Arte por R. Colón
Elipsis
un retorno a la imaginación 10. 2021
Carta Editora A través de la literatura, dejamos que nuestra imaginación vuele. Nos convertimos en críticos, soñadores, protagonistas… No tan solo disfrutamos de una buena historia, sino que nos escapamos de la realidad y permitimos que nuestra mente emprenda aventuras a través de las palabras. ¿Qué sería de nuestra vida sin la lectura? ¿Seríamos los mismos si jamás nos hubiésemos perdido en aquellos mágicos relatos? En esta edición de Elipsis, nuestros escritores se inspiraron en la literatura para brindarnos un vistazo a su imaginación. Luego de un año en nuestras casas, los invitamos a leer esta edición de Elipsis en donde viajamos hacia las páginas de un libro y dejamos que nuestras vidas se impregnaran de ficción.
Elípticos 2021-22 Alejandra Castro Camila Figueroa Carolina Aguayo Cecilia Rovira Cristina Colberg David Raymond Gabriela González Isabella Santana Ivanna Vidal Julia Diví Katerina Coll Christine Hernández
Ío Rosado Monge
Lauren Rodríguez Malena Rivera Natalia Feo Paola Figueroa Rita Ruiz Sara Terrasa
Directiva Ío Rosado (editora) Rocío Colón (editora creativa) Ingrid Rodríguez (sub-editora) Natalia Rodríguez (secretaria) Carmen M. Trelles (editora)
Contenido
ci dí n qu e d e El día e ar... confes La oración
del santo padre Carmen Amador
Elegía a Santiago Nasar Alucionaciones y botones
Lo que quedó sin decir Respuesta a Invisible
Reseña sobre El efecfto Frankenstein
Memorias perpetuanas
El rincón de lectura 00
! El Perpetuo que llevo en el corazón
!
Puro Entretenimiento
¡1
00 ¡1
La magia del ballet Repique
Un vínculo inquebrantable
P e c u li a ri d a d e s
M e m o ria s
R ein ve ntos R es p u estas
Respuestas
Hay lecturas que permanecen con nosotros de alguna manera u otra, que nos dejan pensando luego de terminarlas. Como demuestran los escritos siguientes, nuestra relación con la literatura no tiene por qué finalizar con la última palabra. En esta sección de Elipsis, conocerás lo que tres elípticas tienen que decir acerca de algunas de las obras escritas en español que les han impactado.
Respuesta a Invisible Escrito inspirado por la novela Invisible, de Eloy Moreno
Cada palabra, un desborde de emociones. Cada oración, llena de sabiduría. Mientras el tren se acercaba, veía a su hermana pequeña alzando los brazos para abrazarlo. Quedó allí paralizado, en la vía de ese gran locomotor. Simplemente queriendo el consuelo de la única que verdaderamente lo apreciaba. En ese momento fue que sentí una lágrima correr por mi rostro. Nunca antes una obra literaria me había hecho sentir tanta emoción como la que experimenté al leer ese libro. Nunca olvidaré ese momento, esa línea, ese libro, que me llevó a pensar sobre la vida como jamás lo había hecho.
Lauren Rodríguez Vila
Reseña sobre
El efecto frankenstein
Escrito inspirado por la novela El efecto Frankenstein, de Elia Barceló
Cuando te asignan lecturas de verano, piensas, “¡Ay! ¿Por qué las maestras envían novelas durante las vacaciones?”. Y yo no soy la excepción. Sin embargo, este año me llevé una sorpresa. La novela de verano para la clase de Español era El efecto Frankenstein escrita por Elia Barceló. Al principio, me dejé llevar porque era larga, pero a medida que fui leyéndola me llamó la atención cada vez más. Y me interesó tanto que terminé el libro en dos días
Este libro se caracteriza por el misterio, la aventura y la intriga. Cada vez que terminaba de leer un capítulo quería comenzar el siguiente con la curiosidad de saber qué era lo próximo que iba a ocurrir. La novela trata sobre una muchacha llamada Nora que pasa por una puerta y viaja por el tiempo hasta llegar a finales del siglo XVIII, donde conoce a un conde llamado Maximilian que fue revivido por su mejor amigo, Viktor. A Viktor le interesaban las ciencias y las matemáticas; esto lo llevó a revivir un cadáver con dos almas. Nora y Maximilian pasan por un largo trayecto y se casan. Al final, aún en el siglo XVIII, a Nora le diagnostican un tipo de cáncer y vuelven al siglo XXI, en donde ambos se miran en el espejo del apartamento de Nora y se dan cuenta de que tienen veinte años. Esta obra literaria presenta un diálogo entre las dos épocas en las que se desarrolla la acción y nos hace reflexionar sobre las diferencias entre las clases sociales en el pasado y en el presente. También, nos hace pensar en la desigualdad de género. Nora es un personaje a la que admiro, ya que tuvo la valentía de decir cosas que no hubiesen sido típicas para una mujer a finales del siglo XVIII. Ella no le tenía miedo a decir lo que pensaba, sin importar las consecuencias que pudiera enfrentar. Esta novela presenta muchos aspectos interesantes que capturan la atención del lector. Aborda diversos temas que la sociedad enfrenta hoy en día y nos hace reflexionar sobre los mismos. Definitivamente, recomiendo esta novela y estoy segura de que la disfrutarán tanto como la disfruté yo, a pesar de ser una novela de verano.
Isabella Santana Vélez
Lo que quedó sin decir Escrito inspirado por el ensayo Botella al mar para el Dios de las palabras, de Gabriel García Márquez
Querido Dios de las Palabras, te he fallado. No recuerdo las palabras de mi amado. Las declaraciones de amor que prometí no olvidar se han escapado de mis memorias. No recuerdo qué tipo de poema me recitó mi querido, ni si aquel rimaba. Sin embargo, al sentir escalofríos, recuerdo la sensación que se apoderó de mí al conocerlo. La euforia que sentíamos cuando nos mirábamos silenciosamente es inolvidable. En mi memoria, permanece cada abrazo que compartimos. Al cerrar mis ojos, recuerdo a aquel joven que aceleraba mis latidos. Las palabras están perdidas en un mar de sentimientos. ¿Para qué son importantes las palabras si el tiempo me las roba?
Carolina Aguayo Plá
Reinventos
Alguna vez has leído una historia o visto una película y pensado: “¿Y si hubiera pasado esto?”. En esta sección de Elipsis, encontrarás tres escritos en los cuales nuestros elípticos reinventan las tramas de novelas y películas que han disfrutado. Además, encontrarás un escrito dedicado a un importante personaje literario.
Alucinaciones y botones Rita Ruiz Bravo Escrito inspirado por la novela/película Coraline
Coraline empieza a poner todas sus muñecas al frente de las tazas de té. Pensándolo bien, no había mucha razón para hacer esto. Su entorno la observaba intensamente, desde sus movimientos hasta los suspiros que soltaba cada tres segundos; ella no se podía escapar de la mirada de todo lo que está—pero realmente está—ahí. “Hola muñecas”, dijo alegremente. “¡Es la hora del té!” Coraline le sirve té en las tazas a sus muñecas hasta que ve la silueta de una mano esquelética correr por la sombra de los árboles. Puso su collar de llave en medio de la frisa de pícnic. Trataba de disimular que no se había dado cuenta de que el collar corría peligro mientras no estuviese alrededor de su cuello. Ella escuchó unos murmullos en su entorno y miró hacia los árboles para ver si se daba cuenta de algo fuera de lo normal, lo cual no pasó; todo en su mundo es extraño. Entonces, empezó a ver un movimiento excesivo de la mano esquelética y decidió atraparla con la frisa de pícnic que había puesto en el piso del bosque. Coraline juraba que la mano había empezado a quejarse y trataba de escaparse de su trampa, algo que no lograba. Después de un tiempo, Coraline vio al señor Bobo acercarse a ella con una sonrisa de oreja a oreja. Coraline nunca había visto una sonrisa tan virada y a la vez amigable.
“¡Caroline! Los ratones me han dicho que todo salió bien. Tú eres nuestra salvadora”, el señor Bobo acaricia la cabeza de Coraline, expresando su orgullo por la valentía de la chica. “Mi nombre es Coraline, señor Bobo”. “Bueno, pues Coraline, es tiempo de tomarte tus medicamentos”, las palabras del señor Bobo empezaron a sonar cada vez más raras, creando un gran lío de sonidos que Coraline no pudo descifrar. “¿De qué hablas, señor Bobo?” Coraline miró a su amigo con preocupación. “Yo no sé de qué medicamentos hablas. No estoy enferma”. “Ay, Coraline… claro que lo estás, por eso es que estás aquí sentada”. El entorno de Coraline empieza a derretirse alrededor de ella, revelando una habitación de color apagado con dos camas individuales una frente a la otra a cada lado de ella. Mira al frente de ella y ve a un niño de su edad tratando de sacar su mano del fuerte agarre que Coraline tenía sobre ella. Otra vez se ha engañado la chica con pelo azul oscuro al pensar que vive en una casa extravagante en vez del manicomio en donde realmente se encuentra.
Trivia “flash”:
¿Cuántos años tomó hacer la película Coraline?
3 años
6 años
5 años
4 años
Encuentra la respuesta al final de esta edición.
Elegía a Santiago Nasar Santiago Nasar estaba destinado a la muerte, se puede decir que tuvo mala suerte. Los gemelos Vicario lo acuchillaron siete veces como dirían en “Godfather”, se fue a nadar con los peces.
El pueblo de Manaure se unió en la inacción, probablemente fue por su holgada situación. La misma gente que intentó ayudarlo, así de fácil se les hizo olvidarlo. El día en que murió salió de su casa acicalado. Cristóbal intentó ayudarlo, pero ya lo habían atacado. Los hermanos Vicario llegaron a su casa con los cuchillos afilados y ya a las 8:00 a.m. estaba completamente mutilado.
Andrés Colberg Cruz
A continuación... Abrimos una cápsula del tiempo. Nos trasladamos al 2019. Dos años atrás, la clase 2022 conoció la novela Crónica de una muerte anunciada y se hizo cómplice del estremecedor crimen cometido por todo un pueblo. En esta edición de Elipsis, las estudiantes Ío Rosado Monge y Rocío Colón Cotto visitan este clásico literario y nos ofrecen dos puntos de vista nunca antes explorados. ¿Qué pensaba Ángela Vicario? ¿Qué dictaba la conciencia del padre Carmen Amador? Lee a continuación y verás...
La oración del santo padre Carmen Amador
Rocío Colón Cotto
Escrito inspirado por la novela Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén. Lo vi pasar por la plaza sano y salvo y pensé que lo que había de suceder eran falacias del pueblo. Santiago Nasar iba tranquilo, Señor. ¿Cómo se supone que yo supiera que aquellos mansos lo iban a matar? Es una tragedia… ¡Fuimos cómplices de uno de los actos más abyectos que puede cometer un ser humano! No hicimos nada para detenerlo; me siento inútil ante tus ojos. Por favor perdónanos, Señor, pues no sabíamos lo que estábamos haciendo. ¿Algún día me emanciparé de esta culpa, dueña de mis cadenas? Esperemos que así sea, por mi bien y el de esta Iglesia, Señor. Mañana debo hacerle una autopsia a Santiago, pero verdaderamente no encuentro el deseo. No quiero ser el delincuente responsable de su segunda muerte; no quiero ser el autor de su tercera vida. Solo quiero terminar con sus exequias y continuar con mi labor como padre. Si no fuera por la gente… ¿permitirme no hacer nada es un favor tan difícil de cumplir para este pueblo? La responsabilidad la cargan mis hombros, mas no puedo lidiar con esta cruz de nazareno ni un solo segundo más. ¡Ay! ¿Qué será de mi alma tan débil e ignorante? Señor… ¿sería mucho pedir que me libres de estas cadenas? ¿Podrías resucitar a Santiago por el bien de tu Iglesia y de este fiel servidor? Te lo ruego, por favor. ¡Condona nuestros pecados y líbrame de este mal! Dios santo, perdona que te invoque en este estado de delirio, es esta culpa la que tergiversa mis pensamientos…
Solo te digo, que vale la pena salvaguardar el alma de ese joven Nasar…sí. Ya he decidido no llevar a cabo la autopsia; el cargo de conciencia acabaría conmigo. Tengo que evadir esas loqueras porque mi mente tiene que estar saludable. ¿Quién mantiene al pueblo en la cordura, si no lo hago yo? Evitaré sucumbir a esas penas de patólogo, además de que ese acto no va con los preceptos inculcados por la Iglesia… ¿Verdad? No urdiré en contra de lo divino. Claro, ¡es todo por el bien colectivo! ¿Colectivo? Sí, por el bien colectivo. Pondré el sudario sobre el asunto; haré como Poncio Pilato y me lavaré las manos. Si mis actos son reprobables, al menos no soy el único culpable. Con esto me despido, Señor. Limpiaré las heridas del cadáver y lo enterraré con dignidad, sea lo que sea. Si alguien quiere hacerle una autopsia, bienvenido sea… después de que no sea yo el responsable de una segunda tragedia. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.
El día en que decidí confesar...
Ío Rosado Monge
Escrito inspirado por la novela Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez
Soy yo, Ángela Vicario. Hoy desenmascararé la verdad; ¿por qué hice que el pobre Santiago pasara por todo eso? En verdad que no fue nada nuevo, ya todo estaba preparado, Bayardo lo sabía y los gemelos también. Cuando me enteré de que Bayardo San Román se casaría conmigo me dirigí devastada a casa de mi mejor amiga para que me ayudará a encauzar mis pensamientos. Ella me aconsejó varias artimañas para que el matrimonio no se validara. Lo logré, fui deshonrada antes de casarme. Aún así, la gran pregunta sigue siendo: ¿Quién fue? ¿Fue Santiago Nasar? Nunca quise menoscabar su honor, pero me fue inconcebible no hacerlo. Necesitaba quitarme al imperioso Bayardo San Román de encima de manera perentoria. Un mes antes de la boda me encontraba en mi alcoba, observando el atuendo que luciría el gran día y preguntándome si lo que acababa de hacer había valido la pena. ¿Sería suficiente como para no casarme? Decidí emprender mi camino hacia casa de Flora Miguel, la novia de Santiago Nasar, pero al acercarme, allí lo vi. El hombre que moriría por “deshonrarme” se encontraba frente a mí, y desde ese momento me he sentido culpable. Jamás me perdonaré ser la mujer que tuvo la facultad de desprestigiar a un hombre de la manera en que yo lo haría en cuestión de solo un mes. Me di la vuelta y continué mi camino de nuevo hacia mi casa.
Pero hoy daré explicaciones. En realidad yo amé a alguien durante toda mi vida, pero siempre debí ser impasible y protegerlo hasta que me traicionó. Ese fue el día en que comencé a escribir mis infundadas cartas dirigidas al hermoso Bayardo San Román. Comencé mi vida llena de infundios aquel día en que mi madre me dijo: “También el amor se aprende.” Tuve que asumir el papel de víctima aunque todo aquel agravio fue parte de mi plan. El plan “idóneo” para no casarme con Bayardo San Román. Hablé con los gemelos la mañana de mi boda, ya se encontraban afilando los cuchillos y me sorprendió ver su tristeza al hacerlo, nunca imaginé que les dolería tanto. Al finalizar la boda era hora de concluir mi plan. A lo largo de esta travesía me había hecho amiga de Bayardo así que al llegar a la casa del viejo Xius nos sentamos a
hablar sobre nuestra niñez en la penumbra. Sin embargo, aunque quisiera atrasar el momento aciago, tenía que ocurrir. Así que a eso de las 2:40 a.m. Bayardo abrió la puerta de su nuevo automóvil y emprendimos nuestro camino. Al llegar a mi casa, Pura Vicario, la mujer a la que llamo madre, me pegó intentando que le respondiera su pregunta. Finalmente, fui capaz de decirlo: “Santiago Nasar”, esas palabras causaron estragos en mi alma, pero tenía que hacerlo. Los gemelos salieron con sus cuchillos. Todo el pueblo se enteró de la venidera muerte de Santiago, pero nadie se molestó en avisarle. Nunca condonaré al pueblo por no avisarle. A las 7:05 a.m. mi vida se dividió, el antes y el después de la muerte de Santiago. Mi pena fue la raíz para redactar aquellas cartas que Bayardo recibió, pero nunca abrió. En ese momento necesitaba un escape y lo encontré en el hombre que rechacé años antes cuando quería casarse conmigo. En conclusión, Santiago no fue el autor de mi deshonra, lo fue una persona cuya identidad siempre protegeré, pero lo único que puedo decir es que mi plan era conocido por más de una persona y estas no hicieron nada al respecto. Por favor, Plácida, perdóname.
Memorias Una gran mayoría de personas, si no todas, siente una conexión especial con alguna historia (o personaje). Próximamente, leerás tres escritos relacionados a algunas memorias que nuestros elípticos guardan con la literatura y ciertos personajes.
Arte p
or R .
Colón
Un vínculo inquebrantable Paola Figueroa Dávila
Escrito inspirado por la novela Paula, de Isabel Allende
Las mujeres de mi familia materna siempre han sentido un gran amor y pasión por la lectura. Desde pequeña mi mamá ha fomentado en mí este amor, al igual que hizo con ella mi abuela, quien lo aprendió de mi bisabuela. Cada una de nosotras tiene su propia novela, autor o género preferido, pero una novela que nos impactó a las tres y nos conecta de cierta manera es Paula de Isabel Allende. La primera en leer la obra fue mi abuela, ya que desde joven es fanática de Isabel Allende. Mi abuela quedó fascinada con la novela y con esa relación entre madre e hija que trasciende tiempo y espacio: ella dice que así es su relación con mi mamá. Por eso, compartió la novela con mi mamá, quien también quedó maravillada. Desde ese entonces, Paula ha marcado gran parte de sus vidas; es de aquellas novelas que han leído más de una vez. Mi mamá y mi abuela siempre llevan la novela cerca de sus corazones. Cuando yo iba a nacer, esto tuvo gran importancia. Mi nombre, Paola, viene de la novela Paula, ya que fue, y todavía es, muy significativa en la vida de mi mamá. Cuando llegué a octavo grado, mi mamá y mi abuela decidieron prestarme la misma copia de Paula que ellas llevan leyendo todas sus vidas. La copia está anotada y subrayada por mi abuela, lo cual le añade un toque sumamente especial a la lectura. Al leer su copia, descubrí una línea subrayada que me impactó mucho: “También yo quisiera ocupar tu lugar, pero no existen recursos de ilusionistas para estos trueques, cada una de nosotras, abuela, madre e hija, deberá cumplir su propio destino”. Al terminar la novela entendí porque esta dejó una huella en mi abuela y en mi mamá, pues enseña lo fuerte e incomparable que es la relación de madre e hija; así mismo es nuestra relación. Mi mamá y mi abuela son de las personas más importantes en mi vida y gracias a ellas soy la persona que soy. Espero algún día poder compartir esta misma copia de la novela con mi hija.
Repique
Como todos los martes y jueves a las cinco de la tarde, el sol comenzaba a ponerse tras los edificios de Condado. Se encendían los faroles de luz amarilla tenue y ya se podía escuchar la música de los locales que se comenzaban a llenar. Veía alargarse mi sombra mientras corría por la cancha y me dejaba distraer por mi trenza que se movía de lado a lado. En mi cabeza, repasaba para los exámenes del día siguiente: los cuatro perros que asaltaban a Pirulo al llegar a Carrizal se llamaban Nubia, Jefe, Coquí y Nerón, el acrónimo que había inventado para acordarme de Sócrates, Platón y Aristóteles era “SPA” y el Teorema de Pitágoras era a^2 + b^2 = c^2. Sin falta, el maestro al otro lado de la cancha me llamaba la atención por estar distraída, porque me había corregido la posición de las manos en la raqueta diez veces, pero seguía cometiendo el mismo error. Me había acostado tarde la noche anterior y hoy repetiría la misma rutina. Trataba de prestarle atención a todo a la vez: las técnicas que debía aplicar al jugar, el repaso que seguía corriendo en mi mente, la falda que se subía una y otra vez con el viento, la canción que sonaba al lado, el contacto visual que había sostenido con ese compañero por algunos segundos de más aquella mañana y el cansancio que ya se apoderaba de mí. Así que, como todas las semanas, comencé a crear una realidad alterna para escapar por unos instantes. El maestro al otro lado de la cancha no era humano: no, como en el relato que había leído la noche antes, era un vampiro que solo esperaba el momento justo para abalanzarse sobre su presa. El hecho de que se mantenía con las gafas de sol y la gorra puestas aún cuando no quedaba ni un rayo de luz apoyaba mi imaginación. El policía que daba rondas lo sabía y se mantenía alrededor para protegerme. No que necesitara protección, claro. Como la protagonista del libro que estaba leyendo, tenía reflejos sobrenaturales y un puñal escondido bajo la falda como arma de defensa. Cuando estaba ya agotada, sentía que mis piernas se rendirían y que soltaría la raqueta en derrota. No obstante, me empujaba a seguir adelante con la idea que, si de verdad era la heroína de la historia, tenía que continuar a pesar del cansancio. Eventualmente me aburrí de la fantasía que había creado y verificaba el teléfono cada vez que se me presentaba una oportunidad para ver la hora y calcular cuánto tiempo quedaba de la clase. Sin embargo, todavía recuerdo todas estas historias que se desenvolvían en mi cabeza y me mantenían corriendo, aunque mirara con anhelo mi botella de agua con hielo cada vez que la bola de tenis no cruzaba la malla o rebotaba fuera de la línea blanca.
Lucía Garrido Racines
La magia del ballet Alejandra Castro García Cuando era pequeña, casi todos los viernes me quedaba en la casa de mis abuelos. Ya que mis papás trabajaban, yo pasaba mis tardes caminando por Plaza las Américas y jugando en la casa de mis abuelos. Tengo muchas memorias en esa casa, pero hay una que siempre sobresale. A mi abuelo le gustaba mucho la música clásica y la literatura española, así que nos ponía ballets todas las tardes. Ahora me doy cuenta que no es algo que a todos les enseñaban, a menos de que fueran bailarines, pero mi abuelo no fallaba en ponerme ballet o por lo menos música clásica. Yo no soy bailarina, ni fui bailarina nunca en mi vida, pero ¡qué habilidad! Los movimientos y emociones combinados con la música y la historia que contaban, me dejaban sorprendida. Me sentía parte del ballet. Quería entrar al televisor y decirle al príncipe que Copelia era una muñeca o que la mujer que enseñan no era la que amaba. Quería volar en el aire o sentarme con los músicos. Era un sentimiento que solamente se siente en el momento. Aún al día de hoy me encuentro creando una historia cuando mi abuelo pone música clásica en su carro. Me ha ayudado a soñar e imaginar un mundo con magia. Tal vez un día los pueda poner en papel, pero por ahora me quedo imaginando y apreciando el arte de un compositor y de un bailarín. Siempre estaré agradecida de las tardes con mis abuelos en el calor de Puerto Rico disfrutando El cascanueces.
Trivia “flash”:
¿Cuándo se presentó por primera vez El cascanueces?
1864
1895
1892
1937
Encuentra la respuesta al final de esta edición.
un siglo perpetuano Orgullo. Ese era el sentimiento que se percibía en la facultad de la Academia del Perpetuo Socorro el pasado 21 de septiembre. Es emocionante poder decir que tu escuela cumple su centenario; porque no se trata solo de una institución, sino de una familia. Una comunidad que posee cualidades únicas y dignas de ensalzar. Sus miembros son ejemplos de excelencia, gratitud y dedicación, cualidades que invocan los estudiantes, maestros, facultad e incluso exalumnos al decirse a sí mismos: “Pertenezco aquí.” Celebrarle 100 años a tu alma máter significa poder ver aquellos recuerdos de tu niñez y adolescencia cobrar vida. Significa ver cómo los estudiantes actuales de la Academia se encaminan a crear aquellas memorias que alguna vez realizaste tú también. Seguramente, ese orgullo fue el que estuvo presente al cantar el himno de la escuela aquella mañana: el inigualable sentimiento que es pertenecer a la Academia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.
El Perpetuo que llevo en el Giovanni corazón Boschetti ¿Quién lo hubiese dicho? ¡Cien años! Mi escuela cumple cien años. Parece ayer que, como estudiante, participé de los actos conmemorativos del setenta y cinco aniversario y ya vamos por el cien. La Academia del Perpetuo Socorro lleva un lugar especial en mi corazón. Después de todo, mi vida ha estado entrelazada con la escuela por los pasados treinta y seis años. Fui estudiante aquí, graduándome de cuarto año en 1997; luego, en diciembre de 2002, fresquecito de mi fugaz estadía en la Escuela de Derecho, comencé a trabajar como maestro de Estudios Sociales.
Mis primeros recuerdos en Perpetuo, aparte de conocer a mis compañeros, son de mis maestros. Excepto por Sarita, me sentía muy intimidado por las demás maestras, en especial Mrs. Rodríguez. La dinámica en la elemental era que mientras ibas pasando de grado, ibas subiendo de piso, así que dentro de la próxima ronda de maestras que conocí se encontraba la temida Mrs. Bisbal. En primer grado ya la conocíamos, sin haber visto su rostro, pues sus regaños se escuchaban en el primer piso. De ahí subimos al tercer piso y conocimos a Mrs. Stawinski (en su primera de varias apariciones) y como siempre tiene que haber una maestra que se encarga de quitar el sueño, Mrs. Lugo. Notarán que en esos años no se estilaba llamar a las maestras por su primer nombre como se hace ahora. El tercer grado fue uno de muchas incidencias para mí. Por primera vez en mi vida, me enviaron a la oficina de la principal, no una, sino dos veces. Aunque hoy uno se ríe, en ese momento esas eran experiencias traumáticas. En una de ellas, nunca superé la frustración de ser acusado de algo que nunca hice, pero en la segunda, lo admito, fui yo quien provocó la caída de William Chávez. Mala mía, William. Ese año también fue que me dio varicelas. ¡Anno horribilis! De ahí, pasamos a la parte nueva de la escuela y a cuarto, quinto y sexto. Creo que ese fue uno de mis grados favoritos. Todas las maestras eran súper buena gente y ahí conocí a mi maestra favorita de la escuela elemental, Mrs. Ramírez (aunque ya no le digan así). Maribel Ramírez me dio clase de Matemáticas en cuarto, quinto y sexto. Me acuerdo de sus frases y sus regaños cuando no llegabas al potencial que ella sabía que podías alcanzar.
En quinto grado me fracturé la mandíbula mientras corría bicicleta en La Parguera y me tuvieron que sellar la boca por varias semanas en lo que volvía a su sitio. Creo que fue la única vez en mi vida que estuve callado. Sexto grado fue otro de esos grados donde pasaron tantas cosas que nunca olvidaré. Por primera vez hicimos la temida feria científica. Recuerdo haber ganado una mención honorífica, a pesar del corre y corre que se formó en mi casa, pues justo días antes de entregar la maqueta en el auditorio me enfermé y mi abuela y mi padre tuvieron que a toda prisa montarla por mí. Ese año también mi clase participó en una obra en el auditorio, no recuerdo cómo se llamaba, pero sé que a mí me tocó ser el Capitán Garfio de Peter Pan. Mrs. Cory cantó Bibbidi Bobbidi Boo. También tuvimos una actividad donde teníamos que venir vestidos de distintos países y a mí me tocó ser un chino mandarín. Finalizado el sexto grado, llegó el momento que muchos temíamos gracias a los cuentos de horror que nuestros amigos de la clase del 1996. ¡Gracias Luis Tineo!
Cruzamos de edificio y pasamos a la Intermedia. Allí nos recibieron maestros como el temido Mr. Tornería. Nos topamos de nuevo con Mrs. Stawinski en octavo grado, quien nos hizo llorar al leer Bridge to Terabithia y Where the Red Fern Grows. También tuvimos como maestra de Geografía a quien probablemente fue mi gran inspiración para estudiar y hacerme maestro de historia, Mrs. Emma Miranda de Pérez. ¡Cómo amaba su clase! Todavía me sé de memoria el mapa de Europa, con todas sus capitales, ríos y montañas, gracias a ella. También me enseñó sobre los mesopotámicos y los egipcios. Para mí, fue un orgullo ganarme la medalla de Geografía en la graduación de octavo ese año. De ahí pasamos a la escuela superior y conocimos a Mrs. Amadeo y a Mrs. Vaquer (quienes también sirvieron de inspiración para fomentar mi amor por la historia y las humanidades). A veces como estudiantes nos quejamos de nuestros maestros, pero es en universidad que realmente aprendemos a apreciarlos. Mi carrera universitaria hubiese sido más difícil sin los conocimientos y herramientas que me dieron mis memorables maestras. Hacer una monografía en la universidad era casi pan comido después de haber pasado ese proceso con ellas. Mis años en escuela superior me han dado algunos de los recuerdos más inolvidables de mi vida. Los viajes con Mr. Leavitt y sus ocurrencias (incluyendo cuando nos llevó a la tienda de Pepperidge Farm en Alabama), las convivencias del “Honor Society”; las competencias de la Liga de Historia y Geografía (cuando todavía medían cuánto tú sabías de historia y geografía); los torneos y los Talent Shows (de los que casi siempre me trataba de zafar, pues mis dotes artísticos no eran los mejores), entre tantos otros. Los “sleepovers” en casa de mis amigos donde nadie dormía y nos hartábamos de pizza; pegarle vellones a mi amiga Teresa González; llevar a José Almirall y Rafael López de Azúa al cine a ver películas que odiaban, o a Vivianne Valenzuela a ver películas de horror para asustarla; las historias originales (entiéndase alocadas) en la clase de “Creative Writing” con Juansi Gotos, Russell del Toro y Virginia; los “Welcome Dance” en la cancha, con aquel calor horrible, y luego en Casa España, con Sister Armand y su “flashlight” gigantesco inspeccionando a las parejitas “bailando”; cuando a la 1:55 pm en punto sonaba por el altoparlante la voz única de Mrs. Benn: “Will the following students please come to my office”, provocando el pánico de cada uno de los estudiantes de la escuela, pendientes a no estar incluidos en la lista de esa tarde; el informe de las condiciones del tiempo del Club de Geodinámica Física, por voz de Mr. Alonso; el retiro de cuarto año (sobre el cual no entraré en más detalles); y por último, pero no menos dramático: el “Senior Prom” que se quedó a mitad porque se fue la luz. ¡Cuántos gratos recuerdos!
Mi historia con Perpetuo no terminó el día que me gradué. Apenas estaba empezando. A pesar de que siempre había tenido la ilusión de ser maestro, siguiendo los consejos de otras personas, opté por estudiar Derecho. Sin embargo, esa carrera nunca me llenó de satisfacción y como por cosas del destino, a finales del año 2002, recibí una invitación a entrevistarme con Sister Armand, pues le interesaba que yo tomara las clases de la profesora Maru Mujica, quien se retiraba. Dije que sí más rápido que ligero. Ese diciembre regresé a la escuela, pero esta vez en la faceta de maestro. Me dieron tres de los grupos de Mrs. Mujica: un noveno y dos décimos de Historia Mundial. Me sentía como pez en el agua. Nunca olvidaré ese primer día que tuve a mis estudiantes. Mi primera clase fue con el grupo de noveno, clase del 2006. Entré al salón 110 (el salón de música) y allí conocí a esas primeras quince almas que me llamaron su maestro. Siempre atesoraré esa clase de 2006. Todavía puedo ver en mi cabeza dónde se sentaban cada uno de ellos. Ese segundo año, aunque se suponía que me iba a quedar dando noveno y décimo, la entonces maestra de Historia de Estados Unidos renunció y me dieron la oportunidad de subirme de grado, ya que venía un maestro nuevo de nombre Eduardo Terán, que entonces daría noveno y décimo. Como maestro, mis experiencias han sido inigualables. Como moderador de clase también tengo gratos recuerdos. La clase de 2019 siempre tendrá un lugar en mi espíritu, ya que estuvimos juntos en noveno, décimo, undécimo y duodécimo. Compartir con ellos todos esos Pep Rallys, torneos, bake sales y muchas cosas más que me unieron a esos muchachos y a sus padres. Tuvimos, como todo en la vida, aciertos y desaciertos, pero verlos graduarse fue emocionante. Siempre me quedaré con el cargo de conciencia que por no conseguir una etiqueta en mi tamaño, me perdí su Senior Prom. La clase de 2019 siempre será MI CLASE. Tener la satisfacción de ver crecer y madurar a mis estudiantes y que años más tarde algunos me digan cuánto les ayudó en la universidad lo que aprendieron en mis clases no tiene precio. Compartir con grandes compañeros de trabajo también ha sido de gran importancia. Con ellos he aprendido, he disfrutado, llorado, celebrado; para mí son una familia. Excluyendo varios añitos que me fui a trabajar al Capitolio, diecinueve años más tarde, aquí sigo en Perpetuo y con más ánimo que nunca, listo para los nuevos retos que vendrán. Este es el Perpetuo que llevo en el corazón.
Memorias perpetuanas Carmen Trelles Perpetuo, para mí pronunciar esa palabra es sinónimo de pertenencia, de familia, de esfuerzo y de orgullo. He estado vinculada a Perpetuo por más de la mitad de mi vida y he pasado por tres facetas importantes: he sido alumna por doce años de esta institución centenaria, maestra por doce años y, finalmente, soy madre de dos estudiantes y futuros exalumnos perpetuanos. Cada faceta ha estado llena de retos y alegrías. Mi primer vínculo con Perpetuo es como estudiante. Llegué a APS a los cinco años, era una de las estudiantes más pequeñas de aquel salón de primer grado, y recuerdo pensar que la escuela era enorme. Hoy me sorprende ver que las escaleras no son tan majestuosas como le parecieron a aquella niña tímida y callada que entró por primera vez por las puertas de la escuela elemental sin saber que comenzaba una relación perpetua con esta institución. Y aunque mi maestra de primer grado afirmó, ¡qué ironía!, que nunca aprendería a leer, esto fue solo motivo para que mi madre y mi abuela me demostraran la importancia del esfuerzo y de no darse nunca por vencido. Claro que aprendí a leer y desde entonces la lectura ha sido una parte integral de mi vida y la puerta para muchas aventuras y alegrías. Mi travesía como estudiante en Perpetuo estuvo marcada por mis maestros. Como en toda institución, hubo algunos que fueron mejores que otros. Cualquier huella negativa que pudo dejar algún maestro fue más que compensada por la gran labor de la mayoría de mis maestros. Algunos dejaron una huella indeleble: Mrs. Price, maestra de sexto y apasionada de la historia; Mrs. Arroyo, quien siempre andaba con mil papeles y exigía siempre lo mejor de cada alumno; Mrs. Amadeo con su incisivo sentido del humor y su gran cariño; Mr. Leavitt por la brillantez de sus clases y sus bromas y cuentos de los chismes de la historia y, por supuesto, Winston por su pasión y entusiasmo. Fue este último quien despertó en mí el deseo de ser maestra. Él me enseñó la importancia de tener una voz, de vivir con pasión y sin mediocridad. En algún momento en cuarto año intuí que yo también quería ser como él y que quería dedicar mi vida al magisterio. Su muerte prematura cuando acaba de graduarme de escuela superior fue un duro golpe y me sentí más comprometida con lo que se convirtió en mi misión de vida: seguir sus pasos. Todavía me falta mucho por lograr, pero su recuerdo sigue siendo mi acicate.
A los 22 años regresé a la Academia. Cinco años después de graduarme de escuela superior volví como maestra. Fueron momentos muy difíciles a nivel personal, pero Perpetuo me abrió las puertas y me dio la oportunidad de hacer realidad mi sueño de ser maestra, de compartir el entusiasmo por la palabra y el idioma con la clase del 97. Entre aquellos alumnos se encontraba, nada más y nada menos, que mi hermana menor. Todos se acordaban de mí en uniforme y fue una experiencia diferente. Ellos fueron realmente mis maestros, ya que con ellos fue que aprendí cuán difícil es el trabajo del docente, pero también cuántas recompensas uno recibe en el camino. En el 2012, tras varios años de ausencia, regresé otra vez a Perpetuo. Había tenido la oportunidad de explorar otros trabajos en búsqueda de un mejor salario, desde ser periodista hasta comenzar una carrera en Derecho, que nunca terminé. Siempre sentí, sin embargo, un vacío. Recordaba mis tres años como maestra como los más satisfactorios a nivel profesional y personal. Fue por eso que cuando Perpetuo llamó a mi puerta de forma inesperada por la muerte de una maestra de Español, supe que era el momento adecuado para regresar. Intuía, además, que esta vez regresaba con la seguridad de que este era mi llamado en la vida, mi vocación, mi propósito. No hay trabajo más importante que saber que uno ha formado parte en la formación de otro ser humano y ha sido partícipe en su proceso de crecimiento. Hoy me siento orgullosa de decir que Perpetuo me ha regalado muchos hijos, jóvenes que se han convertido en mi familia. Así, en este mi tercer regreso, también traje conmigo a dos personas muy importantes en mi vida: mis dos hijos. Ignacio y Gabriel encontraron, al igual que yo cuando entré por primera vez en Perpetuo, su segunda casa. A lo largo de tantos años he tenido muchas alegrías en Perpetuo, pero quizás una de las que más atesoro es el poder ser compañera y amiga de quienes fueron mis maestros. Fue aquí que comenzó mi vida estudiantil y luego mi vida profesional. He vivido amparada por la Virgen del Perpetuo Socorro y “por los sabios consejos que aprendí aquí a practicar”.
Vistazo a la próxima edición de elipsis Era una gruesa soga marrón y flotaba por encima de la brea. Un muchachito del barrio—aún muy joven para saber que las boas puertorriqueñas no muerden—palideció tres tonos al atisbarla, antes de salir corriendo. Si el culebrón se percató de esto, poco le molestó. Con toda su pasta, continuó trazando zigzags por los callejones del pueblo. Dudoso que Alcibíades—quien caminaba tan deprisa por la acera opuesta que casi arrolla al pobre nene que se le interpuso a mitad de colina—haya visto culebra alguna. Había dormido unas treinta y cuatro horas, sudado el delirio y sentido la vergüenza subirle de pies a cabeza como si para provocarle alguna clase de infarto. Adonde iba, asunto suyo. Pero dos atenienses, inmersos en conversación banal, lo vieron pasar, y sus ojos brillaron como escamas de pescado, ávidos y gulosos. Ningúna Atenas carece de sus serpientes. —Bendito —dijo uno, el más chismoso, al otro, con una palmadita sutil que casi lo tumba del banquito que compartían—. Que ahí pasa Alcibíades. Me pregunto qué irá a hacer. Es valiente al atreverse a mostrar así la cara a todo el pueblo. —Mhm —gruñó el otro, aún absorto en el plano que trazaba. Por más que le intrigaran las vicisitudes de Alcibíades, era arquitecto, labor que lo mantenía muy ocupado y le impedía amasar el conocimiento enciclopédico que poseía su compañero respecto a los acontecimientos manatieños—. ¿A qué te refieres? —¡Hombre! ¿No te enteraste de lo que pasó en la casa de Agatón luego del festival de escritores de tragedias? —No. ¿Qué crees que yo hago con mi día? ¿Pensar en pajaritos preñados? —Pues resulta que el poeta Agatón convocó un simposio en la villa que tiene en Los Tubos, con los de siempre —respondió el primero, quien decidió no tomar la insinuación del arquitecto a pecho—. Aristófanes, Erixímaco, Pausanio, Zorrilla, Chevremont, Fernández Juncos… —¿Sócrates? —Ya me entiendes. Dicen por ahí que incluso se presentó Sócrates mismo… El culebrón ondulaba, ondulaba, y mientras se acercaba iba prestando mayor atención a la pareja. Sabía mejor que nadie que, a veces, hay que agarrar la presa por el cuello.
Ingrid Rodríguez Vila
El rincón de lectura ¿Quieres leer más en español pero no sabes por dónde empezar? ¡Aquí nuestro panel de recomendaciones al rescate!
#1 La sombra del viento - Carlos Ruiz Zafón Género: misterio, ficción Comentarios Elíptico A: La trama es súper interesante y tiene un final inesperado. Elíptico B: Me gusta porque es una novela peculiar y nos lleva a un mundo jamás imaginado.
#2 El tiempo entre costuras - María Dueñas Género: ficción histórica, novela de espionaje Comentarios
Elíptico C: Esta novela es muy interesante, ya que a través de la protagonista, el lector se adentra en una aventura interesante e inesperada.
#3 El almacén de las palabras terribles - Elia Barceló Género: ficción Comentarios Elíptico D: Lo recomiendo porque tiene una enseñanza esencial sobre el impacto que tienen las palabras que les dirigimos a los demás.
#4 Seva - Luis López Nieves Género: ficción histórica Comentarios Elíptico E: Me gusta porque es una historia muy entretenida y diferente.
#5 La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile - Gabriel García Márquez Género: ficción histórica, crónica al estilo peridístico Comentarios Elíptico F: Me gusta mucho porque narra como Miguel, un director de cine chileno, entró clandestinamente a Chile durante la dictadura y filmó la realidad de su país luego de doce años de una dictadura militar. Es una historia de riesgo, valentía y justicia social.
#6 El efecto Frankenstein - Elia Barceló Género: ficción Comentarios Elíptico G: Me gusta mucho el ambiente y cómo se desarrolla la historia. *esta historia inspiró uno de los escritos de esta revista
#7 Distancia de rescate - Samanta Schweblin Género: ficción, horror psicológico Comentarios Elíptico H: Esta novela dialogada es corta, pero estremecedora. Está repleta de imágenes viscerales que permanecieron conmigo mucho después de leer la última palabra.
#8 Sidi - Arturo Pérez Reverte Género: ficción histórica, aventura situada en el Medioevo Comentarios Elíptico I: Pérez Reverte nos abre una ventana hacia la vida de Ruy Díaz de Vivar, el caballero legendario de la España medieval, en esta novela de guerra y aventura. Me hizo cuestionar los verdaderos motivos de los grandes héroes de antaño…
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