y tradiciones autóctonas.

Séptima, un efecto económico. Los tres pasos del proceso son costosos, es decir, las declaraciones de “venerable”, “beato” y “santo”. Ese gasto económico, obvio, beneficia las arcas del Estado del Vaticano, que como muchos estados, están siempre en déficit económico. El gasto en el sostenimiento de 177 relaciones diplomáticas contradice la lógica y el estilo de vida de Jesús de Nazaret.

Octava. Como Juan Pablo II goza todavía de mucha simpatía, le permite al Papa Ratzinger equilibrar su menoscabado prestigio, cada día más creciente. (1) Laico, licenciado en teología y en sociología El autor estudió teología y sociología en Paris. Durante más de 20 años dirigió dos revistas católicas y ecuménicas progresistas: Solidaridad (1979-1991) y Utopías (1993-2003).


¿Por qué tanto afán en las beatificaciones y canonizaciones?