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Lorena Quiroga

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espert D j ad lo

Ilustraciones: Luz Marina Quiroga

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Lorena Quiroga

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Ilustraciones: Luz Marina Quiroga

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Era una mañana de sol como tantas otras, en la que no ocurre nada especial. Y era un gallinero común como tantos otros, en los que los días transcurren de la manera más normal. Pero ese día, aquella calma habitual se interrumpió con un estrepitoso grito de Josefina, la gallina más gorda y más vieja del gallinero, quien al descubrir que uno de sus seis huevitos había desaparecido, se puso a brincar y aletear desesperada pidiendo ayuda. Se armó un gran alboroto en el corral. El gallo y las demás gallinas corrían agitados de un lado para otro buscando el huevo extraviado.


-Ya lo he encontrado, dijo Josefina al cabo de unos minutos con voz chillona, no busquen más…Pude hallarlo gracias al sonido que hacen los latidos de su corazón. No sé quién habrá sido el gracioso que lo cambió de lugar, pero si llego a sorprender a alguien acercándose a mi nido, le voy a dar un picotazo que no olvidará jamás.Y volviéndoles la espalda furiosa, se tendió sobre sus seis huevitos sin parar de refunfuñar, mientras acomodaba sus enormes gafas para continuar tejiendo sin que nadie la molestara.


Se calmaron los ánimos y todos retornaron a sus actividades de costumbre. Algunas gallinas conversaban entre sí. Otras picoteaban granos de maíz, o tejían bufandas de lana para los huevitos, otras peinaban sus plumas. Al mismo tiempo que los polluelos más pequeños, asistían a tomar clases con la maestra Kentucky, una gallina seria y muy refinada que había estudiado en las mejores granjas de París.


No habría transcurrido ni media hora desde el incidente, cuando otro grito volvió a retumbar, sacudiendo el gallinero. -¿QUIÉN SE HA LLEVADO MI RELOJ DESPERTADOR?-... Esta vez quien gritaba de esa forma estrepitosa era Pixán el gallo, y las gallinas al escucharlo tan enojado, se quedaron paralizadas como estatuas.


Pixán empezó a caminar entre ellas con lentitud, mirando a cada una directamente a los ojos, con cara de sospecha. -Veo que hoy alguien se ha levantado con ganas de jugar y esconder cosas-, dijo tratando de contener su enojo. -Por si no lo saben, yo he sido por años el gallo más puntual de toda la región. Nunca me he retrasado ni un minuto a la hora de cantar para anunciar que ya amaneció. Así que exijo que me devuelvan inmediatamente mi reloj despertador, porque si no puedo ver la hora, no sabré en qué momento debo empezar a cantar, y nadie va a despertarse a tiempo en toda la granja. Sobre todo ustedes que son unas gallinas gordas y perezosas.-


Nuevamente se pusieron a buscar y rebuscar pero fue en vano, porque aunque examinaron con mucho cuidado cada rincĂłn del gallinero, pasaron las horas y no lograron encontrar el escurridizo reloj por ninguna parte. Ni siquiera notaron que ya habĂ­a anochecido, y ya vencidos por el cansancio decidieron irse a dormir para continuar buscando a la maĂąana siguiente.


Todo estaba en silencio. La luna se filtraba suavemente por las ventanas del corral con una luz tenue y pálida. Sólo se escuchaba el sonido de la brisa, el ronquido leve de alguna gallina o la pausada respiración de los pequeños polluelos que reposaban bajo las cálidas alas de sus mamás.


Aún no había comenzado a amanecer, ni el cielo a clarear. Cuando de pronto e inesperadamente, sonó como un trompetazo la potente voz del gallo que había empezado a cantar a todo pulmón: ¡¡¡KI-KI-RI-KÍ!!! Fue tal el susto, que algunas gallinas salieron disparadas hacia arriba como balas de cañón con los ojos desorbitados y las plumas erizadas. Los pollos más pequeños arrancaron a correr instintivamente en cualquier dirección chocándose entre ellos. Josefina cayó de su nido dándose un fuerte golpe en la cola. Nadie entendía lo que acababa de ocurrir, hasta que el gallo con un susurro y una sonrisa forzada les dijo: -Ups, disculpen. Veo que el cielo todavía está oscuro. Creo que me adelanté un poquito y canté antes de tiempo. ¿Alguien tiene idea de qué hora es?-...


Sin responder ni media palabra, todos regresaron a sus respectivas camas tratando de tranquilizarse. Únicamente Josefina con su pijama a rayas se acercó a Pixán, le dio un picotazo en la cabeza y volvió a dormirse diciendo antes unas cuantas palabrotas. Afortunadamente todos consiguieron conciliar el sueño, pero no por mucho tiempo. Porque apenas un momento después, el gallo volvió a cantar con toda la fuerza de su estridente voz. Por segunda ocasión, pollitos y gallinas saltaron aterrorizados y con las plumas de punta.


Pasaron las horas, y entre sobresalto y sobresalto lleg贸 el amanecer. Pix谩n no par贸 de kikirikiar durante toda la noche, para estar seguro de que en una de esas, estar铆a cantando a la hora correcta y sin retrasos.


Así transcurrieron varios días y varias noches, sin poder dormir y sin que nadie consiguiera encontrar por fin el famoso reloj. En el gallinero todos lucían agotados. Los pollitos se quedaban dormidos y regados por cualquier parte. Las gallinas bostezaban y apenas si podían sostenerse en pie y los huevos lucían en sus cascarones unas enormes ojeras grises.


Una mañana, la maestra Kentucky a pesar de sentirse adormilada reunió a todos los polluelos para su clase matinal. Ató un cordón en una de sus patas amarillas, y a continuación ató con el mismo cordón la patita derecha de cada uno de sus alumnos, haciéndolos caminar en fila tras ella. De esta manera les enseñaba a seguir los pasos de sus respectivas mamás sin perderse o separarse del grupo. Se encontraban a mitad de la práctica, unidos por el cordón formando un pequeño trencito, cuando repentinamente el canto de Pixán volvió a tronar como una explosión. La maestra fue tomada por sorpresa y asustada echó a correr atropelladamente, arrastrando tras de sí la larga hilera de pollitos que en la carrera rodaban, se caían y rebotaban como bolas de ping-pong.


-¡Esto ya es el colmo!- Gritó irritada cuando por fin logró detenerse. Así que después de acomodar sus plumas y socorrer a los pollitos aporreados, salió del gallinero en busca de su viejo amigo, el cerdo Don Chuleto, segura de que él la podría ayudar.


Cuando la maestra le explic贸 el problema con lujo de detalles, el cerdito dijo: -Tampoco nosotros hemos podido dormir. Ese gallo ha hecho trasnochar a todos los animales de la granja. Pero usted no se preocupe, que esta misma noche vamos a solucionar este asunto de alguna manera.- La se帽orita Kentucky sonri贸 esperanzada y regres贸 al corral a aguardar con impaciencia.


Empezaba a anochecer, y después de escucharse unas vocecitas cuchicheando fuera del gallinero que dijeron en coro: “a la una…, a las dos… y a las tres”… sorpresivamente, Don Chuleto entró disparado volando por la ventana con las patas extendidas y fue a aterrizar de panza justo encima de Pixán, apachurrándolo contra el piso. -¡Buen tiro!-, gritaron otros cerditos desde afuera, cargando la enorme resortera que habían utilizado para lanzar a su compañero por los aires.


El gallo hizo todos los intentos posibles por liberarse del peso de Don Chuleto y quitárselo de encima, pero no lo consiguió. Tantos kilos sobre su espalda lo tenían inmovilizado. El cerdo por su parte, se mantuvo ahí acostado sin intenciones de moverse. -Hoy por fin podremos dormir, dijo dirigiéndose a las gallinas. Voy a permanecer tumbado sobre este colchón de plumas toda la noche, y no lo dejaré cantar hasta que salga el sol. Que tengan dulces sueños.Las gallinas aliviadas se acurrucaron junto a sus hijos, y no necesitaron cacarear ninguna canción de cuna porque en brevísimos instantes ya todos, incluidos los huevitos, dormían a pierna suelta. También Don Chuleto.


Pixán permanecía aplastado como una tortilla y tendido en el piso preguntándose constantemente si ya habría llegado el amanecer y sería hora de cantar.


Entonces, aprovechando un ligero cambio de posición del cerdito, logró asomar la punta del pico, cogió impulso y lanzó su estrepitoso canto a todo volumen, ocasionando otra vez una gran revolución en el gallinero. Josefina totalmente indignada le cayó a picotazos a Don Chuleto, haciendo que Pixán se soltara y quedara libre para seguir kikirikiando el resto de la noche.


Al borde de la desesperación la maestra Kentucky volvió a salir del gallinero. Pero ésta vez fue en busca de un astuto zorro vegetariano llamado Charles Hunter, experto en fabricar todo tipo de trampas, que en sus buenos tiempos había sido el mejor cazador de gallinas del mundo. Pero tuvo que abandonar la profesión el día que fue atacado salvajemente por la madre de Josefina, quien además lo amenazó con cocinarlo en un estofado. Con voz suplicante la maestra le pidió que secuestrara a Pixán y se lo llevara tan lejos como le fuera posible, ofreciéndole a cambio muchas frutas y hortalizas cultivadas en la granja. Charles Hunter aceptó gustoso y sin pensarlo dos veces.


Al llegar la noche, el zorro colocó una apetitosa mazorca de maíz fuera del gallinero, que serviría de carnada para atraer al gallo y hacer que cayera en su trampa. Y luego caminando en puntillas se ocultó detrás de un árbol aprovechando la oscuridad. Esperó y esperó con paciencia, hasta que de pronto ¡ZAS! La pesada caja de madera que había construido, cayó como una jaula atrapando a su presa.


Rápidamente se aproximó a la trampa para agarrar a Pixán, pero se llevó una desagradable sorpresa cuando al levantar un poco la caja, a quien se topó de frente fue a la enorme gallina Josefina, que furiosa se lanzó sobre él a picotearlo cacareando como enloquecida. Charles Hunter no tuvo más remedio que huir a ocultarse tras unos arbustos pero aun así, decidió seguir intentándolo. Para mala suerte falló con sus trampas una y otra vez. Sólo conseguía capturar polluelos y a la hambrienta Josefina en varias ocasiones. Y mientras tanto el gallo no paraba de cantar.


Ya cansado de que sus planes no dieran resultado, decidió atrapar al gallo así fuera a la fuerza. Así que entró al gallinero, lo agarró por la cola y se lo echó al hombro para llevarlo lejos. Pixán forcejeaba y forcejeaba sin lograr zafarse del zorro que lo sujetaba con firmeza.


Las gallinas empezaron a aplaudir y a cacarear entusiasmadas. De repente, todos se quedaron boquiabiertos al ver un objeto muy extraño que hizo aparición en mitad del gallinero. Era algo pequeño, ovalado, blanco y tenía dos patitas cortas que corrían a toda velocidad. -¿Qué se supone que es eso? Preguntó Charles Hunter soltando nuevamente al gallo… -Ese objeto parece ser un huevo con patas, dijo Josefina mirando con atención. Y además se parece mucho a mí… luego abriendo los ojos, que ya de por sí tras las gafas se le veían enormes gritó: ¡ESE ES EL HUEVITO QUE SE ME HABÍA EXTRAVIADO! ¡ES MI HIJO! ¡ENTONCES EN MI NIDO TIENE QUE HABER UN HUEVO IMPOSTOR! Y se fue persiguiendo a aquel cascarón con patas que no paraba de correr.


Pixán y la señorita Kentucky se aproximaron valientemente al nido de la gallina gorda, para contar los seis huevitos y desenmascarar al huevo farsante. Pero lo que encontraron fue a cinco polluelos regordetes que acababan de nacer y junto a ellos…al reloj despertador sonando tic-tac…tic-tac. Josefina ruborizada se disculpó con Pixán y con todos por haber confundido el reloj con un huevito. Y como muestra de arrepentimiento fue a preparar un gran pastel de maíz. Pero cuando volvió sonriente sosteniendo el pastel recién sacado del horno, Encontró el gallinero sumergido en un silencio total ya que todos sin excepción se habían quedado profundamente dormidos. Y esta vez el gallo no volvería a cantar, hasta que el reloj le avisara que ya había llegado el amanecer.

FIN


Nota: En un dialecto muy, muy lejano, “Pixan Ixim” significa Corazón de Maíz.


El Reloj Despertador  

Cuento infantil acerca de un gallo que perdió su reloj despertador.